Nov. 25, 2025

Las Brujas Que Atacaron Nuestra Base En La Sierra - Historias De Terror - REDE

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REDE (Relatos Desclasificados)
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0:05 Recuerdo que me mandaron a una base en la sierra. Era una base pequeña, con el espacio justo para vivir y trabajar ahí. Éramos pocos soldados, un comandante, el cocinero y un enfermero. Todo lo que teníamos estaba dentro de esa reja. Dormitorios, comedor, una torre sencilla para vigilar, la bodega de armas y el generador. Afuera, puro cerro y un camino largo. casi no pasaba gente por el lugar solo uno que otro poblador de por ahí cerca que llegaba a vender comida o a preguntar algo los días se parecían mucho entre sí hacíamos guardias rondines pegados a la barda limpieza de armas revisiones de vehículos y las mismas comidas de siempre cuando tocaba descanso uno se tiraba en la litera y cerraba los ojos un rato Aún con la rutina, era imposible no darse cuenta de lo aislado que estaba todo. Si veías hacia afuera, no había casas ni postes, solo la línea de los cerros alrededor de la base. Con el tiempo, empecé a poner atención a lo que contaban los pocos civiles que llegaban. Nunca faltaba el que se quedaba un poco más a platicar con el comandante o con cualquiera que estuviera cerca. En esas pláticas, algunos repetían lo mismo. que en los cerros de atrás de la base se juntaban mujeres en la noche, encendían fuego y trabajaban con cosas malas. Decían que eran brujas y contaban que se oían risas en la madrugada,

1:37 que a veces encontraban animales abiertos cerca de los arroyos y que desde lejos se veían fogatas en lo alto. Al principio escuché eso como historias de monte, pero empecé a notar que lo decían personas distintas, en días diferentes y siempre con los mismos detalles. Mujeres en el cerro, fuego, risas y animales muertos. Eso ya no sonaba solo a cuento. Una noche me tocó guardia en el patio cerca de la torre. Todo estaba tranquilo. Se escuchaba el ruido del generador y de vez en cuando algún comentario de los que estaban despiertos en el dormitorio. De pronto, desde la parte de los cerros se escuchó una risa. No vino del camino ni de la entrada, vino desde arriba. Era una risa aguda y alargada que duró más de lo normal.

2:28 Se cortó y volvió a sonar. Después se unieron otras, como si fueran varias mujeres riéndose al mismo tiempo. Me quedé quieto escuchando. Llamé a uno de mis compañeros que estaba cerca. Cuando llegó, todavía alcanzó a oír una de esas risas. Los dos miramos hacia la línea oscura del cerro. Desde donde estábamos no se veía ninguna luz ni movimiento, pero las voces eran claras. Sonaron varias veces más, con pausas, y luego se detuvieron. Esa guardia terminó sin reportes de vehículos ni personas en el camino, pero ya sabíamos que allá arriba alguien estaba haciendo algo. Al día siguiente salimos a revisar el perímetro. Dábamos la vuelta pegados a la barda, viendo el alambrado, los postes y la franja de tierra justo afuera. En una parte encontramos restos de animales tirados junto a la base. Eran cuerpos de aves y alguna cabra abiertos, con la carne expuesta y la sangre seca pegada a la tierra. No estaban aventados a lo loco, estaban colocados juntos, y alrededor tenían piedras acomodadas, formando una figura sencilla. Se veía claro que alguien se tomó el tiempo de ponerlos así, pegados a nuestra barda. Avisamos al comandante, mandó limpiar y que se quemara todo lejos de ahí.

3:53 Nos comentó que de seguro alguna gente loca andaba haciendo tonterías por los alrededores, pero todos lo sentimos distinto. A partir de ese día, cada guardia se sentía más pesada. Uno empezaba a escuchar mejor lo que pasaba afuera, no solo por cumplir, sino por cuidar la espalda. No tardaron en aparecer otras cosas. En otro rondín, en la parte de atrás de la base, vimos varias bolsas tiradas junto a los postes. Estaban anudadas y las abrimos. Adentro había tierra, mechones de cabello revueltos y pedazos de tela con manchas de sangre de animal. No era basura normal, eran cosas preparadas y dejadas justo ahí. donde sabían que íbamos a encontrar todo en la revisión, en otras zonas de la barda empezaron a aparecer figuras hechas con ramas, estaban amarradas con trapos y clavadas en la tierra, pegadas al alambrado, tenían forma de cuerpo delgado con brazos, no parecían juguetes de niños ni adornos, alguien las estaba poniendo a propósito, Las quitábamos y las quemábamos, pero al siguiente día encontrábamos otras nuevas, un poco más cerca de los dormitorios, como si fueran avanzando hacia donde dormíamos. Para entonces ya nadie se reía de las historias de los rancheros. Las risas en la montaña y los restos de animales ya no eran cosas ajenas. Ahora estaban justo en el borde de la base. Las guardias se hicieron más tensas. Algunos compañeros

5:26 se asomaban dos o tres veces más de lo normal por la misma zona, como si esperaran ver a alguien entre la maleza. Una de esas noches me asignaron la torre. Subí con mi arma, la linterna y el radio. Desde arriba se veía todo el interior de la base y más allá, la silueta de los cerros. La noche cayó rápido, las luces de la estación se encendieron, y el resto del paisaje desapareció en una oscuridad pareja. Me quedé un buen rato viendo hacia el camino, sin novedad. Después, en la parte de atrás, hacia donde se hablaba de las reuniones, empezaron a encenderse puntos de fuego. Al principio vi una luz, luego otra y otra, siempre en el mismo tramo del cerro.

6:13 Saqué los binoculares. Al enfocar, se veían fogatas encendidas en un claro. Alrededor de ellas se movían figuras de mujeres. Se les notaba el cabello suelto, largo, cayendo sobre la espalda. La ropa les llegaba hasta abajo, suelta, sin forma de pantalón ni uniforme. Caminaban alrededor del fuego, se acercaban, levantaban los brazos y luego se alejaban un poco, para volver a dar la vuelta. Con los binoculares aún en la cara, empecé a escuchar las risas y gritos que venían desde ese mismo punto. No era viento, eran voces. Llamé al compañero por radio para que saliera al patio y mirara hacia donde yo apuntaba. Salió, levantó la vista y también alcanzó a ver el fuego y las mujeres alrededor. No hicieron intento de bajar a la base esa noche. Permanecieron ahí, moviéndose en círculo frente a las llamas. Yo me quedé observando hasta que las fogatas empezaron a bajar de intensidad.

7:16 Cuando regresé al piso, ya tenía otra idea de la situación. No eran solo historias sueltas de los pobladores, ni ruidos perdidos en la montaña. Había mujeres reuniéndose en el cerro, siempre en el mismo lugar, justo del lado que daba a nuestra base. Como si nos tuvieran presentes en cada risa y en cada fuego que encendían allá arriba. Esa fue la primera vez que sentí que la estación no solo estaba aislada, sino marcada. Las cosas dejaron de ser solo señales cuando comenzaron los apagones. Hasta ese momento teníamos risas en el cerro. Animales abiertos junto a la barda, bolsas con cabello y figuras de ramas. Todo eso inquietaba, pero seguía siendo algo que veíamos de día, algo que podíamos recoger y quemar. La noche en que la luz falló, entendimos que ya no iban a quedarse afuera. Esa vez ya habíamos cenado. Algunos estaban en las literas, otros platicábamos cerca del comedor. El generador había funcionado normal toda la tarde.

8:22 Lo revisamos como siempre, sin problemas. De pronto, todo se apagó. Se fue la luz del comedor, de los dormitorios y del patio. El ruido del generador se detuvo de golpe. No fue una baja de voltaje ni un parpadeo. Se apagó por completo. Al principio pensamos en una falla mecánica. Eso puede pasar, pero en cuanto quedamos a oscuras se escucharon pasos corriendo afuera, del lado de los dormitorios. No eran pasos lentos, eran carreras cortas, pegadas a la barda. Luego sonaron golpes secos en el metal, como si alguien estuviera dándole con piedras o con algo duro a la reja.

9:02 Entre los golpes se colaron risas agudas, pegadas al cerco, no allá arriba en el cerro, sino a pocos metros de nosotros. Saqué la linterna y la encendí, y la apunté hacia la barda. En el círculo de luz alcancé a ver mujeres corriendo por fuera de la malla. Eran esas brujas con el cabello suelto, largo, brincando sobre la espalda mientras corrían. La ropa les quedaba larga y floja, se movía contra el alambrado. Una de ellas volteó hacia la luz. No alcancé a verles bien la cara, pero tenían la boca abierta en una risa aterradora. La linterna no les importó. siguieron corriendo pegadas al cerco de un lado a otro un segundo después la linterna parpadeó y el generador intentó arrancar solo y se volvió a escuchar su ruido la luz regresó de golpe a los dormitorios y al patio cuando el foco de mi linterna se estabilizó ya no había nadie afuera salimos varios a la barda en la tierra junto al alambrado quedaban huellas descalzas bien marcadas También encontramos restos de velas consumidas, pegadas en el suelo, como si las hubieran dejado prendidas ahí mientras corrían.

10:16 Después de esa noche, las cosas se concentraron más en la base. Un compañero empezó a enfermar, de una forma que no tenía sentido para nosotros. Era un soldado fuerte, acostumbrado a cargar peso y aguantar el clima. De la nada le empezaron a salir moretones en los brazos, en el pecho y en la espalda. No se había caído ni había estado en entrenamientos pesados esos días. El enfermero no le encontró explicación. Los golpes no provenían de un impacto claro. El mismo compañero dejó de dormir bien. Decía que en las madrugadas se despertaba porque sentía que alguien estaba parado en la puerta del dormitorio. Cuando abría los ojos, alcanzaba a ver mujeres quietas en la entrada, mirándolo desde la oscuridad. Cuando se incorporaba para encender la lámpara, ya no veía nada. Una de esas mañanas, al levantarnos, encontramos en el piso, junto a su cama, unos dibujos hechos con sangre. No eran manchas, eran líneas formadas con intención.

11:21 Nadie supo decir qué significaban, pero todos entendimos lo importante. Alguien había entrado mientras dormíamos y se había tomado el tiempo de dibujar ahí dentro. otro soldado amaneció con cortes en el pecho tenía tres marcas largas como rasguños hechos por uñas filosas que se alcanzaban a ver incluso a través de la camiseta rota juraba no haber sentido nada en la noche su cama estaba junto a una ventana y cuando revisamos el marco vimos la madera raspada por fuera con marcas nuevas como si alguien hubiera pasado la mano con fuerza varias veces en la misma zona el cerco tampoco se quedó igual Un día vimos en el alambrado varias bolsas colgadas. No estaban tiradas en el suelo.

12:08 Estaban amarradas directamente al metal, a la altura de la vista. Al abrirlas, encontramos restos de uniforme militar cortado. Había pedazos de tela con parches de nombres. Eran apellidos de soldados de la base, arrancados de prendas viejas o extraviadas. No era ropa cualquiera. Eran nuestros nombres colgados ahí afuera. cerca del generador y de la bodega de armas vimos otra cosa encontramos figuras hechas con uniformes viejos rellenas de tierra y amarradas con cuerda tenían forma de cuerpo con brazos y piernas marcados en el pecho les habían cosido insignias parches y placas sin número completo eran muñecos que llevaban nuestras mismas marcas No había mucho que interpretar, pues sabíamos que quien hubiera puesto eso ahí conocía bien la base, sabía dónde dormíamos y cómo nos llamábamos. Para ese punto ya no se podía hablar de juegos, todo estaba dirigido.

13:12 No era casualidad que el generador fallara justo cuando corrían por fuera de la barda. No era casualidad que los rasguños en la ventana coincidieran con los cortes en el pecho del soldado. Nosotros mismos ya habíamos visto mujeres en el cerro, de noche, alrededor del fuego. Todo se estaba cerrando sobre la base. El jefe decidió que era momento de hablar de frente. Nos juntó a todos en el comedor. Yo me senté en una de las bancas con el plato del desayuno ya frío. El comandante se quedó de pie al frente, apoyado en la mesa, y empezó a mencionar caso por caso. Dijo, claro que no íbamos a quedarnos ahí sentados. esperando a que entraran a los dormitorios a rematar a alguien. Explicó que si ya sabíamos de dónde venían esas mujeres, teníamos que ir directo allá. Recordó las fogatas que habíamos visto desde la torre, en el mismo punto del cerro, una y otra vez. Ahí era donde se juntaban y ahí tenía que ser. Anunció que esa misma noche subiríamos al cerro. No habló de un operativo formal ni de papeles. Solo dijo que era una decisión para proteger la base Algo simple de entender Nos ordenó armar un grupo Nos llevaríamos armas cortas y largas Linternas, radios y garrafones con gasolina Lo dejó claro Era algo que se tenía que hacer y punto Pasamos la tarde

14:44 preparando todo Revisamos las armas Limpiamos los cañones Contamos los cargadores Armamos mochilas ligeras con agua y lo indispensable Cada quien estaba concentrado en su equipo. Yo sentía una mezcla rara de miedo y coraje. Ese era el lugar donde dormía, donde comía y donde pasaba los días. Ya no estaban jugando afuera. Nos habían puesto las cosas en la ventana, en la cama y en la barda con nuestros nombres. Eso ya era personal. Cuando la noche cayó, el grupo ya estaba listo. Nos formamos cerca del portón. Se escuchaba el ruido del generador y poco más. Las luces de la base quedaban detrás de nosotros. El comandante dio unas últimas instrucciones sencillas. Marcó la ruta y señaló la parte del cerro hacia donde habíamos visto las fogatas. Abrieron el portón.

15:39 Salimos en fila con las linternas apagadas al principio, siguiendo la vereda que subía al cerro, rumbo al punto donde tantas veces habíamos visto el fuego. y escuchado las risas que desde abajo ya nos tenían cansados. Subimos en fila por la vereda, con las linternas bajas y el arma bien agarrada. El cerro se veía distinto cuando uno iba hacia adentro, no desde la base. Entre piedras y matorrales teníamos que cuidar cada paso para no resbalar. El comandante iba adelante, marcando el ritmo. Nadie hablaba, solo se escuchaba el crujido de la tierra seca bajo las botas y algún tronco que se quebraba cuando lo pisábamos. El aire era más frío y olía a humedad vieja. Después de un rato empezamos a ver los primeros rastros. En un claro pequeño encontramos restos de fogatas. Había círculos de piedra con ceniza en el centro, plumas quemadas pegadas a las rocas y grasa derretida que se había pegado en manchas oscuras.

16:42 Algunas piedras tenían marcas de hollín hasta arriba, como si ahí hubieran puesto ollas o cosas pesadas sobre el fuego. Se notaba que ese lugar se usaba seguido. No era una fogata aislada de gente perdida. Mientras avanzábamos, el olor cambió. Ya no era solo tierra y humo. Empezó a oler a grasa quemada y un fondo de carne podrida, que en algún momento se descompuso ahí. Era de ese tipo de olor que se mete en la garganta y cuesta trabajo tragar. En el piso, alrededor de los claros, vimos más figuras hechas con ramas y trapos clavadas en la tierra. Algunas estaban enteras, con los brazos abiertos. Otras habían caído o se habían quebrado, pero seguían ahí, marcando la zona.

17:29 El comandante hizo señal de seguir buscando entre las rocas. Nos repartimos en pequeños grupos, sin alejarnos demasiado uno del otro. Fue en ese movimiento cuando vimos la entrada. estaba en una pared de piedra medio tapada con rocas grandes y ramas secas cruzadas no se veía como una cueva natural abierta alguien la había cubierto para que no se notara desde lejos al acercarnos sentimos el aire más frío salir por las rendijas el jefe ordenó quitar todo entre varios movimos las piedras y jalamos las ramas la entrada quedó descubierta lo suficiente para que cupiera una persona agachada El comandante nos indicó quiénes entraríamos primero. Yo quedé en ese grupo.

18:17 Me ajusté el arma al pecho, encendí la linterna y me agaché para pasar. Sentí la roca fría en la mano mientras me apoyaba para avanzar. Adentro, el aire estaba pesado. La luz de la linterna mostró de inmediato las paredes manchadas de hollín. A unos pasos de la entrada, sobre unas piedras planas, acomodadas como repisas, había cráneos. Estaban colocados uno junto a otro, mirando hacia nosotros. Algunos tenían restos de cera pegada encima, como si hubieran puesto velas sobre ellos. No eran dos ni tres, eran varios, suficientes para llenar dos repisas de piedra. Nadie hizo comentarios, solo levantamos más las linternas. En un rincón del suelo, casi pegado a la pared, había un montón de huesos pequeños. Estaban amontonados con manchas de sangre seca. Por el tamaño, se notaba que no eran de animales grandes, eran huesos chicos, de niños o bebés. El enfermero que venía con nosotros no tuvo que decir nada, nos bastó con verlos. En otra parte de la cueva había piedras planas, manchadas de sangre seca.

19:28 La luz avanzó un poco más y vimos los muñecos. Eran figuras de trapo con forma humana, amarradas con cuerdas. Muchos tenían clavos atravesándoles el pecho, la cabeza y las extremidades. Algunos traían pegados trozos de tela de uniforme militar, parches con apellidos que reconocíamos y pedazos de insignias. Habían cosido nuestras propias señas en esos muñecos. En el piso cerca de esos muñecos había bolsas con ropa de bebé. No eran muchas, pero las que había bastaban para entender. Dentro se veía como una especie de altar improvisado. Habían colocado frascos grandes de vidrio llenos de líquidos oscuros. Algunos compañeros se acercaron más a las telas y leyeron los parches.

20:15 Reconocieron nombres de soldados que habían estado en la base antes que nosotros o que habían sufrido accidentes raros. Mientras estábamos concentrados viendo todo eso, movimos las linternas hacia el fondo de la cueva. Fue ahí donde las vimos. Varias mujeres estaban paradas, quietas, observándonos. Estaban de frente, como si nos hubieran estado esperando. Eran flacas, con la piel arrugada y pegada a los huesos. Tenían los ojos muy abiertos, fijos, como si no parpadearan. El cabello les caía largo y sucio sobre los hombros y la espalda. Las manos las dejaban colgadas a los lados, pero se veían las uñas negras, largas y gruesas. En cuanto la luz las alcanzó, empezaron a reírse. Era la misma risa que habíamos escuchado en la base, solo que ahora encerrada en la cueva. El sonido rebotaba en las paredes y se sentía más fuerte.

21:13 No se taparon la cara ni intentaron huir. Se quedaron viéndonos directo, con esa risa metida en la garganta. El comandante dio un paso al frente y les gritó que ya sabíamos lo que habían hecho. Señaló los cráneos, los huesos pequeños y los muñecos con uniformes, y les dijo que hasta ahí habían llegado. Ellas no respondieron con palabras. Una de las mujeres se lanzó sobre el soldado que tenía más cerca, le arañó la cara con una mano y le abrió la piel. La sangre le escurrió de inmediato. Otro compañero recibió el impacto de otra de las mujeres, que se le tiró encima, le rasgó el chaleco y alcanzó a cortarle el pecho con las uñas. El resto del grupo reaccionó. No hubo tiempo de advertencias. Empezaron los golpes con las culatas de los rifles, los empujones y los disparos a corta distancia. Yo sentí el retroceso del arma en las manos, mientras disparaba hacia una de ellas, que intentaba levantarse después de haber caído. Se veía cómo sangraban, cómo se doblaban cuando les golpeábamos las costillas, y cómo caían al suelo y se retorcían. pero seguían riéndose entre dientes hasta que ya no pudieron más. Cuando el último cuerpo quedó inmóvil en el piso, la cueva se sintió más pesada todavía. Nadie se atrevió a acercarse más a ella sin orden. El comandante respiró hondo y dio la instrucción que todos esperábamos. Dijo que quemáramos todo, no solo

22:44 los cuerpos, sino cada cosa que habían usado ahí adentro. Sacamos los garrafones de gasolina y empezamos a derramar el contenido. sobre todo lo que había ahí dentro. El olor a gasolina se mezcló con el olor viejo de la cueva, formando una capa todavía más pesada. Cuando terminamos de empapar todo, uno de los soldados encendió un encendedor y prendió una tela, la arrojó hacia el centro. El fuego se extendió rápido y las llamas iluminaron la cueva de golpe, mostrando por un segundo todo lo que queríamos dejar de ver. El humo subió espeso negro llenando el espacio. El olor se volvió casi insoportable y nos cubrimos la boca con lo que teníamos a la mano y empezamos a salir. Ya afuera, con el fuego todavía activo dentro, empezamos a tapar la entrada.

23:36 La idea era clara desde el principio. Nadie, ni de la base ni de los ranchos, iba a volver a entrar a ese lugar. Esa noche, de regreso en la base, el ambiente fue distinto. No se escucharon risas en el cerro, ni golpes en la barda, ni pasos pegados al alambrado. Dormimos sin interrupciones por primera vez en mucho tiempo. En los días siguientes no aparecieron animales muertos junto a la barda, ni figuras clavadas en la tierra, ni bolsas colgadas con uniformes cortados. La noticia corrió rápido en los ranchos. Decían que los soldados habíamos subido al cerro y terminado con las mujeres. que estaban trabajando con niños y con militares.

24:20 Algunos lo contaban como hazaña, otros como advertencia. Yo solo sabía lo que habían visto mis ojos. Con el tiempo me cambiaron de base, pero esa estación en la sierra se me quedó grabada. A veces, cuando cierro los ojos, recuerdo las noches con risas en la montaña, las bolsas con nuestros nombres en la barda y lo que vimos dentro de esa cueva. Para mí, esa historia terminó el día que sellamos la entrada y quemamos todo. Lo único que quedó fue el recuerdo y la desconfianza hacia los cerros que rodean cualquier base perdida en medio del monte.