Oct. 13, 2025

PACTO Con El DIABLO: El Fuego Del INFIERNO Historias De Terror - REDE

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0:04 Don Fermín era hermano de mi madre. Ya pasaba de los 80 y seguía fuerte. Siempre había tenido suerte. Su terreno daba cosecha cuando los demás se quedaban en tierra seca, y sus animales nunca se morían sin razón. Mientras otros se quejaban de la sequía, él tenía agua en el pozo y maíz para vender. Desde joven fue conocido como un hombre que no conocía la escasez. Nadie podía explicarlo, pero todos lo reconocían como el más próspero del pueblo. Recuerdo que, cuando era niño, lo veía caminar por la calle con su sombrero de palma saludando a todos. Tenía la costumbre de dar monedas a los niños que se encontraba.

0:48 pero nunca aceptaba favores ni regalos. Decía que cada quien debía cuidar su suerte y no mezclarla con la de otros. Con el tiempo, la gente empezó a decir que la fortuna de Don Fermín no era natural. Algunos aseguraban que había hecho un trato con alguien. Aunque nadie se atrevía a decir con quién exactamente. Decían que muchos años atrás, cuando su esposa murió y él se quedó solo, empezó a ir al monte de noche. Lo veían salir con una lámpara y regresar antes del amanecer. Algunos vecinos juraban que lo oyeron hablar solo, como si discutiera con alguien. La gente terminó acostumbrándose a su presencia y dejó de hacerse preguntas, sobre todo porque cada vez que alguien lo envidiaba, sus cosas prosperaban aún más. Mi madre solía decir que había hombres que nacían con buena suerte y que lo mejor era no meterse con eso, pero también noté que aunque lo respetaban, nadie se sentía del todo cómodo cerca de él al caer la tarde. Tenía una mirada que se quedaba fija más de lo normal, como si pensara en otra cosa mientras uno hablaba. Aún así, yo lo apreciaba.

1:58 Comenzó con una tos seca que no cedía, luego con fiebre alta que lo dejaba sin fuerzas. Los médicos del pueblo decían que era por la edad, que el cuerpo ya no aguantaba los calores ni el aire del campo. Pero yo lo vi empeorar rápido, como si algo le quitara la vida. No quería que lo llevaran al hospital. Dijo que quería morir en su casa junto a sus animales y sus herramientas. Lo que más llamó la atención fue la advertencia que hizo antes de acostarse por última vez. Reunió a la familia y nos dijo que pasara lo que pasara. Nadie debía entrar a su casa después del anochecer y mucho menos acercarse al corral. Sonaba enojado, aunque ya le costaba respirar. Mi madre le preguntó por qué, pero él solo dijo que no quería visitas ni curiosos, que debía pasar sus noches solo. Sus palabras nos dejaron inquietos, nadie entendió qué pretendía, algunos pensaron que deliraba por la fiebre.

3:00 Pero mi madre me dijo que no lo tomara a la ligera, que si mi tío Fermín decía algo así, debía haber una razón. Desde esa tarde su casa quedó en silencio. Solo lo visitábamos de día para dejarle comida o ver si necesitaba algo. por las noches el portón permanecía cerrado y el corral donde antes siempre se oían gallos y vacas quedó en silencio total a un enfermo se le veía la misma calma de siempre no se quejaba no pedía nada pasaba las tardes sentado en su silla de madera mirando hacia el monte Los vecinos comenzaron a murmurar otra vez, diciendo que había llegado la hora de que pagara por los favores que había recibido durante toda su vida. Decían que nadie podía tener tanta suerte sin deber algo a cambio. Las noches se volvieron más pesadas, sin viento. Los perros dejaban de ladrar cerca de su casa, y a veces se escuchaba un ruido bajo, como un murmullo que salía desde el corral. Los vecinos más cercanos juraban que vieron sombras moverse entre los árboles, pero nadie quiso comprobarlo. Todos recordaban la advertencia de Don Fermín y preferían mantenerse lejos. Mi madre me prohibió acercarme. Dijo que cuando un hombre viejo se prepara para morir, hay cosas que uno no debe interrumpir. Pero la curiosidad me ganó.

4:24 Y más de una vez me quedé mirando su casa desde la esquina, esperando ver alguna luz o escuchar algún movimiento. Casi siempre estaba todo oscuro. Solo en una ocasión, pasada la medianoche, vi un resplandor leve salir del corral, como si alguien hubiera encendido un fogón escondido. No supe si era fuego o reflejo de algo más. Al día siguiente, cuando fui a dejarle agua, lo encontré sentado, con la mirada perdida hacia el mismo punto. Me dijo que faltaba poco, y volvió a repetir que nadie debía entrar en su casa cuando cayera el sol. Pasaron varios días sin que nadie entrara a la casa de mi tío después del atardecer.

5:05 Cada mañana mi madre le llevaba comida y le preguntaba si necesitaba algo, pero él apenas respondía. Solo decía que estaba bien y que pronto descansaría. Sonaba apagado, como si hablara desde lejos. Todos lo veíamos más flaco, más pálido, pero seguía con esa calma que siempre tuvo. Yo no dejaba de pensar en sus palabras. Quería creer que solo eran manías de un viejo enfermo, pero cada noche el silencio que envolvía su casa me daba una sensación rara, como si alguien más estuviera ahí con él. Una tarde le dije a mi madre que quería quedarme a cuidarlo. Me miró y... y me prohibió hacerlo. Dijo que mi tío había dejado instrucciones claras, que no quería compañía y que lo mejor era respetarlo, ya quería morir tranquilo. Suena triste, pero era la decisión de mi tío. Los demás familiares dijeron lo mismo. Algunos aseguraron que, si él pidió estar solo, era porque sabía que su hora se acercaba y que no quería testigos. Esa misma noche fingí que me iba a dormir temprano. Esperé a que todos en mi casa se acostaran. Tomé una linterna y salí por la ventana del cuarto. Caminé despacio, siguiendo el camino de tierra que lleva hasta la casa de mi tío, a unos cien metros del corral. El aire era frío y el cielo estaba despejado. Desde lejos se veía la silueta de la casa, con una sola luz encendida en la cocina. No se

6:35 oía nada, ni siquiera los grillos. Me acerqué por el costado, evitando pisar ramas. El olor a humo me guió hasta una de las ventanas. Desde ahí podía ver parte del interior. Mi tío estaba sentado frente al fogón. Llevaba la misma camisa que usaba a diario, abierta hasta el pecho, y el sombrero colgado detrás de la silla. La llama ardía con fuerza, más de lo normal, y el resplandor anaranjado iluminaba las paredes. Por un momento pensé que estaba rezando porque movía los labios, pero cuando afiné el oído noté que no era una oración. Murmuraba algo que no reconocía, una especie de canto bajo, sin pausas. Frente a él, del otro lado del fogón, había algo más. una figura delgada sentada con el cuerpo inclinado hacia adelante al principio creí que era una sombra una proyección del fuego pero la forma no coincidía con la de mi tío se movía distinto me quedé mirando la figura tenía el cuerpo alargado y los brazos demasiado finos la piel si era piel brillaba con el reflejo del fuego como si estuviera húmeda llevaba un sombrero ancho que le cubría el rostro No pude verle los ojos, pero tenía la cabeza agachada mirando las brasas. No hablaba, solo escuchaba. Mi tío seguía murmurando y de vez en cuando levantaba una taza de barro, bebía un trago y la dejaba en el suelo. El

8:06 fuego crepitaba con fuerza. La sombra parecía crecer con cada movimiento de las llamas, hasta alcanzar casi el techo. En ese momento sentí que debía irme. pero no podía apartar la vista. De pronto, la figura levantó lentamente la cabeza. No vi el rostro, solo un brillo opaco donde debían estar los ojos. Mi tío dejó de hablar. Hubo un silencio largo. Después, la figura extendió una mano delgada hacia el fogón y sacó algo de entre las brasas. Era un objeto negro, brillante por el calor que sostenía sin quemarse. Mi tío lo miró, luego asintió despacio. La sombra colocó el objeto sobre la mesa. Él lo tomó y lo guardó en el bolsillo de su camisa. Entonces habló por primera vez. Dijo que el trato estaba cumplido, que no tenía nada más que ofrecer. La figura no respondió, pero el fuego bajó de intensidad. La sombra se levantó, y aunque sus movimientos eran lentos, el cuerpo parecía doblarse en ángulos que no eran humanos. Caminó hacia la pared del fondo y, sin hacer ruido, se desvaneció. Sentí un escalofrío recorrerme el cuerpo. Retrocedí y tiré una cubeta sin querer.

9:24 Mi tío giró la cabeza hacia la ventana. Nuestros ojos se encontraron un instante. No supe si me reconoció, pero su expresión fue fría, sin sorpresa. Levantó la mano despacio como si me ordenara irme. Obedecí. Corrí hasta mi casa. Cuando llegué, cerré la puerta y me quedé un rato escuchando, esperando oír algo detrás. No hubo nada, solo mi respiración. Esa noche no dormí. A la mañana siguiente mi madre me encontró pálido y con los ojos hinchados. Me preguntó si había estado enfermo, pero no quise decirle la verdad. Fui al patio y miré hacia el monte. El corral de mi tío se veía tranquilo. A mediodía fui con mi madre a visitarlo. tocamos la puerta pero nadie respondió entramos y lo encontramos dormido en su silla con el sombrero puesto y las manos sobre el pecho parecía en paz le hablamos varias veces pero no despertó mi madre notó que su piel estaba fría pero respiraba de forma tranquila estaba muy dormido En el fogón aún quedaban brasas apagadas y sobre la mesa una taza de barro vacía.

10:35 No había rastro de nada más, pero yo sabía que alguien más había estado ahí. A la mañana siguiente me desperté con la noticia de que mi tío estaba muy mal. Mi madre entró al cuarto apurada, diciendo que habían ido a buscar al doctor porque don Fermín no reaccionaba. Me vestí rápido y corrí hasta su casa. En el camino todavía sentía el olor del humo de la noche anterior. Al llegar, vi a varios vecinos reunidos en la puerta. Todos hablaban en voz baja. En la cocina, el fuego del fogón estaba apagado. En el cuarto del fondo, donde dormía mi tío, estaban el doctor y mi madre. Me acerqué despacio. Mi tío estaba acostado boca arriba con los ojos abiertos mirando al techo. No hablaba. La piel se le veía pálida. pero no tenía el color de los moribundos.

11:28 Era más bien un tono grisáceo, como si la sangre no corriera del todo. El pecho se movía apenas, lento, casi imperceptible. El doctor le tomó el pulso y negó con la cabeza. Dijo que el corazón latía muy despacio y que la temperatura corporal era más baja de lo normal. No sabía cómo explicarlo. Probó medirle la presión, pero el aparato no marcó nada. Mi madre le preguntó si se iba a morir, y él respondió que probablemente no pasaría la noche. Yo lo miraba en silencio, intentando entender cómo podía estar vivo con esa apariencia. Parecía que lo habían vaciado por dentro. Los labios estaban resecos y en las comisuras se veía un tono oscuro, como si hubiera sangrado y se hubiera secado rápido. Aún así, mantenía la mirada fija, sin parpadear. El doctor le habló varias veces, pero no respondió.

12:23 Cuando me acerqué al borde de la cama, movió apenas los labios. Me incliné para escucharlo mejor. Su voz era débil, pero clara. Me dijo que no entrara a su habitación cuando el sol se ocultara. Lo repitió dos veces, mirando hacia la ventana como si esperara ver algo allí. Quise preguntarle por qué, pero la respiración se le cortó y no volvió a hablar. Mi madre pensó que deliraba, pero yo supe que no. Lo decía con la misma firmeza que aquella tarde en que advirtió a todos que no se acercaran al corral. El resto del día fue lento. Los familiares empezaron a llegar desde temprano. Nadie sabía qué decir. Algunos rezaban en el patio. Yo no podía dejar de pensar en lo que había visto la noche anterior. Cada vez que miraba a mi tío recordaba la sombra frente al fogón. El fuego verde y el olor a carne quemada.

13:17 Al caer la tarde, el doctor regresó con un enfermero del pueblo. Le administraron suero y lo taparon con cobijas. Dijeron que era cuestión de horas. Se comenzó a hacer de noche. Mi madre pidió que todos saliéramos para dejarlo descansar. Antes de irme, lo miré una vez más. Tenía los ojos medio abiertos y una sonrisa leve, apenas visible, pero no parecía de dolor. Era una sonrisa tranquila, como si estuviera satisfecho de algo. Esa noche nadie quiso dormir. Mi madre insistió en que nos quedáramos despiertos por respeto. A las nueve, las luces de la casa comenzaron a parpadear.

13:58 algunos pensaron que era la instalación vieja pero el parpadeo se repetía a intervalos exactos como si siguiera un ritmo desde el pasillo se veía la puerta de su cuarto que estaba entreabierta con un resplandor leve que venía de adentro como si hubiera una vela encendida a las 11 el perro de mi tío empezó a gemir en el corral y las vacas se movieron inquietas mi madre dijo que era la hora fuimos hasta la puerta pero nadie quiso entrar solo se escuchaba el viento colarse por las rendijas del techo pasaron unos minutos hasta que el silencio se hizo completo no hubo gritos ni respiraciones forzadas ni el sonido que hacen los moribundos cuando exhalan por última vez solo silencio el doctor fue el primero en acercarse abrió la puerta despacio con la linterna en la mano todos los seguimos sin hablar mi tío estaba en la misma posición en que lo dejamos con la cabeza apoyada en la almohada y los brazos extendidos a los lados pero esta vez tenía la boca abierta en una sonrisa amplia como si le hubieran estirado los labios los ojos seguían abiertos fijos en el techo mi madre se llevó la mano a la boca y empezó a llorar el doctor se acercó a revisar los signos aunque no hacía falta confirmó que ya no respiraba dijo que el cuerpo estaba tibio y que eso era normal al principio le cubrimos la cara con una sábana y esperamos un rato antes

15:31 de moverlo pasó más de una hora y el cuerpo seguía igual el doctor notó que la piel no se endurecía le tocó los brazos y las manos y seguían flexibles tibias dijo que era raro que lo normal era que el cuerpo se enfriara poco a poco Mi madre pensó que tal vez no estaba muerto del todo. El doctor negó, asegurando que el corazón ya no latía. Decidieron dejarlo sobre la cama hasta el amanecer. Nadie quiso quedarse en el cuarto, así que cerramos la puerta. Yo no pude dormir. Me quedé en la cocina mirando hacia la habitación cerrada. Por momentos creía escuchar pasos suaves dentro, como si alguien se moviera despacio alrededor de la cama. Pensé en las palabras que me dijo, que no entrara cuando el sol se ocultara. El velorio se hizo al día siguiente en la misma casa donde murió. Desde temprano comenzaron a llegar vecinos, parientes y conocidos del pueblo. pusieron el ataúd en medio de la sala sobre dos bancos y lo rodearon con velas y flores que mi madre había traído del panteón desde que abrieron la caja se sintió un olor raro distinto al de los difuntos comunes no era el de formol ni el de flores marchitas era un olor dulce y agrio al mismo tiempo La gente entraba, miraba un momento y salía sin decir palabra. Algunos se tapaban la nariz con la manga, otros cruzaban la calle y miraban desde lejos, como si temieran quedarse mucho tiempo

17:03 bajo el mismo techo. Mi madre trató de mantener la calma, agradeciendo las condolencias, pero se le notaba el temblor en la voz. Nadie quería acercarse demasiado al ataúd. Yo lo hice. Quería verlo una vez más. Dentro de la caja, mi tío tenía la misma sonrisa que la noche en que murió. Los labios estirados, mostrando los dientes, y los ojos entreabiertos, fijos hacia arriba. La piel seguía tibia al tacto. Cuando apoyé la mano en el borde de la caja, sentí un calor leve. como si el cuerpo aún respirara bajo la ropa me aparté rápido nadie más lo notó o prefirió no mencionarlo pasadas unas horas llegó el cura del pueblo todos se levantaron cuando entró era un hombre mayor acostumbrado a los velorios pero su expresión cambió apenas se acercó al ataúd Se persignó, inclinó la cabeza y permaneció callado unos segundos. Luego se dio la vuelta y le dijo a mi madre que no podía rezar misa por ese cuerpo. Ella le pidió una explicación, pero él solo repitió que no estaba bien, que algo en su descanso no era natural. Sus palabras dejaron la sala en silencio.

18:17 Mi madre quiso insistir, pero el cura se negó a regresar al altar, diciendo que no bendeciría la tumba. Salió sin despedirse dejando la puerta abierta. Afuera el viento sopló fuerte y las velas parpadearon todas al mismo tiempo. La familia se miró entre sí sin saber qué hacer. Mi madre, avergonzada y enojada con el padre, dijo que lo mejor era enterrarlo lo antes posible. nadie discutió los hombres cerraron la tapa y aseguraron los clavos cuando levantaron el ataúd para sacarlo uno de los vecinos comentó que pesaba más de lo normal otro dijo que eso pasaba cuando el alma no se había ido todavía el camino al panteón fue lento los que cargaban la caja sudaban aunque la mañana estaba fresca algunos iban rezando pero otros caminaban en silencio mirando de reojo la madera oscura yo caminaba detrás con la mirada fija en la tapa tenía la sensación de que algo dentro se movía con el vaivén cuando llegamos al cementerio los sepultureros ya tenían la fosa lista al fondo junto a los cipreses colocaron el ataúd sobre las cuerdas uno de los hombres se agachó para acomodar la caja Y en ese momento juró que sintió un golpe leve desde adentro, como si algo hubiera rozado la madera.

19:40 Lo dijo en voz baja, pero todos lo escuchamos. Nadie quiso mirar de cerca, aunque todos notamos que las cuerdas vibraban levemente mientras bajaban la caja. El encargado del panteón comenzó a hacer todo más rápido, diciendo que debían terminar rápido. Mi madre lloraba en silencio, sosteniendo un ramo de flores blancas. Yo me quedé mirando. Cuando el ataúd descendió, la tapa se movió apenas, como si algo se acomodara adentro. Fue un movimiento sutil, pero real. No dije nada. El sepulturero comenzó a cubrir la fosa con paladas de tierra. El golpe de la primera pala resonó hueco y con cada una el olor parecía salir del fondo. Mientras miraba, tuve la certeza de que algo dentro seguía consciente. La idea me asustó. Cuando el sepulcro quedó cubierto, la gente comenzó a retirarse rápido, sin esperar la bendición que nunca llegó.

20:39 Nadie quería quedarse cerca del lugar. Mi madre me pidió que nos fuéramos también, pero yo seguía mirando la tierra recién movida. Juraría que vi cómo se hundía apenas en el centro, como si el peso de adentro cambiara. Caminé con mi madre hacia la salida con la vista clavada en el suelo. Esa noche soñé con el fuego del fogón y con la sombra del sombrero, sentada frente a mi tío. Desperté con la sensación de que algo en el trato que él había hecho aún no se había cerrado, y que su sonrisa dentro del ataúd no era de descanso. Pasaron algunos días después del entierro y el pueblo volvió a su ritmo de siempre. En la plaza, la gente ya hablaba de otras cosas, y solo unos pocos mencionaban a mi tío Fermín. Decían que había sido un hombre afortunado hasta el final. que su sonrisa en la tumba era señal de que murió en paz. Yo evitaba esas conversaciones.

21:38 En mi casa, las noches se habían vuelto extrañas. La primera madrugada escuché un golpe suave en la puerta principal. No fue fuerte, apenas un toque, como el de alguien que no quiere despertar a los demás. Me levanté pensando que podía ser algún vecino buscando ayuda, pero cuando abrí no había nadie. Cerré con el cerrojo y volví a la cama. A la noche siguiente el ruido se repitió, esta vez más tarde, cerca de las tres. Me levanté sin encender la luz y me acerqué despacio al pasillo. El golpe sonó otra vez, tres veces seguidas. pregunté quién era pero nadie respondió al abrir la puerta sólo encontré silencio me quedé un momento mirando hacia la calle vacía cuando bajé la vista vi marcas en el suelo del pasillo huellas húmedas que se extendían unos pasos hacia adentro y se perdían frente a la mesa no quise seguirlas limpie el piso con un trapo y regresé al cuarto sin decirle nada a mi madre Pensé que tal vez eran niños jugando o alguien del pueblo haciendo alguna broma, pero la tercera noche no pude explicarlo. Los golpes se escucharon de nuevo más cerca del amanecer. Me levanté rápido.

22:55 Esta vez encendí la lámpara y esperé junto a la puerta, escuchando. El sonido se detuvo y justo cuando iba a volver al cuarto, algo cayó al otro lado. No fue un golpe fuerte, más bien un roce, como si algo pequeño hubiera sido empujado por debajo de la puerta. Me agaché y vi un sobre. Era de papel grueso, doblado con cuidado. Tenía manchas oscuras en las orillas. Lo tomé sin abrirlo y lo llevé a la mesa. El sobre pesaba un poco. Cuando lo abrí, encontré billetes doblados, todos manchados con algo rojizo que al secarse había dejado una textura pegajosa. No era pintura ni tinta, era sangre seca. El olor era claro, metálico.

23:39 Me quedé un rato sin moverme mirando los billetes extendidos sobre la mesa. Eran varios, de distintas denominaciones, todos viejos. Reconocí uno de los sellos del banco local, de los que ya casi no circulaban. Por un momento pensé que alguien quería jugarme una broma cruel, pero la fecha del billete más reciente coincidía con el año en que mi tío había vendido un terreno grande cerca del arroyo. Recordé que él siempre manejaba dinero en efectivo y guardaba los fajos envueltos en tela, igual que estos. Me vino a la cabeza la idea de que pudiera ser alguna herencia suya, una forma extraña de dejar algo a quien lo cuidó.

24:19 Pero la manera en que había llegado me inquietaba. El sobre estaba limpio por dentro, como si alguien lo hubiera dejado con cuidado sin querer que se notara. Lo revisé varias veces buscando alguna nota, pero no había nada. Solo los billetes, manchados y secos. No le conté a nadie. Pensé que si lo hacía, terminaría siendo motivo de habladurías en el pueblo, y no quería que dijeran que el dinero del tío Fermín había traído maldición. guardé el sobre en un cajón y traté de olvidarlo aún así esa noche dormí intranquilo cada ruido de la casa me hacía pensar que volverían a tocar la puerta los días siguientes fueron tranquilos había una sensación de humedad que no se iba Mi madre decía que era por las lluvias que venían del norte, pero yo sabía que no era eso.

25:13 Cada madrugada, sin falta, me despertaba a la misma hora, como si alguien me empujara desde el sueño. No había golpes, pero el silencio era tan espeso que parecía tener peso. Una tarde saqué el sobre para verlo con luz de día. Los billetes seguían igual, con las manchas oscuras y el olor tenue a sangre. Pensé en enterrarlos o quemarlos, pero una parte de mí no se atrevía. No sabía si hacerlo era un error o un alivio. Me quedé mirando. Desde el entierro no había vuelto a soñar con él. Una noche, mientras cenábamos, escuché el golpe otra vez. Mi madre no pareció notarlo. La miré y seguí comiendo sin decir nada. Cuando se fue a dormir, me acerqué a la puerta. Afuera no había nadie. Cerré con llave y regresé al cuarto, pero antes de apagar la luz miré hacia el cajón donde guardaba el sobre. No lo había movido, pero me pareció que el papel estaba más arrugado, como si alguien lo hubiera tocado. Lo abrí. Dentro, los billetes seguían ahí, aunque ahora había uno más, doblado en cruz, con una mancha fresca en el centro. El olor a hierro me llegó. No quise pensar de dónde podía venir ese dinero ni quién lo dejaba. Volví a guardar todo en el cajón, cerré con llave y me acosté. Cada madrugada, sin importar si dormía en el cuarto o en la sala, al despertar encontraba otro sobre bajo la puerta. Siempre igual.

26:46 Papel grueso cerrado con cuidado. Y dentro, billetes manchados con sangre fresca. ya no era seca ni vieja las primeras veces tuve que taparme la nariz porque el olor metálico era fuerte como si acabaran de arrancar la piel de algún animal no podía explicarme de dónde venía ni quién podía dejarlo sin hacer ruido comencé a esconderlos en diferentes lugares uno bajo la cama otro dentro de una olla vieja otro detrás del ropero pero no servía de nada Cada noche aparecía uno nuevo, aunque ya no los tocara. Mi madre no se dio cuenta porque yo los recogía antes de que amaneciera. Empecé a dormir con miedo, solo lo encontraba ahí al amanecer con la mancha aún húmeda.

27:36 A los pocos días comenzaron los sueños. Soñaba con la casa de mi tío. En cada sueño la cocina era la misma, con el fogón encendido y la llama verde iluminando las paredes. Él estaba sentado en su silla, mirando el fuego, con la misma sonrisa que tenía en el ataúd. Yo me quedaba parado en el marco de la puerta, sin poder moverme. En el fogón ardía algo que no alcanzaba a ver del todo. pero olía igual que los sobres en medio del sueño escuchaba una voz que no venía de él era una voz grave sin respiración entre las palabras como si hablara desde dentro del fuego decía que el dinero era mío ahora que me pertenecía por derecho la voz no gritaba pero se metía en la cabeza decía que mientras la llama siguiera encendida el dinero no faltaría pero que debía cuidar de ella las palabras eran claras mantén la llama encendida o alguien más vendrá por el pago siempre repetía lo mismo yo intentaba responder pero en el sueño no podía hablar sentía que la lengua se me pegaba al paladar entonces mi tío levantaba la vista y sonreía detrás de él la figura de sombrero ancho se movía en la sombra solo un poco despertaba empapado en sudor Con el corazón latiéndome tan fuerte que me dolía. A veces, al abrir los ojos, sentía el olor del humo en la habitación, como si el fuego hubiera estado encendido cerca. Una madrugada me levanté y

29:08 busqué por toda la casa. convencido de que alguien había aprendido algo. No encontré nada, pero al volver al cuarto el olor seguía. Con el paso de los días los sueños se hicieron más reales. No solo las tenía dormido, también me venían imágenes breves cuando estaba despierto. De repente me quedaba mirando la estufa y me parecía ver un resplandor verde en el reflejo del metal. O me llegaba un olor a grasa quemada que desaparecía en segundos. Me costaba concentrarme. Después de una noche especialmente pesada, desperté con las manos sucias. Tenía tierra bajo las uñas, húmeda como si hubiera estado escarbando. Me levanté sobresaltado. La cama tenía manchas de polvo y la ventana estaba entreabierta. Revisé el patio, pero no miré nada raro. Lavé mis manos varias veces, pero el olor no se iba. Me quedé mirándolas bajo el chorro del agua. Tenía la piel reseca y al frotarla, la tierra parecía salir de los poros. En ese momento me di cuenta de que la mancha en el suelo, justo donde siempre aparecían los sobres, era más oscura que el resto del piso. como si algo se filtrará por ahí desde abajo no quise pensar más tomé todos los sobres y los metí en una caja de cartón había juntado casi una docena los billetes estaban apilados algunos pegados entre sí por la sangre cerré la caja y la escondí en el cuarto del fondo Pero esa noche volvió

30:40 a aparecer otro sobre, y al abrirlo, la sangre estaba tan fresca que aún brillaba. La voz seguía en mi cabeza incluso despierto. Sentía que el dinero no era un regalo, sino una cadena. Y cada nuevo sobre era una prueba de que el trato que mi tío había hecho no terminó con su muerte. Empecé a pensar en lo que había visto las noches antes de su muerte. El fuego verde, la sombra frente al fogón, la figura inclinada con la piel brillante. Comprendí que no había sido un delirio, que realmente había un pacto. y que ahora algo esperaba que yo continuara con lo que él dejó. Caminé hasta el corral y miré hacia el suelo. En la tierra suelta había una marca circular, como el borde de una olla grande que alguien hubiera puesto y retirado. En el centro la tierra estaba más oscura y olía a ceniza. Me agaché y toqué con los dedos. Estaba tibia. Sentí que algo latía debajo, leve. Me levanté de golpe, cerré la puerta del patio y entré a la casa con las manos temblorosas. No sabía si debía contarle a alguien o fingir que nada pasaba, pero una cosa era segura, el olor a humo no provenía de ningún fuego visible. Venía de otro sitio, uno que no se apaga con agua ni con viento. Esa noche dormí con la lámpara encendida, esperando que la voz volviera. Y volvió, más clara que nunca, diciendo que el fuego no podía morir, que el pago

32:13 aún no estaba completo. Decidí ir al panteón. Pensé que, si veía la tumba de mi tío y comprobaba que todo seguía en su lugar, podría convencerme de que lo que pasaba era solo imaginación. esperé a que amaneciera y salí sin decirle nada a mi madre el cementerio estaba vacío los cipreses se mecían con el viento y el sonido de las ramas era lo único que se oía caminé hasta el fondo donde habían enterrado a mi tío fermín recordaba bien el sitio junto al muro de piedra en una esquina donde siempre daba la sombra al llegar me quedé quieto la tierra estaba removida No era un hundimiento normal por la humedad o el peso, sino una alteración reciente. Se notaban las marcas de palas como si alguien hubiera escarbado durante la noche. Me arrodillé para mirar mejor.

33:07 Una parte del ataúd sobresalía por un costado, la madera manchada y rajada. Al principio creí que algún animal había escarbado, pero cuando me acerqué, entre los tablones rotos había una rendija y de ella salía un hilo delgado de humo. Se elevaba lento sin desaparecer. Me tapé la nariz con la manga y retrocedí varios pasos. El viento cambió de dirección y el humo me alcanzó de frente. Tenía el mismo olor que los sobres. Me dieron arcadas. Casi vomito ahí mismo. Di la vuelta y corrí hasta la salida del panteón sin mirar atrás. Sentía que algo me seguía. No me detuve hasta llegar al camino de tierra que lleva a la casa de mi tío. La puerta principal estaba entreabierta. Empujé con cuidado y entré. El interior estaba igual que el día del velorio. Muebles cubiertos con sábanas, paredes manchadas y un silencio raro. Caminé hasta la cocina.

34:04 El fogón, que había estado apagado desde el entierro, ahora tenía brasas encendidas. No había leña nueva ni signos de que alguien lo hubiera usado, pero las brasas estaban vivas, respirando lentamente bajo una capa de ceniza. El resplandor anaranjado iluminaba la habitación. Me acerqué despacio, sintiendo el calor que salía del centro del fogón. Encima de las brasas, sobre un trozo de barro quebrado, había un sobre. Lo reconocí al instante. Mismo papel, misma textura, mismas manchas. Me agaché para tomarlo, pero antes de tocarlo vi algo a un lado, sobre la mesa. Era una hoja doblada, escrita con tinta negra.

34:48 La abrí con cuidado. La letra era de trazo grueso, igual a la de mi tío. Decía solo una frase, no dejes que se apague. Me quedé mirando esas palabras sin poder moverme. La tinta aún parecía húmeda. Sentí el pulso acelerado en el cuello. Miré otra vez el fogón. Las brasas parecían latir, brillando más cada vez que respiraba cerca. Me alejé unos pasos, pero el calor seguía alcanzándome. Tomé el sobre. Dentro había más dinero, limpio, sin manchas de sangre. Los billetes estaban secos. Los conté sin saber por qué.

35:28 Eran once, la misma cantidad de sobres que había recibido antes. Los apreté en la mano y volví a mirar la nota. Una corriente de aire entró por la ventana y aumentó el fuego. Las brasas se encendieron con un resplandor verde. El sonido del fuego llenó toda la cocina. Un crujido. Me quedé viendo. En el reflejo del fuego, sobre la pared, se dibujó una sombra. Era alta, delgada, con el sombrero ancho cubriéndole la cabeza. No se movía, pero su forma temblaba con la luz, estirándose a ratos hasta tocar el techo. Sentí un peso en el pecho. Quise gritar, pero la voz no me salía. La sombra permaneció unos segundos frente al fogón y luego se inclinó hacia adelante, como si mirara dentro del fuego. Las brasas se avivaron aún más, y por un instante creí ver dentro algo que se movía.

36:22 El fuego pareció responder al movimiento de la sombra, como si ambos respiraran al mismo ritmo. Di un paso atrás, pero no pude apartar la vista. Era la misma presencia que había visto junto a mi tío, la misma que lo acompañó en sus últimas noches. Ahora estaba frente a mí. El calor aumentó, las paredes parecían contraerse y el resplandor verde llenó toda la habitación. En medio del ruido del fuego escuché la voz, esa voz sin respiración, repitiendo las mismas palabras que en mis sueños. La llama no debe morir. Tuve la sensación de que el suelo se movía bajo mis pies, como si el fuego latiera desde el interior de la tierra. Me apoyé en la pared para no caer.

37:09 La sombra se giró lentamente hacia mí. No vi su rostro, solo oscuridad bajo el sombrero. El fuego se volvió más brillante, casi blanco. Entonces lo entendí. Los sobres, el dinero, los sueños. Todo formaba parte del mismo trato. No había terminado con la muerte de mi tío. Solo había cambiado de manos. Me quedé inmóvil, con el sobre apretado entre los dedos. La sombra se acercó al fogón y al hacerlo, las llamas se inclinaron hacia mí, como si esperaran una respuesta. Sentí que debía hacer algo, pero no sabía qué. Solo sabía que si el fuego se apagaba, alguien más malo podía pasar. Me quedé ahí hasta que el sol comenzó a asomarse por la ventana. El fuego seguía vivo respirando.

37:58 No quise moverme ni apagarlo. Al salir, la nota seguía sobre la mesa, con la tinta aún brillante. Ya no sueño, tampoco duermo. Las noches dejaron de tener horas desde que regresé a esta casa. Paso el tiempo sentado frente al fogón, mirando cómo el fuego respira y se estira con cada pedazo de leña que le doy. No importa si es madera, ropa vieja o trozos de muebles. Mientras arda, la casa se mantiene en calma. A veces el fuego toma el color normal del carbón. Pero cuando empieza a debilitarse, el resplandor verde regresa, como si me avisara que debo seguir alimentándolo. He perdido la cuenta de los días. El olor del humo ya no me molesta. Se ha vuelto parte del aire que respiro. Mi madre se fue a vivir con mis primos, incapaz de soportar el calor constante ni las noches sin silencio. Me pidió que la acompañara, pero no podía.

38:55 Entendí que si dejaba el fuego solo, aunque fuera por unas horas, algo pasaría. Desde entonces estoy aquí, cuidando la llama como mi tío lo hizo. Cada vez que el fuego se debilita, escucho pasos en el corredor. Son lentos, medidos, como si alguien deslizara los pies por el suelo de tierra. Después viene el golpe suave en la puerta. Tres veces, siempre igual. No necesito abrir para saber lo que encontraré. Si lo hago, habrá otro sobre. Al principio los recogía con miedo, sin saber qué hacer con ellos. Ahora ni siquiera los cuento. Los dejo sobre la mesa, uno encima de otro. El dinero siempre está tibio, como si acabara de salir de una mano viva. No se seca ni pierde el olor. A veces me pregunto de dónde viene, pero ya no busco respuestas. sé que el fuego y los sobres son parte del mismo trato un intercambio que no puedo romper he pensado en apagarlo varias veces he tenido la leña en las manos lista para dejarlo morir pero entonces los pasos vuelven el golpe en la puerta se repite y siento que el aire se enfría de golpe como si alguien respirara detrás de mí en esos momentos sé que si el fuego se apaga la sombra que acompañó a mi tío vendrá por mí así que vuelvo a encenderlo echando lo que tenga a la mano el pueblo habla como siempre ha hablado de todo Dicen que mi casa se parece ahora a la de Don Fermín,

40:26 que el dinero nunca falta, que siempre hay comida en la despensa y que las cuentas se pagan sin esfuerzo. Algunos creen que heredé la suerte de mi tío, que el trabajo me rinde más que a cualquiera. No saben nada, lo que tengo no se gana. Nadie se atreve a visitarme de noche. Dicen que desde el camino se ve un resplandor verde salir por las ventanas y que a veces se escucha una voz grave. Hay momentos en que creo distinguir rostros, sombras que se asoman y desaparecen, igual que la figura del sombrero que vi aquella noche en la casa de mi tío. he aprendido a no tenerle miedo el fuego da y quita si lo respeto me deja tranquilo si lo olvido me lo recuerda con los pasos durante el día todo parece normal los vecinos me saludan algunos me piden ayuda con dinero o con trabajo y yo no niego nada el fuego me da lo suficiente nadie pregunta de dónde sale Esta historia es de mi papá, quien ya falleció hace años. La mina quedaba lejos del pueblo, subiendo por un camino de piedra y tierra suelta. Había que caminar más de una hora desde el último cacerío hasta el campamento, donde vivían los mineros durante la semana. El cerro era alto y árido, sin sombra ni vegetación, y el polvo cubría todo, desde las

41:56 carpas hasta las botas. El trabajo era pesado y peligroso. Había derrumbes cada tanto, sobre todo en la época de lluvias, cuando el suelo se reblandecía y las paredes de los túneles se venían abajo. Mi padre contaba que, durante esos meses, el ánimo del grupo cayó. La paga era poca, el calor insoportable y las jornadas no terminaban nunca. Dormían en catres de lona, comían frijoles con pan duro y apenas hablaban al final del día. El cansancio se les notaba en la cara, en la forma en que caminaban encorvados, como si la tierra misma los empujara hacia abajo. Fue en una de esas tardes cuando apareció el hombre del polvo.

42:38 Nadie lo había visto antes. Llegó caminando por el mismo sendero que llevaba al pueblo, con una bolsa colgada al hombro y un sombrero ancho que le tapaba casi todo el rostro. Mi padre recordó que no parecía un minero ni un vendedor común. Su ropa era oscura y limpia, sin una sola mancha de tierra. Se detuvo en medio del campamento y lo saludó. Dijo que traía algo para aliviar el cuerpo, un polvo para la suerte que daba fuerza y quitaba el sueño. prometía que con una pizca antes de dormir al amanecer se sentían ligeros con los músculos firmes y la mente despejada los hombres lo miraron con desconfianza algunos riéndose otros sin levantar la vista del plato nadie creía en curas milagrosas y menos en palabras de un extraño aún así el hombre no se fue se sentó en una piedra y comenzó a hablarles de la mina del cansancio que arruina los huesos al principio los hombres lo escucharon por curiosidad luego cuando mencionó a uno de los mineros fallecidos el mes anterior todos se quedaron callados nadie sabía cómo podía saberlo el hombre sonrió y les dijo que no era magia sino conocimiento que hay cosas que se aprenden escuchando a la tierra De la bolsa que llevaba sacó un pequeño frasco de vidrio.

44:00 Dentro había un polvo gris claro, casi plateado, que brillaba con la luz del fuego. Dijo que ese polvo venía de una veta profunda, más antigua que cualquier mina del estado, y que guardaba la energía de los que trabajaron antes, que bastaba con inhalar una pizca antes de dormir para despertar con el cuerpo renovado y la suerte de su lado. Lo insultaron, diciéndole que se fuera con sus cuentos a otro lado. Pero el hombre no se inmutó. Dijo que no pedía pago, que podían probarlo una sola vez y juzgar por sí mismos. Que si al día siguiente no se sentían distintos, podía tirar el frasco por el barranco y no volver a verlo. Estaban cansados, con las manos heridas y los pulmones llenos de polvo real. cualquier cosa que prometiera alivio aunque fuera mentira era bienvenida así que uno de los mineros un hombre apodado el güero fue el primero en acercarse le pidió probar el desconocido sacó una cuchara pequeña y puso un poco del polvo sobre su palma le indicó que lo aspirara despacio por la nariz el güero obedeció entre risas y burlas de los demás pensando en que podría ser droga dijo que olía a tierra húmeda y que no sentía nada el hombre solo le respondió que esperara al amanecer luego ofreció lo mismo a los demás algunos aceptaron otros no mi padre

45:31 contó que él también probó pero apenas una cantidad mínima por simple curiosidad el hombre se quedó un rato más mirando el fuego Nadie supo de dónde venía ni hacia dónde iba. Dijo que volvería al día siguiente a recoger los resultados. Luego se levantó, se colgó la bolsa al hombro y caminó cerro abajo hasta desaparecer entre las sombras. Esa noche los mineros se burlaron del asunto antes de dormir. Dijeron que, si al día siguiente seguían igual, le devolverían su polvo con piedras. Pero mi padre notó que, a pesar de las bromas, todos se acostaron más temprano de lo normal. Algunos dejaron la lámpara encendida, tal vez con la esperanza de despertar antes del amanecer y comprobar si la promesa era cierta. Mi padre decía que el polvo tenía un brillo extraño, casi como ceniza de metal, con un reflejo plateado que cambiaba según la luz. Cuando el hombre lo mostró de cerca, todos notaron que no era como el polvo común. No olía a tierra ni a azufre, sino a hierro caliente, con un toque dulce que se quedaba en la garganta. Nadie podía decir de qué estaba hecho, y el desconocido evitaba responder cuando alguien lo preguntaba. Antes de irse aquella primera tarde, repitió las instrucciones con calma.

46:53 Dijo que debían inhalarlo justo antes de dormir, no más de una pizca. que no hablaran con nadie durante la hora siguiente, ni comieran ni bebieran nada. Según él, el polvo necesitaba reposar dentro del cuerpo, mezclarse con la respiración para despertar lo que dormía en los músculos. Si alguien rompía esa regla, la suerte se iría y no volvería. La mayoría lo tomó como una superstición más. Pero había algo en su manera de hablar que los hacía escucharlo. No gritaba ni insistía, solo repetía las palabras como quien dicta un secreto que no debe cambiarse. Luego se marchó dejando el frasco en manos del güero, diciendo que lo compartiría con quien quisiera probar. mi padre siempre aclaraba que no creyó en nada de eso dijo que lo hizo solo por curiosidad por ver si era cierto aquella noche después de cenar se sentó junto a los demás y esperó su turno el polvo se pasaba de mano en mano en una cucharita de metal Cuando mi padre aspiró, sintió un sabor amargo que se disolvió rápido. Dijo que al principio no notó nada, solo una leve sensación de calor en el pecho. Los demás decían lo mismo, una tibieza extraña que subía por la nariz y se quedaba en la cabeza. Después, todos se acostaron temprano. Los que no habían probado el polvo se quedaron observando a los demás, esperando alguna reacción. Pero nada pasó. Mi padre dijo que durmió profundo, sin sueños, y que cuando despertó, el sol

48:27 ya estaba alto. No sintió pesadez ni dolor en la espalda. Se levantó con la mente despejada, como si hubiera dormido días enteros. Al salir de la tienda, vio que los demás también estaban despiertos, algunos ya listos para trabajar. Ninguno parecía cansado. Caminaban rápido, comían poco y reían, algo que hacía tiempo no ocurría en el campamento. Los que no habían probado el polvo lo notaron enseguida. Los hombres que antes se quejaban del peso de las herramientas ahora trabajaban el doble, sin descanso. Ni el calor ni el polvo les afectaban. Uno de ellos, que solía detenerse cada media hora a tomar agua, pasó toda la mañana sin probar bocado.

49:11 Cuando le preguntaron si no tenía hambre, dijo que no, que se sentía lleno de energía. Para el mediodía, la noticia ya se había regado por todo el cerro. Los que no lo habían probado comenzaron a pedir su parte. Algunos buscaban al güero, otros preguntaban por el hombre que lo había traído. pero él no apareció. Nadie lo vio bajar ni subir del camino, como si se lo hubiera tragado la tierra. Mi padre contó que la jornada de ese día fue la más productiva que recordaban. Avanzaron metros enteros dentro del túnel, rompiendo piedra y sacando mineral sin detenerse. El capataz, sorprendido, los felicitó. y dijo que si seguían así podrían terminar antes de tiempo. Nadie se quejaba, nadie pedía descanso. El polvo parecía haberles dado una fuerza que no era normal. Por la tarde, cuando el sol caía, el güero sacó el frasco para repartir lo que quedaba.

50:10 Los demás se acercaron sin discutir, formando una fila improvisada. Mi padre dijo que todos querían su porción, incluso los que antes se habían burlado. Lo inhalaban con los ojos cerrados como si aquello fuera agua en medio del desierto. Esa noche el campamento estaba distinto. Las conversaciones se alargaron. Mi padre recordó que el polvo parecía haber borrado el cansancio del cuerpo. Algunos decían que era brujería buena, otros que era solo un remedio natural. Al amanecer, el efecto se repitió. Todos despertaron con la misma ligereza en el cuerpo. Nadie tenía sueño ni hambre. Los ojos se veían más claros.

50:52 Y las manos, que solían estar agrietadas por la piedra, estaban limpias, sin marcas. Para el tercer día, ya nadie dudaba. Decían que el polvo funcionaba. El rumor bajó hasta el pueblo y varios hombres empezaron a subir para buscar al desconocido del frasco. Pero él nunca volvió. Solo quedaba lo que había dejado, y el frasco pasaba de uno a otro como si fuera sagrado. Las semanas siguientes fueron las más productivas que la mina había visto en años. Mi padre decía que ni los capataces podían creerlo. Los informes mostraban el doble de material extraído, y los patrones mandaban mensajes de felicitación desde la ciudad. Nadie se quejaba, nadie pedía descanso. Los hombres trabajaban desde que salía el sol hasta que la oscuridad los obligaba a detenerse, y aún así parecían tener fuerza de sobra. El polvo se volvió parte de la rutina. Cada noche, antes de dormir, los mineros sacaban pequeñas dosis del frasco, que ahora se había multiplicado en varios sobres. Decían que el efecto se mantenía siempre que no pasaran más de dos días sin inhalarlo.

52:05 Los capataces estaban felices, aunque ninguno supiera exactamente qué había cambiado. Decían que la moral del grupo había mejorado, que por fin se veía entusiasmo. Pero los mineros sabían que no era entusiasmo, sino otra cosa. Era una energía que los mantenía en movimiento sin importar el cansancio. Las comidas se hacían cortas, el sueño superficial, y aún así el cuerpo rendía más. El hombre del polvo volvió a aparecer a los tres días. Llegó al anochecer, igual que la primera vez, con la bolsa colgada al hombro y el sombrero cubriéndole el rostro. Caminó entre las carpas sin mirar a nadie y fue directo hacia el fuego central. Los hombres lo recibieron como si fuera un proveedor importante. Nadie lo cuestionó.

52:53 Le ofrecieron comida, monedas y hasta ropa a cambio de más sobres. Mi padre recordaba que el hombre nunca negociaba. Solo extendía la mano y aceptaba lo que le daban. Luego entregaba pequeños envoltorios de tela gris amarrados con hilo rojo. Dijo que el polvo debía guardarse en lugar seco y que solo funcionaba para quienes ya lo habían probado. Cuando alguien nuevo quiso comprarlo, el hombre se negó. Diciendo que no era el momento. Nunca se quedaba mucho tiempo. Repetía las mismas frases, entregaba el polvo y se marchaba antes de que el fuego del campamento se apagara. Los que intentaron seguirlo decían que tomaba el camino del barranco y que su silueta se perdía entre las piedras. Uno de ellos huyó. Un joven apodado El Ciego intentó alcanzarlo una noche, pero regresó pálido. Dijo que el camino se hacía más largo cuanto más corría, y que al mirar hacia atrás ya no veía las luces del campamento. Nadie volvió a intentarlo.

53:56 El polvo comenzó a circular entre los mineros del cerro vecino. Algunos lo compraban por monedas, otros lo cambiaban por comida o herramientas. Decían que los que lo usaban no enfermaban ni se cansaban. Incluso hubo quienes aseguraron que sus heridas cerraban más rápido. Sandoval, un minero callado que dormía en la carpa junto a mi padre, fue el primero en notar algo raro. Contó que una noche, mientras el hombre del polvo repartía los sobres, una ráfaga de viento movió la lámpara y la luz le dio de lleno en el cuerpo. Dijo que por un instante lo vio disolverse. No desaparecer, sino deshacerse, como si la carne se volviera polvo y se esparciera con el aire. Cuando lo contó al resto, nadie le creyó. Dijeron que había sido un reflejo o el humo del fuego. Sandoval insistió. Aseguró que lo vio de cerca. Mi padre dijo que lo escuchó nervioso, con la voz cortada. Pero nadie quiso darle importancia. Las ganancias estaban subiendo, los capataces estaban contentos y nadie quería arruinar el ambiente con historias. Poco después, algunos empezaron a enfermar.

55:08 Al principio fue leve, fiebre, mareos, debilidad en las piernas. Pensaron que era por el calor o por la falta de sueño, pero al tercer día los síntomas se volvieron extraños. Los hombres decían que no sentían hambre y que la piel les picaba por dentro. como si algo se moviera bajo ella uno de ellos al rascarse el brazo vio que la piel se abría fácil sin sangrar y que de la herida salía un polvo gris del mismo color que el que inhalaban Los enfermos seguían yendo a trabajar, decían que no podían quedarse quietos, que si lo hacían sentían el cuerpo pesado, los demás los observaban con miedo, pero no sabían cómo ayudarlos, aún así seguían usando el polvo, decían que los mantenía de pie y que si lo dejaban el cuerpo se apagaba. Mi padre contó que, una noche, al volver del túnel, encontró a Sandoval sentado junto al fuego, con la mirada fija en el suelo. Tenía la piel pálida y las uñas cubiertas de una capa gris. Le dijo que ya no podía dormir, que cada vez que cerraba los ojos escuchaba una respiración dentro de la mina, como si alguien aspirara desde el fondo. Le pidió que al día siguiente hablaran con el capataz para detener el trabajo, pero al amanecer Sandoval no estaba. En su catre quedaron solo sus botas y un sobre vacío. El resto de los mineros dijo que seguramente bajó al pueblo, pero mi

56:40 padre sabía que no. Nadie baja sin permiso, y menos dejando todo atrás. Esa misma tarde el hombre del polvo volvió. Entregó los sobres con la misma calma, sin decir palabra sobre el desaparecido. Nadie se atrevió a preguntarle. Cuando terminó, se fue como siempre. Pero mi padre jura que esa vez el viento soplaba distinto, que en lugar de dejar huellas, el hombre dejó marcas oscuras, como si su paso quemara la tierra. Mi padre decía que, al principio, nadie quiso aceptar que el polvo tenía algo que ver con las enfermedades. pensaban que era una gripe o tal vez la falta de comida pero los síntomas no eran normales los hombres que antes podían cargar costales sin esfuerzo empezaron a adelgazar tosían seguido y se les resecaban los labios hasta partirse la piel les cambiaba de color volviéndose grisácea como si el polvo del cerro se les metiera en las venas en pocos días el campamento entero se llenó de toses secas Las camisas quedaban manchadas con un residuo blanco cada vez que alguien se limpiaba la boca. Algunos decían que era solo fatiga, pero todos lo sabían. El polvo que inhalaban era el mismo que ahora les salía del cuerpo.

58:00 Mi padre notó los primeros rastros en el suelo del pasillo, frente a las camas. Eran huellas pálidas, casi imperceptibles, que se deshacían al tocarlas. Al amanecer, el aire del campamento estaba lleno de ese mismo polvillo, flotando entre las lonas, cubriendo los catres y las botas. Los hombres comenzaron a barrerlo todas las mañanas, pero cada día había más. Los que estaban más enfermos sudaban poco. Cuando lo hacían, el sudor se secaba enseguida, dejando una capa gris sobre la piel. Era como si el cuerpo estuviera convirtiéndose en ceniza poco a poco. Nadie hablaba de eso en voz alta, aunque todos lo veían. Los enfermos se quedaban callados, mirando el fuego con la vista perdida, y cuando alguien les ofrecía agua o comida, la rechazaban. Mi padre contó que una noche despertó por el ruido de alguien tosiendo cerca. Al principio pensó que era el güero, su compañero de catre, que siempre se levantaba a fumar. Pero la tos se convirtió en un jadeo largo, con una especie de susurro entrecortado.

59:06 se levantó con la linterna en la mano y caminó hasta la otra cama el catre estaba hundido pero el cuerpo no se movía al acercarse sintió un olor extraño como a tierra caliente y metal tocó la sábana y se dio cuenta de que estaba vacía Solo quedaban las ropas, dobladas hacia adentro, con un montón de polvo gris dentro. No había sangre, ni marcas, ni rastro de huida. Solo eso. Polvo, fino y seco, con el mismo brillo del que el hombre les vendía. Mi padre gritó para despertar a los demás. Los hombres se levantaron asustados, alumbrando con las linternas. Nadie entendía qué había pasado. Algunos pensaron que el güero se había escapado, pero la forma del polvo sobre la cama tenía el contorno del cuerpo, como si se hubiera deshecho durmiendo.

59:58 Esa noche nadie volvió a dormir. Se quedaron sentados junto al fuego, esperando el amanecer. Uno de los mineros quiso barrer los restos y enterrarlos fuera, pero cuando trató de levantar la ropa, el polvo se desmoronó y se lo llevó el viento. A partir de esa noche decidieron dormir separados, ya no compartían carpas. Cada uno levantó su catre lejos del otro, con miedo de despertar al lado de una pila de ceniza. El silencio del campamento se volvió más pesado. Nadie se reía ni hablaba. Solo se escuchaba el ruido del viento bajando del cerro y el golpeteo de las herramientas abandonadas. Los capataces bajaron al campamento a revisar. Al ver el estado de los hombres, ordenaron descanso por un día, pero nadie quiso irse. Temían que, si se alejaban del polvo, el cuerpo se les apagara. Algunos aseguraban que lo necesitaban, que sin él no podían moverse. Otros decían que si lo dejaban, algo lo seguiría hasta el pueblo. Mi padre recordaba que las noches se hicieron más frías. El aire dentro de las carpas olía a óxido y a piedra.

1:01:07 Cada mañana el suelo amanecía cubierto de un polvo más grueso, y al caminar se levantaban nubes pequeñas que se quedaban flotando un rato. Algunos hombres tenían los ojos irritados y las uñas se les quebraban con solo tocar la pala. Cuando intentaron limpiar las camas, notaron que la tela de los catres también se estaba deshaciendo. El polvo se metía en todo, en la comida, en los bolsillos, en las herramientas. Uno de los hombres juró que mientras dormía sintió un zumbido dentro del oído, como si algo se moviera bajo la piel. Mi padre decía que en esas semanas el miedo se volvió rutina. Los que aún estaban fuertes seguían trabajando, aunque sin hablar mucho. El sonido de los golpes dentro del túnel era lo único que se mantenía igual. En cambio, fuera, el campamento se veía más vacío cada día. Los que enfermaban desaparecían sin dejar rastro. Algunos decían que se habían ido, pero todos sabían que no. El polvo no solo cubría las camas, también las huellas. Donde un hombre se detenía a descansar, quedaba su marca en el suelo. y al poco tiempo esa misma marca se caía a pedazos como si se desmoronara las linternas iluminaban caminos de huellas que se borraban solas dejando una capa gris que el viento arrastraba mi padre contó que una de esas noches escuchó golpes en la carpa vecina pensó que era otro enfermo tosiendo cuando fue a mirar no encontró a nadie solo

1:02:41 ropa vacía y una pala tirada el aire dentro del catre se movía todavía como si el cuerpo acabara de desaparecer dijo que sintió que algo le rozaba la cara una corriente tibia que le dejó olor a hierro en la nariz después de eso nadie quiso quedarse solo pero tampoco se atrevían a dormir juntos algunos pasaban las noches fuera frente al fuego con los ojos abiertos hasta que amanecía El humo del campamento se mezclaba con el polvo, y al amanecer el cerro entero parecía cubierto de una neblina gris. Mi padre decía que fue entonces cuando comprendieron que el polvo no los estaba ayudando a trabajar más, sino a volverse parte del mismo cerro, que cada inhalación los acercaba un poco más a convertirse en lo que respiraban.

1:03:33 Mi padre contaba que cuando el capataz vio la cantidad de enfermos, decidió cerrar el turno y evacuar el campamento. Dijo que lo harían al amanecer, apenas llegaran las mulas con los carros. Los hombres estaban aliviados, nadie quería quedarse un día más en ese cerro. El aire se había vuelto tan pesado que hasta las herramientas se sentían húmedas. La mina estaba silenciosa y los pasillos interiores despedían un olor rancio, como a metal oxidado y carne guardada. Esa noche, mientras preparaban las cosas para bajar, escucharon pasos afuera del campamento. Mi padre pensó que era uno de los capataces, pero cuando salió de la carpa, vio al hombre del polvo caminando entre las sombras. Venía cubierto con una manta oscura que arrastraba por el suelo. Su andar era lento, arrítmico, y cada paso levantaba una nube gris que parecía seguirlo.

1:04:31 Nadie se atrevió a hablarle, solo lo vieron acercarse al fuego central. El capataz fue el primero en enfrentarlo. Le preguntó qué hacía ahí, si era él quien traía la enfermedad. El hombre no respondió, solo levantó la cabeza y dijo que el trabajo no debía detenerse, que el polvo aún tenía fuerza y que los que quedaban podían terminar el turno si querían conservar la suerte. Su voz era rasposa. como si saliera de una garganta seca. Mi padre recordaba que el fuego se reflejaba raro en su manta. No se veía la piel debajo, solo sombras moviéndose como si el cuerpo no tuviera forma fija. Cuando uno de los mineros apuntó su lámpara directo a él, todos dieron un paso atrás. La luz lo alcanzó de lleno y lo que vieron no parecía humano. La piel se le cuarteó como si fuera barro seco. Se abrió por las mejillas, el cuello y los brazos, dejando ver grietas oscuras. No había sangre ni carne, solo una superficie quebrada, con reflejos de polvo que caía de su interior. Los ojos se hundieron, y en lugar de pupilas había dos huecos negros que parecían absorber la luz. El capataz gritó que lo atraparan, pero nadie se movió. Mi padre dijo que el hombre extendió la mano hacia el fuego y que los dedos se deshicieron, cayendo en trozos que se convertían en tierra al tocar el suelo. El resto del cuerpo empezó a desmoronarse también. Primero los hombros, luego el pecho y por

1:06:05 último el rostro. Todo se cayó a pedazos, sin ruido, hasta que solo quedó la manta vacía en medio del polvo. El viento sopló fuerte y levantó una nube que cubrió el campamento. Tardó varios minutos en disiparse. Cuando pudieron ver de nuevo, no había ni un solo resto del hombre. Solo un montículo de tierra gris en el lugar donde se había deshecho. Nadie dijo palabra. Los mineros miraban la manta con miedo, sin saber si enterrarla o quemarla. El capataz se quitó el sombrero y ordenó cavar un hoyo cerca del fogón. Los pocos que todavía tenían fuerzas lo ayudaron. Mi padre decía que al tocar la manta sintió que estaba tibia, como si algo dentro aún respirara. La enrollaron con cuidado y la metieron al agujero. Luego la cubrieron con tierra hasta que el fuego del campamento casi se apagó.

1:06:58 Esa misma noche, antes de dormir, el capataz reunió a todos. Les pidió que juraran no volver a usar el polvo ni hablar de lo ocurrido. Dijo que si contaban algo nadie les creería y que lo mejor era olvidar y bajar del cerro al amanecer. Todos aceptaron. Algunos arrojaron sus sobres al fuego y observaron cómo ardían despacio, soltando un humo espeso con olor a hierro. Nadie encendió luces ni se acercó al fogón. Solo el viento movía las lonas de las carpas. Mi padre dijo que, al acostarse, escuchó algo golpear las paredes de su tienda, como si el polvo del suelo se levantara por su cuenta. Se cubrió la cara y esperó a que amaneciera. Al día siguiente, el cerro parecía distinto. El aire estaba quieto y no se escuchaban los ruidos habituales de la mina. algunos hombres fueron al lugar donde enterraron la manta y vieron que la tierra seguía movida como si algo hubiera salido no quisieron cavar para comprobarlo se persignaron y comenzaron a bajar con las pocas pertenencias que les quedaban cuando el grupo empezó el descenso mi padre miró hacia atrás por última vez dijo que el campamento se veía cubierto por una capa de polvo brillante, más grueso que la ceniza, como si el cerro hubiera devuelto todo lo que se le había quitado. Los catres, las herramientas y las carpas parecían disolverse lentamente, igual que el cuerpo del vendedor. Al llegar al pueblo, los hombres contaron que habían terminado el trabajo

1:08:30 y que varios se habían enfermado por la altura. Nadie mencionó lo del polvo ni el fuego ni el cuerpo que se volvió tierra. Los capataces dieron por cerrado el turno y nunca más enviaron cuadrillas a ese cerro. Mi padre decía que, aunque todos juraron callar, ninguno volvió a ser el mismo. A veces, cuando él hablaba de eso, miraba sus manos y se quedaba callado unos segundos, como si recordara el tacto de aquella manta tibia. Decía que, desde esa noche, el olor a tierra caliente lo seguía, incluso cuando ya no había polvo en los bolsillos. Mi padre decía que el juramento que hicieron esa noche no sirvió de nada. Para entonces, el daño ya estaba dentro de todos. Los que habían inhalado el polvo, aunque fuera una sola vez, comenzaron a enfermar en los días siguientes.

1:09:20 Al principio intentaban ocultarlo pensando que era cansancio o alguna reacción pasajera, pero los síntomas eran claros y avanzaban rápido. El cuerpo se les secaba, la piel perdía color y se ponía rasposa, como si tuviera una capa de tierra pegada. Al rascarse, se desprendían pequeñas escamas grises que caían al suelo y se deshacían. Algunos decían que les picaba todo el cuerpo por dentro, como si algo les caminara bajo la piel. El polvo parecía salirles por los poros, mezclado con el sudor. Mi padre recordaba que, la primera vez que se bañó después de bajar del cerro, el agua del balde salió turbia. Pensó que era suciedad del trabajo, pero el color era distinto. No era marrón, sino gris opaco, con un brillo metálico. Frotó su piel con jabón hasta dejarla roja, pero el agua seguía saliendo igual. Al final tuvo que dejar de bañarse por unos días, porque cada vez que lo hacía el olor a metal se volvía más fuerte. Los que vivían cerca del río notaron lo mismo.

1:10:29 El agua donde se lavaban quedaba manchada de polvo y tardaba en asentarse. La gente comenzó a evitarlos. Decían que los mineros traían algo del cerro, una enfermedad que se pegaba con el aire. Los llamaban los grises. Nadie quería tenerlos cerca ni venderles comida. Mi padre contaba que las uñas se le cayeron una por una. No dolía. Solo un día despertaba y encontraba la cama con pequeños trozos duros entre las sábanas. El cuerpo no sangraba, solo dejaba huecos suaves donde antes estaban las uñas. Al caminar, el polvo salía de las manos y de los pies, formando un rastro que el viento barría en segundos. Los médicos del pueblo no sabían qué decir. Pensaron en lepra o en alguna intoxicación, pero ninguna cura funcionaba. Les daban ungüentos, tónicos, inyecciones de vitaminas y nada cambiaba. La piel seguía cayéndose.

1:11:28 El cuerpo se volvía ligero, como si perdiera peso con cada día que pasaba. El ayuntamiento ordenó aislar a los enfermos en una bodega vieja junto al camino. decían que así evitarían que se propagara la enfermedad pero no todos aceptaron algunos escaparon antes de que los encerraran caminando hacia los cerros donde habían trabajado nadie lo siguió decían que preferían morir allá donde el aire era el mismo que respiraron cuando tenían fuerza Mi padre no quiso quedarse en la bodega. Dijo que no soportaba el ruido de la tos de los otros ni el olor a polvo que se acumulaba en el piso. Cada día se levantaban montones de ceniza bajo las camas. Algunos enfermos apenas podían hablar.

1:12:15 solo respiraban con dificultad y a veces sonreían sin razón, con la mirada perdida. Una noche el doctor pasó a revisarlos y salió asustado. Dijo que el aire dentro de la bodega estaba pesado, que parecía lleno de partículas suspendidas. Al amanecer, los que dormían más cerca de la puerta amanecieron cubiertos por una capa de polvo más gruesa. Nadie supo si estaban vivos o muertos, porque el cuerpo se desmoronaba al tocarlos. Los familiares dejaron de visitarlos, solo las esposas más tercas seguían llevando comida, aunque la dejaban a varios metros de distancia. Los niños corrían sin acercarse, con la cara tapada por pañuelos. En el pueblo decían que el mal del polvo no era enfermedad, sino castigo, que los hombres habían tocado algo prohibido en el cerro. Mi padre contaba que las noches eran las peores. El aire se llenaba de un silbido leve, como si el viento se metiera por entre las paredes de la bodega. A veces, cuando despertaba, veía el suelo cubierto de huellas. No eran de zapatos, sino marcas descalzas, alargadas, hechas con polvo. Nadie admitía haber salido de su catre, pero las huellas seguían apareciendo.

1:13:32 Los días pasaban lentos. Cada mañana alguien faltaba. El catre quedaba vacío, con un pequeño montón de ceniza encima y la manta hundida. Nadie decía nada, solo barrían los restos y los echaban al terreno detrás de la bodega, donde ya se formaba una capa gris que el viento levantaba por las tardes. Mi padre decía que pensó en escapar muchas veces. Una tarde, al salir a buscar comida, vio a dos hombres en el camino. iban descalzos con la ropa pegada al cuerpo y los brazos cubiertos de polvo no hablaban caminaban hacia el cerro con paso lento dejando un rastro que el viento dispersaba detrás de ellos el aire se llenaba de un olor metálico el mismo que mi padre ya conocía volvió a la casa sin decir nada encendió una lámpara y se miró las manos la piel estaba cuarteada y la punta de los dedos se veía opaca dijo que fue entonces cuando entendió que no había salida que el cerro se los estaba llevando de regreso uno por uno como si el polvo lo reclamara esa noche no durmió se quedó sentado frente al fuego del fogón observando como las brasas se volvían grises dijo que por un momento creyó ver el reflejo de una figura en la pared. con sombrero y manta, igual al hombre que les vendió el polvo. No habló con nadie, solo esperó a que amaneciera, con el miedo de ver

1:15:02 su propia piel desmoronarse en el primer rayo de luz. Mi padre contó que esa noche no durmió por completo, decía que el cuerpo le pesaba, pero la mente seguía despierta. Afuera aún era de noche y el viento movía las ventanas. Se sentó en la cama para relajarse y fue entonces cuando vio un saco gris colocado junto a sus botas. No recordaba haberlo traído de la mina ni haberlo visto antes. Lo tomó con cuidado. El hilo rojo que lo amarraba era idéntico al de los sobres originales. Sintió el mismo olor a metal, tenue pero reconocible. Pasó el resto de la noche mirándolo sin atreverse a abrirlo. al amanecer lo guardó en el bolsillo y decidió ir a la mina quería mostrárselo a los pocos hombres que seguían vivos en el pueblo los mismos que habían trabajado con él el camino hasta el cerro estaba vacío cuando llegó al campamento encontró a tres de sus antiguos compañeros Vivían en chozas improvisadas, demasiado débiles para bajar al pueblo. Al verlo, lo recibieron con desconfianza. Mi padre sacó el saco y lo puso sobre una mesa vieja. Los hombres se miraron entre sí.

1:16:18 Nadie quería tocarlo. Uno de ellos dijo que era mejor enterrarlo de inmediato, pero otro, más curioso, insistió en abrirlo para saber qué tenía. Mi padre recordó que el hilo se deshacía fácilmente, lo desató con cuidado y vació el contenido sobre la mesa. El polvo cayó formando un montoncito brillante, era gris con reflejos plateados y despedía un olor leve parecido al hierro. Pero lo que llamó la atención no fue el color, sino lo que había mezclado dentro. Pequeños fragmentos duros, irregulares, con bordes amarillentos. Al principio pensaron que eran piedras o residuos de la mina, pero al mirar más de cerca vieron que algunos tenían forma de falanges.

1:17:06 Eran huesos, diminutos, con las puntas astilladas, como si hubieran sido molidos. Nadie se atrevía a tocar nada. Uno de los hombres apartó el polvo con un trozo de madera y encontró algo más. una uña todavía entera incrustada en la mezcla el color era opaco y al moverla se quebró sin resistencia mi padre sintió que el estómago se le revolvía dijo que entendió todo en ese momento el polvo no era medicina ni brujería para la suerte era un residuo de muerte hecho con restos humanos cada sobre era una porción de lo que quedaba de otros mineros triturados y mezclados hasta volverse parte de esa sustancia Y cada vez que alguien lo inhalaba, respiraba pedazos de carne convertida en polvo. Los demás también lo comprendieron. Mi padre quiso quemar el saco y el polvo restante, pero el fuego no prendía. Usaron papel, alcohol, hasta carbón seco, y nada hacía arder la mezcla. Solo se calentaba y soltaba un humo gris que olía a hueso. Los hombres se apartaron y cubrieron la mesa con una manta. Cuando la levantaron minutos después, el polvo había desaparecido, dejando solo una marca oscura sobre la madera, como si se hubiera fundido en ella. Esa noche ninguno durmió. los que aún podían caminar se fueron del campamento antes de que amaneciera mi padre se quedó solo un rato más mirando la mesa y la marca que el polvo había dejado decía que

1:18:39 se movía muy despacio tenía la impresión de que el polvo lo seguía pegado a la ropa dentro de las uñas en los pliegues de la piel se bañó tres veces antes de llegar al pueblo cuando intentó contarlo nadie le creyó decían que el cansancio lo había hecho alucinar que los restos eran de animales o de la propia mina pero los que habían trabajado con él y aún respiraban sabían que no era mentira aparte cómo aparecería un saco así de la nada uno de ellos juró haber visto al hombre del polvo esa misma noche parado en la entrada del pueblo observando desde la oscuridad con la manta en la mano mi padre lo resumió con una frase que nunca olvidé lo que respiramos allá arriba no era polvo del cerro era lo que quedó de los que el cerro se tragó después de eso nadie volvió a mencionar el tema Mi mamá quería llevarlo al médico del pueblo y él respondía que no servía, que ya lo habían visto y que solo le dieron tónicos que no hacían nada. Decía que lo único que podía hacer era no cansarse y no dormir mucho porque al despertar sentía la garganta llena de polvo. En la casa aparecían marcas en las sábanas y en las camisas. No eran manchas de tierra común, quedaban pegadas y al frotarlas se deshacían en una capa fina que olía a metal. Sus uñas se fueron desprendiendo sin dolor. Llevaba los dedos vendados para que no viéramos los huecos blandos. Cuando barríamos el

1:20:12 cuarto siempre salía un montón nuevo, como si el polvo se formara durante la noche. Él nos pedía que no barremos delante de él porque le molestaba el sonido de la escoba en el piso. La semana siguiente se volvió más callado. Comía poco, a veces nada, y decía que no sentía hambre. En las noches se sentaba frente al fogón apagado y miraba el bracero como si estuviera encendido. Decía que escuchaba un murmullo que venía de lejos y que si cerraba los ojos, ese murmullo se acercaba. Mi mamá dormía en la otra habitación con mi hermana menor porque el olor del cuarto no la dejaba descansar. Era un olor a hierro que no se iba con nada.

1:20:56 Una madrugada lo escuché levantarse. Caminó despacio hasta el patio. Salí detrás de él. Estaba descalzo sobre las losas frías y el suelo quedó marcado con huellas grises que se rompían al segundo. Lo acompañé hasta la silla de madera y se sentó con la espalda recta. sus ojos estaban muy abiertos no parpadeaba al amanecer empezó a temblar le puse una manta y la manta se manchó de inmediato le ofrecí agua y dijo que no me pidió que abriera la ventana luego me pidió que me quedara a su lado sin hablar El temblor se fue apagando y el cuerpo perdió peso de un momento a otro. Se notaba en la silla que dejó de crujir. Sus manos quedaron sobre las rodillas y los dedos ya sin uñas parecieron más cortos. Le tomé el pulso en la muñeca y casi no encontré latido. Su respiración era lenta y hacía un sonido leve. El olor a metal se hizo más fuerte y el aire del cuarto se volvió más pesado.

1:21:58 Me acerqué para acomodarle la cabeza y la piel de la nuca dejó una marca gris en la madera. Le toqué el pecho y ya no se movía. Sus ojos seguían abiertos. Lo cerré con la yema de los dedos y la ceniza me quedó pegada. Lo cubrí con una sábana sin sacudirla porque cada movimiento levantaba polvo. Llamé a mi mamá y al médico. el médico llegó con una mascarilla y guantes dijo que era paro respiratorio y que debíamos mantener la ventana abierta firmó el acta y nos dejó solos hicimos el velorio en silencio y enterramos la ropa manchada en el patio la caja la llevé lejos y la cubrí con tierra a mano limpia sin abrirla con los años entendí que él ya había empezado a irse desde que inhaló aquella pizca en la mina no murió de golpe Se fue quedando en la casa, en las losas, en la silla y en las vendas. Esta historia es de mi papá y la cuento como me la contó. Cuando él falleció tenía 15 años.