🔥 MI AMIGO ME CONFESÓ QUE ERA REPTILIANO…
0:01 El secreto de mi amigo. A Jair lo conocà en quinto de primaria. Su familia acababa de llegar a la colonia y la maestra lo sentó junto a mà porque tenÃa un lugar vacÃo. Era bueno para dibujar y siempre llevaba las tareas completas. Nos hicimos amigos porque a los dos nos gustaba jugar con canicas durante el recreo. A veces me esperaba a la salida y caminábamos juntos hasta la esquina donde cada quien se iba para su casa. La primera vez que me habló de su familia, estábamos recortando unas fotografÃas de animales para una tarea. HabÃa una de una serpiente cambiando de piel. Nosotros también hacemos eso, me dijo Jair. Yo pensé que hablaba de cuando se te despellejan los hombros después de ir a nadar. A mà se me cayó toda la espalda en vacaciones. Le contesté.
0:49 Ãl acercó su silla. Pero nosotros somos reptiles. Nada más que por fuera nos vemos como ustedes, me dijo Jair. Me reà y seguà recortando. Durante los meses siguientes volvió a mencionarlo varias veces. Nunca lo hacÃa delante de otros niños. Esperaba que estuviéramos solos o lo decÃa mientras trabajábamos, como quien cuenta algo que pasó en su casa. Yo le seguÃa la conversación. Me explicó que su abuela pasaba temporadas encerrada porque a ella le costaba más trabajo cambiar. PonÃan sábanas viejas en su cama y calentaban agua para humedecerlas. Mi mamá dice que cuando yo crezca también me va a tocar ayudar, me contó Jair. Le dije que a lo mejor su abuela estaba enferma. Si puedes decir eso si te preguntan, me respondió. Aquello me molestó un poco.
1:44 Sentà que se estaba empeñando en que yo creyera su juego. Jair faltó tres dÃas seguidos poco después. Cuando regresó, llevaba los puños del suéter bajados hasta los dedos. Se rascaba las muñecas por encima de la tela. Le pregunté dónde habÃa estado. Me tocó a mÃ. Me dijo. Quise subirle una manga para ver y apartó el brazo. TodavÃa me arde. Mi mamá me puso crema. Me explicó Jair. En mi casa, lo comenté mientras comÃamos. Mi mamá me dijo que seguramente tenÃa algún problema de la piel y que lo dejara tranquilo. Eso fue lo que pensé durante bastante tiempo. Jair vivÃa en una casa de una planta, con una reja alta y un patio donde habÃan puesto láminas transparentes sobre una estructura de fierro. Desde la banqueta se alcanzaban a ver varias sillas. Una tarde fui a buscarlo para hacer una maqueta.
2:39 Su mamá salió a recibirme. Era una señora amable, de esas que te preguntan si tu mamá sabe dónde estás. Me llevó una silla hasta la reja y Yair salió con sus útiles. Trabajamos ahÃ, con la puerta cerrada entre nosotros y el patio. Yo le pregunté si adentro habÃa una mesa más grande. Hoy no puedes pasar, me contestó Yair. Su mamá nos llevó agua y unas galletas. Cuando se metió, él se acercó a mÃ. Está mi abuelo, me dijo. Desde donde estaba sentado, alcancé a distinguir a un señor al fondo del patio. TenÃa una toalla sobre los hombros y estaba inclinado hacia adelante. Su camisa se veÃa mojada.
3:22 Durante todo el rato, permaneció casi en la misma posición. Yair recogÃa los pedazos de cartón y cada tanto volteaba hacia él.¿ Le duele algo? Le pregunté. A veces se queda asà para que se le afloje. Me contestó. Pensé que hablaba de la espalda. Cuando terminé mi parte de la maqueta, el señor levantó la cabeza. Estábamos lejos. Entre él y yo habÃa ropa colgada y una de las columnas del techo. Recuerdo una cara muy clara y algo oscuro alrededor de la boca. También recuerdo que Yair se puso de pie justo delante de mÃ. Su mamá salió enseguida y me dijo que se estaba haciendo tarde. Me fui con mi cartón bajo el brazo. Al otro dÃa, Yair quiso saber qué habÃa visto. Le contesté que a su abuelo sentado.¿ Y la cara? Me preguntó. Pues, la cara de un señor. Le respondÃ. Pareció quedarse tranquilo. Después, me contó otras cosas de su casa. Que cuando alguno estaba cambiando, los demás le dejaban la comida junto a la puerta. que su abuela guardaba por separado las fundas y las sábanas que usaba esos dÃas, que a su hermano pequeño todavÃa tenÃan que recordarle que cerrara la boca cuando habÃa visitas. Yo le pregunté una vez si comÃan personas.
4:42 Se quedó viéndome con una expresión que todavÃa recuerdo. No digas eso de mi mamá, me contestó Yair. Fue la primera vez que discutimos por aquel asunto. Le pedà perdón porque de verdad se habÃa ofendido. Después seguimos jugando como siempre. En junio dejó de ir durante una semana. La maestra nos dijo que estaba enfermo y me pidió que le llevara las hojas de matemáticas porque yo pasaba cerca de su casa. Llegué después de comer. La puerta de madera estaba abierta detrás de la reja. Oà voces y esperé un momento antes de tocar. Al fondo vi a una mujer sentada. TenÃa la cabeza echada hacia atrás y alguien le sostenÃa una tela húmeda contra el cuello. Me pareció que respiraba con la boca muy abierta. La mamá de Yair apareció en el pasillo y cerró la puerta de madera.
5:37 Le entregué las hojas por entre los barrotes. Me agradeció y me preguntó si llevaba mucho rato esperando. Le dije que acababa de llegar. Cuando Yair volvió a clases, me contó que habÃan decidido mudarse otra vez. Yo le pregunté si era porque los demás habÃan descubierto lo de su familia. Lo dije riéndome. Ãl se puso a guardar sus colores. Te dije porque eras mi amigo, me contestó. Ya no volvà a hacerle bromas con eso. Se fue antes de que terminara el ciclo escolar. Me dejó una canica grande, transparente, que usaba para tirar. Yo le regalé un carrito. Durante años, pensé que habÃa sido un niño inventando una explicación para alguna enfermedad de su familia. TodavÃa me parece posible. También me acuerdo de aquella última semana. Estábamos esperando a que llegara la maestra cuando me preguntó otra vez por la mujer que habÃa visto al llevarle las tareas. Le dije que apenas habÃa alcanzado a verla.¿ Por qué? Le pregunté.
6:43 Yair se quedó moviendo su lápiz entre los dedos. Mi mamá quiere saber cuánto viste. Me contestó. Ya soy un hombre adulto. Tengo hijos que han pasado por esa misma edad. Sé las cosas que pueden inventar dos niños durante un recreo. Nunca conseguà averiguar a dónde se fue Yair. La canica se perdió hace mucho. Lo que sigo recordando es que aquella última pregunta me la hizo con una hoja doblada en la mano. Estaba esperando mi respuesta para llevar la escrita a su casa. La ventanilla de la caseta. Aquella noche se me habÃa tirado el café sobre unas hojas y estaba secando el escritorio cuando llegó el tráiler. Trabajaba cobrando en una caseta de una carretera del norte. Era 2012.
7:37 En el turno nocturno nos quedábamos pocos, pero las cabinas estaban comunicadas y tenÃamos a un compañero de vigilancia en el edificio de servicio. Yo ya llevaba casi dos años ahÃ. El trailer se detuvo un poco más adelante de donde debÃa. El conductor tuvo que estirarse para alcanzar la ventanilla. Era un hombre de unos 40 años. TraÃa la camisa pegada al pecho y sudaba bastante, aunque ya hacÃa frÃo. Me entregó un billete y me preguntó si faltaba mucho para la siguiente gasolinera. Le dije más o menos cuánto. Mientras preparaba su cambio, escuché que alguien hablaba dentro de la cabina.
8:18 El conductor volteó hacia el asiento de al lado. Contestó algo que no alcancé a entender. Luego volvió a mirarme.¿ Tiene un baño aquÃ? Me preguntó. Le señalé el edificio donde estaban los sanitarios. Para entrar, tenÃa que avanzar y estacionarse después del cogro. El conductor miró otra vez hacia el pasajero. Vio estirar la mano con su cambio. Antes de que lo tomara, apareció otra mano por encima de su brazo. Llevaba un guante oscuro. Agarró los billetes y se quedó apoyada en la orilla de mi ventanilla. Detrás del conductor habÃa un hombre envuelto en una chamarra muy grande. Estaba agachado para poder verme. Yo quiero pasar aquÃ, me dijo el pasajero. Pensé que se referÃa al edificio. Le expliqué dónde podÃa estacionarse. El hombre señaló la puerta de mi cabina. Aquà contigo, me dijo. Me eché un poco hacia atrás y le contesté que ese espacio era solamente para el personal. El conductor tenÃa la vista fija en el volante. El pasajero retiró la mano. Oà que abrÃan la puerta del otro lado del tráiler. Yo ya habÃa terminado el cobro. Levanté la barrera y le indiqué al conductor que avanzara. Ãl permaneció donde estaba. Por el frente del vehÃculo apareció el otro hombre. Caminaba con las rodillas algo dobladas. La chamarra le llegaba hasta los muslos y las mangas le cubrÃan casi toda la mano. Se acercó
9:50 a mi ventanilla. De cerca me dio la impresión de que estaba enfermo. TenÃa la piel muy tirante alrededor de la nariz y unas zonas más oscuras juntas. a las orejas. Necesito entrar, me dijo. HabÃa bebido o estaba confundido, pensé. Nos llegaban conductores en toda clase de condiciones. Le repetà que tenÃa que usar los baños de afuera. Entonces apoyó una mano en el marco. El guante se le habÃa recorrido. En la muñeca tenÃa una piel gruesa dividida en pequeños relieves. La vi bien porque quedó justo debajo de mi lámpara. Me quedé mirándola. Ãl siguió mi mirada y bajó la manga. Ãbreme, me pidió. Deslicé el vidrio para cerrar. Metió los dedos antes de que llegara al final. Yo empujé con las dos manos. El vidrio se detuvo contra sus mudillos. El hombre acercó la cara. Su boca estaba entreabierta. TenÃa los labios muy delgados y algo le temblaba por debajo de la mandÃbula, como una bolsa pequeña que se inflara con su respiración. Busqué el radio sin quitar la mano del vidrio.
10:58 Le pedà a Nabor, mi compañero de vigilancia, que viniera. El hombre volteó hacia el aparato. Después se agachó hasta poner los ojos a la altura de los mÃos. Recuerdo que seguÃa intentando sonreÃr. Desde el tráiler, el conductor le gritó que ya podÃan seguir. El hombre mantuvo la mano en el marco unos segundos más. Luego la retiró y pude cerrar. Le puse el seguro al vidrio. Ya tenÃa el corazón tan acelerado que me costaba hablar por el radio. Nabor salió del edificio y venÃa caminando hacia nosotros. El pasajero se apartó de mi cabina. Yo esperaba verlo rodear el frente del trailer. En lugar de eso, se agachó junto a una de las ruedas. Se apoyó en el pavimento con una mano y metió primero la cabeza debajo del vehÃculo. La chamarra quedó extendida en el suelo. Vi cómo acomodaba un brazo muy arriba dentro de la estructura y después recogÃa las piernas. Cuando Nabor llegó, solamente se alcanzaba a ver la tela arrastrando junto a una llanta.
11:59 El tráiler comenzó a avanzar. Nabor hizo señas para que el conductor se detuviera. Yo también le grité desde la cabina. El hombre del volante me miró mientras pasaba. TenÃa la boca apretada y las dos manos sujetando el volante. No se detuvo. Nabor corrió unos metros a un lado, gritando que habÃa alguien debajo. El vehÃculo siguió hasta perderse en la oscuridad de la carretera. Mi compañero regresó, convencido de que acabábamos de presenciar un accidente. Llamamos al responsable del turno y dimos las caracterÃsticas del tráiler. Yo estaba temblando. Le conté a Nabor lo de la mano y le enseñé dónde habÃa metido los dedos. En el borde del vidrio quedaron unas marcas grasosas. Ãl me dijo que habÃa visto algo que yo, desde mi lugar, no pude ver.
12:47 Al pasar junto a la rueda, habÃa alcanzado a distinguir la cabeza del hombre. Estaba vuelta hacia abajo, mirando la carretera, mientras el resto del cuerpo permanecÃa recogido contra la parte inferior del vehÃculo. Nabor creyó que estaba atorado. Yo le pregunté si lo habÃa visto batallar para soltarse. Me dijo que no. Al contrario, cuando le gritó, el hombre recogió la cabeza. Anotamos todo lo que pudimos recordar. Nunca me informaron que hubieran encontrado a una persona herida en ese tramo. Al terminar el turno, Nabor se sentó conmigo a esperar el transporte del personal. Durante buena parte del trayecto, seguimos discutiendo cómo podÃa haberse acomodado alguien en aquel lugar. Antes de bajar, mi compañero me hizo una pregunta.¿ El chofer se dio cuenta de que se habÃa metido abajo? Me preguntó Nabor. Le contesté que sÃ. Lo habÃa visto mirar por el espejo antes de arrancar. El señor del elevador Fui a aquel edificio a entregar unos documentos para un trámite de mi trabajo. Era una mañana entre semana y llevaba prisa porque después tenÃa que regresar a la oficina.
14:00 En recepción me pidieron una identificación y me indicaron el piso. Cuando llegué al elevador un señor me sostuvo la puerta. TendrÃa alrededor de 60 años. Usaba pantalón de vestir y una camisa abotonada hasta el cuello, aunque hacÃa calor. Llevaba un saco doblado sobre el brazo. Le agradecà y entré. El elevador comenzó a subir. Entre un piso y otro dio un tirón y se detuvo. Esperamos unos segundos. Yo apreté el botón para abrir. Luego, el de otro piso. El señor me pidió que tocara la alarma. Nos contestaron por el interfono. Dijeron que ya estaban revisando y que nos mantuviéramos tranquilos. HabÃa luz dentro de la cabina. Yo miré mi teléfono para avisar que iba a llegar tarde a la oficina. El señor se quedó de pie junto a la pared, respirando por la boca. Al cabo de un rato me preguntó si me molestaba que se sentara.
14:57 Le dije que no. Se acomodó en el suelo, con las piernas dobladas, y puso el saco sobre las rodillas. Pensé que podÃa sentirse revisara. Asà estoy bien, me contestó. La espera se hizo larga. Desde afuera se oÃan golpes y voces apagadas. Yo seguÃa revisando la hora. El señor apoyó la cabeza contra la pared y cerró los ojos. Fue entonces cuando noté algo en su cuello. La parte de piel que se veÃa por encima de la camisa estaba formando un pliegue muy ancho. ParecÃa que el cuello de la prenda lo estuviera empujando hacia arriba. Me quedé observando porque pensé que tal vez le estaba impidiendo respirar.¿ Quiere que les diga que se siente mal? Le pregunté.
15:44 No me contestó. Se llevó una mano al cuello y desabrochó el primer botón. La piel se movió con sus dedos. Yo habÃa visto piel floja en personas mayores. Mi abuelo tenÃa el cuello asÃ. Aquello se desplazó de otra manera. Toda una sección se levantó junta, desde debajo de la oreja. Debajo habÃa una superficie oscura. El señor metió dos dedos por el cuello de la camisa y tiró suavemente. Una parte de su cara se recorrió. Lo vi en la oreja. La tenÃa un poco doblada y, con aquel movimiento, volvió a quedar recta. Me pegué a la pared de enfrente. Ãl abrió los ojos. Nos quedamos mirándonos. En uno de sus ojos, la abertura negra del centro se habÃa vuelto estrecha y larga. Parpadeó varias veces. Yo tenÃa tan cerca el botón de alarma que lo estaba tocando con el codo.
16:37 El señor se puso de pie. Lo hizo despacio, cuidando que el saco le cubriera el cuello.¿ Qué vio? Me preguntó. Yo alcancé a decir que nada. Ãl siguió acomodándose la camisa. Una de sus manos quedó apoyada en mi hombro. Sentà los dedos muy duros por encima de la tela. Desde afuera nos preguntaron cuántas personas estábamos dentro. Me adelanté para contestar. El señor aumentó un poco la presión. Somos dos. Estamos bien, respondió él hacia la puerta. TenÃa otra vez la voz del hombre que me habÃa dejado subir. Yo lo miré de reojo. Se habÃa colocado el saco y estaba abotonándoselo.
17:18 La piel del cuello ya se veÃa lisa. Me dijo que respirara. Yo seguÃa con el teléfono en la mano, pero me costaba mover los dedos. Cuando abran, sale usted primero, me indicó. AsentÃ. El hombre me limpió con el pulgar una gota de sudor que me habÃa llegado a la cien. Después retiró la mano. Me quedé mirando la unión de las puertas hasta que volvimos a escuchar al personal de mantenimiento. Finalmente consiguieron sacarnos. Nos fueron indicando dónde apoyar los pies porque habÃa un pequeño desnivel. Salà primero. Uno de los empleados me preguntó si podÃa caminar. yo me hice a un lado y me apoyé en la pared del pasillo el señor salió detrás lo escuché decir que yo me habÃa puesto nervioso desde que nos quedamos encerrados alguien le ofreció agua él la rechazó y preguntó por las escaleras yo lo vi alejarse con el saco puesto caminando entre las personas que se habÃan acercado a ayudar me tardé un rato en poder explicar lo que habÃa pasado Primero dije que aquel hombre me habÃa amenazado. Un empleado quiso saber con qué. Le conté lo de la cara. Mientras hablaba, me fui dando cuenta de lo difÃcil que era describirlo.
18:33 El señor habÃa apoyado una mano en mi hombro. Me habÃa dicho que respirara. HabÃa esperado a que yo saliera. Eso era lo que los demás habÃan alcanzado a ver. El encargado de mantenimiento me acompañó a recepción. Yo seguÃa buscando al hombre entre la gente. Me devolvieron mi identificación y me ofrecieron llamar a alguien. Terminé pidiéndole a un compañero de la oficina que fuera por mÃ. Le dije que habÃa tenido un problema con el elevador. Los documentos se quedaron conmigo. Volvà dos dÃas después para entregarlos, acompañado. Durante un tiempo me despertaba con la sensación de que alguien estaba apoyando una mano en mi hombro. Dormir de costado me ayudaba. Nunca supe quién era aquel señor. Lo último que me dijo el encargado antes de que mi compañero llegara fue que yo debÃa haberle avisado antes de que se marchara mi acompañante. Tuve que explicarle varias veces que habÃa entrado solo al edificio. Lo tapé con maquillaje.
19:35 Mi mamá tenÃa una estética pequeña. Ella cortaba y teñÃa. Yo hacÃa peinados y maquillajes cuando alguna clienta tenÃa una fiesta. Los sábados dejábamos preparada una mesa junto a la ventana porque ahà entraba mejor la luz. El hombre llegó una tarde cuando estábamos terminando de comer. Preguntó si podÃamos disimularle una marca para unas fotografÃas familiares. Mi mamá me llamó. Ãl llevaba una camisa de cuello alto y un pañuelo metido por dentro. Se lo apartó apenas para enseñarme una lÃnea oscura debajo de la mandÃbula. Al principio creà que era una cicatriz. Le dije que podÃa intentar cubrirla, aunque necesitaba verla con más luz. El señor preguntó cuánto costarÃa.
20:18 Le di un precio y aceptó. Se sentó en la silla de maquillaje. Mientras yo preparaba las cosas, mi mamá cruzó a la tienda de la esquina. HabÃa dejado la puerta de la estética abierta y la cortina levantada. Desde mi lugar se veÃa pasar a la gente por la banqueta. El señor me preguntó si tardarÃa mucho. Le dije que unos 20 minutos, dependiendo de cómo recibiera el producto su piel. Cuando apartó el pañuelo, descubrà que la marca le daba vuelta al cuello. En algunas partes estaba bien adherida, en otras habÃa una orilla levantada, muy delgada, de color de su cara. Pensé en alguna prótesis. A veces llegaban muchachas con extensiones pegadas, pestañas mal colocadas o restos de productos que habÃan intentado quitarse solas. Le pregunté qué se habÃa puesto.
21:07 Lo que necesito es taparlo, me contestó. Me acerqué con una esponja húmeda. Antes de que lo tocara, me sujetó suavemente la muñeca. La orilla, déjela como está, me pidió. Soltó mi mano. Trabajé primero sobre una zona pequeña. La superficie se sentÃa lisa, como un material que ya tuviera algún sellador. Le expliqué que quizá el maquillaje no fuera a durar demasiado. Con que dure esta tarde, me respondió. Yo tenÃa que inclinarme para alcanzar la parte de abajo de su mandÃbula. Ãl levantó la cabeza. Vi que la lÃnea se habÃa separado un poco más. Debajo habÃa una piel grisácea dividida en pequeñas secciones. Pensé que estaba viendo otra capa de la prótesis. Le pregunté si podÃa limpiar un poco para que pegara mejor. El hombre bajó la cabeza.
21:56 La parte oscura se contrajo. Se movió por sà sola, antes de que yo volviera a tocarlo. Sentà un golpe de calor en la cara. Ãl me estaba mirando a través del espejo. Yo bajé los ojos hacia mis brochas y le dije que necesitaba buscar otro producto. Di un paso hacia el mostrador. Tiene todo ahÃ, me dijo el señor. Su voz habÃa cambiado. Se escuchaba más baja, con un ruido húmedo al final de las palabras. Me detuve. En el espejo pude verlo llevarse una mano al cuello. acomodó la orilla que se habÃa levantado y la apretó con dos dedos. Después se quitó el saco. Las mangas de la camisa le quedaron estiradas sobre los brazos. En el espacio entre el puño y una mano tenÃa la misma superficie grisácea que habÃa visto debajo de la cara. La cubrió al jalarse la manga. Yo dejé una brocha sobre la mesa porque me estaba temblando demasiado la mano. El señor señaló la zona que me faltaba.« Acabe, por favor», me pidió. Empecé a escuchar los coches de afuera con mucha claridad. Cada vez que alguien pasaba por la puerta, volteaba a verlo. El hombre permaneció quieto mientras yo trabajaba.
23:15 Le cubrà la lÃnea usando capas delgadas. Hice exactamente lo que me habÃa pedido. Dejé la orilla en su lugar y puse color encima. Me preguntó si se notaba. Le contesté que necesitaba difuminar una parte. Yo estaba procurando hablar como siempre. TenÃa miedo de que se diera cuenta de cuánto me habÃa asustado, aunque era evidente que lo sabÃa. Mi mamá regresó con una bolsa de pan. El señor volteó hacia ella y le sonrió. Le contestó cuando le ofreció café. Hasta le preguntó si quedaba lejos la iglesia de la colonia. Yo seguà trabajando debajo de su mandÃbula. Mi mamá se quedó junto al mostrador platicando con él de los negocios que habÃan abierto cerca. Cuando terminé, el hombre se acercó al espejo. Giró la cabeza despacio mirando los dos lados. Después me preguntó otra vez si se notaba.
24:10 Asà está bien, le contesté. Se puso el pañuelo sin apretarlo y sacó el dinero. Me pagó lo acordado. Antes de irse, levantó un poco la barbilla para que mi mamá viera. Ella le dijo que habÃa quedado muy natural. El hombre me miró por última vez y salió. Yo esperé a que se alejara de la ventana. Entonces agarré a mi mamá del brazo y la llevé a la parte de atrás. Le conté lo que habÃa visto. Al principio pensó que yo hablaba de una enfermedad. Le expliqué el movimiento de aquella piel y cómo habÃa quedado acomodada otra vez debajo de su cara. Mi mamá quiso salir a buscarlo por la banqueta. Le rogué que se quedara conmigo.
24:53 TodavÃa tenÃamos dos citas. Las atendimos juntas. Yo hice un peinado sencillo y después estuve ayudándole a pasarle cosas mientras ella trabajaba. En la casa me eché a llorar. Mi mamá le contó a mi papá que un cliente me habÃa asustado. Ãl fue al dÃa siguiente a quedarse un rato en el local. Durante varias semanas pensé que aquel hombre iba a volver. Cada vez que mi mamá me hablaba desde la entrada, yo preguntaba primero quién habÃa llegado. Con el tiempo seguimos usando la mesa y las brochas nuevas que compré. Las de aquella tarde las tiré. Mi mamá todavÃa se acuerda del señor. Cuando hemos hablado de él, siempre menciona lo educado que habÃa sido. Yo me acuerdo de otra cosa. Terminé de cubrirle el cuello. Lo vi salir a la calle y entendà que la siguiente persona que hablara con él ya no iba a poder ver lo que yo acababa de tapar. el hombre que bajó por las piedras. Germán y yo tenÃamos la costumbre de salir a acampar dos o tres veces al año. Llevábamos comida sencilla, una tienda y las mismas cobijas que usábamos desde la preparatoria. En 2009, un conocido de su papá nos consiguió permiso para quedarnos en un terreno cerca de una barranca. El dueño tenÃa una casa a la entrada y unas vacas más adentro. Nos señaló una vereda por la que podÃamos bajar hasta un claro junto al agua.
26:25 Llegamos a media tarde. Dejamos la camioneta en una parte plana y caminamos un poco para escoger dónde poner la tienda. HabÃa árboles, piedras grandes y una pared de roca al otro lado del arroyo. Estábamos extendiendo la lona cuando apareció un hombre arriba. Llevaba pantalón oscuro y una camisa clara abierta del cuello. Caminaba despacio sobre el borde. Nos preguntó qué hacÃamos. Germán le explicó que tenÃamos permiso del dueño para acampar. El hombre miró hacia la camioneta y después hacia nuestras cosas.¿ Nada más bien en ustedes? Nos preguntó. Le contesté que sÃ. Permaneció un rato observándonos. Luego siguió caminando hasta que los árboles lo taparon. Pensamos que serÃa alguien de los terrenos vecinos. Terminamos de acomodarnos, calentamos unas tortillas y nos quedamos platicando. Se hizo de noche mientras Germán lavaba dos platos en una cubeta. Yo estaba guardando la comida cuando escuché caer unas piedras al otro lado del agua. Alumbré hacia arriba. HabÃa alguien sobre la pared de roca. Pensé que era el hombre de la tarde, buscando una forma de bajar. Le grité que tuviera cuidado.
27:37 La figura se detuvo. Germán dejó los platos y se acercó a mÃ. Yo mantenÃa la lámpara apuntando hacia aquel lugar. El hombre estaba apoyado en una parte inclinada, con una mano extendida a un lado. Luego siguió descendiendo. Lo hizo de frente a nosotros. Bajó un brazo, apoyó la mano más abajo y desplazó el cuerpo hacia ella. Después movió una pierna. La camisa le colgaba separada del pecho. Germán me preguntó cómo estaba agarrándose. Yo seguà la luz sobre las manos, buscando alguna grieta. La pared tenÃa irregularidades, pero habÃa un tramo casi liso por donde se estaba moviendo.
28:17 Descendió por ahà sin detenerse. Cuando llegó a la parte de abajo, se quedó agachado, con el cuerpo cerca de las piedras. Calculé que nos separaban unos 15 metros y el cauce del arroyo. Le volvà a hablar. El hombre levantó la cara. TenÃa la boca abierta. Desde donde estábamos se veÃa una parte muy clara en el interior, que se cerró cuando bajó la cabeza. Germán agarró del codo. Me dijo que nos fuéramos. Yo todavÃa estaba tratando de entender qué habÃamos visto. Pensaba que, tal vez, llevaba alguna cuerda que, desde abajo, no alcanzábamos a distinguir. Entonces el hombre entró al arroyo. Se apoyó con las manos y avanzó sobre las cuatro extremidades. El agua le cubrÃa los brazos hasta cerca de los codos. Al llegar a la otra orilla, levantó el torso. Lo tuvimos mucho más cerca.
29:09 Era del tamaño de un hombre, pero el cuello era muy ancho. La luz le pegaba en un costado de la cara. Vi pequeños relieves a lo largo de la mejilla, desde debajo del ojo hasta donde debÃa estar la oreja. Germán ya estaba retrocediendo. Yo me fui con él. La figura dio un paso fuera del agua, después otro. Aquà no se pueden quedar, nos dijo Germán. La voz salió con esfuerzo. Alcancé a entender las palabras porque las repitió mientras seguÃa hablando. Germán me quitó la lámpara de la mano, la mantuvo apuntando hacia él y me pidió que buscara las llaves. Las tenÃa en el bolsillo del pantalón, pero tardé en encontrarlas. Nos fuimos moviendo hacia la camioneta. Yo iba viendo el suelo para no caerme, Germán caminaba de lado, alumbrando entre nosotros y el arroyo. El hombre volvió a agacharse.
30:02 Se quedó detrás de una de las piedras que estaban junto a la tienda. VeÃamos parte de la camisa clara y una mano apoyada sobre la roca. Cuando llegamos a la camioneta, Germán me dijo que abriera. Metà la llave en la puerta del conductor. Se me cayó al suelo. Tuve que arrodillarme para recogerla. Desde ahÃ, vi el claro por debajo de la caja de la camioneta. La figura ya estaba fuera de la piedra. Avanzaba hacia nosotros. Abrà y subÃ. Germán rodeó el frente sin quitar la luz de aquel lugar. Encendà el motor y metà reversa. Mi amigo todavÃa estaba acomodándose cuando empecé a moverme. Me gritó que esperara y terminé de retroceder con su puerta abierta.
30:45 La cerró de un golpe. Salimos por la misma vereda por la que habÃamos entrado. La camioneta se sacudÃa tanto que Germán tenÃa que apoyarse en el tablero. Yo miraba el camino. Le pedà varias veces que revisara atrás. Cada vez me contestó que siguiera. Llegamos a la casa del dueño y empezamos a tocarle. Salió molesto por el ruido. DebÃan ser poco más de las diez. Los dos hablábamos al mismo tiempo. Cuando conseguimos explicar que habÃa un hombre junto a nuestras cosas, quiso acompañarnos a buscarlo. Agarró una lámpara y se puso las botas. Le dijimos que esperarÃamos hasta la mañana. Nos dejó pasar la noche en un cuarto donde guardaba costales y herramientas. Germán acomodó una silla contra la puerta. Ahà me reclamó que hubiera arrancado antes de que pudiera subir bien. TenÃa razón. En aquel momento yo habÃa visto la puerta abierta y lo único que quise fue poner la camioneta en movimiento. A la mañana siguiente volvimos los tres por nuestras cosas. La tienda seguÃa armada.
31:51 HabÃa un plato dentro de la cubeta y el paquete de tortillas estaba donde lo dejé. El dueño examinó la pared de roca. Dijo que alguien podÃa bajar por un costado si conocÃa el terreno. Le señalamos la parte que habÃamos visto. Nos pidió que se la volviéramos a señalar desde el lugar exacto donde estábamos sentados. Lo hicimos. Se quedó mirando un rato. Después nos ayudó a desarmar la tienda. Nunca nos dijo haber encontrado a aquella persona. Nosotros tampoco regresamos. Germán todavÃa sale a acampar con sus hermanos. Yo voy cuando se trata de un lugar donde podamos quedarnos en alguna cabaña. De aquella noche conservamos versiones casi iguales. Ãl recuerda mejor el momento en que el hombre cruzó el agua.
32:38 Yo recuerdo cómo bajó por las piedras. Hay algo más en lo que siempre hemos coincidido. cuando nos pidió que nos fuéramos seguÃa sin terminar de ponerse de pie parecÃa estar haciendo el esfuerzo de hablarnos mientras intentaba acomodar el cuerpo como lo habÃa llevado durante la tarde
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