No Le Rezaba A La Santa Muerte, Le Rezaba Al Diablo Historias De Terror - REDE

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El esqueleto del diablo. Hay ocasiones que la ignorancia se convierte en nuestro peor enemigo. La desesperación nos hace buscar salidas peligrosas y el terror nos hace recurrir a Dios. Mi nombre es MartÃn. Esta historia que les comparto me sucedió allá por los años noventas. Ya contaba con veintiséis años. Estaba casado. Siempre hemos vivido en Nuevo Laredo, Tamaulipas. Estábamos pasando por una buena racha económica. Trabajaba como supervisor en una de las muchas fábricas aquà establecidas. Además, mi esposa vendÃa calzado por catálogo y tenÃa mucha venta en ese tiempo. Aunque éramos católicos, no asistÃamos a misa. Solamente creÃamos en Dios y si acaso tenÃamos en casa algunas imágenes religiosas, por alguna extraña razón, la situación cambió asà de repente casi de un dÃa para otro. Las cosas que se compraron bajaron mucho las ventas de zapatos. También hubo poca producción en la fábrica. Al grado de descansarnos algunos dÃas por si fuera poco un domingo, en la mañana que salà de compras, me arrolló una motocicleta, dejándome incapacitado para trabajar por unas semanas, reduciendo más mis ingresos. En el transcurso de esos dÃas todo nos salÃa mal. Comenzó a faltar el dinero en casa. Por lo mismo, ya nos habÃan cortado la luz y en ocasiones no tenÃamos ni para comer. Aún asÃ, no nos acordábamos de pedir ayuda a Dios. Platicando con algunos compañeros de la fábrica, me hicieron saber que habÃa la posibilidad que nos hubieran embrujado. Uno de ellos me dio la dirección de una persona que sabÃa quitar trabajos oscuros. Le dije que a mà no me gustaban esas cosas. Además, no tenÃamos familiares o amigos cercanos en la ciudad que pudieran envidiarnos, hasta que me convenció que alguien nos estaba haciendo un mal porque no encontraba otra explicación lógica a lo que nos estaba ocurriendo. Según él, tenÃamos que ir porque esas cosas eran muy peligrosas y se podÃan complicar tanto que no sólo me podÃa haber afectado. Yo también corrÃa riesgo mi familia escuchar eso. Si me preocupó por eso, le dije que irÃa un tanto incrédulo. Le platiqué a mi esposa y, aunque éramos escépticos de esas cosas, acudimos con esa señora esperanzados de que nos pudiera ayudar, porque las cosas en casa ya se estaban poniendo bastante crÃticas. Reconozco que yo esperaba ver a una mujer de aspecto siniestro entrada en años, vestida de negro, en una vivienda oscura y llena de telarañas. Pero para nuestra sorpresa resultó todo lo contrario. No vivÃa en una mansión, pero era una casa grande. Lo que sà se notaba al entrar era como olÃa mucho a incienso y acera quemada. Además, estaba decorada de manera algo extraña, donde sobresalÃan las veladoras negras. Lo primero que nos preguó punto fue si creÃamos en la maldad y la brujerÃa. Con tal de que nos atendiera. Le contesté que sÃ. Entonces nos pusimos a platicar. Después de hablar un rato con ella, le cambió su semblante a los tres. Nos barrió con un huevo de gallina, asà como con unas hierbas. A mà me dio un vaso con agua. Me pidió hacer gárgaras y regresar el agua al vaso. Después de observarlo, aseguró que, aunque desprendÃamos una sensación extraña, no pareciera que tuviéramos ningún embrujo, sólo que cabÃa la posibilidad de ser la casa a la que estuviera trabajada. De ser asÃ, tendrÃa que liberarla. Nos preguntó si sucedÃan cosas inusuales, pero le dijimos que no. Ese mismo dÃa nos acompañó para averiguar qué estaba sucediendo. Cuando llegamos no entró de inmediato, caminó afuera, luego adentro, hizo cosas raras, buscó algo debajo de las camas e incluso olió el ambiente. Después de muchas preguntas. Movió la cabeza de manera negativa para decirnos que la casa no tenÃa nada mal. Estaba limpia, al menos de algún trabajo negro de brujerÃa. Nos aseguró que era otra cosa lo que tenÃamos, pero no brujerÃa. Ahà mismo nos barrió de nuevo con unas piedras raras, nos hizo unas oraciones. Le explicó a mi esposa como poner algunas plantas para alejar la mala suerte y las malas vibras. Todo esto era para protección, no sólo de nosotros, también de la casa, asà como para nuestro perro. Fue todo lo que pudo hacer por nosotros. Nos repitió de nuevo que no habÃa un embrujo como tal. Cuando se fue, nos quedamos un poco más tranquilos al saber que lo que nos pasaba no tenÃa nada que ver con cosas paranormales, porque eso sà nos preocupaba. Tal vez solamente era una mala racha, como las cosas empeoraron más. Fui presa de la desesperación. Comencé a pedir dinero prestado y pronto me vi lleno de deudas. Nuevamente, uno de mis compañeros, al notarme preocupado, me dijo que él sabÃa quién me podrÃa ayudar. Nos pusimos de acuerdo para que, saliendo del trabajo, lo acompañara a un lugar cercano. Terminando labores, nos fuimos caminando por calles desconocidas para mà extrañamente todo el camino. Mi compañero se la pasó hablando de lo injusto que era Dios. Me decÃa hasta con malas palabras que si él quisiera, ya nos hubiera ayudado para no ser descortés. Le contestaba que tenÃa razón, aunque yo no creÃa eso. Unos minutos después pasamos por una tienda de abarrotes y compró una veladora grande de color roja. A donde llegamos era una antigua vecindad. Nos metimos hasta las últimas casas que, por cierto, estaban ya muy deterioradas. Antes de entrar a donde Ãbamos, nos cruzamos con unas personas bien vestidas. Mi compañero les dijo que entrarÃamos. Al altar, ellos solamente movieron su cabeza para decir que sÃ. Al abrir la puerta del lugar, me sorprendà porque en el altar, en medio de muchas veladoras encendidas, estaba una figura muy grande de una calavera vestida de negro. Con sus huesudas manos sostenÃa una caja con dinero. No me dejó preguntarle nada. Ya habÃa escuchado de los altares a la Santa Muerte, pero nunca me imaginé verme parado frente a ella, menos para pedirle favores. No pude evitar tener un escalofrÃo. Sin decirme nada. Mi compañero me enseñó cómo hacerle reverencias. Yo seguÃa sorprendido porque nunca habÃa visto algo asÃ. Me pidió que me hincara frente a esa imagen siniestra de facciones esqueléticas. Mientras tanto, él prendÃa la veladora, la colocó mientras inclinaba la cabeza. Después me puso a rezarle como se le reza a Dios. Cómo era la primera vez que visitaba esa imagen. Le tuve que besar los pies como muestra de sumisión. Asà estuve por algunos minutos. Yo copiaba todo lo que hacÃa mi compañero. En verdad no creÃa en esas cosas. Además, me daba miedo esa imagen, pero lo hacÃa por la desesperación que ya me estaba ahogando. Era mi única salida, como no tenÃa nada que perder le. Pedà todo lo que necesitaba, especialmente dinero. SentÃa a mi compañero muy serio cuando me preguntó qué estaba dispuesto a darle a cambio de mis necesidades. Le dije que en ese momento no tenÃa nada. Entonces allábalo venéralo ves a sus pies, cree en él. Confundido por cómo se expresaba de esa figura extraña, dije que sÃ, porque no sabÃa qué más decirle Antes de retirarnos, me dijo que tomara algo de dinero. Lo que yo necesitara no habÃa problema, pero que le prometiera a esa figura que confiarÃa en ella y que después le darÃa algo muy valioso, más valioso que el dinero. Asà lo hice. Al meter mi mano a la caja, sentà una fuerte mirada por el miedo que me provocó. No me atrevà a voltear hacia arriba, porque presentà que quien me miraba era esa figura macabra hecha de huesos. Luego, siguiendo las indicaciones de mi compañero, nos retiramos sin darle la espalda. Mientras caminaba hacia atrás, noté que el aspecto de aquella horrenda figura no era como la de cualquier calavera. Aunque se cubrÃa con una capucha, parecÃa que tenÃa cuernos. Además, su cabeza era alargada. No era una santa muerte normal. Cuando estuvimos afuera, mi compañero me recordó que tenÃa que volver para rezarle traerle veladoras, asà como para agradecerle por los favores que seguramente recibirÃa. Yo estuve de acuerdo y nos despedimos. Esto No me lo esperaba, pero no habÃa caminado muchas cuadras. Cuando encontré una cartera con suficiente dinero para pasar todo el mes, lo tomé y por inercia le di Gracias a Dios. Al llegar a mi casa le mostré el dinero. A mi esposa sonriente y sorprendida. Me preguntó de dónde lo habÃa sacado para no asustarla. Le dije que ya mañana le contarÃa. Aunque parezca increÃble, las cosas comenzaron a mejorar. Me aumentaron el sueldo las ventas de mi esposa se elevaron considerablemente. Lo mejor de todo era que todo lo conseguÃa con unos cuantos rezos. Saliendo de mi trabajo, me dirigÃa a ver a esa horrible figura que no terminaba de agradarme Aún asÃ, hacÃa esfuerzos por alabarla. Le daba gracias, besaba sus pies. Me parecÃa extraño que tuviera uñas largas y unos huesos deformes, pero qué importaba. Era evidente que me estaba ayudando. De vez en cuando le prendÃa una veladora le pedÃa que me ayudara y me diera dinero para poder sostener el ritmo de vida al cual ya nos estábamos acostumbrando Esa calavera siempre cumplÃa todo. Estaba casi perfecto. Lo digo asà porque habÃa un detalle. Todas las noches, estando ya en nuestra recámara, me sentÃa observado, me inquietaba no saber por quién, porque ahÃ, a simple vista, sólo estábamos mi esposa y yo. Pero además sentÃa una presencia que no era de este mundo, algo que me producÃa escalofrÃos por si fuera po, les comencé a tener rechazo a las imágenes religiosas que tenÃamos dentro de nuestra casa. Creà que eran ellas las que me observaban cuando llegué al grado de tenerles miedo, le pedà a mi esposa que se deshiciera de ellas. Sorprendida, me preguntó por qué le pedÃa eso. Siempre habÃamos sido católicos sin saber qué Contestarle le tuve que confesar no sólo lo que habÃa hecho. Le dije lo que estaba haciendo. Todos los dÃas. Después del trabajo discutimos por horas porque a ella le aterraba la imagen de la muerte. Le expliqué de muchas maneras que todo lo habÃa hecho por la desesperación que tenÃa. Asà estuvimos hasta que más calmados nos pusimos a analizar las cosas que ya estaban pasando en casa y que no les habÃamos prestado atención. HabÃa un olor extraño que no se quitaba con nada por más que mi esposa limpiara. En ocasiones se metÃan unas moscas horribles enormes. A veces volaban por fuera alrededor de la casa como si hubiera algo echado a perder. Dentro de ella. También se escuchaban voces o murmullos con un eco extraño. De vez en cuando las cosas se cambiaban de lugar y las puertas se trababan impidiéndonos salir cuando más lo necesitábamos. Ya tenÃamos unos dÃas que empezamos a escuchar pasos por las noches. Además, sentÃamos una presencia extraña tal vez demonÃaca. Lo raro era que, aunque eso espantaba a mi esposa, a mà no me afectaba tanto cuando las cosas empeoraron. En cuanto a las manifestaciones, hablé con el compañero que me habÃa llevado ante aquella imagen de la muerte. Le pregunté que podrÃa estar haciendo mal, porque, aunque todo iba bien en lo económico, parecÃa que alguien o algo se querÃa dueñar de mi casa. Hablando en un tono de advertencia, me dijo que tenÃa que olvidarme por completo de Dios que dejara de agradecerle por cualquier cosa, porque el que me estaba ayudando no era él. Nervioso. Le dije que estaba bien, porque sentà que tenÃa algo de razón. Le le le hice saber que en un par de semanas me acostumbrarÃa a rezarle a la Santa muerte y la venerarÃa como ella se merecÃa. Lo que escuché ese dÃa nunca se me olvida con una sonrisa. Me dijo que no le habÃa estado rezando a ninguna Santa muerte. La figura a la que estuve venerando y pidiéndole todo ese tiempo era el esqueleto del diablo. No pude decirle nada. Fue como quedarme mudo por unos segundos. Me parecÃa increÃble todo aquello. Además, no me imaginaba que existiera una cosa asà tan aberrante y macabra. Al mirar mi aspecto de incredulidad me tomó del cuello. Asà me llevó ante la presencia de aquella huesuda figura estiró su mano para quitarle la capucha. Asà comprobé lo que ya me habÃa dado cuenta esa horrible calavera tenÃa cuernos además de unas grandes cuencas alargadas. Su cuello era más largo de lo común. No le habÃa puesto tanta atención, pero de su boca le sobresalÃan algunos colmillos y sus brazos eran desproporcionados con él el resto de su cuerpo. Lo más terrible de todo era aquel esqueleto parecÃa real. Recuerdo que, temiendo cuáles eran las consecuencias de pedirle y adorar al diablo, volté a ver a mi compañero de trabajo lo enfrenté para saber qué pretendÃa Con eso. Le cuestioné el por qué no me advirtió desde un principio después de gritarme mal agradecido. No sé cuántas veces me dijo en tono amenazante que estaba en deuda con el esqueleto Mira cuánto tienes ahora me decÃa. Me advirtió que le tenÃa que cumplir si no pagarÃa las consecuencias de querer jugar con el diablo. Le aseguré que le devolverÃa el dinero obtenido, pero que lo querÃa fuera de mi casa y lejos de mi familia, porque nosotros éramos católicos. Además, yo no sabÃa que era él a quien le rezaba. Apenas le dije que no lo harÃa más con voz firme exclamó que no era asà De fácil. Le tienes que pagar al diablo lo que le prometiste algo más valioso que el dinero, porque si no lo haces, te arrepentirás para el resto de tus dÃas. Me recalcó varias veces que no tenÃa ni idea de con quién me habÃa metido. Salà De ahà asustadÃsimo, mucho más preocupado que cuando estaba endeudado. Llegué a mi casa para contarle a mi esposa en el problema tan terrible que nos encontrábamos. Apenas entré la encontré desconcertada porque en la cocina, la comida se estaba echando a perder e incluso la que se encontraba dentro del refrigerador. Eso habÃa atraÃdo un montón de moscas nerviosa. Me dijo que en nuestro cuarto se escuchaba que se movÃan algunas cosas. Además, una presencia horrible se podÃa sentir en toda la casa. Me decÃa que tal vez eso estaba pasando por haber retirado las imágenes religiosas. Mi esposa se iba a poner a rezar, pero le pedà que se esperara. Le conté que el esqueleto al que le rezaba todas las tardes no era de la Santa Muerte, era del diablo y la amenaza que tenÃas y no le daba mis plegarias. Sobre todo, habÃa prometido dar algo más valioso que el dinero. Cuando terminé de platicarle, mi esposa estaba muy nerviosa. Luego yo mismo escuché que se caÃan las cosas en diferentes partes de la casa. El perro que tenÃamos no dejaba de ladrar como nunca lo habÃamos escuchado. ParecÃa que le tenÃa miedo a algo. En ese momento nos pusimos de acuerdo. Fuimos a consultar de nuevo a la señora que nos habÃa hecho la limpia. Al contarle cómo estaba la situación, se mostró sorprendida. Me hizo la limpia de nuevo porque yo temblaba de los nervios. Me aseguró que, aunque era raro, no tenÃa ningún mal. Tampoco estaba poseÃdo por nadie. Por lo tanto, no serÃa fácil, pero me podÃa liberar. De todo eso le hice saber el miedo que me daba el que el diablo me estuviera pidiendo. Mi alma me dijo que no tuviera miedo porque de quererla ya me la hubiera quitado. No me la iba a andar pidiendo. Nos calmó un poco para explicarnos que el alma no era todo lo que le interesaba. Al diablo habÃa otras cosas, por ejemplo, podrÃa creer en él. Eso también le agradaba o tal vez podrÃa alejarme de Dios más. Nos inquietamos al escuchar a la señora decirnos que si no actuábamos de inmediato, el Diablo no tendrÃa piedad de nosotros y quizá nadie nos podrÃa ayudar para liberarnos. Me convenció que tenÃa que regresar ante esa figura, ofrecerle mis respetos, asegurarle que siempre iba a creer en él e incluso hablarle a otras personas de su presencia en ese lugar. Eso sà me dijo tajantemente que ya no debÃa pedirle favores. Regresó con nosotros a la casa, solo que en esta ocasión no pudo entrar, alegando que dentro de ella habitaba algo maligno y sumamente peligroso. Lo mejor era ir primero a presentarme ante ese esqueleto y después liberar la casa. Mi esposa me querÃa acompañar. Yo me negué porque estaba seguro que se asustarÃa nada más de ver esa horrible figura, muy preocupada. Se quedó con una vecina porque le aterraba a quedarse sola en la casa, con un hueco en el estómago. Caminé indeciso rumbo a la vecindad, donde se encontraba tan terrible altar. RepetÃa una y otra vez las palabras que le dirÃa a esa calavera. Cuando estuve frente a ella, tenÃa un nudo en la garganta que me impedÃa hablar como nunca una fuerza invisible no me dejaba acercarme demasiado. Sintiendo su terrible mirada, me arrodillé ante ella para pedirle perdón por mis faltas. Le rogué en repetidas ocasiones que se alejara de nosotros. Le dije siempre voy a creer en ti y le prendà una veladora. Dominando mi miedo, volteé a verla para darle las gracias por los favores recibidos. Aunque sus cuencas estaban vacÃas. Yo sabÃa que me estaba mirando, me levanté y mis piernas me temblaban. Salà de ahà sin darle la espalda con el corazón acelerado, regresé a mi casa. Todo el camino me sentà acechado, perseguido por alguien que que no podrÃa ver por más que volteaba para todas partes. Me sentÃa temeroso de que ese esqueleto no hubiera escuchado mis ruegos ni aceptado mis disculpas. Mi esposa y la vecina me recibieron asustadas diciendo que en la casa pasaban cosas extrañas por una ventana. Estuvieron escuchando cómo se caÃan cosas en la cocina. Además, los focos se prendÃan. Como pude les conté lo que habÃa hecho pasado un rato. Fui por la señora para que intentara liberar nuestra casa. Aunque titubeó un poco, accedió a acompañarme de regreso. Me pidió que no entrara por alrededor de una hora. Realizó el ritual de liberación mientras la vecina nos ayudaba a rezar un rosario. Antes de medianoche, la señora se retiró. Nos dijo que regresarÃa al dÃa siguiente porque no habÃa sido suficiente. Nos dio la opción de quedarnos ahà o en otra parte. Por supuesto que no dormirÃamos ahà donde sabÃamos que estaban pasando cosas paranormales. Además, pensaba que el diablo se podÃa hacer presente para castigarnos por intentar echarlo. Fuera temerosos de lo que me pudiera pasar. Nos encomendamos a Dios. También nos atrevimos a pedirle alojamiento a nuestra vecina, quien, por buena suerte, nos aceptó el tiempo que fue necesario. Después de tres rituales de liberación, pudimos regresar a nuestra casa. Cuando entramos, el olor a incienso era muy fuerte. Todo era un desastre. Los espejos estaban rotos, muchas cosas se encontraban en el suelo. Aunque no sentÃamos ninguna presencia demonÃaca, si habÃa una sensación extraña que no permitÃa que se nos quitara el miedo que tenÃamos. Poco a poco volvimos a la realidad. Lo último que nos dijo la señora fue que tal vez el diablo por alguna razón me habÃa elegido y nos hizo pasar por todas las carencias para que recurriéramos a él. Lo que sà es que yo no me he liberado del todo. He llegado a tener pesadillas horribles a veces por las noches. Me he sentido observado en nuestra casa ya no tenemos ima mas religiosas, porque a mà me parece ver que mueven los ojos y que son ellas las que me miran. Algo extraño que sucedió fue el hecho que mi compañero no regresó a la fábrica en un principio, asà como lo prometÃ. Le recomendaba a las personas que estaban pasando por fuertes necesidades que fueran hasta ese altar a pedirle al esqueleto del diablo, pero nunca la encontraron. No supe por qué desapareció de ahÃ. Ahora, en la actualidad, nos hemos acercado más a Dios, pero eso no me impide creer en el diablo. Sé que existe eso sà jamás le he vuelto a pedir algo relato escrito y adaptado por Gato negro








