Nov. 11, 2023

Mi Abuela Bruja Se Quita La Piel Historias De Terror - REDE

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Piel de Bruja. Siempre que recuerdo a mi abuela, tengo sentimientos encontrados. Por una parte, me viene a la mente su manera de ser con nosotros, la forma en que nos contaba, sus historias, el modo de tratarnos. Pero la otra parte es tan oscura, tan terrorífica que batallé mucho para aceptarla y, por más que trato. No la he podido olvidar. Mi abuela era una mujer con muchos conocimientos, muy seria, casi misteriosa. No le tenía miedo a nada. Era raro verla durante el día. Nunca reía. Vivía en una pequeña casa al fondo de nuestro mismo terreno. Nunca supimos cosas personales de ella, por ejemplo, quién fue nuestro abuelo, cuántos años tenía o qué era lo que comía en ese tiempo. Yo no sabía lo que era una curandera, pero sabía que ella atendía a los niños de empacho, curaba a los tartamudos metiendo un insecto llamado chicharra dentro de su boca y barría a la gente con hierbas. Muchas veces mirábamos que las personas iban por ella para que atendiera a los enfermos que no podían caminar. Yo no sé cómo le hacía, pero a otros, aunque parezca increíble, los atendía a distancia. A nosotros, cuando nos dolía la garganta, nos daba masajes con sus dedos en los pies y manos para quitarnos el dolor. Cuando nos cortábamos, nos ponía una telita de cebolla o a veces saliva de verdad que si funcionaba, aunque a veces nos hacía gritar de lo fuerte que nos apretaba cuando nos curaba con sus manos. Eso sí, nosotros teníamos prohibido entrar en su cuarto hecho de viejas maderas. Aunque su casa tenía algunas ventanas, al menos yo no sentía curiosidad de ver lo que sucedía adentro, pero todos sabíamos que todas las noches algo raro pasaba porque se escuchaba que a altas horas de la madrugada, mi abuela rezaba y cantaba cosas inentendibles. Era como si sus palabras las dijera al revés. No tenía luz eléctrica. Siempre se alumbraba con algunas velas. Desde nuestra casa. Mirábamos pasar su silueta por las ventanas iba y venía en medio de un denso humo que tenía diferentes olores a los que ya estábamos acostumbrados. En ocasiones cuando ya había caído la noche, mirábamos una venegra de tamaño considerable parada en el techo de su vieja casa, siempre mirando para todos lados. Emitía un sonido extraño y despedía un fuerte olor. Las primeras veces que la miré si me dio miedo porque para ser un ave era demasiado grande y ese sonido que emitía aparecían carcajadas. Otras veces llegué a ver salir esa ave de la casa de la abuela, cruzaba la ventana y emprendía el vuelo. Luego se perdía entre los grandes árboles. Era tan negra que solamente cuando había luz de luna la podíamos ver, porque se confundía con la negrura de la noche. Cuando le platicábamos a mi mamá sobre aquella ave, nos decía que era un guajolote de la casa vecina. Todas las noches antes de que mi abuela se pusiera a atender a la gente que llegaba a buscarla iba a la casa para saludarnos. Se quedaba un rato a platicar con nosotros. Se notaba que a mi mamá eso no le gustaba la abuela se sentaba a platicar conmigo y mis dos hermanos. Mi mamá estaba muy al pendiente de sus movimientos, hasta parecía que nos cuidaba de que no nos fuera a hacer algún daño. Las historias que nos contaba eran muy interesantes, extrañamente todas relacionadas con brujas y pactos demoníacos. Era tan frecuente que ya no nos daba miedo, aunque había una plática en especial que llamaba mucho mi atención. Se refería a una mujer a la que llamaba la bruja madre, con la facultad de realizar una alta magia por haber nacido del mismísimo satanás tenía la capacidad de volar, de convertirse en gato, así como en otros animales. Era inmortal porque estaba hecha de fuego y no era de este mundo. Podía volar, pero no sobre una escoba como decía la gente ardía en llamas y lo hacía convertida en bola de fuego. Volaba tan rápido que era muy difícil detectarla. Nos aseguraba que las demás brujas no eran simples mujeres como todos creían. Las más antiguas eran también seres salidos del infierno, forradas de piel humana para hacerse pasar por personas y así alimentarse de ellas. Todas estas historias nos las contaba con tanta seguridad que era difícil no creerle. Cuando nos contaba esas cosas, pareciera que le brillaban los ojos. Además, nos miraba fijamente no parpadeaba, era como si nunca cerrara los ojos o como si no tuviera párpados. Por lo menos a mí eso no me daba miedo. También nos decía que los poderes que demostraban esas antiguas brujas eran del Diablo eran tan sabias que curaban las personas enfermas. En realidad era él quien curaba a través de ellas, con la intención de que las personas, sobre todo las que ya no tenían cura, se sintieran agradecidas con ellas y se alejaran de Dios. Nos platicaba historias de mujeres tontas que jugaban a la brujería, pero todas terminaban asustadas y llorando como niñas cuando el señor Oscuro se les aparecía. En ocasiones nos cambiaba la plática porque mi mamá se acercaba para ver qué nos estaba diciendo. Cuando se iba, mi mamá nos decía en voz baja que nosotros nunca le tuviéramos miedo a las brujas y que los hombres también podíamos hacer un pacto con el señor Oscuro. Siempre nos ponía un ejemplo de ello. Como ya era muy grande de edad. También nos platicaba lo que ella recordaba de los tiempos de la Revolución Mexicana. Aseguraba que Pancho Villa estaba pactado con el diablo a cambio de protección. Había ofrecido su alma y su cabeza al demonio. Por lo mismo, aunque lo condenaron al paredón, no lo fusilaron en medio de las batallas, no salía herido y hasta los revolucionarios decían que tenía la capacidad de desaparecer. Esos eran los poderes que ofrecía el diablo. Cuando lo emboscaron, le dispararon con balas benditas y marcadas con una cruz. El general recibió catorce balazos, pero todavía respiraba, decía mi abuela. Al final le dieron el tiro de gracia con una bala especial. Sólo así pudieron matarlo. Aunque todavía no se terminaba el pacto que tenía. Nos contaba mi abuela que pasados tres años de su muerte, apenas se cumplió la fecha fijada por el demonio y esa noche, en el panteón de Dolores, el diablo sacó el cuerpo de la villa para llevarse su cabeza. Ese era el acuerdo. Cuando terminaba mi abuela de contarnos alguna historia como esta, nos decía que con el diablo no se juega porque suele ser implacable a la hora de cobrar lo pactado. Después que se retiraba a mi abuela, mi mamá limpiaba el lugar donde había estado sentada, le echaba agua que tenía guardada en una botella de plástico y de paso a nosotros también con el paso del tiempo, ya tenía curiosidad, por saber más de las actividades de la abuela, porque en una ocasión una señora que no conocía me preguntó en dónde vivía la bruja refiriéndose a ella. Así que sorprendido por eso una noche me salí de la casa para irme a asomar por una de sus ventanas. Caminé unos metros por el oscuro patio nervioso de lo que podía descubrir Cuando llegué, apenas me iba a asomar, pero la ventana se abrió de golpe. Esperaba que apareciera mi abuela para reprenderme. En su lugar, salió volando el ave negra que siempre veía sobre el techo de su casa. Con gran agilidad. Llegó hasta uno de los árboles y se perdió entre sus ramas. Ya no me animé a asomarme regresándome para la casa un tanto sorprendido, se me hacía raro que esa ave se saliera de adentro esa noche mejor no me dormí me quedé en vela para ver qué sucedía antes de que amaneciera. Regresó aquel animal pasó tan rápido que sólo pude distinguir una sombra mucho más negra de lo común que de nuevo se metió a la casa. Unos minutos después, mi abuela cerró la ventana. Todo el día la pasé inquieto. No tenía a quién contarle mis dudas. Apenas cayó la noche. Mi abuela pasó a saludarnos. No me atreví a preguntarle nada. Más tarde me puse a mirar de nuevo por mi ventana. Como a las diez unas personas llegaron a hablar con mi abuela de rato. Se fue caminando con ellas por un angosto camino en medio del monte. Sentí que era una buena oportunidad para investigar. Tomé un poco de aire porque me sentía nervioso. Otra vez fui hasta su casa, con cuidado de que nadie me mirara y con temor me asomé a su interior. Las mechas de las veladoras parecía que bailaban. Era muy poca la luz para poder ver todo lo que tenía mi abuela. Aún así, miré que había un espejo grande en la mesa, muchas hierbas, así como figuras extrañas que parecían muertes y diablos de varios tamaños. En eso estaba. Cuando escuché que ya venía a mi abuela de regreso, me tiré entre unas hierbas para que no me descubriera la Miré entrar de prisa y a los pocos minutos de nueva cuenta salió ese guajolote. Volando mirar eso, me hacía imaginar muchas cosas terribles, no conforme con lo que ya había visto. Me fui hasta la orilla de la casa, porque yo sabía que ahí había unas rendijas, por donde podría ver un poco más. Cuando me asomé, lo primero que pude distinguir fue la figura de un diablo enorme se veía tan real que me asusté. Además, pareciera que sabía que lo estaba viendo. Era de esas figuras que te siguen con los ojos. Al mirarlo así de frente, ese diablo tenía el brillo de los ojos de mi abuela. Era como si esa figura tuviera puesto sus ojos En ese momento me dio terro podía asegurar que eran los mismos. Además, no miraba a la abuela por ningún lado. Como la primera vez salí corriendo para mi casa a partir de esa noche, me daba miedo la oscuridad. Se me figuraba que ese diablo me acechaba. Sentía su fuerte mirada como si traspasara las paredes. Lo que no sabía era si le tenía miedo a los ojos del diablo o a los de mi abuela. Al día siguiente me di valor. Le pregunté a mi mamá si mi abuela era una bruja. Primero se enojó muchísimo y me reprendió. Después le hice saber que ya no era un niño. Me daba cuenta de las cosas que pasaban. Lo único que aceptó fue que era una curandera muy conocida. Comencé a sospechar que mi abuela era de esas brujas que se quitaban los ojos y se ponían los de un gato para ver en la noche. Me dio miedo pensar que también se quitaba la cabeza para convertirse en guajolote. Ella misma nos había platicado que las brujas se quitaban los pies, no conforme con lo que que me había dicho mi mamá. Decidí que en la próxima oportunidad me metería a su casa y así enterarme de la realidad por más terrible que esta fuera esa noche. Como todas, mi abuela fue a visitarnos nada más de verla a los ojos. Me estremecí casi todo el tiempo que estuvo con nosotros. No me quitaba su mirada de encima. Yo sentía que trataba de advertirme que me había visto husmear en su casa, pero disimulé lo más que pude. Esa noche nos contó cosas atroces de las brujas como niños, mujeres insensibles con prácticas macabras, depredadoras de vida, sedientas de sangre que en ocasiones atacaban en parvadas, servidoras del diablo, quien les daba más poder a cambio de almas inocentes. Esa noche, cuando se fue la abuela, nos dejó un amargo sabor de boca, así como una frase que yo entendí como una advertencia. Nos dijo nunca se metan con una bruja porque se van a arrepentir. Así pasaron algunos días con sus noches, aunque mi abuela actuaba normal y yo ser ría intrigado y esperaba la oportunidad de que saliera para poder entrar en su casa y hurgar en ella. Estaba aferrado a saber si era una bruja, porque si era así, todos estábamos en peligro. Una inesperada noche, la oportunidad llegó. Mi abuela salió de prisa con unas personas. Al escuchar eso me preparé nada más. Se perdió entre la oscuridad del monte. Me apuré para llegar a su casa. Cuando me vi frente a su puerta, a los nervios me hacían dudar si entrar o no sabía que tenía que tomar la decisión rápido, porque mi abuela podía regresar inesperadamente. Me persigné mientras empujaba la puerta y ésta se abrió. Me metí cauteloso temiendo encontrar algo que me hiciera arrepentirme de estar ahí. La casa casi estaba en penumbras las paredes viejas y sin pintar la, hacían ver más tétrica de cómo me la imaginaba. En el techo. Tenía infinidad de colguijes entre ellos, algunas aves disecadas, amuletos y otras cosas. Los olores de las hierbas que ya conocía. Ahí se respiraban más fuertes. El silencio y la soledad hicieron que entrara en tensión. Caminaba despacio, mirando todo, tratando de encontrar algo que me dijera si mi abuela era una bruja o no, pero no había nada raro. Caminé al final de ese cuarto hasta donde estaba la figura del grotesco Diablo. Al mirarlo de frente, me asusté porque no tenía ojos, solamente estaban sus cuencas vacías. No podía creer lo que estaba viendo. Eso me hacía pensar que mi abuela, si se quitaba los ojos y se los ponía a ese horrible diablo. Sentí que los cabellos se me ponían de punta. Quería correr, pero me sentía aturdido como pude salí de ahí ya en mi cuarto, como pude me calmé, me puse a pensar que lo que había visto no me aseguraba que mi abuela era una bruja de esas de las que ella contaba. No podía enfrentarla sin pruebas, así que decidí espiarla cuando hubiera otra oportunidad. Esa noche. Unos golpes en la pared me despertaron. La ventana de mi cuarto daba al patio trasero. Apenas me levanté cuando escuché que alguien pretendía romper el vidrio dándole golpes fuertes. Nunca había pasado eso antes. Tenía miedo de lo que pudiera pasar, pero me aguanté me acerqué un poco y me di cuenta que era el guajolote el que estaba golpeando la ventana. Como pude, corrí a buscar a mi mamá para contarle. Me creyó al instante porque me miró muy alterado rápido. Me acompañó sólo que al llegar a mi cuarto todo estaba como si no hubiera pasado nada. El resto de la noche. No pude dormir porque sentía que me jalaban los pies. También en una ocasión me quitaron las cobijas y cuando cerraba los parpados, recordaba el brillo de los ojos de mi abuela. Pero puestos en aquel diablo horrible que tenía en su casa muy de madrugada, me quedé dormido. Soñé que fui a asomarme por la rendija y miré a mi abuela parada frente a ese diablo de s s s. S. N ns. Dame la espalda al voltear me di cuenta de que se estaba comiendo un bebé. Estaba llena de sangre y sin ojos. La siguiente noche fue la primera vez desde que yo recordara que mi abuela no fue a visitarnos. Aunque eso fue raro, mi madre pareció no notarlo, y ni ella ni nosotros preguntamos el por qué. Eso ocasionó que creciera más mi curiosidad. Por eso, más tarde, ya entrada la madrugada, crucé la ventana de mi cuarto, caminé por el patio y llegué hasta donde estaban las rendijas de la casa de mi abuela. Decidido a comprobar mis sospechas, me asomé ahí estaba mi abuela arrodillada frente a esa fea figura con dificultad, se levantó, caminó hasta el espejo que tenía y se empezó a quitar la piel de la cara, como quien se quita una máscara con horror. Miré que debajo de la piel de mi abuela había un ser espantoso, casi desfigurado. Su verdadera piel era negra y arrugada. Solamente tenía algunos mechones de cabellos. Nunca había visto unas orejas más grandes que esas, Pero lo peor de todo era la expresión de su cara. Tenía un gesto horrible, como si tuviera hambre. Empezó a saborearse y a pasar saliva, se quitó más piel. Yo estaba espantado mirándola como poco a poco se iba transformando en una repugnante bruja. Con horror. Miré que se quitó los ojos y se los colocó aquel demonio. Me aparté de la casa casi sin fuerzas de la impresión que me había llevado. Escuché que se abrió la ventana y, como pude, me tiré al suelo alcancé a ver el horrible guajolote salir volando. Ya no tenía ninguna duda. Mi abuela era una bruja que se salía por las noches seguramente a robar niños para comérselos Esa fue la última vez que miré a mi abuela, porque nunca regresó Mi mamá no nos quiso decir la realidad de lo que le pasó. Lo tenebroso de todo era que algo de ella se había quedado en su casa, Aquellos terribles ojos puestos en las cuencas del diablo que por las noches se movían como si estuvieran vigilantes. Además, podíamos ver que las velas se encendían solas por las noches. Se escuchaba como mi abuela rezaba de aquella manera tan extraña. De vez en cuando se aparecía aquel guajolote sobre el techo de la casa y se escuchaba que se carcajeaba de una forma horrible. La casa fue sellada en puertas y ventanas le pintaron unas cruces. Mi mamá le aventó agua bendita. No sé si las manifestaciones se terminaron, porque ya no pudimos ver las cosas que pasaban dentro con el tiempo. Mi madre murió llevándose el secreto de quien era en realidad mi abuela. Al quedarnos huérfanos, maduramos más rápido y pronto. Cada quien hizo su vida. Yo fui el último en salirse de esa casa. Los ruidos y las cosas extrañas no cesaron del todo. A mi abuela la llegué a ver en varias ocasiones, pero en terribles pesadillas que me atormentaron por un lado largo tiempo. En ellas se quitaba la piel para dar paso a la terrorífica bruja. Luego se quitaba los ojos y se los ponía a la figura del diablo, que nada más al sentirlos cobraba vida. Después se quitaba los pies para convertirse en un horrible guajolote que se carcajeaba antes de salir. Volando por la ventana con el correr de los años, pude superar todos aquellos malos recuerdos. En una ocasión no sé en qué estaría pensando, pero me animé a ir a visitar esa casa donde me había sucedido todo aquello de lo primero que me di cuenta fue que no era tan grande como yo la miraba en mi niñez el patio inmenso aquel que no separaba de la casa de la abuela, eran apenas unos cuantos metros. Para mi sorpresa, aquella casa vieja de madera que era de mi abuela ya no estaba. La habían quitado y en su lugar sólo había un montón de matorrales viejos y secos. Pregunté a los pocos vecinos que aún quedaban por lo que había sucedido. A duras penas que quisiera quiero contarme dijeron que por las noches un guajolote golpeaba las paredes de madera insistente queriéndose meterse como no lo lograba lloraba de una forma que erizaba la piel. Además, dentro de la casa no dejaban de escucharse ruidos y por las viejas rendijas aquellas por donde me asomaba para espiar a mi abuela, se miraba una tenue luz, como si prendieran algunas veladoras. Las personas que compraron ese terreno al paso del tiempo se fueron espantados, alegando que todo el terreno estaba embrujado y hasta esa fecha no habían vuelto. Tal vez no me crean. Tampoco es algo de que presumir con horror. Les digo que soy nieto de una bruja que por las noches se quitaba la piel y los ojos para convertirse en guajolote. Relato escrito y adaptado por gato negro