Jan. 25, 2024

Mi Esposo Insultó A La Santa Muerte Historias De Terror - REDE

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Encontré a la Santa Muerte. Soy originaria de la Ciudad de México. Ahí viví junto con mi hermano y mis padres. Cuando era adolescente, nos fuimos a radicar a Toluca. Con frecuencia íbamos de visita a nuestra ciudad en la que crecimos. Mi nombre es Ana. Después que terminé de estudiar la carrera en mercadotecnia, comencé a trabajar en una agencia de bienes y raíces. Ahí conocí a José Luis. Después de un tiempo de relación, nos casamos. Tuvimos una boda sencilla. Sólo nos acompañaron nuestros familiares más cercanos. No pudimos salir de viaje de luna de miel porque teníamos un compromiso laboral que cumplir se nos vencía la entrega de una campaña de publicidad, así que pospusimos salir fuera. José Luis me dijo que, en cuanto fuera posible, lo haríamos. En realidad no me ocasionó molestia el no hacerlo. Cada vez que teníamos oportunidad de viajar, nos íbamos a distintas partes. Uno de nuestros lugares favoritos era Ixtapa de la sal y Valle de Bravo, pero en esta ocasión queríamos ir a la playa. Después de dos meses de arduo trabajo, surgió la oportunidad de darnos un descanso de tres días. José Luis decía que fuéramos a Ixtapa, pero yo tenía ganas de ir a Acapulco. Lo convencí de hacerlo y el jueves por la mañana partimos en su auto. Salimos de la casa a las ocho de la mañana. En tres horas nos encontrábamos en el bello Puerto de Acapulco. Esos días fueron muy agradables. El sábado que nos íbamos a venir. Pensamos que era buena idea regresarnos al mediodía o en la tarde para no viajar por la noche, ya que la carretera era muy peligrosa, principalmente porque habían rumores muy fuertes de que el nauotráfico estaba presente Ese día nos levantamos temprano para caminar por la playa y aprovechar las pocas horas que estaríamos ahí. La hora de salida del hotel era a las doce del mediodía. Después de que hicimos las maletas y entregamos la habitación, le dije a José Luis que antes de partir podíamos quedarnos un rato más en un restaurante que estuviera cerca de la playa. Así viajaríamos con el estómago lleno. José Luis estuvo de acuerdo y ya con las maletas en la cajuela del auto, fuimos al restaurante. Bella vista Creo que fueron las horas más agradables que pasamos juntos. Mientras comíamos, José Luis vio en una de las mesas a un compañero de la universidad que hacía tiempo no lo veía. Su amigo iba acompañado de su esposa. José Luis los invitó a nuestra mesa, aunque era la primera vez que platicaba con la pareja. Pronto estuvimos inmersos en una agradable charla. El amigo de José Luis comenzó pidiendo unas cervezas. A discreción. Le dije a mi esposo que no bebiera porque iba a manejar de regreso a Toluca. Él asintió, por lo que asumí que no lo haría. José Luis era una persona que por lo general no tomaba alcohol porque le afectaba mucho. Con algunas cervezas que se tomara, se alteraba un poco y sus emociones se salían de control. Ya tenía mucho tiempo que no bebía, pero entendí que era una ocasión especial. Se nos pasaron las horas sin darnos cuenta del tiempo. Cuando vi el reloj, ya eran después de las siete de la noche. Le dije a José Luis que ya era hora de marcharnos porque no teníamos reservación para quedarnos otra noche en el hotel y habíamos decidido no viajar tan tarde. Su amigo le dijo que ese no era un problema, por esa noche nos podíamos quedar en la habitación de su hotel era grande y podríamos descansar por la mañana. Partiríamos muy temprano. A mí no me agradó la idea. Era cierto que eran personas muy agradables, pero los acababa de conocer. Le agradecí al amigo de mi esposo y le dije que teníamos un compromiso. Al día siguiente, José Luis estuvo de acuerdo con él. Nos despedimos de sus amigos y nos marchamos. Antes de partir de regreso a Toluca, le pregunté a José Luis si se encontraba en condiciones para manejar. Él Me dijo que había bebido muy poco, que sólo se encontraba eufórico. Lo observé y me di cuenta que sí podía hacerlo. Así que partimos de Acapulco a las nueve de la noche. Conocíamos muy poco la carretera para salir del puerto. Nos apoyamos en la señalética del lugar, pero estaba confusa. Yo intenté apoyarme con la aplicación para ubicarnos cuál rumbo tomar, pero mi celular estaba muy lento. No agarraba la señal. José Luis me dijo que ya no buscara la dirección. Ya había ingresado al camino. Los dos no éramos personas de una gran visión. Ambos usábamos lentes y por la noche era un poco más complicado ver mientras avanzamos en la carretera. Le dije a José Luis que el camino no se me hacía conocido. Él me respondió que no era lo m so viajar de día que hacerlo de noche. Parecía que eran rutas distintas, pero todo estaba bien así. Continuamos por más de una hora. No podía ver los letreros con claridad, pero me daba la impresión de que íbamos por otra ruta más adelante. Me lo confirmó. José Luis me dijo que íbamos por la carretera libre. Tardaríamos un poco más en llegar, pero que todo estaría bien. Así. Lo hicimos por otro rato más. No sé en qué kilómetro íbamos, porque no distinguía a los letreros, pero José Luis me dijo que ya pronto llegaríamos a ixtapan de la sal Mientras conducía, José Luis continuaba eufórico y muy platicador al agarrar una curva pronunciada y salir de ella. A lo lejos él vio un altar a la Virgen de Guadalupe. Se persignó y comenzó a dar gracias a la imagen por haberse pasado unos días tan bonitos En mi compañía. Cuando estuvimos más de cerca de ese altar, vimos que no se trataba de la Virgen de Guadalupe, sino de la Santa muerte de inmediato. José Luis comenzó a decir que frente a esa imagen no se persignaba ni tenía por qué darle gracias de nada. De manera muy cómica, comenzó a decir que a ella no le tenía devoción y que si le había rendido culto, fue porque no la había visto bien él para rezarle a la Virgen de Guadalupe. No a ese adefesio extraño y feo. Le dije que no exagerara. No era para tanto. Simplemente pensó que se trataba de la Virgen y no había sido así. No era necesario que hiciera tanto alboroto. En ese momento me di cuenta que todo era por efecto de las cervezas que se había tomado, porque, por lo general, él no era una persona así que se espantara de esas cosas. Ya no comentamos nada al respecto. Continuamos nuestro viaje. Sin embargo, como cuarenta minutos más adelante, sin algún motivo aparente, el auto se detuvo. Íbamos a entrar a una curva peligrosa. Cuando el coche se descompuso, José Luis hizo una maniobra para salirse de la carretera y quedar en un pequeño acotamiento. El lugar estaba completamente desolado. Sólo había alrededor mucha vegetación y una gran oscuridad. José Luis intentaba marcarle a los del seguro para que nos mandaran una grúa, pero era complicado porque en ese lugar el teléfono no quería agarrar la señal. Él me dijo que intentara con mi teléfono, pero tampoco pude hacerlo. Me salí del auto para probar desde otro lugar, pero era inútil. No daba el tono de llamada desesperada. También le marcaba a mi madre. En un momento entró la llamada. Se escuchaba. La conversación entrecortada, pero ella pudo entenderme. Le dije que les llamara a los de la grúa y le pasé la ubicación. Fue todo lo que alcancé a hacer, porque la llamada se cortó. Me quedé un poco más tranquila, porque al menos alguien ya sabía lo que no sabía oculta y conocí en qué lugar nos encontrábamos. Me regresé al auto. José Luis estaba desesperado. Me dijo que no era posible que el auto hubiese fallado si estaba en muy buenas condiciones antes de salir de viaje. Lo había llevado a su servicio. Le comenté que mi madre ya estaba enterada del lugar en el que nos encontrábamos y que ella haría las gestiones necesarias para que nos recogieran todo. Era cuestión de ser pacientes. Los dos nos resignamos a pasar un buen rato en ese lugar, porque no creímos que la grúa fuera a llegar tan pronto. Acomodé el asiento del coche para poder recostarme un rato afuera del automóvil. Era tanta la oscuridad que me generaba un poco de temor. De pronto hubo algo que llamó mi atención. Comencé a notar que había movimiento entre la maleza, como si unos perros anduvieran corriendo, pero pensé que no podría tratarse de perros callejeros, porque estábamos muy lejos de cualquier poblado. No era posible que unos gatos o perros estuviesen en un lugar deshabitado. Le dije a José Luis que mirará hacia afuera, porque al parecer no estábamos solos, pero él se había dormido. Seguí notando el movimiento entre los arbustos, pero preferí ignorarlo. Me acomodé en el asiento y empecé a quedarme dormida. Estaba cayendo en un sueño profundo. Cuando escuché un sonido extraño al exterior del auto, me incorporé y pude ver a lo lejos algo que flotaba era como una bruma blanca que estaba cerca de un árbol frondoso. Fijé mi vista para tratar de ver con más claridad, prendí la lámpara de mi celular. Pude ver con un poco más de nitidez. Era un espectro de color blanco. No me dio miedo porque pensé que era un ser de luz por tener un color blanco. Mi madre era muy creyente de las energías y de los colores. Ella decía que el color negro atraía malas energías. Por el contrario, el color blanco tenía la capacidad de atraer a los seres de luz. Así que me quedé observando, tratando de identificar qué era ese objeto flotante. Noté que comenzó a avanzar hacia el coche conforme Se fue acercando más pude verle el rostro no era precisamente el de un ser bueno, porque tenía un rostro tenebroso. Era una cara huesuda con una mueca de terror. Fue cuando comencé a tener miedo. Me dieron escalofríos y mucho temor. Le grité a José Luis que se despertara. Le dije que ese ser espantoso nos quería hacer daño. Él se incorporó abruptamente. Alcanzó a mirarlo cuando pasó muy de cerca del coche por unos segundos se quedó parado. Viéndonos en ese momento, pensé que nos íbamos a morir, pero no sucedió así. Continuó su camino. Volteé hacia atrás para verlo de nuevo, pero ya había desaparecido. Cuando vi a José Luis, él estaba temblando igual que yo. Le pregunté qué rayos había sido eso. Él me respondió que no tenía la menor idea. Después de que vimos a ese ser flotante, ya no queríamos salir del coche porque creíamos que en cualquier momento aparecería y nos llevaría. Pero pasaba el tiempo y la grúa no daba muestras de que llegara. Le dije a José Luis que era necesario salir del coche para intentar llamar de nuevo por teléfono a mi mamá, pero teníamos miedo de Salirnos sabíamos que permanecer dentro del auto no nos garantizaba nuestra seguridad, pero al menos nos sentíamos un poco más tranquilos dentro de él. Le dije a José Luis que cerca del árbol frondoso había tenido señal que me acompañara de nuevo a intentar comunicarme con mi madre. Salimos del auto volteando hacia todos lados. Teníamos la sensación de que alguien nos estaba observando y que en cualquier momento llegaría hasta nosotros. Con todo y el miedo, fuimos hacia el árbol. Desde ahí de nuevo pude hablar con mi madre. Fue la única persona con la que pude establecer comunicación. Ella me dijo que ya había hablado con los del seguro, pero que la grúa no llegaría hasta el día siguiente, a las siete de la mañana, porque ya eran más de las doce de la noche y era peligroso ir a esa zona a esas horas de la noche, que ellos no se iban a exponer, a ir por nosotros a esa hora corrían el riesgo de que los narc los vieran y les quitaran la grúa. Cuando mi madre me dijo eso, no podía creer que estaríamos ahí hasta que amaneciera. Es más, pensé que para esas horas quizás ya no estaríamos vivos. Le dije a mi madre que lo intentara de nuevo. De repente, la llamada se cortó. Intenté varias veces conectar con ella sin conseguirlo. En ese momento comencé a escuchar lamentos, pero eran los de varias personas, como si al unís o no se hubiesen puesto de acuerdo para gritar. Eran unos lamentos desgarradores que daban tristeza y temor. Le pregunté a José Luis si él también había escuchado lo mismo. Él me respondió que sí. No. No nos abrazamos porque creímos que lo siguiente era que salieran espectros de entre los matorrales, pero no sucedió así. Después de unos segundos, todo quedó en silencio. Los dos volteamos a todos lados para ver si había alguien más con nosotros. Se dejaron de oír los sonidos siniestros. Nos fuimos al auto sin meditarlo mucho, pusimos los seguros a las puertas, como si con eso pudiésemos evitar que un ser nos lastimara. Eran casi las dos de la mañana, durante un rato, los dos quedamos atentos a cualquier sonido o manifestación. Sin embargo, todo estuvo en calma. De nuevo, el sueño comenzó a hacer de las suyas. Nos fuimos quedando dormidos por unos minutos me quedé profundamente dormida. De pronto un grito aterrador me despertó. Era José Luis, que se agarraba la cabeza con sus manos. Le pregunté qué le pasaba, pero ni siquiera me escuchó. Se salió del coche gritando y corriendo. Se internó en la oscuridad entre la vegetación. Traté de seguirlo, pero no lo conseguí. Sólo sus gritos se escuchaban cada vez más lejanos. Me quedé parada sola sin saber qué hacer. Esperaba que él regresara, pero no lo hizo. Los coches pasaban, pero ninguno se detenía, ni tampoco yo quería hacer la señal para que me ayudaran. No sabía de quién se podía tratar. Me sentía atemorizada sin saber qué hacer. A lo lejos. Vi las luces de un auto que disminuía la velocidad, corría a meterme al coche vi cuando se estacionó delante del auto. En ese momento creí que podría ser algún desconocido que trataría de hacerme daño, pero no fue así. Era mi madre, acompañada de la madre de José Luis. Ella le había platicado lo que nos estaba sucediendo. Ambas acordaron en ir con nosotros porque era una zona muy peligrosa. Justo cuando más las necesitaba habían llegado. Les dije de la desaparición de José Luis. Su madre se inquietó y quiso socorrer a buscarlo, pero mi mamá le dijo que no lo hiciera. Algo malo. Les podía suceder a los dos nos metimos al auto. Ya adentro. Mi madre, que era conocedora del Reiki y de las energías, me dijo que el lugar estaba lleno de energías muy densas. Ella sentía algo malo en el ambiente, que era necesario protegernos. Mi mamá encendió varios inciensos, que sacó del auto y los enterró en la tierra alrededor del coche. Dijo que era una manera de neutralizar las energías, pero que no podía hacer mucho porque lo que había ahí estaba en su lugar de origen, así que no sería posible hacer que se fueran ellos pertenecían a ese lugar. Lo que podía hacer era sólo hacer rituales de protección que quizás podrían servir. La madre de José Luis estaba desesperada. Quería ir tras él porque tenía miedo de que fuese a perder la vida, pero no se lo permitimos. Le dijimos que tenía que esperar a que amaneciera porque en la oscuridad los seres siniestros hacían de las suyas. Mi mamá, que era más sensible y podía sentir más de cerca las energías, nos dijo que no teníamos que salir del auto. Se acababa de acercar una energía oscura y muy fuerte. Ella estaba rondando alrededor del auto. La busqué a través de la ventana, pero no lograba ver nada. En cambio, mi mamá sí podía hacerlo, porque vi el miedo en su rostro se quedó atenta viendo hacia fuera del auto como si estuviese frente a frente con alguien. Después se marchó porque mi madre nos pudo decir lo que acababa de ver. Nos dijo que era un ser oscuro y siniestro que buscaba a José Luis porque se había asomado al interior del auto nos vio a las tres, pero no se quedó porque no estaba él. Mi madre me preguntó qué había sucedido para que el auto se descompusiera. Precisamente en ese lugar le platiqué lo que había ocurrido la confusión que él tuvo con la Virgen. Ella comenzó a mover negativamente la cabeza. Me dijo que la Santa estaba muy enojada por haberla despreciado de esa manera y que si no hacía un ritual de perdón, no se quedaría tranquila hasta llevarse su alma. Tuve miedo de lo que le pudiese suceder a José. Luis sabía que la Santa lo estaba buscando y no podía ir en su auxilio. Mi madre comenzó a hacer una serie de rezos para que las energías negativas se fueran, pero creo que todo era más fuerte que sus oraciones, porque afuera del auto había movimiento en los arbustos ruidos extraños que se acentuaron. Antes de que la oscuridad se disipara de José Luis, no sabíamos nada en absoluto porque mi madre no nos permitió salir ni a mí ni a la madre de él. Antes de que fuera a amanecer las tres pudimos ver al ser que andaba rondando era muy alto y oscuro. Caminaba con lentitud y traía una capucha que le cubría la mayor parte de la cabeza. En esta ocasión no se asomó al auto. Se fue directo hacia la dirección que corrió José Luis. Tuve miedo de que él no sobreviviera a la Santa. Abrí la puerta del coche para ayudar a José Luis. Sin embargo, mi madre me tomó del brazo. Me dijo que eso era un asunto que tenía que arreglar él, que yo no interviniera. Me preguntó si en algún momento yo había renegado de ella. Le respondí que no fue el único que se santiguó ante la Santa. La madre de José Luis estaba molesta porque mi madre no nos dejaba salir. Decía que su hijo podría estar en peligro y que no íbamos en su auxilio. Mi madre trató de calmarla, pero ella no entendía. Ella le dijo que la Santa solía cobrar las deudas o las afrentas a las personas que las provocaron. Si yo no estaba involucrada en la ofensa, no tendría por qué dañarme. Por eso, el ser oscuro que pasó a un lado del coche se detuvo, pero no se quedó. Siguió en la búsqueda de José Luis sin decirnos nada. La madre de José Luis abrió la puerta del auto y salió corriendo buscando a su hijo. Mi madre me dijo que ella no había nada que hacer. Lo mejor era quedarnos dentro del coche y esperar a que amaneciera afuera del auto. Las manifestaciones continuaron hasta que se hizo de mañana. Aún al final de la oscuridad, cuando la luz del nuevo día comenzaba a emerger a través del firmamento, se seguían escuchando ruidos. En cuanto apareció la luz del día, todo quedó en completa calma. Le sugería a mi madre que saliéramos a buscar a José Luis y a su madre. Ella me dijo que era necesario esperar un poco más en lo que las diversas entidades que estaban afuera se calmaran y se fueran a su lugar de origen. Los de la Grúa cumplieron de llegar a las siete de la mañana del domingo. Cuando ellos llegaron todo estaba en calma. Mi madre se acercó con ellos para reclamarles por qué no quisieron recogernos. El sábado por la noche me fui a buscar a José Luis. Tenía miedo de encontrarlo muerto. A lo lejos vi que estaba en el suelo. Al igual que su madre. Llegué corriendo. Él estaba inconsciente. Traté de reanimarlo hasta que recobró el sentido. Le pregunté qué había pasado. Él no me respondió. Corrió hacia dónde se encontraba su madre. Ella no se movía. Estaba inerte. José Luis la movió en varias ocasiones, pero ella no reaccionó. Me acerqué con él para saber qué le sucedía. Parecía que estaba muerta. José Luis también pensó lo mismo, porque comenzó a llorar amargamente los de la grúa de inmediato hicieron las llamadas pertinentes para que vinieran las autoridades y recogieran el cuerpo de la madre de José Luis en el trayecto. Les reproché por qué no habían llegado un día antes. Ellos nos dijeron que tenían miedo de hacerlo desde el momento en que supieron la ubicación. No se atrevieron a ir porque era una zona cubierta por los nuevos y que en ese lugar acostumbran matar a sus víctimas o enterrarlas y Desaparecerlas agregaron que tuvimos suerte de que no nos vieran los nacios, sino quizás ya no estaríamos vivos. Le pregunté por qué la Santa se había llevado la vida de la madre de José Luis. Ellos nos dijeron que no sabían la causa, pero la Santa no se quedaba con ninguna deuda. Quizás ella quiso intervenir por su hijo, pero que no sabían qué había ocurrido. Sólo dijeron que era una zona muy riesgosa, no sólo por el narráfico, sino por todos los muertos que se han depositado. Por ahí era un territorio de la Santa Muerte. Relato escrito y adaptado por Adriana Cuevas