Nov. 21, 2023

Le Pedí Ayuda A Un Nahual Para Salvar A Mi Mamá Historias De Terror - REDE

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El milagro de los nahuales. Esta historia que mi padre me contó, la cual él aprendió de mi abuelo cuando era niño es un tesoro de recuerdos que ahora comparto con ustedes. Cabe destacar que actualmente mi abuelo tiene al Zheimer. Lo que les contaré son las palabras de mi padre, quien ha guardado esta historia por años. Es vital ponerlos en contexto sobre el lugar donde vivió mi abuelo en su infancia y adolescencia. Esto con el fin de comprender completamente lo que sucedió hace más de ochenta años. La madre de mi abuelo quedó viuda y se encontraron sin un lugar para vivir en su búsqueda desesperada. Llegaron a una comunidad llamada El treinta y cinco en el Estado de Michoacán. Se trataba de una pequeña aldea escondida en las profundidades. Por varios días la pobreza era una constante y muchas veces durante esa época tuvieron que dormir a la intemperie y alimentarse de lo que encontraban en los árboles y en la tierra. Pero bien dicen que Dios se presenta cuando más se necesita. En su momento más crítico, una compasiva mujer de la comunidad les ofreció una choza a medio construir para que se quedaran temporalmente con el tiempo. La dueña de la choza falleció y, como no había herederos que reclamaran la propiedad, mi abuelo y su madre se quedaron viviendo allí, estableciendo su hogar. En el treinta y cinco. Durante varios años, mi abuelo se dedicó a hacer favores a los vecinos o a trabajar para ellos, ganando así algo de dinero o comida para llevar a casa. Su madre. Por otro lado, se ocupaba de lavar y reparar la ropa de otras personas. Juntos ganaban lo suficiente para sobrevivir día a día, pero las cosas se complicaban cuando uno de los dos se enfermaba, ya que el cuidado del enfermo recaía sobre el otro, impidiendo así que hubiera ingresos durante ese tiempo. La situación se volvió especialmente crítica cuando la madre de mi abuelo enfermó gravemente. A pesar de todos los remedios que le administraban, su salud no mostraba mejoría. El dinero se estaba agotando rápidamente y su madre necesitaba urgentemente medicamentos o un milagro para recuperarse. Fue entonces cuando una vecina le sugirió a mi abuelo que si estaba buscando un milagro, conocía a alguien que podría ayudarlos, pero había un inconveniente para encontrar esa ayuda. Necesitaban dejar la Comunidad de el treinta y Cinco y aventurarse más profundamente en el cerro hasta llegar a un pueblo más pequeño llamado el Chiripique. Allí encontrarían el milagro que tanto anhelaban, Pero había una advertencia importante. La gente del treinta y Cinco evitaba adentrarse demasiado en el cerro debido a las historias que circulaban sobre los nahuales que vivían allí. A pesar de las rancias y el peligro, a mi abuelo no le importó. Lo único que deseaba era la recuperación de su madre y si eso significaba adentrarse en lo desconocido, estaba dispuesto a hacerlo. Se preparó con lo que tenía a su alcance, un machete, una estaca, algo de comida y agua. La vecina le prometió que cuidaría de su madre mientras él se aventuraba hacia el CHIRIPIQUEUE con valentía y determinación. Se adentró en el misterioso cerro, siguiendo las indicaciones proporcionadas por la vecina y esperando encontrar el milagro que tanto necesitaban. Mi abuelo siguió su viaje llevando consigo las instrucciones escritas de a quién debía buscar. Según las indicaciones, la persona que necesitaba encontrar era joven y postrada en cama como resultado del milagro con el que había sido bendecida. Curiosamente, al final del mensaje había una nota que decía por favor, no le tengas miedo. Es una buena persona. Mi abuelo encontró intrigante este mensaje y se preguntó por qué debería tener miedo de alguien que estaba confinado a una cama. Mientras se adentraba más en el cerro, notó que el ambiente era diferente al del pueblo. El treinta y cinco, Aunque había explorado un poco en su infancia, tuvo una repentina sensación de que estaba siendo observado. Siempre había mantenido un gran respeto por el bosque. Afortunadamente, encontró el sendero que lo llevaría a el Chiripique, pero en su camino se encontró con una señal peculiar. Dos flechas indicaban los nombres de los pueblos, pero bajo la que señalaba hacia su destino, alguien había tallado las palabras tierra de nahuales con algún objeto afilado. Mi abuelo A partir de ese momento mantuvo su machete en la mano listo para cualquier eventualidad. Durante su travesía permaneció alerta a cualquier ruido. En cierta ocasión se encón la entró con un ciervo cerca de su camino. Los ojos rojos del animal lo observaron mientras caminaba como si el siervo estuviera perplejo Al ver a un humano en ese lugar. Mi abuelo decidió ignorar al siervo para no perturbarlo, pero en un instante escuchó una voz preguntándole qué haces aquí. Las palabras resonaron claramente en su mente y al voltearse vio a una mujer desnuda detrás de él, donde antes estaba el siervo. Parecía tener cierta edad, no tan anciana, pero mostraba señales de madurez. Mi abuelo quedó atónito por un momento tratando de entender cómo no la había visto antes. Finalmente se dio cuenta de que probablemente era un nahual entre tartamudeos y temor. Mi abuelo le explicó hacia dónde se dirigía. La mujer parecía indiferente a su presencia y escuchó atentamente. Durante la conversación, mi abuelo notó que el rostro de la mujer aún mantenía ciertos sus rasgos del siervo que había visto anteriormente. Al final de su explicación, la mujer le dijo que se mantuviera en el sendero y todo estaría bien Si le obedecía. Le pidió que se diera la vuelta y continuara su camino, y mi abuelo siguió sus instrucciones. Sin dudar. En segundos vio cómo el siervo pasaba corriendo a su lado y se adentraba en el bosque. En ese momento sintió una extraña calma y la sensación de que los nahuales le habían dado su aprobación para seguir adelante. Se detuvo en un par de ocasiones para descansar, consciente de que no llegaría a el chiripicue ese mismo día. Finalmente, decidió buscar un lugar donde pasar la noche, pero a medida que avanzaba la tarde se dio cuenta de que el bosque se volvía cada vez más siniestro. Los ruidos se intensificaban, las sombras se multiplicaban y la sensación de ser observado se hizo más intensa. Incapaz de encontrar un lugar adecuado para dormir en el suelo de vi vida a los depredadores nocturnos, optó por buscar un árbol donde pudiera pasar la noche. Se apresuró a encontrar las mejores ramas para poder descansar un poco y para ello tuvo que abandonar el sendero. Finalmente encontró un árbol alto y grande. Se subió buscando una posición cómoda para descansar. A pesar del agotamiento, no podía dejar de pensar en su madre enferma. Temía que pudiera ser demasiado tarde y que todo su esfuerzo fuera en vano. A medida que cerraba los ojos intentando conciliar el sueño. Una serie de ruidos extraños resonaron debajo del árbol. Mi abuelo se despertó confundido y miró hacia abajo, percatándose de que algo se movía entre la hierba No era una sola entidad. Parecían ser varias. Su corazón latió con fuerza cuando se dio cuenta de que eran personas emergiendo de la oscuridad. Hablaban en voz baja entre ellas, pero mi abuelo no pudo comprender sus palabras. Permaneció en silencio, observando mientras buscaban algo en el suelo. Entonces uno de ellos se agachó y, con un estremecimiento aterrador, comenzó a transformarse. Su cuerpo se cubrió de pelo oscuro, Su rostro se alargó de manera inhumana y sus manos se convirtieron en garras prominentes. Mi abuelo se dio cuenta de que estaba presenciando una transformación de un hual fascinado y aterrorizado. Al mismo tiempo, siguió observando. Cuando la transformación estuvo completa, el Nahual se alejó seguido por los demás. Mi abuelo estaba tan concentrado en lo que veía que no notó a la lechuza que se posaba a su lado. Ésta lo miraba fijamente hasta que mi abuelo se sobresaltó por su presencia. Ambos se quedaron mirándose durante unos momentos hasta que finalmente la lechuza habló. Te dije que te mantuvieras en el sendero dijo ella. Mi abuelo se dio cuenta de que estaba hablando con la mujer Nahual y trató de explicarle por qué había dejado el camino. La lechuza le indicó que no se moviera de allí hasta que saliera el sol y luego retomara el sendero por un largo rato. Mi abuelo se quedó inmóvil mirando a la oscuridad en espera de que la lechuza regresara. Hasta que se quedó dormido. Mi abuelo despertó repentinamente por una sacudida en el árbol. Trató de identificar qué era, pero una segunda sacudida provocó que dirigiera la mirada a un costado. Se dio cuenta de que algo se movía cerca. Un par de enormes garras estuvieron a punto de alcanzarlo. Se asomó por un costado del tronco y vio al ser que estaba causando todo este alboroto un hombre con las patas de un lobo y el rostro de un humano. El nahual había notado la presencia de mi abuelo en el árbol y comenzó a saltar y golpear las ramas para hacerlo caer. Mi abuelo se dio cuenta del peligro inminente y decidió saltar del árbol para escapar. Tan pronto como el Nahual trepó hacia donde estaba mi abuelo, se dió cuenta de que él ya estaba lejos. Corriendo a toda velocidad en la oscuridad, Mi abuelo corría sin rumbo, sin saber si estaba siendo perseguido o no. Escuchaba ruidos inquietantes detrás de él y al voltearse vio que el Nahual estaba a punto de alcanzarlo corrió con todas sus fuerzas aterrado por los gruñidos del ser que le pisaba los talones, tropezó con una roca y rodó por el suelo, desorientado e incapacitado para correr. Debido a una lesión en el pie, intentó levantarse para seguir huyendo. En ese momento, el Nahual hizo su aparición. Estaba justo al lado del sendero, pero en lugar de atacarlo, simplemente lo observaba como si ahora considerara mi abuelo inalcanzable. Mi abuelo quedó petrificado sin entender completamente lo que estaba sucediendo, mientras el nahual lo observaba, mientras él se alejaba cojeando hacia Chiripiqueue el nahual finalmente se dio la vuelta y desapareció en la oscuridad, dejando a mi abuelo confundido y agradecido por haber escapado de su ataque. A pesar del miedo y la confusión, mi abuelo siguió cojeando por el sendero decidido a llegar a Chiripique y cumplir con la misión que lo había llevado. Tan lejos. Mi abuelo, con la piel erizada y los nervios a flor de piel, apenas y podía mantener la calma. Cualquier sonido lo mantenía en alerta máxima mientras continuaba avanzando por el oscuro sendero. Después de horas de caminata. Finalmente, ante sus ojos aparecieron una serie de luces que correspondían al poblado de Chiripicu había llegado a su destino. A pesar de que Chiripique no era tan grande como el treinta y cinco, la gente del lugar estaba levantada temprano sorprendidos de ver a alguien que venía del sendero. Mi abuelo decidió preguntar por la persona que podía realizar milagros y rápidamente le indicaron a hacia dónde debía ir. Curiosamente, cuando llegó se encontró con una pequeña multitud de personas de otros poblados que también habían acudido en busca de ayuda. Mi abuelo, ahora un poco más tranquilo, se sentó y esperó su turno. Estaba hambriento y agotado. Había perdido la comida que llevaba consigo cuando saltó del árbol y no tenía ni idea de cómo regresaría al treinta y cinco. En ese momento, una mujer se acercó y lo miró fijamente. Él la reconoció de inmediato como la nahual que le había recomendado seguir el sendero. Ella se dio cuenta de la situación de mi abuelo y le indicó que la siguiera. Entraron a la pequeña casa que parecía completamente normal por dentro. La mujer le pidió a mi abuelo que se sentara en una silla y le aseguró que pronto le darían algo de comer. A los pocos minutos, la mujer regresó con un plato grande de comida. Mi abuelo la devoró en cuestión de segundos, sintiendo cómo la energía regresaba a su cuerpo cansado y hambriento. Después, la mujer le dijo a mi abuelo que conocería a su hijo él podía ayudarlo con su predicamento, pero le pidió de favor una cosa que no le tenga miedo. Estas palabras ahora parecían tener más fuerza, pues era la segunda vez que las había escuchado. Cuando mi abuelo entró en la habitación, se dio cuenta de que había una persona sentada en la cama. Al observarla detenidamente, se percató de que se trataba de un niño, aunque inusualmente parecía más alto de estatura que un niño promedio. Mi abuelo se sentó a un lado de la cama observándolo y el niño también lo miraba a él. La mujer nahual habló y le explicó la situación al niño, quien simplemente asintió con la cabeza y luego se dirigió a mi abuelo. El niño le preguntó a mi abuelo su nombre. Mi abuelo se quedó sorprendido al escuchar su voz, que no era la de un niño, sino más bien la de una persona madura. Una vez superado su desconcierto, mi abuelo respondió. Entonces el niño se arrodilló en la cama y le pidió a mi abuelo que no se alejara. Se desabrochó la camisa y cuando estuvo a punto de abrirla, le advirtió a mi abuelo que, si quería que su madre se recuperara, era necesario que siguiera sus instrucciones al pie de la letra. Mi abuelo, asegurando que lo haría, observó con asombro cómo el niño abría la camisa revelando en su pecho el rostro de una persona anciana. La figura no abría la boca ni respiraba, pero el rostro con los ojos cerrados era claramente visible. El niño acercó un vaso al pecho y de uno de los ojos del rostro surgió lo que parecían ser lágrimas. La mujer tomó el vaso, vertió su contenido en un gotero y se lo entregó a mi abuelo. Mi abuelo no pudo contener su curiosidad y le preguntó al niño de la forma más respetuosa qué le había sucedido. El niño le contó que algunos años atrás, mientras regresaba a casa, caminando junto a un barranco, resbaló y cayó, no había nadie cerca para ayudarlo, así que se quedó varias horas con un fuerte dolor en el pecho. Pensó que se había lastimado gravemente, pero al llegar a casa y desvestirse, se sorprendió al descubrir el rostro de una persona joven en su pecho. Había tenido una especie de visión en la que comprendió que debía ayudar a la gente con este milagro que se le había concedido, pero cada vez que daba lágrimas de su pecho a alguien, el rostro de la persona en su pecho envejecía y su propio rostro se volvía cada vez más joven era como si su pecho perdiera juventud y se la devolvía al suyo. Mi abuelo quedó impactado por esta historia. Nunca había imaginado algo así. Se sintió un poco incómodo al recibir el gotero y buscó entre sus pertenencias para dar algo a cambio, pero tanto la mujer Nagual como el niño le dijeron que no era necesario. Le explicaron a mi abuelo que para que surtiera efecto la medicina, era necesario tomar seis gotas al día y que pronto notaría los resultados. Preocupado, mi abuelo preguntó a la mujer Nahual si había otro camino. Debido a los peligros que había enfrentado. Ella le explicó que mientras no abandonara el sendero, estaría a salvo. Cuando se encontró con mi abuelo al principio de su viaje, ella fue quien informó a los demás nahuales que no atacaran a nadie que estuviera en el sendero. Por eso, cuando mi abuelo volvió al sendero, el nahual que lo perseguía no lo atacó. El bosque en el cerro esconde ciertos secretos que no quieren que se rebelen, y uno de ellos es la historia del niño. Por eso son muy cuidadosos con la gente que se adentra desde otros poblados con un poco más de confianza y ánimos. Se aventuró de regreso al poblado del treinta y cinco. Le tomó el mismo tio tiempo regresar hasta su hogar, pero esta vez pasó la noche en el sendero, llevando consigo alimentos y cobertores que le obsequió la mujer nahual. Al llegar a casa, le dio el medicamento a su madre, quien, por fortuna aún estaba con vida. Ella se recuperó al día siguiente como si nada le hubiera ocurrido. Por varios años, mi abuelo conservó el gotero como un símbolo del milagro que le concedieron. La vida de su madre se alargó tanto que vivió más de cien años. Mi abuelo se fue del treinta y cinco cuando cumplió veinticuatro años y a partir de entonces hizo su vida en otros lugares. Hoy en día, mi abuelo sigue con vida, pero tiene al zeimer y ya no reconoce a nadie, pero su historia se la contó a mi padre, quien se ha encargado de transmitirla a toda la familia. La increíble experiencia de mi abuelo con los nahuales sigue siendo parte de nuestra memoria familiar. Relato eso grito y adaptado por lengua de brujo