Feb. 12, 2024

Nahual En La Cordillera De Los Andes Historias De Terror - REDE

Nahual En La Cordillera De Los Andes Historias De Terror - REDE

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La mujer naual. Cuando era joven, vivía muy cerca de la Cordillera de los Andes. Soy originario de Bolivia y aunque actualmente resido en Argentina, tengo un gran amor por mi tierra. Sé de primera mano que por toda la cordillera existe magia y misterio, siendo testigo en más de una ocasión de ciertos acontecimientos que ocurren en ese lugar. Sin embargo, la historia que hoy deseo compartir con la comunidad rede es aquella que me dejó marcado para siempre. Nunca tuve suerte en el amor y no es que sea mal parecido. Mis padres, siendo extranjeros, me heredaron una estatura fuera del promedio y unos ojos azules. Tal vez es que soy un poco tímido y me cuesta mucho mantener una conversación para los treinta y cinco años que tengo. Sólo he tenido unas tres relaciones significativas no muy largas de amores espontáneos y fugaces. Mi ma mi mayor urno siempre ha sido el senderismo y al estar en una tierra mágica, como sólo puede ser la cordillera de los Andes, me unía un grupo de montañismo para poder socializar un poco más a la par de que daba gusto a mi afición fue durante el verano del dos mil quince que viajamos a una zona que ya no conocía, pero que es frontera con Perú. Cómo íbamos a viajar tan lejos. Tuvimos que llevar un equipo para montar un campamento móvil, además de muchos víveres, porque nuestra travesía se extendería a lo largo de quince días. Viajamos un total de doce personas en un par de vehículos que tuvimos que dejar en el estacionamiento de entrada al parque donde nos íbamos a adentrar. Nos adentramos con paso firme y a pesar de ser época de calor. A esa altura, el viento golpeaba con mayor fuerza y es una constante lucha. Es como si fueras nadando contracorriente. Avanzamos lo más que pudimos y llegamos a una planicie donde levantamos el campamento. Poco antes de anochecer reunimos también algo de leña para encender un fuego y resguardarnos el frío. Cuando estábamos tomando un café caliente, yo miré a una mujer que iba con poca ropa y que nos miraba desde un pequeño monte. Me tallé los ojos y le dije a unos compañeros que voltearan para que la vieran. Para entonces la mujer se había ido y en su lugar vimos un puma blanco acostado. Sentimos algo de miedo ante el avistamiento de un depredador de ese tamaño. Pero uno de los muchachos que poseía mayor experiencia nos dijo que era muy poco común que el animal se nos acercara, pues le temían al fuego y mayormente huían de los humanos. Y tenía razón, pues el animal, lejos de adoptar una postura amenazante, bajó la cabeza y corrió hasta perderse en la lejanía. Aquel animal me pareció muy hermoso. Su pelaje era tan blanco como la nieve de la montaña. Juré a los chicos que había visto a una mujer hacia unos segundos y ellos, obviamente, no me creyeron. Me dijeron que llevaba tanto tiempo sin tratar con una mujer que ya hasta veía visiones en la nieve. No me importaron sus burlas. Estaba seguro de lo que vi al día siguiente nos levantamos apenas nos alcanzaron los primeros rayos de sol afuera. El fuego ya estaba agonizando y encontramos varias huellas extrañas junto a él. No eran las de un animal, sino las de un par de pies descalzos. Todos coincidimos en que nadie salió por la noche sin calzado, pues, como he dicho, a pesar de ser verano, a esas alturas la temperatura baja mucho, sobre todo en la noche, cuando el piso se cubre de una ligera capa de hielo. Anduvimos sin mayor contratiempo. Aunque yo todo el camino, sentí como si alguien me siguiera los pasos y en una parada que hicimos pude ver cerca de una roca a alguien asomarse sin darme cuenta me quedé rezagado en esa zona. Ya no veía ni escuchaba al resto del grupo me acerqué a la roca y entonces la vi era una bella mujer vestida con un abrigo de piel de algún animal. Intenté hablarle, pero la mujer sólo se quedó parada. Mirándome Arrugó la nariz como si intentara olfatearme. Aquella extraña dama tenía algo en su rostro que logró hipnotizarme, pues me quedé paralizado mirándola directamente hacia los ojos. Pasaron varios minutos cuando sentí que alguien me jaló de la mochila sacándome del trance. Eran un par de mis compañeros también vieron a la extraña mujer, pero ella, al verlos huyó hasta desaparecer en la lejanía. Me pidieron disculpas por no haberme creído, pero comenzaron a decir que era muy probable que hubiera otro grupo de excursión cerca. Yo intenté concordar con ellos, pero la manera de actuar de esa mujer fue demasiado extraña. Acampamos sobre una colina despejada. Aquella noche no hubo estrellas sobre el cielo. Me quedé dormido. Apenas me metí en la bolsa de dormir. Soñé con aquella mujer que la encontraba arriba de un árbol y al mirarme comenzaba a lanzar una especie de aullido. Me desperté, pues el sonido no sólo era parte de mi sueño, sino que afuera de la tienda se escuchaban los aullidos. Me puse en pie y escuché que varios chicos del grupo estaban despiertos y murmuraban. Al haber visto a un animal merodeando cerca del campamento. No se ponían de acuerdo acerca de qué tipo de animal se trataba. Unos decían que era un lobo blanco, Otros decían haber visto un oso y otro un puma al vino. Entre los excursionistas había una pareja que venía de México. Ellos nos contaron que en su tierra. Existía una antigua leyenda cerca de unos brujos que tenían el poder de cambiar su forma humana a la de cualquier animal. Según ellos, aunque podían transformarse en cualquier tipo de criatura que deseara. Su forma prevalente de transformarse era aquella con la que sus espíritus se identificaban más, pudiendo ser algo tan pequeño como un colibrí o, tan grande como un jaguar. Yo escuché fascinado sus historias, aunque ya antes había escuchado en vídeos de YouTube acerca de las apariciones de nahuales y brujas. Aquella noche acampamos en una especie de caballeriza abandonada. El techo de madera seguía en pie ofreciendo un poco de protección extra contra las fuertes ventiscas nocturnas. Levantamos el campamento, no encendimos fuego. Aquella noche apenas terminé de armar mi tienda, saqué mi bolsa de dormir. Me metí en ella quedando dormido profundamente. Casi al instante tuve un sueño muy vívido en el que había despertado antes que todos, iniciaba mi caminata en una bifurcación del camino tomando el lado izquierdo. Entonces me encontraba con las mismas pisadas que vino anteriormente en el campamento. En noches anteriores. Seguí las huellas hasta una cabaña misma que se encontraba entreabierta. Desde fuera me llegó un olor como a carne horneada. Entré y vi que todo dentro estaba cubierto por pieles de animales y al fondo una mujer horneaba algo de carne. La mujer poseía rasgos muy bellos y extraños. Me sentí notizado ante su belleza. Sin mediar palabras, me invitaba a comer. Ella llevaba puesto un bello abrigo de piel de animal de color blanco y nada de ropa debajo su piel era de un color blanco espectral. La mujer se me echó encima y comenzó a besarme con furia de un momento a otro. Comencé a sentir que un líquido se escurría por mis labios. Sentí dolor y me despegué de ella. Me pasé la mano por los labios y pude ver que era sangre. Un trozo de mis labios había sido arrancado de un tago. Miré a la mujer y noté que sus ojos ojos no tenían pupilas. En eso comenzó a caminar como si fuera un cuadrúpedo. Yo me eché a correr. Desperté asustado, pero pude ver que mi bolsa de dormir estaba cubierta de sangre y al tocar mi boca con mi mano, pude darme cuenta que tenía despegado un trozo del labio. Intenté no entrar en pánico. Necesitaba mantener la calma y mirar qué tan grave era mi herida. Encendí mi linterna, pues aún era de noche. Me puse a buscar un estuche de primeros auxilios que llevo siempre en mi mochila y mientras realizaba esta labor, me topé con algo que me dejó petrificado. Mis pies estaban heridos y casi congelados. Parecía que había salido de mi tienda durante la noche, sin calcetas y en ropa de cama. Encontré mi estuche de primeros auxilios y lo primero que hice fue revisar la herida de mi boca. No era muy profunda, Más bien parecía una mordida hecha con unos dientes tan finos como agujas. La mañana siguiente desmontamos el campamento. Según nos dijeron, llegaríamos a un complejo de cabañas abandonadas. Tuve que reducir mi paso, pues me dolían los pies. Uno de los chicos se acercó a mí y me preguntó sobre lo que me había ocurrido en la boca. Le contesté que ni yo mismo lo sabía que pensaba que tal vez me agarré el labio con el cierre de mi bolsa de dormir. Después de todo, un día de caminata parando sólo para hacer una comida, alcanzamos nuestro destino, un complejo de cabañas intactas frente a un lago seco y alejada de todas sobre una colina estaba la cabaña con la que había soñado. Me sentí espantado, pues era la misma. Incluso la puerta estaba entreabierta. Me instalé lo más alejado que pude de esa choza y no hubo necesidad de convencer al resto del grupo de que se mantuvieran alejados de ella, pues naturalmente, nadie quería acercarse y es que la cabaña tenía un insana. La madera era la única que se veía en mal estado. Parecía tener un tipo de plaga que le daba un color amarillo enfermizo. Esa noche no hubo descanso en el campamento. Cerca de las doce de la madrugada, la pareja de mexicano se despertó gritando. Varios excursionistas ya estaban haciendo bola. Iluminaban con sus lámparas en dirección a una de las tiendas que se veía destrozada. Según dijeron, escucharon los gritos de uno de los chicos. También unos gruñidos. A lo lejos pudimos ver aquel animal que arrastraba al excursionista. Era un animal enorme. Tenía el tamaño de un oso polar, pero no era un oso. El animal se metió a la cabaña solitaria arrastrando del hocico al pobre hombre. No hubo nadie que se animara a acercarse a ese animal. Sólo la pareja de mexicanos y yo nos animamos a acercarnos. Para esto nos armamos con un palo encendido a modo de ons de antorcha y un par de bastones que trajimos con nosotros. Encontramos al hombre malherido de la bestia. No veíamos nada, Sólo vimos a la mujer de mis sueños, aquella que estaba vestida con un abrigo de piel blanca, tenía la boca manchada de sangre, no hablaba, sino que emitía unos gemidos, algo grotescos. Se veía asustada, así que no intentamos atacar. Sólo tomamos al hombre malherido y lo llevamos al campamento. Una vez que pusimos al hombre a salvo, regresamos a la cabaña desolada. Esta vez nos acompañaron más hombres. Al llegar al lugar. Sólo descubrimos un puñado de hueso sobre un abrigo de piel blanca, pero a la extraña mujer no la pudimos encontrar. Sólo escuchamos pisadas sobre el tejado. Regresamos poco antes del amanecer y aunque no volvimos a presentar un incidente como el de las cabañas, yo sabía que aquella mujer nahual no seguía al paso. De hecho, la vi en un par de ocasiones más se mantenía a cierta distancia de nosotros, tal vez esperando atraer a otro incauto, como yo dejé de notarla justo cuando faltaba un día de distancia del lugar en el que estacionamos los vehículos. Aunque nunca regresé a esa zona de la cordillera, jamás me he quitado de la cabeza la figura de aquella mujer extraña. Encuentro con una huar. Hoy deseo compartir una historia que me ocurrió apenas el año pasado. Por aquel entonces me encontraba realizando mi servicio social. Estudiaba veterinaria en una universidad privada en Ocotlán, Jalisco, México, lugar donde soy originaria. Conseguí realizar mis prácticas en una granja no tan lejos de mi hogar, motivo por el cual no tuve que mudarme de casa de mi madre, quien estaba hecha un nudo de nervios ante la idea de que me fuera a vivir sola. Aún así tuve que preocupar a mi madre en más de una ocasión. Y es que no es por presumir, pero considero que nací para ser médico veterinario y después de mis primeras prácticas me volví una pieza fundamental para el médico de cabecera del rancho. Entonces, algunas veces me pidieron quedarme los fines de semana. Por fortuna, los dueños del rancho me facilitaron una pequeña casita dentro de sus tierras. Aquella casita se encontraba rodeada de árboles frondosos y el sonido constante de la naturaleza llenaba el aire. Me sentía en paz y en armonía con el entorno, lo cual me ayudaba a concentrarme en mi trabajo y a disfrutar de los momentos de descanso. Al poco tiempo, no sentí deseo de volver a mi casa, pues, pese a que me encontraba, lejos de las tiendas comerciales o las diversiones que pueden ofrecer las ciudades, la paz que encontraba allí era bastante reconfortante. En la granja había varios perros de raza. Pastor Belga eran buenos cuidadores. Mantenían a raya tanto a los ladrones como a los animales salvajes. No tardé en formar un vínculo con un par de ellos que se llamaban Dingo y dinga. Ellos eran mi despertador, pues justo poco antes de la hora en que me despertaba, ya estaban arañando mi puerta con entusiasmo. Con el pasar de los días, me acostumbré a que los perros a veces aullaba. Creo que fue en agosto cuando comencé a notar ciertas cosas raras. Fue durante una noche, en un fin de semana que no quise regresar a mi casa y en la madrugada desperté asustada a causa de haber escuchado cómo los perros arañaban la puerta y chillaban de desesperación. Se me hizo bastante extraño esto, y es que yo misma había visto al par de perros enfrentarse a coyotes y zorros. No imaginaba qué era aquello que les causaba tanto miedo. Abrí la puerta y los perros entraron desesperados metiéndose debajo de mi cama. No dejaban de chillar Fue entonces cuando noté un sonido bastante despeluznante en la lejanía. No se parecía al aullido de un coyote ni al de un lobo. Sonaba como algo más siniestro. Era como un alma en pena. Los animales del corral también comenzaron a hacer todo tipo de ruidos que daban miedo. Cerré la puerta y me quedé mirando por una pequeña ventana que da hacia el campo. Entonces pude verlo. Era un animal de gran tamaño, parecido a un becerro, pero iba caminando en dos patas. Llevaba arrastrando un pequeño cordero. El animal se movió de manera antinatural y se paró a pie de la ventana, dejando ver su forma de manera clara. No tenía pelo y su color de piel era blanco, casi transparente. Sus ojos no tenían pupilas. Llevaba un par de cuernos y la nariz era similar al de las vacas En ese momento me metí en la cama y me puse a rezar. Pensaba que aquella criatura era el mismo demonio. Al día siguiente me encontré con la noticia de que un animal salvaje había atacado uno de los corrales, robándose un becerro y dejando heridas a un par de vacas. Durante la noche anterior no noté también que dingo estaba herido de una de sus patas delanteras. Lo revisé y tenía un arañazo hecho por una zarpa. Le realicé las curaciones a los animales, pero no logré identificarlos. El tipo de herida era demasiado grande para haber sido hechas por un zorro o cualquier animal salvaje. Uno de los hombres que se encargaba del cuidado de los corrales encontró varias pisadas. Me llevó a mí a verlas personalmente con la esperanza de identificar al animal que atacó durante la noche, las pisadas eran claras en el l barro, pero no se parecían a las de ningún animal, sino que parecían pies humanos descalzos. Me preguntaron si no había escuchado o o visto algo raro durante la noche, y yo estuve a punto de contarles mi historia, pero lo que había visto era tan increíble que sentía miedo de contarlo y que no me creyera. Así que preferí decir que no vi ni escuché nada, salvo los animales de granja. La semana transcurrió sin que la extraña criatura volviera a aparecer. Un día mientras me encontraba asistiendo el parto de una vaca, vimos a un perro que no pertenecía a la granja. Era de gran tamaño, Parecía un pastor inglés, solo que muy descuidado. Los pelos le colgaban en rastas y olía muy fuerte. Su presencia alborotó a los animales que comenzaron a actuar como asustados. Uno de los granjeros, al ver el animal, le quiso dar un palazo, pero el animal esquivó el golpe y le lanzó una mordida. Le arrancó un trozo de carne y huyó dejando al pobre granjero, revolcándose y gritando de dolor de manera inmediata. El médico veterinario y yo le realizamos un torniquete, pues estaba perdiendo mucha sangre y dos de los hombres lo llevaron directamente a un hospital. El médico y yo nos quedamos diciendo que no podíamos creer que un perro lo hubiera hecho. Por lo regular muerden pero no arrancan trozos de carne. Así como así, otros dos hombres tomaron un par de rifles y salieron a la búsqueda del animal. Regresaron pasadas dos horas. No habían encontrado a ningún perro ni a ningún otro animal. Sólo se encontraron a un vagabundo de aspecto extranjero. Dijeron que había actuado extraño. Justo después de que le preguntaron si había visto un enorme perro. El hombre no les contestó, les dio la espalda y siguió su camino. Ese fin de semana no quise quedar en la Granja y no era que tuviera miedo ante las cosas extrañas que estaban ocurriendo, sino que ya llevaba cerca de un mes sin visitar a mi madre. Ese fin de semana descansé profundamente. Al regresar a la Granja. Después de mi descanso noté un ambiente tenso y preocupante entre los granjeros. Me comentaron que durante mi ausencia habían ocurrido más incidentes extraños. Las heridas en los animales seguían apareciendo y cada vez eran más graves. Además, varias personas habían avistado a la misteriosa criatura de aspecto demoníaco de la que yo había sido testigo. Decidí hablar con el médico veterinario sobre lo sucedido y mis sospechas de que algo sobrenatural estaba ocurriendo en la Granja. Estaba ocurriendo en la Granja, aunque al principio se mostró escéptico. Decidió investigar más a fondo los extraños sucesos. Juntos revisamos a los animales heridos y encontramos marcas y heridas que no podíamos explicar parecían haber sido causadas por algo completamente ajeno a la fauna local, algo dentro de mi interior Me decía que todo estaba relacionado los avistamientos de aquella cosa, el perro enorme y el vagabundo extraño del que hablaron los granjeros cuando fueron a cazar al perro. Yo misma vi al extraño vagabundo merodeando las tierras, andaba andrajoso con el cabello y la barba larga era muy alto. Aunque caminaba encorvado, sus rasgos eran demasiado fuertes y poco comunes. Intenté hablar con él, pero al verme caminar en dirección al campo, se quedó recargado sobre un árbol y unos temblores horrendos le invadieron. Parecía como si su cuerpo luchara contra mil demonios. Le hablé al médico veterinario, que también fue testigo de cómo aquel hombre temblaba y minutos después lanzó un sonido parecido al de un ladrido. Nos miramos confundidos y justo cuando volvimos a voltear en dirección a aquel extraño vagabundo, ya no estaba y en su lugar estaba el pastor inglés. Rápidamente llamamos a un par de hombres que llegaron con un rifle dieron dos tiros y sólo uno le atinuó al animal en una pata. El animal lanzó un quejido humano y corrió entre los árboles. Los hombres corrieron detrás de la bestia siguiendo un rastro de sangre. Lo mismo hicimos el veterinario y yo encontramos al extraño vagabundo herido de bala cerca de un acantilado. Los granjeros le ofrecieron la ayuda y el hombre se negó. Nos dijo que era mejor que no se le acercaran, pues llevaba dentro de sí un mal que ya lo estaba rebasando y no lograría contenerse. El veterinario y yo tuvimos el atrevimiento de curar la herida. Los hombres le preguntaron que si era un nahual. El hombre dijo que era más que eso y que estaba intentando revertir un mal que había caído solo sobre él y si lo dejaban ir, prometía no volver a merotear la granja. Jamás nadie le contestó, pero en ese momento yo me atreví a preguntarle si él había estado merodeando la casita en la que yo vivía. Él me respondió que no, pero que esa criatura demoníaca también le acompañaba y estaba siempre cerca de él, así que si lo dejábamos ir, también se iría a esa criatura. Los hombres le dijeron que estaba bien, que lo dejarían ir. Ahí dejamos al extraño vagabundo de regreso. Tuve que contarles mi encuentro con ese ser demoníaco aquella noche y ante lo ocurrido tuvieron que creerme sin cuestionarme. El extraño vagabundo cumplió su promesa y nunca más se le volvió a ver rondando la granja y, en tanto, al hombre que mordió ya no pudo caminar sin cojear pues le dañó los nervios de la pierna. Al día de hoy, pienso que si hubiera escuchado esta historia en cualquier parte, no lo hubiera creído, pero sé bien lo que viví y fueron muchos los testigos de ese animal que me rodeaba la granja. Este acontecimiento a veces logra quitarme el sueño, pues me hace pensar que hay muchas cosas allá afuera que no tienen una explicación racional. La criatura enjaulada. Hace diez años viví en un bosque de Nueva Inglaterra, Estados Unidos. Hoy en día me encuentro jubilado. Tengo una cabaña en masamitla Jalisco, México, lugar que hasta el día de hoy me ha otorgado el descanso que no pude obtener en mi propio país. En Estados Unidos trabajé un tiempo como guardabosques y hoy deseo compartir por primera vez por este canal, una historia que considero una de las más interesantes que viví durante mi experiencia como guardabosques. Durante un invierno se so mes solicito quedarme a cuidar desde una cabaña la entrada del Parque Nacional, tarea que se suponía. No sería difícil, pues en esas fechas, debido a las nevadas, el parque estaría cerrado. Aún así, se necesitaba un par de guardias para que evitaran el paso a los incautos o por si se presentaba algún incendio u otra anomalía. Aquel año fui elegido para quedarme solo, pues mi compañero se había jubilado. Apenas hacía un par de meses y aunque se ofreció a quedarse durante el temporal, le dije que no habría problema. Aunque era la primera vez que me pasaría todo diciembre de servicio. No era algo con lo que no pudiera lidiar. Sinceramente, mis guardias anteriores se limitaban a un par de fines de semana o a turnos de doce horas por veinticuatro de descanso. Además, aquella cabaña en la que me quedaría era desconocida. Para mí. Era un edificio algo alto, con una cámara de refrigeración a unos metros de la entrada. Se me recomendó no entrar ni dar paseos a lo largo del parque y limitar mi vigilancia a la parte de acceso. La cámara de refrigeración era una parte antigua que ya no se usaba y la madera, al estar tan podrida, corría el riesgo de caerse encima de mí. Me preparé con anticipación lo más que pude. No tengo familia, soy hijo único de una migrante mexicana que para ese entonces llevaba un par de años que falleció y yo hasta ahora sigo llorando su pérdida. Compré un par de libros de terror. Uno era sobre leyendas mexicanas que solía leer mi madre y otro de autores variados estadounidenses. La empresa para la que trabajo me suministraba todo tipo de comodidades en la cabaña, entre ellas la cantidad exacta de café, alimentos y ropa de cama. La leña, en cambio, era una actividad que tendría que llevar a cabo desde buscarla hasta cortarla, si es que no deseaba morir congelado. Me gusta siempre llevar una rutina bien establecida, así que no tardé en establecer una. Apenas me familiaricé con la cabaña y sus alrededores. La posición de la cabaña daba una posición estratégica, así que sería difícil no captar un vehículo y para que una persona entrara a pie tendría que subir una enorme verja de metal. Los primeros días de mi semana fueron demasiado sencillos. La nieve aún no caía tan tupida y era fácil salir a cortar leña. Durante las mañanas no tuve la visita de ninguna persona y por única compañía sólo algunas aves. La segunda semana tuve que resguardarme, pues cayeron varias tormentas en nieve que me impidieron salir de la cabaña. Por suerte, había almacenado bastante leña como para sobrevivir. Unos cinco días pasaron las tormentas y me vi en la necesidad de limpiar con una pala a la entrada y varios lugares de alrededor. En ese momento supe que tenía un visitante. Vi un camino de sangre y unas pisadas como la como de reno. Seguí el rastro de sangre hasta que llegué a las puertas en el piso de la cámara de refrigeración, misma que encontré abierta de par en par De hecho, si no fuera porque venía atento mirando el rastro de sangre, bien pudiera haber caído sin remedio. Escaleras abajo, escuché unos gruñidos, cosa que me puso en alerta, pues los sonidos eran como de un depredador. Sólo caminé un par de escalones abajo y utilizando una linterna que cargaba siempre en mi fajo, iluminé dentro. Lo único que alcancé a ver fue un pobre venadito que se desangraba. Regresé a la cabaña y después de tomar un rifle de seguridad que mantenemos bajo llave, regresé a la cámara de refrigeración. Coloqué la lámpara en un soporte que tenía el rifle y poco a poco fui bajando por la cámara de refrigeración. Por suerte, no me encontré con ningún gran felino ni ningún otro depredador. Aún así me encontré una escena impactante. La de refrigeración estaba cubierta por los huesos de diversos animales. Apestaba horrible. No pude contener el vómito y vacié todo mi estómago sobre el piso. Una vez que logré controlar mi asco, continué revisando la cámara. En efecto, tal como se me había advertido, las vigas se veían en muy mal estado, lo mismo que algunos muros. Estos tenían un enorme agujero que formaban una especie de túnel. Me acerqué a esos huecos. En los muros, el olor a salitre era insoportable. Vi una especie de madriguera hecha con cobijas viejas, algún poste y muchos símbolos de esos que usan en la hechicería indígena. En ese momento se me cerró el mundo. No sabía qué hacer si limpiar la Cámara o si sólo cerraba a cal y canto la entrada. Me decidí por esto. Último, coloqué una enorme cadena con un candado. Después, con ayuda de un mortero, cubrí las grietas y por último, eché a paladas l algo de ero. Escombro que encontré detrás de la cabaña. Terminé demasiado agotado, por lo que de inmediato me preparé algo de café, tomé una cobija y me senté en el puesto de avanzada sobre la cabaña. Nuevamente cayó la nevada me resguardé, me metí en la cama e intenté dormir. Mientras me quedaba dormido, escuché unos aullidos a la lejanía, cosa que me pareció de lo más extraño, pues en esa zona del bosque no hay lobos ni coyotes, así que pensé que mi mente estaba creando estos sonidos porque tenía mucho sueño. Al despertar la tormenta de nieve aún seguía cayendo. Me asomé por la ventana y entonces vi algo que me dejó petrificado. Había un hombre frente a la ventana. Llevaba un bastón de madera y una capucha de color negra. No alcancé a mirar su rostro, pues la capucha lo impedía. Tocó a la puerta azotando su bastón. Como su aspecto me pareció demasiado espectral. No abrí la puerta y simplemente le le pregunté de quién era y qué deseaba. El hombre no pronunció palabra alguna y volvió a azotar su bastón. Algo en ese hombre me hacía sentir demasiado aterrado. Al final pareció cansarse. Dio la vuelta y desapareció entre la nieve después de un rato reuní valor suficiente para abrir la puerta, pero del hombre no se veían ni sus huellas, pero dejó una marca en mi puerta y en el piso una especie de amuleto, hecho con una especie de raíz y varias monedas de bronce. Tomé el amuleto y sin pensarlo, lo coloqué sobre la puerta, pues me parecía una artesanía de lo más interesante. Pasé el resto de la noche sin el menor sobresalto. A la mañana siguiente me encontré de nuevo con un rastro de sangre, sólo que en esta ocasión no me llevó hasta la cámara de refrigeración, sino dentro del bosque. Nuevamente fui por el rifle y me puse a seguir el rastro mi mi mientras caminaba mi pieza atascó en un orificio sobre el piso. Después de intentar sacarlo, el suelo se abrió y cayó un par de metros bajo tierra. Tardé en reaccionar. No veía nada, solo la luz sobre mi cabeza. Entonces me volvió a llegar ese olor tan característico. Estaba en una de las bodegas de la antigua cámara de refrigeración. Necesitaba encontrar la manera de salir sin perder la calma. Por suerte, había una raíz de un enorme árbol a la cual pude aferrarme lleno de raspones y con varios espinos en el cuerpo, logré volver a la superficie. Pero arriba algo me estaba esperando. Fue en ese momento cuando una palabra muy común, usada por mi madre dentro de sus leyendas, cobró sentido. Estaba frente a frente con una wal en toda la extensión de la palabra era bípedo y tenía la cabeza como la de un perro, pero conservando sus partes humanas. La criatura se inclinó y comenzó a gruñirme. En eso, yo, que aún cargaba el rifle, le apunté de inmediato, jalé el gatillo y le di en una de sus patas la criatura. En lugar de lanzar un chillido, lanzó un rugido de furia. Eso me puso a correr de manera inconsciente. Sentí sus pasos tras de mí, pero no me di vuelta hasta entrar en la cabaña y cerrar la puerta. Escuché cómo subió las escaleras, pero cuando estuvo en la plataforma de entrada no se atrevió a cruzar. Me asomé por la ventana y vi cómo estaba parado justo frente al símbolo que dibujó aquel extraño hombre. No sé cuánto tiempo habrá estado allí esa criatura. El miedo me invadió y terminé tirado en el piso, temblando y rezando. Creo que al final el cansancio terminó por vencerme desperté cuando ya todo estaba oscuro, Me puse a curar mis rasguños y raspaduras. Luego intenté usar el radio para comunicarme con alguna base de policía cercana, aunque después de intentarlo, no sabía cómo contar lo que acababa de presenciar, Así que al final me arrepentí y sólo pedí a la operadora que me comunicara con la base, pues quería retirarme de mi puesto de inmediato. No pudieron pasar por mí hasta después de tres días, días en los que no me atreví a bajar de la cabaña. Cuando llegaron por mí me dijeron que mi aspecto era bastante descuidado. No quise contarles lo ocurrido. Solo les dije que tuve un desafortunada encuentro con un animal salvaje. Al día de hoy. Pienso que aquel hombre de la capucha negra era una especie de espíritu del bosque que acudió a brindarme protección de aquella bestia. Aún hoy en día conservó el amuleto que recogí aquella vez está sobre la puerta de la cabaña en la que actualmente resido, Aunque aquí jamás me he topado con nada sobrenatural la desaparición de Rodrigo. Tengo la teoría de que, entre más lógica y racional, intenta ser una persona cuando tiene un encuentro del tipo paranormal mayor es su caída en la locura y es que hay efectos de la realidad que están por encima de la mente del ser humano. Rodrigo y yo éramos escritores en una revista del tipo paranormal. Me apenas contar que cuando no encontrábamos una buena historia sobre la cual publicar, exagerábamos las historias o las inventábamos. Y es que ni él ni yo creíamos en ese tipo de fenómenos. Ambos estudiamos letras en la Universidad Autónoma de México, pero al no tener una mejor forma de ganarnos la vida, nos dedicamos a ello. Quisiera aclarar que no considero que este tipo de trabajo haya sido deshonesto, sino todo lo contrario. Gracias a este tipo de revistas, muchas personas tuvieron una buena oportunidad tanto para investigar como para comenzar a ejercer el oficio de la escritura. El caso es que si yo era racional, Rodrigo lo era más. Yo. En cambio, si me inclinaba antes ciertas creencias del tipo, esotérico, sobre todo en cuestiones relacionadas con la fortuna y la mala suerte. Trabajamos juntos durante tres años y a Rodrigo le llegó un bloqueo creativo terrible. Al principio lo tomó con calma, pero después de un par de meses de no poder escribir nada, su estado de ánimo decayó de manera profunda. Lo dejé de ver por quince días y cuando al fin nos volvimos a encontrar, estaba de mejor ánimo. Me contó que su mejoría era gracias a haber desarrollado una estrategia para lograr inspirarse, y ésta consistía en llevar a cabo investigaciones en persona. Según él, contactó a una secta que se dedicaba a realizar hechizos y rituales muy subidos de tono y si lograba recolectar algo de evidencia, sería una bomba publicitaria para la revista. Yo le advertí que no lo hiciera, pues podría poner en riesgo su propia vida, y es que en la misma revista habíamos escrito ya tantos casos en los que se sacrificaban personas, pero él me dijo que no ocurriría nada, que sabía protegerse, además de que no pasaba de que le hicieran brujería. Y a él no le afectaba en lo más mínimo, pues para él este tipo de práctica sólo afectaba a aquel que creía en ellas En un principio. No quise preguntar mucho sobre el asunto y es que sentí que mis comentarios lo podrían desanimar y en verdad me daba gusto que al fin lograra romper su bloqueo creativo. Sólo sabía que los miembros del culto se juntaban cerca de cierto mercado famoso por vender animales para sacrificio y todo tipo de objetos utilizados en hechicería. Vi a Rodrigo sólo un par de veces más, pero pronto comenzó a mostrar un comportamiento extraño. Él solía ser muy sociable de andar casi siempre en la calle. Pasó a ser un ermita o su aislamiento llegó a tal punto que hasta pidió permiso para trabajar desde su casa. Él vivía en una de las zonas más deshabitadas de Ciudad de México. Tomé la decisión de ir a buscarlo, pues me preocupaba ese cambio repentino en él. Cuando llegué a su casa, le encontré con un aspecto bastante descuidado y justo después de que me abriera la puerta, salió y miró a ambos lados de la calle. Luego me preguntó si no había visto algo raro de camino a su casa. Yo le dije que no y le pedí que se calmara y que si algo le ocurría, podía contarme en total confianza. En ese momento noté varias cosas en su casa por doquiera había talismanes y símbolos que se suelen usar en hechizos de protección. Él mismo llevaba una cadena de San Benito, entre otros símbolos que no reconocí. Me quedé viendo y le pregunté acerca de ese cambio tan radical, a lo que él me contestó que era mejor que me quedara con la duda. Su casa era bastante pequeña, una sola habitación, con una sala comedor y un baño, motivo por el cual, con tanto talismán, daba una sensación de sofocamiento. Le respondí que, hasta donde yo recordaba, él no creía en nada de lo que colgaba en sus paredes. En eso estaba, cuando vi sobre una mesa, una escultura de un ángel sosteniendo una estrella estaba hecha con varios círculos y líneas. Ese símbolo. Sí lo reconocí. Se trataba de un metatrón, un arcángel famoso por encontrarse cercano A Dios. Le dije a Rodrigo que si se encontraba en peligro, podíamos acudir a las autoridades y con alguna evidencia que tuviera, podíamos levantar una denuncia si era el caso de que la secta en cuestión lo estuviera vigilando. Rodrigo negó con la cabeza y después me dijo los peligros no vienen siempre directamente de las personas. Hoy en día sé que existen amenazas más allá de nuestra comprensión. No entendía qué se refería, pero no quise continuar la plática, pues me estaba poniendo nervioso. Me puse de pie y le dije que volvería otro día que no se sintiera, indispuesto que de cualquier manera contaba con mi apoyo Rodrigo intentó decirme algo, pero las palabras se le perdieron en la boca y se limitó a darme un abrazo. Luego, antes de que me fuera, me dijo que estaría mejor, pero que por el momento sentía miedo y no deseaba verme involucrado, pues podría correr el mismo riesgo que él. Cuando salí de su casa, al llegar a la esquina, vi a un enorme perro negro con un rostro extraño. El animal notó que lo estaba observando y se echó a correr. Yo me quedé siguiéndolo con la mirada. Entonces vi cómo saltó directo a la azotea de la casa de Rodrigo. No lograba explicarme lo que acababa de ver. No tenía sentido. Me quedé dudando entre irme a mi casa o regresar con Rodrigo, pero mi mente aún estaba debatiendo acerca de la veracidad de lo que acababa de ver. Decidí regresar a mi casa casi corriendo y una vez allí no lograba sacarme de la cabeza. El rostro humanizado de aquel perro intentaba convencerme de que no había sido real. Tomé un poco de alcohol directamente de una botella que tenía ahí y esto me causó algo de somnolencia. Intenté relajarme, pero sólo pude dormir un par de horas, ya que no dejaba de soñar con ese extraño perro. Al despertar, pensé en esas historias de nahuales de las que tanto había escrito sin creer una sola palabra, no dejé pasar más de un día antes de volver a buscar a Rodrigo, a quien, por cierto, no encontré en su domicilio. Fue extraño, pues la puerta y ventanas habían sido tapadas con tablas y la y la rras de metal no hice ni el intento de llamar a la puerta en cambio, me dirigí a las oficinas de la revista para preguntar si no sabían algo de Rodrigo. En las oficinas no me supieron dar razón alguna de él, sólo que había llamado para avisar que estaría atrasado con la entrega mensual. Regresé caminando hasta su casa y me quedé sentado en la acera de enfrente. Esperé cerca de una hora el sol comenzaba a vagar justo estaba por irme Cuando alguien tocó mi hombro izquierdo era Rodrigo. Sin mediar palabra alguna, me indicó que lo siguiera. Cuando salimos de su cuadra, me preguntó si podía pasar esa noche en mi casa. Sólo por esa ocasión yo le respondí que podía quedarse el tiempo que deseara, pero que me explicara qué estaba pasando. Una vez que llegamos me dijo que estaba en problemas y que tenía miedo de regresar a su casa, pues se había metido con fuego muy poderosas. Yo le conté lo que vi aquella tarde que salí de su casa. Luego le pregunté si lo que le estaba siguiendo era eso una gual. Él me respondió exactamente así. No entiendes no se trata de un simple hombre que puede transformarse en animales, sino que su forma humana es simplemente otra de sus tantas transformaciones. No conocemos nada acerca de los nahuales. Después guardó silencio y yo me sentí muy nervioso, pues su rostro mostraba una mirada vacía. No quise seguir preguntando, pero mi mente comenzó a buscar explicaciones. Pensaba que Rodrigo tenía razón. Bien podría ser que un hual fuese un ser demoníaco que buscaba poseer una forma entendible ante los ojos humanos. Pero me extrañaba a escuchar esta declaración de quien yo consideraba el hombre más racional e incrédulo que conocía. Después de algunos minutos o incómodo silencio siguió diciendo. El problema es que esos seres pueden apoderarse de ti Yo caí en el error de participar en una invocación. Creo que fui ofrendado y ya no vivo tranquilo. Esa cosa me está casando y tarde o temprano me encontrará. Yo intenté convencerlo de que buscáramos ayuda, que podíamos encontrar a alguien que ayudara a liberarlo. Él no me contestó y simplemente se tiró en el sillón, quedándose dormido casi al instante. Cuando llegó la noche, desperté al escuchar unos pasos en la azotea parecían pisadas hechas por un perro. Al mismo tiempo, todos los perros del barrio comenzaron a ahullar y ladrar. Sonaban como desesperados. Salí de mi habitación y no encontré a Rodrigo, pues se había ido tan rápido que dejó la puerta abierta la cerré y mientras lo hacía, encontré una hoja con un símbolo pintado. Minutos después escuchó un un unos ladridos en mi patio. Me acerqué y alguien comenzó a golpear con una fuerza sobrehumana a la puerta. Me asomé por una pequeña ventana y allí estaba del otro lado, ese maldito perro con rostro humano estaba parado en dos patas, echaba espuma por la boca y hacía un sonido que parecía una risa demoníaca. Luego dijo mi nombre en voz alta. En ese momento mis nervios colapsaron. Todo, se me puso negro y perdí la conciencia. Desperté al día siguiente por suerte, no había perro en el patio, pero sí un desorden. Ya nunca volví a ver a Rodrigo levanté un reporte en la policía. Actualmente no vivo más en Ciudad de México ni trabajo para esa revista, que ya ha desaparecido. A veces. Pienso que ese maldito perro se llevó a mi amigo dioses antiguos. Desde que era muy pequeño. Siempre he encontrado demasiado aterradoras algunas imágenes y esculturas que representaban dioses en la antigüedad. Es una constante en cada una de las antiguas culturas llámese maya, azteca, egipcia o babilónica, donde sus dioses tienen una figura antropomórfica de características animalescas demasiado grotescas. Pareciera como si cada una de sus figuras intentara recrear a un tipo de criatura escondida entre la jungla de los primeros días de la civilización. Soy un joven estudiante de intercambio. Nací en España, pero desde hace unos años tengo residencia extendida en México. Exactamente vivo en Chiapas. He estado donde he realizado la mayoría de mis estudios mismos, que me llevaron a vivir una aventura de la que por poco no salgo con vida y no estaría aquí compartiendo los hechos que viví con este campo que desde hace tiempo llevo siguiendo. Todo comenzó durante mi primer año de residencia. Desde los primeros días aquí en México, quedé sorprendido ante el bajo costo de los alimentos y lo diverso que es en todo tipo de platillos y hortalizas. Además, la renta de departamentos y casas es bastante accesible. Por otro lado, la gente es muy amable. Me atrevo a decir que todo el tiempo que llevo viviendo en Chiapas, jamás he sido asaltado, ni me han robado ni nada parecido. Al contrario, he hecho grandes amistades. Pero ese primer año fue que conocí a cierto profesor a quien prefiero mantener en el anonimato, por lo que lo llamaré es simplemente Pedro. Pedro tenía acceso a ciertos sitios arqueológicos que normalmente no son conocidos a todo público por lo regular son excavaciones patrocinadas, por arqueólogos extranjeros y ya sea, por qué no se desea dar a conocer la noticia a nivel mundial, porque no existe la suficiente evidencia o porque los lugares representan un peligro para las personas cuya curiosidad puede llevarlas a visitarlos. Así fue que Pedro comenzó a llevarme a ciertos lugares interesantes y fue que, durante un período invernal, me invitó a una excavación donde encontraron varios objetos pertenecientes a una tumba de alguna especie de sacerdote antiguo. Según me dijo, no pertenecía a la cultura maya, ni estaba dentro de alguna antigua ciudad ni nada parecido, sino que la tumba en cuestión pertenecía a un tipo de brujo solitario, algo poco común entre las culturas antiguas. Acompañé a Pedro durante una época de cabañuelas. Es cuando llueve durante el invierno y aunque la lluvia no era tan intensa, si aumentaba el frío. Aún así, me atrevo a asegurar que en el lugar donde se llevó la excavación se notaba cierto aire sepulcral como cuando entras a una cripta en el cementerio. El lugar se localizado. Estaba dentro de las tierras de un familiar de Pedro, por lo que no hubo problema alguno con los permisos Para acabar. Tuvimos que acampar, pues aún cuando esas tierras eran privadas se encontraban alejadas de las construcciones donde los dueños tenían su granja. Solo tuve que poner mi casa de campaña, pues Pedro ya tenía varias lonas para protegernos de la lluvia. Los peones que le habían ayudado a acabar se habían ido. Volverían el fin de semana para llevarnos de vuelta al rancho y de ahí a la granja y después a la capital. Cuando llegué, la lluvia había parado y Pedro quiso llevarme de inmediato a que atestiguara su hallazgo. El lugar estaba justo debajo de un árbol que, debido a las lluvias y al nivel de humedad, la madera terminó pudriéndose. Y cuando cayó el árbol, los peones vieron que debajo de las raíces había una construcción que rodeaba el lugar, cosa que se les hizo extraño. Entonces, después de esta rra dieron con varios objetos de cerámica, varios de los cuales rompieron creyendo que encontrarían oro dentro, pero lo único que encontraron fueron huesos. Los peones, que eran bastante supersticiosos, le pidieron al patrón que volvieran a sellar la tumba, pero el patrón llamó a Pedro, que puso a los hombres a seguir cavando. Pedro me mostró un par de esculturas de cerámica que tenían una forma de seres antropomórficos. Parecían una mezcla entre perro y humano. Tomé el objeto entre mis manos y ese viejo miedo hacía las figuras de dioses antiguos Brotó. Desde mi inconsciente por un segundo perdí el control de mi mano y la figura cayó al piso. Esta se rompió en muchos pedazos y dentro de ella algo Brotó era una esmeralda de color púrpura. Pedí una disculpa a Pedro. Él me dijo que no importaba pues de haber mantenido el objeto intacto, Tal vez ni siquiera nos hubiéramos dado cuenta de lo que guardaba en su interior enseguida. Bajamos a la tumba con cuidado usando una escalera hecha con cuerdas. Estando abajo, no pude evitar notar cierto aroma parecido al de los zoológicos, en específico, al lugar donde se encontraban los leones. El olor era tan intenso que casi voomito Pedro notó mi malestar enseguida. Me dijo que el olor tal vez era a causa del nivel de descomposición de la tierra. Yo no creí en sus palabras, pues no era la primera tumba en la que estaba y el aroma no es parecido en lo más mínimo al olor de ese lugar. No era un olor a muerto, sino a carne fresca. Solo estuvimos hora y media dentro de la tumba. Después salimos, comimos algo y encendimos una fogata para calentar agua y preparar algo de café. Mientras bebíamos el café. Pedro me explicaba que su hipótepcisa cerca de esa tumba era que había permanecido a una especie de brujo que utilizó cadáveres, ya fuera de humanos o de animales. Creía esto porque, aparte de toda la cerámica que encontró, había huesos de perro y de diferentes personas, pero estos no se encontraban completos. Además, llevaban algunas incisiones que, según Pedro, eran símbolos para realizar rituales. La esmeralda púrpura que encontramos dentro de la figura de cerámica llamó la atención de Pedro y despertó su curiosidad. Según él, las esmeraldas eran piedras preciosas, altamente valoradas en muchas culturas antiguas y su color púrpura era inusual y poco común. Era posible que esta esmeralda tuviera un significado especial dentro del contexto de este brujo solitario y sus creencias. Después de terminar nuestro café, decidimos pasar la noche en nuestra tienda de campaña cerca del sitio de la excavación. A pesar de la fatiga y la atención, el cansancio finalmente nos venció y nos quedamos dormidos. Cerca de las dos de la madrugada me despertó un sonido tanto extraño como perturbador. El sonido era una especie de mezcla entre los gruñidos de un perro y el sonido que hacen los leones. Este era tan fuerte que calaba en los oídos. Sentía que me iban a reventar los tímpanos. Salí corriendo de mi tienda y me encontré a Pedro, que estaba muy pálido y tembloroso. El sonido ya había desaparecido aún así. Me preguntó si también lo había escuchado. Le dije que sí. Pedro llevaba consigo una linterna, pero no se animaba a iluminar fuera del campamento. Me decía que sentía mucho miedo y que había sido un error haber descubierto aquella tumba. Dijo que era muy probable que hubiéramos despertado el espíritu de un huar. Esa palabra la había escuchado antes durante un viaje a Sonora. Recuerdo haber oído de boca de unos tarahumaras la historia acerca de un chamán que tenía el poder de transformarse en un animal poderoso. Recordaba haber escuchado también que no todo el mundo podía llegar a realizar esta metamorfosis. Sólo aquellas personas que eran en verdad fuertes de espíritu. Y mente aún así existía el peligro de que el brujo en cuestión fuera absorbido por la forma animal y ya no sería capaz de regresar a su forma humana. Otros, en cambio, simplemente se volvían locos. Sentí pánico. Aún así me atrevía a iluminar con la linterna que Pedro no se atrevía a encender. Tenía la esperanza de que, al ver que se trataba de un simple animal, mi nieto irracional desaparecería Desgraciadamente, estaba equivocado y apenas encendí la luz. Pude ver una criatura cuya figura a n o n o n s ns. De hoy logré erizar mi piel cerca de la excavación. Iba en dos patas. Este cer es como si mezclara un perro salvaje con la figura de un ser humano. Babeaba y hacía ese sonido aterrador, como si un perro quisiera hablar de manera torpe El olor a león del zoológico se hizo más intenso. Era obvio que provenía de esa cosa. Volteé a mirar a Pedro y este lloraba de terror. No sabía qué hacer. La criatura parecía que se nos iba a echar encima. Noté que la criatura no intercambiaba mirada con nosotros. Pensé de inmediato que tal vez era ciega. Confiando en esto, le pedí a Pedro que no hiciera el menor ruido, que incluso contuviera la respiración. En ese momento, queriendo crear una distracción, tomé un pequeño galón de gasolina del vehículo que conducían los peones y arrojé su contenido a las llamas. Esto asustó a la criatura y se perdió en la lejanía del campo. Pedro y yo nos pusimos en camino anduvimos por largo trecho y justo cuando el cansancio nos parecía vencer, vimos a la lejanía. Los faros de un vehículo eran hombres de la Granja que al vernos de inmediato, nos recogieron y nos llevaron de vuelta a la Granja. Estuvimos debatiendo todo el camino acerca de si debíamos contar todo lo ocurrido o simplemente pedir a los hombres que cerraran la tumba sin mayor explicación. Al final decidimos no contarles, pues los hombres tenían miedo. Sabían que allí debajo algo muy malo había sido descubierto. Regresamos a la capital durante el recorrido no hablamos acerca del tema, y es que lo que nos había ocurrido era tan raro que, después de lo vivido difícilmente volveríamos a ser los mismos. Al menos en lo personal. Mi mente sufrió un colapso. Tardé mucho en mejorar todas las noches, Tuve pesadillas y terrores nocturnos. Incluso desarrollé un ligero temblor de manos. Aunque hoy en día ya puedo contar esta historia abiertamente. Aún me sigo preguntando si aquellas criaturas no fueron en algún tiempo dioses que poseyeron el cuerpo y el alma de brujos ingenuos. El monje solitario, cuando era joven, vivía cerca de un monasterio, de una orden benedictina, a la cual me terminé uniendo apenas tuve oportunidad de hacerlo. Soy originario de Santo Domingo, una isla cuyo paisaje es de lo más hermoso que puedas imaginar. La zona en la que vivía de niño era rural y solíamos comerciar y apoyar a los monjes que se dedicaban a la fabricación de queso y la siembra de algunas hortalizas. Los monjes solían ser muy herméticos y no hablaban más de lo necesario con la pequeña población. Solo el Abad y otro monje hablaban conmigo y con el resto de niños que jugábamos a las orillas de los muros del monasterio. El Abad era un hombre amable al cual le gustaba contarnos historias bíblicas para reflexionar, aunque también nos llegó a contar relatos de fantasmas. Él siempre me dijo que yo poseía un gran don que algún día me ayudaría a luchar contra el mal. Mi madre falleció de manera prematura y yo siento hijo único. La única opción que tuve fue unirme a la orden, y no es que no supiera sobrevivir en el mundo, sino que también sentí un enorme llamado de la fe. Yo fui enviado un tiempo a México, primero para formación monacal y después evangelización y servicio a comunidades necesitadas. Durante mi estancia allí aprendí mucho sobre la fel y el l trabajo en equipo. Sin embargo, siempre sentí un fuerte llamado a regresar al monasterio y vivir una vida de soledad y contemplación. Después de completar la misión en México, regresé a mi hogar en Santo Domingo y tomé la decisión de unirme a la orden Benedictina. Como Novicio, fui recibido con los brazos abiertos por los monjes, aunque seguían siendo en su mayoría reservados y dedicados a su vida monástica. Pero ahora algo llamaba mi ser hacia la tierra de México. Ya no lo sentía. Mi hogar Santo Domingo, dentro de mi interior me sentía como un extranjero en mi propia tierra. Dentro de mi interior me sentía como un extranjero en mi propia tierra. Entonces decidí llevar una vida de ermitaño. Mi vida como monje solitario comenzó en una pequeña barranca cerca del monasterio. Allí pasaba la mayor parte de mis días en oración, meditación y estudio de textos sagrados. Me sumergí en la lectura de la Biblia, los escritos de los Santos Padres y otros textos espirituales. En la tranquilidad de mi celda encontré una profunda conexión con Dios y experimenté una paz interior que nunca había sentido. Pero no sólo eso. A veces sentía la presencia de una oscuridad profunda que más tarde aparecería en mi vida. Fui enviado una vez más a México por cuestiones de seguridad. Prefiero reservarme los nombres verdaderos de los lugares a los que fui. Solo diré que fui enviado a un monasterio en una tierra árida en el norte del país. Era un bonito monasterio levantado en piedra y ladrillo, un poco más pequeño que el de Santo Domingo y, al igual que el de mi hogar, estaba justo al lado de una comunidad llena de niños que pertenecían a una etnia indígena. Aunque por los votos de mi orden no era también visto que interactuáramos mucho con las personas, yo sentía una necesidad profunda de platicar, intercambiar historias que había escuchado en mis viajes, además, por saber qué tenían por contar tantas personas interesantes en esa comunidad. Así pues, comencé a estrechar algunas buenas amistades. Un hábito que siempre he tomado, aparte de la oración, es la meditación y suelo llevarla a cabo en los lugares más inhóspitos, pues esa es la manera en que me siento más conectado con lo divino, y mi lugar favorito era colocarme en posición de loto sobre una de las células de la capilla principal. Una tarde encontré serenidad y el día estaba más nublado que otros días. En la lejanía llamó mi atención una sombra sobrenatural, se posó muy cerca de la comunidad y se movía de manera extraña. Poco a poco, la sombra, se acercó al monasterio y de pronto se posó frente a mí. Luego se desvaneció. Una noche después del servicio, cuando ya cada monje se encontraba en su barraca. Un grupo de personas irrumpió en las puertas tocando tan fuerte que todos fuimos llamados un grupo de pobladores. Hablaban con el Abad. Decían que en la noche habían visto una extraña criatura merodeando la comunidad y que había raptado a un par de niños de una casa. Decían que no se trataba de cualquier cosa, sino de un ente maligno, el cual ya había atacado en el pasado. El Abad no pudo ofrecer gran ayuda. Solo les aseguró a las personas que haríamos oraciones durante el resto de la noche para que Dios les ayudara a encontrar a esos pobres niños. Pasaron los días y las cosas se pusieron peores. Aunque los niños fueron localizados, trajeron consigo un testimonio de lo más aterrador. Decían haber sido raptados por una especie de hombre oso que de su cuerpo desprendió una especie de sombra maligna. Según ellos, la criatura se transformaba en diferentes formas, pero que su forma original era la de un hombre con ojos totalmente negros. Los niños pudieron huir de él. Cuando esta cosa cambiaba de cuerpo, salieron corriendo hasta encontrarse con el dueño de una carreta. Este relato despertó mi interés, pues algo dentro de mí sabía qué ocurría. Tenía que ver directamente con aquello que visualicé aquella tarde, esa sombra tenebrosa que se postró frente a mí. Sentí un llamado divino, así que comencé a escaparme del monasterio para investigar más sobre lo que estaba ocurriendo, y es que algo dentro de mí me decía que más allá de la oración, podía intervenir de otra manera para poder ayudar a la comunidad. Escuché acerca de que habían visto un enorme felino corriendo en el cementerio comunitario. También escuché acerca de un aquelarre de brujas, ardiendo en la lejanía, donde el desierto era más profundo, y escuché, por parte de un hombre que tenía fama de ser muy rudo acerca de cómo vio a un hombre transformarse en una especie de perro. Según el hombre, aquella criatura era un huar, una especie de brujo que, debido a un pacto con el demonio, poseía la capacidad de transformarse a voluntad en cualquier tipo de animal. Me puse a deambular por el cementerio, pero no me encontré con la sombra ni con la criatura. Las personas estaban encerradas por aquel entonces se sentía una atmósfera de miedo. Muy pocas personas accedieron a hablar conmigo. Me puse a tejer escapularios con los restos de varias túnicas que encontré. Le pedí a un sacerdote que a veces nos visitaba para que las bendijera. Comencé a regalar los relicarios entre la Comunidad con la finalidad de ofrecerles algo de protección contra esa sombra. Los avistamientos de ese nahual llegaron hasta el monasterio y rápidamente escuché relatos entre los hermanos acerca de gatos que hablaban como si de una persona se tratara. Los hermanos decían que eso sólo podía hacer obras del propio Satán. Yo profundice más en mis meditaciones, pues allí es donde alcanzaba a captar a esta sombra. Fue durante la madrugada de un viernes de agosto que me despertaron los gritos de mis hermanos. Apenas llegué al pasillo, noté que todo era caos. Todos corrían atropellándose los unos a los otros en dirección a una de las capillas. Todos decían que un animal salvaje había entrado al monasterio, que mordió y arrancó un trozo de pierna al prior espantado. Miré la sangre muy cerca de la capilla, pero lejos de amedrentar, fui directamente hacia el altar. Tomé un crucifijo con la llave de San Benito y me coloqué en la entrada protegiendo a mis hermanos. Entonces lo vi cara a cara un hombre que había perdido su humanidad y su alma, siendo poseído por un instinto animal puro jadeaba y echaba espuma por la boca tras una cruz en el aire bajo el sello de San Benito, exigiendo a la bestia alejarse de nosotros. Este gesto logró reunir algo de valor en mis hermanos, que pronto se colocaron a un lado de mí y comenzaron a realizar oración. La criatura se mantuvo alejada de la puerta. De pronto un monje comenzó a rociarle con agua bendita. Mientras bendecía en el nombre de Dios. La criatura comenzó a echarse para atrás. Parecía sacar chispas de los lugares donde caía el agua bendita. Al final se echó en cuatro patas y salió huyendo. Cuando las cosas se tranquilizaron, no logré dormir. Me puse a meditar y fue cuando comprendí las palabras que me decía el abad en Santo Domingo tenía un don y debía utilizarlo para pelear con el enemigo. Tuve un enfrentamiento espiritual contra ese nahual que en esencia no se trataba de otra cosa que un alma torturada, invadida por un instinto sangriento voraz con la ayuda de la luz divina. Por muchas noches le bendije y recé por él. Con el pasar de los días, las cosas regresaron a la normalidad, pero yo comencé a plantearme dejar la vida monástica. Convencido de que esta era mi verdadera vocación, decidí abandonar mi vida como monje solitario y emprender un camino espiritual que implicaba una lucha distinta. Aunque mantengo ciertos hábitos que llevaba durante mi vida de monje, no me escondo en un monasterio vivo entre la gente a quien ayudo cada que puedo. Honro a Dios a mi manera y le sirvo peleando contra la maldad. Aunque en mi carrera he enfrentado diversos sentes. Ninguno era tan poderoso como aquel nahual que tenía la fortaleza para enterar a un lugar sagrado y atacar a los propios siervos de Dios Taroth y seres extraños. Hace varios años viví en el extranjero. Trabajé para una empresa que se dedicaba al empacado de vegetales, esto en ser Estados Unidos. Mi familia vive en México, por lo que crecí escuchando relatos sobre brujas, fantasmas y demás casos paranormales. Siempre fui muy rebelde y para mis padres una decepción por haber sido madre antes de los quince años. Por ese motivo decidí migrar a Estados Unidos, siempre de forma legal con visa de trabajo. Fue difícil adaptarme, pero necesario, pues estar allá me ayudó a enfocarme solo en el trabajo, dejando de lado las fiestas, los vicios y la pérdida de tiempo. Lo más difícil de estar allá fue que el primer año estuve sin mi hijo. En la actualidad lo tengo viviendo conmigo, pero eso es otra historia. La historia que deseo compartir el día de hoy es sobre mi primer año viviendo en Estados Unidos. Tomé la decisión de viaje a causa de un amigo a quien le iba bastante bien. Él fue el que me apoyó para sacar mis papeles y conseguir empleo en la misma empresa en la que él trabajaba. Desafortunadamente, este amigo falleció a los pocos meses de que llegué a los Estados Unidos, motivo por el cual tuve que buscar alojamiento en otro lugar. Conseguí una habitación de alquiler en una casa de Huéspedes que era un edificio muy antiguo, probablemente de la época de la colonia, lugar donde conocía a personas de diversas nacionalidades, entre ellas una que venía de Belice, su nombre era Ebelin y decía poseer el don de la adivinación. Rápidamente hice amistad con ella, pues teníamos mucho en común. Yo por ese entonces poseía un enorme interés en todo aquello que a las artes oscuras se refiere, aunque debo confesar que esto era a causa de mi mal estado de ánimo, pues aunque me sentía optimismo por estar haciendo dinero, también me sentía destrozada y fracasada, además de sentir pena por la pérdida de mi amigo. Hoy en día tengo la teoría de que un estado de ánimo decaído atraía todo tipo de seres malignos. Ahora bien, Evelyn practicaba cosas sencillas como la lectura del tarot una que otra sesión de espiritismo nada que fuera exagerado. Un día, cuando regresé del trabajo, encontré a Ebelín muy entusiasmada. Decía que había encontrado un cofre con varias cosas interesantes en un basurero de Entre los objetos que encontró llamó mucho mi atención una baraja de tarot bastante extraña. Tenía unos seres, mitad humano mitad animal, Había un hombre perro, otro era como un gato y una mujer con la horrible forma de un buitre. Cada una de las cartas era tanto bizarra como aterradora y en la parte superior derecha se leían una secuencia de símbolos que ni Evelyn ni yo logramos identificar. Dentro del cofre también encontramos pelo de animal, garras disecadas y cuernos de animales tallados. Ebelyn me dijo que una cosa era segura. La caja había pertenecido a una bruja o brujo y los objetos en cuestión servirían para realizar algún ritual. Yo sentí una vibra muy pesada en torno a los objetos, sobre todo en cuanto a las imágenes del tarot, así que le sugerí que se deshiciera de la caja en cuestión. Pero ella se negó. Me dijo que no tuviera miedo, pues fuese lo que fuese, ella podía lidiar con cualquier tipo de entidad. No quise discutir con ella, así que me quedé callada. De repente, las cartas de Taroth comenzaron a volar por sí solas, cosa que era extraña, pues en la habitación de ella no se filtraba el aire, ya que no contaba con ninguna ventana. Además de que las cartas prácticamente tocaron el techo, luego caer cayeron al piso. Luego comenzamos a escuchar los maullidos de un gato. A mí me empezó a doler la cabeza, así que le dije a Ebelin que me iría a mi cuarto. Tuve horribles pesadillas Esa noche Soñé que una criatura a mitad humano, mitad gato, salía debajo de las escaleras de la casa. Tiraba del cabello a Ebelín hasta desprenderse con todo y cuero cabelludo. Después, la bestia se dirigía hacia mí y yo me encerraba en mi habitación y al no lograr entrar, se convertía en una sombra negra que entraba por debajo de mi puerta. Desperté gritando de horror. Sentía alivio al ver que sólo fue un sueño. Sin embargo, escuché unos arañazos en mi puerta y ese maldito sonido de gatos. Queriendo aparearse antes de dirigirme al trabajo. Toqué la puerta de Ebelith, pues cada mañana tomábamos el café juntas no me abrió le toqué dos veces más? Luego pegué la oreja a la puerta, pero no escuché nada, que no fuera el sonido de su frigo bar No quise insistir y mejor me fui. Cuando regresé, volví a tocar a su puerta, pero de nuevo no obtuve respuesta toqué dos veces más entonces le escuché pedirme que le esperara. Después de un par de minutos abrió la puerta, salió con una cara terrible de cansancio dentro las cartas del tarot y demás objetos estaban regados por doquiera de inmediato. Me contó que había pasado muy mala noche, que tuvo una crisis de insomnio y salió a dar la vuelta alrededor de la casa. Cuando de pronto miró un animal parecido a un gato que casi se le echó encima. Decía que el animal prácticamente hablaba como una persona y toda la noche lo escuchó afuera de su cuarto. Le pedí que se tranquilizara, pues probablemente todo había sido un sueño. Luego le conté mi sueño y le dije que nuestra mente se había sugestionado a causa de las horribles imágenes en las cartas de tal. Además, si había visto un gato o no, no era motivo de espantarse. Mis palabras lograron tranquilizarla. Me pidió que pasara la noche con ella, ya que, aparte de sentir miedo, se sentía sola, vacía y muy deprimida. Al llegar después del trabajo, le ayudé a acomodar su habitación. Sólo no me atrevía a tocar las cosas del baúl, ya que terminamos encargamos algo de pizza y bebimos un par de latas de cerveza. Ambas terminamos dormidas sobre una alfombra peluda que tenía en su habitación. Cerca de las tres de la madrugada me despertaron unos sollozos. Evelyn estaba sentada en la orilla de su cama. Lloraba desconsolada. Yo me levanté e intenté abrazarla. Me alejó de ella y me pidió que la dejara, que no merecía que sintiera lástima por ella, pues me había mentido, además de haber cometido un terrible error, que no sabía cómo solucionar. Yo le dije que todo tenía solución. En eso comenzamos a escuchar de nuevo ese maldito sonido de gatos. Apareándose. Ebelin se puso de pie y me dijo casi gritando que esos sonidos no venían de un gato, sino de otra cosa que nos estaba buscando y nos atraparía. Se echó a llorar y luego me dijo que el cofre no lo encontró en un contenedor, sino que se lo había robado a un chamán que había conocido Nuevo México. El hombre era originario de la Sierra Taroumara y poseía el poder de invocar demonios. Le dije a Ebeling que podíamos deshacernos del baúl. Ella soy, Yo soy, y después me dijo que no entendía la gravedad del asunto, pues ella misma estaba siendo poseída por ese poder y tarde o temprano cambiaría de forma dudando de su cordura. Preferí despedirme y salir en dirección a mi habitación. Aún cuando sentía miedo del sonido de ese maldito animal. No me encontré con ningún gato a ul fuera, pero sí con un extraño sujeto de rasgos indígenas. Él estaba parado en la entrada, llevaba sobre su hombro pieles de animales. Yo sólo lo miré de reojo y corrí a mi habitación. No logré dormir por el resto de la noche, el resto de la semana. Ya no había Ebelin y no era que la estuviera evitando. Solo no acudía a buscarla. Un día después de que regresé del trabajo, encontré las cartas de Taroth bajo mi puerta. Las cartas estaban manchadas de sangre, pero no parecía la sangre de un ser humano. Me sentía enojada al verla así y decidí ir en busca de Ebelín para reclamarle toqué su puerta. Varias veces, pero no obtuve respuesta preocupada, intenté abrir la puerta. Esta no tenía llave, La abrí y encontré la habitación en un completo desorden. Ebelly no estaba allí, pero su cama estaba revuelta y algunas pretende estaban esparcidas por el suelo. Decidí revisar el baúl que contenía las extrañas cartas de Tarot y demás objetos Cuando lo abrí me encontré con un fuerte olor a podrido. Había algo desagradable en su interior, pero no lograba identificar qué era. Al remover algunas cosas, encontré un pequeño paquete envuelto en tela. Al abrirlo, descubrí horrorizada que contenía cabellos y uñas humanas. Decidí informar al encargado del edificio sobre la extraña desaparición de Ebelin y mostrarle las perturbadoras cartas y objetos que había encontrado. No sabía qué más hacer. Mientras esperaba que llegaran. Sentí una opresión en el aire, como si algo estuviera Observándome después juro por Dios que escuché cómo pronunciaban mi nombre. Salí corriendo de esa habitación y apenas tuve oportunidad me mudé de casa, pues durante el resto de tiempo que permanecí en esa casa de Huéspedes. Escuchaba ese maldito pronunciando mi nombre fuera de mi habitación. Relatos escritos y adaptados por Mauricio Farfán