Nov. 5, 2023

Mi Madre Hizo Un Pacto Con La Santa Muerte Historias De Terror - REDE

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Mi madre hizo un pacto con la Santa Muerte. Es una realidad que cuando un ser humano nace en algún tiempo, morirá. El antagónico de la vida es la muerte. Aunque se tiene el conocimiento de ello, nos sigue ocasionando incertidumbre y miedo. Se vive sin saber cómo y cuándo sucederá el día en que la muerte le ponga fin a la vida. Tal vez ese sea el principal motivo por el que se ha formado alrededor de la muerte una serie de mitos los que han permitido que ese temor sea más llevadero. En México se le ha dado dos connotaciones. Una en la que se le rinde un culto divertido y eterno en el que se cree que aunque una persona muera, continúa la vida en otro mundo. La manera en que realmente no muera es mantener un recuerdo vivo de él. Para eso se hace un altar de muertos el día uno y dos de noviembre. La otra forma de darle un sentido menos fatídico a la muerte es otorgándole a la santa muerte el poder de protección, así como donadora de favores. El favor principal es preservar la vida. La situación que viví al lado de mi madre me llevó a indagar un poco más sobre la muerte, sobre todo porque mi mamá se obsesionó con este ser Esto ocurrió a partir de que mi hermano pequeño se enfermó durante varios años. Fui el hijo único. Mis padres trabajaban para poder mantener un nivel económico bueno. En un inicio estuve en guardería, pero después mi abuela materna me quiso cuidar, Así que los primeros años pasé la mayor parte del tiempo con mi abuelita tenía ocho años cuando escuché a mi madre decirle a mi abuela que estaba embarazada y que probablemente dejaría de trabajar porque sería complicado que ella cuidara a dos pequeños en casa. Recibimos la noticia con gran alegría. Me entusiasmaba la idea de poder tener un hermanito o hermanita en lo personal. Prefería que fuera un niño para poder enseñarlo a jugar fútbol, aunque no tenía ningún problema si fuera niña, me ponía muy contento. Cada vez que veía un abultamiento en el vientre de mi mamá. Ella decía que mi hermanito me estaba saludando. Mantenía una gran relación con mi madre. Con mi papá era muy distante porque la mayor parte del tiempo estaba trabajando o salía de viaje. Recuerdo que el veintitrés de noviembre llegó el día indicado nació mi hermanito en casa. Lo recibimos con una sencilla celebración. Los primeros años transcurrieron entre llantos pañales y viverones. Cuando mi hermanito Alan tenía cuatro años, una noche en la que estábamos dormidos, me despertó un ruido extraño. No sabía qué era ni de dónde provenía para esa época. Tenía doce años. Me senté en la cama y pude ver que mi hermano se movía mucho. Traté de despertarlo sin conseguirlo. Le grité a mi mamá que algo le sucedía a lan enseguida. Llegaron mis padres lo envolvieron con su cobija y se lo llevaron a la sala de urgencias del Seguro Social. Antes de irse, me preguntaron si me podía quedar solo o me iba con ellos. Me dio miedo quedarme con la incertidumbre de no saber qué le sucedía a Alan. Mi mamá ingresó de inmediato con mi hermano en urgencias pediátricas. Me quedé con mi papá en la sala de espera. Después que pudieron controlar a mi hermano, salió mi mamá para decirnos que Alán había convulsionado. Los médicos no lo podían sacar de la crisis convulsiva. Tuvieron que darle distintos tipos de medicamentos para que la convulsión comenzara a ceder y que lo iban a subir a piso para realizarle estudios y saber por qué mi hermanito había convulsionado. En aquella ocasión, mi madre se quedó en el hospital durante una semana a mi hermano Allán le hicieron electroencefalogramas, tomografías y resonancia magnética. De esta manera fue como los médicos dieron el diagnóstico. Se trataba de epilepsia. Alan estuvo en tratamiento durante varios años. Nunca supe si esa enfermedad repentina que tuvo mi hermano fue producto de una herencia genética, de alguna anormalidad en su sistema nervioso. Esto último fue porque mi hermano cambió drásticamente antes de que él enfermara. Era un niño muy apacible. Hablaba muy poco, Sólo decía algunas cuantas palabras sueltas. Se entretenía sólo jugando con sus juguetes A partir que él salió del hospital. Con ese diagnóstico se transformó en un niño agresivo. Las pocas palabras que decía las dejó de hablar. Sólo emitía sonidos guturales. Se enojaba fácilmente. De repente. Cualquier cosa que estuviera cerca de él la agarraba y la lanzaba hacia mi padre o hacia mí en una ocasión me dio con su zapator topédico en la cabeza. Me dejó una le en la frente. Mi mamá le comentó al neurólogo las conductas agresivas de allán. Le dijo que él era un niño muy tranquilo y que después de comenzar a tomar el medicamento, se transformó en un pequeño muy agresivo. El pediatra. Lo único que le dijo fue que era muy extraño que el niño tuviera ese tipo de comportamiento, ya que el medicamento era supresor del sistema nervioso central, por lo que debía de provocar otro tipo de reacciones, como la somnolencia la tranquilidad. Sin embargo, como al médico no le interesaron los cambios que tuvo mi hermano, mi mamá tuvo que buscar respuestas en otras partes. Fue una época difícil porque fueron tiempos en los que de repente había que correr al hospital, porque con todo y medicamento Alan convulsionaba, fue necesario complementar su tratamiento con terapia psicológica de motricidad y lenguaje. Después de un año, una noche en la madrugada me desperté abruptamente por un ruido que me sobresaltó. Era mi hermano. Alán estaba un poco acostumbrado a sus convulsiones. Sin embargo, en esta ocasión fue distinto de inmediato le hablé a mis padres. Lo bueno fue que en esta ocasión mi papá no estaba de viaje. Él fue quien nos llevó al hospital. Mientras mi papá conducía. Entre mi mamá y yo tratábamos de lidiar con la convulsión de mi hermano En el asiento de atrás del auto, de repente, alance quedó inerte. Mi mamá me miró con miedo y angustia, aunque tenía trece años. Su mirada me lo dijo todo. Mi hermano acababa de morir en sus brazos. Ella dio un grito desgarrador que jamás olvidaré ni siquiera supe cómo reaccionar. Cuando llegamos al hospital, nos dijeron que mi hermano ya no tenía signos vitales. Nos dieron varias explicaciones respecto a su muerte, que mi hermano había bronco aspirado, que su cerebro no resistió las descargas y más rescin puestas en las que ya no quiero profundizar. Mis padres hicieron los trámites pertinentes para el certificado de defunción y el funeral. Durante la velación del cuerpo de Alán, siempre estuve al pendiente de mi mamá. Esperaba que se pusiera mal, incluso que se desmayara. No sucedió así. Estuvo callada sufriendo en silencio con su mirada perdida. El día que regresamos del cementerio por la tarde. Fue muy doloroso ver el estado de mi mamá. Mi papá también se veía afligido y triste, pero no de la misma manera en que estaba mi madre. Ella quiso ir a dormirse y no despertó hasta el día siguiente. Por la mañana se levantó realizando sus quehaceres después nos dijo que iba a salir. Mi papá le preguntó a dónde iba y ella le dijo que tenía unas diligencias que hacer. Mi padre quiso llevarla en el auto, pero ella se negó. Dijo que necesitaba estar a solas caminar un ratito al aire libre. Se tardaría un poco en llegar que no tuviéramos pendiente por ella. Todo estaba bien. Me sorprendí de ver la manera en que mi madre estaba llevando la pérdida de mi hermano. Ella tomó su bolso y se marchó. Cuando me quedé a solas con mi papá, fue la primera vez que sentí un poco de vínculo con él. Tan sólo de verlo sumido en una gran tristeza, lo abracé y él lloró conmigo. Después de un rato. Le dije que si veíamos una película juntos, creo que ninguno de los dos teníamos ganas de hacerlo, pero ambos buscábamos una manera de distraernos. La pasé muy bien con mi papá y fue muy bueno, porque a partir de ese día comenzamos a tener una mejor relación. Ese día, mi mamá demoró en llegar casi eran las diez de la noche cuando escuché el ruido de la llave. Cuando la introdujo en la puerta, ya la estaba extrañando, corría a abrazarla. Ella respondió a mi abrazo de una manera distraída. Se le veía a uer extraña, efusiva y alterada. Mi papá le preguntó por qué se había tardado tanto. Mi mamá le respondió que fue a buscar respuestas que, por suerte, las había encontrado. Ella ni siquiera se acordó de la cena. Nos dio un beso efusivo y se fue a su recámara. Mi papá notó la forma en que me quedé desconcertado por la actitud de mi mamá. Él se acercó para decirme que la entendiera. No era un proceso fácil el que estaba pasando. A todos nos estaba doliendo mucho la ausencia de mi hermano Alán, pero a quien más le estaba afectando era a ella, así que teníamos que tenerle paciencia en lo que aceptaba la muerte de mi hermano, aunque sus palabras eran reconfortantes. Noté que a él también estaba muy afectado, pero trataba de contenerse para darnos valor a nosotros. A partir de esa noche empecé a ver extraña a mi mamá. Al día siguiente se levantó muy temprano. Nos dejó listo el desayuno y mi refrigerio para la escuela. Le dijo a mi papá que me llevara al secundaria y se marchó. Cuando llegué de la secundaria, ella no había llegado. Fui con mi vecina, doña mar y para pedirle las llaves. Ella era una señora de edad avanzada. Nos teníamos mucha confianza cuando salía de vacaciones o algún lugar nos dejaba encargada su casa y las llaves. Por cualquier incidente que viéramos de la misma manera, a mi mamá hacía lo mismo, así que fui con mi vecina para que me prestara las llaves. La señora me recibió con mucha calidez. Me dijo que mi mamá le había llamado para pedirle de favor que me diera de comer y también las llaves. No tenía hambre, por lo que no quise quedarme en su casa. Le agradecí y me fui a mi casa. Ella me dio en un recipiente de plástico la comida para que más tarde me la comiera. Mi mamá llegó casi a las seis de la tarde. Llevaba un muñeco en forma de bebé. El muñeco era un bebé de tamaño normal. Parecía de verdad le pregunté para qué lo quería. Ella me dijo que no hiciera preguntas. Le había costado mucho tiempo encontrarlo. Me pidió que me acercara a saludarlo y darle un beso. Se llamaba igual que mi hermano Alan. Después que me dijo el nombre del bebé, me sorprendí mucho. En ese momento me di cuenta que ella no estaba sobrellevando nada bien la muerte de mi hermano. No le quise decir nada mejor, me acerqué y le hice una caricia a la cabeza del muñeco. Mi madre se puso muy contenta por esa acción que tuve. Me abrazó muy agradecida y se metió a su cuarto. Acostó al muñeco sobre su cama, Le puso almohadas alrededor para que no se fuera a caer. Después buscó en el closet se subió a una escalera para poder alcanzar la parte más alta del mueble. De ahí sacó ropa de bebé que era mía y de mi hermanito lo supe porque la tenía separada en cajas con el nombre de cada uno de la caja que tenía marcado el nombre de mi hermano. Sacó su ropa y comenzó a vestir al muñeco. Se me hizo una acción tan rara porque tan sólo de verle la cara de emoción que ponía mi mamá. Sentí que no era nada bueno. A ella no le quise decir nada. Preferí esperar a mi papá para hablar con él sobre la conducta de mi mamá. No sólo llevó al muñeco simulando que era mi hermano. También llevaba una serie de objetos con los que se puso a hacer un altar a la muerte. Era una figura de la Santa Muerte vestida de color blanco en la sala. Hizo espacio para hacerlo. Le puso flores, quemó unas tortillas hasta que quedaron negras y se las puso en un plato. Le encendió tres veladoras, se incó delante de ella y se puso a orar me. Quedé extrañado con las acciones de mi madre. Ella siempre había profesado la religión católica. Verla orando delante de la muerte me pareció peor a que creyera que ese muñeco era mi hermano. Le pregunté por qué ahora creía en la Santa muerte si nunca estuvo de acuerdo en que las personas creyeran en ella. Lo que me respondió dio me dejó confundido. Me dijo que ella le iba a hacer un gran favor, ya le había pedido mucho a Dios y nunca la escuchó. Incluso se llevó a su hijo. No tenía por qué seguir creyendo en él si nunca hizo nada por nosotros, todos esos años de sufrimiento. Cuando Alan estuvo enfermo, preferí no decirle nada más porque no había palabras que la hicieran entrar en razón. Ese día, mi papá llegó más tarde de lo común. Habló por teléfono para avisar que tenía que quedarse tiempo extra que llegaría hasta las diez de la noche para ese entonces ya me encontraba desesperado porque mi madre no tenía ojos más que para el muñeco que había traído. Lo llevaba por todos lados de la casa. Entre las cosas que teníamos encontró un porta bebé. Ahí acomodó al muñeco lo ponía en todas partes en las que ella estaba, le platicaba, le cantaba y hasta lo arrullaba. Tuve la intención de ir con mi vecina para pedirle que hablara con mi madre, pero me dio pena hacerlo. Escuché Cuando llegó el auto de mi padre, sentí un gran alivio porque él podría hacerle ver a mi mamá que ese muñeco no era mi hermanito alán. En cuanto mi papá entró a la casa, lo primero que vio fue el altar a la Santa muerte. Sin decirme nada. Se fue directo con mi madre, la confrontó y le pidió que quitara ese altar de la sala. Nunca habían rendido culto a la Santa muerte que de santa no tenía nada. No lo iban a hacer. Ahora. Mis padres tuvieron un enfrentamiento a causa de las nuevas creencias de mi mamá. Ella, llorando quitó el altar, guardó los objetos en una caja y los metió a su cuarto. Mi padre le dijo que no los quería. Dentro de la casa le pidió que se los llevara. Ella los tomó y los sacó a la cochera. Le dijo a mi padre que al día siguiente los tiraría a la basura. Mi mamá estaba tan molesta que miró a mi papá con mucho coraje. No puedo negar que su mirada me dio miedo. Era como si sus pensamientos fueran violentos por la forma en que lo vio. Esa noche, la casa se llenó de energía negativas. Se sentía la atmósfera pesada. Me costaba trabajo respirar. Me salí un momento al jardín y me senté en el piso de la cochera mientras recordaba a mi hermano, que también extrañaba mucho. No supe cuánto tiempo me quedé ahí, mirando hacia las estrellas. Quería pensar que de alguna manera él seguía conmigo. Cerré los ojos para tratar de borrar los momentos difíciles que vivimos con él y de recordar algunos otros en los que la pasamos muy bien y poco a poco me fui tranquilizando. De pronto escuché un ruido al interior de la caja que había sacado mi madre. Me levanté de inmediato porque pensé que algún animal estaba dentro de ella. En lo primero que pensé fueron en cucarachas, pero el ruido era más fuerte. Vi cuando una rata enorme se asomó. Me metí de inmediato a mi casa. Me asomé por la ventana. En efecto, la rata se salió de la caja y corrió. Mi papá se había quedado en la sala, Se le veía abrumado, Me hizo una señal para que me acercara con él. Me senté a su lado mientras él me abrazaba. No fue necesario que habláramos. Nos quedamos por unos segundos juntos hasta que escuchamos otro ruido en la cochera. Le dije a mi papá que se trataban de ratas. VI cuando una de ellas salía de la caja, él me dijo que al día siguiente le llamaría al señor que fumiga para que eliminara las ratas. Sin embargo, después los sonidos se empezaron a escuchar al interior de la casa. En el patio se oía como si hubieran más ratas y estuvieran chillando. Nos asomamos al patio. Mi papá encendió la luz y pudimos ver cuando corrieron muchas de las ratas a esconderse hacia la oscuridad. Mi padre me dijo que ya era tarde para comunicarse con algún fumigador, pero le llamaría al día siguiente. Me dijo que no me preocupara. Todo estaría muy bien. Me acompañó a mi cuarto para irnos a descansar. Al abrir la puerta de mi habitación, vi que algo se escurría entre la oscuridad. Le dije a mi papá que creía haber visto una rata que andaba en mi cuarto. Él me dijo que, si no tenía inconveniente, lo mejor era que durmiera en la sala. Uno de los sillones se podía hacer cama entré para agarrar una cobija y una almohada antes de cerrar la puerta. Sentí como si alguien empujara la puerta. No le quise decir nada a mi papá porque él no se dio cuenta. Nos fuimos a descansar esa noche. No pude dormir muy bien, ya que seguí escuchando muchos ruidos dentro y fuera de la casa. Hubo un momento en que el sueño me venció. Me quedé profundamente dormido hasta que me despertó el sonido de un objeto que se cayó en la sala. Era uno de los adornos de la mesa de centro. No estoy seguro de lo que vi, pero alcancé a notar que era la sombra de una persona que caminaba hacia la habitación de mis padres. Parecía que traía un capa larga y negra. Vi cuando se metió al cuarto de ellos. De inmediato empecé a gritarle a mi papá y a mi mamá. El primero que salió fue mi papá me preguntó qué me ocurría. Le dije lo que acababa de ver. Él se metió de inmediato en el cuarto. Me fui detrás de él, pero adentro no había nadie. Mi mamá se despertó por todo el alboroto que habíamos hecho. Nos dijo que guardáramos silencio porque el pequeño alance iba a despertar. Ella tenía al muñeco que había traído acostado en una canasta muy cerca de la cama. Mi papá, en un acto irracional, agarró el muñeco y lo aventó al piso. La canasta salió volando hacia afuera del cuarto. Le dijo a mi mamá que ese no era su hijo, que entendiera que él ya no estaba con nosotros y que ningún muñeco de plástico lo iba a reemplazar. Lo que mi madre nos dijo nos dejó helados. Ella respondió también con gritos que la Santa se lo iba a devolver. Por eso había traído al muñeco, ya había él mucho un pacto con ella y que no había vuelta atrás. En ese momento nos dimos cuenta que mi mamá estaba llevando muy mal el duelo por la pérdida de mi hermano y que ella, en su desesperación, fue a buscar el apoyo equivocado. Abracé a mi mamá. No sabía qué más hacer. Mi papá trató de calmarse. Al ver mi reacción, también se acercó con nosotros. Nos dijo que todo iba a estar bien. Esa noche nos quedamos juntos en la misma habitación. Los ruidos se siguieron escuchando. Incluso hubo un momento en que comenzaron a tocar en la puerta principal. Los golpes eran largos y pausados. Mi papá salió para ver de quién se trataba. No abrió la puerta. Sólo se asomó, pero se regresó. Nos dijo que no había nadie. Mi madre seguía evadida de su realidad. Tenía abrazado al muñeco como si lo estuviese arrullando. Mi papá ya no le reprochó nada. Cuando ella se quedó dormida, me dijo que nos saliéramos a la sala. Ahí nos quedamos dormidos en el sofá. Los ruidos se siguieron escuchando, pero ya no fueron por mucho rato. Cuando empezó a amanecer, desaparecieron ese día. Mi papá no fue a trabajar. Llevó a mi madre a que le dieran atención psicológica y psiquiátrica. Me dijo que si no quería ir a la secundaria, no lo hiciera, pero le respondí que sí me iría. No pensaba quedarme solo en la casa con todo lo que había sucedido la noche anterior. Al salir de la casa me abordó. Doña Mari me preguntó si todo estaba bien. Le respondí que no. Ella me invitó a pasar a su casa. Me dijo que durante la noche estuvo escuchando muchos ruidos que provenían de mi casa. Le platiqué todo lo ocurrido durante la noche y lo mal que habíamos dormido. Doña Mari me ofreció de comer. Hasta ese momento. Caí en cuenta de que había comido muy poco desde que enterramos a mi hermano. Creí no tener hambre, pero cuando comencé a hacerlo, me terminé todo lo que mi vecina me ofreció. Me dijo que sí, quería me podía quedar a descansar en la habitación que era de uno de sus hijos. No le respondí, sólo levanté mi plato y lo lavé enseguida. Me fui a sentar en el mueble de la sala. Sin ningún preámbulo. Comencé a platicarle a Doña mar y todo lo que había ocurrido en mi casa. Ella estuvo atenta a lo que le decía. Me dijo que tratara de entender a mi mamá. Ella estaba pasando por un mal momento que la orilló a tomar decisiones equivocadas. Hasta ese momento no le había dicho todo a Doña Mari, pero cuando le dije sobre el altar de la Santa muerte que hizo mi madre y el muñeco que había llevado, ella me dijo que si seguían ocurriendo cosas extrañas en mi casa, se lo dijera. Ella sabía la manera de cómo ayudarnos. Seguimos platicando de más cosas sin trascendencia. Doña Mari me recordó las vagancias que le hice cuando era pequeño y de muchas cosas más que ya ni siquiera me acordaba. Creo que en otro momento de mi vida. Jamás me hubiera refugiado en ella, pero era tanta mi necesidad de sentir la calidez de una persona cercana que le dije todo. Cuando vi el reloj, ya no era hora de entrar a la escuela. Le dije a Doña Maris si me podía quedar un rato más. Ella no tuvo el menor inconveniente. Creo que en el fondo le daba mucho gusto porque vivía sola y sus hijos la visitaban con poca frecuencia. No sé en qué momento me quedé dormido en el sillón de la sala. Sólo recuerdo que cuando desperté tenía una almohada y una cobija. Me levanté abruptamente cuando me di cuenta que no estaba en mi casa, sino en la de Doña Mari. Ella estaba sentada en otro sillón tejiendo mientras escuchaba música. Me dijo que no me preocupara. Había dormido lo suficiente seguramente estaría muy descansado. Le respondí que sí. Escuché que llegaba el auto de mi padre cuando se abrió el cancel para meterlo en la cochera. Me despedí de doña Mari y me fui a casa con mis padres. En cuanto mi papá me vio, me abrazó de fusivar. Me pidió que entráramos a la casa para explicarme lo que había sucedido con mi mamá. Me dijo que fue necesario internarla por unos días en el hospital, en lo que ella salía de su crisis, porque estaba deshidratada y débil. No había comido ni bebido agua en varios días. Fue necesario que se quedara en ese lugar, pero podíamos ir a verla cuando quisiéramos. Además, recibiría el tratamiento psiquiátrico necesario. No entendí todo lo que mi padre me dijo respecto al tratamiento de mi mamá, pero sabía que estaba bien y era más que suficiente. También añadió que me llevaría con mi abuela, la madre de él, para que me cuidara durante unos días, en lo que todo se arreglaba con mi madre, le dije que no lo pensaba dejar solo. Creo que en el fondo le dio gusto porque sonrió con desgano. Me dijo que estaba bien, pero que entendiera que estaba muy cansado y que él se iba a trabajar. Le comenté que me podía quedar con Doña Mari Estuvo de acuerdo y se fue a descansar en la tarde mientras estuve con mi padre. Todo estuvo normal. No se escucharon ruidos ni sucedió nada extraño hasta que llegó la noche. De nuevo comenzaron a escucharse las ratas. Parecía que esperaban a que el sol se ocultara para hacer de las suyas. Mi padre me dijo que al día siguiente se encargaría de ellas. Después de la cena nos quedamos un rato viendo la televisión. Creo que sólo lo hacíamos por distraernos, porque ni siquiera sabíamos de qué se trataba el programa. Ya nos íbamos a ir a acostar. Cuando de nuevo vi aquella sombra que se metía en el cuarto de mis padres, le comenté a mi papá Fuimos a revisarlo. Cuando encendimos la luz, notamos que alguien se escondía y desaparecía. Mi padre me pidió que revisara las cosas de mi mamá. No entendí por qué me lo pedía, pero lo hice. Mientras buscaba en el closet entre su ropa y sus zapatos. Vi hasta la parte de atrás que había algo que brillaba eran los ojos rojos de la Santa Muerte. Mi madre había hecho de nuevo el altar a la Santa pero como mi padre se lo había prohibido, lo hizo a escondidas. Estaba con las flores y las veladoras sin encender. Cuando se lo mostré a mi padre, se fue a la cocina por una bolsa negra y depositó en ella todo lo que concernía a la Santa Muerte. Sacó la bolsa a la cochera. Mientras recogía todo, escuchamos un grito o un sonido grave que nos estremeció. Era como si alguien no estuviera de acuerdo en lo que hacía mi padre. Enseguida todo quedó en silencio. Después de que escuchamos ese sonido, mi papá me pidió que lo acompañara al parque. Ahí había un punto de basura, la metió en el contenedor y de nuevo volvimos a escuchar el sonido horrible cuando llegamos a la casa, me sentí más cómodo ya podía respirar mejor. Esa noche se dejaron de escuchar las ratas. Por un momento pensé que mi padre había l erdo llevado al exterminador de plagas, pero me dijo que él no lo había hecho. No tuvo tiempo para hacerlo. Pudimos descansar mejor. Ya no vi ninguna sombra ni nada extraño. Doña Mari nos apoyó mucho todos los días, nos llevaba comida en ocasiones cuando mi papá tardaba en llegar, me iba a su casa. Mientras hacía mi tarea. Ella tejía frente al televisor. Poco después de un mes dieron de alta a mi mamá. Me dio tanto gusto verla. Se le notaba más delgada y pálida. Sentí que de nuevo era ella, porque me abrazó con mucha alegría. Nos quedamos abrazados por unos segundos. No le quise preguntar nada sobre la santa muerte ni el muñeco que había llevado. Parecía como si ella no recordaba aquel episodio, pero tenía dudas respecto al pacto que ella había hecho, porque todo daba muestras de que la santa o lo que haya sido, estuvo en mi casa mientras mi mamá permaneció en el hospital. La Santa no dio indicios estar presente en la casa, mucho menos cuando fuimos a tirar el altar al parque, pero en cuanto mi madre entró a la casa de nuevo empecé a sentir el aire asfixiante y la sensación de que alguien venía con ella. La conducta de mi madre era más tranquila y racional. Se le notaba en su rostro el sufrimiento, pero se le veía bien. Lo malo fue que esa sombra empecé a verla de nuevo por las noches como si ella hubiera estado con mi madre. Todo ese tiempo le conté a Doña mar y lo que estaba ocurriendo. Ella me dijo que no era tan sencillo deshacerse de la Santa, pero buscaría la manera de ayudarnos. Mi vecina buscó a una persona que sabía de rituales y de esoterismo. No fue posible llevarla a la casa para que mi madre no se alterara. Sentíamos que había una línea muy delgada entre su cordura y su racionalidad. Sin embargo, la mujer empezó a hacer unos rituales a distancia, evocando a un Dios desconocido. Así lo hizo durante siete días. Después le dijo a Doña Mari que había hecho lo que estaba a su alcance. Esperaba que de verdad surtiera efecto, porque cuando se le hacía una promesa a la Santa era necesario cumplirlo. Sin ella venía por lo prometido. Fueron altibajos en los que había días en que sentía la presencia de ese ser otros en que podía respirar más tranquilo. Aún no sé si ese ser vendrá por lo prometido, pero por lo pronto tratamos de vivir tranquilos. Relato escrito y adaptado por Adriana Cuevas