Me Trasplantaron El Corazón De Un Brujo Historias De Terror - REDE

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Corazón de Brujo. Formé parte de una familia numerosa. Mis padres eran comerciantes. Se dedicaban a la venta de ropa en los diferentes tianguis. Mi papá no era la mejor persona del mundo. El cada que tenÃa oportunidad tomaba alcohol Cuando se emborrachaba. Era muy agresivo. En ocasiones le llegó a pegar a mi madre por el hecho de que le pedÃa que no se gastara todo el dinero. Mis hermanas mayores fueron las que nos cuidaban, porque mis padres iban casi todos los dÃas de la semana a vender su mercancÃa. En lo único en lo que pensaba era en irme de esa casa marcharme a un lugar en el que ella no tuviera que seguir viendo pleitos ni carencias, porque debido al alcoholismo de mi papá no tenÃamos los recursos suficientes para solventar las necesidades básicas de la casa. Desde que tenÃa quince años empecé a trabajar en un hospital pequeño como hacia dora. Limpiaba las habitaciones de los enfermos, los baños y las oficinas. En un principio no me querÃan dar el trabajo porque decÃan que era menor de edad, pero una clienta de mi mamá que trabajaba en ese hospital insistió en que me dieran el trabajo. Habló con el médico a cargo de la unidad y le explicó mi situación económica. Fue la única manera en la que pude laborar en ese hospital. Mi responsabilidad y mis ganas de salir adelante fueron el impulso para convencer a los médicos del hospital. Poco a poco, me fui ganando la confianza del personal médico. Incluso un doctor me ayudó para que estudiara primeros auxilios y pudiera apoyar a las enfermeras a poner inyecciones sueros, sacar sangre para los análisis entre más actividades. Me quedaba más tiempo en el hospital para seguir aprendiendo. En ese lugar. Fue en el que conocÃa a Enrique. Ãl era enfermero. Nos hicimos novios. Al poco tiempo de conocernos, él me propuso irnos a vivir juntos. En aquel tiempo tenÃa dieciocho años y lo único que querÃa era salirme de mi casa. Una de las enfermeras me dijo que tuviera cuidado con él porque sólo era un hombre picaflor que le gustaba andar con distintas mujeres. No le hice caso al comentario de mi compañera. TenÃa la oportunidad de salir de casa y lo hice. Ni siquiera TenÃamos dos meses de estar juntos. Cuando empezaron los problemas. Ãl llegaba tarde a casa en ocasiones ni siquiera iba a dormir. Cuando le reclamaba su conducta, me decÃa que no me metiera en su vida. Yo no lo iba a controlar. Si querÃa seguir viviendo asà me podÃa quedar, sino la puerta estaba muy ancha. No aguanté esa vida, pero tampoco querÃa regresar a mi casa. Lo malo fue cuando me di cuenta que habÃa quedado embarazada por un tiempo. Pude sostenerme sin depender de nadie. Sin embargo, empecé a tener complicaciones en el embarazo. No tuve otra opción que regresar con mis padres. Me recibieron de mala gana. Me dijeron que sólo habÃa ido para llevarles un hijo bastardo. En aquel momento aguanté de todo tipo de maltrato verbal. A los pocos meses nació mi hijo. En cuanto me fue posible, regresé a trabajar en el hospital. Me recibieron con agrado. Era un poco complicado encontrar quién me apoyara a cuidar a mi hijo, hasta que uno de los médicos me ayudó a meterlo a una guarderÃa del dif que se encontraba a dos cuadras del hospital de Enrique. Ya no volvÃa a saber nada. Cuando se enteró que iba a regresar al hospital, prefirió renunciar para no volver a verme. Cuando mi hijo cumplió un año, empecé a sentirme muy mal a diario. Estaba sumamente cansada y empecé a bajar mucho de peso. El médico del hospital lo advirtió. Me dijo que algo no andaba bien con mi salud. Me mandó hacer unos estudios, cuyos gastos los pagó el hospital. El resultado fue contundente. TenÃa cáncer de matriz. A partir de ese momento empezaron los tratamientos de quimioterapia. Me quitaron mi aparato reproductivo. Me dijeron que era para evitar que el cáncer se propagara. Sin embargo, me hizo metástasis en otra parte del cuerpo. Fue un tiempo muy complicado en el que la pasé muy mal. Cuando mi familia me vio en ese estado, cambiaron el trato que me daban, pero eso no modificó el estado de mi enfermedad. Después de una lucha constante contra el cáncer, pude curarme, aunque tanto medicamento hizo que tuviera consecuencias. Me dejó un daño en el corazón. Salà adelante del cáncer porque ya no regresó. El doctor me hacÃa pruebas periódicas. Los resultados eran favorables. Sólo tenÃa que mantener cuidado con mi corazón. Tuve varios infartos hasta que el médico me dijo que requerÃa un trasplante de corazón. Si lo conseguÃa, podrÃa tener una vida normal. El médico del hospital fue el que me ayudó desde un principio. Ãl se llamaba Hugo. También me apoyó para que me pudiera pensionar. HabÃa sacado una casa por medio del infonavit Al obtener la pensión, la casa quedó sin ninguna deuda. Le estaba muy agradecida al doctor Hugo. Ãl siguió ayudándome. Me dijo que si estaba en mis posibilidades, siguiera yendo a trabajar al hospital para que tuviera mejores ingresos que lo hiciera los dÃas, que pudiera, asà que tuve otra manera de ganar dinero. HabÃa ocasiones que los familiares de los pacientes quedaban de alta en el hospital. Me decÃan que si podÃa cuidar de su enfermo durante el dÃa o por la noche, como sabÃa, de cuidados paliativos y de primeros auxilios, lo hacÃa en ocasiones me sentÃa muy mal en esos dÃas. No acudÃa a trabajar porque estaba muy cansada. El cardiólogo me dijo que estaba en lista de espera para el trasplante de corazón. Una noche recibà la llama del doctor Hugo me dijo que el médico especialista habÃa conseguido el órgano. TenÃa treinta y cinco años cuando me internaron de urgencia en centro médico para hacerme la cirugÃa. Después del trasplante estuve en terapia intensiva. Me dijeron que estuve inconsciente. Tuve una serie de infartos que me mantuvieron entre la vida y la muerte. Mis familiares me dijeron que estuve un poco más de un mes en terapia intensiva porque mi organismo no aceptaba el corazón extraño. Durante el tiempo que estuve en estado de inconsciencia. Sentà como mi alma se desprendió de mi cuerpo y que descendÃa al infierno. En ese lugar encontré a personas que conocÃa, aunque ellos ya no pudieron reconocerme. ParecÃa que habÃan perdido la memoria y la conciencia. Caminaban despacio con la mirada perdida. Pude darme cuenta que el infierno no era un lugar con fuego en el que se torturaba a las personas por sus pecados. Cada alma estaba encerrada en ella misma y languidecÃa de tristeza, de remordimiento y desolación. HabÃa niveles en los que, conforme iba descendiendo. PodÃa sentir todos los sentimientos de las almas. Caminaban en cÃrculos sin llegar nunca a un destino. Estaba a punto de llegar al último nivel, el más profundo, el del inframundo. Pude percibir la presencia del maligno empecé a descender a través de un camino serpenteante al fondo, alcancé a distinguir a un ser oscuro cuya mirada estaba atenta a mi presencia. Empezó a esbozar una sonrisa maléfica. Cuando sentà que me hundÃa en un abismo profundo y oscuro enseguida, empecé a ver una luz brillante y blanca. Comencé a reconocer el lugar era el hospital. Alrededor habÃa varios médicos y enfermeras que me estaban tomando mis signos vitales. Con dificultad les pude preguntar qué sucedÃa. Uno de ellos me dijo que habÃa vuelto a nacer porque estuve por varios segundos en lÃnea mortal. Ya me daban por perdida. En aquel momento no pude entender lo que el médico me dijo porque me sentÃa aturdida. No alcanzaba a darme cuenta de todo lo que sucedÃa a mi alrededor. Poco a poco me fui estabilizando hasta que me dieron de alta en el hospital. Pronto me incorporé a mi vida habitual. Incluso pude ser más eficiente en mi trabajo en mi casa, porque sentÃa mucha vitalidad. Era como si mi nuevo corazón perteneciera al de una persona más joven. Sin embargo, comenzaron a suceder situaciones extrañas. Por las noches soñaba con un hombre de edad mediana. VeÃa un lugar en el que él se encontraba trabajando hierbas secas colgadas por todas partes amuletos. El color rojo estaba presente, percibÃa el olor a incienso y mirra. Despertaba confundida porque nunca habÃa tenido ese tipo de sueños. Además, era una persona bastante escéptica. No creÃa en el esoterismo, en las limpias ni en la brujerÃa. El tiempo en el que estuve enferma hubo personas que me dijeron que me acercara con un brujo para que me hiciera una limpia, porque lo más seguro era que alguien me habÃa puesto esa enfermedad. En ocasiones era el tipo de comentarios que algunas personas me hacÃan, pero como no creÃa en lo que me decÃan, no tuve un acercamiento a esos lugares, por lo que se me hacÃa sumamente extraño que empezara a tener sueños relacionados con el esoterismo. También veÃa a través del sueño la manera en que una persona hacÃa rituales era curioso porque no podÃa verle el rostro al hombre que los hacÃa solo sus manos. Entre los objetos que veÃa aparecÃa casi en todas las ocasiones una santa muerte. Despertaba confundida, sin entender el motivo del por qué soñaba asà antes de tener el trasplante de corazón. No me habÃa sucedido una ocasión soñé algo que me impresionó mucho. Vi la manera en que las manos del mismo hombre le provocaba un aborto a una mujer. El sueño fue bar gráfico. Desperté asustada de ver lo que el hombre hacÃa con el producto expulsado. Estaba sudando frÃo. Cada vez me sentÃa más invadida por ese tipo de sueños. En cuanto vi al doctor Hugo en el hospital, le pregunté si era posible que por el trasplante de corazón que me hicieron pudiera haber acciones de la persona a la que le perteneció. El doctor sonrió y me dijo que eso no era posible. El corazón era un órgano que no tenÃa memoria. Insistà con el doctor le conté el tipo de sueños que tenÃa y la forma tan explÃcita en que veÃa que un hombre hacÃa rituales y brujerÃa. Ãl me preguntó cómo sabÃa que se trataba de un hombre si nunca le habÃa visto el rostro. Le respondà que no era necesario verlo porque sus manos lo delataban. Además, traÃa una pulsera de color rojo que decÃa su nombre Aarón. El doctor Hugo no le tomó importancia al comentario que le hice. Me dijo que todo eran mentiras, que las personas inventaba y que o s u n quizás estaba muy sugestionada antes de que se marchara. Le dije lo que habÃa visto durante el tiempo en el que estuve en terapia intensiva. Le conté que mi alma se habÃa desprendido de mi cuerpo. Ãl me dijo que era normal que durante el tiempo en que estuve en estado de coma tuviera todo ese tipo de alucinaciones, porque, aunque mi cuerpo estaba sedado, mi cerebro se mantenÃa activo. Ya no quise continuar la charla con él porque a todo le daba una explicación cientÃfica, Aunque sentÃa que lo que me estaba ocurriendo no tenÃa nada que ver con la ciencia. Los sueños cada vez eran más recurrentes y perturbadores. El último sueño que tuve me hizo que empezara a buscar otro tipo de ayuda. Recuerdo que me dormà tarde porque mi hijo no llegaba. Ãl ya era un adolescente, Era muy rebelde, por lo que hacÃa caso omiso a mis peticiones de que no llegara tan tarde de la calle. Mi hijo me decÃa que se quedaba ur más tiempo con su novia, pero le notaba que traÃa los ojos rojos y un comportamiento un tanto errático, por lo que creÃa que su tiempo no lo gastaba precisamente con la novia, sino con jóvenes del barrio que no andaban en buenos pasos. Después que tuve una discusión con mi hijo, me fui a dormir. Ãl se quedó en la sala viendo la televisión. Me di cuenta porque hasta mi habitación llegaba a la luz que emitÃa el aparato. Me costó un poco de trabajo poder dormirme, pero cuando lo hice de inmediato comencé a soñar. En esta ocasión, el sueño fue bastante revelador. Pude ver las manos del mismo hombre que tomaba la imagen de una santa muerte. Al mismo tiempo decÃa unas palabras en una lengua desconocida. Cerraba el ritual diciéndole a la imagen que le pedÃa vida eterna. Me desperté sobresaltada. Al mismo tiempo, mi hijo empezó a tocar con insistencia a la puerta de mi habitación. Ni siquiera esperó a que le abriera. La abrió abruptamente. Le grité que le sucedÃa porque actuaba de esa manera. Mi hijo tartamudeando me dijo que acababa de ver a alguien que cruzaba hacia la cocina. Le pedà que se calmara. Lo primero en lo que pensé fue que estaba drogado y que habÃa imaginado ver a esa sombra Le dije que fuéramos a la cocina para que viera que no habÃa nadie ahÃ, pero él no lo quiso hacer. Me suplicó que no fuera salà para revisar la cocina. Lo menos que querÃa era que mi hijo adolescente tuviera miedos infantiles. Encendà la luz de la sala. En cuanto la iluminación penetró a la cocina, pude ver que alguien corrÃa hacia el lado en el que no alcanzaba a llegar la luz del foco. Ya no quise revisar la cocina. Me dio miedo, sobre todo porque la sombra tumbó algunos trastes que hicieron mucho ruido. Mi hijo de inmediato me dijo que era cierto. Me regresé a la habitación para tratar de calmarlo. También me sentÃa asustada, pero no podÃa decirle eso a mi hijo si él ya lo está. Le dije que tratarÃamos de calmarnos y de darle una explicación a lo que vimos, porque ya llevábamos varios años viviendo en ese lugar y nunca nos habÃa sucedido algo parecido. Aquella noche la pasamos juntos, aunque sabÃa que necesitaba hacer algo al respecto. Al dÃa siguiente me fui a trabajar al hospital. Mi hijo se fue a la secundaria. Me dijo que cuando saliera de la escuela me irÃa a buscar al trabajo. No querÃa estar solo en la casa. Nuevamente abordé al doctor Hugo, pero él no me creyó nada de lo que le decÃa y se fue a realizar su trabajo. Una de las enfermeras escuchó todo su nombre. Era Ana. Se acercó para decirme que ella sà me creÃa. Lo mejor era que tratara de investigar a quien le perteneció el corazón que me habÃan trasplantado. Le dije que ese tipo de información no la daban en el hospital. Me comentó que tratarÃa de ver si podÃa conseguir que un amigo enfermero que trabajaba en centro médico pudiera conseguir información acerca de mi donante. Con la confianza que Ana me inspiró y la necesidad de encontrar solución a lo que me pasaba, le conté todo acerca de mis sueños. Ella me dijo que habÃa estado cerca de algunos pacientes que los habÃan trasplantado y sus familiares también les decÃan lo mismo que las personas que recibÃan un órgano ajeno. A ellos de igual forma adquirÃan hábitos y costumbres de la persona a la que le perteneció el corazón. Aunque nunca habÃa sabido de una situación como la mÃa seguà realizando mi trabajo. Me sentà un poco más tranquila de ver que al menos alguien me creÃa sólo que no era suficiente. Aunque fuera cierto que el corazón conservaba algunas células de memoria. Eso no servirÃa de nada, porque los sueños continuarÃan sucediendo. Mi hijo llegó más tarde, se quedó en el hospital haciendo su tarea. Después que terminé mis actividades, nos marchamos a la casa y le le le o o o o la dije que estuviera tranquilo. Estaba buscando la manera de encontrar una respuesta a lo que nos sucedÃa. Cuando la tuviera, harÃa lo necesario para solucionarlo. Cuando entramos a la casa, la sentimos helada. ParecÃa que entrábamos a un refrigerador. Todo estaba en orden, pero los dos tuvimos la sensación de que alguien más habitaba la casa. Mi hijo sólo me hizo una pregunta. Percibes que haya alguien en la casa. Me limité a sentir no querÃa que cualquier cosa que estuviera dentro de mi hogar me escuchara. Le dije a mi hijo que recogiera algunas pertenencias porque irÃamos de visita con los abuelos. Se fue de inmediato a recoger algunos artÃculos personales. Hice lo mismo. Estábamos a punto de salir de la casa. Cuando escuché una voz, tenue le pregunté a mi hijo si él también escuchaba. Me respondió que sÃ. La voz venÃa del interior de mi habitación era como si estuvieran haciendo una oración, aunque por la voz tan baja. No alcancé a distinguir de qué se trataba. Sin pensarlo. Mi hijo tuvo la intención de ir hacia mi cuarto. Lo detuve y le dije que no lo hiciera. Nos salimos con cuidado de la casa. No quise corroborar de quién se trataba, pero casi tenÃa la seguridad de que era el mismo espÃritu de la noche anterior. No sabÃa qué hacer ni a quién acudir. Me acordé de Ana. Ella todavÃa estaba en el hospital. Me regresé para hablar con ella. En cuanto Ana me vio, me hizo una señal para que la esperara. Me dijo que no me fuera a marchar. Le dije a mi hijo que se sentara en la sala de espera, me fui detrás de ella para apoyarla en su trabajo y que tuviera un poco de tiempo para poder hablar en cuanto fue posible. Ana me dijo que su amigo enfermero le comentó que dentro de la comunidad médica habÃa dos posturas respecto al trasplante de órganos. Algunos médicos decÃan que los electrones que tenÃan las células a su alrededor podrÃan producir ondas de muchos tipos capaces de guardar una memorias. Los s p ns más recientes que habÃan era el de un médico de Cataluña que llegó a la conclusión de que las células tenÃan una fase intuitiva, que eran capaces de conectarse a las personas que eran muy receptivas y sensibles, lo que permitÃa conectarse a algunos aspectos de la historia personal. Del donante que todos se encontraban en los tejidos almacenados del órgano. Ana. Continuó diciendo que habÃa casos que se habÃan estudiado bajo la supervisión de investigadores y profesores universitarios. Uno de esos casos fue el de un joven que recibió el corazón de un hombre que se suicidó a los tres años. Ese muchacho también hizo lo mismo, y casos como éste existÃan varios, por lo que algunos médicos decÃan que el corazón albergaba más de cuarenta cero neuronas de memoria y que los recuerdos se almacenaban en los átomos de las células. Aunque era difÃcil saber si esto era realmente verdadero, no podÃa creer toda la información que me dio. Mi compañera le le le le le le dije que que entonces no tendrÃa opción si conservaba la memoria de ese hombre toda la vida iba a estar ligado a mà a menos que me quitara su corazón, pero eso significaba la inminente muerte. Ana me dijo que me calmara. HabÃa otro tipo de creencias en los que no tenÃa nada que ver la memoria, que habÃa una conexión entre el alma del donante y su órgano. La Biblia decÃa que polvo eres y en polvo te convertirás. Pero al existir una parte de esa persona que aún estaba viva, el espÃritu o el alma de ella seguÃa errante. Y si le añadÃa que quizás el corazón que tenÃa le perteneció a un brujo, eso complicaba más las cosas sin saber qué hacer. Me senté en una de las sillas. Estaba aturdida fÃsicamente, me sentÃa muy bien por mi nuevo corazón. Sin embargo, dentro de mi ser habÃa una revolución de pensamientos y de emociones. Ana me vio me dijo que no me preocupara. Su amigo le habÃa dicho de alguien que nos podÃa ayudar. Era un neuropsicólogo que estaba trabajando este tipo de casos. En cuanto el médico supo lo que me estaba sucediendo, se interesó en conocerme. Esa tarde fui con el doctor, me vio en su consultorio, Me estuvo haciendo muchas preguntas, me mandó hacer análisis de urgencia y varios tipos de pruebas. Pero cuando le dije mi verdadero problema, que creÃa que el alma descarnada del dueño del corazón estaba dentro de mi casa, no le tomó la importancia de vida. Salà de su consultorio sintiéndome como una rata de laboratorio, sin obtener respuesta alguna. Nuevamente hablé con Ana. Le conté cómo me fue con el médico y que seguÃa sin obtener respuestas, sin que se lo pidiera. Ella me preguntó si tenÃa a dónde ir a dormir. Le respondà que no. Me ofreció su casa y la acepté de inmediato. No tenÃa la menor intención de regresar a mi casa porque ahà estaba instalado el EspÃritu del Brujo. Luego que estuve vimos en casa de Ana, nos dijo que podÃamos acercarnos a personas que sabÃan sobre espÃritus. Nunca se habÃa acercado a ninguno, pero quizás una de ellas me podrÃa ayudar y le dije que no conocÃa a nadie. Ana me dijo que su vecina tenÃa un local en el centro. Ella era evidente o espiritista. No me supo decir cuál era su profesión. Me comentó que podÃa ir con ella y decirle mi caso. Acepté por desesperación, no porque creyera en ese tipo de rituales Ana me llevó a la casa de su vecina. Me presenté con ella. En cuanto la mujer me vio, me dijo que un muerto estaba detrás de mÃ. Lo sintió de inmediato. Me invitó a pasar a su casa. Me explicó que no iba a ser algo tan sencillo como hacer un ritual y el espÃritu se iba a marchar. Era todo un trabajo continuo para ayudar a esa alma a encontrar su camino que hallara la luz de la vida eterna. Cuando la mujer me habló sobre el cielo, le dije que quizás ese espÃritu no tenÃa espacio en el cielo. Le expliqué los sueños que tuve cuando estuve en terapia intensiva. Le dije sobre el inframundo. Cuando terminé de decirle, ella se sorprendió de que le diera tantos detalles sobre el infierno, porque habÃa tenido contacto con distintas almas y le llegaron a decir cosas similares como las que le describÃ. Antes de empezar el ritual, me dijo que si acaso se trataba de un brujo que por todo lo que le habÃa dicho estaba casi segura, iba a ser más difÃcil desprender el alma de ese hombre a su órgano, pero que no serÃa imposible. Por lo pronto me dio un amuleto de protección y empezó a hacer su trabajo. Me dijo que al dÃa siguiente podrÃa regresar a mi casa. TenÃa desconfianza, pero lo hice. SabÃa que no podÃa abusar del apoyo de Ana. Cuando llegué a mi casa, todo empezó a cambiar. Ya no sentà la presencia de ese ser aunque no se habÃa ido del todo, ParecÃa que los rituales de protección que hacÃan a la mujer, si funcionaban, fue un proceso de varias semanas en las que estuve yendo con la vidente, pero tanto mi hijo como yo dejamos de ver y sentir el alma de esa persona dentro de la casa. De repente me doy cuenta de que sé sobre herbolaria y otro tipo de conocimientos que desconocÃa. La vidente me ha dicho que eso nunca se va a ir de mi vida, porque parte de ese hombre vive dentro de mÃ, pero que su alma ya no iba a reclamar su órgano. Relato escrito y adaptado por Adriana Cuevas








