Jan. 21, 2024

Lo Más Aterrador Que Me Pasó Como Velador De Un Panteón Historias De Terror - REDE

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Hechos siniestros en el panteón. La muerte siempre nos ha causado temor, porque significa enfrentarse a lo desconocido y el no saber qué pasará con el alma es algo que genera miedo, sobre todo cuando se está al borde de la muerte. Estuve muy de cerca con mis padres cuando enfermaron de gravedad. Los dos me dijeron que tenían miedo a morirse. Pocas horas antes de morir. No sé si presintieron su muerte o fue por lo mal que se estaban sintiendo. Me dijeron que no sabían lo que iba a pasar con su espíritu hasta la fecha. Dicen que nadie ha venido del más allá a decirle a otra persona qué es lo que hay Y si en realidad existe el infierno, el cielo y el purgatorio, hay evidencias de que los muertos se manifiestan de diversas maneras, aunque ninguno de ellos tiene permitido comunicarle a un vivo lo que ha visto precisamente por mi tipo de trabajo. Sé que hay almas que no trascienden a otro nivel después de su muerte. Realmente lo desconozco. Sólo sé que hay muchos espíritus de personas muertas que están presentes en el mundo de los vivos. Soy velador del panteón de Guadalajara, conocido como Panteón nuevo, aunque no sé por qué se le dice así, porque ya no es tan nuevo. Quizás le pusieron ese nombre porque antes de que lo construyeran ya existían el panteón de Belén y el panteón de Mezquitán. Nunca pensé que terminaría como velador de un cementerio y es que desde que era pequeño comencé a aprender el oficio de Zapatero. Mi padre lo era y me fue enseñando la forma en que se le daba nueva vida al calzado. Con el paso del tiempo aprendí muy bien el oficio. Cuando mi padre falleció, me dejó como herencia el taller de reparación de calzado y el conocimiento del oficio. El taller se encontraba en la colonia la federacha. Muy cerca de la casa estaba el panteón nuevo. Mi casa o la que fue de mis padres, se encontraba en la parte trasera del panteón, en la calle de Blas Galindo. Durante cierto tiempo pude trabajar como zapatero. Después de que mi padre murió. Con ese oficio podía darle el sostén a mi madre y a mi hermana que estaba enferma. Ella padecía una enfermedad mental. En una ocasión me pasó un suceso desafortunado. Iba a comprar material para mi trabajo a Santa Cecilia estaba a punto de cruzar la avenida Artesanos cuando un auto me atropelló. No puedo decir los detalles de cómo sucedió el accidente. Sólo sé que cuando recuperé el conocimiento, me encontraba en el hospital con mi brazo derecho lesionado. Fue una época difícil porque estuve sin trabajar por un tiempo. Después de dos cirugías en mi brazo, los médicos me dijeron que habían hecho lo que estaba a su alcance. Por desgracia, mi mano quedó sin movimiento. Busqué por otros medios la manera de recuperar el movimiento en mi mano, pero no lo conseguí. Eso me generaba muchos problemas económicos porque ya no podría trabajar como zapatero. Pensé en enseñar a otra persona, pero no era algo que me fuera a dar el sustento. Pronto traté de buscar trabajo haciendo otra actividad, pero nadie me lo quería dar por mi condición. Una vez me encontré con un amigo de la primaria, de nombre Arturo, comenzamos a platicar. Le dije la situación que vivía. Él me dijo que vivía enfrente del cementerio de Guadalajara y que era muy amigo del velador actual, pero ya estaba muy grande y se iba a jubilar. Le encargó que buscara a alguien de confianza para que ocupara su puesto. Cuando me dijo que era para trabajar como velador del panteón, sin pensarlo mucho, le dije que no. Ese no era un trabajo para mí. Mi amigo me dijo que lo pensara por el estado de mi mano. No iba a poder conseguir empleo en otro lugar. En cambio, si aceptaba el trabajo de velador sólo tendría que vigilar el lugar, no tendría que hacer otra cosa más. Le dije que lo pensaría. Él me dijo que no me tardara mucho, porque si no él puesto lo iba a ocupar otra persona. Solo lo pensé ese día y fui a su casa a decirle que sí aceptaba. No me encantaba la idea de trabajar por la noche en un cementerio, pero no tenía otra opción. Gracias a mi amigo Arturo, pronto se hicieron los trámites necesarios para que ingresara como trabajador del panteón. Además, tenía la ventaja de que me quedaba muy cerca de mi casa. Entré a trabajar el primero de julio del año dos mil. El trabajo consistía en vigilar que por las noches no entrara gente a querer hacer trabajos de brujería o cuidar que los vagos no intentaran hacer daño a las lápidas. No fue sencillo acostumbrarme a estar entre los muertos, sobre todo porque en las noches se escuchaban ruidos en todo el panteón. La primera noche que comencé a trabajar, le dije a mi amigo Arturo que me hiciera compañía un rato. Para él no era complicado porque vivía enfrente del panteón. Sólo se trataba de cruzar la calle ancha para estar de inmediato en la entrada del cementerio. Él me acompañó durante un rato como a eso de las once de la noche. Me dijo que tenía que irse a descansar porque entraba muy temprano a trabajar. Le dije que lo entendía muy bien, que no se preocupara. Mi amigo me dijo que antes de irse a la fábrica, pasaría para saber cómo me había ido arturo, se retiró y me quedé solo en el amplio terreno del Cementerio. Antes de que fueran las doce de la noche, salí a dar un recorrido porque escuché ruidos al exterior del cuarto que me habían asignado para descansar. Agarré mi lámpara de mano. Caminé por la calzada de los Muertos, que es la calle principal del panteón. Desde ahí podía ver a ambos lados de las estrechas calles que conducían a las tumbas. Continué escuchando ruidos en el ala derecha de las tumbas. De inmediato pensé que se trataba de unos vagos, pero no no fue así. Di vuelta en la calle Santa Teófila. Llegué hasta el lugar en el que se oían los sonidos. Por más que buscaba, no lograba encontrar el origen de ellos. Alucé con mi lámpara de mano, pero no había nadie. Preferí retirarme de ahí porque me dio miedo. Caminé rápidamente hasta la entrada principal. De alguna manera me sentía un poco más seguro. Ahí me senté en una de las bancas que estaban en el corredor, como tenía mucho temor. Mi imaginación comenzó a dar rienda suelta. Esperaba que, de repente un espíritu caminara hacia conmigo, pero no sucedió así. Esa noche la pasé muy mal. Sólo estaba esperando a que amaneciera para dejar ese trabajo muy temprano. A las seis de la mañana comenzaron a tocar en la puerta principal. Era lo más que iba a tolerar. De pronto vi el rostro de mi amigo Arturo me acerqué para abrirle la puerta. Me preguntó cómo había pasado la noche. Le respondí que muy mal. Esa era mi primera y última noche en ese lugar. Arturo trató de convencerme que me quedara a trabajar. Le expliqué que durante la noche escuché muchos ruidos y que no sabía su procedencia. Él me dijo que el cementerio era un lugar público en el que la mayoría de personas que asistían a ese lugar se encontraban muy tristes por la pérdida de su ser querido. Era normal que todas esas energías se quedaran concentradas. Los sonidos que oía eran hasta cierto punto normal. No me convenció del todo lo que me dijo Arturo, sólo la parte en la que no iba a poder encontrar trabajo. En otro lado, él me dijo que, si lo llegaba a necesitar, no dudara en ir a su casa. Lo que me dijo me tranquilizó mucho. La siguiente noche. Antes de descansar. Fui a hacer el recorrido por el panteón. De nuevo escuché que golpeaban una tumba En esta ocasión ya no tuve tanto miedo. Era la misma tumba de la noche anterior. Me acerqué a ella. El ruido era real. Busqué alrededor para ver si provenía de otro lado, pero pero no fue así. Era del interior de la tumba. Busqué la inscripción en la lápida Pertenecía a una mujer de nombre María Reyes. No tenía la menor idea del por qué se escuchaban sonidos al interior de la sepultura. Ni tampoco me quise quedar más tiempo a averiguarlo. Iba de regreso de mi recorrido. Cuando me llamó la atención el llanto de una mujer, la busqué y la vi a lo lejos parada llorando frente a un sepulcro. Pensé que ella se había quedado a estar más tiempo con su ser querido. Cuando me acerqué, vi que era una mujer joven de cabello largo con un vestido de color azul, le dije que era necesario que se fuera del lugar. No era seguro para ella estar ahí a esas horas de la noche. Sin escuchar lo que le dije, la mujer comenzó a decirme que esa era la tumba de su novio. Ellos se iban a casar muy pronto. Por desgracia, él murió pocos días antes de la boda. Ella aún no podía superar su pérdida. No supe qué responder. Sólo le di unos minutos para que se despidiera de su amado y acompañarla a la salida. Me distraje por unos segundos cuando volté ella ya no estaba. Creí que se había escondido entre las tumbas para que no la sacara la Busqué alusando con mi lámpara sin conseguir Encontrarla parte de mi trabajo era que no hubiera ninguna persona dentro del panteón a esas horas. Pero ya no quise buscar más. Quise pensar que se había retirado. Me regresé a descansar un rato. No tenía sueño, así que prendí una pequeña televisión que me había prestado arturo. Con el sonido de la tele se fueron calmando mis miedos. Después de un rato, empecé a quedarme dormido hasta que el sueño me venció un ruido abrupto. Me despertó no alcancé a distinguir de qué se trataba, porque estaba medio dormido. Salí a revisar de dónde provenía. La oscuridad era total. De pronto se oyó el sonido de un tambor o algo parecido, pero con la noche aún presente y me ar ese sonido, se me erizaron los vellos de mi piel. Ya no quise ni siquiera ir a buscar. Comencé a entender que era parte del cementerio escuchar tantas cosas sin encontrarles explicación. Fui a sentarme un rato en las bancas de la entrada principal. De ahí podía ver una parte de las tumbas. De repente vi que algo pequeño atravesó la calzada de los muertos y corrió. Pensé que se trataba de otro hecho sin explicar, pero no fue así. Era un perro grande y negro lo fui a seguir y estaba postrado en una de las tumbas. Para ese momento ya no tenía ideas y de verdad era un perro común y corriente, o era una persona que se había transformado en animal. El perro estaba echado sobre la tumba sin hacer nada. No quise sacarlo. Creí que era a su amo al que extrañaba y que venía a buscarlo. Antes de retirarme volteé a verlo. Me quedé sorprendido. Cuando vi que el animal comenzó a mover su cola y se ponía en un una posición de juego. Comenzó a ladrar de alegría. Mientras parecía que miraba a alguien, pero no había nadie alrededor. El perro siguió con muestras de afecto a la nada. Cada vez me daba cuenta de que era parte de ese trabajo. No encontrar respuesta a lo que sucedía. Me fui de nuevo a sentar en la banca. El alba comenzó a dar muestras de que pronto iba a amanecer. Ya. No quise irme a descansar. Preferí quedarme en ese lugar y ver salir el sol. Comencé a escuchar murmullos. Como cuando hay mucha gente reunida. Miré afuera en la calle, no había nadie. La ciudad todavía estaba dormida. Fue como si un grupo de personas caminaran hacia el interior del panteón con claridad escuché cómo el sonido se iba alejando. El murmullo se fue disipando hasta que ya no escuché nada. Creí que se trataba de un grupo de almas que regresaban a descansar a sus tumbas. Esa fue la única explicación que en que en n tr ante ese hecho. Por demás, extraño estaba en esa reflexión. Cuando oí que alguien me hablaba por mi nombre, no pude evitar saltar de la banca. Era arturo que iba a buscarme para ver cómo me había ido esa noche. Le dije que me habían pasado sucesos extraños, pero nada que pusiera en riesgo mi vida. Le dije que me iba a quedar en ese trabajo. A él le dio gusto y se despidió para irse a trabajar. Me fui a descansar a mi casa cada vez más convencido de quedarme en ese lugar de trabajo. Así transcurrieron los días con situaciones sin explicación alguna que tampoco yo les buscaba la respuesta. Sin embargo, una noche sí se tornó más siniestra. Estaba caminando entre las calles más estrechas del panteón cuando vi una mujer de edad avanzada que estaba sentada sobre una tumba. Aún no era de noche. El panteón tenía poco tiempo de que lo había cerrado a a esas alturas, o o s o ns si se trataba de alguien vivo o muerto. De todas maneras, sin acercarme tanto, le dije que tenía que salir el panteón ya se encontraba cerrado. Era necesario que se saliera de inmediato. La anciana no me respondió. Siguió sentada con los ojos cerrados como si estuviese orando. No tuve otra opción que acercarme más a ella. De nuevo le repetí que se fuera. Sin embargo, ella continuó sin hacerme caso la toqué del hombro para sacarla de su concentración. Ella volteó a verme muy molesta. Me dijo que la dejara en paz. Ella no se iba a ir de ese lugar. Lo haría hasta que le diera la gana. La voz de esa mujer no era normal, parecía más bien la de un hombre por gruesa y ronca. La verdad no sabía qué hacer. Ella estaba renuente a salir. No quise decirle de nuevo ni hacer uso de la violencia. Tenía a mi alcance el radio y el teléfono para hablarle a la policía, pero pensé que no era nece sano. Era solamente una anciana ideática que en cualquier momento se iría del panteón. De todas maneras, me quedé a cierta distancia en la que no pudiera perderla de vista. Si veía que caminaba hacia otras tumbas. Entonces ya iba a actuar. Desde la posición en la que me encontraba, no pude ver con exactitud lo que ella hacía. Lo que sí alcancé a notar que comenzó a hacer un pozo en una esquina de una tumba. Ella se daba cuenta de mi presencia, pero no le importaba. Sacó un pañuelo de color rojo y el contenido lo enterró dentro del agujero que hizo enseguida, levantó sus brazos y empezó a decir palabras que no entendía su significado. Eran palabras sueltas que no formulaban ninguna frase. Enseguida, la anciana se encaminó hacia la salida. Me fui detrás de ella porque las puertas estaban cerradas. Iba a ser necesario que le abriera para que pudiese salir, pero cuando llegué hacia donde ella caminó, no no le la encontré. Había desaparecido la busqué en la otra entrada y tampoco estaba. No sé qué pasó con ella, porque dudo mucho que hubiese podido saltar el cancel, ya que estaba alto y ella era una mujer de edad avanzada. Ya no quise encontrarle una respuesta lógica. Desde mi primera noche de trabajo dentro del panteón sucedían muchas cosas inexplicables. Parecía que en cuanto cerraba las puertas del panteón, entraba a otro mundo. Me acerqué a la tumba en la que había estado la anciana. Aún quedaba el rastro de la tierra removida, pero no quise buscar. Sabía que muchas personas que se dedican a la magia negra utilizan cosas del panteón como la tierra para hacer sus rituales, así que no quise meterme en problemas. De repente comencé a escuchar ruidos al interior de la tumba. Ya llevaba cierto tiempo trabajando en el cementerio y había aprendido a identificar los sonidos. Era como un ruido ahogado. Puse mi oreja sobre la losa de cemento. Era real el grito venía del interior de la tumba. Por un momento pensé que podía ser una persona que acababan de sepultar y que no estuviese muerta, pero no fue así. La tumba no se veía nueva y su lápida tenía el nombre de la difunta y su fecha de muerte era del año mil novecientos noventa y uno, así que no se trataba de alguien que estuviese vivo. No logré entender el hecho, pero ya no quise averiguar más. Me retiré del lugar. Sin embargo, conforme avanzaba en mi ronda, me fui dando cuenta que no era la única tumba que emitía sonidos. Había otras que también lo hacían casi tenía la seguridad de que aquellas tumbas que emitían ruidos era porque habían hecho brujería en ellas. Sin querer darle un sentido racional a lo que ocurría, me fui a descansar un rato al pequeño. Cuarto, encendí la televisión, pero no me podía dormir la transmisión de los programas se terminó y yo seguía sin sueño. De repente vi que una sombra pasaba por el pasillo. No sabía si se trataba de otro muerto, pero era parte de mi obligación vigilar que nadie entrara a esas horas de la madrugada. Iluminé a la silueta oscura que caminaba por la calzada de los muertos. Era la misma anciana que esta vez sí volteó. Pude verle la cara. Tenía los ojos dilatados y oscuros y una sonrisa siniestra. Sólo se detuvo por un momento para voltear a verme y continuar con su paso. La fui siguiendo con cierta distancia, porque casi estaba seguro que no era alguien de este mundo. La mujer caminó con paso ágil para ser una anciana y se fue metiendo entre las tumbas. De hecho, saltaba de una a otra. Sabía perfectamente dónde estaba la que ella buscaba, porque en cuanto llegó a la indicada, se paró enfrente de ella y comenzó el ritual. No sé si de verdad sea posible lo que vi pero noté la manera en que en aquellas tumbas que se escuchaban, los sonidos comenzaron a salir espíritus. Si acaso era eso, no sé realmente lo que vi era como una especie de humo negro que salía de cada una de las tumbas. Enseguida, la anciana se encaminó hacia la salida la seguían esos espíritus oscuros. De pronto dejé de verlos no tuve la menor idea de que se trataba si la anciana era una bruja o un demonio. De lo único que estuve seguro fue de lo que vi los espíritus de los seres siniestros se alejaron, los ruidos en las tumbas, dejaron de escucharse. No podía concebir que en esos hoyos oscuros en los que descansaba un muerto estuviese viviendo otro ser Supongo que era el de un demonio, porque un alma normal no se quedaba estancada en un cuerpo muerto. El alma se va al infierno o al cielo o según la n la creencias de cada ser humano. Esa noche me dio mucho miedo lo que vi Tuve temor que en cualquier momento regresaran los espíritus y me quisieran hacer daño. No sucedió de esa manera. Sin embargo, sí oí. Cuando llegaron eran unas voces roncas que gritaban al mismo tiempo eran sólo gritos siniestros que daban miedo en la oscuridad de la noche. Después el silencio absoluto por esa noche. Ya no escuché nada en cuanto amaneció. Fui a buscar a mi amigo Arturo antes de que se fuera a trabajar. Necesitaba contarle a alguien lo vivido. Cuando le dije lo que había ocurrido, él me dijo que no interviniera en nada, porque lo más probable era que se trataran de demonios. Cuando le confía a mi amigo lo que pasó, me sentí más tranquilo. Los hechos extraños han seguido sucediendo dentro del panteón, pero tuve que aprender a convivir con ellos. He tratado de mantenerme al margen para que no me abur escrito y adaptado por Adriana Cuevas.