Jan. 6, 2024

Le Di Misa A Una Mujer Fallecida Historias De Terror - REDE

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Doña Mercedes. Crecí en una familia tradicional mexicana en la que se me enseñó a creer en Dios, así como también en el mal. Desde temprana edad me dijeron que había un cielo para los que se portaban bien y el infierno para las almas descarriadas. Fui al catecismo para tener los sacramentos que la religión católica profesaba. Era muy pequeño cuando hice la primera comunión. Después que tuve todos los sacramentos, me olvidé de la religión sólo por eventos especiales. Iba a misa. Fue en mi etapa adulta, cuando ya estaba casado, en que uno de mis compañeros de trabajo me invitó a ir a un encuentro religioso. No quería hacerlo, pero él era uno de mis mejores amigos. Lo conocí desde el primer día en que entré a trabajar. De él había obtenido mucho apoyo en los momentos difíciles. Cuando tenía un apuro económico aps acudía a pedirle ayuda. Si estaba a su alcance, me apoyaba, Así que cuando me dijo que me invitaba a ir a un retiro de tres días, le dije que lo estimaba mucho y se lo agradecía, pero no era para mí. Era un tanto escéptico sobre la idea de la existencia del bien y del mal. Tampoco creía en que hubiera algo más Después de la muerte. Mi amigo estuvo insistiendo por varios días. Me dijo que fuera él sería mi padrino. Si después que asistiera al evento no quería saber nada de la religión, él jamás me volvía a hablar de la existencia de Dios. Su propuesta me gustó y acepté ir. Pensé que era la manera de llegar a un acuerdo justo. Fue En el año de mil novecientos ochenta y cinco, cuando fui al encuentro espiritual junto con otro hombres, estuvimos tres días en el Seminario de Guadalajara. Salí completamente renovado. Mis creencias cambiaron a partir de ese día. Mis hábitos espirituales fueron constantes. Empecé a orar todos los días, a ir a misa, a hacer las paces con la religión. Comencé a ofrecer mis servicios en la iglesia más cercana a mi casa, me acerqué con el coro de la parroquia para que me permitieran formar parte de ellos. No tuvieron ningún inconveniente en aceptarme, aunque no tocaba ningún instrumento musical ni tampoco cantaba bien. Fue la única manera que encontré para sentirme útil dentro de la iglesia. Cuando la relación se hizo más estrecha con uno de los sacerdotes. Él me invitó a que formara parte del grupo de Liturgia. El equipo se encargaba de preparar la misa. Se buscaba quien leyera la primera y la segunda lectura del Evangelio, elegir a las personas que iban a recoger la limosna, quién leyera las peticiones. El encargado de Liturgia era una pieza importante dentro de la misa, porque propiciaba que todo saliera bien durante su celebración. Con el paso del tiempo me hice amigo del señor Cura y del presbítero, me di cuenta que eran personas que estaban alejadas de su familia, por lo que mantener un vínculo con gente que los rodeaba les daba bienestar. Empecé a invitar al padre a desayunar a mi casa. Los domingos después de misa. Mi esposa acostumbraba a preparar menudo y comprar masa para hacer tortillas. En una de las veces que estuvo en mi casa, el padre Rafa me dijo que le gustaría que me hiciera Ministro de la Comunión. Me explicó que se trataba de cualquier laico que tuviera aptitud de dar servicio al prójimo. En la diócesis pedían dos personas por cada parroquia. Él pensó en mí para que realizara esta actividad. Me dijo que en caso de que quisiera hacerlo, tendría que ir a un curso por tres meses a la casa de oración. En ese lugar me darían la preparación necesaria para que pudiera ser aceptado como Ministro de la Comunión. El padre continuó diciéndome que sería el encargado de apoyar al sacerdote durante la misa para dar la Comunión también tendría que ir a visitar enfermos que no podían acudir a la Iglesia les llevaría el espíritu Santo convertido en hostia a esas personas. En el momento en que me lo dijo, me pareció de mucha responsabilidad lo que me pedía. Le dije que no era la mejor persona para realizar esa actividad. Tenía un pasado del que no me sentía orgulloso que buscara a otras personas para ser Ministro. El padre me dijo que lo pensara unos días aún no tenía que mandar los nombres de las personas que elegía. El Padre Raffa se quedó más tiempo de lo acostumbrado. Después de desayunar quiso jugar una partida de dominó antes de marcharse. Me hizo énfasis en que sería un buen elemento si formaba parte del equipo de ministros de la Comunión. Después que el Padre Raffa se marchó, pensé que no era la persona correcta para ser Ministro. Y que no aceptaría la propuesta que me hizo. Sin embargo, luego de unos días cambié de opinión. Le dije al padre que estaba de acuerdo en hacerlo. A él le dio mucho gusto. El siguiente lunes sacudí junto a con otro de mis compañeros que también iba a ser ministro a casa de oración. Comenzamos la preparación que duró tres meses. Cuando concluimos el curso, se nos hizo un examen con la intención de saber si habíamos aprendido cuál era la misión de un Ministro de la Comunión. Entre las cosas que se nos enseñaron, una de ellas fue la manera de hacer oración a los enfermos terminales, aprender cuidados paliativos, así como apoyar al familiar cuidador del enfermo. Antes de empezar mi servicio fuimos varios los ministros de la colonia que asistimos a una misa de presentación ante la Comunidad precedida por el señor Obispo de la Arquidiócesis. Me asignaron ocho enfermos que quedaban cerca de mi casa. Los días que llevaba la comunión eran los martes y los jueves. Cuando un enfermo quería confesarse, no estaba facultado para hacerlo, le decía al sacerdote para que fuera él a confesarlo. La misma manera, si el enfermo estaba en situación muy grave, le avisaba al padre para que le diera el sacramento de los santos óleos. Trataba de que el familiar del enfermo se uniera a la oración, pero había algunas casas en las que la persona enferma se encontraba en un cuarto hasta el fondo y olvidado. Otras de mis funciones era acudir a misa los domingos y apoyar al sacerdote a dar la comunión a los feligreses que asistían a la misa. Poco a poco. Me fue agradando más el Ministerio, aunque había veces en las que iba a llevar la comunión y el familiar me decía que ya no era necesario porque su enfermo había fallecido. En una ocasión estuve apoyando a una señora de edad avanzada que ya casi no podía caminar. Tenía que ir hasta su habitación para darle la comunión. Sus familiares me advirtieron antes de que entrara que ya estaba cenil. Había ocasiones en las que se imaginaba cosas o contaba historias que no eran reales. La señora era muy amable y le gustaba que me quedara un rato con ella, platicando después que hacía la oración y le daba la comunión. Le daba unos minutos para que me contara lo que ella quisiera. Aquella vez me pidió que acercara mi silla un poco más para que no se diera cuenta su familia lo que me iba a decir. Ella comenzó a decirme que sabía que estaba muy enferma y que no le quedaba mucho tiempo de vida. Me sorprendí de escucharla. La mujer estaba mejor de lo que me decían de sus facultades mentales. Continuó diciéndome que ella había cometido muchos pecados cuando era joven. Había uno en especial, del que se arrepentía mucho porque se dedicó a ayudar a las personas. Le pregunté qué tipo de ayuda les daba. Ella dudó un poco en decirme. Finalmente me dijo que sanaba a las personas a través de hierbas y remedios caseros. Ayudaba a las mujeres que no podían tener hijos, a los niños que se asustaban lo sobaba para que se les fuera el susto a los bebés que no les caía la ley de fórmula. Les daba un remedio para que ya no les dieran cólicos. Lograba sanar a las personas que tuvieran dolor de ciática. Continuó diciéndome todas las cosas que sabía hacer. Me pareció que era un conocimiento extraordinario que se lo iba a llevar a la tumba. Le interrumpí para preguntarle si todo lo que sabía hacerse lo había enseñado A alguien de su familia me dijo que no. A sus hijas no les había interesado aprender. Ellas prefirieron estudiar o trabajar en una empresa. La señora de nombre Mercedes, la cual me dijo que la podía llamar meche me dijo que por eso quería hablar conmigo, además de contarme lo que había hecho y de lo cual se arrepentía mucho. Quería proponerme enseñarme a curar para que también pudiera ayudar a la gente. Así llevaría la comunión para el alivio espiritual y también podría darle medicina natural para el alivio físico. Me sorprendió que quisiera dejarme su legado. Era una persona a la que conocía muy poco tiempo. Me gustó que me tuviera tanta confianza, aunque no me agradaba del todo aprender esos conocimientos. Le dije que lo pensaría. Ella sintió. Me comentó que cuando estuviera preparado, le dijera y que me llevara un cuaderno para que anotara todas las hierbas, su uso, sus contraindicaciones y beneficios. Le comenté que lo mejor era que ese conocimiento se lo diera a otra mujer, porque eran idóneas para hacer ese tipo de trabajo. Ella me dijo que no era verdad porque a ella la enseñó su padre. Él fue uno de los mejores curanderos de su pueblo y en ese momento nos interrumpió. Su hija entró para ver si todo estaba bien, porque ya había pasado casi una hora y seguía con ella. Le ofrecí una disculpa. Le dije que tendría que retirarme porque me hacía falta visitar a otros dos enfermos que se mantenían en ayuno para poder recibir la comunión. Antes de que me fuera doña Meche me dijo que pensara lo que me dijo Cuan cuando salió y de la habitación, su hija me preguntó qué tenía que pensar. Me tomó por sorpresa su pregunta que no tuve otra opción que decirle lo que su madre me quería enseñar. En cuanto le comenté, ella se molestó. Me dijo que su mamá ya no razonaba bien y que todo lo que decía solamente eran mentiras. No quise ocasionar una controversia al respecto. Había notado que doña Meche estaba más lúcida que cualquiera de mis enfermos y que sabía perfectamente lo que me decía. Me despedí de la hija de doña Meche sin decir nada más. Me gustaba lo que hacía, pero llegaba al punto en que sentía afecto por las personas que visitaba. Cuando me decían que habían muerto, me afectaba. Así me pasó en una ocasión en que fui a llevar la comunión a un señor que tenía diabetes, había perdido sus extremidades inferiores, se encontraba en mal estado, no había medicina que le diera más calidad de vida. La última vez que lo visité, lo encontré animado y tenía buen aspecto. Incluso bromeó conmigo cuando llegué a su casa encontré un letrero en la puerta que decía el nombre de la funeraria, la ubicación y el templo en el que iba a tener su última despedida. No podía conciliar con la idea de la muerte. Por más que nos hablaron de eso en el curso de casa de oración. Era complicado no mantener un vínculo con los enfermos. Cuando llegué a la casa de Doña Meche, ella lo notó de inmediato. Me preguntó qué me había pasado. Sabía que no tenía que decirlo, pero ella lo intuyó directamente. Me preguntó quién había muerto. No tuve otra opción que decirle. Doña Meche me dijo que ella podía decirme cómo hacer para que mis enfermos estuvieran más tiempo vivos. Era como si pudieran tener un poco más de tiempo de vida. Le dije que eso no era posible. Cuando Dios decidía que el tiempo de una persona había llegado a su fin, no había poder que cambiara las cosas. Doña Meche me comentó que no era precisamente a Dios a quien tenía que pedírselo. Ya no la quise escuchar más. Le dije que si sus creencias eran distintas a la fe cristiana, no tenía nada que hacer al llevarle la Comunión. Primero necesitaba cambiar de opinión y confesarse para poder recibir la Comunión. Aquel día estuve muy poco tiempo con Doña Meche. Su hija se sorprendió cuando me vio salir tan rápido por lo regular era con quien me quedaba más tiempo conversando. Sin embargo, su comentario no dio pie a que fuera posible recibir la Comunión. Cuando fui a entregar al Santísimo, al Padre de la Iglesia, le comenté lo que me había sucedido y que era necesario que fuera a confesar a Doña Mercedes si ella aceptaba hacerlo. Le pedí al sacerdote que me permitiera ya no acudir con esa señora, porque me parecía que sus creencias eran distintas a la fe católica. El padre me dijo que si no quería hacerlo, no me podía obligar, pero que recordara que los caminos de Dios eran difíciles y misteriosos. Quizás él me estaba poniendo a prueba y mi misión era convertir a esa mujer a la fe cristiana. La siguiente semana no fui a llevar la comunión a ninguno de los enfermos que me asignaron, porque tuve que hacer unos trámites personales. Les avisé con tiempo para que pudieran desayunar y no me estuvieran esperando. Una semana después comencé mi recorrido muy temprano. Iba con entusiasmo a visitar a mis enfermos. Al final llegué a la casa de la señora Meche, porque era con quien más me entretenía. Cuando llegué a la casa se me hizo extraño que el cancel estuviera cerrado. Casi siempre se encontraba abierto. De cualquier manera, entré y toqué por varias ocasiones en la puerta sin que nadie saliera a Abrirme vi el timbre y oprimí su botón, pero tampoco obtuve respuesta alguna. Ya venía de salida. Cuando vi que la puerta comenzaba a abrirse me acerqué para preguntar por doña Meche me llevé una sorpresa cuando vi que era ella quien me había abierto la puerta. Le pregunté en dónde estaba toda su familia. Ella pareció que no me escuchó porque no respondió a mi pregunta. Se fue caminando hacia su cuarto, que se encontraba al fondo de la casa con pasos tranquilos. Caminó por el pasillo, llegó a su cuarto y se sentó sobre su cama. Doña meche se quedó viéndome por unos instantes. Su rostro estaba más pálido que en otras ocasiones. Le pregunté si se sentía bien, podía llevarla al médico o atenderla en alguna necesidad que tuviera. Ella movió su cabeza, me dijo que sólo quería que la escuchara. Me pidió que le tomara su mano. Sentí frío. Cuando le agarré su mano estaba muy helada. Le pregunté si necesitaba que le pusiera un suéter, pero ella estaba absorta en sus pensamientos porque no escuchaba lo que le preguntaba sin ningún preámbulo. Comenzó a contarme anécdotas de cuando era niña, al igual que cuando fue joven y vivió en el pueblo de Teocaltiche, me contó que en su pueblo su papá fue un reconocido curandero. Él fue quien le enseñó todos los secretos de las plantas, así como la forma de preparar brebajes para atraer la buena suerte. Por lo que me estaba contando, Doña Meche entendí que su papá también llegó a tener prácticas oscuras, porque me dijo que su papá siempre la acompañaba, aún después de su muerte, porque él había logrado mantener un vínculo con la muerte y traspasar esas barreras. Claro que el pacto que hizo con la muerte no fue gratuito. Ella le pidió algo. A cambio, dejé a Doña Meche que me contara lo que ella quisiera. Era la última de mis visitas, por lo que no tenía prisa de irme pronto. Además, se encontraba sola y fue cuando tuvo la confianza de contarme cosas interesantes de su pasado. Mientras seguía hablando, empezó a toser compulsivamente. Le pregunté si quería un poco de agua. Ella no me pudo contestar. Sólo asintió de inmediato fui a la cocina para llevarle su ama. Cuando regresé a su habitación estaba más tranquila, ya se había recostado sobre la cama recargando su espalda en la cabecera. Me dijo que se sentía muy cansada, pero antes quería pedirme un favor. Me pidió que le prometiera que siempre iba a ir a visitarla y que la apoyaría cuando más la necesitara. Me tomó de nuevo de la mano y me preguntó si podía prometerlo. Le respondí que sí. Me dijo que se sentía muy cansada y prefería dormir un poco antes de que se durmiera. Le pregunté si iba a querer recibir la comunión. Ella me dijo que por esta vez no lo haría y se quedó dormida. Salí de la casa teniendo el cuidado de cerrar la puerta. No sabía si hacía lo correcto al dejarla sola, pero también tenía que cumplir con otras obligaciones. Me fui directo a la Iglesia para entregar al padre las hostias que me quedaron sobrantes. Estaba cerca de la Iglesia cuando escuché que daban la última llamada a misa de nueve de la mañana o el sonido de la o las campanas era fúnebre, por lo que supe que se trataba de misa de cuerpo presente. Entré por uno de los pasillos laterales del templo para llegar a la capilla del Santísimo y entregar mi preciada posesión. El señor Cura comenzó la misa mientras que el sacerdote presbítero recibió las hostias. Estaba a punto de retirarme cuando escuché que el padre decía el nombre de doña Meche. Detuve Mi paso fue cuando vi a las personas que estaban presentes. Eran los familiares de doña Mercedes que acompañaban a la señora Muerta. Me senté en una de las bancas traseras para poder recuperarme de la impresión. En las bancas delanteras estaban sus hijas y sus hijos. Aún no podía creer que el cuerpo que estaban velando era el de doña Meche. Si acababa de estar con ella en su casa, todo tenía que ser un error. Estaba seguro que la señora estaba viva, aunque recordé lo frío de su mano el olor extraño que percibí al entrar a su habitación. No me fui del templo. Me quedé hasta el final de la misa para constatar de que era ella enseguida, que el padre dio unas oraciones finales y roció el ataúd con agua bendita Me acerqué a la hija de la señora Meche estaba temblando. No sé si de la sorpresa o del miedo que me dio saber que venía de la casa en la que ahí estaba. La señora Le di mis condolencias a su hija. Ella me pidió una disculpa por no avisar a tiempo. Me dijo que todo fue tan repentino que no tuvo cabeza para decirme no era el momento para hablar de lo sucedido, pero pensé que lo haría cuando estuviera más tranquila. Era tanto mi estupor que le pedí permiso para ver por última vez a su madre. Su hija no tuvo objeción en que lo hiciera. Vi a Doña Meche cuidadosamente arreglada, peinada de una manera pulcra, con un vestido blanco y maquillada. No podía creer que estuviera platicando con una muerta. Me fui de la iglesia con una sensación amarga en la boca. Todavía me atreví a pasar por fuera de la casa de Doña Meche. Me quedé parado por unos segundos tratando de darle un sentido insignificado a lo ocurrido. Estuve a punto de entrar a la casa de nuevo, pero el miedo no me lo permitió. Me fui a mi casa. Tenía la intención de decirle al padre lo que me había sucedido. Me regresé al templo, entré a la sacristía, pero no había nadie en la notaria. Me dijeron que él había acudido a dar los santos óleos a otro enfermo de la colonia. Cuando llegué a mi casa, traté de pensar en otra cosa. No tenía la menor idea de lo que realmente había más allá de la muerte, pero era un hecho de que el espíritu de un muerto vagaba Antes de marcharse. Definitivamente, intenté concentrarme en mis actividades, pero la imagen y la voz de Meche no se apartaban de mi mente. Lo peor sucedió en la noche, cuando me fui a dormir, Tenía la sensación de que ella estaba vigilándome Antes de irme a a costar. Revisé todas las habitaciones de la casa, incluido el baño y el patio. Me asomé a la calle para ver si ella no estaba fuera. No sucedió de esa manera. Sin embargo, no lograba tener paz. Puse música alegre en mi bocina para que ocultara cualquier ruido externo que hubiera. En algún momento me quedé profundamente dormido. Tuve una pesadilla horrible. En el sueño se presentaba doña Mercedes. Ella me decía que necesitaba de mi ayuda, que era tiempo de cumplir mi promesa. Necesitaba mi cuerpo para poder vivir porque ella, al igual que su padre, habían hecho un pacto con la muerte en la que tendrían vida eterna. Cuando su cuerpo enfermara y fuera momento de dejarlo, tendría que buscar otro cuerpo huésped para habitar en él. Me desperté sobresaltado. No sabía si la pesadilla fue a causa de todo lo vivido durante el día y mi mente me estaba jugando una mala pasada o realmente era el espíritu de la señora Mercedes que trataba de vivir a través de mí. Lo peor fue cuando escuché que alguien andaba fuera de mi habitación. Lo supe porque el silencio de la noche era sepulcral y cualquier sonido se podía distinguir. A esa hora. Oí unos pasos lentos que arrastraban el calzado para poder caminar. No tuve la menor duda. Era el alma de Doña Mercedes. A ella le costaba mucho trabajo caminar. Pensé en asomarme, pero tuve tanto temor que no lo hice enseguida. Vi que la puerta empezó a abrirse poco a poco, como tratando de que no me diera cuenta de su presencia. No sabía qué iba a hacer. Me levanté de inmediato de mi cama. No iba a esperar que ese ser me encontrara ahí. La ventana de mi habitación era grande y daba la cochera sin pensarlo. Me salí de la casa y me fui corriendo a la vivienda del padre. Su casa estaba enfrente del templo do do to. Qué desesperado su cancel que estaba cerrado con llave volteaba a todos lados desesperado. Tenía la sensación de que el espíritu de Doña Meche me podía estar siguiendo. De repente. Vi que la luz de la cochera se prendió. Salió el padre con una bata de dormir. Cuando me vio, no me dijo nada. Salió de inmediato a abrirme. Me preguntó qué estaba ocurriendo. Le conté todo. Él me dijo que me tranquilizara. No lograba entenderme me dio un vaso con agua. Me pidió que respirara hondo y le contara todo de nuevo un poco más tranquilo. Le conté lo sucedido. Esperaba que el padre se sorprendiera, pero no lo hizo. Cuando terminé mi relato, él me dijo que lo más probable era que Meche había realizado un ritual para continuar viviendo en este mundo. Ante eso, él no podía hacer nada. Lo único que podía realizar era evitar que el espíritu de ella tratara de hacerme daño. Me dijo que él no estaba preparado para hacer un ritual de protección, pero un compañero sacerdote se había preparado en el Vaticano para poder realizar exorcismos. Se comunicó con él. Mientras el padre hablaba con el sacerdote, me asomé a la calle para ver si Doña Meche no estaba fuera de la casa. No la vi pero tenía la sensación de que ella me había seguido hasta la casa del padre. El sacerdote con el que habló el padre no demoró mucho en llegar. Nos dijo que estaba de paso en la ciudad por unos documentos que le hacían falta, pero que en dos días se iba a regresar a seguir su preparación. El hombre comenzó el ritual. Para ello se puso una estola de color rojo sobre sus hombros. Le pidió al padre un citrete para el agua bendita. Empezó el ritual ordenándole al espíritu que me dejara en paz. Primero lo hizo con palabras en español. Después usó el latín para alejar al demonio. Cuando mencionó que era un demonio. Volteé con el padre de mi parroquia. Él asintió el trabajo del sacerdote Duró casi una hora. Cuando terminó me sentí exhausto. Me dijo que era normal porque los espíritus malignos robaban toda la energía posible. No supe que pasó. Me quedé dormido sobre el sofá de la sala en la casa del padre. Al despertar encontré al presbítero en la casa me dijo que había dormido durante mucho rato, que todo estaba bien me podía ir a descansar a mi casa cuando quisiera el exorcismo. Había sido un éxito. Salí de la casa del sacerdote con muchas dudas preguntas que jamás pude responder, pero que me hicieron darme cuenta de que existía todo un mundo oscuro que desconocía. Le pedí al padre de mi parroquia que me diera licencia para no llevar la comunión a los enfermos durante un tiempo. Él me dijo que me tomara el tiempo necesario cuando estuviera listo que regresara a dar mi servicio. Aún no he podido regresar a mis actividades de la iglesia. He preferido mantenerme al margen del bien y del mal, porque pude darme cuenta que el estar con personas que se encontraban a punto de morir era mantener un vínculo con la muerte. Relato escrito y adaptado por Adriana Cuevas