Dec. 26, 2023

Los Niños De Ojos Negros Que Roban Almas Historias De Terror - REDE

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Los niños de los ojos negros. Mi casa se encontraba en el estado de Sonora, en la localidad de San Carlos, Guay Más. Mis padres eran originarios de este Estado, al igual que mis hermanos y yo. La mayor parte de la familia de mi papá vivía cerca de nuestra vivienda, pero la familia de mi mamá, incluidos mis abuelos, vivían en Arizona, Estados Unidos. Con cierta frecuencia íbamos a visitar a los abuelos y a los primos, o a veces ellos venían para celebrar Navidad y Año nuevo. Eran aproximadamente siete horas de camino. Mi padre era cocinero de un restaurante de Mariscos. Mi mamá trabajaba en las oficinas de pémex. Mi papá nos cuidaba durante la mañana y mi mamá por la tarde. Estábamos acostumbrados a ir a la playa con frecuencia y quedarnos con nuestros amigos en casas de campaña a tener veladas a la orilla del mar. Era común que también nuestros amigos tuvieran familiares en Estados Unidos. La mayoría manteníamos un vínculo con ese país porque la frontera estaba muy cerca. En una ocasión hicimos una velada en la playa, me reuní con mis amigos de la preparatoria. Ya estábamos en el último semestre y algunos habíamos hecho trámites en la universidad en otros lugares. Aquella noche era víspera del día de Halloween, por la influencia que teníamos de Estados Unidos. Era una gran celebración. Nosotros preferíamos irnos a contar historias de terror bajo la noche. Los relatos que contaban eran acerca de brujas de aparecidos en las carreteras de espíritus que no podían descansar. Pero el relato que más llamó mi atención fue el de Ricardo. Él contó una historia que le había sucedido a su tía. La colonia en la que vivía era muy tranquila. En cuanto se hacía de noche. No se escuchaban ruidos ni nada que pudiera alterar el orden. Aquella noche llamaron a la puerta de la casa de su tía. Ella n s s n or contraba sola, porque su esposo había salido de viaje y sus hijos estaban de visita con la abuela. Se le hizo extraño que tocaran a la puerta casi a las diez de la noche sin abrir la vio a través de la mirilla a dos niños que traían cubierta su cabeza con el gorro de una sudadera. Un niño era más grande que el otro. Eran como de diez y doce años. Los niños le pedían con insistencia a su tía que les permitiera entrar a su casa para llamar por teléfono a sus padres porque estaban perdidos. La tía de Ricardo estuvo a punto de abrir la puerta para que hicieran la llamada, pero algo en su interior le decía que no era seguro que ellos entraran a su casa. Quizás había personas adultas escondidas entre los árboles para entrar a su hogar y los niños eran el señuelo. La señora les dijo que lo sentía mucho, pero que no los podía ayudar. Lo mejor era que fueran a otra casa o que hablaran de un teléfono público. Los niños le dijeron que no tenían dinero para hacerla llamada, por lo que mi tía les pasó dinero por debajo de la puerta. Les dijo que con ese dinero les alcanzaba para llamar a sus padres. La tía de Ricardo seguía mirando a los niños a través del cristal vio que murmuraron algo entre ellos y levantaron la cabeza molestos. Fue cuando pudo verles a los niños los ojos completamente negros. No tenían la parte blanca de los ojos que todas las personas tenemos. Eso hizo que le diera más miedo. Les pidió que se fueran de su casa y que ya no la molestaran. Cuando los niños se sintieron descubiertos, se dieron la vuelta y se marcharon sin recoger el dinero que la señora les había pasado debajo de la puerta. Después que mi amigo terminó de contar esa historia, le pregunté si era inventada o realmente le había pasado. A su tía respondió que era real. Su tía vivió momentos de mucho miedo. Cuando le sucedió ese hecho le marcó de inmediato a la mamá de Ricardo para decirle lo que le había ocurrido. Para víspera de Navidad. Llegaron a la casa mis abuelos junto con algunos de mis tíos y primos, para pasar la velada en la casa. Como no cabíamos todos en nuestra vivienda. Una de mis tías, hermana de mi papá, nos dijo que nos podíamos ir a dormir a su casa. Ella vivía sola y tenía varias habitaciones desocupadas. Además, su casa estaba muy cerca de la nuestra. Le comenté a mi mamá que mi habitación, al igual que la de mis hermanos, se las podíamos dejar a la familia. Nosotros nos podíamos ir a dormir a la casa de la tía junto con otros primos. Mi mamá agradeció mi propuesta y estuvo de acuerdo. El veintitrés de diciembre llegó la familia. Mi primo, Alberto, era con quien mejor me la llevaba. Le comenté que nos iríamos a dormir a la casa de la tía, pera esa noche partimos a las diez de la noche a su casa. Ella vivía a escasas dos cuadras y ya estábamos acostumbrados al barrio. La mayor parte de las personas que vivíamos alrededor nos conocíamos bien. Nos fuimos caminando con mi primo y mis hermanos. Mis hermanos se acomodaron en una habitación y Alberto se fue a dormir conmigo. Le pregunté qué sabía sobre los niños de los ojos negros. Él se me quedó viendo. Me dijo que a él no le había sucedido nada con esos niños, pero que a una vecina que era muy amiga de su mamá sí le había pasado una situación extraña. Alberto comenzó a platicarme que un día ella fue al centro comercial estaba subiendo las cosas que había comprado en la cajuela del auto cuando llegaron dos niños a pedirle que los llevara a su casa porque estaban perdidos. Los niños tenían entre trece y once años. Ella les preguntó dónde vivían, pero no supieron Responderle le pidieron nuevamente el favor, pero la señora sentía algo raro con la presencia de esos pequeños. La asaltaba el miedo. Cuando ellos le hablaban, era con una voz baja y pausada. Ella no sabía cuál era el motivo, pero no le inspiraron confianza, por lo que, en cuanto pudo se subió al auto y los dejó afuera. Les dijo que sólo podía hablarle a sus padres para que vinieran a recogerlos, pero que tenía prisa y no podía llevarlos a su casa. En ese momento, el niño más grande acercó su cara a la ventana tan cerca que la señora le pudo ver. Los ojos al niño eran perturbadores porque tenía la mirada completamente negra. La señora ya no pudo más. Arrancó el auto y se marchó. Cuando llegó a su casa, tenía miedo de que la hubieran seguido. De inmediato. Le marcó por teléfono a mi tía para decirle lo ocurrido. La mamá de Alberto fue por su vecina para llevársela a la casa. Alberto me dijo que la vio muy asustada y alterada. No dejaba de decir que esos niños eran como demonios, pero nunca le hicieron daño con lo que me contó mi primo ni siquiera tenía sueño. Le dije que era extraño que en nuestra localidad no se hablara de ese acontrarecimiento apenas me había enterado hace poco. Seguimos contando historias y nos quedamos dormidos casi al amanecer por la mañana. Mi tía pera nos despertó para decirnos que dos niños habían ido a buscarnos. Seguramente no era a nosotros a los que buscaban, porque eran niños más pequeños. Quizás a quien esperaban encontrar era a mis hermanos más chicos, pero ellos se levantaron muy temprano y se fueron a mi casa a jugar con los demás primos de su edad. Mi primo, Alberto, fue quien más se asustó. Le dije que seguramente fueron amigos de mis hermanos los que fueron a buscarlos para jugar con ellos, porque yo no tenía amigos tan pequeños. Conocía muy bien a los amigos de mis hermanos y hasta jugaba ocasionalmente con ellos, pero de ahí a que fueran a buscarme era muy raro que lo hicieran. Mi primo se vistió rápidamente y fue a hablar con mi tía, pera le preguntó cómo eran esos niños. La descripción que dio mi tía uincio con los niños de los relatos, aunque no le tomé la debida importancia. En cambio, Alberto le hacía preguntas insistentes. A mi tía le preguntó cómo tenían sus ojos, pero ella dijo que no se había fijado en ellos. Sólo se limitó a decirles que estábamos dormidos y se marcharon. Le pedí que se calmara. Estaba un poco sugestionado por lo que nos quedamos platicando por la noche y que todo era sólo una leyenda urbana que se había transmitido de boca en boca hasta llegar a nuestra Colonia, pero que nunca se habían visto ese tipo de niños con los ojos negros. Poco a poco, mi primo se fue tranquilizando. Mi tía nos ofreció de desayunar. Mientras comíamos, nos preguntó por qué nos habíamos asustado tanto con esos niños si eran unos niños inofensivos. Alberto le dijo que no estuviera tan segura. Le contó lo que se decía de esos pequeños, pero a ella no le impresionó. Durante la cena de nochebuena ya no volvimos a hablar de los niños ni tan un poco nos sucedió nada extraño. Pasamos las festividades muy bien. Seguimos yendo a dormir a la casa de mi tía, pera los niños ya no regresaron a buscarnos, por lo que Alberto se olvidó del asunto. Antes del año nuevo, nuestra familia se despidió para regresar a Estados Unidos a pasar el año nuevo. Alberto y mi tía me invitaron que me fuera con ellos. Mis padres no tuvieron objeción en que lo hiciera. Ellos se quedarían a pasar el año nuevo con la familia de mi padre. Como era costumbre cada año, mis hermanos se quedaron con ellos en Arizona. Desde temprano comenzamos a celebrar en la noche vieja para recibir al nuevo año. Mis tíos. A cierta hora se fueron a descansar, pero Alberto me dijo que nos esperaban sus amigos. Ellos acostumbraban ir a festejar a un bar. Nos quedamos hasta entrada la madrugada en ese lugar, viendo los fuegos artificiales. Uno de sus amigos de Alberto tenía coche nos llevó hasta la casa. Apenas nos íbamos a acostar a descansar Cuando me llamó por teléfono mi amigo Ricardo, pensé que sería para desearme un buen año, pero su voz escuchaba alterada y entrecortada. Me dijo que ellos estaban afuera de su casa. Lo habían seguido. Después que salió de la casa de sus abuelos, le pedí que se calmara para que me pudiera contar lo que estaba ocurriendo. De nuevo. Me dijo que los niños de ojos negros estaban afuera de su casa. Tocando el timbre de su puerta, le dije que no podía ser cierto. Era solamente una leyenda, pero él afirmaba que eran reales. Me mandó un video en el que dos niños con sudadera de color gris tenían cubierta su cabeza con el gorro. Me quedé mudo. Cuando los vi le dije que se limitara a no abrirles la puerta ni a acceder a ninguna de sus peticiones. Escuché cuando sonó el timbre de su puerta. Después colgó el teléfono y ya no me pude comunicar con mi amigo. Mi primo se dio cuenta de todo. Me dijo que era probable que sí fuera cierto, porque una manera de atraerlos era hablando de ellos y si teníamos miedo de encontrarlos con mayor razón, se nos aparecían. Cuando él me hizo ese comentario, le dije que no me había dicho nada respecto a que ellos percibían nuestro miedo. Qué tipo de seres eran unos demonios, fantasmas, espíritus errantes o qué eran. Alberto me dijo que había quienes decían que se trataba de seres extraterrestres por la manera en que tenían sus ojos. Otros decían que eran demonios, pero él no lo creía, porque solamente hacían daños y la persona a la que se acercaban aceptaba ayudarlos de otra manera. Ellos nos podían hacer nada, por lo que mi primo decía que por eso no eran demonios, porque los demonios no acostumbraban a pedir permiso, Solían invadir el espacio o el cuerpo sin ningún preámbulo. De nuevo, timbró mi teléfono. Era mi amigo Ricardo voz temblorosa. Me dijo que su madre les había dado acceso a los niños, pensando que se trataban de dos niños en peligro. Algo muy raro pasó porque su mamá cayó al piso desmayada sin aparente agresión, pero después comenzó a sangrar de la nariz. Ricardo llamó a los servicios de emergencia y se la llevaron en la ambulancia. Desesperado decía que esos niños fueron los responsables de lo que le pasó. A su madre le pregunté si los había visto, me dijo que no sólo alcanzó a ver. Cuando cerraron la puerta y se marcharon, los vio por la espalda. Traían una sudadera gris con el gorro opuesto luego que estaban a cierta distancia. Uno de ellos se detuvo y volteó para verlo, pero desde el lugar en el que se encontraba no le fue fácil poder ver sus rasgos. Enseguida se marcharon sin rumbo. Intenté calmar a mi amigo sin conseguirlo. Él seguía asegurando que se trataban de los niños de ojos negros, aunque ya no me quedaba la menor duda de que fuera en ellos. Mi tía tocó a la puerta de nuestra habitación para decirnos que bajáramos a desayunar. Mientras comíamos, mi tía nos preguntó cómo nos había ido en el bar sin darle detalles. Le dijimos que todo estuvo bien. Estaba a punto de decirle lo que acababa de pasar con mi amigo, pero mi primo me hizo la señal de que me callara. Mi tía no se dio cuenta de lo que nos ocurría. Ella se fue a llevarle un poco de la cena de año nuevo a su vecina. Ellas mantenían una estrecha amistad. Me quedé con mi primo viendo una película. De repente, mi tía llegó muy asustada. Nos dijo que su vecina estaba tirada en el piso. Llamó de inmediato a los servicios de emergencia. Ella se fue de regreso a la casa de la señora. Nos fuimos detrás de ella. La mujer era una persona de edad avanzada. Estaba inerte en el piso con los ojos fijos hacia la pared Fue una sensación extraña a la que sentí era la primera vez que veía tan de cerca a un muerto. El rostro de la señora tenía una mueca de terror. Como vivía sola, nadie pudo dar razón de lo que le sucedió. Los servicios no demoraron en llegar, le tomaron sus signos vitales y la declararon muerta. Mi tía se encargó de avisarle a los hijos de la señora para que vinieran a realizar todos los trámites. Alberto estaba consternado. Me dijo que la anécdota que me contó sobre su vecina y los niños era de ella. No supe qué responderle. Más tarde llegó una hija de la vecina. Nos marchamos de esa casa con la piel erizada por lo vivido. Le pregunté a mi primo si creía que pudieron ser los niños. Él ni siquiera lo dudó. De inmediato me dijo que sí, pero que era mejor no hablar de ellos. Hacerlo tenía consecuencias. Mi tía también estaba afectada. Nos dijo que a esa señora la quería, como si fuera alguien de su familia, tenía mucho tiempo de conocerla. Entre ellas se había formado un vínculo. Le dolía la mare en que había muerto porque estaba sola, sin que nadie la pudiera ayudar. Ese día fue triste. Iniciamos el año nuevo con malas noticias. Me acordé de mi amigo Ricardo y le marqué por teléfono. Él me respondió más tranquilo. Me dijo que su mamá estaba fuera de peligro. Los médicos dijeron que le había dado un infarto. Al hacerle los estudios pertinentes, todo salió bien. Sólo estaba en observación, pero pronto saldría del hospital. Le pregunté a Ricardo si había podido hablar con su madre. Me dijo que aún no lo hacía, pero en cuanto los médicos se lo permitieran, lo haría. Así podría saber realmente qué fue lo que ella vio. Me quedé tranquilo por lo que me dijo mi amigo al menos había una buena noticia. Tenía la intención de regresar a mi casa ese día, pero por lo ocurrido, me quedé otro día más. A mi tía se le veía sumamente alterada, por lo que me quise quedar con ella y mi primo nos pidió que la acompañamos un rato a la sala de velación. No era mi intención ir porque no conocía a las personas, pero acepté hacerlo. Fuimos por la noche, nos quedamos alrededor de dos horas. Alberto me dijo que se quería ir. Nos despedimos de mi tía. Ella nos dijo que se quedaría un rato más. Se regresaría con una de sus vecinas en su auto le dio las llaves del coche a mi primo para que no tuviéramos que pedir un auto de alquiler. La funeraria tenía estacionamiento en el sótano. Bajamos por el elevador hasta la parte baja. Cuando íbamos hacia el coche, vi unas sombras que se movieron en la oscuridad. Le pregunté a Alberto si él también los había visto. Él se veía distraído. Me dijo que pudo ser el vigilante o el velador que estaba cuidando los autos. Nos subimos al coche, aunque me quedé con la duda de quién estaba por ahí rondando. Apenas íbamos hacia la salida cuando nos dimos cuenta que la reja estaba cerrada. Fue muy extraño. Quizás el personal de la funeraria lo hacía como forma de cuidar a los autos. Mi primo se salió para ver quién nos podía ayudar de nuevo. Vi que alguien estaba en la parte de atrás del estacionamiento, le dije que yo lo haría. Fui hacia aquel lado para pedirle al vigilante que nos abriera la puerta. Como no me respondía me acerqué más. Al fondo había dos niños agachados. Era una niña y un niño casi de la misma edad con una voz temblorosa. Me pidieron ayuda. Me dijeron que estaban perdidos, no sabían cómo encontrar a sus papás. Les pregunté si habían bajado de alguna de las salas funerarias. Pensé que a manera de diversión se subieron al elevador y se bajaron hasta el sótano y que ahora no sabían cómo regresar ellos asintieron. Me dijeron que ya no sabían en cuál sala estaban sus papás. Como si mi mente se hubiera olvidado de golpe de todo lo que había ocurrido. Iba hacia el elevador para llevar a los pequeños a cada sala para que encontraran a sus padres. De pronto escuché la voz de Alberto Me hablaba para decirme que el vigilante ya había abierto la reja. Cuando volteé con los pequeños, los dos estaban sonriendo de una manera extraña. Levantaron la cabeza y pude verles los ojos completamente negros. Me asusté tanto que cuando quise correr, me tropecé en una llanta de un auto. Me levanté de inmediato y me fui con mi primo. Él me preguntó qué me ocurría. Los vi le dije los acabo de ver ellos están aquí. Mi primo me pidió que me calmara porque no lograba entenderme ya no hubo necesidad de explicarle. El niño y la niña comenzaron a tocar en la ventana del auto. Vámonos? Vámonos? Le grité Alberto arrancó el auto de manera abrupta. Salimos del estacionamiento. Él veía a través del retrovisor. Yo me volteé para mirar hacia atrás, pero ellos se quedaron en el estacionamiento. No nos siguieron un poco más tranquilo. Le pude decir lo que vi. Mi primo me reprochó porque los iba a ayudar. Si ya sabía lo que se hablaba de ellos, le dije que me pasó algo muy extraño. Cualquier pensamiento se me nubló. No pude pensar más que en ayudarlos. No pude recordar lo que ya sabía. Sentí como si ellos podían controlar mi Mente. Fue una sensación rara en cuanto llegamos a la casa, volteamos para ver si no nos habían seguido. No vimos a nadie. La calle estaba en completa calma porque ya eran más de las doce de la noche. Nos bajamos del coche y corrimos hacia la casa. Ya dentro nos sentimos más tranquilos. Comencé a relajarme un poco porque nunca creí que fuera real esa leyenda urbana para olvidarnos un poco del incidente. Mi primo encendió la tele para ver una película y que fuera un distractor. Me ofreció una cerveza y empezamos a platicar de cualquier cosa que no nos recordara a los niños. De pronto oí tres golpes pausados en la puerta. Los dos nos miramos con miedo. Le dije que no abriera la puerta. Sin embargo, de nuevo tocaron tres veces a la puerta con más intensidad. El sonido retumbó en la sala. Nos levantamos y fuimos a ver por la ventana de manera casi imperceptible. Recorrimos la cortina. No lo podía creer eran los dos niños que habían llegado casi al mismo tiempo que nosotros, sólo que ellos se regresaron caminando. Por favor, necesitamos ayuda. Estamos perdidos. Esas fueron sus palabras. Le dije a mi primo con el dedo que no lo fuera a hacer. Él me dijo que no lo haría. Seguía asomándose por un pequeño hueco de la ventana. De repente, la niña volteó hacia donde me encontraba, como si supiera que ahí estaba en ese instante. Una serie de pensamientos oscuros y tenebrosos llegaron a mi mente de manera repentina. Sentí un miedo que me causó escalofríos. Fueron muy perturbados las imágenes que tenía en mi cabeza. No sé la manera en que esos pensamientos llegaron, pero claro estaba que la niña los había puesto en mi mente porque tenía la facultad de hacerlo. Ella se acercó a la ventana tratando de encontrarnos. Me alejé del cristal, pero hubo un momento en que ya no pude con el miedo que la niña me implantó. Me agarré la cabeza y me puse a gritar mi primo. Me pedía desesperado que no hiciera ruido, porque ellos tratarían de entrar. Le dije que ya sabían que estábamos ahí. De repente, las imágenes se fueron de mi mente pude pensar un poco vi La vestimenta de los niños era un atuendo antiguo. La niña tenía un vestido hasta las rodillas de color rosa bordado en la parte inferior. Tenía muchos encajes. Traía calcetas blancas hasta las rodillas. El niño traía un pantalón largo con unos zapatos antiguos. Se alcanzaban a ver los tirantes con los que sostenía el pantalón lo son lo único que la ono distinto era la sudadera con gorro que traían los dos era de color gris. De pronto vi que un auto antiguo se estacionó sobre la calle del coche. Bajaron dos siluetas o sombras negras. No sabría cómo describirlas. Eran altas y oscuras. El niño, al darse cuenta de que llegó el auto, le dijo a la niña que eran ellos. Eso fue lo que la distrajo de su afán de asomarse a la ventana, corrieron hacia el coche y se marcharon. Nos quedamos sorprendidos por lo que vimos. Todavía teníamos la incertidumbre de que en algún momento podrían regresar, pero no sucedió así. Le pregunté a mi primo que fue lo que él experimentó. Me respondió que un miedo inexplicable. Era como si los niños tuvieran la facultad de entrar a la mente y controlarla como si estuviera hipnotizado, porque por un momento tuvo la intención de abrirles la puerta. Le comenté que también sentí lo mismo un temor perturbador. Estuvimos despiertos por más tiempo hasta que escuchamos que llegó un auto. Los dos nos volteamos a ver pensando que se trataba de ellos, pero no fue así. Era mi tía que llegaba con una vecina, la dejó afuera de la casa y el coche arrancó de nuevo. Cuando nos vio despiertos, nos preguntó por qué no nos habíamos dormido. Le contamos lo ocurrido. Ella no dudó de nosotros en ningún momento, porque también creía que esos niños fueron los responsables de la muerte de su estimada vecina. Nos abrazó agradecida de que no nos sucediera nada malo, ya que escuchó, entre los comentarios que hicieron algunos vecinos en la funeraria, que los niños eran capaces no sólo de controlar la mente, sino de llevarse el alma de las personas, porque ellos eran seres carentes de alma. Mi primo fue el primero en decir que ya no habláramos de ellos si acaso era verdad. Una manera de llamarlos era a través de hablar de ellos y y del miedo que generaban. Lo mejor era dar por terminado ese asunto. Los tres estuvimos de acuerdo hasta ese momento. Me acordé de mi amigo Ricardo. Sabía que no era la hora para marcarle, pero aún así lo hice el de inmediato me respondió. Me dijo que su madre estaba fuera de peligro. Cuando pudo platicar con ella, le corroboró lo que suponía. Los niños estuvieron con ella, aunque no le hicieron tanto daño porque seguía con vida. Me despedí de mi amigo diciéndole que ya no volviera a hablar de ellos con nadie porque podrían regresar. Relato escrito y adaptado por Adriana Cuevas