July 13, 2023

Mi Hija Se Entregó Al Diablo Historias De Terror - REDE

Mi Hija Se Entregó Al Diablo Historias De Terror - REDE

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Mi hija se entregó al diablo Maité. Era mi hija, una chica dulce, inteligente y muy educada. Mi mujer la tenía muy consentida. Yo la verdad siempre fui un poco distante. Me la pasaba trabajando de lunes a domingo. Mi infancia tuvo escasez y no quería que mi hija pasara. Por lo mismo, me perdí su primera comunión, el bailable de la primaria y también su cena de graduación. Nunca la llevé a la secundaria. Era mi hija, pero en realidad era una completa extraña para mí. Sé que hay muchos padres que pasan por la misma situación que yo y sé que cuando los hijos crecen, su relación se compone. Sin embargo, en mi caso hubo un problema. Mi esposa falleció durante un accidente de auto mientras iba a recoger a mi hija a la preparatoria. Fue un conocido el que me avisó el choque fue cerca de un negocio donde mi mujer y yo solíamos ir a cenar. De vez en cuando un trabajador que nos conocía bien reconoció el auto, se acercó al lugar, tomó el celular de mi esposa y me marcó. Recuerdo perfectamente sus palabras. Disculpe que le marque su esposa acaba de tener un accidente. No tiene caso que venga mejor vaya por su hija. Con eso, aunque no me lo dijo explícitamente, me hizo saber que ya no había nada que hacer por mi esposa. Mi hija me culpó por la muerte de su madre. Decía que yo debía haber estado en ese auto, que si yo no pasara tanto tiempo trabajando, su mamá seguiría viva. Esto pasó hace casi diez años. Después de eso, yo renuncié a mi trabajo y me conseguí otro que me permitiera ser padre y madre al mismo tiempo. Dos de mis hermanas se ofrecieron a ayudarme a cuidar a mi hija, pero decidí que yo me abría y a cargo, tuve un cambio muy brusco. En un lapso de dos meses pasé de no conocer las calificaciones de mi hija, a saber, el nombre de todos sus amigos y de todos sus maestros. Me volví sobre protector. Me preocupaba en exceso por su seguridad y bienestar. Mi hija Maite tenía el aspecto de una princesa de cuento. Era idéntica su madre, Su cabello era largo y liso de un hermoso color negro como la obsidiana. Sin embargo, desde que falleció su madre en su rostro no hubo más sonrisas. Sus ojos, que antes estaban llenos de vida, Ahora yo los notaba apagados y sin luz mi hija no era feliz. Creo que mi sobreprotección la asfixiaba. Su madre era como su amiga. Tenían temas de conversación, hacían actividades juntas y yo solamente era un hombre haciendo malabares, intentando ser un buen padre. Ahora lo puedo entender, pero en ese entonces yo no era capaz de verlo. Lo que yo hacía era controlar cada una de sus actividades. No la dejaba salir con sus amistades, aunque sí dejaba que fueran a la casa. Ella podía hacer lo que quisiera dentro de la casa. Incluso le dejaba dinero para cuando yo no estuviera, pudiera pedir pizza o lo que quisiera. Lo que yo no entendía en ese momento era que lo que en realidad estaba haciendo era quitarle su libertad. Yo intentaba aligerar el ambiente tan tenso de diversas formas. Hice bromas, traté de iniciar conversaciones sobre música o películas, pero nada funcionó. Maité siguió sumergida en su tristeza. Estaba encerrado en la pesadilla. Qué significa fracasar. Como padre, me equivoqué demasiado al sobreprotegerla de esa manera. Debía haberle dado más espacio. Sin embargo, en lugar de eso desesperado por establecer, aunque fuera un mínimo de conexión con mi hija, lo que hice fui inmiscuirme en su cuarto para revisar el diario que yo sabía que su madre le había regalado. No fue difícil encontrarlo, pero con lo que yo no contaba era con que el diario tendría un pequeño candado. Empecé a intentar forzar el candado. El problema fue que ese día mi hija salió temprano. No me llamó para avisarme, sino que se fue sola a la casa. Yo estaba tan metido en querer abrir ese candado que no escuché nada hasta que mi hija entró al cuarto me encontró con su diario en mis manos. Su reacción fue de enfado, ya que consideraba el diario como un tesoro, un regalo especial de su madre y su única forma de desahogarse y, por supuesto que lo que yo estaba intentando hacer estaba pésimamente mal. Aquella tarde, mi hija decidió que era momento de darme una lección. Ahora lo sé, porque después supe la verdad. Pero al día siguiente, por la mañana, mi hija llegó a mi cuarto para decirme que se iría sola a la escuela y me aventó su diario en la cara. Yo pensé que de verdad era su diario, pero no era así. Ella había comprado en línea un diario idéntico al suyo y en este otro diario se puso a escribir todo tipo de falsedades y obscenidades con la clara intención de hacer que yo me enfadara. Cuando empecé a ojear ese falso diario, me encontré anotaciones sobre un supuesto novio mayor con el que tenía encuentros secretos cuando se escapaba de la escuela. También encontré páginas que narraban supuestos episodios de consumo de sustancias y sobre que le enviaba fotografías a ese ficticio novio. Había páginas enteras detallando supuestas fiestas a las que asistía en las madrugadas mientras yo dormía. Sin embargo, eso no era lo peor. Mi hija decidió añadir en las últimas páginas que había estado rindiéndole culto al diablo desde que su madre falleció. Tenía escritos de vino sobre los rituales que parecían bastante creíbles. Además, decoró esas páginas del diario con pentagramas y cruces invertidas. Incluso puso algunas frases extrañas cuando las busqué en Internet resultaron ser frases diabólicas escritas en latín. Creo que cualquier padre se hubiera alterado demasiado al creer que su hija en realidad sí estaba haciendo todo lo que estaba anotado en ese diario. Pasé toda la mañana pensando en qué era lo que debía hacer al respecto. Al final llegué a la conclusión de que yo no tenía ningún derecho de decirle nada, porque yo no había respetado su privacidad y, como dicen el que busca encuentra las siguientes semanas. El comportamiento de mi hija Maite parecía confirmar las siniestras insinuaciones sobre la adoración al diablo que encontré en aquel falso diario. Su actitud, aunque ya era distante conmigo la empecé a notar como sombría en su erra hablar del día a día. Empezó a incluir pequeñas palabras y expresiones que no eran propias de alguien normal de su edad, Eran cosas que sonamban muy intelectuales, pero al mismo tiempo daban escalofríos en la casa. Empezó a vestirse de negro usando ropa como simbología relacionada con el ocultismo y satanismo. Intenté prohibirle que usara esa ropa, pero me dijo que era la única que quería usar, que yo podía tirarla, pero entonces ella andaría desnuda y así saldría a la calle literalmente perdí el control de la situación. Maite empezó a quedarse despierta hasta altas horas de la noche. A veces podía escuchar sus jurros y murmullos provenientes de su cuarto, pero cuando intentaba acercarme a su puerta. Ella me gritaba que ni siquiera se me ocurriera entrar a su habitación. Creo que inclusive con tal de hacerme creer a mí que todo era verdad, ella empezó a creerse que sí adoraba al diablo, que sí era su botánica. Una tarde, cuando me disponía a pasar por mi hija a la escuela afuera de mi casa, me encontré a una anciana. Tenía tantas arrugas en la cara que sus ojos eran apenas visibles. La mujer estaba sentada en la banqueta y sostenía un rosario de cuentas negras y con extrañas medallas rectangulares de color vino. Tuve que hablarle porque para sacar mi auto tenía que pasar justo por donde ella estaba sentada. Así que me acerqué y le pedí de favor que se moviera de mi banqueta porque tenía que sacar mi auto. La mujer, viéndome fijamente, me preguntó quién era yo. Su cuestionamiento me pareció muy extraño y completamente fuera del lugar. Supuse que esa mujer padecía de sus facultades mentales. Por eso me limité a repetirle que tenía que moverse de ahí de inmediato. La anciana, que movía sus manos de tal forma que parecía estar contando las cuentas negras del rosario, me preguntó si yo era el padre. Te maité. El tono de voz con el que me lo preguntó me generó mucha desconfianza y entonces le advertí que si no se quitaba, le pasaría el auto por encima. La anciana se levantó con dificultad me dijo que ya habría tiempo para que yo respondiera sus preguntas. Luego se fue caminando, fui por mi hija, regresamos a la casa y el día transcurrió igual de incómodo y tenso cómo había sido las últimas semanas. El día siguiente fue sábado, por lo cual yo salía prácticamente todo el día a trabajar. Debido a que tenía un gran currículum, había logrado llegar a un acuerdo con mi empleador de que entre semanas sólo trabajaría cinco horas. El sábado repondría las quince horas pendientes de la semana y el domingo haría las cuatro horas correspondientes al sábado. Ese sábado, cuando salí de la oficina para tomar un descanso y comer algo afuera de mi trabajo, me encontré la misma anciana que había estado sentada en mi banqueta antes de que yo dijera algo. Ella se me adelantó y me dijo que tenía que escucharla por el bien de mi hija. Parecía demasiado improbable que la anciana sólo fuera una loca porque me había estado esperando afuera de mi trabajo con la única intención de decirme algo, así que decidí escucharla. Me dijo que se llamaba Lilithia y que tenía malas noticias para mí. Me dijo que el diario que yo había leído era falso, que mi hija me había engañado. Sin embargo, en su afán por mantener su farsa, Mi hija se había puesto en contacto con su esposo. Eso no le generaba una molestia, porque mi hija no era la primera que acudía a su esposo. El problema era que si su esposo decidía ponerle atención a mi hija, ella estaría muerta. Yo no entendía nada de lo que me estaba diciendo, pero le aclaré que no debía amenazar a mi hija porque no dejaría que le pusiera una mano encima. La anciana se rió. Me dijo que ella no le haría nada, porque a ella no le interesaba lo que mi hija buscara de su esposo. Era él quien la mataría. Luego de decirme eso, la mujer caminó para cruzar la acera de enfrente. Iba a media calle cuando, alzando la voz, le pregunté quién era su esposo. En eso ella se volteó y me habló, pero por más extraño que pueda sonar, escuché su voz justo en mi oído. Lo que me respondió fue el diablo. Luego pasó un auto justo sobre ella. Debería haberla atropellado, pero la anciana se desvaneció frente a mis ojos antes de que el auto la tocara. No podía creer lo que acababa de suceder hasta el hambre. Se me quitó. Regresé a la oficina y continué trabajando. Completé mis quince horas, como siempre, a las once treinta de la noche, mientras conducía a casa. Iba pensando a las palabras de la anciana. No había entendido ni la mitad de lo que me dijo, pero ella parecía saber perfectamente de lo que me estaba hablando, Además del hecho de que la mujer desapareció frente a mis ojos. Cuando estuve de vuelta en casa, encontré todas las luces apagadas, cosa que no era normal, porque mi hija siempre le tuvo un poco de miedo a la oscuridad. Por lo tanto, siempre tenía al menos dos focos encendidos, ya como mínimo encendía el foco del baño y dejaba la puerta abierta. Por eso de inmediato supe que algo no andaba bien. Cerré la puerta y moví el apagador que estaba a mi derecha, sólo para comprobar que hubiera luz. Y sí, en cuanto moví el apagador, el foco de la sala encendió. Grité el nombre de mi hija mientras dejaba mis cosas en el sillón, pero no obtuve ninguna respuesta. Seguí repitiendo el nombre mientras caminaba apurado hacia su cuarto. Golpe la puerta, pero nada. Moví la perilla para abrir, pero tenía seguro por dentro rápidamente. O fui a la cocina por una cuchara y la usé para abrir la puerta. Ya le sabía el truco. No era nada complicado. Entrando al cuarto de mi hija, lo primero que vi fue a ella tirada en el suelo alrededor de varias velas ya consumidas. No intenté despertarla, sólo la cargué y corrí al auto para llegar al hospital lo más rápido posible. El seguro me quedaba un poco lejos y el hospital más cercano era uno privado que tenía fama de ser el más caro de la ciudad, pero de todos modos, llegué ahí directo al área de emergencias un par de enfermeras. Al ver la situación se acercaron rápido, luego un doctor y se la llevaron a mí. Me pidieron que tomara asiento y alguien estaría conmigo en breve El tiempo que duré sentado allí en la sala de espera, aunque fueron pocos minutos, a mí me parecieron horas. Finalmente, un médico se so acercó hacia mí con una mirada seria en su rostro. Me pidió que lo acompañara al comedor. Ahí el doctor se aseguró que no hubiera nadie cerca que pudiera escuchar y luego me explicó que Mait había recobrado la conciencia, pero su comportamiento era extremadamente inusual y preocupante. La habían tenido que llevar a otro piso, a un cuarto más óptimo, yo muy nervioso, le pregunté a qué se refería. El doctor me describió los síntomas que había presentado mi hija en cuanto despertó. Eran risas y llantos descontrolados, que se entremezclaba movimientos espasmódicos y delirios Añadió que tenía un comportamiento agresivo. Había intentado rasguñar y morder a una enfermera. Por eso ya la tenían atada. La querían cedar, pero no respondió a la anestesia. Le pregunté al doctor si podía verla y me respondió que sí, pero tendría un impacto muy fuerte. Me hizo el comentario que sipa de decía del corazón o de la presión. Lo mejor era que no la viera hasta que se estabilizara. Yo le dije que estaba bien. El doctor me acompañó a ventanilla para que completara el registro de ingreso de mi hija y luego ya fuimos al cuarto donde la tenían en el camino. El doctor me preguntó si nunca antes ella había tenido un episodio parecido. También quiso saber si en la familia había antecedentes de padecimientos mentales. Inclusive preguntó si recientemente había pasado por alguna experiencia traumática. Lo que le dije fue que mi maité siempre había sido sana, que nadie en la familia había sido diagnosticado con algo de ese estilo y que lo único que había pasado era la muerte de su madre. Pero de eso ya habían pasado meses. Cuando llegamos a la habitación. En efecto, mi hija estaba amarrada mientras luchaba por liberarse. Le pregunté al doctor cómo era posible que mi hija se hubiera puesto así de la nada él me respondió con términos médicos irrepetibles, pero según lo que entendí, dijo que era probable que mi hija se hubiera dado un golpe muy fuerte en la cabeza, tanto como para causar una lesión cerebral, lo que en el peor de los casos, solía causar cambios de personalidad y comportamiento hostil. Fue como un balde de agua fría, mi hija corría el riesgo de quedarse así para siempre y yo ni siquiera entendía por qué. Intenté acercarme a mi hija para hablarle, pero ella estaba vuelta loca, no parecía conocerme. Así que mejor salí de la habitación y volví a la cafetería. Necesitaba un café. Cuando hice el registro de mi hija, como el servicio ya era de un cuarto propio, la señorita de Ventanilla me entregó un vale que al mostrarlo en el comedor podía servirme lo que yo quisiera sin que pagara, porque ya lo incluía en lo que me iba a cobrar el hospital. Con con café en mano. Fui a ver lo que tenían y pedí algo ligero, sólo para comer rápido y pasar toda la noche con mi hija. Apenas había tomado asiento cuando al lado mío se sentó la misteriosa anciana rápidamente voltea a todos lados, pero ella me dijo que nadie podía verla además de mí. Me comentó que ya no había nada que hacer por mi hija había conseguido la atención de su esposo y ahora no tenía salvación. Me recomendó que subiera con mi hija y que me quedara ahí porque moriría en cualquier momento. Ni siquiera le dije nada, Sólo dejé ahí el plato y el café y fui corriendo a la habitación donde estaba mi hija. Cuando di vuelta en el pasillo, pude ver que dentro de la habitación habían varias personas. No sabía decir si eran doctores o de enfermería, pero algo estaban haciendo. Cuando llegué, quisieron evitar que entrara, pero los empujé. Mi hija estaba convulsionando de forma violenta. Sangraba de los ojos y de orejas, pero la expresión de su rostro mostraba una sonrisa inquietante. Luego se puso a gritar palabras que nunca había escuchado. No eran en español, tampoco inglés. No tengo idea de qué estaba diciendo. Mientras gritaba, podía ver cómo lescurría sangre de los dientes. Todos los que estaban ahí movían aparatos, decían cosas, señalaban para todos lados algunos traían jeringas. Yo sólo veía cómo mi hija se estaba muriendo, así que empujé a todos y me acerqué a maité. Le sostuve la mano. En eso ella me miró y me dijo papá. Después el cuerpo se le soltó. Estaba muerta la sepulté junto a su madre. Durante una semana me quedé a dormir en el auto estacionado afuera del cementerio. No tenía el valor para volver a casa, pero de todos modos tuve que hacerlo. Cuando estacioné el auto sobre la acera en la que había encontrado a la anciana, por primera vez recuerdé eso que me había dicho afuera en el trabajo. Fui al cuarto de mi hija y encontré su diario, el verdadero con su candado. Puesto lo rompí y desde la primera hoja fue evidente que ese no era el diario que yo había leído, seguí buscando y encontré el otro. La anciana me había dicho la verdad. Mi hija me había engañado y entonces pensé que si la anciana había dicho la verdad sobre eso significaba que había dicho la verdad. Sobre todo, abrí el diario falso y me fui a las hojas, donde Maite había anotado diferentes rituales. Ahí encontré un dibujo que mostraba un círculo hecho de velas y una mujer desplomada en el centro. Era tal cual la escena que yo había presenciado. Las velas, de hecho, seguían estando ahí. Desde que me llevé a mi hija al hospital, me puse a leer las anotaciones que mi hija había hecho sobre ese ritual y decía que la finalidad de ese ritual era llamar la atención del diablo con la única intención de pedir un deseo. Si el diablo no estaba interesado, no pasaría nada, pero si el diablo hacía caso, cumpliría cualquier deseo. A cambio de tomar el alma. En cuanto al solicitante, comprobara que sí se cumplió su deseo. No había más anotaciones. Solté ese diario y agarré el otro. Me fui hasta la última página. La fecha escrita era reciente. En esa hoja sólo había una frase. Creo que puedo hablar con mamá. Desvié la mirada del diario y me percaté que dentro del círculo de velas consumidas estaba el celular de mi hija. No lo había visto, lo tomé, pero ya estaba descargado. Busqué un cargador y luego de un rato que encendió me puse a revisar. Cuando revisé la, lo último mensaje de texto que había recibido era del número de celular que había sido de su madre. El mensaje decía por qué lo hiciste. Hija, la esposa Maldita. Hace varios años experimenté una mala racha que me afectó en todos los ámbitos. Estuve en un momento tan malo de mi vida que decidí hacer mis maletas y me fui de la ciudad en la que estaba viviendo. No consulté con nadie. Simplemente me subí a un autobús, dejando atrás mi trabajo, también a la que en ese entonces era mi pareja. Afortunadamente, para ese momento tenía ahorrada una suma importante de dinero, lo que me permitió llegar a la central de autobuses y pedir un boleto. En el primer viaje disponible, no pregunté cuál era el destino. Solo lo compré. Terminé llegando a San Luis Potosí. En cuanto salí de la central de autobuses, lo primero que hice fue buscar un hotel para estar unos días en lo que encontraba una casa para rentar. Nunca había puesto un pie en ese Estado, así que, aunque seguía siendo una ciudad como cualquier otra, ya saben con calles, casas y negocios, su arquitectura sí me generó un impacto visual ya estando hospedado en el hotel. Luego de pasar mi primer noche antes de las once de la mañana del siguiente día, fui a desayunar a un pequeño local que estaba frente al hotel. Ahí me puse a revisar el periódico a ver si había algún trabajo para mí. Parecía que mi mala racha había terminado, porque encontré un anuncio solicitando a alguien con un perfil en el que yo encajaba. Llamé al número. Me citaron en un lugar para que me hicieran una entrevista. La reunión duró como cuarenta minutos y al final me dijeron que al día siguiente me presentara a trabajar el empleo. Era una empresa que se encargaba de recopilar información de las personas y venderla a empresas como paquetes para que ellos ofrecieran publicidad. La paga era buena, pero, por supuesto que no lo suficiente como para seguir Dándome el lujo de estar viviendo en un hotel. Así que, en cuanto agarré confianza con un compañero de trabajo, le comenté que estaba buscando una casa para rentar. Le dije cuál era mi presupuesto y el compañero me dijo que, de hecho, a unas cuadras de ahí del trabajo había una casa en renta que, si quería, él podía acompañarme saliendo del trabajo. Llegamos a esa casa antes de las seis de la tarde. En efecto, desde ahí podría llegar caminando al trabajo en tan sólo diez minutos. Tenía buena pinta y parecía espaciosa. Eso estaba bien, porque, a pesar de que iba a vivir solo, nunca me ha gustado estar en espacios reducidos Antes de tocar la puerta para hablar con el propied Mi compañero de trabajo me comentó que había una situación particular con esa casa. Resulta que, según se decía en la colonia, la difunta esposa del dueño en su juventud, había hecho un pacto con el diablo, que las personas que rentaban en la casa no duraban mucho tiempo, a lo mucho estaban unos tres meses y dejaban de rentar como tal. No decían que se les aparecía el diablo, pero sí comentaban que se sentía una vibra pesada. Yo nunca había sido muy creyente de la religión. Entonces, como no creía en Dios por ende, tampoco creía en el diablo. Se lo comenté a mi compañero. Él me dijo que si eso no me generaba inconveniente, entonces que tocara la puerta para hablar con el dueño. Cuando salió, el dueño me mostró la casa. Hablamos de dinero y me dio el contrato para que lo leyera. Mientras lo hojeaba, noté una peculiaridad. No tenía un tiempo mínimo de esta día yo podía dejar la casa en el momento que quisiera. Lo único era que, si quería recuperar el depósito, debía avisar con tres semanas de anticipación. Me llamó la atención, porque los contratos de renta suelen marcar una obligación mínima de tres meses. Le pregunté al dueño cuál era el motivo de que no hubiera un tiempo obligado de esta día. Pero el dueño. En lugar de responderme se salió por la tangente y me cambió el tema. No le quise dar mayor importancia. Firmé el contrato. El dueño me comentó que al día siguiente me entregaría las llaves. Salimos de la casa. Mi compañero se fue por su lado y yo volví al hotel. Preparé mis maletas para tener todo listo para que, en cuanto saliera del trabajo al día siguiente, irme a la casa. Al día siguiente, cuando llegué a la casa, el dueño no estaba. Me había dejado las yas vez en un sobre y un número de cuenta para depositarle. Ahí fue que empezaron las cosas raras. Luego, en cuanto abrí la puerta, me pareció oír cosas que venían de diferentes partes de la casa. Sin embargo, como la casa estaba vacía tenía mucho eco y quizás pudo haber sido eso no lo sé. Esa noche me tocó dormir en el suelo. Al día siguiente fui a una mueblería y saqué una cama y una pequeña mesa. No pasó mucho tiempo. Cuando me percaté que algo raro estaba pasando. Cada que entraba a la casa me daba sueño. Después de un tiempo, decidí ir al doctor. Siempre he sido muy asustadizo con eso de las enfermedades. Cuando tuve tiempo de ir al médico de una farmacia similares, luego de que me revisara, me comentó que no padecía de nada. Me recomendó comprar ciertas vitaminas y eso también me sugirió que si el sueño repentino no se cesa que mejor acudiera con un especialista. Una de tantas veces que me quedé dormido debido al inexplicable sueño. Tuve una especie de pesadilla en esta. Yo estaba en una plaza y al fondo podía ver una iglesia. Por alguna razón, yo no podía despegar mi vista de las puertas de aquella iglesia. De pronto las puertas se abrieron y del interior salió una mujer. Sonaron las campanas de la iglesia y cuando eso pasó, la mujer desapareció y apareció unos metros más cerca de mí. Las campanas siguieron sonando y cada que lo hacían, la mujer aparecía más y más cerca. Cuando la tuve a poca distancia, noté que tenía el rostro completamente quemado, la carne la tenía al rojo. Vivo con la última campanada, la mujer apareció pegada a mi cara. Esto me asustó tanto que desperté sobresaltado, permanecí sentado al borde de la cama durante un buen rato mientras intentaba borrar de mi mente esa pesadilla para volver a dormir. En las siguientes cuatro semanas tuve esa misma pesadilla por lo menos diez veces. Me desconcertaba mucho tenerla tanto que se lo comenté a mi compañero. A él también le intrigó un poco que se repitiera la pesadilla. Entonces empezó a hacerme preguntas sobre la apariencia de la plaza y de la iglesia. Con las descripciones que le di. Me comentó que esa plaza y esa iglesia eran lugares reales ahí de la ciudad. Él me comentó que, saliendo del trabajo, me llevaría para que comprobara lo que me estaba diciendo. Cuando llegamos, efectivamente, era la plaza que yo había visto en la pesadilla. Caminé hasta pararme en el lugar exacto y volteé hacia la iglesia las puertas quedaron frente a mí en línea recta, justo como en la pesadilla. Yo hice una pregunta al aire, como no es posible soñar con un lugar que no conocía. Voltea a ver a mi compañero y noté por la expresión en su cara que quería decir algo, pero no se animaba a hacerlo. Después me comentó que antes de que sus padres fallecieran, vivieron en la colonia donde yo estaba rentando y que por eso él sabía de que, supuestamente, la difunta esposa del dueño había hecho un pacto con el diablo, porque todos en la colonia lo murmuraba, incluyendo sus padres. En esa historia había más. Me comentó que el dueño de la casa y su esposa solían ir mucho a esa iglesia. Iban mínimo todos los domingos y a veces entre semana y según lo que le contaron sus padres. Fue precisamente un domingo cuando la gente la vio por última vez el matrimonio. Salió de la iglesia terminando la misa. Fueron unos momentos a la plaza y después de eso ya no la vieron. El señor seguía yendo a la iglesia, pero la gente se dio cuenta que él siempre se quedaba hasta el final para hablar con el sacerdote. Fue ahí que se empezó a sospechar que algo estaba pasando con la esposa. Tiempo después, a esa casa llegó un sacerdote que nadie conocía. No daba misa en ninguna iglesia de la ciudad. Pasó toda la noche en el interior de la casa. Al día siguiente se fue y no se supo más de él. A los dos días se llevó a cabo el funeral de la esposa, del dueño de la casa. Poniendo todas las piezas juntas, surgió el rumor que la mujer había hecho un pacto con el diablo. Lo que me contó mi compañero la verdad me dejó pensando. Inclusive consideré en llamar al dueño para avisarle que dejaría la casa. Pero luego de meditarlo un par de horas, llegué a la conclusión de que, independientemente de que si aquella historia era real o no, a mí no me no me ría. Me afectaba como tal. Sí tenía pesadillas, pero sólo eso. Un tiempo después, la misma pesadilla me volvió a despertar. Pero en esta ocasión ocurrió algo más. Como siempre, yo estaba sentado en el borde de la cama esperando a que el sueño me llegara de nuevo, cuando de pronto escuché unos golpes en la puerta que daba al patio. Lo primero que hice fue agarrar mi celular para revisar la hora eran las dos y algo de la mañana. Todavía no me movía de mi lugar cuando los golpes se escucharon de nuevo. Nunca he tenido armas en mi casa, ni bates ni nada de eso. Tampoco tendría el valor de armarme con un cuchillo. Simplemente me levanté de la cama y fui caminando despacio hacia la puerta que daba al patio. No tuve el valor de ir a abrirla. Me detuve en la ventana y con mucho cuidado, moví un poco la cortina para asomarme a ver quién estaba golpeando la puerta. Casi me da un infarto cuando vi que afuera estaba parada una mujer. Ella estaba mirando directo hacia la puerta, por lo cual la vista que yo tenía de ella era de perfil, así que su cabello me impedía verle el rostro. Quiero aclarar que no era una mujer con un vestido blanco que le arrastraba. Ella tenía una blusa de color azul con detalles amarillos, una falda larga de color naranja como con limones. El cabello de la mujer tampoco era demasiado largo como mucho. Le llegaba a media espalda, pero era chino y muy esponjado. Por eso me obstruía para verle el rostro. Pude ver cómo insistió golpeando la puerta. En eso quise retirarme de la ventana, pero al moverme con uno de mis pies, empujé la escoba que la tenía recargada en la pared La escoba se cayó e hizo ruido al pegar contra el suelo. En ese momento, la mujer volteó hacia la ventana. Tenía el rostro completamente quemado. Era la mujer que yo había estado viendo en mis pesadillas. No gritó, no se acercó a la ventana. Sólo me observó con los ojos muy abiertos. Su mirada era tan intimidante que me dejó petrificado. Luego de unos breves instantes que parecieron eternos, La mujer se dio la vuelta y la perdí de vista. Cuando atravesó la pared del patio de inmediato llamé al dueño le pedí que fuera a la casa porque ya me iba a salir. Él no objetó. Tampoco me hizo ninguna pregunta. Simplemente me dijo que al Amanecer estaría en la casa. Cuando el dueño llegó. Yo ya estaba afuera. Yo ya no había dormido desde las dos de la mañana hasta que llegó el dueño a eso de las siete le conté que siempre que entraba a la casa, me daba sueño que tenía una pesadilla repetitiva donde veía una mujer con el rostro quemado y que el motivo por el cual lo llamé fue porque esa mujer de mis pesadillas había estado tocando la puerta que daba al patio durante la madrugada el dueño. Lo único que me dijo fue que, como no había avisado con el tiempo mínimo marcado en el contrato, no podía regresarme a la cantidad del Depósito que lo que podía hacer era dividir entre la cantidad de días del mes del dinero que me había pagado y regresarme al monto correspondiente a los días que le restaban al mes. Yo le dije que no me interesaba que se quedara con el dinero, pero le pedí una explicación. El suspiró profundo y me dijo que la mujer con el rostro quemado era su esposa, la cual había fallecido muchos años antes. Dijo que ella había cometido un pecado muy grave y que Dios la castigó haciéndola dormía el señor acudió a la Iglesia para intentar obtener ayuda para su esposa, pero aunque se le otorga bar la ayuda, no pudieron hacer que Dios la perdonara. Lo que la Iglesia le sugirió fue que sacara a su esposa de la casa, porque, en cuanto el castigo de Dios pasara de ser un sueño eterno a ser la muerte, él sería el siguiente en ser castigado porque tenía parte de responsabilidad. El señor, que era un fiel devoto, hizo caso a las instrucciones de la Iglesia, montó un toldo en el patio y sacó a su esposa. No la abandonó. Él intentó despertarla cada día hasta que ella abrió los ojos, pero en cuanto lo hizo, su cara empezó a arder y murió. El dueño de la casa. Creía que el castigo que le había enviado Dios a su esposa era más bien una maldición por su pecado tan grande, y esa maldición la condenaba a morir en cuanto abriera los ojos. Y a pesar de que su mujer murió, no se fue de la casa, porque alguien maldito no puede ir ni al cielo ni al infierno. Su maldición le encadenaba a permanecer en la casa y, como había muerto en el patio, su alma intentaba que le dejaran entrar a la casa. Por eso me había tocado la puerta. Lo que me contó el señor me impactó muy fuerte. Le pregunté por qué rentaba la casa si él sabía perfectamente lo que pasaba ahí. Me respondió que le resultaba muy doloroso estar en esa casa sabiendo que su esposa muerta le tocaba la puerta del patio para que la dejara entrar. El ritual. Nací en una ciudad fronteriza, en el Estado de Coahuila. Mi papá toda su vida trabajó de cantante. Nunca fue famoso a nivel nacional, pero por lo menos aquí, en la ciudad y en las ciudades vecinas, él era el artista famoso, por así decirlo, hasta tuvo oportunidad de conocer a Juan Gabriel. Evidentemente, yo quería seguir los pasos de mi padre, pero cuando fui creciendo y llegué a mis quince años, me quedó muy claro que me había tocado la genética de mi madre, Es decir, yo no tenía ni el más mínimo talento para cantar por más que lo intentara, así que decidido a dedicarme al arte. Fui intentando diferentes cosas hasta que descubrí que era bueno para el baile. Me apegué a eso. Con el paso de los años me uní a un grupo. Ganamos algunos concursos en diferentes partes de la República nos contrataron para algunos eventos y yo fui juntando el dinero. Al paso de seis años junté suficiente dinero. Mi papá me regaló un terreno que tenía y con el dinero que había juntado construí un pequeño salón de eventos. Ese sería mi negocio. Por lo del grupo de Baile había conocido a mucha gente. Mi papá tenía muchísimos amigos por lo de la cantada, así que clientes no me iban a falta por un buen tiempo. El negocio funcionó bien. El salón no era para eventos muy grandes. Habían como mucho o cien personas, pero eso resultó ser una ventaja, porque, como el precio era muchísimo menor que el de un salón de eventos convencional mis clientes era para hacer vingos posadas, eventos de estudiantes, cosas pequeñas. Tenía por lo menos diez eventos por mes no me podía quejar hasta que llegó un evento diferente a todos los demás que había tenido antes. Una persona me contactó para decirme que quería el salón por motivo de querer celebrar unos quince años. Esas suelen ser fiestas muy grandes porque no sólo se invita a la familia, sino que también se invita a la familia de todos los que cooperan para la fiesta. Le comenté a la persona que el salón no era muy grande y lo cité para que lo viera el día acordado. Llegó el señor al salón lo vio y dijo que sí, que quería rentarlo para los quince años de su ahijada. Pregunté si el vals sería muy ostentoso, porque en caso de ser así, tendría que ampliar el espacio central, lo que implicaría retirar por lo menos cuatro mesas, lo que reducía la capacidad de cien a sesenta. El señor dijo que no había ningún problema con eso, que ellos no eran de la ciudad. Por lo tanto, no tenían muchos conocidos si podían meter a sesenta personas. Estaba bien. En ese mismo momento me dio el pago completo, acordamos la fecha y se firmó el contrato. Antes de irse, el señor me pidió un favor. No podía negarme si ya me había dado todo el dinero. El señor me anotó un número de teléfono y me dijo que faltando un mes para la fiesta, llamara para avisar que el salón ya estaba apartado. Es que era una sorpresa y no le había dicho a sus compadres que él pagaría el salón. Me pareció un buen gesto y que debe atender su solicitud. Faltando un mes para la fecha, marqué el número que me dejó anotado. Contestó una señora. Le comenté que era el dueño del salón, tal y que le llamaba para avisarle que en quis fecha podían acudir a celebrar los quince años de su hija, porque el padrino ya había pagado el salón. La señora con la voz casí quebrada y supuse que fue por la emoción. Me agradeció la llamada y colgó. Llegó el día de la fiesta y desde temprano comenzaron a llegar personas para decorar el salón. Yo tenía una pequeña oficina en la parte trasera del salón y tenía la costumbre de quedarme ahí durante los eventos para atender cualquier situación. En la oficina tenía las cámaras que me permitían ver todo lo que pasaba en el salón. Por lo tanto, yo vi desde que empezaron a arreglar y de inmediato las cosas me empezaron a parecer un poco pecuerdo, Por decir, lo menos los manteles tenían costuras llenas de símbolos raros. Los centros de mesa que eran de metal tenían también formas raras. El pastel parecía de todo menos de una fiesta de quince años. Todo era muy extraño. Tuve la impresión de que esas personas podrían ser de una religión extraña. Después de todo, el señor que me pagó me había comentado que la familia no era de ahí. Pensé que tal vez esa clase de ambientación pudiera resultar normal en el lugar del que venía a la familia. Sin embargo, en cuanto empezó la fiesta y llegó la quinceañera con sus jambelanes, todo se puso todavía más raro. La muchachita no llevaba un vestido de quinceañera. El vestido que llevaba muy apenas le cubría lo que tenía que cubría. Además, todos los chambelanes llegaron por tando unas máscaras que parecían como demonios. También sons tenían una espada. Cada uno después del vals tan extravagante, se pudiera decir que la fiesta se medio normalizó. La música era la popular de aquella época. La comida era elegante, pero normal. La gente se divertía como personas ordinarias, pero todo se salió de control. Cuando llegó a la fiesta el padrino, el señor que me había pagado el salón, llegó vestido con una gabardina color guinda, con degradados en negro y, por alguna razón, llevaba un bastón negro con una figura dorada en la empuñadura. En cuanto él entró la quinceañera caminó hasta el centro del salón, seguida de todos sus chambelanes enmascarados. Ellos formaron un círculo alrededor de la muchachita y del padrino juntaron sus espadas por encima como formando una cúpula. El señor tomó a la muchachita. En cuanto vi lo que estaba pasando, salí de mi oficina para intentar detener eso, pero los familiares me odias detuvieron. El papá de la quinceañera se me acercó y me pidió con lágrimas en los ojos que no interviniera, que así las cosas debían ser. Yo le grité y le insulté mientras le cuestionaba qué clase de padre enfermo permitiría una cosa así. En plena fiesta. El papá me dijo que no me metiera en cosas que no entendía. Amenacé con llamar a la policía. Entonces el señor que insisto se veía muy afligido. Me suplicó que no me metiera, que él me platicaría todo, pero que, por favor, dejar que las cosas ocurrieran como tenían que ocurrir Yo estaba horrorizado porque lo que estaba sucediendo se escuchaba en todo el salón. Le advertí al señor que tenía cámaras grabando todo y que si al final no me daba una explicación que justificara esa atrocidad, los hundiría a todos en la cárcel. Yo no podía seguir escuchando aquello, así que me salí del salón. Luego de un rato. Los invitados comencé pasaron a salir del salón. Se les notaba que iban llorando Entré al salón. Ya no estaban los enmascarados ni al padrino, pero yo no los había visto. Salía los abuelos de la muchachita la estaban levantando del suelo. Ella parecía estar completamente inconsciente. Rápidamente me acerqué con el papá y le exigí una explicación. El señor me pidió que fuéramos a donde estaban las cámaras para platicar. Estando ahí, me contó que su hija nació con cuatro soplos en el corazón. Los doctores le dijeron que no tenía posibilidad de sobrevivir más de una semana. Él no estaba dispuesto a dejar que su única hija muriera de esa forma tan injusta, Así que dejó a su esposa en el hospital y salió decidido a encontrar una cura para su hija. Le juró a su esposa que la encontraría, aunque le costara la vida. Encontró una forma de salvarla. Llamó a toda la familia para que se reunieran en el hospital y ahí hablar con su esposa y con todos ellos. Les comentó que había encontrado una forma, un sacerdote de particulares creencias. Le había asegurado que podía hacer que su hija viviera hasta cumplir los quince años. Pero para eso tenía que entregarla al diablo. Si le juraba al diablo que le entregaría al momento de cumplir los quince años, él la mantendría sana y salva hasta que llegara ese día. No se enfermaría nada, le dolería y sin importar que hubiera un accidente, A ella no le pasaría nada hasta que llegara el día de entregarse al diablo. Lo único que tenían que hacer era entregarla y luego mantenerla lejos de cualquier hombre, porque debía ser solo del diablo. El señor me dijo que toda su familia y la de su esposa se quedó muda en cuanto les dijo eso, pero él les aseguró que si no era de esa forma, la niña moriría en un par de días. La primera en hablar a fue su esposa. Ella estuvo de acuerdo sus papás y sus suegros, aunque no estuvieron de acuerdo, aceptaron que si era la única forma, no podían quedarse de brazos cruzados y así todos, de uno por uno dieron su opinión. La decisión tenían que tomarla entre todos, porque todos tendrían que ayudar a evitar que ella se acercara a ningún hombre, nada de amigos y mucho menos novios. Al final, todos estuvieron de acuerdo. El papá se reunió de nuevo con aquel misterioso sacerdote y le ofreció a su hija a cambio de que la mantuviera viva. El supuesto padrino era el diablo y lo que había sucedido al final de la fiesta era que el diablo había acudido a reclamar lo que le pertenecía por derecho. Evidentemente, no le creí nada. Al señor Me pareció que estaba inventando todo eso con tal de evitar que yo entregara las grabaciones a las autoridades, pero él me aseguró que yo podía comprobarlo. En ese mismo momento, él señaló las cámaras y me dijo revise las grabaciones. Yo no entendía para qué quería que hiciera eso, pero lo hice. Me llevó una gran sorpresa cuando, al estar reproduciendo lo grabado justo en el momento en que entró la quinceañera con sus chambelanes enmascarados en las cámaras, sólo se veía la muchachita. Los enmascarados no se veían en ninguna de las cuatro cámaras. Se veía que el vals lo bailó ella sola. Peor aún, cuando ocurrió aquello, sólo se veía la muchachita sola. El padrino tampoco salía en las cámaras. Me quedé mudo de la impresión. El señor muy serio me dijo el padrino era el diablo y los enmascarados eran sus demonios a. Mi hija no se la llevaron desmayada. Ya está muerta. No me quedó otra opción más que creerle al hombre. Voltea a verlo y le pregunté por qué estaba ahí dándome explicaciones en lugar de estar llorando la muerte de su hija. Lo que me respondió fue que ya había llorado la muerte de su hija. Cuando le dijeron que no viviría más de una semana. Los quince años que había vivido gracias al diablo eran un regalo. No había un motivo para estar triste, sino todo lo contrario. Él, aunque, por supuesto, le dolía la muerte de su hija, estaba agradecido por haber podido tener a su hija con vida por quince años. Me sentí tan mal por ese hombre que me disculpé con él. Después se fue Algunos de los invitados se quedaron limpiando y recogiendo todo, mientras yo permanecí en la oficina tratando de asimilar lo que acababa de pasar en mi salón. Pasaron dos semanas y me llamaron de una iglesia porque querían hacer una cena para celebrar el cincuenta aniversario de servicio de un sacerdote. Él quería ir a ver el salón a acordós hora y fecha para mostrarles. Cuando llegó el día. Ya estando ahí, apenas abrí las puertas para que el sacerdote y las personas que lo acompañaban entraran a ver el cura. Un señor de casi ochenta años volvió a verme con una cara de horror y me dijo que mi salón era un lugar repudiado por Dios. Yo, al igual que las personas que lo acompañaban, nos quedamos perplejos ante sus palabras. Luego el sacerdote añadió tú le abriste las puertas al diablo. El sacerdote pidió irse. Eso que me dijo el cura me dejó muy preocupado. Nadie más me volvió a llamar para rentar el salón. Para ese momento ya tenía acomodadas muchas fechas posteriores. La más lejana era dentro de nueve meses. En esos nueve meses solamente estuve recibiendo ingresos de la gente que iba liquidando sus fechas para poder utilizar el salón, pero no tuve clientes nuevos ni unos. Solo hice publicidad ofreciéndolo mitad de precio, pero ni así. Nadie más se interesó en mi salón. Al día siguiente de que se ocupara la última fecha que ya estaba agendada, cuando no tenía ningún evento pendiente en el salón, hubo un incendio quedó totalmente destruido. Creo que mi salón quedó maldito después de esos quince años. La sucursal para los que no conocen el Estado de Sinaloa. Más allá de lo que todos sabemos sobre el crimen organizado, el Estado de Sinaloa cuenta con muchas ciudades que destacan por cosas como espacios para la pesca deportiva, playas, increíbles vistas impresionantes de la Sierra Tarahumara. Y eso sin contar con que Sinaloa se puede comer el mejor ceviche del país, la mejor machaca, el mejor chicharrón y, por supuesto, los mejores tamales de México. Y todo esto no lo digo. Yo llevo veinte años dedicando al ramo turístico y las aseveraciones que acabo de hacer son las que obtengo como retroalimentación de los turistas. Tanto nacionales como extranjeros. Por eso me atrevo a hacer semejantes afirmaciones sin temor a equivocarme. Dedicarse al ramo turístico deja muy buen dinero, tanto que el próximo año voy a terminar mi carrera en ingeniería agrícola por la ude o que es de las mejores universidades privadas del Estado y que tiene un plantel en la ciudad en la que yo radico, que es la ciudad de Mazatlán, en la costa de Sinaloa. Hace varios años trabajaba de medio tiempo en una cadena de restaurantes que se llamaba los arcos. Era una sucursal de ambiente familiar donde lo que se vendía era pescados y mariscos. Yo entraba a las cinco de la tarde y me iba a r del cierre. El lugar cerraba sus puertas al público a las diez de la noche, por lo cual los trabajadores nos terminábamos yendo a eso entre las once y las doce de la noche. Me acuerdo que entré ahí porque una muchacha que me gustaba trabajaba en ese lugar y digamos que fue lo que se me ocurrió para pasar tiempo cerca de ella y así tener aunque fuera una oportunidad, porque, siendo honesto, ella estaba fuera de mi liga. No tenía ni un mes de haber entrado ahí cuando ya mientras preparábamos todo para irnos estábamos platicando de malas experiencias con clientes, cuando el encargado de turno se le ocurrió decirnos que ahí, de vez en cuando pasaban sucesos difíciles explicar. Mencionó, por ejemplo, que una niña marcaba por teléfono a la medianoche, entre otras cosas igual o más curiosas. Evidentemente, nos surgieron muchas preguntas. La que hice yo fue el como una niña hablaría por teléfono a un restaurante a la medianoche, El encargado de turno me respondió que esa niña había muerto en ese terreno antes de que se construyera la sucursal. Lo que había pasado era que sus padres se habían puesto a acabar buscando un tesoro y lo encontraron. Pero lo que esos padres no sabía era que el tesoro estaba maldito por el diablo y que todo aquel que quisiera, al menos una pequeña parte, tenía que ofrecer algo. A cambio, la ambición de los padres era tan grande que ofrecieron la vida de su hija. Así que el diablo la mató y la tragedia ocurrió a medianoche. Por eso la niña marcaba esa hora y si alguien contestaba, lo que la niña pedía era que la desenterraran. De ahí, porque tenía miedo del diablo. Debo admitir que esa historias me causó escalofríos, sobre todo porque desde que era niño, siempre me contaron historias de un supuesto tesoro enterrado en algún lugar de Mazatlán y este era custodiado por el diablo y a mí todo lo que tenía que ver con el diablo me daba mucho miedo. Aún así no creí del todo en la historia. La parte del tesoro y la niña muerta sí, pero eso de que marcaba por teléfono me sonaban a inventos del encargado en turno total que así quedó. Pasó el tiempo. Una noche a las nueve treinta entraron unos clientes y pidieron los platillos y las bebidas más caras de la carta, faltando cinco minutos para las diez ordenaron otra cosa. Nosotros debíamos dejar de atender clientes a las diez de la noche, pero como supusimos que debido al consumo, dejarían una buena propina. Cerramos para que nadie más entrara, pero a ellos lo seguimos atendiendo sin prisas. Se terminaron yendo faltando quince minutos para las once. Su tik fue de más de mil quinientos pesos. Los clientes sabían que nuestro horario de atención era sólo hasta las diez. Entonces, a modo de agradecimiento, dejaron sesenta dólares de propina que nos repartimos entre los que nos quedamos a atenderlos ya que se fueron. Empezamos a dejar todo listo para cerrar. Era evidente que terminaríamos yéndonos después de la medianoche para sorpresa de todos, incluyendo para el encargado de turno. A las doce. En punto sonó el teléfono. Nos quedamos mudos. La muchacha que me gustaba era la más aventada de todos los que estábamos ahí, dijo que iba a contestar. Nadie alegó nada. Ella fue al teléfono y contestó. Colgó en menos de dos segundos. Tenía la cara pálida. Le preguntamos qué había pasado y ella dijo que era una niña, pero no escuchó que quería porque del miedo le colgó el encanto de turno. Le dio una coca cola para que se tranquilizara. También comentó que ya había pasado por lo menos un año desde que a alguien estaba en la sucursal a medianoche. Por lo mismo, no recordaba esa sensación de escuchar sonar el teléfono a la medianoche le preguntamos si él alguna vez había escuchado la voz de aquella niña, pero nos dijo que no, que él estaba enterado que eso sucedía porque ya tenía más de cinco años trabajando en la sucursal y que con la compañera ya eran más de diez diferentes empleados a los que les había tocado contestar el teléfono y escuchar a la niña. No lo pactamos, pero creo, sin temor a equivocarme, que todos estábamos de acuerdo en no querer volvernos a quedar a esa hora. Pasaron como tres meses y entonces, una noche mientras cerrábamos, surgió el tema de aquella llamada y nos acordamos de las demás cosas que nos había dicho el encargado de turno, así que le pre juntamos y lo demás también era verdad. Él nos comentó que sí, pero que todas las demás cosas solamente sucedían durante la noche del uno de noviembre, que para esa fecha faltaban tres meses. Llegó la noche del uno de noviembre. La muchacha que me gustaba había pedido permiso para no trabajar ese día porque sí había quedado muy tocada tras contestar la llamada de la niña. En esa ocasión nos llegó la instrucción. Como el uno de noviembre es el día de las almas de los niños, nos llegó la instrucción de que se daría un diez por ciento de descuento para todos los niños que llegaran caracterizados o mínimo maquillados. Cuando yo llegué a las cinco de la tarde, lo primero de lo que me percaté fue que había más niños de lo que era normal. Llegó la hora de empezar a cerrar, pero cuando uno de los compañeros fue a revisar el baño de mujeres, se se se dio cuenta de que estaba ocupado. Ya no había ninguna mesa ocupada y no recordábamos a ningún cliente que hubiera acudido sólo al restaurante. Pero supusimos que quizás lo estaban esperando afuera y que no tardaría en salir. Así que ahí lo dejamos y nos pusimos a hacer lo demás. Al paso de quince minutos, la persona no salía del baño. Sabíamos que el baño estaba ocupado porque sólo se podía cerrar por dentro. Tocamos la puerta, pero nadie respondió. Hablamos pero nada. Entonces el encargado de turno nos dio la orden de abrir la puerta. Se podía abrir con un destornillador. Cuando lo hicimos, no encontramos a nadie. En el interior, de repente se escuchó un ruido, un golpe volteamos y había sido una tabla de cortar lo que había caído al suelo. Alguien fue a levantarla para colocarla en su lugar y, en cuanto lo hizo, se cayó un sartén. Todo volteado a vernos. Sin decir una sola palabra. El gerente miró su reloj. Apenas eran las once y Pico nos pidió que no enteráramos en pánico, que mejor nos apuráramos a terminar para irnos antes de que sonara el teléfono, optamos por dejar el sartén tirado y levantarlo hasta que ya no faltara nada por hacer Para las once treinta ya nos íbamos a ir. Así que alguien fue a poner el sartén en su lugar, pero en cuanto lo hizo, un foco reventó en breve. Lo siguiente que ocurrió fue que la puerta del baño de mujeres se cerró de golpe. Todos volteamos hacia la puerta, la cual se volvió a abrir y el foco del interior empezó a parpadear muy rápido entre tantos parpadeos de la luz. Por un instante nos pareció ver que en el interior del baño estaba una niña. El encargado de turno nos pidió que nos fuéramos hacia la salida, pero cuando él metió la llave para abrir, ésta no giraba. Él intentó con otras tres llaves, pero ninguna giraba. Entonces sonó el teléfono. Ya habían dado las doce. Yo era el que estaba más cerca del teléfono y no sé por qué lo hice, pero presioné el botón para contestar. Se puso automáticamente en alta voz. Todos escuchamos la voz de una niña que pidió que la sacaran. De ahí fue todo lo que dijo antes de que se cortara la llamada. Después la llave giró y pudimos salir. Ese fue el último turno que trabajé en ese restaurante. El pozo hace poco tuve la desdichas de pasar frente a la casa en la que crecí cuando era niño. Fue menos de un segundo, tan sólo lo que el auto tardó en pasar por ahí. Pero ese cortísimo lapso fue suficiente para revivir el infierno que yo y mis hermanos vivimos en esa casa. Cabe aclarar que la casa estaba dentro de un terreno en el que había otras dos casas. No era una vecindad como tal, pero las tres casas compartían la misma fuente de agua un pozo profundo. En una de las casas vivía un matrimonio que tenía varios hijos con los que yo y mis hermanos nos llevábamos muy bien. La tercer casa estaba abandonada. Ni mis padres ni los padres de mis amigos jamás nos contaron el motivo de por qué la tercer casa estaba abandonada. Sin embargo, de los demás vecinos de la cuadra llegamos a escuchar que en esa casa, antes de que nosotros naciéramos, vivió un hombre que era un brujo muy malvado, le hizo mucho daño a todos los de la colonia. Llegó el tiempo en que la gente no estuvo dispuesta a seguir soportándolo y se pusieron de acuerdo para entrar a su casa y matarlo. Pero el brujo tenía un pacto con el diablo que lo hacía inmortal, así que no pudieron matarlo. Entonces lo que hicieron fue ya teniéndolo todo encadenado. Lo arrojaron al pozo de agua. Mis amigos, mis hermanos y yo siempre guardamos en secreto que sabíamos lo que había sucedido. Nuestros padres no se enteraron que nosotros sabíamos. Les cuento un poco más de cómo estaba distribuido todo el terreno para que se entienda lo que voy a contar. La entrada al terreno era por unas rejas grandes de color azul que daban paso directo al patio que tenía el pozo de agua en el centro. No se podía pasar de las casas al patio de forma directa. Las puertas de cada casa apuntaba hacia el perímetro del terreno. Saliendo de la puerta, había un pequeño espacio que era para tener plantas y para colgar la ropa. Al lado de ese pequeño espacio estaba un pasillo y ese pasillo daba al patio. Todas las tardes, mis hermanos y yo salíamos corriendo de la casa, atravesábamos el pasillo y llegábamos al patio donde ya estaban los niños de la otra casa con los que nos poníamos a jugar. Una de las primeras reglas que nos pusieron nuestros padres para dejarnos jugar en el patio fue que no debíamos acercarnos al pozo de agua y que tampoco debíamos aventar nada, porque si ensuciábamos el agua, después nos tendríamos que tomar esa agua sucia. Y si bien, si obedecimos eso de no aventar nada al interior del pozo, aquello de no acercarnos nos fue imposible porque éramos niños. Por lo tanto, nuestra curiosidad era inmensa Y nuestra curiosidad aumentó después de que nos enteramos que muchos años antes, un brujo había sido lanzado vivo al pozo. Un día que estábamos aburridos, se nos ocurrió acercarnos al pozo para hablarle al brujo y saber si, de pura casualidad seguía vivo. Nuestra lógica era que si según era inmortal por su pacto con el Diablo, en teoría debía seguir ahí todo flaco y débil, pero vivo. No queríamos tampoco a hacer mucho escándalo para que nuestras mamás no se dieran cuenta de lo que estábamos intentando hacer. Estuvimos sable y y hable, pero el brujo no respondió. Yo no tengo hijos, pero todos los que sí tengan estarán de acuerdo conmigo en que un niño jamás acepta un no por respuesta, Así que nosotros no íbamos a rendirnos así nada más. Estuvimos pensando que podíamos aventar al pozo, que fuera pesado como para pegarle al brujo, pero que no fuera a ensuciar el agua. Estuvimos pensando por muchos días hasta que a uno de mis hermanos se le ocurrió aventar un pedazo de hielo. A todos los demás nos pareció una buena idea. Solo había un problema. Necesitábamos conseguir mucho hielo. Así que fuimos con el señor de la Tienda, al que les decíamos, Don Cobrón, porque las cosas en su tienda eran muy caras. Fuimos a su tienda y le preguntamos si de pura as so no nos podía hacer el favor de poner a congelar una vasija llena de agua y vendernos el hielo. Don Cobrón levantó la ceja y nos preguntó para qué queríamos ese hielo. No supimos qué responderle. Por lo tanto, él intuyó que estábamos planeando hacer una travesura. Nos dijo que él pondría a congelar una vasija con agua, que la dejaría toda la noche y al día siguiente nos la daría. Pero con la condición de que juntáramos todas las hojas que estaban tiradas en su banqueta y en la calle frente a su tienda, aceptamos el trato, nos pusimos rápido a recoger todas las hojas y volvimos a nuestras casas. Al día siguiente, regresando de la escuela y después de comer fuimos todos a recoger el hielo. Llevar el hielo desde la tienda hasta el pozo fue muy difícil, por qué el hielo de tan frío que estaba nos quemaba las manos, así que nos íbamos turnando cada poco segundos ya cres gresamos, nos aseguramos que nuestras mamás no nos estuvieran viendo y aventamos el enorme pedazo de hielo al interior del pozo de agua. El hielo lo dejamos caer con el cuidado suficiente como para que no golpeara con los bordes. Entonces, cuando escuchamos ese fuerte sonido del hielo, rompiéndose debido a que había impactado con algo, supimos que el brujo de verdad estaba en el interior del pozo. El sonido que se produjo fue tan fuerte que nuestras mamás salieron rápido a ver qué era lo que había pasado. Nos encontraron reunidos alrededor del pozo. Molestas nos preguntaron qué había pasado. Lo que les dijimos fue que estábamos jugando Cuando se escuchó un ruido fuerte y nos acercamos para ver Cuando les dijimos eso, la expresión de ambas cambió de molestia a preocupación. Nos hicieron regresar al interior de nuestras casas, ya cuando nos estábamos alejando. Se me figuró escuchar un unas esporas de ceseo muy leve, pero yo sabía que ese sonido había salido del pozo. Durante la madrugada me desperté para ir al baño, ya cuando me iba a acostar otra vez me dio la curiosidad de asomarme por la ventana para ver el pozo y noté que un tenue destello brotaba del interior. Al día siguiente que nos reunimos en el patio, les platiqué lo que había visto. Creíamos que realmente habíamos despertado al brujo, pero queríamos comprobarlo. El plan ya no era aventar nada, porque si volvíamos a llamar la atención de nuestras mamás seguro nos prohibirían salir a jugar al patio. Entonces nos pusimos a pensar sobre lo que podíamos hacer. A uno de los niños de la otra casa se le ocurrió golpear latina con la que los adultos sacaban el agua. Era una buena idea. El sonido haría ruido hacia el pozo debido al eco, pero no se alcanzaría a escrito char mucho hacia afuera. Le dimos unos cuantos golpes a la cubeta y esperamos ansiosos a que el sonido rebotara hacia el fondo del pozo. Cuando el sonido se perdió en el interior. Otro ruido salió desde el fondo. El brujo sabía que estábamos tratando de comunicarnos con él. Aquí. Es importante dejar en claro que nosotros no entendíamos que lo que estábamos haciendo era peligroso Para nosotros. Un brujo era equivalente a la bruja del setenta y uno que veíamos en el chavo del ocho, y eso de que el brujo había hecho un pacto con el diablo no teníamos ni idea de que pudiera significar era la década de los setentas. Por eso, para nosotros todo aquello no era más que un juego. Como cualquier otro. Uno de mis hermanos fue a la casa y trajo una manzana, la metimos en la cubeta y la comenzamos a bajar. No dejamos caer la cubeta porque sabíamos que si se llenaba de agua, estaría muy pesada y hubiera sido imposible para nosotros sacarla de nuevo. Con la ayuda de la cuerda, fuimos bajando la cubeta poco a poco. Cuando sentimos que la cubeta se empezó a mover, jalamos la cuerda para subirla. La manzana seguía en la cubeta, pero tenía una gran mordida. Nos emocionamos durante más de una semana. Estuvimos jugando a meter comida en la cubeta para alimentar al brujo, hasta que en una ocasión, cuando subimos la cubeta en el interior, encontramos algo que nosotros no habíamos puesto. Era una especie como de fruta o verdura. Era del tamaño de una papa, pero tenía espinas. Su color era como el de una cereza rojo, pero casi negro. La sacamos de latina con mucho cuidado y luego con un lanzamiento de canicas, decidimos quién se quedaría con esa cosa. Ganó uno de los niños de la otra casa. Al día siguiente, ellos estaban como asustados. Les preguntamos qué pasaba y nos dijeron que su papá había agarrado a aquella fruta o verdura, le había quitado las espinas y se la había comido. Pensamos que su papá se había enfermado por comer eso, pero no Lo que nos dijeron fue que, en cuanto su papá se terminó la fruta, se empezó a poner agresivo y le pegó a su mamá, cosa que nunca había hecho antes, ni una sola vez durante la cena, ya estando mis hermanos y yo en casa. Mi mamá le comentó a mi papá que había visto a la vecina muy mal, que tenía un ojo morado y tenía hinchada la boca y la nariz, Lo que pasó la noche siguiente es demasiado fuerte, así que lo voy a resumir. Mi papá tuvo que llamar a la policía, pero cuando llegaron, la señora ya estaba muerta y todos mis amigos se habían ahogado en el fondo del pozo de agua. Ellos intentaron detener al señor, pero estaba vuelto loco e intentó atacar a lo. Policías le dieron un disparo, pero eso no lo detuvo, así que se vieron en la obligación de matarlo. Tanto mis hermanos como yo estamos seguros que esa tragedia fue provocada por esa fruta que el brujo nos entregó. Tal vez no le gustaba la comida que nosotros le dábamos. Tal vez por eso el señor aventó a sus hijos al pozo para que el brujo se los comiera un mal pacto. Hace algunos años me encontré en el peor momento de mi vida, perdí todo no miento cuando digo que estuve viviendo en la calle. Mi existencia había sido un cúmulo de desgracias y desilusiones. Desde que era niños, siempre todo me salió mal. Era el niño gordo y con lentes de la escuela, todo mundo me molestaba. Por eso ya no quise estudiar la secundaria. Eso fue lo que provocó que no pudiera encontrar un buen trabajo. Así que cuando mis padres murieron, me vi solo en una casa de la que ni siquiera podía pagar los recibos de agua y luz. Estaba en la miseria y la soledad. La esperanza se desvanecía como humo en mis manos y la desesperación se convertía en mi única compañera constante. Desde lo más profundo de mi desesperación, decidí buscar una solución que pudiera cambiar el curso de mi vida. Ya cuando vivía en la calle acudió una iglesia para pedir ayuda, pero el sacerdote se negó a darme tan siquiera un taco. Eso provocó que yo agarrara cierto rencor no a Dios como tal, pero sí a la iglesia, así que me vino a la mente pedirle ayuda al otro bando. Tuve la idea de invocar al diablo y pactar con él. Claro que no tenía ni la más remota idea de cómo hacer eso, Así que lo dejé de lado por un tiempo, porque dormir en la calle mientras se pasa hambre y frío no deja mucho tiempo para pensar. Una madrugada al parque donde me estaba quedando a dormir, llegó un viejo de una apariencia bastante peculiar, porque, a pesar de que tenía la apariencia de llevar varios días sin bañarse. Aún así se veía elegante. No fino, pero sí elegante. Me preguntó si podía sentarse al lado mío. Yo dudé un poco, pero entonces de su abrigo sacó un bolillo y me ofreció la mitad Rápidamente me moví para que el viejo pudiera sentarse. Estando ahí empezamos a platicar. Le conté el cómo yo había terminado en esa situación. Cuando terminé, el viejo me miró directo a los ojos y me dijo que él podía cambiar mi destino, que lo único que tenía que hacer era estrechar con fuerzas humano. Cuando él pronunció esas palabras, puede sentir una brisa fría que movió mi cabello. Pero mi deseo de cambiar mi vida era tan grande que, a pesar de que tuve un mal presentimiento, no hice ninguna pregunta y estreché la mano del viejo puso una gran sonrisa de Oreja a Oreja y me felicitó. Después se puso de pie y me aseguró que nos volveríamos a ver cuando ya tuviera una mejor vida. Al día siguiente, mientras caminaba por la ciudad esperando que algo pasara, me encontré con el único amigo que había tenido en la primaria. A él lo molestaban porque siempre fue muy chaparrito. De hecho, esa vez que me lo encontré en la calle debía medir menos de unos sesenta y como era mi único amigo, yo recibía los golpes por él. Se llamaba Raúl. Se alegró mucho de verme y me invitó a comer para no hacer el cuento largo. A Raúl le había ido muy bien. Era dueño de una empresa muy importante en el Estado y me ofreció trabajo como jefe de su equipo de seguridad yo le aclaré que no tenía ni idea de cómo desempeñar bien ese trabajo. Pero eso no fue problema. Dijo que él confiaba en mí por lo que yo había hecho por él cuando éramos niños. Me mandó a tomar unos cursos y luego agarré el trabajo. Ganaba muy buen dinero. Regresé a vivir a la casa que era de mis padres. Ya con dinero empecé a frecuentar lugares elegantes y ahí las mujeres se me acercaban. Mi vida estaba en un nivel que jamás me llegué a imaginar. Pero a pesar de que durante varios meses estuve disfrutando mucho mi nueva vida, una mañana desperté sintiendo un pequeño hueco en el estómago. No era hambre, no dolía ni ardía. Simplemente era como si algo me faltara. Me preocupé al punto de que fui a que me revisara un doctor, pero no encontró nada fuera de lo normal. Después de esa mañana, poco a poco, las cosas que ha entonces me hacían disfrutar de mi nueva vida. Comenzaron a perder su esencia. No era millonario, pero como nunca tuve dinero, ya había comprado todo lo que siempre quise, ya no sabía qué hacer con el dinero que me seguían pagando. En un lapso de cinco meses pasé de estar con una mujer diferente cada fin de semana allá ni siquiera salir a tomar un trago. Los lujos y las comodidades perdieron su encanto y me encontré rodeado de cosas materiales que ya no me hacían sentir bien, objetos que no me aportaban nada y que sólo alimentaban mi sensación de vacío. Y fue así que, a pesar de vivir en una casa llena de todo lo que cualquier familia quisiera tener. Yo me sentía desolado. De hecho, hubo un momento en que ella no dormía en la cama. Me acostaba en el piso, porque mi estado de ánimo era el mismo que tenía cuando dormía en aquella banca fría y solitaria del parque. Una de tantas madrugadas tocaron a mi puerta. Cuando fui a abrir era aquel anciano de apariencia extraña. Lo invité a pasar. Le ofrecí algo de comer y una cerveza. El viejo parecía muy contento de verme. Yo ni siquiera entendía cómo había dado con mi casa. Nos conocimos en un parque no tenía sentido, pero aún así, ese completo desconocido estaba ahí sentado en mi sala. Mirándome con una sonrisa de oreja a oreja. Me preguntó si me gustaba mi nueva vida. Yo, en lugar de responderle le hice una pregunta, quién es usted, el viejo que todavía estaba sonriendo. Me respondió tú lo Sabes bien, querías hablar conmigo, pero no sabías cómo eso Me dio escalofríos. Ese anciano estaba insinuando ser el diablo en carne y hueso. Yo, con la voz un poco temblorosa, le comenté que no tenía idea de lo que me estaba diciendo. El viejo se apuró a terminar el pan y la cervé se levantó del sillón y fue hacia la puerta. Antes de irse me dijo que sólo me había visitado para asegurarse de que yo tuviera muy en claro que él había cumplido con su parte del trato, así que al morir yo cumpliría con la mía. Luego cerró la puerta y se fue. Creo que debió haber sido obvio desde que llegó conmigo al parque pero sinceramente, nunca me puse a pensar lo que estaba haciendo ahora resulta que, sin importar nada, terminaré en el infierno. Relatos escritos y adaptados por Ramiro contreras