Mi Abuela Bruja Se Quita La Piel Historias De Terror - REDE

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Piel de Bruja. Siempre que recuerdo a mi abuela, tengo sentimientos encontrados. Por una parte, me viene a la mente su manera de ser con nosotros, la forma en que nos contaba, sus historias, el modo de tratarnos. Pero la otra parte es tan oscura, tan terrorÃfica que batallé mucho para aceptarla y, por más que trato. No la he podido olvidar. Mi abuela era una mujer con muchos conocimientos, muy seria, casi misteriosa. No le tenÃa miedo a nada. Era raro verla durante el dÃa. Nunca reÃa. VivÃa en una pequeña casa al fondo de nuestro mismo terreno. Nunca supimos cosas personales de ella, por ejemplo, quién fue nuestro abuelo, cuántos años tenÃa o qué era lo que comÃa en ese tiempo. Yo no sabÃa lo que era una curandera, pero sabÃa que ella atendÃa a los niños de empacho, curaba a los tartamudos metiendo un insecto llamado chicharra dentro de su boca y barrÃa a la gente con hierbas. Muchas veces mirábamos que las personas iban por ella para que atendiera a los enfermos que no podÃan caminar. Yo no sé cómo le hacÃa, pero a otros, aunque parezca increÃble, los atendÃa a distancia. A nosotros, cuando nos dolÃa la garganta, nos daba masajes con sus dedos en los pies y manos para quitarnos el dolor. Cuando nos cortábamos, nos ponÃa una telita de cebolla o a veces saliva de verdad que si funcionaba, aunque a veces nos hacÃa gritar de lo fuerte que nos apretaba cuando nos curaba con sus manos. Eso sÃ, nosotros tenÃamos prohibido entrar en su cuarto hecho de viejas maderas. Aunque su casa tenÃa algunas ventanas, al menos yo no sentÃa curiosidad de ver lo que sucedÃa adentro, pero todos sabÃamos que todas las noches algo raro pasaba porque se escuchaba que a altas horas de la madrugada, mi abuela rezaba y cantaba cosas inentendibles. Era como si sus palabras las dijera al revés. No tenÃa luz eléctrica. Siempre se alumbraba con algunas velas. Desde nuestra casa. Mirábamos pasar su silueta por las ventanas iba y venÃa en medio de un denso humo que tenÃa diferentes olores a los que ya estábamos acostumbrados. En ocasiones cuando ya habÃa caÃdo la noche, mirábamos una venegra de tamaño considerable parada en el techo de su vieja casa, siempre mirando para todos lados. EmitÃa un sonido extraño y despedÃa un fuerte olor. Las primeras veces que la miré si me dio miedo porque para ser un ave era demasiado grande y ese sonido que emitÃa aparecÃan carcajadas. Otras veces llegué a ver salir esa ave de la casa de la abuela, cruzaba la ventana y emprendÃa el vuelo. Luego se perdÃa entre los grandes árboles. Era tan negra que solamente cuando habÃa luz de luna la podÃamos ver, porque se confundÃa con la negrura de la noche. Cuando le platicábamos a mi mamá sobre aquella ave, nos decÃa que era un guajolote de la casa vecina. Todas las noches antes de que mi abuela se pusiera a atender a la gente que llegaba a buscarla iba a la casa para saludarnos. Se quedaba un rato a platicar con nosotros. Se notaba que a mi mamá eso no le gustaba la abuela se sentaba a platicar conmigo y mis dos hermanos. Mi mamá estaba muy al pendiente de sus movimientos, hasta parecÃa que nos cuidaba de que no nos fuera a hacer algún daño. Las historias que nos contaba eran muy interesantes, extrañamente todas relacionadas con brujas y pactos demonÃacos. Era tan frecuente que ya no nos daba miedo, aunque habÃa una plática en especial que llamaba mucho mi atención. Se referÃa a una mujer a la que llamaba la bruja madre, con la facultad de realizar una alta magia por haber nacido del mismÃsimo satanás tenÃa la capacidad de volar, de convertirse en gato, asà como en otros animales. Era inmortal porque estaba hecha de fuego y no era de este mundo. PodÃa volar, pero no sobre una escoba como decÃa la gente ardÃa en llamas y lo hacÃa convertida en bola de fuego. Volaba tan rápido que era muy difÃcil detectarla. Nos aseguraba que las demás brujas no eran simples mujeres como todos creÃan. Las más antiguas eran también seres salidos del infierno, forradas de piel humana para hacerse pasar por personas y asà alimentarse de ellas. Todas estas historias nos las contaba con tanta seguridad que era difÃcil no creerle. Cuando nos contaba esas cosas, pareciera que le brillaban los ojos. Además, nos miraba fijamente no parpadeaba, era como si nunca cerrara los ojos o como si no tuviera párpados. Por lo menos a mà eso no me daba miedo. También nos decÃa que los poderes que demostraban esas antiguas brujas eran del Diablo eran tan sabias que curaban las personas enfermas. En realidad era él quien curaba a través de ellas, con la intención de que las personas, sobre todo las que ya no tenÃan cura, se sintieran agradecidas con ellas y se alejaran de Dios. Nos platicaba historias de mujeres tontas que jugaban a la brujerÃa, pero todas terminaban asustadas y llorando como niñas cuando el señor Oscuro se les aparecÃa. En ocasiones nos cambiaba la plática porque mi mamá se acercaba para ver qué nos estaba diciendo. Cuando se iba, mi mamá nos decÃa en voz baja que nosotros nunca le tuviéramos miedo a las brujas y que los hombres también podÃamos hacer un pacto con el señor Oscuro. Siempre nos ponÃa un ejemplo de ello. Como ya era muy grande de edad. También nos platicaba lo que ella recordaba de los tiempos de la Revolución Mexicana. Aseguraba que Pancho Villa estaba pactado con el diablo a cambio de protección. HabÃa ofrecido su alma y su cabeza al demonio. Por lo mismo, aunque lo condenaron al paredón, no lo fusilaron en medio de las batallas, no salÃa herido y hasta los revolucionarios decÃan que tenÃa la capacidad de desaparecer. Esos eran los poderes que ofrecÃa el diablo. Cuando lo emboscaron, le dispararon con balas benditas y marcadas con una cruz. El general recibió catorce balazos, pero todavÃa respiraba, decÃa mi abuela. Al final le dieron el tiro de gracia con una bala especial. Sólo asà pudieron matarlo. Aunque todavÃa no se terminaba el pacto que tenÃa. Nos contaba mi abuela que pasados tres años de su muerte, apenas se cumplió la fecha fijada por el demonio y esa noche, en el panteón de Dolores, el diablo sacó el cuerpo de la villa para llevarse su cabeza. Ese era el acuerdo. Cuando terminaba mi abuela de contarnos alguna historia como esta, nos decÃa que con el diablo no se juega porque suele ser implacable a la hora de cobrar lo pactado. Después que se retiraba a mi abuela, mi mamá limpiaba el lugar donde habÃa estado sentada, le echaba agua que tenÃa guardada en una botella de plástico y de paso a nosotros también con el paso del tiempo, ya tenÃa curiosidad, por saber más de las actividades de la abuela, porque en una ocasión una señora que no conocÃa me preguntó en dónde vivÃa la bruja refiriéndose a ella. Asà que sorprendido por eso una noche me salà de la casa para irme a asomar por una de sus ventanas. Caminé unos metros por el oscuro patio nervioso de lo que podÃa descubrir Cuando llegué, apenas me iba a asomar, pero la ventana se abrió de golpe. Esperaba que apareciera mi abuela para reprenderme. En su lugar, salió volando el ave negra que siempre veÃa sobre el techo de su casa. Con gran agilidad. Llegó hasta uno de los árboles y se perdió entre sus ramas. Ya no me animé a asomarme regresándome para la casa un tanto sorprendido, se me hacÃa raro que esa ave se saliera de adentro esa noche mejor no me dormà me quedé en vela para ver qué sucedÃa antes de que amaneciera. Regresó aquel animal pasó tan rápido que sólo pude distinguir una sombra mucho más negra de lo común que de nuevo se metió a la casa. Unos minutos después, mi abuela cerró la ventana. Todo el dÃa la pasé inquieto. No tenÃa a quién contarle mis dudas. Apenas cayó la noche. Mi abuela pasó a saludarnos. No me atrevà a preguntarle nada. Más tarde me puse a mirar de nuevo por mi ventana. Como a las diez unas personas llegaron a hablar con mi abuela de rato. Se fue caminando con ellas por un angosto camino en medio del monte. Sentà que era una buena oportunidad para investigar. Tomé un poco de aire porque me sentÃa nervioso. Otra vez fui hasta su casa, con cuidado de que nadie me mirara y con temor me asomé a su interior. Las mechas de las veladoras parecÃa que bailaban. Era muy poca la luz para poder ver todo lo que tenÃa mi abuela. Aún asÃ, miré que habÃa un espejo grande en la mesa, muchas hierbas, asà como figuras extrañas que parecÃan muertes y diablos de varios tamaños. En eso estaba. Cuando escuché que ya venÃa a mi abuela de regreso, me tiré entre unas hierbas para que no me descubriera la Miré entrar de prisa y a los pocos minutos de nueva cuenta salió ese guajolote. Volando mirar eso, me hacÃa imaginar muchas cosas terribles, no conforme con lo que ya habÃa visto. Me fui hasta la orilla de la casa, porque yo sabÃa que ahà habÃa unas rendijas, por donde podrÃa ver un poco más. Cuando me asomé, lo primero que pude distinguir fue la figura de un diablo enorme se veÃa tan real que me asusté. Además, pareciera que sabÃa que lo estaba viendo. Era de esas figuras que te siguen con los ojos. Al mirarlo asà de frente, ese diablo tenÃa el brillo de los ojos de mi abuela. Era como si esa figura tuviera puesto sus ojos En ese momento me dio terro podÃa asegurar que eran los mismos. Además, no miraba a la abuela por ningún lado. Como la primera vez salà corriendo para mi casa a partir de esa noche, me daba miedo la oscuridad. Se me figuraba que ese diablo me acechaba. SentÃa su fuerte mirada como si traspasara las paredes. Lo que no sabÃa era si le tenÃa miedo a los ojos del diablo o a los de mi abuela. Al dÃa siguiente me di valor. Le pregunté a mi mamá si mi abuela era una bruja. Primero se enojó muchÃsimo y me reprendió. Después le hice saber que ya no era un niño. Me daba cuenta de las cosas que pasaban. Lo único que aceptó fue que era una curandera muy conocida. Comencé a sospechar que mi abuela era de esas brujas que se quitaban los ojos y se ponÃan los de un gato para ver en la noche. Me dio miedo pensar que también se quitaba la cabeza para convertirse en guajolote. Ella misma nos habÃa platicado que las brujas se quitaban los pies, no conforme con lo que que me habÃa dicho mi mamá. Decidà que en la próxima oportunidad me meterÃa a su casa y asà enterarme de la realidad por más terrible que esta fuera esa noche. Como todas, mi abuela fue a visitarnos nada más de verla a los ojos. Me estremecà casi todo el tiempo que estuvo con nosotros. No me quitaba su mirada de encima. Yo sentÃa que trataba de advertirme que me habÃa visto husmear en su casa, pero disimulé lo más que pude. Esa noche nos contó cosas atroces de las brujas como niños, mujeres insensibles con prácticas macabras, depredadoras de vida, sedientas de sangre que en ocasiones atacaban en parvadas, servidoras del diablo, quien les daba más poder a cambio de almas inocentes. Esa noche, cuando se fue la abuela, nos dejó un amargo sabor de boca, asà como una frase que yo entendà como una advertencia. Nos dijo nunca se metan con una bruja porque se van a arrepentir. Asà pasaron algunos dÃas con sus noches, aunque mi abuela actuaba normal y yo ser rÃa intrigado y esperaba la oportunidad de que saliera para poder entrar en su casa y hurgar en ella. Estaba aferrado a saber si era una bruja, porque si era asÃ, todos estábamos en peligro. Una inesperada noche, la oportunidad llegó. Mi abuela salió de prisa con unas personas. Al escuchar eso me preparé nada más. Se perdió entre la oscuridad del monte. Me apuré para llegar a su casa. Cuando me vi frente a su puerta, a los nervios me hacÃan dudar si entrar o no sabÃa que tenÃa que tomar la decisión rápido, porque mi abuela podÃa regresar inesperadamente. Me persigné mientras empujaba la puerta y ésta se abrió. Me metà cauteloso temiendo encontrar algo que me hiciera arrepentirme de estar ahÃ. La casa casi estaba en penumbras las paredes viejas y sin pintar la, hacÃan ver más tétrica de cómo me la imaginaba. En el techo. TenÃa infinidad de colguijes entre ellos, algunas aves disecadas, amuletos y otras cosas. Los olores de las hierbas que ya conocÃa. Ahà se respiraban más fuertes. El silencio y la soledad hicieron que entrara en tensión. Caminaba despacio, mirando todo, tratando de encontrar algo que me dijera si mi abuela era una bruja o no, pero no habÃa nada raro. Caminé al final de ese cuarto hasta donde estaba la figura del grotesco Diablo. Al mirarlo de frente, me asusté porque no tenÃa ojos, solamente estaban sus cuencas vacÃas. No podÃa creer lo que estaba viendo. Eso me hacÃa pensar que mi abuela, si se quitaba los ojos y se los ponÃa a ese horrible diablo. Sentà que los cabellos se me ponÃan de punta. QuerÃa correr, pero me sentÃa aturdido como pude salà de ahà ya en mi cuarto, como pude me calmé, me puse a pensar que lo que habÃa visto no me aseguraba que mi abuela era una bruja de esas de las que ella contaba. No podÃa enfrentarla sin pruebas, asà que decidà espiarla cuando hubiera otra oportunidad. Esa noche. Unos golpes en la pared me despertaron. La ventana de mi cuarto daba al patio trasero. Apenas me levanté cuando escuché que alguien pretendÃa romper el vidrio dándole golpes fuertes. Nunca habÃa pasado eso antes. TenÃa miedo de lo que pudiera pasar, pero me aguanté me acerqué un poco y me di cuenta que era el guajolote el que estaba golpeando la ventana. Como pude, corrà a buscar a mi mamá para contarle. Me creyó al instante porque me miró muy alterado rápido. Me acompañó sólo que al llegar a mi cuarto todo estaba como si no hubiera pasado nada. El resto de la noche. No pude dormir porque sentÃa que me jalaban los pies. También en una ocasión me quitaron las cobijas y cuando cerraba los parpados, recordaba el brillo de los ojos de mi abuela. Pero puestos en aquel diablo horrible que tenÃa en su casa muy de madrugada, me quedé dormido. Soñé que fui a asomarme por la rendija y miré a mi abuela parada frente a ese diablo de s s s. S. N ns. Dame la espalda al voltear me di cuenta de que se estaba comiendo un bebé. Estaba llena de sangre y sin ojos. La siguiente noche fue la primera vez desde que yo recordara que mi abuela no fue a visitarnos. Aunque eso fue raro, mi madre pareció no notarlo, y ni ella ni nosotros preguntamos el por qué. Eso ocasionó que creciera más mi curiosidad. Por eso, más tarde, ya entrada la madrugada, crucé la ventana de mi cuarto, caminé por el patio y llegué hasta donde estaban las rendijas de la casa de mi abuela. Decidido a comprobar mis sospechas, me asomé ahà estaba mi abuela arrodillada frente a esa fea figura con dificultad, se levantó, caminó hasta el espejo que tenÃa y se empezó a quitar la piel de la cara, como quien se quita una máscara con horror. Miré que debajo de la piel de mi abuela habÃa un ser espantoso, casi desfigurado. Su verdadera piel era negra y arrugada. Solamente tenÃa algunos mechones de cabellos. Nunca habÃa visto unas orejas más grandes que esas, Pero lo peor de todo era la expresión de su cara. TenÃa un gesto horrible, como si tuviera hambre. Empezó a saborearse y a pasar saliva, se quitó más piel. Yo estaba espantado mirándola como poco a poco se iba transformando en una repugnante bruja. Con horror. Miré que se quitó los ojos y se los colocó aquel demonio. Me aparté de la casa casi sin fuerzas de la impresión que me habÃa llevado. Escuché que se abrió la ventana y, como pude, me tiré al suelo alcancé a ver el horrible guajolote salir volando. Ya no tenÃa ninguna duda. Mi abuela era una bruja que se salÃa por las noches seguramente a robar niños para comérselos Esa fue la última vez que miré a mi abuela, porque nunca regresó Mi mamá no nos quiso decir la realidad de lo que le pasó. Lo tenebroso de todo era que algo de ella se habÃa quedado en su casa, Aquellos terribles ojos puestos en las cuencas del diablo que por las noches se movÃan como si estuvieran vigilantes. Además, podÃamos ver que las velas se encendÃan solas por las noches. Se escuchaba como mi abuela rezaba de aquella manera tan extraña. De vez en cuando se aparecÃa aquel guajolote sobre el techo de la casa y se escuchaba que se carcajeaba de una forma horrible. La casa fue sellada en puertas y ventanas le pintaron unas cruces. Mi mamá le aventó agua bendita. No sé si las manifestaciones se terminaron, porque ya no pudimos ver las cosas que pasaban dentro con el tiempo. Mi madre murió llevándose el secreto de quien era en realidad mi abuela. Al quedarnos huérfanos, maduramos más rápido y pronto. Cada quien hizo su vida. Yo fui el último en salirse de esa casa. Los ruidos y las cosas extrañas no cesaron del todo. A mi abuela la llegué a ver en varias ocasiones, pero en terribles pesadillas que me atormentaron por un lado largo tiempo. En ellas se quitaba la piel para dar paso a la terrorÃfica bruja. Luego se quitaba los ojos y se los ponÃa a la figura del diablo, que nada más al sentirlos cobraba vida. Después se quitaba los pies para convertirse en un horrible guajolote que se carcajeaba antes de salir. Volando por la ventana con el correr de los años, pude superar todos aquellos malos recuerdos. En una ocasión no sé en qué estarÃa pensando, pero me animé a ir a visitar esa casa donde me habÃa sucedido todo aquello de lo primero que me di cuenta fue que no era tan grande como yo la miraba en mi niñez el patio inmenso aquel que no separaba de la casa de la abuela, eran apenas unos cuantos metros. Para mi sorpresa, aquella casa vieja de madera que era de mi abuela ya no estaba. La habÃan quitado y en su lugar sólo habÃa un montón de matorrales viejos y secos. Pregunté a los pocos vecinos que aún quedaban por lo que habÃa sucedido. A duras penas que quisiera quiero contarme dijeron que por las noches un guajolote golpeaba las paredes de madera insistente queriéndose meterse como no lo lograba lloraba de una forma que erizaba la piel. Además, dentro de la casa no dejaban de escucharse ruidos y por las viejas rendijas aquellas por donde me asomaba para espiar a mi abuela, se miraba una tenue luz, como si prendieran algunas veladoras. Las personas que compraron ese terreno al paso del tiempo se fueron espantados, alegando que todo el terreno estaba embrujado y hasta esa fecha no habÃan vuelto. Tal vez no me crean. Tampoco es algo de que presumir con horror. Les digo que soy nieto de una bruja que por las noches se quitaba la piel y los ojos para convertirse en guajolote. Relato escrito y adaptado por gato negro








