Sept. 28, 2025

Le Hicieron BRUJERÍA A Mis ANIMALES Historias De Terror - REDE

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REDE (Relatos Desclasificados)
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0:05 Desde que mi padre me heredó el cuidado de los animales, era común que yo llevara al monte el rebaño pequeño de seis ovejas que tenía. No eran muchas, pero con ellas manteníamos un poco de carne y leche en la casa. El trayecto era corto, apenas una vereda que cruzaba entre matorrales secos y piedras sueltas hasta llegar a un claro donde solían encontrar buen pasto. Yo ya conocía cada rincón de ese lugar, porque desde niño lo recorría acompañando a mi padre, y después solo, cuando la responsabilidad me tocó a mí. Ese día, el sol estaba fuerte y el aire apenas se movía, así que me acomodé bajo la sombra de un mezquite grande. dejando que las ovejas se movieran libres. Siempre hacía lo mismo. Me sentaba en una piedra, descansaba un poco, y, de vez en cuando, levantaba la vista para contar que siguieran juntas. A veces se alejaban un poco, pero regresaban solas, atraídas por la cercanía del grupo.

1:05 Tenía confianza porque conocía el terreno y porque nunca se me habían perdido del todo. Pasó un rato y cerré los ojos, no para dormir, sino para descansar. Cuando me levanté para reunirlas y llevarlas de regreso, no vi a ninguna. El claro estaba vacío. Al principio pensé que se habían movido un poco más abajo, donde el pasto era más fresco, pero al caminar unos metros me di cuenta de que no estaban por ahí. Comencé a llamarlas como siempre, con silbidos y gritos, esperando escuchar el sonido familiar de sus encerros. Me interné más hacia el monte, revisando las barrancas cercanas. A veces una oveja resbalaba y quedaba atrapada entre las piedras, pero aquella vez no encontré ni huellas en la tierra floja, ni señales de que hubieran pasado por ahí. Seguí el cauce del arroyo seco que cruzaba el terreno, pensando que quizá habían buscado agua, pero tampoco vi rastro alguno, ni pelaje enganchado en ramas, ni huellas marcadas en la arena húmeda de los bordes, Cada hora que pasaba me convencía de que volverían solas, como en otras ocasiones cuando se habían dispersado más de la cuenta. Regresaba al claro, me sentaba y esperaba escuchar su valido en la distancia, pero nunca ocurrió. Cuando comenzó a oscurecer no tuve más remedio que regresar. Avanzaba despacio, con la esperanza de que de pronto aparecieran detrás de mí, pero no pasó nada. Llegué

2:37 a la casa con las manos vacías, empapado en sudor. Mi primera idea fue que alguien se las había robado. En esos tiempos no era raro escuchar que, en ranchos cercanos, desaparecían animales sin explicación, y muchos lo atribuían a ladrones que aprovechaban la soledad del campo. Esa noche casi no pude cenar, dándole vueltas en la cabeza a cómo explicarles a mis padres lo ocurrido. Pensaba en las ovejas. En lo rápido que había sucedido todo, en la manera en que habían desaparecido sin dejar rastro, me acosté tarde con la esperanza de que, tal vez, al día siguiente regresaran solas, como si nada hubiera pasado. Pasaron dos días en los que no dejé de pensar en el rebaño. Salía al patio de la casa cada tanto, esperando escuchar un valido que me anunciara que habían regresado. Pero la calma del campo seguía igual. Yo ya me hacía a la idea de que alguien me las había robado y que no volvería a verlas. Por eso, cuando a la segunda noche escuché ruido en el corral, salí casi corriendo. No podía creerlo.

3:46 Las seis ovejas estaban de regreso, todas juntas. Me acerqué rápido contándolas una por una, repasando con la vista que no les faltara nada. Estaban íntegras, sin heridas, sin rastros de violencia, ni un rasguño, ni manchas de sangre, ni pelaje arrancado. Sus cuerpos estaban tal y como los recordaba. No hacían el menor ruido, no se movían como de costumbre. No corrían a buscar la comida ni el agua. Simplemente estaban ahí, de pie, todas mirando hacia el mismo punto, hacia el monte. Eran como estatuas, con la cabeza erguida, los ojos fijos en la línea oscura de los cerros.

4:27 Intenté calmarlas, hablándoles como siempre, usando el mismo tono con el que las llamaba en el monte. Les puse pastura fresca en los comederos y llené de agua limpia el bebedero, esperando verlas abalanzarse como solían hacer. Ninguna se movió, ni siquiera olfatearon lo que les ofrecía. Se mantenían quietas, tensas, con una actitud que nunca había visto en ellas. Esa noche apenas pude dormir. Salía una y otra vez a observar el corral, con una lámpara en la mano. las encontraba igual, inmóviles, como si estuvieran hipnotizadas, hasta que cerca de la medianoche, una de ellas se levantó lentamente sobre sus patas traseras, tambaleándose, y permaneció así durante varios segundos, mirando fijamente hacia el monte. me quedé asustado nunca había visto un animal hacer algo así cuando por fin volvió a caer sobre las cuatro patas otras dos la imitaron una detrás de la otra levantándose torpes pero firmes manteniéndose erguidas lo único que hacían era mirar El miedo me recorrió el cuerpo entero. Me quedé observándolas desde la cerca, sin atreverme a entrar al corral. Las conocía de toda la vida. Yo mismo las había criado desde pequeñas y frente a mí parecían criaturas distintas. No eran las ovejas que yo había cuidado. Me temblaban las manos al sostener la lámpara. Iluminé sus cuerpos uno por uno, y lo

5:59 único que logré fue que me miraran a mí por un instante, para después volver a girar la cabeza hacia la sierra. Preferí entrar de nuevo a la casa y cerrar bien las puertas, aunque sabía que no iban a atacarme. Aún así, me dio miedo sentirlas tan extrañas, como si algo de él se hubiera metido en ellas. Esa noche apenas cerré los ojos. Cada valido, cada ruido, me hacía levantarme para revisar por la ventana. Y cada vez era lo mismo. El rebaño, inmóvil, con uno o dos animales erguidos en dos patas, mirando hacia el mismo punto oscuro. Su comportamiento me resultaba incomprensible. Tuve miedo de mis propios animales.

6:43 yo me levantaba temprano para atender al rebaño como de costumbre llevando cubetas de agua fresca y pastura recién cortada pensando que tarde o temprano volverían a la normalidad Pero nada cambiaba. El corral se mantenía igual de silencioso, con las seis ovejas juntas en un rincón, inmóviles, mirando siempre hacia la sierra. Dejaba la comida frente a ellas y el agua limpia a un lado, pero nadie se acercaba. Pasaban las horas y todo quedaba intacto. Antes, el lugar siempre estaba lleno de validos, golpes de pezuñas contra la tierra y choques de cuerpo cuando se disputaban un poco de pasto. Ahora no había nada de eso, solo se escuchaba su respiración. Mi hijo mayor, que tenía apenas 11 años, se acercaba conmigo cada tarde para ayudarme a revisar el corral.

7:36 él también notaba lo raro de la situación una de esas tardes mientras yo estaba ocupado recogiendo los restos secos de pastura que quedaban esparcidos lo vi abrir la puerta del corral apenas alcancé a gritarle que tuviera cuidado cuando una de las ovejas se lanzó hacia afuera con una fuerza que me sorprendió Corrió a toda velocidad como nunca la había visto hacerlo, levantando polvo y pasando junto a nosotros en un parpadeo. Mi hijo retrocedió asustado y yo apenas pude reaccionar. Aquella oveja no corría buscando pasto ni agua. Lo hacía como si escapara de algo. Su trayectoria fue directa hacia la línea oscura de la maleza que llevaba al monte. Dejé lo que estaba haciendo y me lancé tras ella. Escuché los pasos rápidos de mi hijo siguiéndome, y juntos nos metimos entre los matorrales. Las ramas secas nos golpeaban la cara y las piernas, y las piedras sueltas nos hacían tropezar, pero seguimos avanzando. No entendía cómo podía correr con tanta energía si llevaba días sin probar alimento ni agua. Avanzamos un buen tramo, revisando claros, arroyos secos y sendas estrechas. Yo gritaba, llamándola, esperando escuchar su valido, pero lo único que obtenía era el eco de mi propia voz. Mi hijo miraba en todas direcciones y apartaba ramas como si en cualquier momento fuera ponte a encontrarla

9:06 echada en algún rincón. La buscamos por largo rato, cada vez más adentrados en la maleza, hasta que la luz del sol empezó a ceder y las sombras se alargaron entre los árboles. Nos detuvimos en un punto donde el terreno descendía hacia una pequeña barranca. Ahí nos quedamos callados unos segundos, intentando escuchar algún ruido, cualquier indicio de que la oveja seguía cerca. No hubo nada, ni válidos lejanos, ni el chocar de pezuñas contra las piedras. Ya no estaba, había desaparecido en el monte. Mi hijo me miró con los ojos grandes esperando una respuesta. Yo solo pude mover la cabeza sin saber qué decirle. Esa oveja había desaparecido igual que cuando todo el rebaño se perdió días atrás.

9:54 Ni siquiera los animales más asustados desaparecen así, sin dejar un sonido, sin dejar rastro. regresamos al corral con la ropa sucia de polvo y ramas pegadas a la piel las otras cinco ovejas seguían en el mismo rincón quietas ni siquiera parecían notar que una de ellas ya no estaba ninguna avaló ninguna miró hacia la puerta Ninguna mostró signo de extrañar a la que se había ido. Era como si no perteneciera ya a ellas. Esa misma noche, el corral se convirtió en un sitio insoportable. Apenas cayó la oscuridad, las cinco ovejas que quedaban comenzaron a ser un válido extraño que nunca antes había escuchado. No eran los llamados habituales que emitían cuando tenían hambre o cuando se sentían inquietas, eran sonidos largos, prolongados, como si alguien las obligara a estirar la garganta hasta desgarrarla. Balaban con un tono que parecía salido de un animal distinto. Al principio pensé que era el hambre o la seda acumulada lo que las tenía así. Corría al corral con una cubeta de agua y un poco de pastura seca, con la esperanza de que reaccionaran. Mi hijo venía detrás de mí, asustado.

11:10 Abrí la puerta del corral y me acerqué despacio, hablándoles como solía hacerlo, pero el ruido no disminuyó. Ellas seguían levantando la cabeza hacia la sierra, soltando esos validos prolongados que más bien parecían lamentos de dolor. Mi hijo no aguantó mucho. Se tapó los oídos con ambas manos, doblando un poco el cuerpo hacia adelante, y me pidió que nos alejáramos. Yo lo abracé y traté de tranquilizarlo, pero tampoco tenía respuestas. Por más que intentaba encontrar una explicación, nada encajaba. Las ovejas no parecían pedir ayuda ni mostrar un malestar físico normal. Lo que transmitían con esos sonidos era un sufrimiento que no podía describir. El ruido continuó durante buena parte de la noche. En la casa era imposible dormir. Cada vez que las voces de los animales se alargaban, los perros de los vecinos comenzaban a ladrar sin parar, pero sin acercarse al corral. Mi esposa también estaba nerviosa, caminando de un lado a otro en la cocina, sin saber cómo calmar a los niños ni qué decirme a mí. Yo trataba de aparentar serenidad, aunque por dentro me sentía igual de indefenso que ellos. Cerca de la medianoche seguían los validos. Por un instante sentí que venía de todos lados, incluso de dentro de la casa. No soporté más y salí corriendo al patio con la intención de hacerlas callar. Pero antes de que llegara a la

12:40 puerta del corral, el ruido se calmó de golpe. El silencio que quedó después fue aún peor. Las ovejas se quedaron inmóviles otra vez, respirando fuerte, con los ojos brillando bajo la luz débil de la luna. ni un solo movimiento, ni una señal de que hubieran sido ellas las que, un momento antes, llenaron la noche con su sufrimiento. Me acerqué con cuidado, pero no encontré nada extraño en sus cuerpos. Sus pezuñas estaban firmes sobre la tierra, sus hocicos cerrados. Regresé a la casa con el corazón latiendo tan rápido que apenas podía hablar. Mi hijo me preguntó si ya había pasado todo y le dije que sí, aunque no estaba convencido. Sabía que ese comportamiento no era normal y lo que más me aterraba era pensar que lo ocurrido con la oveja que se escapó. podía repetirse con las demás.

13:36 Me quedé despierto el resto de la noche. Sentado cerca de la ventana, quedaba al corral, mirando por si algo cambiaba. No encontré explicación. Podía engañarme pensando en enfermedades, en nervios por el encierro, en cualquier motivo razonable. Pero, en el fondo, ya sabía que no era eso. Estaba convencido de que, en esos dos días de ausencia, algo en el monte les había hecho algo. Algo que no se notaba en sus cuerpos, pero que se había metido en su interior y las transformaba poco a poco en animales distintos. Y ese pensamiento me llenaba de un miedo que no se parecía a nada que hubiera sentido antes. Pasaron los días y nada cambió. Cada mañana me levantaba con la esperanza de ver a las ovejas comiendo al fin. aunque fuera un poco de la pastura reseca o bebiendo un trago de agua, pero siempre las encontraba igual, paradas en silencio, respirando con ese ritmo extraño que se había vuelto habitual.

14:37 Dejaba frente a ellas los comederos llenos, las cubetas de agua fresca recién sacada del pozo, y me quedaba observándolas un buen rato, esperando algún movimiento. Nada, ni siquiera un intento por olfatear. Era como si la comida y el agua no existieran para ellas. El tiempo comenzó a notarse en sus cuerpos. Primero dejaron de moverse con la misma firmeza. Se les veía flojas de las patas, con la cabeza cada vez más baja. Luego empezaron a tambalearse, perdiendo el equilibrio al intentar caminar unos pasos dentro del corral. A veces caían de costado y tardaban minutos en volver a levantarse, mientras yo las miraba impotente, sin saber qué hacer. Lo más duro era pensar que no había razón aparente para que se dejaran morir así. Tenían la comida frente a ellas, agua limpia a su alcance, sombra para descansar y todo lo necesario para vivir. No entendía cómo podían preferir tener hambre y sed. Me acercaba a empujarles el hocico hacia la pastura, a mojarlas con el agua para provocar alguna reacción.

15:45 Pero nada servía. Cerraban la boca con fuerza, apartaban la cabeza y seguían mirando hacia la sierra, como si toda su atención estuviera concentrada en algo que yo no podía ver. Con cada día que pasaba, se debilitaban más. La primera en caer fue la más joven. Una mañana la encontré tirada en el rincón con la mirada perdida y la respiración muy lenta. Al rato dejó de moverse. La enterré cerca del arroyo. Después, una a una, siguieron el mismo camino. Cada muerte era lenta. El corral se fue vaciando poco a poco hasta que ya no quedó ninguna con vida. Cada entierro fue un golpe para mí y para mi hijo.

16:28 Nunca encontré explicación para lo sucedido. Ni la enfermedad más rara, ni el veneno más fuerte podía haber provocado un comportamiento así. No había espuma en sus bocas, no había diarrea ni heridas visibles. Solo una negativa total a comer y beber, como si la vida ya no tuviera importancia para ellas. cada vez que recordaba cómo se erguían sobre dos patas mirando hacia la sierra, o cómo balaban con esos lamentos largos que parecían voces humanas. Llegué a convencerme de que, en esos dos días de ausencia, cuando se perdieron en el monte, algo las había tocado, algo que se les metió por dentro y las cambió para siempre. Desde entonces evitó llevar animales hacia esa parte del monte. prefiero dar vueltas más largas con tal de mantenerlos lejos de ese lugar no quiero volver a pasar por lo mismo ni arriesgarme a perder otra vez a mi ganado de una forma tan absurda y aterradora