Oct. 28, 2023

Lo Que Le Pasa A Un Conductor De Uber Por Las Noches Historias De Terror - REDE

Lo Que Le Pasa A Un Conductor De Uber Por Las Noches Historias De Terror - REDE

¡ Rápido ! Suscríbete y activa la campanita.
Se parte de la comunidad REDE.
ENVIAME TUS HISTORIAS A: relatosdesclasificados@gmail.com
SÍGUEME EN FANPAGE: https://bit.ly/33H3Og3
SÍGUEME EN INSTAGRAM: https://bit.ly/3dgiBmd

Apple Podcasts podcast player badge
Spotify podcast player badge
Castro podcast player badge
RSS Feed podcast player badge
Apple Podcasts podcast player iconSpotify podcast player iconCastro podcast player iconRSS Feed podcast player icon

¡ Rápido ! Suscríbete y activa la campanita.
Se parte de la comunidad REDE.
ENVIAME TUS HISTORIAS A: relatosdesclasificados@gmail.com
SÍGUEME EN FANPAGE: https://bit.ly/33H3Og3
SÍGUEME EN INSTAGRAM: https://bit.ly/3dgiBmd

El panteón de San Pedrito me llamo Carlos y tengo veintiocho años. A los veinte años empecé a trabajar como operario de producción en una empresa que se dedicaba a la elaboración de prótesis de todo tipo. Fue mi primer trabajo. Al principio me sentía contento porque comencé a ganar mi propio dinero. Además, sólo trabajaba de lunes a viernes, aunque la mayor parte del día la pasaba en la empresa. No me importaba porque tenía dos días libres el fin de semana. Con el paso de los meses, el trabajo fue más pesado. Incluso me exigían que me quedara por más tiempo o que fuera a trabajar los sábados y domingos. Estaba bien, porque se veía reflejado en mi quincena, pero me sentía muy abrumado. Le dije a mi jefe que al menos por dos semanas no me quedaría a hacer tiempo extra. A mi jefe no le agradó. Él me respondió que si no estaba dispuesto a trar bajar el tiempo que se me pidiera que fuera buscando otro empleo, así lo hice. Renuncié a ese lugar de trabajo, pero ahora no sabía en qué ocuparme. Un vecino que trabajaba un taxi me comentó que era una buena opción porque podía acomodar mis horarios de trabajo. Como ya sabía manejar. Eso no sería un problema. Cuando me acerqué a la central de taxis ubicada en el Hotel Aranzazu de Guadalajara, el dueño me dijo que no tenía taxis disponibles, que me esperara un poco en lo que había un espacio para mí. Me sentí decepcionado, porque me agradaba la idea de no estar encerrado en una empresa bajo un horario establecido pero no fue posible conseguir ese empleo. Mi amigo Gabriel, al que tengo muchos años de conocerlo, cuando se enteró que buscaba empleo, me comentó que podía trabajar como chofer de uber. Le dije que no tenía un auto para hacerlo, pero él me respondió que me podían contratar como chofer aunque no tuviera auto. Él estaba trabajando de esa manera le y le iba muy bien. Me proporcionó la información necesaria. Me aplicaron la entrevista, la prueba y me aceptaron como chofer de uber. Al inicio fue complicado aprender a usar la aplicación al mismo tiempo que manejaba, pero con el paso de los días pude adaptarme a ella. Era importante usarla porque, aunque no supiera ir a un destino, la aplicación me daba la ruta a seguir. Los primeros días empecé a trabajar en el día para poder descansar por las noches. En una ocasión, un vecino me dijo que si lo podía llevar a la central nueva de autobuses de Guadalajara. A las tres de la mañana. Le dije que sí, lo llevaría a las dos quince de la madrugada estaba fuera de su casa. Mi vecino salió muy pronto y nos fuimos rumbo a la central. Tomé la Avenida Lázaro Cárdenas. Más adelante entré a la Avenida Las Torres. Esa calle me llevó directamente a la central de autobuses. Antes de llegar al destino, mi vecino me dijo que estaría fuera por una semana, que lo más probable era que a su regreso también necesitaría de mi servicio. Le pasé mi número de celular para que me avisara el día y la hora para recogerlo. Enseguida que dejé a mi pasajero ya no tenía sueño. Pensé que era el momento de ver que tal me iba con el pasaje nocturno, así que me fui de nuevo por Avenida Las Torres, pero ahora hacia el otro sentido. Era un rumbo desconocido para mí, pero la aplicación me señaló a un pasajero que acepté llevarlo. En el momento en que iba pasando por la calle, vi a lo lejos que había un cementerio. No sabía que cerca de la central de autobuses estuviese un panteón. Se me hizo muy extraño, pero también recordé que la ciudad estaba creciendo muy rápido. Por eso, los que antes eran pueblos aledaños a la ciudad de Guadalajara ahora formaban parte de la zona metropolitana. La Avenida de las Torres me llevó directamente al panteón. Me detuve por unos segundos a observar el lugar se veía oscuro y tenebroso. Por un momento pensé en cancelar el viaje, pero creí que primero era necesario intentarlo, así que di vuelta en la calle Unicornio. Justo en el momento en que pasé a un lado del panteón. El auto se detuvo. Fue extraño. Según el dueño para el que trabajaba, el auto estaba en perfectas condiciones y eso lo pude sentir desde el primer instante en que comencé a conducirlo. Por eso fue raro que se detuviera. Intenté encenderlo en varias ocasiones sin lograrlo. En un principio daba marcha. Después creo que lo ahogué porque ya ni siquiera hacía ruido. Me sentí desesperado de pensar qué iba a hacer A las tres de la madrugada. Intenté mandarle un mensaje a mi hermano, pero no tenía señal. Después quise hablarle por teléfono, pero el resultado fue él mismo. De pronto vi a lo lejos a una mujer que se encontraba junto a un árbol. Ella parecía que me estaba mirando. Traía ropa de color oscuro, no al n ndo a distinguirle su rostro, pero era claro que miraba hacia dónde me encontraba. Pensé en dejar el auto y regresar a mi casa, pero como les dije, no tenía señal, no había forma de comunicarme con nadie. Me salí por un momento del auto para pensar en lo que iba a hacer, aunque seguía atento a lo que pudiese hacer. La mujer de repente vi que comenzó a caminar hacia donde me encontraba. Caminaba con un paso lento por la silueta que vi parecía una mujer joven. Mientras ella avanzaba hacia mí. La atmósfera se tornó densa y pesada como si una espesa neblina se hubiese formado y estuviera bajando esa bruma. No me permitió ver a la mujer por un momento, cuando el viento empezó a difuminarla, Ella ya estaba muy cerca de mí. Salté y me fui del otro lado del auto. Me metí de inmediato. La mujer pasó de largo sin decir nada. Ya no me quise salir del coche. Me quedé ahí como por dos horas y de nuevo volví a pasar la mujer. Ella era de estatura mediana, estaba peinada con su cabello recogido. Estaba vestida con un vestido largo de color negro. Sin darme cuenta en qué momento pasó de nuevo la vi del otro lado de la acera junto al panteón. Así me quedé durante un rato esperando a que el coche diera marcha de nuevo y encendiera para poder irme de ese lugar siniestro. No sé cuánto tiempo pasó, pero cuando intenté encenderlo de nuevo, sí prendió. Me dio tanto gusto que quise retirarme de ese lugar de inmediato. Cuando volteé para ver si todavía se encontraba la mujer parada ya se había ido. Comencé a conducir, pero sentí el auto raro. El volante no giraba con facilidad. Me salí cautelosamente del auto para ver qué le sucedía. Dos llantas estaban ponchadas y sólo tenía una llanta de refacción. Fue cuando supe que me quedaría en el auto hasta la mañana. Intenté dormir sin conseguirlo. Creía que en cualquier momento la mujer se asó por la ventana. En cuanto amaneció ya tenía señal de nuevo busqué que alguien me ayudara a reparar las llantas, pero tuve que esperar hasta que fueran las nueve de la mañana. Porque todos los establecimientos se encontraban cerrados. Después que pude salir de ese contratiempo, me fui a descansar a mi casa. Mis padres estaban preocupados por mí les platiqué lo que me había ocurrido. Ellos me pidieron que tuviera mucha precaución cuando manejara por las noches, sobre todo cuando lo hiciera en lugares oscuros y desolados. Más tarde me di cuenta que al auto no sólo se le habían ponchado las llantas, también tenía unos rayones, como si los hubiesen hecho, con una navaja o con cualquier artículo puntiagudo. Me desmotivé porque, aparte de que perdí mi tiempo, también tuve que arreglar los desperfectos del auto. Así que preferí seguir trabajando durante el día, a excepción de que algún conocido me pidiera que lo llevara por la noche. Hubo una vez en la que me pidieron mi servicio al panteón de San Pedrito. Estuve a punto de no aceptarlo por el mal recuerdo que tenía, pero me encontraba relativamente cerca del lugar. Además, era de día. Pensé que sería la oportunidad para verlo a la luz del día, así que acepté el viaje. Una mujer joven vestida de negro me esperaba fuera de su casa. Llevaba consigo un ramo de rosas blancas. Pude ver a través del retrovisor su semblante pálido y lloroso. Ella me dijo que la dejara en la entrada principal del panteón. En el momento en que pasé por el mismo lugar de aquella noche en que se me descompuso el auto. Pasé por ahí sin tener ningún incidente. Dejé a la mujer antes de irme. Ella me dijo si la podía esperar sólo iba a dejar las flores y se regresaría. Le dije que sí, de modo que busqué un espacio para estacionarme. A su vez, todavía me sentía intrigado por aquella mujer que había visto en la madrugada. La busqué desde afuera entre las tumbas, pero nunca apareció. Comencé a caminar por afuera del cementerio. Me quedé parado durante unos segundos en el mismo árbol en el que vi a la mujer, pero todo parecía normal. A lo lejos, vi que mi pasajera había salido del cementerio, la llevé de regreso a su casa. Durante el trayecto, a ella se le veía más tranquila, incluso comenzó a platicar conmigo. Me dijo que hacía varios años que su madre había muerto. Sólo iba a llevarle flores. Año tras año. Se me hizo singular su comentario porque por su vestimenta y lo triste que la vi cuando la llevaba al panteón, parecía que su mamá acababa de morir. Pero ya no pude continuar con la plática, porque llegamos a su casa Después de varios días. Me mandó mensaje mi vecino para que lo recogiera a las dos treinta de la madrugada en la central de autobuses. Esa noche se retrasó un poco su camión, pero no tuve inconveniente en esperar. Cuando salió de la central, me dijo sí, antes que lo llevara a su casa, podíamos llegar a un oxo a comprar algo para beber y comer. Le dije que lo podía llevar a algún lugar en el que vendieran cena, pero me dijo que ya eran las tres de la mañana. No encontraría ningún lugar abierto. Sólo quería un aperitivo. En ese momento iba charlando con mi vecino. No me acordé que de nuevo estaba transitando por el panteón de San Pedrito. Hasta que mi auto de nuevo se detuvo. Me arrepentí de haber pasado por ahí. El auto presentaba la misma avería que la vez anterior, sólo que desde un inicio en que se apagó ya no volvió a dar marcha. De nuevo vi a la mujer parada en el mismo árbol. Lo bueno era que no me encontraba solo Mi vecino me preguntó qué sucedía. Le dije que si él también veía a la mujer parada junto al árbol. Mi vecino me respondió que sí. Para ese entonces la mujer comenzaba a avanzar hacia donde nos encontrábamos. Como él estaba ajeno al a lo que me había sucedido la noche que lo llevé a la central, no tuvo miedo. Al contrario, se bajó del auto para ayudar a la señora por más que le dije que no lo hiciera. No me hizo caso. En el instante en que la mujer pasó cerca de él. Mi vecino se metió pálido. No me dijo nada. Le pregunté qué lo había asustado tanto tartamudeando por el miedo. Me respondió que esa mujer no estaba viva. Lo supo porque ella pasó muy cerca, aparte que sintió escalofríos a su paso. Su rostro estaba marcado por la muerte. No entendí eso. Último que me dijo, pero tan sólo de verlo tan asustado, le creí lo malo era que no podíamos irnos de ese lugar. El auto de nuevo ya no encendía. Le comenté que si nos íbamos caminando hacia la central de autobuses, pediríamos ayuda, pero él no quiso salir del auto. Estaba sumamente atemorizado yo también, pero no tanto como se encontraba mi vecino. Nos quedamos casi hasta que amaneció a la mujer. Ya no la vimos. Cuando intenté encender, el auto ya no prendió como ya se comenzaba a ver la luz del día, le dije a mi vecino que iba a pedir la ayuda de una grúa. Nos fuimos hacia la central de autobuses. Los dos volteamos con miedo hacia atrás, temiendo que algo o alguien nos siguiera. No fue así. Mi vecino pidió el servicio de otro huber y se fue a su casa. Yo me quedé para solucionar el problema del auto. Luego que llegó la grúa. El auto se encontraba como si lo hubiesen chocado de un lado de nuevo. Tuve pérdidas por lo ocurrido. Esa vez aprendí mi lección de ya no transitar por ese lugar. Un día recibí la llamada telefónica de mi amigo Gabriel me invitó a tomar unas cervezas para platicar un rato más. Nos reunimos por la noche en un bar del centro. Me dio mucho gusto saber que lo vería, porque desde que me ayudó a entrar a trabajar como chofer, ya no lo había visto. Comenzó a preguntarme cómo me iba. Le platiqué sobre el evento extraño que me sucedió en el cementerio de San Pedrito. Él me dijo que no sólo a mí me habían sucedido cosas extrañas. Me platicó que en varias ocasiones el auto se le había descompuesto justo en la Avenida Las Torres, la que hace cerrada con el panteón. Luego que me platicó los detalles de cómo quedó el auto, le dije que a mí también me había pasado lo mismo. Él me dijo que ya no transitara. Por ahí no éramos los únicos a los que nos habían sucedido esas cosas tan extrañas. En ese momento me acordé de la vez en que llevé a una mujer joven al panteón. Era el mediodía y no me sucedió nada. Le conté a mi amigo que por eso me confié. Cuando pasé por la noche, Gabriel me dijo que no estaba seguro, pero que a los demás choféres les había pasado en la madrugada como si a cierta hora de la noche ocurrieran los eventos extraños. También me comentó que a todos los que les ocurrió lo mismo el auto quedó con alguna falla mecánica o con daños en la carrocería. Por eso ellos ya no aceptaban pasajes cerca de ese lugar bajo ninguna circunstancia. Después de tomarnos varias cervezas hasta Risa, nos dio de lo que nos pasó. Ambos acordamos de que ya no íbamos a pasar por esas calles y si acaso algún pasajero nos pedía que lo lleváramos por esos rumbos, era mejor desviarse un poco antes de volver a tener la misma experiencia tenebrosa. Seguí trabajando en la plataforma uber. Había ocasiones en las que tenía pasaje por ese rumbo. Prefería no tomarlo mucho menos en la madrugada. En el día no tenía problema, pero por las dudas de todas maneras, rodeaba esa zona. En una ocasión una mujer me pidió que la llevara al mismo panteón. Iban a ser las cinco de la tarde. No tuve inconveniente de hacerlo. Cuando pasé a recogerla a su casa, me sorprendí mucho al darme cuenta que era la misma casa y la misma mujer que en una ocasión llevé sen n se r me hizo curiosa esa coincidencia. La mujer de nuevo iba vestida de negro, con su cabeza cubierta con un velo del mismo color. Llevaba tres flores de alcatraz. Al bajar del auto, me dijo que la esperara. No tardaría mucho, sólo dejaría la ofrenda de flores a su madre enseguida estaría de regreso. No tuve ningún inconveniente en esperarla. Ya lo había hecho una vez y no se había demorado mucho. Conforme pasaron los minutos. Comencé a Desesperarme vi la hora y ya había pasado un poco más de una hora. Tuve la duda de irme o de entrar al cementerio, aunque ella no me había pagado el pasaje, así que me dirigía hacia el cementerio. Acababa de entrar. Cuando el velador se me acercó, me dijo que ya no era hora de visita. Ya eran las seis de la tarde era el tiempo en que se cerraba el panteón. Le dije que sólo iba a buscar a una mujer que entró hace más de una hora. Ella me dijo que la esperara, pero no había salido a la a la a la a la RNS. Más me debía el viaje. El hombre tuvo consideración conmigo. Me dijo que entendía que era parte de mi trabajo, así que me acompañaría para buscarla. Además, también tenía que revisar que nadie se quedara dentro del cementerio, por lo que fuimos juntos. El velador mientras caminábamos me dijo que esperaba que de verdad se tratara de una mujer viva, porque otras veces también habían ido taxistas a buscar a una mujer que no regresó a pagarles. Mientras el velador me decía esas cosas, tuve la impresión de que Quizás esa mujer a la que él se refería podría ser la misma que yo había llevado. Buscamos por todo el panteón sin encontrarla. Me pidió que se la describiera. Él me explicó que podría ser el espíritu de una mujer que vagaba desde hacía mucho tiempo. Cuando él entró a trabajar ya se aparecía. Le comenté que yo también había visto a la mujer afuera del cementerio. Le platiqué lo que me había sucedido con el auto. Mientras le contaba del suceso, él asentía como para darle veracidad a mi relato. También me dijo que tuviese más cuidado porque él creía que había una relación entre la mujer y los acontecimientos extraños. Era como si fuese una dimensión desconocida que se abría a cierta hora de la madrugada, porque no era el primero al que me pasaba algo. Estuve de acuerdo con el velador. Le agradecí su tiempo y me retiré del panteón. Mientras me dirigía hacia el auto, pensé que ya no volvería a tomar ningún pasaje al cementerio. Ya eran muchas cosas las que me habían ocurrido y no quería vivir ninguna más. En cuanto me subí al auto, casi me da un infarto. Cuando vi a través del retrovisor a la mujer vestida de negro. Ella me dijo que ya tenía rato, esperándome que la llevara de regreso a su casa. No le respondí nada. Sólo me limité a llevarla mientras conducía volteaba a verla a través del retrovisor. Tenía temor de que en cualquier momento se fuera a desaparecer o peor aún, que se convirtiera en un demonio. Pero no sucedió. Así la dejé en su casa. Ella me pagó la tarifa y un poco más por el tiempo que la estuve esperando y se metió a su casa. Me quedé desconcertado sin saber qué pensar quién tenía la razón si el velador o solamente todo era producto de la imaginación del hombre acostumbrado a ver tantas situaciones extrañas en el cementerio. Ya no quise darle más vueltas a eso. No tenía ningún sentido. Sin embargo, no sé si pueda llamarse el destino o la mala suerte. Al otro día de lo ocurrido con la mujer recogí a un pasajero en el centro. Él me pidió que lo llevara a la misma calle a la que había llevado a ella. Me sorprendí mucho cuando vi la dirección aproveché para platicar con ese hombre disimuladamente le pregunté sobre las personas que vivían en esa casa. Le describí a la mujer que había llevado el hombre sonrió. Me dijo que no se lo tomara mal, pero no era la primera persona que le preguntaba por ella. Me dijo que en esa casa habían ocurrido muchas cosas extrañas que no me podía platicar en tan poco tiempo. Lo único que me podía decir era que la mujer a la que había llevado al cementerio ya no estaba viva. Me quedé sorprendido con lo que me dijo. Ya lo suponía, pero que alguien me lo dijera porque conocía los hechos. Me dejó asustado porque yo había estado al lado de una mujer que no pertenecía a este mundo. Antes de que el pasajero se bajara del auto, me hizo una recomendación. Me dijo que tratara de evitar pasar en las noches por el cementerio de San Pedrito. Pasaban muchas cosas extrañas. Era como otra dimensión en la que la mujer tenía poderes para que los autos no funcionaran. Después que el pasajero se fue, pensé que había tenido mucha suerte de que no me sucediera nada. Nunca supe cómo ocurrieron. Las coincidencias fueron tan raras, así como todo lo que sucedió afuera del panteo de San Pedrito. Relato escrito y adaptado por Adriana Cuevas