July 2, 2023

No Quiero Tus Rezos (La Muerte Me Devolvió A La Vida) Historias De Terror - REDE

No Quiero Tus Rezos (La Muerte Me Devolvió A La Vida) Historias De Terror - REDE

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No quiero tus rezos. Todos mis amigos y conocidos me llaman el muerto. Tengo una historia extraña que contar al hacerlo. Espero que quien la escuche la tome como experiencia para que no le toque vivir lo que me pasó a mí. Esto me ocurrió en mil novecientos ochenta. En ese tiempo era joven. Conducía un camión de carga de los llamados de volteo, donde transportaba material para la construcción. Esa mañana todo transcurría tranquilo. Estaba en el terreno donde se extraería el material. Cuando estaban a punto de cargar mi camión, me bajé para asegurarme que la tapa estuviera bien cerrada. De pronto una gran extensión de tierra se vino abajo. No tuve tiempo para ponerme a salvo y a los pocos segundos quedé enterrado. Cuentan mis compañeros que corrieron a auxiliarme con las balas. Empezaron a acabar con cuidado, pero tratando de desenterrarme lo más rápido que se pudiera y así evitar que muriera asfixiado. Después de largos minutos de angustia, lograron sacarme, pero su versión fue que por más que trataron de ayudarme aplicándome los primeros auxilios. Ya no respiraba, dándome por muerto. De todos esos momentos, lo único que recuerdo fue sentir una fuerte opresión y que todo se quedó en completa oscuridad, tal vez por causa del golpe. Estaba a punto de perder el sentido muy a lo lejos podía oír como escarbaban mientras gritaban mi nombre, sintiendo que no podía respirar ni moverme. Supuse que era la hora de mi muerte. Antes de perder el sentido, escuché que alguien me dijo no tengas miedo. Luego perdí el conocimiento. Cuando abrí los ojos, me di cuenta que estaba tendido en el suelo cubierto con una tela. Tenía tierra en los ojos, en los oídos, en la nariz, así como en la garganta. Todo estaba desubicado y algo aturdido. Escuchaba muchas voces, no alcanzaba a comprender lo que estaba sucediendo. A lo lejos, también se escuchaba la sirena de una ambulancia. Me quité la tela con un solo movimiento. Me vi rodeado de todos los trabajadores, de los cuales muchos se asustaron al verme e incluso algunos salieron corriendo. Dos de ellos me auxiliaron. Trataron de calmarme porque yo me quería levantar. A pesar de estar a dolorido. En ese momento llegaba la ambulancia que minutos antes habían llamado los paramédicos me revisaron y me trasladaron a un hospital. Al día siguiente, a la hora de visita, aquellos dos compañeros fueron a verme después de platicar un rato y comprobar que estaba bien. Uno de ellos me aseguró que seguía vivo gracias a la niña blanca fruncí el ceño. Mientras le preguntaba de qué estaba hablando a grandes rasgos me contaron que cuando me estaban buscando, le pidieron a la muerte para que me ayudara y estuviera conmigo en esos momentos, al desenterrarme ya no tenía signos vitales. Entonces uno de ellos, que todos sabíamos que era adorador de la Santa Muerte, le pidió por mi vida. A cambio, le ofreció que yo rezaría todos los días durante un año en forma de agradecimiento mírate. Estás bien, me decían mientras ponía su pulgar arriba, me pidió que ahora cumpliera con lo prometido para que la Santa Niña estuviera contenta conmigo. Me molesté, pero traté de disimularlo, porque yo no creía en esas cosas. Para mí, la muerte ni era niña, ni era santa y las personas que creían en ella las que la veneraban, los miraba como ignorantes. Lo importante era que estaba vivo y al parecer, sin daño aparente Aún Sabiendo eso, me sentía forzado, pero para no discutir, moví la cabeza de forma positiva. Les dije que estaba bien, que me explicaran lo que debía hacer. Tenía que comprar una imagen de la muerte, la más grande que yo pudiera luego poner un altar en mi casa, ponerle flores ofrendas, permitir que otros la visitaran y rezarle por un año sin falta. Me pareció exagerado e incluso como una ofensa contra la iglesia. Nunca había escuchado que alguien hiciera algo como eso. Aún así estuve de acuerdo y quedamos que en cuanto la tuviera les avisaría. Cuando salí del hospital, le platiqué a mi mujer lo que haría para ver si estaba de acuerdo, me dijo que sí y sin mucho afán. Al día siguiente me dediqué a buscar aquella figura que no era de mi completo agrado, como he hecho adrede. Al pasar por una casa grande, miré entre unos arbustos, una figura que me impresionó desde el primer momento e incluso me regresé para comprobar que era verdad. En el patio había una muerte alada montada sobre un caballo. Nunca había visto una cosa como esa. Me gustó tanto que quise comprarla Toqué con insistencia hasta que abrieron. Al decirle mis intenciones el dueño me dijo con tono molesto que no la vendían ni por todo el oro del mundo. Se dio la media vuelta y ya no quiso hablar conmigo. Enojado por su negativa, me retiré. De ahí entré en la primera hierbería que encontré. Pedí cualquier imagen de la muerte En ese tiempo, al menos en mi ciudad, no era algo común. La imagen más grande no alcanzaba el medio metro. Por lo mismo, me pareció poca, cosa comparada con la figura que momentos antes había visto. La persona que me atendió me preguntaba cuál quería mostrándome imágenes de diferentes colores. Indiferente. Le dije que la que sea me daba lo lo mismo sólo era para cumplir. Compré una figura de siete colores. Salí de aquel negocio y volví a pasar por la casa donde había visto aquella figura. Cuando la miré, le dije con el pensamiento que algún día la tendría de adorno en mi patio. Ya en casa, con un poco de ayuda de mi esposa, me puse a trabajar en el altar el resto del día. Sabía que tenía que hacerlo yo solo, pero siempre fui torpe Lo mejor que pude hacer fue ponerle tres niveles, Como me sugirieron mis compañeros. Yo desconocía de todo eso. Cuando estuvo listo el altar. Fui por la muerte, la cual me pareció que pesaba más que cuando la compré. Coloqué la pequeña imagen. Les avisé a los compañeros para que fueran a verla. Quedaron en visitarme al día siguiente por la mañana. Antes de que anocheciera salí a cerrar andando en el patio. Sentía que alguien me miraba incómodo voltea hacia atrás y la única que estaba ahí era esa imagen. Me le quedé mirando directo a sus cuencas vacías. Traté de convencerme de que era sólo eso una imagen y no debía temerle. Después de unos segundos, entré a mi casa pensando que era su gestión lo que tenía. Pero esa noche, mientras dormía, tuve un sueño extraño. Caminaba de madrugada por una vereda oscura y desolada. Ni siquiera sabía para dónde iba. Sentía una extraña opresión en mi pecho, además de un mal presentimiento. Empecé a escuchar las pisadas de un caballo detrás de mí. Caminé más deprisa. No podía detenerme y cada vez que intentaba voltear hacia atrás, algo me lo impedía. Recuerdo que escuché una voz con un tono inquietante decir mi nombre haciendo un esfuerzo me detuve volteé y lo que miré me hizo despertar era la figura de la muerte con alas venía montada sobre el caballo. Caminando detrás de mí, Tardé unos segundos en reaccionar, en estar consciente de que todo había sido un mal sueño. Ya despierto. Escuché que aullaban los perros de las casas vecinas porque nosotros no teníamos lo raro. Era que no se escuchaba ninguna sirena, porque por lo regular aullaban cuando a lo lejos pasaba una ambulancia. Luego pasaron cosas extrañas. Escuché pasos afuera de la casa. Parecía que arrastraban sus pies descalzos. No tiene sentido esto, pero a mí se me figuraba que era una mujer la que andaba caminando afuera con cuidado. Me levanté para no despertar a mi esposa me asomé por las ventanas para ver si veía algo o a alguien. Los perros seguían aullando. Después de un rato regresé a la cama. Nunca pude conciliar el sueño. Me encontraba nervioso porque sentía una presencia, pero nunca miré a nadie. A media mañana llegaron mis compañeros, junto con otras personas, una señora que vestía de blanco. Después de revisar el altar y de darle el visto bueno, me dio una hoja de papel y un lápiz para que escribiera mi nombre. También el motivo por lo que le daba gracias. Después me pidió que la arrugara con las dos manos para que se impregnara de mi energía. Luego la puso debajo de la imagen. Nos pidió a mi esposa y a mí que nos postráramos ante la muerte. Se puso una especie de echar negro sobre sus hombros. Luego cubrió su cabeza con un pañuelo del mismo color. Tocó mi cabeza con su mano y me dijo le puedes pedir lo que quieras a la niña, pero ten cuidado, porque todo se puede revertir. Además, si no cumples tus promesas, es como si la abandonaras, entonces jamás te volverá a escuchar. Prendió algunos carbones, les arrojó hojas secas para que hiciera humo. Así se espantarían las malas influencias, porque le íbamos a rezar a la patrona como ella le decía, rezamos una especie de rosario con aves, marías y padres nuestros. La señora invocaba a la muerte con frecuencia le pedía que cubriera sus devotos con su manto negro. Mientras hacía esto, los visitantes fueron llevando sus ofrendas, licor cigarros, monedas, frutas y algunas otras cosas las pusieron a los pies de aquella figura inquietante de la muerte, siempre con mucho respeto. Mi señora y yo, como no estábamos preparados, le colocamos dos manzanas rojas que teníamos también algunos billetes. Después de un rato, todo terminó antes de retirarse. La señora me preguntó si le había rezado a la Santa muerte la noche anterior. Le contesté que no sabía cómo. Me regaló un libro negro de oraciones. Luego de explicarme cómo usarlo, se empezaron a retirar todos no sin antes decirme que con la Santa no se cuega. No la busques nada más para pedirle cosas. Me advirtió habla con ella. Agradecele que estás vivo y que no se te pase rezarle todos los días. Además, de ponerle alguna. Ofrenda esto con mucho respeto y devoción. Me sentí aliviado cuando se marcharon malhumorado. Me fui a acostar porque en realidad estaba desvelado ese día dormí hasta tarde por la noche. Otra vez no recé nada más de pensar que tendría que hacerlo por todo un año. Me invadía una terrible flojera si le añadimos que yo no creía en el poder de la muerte mucho menos que ella me había salvado. Todo eso se volvía muy pesado para mí de nueva cuenta. Al pasar la medianoche creí escuchar pasos afuera. En esa ocasión desperté a mi esposa para que los escuchara, pero ella no oía nada, nada por más que nos quedáramos en silencio. Al día siguiente, cuando miré el altar, me di cuenta de que una de las manzanas estaba podrida. Después de pensar un poco, recordé que esa era la que yo había puesto. Fuera de eso, todo lo demás estaba normal hasta la manzana que había dejado. Mi esposa estaba fresca, le puse otra fruta y el resultado fue él mismo. Siempre fue así. Al día siguiente estaba podrida hasta entonces empecé a sospechar que algo andaba mal con la imagen. Todas las noches era igual, no rezaba, no quería ni me nacía hacerlo. Esa inquietud me tenía sin poder dormir por las desveladas. Siempre andaba de mal humor. Eso dio pie a tener problemas con mi esposa, tanto que de vez en cuando dormía solo en un sillón de la sala. También en el trabajo tuve pleitos con algunos compañeros e incluso estuve a punto de agarrarme a golpes Las cosas empeoraron porque el camión se descomponía con frecuencia y gastaba mucho dinero en reparaciones. Lo peor de todo fue cuando enfermé de la garganta y de los pulmones. También me dolía mucho el estómago. En ocasiones cuando no podía respirar, acudía al médico. Recuerdo la primera vez que fui a consulta, cuando me estaba revisando, el doctor sentí un asco terrible y empecé a vomitar agua con tierra a partir de ese día. Todas las veces que fui a verlo, me sacó tierra de la garganta. El doctor me decía que si comía tierra era por una enfermedad llamada geofagia. Nunca pude convencerlo de que no lo hacía. La tierra aparecía sola e incluso cuando me levantaba de mi cama teníamos que sacudir bien, porque todo estaba lleno con el tiempo también se me comenzaron a irritar los ojos y me salía a tierra de los oídos. Una tarde que fueron a visitar el altar mis compañeros les tuve que platicar lo que me ocurría porque cada vez me sentía más enfermo. Ya no podía comer porque todo me sabía a tierra y los doctores no encontraban la razón de mis enfermedades. Mis compañeros no podían creer que no estuviera cumpliendo con lo prometido. Me advirtieron que le pidiera perdón a la niña porque al parecer, me estaba regresando al momento de cuando estuve enterrado. Por eso aparecía la tierra en todas partes. Si no lo hacía en unos días podría morir asfixiado. Desde ese momento me entró una angustia como nunca la había tenido. Las pesadillas no terminaban y en ocasiones escuchaba como algo que yo identificaba como un caballo. Caminaba encima del techo siempre después de la medianoche. Eso me hacía recordar la figura de la muerte sobre el caballo. En una ocasión que no podía dormir porque sentía que me ahogaba, decidí salir a esa hora para pedirle perdón a la imagen de la muerte por todos mis desprecios. Ya no podía más con todo lo que me estaba sucediendo. Venciendo mi miedo, salí y caminé hacia el altar. Estaba decidido a hablar con ella. Repasé una y otra vez las palabras que le diría, pero al estar frente al altar, me di cuenta de que la imagen no estaba. Me quedé sorprendido. No podí imaginar que alguien se le hubiera robado, no estaba tirada ni en otro lugar. Sentí un escalofrío al pensar que quien caminaba por las noches era la muerte. Regresé un tanto alterado, volteando para todos lados. Unos cuantos metros se me hicieron eternos. Me daba miedo que se me apareciera de repente, porque no soportaría el hecho de verla de frente. Mucho menos que me fuera a hablar. Entré a la casa y me encerré por primera vez me puse a rezarle a la muerte, como me habían enseñado. Le pedí perdón y supuse que con eso sería suficiente, pero no fue así. Las pesadillas seguían y mis malestares también todas las mañanas. Cuando iba a ver el altar, allí estaba la figura de la muerte, pero se encontraba de espaldas y cualquier cosa que yo le pusiera se echaba a perder. Hablé con mi esposa le pregunté si ella no tenía nada que ver con esos sucesos, pero me aseguró que no hasta que le pedí a mis compañeros que, por favor, trajeran a la señora que le había rezado a la muerte para que me dijera qué hacer esa noche. Lo intenté de nuevo. Le estaba rezando y pidiéndole perdón a la muerte. Cuando cosas paranormales empezaron a suceder en toda la casa, se escuchaban ruidos, se caían las cosas hasta sombras fantasmales. Llegué a ver como yo estaba decidido esa noche a conseguir el perdón de la muerte. No dejé de rezar tratando de ignorar todo aquello. De pronto empecé a escuchar cómo ahullaban los perros de manera lastimera. Presentía algo que me erizaba la piel. Yo seguí rezando con los ojos cerrados después de un rato. Unos leves toquidos se escucharon en una de las ventanas, precisamente la que se encontraba detrás de mí. Con todo mi miedo volteé Sé que son imposible, pero estoy seguro de lo que vi era ella. Al verla así, de repente medio terror quise correr, pero no era el momento de flaquear. Me hice el fuerte y comencé a pedirle perdón. Le di gracias por salvar mi vida y la llené de halagos. Con toda mi devoción. Le prometí rezarle todos los días. Cuando pensé que todo estaría bien, escuché dentro de mi cabeza una fuerte voz que me dijo no quiero tus rezos y aquella espantosa figura desapareció esa noche. Fue la peor de todas. Mi esposa me tuvo que acompañar porque tenía miedo. Inesperadamente, no se escucharon los pasos afuera ni se sentía nada raro. Tampoco escuché caminar al caballo sobre el techo. Era como si la muerte se hubiera ido, los perros no huyaron y todo quedó en silencio, pero era un silencio perturbador, inquietante. Me mantuvo despierto casi toda la noche imaginando cosas espantosas. Cuando por fin amaneció aún estando nervioso, salí para revisar el altar. La imagen de la muerte estaba en su lugar como si nada hubiera pasado, ni siquiera se sentía pesado el ambiente, como días anteriores. Horas después llegó aquella señora en su cara se reflejaba su molestia. Me dijo que quería quitar el altar y se llevaría la imagen de la muerte. Nosotros teníamos que esperar dentro de la casa hasta que ella nos había prendió algunos inciensos. Empezó a rezar mientras iba quitando todas las ofrendas desde la ventana. Nosotros mirábamos cómo arrojaba agua y le decía la imagen no te quedes donde no te quieren. Al quitar la imagen del altar, me vino un asco horrible. Empecé a vomitar agua con tierra. Mi mujer me miraba muy asustada, pero nada podía hacer por mí. Sentía que me asfixiaba por el esfuerzo que hacía. Cuando vomitaba, también me ardían y me lloraban mucho. Los ojos. No podía dejar de tallármelos al grado de creer que quedaría ciego. Me lo limpiaba con las manos sintiendo cómo se me llenaban de tierra los dedos. Cuando nos habló la señora fue sólo mi esposa, porque yo no paraba de vomitar. Después de que esa persona se fue llevándose la imagen de la muerte de nuestra casa, sentí un alivio como si el mal se alejara. Al regresar mi esposa, como pudo me llevó de urgencia al médico, quien, como siempre, me sacó tierra de la garganta, de los oídos y de la nariz. Vinieron días horribles donde sufría más no poder por las noches, me atormentaban las pesadillas y en muchas ocasiones tuve alucinaciones donde veía aquella figura cobrar vida. Eran terribles pesadillas. La muerte me perseguía en su caballo. Me gritaba que un día me iba a alcanzar y cuando lo hiciera, me iba a enterrar tan hondo que nadie me podría sacar. Nunca recibí ayuda. Poco a poco me fui sintiendo mejor. Siempre Creí que la muerte, antes de abandonar mi casa, me había perdonado porque mis males y mis pesadillas habían desaparecido. Mi esposa me platicó que cuando se marchó la señora que había quitado el altar les dijo que jamás pusiéramos otro, porque esta vez la niña me había perdonado, pero pero no lo haría una segunda vez si no cumplía. Años después e incluso viviendo en otra ciudad. Una mañana caminaba muy cerca del centro cuando algo increíble me hizo detener. Era aquella figura de la muerte alada sobre el caballo. Al comprobar que era la misma, se me erizó la piel. Ya me causaba miedo. El solo hecho de mirarla me alejé de ahí lo más rápido que pude. Mi temor no era infundado por las noches. Regresaron las pesadillas, los ruidos y las cosas paranormales. Volvieron a suceder todo esto al menos por un tiempo. Todas las veces que sucedieron estas cosas, lo único que repetía yo en voz alta fue perdón. También a esa imagen. Le debía una disculpa, porque nunca se me olvidó que le dije que un día la tendría de adorno en mi casa. Una mañana fui al lugar donde estaba esa figura y le prendí una veladora. Le pedí perdón con sinceridad y jamás volví por ahí solo así hasta que la muerte quiso pude sentirme liberado. Estoy consciente que el que estuvo mal fui yo. Ahora, cuando escucho que a la muerte le llaman Santa Niña o Patrona mejor, ya no opino, no soy su devoto, pero, después de todo lo que viví a la muerte, mi respeto. Relato escrito y adaptado por Gato negro