Le Hicieron BRUJERÍA A Mis ANIMALES Historias De Terror - REDE
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0:05 Desde que mi padre me heredó el cuidado de los animales, era común que yo llevara al monte el rebaño pequeño de seis ovejas que tenÃa. No eran muchas, pero con ellas mantenÃamos un poco de carne y leche en la casa. El trayecto era corto, apenas una vereda que cruzaba entre matorrales secos y piedras sueltas hasta llegar a un claro donde solÃan encontrar buen pasto. Yo ya conocÃa cada rincón de ese lugar, porque desde niño lo recorrÃa acompañando a mi padre, y después solo, cuando la responsabilidad me tocó a mÃ. Ese dÃa, el sol estaba fuerte y el aire apenas se movÃa, asà que me acomodé bajo la sombra de un mezquite grande. dejando que las ovejas se movieran libres. Siempre hacÃa lo mismo. Me sentaba en una piedra, descansaba un poco, y, de vez en cuando, levantaba la vista para contar que siguieran juntas. A veces se alejaban un poco, pero regresaban solas, atraÃdas por la cercanÃa del grupo.
1:05 TenÃa confianza porque conocÃa el terreno y porque nunca se me habÃan perdido del todo. Pasó un rato y cerré los ojos, no para dormir, sino para descansar. Cuando me levanté para reunirlas y llevarlas de regreso, no vi a ninguna. El claro estaba vacÃo. Al principio pensé que se habÃan movido un poco más abajo, donde el pasto era más fresco, pero al caminar unos metros me di cuenta de que no estaban por ahÃ. Comencé a llamarlas como siempre, con silbidos y gritos, esperando escuchar el sonido familiar de sus encerros. Me interné más hacia el monte, revisando las barrancas cercanas. A veces una oveja resbalaba y quedaba atrapada entre las piedras, pero aquella vez no encontré ni huellas en la tierra floja, ni señales de que hubieran pasado por ahÃ. Seguà el cauce del arroyo seco que cruzaba el terreno, pensando que quizá habÃan buscado agua, pero tampoco vi rastro alguno, ni pelaje enganchado en ramas, ni huellas marcadas en la arena húmeda de los bordes, Cada hora que pasaba me convencÃa de que volverÃan solas, como en otras ocasiones cuando se habÃan dispersado más de la cuenta. Regresaba al claro, me sentaba y esperaba escuchar su valido en la distancia, pero nunca ocurrió. Cuando comenzó a oscurecer no tuve más remedio que regresar. Avanzaba despacio, con la esperanza de que de pronto aparecieran detrás de mÃ, pero no pasó nada. Llegué
2:37 a la casa con las manos vacÃas, empapado en sudor. Mi primera idea fue que alguien se las habÃa robado. En esos tiempos no era raro escuchar que, en ranchos cercanos, desaparecÃan animales sin explicación, y muchos lo atribuÃan a ladrones que aprovechaban la soledad del campo. Esa noche casi no pude cenar, dándole vueltas en la cabeza a cómo explicarles a mis padres lo ocurrido. Pensaba en las ovejas. En lo rápido que habÃa sucedido todo, en la manera en que habÃan desaparecido sin dejar rastro, me acosté tarde con la esperanza de que, tal vez, al dÃa siguiente regresaran solas, como si nada hubiera pasado. Pasaron dos dÃas en los que no dejé de pensar en el rebaño. SalÃa al patio de la casa cada tanto, esperando escuchar un valido que me anunciara que habÃan regresado. Pero la calma del campo seguÃa igual. Yo ya me hacÃa a la idea de que alguien me las habÃa robado y que no volverÃa a verlas. Por eso, cuando a la segunda noche escuché ruido en el corral, salà casi corriendo. No podÃa creerlo.
3:46 Las seis ovejas estaban de regreso, todas juntas. Me acerqué rápido contándolas una por una, repasando con la vista que no les faltara nada. Estaban Ãntegras, sin heridas, sin rastros de violencia, ni un rasguño, ni manchas de sangre, ni pelaje arrancado. Sus cuerpos estaban tal y como los recordaba. No hacÃan el menor ruido, no se movÃan como de costumbre. No corrÃan a buscar la comida ni el agua. Simplemente estaban ahÃ, de pie, todas mirando hacia el mismo punto, hacia el monte. Eran como estatuas, con la cabeza erguida, los ojos fijos en la lÃnea oscura de los cerros.
4:27 Intenté calmarlas, hablándoles como siempre, usando el mismo tono con el que las llamaba en el monte. Les puse pastura fresca en los comederos y llené de agua limpia el bebedero, esperando verlas abalanzarse como solÃan hacer. Ninguna se movió, ni siquiera olfatearon lo que les ofrecÃa. Se mantenÃan quietas, tensas, con una actitud que nunca habÃa visto en ellas. Esa noche apenas pude dormir. SalÃa una y otra vez a observar el corral, con una lámpara en la mano. las encontraba igual, inmóviles, como si estuvieran hipnotizadas, hasta que cerca de la medianoche, una de ellas se levantó lentamente sobre sus patas traseras, tambaleándose, y permaneció asà durante varios segundos, mirando fijamente hacia el monte. me quedé asustado nunca habÃa visto un animal hacer algo asà cuando por fin volvió a caer sobre las cuatro patas otras dos la imitaron una detrás de la otra levantándose torpes pero firmes manteniéndose erguidas lo único que hacÃan era mirar El miedo me recorrió el cuerpo entero. Me quedé observándolas desde la cerca, sin atreverme a entrar al corral. Las conocÃa de toda la vida. Yo mismo las habÃa criado desde pequeñas y frente a mà parecÃan criaturas distintas. No eran las ovejas que yo habÃa cuidado. Me temblaban las manos al sostener la lámpara. Iluminé sus cuerpos uno por uno, y lo
5:59 único que logré fue que me miraran a mà por un instante, para después volver a girar la cabeza hacia la sierra. Preferà entrar de nuevo a la casa y cerrar bien las puertas, aunque sabÃa que no iban a atacarme. Aún asÃ, me dio miedo sentirlas tan extrañas, como si algo de él se hubiera metido en ellas. Esa noche apenas cerré los ojos. Cada valido, cada ruido, me hacÃa levantarme para revisar por la ventana. Y cada vez era lo mismo. El rebaño, inmóvil, con uno o dos animales erguidos en dos patas, mirando hacia el mismo punto oscuro. Su comportamiento me resultaba incomprensible. Tuve miedo de mis propios animales.
6:43 yo me levantaba temprano para atender al rebaño como de costumbre llevando cubetas de agua fresca y pastura recién cortada pensando que tarde o temprano volverÃan a la normalidad Pero nada cambiaba. El corral se mantenÃa igual de silencioso, con las seis ovejas juntas en un rincón, inmóviles, mirando siempre hacia la sierra. Dejaba la comida frente a ellas y el agua limpia a un lado, pero nadie se acercaba. Pasaban las horas y todo quedaba intacto. Antes, el lugar siempre estaba lleno de validos, golpes de pezuñas contra la tierra y choques de cuerpo cuando se disputaban un poco de pasto. Ahora no habÃa nada de eso, solo se escuchaba su respiración. Mi hijo mayor, que tenÃa apenas 11 años, se acercaba conmigo cada tarde para ayudarme a revisar el corral.
7:36 él también notaba lo raro de la situación una de esas tardes mientras yo estaba ocupado recogiendo los restos secos de pastura que quedaban esparcidos lo vi abrir la puerta del corral apenas alcancé a gritarle que tuviera cuidado cuando una de las ovejas se lanzó hacia afuera con una fuerza que me sorprendió Corrió a toda velocidad como nunca la habÃa visto hacerlo, levantando polvo y pasando junto a nosotros en un parpadeo. Mi hijo retrocedió asustado y yo apenas pude reaccionar. Aquella oveja no corrÃa buscando pasto ni agua. Lo hacÃa como si escapara de algo. Su trayectoria fue directa hacia la lÃnea oscura de la maleza que llevaba al monte. Dejé lo que estaba haciendo y me lancé tras ella. Escuché los pasos rápidos de mi hijo siguiéndome, y juntos nos metimos entre los matorrales. Las ramas secas nos golpeaban la cara y las piernas, y las piedras sueltas nos hacÃan tropezar, pero seguimos avanzando. No entendÃa cómo podÃa correr con tanta energÃa si llevaba dÃas sin probar alimento ni agua. Avanzamos un buen tramo, revisando claros, arroyos secos y sendas estrechas. Yo gritaba, llamándola, esperando escuchar su valido, pero lo único que obtenÃa era el eco de mi propia voz. Mi hijo miraba en todas direcciones y apartaba ramas como si en cualquier momento fuera ponte a encontrarla
9:06 echada en algún rincón. La buscamos por largo rato, cada vez más adentrados en la maleza, hasta que la luz del sol empezó a ceder y las sombras se alargaron entre los árboles. Nos detuvimos en un punto donde el terreno descendÃa hacia una pequeña barranca. Ahà nos quedamos callados unos segundos, intentando escuchar algún ruido, cualquier indicio de que la oveja seguÃa cerca. No hubo nada, ni válidos lejanos, ni el chocar de pezuñas contra las piedras. Ya no estaba, habÃa desaparecido en el monte. Mi hijo me miró con los ojos grandes esperando una respuesta. Yo solo pude mover la cabeza sin saber qué decirle. Esa oveja habÃa desaparecido igual que cuando todo el rebaño se perdió dÃas atrás.
9:54 Ni siquiera los animales más asustados desaparecen asÃ, sin dejar un sonido, sin dejar rastro. regresamos al corral con la ropa sucia de polvo y ramas pegadas a la piel las otras cinco ovejas seguÃan en el mismo rincón quietas ni siquiera parecÃan notar que una de ellas ya no estaba ninguna avaló ninguna miró hacia la puerta Ninguna mostró signo de extrañar a la que se habÃa ido. Era como si no perteneciera ya a ellas. Esa misma noche, el corral se convirtió en un sitio insoportable. Apenas cayó la oscuridad, las cinco ovejas que quedaban comenzaron a ser un válido extraño que nunca antes habÃa escuchado. No eran los llamados habituales que emitÃan cuando tenÃan hambre o cuando se sentÃan inquietas, eran sonidos largos, prolongados, como si alguien las obligara a estirar la garganta hasta desgarrarla. Balaban con un tono que parecÃa salido de un animal distinto. Al principio pensé que era el hambre o la seda acumulada lo que las tenÃa asÃ. CorrÃa al corral con una cubeta de agua y un poco de pastura seca, con la esperanza de que reaccionaran. Mi hijo venÃa detrás de mÃ, asustado.
11:10 Abrà la puerta del corral y me acerqué despacio, hablándoles como solÃa hacerlo, pero el ruido no disminuyó. Ellas seguÃan levantando la cabeza hacia la sierra, soltando esos validos prolongados que más bien parecÃan lamentos de dolor. Mi hijo no aguantó mucho. Se tapó los oÃdos con ambas manos, doblando un poco el cuerpo hacia adelante, y me pidió que nos alejáramos. Yo lo abracé y traté de tranquilizarlo, pero tampoco tenÃa respuestas. Por más que intentaba encontrar una explicación, nada encajaba. Las ovejas no parecÃan pedir ayuda ni mostrar un malestar fÃsico normal. Lo que transmitÃan con esos sonidos era un sufrimiento que no podÃa describir. El ruido continuó durante buena parte de la noche. En la casa era imposible dormir. Cada vez que las voces de los animales se alargaban, los perros de los vecinos comenzaban a ladrar sin parar, pero sin acercarse al corral. Mi esposa también estaba nerviosa, caminando de un lado a otro en la cocina, sin saber cómo calmar a los niños ni qué decirme a mÃ. Yo trataba de aparentar serenidad, aunque por dentro me sentÃa igual de indefenso que ellos. Cerca de la medianoche seguÃan los validos. Por un instante sentà que venÃa de todos lados, incluso de dentro de la casa. No soporté más y salà corriendo al patio con la intención de hacerlas callar. Pero antes de que llegara a la
12:40 puerta del corral, el ruido se calmó de golpe. El silencio que quedó después fue aún peor. Las ovejas se quedaron inmóviles otra vez, respirando fuerte, con los ojos brillando bajo la luz débil de la luna. ni un solo movimiento, ni una señal de que hubieran sido ellas las que, un momento antes, llenaron la noche con su sufrimiento. Me acerqué con cuidado, pero no encontré nada extraño en sus cuerpos. Sus pezuñas estaban firmes sobre la tierra, sus hocicos cerrados. Regresé a la casa con el corazón latiendo tan rápido que apenas podÃa hablar. Mi hijo me preguntó si ya habÃa pasado todo y le dije que sÃ, aunque no estaba convencido. SabÃa que ese comportamiento no era normal y lo que más me aterraba era pensar que lo ocurrido con la oveja que se escapó. podÃa repetirse con las demás.
13:36 Me quedé despierto el resto de la noche. Sentado cerca de la ventana, quedaba al corral, mirando por si algo cambiaba. No encontré explicación. PodÃa engañarme pensando en enfermedades, en nervios por el encierro, en cualquier motivo razonable. Pero, en el fondo, ya sabÃa que no era eso. Estaba convencido de que, en esos dos dÃas de ausencia, algo en el monte les habÃa hecho algo. Algo que no se notaba en sus cuerpos, pero que se habÃa metido en su interior y las transformaba poco a poco en animales distintos. Y ese pensamiento me llenaba de un miedo que no se parecÃa a nada que hubiera sentido antes. Pasaron los dÃas y nada cambió. Cada mañana me levantaba con la esperanza de ver a las ovejas comiendo al fin. aunque fuera un poco de la pastura reseca o bebiendo un trago de agua, pero siempre las encontraba igual, paradas en silencio, respirando con ese ritmo extraño que se habÃa vuelto habitual.
14:37 Dejaba frente a ellas los comederos llenos, las cubetas de agua fresca recién sacada del pozo, y me quedaba observándolas un buen rato, esperando algún movimiento. Nada, ni siquiera un intento por olfatear. Era como si la comida y el agua no existieran para ellas. El tiempo comenzó a notarse en sus cuerpos. Primero dejaron de moverse con la misma firmeza. Se les veÃa flojas de las patas, con la cabeza cada vez más baja. Luego empezaron a tambalearse, perdiendo el equilibrio al intentar caminar unos pasos dentro del corral. A veces caÃan de costado y tardaban minutos en volver a levantarse, mientras yo las miraba impotente, sin saber qué hacer. Lo más duro era pensar que no habÃa razón aparente para que se dejaran morir asÃ. TenÃan la comida frente a ellas, agua limpia a su alcance, sombra para descansar y todo lo necesario para vivir. No entendÃa cómo podÃan preferir tener hambre y sed. Me acercaba a empujarles el hocico hacia la pastura, a mojarlas con el agua para provocar alguna reacción.
15:45 Pero nada servÃa. Cerraban la boca con fuerza, apartaban la cabeza y seguÃan mirando hacia la sierra, como si toda su atención estuviera concentrada en algo que yo no podÃa ver. Con cada dÃa que pasaba, se debilitaban más. La primera en caer fue la más joven. Una mañana la encontré tirada en el rincón con la mirada perdida y la respiración muy lenta. Al rato dejó de moverse. La enterré cerca del arroyo. Después, una a una, siguieron el mismo camino. Cada muerte era lenta. El corral se fue vaciando poco a poco hasta que ya no quedó ninguna con vida. Cada entierro fue un golpe para mà y para mi hijo.
16:28 Nunca encontré explicación para lo sucedido. Ni la enfermedad más rara, ni el veneno más fuerte podÃa haber provocado un comportamiento asÃ. No habÃa espuma en sus bocas, no habÃa diarrea ni heridas visibles. Solo una negativa total a comer y beber, como si la vida ya no tuviera importancia para ellas. cada vez que recordaba cómo se erguÃan sobre dos patas mirando hacia la sierra, o cómo balaban con esos lamentos largos que parecÃan voces humanas. Llegué a convencerme de que, en esos dos dÃas de ausencia, cuando se perdieron en el monte, algo las habÃa tocado, algo que se les metió por dentro y las cambió para siempre. Desde entonces evitó llevar animales hacia esa parte del monte. prefiero dar vueltas más largas con tal de mantenerlos lejos de ese lugar no quiero volver a pasar por lo mismo ni arriesgarme a perder otra vez a mi ganado de una forma tan absurda y aterradora
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