Lo Que Le Pasa A Un Conductor De Uber Por Las Noches Historias De Terror - REDE

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El panteón de San Pedrito me llamo Carlos y tengo veintiocho años. A los veinte años empecé a trabajar como operario de producción en una empresa que se dedicaba a la elaboración de prótesis de todo tipo. Fue mi primer trabajo. Al principio me sentÃa contento porque comencé a ganar mi propio dinero. Además, sólo trabajaba de lunes a viernes, aunque la mayor parte del dÃa la pasaba en la empresa. No me importaba porque tenÃa dos dÃas libres el fin de semana. Con el paso de los meses, el trabajo fue más pesado. Incluso me exigÃan que me quedara por más tiempo o que fuera a trabajar los sábados y domingos. Estaba bien, porque se veÃa reflejado en mi quincena, pero me sentÃa muy abrumado. Le dije a mi jefe que al menos por dos semanas no me quedarÃa a hacer tiempo extra. A mi jefe no le agradó. Ãl me respondió que si no estaba dispuesto a trar bajar el tiempo que se me pidiera que fuera buscando otro empleo, asà lo hice. Renuncié a ese lugar de trabajo, pero ahora no sabÃa en qué ocuparme. Un vecino que trabajaba un taxi me comentó que era una buena opción porque podÃa acomodar mis horarios de trabajo. Como ya sabÃa manejar. Eso no serÃa un problema. Cuando me acerqué a la central de taxis ubicada en el Hotel Aranzazu de Guadalajara, el dueño me dijo que no tenÃa taxis disponibles, que me esperara un poco en lo que habÃa un espacio para mÃ. Me sentà decepcionado, porque me agradaba la idea de no estar encerrado en una empresa bajo un horario establecido pero no fue posible conseguir ese empleo. Mi amigo Gabriel, al que tengo muchos años de conocerlo, cuando se enteró que buscaba empleo, me comentó que podÃa trabajar como chofer de uber. Le dije que no tenÃa un auto para hacerlo, pero él me respondió que me podÃan contratar como chofer aunque no tuviera auto. Ãl estaba trabajando de esa manera le y le iba muy bien. Me proporcionó la información necesaria. Me aplicaron la entrevista, la prueba y me aceptaron como chofer de uber. Al inicio fue complicado aprender a usar la aplicación al mismo tiempo que manejaba, pero con el paso de los dÃas pude adaptarme a ella. Era importante usarla porque, aunque no supiera ir a un destino, la aplicación me daba la ruta a seguir. Los primeros dÃas empecé a trabajar en el dÃa para poder descansar por las noches. En una ocasión, un vecino me dijo que si lo podÃa llevar a la central nueva de autobuses de Guadalajara. A las tres de la mañana. Le dije que sÃ, lo llevarÃa a las dos quince de la madrugada estaba fuera de su casa. Mi vecino salió muy pronto y nos fuimos rumbo a la central. Tomé la Avenida Lázaro Cárdenas. Más adelante entré a la Avenida Las Torres. Esa calle me llevó directamente a la central de autobuses. Antes de llegar al destino, mi vecino me dijo que estarÃa fuera por una semana, que lo más probable era que a su regreso también necesitarÃa de mi servicio. Le pasé mi número de celular para que me avisara el dÃa y la hora para recogerlo. Enseguida que dejé a mi pasajero ya no tenÃa sueño. Pensé que era el momento de ver que tal me iba con el pasaje nocturno, asà que me fui de nuevo por Avenida Las Torres, pero ahora hacia el otro sentido. Era un rumbo desconocido para mÃ, pero la aplicación me señaló a un pasajero que acepté llevarlo. En el momento en que iba pasando por la calle, vi a lo lejos que habÃa un cementerio. No sabÃa que cerca de la central de autobuses estuviese un panteón. Se me hizo muy extraño, pero también recordé que la ciudad estaba creciendo muy rápido. Por eso, los que antes eran pueblos aledaños a la ciudad de Guadalajara ahora formaban parte de la zona metropolitana. La Avenida de las Torres me llevó directamente al panteón. Me detuve por unos segundos a observar el lugar se veÃa oscuro y tenebroso. Por un momento pensé en cancelar el viaje, pero creà que primero era necesario intentarlo, asà que di vuelta en la calle Unicornio. Justo en el momento en que pasé a un lado del panteón. El auto se detuvo. Fue extraño. Según el dueño para el que trabajaba, el auto estaba en perfectas condiciones y eso lo pude sentir desde el primer instante en que comencé a conducirlo. Por eso fue raro que se detuviera. Intenté encenderlo en varias ocasiones sin lograrlo. En un principio daba marcha. Después creo que lo ahogué porque ya ni siquiera hacÃa ruido. Me sentà desesperado de pensar qué iba a hacer A las tres de la madrugada. Intenté mandarle un mensaje a mi hermano, pero no tenÃa señal. Después quise hablarle por teléfono, pero el resultado fue él mismo. De pronto vi a lo lejos a una mujer que se encontraba junto a un árbol. Ella parecÃa que me estaba mirando. TraÃa ropa de color oscuro, no al n ndo a distinguirle su rostro, pero era claro que miraba hacia dónde me encontraba. Pensé en dejar el auto y regresar a mi casa, pero como les dije, no tenÃa señal, no habÃa forma de comunicarme con nadie. Me salà por un momento del auto para pensar en lo que iba a hacer, aunque seguÃa atento a lo que pudiese hacer. La mujer de repente vi que comenzó a caminar hacia donde me encontraba. Caminaba con un paso lento por la silueta que vi parecÃa una mujer joven. Mientras ella avanzaba hacia mÃ. La atmósfera se tornó densa y pesada como si una espesa neblina se hubiese formado y estuviera bajando esa bruma. No me permitió ver a la mujer por un momento, cuando el viento empezó a difuminarla, Ella ya estaba muy cerca de mÃ. Salté y me fui del otro lado del auto. Me metà de inmediato. La mujer pasó de largo sin decir nada. Ya no me quise salir del coche. Me quedé ahà como por dos horas y de nuevo volvà a pasar la mujer. Ella era de estatura mediana, estaba peinada con su cabello recogido. Estaba vestida con un vestido largo de color negro. Sin darme cuenta en qué momento pasó de nuevo la vi del otro lado de la acera junto al panteón. Asà me quedé durante un rato esperando a que el coche diera marcha de nuevo y encendiera para poder irme de ese lugar siniestro. No sé cuánto tiempo pasó, pero cuando intenté encenderlo de nuevo, sà prendió. Me dio tanto gusto que quise retirarme de ese lugar de inmediato. Cuando volteé para ver si todavÃa se encontraba la mujer parada ya se habÃa ido. Comencé a conducir, pero sentà el auto raro. El volante no giraba con facilidad. Me salà cautelosamente del auto para ver qué le sucedÃa. Dos llantas estaban ponchadas y sólo tenÃa una llanta de refacción. Fue cuando supe que me quedarÃa en el auto hasta la mañana. Intenté dormir sin conseguirlo. CreÃa que en cualquier momento la mujer se asó por la ventana. En cuanto amaneció ya tenÃa señal de nuevo busqué que alguien me ayudara a reparar las llantas, pero tuve que esperar hasta que fueran las nueve de la mañana. Porque todos los establecimientos se encontraban cerrados. Después que pude salir de ese contratiempo, me fui a descansar a mi casa. Mis padres estaban preocupados por mà les platiqué lo que me habÃa ocurrido. Ellos me pidieron que tuviera mucha precaución cuando manejara por las noches, sobre todo cuando lo hiciera en lugares oscuros y desolados. Más tarde me di cuenta que al auto no sólo se le habÃan ponchado las llantas, también tenÃa unos rayones, como si los hubiesen hecho, con una navaja o con cualquier artÃculo puntiagudo. Me desmotivé porque, aparte de que perdà mi tiempo, también tuve que arreglar los desperfectos del auto. Asà que preferà seguir trabajando durante el dÃa, a excepción de que algún conocido me pidiera que lo llevara por la noche. Hubo una vez en la que me pidieron mi servicio al panteón de San Pedrito. Estuve a punto de no aceptarlo por el mal recuerdo que tenÃa, pero me encontraba relativamente cerca del lugar. Además, era de dÃa. Pensé que serÃa la oportunidad para verlo a la luz del dÃa, asà que acepté el viaje. Una mujer joven vestida de negro me esperaba fuera de su casa. Llevaba consigo un ramo de rosas blancas. Pude ver a través del retrovisor su semblante pálido y lloroso. Ella me dijo que la dejara en la entrada principal del panteón. En el momento en que pasé por el mismo lugar de aquella noche en que se me descompuso el auto. Pasé por ahà sin tener ningún incidente. Dejé a la mujer antes de irme. Ella me dijo si la podÃa esperar sólo iba a dejar las flores y se regresarÃa. Le dije que sÃ, de modo que busqué un espacio para estacionarme. A su vez, todavÃa me sentÃa intrigado por aquella mujer que habÃa visto en la madrugada. La busqué desde afuera entre las tumbas, pero nunca apareció. Comencé a caminar por afuera del cementerio. Me quedé parado durante unos segundos en el mismo árbol en el que vi a la mujer, pero todo parecÃa normal. A lo lejos, vi que mi pasajera habÃa salido del cementerio, la llevé de regreso a su casa. Durante el trayecto, a ella se le veÃa más tranquila, incluso comenzó a platicar conmigo. Me dijo que hacÃa varios años que su madre habÃa muerto. Sólo iba a llevarle flores. Año tras año. Se me hizo singular su comentario porque por su vestimenta y lo triste que la vi cuando la llevaba al panteón, parecÃa que su mamá acababa de morir. Pero ya no pude continuar con la plática, porque llegamos a su casa Después de varios dÃas. Me mandó mensaje mi vecino para que lo recogiera a las dos treinta de la madrugada en la central de autobuses. Esa noche se retrasó un poco su camión, pero no tuve inconveniente en esperar. Cuando salió de la central, me dijo sÃ, antes que lo llevara a su casa, podÃamos llegar a un oxo a comprar algo para beber y comer. Le dije que lo podÃa llevar a algún lugar en el que vendieran cena, pero me dijo que ya eran las tres de la mañana. No encontrarÃa ningún lugar abierto. Sólo querÃa un aperitivo. En ese momento iba charlando con mi vecino. No me acordé que de nuevo estaba transitando por el panteón de San Pedrito. Hasta que mi auto de nuevo se detuvo. Me arrepentà de haber pasado por ahÃ. El auto presentaba la misma averÃa que la vez anterior, sólo que desde un inicio en que se apagó ya no volvió a dar marcha. De nuevo vi a la mujer parada en el mismo árbol. Lo bueno era que no me encontraba solo Mi vecino me preguntó qué sucedÃa. Le dije que si él también veÃa a la mujer parada junto al árbol. Mi vecino me respondió que sÃ. Para ese entonces la mujer comenzaba a avanzar hacia donde nos encontrábamos. Como él estaba ajeno al a lo que me habÃa sucedido la noche que lo llevé a la central, no tuvo miedo. Al contrario, se bajó del auto para ayudar a la señora por más que le dije que no lo hiciera. No me hizo caso. En el instante en que la mujer pasó cerca de él. Mi vecino se metió pálido. No me dijo nada. Le pregunté qué lo habÃa asustado tanto tartamudeando por el miedo. Me respondió que esa mujer no estaba viva. Lo supo porque ella pasó muy cerca, aparte que sintió escalofrÃos a su paso. Su rostro estaba marcado por la muerte. No entendà eso. Ãltimo que me dijo, pero tan sólo de verlo tan asustado, le creà lo malo era que no podÃamos irnos de ese lugar. El auto de nuevo ya no encendÃa. Le comenté que si nos Ãbamos caminando hacia la central de autobuses, pedirÃamos ayuda, pero él no quiso salir del auto. Estaba sumamente atemorizado yo también, pero no tanto como se encontraba mi vecino. Nos quedamos casi hasta que amaneció a la mujer. Ya no la vimos. Cuando intenté encender, el auto ya no prendió como ya se comenzaba a ver la luz del dÃa, le dije a mi vecino que iba a pedir la ayuda de una grúa. Nos fuimos hacia la central de autobuses. Los dos volteamos con miedo hacia atrás, temiendo que algo o alguien nos siguiera. No fue asÃ. Mi vecino pidió el servicio de otro huber y se fue a su casa. Yo me quedé para solucionar el problema del auto. Luego que llegó la grúa. El auto se encontraba como si lo hubiesen chocado de un lado de nuevo. Tuve pérdidas por lo ocurrido. Esa vez aprendà mi lección de ya no transitar por ese lugar. Un dÃa recibà la llamada telefónica de mi amigo Gabriel me invitó a tomar unas cervezas para platicar un rato más. Nos reunimos por la noche en un bar del centro. Me dio mucho gusto saber que lo verÃa, porque desde que me ayudó a entrar a trabajar como chofer, ya no lo habÃa visto. Comenzó a preguntarme cómo me iba. Le platiqué sobre el evento extraño que me sucedió en el cementerio de San Pedrito. Ãl me dijo que no sólo a mà me habÃan sucedido cosas extrañas. Me platicó que en varias ocasiones el auto se le habÃa descompuesto justo en la Avenida Las Torres, la que hace cerrada con el panteón. Luego que me platicó los detalles de cómo quedó el auto, le dije que a mà también me habÃa pasado lo mismo. Ãl me dijo que ya no transitara. Por ahà no éramos los únicos a los que nos habÃan sucedido esas cosas tan extrañas. En ese momento me acordé de la vez en que llevé a una mujer joven al panteón. Era el mediodÃa y no me sucedió nada. Le conté a mi amigo que por eso me confié. Cuando pasé por la noche, Gabriel me dijo que no estaba seguro, pero que a los demás choféres les habÃa pasado en la madrugada como si a cierta hora de la noche ocurrieran los eventos extraños. También me comentó que a todos los que les ocurrió lo mismo el auto quedó con alguna falla mecánica o con daños en la carrocerÃa. Por eso ellos ya no aceptaban pasajes cerca de ese lugar bajo ninguna circunstancia. Después de tomarnos varias cervezas hasta Risa, nos dio de lo que nos pasó. Ambos acordamos de que ya no Ãbamos a pasar por esas calles y si acaso algún pasajero nos pedÃa que lo lleváramos por esos rumbos, era mejor desviarse un poco antes de volver a tener la misma experiencia tenebrosa. Seguà trabajando en la plataforma uber. HabÃa ocasiones en las que tenÃa pasaje por ese rumbo. PreferÃa no tomarlo mucho menos en la madrugada. En el dÃa no tenÃa problema, pero por las dudas de todas maneras, rodeaba esa zona. En una ocasión una mujer me pidió que la llevara al mismo panteón. Iban a ser las cinco de la tarde. No tuve inconveniente de hacerlo. Cuando pasé a recogerla a su casa, me sorprendà mucho al darme cuenta que era la misma casa y la misma mujer que en una ocasión llevé sen n se r me hizo curiosa esa coincidencia. La mujer de nuevo iba vestida de negro, con su cabeza cubierta con un velo del mismo color. Llevaba tres flores de alcatraz. Al bajar del auto, me dijo que la esperara. No tardarÃa mucho, sólo dejarÃa la ofrenda de flores a su madre enseguida estarÃa de regreso. No tuve ningún inconveniente en esperarla. Ya lo habÃa hecho una vez y no se habÃa demorado mucho. Conforme pasaron los minutos. Comencé a Desesperarme vi la hora y ya habÃa pasado un poco más de una hora. Tuve la duda de irme o de entrar al cementerio, aunque ella no me habÃa pagado el pasaje, asà que me dirigÃa hacia el cementerio. Acababa de entrar. Cuando el velador se me acercó, me dijo que ya no era hora de visita. Ya eran las seis de la tarde era el tiempo en que se cerraba el panteón. Le dije que sólo iba a buscar a una mujer que entró hace más de una hora. Ella me dijo que la esperara, pero no habÃa salido a la a la a la a la RNS. Más me debÃa el viaje. El hombre tuvo consideración conmigo. Me dijo que entendÃa que era parte de mi trabajo, asà que me acompañarÃa para buscarla. Además, también tenÃa que revisar que nadie se quedara dentro del cementerio, por lo que fuimos juntos. El velador mientras caminábamos me dijo que esperaba que de verdad se tratara de una mujer viva, porque otras veces también habÃan ido taxistas a buscar a una mujer que no regresó a pagarles. Mientras el velador me decÃa esas cosas, tuve la impresión de que Quizás esa mujer a la que él se referÃa podrÃa ser la misma que yo habÃa llevado. Buscamos por todo el panteón sin encontrarla. Me pidió que se la describiera. Ãl me explicó que podrÃa ser el espÃritu de una mujer que vagaba desde hacÃa mucho tiempo. Cuando él entró a trabajar ya se aparecÃa. Le comenté que yo también habÃa visto a la mujer afuera del cementerio. Le platiqué lo que me habÃa sucedido con el auto. Mientras le contaba del suceso, él asentÃa como para darle veracidad a mi relato. También me dijo que tuviese más cuidado porque él creÃa que habÃa una relación entre la mujer y los acontecimientos extraños. Era como si fuese una dimensión desconocida que se abrÃa a cierta hora de la madrugada, porque no era el primero al que me pasaba algo. Estuve de acuerdo con el velador. Le agradecà su tiempo y me retiré del panteón. Mientras me dirigÃa hacia el auto, pensé que ya no volverÃa a tomar ningún pasaje al cementerio. Ya eran muchas cosas las que me habÃan ocurrido y no querÃa vivir ninguna más. En cuanto me subà al auto, casi me da un infarto. Cuando vi a través del retrovisor a la mujer vestida de negro. Ella me dijo que ya tenÃa rato, esperándome que la llevara de regreso a su casa. No le respondà nada. Sólo me limité a llevarla mientras conducÃa volteaba a verla a través del retrovisor. TenÃa temor de que en cualquier momento se fuera a desaparecer o peor aún, que se convirtiera en un demonio. Pero no sucedió. Asà la dejé en su casa. Ella me pagó la tarifa y un poco más por el tiempo que la estuve esperando y se metió a su casa. Me quedé desconcertado sin saber qué pensar quién tenÃa la razón si el velador o solamente todo era producto de la imaginación del hombre acostumbrado a ver tantas situaciones extrañas en el cementerio. Ya no quise darle más vueltas a eso. No tenÃa ningún sentido. Sin embargo, no sé si pueda llamarse el destino o la mala suerte. Al otro dÃa de lo ocurrido con la mujer recogà a un pasajero en el centro. Ãl me pidió que lo llevara a la misma calle a la que habÃa llevado a ella. Me sorprendà mucho cuando vi la dirección aproveché para platicar con ese hombre disimuladamente le pregunté sobre las personas que vivÃan en esa casa. Le describà a la mujer que habÃa llevado el hombre sonrió. Me dijo que no se lo tomara mal, pero no era la primera persona que le preguntaba por ella. Me dijo que en esa casa habÃan ocurrido muchas cosas extrañas que no me podÃa platicar en tan poco tiempo. Lo único que me podÃa decir era que la mujer a la que habÃa llevado al cementerio ya no estaba viva. Me quedé sorprendido con lo que me dijo. Ya lo suponÃa, pero que alguien me lo dijera porque conocÃa los hechos. Me dejó asustado porque yo habÃa estado al lado de una mujer que no pertenecÃa a este mundo. Antes de que el pasajero se bajara del auto, me hizo una recomendación. Me dijo que tratara de evitar pasar en las noches por el cementerio de San Pedrito. Pasaban muchas cosas extrañas. Era como otra dimensión en la que la mujer tenÃa poderes para que los autos no funcionaran. Después que el pasajero se fue, pensé que habÃa tenido mucha suerte de que no me sucediera nada. Nunca supe cómo ocurrieron. Las coincidencias fueron tan raras, asà como todo lo que sucedió afuera del panteo de San Pedrito. Relato escrito y adaptado por Adriana Cuevas








