Dec. 30, 2023

Me Trasplantaron El Corazón De Un Brujo Historias De Terror - REDE

Me Trasplantaron El Corazón De Un Brujo Historias De Terror - REDE

¡ Rápido ! Suscríbete y activa la campanita.
Se parte de la comunidad REDE.
ENVIAME TUS HISTORIAS A: relatosdesclasificados@gmail.com
SÍGUEME EN FANPAGE: https://bit.ly/33H3Og3
SÍGUEME EN INSTAGRAM: https://bit.ly/3dgiBmd

Apple Podcasts podcast player badge
Spotify podcast player badge
Castro podcast player badge
RSS Feed podcast player badge
Apple Podcasts podcast player iconSpotify podcast player iconCastro podcast player iconRSS Feed podcast player icon

¡ Rápido ! Suscríbete y activa la campanita.
Se parte de la comunidad REDE.
ENVIAME TUS HISTORIAS A: relatosdesclasificados@gmail.com
SÍGUEME EN FANPAGE: https://bit.ly/33H3Og3
SÍGUEME EN INSTAGRAM: https://bit.ly/3dgiBmd

Corazón de Brujo. Formé parte de una familia numerosa. Mis padres eran comerciantes. Se dedicaban a la venta de ropa en los diferentes tianguis. Mi papá no era la mejor persona del mundo. El cada que tenía oportunidad tomaba alcohol Cuando se emborrachaba. Era muy agresivo. En ocasiones le llegó a pegar a mi madre por el hecho de que le pedía que no se gastara todo el dinero. Mis hermanas mayores fueron las que nos cuidaban, porque mis padres iban casi todos los días de la semana a vender su mercancía. En lo único en lo que pensaba era en irme de esa casa marcharme a un lugar en el que ella no tuviera que seguir viendo pleitos ni carencias, porque debido al alcoholismo de mi papá no teníamos los recursos suficientes para solventar las necesidades básicas de la casa. Desde que tenía quince años empecé a trabajar en un hospital pequeño como hacia dora. Limpiaba las habitaciones de los enfermos, los baños y las oficinas. En un principio no me querían dar el trabajo porque decían que era menor de edad, pero una clienta de mi mamá que trabajaba en ese hospital insistió en que me dieran el trabajo. Habló con el médico a cargo de la unidad y le explicó mi situación económica. Fue la única manera en la que pude laborar en ese hospital. Mi responsabilidad y mis ganas de salir adelante fueron el impulso para convencer a los médicos del hospital. Poco a poco, me fui ganando la confianza del personal médico. Incluso un doctor me ayudó para que estudiara primeros auxilios y pudiera apoyar a las enfermeras a poner inyecciones sueros, sacar sangre para los análisis entre más actividades. Me quedaba más tiempo en el hospital para seguir aprendiendo. En ese lugar. Fue en el que conocía a Enrique. Él era enfermero. Nos hicimos novios. Al poco tiempo de conocernos, él me propuso irnos a vivir juntos. En aquel tiempo tenía dieciocho años y lo único que quería era salirme de mi casa. Una de las enfermeras me dijo que tuviera cuidado con él porque sólo era un hombre picaflor que le gustaba andar con distintas mujeres. No le hice caso al comentario de mi compañera. Tenía la oportunidad de salir de casa y lo hice. Ni siquiera Teníamos dos meses de estar juntos. Cuando empezaron los problemas. Él llegaba tarde a casa en ocasiones ni siquiera iba a dormir. Cuando le reclamaba su conducta, me decía que no me metiera en su vida. Yo no lo iba a controlar. Si quería seguir viviendo así me podía quedar, sino la puerta estaba muy ancha. No aguanté esa vida, pero tampoco quería regresar a mi casa. Lo malo fue cuando me di cuenta que había quedado embarazada por un tiempo. Pude sostenerme sin depender de nadie. Sin embargo, empecé a tener complicaciones en el embarazo. No tuve otra opción que regresar con mis padres. Me recibieron de mala gana. Me dijeron que sólo había ido para llevarles un hijo bastardo. En aquel momento aguanté de todo tipo de maltrato verbal. A los pocos meses nació mi hijo. En cuanto me fue posible, regresé a trabajar en el hospital. Me recibieron con agrado. Era un poco complicado encontrar quién me apoyara a cuidar a mi hijo, hasta que uno de los médicos me ayudó a meterlo a una guardería del dif que se encontraba a dos cuadras del hospital de Enrique. Ya no volvía a saber nada. Cuando se enteró que iba a regresar al hospital, prefirió renunciar para no volver a verme. Cuando mi hijo cumplió un año, empecé a sentirme muy mal a diario. Estaba sumamente cansada y empecé a bajar mucho de peso. El médico del hospital lo advirtió. Me dijo que algo no andaba bien con mi salud. Me mandó hacer unos estudios, cuyos gastos los pagó el hospital. El resultado fue contundente. Tenía cáncer de matriz. A partir de ese momento empezaron los tratamientos de quimioterapia. Me quitaron mi aparato reproductivo. Me dijeron que era para evitar que el cáncer se propagara. Sin embargo, me hizo metástasis en otra parte del cuerpo. Fue un tiempo muy complicado en el que la pasé muy mal. Cuando mi familia me vio en ese estado, cambiaron el trato que me daban, pero eso no modificó el estado de mi enfermedad. Después de una lucha constante contra el cáncer, pude curarme, aunque tanto medicamento hizo que tuviera consecuencias. Me dejó un daño en el corazón. Salí adelante del cáncer porque ya no regresó. El doctor me hacía pruebas periódicas. Los resultados eran favorables. Sólo tenía que mantener cuidado con mi corazón. Tuve varios infartos hasta que el médico me dijo que requería un trasplante de corazón. Si lo conseguía, podría tener una vida normal. El médico del hospital fue el que me ayudó desde un principio. Él se llamaba Hugo. También me apoyó para que me pudiera pensionar. Había sacado una casa por medio del infonavit Al obtener la pensión, la casa quedó sin ninguna deuda. Le estaba muy agradecida al doctor Hugo. Él siguió ayudándome. Me dijo que si estaba en mis posibilidades, siguiera yendo a trabajar al hospital para que tuviera mejores ingresos que lo hiciera los días, que pudiera, así que tuve otra manera de ganar dinero. Había ocasiones que los familiares de los pacientes quedaban de alta en el hospital. Me decían que si podía cuidar de su enfermo durante el día o por la noche, como sabía, de cuidados paliativos y de primeros auxilios, lo hacía en ocasiones me sentía muy mal en esos días. No acudía a trabajar porque estaba muy cansada. El cardiólogo me dijo que estaba en lista de espera para el trasplante de corazón. Una noche recibí la llama del doctor Hugo me dijo que el médico especialista había conseguido el órgano. Tenía treinta y cinco años cuando me internaron de urgencia en centro médico para hacerme la cirugía. Después del trasplante estuve en terapia intensiva. Me dijeron que estuve inconsciente. Tuve una serie de infartos que me mantuvieron entre la vida y la muerte. Mis familiares me dijeron que estuve un poco más de un mes en terapia intensiva porque mi organismo no aceptaba el corazón extraño. Durante el tiempo que estuve en estado de inconsciencia. Sentí como mi alma se desprendió de mi cuerpo y que descendía al infierno. En ese lugar encontré a personas que conocía, aunque ellos ya no pudieron reconocerme. Parecía que habían perdido la memoria y la conciencia. Caminaban despacio con la mirada perdida. Pude darme cuenta que el infierno no era un lugar con fuego en el que se torturaba a las personas por sus pecados. Cada alma estaba encerrada en ella misma y languidecía de tristeza, de remordimiento y desolación. Había niveles en los que, conforme iba descendiendo. Podía sentir todos los sentimientos de las almas. Caminaban en círculos sin llegar nunca a un destino. Estaba a punto de llegar al último nivel, el más profundo, el del inframundo. Pude percibir la presencia del maligno empecé a descender a través de un camino serpenteante al fondo, alcancé a distinguir a un ser oscuro cuya mirada estaba atenta a mi presencia. Empezó a esbozar una sonrisa maléfica. Cuando sentí que me hundía en un abismo profundo y oscuro enseguida, empecé a ver una luz brillante y blanca. Comencé a reconocer el lugar era el hospital. Alrededor había varios médicos y enfermeras que me estaban tomando mis signos vitales. Con dificultad les pude preguntar qué sucedía. Uno de ellos me dijo que había vuelto a nacer porque estuve por varios segundos en línea mortal. Ya me daban por perdida. En aquel momento no pude entender lo que el médico me dijo porque me sentía aturdida. No alcanzaba a darme cuenta de todo lo que sucedía a mi alrededor. Poco a poco me fui estabilizando hasta que me dieron de alta en el hospital. Pronto me incorporé a mi vida habitual. Incluso pude ser más eficiente en mi trabajo en mi casa, porque sentía mucha vitalidad. Era como si mi nuevo corazón perteneciera al de una persona más joven. Sin embargo, comenzaron a suceder situaciones extrañas. Por las noches soñaba con un hombre de edad mediana. Veía un lugar en el que él se encontraba trabajando hierbas secas colgadas por todas partes amuletos. El color rojo estaba presente, percibía el olor a incienso y mirra. Despertaba confundida porque nunca había tenido ese tipo de sueños. Además, era una persona bastante escéptica. No creía en el esoterismo, en las limpias ni en la brujería. El tiempo en el que estuve enferma hubo personas que me dijeron que me acercara con un brujo para que me hiciera una limpia, porque lo más seguro era que alguien me había puesto esa enfermedad. En ocasiones era el tipo de comentarios que algunas personas me hacían, pero como no creía en lo que me decían, no tuve un acercamiento a esos lugares, por lo que se me hacía sumamente extraño que empezara a tener sueños relacionados con el esoterismo. También veía a través del sueño la manera en que una persona hacía rituales era curioso porque no podía verle el rostro al hombre que los hacía solo sus manos. Entre los objetos que veía aparecía casi en todas las ocasiones una santa muerte. Despertaba confundida, sin entender el motivo del por qué soñaba así antes de tener el trasplante de corazón. No me había sucedido una ocasión soñé algo que me impresionó mucho. Vi la manera en que las manos del mismo hombre le provocaba un aborto a una mujer. El sueño fue bar gráfico. Desperté asustada de ver lo que el hombre hacía con el producto expulsado. Estaba sudando frío. Cada vez me sentía más invadida por ese tipo de sueños. En cuanto vi al doctor Hugo en el hospital, le pregunté si era posible que por el trasplante de corazón que me hicieron pudiera haber acciones de la persona a la que le perteneció. El doctor sonrió y me dijo que eso no era posible. El corazón era un órgano que no tenía memoria. Insistí con el doctor le conté el tipo de sueños que tenía y la forma tan explícita en que veía que un hombre hacía rituales y brujería. Él me preguntó cómo sabía que se trataba de un hombre si nunca le había visto el rostro. Le respondí que no era necesario verlo porque sus manos lo delataban. Además, traía una pulsera de color rojo que decía su nombre Aarón. El doctor Hugo no le tomó importancia al comentario que le hice. Me dijo que todo eran mentiras, que las personas inventaba y que o s u n quizás estaba muy sugestionada antes de que se marchara. Le dije lo que había visto durante el tiempo en el que estuve en terapia intensiva. Le conté que mi alma se había desprendido de mi cuerpo. Él me dijo que era normal que durante el tiempo en que estuve en estado de coma tuviera todo ese tipo de alucinaciones, porque, aunque mi cuerpo estaba sedado, mi cerebro se mantenía activo. Ya no quise continuar la charla con él porque a todo le daba una explicación científica, Aunque sentía que lo que me estaba ocurriendo no tenía nada que ver con la ciencia. Los sueños cada vez eran más recurrentes y perturbadores. El último sueño que tuve me hizo que empezara a buscar otro tipo de ayuda. Recuerdo que me dormí tarde porque mi hijo no llegaba. Él ya era un adolescente, Era muy rebelde, por lo que hacía caso omiso a mis peticiones de que no llegara tan tarde de la calle. Mi hijo me decía que se quedaba ur más tiempo con su novia, pero le notaba que traía los ojos rojos y un comportamiento un tanto errático, por lo que creía que su tiempo no lo gastaba precisamente con la novia, sino con jóvenes del barrio que no andaban en buenos pasos. Después que tuve una discusión con mi hijo, me fui a dormir. Él se quedó en la sala viendo la televisión. Me di cuenta porque hasta mi habitación llegaba a la luz que emitía el aparato. Me costó un poco de trabajo poder dormirme, pero cuando lo hice de inmediato comencé a soñar. En esta ocasión, el sueño fue bastante revelador. Pude ver las manos del mismo hombre que tomaba la imagen de una santa muerte. Al mismo tiempo decía unas palabras en una lengua desconocida. Cerraba el ritual diciéndole a la imagen que le pedía vida eterna. Me desperté sobresaltada. Al mismo tiempo, mi hijo empezó a tocar con insistencia a la puerta de mi habitación. Ni siquiera esperó a que le abriera. La abrió abruptamente. Le grité que le sucedía porque actuaba de esa manera. Mi hijo tartamudeando me dijo que acababa de ver a alguien que cruzaba hacia la cocina. Le pedí que se calmara. Lo primero en lo que pensé fue que estaba drogado y que había imaginado ver a esa sombra Le dije que fuéramos a la cocina para que viera que no había nadie ahí, pero él no lo quiso hacer. Me suplicó que no fuera salí para revisar la cocina. Lo menos que quería era que mi hijo adolescente tuviera miedos infantiles. Encendí la luz de la sala. En cuanto la iluminación penetró a la cocina, pude ver que alguien corría hacia el lado en el que no alcanzaba a llegar la luz del foco. Ya no quise revisar la cocina. Me dio miedo, sobre todo porque la sombra tumbó algunos trastes que hicieron mucho ruido. Mi hijo de inmediato me dijo que era cierto. Me regresé a la habitación para tratar de calmarlo. También me sentía asustada, pero no podía decirle eso a mi hijo si él ya lo está. Le dije que trataríamos de calmarnos y de darle una explicación a lo que vimos, porque ya llevábamos varios años viviendo en ese lugar y nunca nos había sucedido algo parecido. Aquella noche la pasamos juntos, aunque sabía que necesitaba hacer algo al respecto. Al día siguiente me fui a trabajar al hospital. Mi hijo se fue a la secundaria. Me dijo que cuando saliera de la escuela me iría a buscar al trabajo. No quería estar solo en la casa. Nuevamente abordé al doctor Hugo, pero él no me creyó nada de lo que le decía y se fue a realizar su trabajo. Una de las enfermeras escuchó todo su nombre. Era Ana. Se acercó para decirme que ella sí me creía. Lo mejor era que tratara de investigar a quien le perteneció el corazón que me habían trasplantado. Le dije que ese tipo de información no la daban en el hospital. Me comentó que trataría de ver si podía conseguir que un amigo enfermero que trabajaba en centro médico pudiera conseguir información acerca de mi donante. Con la confianza que Ana me inspiró y la necesidad de encontrar solución a lo que me pasaba, le conté todo acerca de mis sueños. Ella me dijo que había estado cerca de algunos pacientes que los habían trasplantado y sus familiares también les decían lo mismo que las personas que recibían un órgano ajeno. A ellos de igual forma adquirían hábitos y costumbres de la persona a la que le perteneció el corazón. Aunque nunca había sabido de una situación como la mía seguí realizando mi trabajo. Me sentí un poco más tranquila de ver que al menos alguien me creía sólo que no era suficiente. Aunque fuera cierto que el corazón conservaba algunas células de memoria. Eso no serviría de nada, porque los sueños continuarían sucediendo. Mi hijo llegó más tarde, se quedó en el hospital haciendo su tarea. Después que terminé mis actividades, nos marchamos a la casa y le le le o o o o la dije que estuviera tranquilo. Estaba buscando la manera de encontrar una respuesta a lo que nos sucedía. Cuando la tuviera, haría lo necesario para solucionarlo. Cuando entramos a la casa, la sentimos helada. Parecía que entrábamos a un refrigerador. Todo estaba en orden, pero los dos tuvimos la sensación de que alguien más habitaba la casa. Mi hijo sólo me hizo una pregunta. Percibes que haya alguien en la casa. Me limité a sentir no quería que cualquier cosa que estuviera dentro de mi hogar me escuchara. Le dije a mi hijo que recogiera algunas pertenencias porque iríamos de visita con los abuelos. Se fue de inmediato a recoger algunos artículos personales. Hice lo mismo. Estábamos a punto de salir de la casa. Cuando escuché una voz, tenue le pregunté a mi hijo si él también escuchaba. Me respondió que sí. La voz venía del interior de mi habitación era como si estuvieran haciendo una oración, aunque por la voz tan baja. No alcancé a distinguir de qué se trataba. Sin pensarlo. Mi hijo tuvo la intención de ir hacia mi cuarto. Lo detuve y le dije que no lo hiciera. Nos salimos con cuidado de la casa. No quise corroborar de quién se trataba, pero casi tenía la seguridad de que era el mismo espíritu de la noche anterior. No sabía qué hacer ni a quién acudir. Me acordé de Ana. Ella todavía estaba en el hospital. Me regresé para hablar con ella. En cuanto Ana me vio, me hizo una señal para que la esperara. Me dijo que no me fuera a marchar. Le dije a mi hijo que se sentara en la sala de espera, me fui detrás de ella para apoyarla en su trabajo y que tuviera un poco de tiempo para poder hablar en cuanto fue posible. Ana me dijo que su amigo enfermero le comentó que dentro de la comunidad médica había dos posturas respecto al trasplante de órganos. Algunos médicos decían que los electrones que tenían las células a su alrededor podrían producir ondas de muchos tipos capaces de guardar una memorias. Los s p ns más recientes que habían era el de un médico de Cataluña que llegó a la conclusión de que las células tenían una fase intuitiva, que eran capaces de conectarse a las personas que eran muy receptivas y sensibles, lo que permitía conectarse a algunos aspectos de la historia personal. Del donante que todos se encontraban en los tejidos almacenados del órgano. Ana. Continuó diciendo que había casos que se habían estudiado bajo la supervisión de investigadores y profesores universitarios. Uno de esos casos fue el de un joven que recibió el corazón de un hombre que se suicidó a los tres años. Ese muchacho también hizo lo mismo, y casos como éste existían varios, por lo que algunos médicos decían que el corazón albergaba más de cuarenta cero neuronas de memoria y que los recuerdos se almacenaban en los átomos de las células. Aunque era difícil saber si esto era realmente verdadero, no podía creer toda la información que me dio. Mi compañera le le le le le le dije que que entonces no tendría opción si conservaba la memoria de ese hombre toda la vida iba a estar ligado a mí a menos que me quitara su corazón, pero eso significaba la inminente muerte. Ana me dijo que me calmara. Había otro tipo de creencias en los que no tenía nada que ver la memoria, que había una conexión entre el alma del donante y su órgano. La Biblia decía que polvo eres y en polvo te convertirás. Pero al existir una parte de esa persona que aún estaba viva, el espíritu o el alma de ella seguía errante. Y si le añadía que quizás el corazón que tenía le perteneció a un brujo, eso complicaba más las cosas sin saber qué hacer. Me senté en una de las sillas. Estaba aturdida físicamente, me sentía muy bien por mi nuevo corazón. Sin embargo, dentro de mi ser había una revolución de pensamientos y de emociones. Ana me vio me dijo que no me preocupara. Su amigo le había dicho de alguien que nos podía ayudar. Era un neuropsicólogo que estaba trabajando este tipo de casos. En cuanto el médico supo lo que me estaba sucediendo, se interesó en conocerme. Esa tarde fui con el doctor, me vio en su consultorio, Me estuvo haciendo muchas preguntas, me mandó hacer análisis de urgencia y varios tipos de pruebas. Pero cuando le dije mi verdadero problema, que creía que el alma descarnada del dueño del corazón estaba dentro de mi casa, no le tomó la importancia de vida. Salí de su consultorio sintiéndome como una rata de laboratorio, sin obtener respuesta alguna. Nuevamente hablé con Ana. Le conté cómo me fue con el médico y que seguía sin obtener respuestas, sin que se lo pidiera. Ella me preguntó si tenía a dónde ir a dormir. Le respondí que no. Me ofreció su casa y la acepté de inmediato. No tenía la menor intención de regresar a mi casa porque ahí estaba instalado el Espíritu del Brujo. Luego que estuve vimos en casa de Ana, nos dijo que podíamos acercarnos a personas que sabían sobre espíritus. Nunca se había acercado a ninguno, pero quizás una de ellas me podría ayudar y le dije que no conocía a nadie. Ana me dijo que su vecina tenía un local en el centro. Ella era evidente o espiritista. No me supo decir cuál era su profesión. Me comentó que podía ir con ella y decirle mi caso. Acepté por desesperación, no porque creyera en ese tipo de rituales Ana me llevó a la casa de su vecina. Me presenté con ella. En cuanto la mujer me vio, me dijo que un muerto estaba detrás de mí. Lo sintió de inmediato. Me invitó a pasar a su casa. Me explicó que no iba a ser algo tan sencillo como hacer un ritual y el espíritu se iba a marchar. Era todo un trabajo continuo para ayudar a esa alma a encontrar su camino que hallara la luz de la vida eterna. Cuando la mujer me habló sobre el cielo, le dije que quizás ese espíritu no tenía espacio en el cielo. Le expliqué los sueños que tuve cuando estuve en terapia intensiva. Le dije sobre el inframundo. Cuando terminé de decirle, ella se sorprendió de que le diera tantos detalles sobre el infierno, porque había tenido contacto con distintas almas y le llegaron a decir cosas similares como las que le describí. Antes de empezar el ritual, me dijo que si acaso se trataba de un brujo que por todo lo que le había dicho estaba casi segura, iba a ser más difícil desprender el alma de ese hombre a su órgano, pero que no sería imposible. Por lo pronto me dio un amuleto de protección y empezó a hacer su trabajo. Me dijo que al día siguiente podría regresar a mi casa. Tenía desconfianza, pero lo hice. Sabía que no podía abusar del apoyo de Ana. Cuando llegué a mi casa, todo empezó a cambiar. Ya no sentí la presencia de ese ser aunque no se había ido del todo, Parecía que los rituales de protección que hacían a la mujer, si funcionaban, fue un proceso de varias semanas en las que estuve yendo con la vidente, pero tanto mi hijo como yo dejamos de ver y sentir el alma de esa persona dentro de la casa. De repente me doy cuenta de que sé sobre herbolaria y otro tipo de conocimientos que desconocía. La vidente me ha dicho que eso nunca se va a ir de mi vida, porque parte de ese hombre vive dentro de mí, pero que su alma ya no iba a reclamar su órgano. Relato escrito y adaptado por Adriana Cuevas