Mi Hija Se Entregó Al Diablo Historias De Terror - REDE

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Mi hija se entregó al diablo Maité. Era mi hija, una chica dulce, inteligente y muy educada. Mi mujer la tenÃa muy consentida. Yo la verdad siempre fui un poco distante. Me la pasaba trabajando de lunes a domingo. Mi infancia tuvo escasez y no querÃa que mi hija pasara. Por lo mismo, me perdà su primera comunión, el bailable de la primaria y también su cena de graduación. Nunca la llevé a la secundaria. Era mi hija, pero en realidad era una completa extraña para mÃ. Sé que hay muchos padres que pasan por la misma situación que yo y sé que cuando los hijos crecen, su relación se compone. Sin embargo, en mi caso hubo un problema. Mi esposa falleció durante un accidente de auto mientras iba a recoger a mi hija a la preparatoria. Fue un conocido el que me avisó el choque fue cerca de un negocio donde mi mujer y yo solÃamos ir a cenar. De vez en cuando un trabajador que nos conocÃa bien reconoció el auto, se acercó al lugar, tomó el celular de mi esposa y me marcó. Recuerdo perfectamente sus palabras. Disculpe que le marque su esposa acaba de tener un accidente. No tiene caso que venga mejor vaya por su hija. Con eso, aunque no me lo dijo explÃcitamente, me hizo saber que ya no habÃa nada que hacer por mi esposa. Mi hija me culpó por la muerte de su madre. DecÃa que yo debÃa haber estado en ese auto, que si yo no pasara tanto tiempo trabajando, su mamá seguirÃa viva. Esto pasó hace casi diez años. Después de eso, yo renuncié a mi trabajo y me conseguà otro que me permitiera ser padre y madre al mismo tiempo. Dos de mis hermanas se ofrecieron a ayudarme a cuidar a mi hija, pero decidà que yo me abrÃa y a cargo, tuve un cambio muy brusco. En un lapso de dos meses pasé de no conocer las calificaciones de mi hija, a saber, el nombre de todos sus amigos y de todos sus maestros. Me volvà sobre protector. Me preocupaba en exceso por su seguridad y bienestar. Mi hija Maite tenÃa el aspecto de una princesa de cuento. Era idéntica su madre, Su cabello era largo y liso de un hermoso color negro como la obsidiana. Sin embargo, desde que falleció su madre en su rostro no hubo más sonrisas. Sus ojos, que antes estaban llenos de vida, Ahora yo los notaba apagados y sin luz mi hija no era feliz. Creo que mi sobreprotección la asfixiaba. Su madre era como su amiga. TenÃan temas de conversación, hacÃan actividades juntas y yo solamente era un hombre haciendo malabares, intentando ser un buen padre. Ahora lo puedo entender, pero en ese entonces yo no era capaz de verlo. Lo que yo hacÃa era controlar cada una de sus actividades. No la dejaba salir con sus amistades, aunque sà dejaba que fueran a la casa. Ella podÃa hacer lo que quisiera dentro de la casa. Incluso le dejaba dinero para cuando yo no estuviera, pudiera pedir pizza o lo que quisiera. Lo que yo no entendÃa en ese momento era que lo que en realidad estaba haciendo era quitarle su libertad. Yo intentaba aligerar el ambiente tan tenso de diversas formas. Hice bromas, traté de iniciar conversaciones sobre música o pelÃculas, pero nada funcionó. Maité siguió sumergida en su tristeza. Estaba encerrado en la pesadilla. Qué significa fracasar. Como padre, me equivoqué demasiado al sobreprotegerla de esa manera. DebÃa haberle dado más espacio. Sin embargo, en lugar de eso desesperado por establecer, aunque fuera un mÃnimo de conexión con mi hija, lo que hice fui inmiscuirme en su cuarto para revisar el diario que yo sabÃa que su madre le habÃa regalado. No fue difÃcil encontrarlo, pero con lo que yo no contaba era con que el diario tendrÃa un pequeño candado. Empecé a intentar forzar el candado. El problema fue que ese dÃa mi hija salió temprano. No me llamó para avisarme, sino que se fue sola a la casa. Yo estaba tan metido en querer abrir ese candado que no escuché nada hasta que mi hija entró al cuarto me encontró con su diario en mis manos. Su reacción fue de enfado, ya que consideraba el diario como un tesoro, un regalo especial de su madre y su única forma de desahogarse y, por supuesto que lo que yo estaba intentando hacer estaba pésimamente mal. Aquella tarde, mi hija decidió que era momento de darme una lección. Ahora lo sé, porque después supe la verdad. Pero al dÃa siguiente, por la mañana, mi hija llegó a mi cuarto para decirme que se irÃa sola a la escuela y me aventó su diario en la cara. Yo pensé que de verdad era su diario, pero no era asÃ. Ella habÃa comprado en lÃnea un diario idéntico al suyo y en este otro diario se puso a escribir todo tipo de falsedades y obscenidades con la clara intención de hacer que yo me enfadara. Cuando empecé a ojear ese falso diario, me encontré anotaciones sobre un supuesto novio mayor con el que tenÃa encuentros secretos cuando se escapaba de la escuela. También encontré páginas que narraban supuestos episodios de consumo de sustancias y sobre que le enviaba fotografÃas a ese ficticio novio. HabÃa páginas enteras detallando supuestas fiestas a las que asistÃa en las madrugadas mientras yo dormÃa. Sin embargo, eso no era lo peor. Mi hija decidió añadir en las últimas páginas que habÃa estado rindiéndole culto al diablo desde que su madre falleció. TenÃa escritos de vino sobre los rituales que parecÃan bastante creÃbles. Además, decoró esas páginas del diario con pentagramas y cruces invertidas. Incluso puso algunas frases extrañas cuando las busqué en Internet resultaron ser frases diabólicas escritas en latÃn. Creo que cualquier padre se hubiera alterado demasiado al creer que su hija en realidad sà estaba haciendo todo lo que estaba anotado en ese diario. Pasé toda la mañana pensando en qué era lo que debÃa hacer al respecto. Al final llegué a la conclusión de que yo no tenÃa ningún derecho de decirle nada, porque yo no habÃa respetado su privacidad y, como dicen el que busca encuentra las siguientes semanas. El comportamiento de mi hija Maite parecÃa confirmar las siniestras insinuaciones sobre la adoración al diablo que encontré en aquel falso diario. Su actitud, aunque ya era distante conmigo la empecé a notar como sombrÃa en su erra hablar del dÃa a dÃa. Empezó a incluir pequeñas palabras y expresiones que no eran propias de alguien normal de su edad, Eran cosas que sonamban muy intelectuales, pero al mismo tiempo daban escalofrÃos en la casa. Empezó a vestirse de negro usando ropa como simbologÃa relacionada con el ocultismo y satanismo. Intenté prohibirle que usara esa ropa, pero me dijo que era la única que querÃa usar, que yo podÃa tirarla, pero entonces ella andarÃa desnuda y asà saldrÃa a la calle literalmente perdà el control de la situación. Maite empezó a quedarse despierta hasta altas horas de la noche. A veces podÃa escuchar sus jurros y murmullos provenientes de su cuarto, pero cuando intentaba acercarme a su puerta. Ella me gritaba que ni siquiera se me ocurriera entrar a su habitación. Creo que inclusive con tal de hacerme creer a mà que todo era verdad, ella empezó a creerse que sà adoraba al diablo, que sà era su botánica. Una tarde, cuando me disponÃa a pasar por mi hija a la escuela afuera de mi casa, me encontré a una anciana. TenÃa tantas arrugas en la cara que sus ojos eran apenas visibles. La mujer estaba sentada en la banqueta y sostenÃa un rosario de cuentas negras y con extrañas medallas rectangulares de color vino. Tuve que hablarle porque para sacar mi auto tenÃa que pasar justo por donde ella estaba sentada. Asà que me acerqué y le pedà de favor que se moviera de mi banqueta porque tenÃa que sacar mi auto. La mujer, viéndome fijamente, me preguntó quién era yo. Su cuestionamiento me pareció muy extraño y completamente fuera del lugar. Supuse que esa mujer padecÃa de sus facultades mentales. Por eso me limité a repetirle que tenÃa que moverse de ahà de inmediato. La anciana, que movÃa sus manos de tal forma que parecÃa estar contando las cuentas negras del rosario, me preguntó si yo era el padre. Te maité. El tono de voz con el que me lo preguntó me generó mucha desconfianza y entonces le advertà que si no se quitaba, le pasarÃa el auto por encima. La anciana se levantó con dificultad me dijo que ya habrÃa tiempo para que yo respondiera sus preguntas. Luego se fue caminando, fui por mi hija, regresamos a la casa y el dÃa transcurrió igual de incómodo y tenso cómo habÃa sido las últimas semanas. El dÃa siguiente fue sábado, por lo cual yo salÃa prácticamente todo el dÃa a trabajar. Debido a que tenÃa un gran currÃculum, habÃa logrado llegar a un acuerdo con mi empleador de que entre semanas sólo trabajarÃa cinco horas. El sábado repondrÃa las quince horas pendientes de la semana y el domingo harÃa las cuatro horas correspondientes al sábado. Ese sábado, cuando salà de la oficina para tomar un descanso y comer algo afuera de mi trabajo, me encontré la misma anciana que habÃa estado sentada en mi banqueta antes de que yo dijera algo. Ella se me adelantó y me dijo que tenÃa que escucharla por el bien de mi hija. ParecÃa demasiado improbable que la anciana sólo fuera una loca porque me habÃa estado esperando afuera de mi trabajo con la única intención de decirme algo, asà que decidà escucharla. Me dijo que se llamaba Lilithia y que tenÃa malas noticias para mÃ. Me dijo que el diario que yo habÃa leÃdo era falso, que mi hija me habÃa engañado. Sin embargo, en su afán por mantener su farsa, Mi hija se habÃa puesto en contacto con su esposo. Eso no le generaba una molestia, porque mi hija no era la primera que acudÃa a su esposo. El problema era que si su esposo decidÃa ponerle atención a mi hija, ella estarÃa muerta. Yo no entendÃa nada de lo que me estaba diciendo, pero le aclaré que no debÃa amenazar a mi hija porque no dejarÃa que le pusiera una mano encima. La anciana se rió. Me dijo que ella no le harÃa nada, porque a ella no le interesaba lo que mi hija buscara de su esposo. Era él quien la matarÃa. Luego de decirme eso, la mujer caminó para cruzar la acera de enfrente. Iba a media calle cuando, alzando la voz, le pregunté quién era su esposo. En eso ella se volteó y me habló, pero por más extraño que pueda sonar, escuché su voz justo en mi oÃdo. Lo que me respondió fue el diablo. Luego pasó un auto justo sobre ella. DeberÃa haberla atropellado, pero la anciana se desvaneció frente a mis ojos antes de que el auto la tocara. No podÃa creer lo que acababa de suceder hasta el hambre. Se me quitó. Regresé a la oficina y continué trabajando. Completé mis quince horas, como siempre, a las once treinta de la noche, mientras conducÃa a casa. Iba pensando a las palabras de la anciana. No habÃa entendido ni la mitad de lo que me dijo, pero ella parecÃa saber perfectamente de lo que me estaba hablando, Además del hecho de que la mujer desapareció frente a mis ojos. Cuando estuve de vuelta en casa, encontré todas las luces apagadas, cosa que no era normal, porque mi hija siempre le tuvo un poco de miedo a la oscuridad. Por lo tanto, siempre tenÃa al menos dos focos encendidos, ya como mÃnimo encendÃa el foco del baño y dejaba la puerta abierta. Por eso de inmediato supe que algo no andaba bien. Cerré la puerta y movà el apagador que estaba a mi derecha, sólo para comprobar que hubiera luz. Y sÃ, en cuanto movà el apagador, el foco de la sala encendió. Grité el nombre de mi hija mientras dejaba mis cosas en el sillón, pero no obtuve ninguna respuesta. Seguà repitiendo el nombre mientras caminaba apurado hacia su cuarto. Golpe la puerta, pero nada. Movà la perilla para abrir, pero tenÃa seguro por dentro rápidamente. O fui a la cocina por una cuchara y la usé para abrir la puerta. Ya le sabÃa el truco. No era nada complicado. Entrando al cuarto de mi hija, lo primero que vi fue a ella tirada en el suelo alrededor de varias velas ya consumidas. No intenté despertarla, sólo la cargué y corrà al auto para llegar al hospital lo más rápido posible. El seguro me quedaba un poco lejos y el hospital más cercano era uno privado que tenÃa fama de ser el más caro de la ciudad, pero de todos modos, llegué ahà directo al área de emergencias un par de enfermeras. Al ver la situación se acercaron rápido, luego un doctor y se la llevaron a mÃ. Me pidieron que tomara asiento y alguien estarÃa conmigo en breve El tiempo que duré sentado allà en la sala de espera, aunque fueron pocos minutos, a mà me parecieron horas. Finalmente, un médico se so acercó hacia mà con una mirada seria en su rostro. Me pidió que lo acompañara al comedor. Ahà el doctor se aseguró que no hubiera nadie cerca que pudiera escuchar y luego me explicó que Mait habÃa recobrado la conciencia, pero su comportamiento era extremadamente inusual y preocupante. La habÃan tenido que llevar a otro piso, a un cuarto más óptimo, yo muy nervioso, le pregunté a qué se referÃa. El doctor me describió los sÃntomas que habÃa presentado mi hija en cuanto despertó. Eran risas y llantos descontrolados, que se entremezclaba movimientos espasmódicos y delirios Añadió que tenÃa un comportamiento agresivo. HabÃa intentado rasguñar y morder a una enfermera. Por eso ya la tenÃan atada. La querÃan cedar, pero no respondió a la anestesia. Le pregunté al doctor si podÃa verla y me respondió que sÃ, pero tendrÃa un impacto muy fuerte. Me hizo el comentario que sipa de decÃa del corazón o de la presión. Lo mejor era que no la viera hasta que se estabilizara. Yo le dije que estaba bien. El doctor me acompañó a ventanilla para que completara el registro de ingreso de mi hija y luego ya fuimos al cuarto donde la tenÃan en el camino. El doctor me preguntó si nunca antes ella habÃa tenido un episodio parecido. También quiso saber si en la familia habÃa antecedentes de padecimientos mentales. Inclusive preguntó si recientemente habÃa pasado por alguna experiencia traumática. Lo que le dije fue que mi maité siempre habÃa sido sana, que nadie en la familia habÃa sido diagnosticado con algo de ese estilo y que lo único que habÃa pasado era la muerte de su madre. Pero de eso ya habÃan pasado meses. Cuando llegamos a la habitación. En efecto, mi hija estaba amarrada mientras luchaba por liberarse. Le pregunté al doctor cómo era posible que mi hija se hubiera puesto asà de la nada él me respondió con términos médicos irrepetibles, pero según lo que entendÃ, dijo que era probable que mi hija se hubiera dado un golpe muy fuerte en la cabeza, tanto como para causar una lesión cerebral, lo que en el peor de los casos, solÃa causar cambios de personalidad y comportamiento hostil. Fue como un balde de agua frÃa, mi hija corrÃa el riesgo de quedarse asà para siempre y yo ni siquiera entendÃa por qué. Intenté acercarme a mi hija para hablarle, pero ella estaba vuelta loca, no parecÃa conocerme. Asà que mejor salà de la habitación y volvà a la cafeterÃa. Necesitaba un café. Cuando hice el registro de mi hija, como el servicio ya era de un cuarto propio, la señorita de Ventanilla me entregó un vale que al mostrarlo en el comedor podÃa servirme lo que yo quisiera sin que pagara, porque ya lo incluÃa en lo que me iba a cobrar el hospital. Con con café en mano. Fui a ver lo que tenÃan y pedà algo ligero, sólo para comer rápido y pasar toda la noche con mi hija. Apenas habÃa tomado asiento cuando al lado mÃo se sentó la misteriosa anciana rápidamente voltea a todos lados, pero ella me dijo que nadie podÃa verla además de mÃ. Me comentó que ya no habÃa nada que hacer por mi hija habÃa conseguido la atención de su esposo y ahora no tenÃa salvación. Me recomendó que subiera con mi hija y que me quedara ahà porque morirÃa en cualquier momento. Ni siquiera le dije nada, Sólo dejé ahà el plato y el café y fui corriendo a la habitación donde estaba mi hija. Cuando di vuelta en el pasillo, pude ver que dentro de la habitación habÃan varias personas. No sabÃa decir si eran doctores o de enfermerÃa, pero algo estaban haciendo. Cuando llegué, quisieron evitar que entrara, pero los empujé. Mi hija estaba convulsionando de forma violenta. Sangraba de los ojos y de orejas, pero la expresión de su rostro mostraba una sonrisa inquietante. Luego se puso a gritar palabras que nunca habÃa escuchado. No eran en español, tampoco inglés. No tengo idea de qué estaba diciendo. Mientras gritaba, podÃa ver cómo lescurrÃa sangre de los dientes. Todos los que estaban ahà movÃan aparatos, decÃan cosas, señalaban para todos lados algunos traÃan jeringas. Yo sólo veÃa cómo mi hija se estaba muriendo, asà que empujé a todos y me acerqué a maité. Le sostuve la mano. En eso ella me miró y me dijo papá. Después el cuerpo se le soltó. Estaba muerta la sepulté junto a su madre. Durante una semana me quedé a dormir en el auto estacionado afuera del cementerio. No tenÃa el valor para volver a casa, pero de todos modos tuve que hacerlo. Cuando estacioné el auto sobre la acera en la que habÃa encontrado a la anciana, por primera vez recuerdé eso que me habÃa dicho afuera en el trabajo. Fui al cuarto de mi hija y encontré su diario, el verdadero con su candado. Puesto lo rompà y desde la primera hoja fue evidente que ese no era el diario que yo habÃa leÃdo, seguà buscando y encontré el otro. La anciana me habÃa dicho la verdad. Mi hija me habÃa engañado y entonces pensé que si la anciana habÃa dicho la verdad sobre eso significaba que habÃa dicho la verdad. Sobre todo, abrà el diario falso y me fui a las hojas, donde Maite habÃa anotado diferentes rituales. Ahà encontré un dibujo que mostraba un cÃrculo hecho de velas y una mujer desplomada en el centro. Era tal cual la escena que yo habÃa presenciado. Las velas, de hecho, seguÃan estando ahÃ. Desde que me llevé a mi hija al hospital, me puse a leer las anotaciones que mi hija habÃa hecho sobre ese ritual y decÃa que la finalidad de ese ritual era llamar la atención del diablo con la única intención de pedir un deseo. Si el diablo no estaba interesado, no pasarÃa nada, pero si el diablo hacÃa caso, cumplirÃa cualquier deseo. A cambio de tomar el alma. En cuanto al solicitante, comprobara que sà se cumplió su deseo. No habÃa más anotaciones. Solté ese diario y agarré el otro. Me fui hasta la última página. La fecha escrita era reciente. En esa hoja sólo habÃa una frase. Creo que puedo hablar con mamá. Desvié la mirada del diario y me percaté que dentro del cÃrculo de velas consumidas estaba el celular de mi hija. No lo habÃa visto, lo tomé, pero ya estaba descargado. Busqué un cargador y luego de un rato que encendió me puse a revisar. Cuando revisé la, lo último mensaje de texto que habÃa recibido era del número de celular que habÃa sido de su madre. El mensaje decÃa por qué lo hiciste. Hija, la esposa Maldita. Hace varios años experimenté una mala racha que me afectó en todos los ámbitos. Estuve en un momento tan malo de mi vida que decidà hacer mis maletas y me fui de la ciudad en la que estaba viviendo. No consulté con nadie. Simplemente me subà a un autobús, dejando atrás mi trabajo, también a la que en ese entonces era mi pareja. Afortunadamente, para ese momento tenÃa ahorrada una suma importante de dinero, lo que me permitió llegar a la central de autobuses y pedir un boleto. En el primer viaje disponible, no pregunté cuál era el destino. Solo lo compré. Terminé llegando a San Luis PotosÃ. En cuanto salà de la central de autobuses, lo primero que hice fue buscar un hotel para estar unos dÃas en lo que encontraba una casa para rentar. Nunca habÃa puesto un pie en ese Estado, asà que, aunque seguÃa siendo una ciudad como cualquier otra, ya saben con calles, casas y negocios, su arquitectura sà me generó un impacto visual ya estando hospedado en el hotel. Luego de pasar mi primer noche antes de las once de la mañana del siguiente dÃa, fui a desayunar a un pequeño local que estaba frente al hotel. Ahà me puse a revisar el periódico a ver si habÃa algún trabajo para mÃ. ParecÃa que mi mala racha habÃa terminado, porque encontré un anuncio solicitando a alguien con un perfil en el que yo encajaba. Llamé al número. Me citaron en un lugar para que me hicieran una entrevista. La reunión duró como cuarenta minutos y al final me dijeron que al dÃa siguiente me presentara a trabajar el empleo. Era una empresa que se encargaba de recopilar información de las personas y venderla a empresas como paquetes para que ellos ofrecieran publicidad. La paga era buena, pero, por supuesto que no lo suficiente como para seguir Dándome el lujo de estar viviendo en un hotel. Asà que, en cuanto agarré confianza con un compañero de trabajo, le comenté que estaba buscando una casa para rentar. Le dije cuál era mi presupuesto y el compañero me dijo que, de hecho, a unas cuadras de ahà del trabajo habÃa una casa en renta que, si querÃa, él podÃa acompañarme saliendo del trabajo. Llegamos a esa casa antes de las seis de la tarde. En efecto, desde ahà podrÃa llegar caminando al trabajo en tan sólo diez minutos. TenÃa buena pinta y parecÃa espaciosa. Eso estaba bien, porque, a pesar de que iba a vivir solo, nunca me ha gustado estar en espacios reducidos Antes de tocar la puerta para hablar con el propied Mi compañero de trabajo me comentó que habÃa una situación particular con esa casa. Resulta que, según se decÃa en la colonia, la difunta esposa del dueño en su juventud, habÃa hecho un pacto con el diablo, que las personas que rentaban en la casa no duraban mucho tiempo, a lo mucho estaban unos tres meses y dejaban de rentar como tal. No decÃan que se les aparecÃa el diablo, pero sà comentaban que se sentÃa una vibra pesada. Yo nunca habÃa sido muy creyente de la religión. Entonces, como no creÃa en Dios por ende, tampoco creÃa en el diablo. Se lo comenté a mi compañero. Ãl me dijo que si eso no me generaba inconveniente, entonces que tocara la puerta para hablar con el dueño. Cuando salió, el dueño me mostró la casa. Hablamos de dinero y me dio el contrato para que lo leyera. Mientras lo hojeaba, noté una peculiaridad. No tenÃa un tiempo mÃnimo de esta dÃa yo podÃa dejar la casa en el momento que quisiera. Lo único era que, si querÃa recuperar el depósito, debÃa avisar con tres semanas de anticipación. Me llamó la atención, porque los contratos de renta suelen marcar una obligación mÃnima de tres meses. Le pregunté al dueño cuál era el motivo de que no hubiera un tiempo obligado de esta dÃa. Pero el dueño. En lugar de responderme se salió por la tangente y me cambió el tema. No le quise dar mayor importancia. Firmé el contrato. El dueño me comentó que al dÃa siguiente me entregarÃa las llaves. Salimos de la casa. Mi compañero se fue por su lado y yo volvà al hotel. Preparé mis maletas para tener todo listo para que, en cuanto saliera del trabajo al dÃa siguiente, irme a la casa. Al dÃa siguiente, cuando llegué a la casa, el dueño no estaba. Me habÃa dejado las yas vez en un sobre y un número de cuenta para depositarle. Ahà fue que empezaron las cosas raras. Luego, en cuanto abrà la puerta, me pareció oÃr cosas que venÃan de diferentes partes de la casa. Sin embargo, como la casa estaba vacÃa tenÃa mucho eco y quizás pudo haber sido eso no lo sé. Esa noche me tocó dormir en el suelo. Al dÃa siguiente fui a una mueblerÃa y saqué una cama y una pequeña mesa. No pasó mucho tiempo. Cuando me percaté que algo raro estaba pasando. Cada que entraba a la casa me daba sueño. Después de un tiempo, decidà ir al doctor. Siempre he sido muy asustadizo con eso de las enfermedades. Cuando tuve tiempo de ir al médico de una farmacia similares, luego de que me revisara, me comentó que no padecÃa de nada. Me recomendó comprar ciertas vitaminas y eso también me sugirió que si el sueño repentino no se cesa que mejor acudiera con un especialista. Una de tantas veces que me quedé dormido debido al inexplicable sueño. Tuve una especie de pesadilla en esta. Yo estaba en una plaza y al fondo podÃa ver una iglesia. Por alguna razón, yo no podÃa despegar mi vista de las puertas de aquella iglesia. De pronto las puertas se abrieron y del interior salió una mujer. Sonaron las campanas de la iglesia y cuando eso pasó, la mujer desapareció y apareció unos metros más cerca de mÃ. Las campanas siguieron sonando y cada que lo hacÃan, la mujer aparecÃa más y más cerca. Cuando la tuve a poca distancia, noté que tenÃa el rostro completamente quemado, la carne la tenÃa al rojo. Vivo con la última campanada, la mujer apareció pegada a mi cara. Esto me asustó tanto que desperté sobresaltado, permanecà sentado al borde de la cama durante un buen rato mientras intentaba borrar de mi mente esa pesadilla para volver a dormir. En las siguientes cuatro semanas tuve esa misma pesadilla por lo menos diez veces. Me desconcertaba mucho tenerla tanto que se lo comenté a mi compañero. A él también le intrigó un poco que se repitiera la pesadilla. Entonces empezó a hacerme preguntas sobre la apariencia de la plaza y de la iglesia. Con las descripciones que le di. Me comentó que esa plaza y esa iglesia eran lugares reales ahà de la ciudad. Ãl me comentó que, saliendo del trabajo, me llevarÃa para que comprobara lo que me estaba diciendo. Cuando llegamos, efectivamente, era la plaza que yo habÃa visto en la pesadilla. Caminé hasta pararme en el lugar exacto y volteé hacia la iglesia las puertas quedaron frente a mà en lÃnea recta, justo como en la pesadilla. Yo hice una pregunta al aire, como no es posible soñar con un lugar que no conocÃa. Voltea a ver a mi compañero y noté por la expresión en su cara que querÃa decir algo, pero no se animaba a hacerlo. Después me comentó que antes de que sus padres fallecieran, vivieron en la colonia donde yo estaba rentando y que por eso él sabÃa de que, supuestamente, la difunta esposa del dueño habÃa hecho un pacto con el diablo, porque todos en la colonia lo murmuraba, incluyendo sus padres. En esa historia habÃa más. Me comentó que el dueño de la casa y su esposa solÃan ir mucho a esa iglesia. Iban mÃnimo todos los domingos y a veces entre semana y según lo que le contaron sus padres. Fue precisamente un domingo cuando la gente la vio por última vez el matrimonio. Salió de la iglesia terminando la misa. Fueron unos momentos a la plaza y después de eso ya no la vieron. El señor seguÃa yendo a la iglesia, pero la gente se dio cuenta que él siempre se quedaba hasta el final para hablar con el sacerdote. Fue ahà que se empezó a sospechar que algo estaba pasando con la esposa. Tiempo después, a esa casa llegó un sacerdote que nadie conocÃa. No daba misa en ninguna iglesia de la ciudad. Pasó toda la noche en el interior de la casa. Al dÃa siguiente se fue y no se supo más de él. A los dos dÃas se llevó a cabo el funeral de la esposa, del dueño de la casa. Poniendo todas las piezas juntas, surgió el rumor que la mujer habÃa hecho un pacto con el diablo. Lo que me contó mi compañero la verdad me dejó pensando. Inclusive consideré en llamar al dueño para avisarle que dejarÃa la casa. Pero luego de meditarlo un par de horas, llegué a la conclusión de que, independientemente de que si aquella historia era real o no, a mà no me no me rÃa. Me afectaba como tal. Sà tenÃa pesadillas, pero sólo eso. Un tiempo después, la misma pesadilla me volvió a despertar. Pero en esta ocasión ocurrió algo más. Como siempre, yo estaba sentado en el borde de la cama esperando a que el sueño me llegara de nuevo, cuando de pronto escuché unos golpes en la puerta que daba al patio. Lo primero que hice fue agarrar mi celular para revisar la hora eran las dos y algo de la mañana. TodavÃa no me movÃa de mi lugar cuando los golpes se escucharon de nuevo. Nunca he tenido armas en mi casa, ni bates ni nada de eso. Tampoco tendrÃa el valor de armarme con un cuchillo. Simplemente me levanté de la cama y fui caminando despacio hacia la puerta que daba al patio. No tuve el valor de ir a abrirla. Me detuve en la ventana y con mucho cuidado, movà un poco la cortina para asomarme a ver quién estaba golpeando la puerta. Casi me da un infarto cuando vi que afuera estaba parada una mujer. Ella estaba mirando directo hacia la puerta, por lo cual la vista que yo tenÃa de ella era de perfil, asà que su cabello me impedÃa verle el rostro. Quiero aclarar que no era una mujer con un vestido blanco que le arrastraba. Ella tenÃa una blusa de color azul con detalles amarillos, una falda larga de color naranja como con limones. El cabello de la mujer tampoco era demasiado largo como mucho. Le llegaba a media espalda, pero era chino y muy esponjado. Por eso me obstruÃa para verle el rostro. Pude ver cómo insistió golpeando la puerta. En eso quise retirarme de la ventana, pero al moverme con uno de mis pies, empujé la escoba que la tenÃa recargada en la pared La escoba se cayó e hizo ruido al pegar contra el suelo. En ese momento, la mujer volteó hacia la ventana. TenÃa el rostro completamente quemado. Era la mujer que yo habÃa estado viendo en mis pesadillas. No gritó, no se acercó a la ventana. Sólo me observó con los ojos muy abiertos. Su mirada era tan intimidante que me dejó petrificado. Luego de unos breves instantes que parecieron eternos, La mujer se dio la vuelta y la perdà de vista. Cuando atravesó la pared del patio de inmediato llamé al dueño le pedà que fuera a la casa porque ya me iba a salir. Ãl no objetó. Tampoco me hizo ninguna pregunta. Simplemente me dijo que al Amanecer estarÃa en la casa. Cuando el dueño llegó. Yo ya estaba afuera. Yo ya no habÃa dormido desde las dos de la mañana hasta que llegó el dueño a eso de las siete le conté que siempre que entraba a la casa, me daba sueño que tenÃa una pesadilla repetitiva donde veÃa una mujer con el rostro quemado y que el motivo por el cual lo llamé fue porque esa mujer de mis pesadillas habÃa estado tocando la puerta que daba al patio durante la madrugada el dueño. Lo único que me dijo fue que, como no habÃa avisado con el tiempo mÃnimo marcado en el contrato, no podÃa regresarme a la cantidad del Depósito que lo que podÃa hacer era dividir entre la cantidad de dÃas del mes del dinero que me habÃa pagado y regresarme al monto correspondiente a los dÃas que le restaban al mes. Yo le dije que no me interesaba que se quedara con el dinero, pero le pedà una explicación. El suspiró profundo y me dijo que la mujer con el rostro quemado era su esposa, la cual habÃa fallecido muchos años antes. Dijo que ella habÃa cometido un pecado muy grave y que Dios la castigó haciéndola dormÃa el señor acudió a la Iglesia para intentar obtener ayuda para su esposa, pero aunque se le otorga bar la ayuda, no pudieron hacer que Dios la perdonara. Lo que la Iglesia le sugirió fue que sacara a su esposa de la casa, porque, en cuanto el castigo de Dios pasara de ser un sueño eterno a ser la muerte, él serÃa el siguiente en ser castigado porque tenÃa parte de responsabilidad. El señor, que era un fiel devoto, hizo caso a las instrucciones de la Iglesia, montó un toldo en el patio y sacó a su esposa. No la abandonó. Ãl intentó despertarla cada dÃa hasta que ella abrió los ojos, pero en cuanto lo hizo, su cara empezó a arder y murió. El dueño de la casa. CreÃa que el castigo que le habÃa enviado Dios a su esposa era más bien una maldición por su pecado tan grande, y esa maldición la condenaba a morir en cuanto abriera los ojos. Y a pesar de que su mujer murió, no se fue de la casa, porque alguien maldito no puede ir ni al cielo ni al infierno. Su maldición le encadenaba a permanecer en la casa y, como habÃa muerto en el patio, su alma intentaba que le dejaran entrar a la casa. Por eso me habÃa tocado la puerta. Lo que me contó el señor me impactó muy fuerte. Le pregunté por qué rentaba la casa si él sabÃa perfectamente lo que pasaba ahÃ. Me respondió que le resultaba muy doloroso estar en esa casa sabiendo que su esposa muerta le tocaba la puerta del patio para que la dejara entrar. El ritual. Nacà en una ciudad fronteriza, en el Estado de Coahuila. Mi papá toda su vida trabajó de cantante. Nunca fue famoso a nivel nacional, pero por lo menos aquÃ, en la ciudad y en las ciudades vecinas, él era el artista famoso, por asà decirlo, hasta tuvo oportunidad de conocer a Juan Gabriel. Evidentemente, yo querÃa seguir los pasos de mi padre, pero cuando fui creciendo y llegué a mis quince años, me quedó muy claro que me habÃa tocado la genética de mi madre, Es decir, yo no tenÃa ni el más mÃnimo talento para cantar por más que lo intentara, asà que decidido a dedicarme al arte. Fui intentando diferentes cosas hasta que descubrà que era bueno para el baile. Me apegué a eso. Con el paso de los años me unà a un grupo. Ganamos algunos concursos en diferentes partes de la República nos contrataron para algunos eventos y yo fui juntando el dinero. Al paso de seis años junté suficiente dinero. Mi papá me regaló un terreno que tenÃa y con el dinero que habÃa juntado construà un pequeño salón de eventos. Ese serÃa mi negocio. Por lo del grupo de Baile habÃa conocido a mucha gente. Mi papá tenÃa muchÃsimos amigos por lo de la cantada, asà que clientes no me iban a falta por un buen tiempo. El negocio funcionó bien. El salón no era para eventos muy grandes. HabÃan como mucho o cien personas, pero eso resultó ser una ventaja, porque, como el precio era muchÃsimo menor que el de un salón de eventos convencional mis clientes era para hacer vingos posadas, eventos de estudiantes, cosas pequeñas. TenÃa por lo menos diez eventos por mes no me podÃa quejar hasta que llegó un evento diferente a todos los demás que habÃa tenido antes. Una persona me contactó para decirme que querÃa el salón por motivo de querer celebrar unos quince años. Esas suelen ser fiestas muy grandes porque no sólo se invita a la familia, sino que también se invita a la familia de todos los que cooperan para la fiesta. Le comenté a la persona que el salón no era muy grande y lo cité para que lo viera el dÃa acordado. Llegó el señor al salón lo vio y dijo que sÃ, que querÃa rentarlo para los quince años de su ahijada. Pregunté si el vals serÃa muy ostentoso, porque en caso de ser asÃ, tendrÃa que ampliar el espacio central, lo que implicarÃa retirar por lo menos cuatro mesas, lo que reducÃa la capacidad de cien a sesenta. El señor dijo que no habÃa ningún problema con eso, que ellos no eran de la ciudad. Por lo tanto, no tenÃan muchos conocidos si podÃan meter a sesenta personas. Estaba bien. En ese mismo momento me dio el pago completo, acordamos la fecha y se firmó el contrato. Antes de irse, el señor me pidió un favor. No podÃa negarme si ya me habÃa dado todo el dinero. El señor me anotó un número de teléfono y me dijo que faltando un mes para la fiesta, llamara para avisar que el salón ya estaba apartado. Es que era una sorpresa y no le habÃa dicho a sus compadres que él pagarÃa el salón. Me pareció un buen gesto y que debe atender su solicitud. Faltando un mes para la fecha, marqué el número que me dejó anotado. Contestó una señora. Le comenté que era el dueño del salón, tal y que le llamaba para avisarle que en quis fecha podÃan acudir a celebrar los quince años de su hija, porque el padrino ya habÃa pagado el salón. La señora con la voz casà quebrada y supuse que fue por la emoción. Me agradeció la llamada y colgó. Llegó el dÃa de la fiesta y desde temprano comenzaron a llegar personas para decorar el salón. Yo tenÃa una pequeña oficina en la parte trasera del salón y tenÃa la costumbre de quedarme ahà durante los eventos para atender cualquier situación. En la oficina tenÃa las cámaras que me permitÃan ver todo lo que pasaba en el salón. Por lo tanto, yo vi desde que empezaron a arreglar y de inmediato las cosas me empezaron a parecer un poco pecuerdo, Por decir, lo menos los manteles tenÃan costuras llenas de sÃmbolos raros. Los centros de mesa que eran de metal tenÃan también formas raras. El pastel parecÃa de todo menos de una fiesta de quince años. Todo era muy extraño. Tuve la impresión de que esas personas podrÃan ser de una religión extraña. Después de todo, el señor que me pagó me habÃa comentado que la familia no era de ahÃ. Pensé que tal vez esa clase de ambientación pudiera resultar normal en el lugar del que venÃa a la familia. Sin embargo, en cuanto empezó la fiesta y llegó la quinceañera con sus jambelanes, todo se puso todavÃa más raro. La muchachita no llevaba un vestido de quinceañera. El vestido que llevaba muy apenas le cubrÃa lo que tenÃa que cubrÃa. Además, todos los chambelanes llegaron por tando unas máscaras que parecÃan como demonios. También sons tenÃan una espada. Cada uno después del vals tan extravagante, se pudiera decir que la fiesta se medio normalizó. La música era la popular de aquella época. La comida era elegante, pero normal. La gente se divertÃa como personas ordinarias, pero todo se salió de control. Cuando llegó a la fiesta el padrino, el señor que me habÃa pagado el salón, llegó vestido con una gabardina color guinda, con degradados en negro y, por alguna razón, llevaba un bastón negro con una figura dorada en la empuñadura. En cuanto él entró la quinceañera caminó hasta el centro del salón, seguida de todos sus chambelanes enmascarados. Ellos formaron un cÃrculo alrededor de la muchachita y del padrino juntaron sus espadas por encima como formando una cúpula. El señor tomó a la muchachita. En cuanto vi lo que estaba pasando, salà de mi oficina para intentar detener eso, pero los familiares me odias detuvieron. El papá de la quinceañera se me acercó y me pidió con lágrimas en los ojos que no interviniera, que asà las cosas debÃan ser. Yo le grité y le insulté mientras le cuestionaba qué clase de padre enfermo permitirÃa una cosa asÃ. En plena fiesta. El papá me dijo que no me metiera en cosas que no entendÃa. Amenacé con llamar a la policÃa. Entonces el señor que insisto se veÃa muy afligido. Me suplicó que no me metiera, que él me platicarÃa todo, pero que, por favor, dejar que las cosas ocurrieran como tenÃan que ocurrir Yo estaba horrorizado porque lo que estaba sucediendo se escuchaba en todo el salón. Le advertà al señor que tenÃa cámaras grabando todo y que si al final no me daba una explicación que justificara esa atrocidad, los hundirÃa a todos en la cárcel. Yo no podÃa seguir escuchando aquello, asà que me salà del salón. Luego de un rato. Los invitados comencé pasaron a salir del salón. Se les notaba que iban llorando Entré al salón. Ya no estaban los enmascarados ni al padrino, pero yo no los habÃa visto. SalÃa los abuelos de la muchachita la estaban levantando del suelo. Ella parecÃa estar completamente inconsciente. Rápidamente me acerqué con el papá y le exigà una explicación. El señor me pidió que fuéramos a donde estaban las cámaras para platicar. Estando ahÃ, me contó que su hija nació con cuatro soplos en el corazón. Los doctores le dijeron que no tenÃa posibilidad de sobrevivir más de una semana. Ãl no estaba dispuesto a dejar que su única hija muriera de esa forma tan injusta, Asà que dejó a su esposa en el hospital y salió decidido a encontrar una cura para su hija. Le juró a su esposa que la encontrarÃa, aunque le costara la vida. Encontró una forma de salvarla. Llamó a toda la familia para que se reunieran en el hospital y ahà hablar con su esposa y con todos ellos. Les comentó que habÃa encontrado una forma, un sacerdote de particulares creencias. Le habÃa asegurado que podÃa hacer que su hija viviera hasta cumplir los quince años. Pero para eso tenÃa que entregarla al diablo. Si le juraba al diablo que le entregarÃa al momento de cumplir los quince años, él la mantendrÃa sana y salva hasta que llegara ese dÃa. No se enfermarÃa nada, le dolerÃa y sin importar que hubiera un accidente, A ella no le pasarÃa nada hasta que llegara el dÃa de entregarse al diablo. Lo único que tenÃan que hacer era entregarla y luego mantenerla lejos de cualquier hombre, porque debÃa ser solo del diablo. El señor me dijo que toda su familia y la de su esposa se quedó muda en cuanto les dijo eso, pero él les aseguró que si no era de esa forma, la niña morirÃa en un par de dÃas. La primera en hablar a fue su esposa. Ella estuvo de acuerdo sus papás y sus suegros, aunque no estuvieron de acuerdo, aceptaron que si era la única forma, no podÃan quedarse de brazos cruzados y asà todos, de uno por uno dieron su opinión. La decisión tenÃan que tomarla entre todos, porque todos tendrÃan que ayudar a evitar que ella se acercara a ningún hombre, nada de amigos y mucho menos novios. Al final, todos estuvieron de acuerdo. El papá se reunió de nuevo con aquel misterioso sacerdote y le ofreció a su hija a cambio de que la mantuviera viva. El supuesto padrino era el diablo y lo que habÃa sucedido al final de la fiesta era que el diablo habÃa acudido a reclamar lo que le pertenecÃa por derecho. Evidentemente, no le creà nada. Al señor Me pareció que estaba inventando todo eso con tal de evitar que yo entregara las grabaciones a las autoridades, pero él me aseguró que yo podÃa comprobarlo. En ese mismo momento, él señaló las cámaras y me dijo revise las grabaciones. Yo no entendÃa para qué querÃa que hiciera eso, pero lo hice. Me llevó una gran sorpresa cuando, al estar reproduciendo lo grabado justo en el momento en que entró la quinceañera con sus chambelanes enmascarados en las cámaras, sólo se veÃa la muchachita. Los enmascarados no se veÃan en ninguna de las cuatro cámaras. Se veÃa que el vals lo bailó ella sola. Peor aún, cuando ocurrió aquello, sólo se veÃa la muchachita sola. El padrino tampoco salÃa en las cámaras. Me quedé mudo de la impresión. El señor muy serio me dijo el padrino era el diablo y los enmascarados eran sus demonios a. Mi hija no se la llevaron desmayada. Ya está muerta. No me quedó otra opción más que creerle al hombre. Voltea a verlo y le pregunté por qué estaba ahà dándome explicaciones en lugar de estar llorando la muerte de su hija. Lo que me respondió fue que ya habÃa llorado la muerte de su hija. Cuando le dijeron que no vivirÃa más de una semana. Los quince años que habÃa vivido gracias al diablo eran un regalo. No habÃa un motivo para estar triste, sino todo lo contrario. Ãl, aunque, por supuesto, le dolÃa la muerte de su hija, estaba agradecido por haber podido tener a su hija con vida por quince años. Me sentà tan mal por ese hombre que me disculpé con él. Después se fue Algunos de los invitados se quedaron limpiando y recogiendo todo, mientras yo permanecà en la oficina tratando de asimilar lo que acababa de pasar en mi salón. Pasaron dos semanas y me llamaron de una iglesia porque querÃan hacer una cena para celebrar el cincuenta aniversario de servicio de un sacerdote. Ãl querÃa ir a ver el salón a acordós hora y fecha para mostrarles. Cuando llegó el dÃa. Ya estando ahÃ, apenas abrà las puertas para que el sacerdote y las personas que lo acompañaban entraran a ver el cura. Un señor de casi ochenta años volvió a verme con una cara de horror y me dijo que mi salón era un lugar repudiado por Dios. Yo, al igual que las personas que lo acompañaban, nos quedamos perplejos ante sus palabras. Luego el sacerdote añadió tú le abriste las puertas al diablo. El sacerdote pidió irse. Eso que me dijo el cura me dejó muy preocupado. Nadie más me volvió a llamar para rentar el salón. Para ese momento ya tenÃa acomodadas muchas fechas posteriores. La más lejana era dentro de nueve meses. En esos nueve meses solamente estuve recibiendo ingresos de la gente que iba liquidando sus fechas para poder utilizar el salón, pero no tuve clientes nuevos ni unos. Solo hice publicidad ofreciéndolo mitad de precio, pero ni asÃ. Nadie más se interesó en mi salón. Al dÃa siguiente de que se ocupara la última fecha que ya estaba agendada, cuando no tenÃa ningún evento pendiente en el salón, hubo un incendio quedó totalmente destruido. Creo que mi salón quedó maldito después de esos quince años. La sucursal para los que no conocen el Estado de Sinaloa. Más allá de lo que todos sabemos sobre el crimen organizado, el Estado de Sinaloa cuenta con muchas ciudades que destacan por cosas como espacios para la pesca deportiva, playas, increÃbles vistas impresionantes de la Sierra Tarahumara. Y eso sin contar con que Sinaloa se puede comer el mejor ceviche del paÃs, la mejor machaca, el mejor chicharrón y, por supuesto, los mejores tamales de México. Y todo esto no lo digo. Yo llevo veinte años dedicando al ramo turÃstico y las aseveraciones que acabo de hacer son las que obtengo como retroalimentación de los turistas. Tanto nacionales como extranjeros. Por eso me atrevo a hacer semejantes afirmaciones sin temor a equivocarme. Dedicarse al ramo turÃstico deja muy buen dinero, tanto que el próximo año voy a terminar mi carrera en ingenierÃa agrÃcola por la ude o que es de las mejores universidades privadas del Estado y que tiene un plantel en la ciudad en la que yo radico, que es la ciudad de Mazatlán, en la costa de Sinaloa. Hace varios años trabajaba de medio tiempo en una cadena de restaurantes que se llamaba los arcos. Era una sucursal de ambiente familiar donde lo que se vendÃa era pescados y mariscos. Yo entraba a las cinco de la tarde y me iba a r del cierre. El lugar cerraba sus puertas al público a las diez de la noche, por lo cual los trabajadores nos terminábamos yendo a eso entre las once y las doce de la noche. Me acuerdo que entré ahà porque una muchacha que me gustaba trabajaba en ese lugar y digamos que fue lo que se me ocurrió para pasar tiempo cerca de ella y asà tener aunque fuera una oportunidad, porque, siendo honesto, ella estaba fuera de mi liga. No tenÃa ni un mes de haber entrado ahà cuando ya mientras preparábamos todo para irnos estábamos platicando de malas experiencias con clientes, cuando el encargado de turno se le ocurrió decirnos que ahÃ, de vez en cuando pasaban sucesos difÃciles explicar. Mencionó, por ejemplo, que una niña marcaba por teléfono a la medianoche, entre otras cosas igual o más curiosas. Evidentemente, nos surgieron muchas preguntas. La que hice yo fue el como una niña hablarÃa por teléfono a un restaurante a la medianoche, El encargado de turno me respondió que esa niña habÃa muerto en ese terreno antes de que se construyera la sucursal. Lo que habÃa pasado era que sus padres se habÃan puesto a acabar buscando un tesoro y lo encontraron. Pero lo que esos padres no sabÃa era que el tesoro estaba maldito por el diablo y que todo aquel que quisiera, al menos una pequeña parte, tenÃa que ofrecer algo. A cambio, la ambición de los padres era tan grande que ofrecieron la vida de su hija. Asà que el diablo la mató y la tragedia ocurrió a medianoche. Por eso la niña marcaba esa hora y si alguien contestaba, lo que la niña pedÃa era que la desenterraran. De ahÃ, porque tenÃa miedo del diablo. Debo admitir que esa historias me causó escalofrÃos, sobre todo porque desde que era niño, siempre me contaron historias de un supuesto tesoro enterrado en algún lugar de Mazatlán y este era custodiado por el diablo y a mà todo lo que tenÃa que ver con el diablo me daba mucho miedo. Aún asà no creà del todo en la historia. La parte del tesoro y la niña muerta sÃ, pero eso de que marcaba por teléfono me sonaban a inventos del encargado en turno total que asà quedó. Pasó el tiempo. Una noche a las nueve treinta entraron unos clientes y pidieron los platillos y las bebidas más caras de la carta, faltando cinco minutos para las diez ordenaron otra cosa. Nosotros debÃamos dejar de atender clientes a las diez de la noche, pero como supusimos que debido al consumo, dejarÃan una buena propina. Cerramos para que nadie más entrara, pero a ellos lo seguimos atendiendo sin prisas. Se terminaron yendo faltando quince minutos para las once. Su tik fue de más de mil quinientos pesos. Los clientes sabÃan que nuestro horario de atención era sólo hasta las diez. Entonces, a modo de agradecimiento, dejaron sesenta dólares de propina que nos repartimos entre los que nos quedamos a atenderlos ya que se fueron. Empezamos a dejar todo listo para cerrar. Era evidente que terminarÃamos yéndonos después de la medianoche para sorpresa de todos, incluyendo para el encargado de turno. A las doce. En punto sonó el teléfono. Nos quedamos mudos. La muchacha que me gustaba era la más aventada de todos los que estábamos ahÃ, dijo que iba a contestar. Nadie alegó nada. Ella fue al teléfono y contestó. Colgó en menos de dos segundos. TenÃa la cara pálida. Le preguntamos qué habÃa pasado y ella dijo que era una niña, pero no escuchó que querÃa porque del miedo le colgó el encanto de turno. Le dio una coca cola para que se tranquilizara. También comentó que ya habÃa pasado por lo menos un año desde que a alguien estaba en la sucursal a medianoche. Por lo mismo, no recordaba esa sensación de escuchar sonar el teléfono a la medianoche le preguntamos si él alguna vez habÃa escuchado la voz de aquella niña, pero nos dijo que no, que él estaba enterado que eso sucedÃa porque ya tenÃa más de cinco años trabajando en la sucursal y que con la compañera ya eran más de diez diferentes empleados a los que les habÃa tocado contestar el teléfono y escuchar a la niña. No lo pactamos, pero creo, sin temor a equivocarme, que todos estábamos de acuerdo en no querer volvernos a quedar a esa hora. Pasaron como tres meses y entonces, una noche mientras cerrábamos, surgió el tema de aquella llamada y nos acordamos de las demás cosas que nos habÃa dicho el encargado de turno, asà que le pre juntamos y lo demás también era verdad. Ãl nos comentó que sÃ, pero que todas las demás cosas solamente sucedÃan durante la noche del uno de noviembre, que para esa fecha faltaban tres meses. Llegó la noche del uno de noviembre. La muchacha que me gustaba habÃa pedido permiso para no trabajar ese dÃa porque sà habÃa quedado muy tocada tras contestar la llamada de la niña. En esa ocasión nos llegó la instrucción. Como el uno de noviembre es el dÃa de las almas de los niños, nos llegó la instrucción de que se darÃa un diez por ciento de descuento para todos los niños que llegaran caracterizados o mÃnimo maquillados. Cuando yo llegué a las cinco de la tarde, lo primero de lo que me percaté fue que habÃa más niños de lo que era normal. Llegó la hora de empezar a cerrar, pero cuando uno de los compañeros fue a revisar el baño de mujeres, se se se dio cuenta de que estaba ocupado. Ya no habÃa ninguna mesa ocupada y no recordábamos a ningún cliente que hubiera acudido sólo al restaurante. Pero supusimos que quizás lo estaban esperando afuera y que no tardarÃa en salir. Asà que ahà lo dejamos y nos pusimos a hacer lo demás. Al paso de quince minutos, la persona no salÃa del baño. SabÃamos que el baño estaba ocupado porque sólo se podÃa cerrar por dentro. Tocamos la puerta, pero nadie respondió. Hablamos pero nada. Entonces el encargado de turno nos dio la orden de abrir la puerta. Se podÃa abrir con un destornillador. Cuando lo hicimos, no encontramos a nadie. En el interior, de repente se escuchó un ruido, un golpe volteamos y habÃa sido una tabla de cortar lo que habÃa caÃdo al suelo. Alguien fue a levantarla para colocarla en su lugar y, en cuanto lo hizo, se cayó un sartén. Todo volteado a vernos. Sin decir una sola palabra. El gerente miró su reloj. Apenas eran las once y Pico nos pidió que no enteráramos en pánico, que mejor nos apuráramos a terminar para irnos antes de que sonara el teléfono, optamos por dejar el sartén tirado y levantarlo hasta que ya no faltara nada por hacer Para las once treinta ya nos Ãbamos a ir. Asà que alguien fue a poner el sartén en su lugar, pero en cuanto lo hizo, un foco reventó en breve. Lo siguiente que ocurrió fue que la puerta del baño de mujeres se cerró de golpe. Todos volteamos hacia la puerta, la cual se volvió a abrir y el foco del interior empezó a parpadear muy rápido entre tantos parpadeos de la luz. Por un instante nos pareció ver que en el interior del baño estaba una niña. El encargado de turno nos pidió que nos fuéramos hacia la salida, pero cuando él metió la llave para abrir, ésta no giraba. Ãl intentó con otras tres llaves, pero ninguna giraba. Entonces sonó el teléfono. Ya habÃan dado las doce. Yo era el que estaba más cerca del teléfono y no sé por qué lo hice, pero presioné el botón para contestar. Se puso automáticamente en alta voz. Todos escuchamos la voz de una niña que pidió que la sacaran. De ahà fue todo lo que dijo antes de que se cortara la llamada. Después la llave giró y pudimos salir. Ese fue el último turno que trabajé en ese restaurante. El pozo hace poco tuve la desdichas de pasar frente a la casa en la que crecà cuando era niño. Fue menos de un segundo, tan sólo lo que el auto tardó en pasar por ahÃ. Pero ese cortÃsimo lapso fue suficiente para revivir el infierno que yo y mis hermanos vivimos en esa casa. Cabe aclarar que la casa estaba dentro de un terreno en el que habÃa otras dos casas. No era una vecindad como tal, pero las tres casas compartÃan la misma fuente de agua un pozo profundo. En una de las casas vivÃa un matrimonio que tenÃa varios hijos con los que yo y mis hermanos nos llevábamos muy bien. La tercer casa estaba abandonada. Ni mis padres ni los padres de mis amigos jamás nos contaron el motivo de por qué la tercer casa estaba abandonada. Sin embargo, de los demás vecinos de la cuadra llegamos a escuchar que en esa casa, antes de que nosotros naciéramos, vivió un hombre que era un brujo muy malvado, le hizo mucho daño a todos los de la colonia. Llegó el tiempo en que la gente no estuvo dispuesta a seguir soportándolo y se pusieron de acuerdo para entrar a su casa y matarlo. Pero el brujo tenÃa un pacto con el diablo que lo hacÃa inmortal, asà que no pudieron matarlo. Entonces lo que hicieron fue ya teniéndolo todo encadenado. Lo arrojaron al pozo de agua. Mis amigos, mis hermanos y yo siempre guardamos en secreto que sabÃamos lo que habÃa sucedido. Nuestros padres no se enteraron que nosotros sabÃamos. Les cuento un poco más de cómo estaba distribuido todo el terreno para que se entienda lo que voy a contar. La entrada al terreno era por unas rejas grandes de color azul que daban paso directo al patio que tenÃa el pozo de agua en el centro. No se podÃa pasar de las casas al patio de forma directa. Las puertas de cada casa apuntaba hacia el perÃmetro del terreno. Saliendo de la puerta, habÃa un pequeño espacio que era para tener plantas y para colgar la ropa. Al lado de ese pequeño espacio estaba un pasillo y ese pasillo daba al patio. Todas las tardes, mis hermanos y yo salÃamos corriendo de la casa, atravesábamos el pasillo y llegábamos al patio donde ya estaban los niños de la otra casa con los que nos ponÃamos a jugar. Una de las primeras reglas que nos pusieron nuestros padres para dejarnos jugar en el patio fue que no debÃamos acercarnos al pozo de agua y que tampoco debÃamos aventar nada, porque si ensuciábamos el agua, después nos tendrÃamos que tomar esa agua sucia. Y si bien, si obedecimos eso de no aventar nada al interior del pozo, aquello de no acercarnos nos fue imposible porque éramos niños. Por lo tanto, nuestra curiosidad era inmensa Y nuestra curiosidad aumentó después de que nos enteramos que muchos años antes, un brujo habÃa sido lanzado vivo al pozo. Un dÃa que estábamos aburridos, se nos ocurrió acercarnos al pozo para hablarle al brujo y saber si, de pura casualidad seguÃa vivo. Nuestra lógica era que si según era inmortal por su pacto con el Diablo, en teorÃa debÃa seguir ahà todo flaco y débil, pero vivo. No querÃamos tampoco a hacer mucho escándalo para que nuestras mamás no se dieran cuenta de lo que estábamos intentando hacer. Estuvimos sable y y hable, pero el brujo no respondió. Yo no tengo hijos, pero todos los que sà tengan estarán de acuerdo conmigo en que un niño jamás acepta un no por respuesta, Asà que nosotros no Ãbamos a rendirnos asà nada más. Estuvimos pensando que podÃamos aventar al pozo, que fuera pesado como para pegarle al brujo, pero que no fuera a ensuciar el agua. Estuvimos pensando por muchos dÃas hasta que a uno de mis hermanos se le ocurrió aventar un pedazo de hielo. A todos los demás nos pareció una buena idea. Solo habÃa un problema. Necesitábamos conseguir mucho hielo. Asà que fuimos con el señor de la Tienda, al que les decÃamos, Don Cobrón, porque las cosas en su tienda eran muy caras. Fuimos a su tienda y le preguntamos si de pura as so no nos podÃa hacer el favor de poner a congelar una vasija llena de agua y vendernos el hielo. Don Cobrón levantó la ceja y nos preguntó para qué querÃamos ese hielo. No supimos qué responderle. Por lo tanto, él intuyó que estábamos planeando hacer una travesura. Nos dijo que él pondrÃa a congelar una vasija con agua, que la dejarÃa toda la noche y al dÃa siguiente nos la darÃa. Pero con la condición de que juntáramos todas las hojas que estaban tiradas en su banqueta y en la calle frente a su tienda, aceptamos el trato, nos pusimos rápido a recoger todas las hojas y volvimos a nuestras casas. Al dÃa siguiente, regresando de la escuela y después de comer fuimos todos a recoger el hielo. Llevar el hielo desde la tienda hasta el pozo fue muy difÃcil, por qué el hielo de tan frÃo que estaba nos quemaba las manos, asà que nos Ãbamos turnando cada poco segundos ya cres gresamos, nos aseguramos que nuestras mamás no nos estuvieran viendo y aventamos el enorme pedazo de hielo al interior del pozo de agua. El hielo lo dejamos caer con el cuidado suficiente como para que no golpeara con los bordes. Entonces, cuando escuchamos ese fuerte sonido del hielo, rompiéndose debido a que habÃa impactado con algo, supimos que el brujo de verdad estaba en el interior del pozo. El sonido que se produjo fue tan fuerte que nuestras mamás salieron rápido a ver qué era lo que habÃa pasado. Nos encontraron reunidos alrededor del pozo. Molestas nos preguntaron qué habÃa pasado. Lo que les dijimos fue que estábamos jugando Cuando se escuchó un ruido fuerte y nos acercamos para ver Cuando les dijimos eso, la expresión de ambas cambió de molestia a preocupación. Nos hicieron regresar al interior de nuestras casas, ya cuando nos estábamos alejando. Se me figuró escuchar un unas esporas de ceseo muy leve, pero yo sabÃa que ese sonido habÃa salido del pozo. Durante la madrugada me desperté para ir al baño, ya cuando me iba a acostar otra vez me dio la curiosidad de asomarme por la ventana para ver el pozo y noté que un tenue destello brotaba del interior. Al dÃa siguiente que nos reunimos en el patio, les platiqué lo que habÃa visto. CreÃamos que realmente habÃamos despertado al brujo, pero querÃamos comprobarlo. El plan ya no era aventar nada, porque si volvÃamos a llamar la atención de nuestras mamás seguro nos prohibirÃan salir a jugar al patio. Entonces nos pusimos a pensar sobre lo que podÃamos hacer. A uno de los niños de la otra casa se le ocurrió golpear latina con la que los adultos sacaban el agua. Era una buena idea. El sonido harÃa ruido hacia el pozo debido al eco, pero no se alcanzarÃa a escrito char mucho hacia afuera. Le dimos unos cuantos golpes a la cubeta y esperamos ansiosos a que el sonido rebotara hacia el fondo del pozo. Cuando el sonido se perdió en el interior. Otro ruido salió desde el fondo. El brujo sabÃa que estábamos tratando de comunicarnos con él. AquÃ. Es importante dejar en claro que nosotros no entendÃamos que lo que estábamos haciendo era peligroso Para nosotros. Un brujo era equivalente a la bruja del setenta y uno que veÃamos en el chavo del ocho, y eso de que el brujo habÃa hecho un pacto con el diablo no tenÃamos ni idea de que pudiera significar era la década de los setentas. Por eso, para nosotros todo aquello no era más que un juego. Como cualquier otro. Uno de mis hermanos fue a la casa y trajo una manzana, la metimos en la cubeta y la comenzamos a bajar. No dejamos caer la cubeta porque sabÃamos que si se llenaba de agua, estarÃa muy pesada y hubiera sido imposible para nosotros sacarla de nuevo. Con la ayuda de la cuerda, fuimos bajando la cubeta poco a poco. Cuando sentimos que la cubeta se empezó a mover, jalamos la cuerda para subirla. La manzana seguÃa en la cubeta, pero tenÃa una gran mordida. Nos emocionamos durante más de una semana. Estuvimos jugando a meter comida en la cubeta para alimentar al brujo, hasta que en una ocasión, cuando subimos la cubeta en el interior, encontramos algo que nosotros no habÃamos puesto. Era una especie como de fruta o verdura. Era del tamaño de una papa, pero tenÃa espinas. Su color era como el de una cereza rojo, pero casi negro. La sacamos de latina con mucho cuidado y luego con un lanzamiento de canicas, decidimos quién se quedarÃa con esa cosa. Ganó uno de los niños de la otra casa. Al dÃa siguiente, ellos estaban como asustados. Les preguntamos qué pasaba y nos dijeron que su papá habÃa agarrado a aquella fruta o verdura, le habÃa quitado las espinas y se la habÃa comido. Pensamos que su papá se habÃa enfermado por comer eso, pero no Lo que nos dijeron fue que, en cuanto su papá se terminó la fruta, se empezó a poner agresivo y le pegó a su mamá, cosa que nunca habÃa hecho antes, ni una sola vez durante la cena, ya estando mis hermanos y yo en casa. Mi mamá le comentó a mi papá que habÃa visto a la vecina muy mal, que tenÃa un ojo morado y tenÃa hinchada la boca y la nariz, Lo que pasó la noche siguiente es demasiado fuerte, asà que lo voy a resumir. Mi papá tuvo que llamar a la policÃa, pero cuando llegaron, la señora ya estaba muerta y todos mis amigos se habÃan ahogado en el fondo del pozo de agua. Ellos intentaron detener al señor, pero estaba vuelto loco e intentó atacar a lo. PolicÃas le dieron un disparo, pero eso no lo detuvo, asà que se vieron en la obligación de matarlo. Tanto mis hermanos como yo estamos seguros que esa tragedia fue provocada por esa fruta que el brujo nos entregó. Tal vez no le gustaba la comida que nosotros le dábamos. Tal vez por eso el señor aventó a sus hijos al pozo para que el brujo se los comiera un mal pacto. Hace algunos años me encontré en el peor momento de mi vida, perdà todo no miento cuando digo que estuve viviendo en la calle. Mi existencia habÃa sido un cúmulo de desgracias y desilusiones. Desde que era niños, siempre todo me salió mal. Era el niño gordo y con lentes de la escuela, todo mundo me molestaba. Por eso ya no quise estudiar la secundaria. Eso fue lo que provocó que no pudiera encontrar un buen trabajo. Asà que cuando mis padres murieron, me vi solo en una casa de la que ni siquiera podÃa pagar los recibos de agua y luz. Estaba en la miseria y la soledad. La esperanza se desvanecÃa como humo en mis manos y la desesperación se convertÃa en mi única compañera constante. Desde lo más profundo de mi desesperación, decidà buscar una solución que pudiera cambiar el curso de mi vida. Ya cuando vivÃa en la calle acudió una iglesia para pedir ayuda, pero el sacerdote se negó a darme tan siquiera un taco. Eso provocó que yo agarrara cierto rencor no a Dios como tal, pero sà a la iglesia, asà que me vino a la mente pedirle ayuda al otro bando. Tuve la idea de invocar al diablo y pactar con él. Claro que no tenÃa ni la más remota idea de cómo hacer eso, Asà que lo dejé de lado por un tiempo, porque dormir en la calle mientras se pasa hambre y frÃo no deja mucho tiempo para pensar. Una madrugada al parque donde me estaba quedando a dormir, llegó un viejo de una apariencia bastante peculiar, porque, a pesar de que tenÃa la apariencia de llevar varios dÃas sin bañarse. Aún asà se veÃa elegante. No fino, pero sà elegante. Me preguntó si podÃa sentarse al lado mÃo. Yo dudé un poco, pero entonces de su abrigo sacó un bolillo y me ofreció la mitad Rápidamente me movà para que el viejo pudiera sentarse. Estando ahà empezamos a platicar. Le conté el cómo yo habÃa terminado en esa situación. Cuando terminé, el viejo me miró directo a los ojos y me dijo que él podÃa cambiar mi destino, que lo único que tenÃa que hacer era estrechar con fuerzas humano. Cuando él pronunció esas palabras, puede sentir una brisa frÃa que movió mi cabello. Pero mi deseo de cambiar mi vida era tan grande que, a pesar de que tuve un mal presentimiento, no hice ninguna pregunta y estreché la mano del viejo puso una gran sonrisa de Oreja a Oreja y me felicitó. Después se puso de pie y me aseguró que nos volverÃamos a ver cuando ya tuviera una mejor vida. Al dÃa siguiente, mientras caminaba por la ciudad esperando que algo pasara, me encontré con el único amigo que habÃa tenido en la primaria. A él lo molestaban porque siempre fue muy chaparrito. De hecho, esa vez que me lo encontré en la calle debÃa medir menos de unos sesenta y como era mi único amigo, yo recibÃa los golpes por él. Se llamaba Raúl. Se alegró mucho de verme y me invitó a comer para no hacer el cuento largo. A Raúl le habÃa ido muy bien. Era dueño de una empresa muy importante en el Estado y me ofreció trabajo como jefe de su equipo de seguridad yo le aclaré que no tenÃa ni idea de cómo desempeñar bien ese trabajo. Pero eso no fue problema. Dijo que él confiaba en mà por lo que yo habÃa hecho por él cuando éramos niños. Me mandó a tomar unos cursos y luego agarré el trabajo. Ganaba muy buen dinero. Regresé a vivir a la casa que era de mis padres. Ya con dinero empecé a frecuentar lugares elegantes y ahà las mujeres se me acercaban. Mi vida estaba en un nivel que jamás me llegué a imaginar. Pero a pesar de que durante varios meses estuve disfrutando mucho mi nueva vida, una mañana desperté sintiendo un pequeño hueco en el estómago. No era hambre, no dolÃa ni ardÃa. Simplemente era como si algo me faltara. Me preocupé al punto de que fui a que me revisara un doctor, pero no encontró nada fuera de lo normal. Después de esa mañana, poco a poco, las cosas que ha entonces me hacÃan disfrutar de mi nueva vida. Comenzaron a perder su esencia. No era millonario, pero como nunca tuve dinero, ya habÃa comprado todo lo que siempre quise, ya no sabÃa qué hacer con el dinero que me seguÃan pagando. En un lapso de cinco meses pasé de estar con una mujer diferente cada fin de semana allá ni siquiera salir a tomar un trago. Los lujos y las comodidades perdieron su encanto y me encontré rodeado de cosas materiales que ya no me hacÃan sentir bien, objetos que no me aportaban nada y que sólo alimentaban mi sensación de vacÃo. Y fue asà que, a pesar de vivir en una casa llena de todo lo que cualquier familia quisiera tener. Yo me sentÃa desolado. De hecho, hubo un momento en que ella no dormÃa en la cama. Me acostaba en el piso, porque mi estado de ánimo era el mismo que tenÃa cuando dormÃa en aquella banca frÃa y solitaria del parque. Una de tantas madrugadas tocaron a mi puerta. Cuando fui a abrir era aquel anciano de apariencia extraña. Lo invité a pasar. Le ofrecà algo de comer y una cerveza. El viejo parecÃa muy contento de verme. Yo ni siquiera entendÃa cómo habÃa dado con mi casa. Nos conocimos en un parque no tenÃa sentido, pero aún asÃ, ese completo desconocido estaba ahà sentado en mi sala. Mirándome con una sonrisa de oreja a oreja. Me preguntó si me gustaba mi nueva vida. Yo, en lugar de responderle le hice una pregunta, quién es usted, el viejo que todavÃa estaba sonriendo. Me respondió tú lo Sabes bien, querÃas hablar conmigo, pero no sabÃas cómo eso Me dio escalofrÃos. Ese anciano estaba insinuando ser el diablo en carne y hueso. Yo, con la voz un poco temblorosa, le comenté que no tenÃa idea de lo que me estaba diciendo. El viejo se apuró a terminar el pan y la cervé se levantó del sillón y fue hacia la puerta. Antes de irse me dijo que sólo me habÃa visitado para asegurarse de que yo tuviera muy en claro que él habÃa cumplido con su parte del trato, asà que al morir yo cumplirÃa con la mÃa. Luego cerró la puerta y se fue. Creo que debió haber sido obvio desde que llegó conmigo al parque pero sinceramente, nunca me puse a pensar lo que estaba haciendo ahora resulta que, sin importar nada, terminaré en el infierno. Relatos escritos y adaptados por Ramiro contreras








