No Quiero Tus Rezos (La Muerte Me Devolvió A La Vida) Historias De Terror - REDE

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No quiero tus rezos. Todos mis amigos y conocidos me llaman el muerto. Tengo una historia extraña que contar al hacerlo. Espero que quien la escuche la tome como experiencia para que no le toque vivir lo que me pasó a mÃ. Esto me ocurrió en mil novecientos ochenta. En ese tiempo era joven. ConducÃa un camión de carga de los llamados de volteo, donde transportaba material para la construcción. Esa mañana todo transcurrÃa tranquilo. Estaba en el terreno donde se extraerÃa el material. Cuando estaban a punto de cargar mi camión, me bajé para asegurarme que la tapa estuviera bien cerrada. De pronto una gran extensión de tierra se vino abajo. No tuve tiempo para ponerme a salvo y a los pocos segundos quedé enterrado. Cuentan mis compañeros que corrieron a auxiliarme con las balas. Empezaron a acabar con cuidado, pero tratando de desenterrarme lo más rápido que se pudiera y asà evitar que muriera asfixiado. Después de largos minutos de angustia, lograron sacarme, pero su versión fue que por más que trataron de ayudarme aplicándome los primeros auxilios. Ya no respiraba, dándome por muerto. De todos esos momentos, lo único que recuerdo fue sentir una fuerte opresión y que todo se quedó en completa oscuridad, tal vez por causa del golpe. Estaba a punto de perder el sentido muy a lo lejos podÃa oÃr como escarbaban mientras gritaban mi nombre, sintiendo que no podÃa respirar ni moverme. Supuse que era la hora de mi muerte. Antes de perder el sentido, escuché que alguien me dijo no tengas miedo. Luego perdà el conocimiento. Cuando abrà los ojos, me di cuenta que estaba tendido en el suelo cubierto con una tela. TenÃa tierra en los ojos, en los oÃdos, en la nariz, asà como en la garganta. Todo estaba desubicado y algo aturdido. Escuchaba muchas voces, no alcanzaba a comprender lo que estaba sucediendo. A lo lejos, también se escuchaba la sirena de una ambulancia. Me quité la tela con un solo movimiento. Me vi rodeado de todos los trabajadores, de los cuales muchos se asustaron al verme e incluso algunos salieron corriendo. Dos de ellos me auxiliaron. Trataron de calmarme porque yo me querÃa levantar. A pesar de estar a dolorido. En ese momento llegaba la ambulancia que minutos antes habÃan llamado los paramédicos me revisaron y me trasladaron a un hospital. Al dÃa siguiente, a la hora de visita, aquellos dos compañeros fueron a verme después de platicar un rato y comprobar que estaba bien. Uno de ellos me aseguró que seguÃa vivo gracias a la niña blanca fruncà el ceño. Mientras le preguntaba de qué estaba hablando a grandes rasgos me contaron que cuando me estaban buscando, le pidieron a la muerte para que me ayudara y estuviera conmigo en esos momentos, al desenterrarme ya no tenÃa signos vitales. Entonces uno de ellos, que todos sabÃamos que era adorador de la Santa Muerte, le pidió por mi vida. A cambio, le ofreció que yo rezarÃa todos los dÃas durante un año en forma de agradecimiento mÃrate. Estás bien, me decÃan mientras ponÃa su pulgar arriba, me pidió que ahora cumpliera con lo prometido para que la Santa Niña estuviera contenta conmigo. Me molesté, pero traté de disimularlo, porque yo no creÃa en esas cosas. Para mÃ, la muerte ni era niña, ni era santa y las personas que creÃan en ella las que la veneraban, los miraba como ignorantes. Lo importante era que estaba vivo y al parecer, sin daño aparente Aún Sabiendo eso, me sentÃa forzado, pero para no discutir, movà la cabeza de forma positiva. Les dije que estaba bien, que me explicaran lo que debÃa hacer. TenÃa que comprar una imagen de la muerte, la más grande que yo pudiera luego poner un altar en mi casa, ponerle flores ofrendas, permitir que otros la visitaran y rezarle por un año sin falta. Me pareció exagerado e incluso como una ofensa contra la iglesia. Nunca habÃa escuchado que alguien hiciera algo como eso. Aún asà estuve de acuerdo y quedamos que en cuanto la tuviera les avisarÃa. Cuando salà del hospital, le platiqué a mi mujer lo que harÃa para ver si estaba de acuerdo, me dijo que sà y sin mucho afán. Al dÃa siguiente me dediqué a buscar aquella figura que no era de mi completo agrado, como he hecho adrede. Al pasar por una casa grande, miré entre unos arbustos, una figura que me impresionó desde el primer momento e incluso me regresé para comprobar que era verdad. En el patio habÃa una muerte alada montada sobre un caballo. Nunca habÃa visto una cosa como esa. Me gustó tanto que quise comprarla Toqué con insistencia hasta que abrieron. Al decirle mis intenciones el dueño me dijo con tono molesto que no la vendÃan ni por todo el oro del mundo. Se dio la media vuelta y ya no quiso hablar conmigo. Enojado por su negativa, me retiré. De ahà entré en la primera hierberÃa que encontré. Pedà cualquier imagen de la muerte En ese tiempo, al menos en mi ciudad, no era algo común. La imagen más grande no alcanzaba el medio metro. Por lo mismo, me pareció poca, cosa comparada con la figura que momentos antes habÃa visto. La persona que me atendió me preguntaba cuál querÃa mostrándome imágenes de diferentes colores. Indiferente. Le dije que la que sea me daba lo lo mismo sólo era para cumplir. Compré una figura de siete colores. Salà de aquel negocio y volvà a pasar por la casa donde habÃa visto aquella figura. Cuando la miré, le dije con el pensamiento que algún dÃa la tendrÃa de adorno en mi patio. Ya en casa, con un poco de ayuda de mi esposa, me puse a trabajar en el altar el resto del dÃa. SabÃa que tenÃa que hacerlo yo solo, pero siempre fui torpe Lo mejor que pude hacer fue ponerle tres niveles, Como me sugirieron mis compañeros. Yo desconocÃa de todo eso. Cuando estuvo listo el altar. Fui por la muerte, la cual me pareció que pesaba más que cuando la compré. Coloqué la pequeña imagen. Les avisé a los compañeros para que fueran a verla. Quedaron en visitarme al dÃa siguiente por la mañana. Antes de que anocheciera salà a cerrar andando en el patio. SentÃa que alguien me miraba incómodo voltea hacia atrás y la única que estaba ahà era esa imagen. Me le quedé mirando directo a sus cuencas vacÃas. Traté de convencerme de que era sólo eso una imagen y no debÃa temerle. Después de unos segundos, entré a mi casa pensando que era su gestión lo que tenÃa. Pero esa noche, mientras dormÃa, tuve un sueño extraño. Caminaba de madrugada por una vereda oscura y desolada. Ni siquiera sabÃa para dónde iba. SentÃa una extraña opresión en mi pecho, además de un mal presentimiento. Empecé a escuchar las pisadas de un caballo detrás de mÃ. Caminé más deprisa. No podÃa detenerme y cada vez que intentaba voltear hacia atrás, algo me lo impedÃa. Recuerdo que escuché una voz con un tono inquietante decir mi nombre haciendo un esfuerzo me detuve volteé y lo que miré me hizo despertar era la figura de la muerte con alas venÃa montada sobre el caballo. Caminando detrás de mÃ, Tardé unos segundos en reaccionar, en estar consciente de que todo habÃa sido un mal sueño. Ya despierto. Escuché que aullaban los perros de las casas vecinas porque nosotros no tenÃamos lo raro. Era que no se escuchaba ninguna sirena, porque por lo regular aullaban cuando a lo lejos pasaba una ambulancia. Luego pasaron cosas extrañas. Escuché pasos afuera de la casa. ParecÃa que arrastraban sus pies descalzos. No tiene sentido esto, pero a mà se me figuraba que era una mujer la que andaba caminando afuera con cuidado. Me levanté para no despertar a mi esposa me asomé por las ventanas para ver si veÃa algo o a alguien. Los perros seguÃan aullando. Después de un rato regresé a la cama. Nunca pude conciliar el sueño. Me encontraba nervioso porque sentÃa una presencia, pero nunca miré a nadie. A media mañana llegaron mis compañeros, junto con otras personas, una señora que vestÃa de blanco. Después de revisar el altar y de darle el visto bueno, me dio una hoja de papel y un lápiz para que escribiera mi nombre. También el motivo por lo que le daba gracias. Después me pidió que la arrugara con las dos manos para que se impregnara de mi energÃa. Luego la puso debajo de la imagen. Nos pidió a mi esposa y a mà que nos postráramos ante la muerte. Se puso una especie de echar negro sobre sus hombros. Luego cubrió su cabeza con un pañuelo del mismo color. Tocó mi cabeza con su mano y me dijo le puedes pedir lo que quieras a la niña, pero ten cuidado, porque todo se puede revertir. Además, si no cumples tus promesas, es como si la abandonaras, entonces jamás te volverá a escuchar. Prendió algunos carbones, les arrojó hojas secas para que hiciera humo. Asà se espantarÃan las malas influencias, porque le Ãbamos a rezar a la patrona como ella le decÃa, rezamos una especie de rosario con aves, marÃas y padres nuestros. La señora invocaba a la muerte con frecuencia le pedÃa que cubriera sus devotos con su manto negro. Mientras hacÃa esto, los visitantes fueron llevando sus ofrendas, licor cigarros, monedas, frutas y algunas otras cosas las pusieron a los pies de aquella figura inquietante de la muerte, siempre con mucho respeto. Mi señora y yo, como no estábamos preparados, le colocamos dos manzanas rojas que tenÃamos también algunos billetes. Después de un rato, todo terminó antes de retirarse. La señora me preguntó si le habÃa rezado a la Santa muerte la noche anterior. Le contesté que no sabÃa cómo. Me regaló un libro negro de oraciones. Luego de explicarme cómo usarlo, se empezaron a retirar todos no sin antes decirme que con la Santa no se cuega. No la busques nada más para pedirle cosas. Me advirtió habla con ella. Agradecele que estás vivo y que no se te pase rezarle todos los dÃas. Además, de ponerle alguna. Ofrenda esto con mucho respeto y devoción. Me sentà aliviado cuando se marcharon malhumorado. Me fui a acostar porque en realidad estaba desvelado ese dÃa dormà hasta tarde por la noche. Otra vez no recé nada más de pensar que tendrÃa que hacerlo por todo un año. Me invadÃa una terrible flojera si le añadimos que yo no creÃa en el poder de la muerte mucho menos que ella me habÃa salvado. Todo eso se volvÃa muy pesado para mà de nueva cuenta. Al pasar la medianoche creà escuchar pasos afuera. En esa ocasión desperté a mi esposa para que los escuchara, pero ella no oÃa nada, nada por más que nos quedáramos en silencio. Al dÃa siguiente, cuando miré el altar, me di cuenta de que una de las manzanas estaba podrida. Después de pensar un poco, recordé que esa era la que yo habÃa puesto. Fuera de eso, todo lo demás estaba normal hasta la manzana que habÃa dejado. Mi esposa estaba fresca, le puse otra fruta y el resultado fue él mismo. Siempre fue asÃ. Al dÃa siguiente estaba podrida hasta entonces empecé a sospechar que algo andaba mal con la imagen. Todas las noches era igual, no rezaba, no querÃa ni me nacÃa hacerlo. Esa inquietud me tenÃa sin poder dormir por las desveladas. Siempre andaba de mal humor. Eso dio pie a tener problemas con mi esposa, tanto que de vez en cuando dormÃa solo en un sillón de la sala. También en el trabajo tuve pleitos con algunos compañeros e incluso estuve a punto de agarrarme a golpes Las cosas empeoraron porque el camión se descomponÃa con frecuencia y gastaba mucho dinero en reparaciones. Lo peor de todo fue cuando enfermé de la garganta y de los pulmones. También me dolÃa mucho el estómago. En ocasiones cuando no podÃa respirar, acudÃa al médico. Recuerdo la primera vez que fui a consulta, cuando me estaba revisando, el doctor sentà un asco terrible y empecé a vomitar agua con tierra a partir de ese dÃa. Todas las veces que fui a verlo, me sacó tierra de la garganta. El doctor me decÃa que si comÃa tierra era por una enfermedad llamada geofagia. Nunca pude convencerlo de que no lo hacÃa. La tierra aparecÃa sola e incluso cuando me levantaba de mi cama tenÃamos que sacudir bien, porque todo estaba lleno con el tiempo también se me comenzaron a irritar los ojos y me salÃa a tierra de los oÃdos. Una tarde que fueron a visitar el altar mis compañeros les tuve que platicar lo que me ocurrÃa porque cada vez me sentÃa más enfermo. Ya no podÃa comer porque todo me sabÃa a tierra y los doctores no encontraban la razón de mis enfermedades. Mis compañeros no podÃan creer que no estuviera cumpliendo con lo prometido. Me advirtieron que le pidiera perdón a la niña porque al parecer, me estaba regresando al momento de cuando estuve enterrado. Por eso aparecÃa la tierra en todas partes. Si no lo hacÃa en unos dÃas podrÃa morir asfixiado. Desde ese momento me entró una angustia como nunca la habÃa tenido. Las pesadillas no terminaban y en ocasiones escuchaba como algo que yo identificaba como un caballo. Caminaba encima del techo siempre después de la medianoche. Eso me hacÃa recordar la figura de la muerte sobre el caballo. En una ocasión que no podÃa dormir porque sentÃa que me ahogaba, decidà salir a esa hora para pedirle perdón a la imagen de la muerte por todos mis desprecios. Ya no podÃa más con todo lo que me estaba sucediendo. Venciendo mi miedo, salà y caminé hacia el altar. Estaba decidido a hablar con ella. Repasé una y otra vez las palabras que le dirÃa, pero al estar frente al altar, me di cuenta de que la imagen no estaba. Me quedé sorprendido. No podà imaginar que alguien se le hubiera robado, no estaba tirada ni en otro lugar. Sentà un escalofrÃo al pensar que quien caminaba por las noches era la muerte. Regresé un tanto alterado, volteando para todos lados. Unos cuantos metros se me hicieron eternos. Me daba miedo que se me apareciera de repente, porque no soportarÃa el hecho de verla de frente. Mucho menos que me fuera a hablar. Entré a la casa y me encerré por primera vez me puse a rezarle a la muerte, como me habÃan enseñado. Le pedà perdón y supuse que con eso serÃa suficiente, pero no fue asÃ. Las pesadillas seguÃan y mis malestares también todas las mañanas. Cuando iba a ver el altar, allà estaba la figura de la muerte, pero se encontraba de espaldas y cualquier cosa que yo le pusiera se echaba a perder. Hablé con mi esposa le pregunté si ella no tenÃa nada que ver con esos sucesos, pero me aseguró que no hasta que le pedà a mis compañeros que, por favor, trajeran a la señora que le habÃa rezado a la muerte para que me dijera qué hacer esa noche. Lo intenté de nuevo. Le estaba rezando y pidiéndole perdón a la muerte. Cuando cosas paranormales empezaron a suceder en toda la casa, se escuchaban ruidos, se caÃan las cosas hasta sombras fantasmales. Llegué a ver como yo estaba decidido esa noche a conseguir el perdón de la muerte. No dejé de rezar tratando de ignorar todo aquello. De pronto empecé a escuchar cómo ahullaban los perros de manera lastimera. PresentÃa algo que me erizaba la piel. Yo seguà rezando con los ojos cerrados después de un rato. Unos leves toquidos se escucharon en una de las ventanas, precisamente la que se encontraba detrás de mÃ. Con todo mi miedo volteé Sé que son imposible, pero estoy seguro de lo que vi era ella. Al verla asÃ, de repente medio terror quise correr, pero no era el momento de flaquear. Me hice el fuerte y comencé a pedirle perdón. Le di gracias por salvar mi vida y la llené de halagos. Con toda mi devoción. Le prometà rezarle todos los dÃas. Cuando pensé que todo estarÃa bien, escuché dentro de mi cabeza una fuerte voz que me dijo no quiero tus rezos y aquella espantosa figura desapareció esa noche. Fue la peor de todas. Mi esposa me tuvo que acompañar porque tenÃa miedo. Inesperadamente, no se escucharon los pasos afuera ni se sentÃa nada raro. Tampoco escuché caminar al caballo sobre el techo. Era como si la muerte se hubiera ido, los perros no huyaron y todo quedó en silencio, pero era un silencio perturbador, inquietante. Me mantuvo despierto casi toda la noche imaginando cosas espantosas. Cuando por fin amaneció aún estando nervioso, salà para revisar el altar. La imagen de la muerte estaba en su lugar como si nada hubiera pasado, ni siquiera se sentÃa pesado el ambiente, como dÃas anteriores. Horas después llegó aquella señora en su cara se reflejaba su molestia. Me dijo que querÃa quitar el altar y se llevarÃa la imagen de la muerte. Nosotros tenÃamos que esperar dentro de la casa hasta que ella nos habÃa prendió algunos inciensos. Empezó a rezar mientras iba quitando todas las ofrendas desde la ventana. Nosotros mirábamos cómo arrojaba agua y le decÃa la imagen no te quedes donde no te quieren. Al quitar la imagen del altar, me vino un asco horrible. Empecé a vomitar agua con tierra. Mi mujer me miraba muy asustada, pero nada podÃa hacer por mÃ. SentÃa que me asfixiaba por el esfuerzo que hacÃa. Cuando vomitaba, también me ardÃan y me lloraban mucho. Los ojos. No podÃa dejar de tallármelos al grado de creer que quedarÃa ciego. Me lo limpiaba con las manos sintiendo cómo se me llenaban de tierra los dedos. Cuando nos habló la señora fue sólo mi esposa, porque yo no paraba de vomitar. Después de que esa persona se fue llevándose la imagen de la muerte de nuestra casa, sentà un alivio como si el mal se alejara. Al regresar mi esposa, como pudo me llevó de urgencia al médico, quien, como siempre, me sacó tierra de la garganta, de los oÃdos y de la nariz. Vinieron dÃas horribles donde sufrÃa más no poder por las noches, me atormentaban las pesadillas y en muchas ocasiones tuve alucinaciones donde veÃa aquella figura cobrar vida. Eran terribles pesadillas. La muerte me perseguÃa en su caballo. Me gritaba que un dÃa me iba a alcanzar y cuando lo hiciera, me iba a enterrar tan hondo que nadie me podrÃa sacar. Nunca recibà ayuda. Poco a poco me fui sintiendo mejor. Siempre Creà que la muerte, antes de abandonar mi casa, me habÃa perdonado porque mis males y mis pesadillas habÃan desaparecido. Mi esposa me platicó que cuando se marchó la señora que habÃa quitado el altar les dijo que jamás pusiéramos otro, porque esta vez la niña me habÃa perdonado, pero pero no lo harÃa una segunda vez si no cumplÃa. Años después e incluso viviendo en otra ciudad. Una mañana caminaba muy cerca del centro cuando algo increÃble me hizo detener. Era aquella figura de la muerte alada sobre el caballo. Al comprobar que era la misma, se me erizó la piel. Ya me causaba miedo. El solo hecho de mirarla me alejé de ahà lo más rápido que pude. Mi temor no era infundado por las noches. Regresaron las pesadillas, los ruidos y las cosas paranormales. Volvieron a suceder todo esto al menos por un tiempo. Todas las veces que sucedieron estas cosas, lo único que repetÃa yo en voz alta fue perdón. También a esa imagen. Le debÃa una disculpa, porque nunca se me olvidó que le dije que un dÃa la tendrÃa de adorno en mi casa. Una mañana fui al lugar donde estaba esa figura y le prendà una veladora. Le pedà perdón con sinceridad y jamás volvà por ahà solo asà hasta que la muerte quiso pude sentirme liberado. Estoy consciente que el que estuvo mal fui yo. Ahora, cuando escucho que a la muerte le llaman Santa Niña o Patrona mejor, ya no opino, no soy su devoto, pero, después de todo lo que vivà a la muerte, mi respeto. Relato escrito y adaptado por Gato negro








