PACTO Con El DIABLO: El Fuego Del INFIERNO Historias De Terror - REDE
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0:04 Don FermÃn era hermano de mi madre. Ya pasaba de los 80 y seguÃa fuerte. Siempre habÃa tenido suerte. Su terreno daba cosecha cuando los demás se quedaban en tierra seca, y sus animales nunca se morÃan sin razón. Mientras otros se quejaban de la sequÃa, él tenÃa agua en el pozo y maÃz para vender. Desde joven fue conocido como un hombre que no conocÃa la escasez. Nadie podÃa explicarlo, pero todos lo reconocÃan como el más próspero del pueblo. Recuerdo que, cuando era niño, lo veÃa caminar por la calle con su sombrero de palma saludando a todos. TenÃa la costumbre de dar monedas a los niños que se encontraba.
0:48 pero nunca aceptaba favores ni regalos. DecÃa que cada quien debÃa cuidar su suerte y no mezclarla con la de otros. Con el tiempo, la gente empezó a decir que la fortuna de Don FermÃn no era natural. Algunos aseguraban que habÃa hecho un trato con alguien. Aunque nadie se atrevÃa a decir con quién exactamente. DecÃan que muchos años atrás, cuando su esposa murió y él se quedó solo, empezó a ir al monte de noche. Lo veÃan salir con una lámpara y regresar antes del amanecer. Algunos vecinos juraban que lo oyeron hablar solo, como si discutiera con alguien. La gente terminó acostumbrándose a su presencia y dejó de hacerse preguntas, sobre todo porque cada vez que alguien lo envidiaba, sus cosas prosperaban aún más. Mi madre solÃa decir que habÃa hombres que nacÃan con buena suerte y que lo mejor era no meterse con eso, pero también noté que aunque lo respetaban, nadie se sentÃa del todo cómodo cerca de él al caer la tarde. TenÃa una mirada que se quedaba fija más de lo normal, como si pensara en otra cosa mientras uno hablaba. Aún asÃ, yo lo apreciaba.
1:58 Comenzó con una tos seca que no cedÃa, luego con fiebre alta que lo dejaba sin fuerzas. Los médicos del pueblo decÃan que era por la edad, que el cuerpo ya no aguantaba los calores ni el aire del campo. Pero yo lo vi empeorar rápido, como si algo le quitara la vida. No querÃa que lo llevaran al hospital. Dijo que querÃa morir en su casa junto a sus animales y sus herramientas. Lo que más llamó la atención fue la advertencia que hizo antes de acostarse por última vez. Reunió a la familia y nos dijo que pasara lo que pasara. Nadie debÃa entrar a su casa después del anochecer y mucho menos acercarse al corral. Sonaba enojado, aunque ya le costaba respirar. Mi madre le preguntó por qué, pero él solo dijo que no querÃa visitas ni curiosos, que debÃa pasar sus noches solo. Sus palabras nos dejaron inquietos, nadie entendió qué pretendÃa, algunos pensaron que deliraba por la fiebre.
3:00 Pero mi madre me dijo que no lo tomara a la ligera, que si mi tÃo FermÃn decÃa algo asÃ, debÃa haber una razón. Desde esa tarde su casa quedó en silencio. Solo lo visitábamos de dÃa para dejarle comida o ver si necesitaba algo. por las noches el portón permanecÃa cerrado y el corral donde antes siempre se oÃan gallos y vacas quedó en silencio total a un enfermo se le veÃa la misma calma de siempre no se quejaba no pedÃa nada pasaba las tardes sentado en su silla de madera mirando hacia el monte Los vecinos comenzaron a murmurar otra vez, diciendo que habÃa llegado la hora de que pagara por los favores que habÃa recibido durante toda su vida. DecÃan que nadie podÃa tener tanta suerte sin deber algo a cambio. Las noches se volvieron más pesadas, sin viento. Los perros dejaban de ladrar cerca de su casa, y a veces se escuchaba un ruido bajo, como un murmullo que salÃa desde el corral. Los vecinos más cercanos juraban que vieron sombras moverse entre los árboles, pero nadie quiso comprobarlo. Todos recordaban la advertencia de Don FermÃn y preferÃan mantenerse lejos. Mi madre me prohibió acercarme. Dijo que cuando un hombre viejo se prepara para morir, hay cosas que uno no debe interrumpir. Pero la curiosidad me ganó.
4:24 Y más de una vez me quedé mirando su casa desde la esquina, esperando ver alguna luz o escuchar algún movimiento. Casi siempre estaba todo oscuro. Solo en una ocasión, pasada la medianoche, vi un resplandor leve salir del corral, como si alguien hubiera encendido un fogón escondido. No supe si era fuego o reflejo de algo más. Al dÃa siguiente, cuando fui a dejarle agua, lo encontré sentado, con la mirada perdida hacia el mismo punto. Me dijo que faltaba poco, y volvió a repetir que nadie debÃa entrar en su casa cuando cayera el sol. Pasaron varios dÃas sin que nadie entrara a la casa de mi tÃo después del atardecer.
5:05 Cada mañana mi madre le llevaba comida y le preguntaba si necesitaba algo, pero él apenas respondÃa. Solo decÃa que estaba bien y que pronto descansarÃa. Sonaba apagado, como si hablara desde lejos. Todos lo veÃamos más flaco, más pálido, pero seguÃa con esa calma que siempre tuvo. Yo no dejaba de pensar en sus palabras. QuerÃa creer que solo eran manÃas de un viejo enfermo, pero cada noche el silencio que envolvÃa su casa me daba una sensación rara, como si alguien más estuviera ahà con él. Una tarde le dije a mi madre que querÃa quedarme a cuidarlo. Me miró y... y me prohibió hacerlo. Dijo que mi tÃo habÃa dejado instrucciones claras, que no querÃa compañÃa y que lo mejor era respetarlo, ya querÃa morir tranquilo. Suena triste, pero era la decisión de mi tÃo. Los demás familiares dijeron lo mismo. Algunos aseguraron que, si él pidió estar solo, era porque sabÃa que su hora se acercaba y que no querÃa testigos. Esa misma noche fingà que me iba a dormir temprano. Esperé a que todos en mi casa se acostaran. Tomé una linterna y salà por la ventana del cuarto. Caminé despacio, siguiendo el camino de tierra que lleva hasta la casa de mi tÃo, a unos cien metros del corral. El aire era frÃo y el cielo estaba despejado. Desde lejos se veÃa la silueta de la casa, con una sola luz encendida en la cocina. No se
6:35 oÃa nada, ni siquiera los grillos. Me acerqué por el costado, evitando pisar ramas. El olor a humo me guió hasta una de las ventanas. Desde ahà podÃa ver parte del interior. Mi tÃo estaba sentado frente al fogón. Llevaba la misma camisa que usaba a diario, abierta hasta el pecho, y el sombrero colgado detrás de la silla. La llama ardÃa con fuerza, más de lo normal, y el resplandor anaranjado iluminaba las paredes. Por un momento pensé que estaba rezando porque movÃa los labios, pero cuando afiné el oÃdo noté que no era una oración. Murmuraba algo que no reconocÃa, una especie de canto bajo, sin pausas. Frente a él, del otro lado del fogón, habÃa algo más. una figura delgada sentada con el cuerpo inclinado hacia adelante al principio creà que era una sombra una proyección del fuego pero la forma no coincidÃa con la de mi tÃo se movÃa distinto me quedé mirando la figura tenÃa el cuerpo alargado y los brazos demasiado finos la piel si era piel brillaba con el reflejo del fuego como si estuviera húmeda llevaba un sombrero ancho que le cubrÃa el rostro No pude verle los ojos, pero tenÃa la cabeza agachada mirando las brasas. No hablaba, solo escuchaba. Mi tÃo seguÃa murmurando y de vez en cuando levantaba una taza de barro, bebÃa un trago y la dejaba en el suelo. El
8:06 fuego crepitaba con fuerza. La sombra parecÃa crecer con cada movimiento de las llamas, hasta alcanzar casi el techo. En ese momento sentà que debÃa irme. pero no podÃa apartar la vista. De pronto, la figura levantó lentamente la cabeza. No vi el rostro, solo un brillo opaco donde debÃan estar los ojos. Mi tÃo dejó de hablar. Hubo un silencio largo. Después, la figura extendió una mano delgada hacia el fogón y sacó algo de entre las brasas. Era un objeto negro, brillante por el calor que sostenÃa sin quemarse. Mi tÃo lo miró, luego asintió despacio. La sombra colocó el objeto sobre la mesa. Ãl lo tomó y lo guardó en el bolsillo de su camisa. Entonces habló por primera vez. Dijo que el trato estaba cumplido, que no tenÃa nada más que ofrecer. La figura no respondió, pero el fuego bajó de intensidad. La sombra se levantó, y aunque sus movimientos eran lentos, el cuerpo parecÃa doblarse en ángulos que no eran humanos. Caminó hacia la pared del fondo y, sin hacer ruido, se desvaneció. Sentà un escalofrÃo recorrerme el cuerpo. Retrocedà y tiré una cubeta sin querer.
9:24 Mi tÃo giró la cabeza hacia la ventana. Nuestros ojos se encontraron un instante. No supe si me reconoció, pero su expresión fue frÃa, sin sorpresa. Levantó la mano despacio como si me ordenara irme. ObedecÃ. Corrà hasta mi casa. Cuando llegué, cerré la puerta y me quedé un rato escuchando, esperando oÃr algo detrás. No hubo nada, solo mi respiración. Esa noche no dormÃ. A la mañana siguiente mi madre me encontró pálido y con los ojos hinchados. Me preguntó si habÃa estado enfermo, pero no quise decirle la verdad. Fui al patio y miré hacia el monte. El corral de mi tÃo se veÃa tranquilo. A mediodÃa fui con mi madre a visitarlo. tocamos la puerta pero nadie respondió entramos y lo encontramos dormido en su silla con el sombrero puesto y las manos sobre el pecho parecÃa en paz le hablamos varias veces pero no despertó mi madre notó que su piel estaba frÃa pero respiraba de forma tranquila estaba muy dormido En el fogón aún quedaban brasas apagadas y sobre la mesa una taza de barro vacÃa.
10:35 No habÃa rastro de nada más, pero yo sabÃa que alguien más habÃa estado ahÃ. A la mañana siguiente me desperté con la noticia de que mi tÃo estaba muy mal. Mi madre entró al cuarto apurada, diciendo que habÃan ido a buscar al doctor porque don FermÃn no reaccionaba. Me vestà rápido y corrà hasta su casa. En el camino todavÃa sentÃa el olor del humo de la noche anterior. Al llegar, vi a varios vecinos reunidos en la puerta. Todos hablaban en voz baja. En la cocina, el fuego del fogón estaba apagado. En el cuarto del fondo, donde dormÃa mi tÃo, estaban el doctor y mi madre. Me acerqué despacio. Mi tÃo estaba acostado boca arriba con los ojos abiertos mirando al techo. No hablaba. La piel se le veÃa pálida. pero no tenÃa el color de los moribundos.
11:28 Era más bien un tono grisáceo, como si la sangre no corriera del todo. El pecho se movÃa apenas, lento, casi imperceptible. El doctor le tomó el pulso y negó con la cabeza. Dijo que el corazón latÃa muy despacio y que la temperatura corporal era más baja de lo normal. No sabÃa cómo explicarlo. Probó medirle la presión, pero el aparato no marcó nada. Mi madre le preguntó si se iba a morir, y él respondió que probablemente no pasarÃa la noche. Yo lo miraba en silencio, intentando entender cómo podÃa estar vivo con esa apariencia. ParecÃa que lo habÃan vaciado por dentro. Los labios estaban resecos y en las comisuras se veÃa un tono oscuro, como si hubiera sangrado y se hubiera secado rápido. Aún asÃ, mantenÃa la mirada fija, sin parpadear. El doctor le habló varias veces, pero no respondió.
12:23 Cuando me acerqué al borde de la cama, movió apenas los labios. Me incliné para escucharlo mejor. Su voz era débil, pero clara. Me dijo que no entrara a su habitación cuando el sol se ocultara. Lo repitió dos veces, mirando hacia la ventana como si esperara ver algo allÃ. Quise preguntarle por qué, pero la respiración se le cortó y no volvió a hablar. Mi madre pensó que deliraba, pero yo supe que no. Lo decÃa con la misma firmeza que aquella tarde en que advirtió a todos que no se acercaran al corral. El resto del dÃa fue lento. Los familiares empezaron a llegar desde temprano. Nadie sabÃa qué decir. Algunos rezaban en el patio. Yo no podÃa dejar de pensar en lo que habÃa visto la noche anterior. Cada vez que miraba a mi tÃo recordaba la sombra frente al fogón. El fuego verde y el olor a carne quemada.
13:17 Al caer la tarde, el doctor regresó con un enfermero del pueblo. Le administraron suero y lo taparon con cobijas. Dijeron que era cuestión de horas. Se comenzó a hacer de noche. Mi madre pidió que todos saliéramos para dejarlo descansar. Antes de irme, lo miré una vez más. TenÃa los ojos medio abiertos y una sonrisa leve, apenas visible, pero no parecÃa de dolor. Era una sonrisa tranquila, como si estuviera satisfecho de algo. Esa noche nadie quiso dormir. Mi madre insistió en que nos quedáramos despiertos por respeto. A las nueve, las luces de la casa comenzaron a parpadear.
13:58 algunos pensaron que era la instalación vieja pero el parpadeo se repetÃa a intervalos exactos como si siguiera un ritmo desde el pasillo se veÃa la puerta de su cuarto que estaba entreabierta con un resplandor leve que venÃa de adentro como si hubiera una vela encendida a las 11 el perro de mi tÃo empezó a gemir en el corral y las vacas se movieron inquietas mi madre dijo que era la hora fuimos hasta la puerta pero nadie quiso entrar solo se escuchaba el viento colarse por las rendijas del techo pasaron unos minutos hasta que el silencio se hizo completo no hubo gritos ni respiraciones forzadas ni el sonido que hacen los moribundos cuando exhalan por última vez solo silencio el doctor fue el primero en acercarse abrió la puerta despacio con la linterna en la mano todos los seguimos sin hablar mi tÃo estaba en la misma posición en que lo dejamos con la cabeza apoyada en la almohada y los brazos extendidos a los lados pero esta vez tenÃa la boca abierta en una sonrisa amplia como si le hubieran estirado los labios los ojos seguÃan abiertos fijos en el techo mi madre se llevó la mano a la boca y empezó a llorar el doctor se acercó a revisar los signos aunque no hacÃa falta confirmó que ya no respiraba dijo que el cuerpo estaba tibio y que eso era normal al principio le cubrimos la cara con una sábana y esperamos un rato antes
15:31 de moverlo pasó más de una hora y el cuerpo seguÃa igual el doctor notó que la piel no se endurecÃa le tocó los brazos y las manos y seguÃan flexibles tibias dijo que era raro que lo normal era que el cuerpo se enfriara poco a poco Mi madre pensó que tal vez no estaba muerto del todo. El doctor negó, asegurando que el corazón ya no latÃa. Decidieron dejarlo sobre la cama hasta el amanecer. Nadie quiso quedarse en el cuarto, asà que cerramos la puerta. Yo no pude dormir. Me quedé en la cocina mirando hacia la habitación cerrada. Por momentos creÃa escuchar pasos suaves dentro, como si alguien se moviera despacio alrededor de la cama. Pensé en las palabras que me dijo, que no entrara cuando el sol se ocultara. El velorio se hizo al dÃa siguiente en la misma casa donde murió. Desde temprano comenzaron a llegar vecinos, parientes y conocidos del pueblo. pusieron el ataúd en medio de la sala sobre dos bancos y lo rodearon con velas y flores que mi madre habÃa traÃdo del panteón desde que abrieron la caja se sintió un olor raro distinto al de los difuntos comunes no era el de formol ni el de flores marchitas era un olor dulce y agrio al mismo tiempo La gente entraba, miraba un momento y salÃa sin decir palabra. Algunos se tapaban la nariz con la manga, otros cruzaban la calle y miraban desde lejos, como si temieran quedarse mucho tiempo
17:03 bajo el mismo techo. Mi madre trató de mantener la calma, agradeciendo las condolencias, pero se le notaba el temblor en la voz. Nadie querÃa acercarse demasiado al ataúd. Yo lo hice. QuerÃa verlo una vez más. Dentro de la caja, mi tÃo tenÃa la misma sonrisa que la noche en que murió. Los labios estirados, mostrando los dientes, y los ojos entreabiertos, fijos hacia arriba. La piel seguÃa tibia al tacto. Cuando apoyé la mano en el borde de la caja, sentà un calor leve. como si el cuerpo aún respirara bajo la ropa me aparté rápido nadie más lo notó o prefirió no mencionarlo pasadas unas horas llegó el cura del pueblo todos se levantaron cuando entró era un hombre mayor acostumbrado a los velorios pero su expresión cambió apenas se acercó al ataúd Se persignó, inclinó la cabeza y permaneció callado unos segundos. Luego se dio la vuelta y le dijo a mi madre que no podÃa rezar misa por ese cuerpo. Ella le pidió una explicación, pero él solo repitió que no estaba bien, que algo en su descanso no era natural. Sus palabras dejaron la sala en silencio.
18:17 Mi madre quiso insistir, pero el cura se negó a regresar al altar, diciendo que no bendecirÃa la tumba. Salió sin despedirse dejando la puerta abierta. Afuera el viento sopló fuerte y las velas parpadearon todas al mismo tiempo. La familia se miró entre sà sin saber qué hacer. Mi madre, avergonzada y enojada con el padre, dijo que lo mejor era enterrarlo lo antes posible. nadie discutió los hombres cerraron la tapa y aseguraron los clavos cuando levantaron el ataúd para sacarlo uno de los vecinos comentó que pesaba más de lo normal otro dijo que eso pasaba cuando el alma no se habÃa ido todavÃa el camino al panteón fue lento los que cargaban la caja sudaban aunque la mañana estaba fresca algunos iban rezando pero otros caminaban en silencio mirando de reojo la madera oscura yo caminaba detrás con la mirada fija en la tapa tenÃa la sensación de que algo dentro se movÃa con el vaivén cuando llegamos al cementerio los sepultureros ya tenÃan la fosa lista al fondo junto a los cipreses colocaron el ataúd sobre las cuerdas uno de los hombres se agachó para acomodar la caja Y en ese momento juró que sintió un golpe leve desde adentro, como si algo hubiera rozado la madera.
19:40 Lo dijo en voz baja, pero todos lo escuchamos. Nadie quiso mirar de cerca, aunque todos notamos que las cuerdas vibraban levemente mientras bajaban la caja. El encargado del panteón comenzó a hacer todo más rápido, diciendo que debÃan terminar rápido. Mi madre lloraba en silencio, sosteniendo un ramo de flores blancas. Yo me quedé mirando. Cuando el ataúd descendió, la tapa se movió apenas, como si algo se acomodara adentro. Fue un movimiento sutil, pero real. No dije nada. El sepulturero comenzó a cubrir la fosa con paladas de tierra. El golpe de la primera pala resonó hueco y con cada una el olor parecÃa salir del fondo. Mientras miraba, tuve la certeza de que algo dentro seguÃa consciente. La idea me asustó. Cuando el sepulcro quedó cubierto, la gente comenzó a retirarse rápido, sin esperar la bendición que nunca llegó.
20:39 Nadie querÃa quedarse cerca del lugar. Mi madre me pidió que nos fuéramos también, pero yo seguÃa mirando la tierra recién movida. JurarÃa que vi cómo se hundÃa apenas en el centro, como si el peso de adentro cambiara. Caminé con mi madre hacia la salida con la vista clavada en el suelo. Esa noche soñé con el fuego del fogón y con la sombra del sombrero, sentada frente a mi tÃo. Desperté con la sensación de que algo en el trato que él habÃa hecho aún no se habÃa cerrado, y que su sonrisa dentro del ataúd no era de descanso. Pasaron algunos dÃas después del entierro y el pueblo volvió a su ritmo de siempre. En la plaza, la gente ya hablaba de otras cosas, y solo unos pocos mencionaban a mi tÃo FermÃn. DecÃan que habÃa sido un hombre afortunado hasta el final. que su sonrisa en la tumba era señal de que murió en paz. Yo evitaba esas conversaciones.
21:38 En mi casa, las noches se habÃan vuelto extrañas. La primera madrugada escuché un golpe suave en la puerta principal. No fue fuerte, apenas un toque, como el de alguien que no quiere despertar a los demás. Me levanté pensando que podÃa ser algún vecino buscando ayuda, pero cuando abrà no habÃa nadie. Cerré con el cerrojo y volvà a la cama. A la noche siguiente el ruido se repitió, esta vez más tarde, cerca de las tres. Me levanté sin encender la luz y me acerqué despacio al pasillo. El golpe sonó otra vez, tres veces seguidas. pregunté quién era pero nadie respondió al abrir la puerta sólo encontré silencio me quedé un momento mirando hacia la calle vacÃa cuando bajé la vista vi marcas en el suelo del pasillo huellas húmedas que se extendÃan unos pasos hacia adentro y se perdÃan frente a la mesa no quise seguirlas limpie el piso con un trapo y regresé al cuarto sin decirle nada a mi madre Pensé que tal vez eran niños jugando o alguien del pueblo haciendo alguna broma, pero la tercera noche no pude explicarlo. Los golpes se escucharon de nuevo más cerca del amanecer. Me levanté rápido.
22:55 Esta vez encendà la lámpara y esperé junto a la puerta, escuchando. El sonido se detuvo y justo cuando iba a volver al cuarto, algo cayó al otro lado. No fue un golpe fuerte, más bien un roce, como si algo pequeño hubiera sido empujado por debajo de la puerta. Me agaché y vi un sobre. Era de papel grueso, doblado con cuidado. TenÃa manchas oscuras en las orillas. Lo tomé sin abrirlo y lo llevé a la mesa. El sobre pesaba un poco. Cuando lo abrÃ, encontré billetes doblados, todos manchados con algo rojizo que al secarse habÃa dejado una textura pegajosa. No era pintura ni tinta, era sangre seca. El olor era claro, metálico.
23:39 Me quedé un rato sin moverme mirando los billetes extendidos sobre la mesa. Eran varios, de distintas denominaciones, todos viejos. Reconocà uno de los sellos del banco local, de los que ya casi no circulaban. Por un momento pensé que alguien querÃa jugarme una broma cruel, pero la fecha del billete más reciente coincidÃa con el año en que mi tÃo habÃa vendido un terreno grande cerca del arroyo. Recordé que él siempre manejaba dinero en efectivo y guardaba los fajos envueltos en tela, igual que estos. Me vino a la cabeza la idea de que pudiera ser alguna herencia suya, una forma extraña de dejar algo a quien lo cuidó.
24:19 Pero la manera en que habÃa llegado me inquietaba. El sobre estaba limpio por dentro, como si alguien lo hubiera dejado con cuidado sin querer que se notara. Lo revisé varias veces buscando alguna nota, pero no habÃa nada. Solo los billetes, manchados y secos. No le conté a nadie. Pensé que si lo hacÃa, terminarÃa siendo motivo de habladurÃas en el pueblo, y no querÃa que dijeran que el dinero del tÃo FermÃn habÃa traÃdo maldición. guardé el sobre en un cajón y traté de olvidarlo aún asà esa noche dormà intranquilo cada ruido de la casa me hacÃa pensar que volverÃan a tocar la puerta los dÃas siguientes fueron tranquilos habÃa una sensación de humedad que no se iba Mi madre decÃa que era por las lluvias que venÃan del norte, pero yo sabÃa que no era eso.
25:13 Cada madrugada, sin falta, me despertaba a la misma hora, como si alguien me empujara desde el sueño. No habÃa golpes, pero el silencio era tan espeso que parecÃa tener peso. Una tarde saqué el sobre para verlo con luz de dÃa. Los billetes seguÃan igual, con las manchas oscuras y el olor tenue a sangre. Pensé en enterrarlos o quemarlos, pero una parte de mà no se atrevÃa. No sabÃa si hacerlo era un error o un alivio. Me quedé mirando. Desde el entierro no habÃa vuelto a soñar con él. Una noche, mientras cenábamos, escuché el golpe otra vez. Mi madre no pareció notarlo. La miré y seguà comiendo sin decir nada. Cuando se fue a dormir, me acerqué a la puerta. Afuera no habÃa nadie. Cerré con llave y regresé al cuarto, pero antes de apagar la luz miré hacia el cajón donde guardaba el sobre. No lo habÃa movido, pero me pareció que el papel estaba más arrugado, como si alguien lo hubiera tocado. Lo abrÃ. Dentro, los billetes seguÃan ahÃ, aunque ahora habÃa uno más, doblado en cruz, con una mancha fresca en el centro. El olor a hierro me llegó. No quise pensar de dónde podÃa venir ese dinero ni quién lo dejaba. Volvà a guardar todo en el cajón, cerré con llave y me acosté. Cada madrugada, sin importar si dormÃa en el cuarto o en la sala, al despertar encontraba otro sobre bajo la puerta. Siempre igual.
26:46 Papel grueso cerrado con cuidado. Y dentro, billetes manchados con sangre fresca. ya no era seca ni vieja las primeras veces tuve que taparme la nariz porque el olor metálico era fuerte como si acabaran de arrancar la piel de algún animal no podÃa explicarme de dónde venÃa ni quién podÃa dejarlo sin hacer ruido comencé a esconderlos en diferentes lugares uno bajo la cama otro dentro de una olla vieja otro detrás del ropero pero no servÃa de nada Cada noche aparecÃa uno nuevo, aunque ya no los tocara. Mi madre no se dio cuenta porque yo los recogÃa antes de que amaneciera. Empecé a dormir con miedo, solo lo encontraba ahà al amanecer con la mancha aún húmeda.
27:36 A los pocos dÃas comenzaron los sueños. Soñaba con la casa de mi tÃo. En cada sueño la cocina era la misma, con el fogón encendido y la llama verde iluminando las paredes. Ãl estaba sentado en su silla, mirando el fuego, con la misma sonrisa que tenÃa en el ataúd. Yo me quedaba parado en el marco de la puerta, sin poder moverme. En el fogón ardÃa algo que no alcanzaba a ver del todo. pero olÃa igual que los sobres en medio del sueño escuchaba una voz que no venÃa de él era una voz grave sin respiración entre las palabras como si hablara desde dentro del fuego decÃa que el dinero era mÃo ahora que me pertenecÃa por derecho la voz no gritaba pero se metÃa en la cabeza decÃa que mientras la llama siguiera encendida el dinero no faltarÃa pero que debÃa cuidar de ella las palabras eran claras mantén la llama encendida o alguien más vendrá por el pago siempre repetÃa lo mismo yo intentaba responder pero en el sueño no podÃa hablar sentÃa que la lengua se me pegaba al paladar entonces mi tÃo levantaba la vista y sonreÃa detrás de él la figura de sombrero ancho se movÃa en la sombra solo un poco despertaba empapado en sudor Con el corazón latiéndome tan fuerte que me dolÃa. A veces, al abrir los ojos, sentÃa el olor del humo en la habitación, como si el fuego hubiera estado encendido cerca. Una madrugada me levanté y
29:08 busqué por toda la casa. convencido de que alguien habÃa aprendido algo. No encontré nada, pero al volver al cuarto el olor seguÃa. Con el paso de los dÃas los sueños se hicieron más reales. No solo las tenÃa dormido, también me venÃan imágenes breves cuando estaba despierto. De repente me quedaba mirando la estufa y me parecÃa ver un resplandor verde en el reflejo del metal. O me llegaba un olor a grasa quemada que desaparecÃa en segundos. Me costaba concentrarme. Después de una noche especialmente pesada, desperté con las manos sucias. TenÃa tierra bajo las uñas, húmeda como si hubiera estado escarbando. Me levanté sobresaltado. La cama tenÃa manchas de polvo y la ventana estaba entreabierta. Revisé el patio, pero no miré nada raro. Lavé mis manos varias veces, pero el olor no se iba. Me quedé mirándolas bajo el chorro del agua. TenÃa la piel reseca y al frotarla, la tierra parecÃa salir de los poros. En ese momento me di cuenta de que la mancha en el suelo, justo donde siempre aparecÃan los sobres, era más oscura que el resto del piso. como si algo se filtrará por ahà desde abajo no quise pensar más tomé todos los sobres y los metà en una caja de cartón habÃa juntado casi una docena los billetes estaban apilados algunos pegados entre sà por la sangre cerré la caja y la escondà en el cuarto del fondo Pero esa noche volvió
30:40 a aparecer otro sobre, y al abrirlo, la sangre estaba tan fresca que aún brillaba. La voz seguÃa en mi cabeza incluso despierto. SentÃa que el dinero no era un regalo, sino una cadena. Y cada nuevo sobre era una prueba de que el trato que mi tÃo habÃa hecho no terminó con su muerte. Empecé a pensar en lo que habÃa visto las noches antes de su muerte. El fuego verde, la sombra frente al fogón, la figura inclinada con la piel brillante. Comprendà que no habÃa sido un delirio, que realmente habÃa un pacto. y que ahora algo esperaba que yo continuara con lo que él dejó. Caminé hasta el corral y miré hacia el suelo. En la tierra suelta habÃa una marca circular, como el borde de una olla grande que alguien hubiera puesto y retirado. En el centro la tierra estaba más oscura y olÃa a ceniza. Me agaché y toqué con los dedos. Estaba tibia. Sentà que algo latÃa debajo, leve. Me levanté de golpe, cerré la puerta del patio y entré a la casa con las manos temblorosas. No sabÃa si debÃa contarle a alguien o fingir que nada pasaba, pero una cosa era segura, el olor a humo no provenÃa de ningún fuego visible. VenÃa de otro sitio, uno que no se apaga con agua ni con viento. Esa noche dormà con la lámpara encendida, esperando que la voz volviera. Y volvió, más clara que nunca, diciendo que el fuego no podÃa morir, que el pago
32:13 aún no estaba completo. Decidà ir al panteón. Pensé que, si veÃa la tumba de mi tÃo y comprobaba que todo seguÃa en su lugar, podrÃa convencerme de que lo que pasaba era solo imaginación. esperé a que amaneciera y salà sin decirle nada a mi madre el cementerio estaba vacÃo los cipreses se mecÃan con el viento y el sonido de las ramas era lo único que se oÃa caminé hasta el fondo donde habÃan enterrado a mi tÃo fermÃn recordaba bien el sitio junto al muro de piedra en una esquina donde siempre daba la sombra al llegar me quedé quieto la tierra estaba removida No era un hundimiento normal por la humedad o el peso, sino una alteración reciente. Se notaban las marcas de palas como si alguien hubiera escarbado durante la noche. Me arrodillé para mirar mejor.
33:07 Una parte del ataúd sobresalÃa por un costado, la madera manchada y rajada. Al principio creà que algún animal habÃa escarbado, pero cuando me acerqué, entre los tablones rotos habÃa una rendija y de ella salÃa un hilo delgado de humo. Se elevaba lento sin desaparecer. Me tapé la nariz con la manga y retrocedà varios pasos. El viento cambió de dirección y el humo me alcanzó de frente. TenÃa el mismo olor que los sobres. Me dieron arcadas. Casi vomito ahà mismo. Di la vuelta y corrà hasta la salida del panteón sin mirar atrás. SentÃa que algo me seguÃa. No me detuve hasta llegar al camino de tierra que lleva a la casa de mi tÃo. La puerta principal estaba entreabierta. Empujé con cuidado y entré. El interior estaba igual que el dÃa del velorio. Muebles cubiertos con sábanas, paredes manchadas y un silencio raro. Caminé hasta la cocina.
34:04 El fogón, que habÃa estado apagado desde el entierro, ahora tenÃa brasas encendidas. No habÃa leña nueva ni signos de que alguien lo hubiera usado, pero las brasas estaban vivas, respirando lentamente bajo una capa de ceniza. El resplandor anaranjado iluminaba la habitación. Me acerqué despacio, sintiendo el calor que salÃa del centro del fogón. Encima de las brasas, sobre un trozo de barro quebrado, habÃa un sobre. Lo reconocà al instante. Mismo papel, misma textura, mismas manchas. Me agaché para tomarlo, pero antes de tocarlo vi algo a un lado, sobre la mesa. Era una hoja doblada, escrita con tinta negra.
34:48 La abrà con cuidado. La letra era de trazo grueso, igual a la de mi tÃo. DecÃa solo una frase, no dejes que se apague. Me quedé mirando esas palabras sin poder moverme. La tinta aún parecÃa húmeda. Sentà el pulso acelerado en el cuello. Miré otra vez el fogón. Las brasas parecÃan latir, brillando más cada vez que respiraba cerca. Me alejé unos pasos, pero el calor seguÃa alcanzándome. Tomé el sobre. Dentro habÃa más dinero, limpio, sin manchas de sangre. Los billetes estaban secos. Los conté sin saber por qué.
35:28 Eran once, la misma cantidad de sobres que habÃa recibido antes. Los apreté en la mano y volvà a mirar la nota. Una corriente de aire entró por la ventana y aumentó el fuego. Las brasas se encendieron con un resplandor verde. El sonido del fuego llenó toda la cocina. Un crujido. Me quedé viendo. En el reflejo del fuego, sobre la pared, se dibujó una sombra. Era alta, delgada, con el sombrero ancho cubriéndole la cabeza. No se movÃa, pero su forma temblaba con la luz, estirándose a ratos hasta tocar el techo. Sentà un peso en el pecho. Quise gritar, pero la voz no me salÃa. La sombra permaneció unos segundos frente al fogón y luego se inclinó hacia adelante, como si mirara dentro del fuego. Las brasas se avivaron aún más, y por un instante creà ver dentro algo que se movÃa.
36:22 El fuego pareció responder al movimiento de la sombra, como si ambos respiraran al mismo ritmo. Di un paso atrás, pero no pude apartar la vista. Era la misma presencia que habÃa visto junto a mi tÃo, la misma que lo acompañó en sus últimas noches. Ahora estaba frente a mÃ. El calor aumentó, las paredes parecÃan contraerse y el resplandor verde llenó toda la habitación. En medio del ruido del fuego escuché la voz, esa voz sin respiración, repitiendo las mismas palabras que en mis sueños. La llama no debe morir. Tuve la sensación de que el suelo se movÃa bajo mis pies, como si el fuego latiera desde el interior de la tierra. Me apoyé en la pared para no caer.
37:09 La sombra se giró lentamente hacia mÃ. No vi su rostro, solo oscuridad bajo el sombrero. El fuego se volvió más brillante, casi blanco. Entonces lo entendÃ. Los sobres, el dinero, los sueños. Todo formaba parte del mismo trato. No habÃa terminado con la muerte de mi tÃo. Solo habÃa cambiado de manos. Me quedé inmóvil, con el sobre apretado entre los dedos. La sombra se acercó al fogón y al hacerlo, las llamas se inclinaron hacia mÃ, como si esperaran una respuesta. Sentà que debÃa hacer algo, pero no sabÃa qué. Solo sabÃa que si el fuego se apagaba, alguien más malo podÃa pasar. Me quedé ahà hasta que el sol comenzó a asomarse por la ventana. El fuego seguÃa vivo respirando.
37:58 No quise moverme ni apagarlo. Al salir, la nota seguÃa sobre la mesa, con la tinta aún brillante. Ya no sueño, tampoco duermo. Las noches dejaron de tener horas desde que regresé a esta casa. Paso el tiempo sentado frente al fogón, mirando cómo el fuego respira y se estira con cada pedazo de leña que le doy. No importa si es madera, ropa vieja o trozos de muebles. Mientras arda, la casa se mantiene en calma. A veces el fuego toma el color normal del carbón. Pero cuando empieza a debilitarse, el resplandor verde regresa, como si me avisara que debo seguir alimentándolo. He perdido la cuenta de los dÃas. El olor del humo ya no me molesta. Se ha vuelto parte del aire que respiro. Mi madre se fue a vivir con mis primos, incapaz de soportar el calor constante ni las noches sin silencio. Me pidió que la acompañara, pero no podÃa.
38:55 Entendà que si dejaba el fuego solo, aunque fuera por unas horas, algo pasarÃa. Desde entonces estoy aquÃ, cuidando la llama como mi tÃo lo hizo. Cada vez que el fuego se debilita, escucho pasos en el corredor. Son lentos, medidos, como si alguien deslizara los pies por el suelo de tierra. Después viene el golpe suave en la puerta. Tres veces, siempre igual. No necesito abrir para saber lo que encontraré. Si lo hago, habrá otro sobre. Al principio los recogÃa con miedo, sin saber qué hacer con ellos. Ahora ni siquiera los cuento. Los dejo sobre la mesa, uno encima de otro. El dinero siempre está tibio, como si acabara de salir de una mano viva. No se seca ni pierde el olor. A veces me pregunto de dónde viene, pero ya no busco respuestas. sé que el fuego y los sobres son parte del mismo trato un intercambio que no puedo romper he pensado en apagarlo varias veces he tenido la leña en las manos lista para dejarlo morir pero entonces los pasos vuelven el golpe en la puerta se repite y siento que el aire se enfrÃa de golpe como si alguien respirara detrás de mà en esos momentos sé que si el fuego se apaga la sombra que acompañó a mi tÃo vendrá por mà asà que vuelvo a encenderlo echando lo que tenga a la mano el pueblo habla como siempre ha hablado de todo Dicen que mi casa se parece ahora a la de Don FermÃn,
40:26 que el dinero nunca falta, que siempre hay comida en la despensa y que las cuentas se pagan sin esfuerzo. Algunos creen que heredé la suerte de mi tÃo, que el trabajo me rinde más que a cualquiera. No saben nada, lo que tengo no se gana. Nadie se atreve a visitarme de noche. Dicen que desde el camino se ve un resplandor verde salir por las ventanas y que a veces se escucha una voz grave. Hay momentos en que creo distinguir rostros, sombras que se asoman y desaparecen, igual que la figura del sombrero que vi aquella noche en la casa de mi tÃo. he aprendido a no tenerle miedo el fuego da y quita si lo respeto me deja tranquilo si lo olvido me lo recuerda con los pasos durante el dÃa todo parece normal los vecinos me saludan algunos me piden ayuda con dinero o con trabajo y yo no niego nada el fuego me da lo suficiente nadie pregunta de dónde sale Esta historia es de mi papá, quien ya falleció hace años. La mina quedaba lejos del pueblo, subiendo por un camino de piedra y tierra suelta. HabÃa que caminar más de una hora desde el último cacerÃo hasta el campamento, donde vivÃan los mineros durante la semana. El cerro era alto y árido, sin sombra ni vegetación, y el polvo cubrÃa todo, desde las
41:56 carpas hasta las botas. El trabajo era pesado y peligroso. HabÃa derrumbes cada tanto, sobre todo en la época de lluvias, cuando el suelo se reblandecÃa y las paredes de los túneles se venÃan abajo. Mi padre contaba que, durante esos meses, el ánimo del grupo cayó. La paga era poca, el calor insoportable y las jornadas no terminaban nunca. DormÃan en catres de lona, comÃan frijoles con pan duro y apenas hablaban al final del dÃa. El cansancio se les notaba en la cara, en la forma en que caminaban encorvados, como si la tierra misma los empujara hacia abajo. Fue en una de esas tardes cuando apareció el hombre del polvo.
42:38 Nadie lo habÃa visto antes. Llegó caminando por el mismo sendero que llevaba al pueblo, con una bolsa colgada al hombro y un sombrero ancho que le tapaba casi todo el rostro. Mi padre recordó que no parecÃa un minero ni un vendedor común. Su ropa era oscura y limpia, sin una sola mancha de tierra. Se detuvo en medio del campamento y lo saludó. Dijo que traÃa algo para aliviar el cuerpo, un polvo para la suerte que daba fuerza y quitaba el sueño. prometÃa que con una pizca antes de dormir al amanecer se sentÃan ligeros con los músculos firmes y la mente despejada los hombres lo miraron con desconfianza algunos riéndose otros sin levantar la vista del plato nadie creÃa en curas milagrosas y menos en palabras de un extraño aún asà el hombre no se fue se sentó en una piedra y comenzó a hablarles de la mina del cansancio que arruina los huesos al principio los hombres lo escucharon por curiosidad luego cuando mencionó a uno de los mineros fallecidos el mes anterior todos se quedaron callados nadie sabÃa cómo podÃa saberlo el hombre sonrió y les dijo que no era magia sino conocimiento que hay cosas que se aprenden escuchando a la tierra De la bolsa que llevaba sacó un pequeño frasco de vidrio.
44:00 Dentro habÃa un polvo gris claro, casi plateado, que brillaba con la luz del fuego. Dijo que ese polvo venÃa de una veta profunda, más antigua que cualquier mina del estado, y que guardaba la energÃa de los que trabajaron antes, que bastaba con inhalar una pizca antes de dormir para despertar con el cuerpo renovado y la suerte de su lado. Lo insultaron, diciéndole que se fuera con sus cuentos a otro lado. Pero el hombre no se inmutó. Dijo que no pedÃa pago, que podÃan probarlo una sola vez y juzgar por sà mismos. Que si al dÃa siguiente no se sentÃan distintos, podÃa tirar el frasco por el barranco y no volver a verlo. Estaban cansados, con las manos heridas y los pulmones llenos de polvo real. cualquier cosa que prometiera alivio aunque fuera mentira era bienvenida asà que uno de los mineros un hombre apodado el güero fue el primero en acercarse le pidió probar el desconocido sacó una cuchara pequeña y puso un poco del polvo sobre su palma le indicó que lo aspirara despacio por la nariz el güero obedeció entre risas y burlas de los demás pensando en que podrÃa ser droga dijo que olÃa a tierra húmeda y que no sentÃa nada el hombre solo le respondió que esperara al amanecer luego ofreció lo mismo a los demás algunos aceptaron otros no mi padre
45:31 contó que él también probó pero apenas una cantidad mÃnima por simple curiosidad el hombre se quedó un rato más mirando el fuego Nadie supo de dónde venÃa ni hacia dónde iba. Dijo que volverÃa al dÃa siguiente a recoger los resultados. Luego se levantó, se colgó la bolsa al hombro y caminó cerro abajo hasta desaparecer entre las sombras. Esa noche los mineros se burlaron del asunto antes de dormir. Dijeron que, si al dÃa siguiente seguÃan igual, le devolverÃan su polvo con piedras. Pero mi padre notó que, a pesar de las bromas, todos se acostaron más temprano de lo normal. Algunos dejaron la lámpara encendida, tal vez con la esperanza de despertar antes del amanecer y comprobar si la promesa era cierta. Mi padre decÃa que el polvo tenÃa un brillo extraño, casi como ceniza de metal, con un reflejo plateado que cambiaba según la luz. Cuando el hombre lo mostró de cerca, todos notaron que no era como el polvo común. No olÃa a tierra ni a azufre, sino a hierro caliente, con un toque dulce que se quedaba en la garganta. Nadie podÃa decir de qué estaba hecho, y el desconocido evitaba responder cuando alguien lo preguntaba. Antes de irse aquella primera tarde, repitió las instrucciones con calma.
46:53 Dijo que debÃan inhalarlo justo antes de dormir, no más de una pizca. que no hablaran con nadie durante la hora siguiente, ni comieran ni bebieran nada. Según él, el polvo necesitaba reposar dentro del cuerpo, mezclarse con la respiración para despertar lo que dormÃa en los músculos. Si alguien rompÃa esa regla, la suerte se irÃa y no volverÃa. La mayorÃa lo tomó como una superstición más. Pero habÃa algo en su manera de hablar que los hacÃa escucharlo. No gritaba ni insistÃa, solo repetÃa las palabras como quien dicta un secreto que no debe cambiarse. Luego se marchó dejando el frasco en manos del güero, diciendo que lo compartirÃa con quien quisiera probar. mi padre siempre aclaraba que no creyó en nada de eso dijo que lo hizo solo por curiosidad por ver si era cierto aquella noche después de cenar se sentó junto a los demás y esperó su turno el polvo se pasaba de mano en mano en una cucharita de metal Cuando mi padre aspiró, sintió un sabor amargo que se disolvió rápido. Dijo que al principio no notó nada, solo una leve sensación de calor en el pecho. Los demás decÃan lo mismo, una tibieza extraña que subÃa por la nariz y se quedaba en la cabeza. Después, todos se acostaron temprano. Los que no habÃan probado el polvo se quedaron observando a los demás, esperando alguna reacción. Pero nada pasó. Mi padre dijo que durmió profundo, sin sueños, y que cuando despertó, el sol
48:27 ya estaba alto. No sintió pesadez ni dolor en la espalda. Se levantó con la mente despejada, como si hubiera dormido dÃas enteros. Al salir de la tienda, vio que los demás también estaban despiertos, algunos ya listos para trabajar. Ninguno parecÃa cansado. Caminaban rápido, comÃan poco y reÃan, algo que hacÃa tiempo no ocurrÃa en el campamento. Los que no habÃan probado el polvo lo notaron enseguida. Los hombres que antes se quejaban del peso de las herramientas ahora trabajaban el doble, sin descanso. Ni el calor ni el polvo les afectaban. Uno de ellos, que solÃa detenerse cada media hora a tomar agua, pasó toda la mañana sin probar bocado.
49:11 Cuando le preguntaron si no tenÃa hambre, dijo que no, que se sentÃa lleno de energÃa. Para el mediodÃa, la noticia ya se habÃa regado por todo el cerro. Los que no lo habÃan probado comenzaron a pedir su parte. Algunos buscaban al güero, otros preguntaban por el hombre que lo habÃa traÃdo. pero él no apareció. Nadie lo vio bajar ni subir del camino, como si se lo hubiera tragado la tierra. Mi padre contó que la jornada de ese dÃa fue la más productiva que recordaban. Avanzaron metros enteros dentro del túnel, rompiendo piedra y sacando mineral sin detenerse. El capataz, sorprendido, los felicitó. y dijo que si seguÃan asà podrÃan terminar antes de tiempo. Nadie se quejaba, nadie pedÃa descanso. El polvo parecÃa haberles dado una fuerza que no era normal. Por la tarde, cuando el sol caÃa, el güero sacó el frasco para repartir lo que quedaba.
50:10 Los demás se acercaron sin discutir, formando una fila improvisada. Mi padre dijo que todos querÃan su porción, incluso los que antes se habÃan burlado. Lo inhalaban con los ojos cerrados como si aquello fuera agua en medio del desierto. Esa noche el campamento estaba distinto. Las conversaciones se alargaron. Mi padre recordó que el polvo parecÃa haber borrado el cansancio del cuerpo. Algunos decÃan que era brujerÃa buena, otros que era solo un remedio natural. Al amanecer, el efecto se repitió. Todos despertaron con la misma ligereza en el cuerpo. Nadie tenÃa sueño ni hambre. Los ojos se veÃan más claros.
50:52 Y las manos, que solÃan estar agrietadas por la piedra, estaban limpias, sin marcas. Para el tercer dÃa, ya nadie dudaba. DecÃan que el polvo funcionaba. El rumor bajó hasta el pueblo y varios hombres empezaron a subir para buscar al desconocido del frasco. Pero él nunca volvió. Solo quedaba lo que habÃa dejado, y el frasco pasaba de uno a otro como si fuera sagrado. Las semanas siguientes fueron las más productivas que la mina habÃa visto en años. Mi padre decÃa que ni los capataces podÃan creerlo. Los informes mostraban el doble de material extraÃdo, y los patrones mandaban mensajes de felicitación desde la ciudad. Nadie se quejaba, nadie pedÃa descanso. Los hombres trabajaban desde que salÃa el sol hasta que la oscuridad los obligaba a detenerse, y aún asà parecÃan tener fuerza de sobra. El polvo se volvió parte de la rutina. Cada noche, antes de dormir, los mineros sacaban pequeñas dosis del frasco, que ahora se habÃa multiplicado en varios sobres. DecÃan que el efecto se mantenÃa siempre que no pasaran más de dos dÃas sin inhalarlo.
52:05 Los capataces estaban felices, aunque ninguno supiera exactamente qué habÃa cambiado. DecÃan que la moral del grupo habÃa mejorado, que por fin se veÃa entusiasmo. Pero los mineros sabÃan que no era entusiasmo, sino otra cosa. Era una energÃa que los mantenÃa en movimiento sin importar el cansancio. Las comidas se hacÃan cortas, el sueño superficial, y aún asà el cuerpo rendÃa más. El hombre del polvo volvió a aparecer a los tres dÃas. Llegó al anochecer, igual que la primera vez, con la bolsa colgada al hombro y el sombrero cubriéndole el rostro. Caminó entre las carpas sin mirar a nadie y fue directo hacia el fuego central. Los hombres lo recibieron como si fuera un proveedor importante. Nadie lo cuestionó.
52:53 Le ofrecieron comida, monedas y hasta ropa a cambio de más sobres. Mi padre recordaba que el hombre nunca negociaba. Solo extendÃa la mano y aceptaba lo que le daban. Luego entregaba pequeños envoltorios de tela gris amarrados con hilo rojo. Dijo que el polvo debÃa guardarse en lugar seco y que solo funcionaba para quienes ya lo habÃan probado. Cuando alguien nuevo quiso comprarlo, el hombre se negó. Diciendo que no era el momento. Nunca se quedaba mucho tiempo. RepetÃa las mismas frases, entregaba el polvo y se marchaba antes de que el fuego del campamento se apagara. Los que intentaron seguirlo decÃan que tomaba el camino del barranco y que su silueta se perdÃa entre las piedras. Uno de ellos huyó. Un joven apodado El Ciego intentó alcanzarlo una noche, pero regresó pálido. Dijo que el camino se hacÃa más largo cuanto más corrÃa, y que al mirar hacia atrás ya no veÃa las luces del campamento. Nadie volvió a intentarlo.
53:56 El polvo comenzó a circular entre los mineros del cerro vecino. Algunos lo compraban por monedas, otros lo cambiaban por comida o herramientas. DecÃan que los que lo usaban no enfermaban ni se cansaban. Incluso hubo quienes aseguraron que sus heridas cerraban más rápido. Sandoval, un minero callado que dormÃa en la carpa junto a mi padre, fue el primero en notar algo raro. Contó que una noche, mientras el hombre del polvo repartÃa los sobres, una ráfaga de viento movió la lámpara y la luz le dio de lleno en el cuerpo. Dijo que por un instante lo vio disolverse. No desaparecer, sino deshacerse, como si la carne se volviera polvo y se esparciera con el aire. Cuando lo contó al resto, nadie le creyó. Dijeron que habÃa sido un reflejo o el humo del fuego. Sandoval insistió. Aseguró que lo vio de cerca. Mi padre dijo que lo escuchó nervioso, con la voz cortada. Pero nadie quiso darle importancia. Las ganancias estaban subiendo, los capataces estaban contentos y nadie querÃa arruinar el ambiente con historias. Poco después, algunos empezaron a enfermar.
55:08 Al principio fue leve, fiebre, mareos, debilidad en las piernas. Pensaron que era por el calor o por la falta de sueño, pero al tercer dÃa los sÃntomas se volvieron extraños. Los hombres decÃan que no sentÃan hambre y que la piel les picaba por dentro. como si algo se moviera bajo ella uno de ellos al rascarse el brazo vio que la piel se abrÃa fácil sin sangrar y que de la herida salÃa un polvo gris del mismo color que el que inhalaban Los enfermos seguÃan yendo a trabajar, decÃan que no podÃan quedarse quietos, que si lo hacÃan sentÃan el cuerpo pesado, los demás los observaban con miedo, pero no sabÃan cómo ayudarlos, aún asà seguÃan usando el polvo, decÃan que los mantenÃa de pie y que si lo dejaban el cuerpo se apagaba. Mi padre contó que, una noche, al volver del túnel, encontró a Sandoval sentado junto al fuego, con la mirada fija en el suelo. TenÃa la piel pálida y las uñas cubiertas de una capa gris. Le dijo que ya no podÃa dormir, que cada vez que cerraba los ojos escuchaba una respiración dentro de la mina, como si alguien aspirara desde el fondo. Le pidió que al dÃa siguiente hablaran con el capataz para detener el trabajo, pero al amanecer Sandoval no estaba. En su catre quedaron solo sus botas y un sobre vacÃo. El resto de los mineros dijo que seguramente bajó al pueblo, pero mi
56:40 padre sabÃa que no. Nadie baja sin permiso, y menos dejando todo atrás. Esa misma tarde el hombre del polvo volvió. Entregó los sobres con la misma calma, sin decir palabra sobre el desaparecido. Nadie se atrevió a preguntarle. Cuando terminó, se fue como siempre. Pero mi padre jura que esa vez el viento soplaba distinto, que en lugar de dejar huellas, el hombre dejó marcas oscuras, como si su paso quemara la tierra. Mi padre decÃa que, al principio, nadie quiso aceptar que el polvo tenÃa algo que ver con las enfermedades. pensaban que era una gripe o tal vez la falta de comida pero los sÃntomas no eran normales los hombres que antes podÃan cargar costales sin esfuerzo empezaron a adelgazar tosÃan seguido y se les resecaban los labios hasta partirse la piel les cambiaba de color volviéndose grisácea como si el polvo del cerro se les metiera en las venas en pocos dÃas el campamento entero se llenó de toses secas Las camisas quedaban manchadas con un residuo blanco cada vez que alguien se limpiaba la boca. Algunos decÃan que era solo fatiga, pero todos lo sabÃan. El polvo que inhalaban era el mismo que ahora les salÃa del cuerpo.
58:00 Mi padre notó los primeros rastros en el suelo del pasillo, frente a las camas. Eran huellas pálidas, casi imperceptibles, que se deshacÃan al tocarlas. Al amanecer, el aire del campamento estaba lleno de ese mismo polvillo, flotando entre las lonas, cubriendo los catres y las botas. Los hombres comenzaron a barrerlo todas las mañanas, pero cada dÃa habÃa más. Los que estaban más enfermos sudaban poco. Cuando lo hacÃan, el sudor se secaba enseguida, dejando una capa gris sobre la piel. Era como si el cuerpo estuviera convirtiéndose en ceniza poco a poco. Nadie hablaba de eso en voz alta, aunque todos lo veÃan. Los enfermos se quedaban callados, mirando el fuego con la vista perdida, y cuando alguien les ofrecÃa agua o comida, la rechazaban. Mi padre contó que una noche despertó por el ruido de alguien tosiendo cerca. Al principio pensó que era el güero, su compañero de catre, que siempre se levantaba a fumar. Pero la tos se convirtió en un jadeo largo, con una especie de susurro entrecortado.
59:06 se levantó con la linterna en la mano y caminó hasta la otra cama el catre estaba hundido pero el cuerpo no se movÃa al acercarse sintió un olor extraño como a tierra caliente y metal tocó la sábana y se dio cuenta de que estaba vacÃa Solo quedaban las ropas, dobladas hacia adentro, con un montón de polvo gris dentro. No habÃa sangre, ni marcas, ni rastro de huida. Solo eso. Polvo, fino y seco, con el mismo brillo del que el hombre les vendÃa. Mi padre gritó para despertar a los demás. Los hombres se levantaron asustados, alumbrando con las linternas. Nadie entendÃa qué habÃa pasado. Algunos pensaron que el güero se habÃa escapado, pero la forma del polvo sobre la cama tenÃa el contorno del cuerpo, como si se hubiera deshecho durmiendo.
59:58 Esa noche nadie volvió a dormir. Se quedaron sentados junto al fuego, esperando el amanecer. Uno de los mineros quiso barrer los restos y enterrarlos fuera, pero cuando trató de levantar la ropa, el polvo se desmoronó y se lo llevó el viento. A partir de esa noche decidieron dormir separados, ya no compartÃan carpas. Cada uno levantó su catre lejos del otro, con miedo de despertar al lado de una pila de ceniza. El silencio del campamento se volvió más pesado. Nadie se reÃa ni hablaba. Solo se escuchaba el ruido del viento bajando del cerro y el golpeteo de las herramientas abandonadas. Los capataces bajaron al campamento a revisar. Al ver el estado de los hombres, ordenaron descanso por un dÃa, pero nadie quiso irse. TemÃan que, si se alejaban del polvo, el cuerpo se les apagara. Algunos aseguraban que lo necesitaban, que sin él no podÃan moverse. Otros decÃan que si lo dejaban, algo lo seguirÃa hasta el pueblo. Mi padre recordaba que las noches se hicieron más frÃas. El aire dentro de las carpas olÃa a óxido y a piedra.
1:01:07 Cada mañana el suelo amanecÃa cubierto de un polvo más grueso, y al caminar se levantaban nubes pequeñas que se quedaban flotando un rato. Algunos hombres tenÃan los ojos irritados y las uñas se les quebraban con solo tocar la pala. Cuando intentaron limpiar las camas, notaron que la tela de los catres también se estaba deshaciendo. El polvo se metÃa en todo, en la comida, en los bolsillos, en las herramientas. Uno de los hombres juró que mientras dormÃa sintió un zumbido dentro del oÃdo, como si algo se moviera bajo la piel. Mi padre decÃa que en esas semanas el miedo se volvió rutina. Los que aún estaban fuertes seguÃan trabajando, aunque sin hablar mucho. El sonido de los golpes dentro del túnel era lo único que se mantenÃa igual. En cambio, fuera, el campamento se veÃa más vacÃo cada dÃa. Los que enfermaban desaparecÃan sin dejar rastro. Algunos decÃan que se habÃan ido, pero todos sabÃan que no. El polvo no solo cubrÃa las camas, también las huellas. Donde un hombre se detenÃa a descansar, quedaba su marca en el suelo. y al poco tiempo esa misma marca se caÃa a pedazos como si se desmoronara las linternas iluminaban caminos de huellas que se borraban solas dejando una capa gris que el viento arrastraba mi padre contó que una de esas noches escuchó golpes en la carpa vecina pensó que era otro enfermo tosiendo cuando fue a mirar no encontró a nadie solo
1:02:41 ropa vacÃa y una pala tirada el aire dentro del catre se movÃa todavÃa como si el cuerpo acabara de desaparecer dijo que sintió que algo le rozaba la cara una corriente tibia que le dejó olor a hierro en la nariz después de eso nadie quiso quedarse solo pero tampoco se atrevÃan a dormir juntos algunos pasaban las noches fuera frente al fuego con los ojos abiertos hasta que amanecÃa El humo del campamento se mezclaba con el polvo, y al amanecer el cerro entero parecÃa cubierto de una neblina gris. Mi padre decÃa que fue entonces cuando comprendieron que el polvo no los estaba ayudando a trabajar más, sino a volverse parte del mismo cerro, que cada inhalación los acercaba un poco más a convertirse en lo que respiraban.
1:03:33 Mi padre contaba que cuando el capataz vio la cantidad de enfermos, decidió cerrar el turno y evacuar el campamento. Dijo que lo harÃan al amanecer, apenas llegaran las mulas con los carros. Los hombres estaban aliviados, nadie querÃa quedarse un dÃa más en ese cerro. El aire se habÃa vuelto tan pesado que hasta las herramientas se sentÃan húmedas. La mina estaba silenciosa y los pasillos interiores despedÃan un olor rancio, como a metal oxidado y carne guardada. Esa noche, mientras preparaban las cosas para bajar, escucharon pasos afuera del campamento. Mi padre pensó que era uno de los capataces, pero cuando salió de la carpa, vio al hombre del polvo caminando entre las sombras. VenÃa cubierto con una manta oscura que arrastraba por el suelo. Su andar era lento, arrÃtmico, y cada paso levantaba una nube gris que parecÃa seguirlo.
1:04:31 Nadie se atrevió a hablarle, solo lo vieron acercarse al fuego central. El capataz fue el primero en enfrentarlo. Le preguntó qué hacÃa ahÃ, si era él quien traÃa la enfermedad. El hombre no respondió, solo levantó la cabeza y dijo que el trabajo no debÃa detenerse, que el polvo aún tenÃa fuerza y que los que quedaban podÃan terminar el turno si querÃan conservar la suerte. Su voz era rasposa. como si saliera de una garganta seca. Mi padre recordaba que el fuego se reflejaba raro en su manta. No se veÃa la piel debajo, solo sombras moviéndose como si el cuerpo no tuviera forma fija. Cuando uno de los mineros apuntó su lámpara directo a él, todos dieron un paso atrás. La luz lo alcanzó de lleno y lo que vieron no parecÃa humano. La piel se le cuarteó como si fuera barro seco. Se abrió por las mejillas, el cuello y los brazos, dejando ver grietas oscuras. No habÃa sangre ni carne, solo una superficie quebrada, con reflejos de polvo que caÃa de su interior. Los ojos se hundieron, y en lugar de pupilas habÃa dos huecos negros que parecÃan absorber la luz. El capataz gritó que lo atraparan, pero nadie se movió. Mi padre dijo que el hombre extendió la mano hacia el fuego y que los dedos se deshicieron, cayendo en trozos que se convertÃan en tierra al tocar el suelo. El resto del cuerpo empezó a desmoronarse también. Primero los hombros, luego el pecho y por
1:06:05 último el rostro. Todo se cayó a pedazos, sin ruido, hasta que solo quedó la manta vacÃa en medio del polvo. El viento sopló fuerte y levantó una nube que cubrió el campamento. Tardó varios minutos en disiparse. Cuando pudieron ver de nuevo, no habÃa ni un solo resto del hombre. Solo un montÃculo de tierra gris en el lugar donde se habÃa deshecho. Nadie dijo palabra. Los mineros miraban la manta con miedo, sin saber si enterrarla o quemarla. El capataz se quitó el sombrero y ordenó cavar un hoyo cerca del fogón. Los pocos que todavÃa tenÃan fuerzas lo ayudaron. Mi padre decÃa que al tocar la manta sintió que estaba tibia, como si algo dentro aún respirara. La enrollaron con cuidado y la metieron al agujero. Luego la cubrieron con tierra hasta que el fuego del campamento casi se apagó.
1:06:58 Esa misma noche, antes de dormir, el capataz reunió a todos. Les pidió que juraran no volver a usar el polvo ni hablar de lo ocurrido. Dijo que si contaban algo nadie les creerÃa y que lo mejor era olvidar y bajar del cerro al amanecer. Todos aceptaron. Algunos arrojaron sus sobres al fuego y observaron cómo ardÃan despacio, soltando un humo espeso con olor a hierro. Nadie encendió luces ni se acercó al fogón. Solo el viento movÃa las lonas de las carpas. Mi padre dijo que, al acostarse, escuchó algo golpear las paredes de su tienda, como si el polvo del suelo se levantara por su cuenta. Se cubrió la cara y esperó a que amaneciera. Al dÃa siguiente, el cerro parecÃa distinto. El aire estaba quieto y no se escuchaban los ruidos habituales de la mina. algunos hombres fueron al lugar donde enterraron la manta y vieron que la tierra seguÃa movida como si algo hubiera salido no quisieron cavar para comprobarlo se persignaron y comenzaron a bajar con las pocas pertenencias que les quedaban cuando el grupo empezó el descenso mi padre miró hacia atrás por última vez dijo que el campamento se veÃa cubierto por una capa de polvo brillante, más grueso que la ceniza, como si el cerro hubiera devuelto todo lo que se le habÃa quitado. Los catres, las herramientas y las carpas parecÃan disolverse lentamente, igual que el cuerpo del vendedor. Al llegar al pueblo, los hombres contaron que habÃan terminado el trabajo
1:08:30 y que varios se habÃan enfermado por la altura. Nadie mencionó lo del polvo ni el fuego ni el cuerpo que se volvió tierra. Los capataces dieron por cerrado el turno y nunca más enviaron cuadrillas a ese cerro. Mi padre decÃa que, aunque todos juraron callar, ninguno volvió a ser el mismo. A veces, cuando él hablaba de eso, miraba sus manos y se quedaba callado unos segundos, como si recordara el tacto de aquella manta tibia. DecÃa que, desde esa noche, el olor a tierra caliente lo seguÃa, incluso cuando ya no habÃa polvo en los bolsillos. Mi padre decÃa que el juramento que hicieron esa noche no sirvió de nada. Para entonces, el daño ya estaba dentro de todos. Los que habÃan inhalado el polvo, aunque fuera una sola vez, comenzaron a enfermar en los dÃas siguientes.
1:09:20 Al principio intentaban ocultarlo pensando que era cansancio o alguna reacción pasajera, pero los sÃntomas eran claros y avanzaban rápido. El cuerpo se les secaba, la piel perdÃa color y se ponÃa rasposa, como si tuviera una capa de tierra pegada. Al rascarse, se desprendÃan pequeñas escamas grises que caÃan al suelo y se deshacÃan. Algunos decÃan que les picaba todo el cuerpo por dentro, como si algo les caminara bajo la piel. El polvo parecÃa salirles por los poros, mezclado con el sudor. Mi padre recordaba que, la primera vez que se bañó después de bajar del cerro, el agua del balde salió turbia. Pensó que era suciedad del trabajo, pero el color era distinto. No era marrón, sino gris opaco, con un brillo metálico. Frotó su piel con jabón hasta dejarla roja, pero el agua seguÃa saliendo igual. Al final tuvo que dejar de bañarse por unos dÃas, porque cada vez que lo hacÃa el olor a metal se volvÃa más fuerte. Los que vivÃan cerca del rÃo notaron lo mismo.
1:10:29 El agua donde se lavaban quedaba manchada de polvo y tardaba en asentarse. La gente comenzó a evitarlos. DecÃan que los mineros traÃan algo del cerro, una enfermedad que se pegaba con el aire. Los llamaban los grises. Nadie querÃa tenerlos cerca ni venderles comida. Mi padre contaba que las uñas se le cayeron una por una. No dolÃa. Solo un dÃa despertaba y encontraba la cama con pequeños trozos duros entre las sábanas. El cuerpo no sangraba, solo dejaba huecos suaves donde antes estaban las uñas. Al caminar, el polvo salÃa de las manos y de los pies, formando un rastro que el viento barrÃa en segundos. Los médicos del pueblo no sabÃan qué decir. Pensaron en lepra o en alguna intoxicación, pero ninguna cura funcionaba. Les daban ungüentos, tónicos, inyecciones de vitaminas y nada cambiaba. La piel seguÃa cayéndose.
1:11:28 El cuerpo se volvÃa ligero, como si perdiera peso con cada dÃa que pasaba. El ayuntamiento ordenó aislar a los enfermos en una bodega vieja junto al camino. decÃan que asà evitarÃan que se propagara la enfermedad pero no todos aceptaron algunos escaparon antes de que los encerraran caminando hacia los cerros donde habÃan trabajado nadie lo siguió decÃan que preferÃan morir allá donde el aire era el mismo que respiraron cuando tenÃan fuerza Mi padre no quiso quedarse en la bodega. Dijo que no soportaba el ruido de la tos de los otros ni el olor a polvo que se acumulaba en el piso. Cada dÃa se levantaban montones de ceniza bajo las camas. Algunos enfermos apenas podÃan hablar.
1:12:15 solo respiraban con dificultad y a veces sonreÃan sin razón, con la mirada perdida. Una noche el doctor pasó a revisarlos y salió asustado. Dijo que el aire dentro de la bodega estaba pesado, que parecÃa lleno de partÃculas suspendidas. Al amanecer, los que dormÃan más cerca de la puerta amanecieron cubiertos por una capa de polvo más gruesa. Nadie supo si estaban vivos o muertos, porque el cuerpo se desmoronaba al tocarlos. Los familiares dejaron de visitarlos, solo las esposas más tercas seguÃan llevando comida, aunque la dejaban a varios metros de distancia. Los niños corrÃan sin acercarse, con la cara tapada por pañuelos. En el pueblo decÃan que el mal del polvo no era enfermedad, sino castigo, que los hombres habÃan tocado algo prohibido en el cerro. Mi padre contaba que las noches eran las peores. El aire se llenaba de un silbido leve, como si el viento se metiera por entre las paredes de la bodega. A veces, cuando despertaba, veÃa el suelo cubierto de huellas. No eran de zapatos, sino marcas descalzas, alargadas, hechas con polvo. Nadie admitÃa haber salido de su catre, pero las huellas seguÃan apareciendo.
1:13:32 Los dÃas pasaban lentos. Cada mañana alguien faltaba. El catre quedaba vacÃo, con un pequeño montón de ceniza encima y la manta hundida. Nadie decÃa nada, solo barrÃan los restos y los echaban al terreno detrás de la bodega, donde ya se formaba una capa gris que el viento levantaba por las tardes. Mi padre decÃa que pensó en escapar muchas veces. Una tarde, al salir a buscar comida, vio a dos hombres en el camino. iban descalzos con la ropa pegada al cuerpo y los brazos cubiertos de polvo no hablaban caminaban hacia el cerro con paso lento dejando un rastro que el viento dispersaba detrás de ellos el aire se llenaba de un olor metálico el mismo que mi padre ya conocÃa volvió a la casa sin decir nada encendió una lámpara y se miró las manos la piel estaba cuarteada y la punta de los dedos se veÃa opaca dijo que fue entonces cuando entendió que no habÃa salida que el cerro se los estaba llevando de regreso uno por uno como si el polvo lo reclamara esa noche no durmió se quedó sentado frente al fuego del fogón observando como las brasas se volvÃan grises dijo que por un momento creyó ver el reflejo de una figura en la pared. con sombrero y manta, igual al hombre que les vendió el polvo. No habló con nadie, solo esperó a que amaneciera, con el miedo de ver
1:15:02 su propia piel desmoronarse en el primer rayo de luz. Mi padre contó que esa noche no durmió por completo, decÃa que el cuerpo le pesaba, pero la mente seguÃa despierta. Afuera aún era de noche y el viento movÃa las ventanas. Se sentó en la cama para relajarse y fue entonces cuando vio un saco gris colocado junto a sus botas. No recordaba haberlo traÃdo de la mina ni haberlo visto antes. Lo tomó con cuidado. El hilo rojo que lo amarraba era idéntico al de los sobres originales. Sintió el mismo olor a metal, tenue pero reconocible. Pasó el resto de la noche mirándolo sin atreverse a abrirlo. al amanecer lo guardó en el bolsillo y decidió ir a la mina querÃa mostrárselo a los pocos hombres que seguÃan vivos en el pueblo los mismos que habÃan trabajado con él el camino hasta el cerro estaba vacÃo cuando llegó al campamento encontró a tres de sus antiguos compañeros VivÃan en chozas improvisadas, demasiado débiles para bajar al pueblo. Al verlo, lo recibieron con desconfianza. Mi padre sacó el saco y lo puso sobre una mesa vieja. Los hombres se miraron entre sÃ.
1:16:18 Nadie querÃa tocarlo. Uno de ellos dijo que era mejor enterrarlo de inmediato, pero otro, más curioso, insistió en abrirlo para saber qué tenÃa. Mi padre recordó que el hilo se deshacÃa fácilmente, lo desató con cuidado y vació el contenido sobre la mesa. El polvo cayó formando un montoncito brillante, era gris con reflejos plateados y despedÃa un olor leve parecido al hierro. Pero lo que llamó la atención no fue el color, sino lo que habÃa mezclado dentro. Pequeños fragmentos duros, irregulares, con bordes amarillentos. Al principio pensaron que eran piedras o residuos de la mina, pero al mirar más de cerca vieron que algunos tenÃan forma de falanges.
1:17:06 Eran huesos, diminutos, con las puntas astilladas, como si hubieran sido molidos. Nadie se atrevÃa a tocar nada. Uno de los hombres apartó el polvo con un trozo de madera y encontró algo más. una uña todavÃa entera incrustada en la mezcla el color era opaco y al moverla se quebró sin resistencia mi padre sintió que el estómago se le revolvÃa dijo que entendió todo en ese momento el polvo no era medicina ni brujerÃa para la suerte era un residuo de muerte hecho con restos humanos cada sobre era una porción de lo que quedaba de otros mineros triturados y mezclados hasta volverse parte de esa sustancia Y cada vez que alguien lo inhalaba, respiraba pedazos de carne convertida en polvo. Los demás también lo comprendieron. Mi padre quiso quemar el saco y el polvo restante, pero el fuego no prendÃa. Usaron papel, alcohol, hasta carbón seco, y nada hacÃa arder la mezcla. Solo se calentaba y soltaba un humo gris que olÃa a hueso. Los hombres se apartaron y cubrieron la mesa con una manta. Cuando la levantaron minutos después, el polvo habÃa desaparecido, dejando solo una marca oscura sobre la madera, como si se hubiera fundido en ella. Esa noche ninguno durmió. los que aún podÃan caminar se fueron del campamento antes de que amaneciera mi padre se quedó solo un rato más mirando la mesa y la marca que el polvo habÃa dejado decÃa que
1:18:39 se movÃa muy despacio tenÃa la impresión de que el polvo lo seguÃa pegado a la ropa dentro de las uñas en los pliegues de la piel se bañó tres veces antes de llegar al pueblo cuando intentó contarlo nadie le creyó decÃan que el cansancio lo habÃa hecho alucinar que los restos eran de animales o de la propia mina pero los que habÃan trabajado con él y aún respiraban sabÃan que no era mentira aparte cómo aparecerÃa un saco asà de la nada uno de ellos juró haber visto al hombre del polvo esa misma noche parado en la entrada del pueblo observando desde la oscuridad con la manta en la mano mi padre lo resumió con una frase que nunca olvidé lo que respiramos allá arriba no era polvo del cerro era lo que quedó de los que el cerro se tragó después de eso nadie volvió a mencionar el tema Mi mamá querÃa llevarlo al médico del pueblo y él respondÃa que no servÃa, que ya lo habÃan visto y que solo le dieron tónicos que no hacÃan nada. DecÃa que lo único que podÃa hacer era no cansarse y no dormir mucho porque al despertar sentÃa la garganta llena de polvo. En la casa aparecÃan marcas en las sábanas y en las camisas. No eran manchas de tierra común, quedaban pegadas y al frotarlas se deshacÃan en una capa fina que olÃa a metal. Sus uñas se fueron desprendiendo sin dolor. Llevaba los dedos vendados para que no viéramos los huecos blandos. Cuando barrÃamos el
1:20:12 cuarto siempre salÃa un montón nuevo, como si el polvo se formara durante la noche. Ãl nos pedÃa que no barremos delante de él porque le molestaba el sonido de la escoba en el piso. La semana siguiente se volvió más callado. ComÃa poco, a veces nada, y decÃa que no sentÃa hambre. En las noches se sentaba frente al fogón apagado y miraba el bracero como si estuviera encendido. DecÃa que escuchaba un murmullo que venÃa de lejos y que si cerraba los ojos, ese murmullo se acercaba. Mi mamá dormÃa en la otra habitación con mi hermana menor porque el olor del cuarto no la dejaba descansar. Era un olor a hierro que no se iba con nada.
1:20:56 Una madrugada lo escuché levantarse. Caminó despacio hasta el patio. Salà detrás de él. Estaba descalzo sobre las losas frÃas y el suelo quedó marcado con huellas grises que se rompÃan al segundo. Lo acompañé hasta la silla de madera y se sentó con la espalda recta. sus ojos estaban muy abiertos no parpadeaba al amanecer empezó a temblar le puse una manta y la manta se manchó de inmediato le ofrecà agua y dijo que no me pidió que abriera la ventana luego me pidió que me quedara a su lado sin hablar El temblor se fue apagando y el cuerpo perdió peso de un momento a otro. Se notaba en la silla que dejó de crujir. Sus manos quedaron sobre las rodillas y los dedos ya sin uñas parecieron más cortos. Le tomé el pulso en la muñeca y casi no encontré latido. Su respiración era lenta y hacÃa un sonido leve. El olor a metal se hizo más fuerte y el aire del cuarto se volvió más pesado.
1:21:58 Me acerqué para acomodarle la cabeza y la piel de la nuca dejó una marca gris en la madera. Le toqué el pecho y ya no se movÃa. Sus ojos seguÃan abiertos. Lo cerré con la yema de los dedos y la ceniza me quedó pegada. Lo cubrà con una sábana sin sacudirla porque cada movimiento levantaba polvo. Llamé a mi mamá y al médico. el médico llegó con una mascarilla y guantes dijo que era paro respiratorio y que debÃamos mantener la ventana abierta firmó el acta y nos dejó solos hicimos el velorio en silencio y enterramos la ropa manchada en el patio la caja la llevé lejos y la cubrà con tierra a mano limpia sin abrirla con los años entendà que él ya habÃa empezado a irse desde que inhaló aquella pizca en la mina no murió de golpe Se fue quedando en la casa, en las losas, en la silla y en las vendas. Esta historia es de mi papá y la cuento como me la contó. Cuando él falleció tenÃa 15 años.
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