No Te Burles De Los Demonios O Esto Podría Pasarte Historias De Terror - REDE

¡ Rápido ! Suscríbete y activa la campanita.
Se parte de la comunidad REDE.
ENVIAME TUS HISTORIAS A: relatosdesclasificados@gmail.com
SÍGUEME EN FANPAGE: https://bit.ly/33H3Og3
SÍGUEME EN INSTAGRAM: https://bit.ly/3dgiBmd
¡ Rápido ! Suscríbete y activa la campanita.
Se parte de la comunidad REDE.
ENVIAME TUS HISTORIAS A: relatosdesclasificados@gmail.com
SÍGUEME EN FANPAGE: https://bit.ly/33H3Og3
SÍGUEME EN INSTAGRAM: https://bit.ly/3dgiBmd
La última sonrisa. Cuando era un adolescente, solÃa platicar con mis amigos del barrio al caer la tarde. Siempre nos quedábamos hasta las diez de la noche entre semana, pero los viernes o sábados nos daban las doce jugando fuera de nuestras casas en invierno en un solar baldÃo que estaba en la misma cuadra de mi casa. PrendÃamos una fogata para calentarnos conforme avanzaba la noche. Poco a poco se iban retirando los demás, hasta que siempre quedábamos los mismos mis amigos, Juan y Vicente, que vivÃan a la vuelta de la cuadra y yo, que me llamo Eduardo, uno de ellos dos. Vicente era de esas personas que de todos se rÃen. Era su forma de ser cuando ochente, como le decÃamos, le ganaban los nervios. ReÃa con más razón si decÃamos algo gracioso. En ocasiones lo hacÃa de forma escandalosa y no habÃa forma de callarlo. Todos en el en el barrio, hasta nuestros papás lo conocÃan bien como era. Nos decÃan que desde sus casas lo escuchaban a lo lejos. Cuando se reÃa asÃ, sabÃan en dónde estábamos, sin importar lo que estuviéramos platicando a vicente. Todo le causaba gracia e incluso cuando hablábamos de fantasmas o espÃritus que, por cierto, era muy a menudo era evidente que se asustaba, pero la risa era su mecanismo de defensa. TenÃamos años de conocernos. Nunca habÃamos tenido problemas entre nosotros. Algunos entramos a la misma secundaria hasta pensábamos estudiar lo mismo una noche que hacÃa mucho frÃo. Se nos hizo tarde platicando en esa ocasión todavÃa quedábamos cinco de los ocho que nos juntábamos alrededor de una fogata. Estábamos hablando sobre cosas paranormales, especÃficamente de los demonios que se pueden encontrar en la huija. Para mÃ, el simple hecho de hablar sobre esa tabla me ponÃa tenso porque Juan nos platicaba que por medio de ella, la gra gente podÃa hablar con los espÃritus de sus muertos, pero además estaba invadida de demonios que se hacÃan pasar por ellos y asà hablar con los humanos. Juan, que era de los más grandes, le gustaba hablar mucho al respecto. Cuando lo hacÃa, se ponÃa muy serio y querÃa que nosotros también lo fuéramos. Platicaba, pero evitaba decir los nombres de esos demonios porque nos decÃa que pronunciarlos era como invitarlos para que se hicieran presentes y si aparecÃan nada, bueno sucederÃa. Seguramente tendrÃamos la experiencia más espantosa que jamás hubiéramos imaginado y nunca podrÃamos olvidarlo. Siendo jovencitos, nos daba mucha curiosidad saber de esas cosas. Por lo menos a mà me asustaba, pero me hacÃa el fuerte como la mayorÃa, porque también Juan nos advertÃa que esos demonios se metÃan en la mente de los más débiles. A pesar de nuestra insistencia por saber dichos nombres, él se negaba a pronunciarlos, diciendo que con cosas del diablo no se jugaba porque era muy peligroso. No nos imaginábamos cuánto. No sé por qué en esa ocasión, asà de la nada, Juan, por primera vez dijo esos nombres extraños, cómo eran raros y difÃciles de pronunciar. A Vicente le causó mucha gracia, sobre todo uno a Gramón, demonio del miedo. Le causó tanta gracia que hacÃa esfuerzos por contener su risa. Juan nos decÃa que no nos riéramos de eso, porque los demonios también tenÃan orejas y podÃan escuchar, pero la risa de Vicente era contagiosa. No pudimos evitar empezar a reÃr todos e incluso a burlarnos. Luego de unos minutos nos calmamos cuán nos decÃa Molesto que no nos burláramos de los demonios porque se nos iban a aparecer y hasta nos podrÃan hacer un mal, porque esos seres son salidos del infierno. Aún entre risas. Se podÃa sentir que comenzó a ser más frÃo, a pesar de que estábamos frente al fuego. Quizá todos lo sentimos porque hubo un momento que guardamos silencio para mirarnos unos a otros. Cuando alguien dijo un chiste a todos de nuevo nos causó mucha gracia, como era su costumbre. Nuestro amigo Chente otra vez se atacó de risa. Fue tanto que nos dolÃa el estómago ya se nos iba a pasar, pero decÃamos algo, cualquier cosa y de nuevo empezábamos en un momento inesperado. Chente me agarró fuerte del brazo, Abrió tanto los ojos que parecÃa que se saldrÃan de sus cuencas. Estiró su otro brazo para apuntar hacia algunos árboles. Trataba de decirme algo aún asÃ. No paraba de reÃr Volteé hacia donde me decÃa, pero en todo el baldÃo solamente estábamos nosotros. Comenzó a hacer movimientos bastante extraños como si una fuerza se le hubiera metido. Después de unos minutos nos dimos cuenta de que Vicente se estaba ahogando. Era tanta su risa que no podÃa respirar. Fue un momento muy tenso. Pasamos de la risa la preocupación porque Chente se estaba poniendo tenso. Empezó a manotear como si intentara quitarse algo que nosotros no podÃamos ver. Le preguntamos en repetidas ocasiones que le estaba pasando. Solamente abrÃa la boca, pero no le salÃan las palabras. Siendo unos adolescentes de trece y catorce años, no supimos cómo actuar a ninguno. Se nos ocurrió pedir ayuda de inmediato algún adulto, aunque después lo pensamos ya era tarde. Nuestro amigo ya no se movÃa. Murió de un ataque de risa. No lo podÃa creer. Todo pasó tan rápido. Unos segundos antes radiaba de felicidad y ahora estaba tirado boca arriba con los ojos entreabiertos y una gran sonrisa macabra que dejaba ver sus dientes. Además, habÃa otra cosa. PodÃa sentir una presencia demonÃaca. Lo digo asÃ, porque aquello nos hacÃa temblar, querÃa correr o gritar, pero algo me lo impedÃa. Nos asustamos más porque Juan nos decÃa angustiado que nos persignáramos seguramente un demonio. Se le habÃa echado encima a Vicente por haberse estado burlando de ellos. Todos nos mirábamos nerviosos, porque también nosotros nos habÃamos estado riendo. Tal vez podrÃamos correr con la misma suerte. Chente tenÃa su mirada fija como perdida. Estaba muerto, pero aún asÃ, yo sentÃa que nos miraba. A mà me parecÃa que me seguÃa con los ojos y que estaba respirando. Deseaba que se levantara para terminar con esa horrible pesadilla por los nervios que tenÃa o quizá el miedo, no podÃa llorar. Mis amigos estaban paralizados. También Reaccioné y grité varias veces que nos ayudaran. SentÃa que nadie me escuchaba. Salieron todos los vecinos. Pronto se hizo el alboroto. Al llegar los papás de Chente, hubo llantos y gritos de desesperación. Intentaban ayudarlo, pero era inútil. Después de mucho tiempo le pusieron una sábana encima. Dos horas después llegó el ministerio público para hacernos preguntas. No comentamos nada sobre los demonios, porque seguramente nos lo tomarÃan a mal, pero al menos yo estaba seguro que uno de esos seres era el causante de su muerte. Gracias a Dios, los papás de Vicente no nos culparon a nosotros de nada. No por eso dejaba de ser una tragedia para todos los del barrio que aún no lo podÃamos creer. Con horror miramos que levantaron y se llevaron el cuerpo de nuestro amigo Chente. Luego nos retiramos con suma tristeza para nuestras casas. Ya no habÃa nada que nosotros pudiéramos hacer. Mi mamá me dio un limón para el susto. Platicamos por largo rato de lo sucedido, aunque le oculté algunas cosas hasta que ya más calmados nos retiramos a acostar. SerÃan tal vez como las cinco de la mañana. No podÃa dormir porque cuando cerraba los ojos, me venÃa la imagen de mi amigo tirado en la tierra, con aquella expresión en su cara como tratando de decirnos algo. El funeral fue espantoso. La primera vez que fui a ver el cadáver de mi amigo, me sorprendà bastante al verlo porque la expresión de su pálida cara habÃa cambiado. Ahora mostraba una mueca de dolor o desagrado que antes no tenÃa ese detalle. Nadie lo notó o al menos nadie dijo nada eran otros tiempos lo velaron en su casa toda la noche. En un momento que estuve platicando con mi amigo Juan, me platicó sus pesadillas que no lo habÃan dejado dormir en ellas. Nuestro amigo ochente se reÃa de una manera macabra mientras se iba transformando en un horripilante demonio. Los dos restantes que estaban con nosotros esa noche también sufrieron pesadillas horribles donde vicente se aparecÃa en sus casas en medio de la oscuridad, los perseguÃa mientras reÃa. Cuando nos avisaron que cerrarÃan el ataúd. Fui a verlo por última vez. La expresión de su cara habÃa cambiado. Ahora parecÃa que estaba a punto de soltar una carcajada. Me sorprendió tanto que me alejé de la caja lo más que pude de nueva cuenta. Nadie lo notó. El entierro fue lo más difÃcil tanto para sus familiares como para nosotros, sus amigos. Además, siendo sincero, yo me encontraba muy asustado porque cuando le comenzaron a echar la tierra, el ataúd se estremecÃa como si vicente o lo que estuviera dentro hiciera el intento por salirse. Volteé a ver a los demás, pero nadie decÃa nada. Supe que lo que estaba pasando, lo estaba imaginando o lo que era todavÃa peor. Sólo yo lo podÃa ver cuando pusieron la cruz con su nombre todo terminó. Nos retiramos del panteón en silencio. Sentà muy feo dejarlo ahà metido en un pozo para seguir con nuestras vidas, Pero esa noche algo extraño pasó. SerÃan alrededor de las tres de la mañana. Cuando me desperté porque podÃa escuchar a lo lejos que alguien se reÃa de manera extraña, llegué a pensar que lo estaba imaginando. Sugestionado por todo lo que habÃa pasado, me asomé por la ventana y todo hacÃa suponer que la risa venÃa del baldÃo donde nos juntábamos, ahà donde habÃa muerto vicente. Ese baldÃo quedaba a media cuadra de mi casa. Por lo mismo, no podÃa distinguir nada. Escuché la risa de nuevo me dio escalofrÃo porque era muy parecida a la de mi amigo ochente. Todo estaba en completa oscuridad. Tal vez por mis nervios. Me parecÃa ver sombras o siluetas que caminaban por la calle. Corrà a despertar a mis papás, pero cuando se levantaron ya no se escuchaba nada ni habÃa nadie afuera Esa noche sÃ, lloré no sólo del susto, también por lo que le habÃa pasado a mi amigo. Mi mamá me acompañó hasta que rendido por el cansancio y las emociones, me quedé dormido. Al dÃa siguiente hablé con mis amigos mi sorpresa. Ellos también escucharon aquella risa. Estaban espantados porque, al igual que yo, pensaban que quien estuvo riéndose toda la noche era Vicente. Uno de ellos notablemente asustado, nos aseguraba que se habÃa salido de su tumba. Para asustarnos la situación parecÃa más siniestra. Comentamos que seguramente era un castigo por haberse burlado de los nombres de los demonios, tal vez por quitarnos culpas. Dijimos que habÃa sido su culpa. Lo más horrible era pensar que asà se quedarÃa vagando y riendo para toda la eternidad. Juan nos dijo que mejor no comentáramos nada, porque, al parecer, solamente nosotros podÃamos oÃrlo. Por lo mismo, nadie nos creerÃa. Además, harÃamos sufrir a sus papás. Pero habÃa otra posibilidad, una espantosa. Tal vez el demonio que miró vicente nos andaba buscando a todos los demás. Juan nos sugirió no acercarnos al baldÃo al menos un par de semanas, hasta que todo pasara se sen r según él. PodrÃa ser eso porque esa noche, al nombrar a los demonios, los invitamos para que se manifestaran y ahora no tenÃamos el conocimiento para poderlo regresar. Insistió que no rondáramos el barrio por unos dÃas. En eso quedamos a la noche siguiente. Sucedió lo mismo. Ya pasaban de las doce cuando se escuchó aquella risa macabra, sólo que esta vez ya no la escuché tan lejos. ParecÃa que vicente, si es que era él, se venÃa acercando a mi casa. Cada vez que lo escuchaba. Temblaba de miedo. Muchas veces me pregunté por qué a mÃ, por qué no a Juan. Ãl habÃa nombrado a los demonios. Fue el que jugaba a la huija, no yo ni ninguno de mis amigos pensar que me buscaba, me llenaba de terror. Gente era mi amigo y lo querÃa volver a ver, pero no muerto. Además, cabÃa esa horrible posibilidad de que fuera uno de esos demonios, haciéndose pasar por él, venciendo mi miedo, me asomaba rumbo al baldÃo por más que me esforzaba. No lograba ver a nadie. Llegué a pensar que quien reÃa pudiera ser sólo un espÃritu maligno. Toda la noche me la pasé rezando le pedà a Dios por el eterno descanso de mi amigo Vicente y de paso para que nos librara de un encuentro con cualquier tipo de entidad demonÃaca. Cuando de nuevo me reunà con mis amigos, algo que nos inquietaba a todos era el hecho de que cada quien escuchaba Vicente acercarse a su casa, aunque vivÃamos retirados, unos de otros no les dije, pero saber que no era solamente a mà a quien buscaba me quitó un poco de culpa. Asà pasaron tres noches espantosas, escuchando como poco a poco se aproximaba cada vez más aquel sonido macabro con el temor de que de un momento a otro se apareciera Vicente riendo frente a mà o, lo que era peor, un demonio horrible que seguramente intentarÃa llevarme con él. Cuando la risa se escuchaba a unos metros de la casa de todos nos volvimos a reunir de nuevo porque la situación cada vez era más terrible. Se notaba que estábamos afectados. Yo les insistà que les dijéramos a nuestros padres. Ellos seguramente nos dirÃan qué hacer. Al principio, Juan se negó, argumentando que le echarÃan la culpa a él de lo que habÃa pasado al vernos a todos decididos a hacerlo de cualquier modo, muy a su pesar tuvo que acceder sin que supieran los papás de Vicente antes de que cayera la noche hablamos con todos los demás cuando supieron que probablemente habÃamos invocado. Algunos demonios no lo podÃan creer como era de Suponerse regañaron a Juan por andarse metiendo en cosas del diablo y de paso, por meternos a nosotros. Algo que ya suponÃamos era que ninguno de nuestros papás habÃa escuchado aquella risa, ni visto o sentido nada raro. Aún asà nos creyeron y comenzaron a buscar soluciones. Después de un buen rato, estuvimos de acuerdo en algo. OfrecerÃamos una misa y rezarÃamos un Santo Rosario por el eterno descanso de nuestro amigo. Seguramente eso le ayudarÃa mucho. También pondrÃamos una cruz con su nombre en el lugar donde murió. Se bendecirÃa todo el baldÃo para ahuyentar a los demonios, pero sobre todo, era necesario que el sacerdote nos hiciera una oración protectora a esa hora. Fueron algunos papás a hablar con el padre, pero volvieron enseguida para decirnos que se harÃa al dÃa siguiente porque el sacerdote tenÃa ya otro compromiso. Esa noche me acosté en mi cuarto. Como siempre, no les pedà a mis papás quedarme con ellos, porque aún los sentÃa un tanto molestos. Conmigo. Me iba a dormir con el foco prendido, pero comprendà que asà era más fácil que lo que se acercaba me mirara desde afuera. Cuando me quedé a oscuras, sentà una opresión en el pecho, un mal presentimiento que hacÃa que se me resecaran los labios y nunca me puse a rezar del puro miedo que tenÃa ya muy entrada. La noche seguÃa despierto imaginando mil cosas horribles. No lo deseo, pero estaba esperando escuchar la risa macabra de Vicente. SabÃa que eso ocurrirÃa mi corazón me latÃa cuando se hizo presente aquella risa, me espanté porque la escuché tan cerca de mà que pensé que alguien estaba dentro de mi cuarto temeroso busqué volteando para todas partes. Aunque no podÃa ver a nadie, sabÃa que Vicente, o el diablo, uno de los dos estaba ahà conmigo. Era una sensación tan horrible que hasta el dÃa de hoy no la puedo describir. QuerÃa gritar, pero me ahogaba al intentarlo, me llené de terror porque aquella risa siniestra. En ocasiones la escuchaba dentro de mi cabeza, como si el demonio quisiera meterse dentro de mÃ, asà como lo habÃa hecho con Vicente, como pude casi tartamudeando me puse a pedir perdón. AsÃ, hablando sólo porque no habÃa nadie. Primero a mi amigo por no haberlo podido ayudar. También lo hice con el demonio por haberme burlado esa noche de su nombre. No puedo asegurar que lo que estaba ahà me estaba escuchando. De igual manera, seguÃa hablando sin descanso hasta ya no saber qué más decir, no recuerdo qué pasó. Después, desperté al dÃa siguiente desconcertado como si todo hubiera sido un mal sueño. Me sentÃa agotado como si hubiera hecho un gran esfuerzo. Como a las tres de la tarde nos reunimos de nuevo con los adultos. Esta vez también asistieron los papás de Chente. No se les comentó sobre la risa que escuchábamos. Para no inquietarlos llegó el sacerdote muy tranquilo. Bendijo todo el baldÃo, especialmente donde habÃa muerto nuestro amigo. Luego nos hizo una oración a todo el grupo de amigos que estuvimos esa noche para protegernos de cualquier cosa mala donde habÃa caÃdo el cuerpo de Vicente. Pintamos una cruz con cal rezamos mucho todos por su descanso. Al final colocamos otra cruz con su nombre, le prendimos unas veladoras y poco a poco nos retiramos a a a. Aunque las cosas paran o s s ns les disminuyeron, no cesaron del todo. Ya no escuchaba la risa, pero no sólo yo. Los demás también comenzaron a sufrir de espantosas pesadillas en lo que a mà se refiere. En todas ellas, Vicente, con una mueca espantosa de desagrado, me perseguÃa durante horas por todo el baldÃo gruñendo y balbuceando, algo que no podÃa entenderle cuando me despertaba. Le daba gracias a Dios que estaba bien. ParecÃan tan reales que me horrorizaba pensar que de verdad vicente me estuviera persiguiendo metido en mis sueños. Lo más terrible de todo fue cuando desperté con algunas marcas en mi cuerpo sin encontrar explicación para eso sueño o realidad, hasta ahora no lo sé, pero lo que era cierto fue que en todas esas pesadillas no nos atormentaba ningún demonio. Era vicente, ya no les dijimos nada a nuestros padres. Nosotros nos pusimos de acuerdo para ir frente a su cruz y y per pedirle perdón por echarle la culpa de lo que le pasó. Apenas cayó la tarde. Nos juntamos se nos notaba el miedo y los nervios que tenÃamos cuando fuimos al baldÃo. Al estar ahà me vinieron los recuerdos de aquella noche me comenzaron una serie de escalofrÃos que no paraban. Estoy seguro que ahà estaba Vicente, o al menos se sentÃa su presencia. Le hablamos como si estuviera su cuerpo fÃsico. Por mi parte, le pedà una disculpa por cualquier cosa que lo hubiera ofendido y le dije que siempre lo recordarÃa el hacerlo me llenó de calma. Sé que a todos nos pasó igual. Antes de abandonar el baldÃo sentà aquella presencia. Siniestra que habÃa aquella noche en ese momento no dije nada, pero ya rumbo a mi casa. Supe que otros también la sintieron. Tal vez aquel demonio a Gramón se habÃa quedado ahà junto a la cruz de nuestro amigo Vicente. Otra cosa que supe aunque a mà no me sucedió, contaron mis amigos que, al estar frente a la cruz, sintieron unas ganas irresistibles de reÃr tan fuerte como aquella fatÃdica noche. Con el correr de los años, vendieron parte de ese baldÃo, precisamente ahà donde ocurrió todo aquello. Construyeron una bodega. Ignoro si suceden cosas paranormales, porque ya no vivo por ahà jamás volvà a ser el mismo por un tiempo. Me dio miedo la noche por temor a sufrir de aquellas pesadillas horribles muy de vez en cuando. Aún hasta el dÃa de hoy escucho la risa de mi amigo Vicente, pero sólo en mi cabeza. Eso me sucede porque la tengo grabada en lo profundo de mi mente. También dejé de ver su imagen porque en ocasiones se me aparecÃa. Recuerdo la última vez que lo hizo fue hace años. Me miraba muy serio. Luego dibujó una sonrisa antes de desaparecer para siempre relato escrito y adaptado por gato negro








