Sept. 4, 2025

Las BRUJAS TZITZIMIMEH Historias De Terror - REDE

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REDE (Relatos Desclasificados)
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0:05 Mi abuelo solía repetir que cuando el sol se cubría, no era un espectáculo, sino una advertencia. Decía que en esos minutos la tierra quedaba a oscuras, no solo porque la luna tapara al sol, sino porque las mujeres huesudas bajaban del cielo a buscar carne humana. Lo contaba con seriedad. Advertía que durante un eclipse la gente debía encerrarse, cubrir ventanas y no mirar afuera. porque había ojos en la oscuridad que no pertenecían a los vivos. Pensé que solo eran supersticiones de ancianos. Años después me di cuenta porque lo decía con miedo. El fenómeno estaba anunciado desde semanas antes.

0:48 En la televisión los noticieros mostraban gráficas del recorrido de la sombra, horarios exactos y recomendaciones. Insistían en lo mismo. No mirar al sol directamente, usar lentes especiales, no dejar que los niños se expusieran, no improvisar vidrios ahumados porque podían dañar la vista. En las escuelas mandaron avisos para que los alumnos no asistieran ese día y muchas familias optaron por mantenerse en casa. En mi casa decidimos encerrarnos. Mi madre fue la primera en decirlo. Cerraríamos puertas, bajaríamos cortinas y nos quedaríamos adentro. Los vendedores de la esquina no pusieron sus puestos, los camiones circulaban casi vacíos, y en las calles había un silencio raro para ser media mañana.

1:37 No era un día festivo, pero parecía como si todos lo hubieran tomado como tal. A las once comenzaron los cambios. El sol seguía arriba, pero la luz no era la misma. Poco a poco perdió fuerza. Las sombras se alargaban con formas torcidas. Las gallinas del vecino se metieron al corral sin hacer ruido, como si hubiera caído la noche. Los perros que solían ladrar a todo se echaron en el suelo gimiendo bajo. El mío se metió debajo de la mesa y no quiso salir. Ese comportamiento me inquietó porque los animales no entienden de eclipses ni de lentes. Reaccionan a lo que perciben. Recuerdo a una señora que rezaba con un rosario en la mano, repitiendo que esos fenómenos no traían nada bueno. En ese momento pensé en lo que decía mi abuelo. No hablaba de ciencia ni de riesgos para la vista. Su advertencia era más antigua y directa.

2:35 Decía que durante esos minutos de oscuridad bajaban los demonios estelares que los mexicas temían, mujeres esqueléticas llamadas Tsitsimimé. Según él, esas figuras descendían a devorar a los humanos y anunciar el fin del mundo si el sol no lograba vencerlas. Mi abuelo no inventaba esas historias. Insistía en que estaban registradas en códices antiguos y que los sacerdotes mexicas las relataban con la misma seriedad con la que se hablaba de guerras o rituales. Explicaba que los eclipses eran los momentos más temidos porque creían que las Tzitzimimé podían aprovechar la oscuridad para descender. Recuerdo que una vez, cuando yo era niño, me llevó al mercado de Sonora. En uno de los puestos vendían copias de láminas de códices prehispánicos.

3:25 En una de ellas aparecían figuras descarnadas con garras, cráneos como rostros y ojos en los codos y las rodillas. Mi abuelo señaló la lámina y me dijo que esas eran las tsitsimime, que los antiguos no dibujaban por gusto, sino porque habían visto lo que nosotros no queríamos aceptar. decía también que no eran simples espíritus las describía como mujeres huesudas de tamaño humano pero con deformidades que las hacían parecer monstruos sus cuerpos estaban cubiertos de cráneos humanos y su piel era como hueso descubierto no caminaban como personas sino como seres que podían doblar articulaciones en direcciones imposibles gracias a esos ojos brillantes que tenían en las coyunturas.

4:14 Cada ojo era una forma de vigilar desde todos los ángulos, para que nadie escapara de su mirada. Contaba que según los mexicas, el eclipse representaba la lucha constante del sol contra la oscuridad. Si el sol lograba volver a brillar, significaba que había vencido una vez más y que la humanidad tenía asegurado otro ciclo de vida. Pero si el sol perdía y las Tsitsimimé ganaban, entonces el cielo se llenaría de esas mujeres esqueléticas y la tierra caería en el caos. Por eso los mexicas golpeaban tambores. lanzaban flechas al aire y gritaban durante los eclipses para ayudar al sol en la batalla. Esa costumbre sobrevivió en algunos pueblos.

4:58 La gente hacía ruido para espantar a las figuras que podían descender en esos minutos. En las reuniones familiares mi abuelo repetía estas historias, y aunque muchos lo escuchaban con respeto, otros lo tomaban como un anciano supersticioso. Yo mismo pensaba que eran cuentos para pasar el rato. Decía que los mechicas sabían que el universo era frágil y que los eclipses eran puertas abiertas por donde podían entrar seres que no pertenecían a este mundo. Para ellos, cada eclipse ponía al mundo al borde del final. Esa idea me parecía exagerada en la infancia, pero mientras observaba cómo la luz se apagaba a plena mañana, comprendía por qué un pueblo entero podía sentir ese terror el eclipse pasó como lo habían anunciado en los noticieros a las 11 con algo la sombra de la luna cubrió el sol por completo y la oscuridad cayó de repente Afuera se escucharon algunos gritos de emoción de vecinos que no hicieron caso a las advertencias y salieron con lentes a mirar el fenómeno. En mi casa permanecimos encerrados, con las cortinas cerradas y la televisión encendida para distraernos. Los minutos de oscuridad se sintieron largos, pero finalmente la luz volvió. La claridad regresó de golpe, como si nada hubiera ocurrido. Muchos respiraron aliviados. Incluso mi madre comentó que había sido una exageración de mi abuelo.

6:27 Lo único extraño fue lo del perro. Desde antes del eclipse había estado inquieto, se escondía debajo de la mesa y no quería salir aunque lo llamáramos. Cuando el sol desapareció por completo, empezó a temblar con fuerza. Los ojos se le pusieron en blanco y cayó de costado. Pataleaba sin control. Pensamos que se iba a recuperar, pero en cuestión de minutos dejó de moverse. Murió ahí mismo, frente a todos. Nos quedamos asustados, sin saber qué hacer. Mi madre lo cubrió con una cobija y lo dejó en el patio para enterrarlo más tarde. Nadie quiso hablar demasiado del tema. Tratamos de convencernos de que fue una coincidencia, que quizá tenía alguna enfermedad que nunca notamos. El resto del día transcurrió en calma. Los comercios abrieron de nuevo, los camiones pasaron con más pasajeros y en las calles volvió el ruido de siempre. En la televisión repitieron imágenes del eclipse desde distintos estados, la gente celebrando, científicos hablando de lo impresionante que era el alineamiento de los astros.

7:33 Todo parecía motivo de fiesta para muchos. La muerte del perro nos dejó un mal presentimiento. Yo recordaba las palabras de mi abuelo, esa advertencia de que el eclipse no era un espectáculo, sino una señal de peligro. Me negaba a darle la razón. Pero la imagen del animal convulsionando justo en esos minutos no se me quitaba de la mente. Desde temprano, mi madre bajó todas las cortinas otra vez, aunque ya no había eclipse. Cerró las puertas con seguro y nos pidió que no abriéramos aunque escucháramos ruidos afuera. decía que era mejor ser precavidos yo estaba en la sala intentando distraerme con el celular esa misma tarde enterramos al perro en el patio el que había muerto durante el eclipse mi madre lo hizo con cuidado envolviéndolo en una manta y colocándole una cruz improvisada con dos varillas Por la noche, la mayoría de las luces estaban apagadas como si todos se hubieran encerrado igual que nosotros. El silencio era tan marcado que alcanzábamos a escuchar hasta los pasos de la gente que caminaba por la calle. Mi hermano menor dijo que escuchaba un murmullo afuera como voces lejanas.

8:47 Apagamos la televisión y nos quedamos atentos. Tardamos en distinguirlo, pero era cierto. un murmullo extraño llegaba desde la calle eran mujeres que hablaban entre ellas ya era muy noche como para que hubiera algún grupo de mujeres fuera nos acercamos a la ventana de la sala pero mi madre nos detuvo insistió en que no la abriéramos Corrí hacia la habitación de arriba, abrí apenas un espacio de la cortina y miré a la calle. Al principio no vi nada, solo el pavimento iluminado por los faroles. Después me di cuenta de que las lámparas parecían más débiles, como si la luz estuviera perdiendo fuerza. Vi sombras que se movían lentamente por la calle, de un poste a otro. No caminaban erguidas, sino encorvadas, arrastrando los brazos largos que se golpeaban contra el suelo. El murmullo provenía de ellas. Sus voces se mezclaban como si fueran muchas mujeres hablando al mismo tiempo. Me alejé de la ventana asustado. No eran vecinas ni mujeres de la colonia. Eran figuras huesudas con movimientos desarticulados que parecían recorrer las calles como buscando casas abiertas.

10:00 Bajé corriendo a avisar a los demás, pero no hizo falta. Ellos también escuchaban el murmullo que se acercaba cada vez más. Mi madre nos obligó a apagar todas las luces. Nos pidió quedarnos quietos y no hacer ruido. Los pasos arrastrados ya se escuchaban frente a nuestra puerta. Nos quedamos en silencio, todos juntos en la sala, escuchando cómo las voces seguían afuera. El sonido se iba acercando y alejando. como si caminaran de un extremo a otro de la calle, arrastrando los pies. Mi hermano empezó a llorar bajo, tratando de cubrirse la boca para que no lo escucharan. Mi madre lo abrazó fuerte y le susurró que no debía hacer ruido. Yo seguía con la espalda contra la pared, mirando hacia la ventana cerrada, convencido de que en cualquier momento alguien iba a golpear los vidrios. El perro que nos quedaba, uno pequeño que solía ladrar a todo, estaba escondido detrás del sillón.

10:57 No se movía, ni siquiera levantaba la cabeza. Solo lo escuchábamos gemir, como si supiera exactamente qué había afuera. Eso me heló más que las voces. De pronto, escuchamos que una de las cortinas del vecino se movió. Un rechinido claro de los rieles de metal. Alguien había asomado la ventana para mirar. Las voces se detuvieron de golpe. La calle quedó en silencio y luego se escuchó un chillido corto, humano, que terminó abruptamente, como si lo hubieran sofocado de inmediato. Después, nada. Mi madre apretó los ojos y murmuró que por eso mi abuelo siempre advertía que no debíamos mirar. no quise preguntarle qué pensaba que había pasado el murmullo regresó esta vez más bajo como si se hubieran alejado unos metros pero a ratos los escuchábamos muy cerca justo en la banqueta frente a nuestra casa Era imposible saber cuántas eran.

11:58 Podían ser tres o veinte. Sus pasos no eran normales. Arrastraban el cuerpo como si las rodillas se doblaran al revés. En algunos momentos escuchábamos los nudillos chocando contra el suelo, hueso contra pavimento. Intentamos refugiarnos en la parte trasera de la casa, pero mi madre dijo que lo peor que podíamos hacer era movernos. que si notaban movimiento podían entrar, así que permanecimos sentados en el suelo, con la luz apagada, respirando lo más despacio que podíamos. En algún momento sentí la tentación de mirar otra vez por la ventana, pero me contuve. Me quedé con la mirada en la puerta, imaginando lo que pasaría si esa cosa empujaba o golpeaba.

12:45 Cerca de la medianoche, escuchamos un golpe en la lámina de un portón, seguido de un arrastre metálico. No era en nuestra casa, sino en la esquina. Luego se escuchó otro grito, esta vez más largo, acompañado por un lamento que se apagó poco a poco. Después, el mismo silencio. Todo el barrio estaba encerrado, nadie salía. Mi hermano ya estaba dormido de puro cansancio, abrazado a mi madre. Yo me mantenía despierto, sin atreverme a cerrar los ojos. A ratos escuchaba como si alguien respirara justo detrás de la puerta. Una respiración pesada, irregular, pero nunca golpearon ni intentaron entrar.

13:26 Alrededor de las 3 de la mañana, las voces comenzaron a alejarse. El murmullo se hizo cada vez más tenue, hasta que ya no lo escuchamos. Luego los perros del barrio comenzaron a ladrar de nuevo. El nuestro salió por fin de su escondite y se echó cerca de nosotros, todavía inquieto pero más tranquilo. No dormimos esa noche. Nos quedamos ahí, esperando a que amaneciera. Cuando comenzó a amanecer, mi madre abrió un poco las cortinas. La calle estaba vacía, pero había señales de lo ocurrido. Manchas oscuras en la banqueta del vecino, como tierra mezclada con sangre, y la cortina de su ventana colgando rota hacia afuera. Nadie abrió esa casa durante la mañana. Yo recordé lo que mi abuelo decía de las tsitsimimé, que durante el eclipse descendían. Por la noche posterior podían caminar por la tierra, buscando carne que todavía no habían encontrado. No me quedaba duda de que eso era lo que había pasado. Todo el día siguiente en la colonia la gente evitó hablar del tema.

14:33 Algunos fingieron que no había ocurrido nada. Era como si todos supieran y prefirieran callarlo. En mi casa, mi madre solo repitió que no saldríamos esa noche tampoco, que íbamos a seguir las advertencias de mi abuelo al pie de la letra. Yo acepté sin discutir. La noche anterior nos había demostrado que esas no eran supersticiones. La segunda noche llegó más rápido de lo que esperábamos. El día lo pasamos encerrados, apenas saliendo a la tienda de la esquina para comprar agua y pan. El ambiente en la colonia estaba igual que el nuestro, la mayoría de las casas con las puertas cerradas y las ventanas cubiertas. Nadie hacía ruido.

15:16 Cuando el sol se metió, mi madre bajó todas las cortinas y apagó las luces de la sala. Puso velas en la cocina con los vidrios tapados para que no se notara la flama. Nos pidió quedarnos juntos y no hace ruido. Yo no dejaba de pensar en el vecino que gritó y nunca volvió a asomarse. A eso de las diez empezaron los ruidos. Al principio eran pasos lejanos, arrastrados en la calle principal. El mismo murmullo de voces femeninas llegó poco a poco, como un rezo interminable que se mezclaba con el viento. El perro se escondió de inmediato debajo de la mesa, gimiendo igual que la noche anterior. Yo tenía las manos sudorosas, apretando la linterna que mi madre me había dado aunque no estaba encendida. Los pasos se acercaron más pronto que la vez pasada. Se escuchaban pocos sobre la banqueta, y en cuestión de minutos estaban justo frente a nuestra casa. El murmullo se volvió más claro, como si varias bocas hablaran al mismo tiempo. y luego comenzaron golpes leves en la reja del patio. Primero un golpe, luego otro más fuerte, después un repiqueteo continuo como de dedos largos raspando el metal. Mi madre nos hizo una seña con la mano para que no nos moviéramos. Nunca había sentido un miedo así. De pronto los golpes dejaron la reja y pasaron a la pared. Escuchamos como algo rascaba el cemento lentamente como si buscara una entrada. La vibración del raspón atravesaba el cuarto. El perro salió corriendo

16:48 de su escondite y empezó a ladrar con desesperación hacia la puerta trasera. Apenas ladró, el murmullo se detuvo y se escuchó un golpe seco en la lámina de la puerta que lo hizo callar de inmediato. El animal corrió de vuelta bajo la mesa, llorando. Sentí que todo mi cuerpo se helaba. Nos quedamos en silencio. Afuera, las pisadas se multiplicaron. Ya no eran dos ni tres, eran varias. Podíamos escuchar cómo caminaban alrededor de la casa, arrastrando los pies sobre la tierra y raspando las uñas o huesos en las paredes. El sonido se movía de un lado a otro, de la puerta principal a la trasera, como si estuvieran rodeándonos. En un momento el murmullo entró al patio.

17:32 Era distinto al de la calle, más fuerte, como si estuvieran justo frente a la ventana cubierta. No necesitábamos mirar para saber que estaban ahí. Mi madre comenzó a rezar casi sin mover los labios. Mi hermano temblaba acurrucado junto a mí. Yo me obligaba a no levantar la cortina. Entonces se escuchó el crujido del techo, como si algo hubiera trepado y caminara encima de nosotros. Los pasos eran lentos, pesados, y cada vez que se movían, las láminas tronaban. Las voces ahora venían desde arriba, ese murmullo de mujeres que hablaban sin descanso. Todos nos abrazamos en la sala, mirando hacia el techo como si pudiéramos verlas a través de él.

18:16 Sentí que la casa entera estaba a punto de ser aplastada. En ese instante, un golpe sacudió la ventana de la cocina. El vidrio vibró con fuerza, y luego otro golpe más fuerte la hizo temblar como si fuera a quebrarse. No nos movimos. Mi madre nos ordenó quedarnos quietos, aunque los golpes continuaban, cada vez más violentos. La ventana retumbaba y el techo crujía. Yo juraba que, en cualquier momento, todo iba a venirse abajo. Los minutos se hicieron interminables. Afuera los pasos seguían, ahora mezclados con un chillido extraño que parecía salir de varias gargantas a la vez. No era un grito humano, era algo más agudo, prolongado, que se metía directo en los oídos. Tapé los míos con las manos, pero seguía escuchándolo. luego todo se calmó el perro volvió a llorar esta vez sin salir de su escondite permanecimos quietos así pasamos lo que restaba de la madrugada con miedo de que en cualquier momento volvieran a golpear de que una mano se metiera por la ventana o que el techo se desplomara con ellas encima Pero no ocurrió.

19:29 Aguantamos despiertos hasta que el sol salió y muchos vecinos se escuchaban hablando de lo que había pasado. Parecía que a todos nos había pasado algo. Esa mañana supimos que no éramos los únicos. varias casas tenían marcas de rasguños en las paredes y portones abollados como si hubieran sido empujados por algo enorme nadie se explicaba lo que había pasado el sol salió y con la claridad la tensión se fue aflojando poco a poco abrimos la puerta con cuidado como si temíamos encontrar a alguien parado afuera La calle estaba vacía, pero las marcas eran evidentes. En la banqueta había huellas alargadas, como si manos y pies se hubieran arrastrado juntos sobre el pavimento. En los muros se notaban rasguños profundos, y en las rejas de varias casas habían quedado torcidas algunas varillas, como si hubieran intentado doblarlas.

20:26 Mi madre nos pidió recoger las pocas cosas que habíamos dejado tiradas y nos dijo que no hablaríamos más del tema. Insistió en que lo mejor era no darles nombre, no repetir lo que habíamos visto ni lo que escuchamos. Decía que de esas cosas se alimentaban, de la gente que las recordaba demasiado. La noche siguiente llegó. y aunque el miedo estaba fresco no se repitió nada no hubo pasos arrastrados ni murmuros en la calle ni golpes en las paredes los perros del barrio ladraron como siempre y hasta los gallos cantaron de madrugada la calma regresó tan rápido que resultaba difícil creer lo que habíamos vivido las dos noches anteriores con el paso de los días la gente volvió a su rutina el tema del eclipse quedó atrás mencionado solo como un recuerdo curioso en los noticieros, con imágenes de familias felices mirando al cielo con lentes oscuros.

21:24 Nadie hablaba de lo otro. Yo tampoco lo hice. Guardé para mí lo que había visto desde la ventana, aquellas figuras encorvadas y huesudas moviéndose entre las sombras. Preferí creer que quizá fue una alucinación provocada por el miedo, que el grito del vecino pudo haber sido otra cosa. y que las marcas en los muros podían explicarse de alguna manera, pero en el fondo sabía que no era así. Unos meses después, encontré en un cajón viejo las láminas que mi abuelo había comprado en el mercado de Sonora. Las observé con atención. Allí estaban, las mismas figuras que había visto en la calle, mujeres huesudas, con garras y cráneos, ojos en las coyunturas, vigilando desde todos los ángulos. Comprendí que mi abuelo nunca exageraba, no inventaba.