Las Brujas Que Atacaron Nuestra Base En La Sierra - Historias De Terror - REDE
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0:05 Recuerdo que me mandaron a una base en la sierra. Era una base pequeña, con el espacio justo para vivir y trabajar ahÃ. Ãramos pocos soldados, un comandante, el cocinero y un enfermero. Todo lo que tenÃamos estaba dentro de esa reja. Dormitorios, comedor, una torre sencilla para vigilar, la bodega de armas y el generador. Afuera, puro cerro y un camino largo. casi no pasaba gente por el lugar solo uno que otro poblador de por ahà cerca que llegaba a vender comida o a preguntar algo los dÃas se parecÃan mucho entre sà hacÃamos guardias rondines pegados a la barda limpieza de armas revisiones de vehÃculos y las mismas comidas de siempre cuando tocaba descanso uno se tiraba en la litera y cerraba los ojos un rato Aún con la rutina, era imposible no darse cuenta de lo aislado que estaba todo. Si veÃas hacia afuera, no habÃa casas ni postes, solo la lÃnea de los cerros alrededor de la base. Con el tiempo, empecé a poner atención a lo que contaban los pocos civiles que llegaban. Nunca faltaba el que se quedaba un poco más a platicar con el comandante o con cualquiera que estuviera cerca. En esas pláticas, algunos repetÃan lo mismo. que en los cerros de atrás de la base se juntaban mujeres en la noche, encendÃan fuego y trabajaban con cosas malas. DecÃan que eran brujas y contaban que se oÃan risas en la madrugada,
1:37 que a veces encontraban animales abiertos cerca de los arroyos y que desde lejos se veÃan fogatas en lo alto. Al principio escuché eso como historias de monte, pero empecé a notar que lo decÃan personas distintas, en dÃas diferentes y siempre con los mismos detalles. Mujeres en el cerro, fuego, risas y animales muertos. Eso ya no sonaba solo a cuento. Una noche me tocó guardia en el patio cerca de la torre. Todo estaba tranquilo. Se escuchaba el ruido del generador y de vez en cuando algún comentario de los que estaban despiertos en el dormitorio. De pronto, desde la parte de los cerros se escuchó una risa. No vino del camino ni de la entrada, vino desde arriba. Era una risa aguda y alargada que duró más de lo normal.
2:28 Se cortó y volvió a sonar. Después se unieron otras, como si fueran varias mujeres riéndose al mismo tiempo. Me quedé quieto escuchando. Llamé a uno de mis compañeros que estaba cerca. Cuando llegó, todavÃa alcanzó a oÃr una de esas risas. Los dos miramos hacia la lÃnea oscura del cerro. Desde donde estábamos no se veÃa ninguna luz ni movimiento, pero las voces eran claras. Sonaron varias veces más, con pausas, y luego se detuvieron. Esa guardia terminó sin reportes de vehÃculos ni personas en el camino, pero ya sabÃamos que allá arriba alguien estaba haciendo algo. Al dÃa siguiente salimos a revisar el perÃmetro. Dábamos la vuelta pegados a la barda, viendo el alambrado, los postes y la franja de tierra justo afuera. En una parte encontramos restos de animales tirados junto a la base. Eran cuerpos de aves y alguna cabra abiertos, con la carne expuesta y la sangre seca pegada a la tierra. No estaban aventados a lo loco, estaban colocados juntos, y alrededor tenÃan piedras acomodadas, formando una figura sencilla. Se veÃa claro que alguien se tomó el tiempo de ponerlos asÃ, pegados a nuestra barda. Avisamos al comandante, mandó limpiar y que se quemara todo lejos de ahÃ.
3:53 Nos comentó que de seguro alguna gente loca andaba haciendo tonterÃas por los alrededores, pero todos lo sentimos distinto. A partir de ese dÃa, cada guardia se sentÃa más pesada. Uno empezaba a escuchar mejor lo que pasaba afuera, no solo por cumplir, sino por cuidar la espalda. No tardaron en aparecer otras cosas. En otro rondÃn, en la parte de atrás de la base, vimos varias bolsas tiradas junto a los postes. Estaban anudadas y las abrimos. Adentro habÃa tierra, mechones de cabello revueltos y pedazos de tela con manchas de sangre de animal. No era basura normal, eran cosas preparadas y dejadas justo ahÃ. donde sabÃan que Ãbamos a encontrar todo en la revisión, en otras zonas de la barda empezaron a aparecer figuras hechas con ramas, estaban amarradas con trapos y clavadas en la tierra, pegadas al alambrado, tenÃan forma de cuerpo delgado con brazos, no parecÃan juguetes de niños ni adornos, alguien las estaba poniendo a propósito, Las quitábamos y las quemábamos, pero al siguiente dÃa encontrábamos otras nuevas, un poco más cerca de los dormitorios, como si fueran avanzando hacia donde dormÃamos. Para entonces ya nadie se reÃa de las historias de los rancheros. Las risas en la montaña y los restos de animales ya no eran cosas ajenas. Ahora estaban justo en el borde de la base. Las guardias se hicieron más tensas. Algunos compañeros
5:26 se asomaban dos o tres veces más de lo normal por la misma zona, como si esperaran ver a alguien entre la maleza. Una de esas noches me asignaron la torre. Subà con mi arma, la linterna y el radio. Desde arriba se veÃa todo el interior de la base y más allá, la silueta de los cerros. La noche cayó rápido, las luces de la estación se encendieron, y el resto del paisaje desapareció en una oscuridad pareja. Me quedé un buen rato viendo hacia el camino, sin novedad. Después, en la parte de atrás, hacia donde se hablaba de las reuniones, empezaron a encenderse puntos de fuego. Al principio vi una luz, luego otra y otra, siempre en el mismo tramo del cerro.
6:13 Saqué los binoculares. Al enfocar, se veÃan fogatas encendidas en un claro. Alrededor de ellas se movÃan figuras de mujeres. Se les notaba el cabello suelto, largo, cayendo sobre la espalda. La ropa les llegaba hasta abajo, suelta, sin forma de pantalón ni uniforme. Caminaban alrededor del fuego, se acercaban, levantaban los brazos y luego se alejaban un poco, para volver a dar la vuelta. Con los binoculares aún en la cara, empecé a escuchar las risas y gritos que venÃan desde ese mismo punto. No era viento, eran voces. Llamé al compañero por radio para que saliera al patio y mirara hacia donde yo apuntaba. Salió, levantó la vista y también alcanzó a ver el fuego y las mujeres alrededor. No hicieron intento de bajar a la base esa noche. Permanecieron ahÃ, moviéndose en cÃrculo frente a las llamas. Yo me quedé observando hasta que las fogatas empezaron a bajar de intensidad.
7:16 Cuando regresé al piso, ya tenÃa otra idea de la situación. No eran solo historias sueltas de los pobladores, ni ruidos perdidos en la montaña. HabÃa mujeres reuniéndose en el cerro, siempre en el mismo lugar, justo del lado que daba a nuestra base. Como si nos tuvieran presentes en cada risa y en cada fuego que encendÃan allá arriba. Esa fue la primera vez que sentà que la estación no solo estaba aislada, sino marcada. Las cosas dejaron de ser solo señales cuando comenzaron los apagones. Hasta ese momento tenÃamos risas en el cerro. Animales abiertos junto a la barda, bolsas con cabello y figuras de ramas. Todo eso inquietaba, pero seguÃa siendo algo que veÃamos de dÃa, algo que podÃamos recoger y quemar. La noche en que la luz falló, entendimos que ya no iban a quedarse afuera. Esa vez ya habÃamos cenado. Algunos estaban en las literas, otros platicábamos cerca del comedor. El generador habÃa funcionado normal toda la tarde.
8:22 Lo revisamos como siempre, sin problemas. De pronto, todo se apagó. Se fue la luz del comedor, de los dormitorios y del patio. El ruido del generador se detuvo de golpe. No fue una baja de voltaje ni un parpadeo. Se apagó por completo. Al principio pensamos en una falla mecánica. Eso puede pasar, pero en cuanto quedamos a oscuras se escucharon pasos corriendo afuera, del lado de los dormitorios. No eran pasos lentos, eran carreras cortas, pegadas a la barda. Luego sonaron golpes secos en el metal, como si alguien estuviera dándole con piedras o con algo duro a la reja.
9:02 Entre los golpes se colaron risas agudas, pegadas al cerco, no allá arriba en el cerro, sino a pocos metros de nosotros. Saqué la linterna y la encendÃ, y la apunté hacia la barda. En el cÃrculo de luz alcancé a ver mujeres corriendo por fuera de la malla. Eran esas brujas con el cabello suelto, largo, brincando sobre la espalda mientras corrÃan. La ropa les quedaba larga y floja, se movÃa contra el alambrado. Una de ellas volteó hacia la luz. No alcancé a verles bien la cara, pero tenÃan la boca abierta en una risa aterradora. La linterna no les importó. siguieron corriendo pegadas al cerco de un lado a otro un segundo después la linterna parpadeó y el generador intentó arrancar solo y se volvió a escuchar su ruido la luz regresó de golpe a los dormitorios y al patio cuando el foco de mi linterna se estabilizó ya no habÃa nadie afuera salimos varios a la barda en la tierra junto al alambrado quedaban huellas descalzas bien marcadas También encontramos restos de velas consumidas, pegadas en el suelo, como si las hubieran dejado prendidas ahà mientras corrÃan.
10:16 Después de esa noche, las cosas se concentraron más en la base. Un compañero empezó a enfermar, de una forma que no tenÃa sentido para nosotros. Era un soldado fuerte, acostumbrado a cargar peso y aguantar el clima. De la nada le empezaron a salir moretones en los brazos, en el pecho y en la espalda. No se habÃa caÃdo ni habÃa estado en entrenamientos pesados esos dÃas. El enfermero no le encontró explicación. Los golpes no provenÃan de un impacto claro. El mismo compañero dejó de dormir bien. DecÃa que en las madrugadas se despertaba porque sentÃa que alguien estaba parado en la puerta del dormitorio. Cuando abrÃa los ojos, alcanzaba a ver mujeres quietas en la entrada, mirándolo desde la oscuridad. Cuando se incorporaba para encender la lámpara, ya no veÃa nada. Una de esas mañanas, al levantarnos, encontramos en el piso, junto a su cama, unos dibujos hechos con sangre. No eran manchas, eran lÃneas formadas con intención.
11:21 Nadie supo decir qué significaban, pero todos entendimos lo importante. Alguien habÃa entrado mientras dormÃamos y se habÃa tomado el tiempo de dibujar ahà dentro. otro soldado amaneció con cortes en el pecho tenÃa tres marcas largas como rasguños hechos por uñas filosas que se alcanzaban a ver incluso a través de la camiseta rota juraba no haber sentido nada en la noche su cama estaba junto a una ventana y cuando revisamos el marco vimos la madera raspada por fuera con marcas nuevas como si alguien hubiera pasado la mano con fuerza varias veces en la misma zona el cerco tampoco se quedó igual Un dÃa vimos en el alambrado varias bolsas colgadas. No estaban tiradas en el suelo.
12:08 Estaban amarradas directamente al metal, a la altura de la vista. Al abrirlas, encontramos restos de uniforme militar cortado. HabÃa pedazos de tela con parches de nombres. Eran apellidos de soldados de la base, arrancados de prendas viejas o extraviadas. No era ropa cualquiera. Eran nuestros nombres colgados ahà afuera. cerca del generador y de la bodega de armas vimos otra cosa encontramos figuras hechas con uniformes viejos rellenas de tierra y amarradas con cuerda tenÃan forma de cuerpo con brazos y piernas marcados en el pecho les habÃan cosido insignias parches y placas sin número completo eran muñecos que llevaban nuestras mismas marcas No habÃa mucho que interpretar, pues sabÃamos que quien hubiera puesto eso ahà conocÃa bien la base, sabÃa dónde dormÃamos y cómo nos llamábamos. Para ese punto ya no se podÃa hablar de juegos, todo estaba dirigido.
13:12 No era casualidad que el generador fallara justo cuando corrÃan por fuera de la barda. No era casualidad que los rasguños en la ventana coincidieran con los cortes en el pecho del soldado. Nosotros mismos ya habÃamos visto mujeres en el cerro, de noche, alrededor del fuego. Todo se estaba cerrando sobre la base. El jefe decidió que era momento de hablar de frente. Nos juntó a todos en el comedor. Yo me senté en una de las bancas con el plato del desayuno ya frÃo. El comandante se quedó de pie al frente, apoyado en la mesa, y empezó a mencionar caso por caso. Dijo, claro que no Ãbamos a quedarnos ahà sentados. esperando a que entraran a los dormitorios a rematar a alguien. Explicó que si ya sabÃamos de dónde venÃan esas mujeres, tenÃamos que ir directo allá. Recordó las fogatas que habÃamos visto desde la torre, en el mismo punto del cerro, una y otra vez. Ahà era donde se juntaban y ahà tenÃa que ser. Anunció que esa misma noche subirÃamos al cerro. No habló de un operativo formal ni de papeles. Solo dijo que era una decisión para proteger la base Algo simple de entender Nos ordenó armar un grupo Nos llevarÃamos armas cortas y largas Linternas, radios y garrafones con gasolina Lo dejó claro Era algo que se tenÃa que hacer y punto Pasamos la tarde
14:44 preparando todo Revisamos las armas Limpiamos los cañones Contamos los cargadores Armamos mochilas ligeras con agua y lo indispensable Cada quien estaba concentrado en su equipo. Yo sentÃa una mezcla rara de miedo y coraje. Ese era el lugar donde dormÃa, donde comÃa y donde pasaba los dÃas. Ya no estaban jugando afuera. Nos habÃan puesto las cosas en la ventana, en la cama y en la barda con nuestros nombres. Eso ya era personal. Cuando la noche cayó, el grupo ya estaba listo. Nos formamos cerca del portón. Se escuchaba el ruido del generador y poco más. Las luces de la base quedaban detrás de nosotros. El comandante dio unas últimas instrucciones sencillas. Marcó la ruta y señaló la parte del cerro hacia donde habÃamos visto las fogatas. Abrieron el portón.
15:39 Salimos en fila con las linternas apagadas al principio, siguiendo la vereda que subÃa al cerro, rumbo al punto donde tantas veces habÃamos visto el fuego. y escuchado las risas que desde abajo ya nos tenÃan cansados. Subimos en fila por la vereda, con las linternas bajas y el arma bien agarrada. El cerro se veÃa distinto cuando uno iba hacia adentro, no desde la base. Entre piedras y matorrales tenÃamos que cuidar cada paso para no resbalar. El comandante iba adelante, marcando el ritmo. Nadie hablaba, solo se escuchaba el crujido de la tierra seca bajo las botas y algún tronco que se quebraba cuando lo pisábamos. El aire era más frÃo y olÃa a humedad vieja. Después de un rato empezamos a ver los primeros rastros. En un claro pequeño encontramos restos de fogatas. HabÃa cÃrculos de piedra con ceniza en el centro, plumas quemadas pegadas a las rocas y grasa derretida que se habÃa pegado en manchas oscuras.
16:42 Algunas piedras tenÃan marcas de hollÃn hasta arriba, como si ahà hubieran puesto ollas o cosas pesadas sobre el fuego. Se notaba que ese lugar se usaba seguido. No era una fogata aislada de gente perdida. Mientras avanzábamos, el olor cambió. Ya no era solo tierra y humo. Empezó a oler a grasa quemada y un fondo de carne podrida, que en algún momento se descompuso ahÃ. Era de ese tipo de olor que se mete en la garganta y cuesta trabajo tragar. En el piso, alrededor de los claros, vimos más figuras hechas con ramas y trapos clavadas en la tierra. Algunas estaban enteras, con los brazos abiertos. Otras habÃan caÃdo o se habÃan quebrado, pero seguÃan ahÃ, marcando la zona.
17:29 El comandante hizo señal de seguir buscando entre las rocas. Nos repartimos en pequeños grupos, sin alejarnos demasiado uno del otro. Fue en ese movimiento cuando vimos la entrada. estaba en una pared de piedra medio tapada con rocas grandes y ramas secas cruzadas no se veÃa como una cueva natural abierta alguien la habÃa cubierto para que no se notara desde lejos al acercarnos sentimos el aire más frÃo salir por las rendijas el jefe ordenó quitar todo entre varios movimos las piedras y jalamos las ramas la entrada quedó descubierta lo suficiente para que cupiera una persona agachada El comandante nos indicó quiénes entrarÃamos primero. Yo quedé en ese grupo.
18:17 Me ajusté el arma al pecho, encendà la linterna y me agaché para pasar. Sentà la roca frÃa en la mano mientras me apoyaba para avanzar. Adentro, el aire estaba pesado. La luz de la linterna mostró de inmediato las paredes manchadas de hollÃn. A unos pasos de la entrada, sobre unas piedras planas, acomodadas como repisas, habÃa cráneos. Estaban colocados uno junto a otro, mirando hacia nosotros. Algunos tenÃan restos de cera pegada encima, como si hubieran puesto velas sobre ellos. No eran dos ni tres, eran varios, suficientes para llenar dos repisas de piedra. Nadie hizo comentarios, solo levantamos más las linternas. En un rincón del suelo, casi pegado a la pared, habÃa un montón de huesos pequeños. Estaban amontonados con manchas de sangre seca. Por el tamaño, se notaba que no eran de animales grandes, eran huesos chicos, de niños o bebés. El enfermero que venÃa con nosotros no tuvo que decir nada, nos bastó con verlos. En otra parte de la cueva habÃa piedras planas, manchadas de sangre seca.
19:28 La luz avanzó un poco más y vimos los muñecos. Eran figuras de trapo con forma humana, amarradas con cuerdas. Muchos tenÃan clavos atravesándoles el pecho, la cabeza y las extremidades. Algunos traÃan pegados trozos de tela de uniforme militar, parches con apellidos que reconocÃamos y pedazos de insignias. HabÃan cosido nuestras propias señas en esos muñecos. En el piso cerca de esos muñecos habÃa bolsas con ropa de bebé. No eran muchas, pero las que habÃa bastaban para entender. Dentro se veÃa como una especie de altar improvisado. HabÃan colocado frascos grandes de vidrio llenos de lÃquidos oscuros. Algunos compañeros se acercaron más a las telas y leyeron los parches.
20:15 Reconocieron nombres de soldados que habÃan estado en la base antes que nosotros o que habÃan sufrido accidentes raros. Mientras estábamos concentrados viendo todo eso, movimos las linternas hacia el fondo de la cueva. Fue ahà donde las vimos. Varias mujeres estaban paradas, quietas, observándonos. Estaban de frente, como si nos hubieran estado esperando. Eran flacas, con la piel arrugada y pegada a los huesos. TenÃan los ojos muy abiertos, fijos, como si no parpadearan. El cabello les caÃa largo y sucio sobre los hombros y la espalda. Las manos las dejaban colgadas a los lados, pero se veÃan las uñas negras, largas y gruesas. En cuanto la luz las alcanzó, empezaron a reÃrse. Era la misma risa que habÃamos escuchado en la base, solo que ahora encerrada en la cueva. El sonido rebotaba en las paredes y se sentÃa más fuerte.
21:13 No se taparon la cara ni intentaron huir. Se quedaron viéndonos directo, con esa risa metida en la garganta. El comandante dio un paso al frente y les gritó que ya sabÃamos lo que habÃan hecho. Señaló los cráneos, los huesos pequeños y los muñecos con uniformes, y les dijo que hasta ahà habÃan llegado. Ellas no respondieron con palabras. Una de las mujeres se lanzó sobre el soldado que tenÃa más cerca, le arañó la cara con una mano y le abrió la piel. La sangre le escurrió de inmediato. Otro compañero recibió el impacto de otra de las mujeres, que se le tiró encima, le rasgó el chaleco y alcanzó a cortarle el pecho con las uñas. El resto del grupo reaccionó. No hubo tiempo de advertencias. Empezaron los golpes con las culatas de los rifles, los empujones y los disparos a corta distancia. Yo sentà el retroceso del arma en las manos, mientras disparaba hacia una de ellas, que intentaba levantarse después de haber caÃdo. Se veÃa cómo sangraban, cómo se doblaban cuando les golpeábamos las costillas, y cómo caÃan al suelo y se retorcÃan. pero seguÃan riéndose entre dientes hasta que ya no pudieron más. Cuando el último cuerpo quedó inmóvil en el piso, la cueva se sintió más pesada todavÃa. Nadie se atrevió a acercarse más a ella sin orden. El comandante respiró hondo y dio la instrucción que todos esperábamos. Dijo que quemáramos todo, no solo
22:44 los cuerpos, sino cada cosa que habÃan usado ahà adentro. Sacamos los garrafones de gasolina y empezamos a derramar el contenido. sobre todo lo que habÃa ahà dentro. El olor a gasolina se mezcló con el olor viejo de la cueva, formando una capa todavÃa más pesada. Cuando terminamos de empapar todo, uno de los soldados encendió un encendedor y prendió una tela, la arrojó hacia el centro. El fuego se extendió rápido y las llamas iluminaron la cueva de golpe, mostrando por un segundo todo lo que querÃamos dejar de ver. El humo subió espeso negro llenando el espacio. El olor se volvió casi insoportable y nos cubrimos la boca con lo que tenÃamos a la mano y empezamos a salir. Ya afuera, con el fuego todavÃa activo dentro, empezamos a tapar la entrada.
23:36 La idea era clara desde el principio. Nadie, ni de la base ni de los ranchos, iba a volver a entrar a ese lugar. Esa noche, de regreso en la base, el ambiente fue distinto. No se escucharon risas en el cerro, ni golpes en la barda, ni pasos pegados al alambrado. Dormimos sin interrupciones por primera vez en mucho tiempo. En los dÃas siguientes no aparecieron animales muertos junto a la barda, ni figuras clavadas en la tierra, ni bolsas colgadas con uniformes cortados. La noticia corrió rápido en los ranchos. DecÃan que los soldados habÃamos subido al cerro y terminado con las mujeres. que estaban trabajando con niños y con militares.
24:20 Algunos lo contaban como hazaña, otros como advertencia. Yo solo sabÃa lo que habÃan visto mis ojos. Con el tiempo me cambiaron de base, pero esa estación en la sierra se me quedó grabada. A veces, cuando cierro los ojos, recuerdo las noches con risas en la montaña, las bolsas con nuestros nombres en la barda y lo que vimos dentro de esa cueva. Para mÃ, esa historia terminó el dÃa que sellamos la entrada y quemamos todo. Lo único que quedó fue el recuerdo y la desconfianza hacia los cerros que rodean cualquier base perdida en medio del monte.
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