La Noche De La Caza Militar: Operativo Fallido - Historias De Terror - REDE
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0:05 Me asignaron a un operativo que según nuestros superiores nos llevarÃa hasta una base, donde un grupo del narco guardaba armas y vÃveres. La información era poca, pero decÃan que habÃa movimiento constante entre los árboles, y señalaban esta parte de la sierra como una ruta usada para vigilar caminos de terracerÃa que conectaban con otras zonas. No esperaba nada distinto a lo que ya habÃa visto en otros operativos, solo una caminata larga, un avance lento entre terreno irregular y la revisión de varias cuevas o chozas improvisadas, donde normalmente encontrábamos mochilas, radios y algunos restos de campamentos recientes.
0:47 Me mantuve atento mientras subÃamos por la vereda, porque el sargento insistÃa en que habÃa actividad cerca y debÃamos evitar cualquier descuido. Nos movimos en fila, cada quien con el arma lista y revisando el entorno conforme avanzábamos. El terreno tenÃa mucha vegetación y eso dificultaba ver más allá de unos metros, asà que el sargento pidió que redujéramos la distancia entre nosotros. Ãl iba al frente con otro compañero y yo ocupaba el tercer lugar, junto a un cabo que no dejaba de mirar hacia arriba, por si alguien intentaba sorprendernos desde alguna rama. Seguimos avanzando hasta que noté una lÃnea tenue de humo que subÃa entre las copas de los árboles. No formaba una columna grande, más bien parecÃa una fogata que estaba por apagarse. El sargento la vio también. Levantó la mano para indicar que nos detuviéramos y luego señaló hacia el humo para que nos preparáramos a rodear el área. Caminamos hacia esa dirección mientras revisábamos el piso y los troncos cercanos. Cada paso levantaba hojas secas y piedras sueltas. No escuchábamos voces ni movimientos, lo que me pareció extraño. Si de verdad se trataba de un campamento del narco. Por lo general, esos grupos dejaban vigÃas, perros o algo que indicara presencia humana. Pero aquà no habÃa nada. Solo el crujido de las ramas bajo nuestras botas.
2:20 Pero aún asà seguà las órdenes. Cuando llegamos al origen del humo, vimos tres chozas hechas con madera vieja y amarradas con cuerdas. Una fogata ardÃa débilmente en medio del espacio. No habÃa mochilas, armas o contenedores que indicaran actividad criminal reciente. El sargento hizo una señal para que revisáramos el lugar. Me acerqué a la primera choza y noté que en la entrada colgaban varias bolsas pequeñas hechas de tela. No tenÃan adornos. solo estaban amarradas con un nudo simple al mover una de ellas escuché el golpeteo de algo duro dentro y eso me alertó no quise abrirla porque no sabÃamos si contenÃa algo peligroso asà que solo la dejé como estaba y seguà avanzando dentro de la choza habÃa una mesa formada por dos tablas clavadas sobre troncos cortos encima de esas tablas habÃa varios cráneos acomodados en fila eran cráneos humanos Me agaché para revisarlos sin tocarlos y confirmé que eran reales. No parecÃan piezas de museo ni imitaciones, eran restos recientes. En el suelo habÃa huesos largos, posiblemente de brazos o piernas, mezclados con otros más pequeños. ParecÃan haber sido limpiados o hervidos, aunque no encontré ningún contenedor que explicara su estado. También vi lÃneas trazadas en las paredes internas de la choza con pintura seca de color oscuro.
3:54 No eran sÃmbolos que yo reconociera, solo figuras hechas, con estilo de pentagrama. Lo que más me llamó la atención fue que no habÃa señales de violencia reciente. No habÃa casquillos, no habÃa rastros de pelea. No habÃa nada que conectara esas chozas con el narco. Todo era demasiado callado. para hacer un lugar donde ellos se movieran. Salà para informar al sargento, pero estaba revisando la segunda choza con otros dos soldados. Me hizo una seña para que guardara silencio, asà que esperé cerca de la fogata apagándose. Mis compañeros se acercaron también y comentaron que no habÃan encontrado radios, teléfonos, droga o armas. El cabo dijo en voz baja que esto no parecÃa un campamento de narcos, sino otra cosa.
4:47 Preferimos mantenernos atentos mientras el sargento terminaba su revisión. Entonces escuché pasos lentos detrás de las chozas. No eran pasos pesados ni apresurados, sino arrastres cuidadosos sobre la tierra. Miré hacia el sonido y vi salir a varias ancianas. Todas tenÃan la espalda encorvada y caminaban apoyándose en bastones o en sus propias piernas rÃgidas. Lo que más llamó mi atención fueron sus ojos totalmente negros, sin reflejo alguno, y sus uñas largas que sobresalÃan varios centÃmetros. Eran uñas gruesas, curvas, que parecÃan capaces de rasgar madera. Sus brazos eran delgados y su piel estaba llena de arrugas profundas, que se marcaban más cuando cerraban y abrÃan los dedos. Una de ellas avanzó hasta quedar frente a nosotros. Su voz sonaba fuerte y clara, a pesar de su edad. Nos dijo en tono firme que esa zona no nos pertenecÃa y que no debÃamos cruzar más allá de donde estábamos. Lo dijo sin temblor ni interrupciones. El sargento levantó el arma sin apuntarle directamente, solo para mantener control. Otros dos soldados hicieron lo mismo, pues ninguno de mis compañeros tomó en serio a esas ancianas No imaginaban que algo asà pudiera representar un peligro. Para ellos solo eran mujeres mayores que vivÃan apartadas de todos. El sargento dio la orden de avanzar y rodearlas para asegurar el perÃmetro. Las ancianas no
6:21 se movieron. Permanecieron en lÃnea observándonos sin parpadear. El soldado que iba detrás de mà levantó el arma un poco más y apretó los dientes. No entendà si estaba nervioso o molesto. pero se adelantó unos pasos sin esperar la orden. El sargento le dijo que mantuviera su posición, pero él se tensó y colocó el dedo sobre el gatillo, como si quisiera que supiéramos que no le intimidaba nada de lo que tenÃa enfrente. Cuando el soldado disparó, el estruendo quebró la quietud del lugar. El disparo dio en el suelo cerca de una de las ancianas, levantando tierra y astillas de madera. Ellas no retrocedieron, No hicieron un gesto ni dieron un paso atrás. Solo se quedaron ahÃ, mirándonos como si nada hubiera ocurrido. El disparo resonó entre los árboles y todavÃa no terminaba de caer la tierra levantada cuando una de las ancianas dio un salto hacia el soldado que lo hizo. No lo vi retroceder ni levantar el arma. Todo ocurrió en un movimiento tan directo que no hubo reacción posible. La anciana le abrió el pecho con las uñas. y la camisa se abrió en dos mientras caÃa de espaldas soltando el rifle. La sangre le bajó en lÃnea recta por el torso, y ella se apartó sin decir una palabra. Solo se le quedó viendo como si esperara que siguiera moviéndose. El sargento gritó que abriéramos fuego, y todos disparamos al mismo tiempo. Las ancianas
7:52 se movieron entre las chozas con rapidez. No se arrastraban ni corrÃan como alguien que huye del peligro. Avanzaban en lÃnea recta, se escondÃan detrás de una pared y luego salÃan por otro costado, cambiando de posición sin perder tiempo. Las balas rompÃan madera, levantaban polvo y pasaban entre los troncos, pero ninguna daba en ellas. El sargento quiso tomar una mejor posición y corrió hacia un tronco caÃdo mientras ordenaba que cubriéramos la entrada de la choza principal. yo disparaba en ráfagas cortas tratando de controlar la respiración pero ellas aparecÃan y desaparecÃan sin darnos oportunidad de un tiro limpio hacia alguna de ellas de una de las chozas salió otra anciana distinta a las demás era más alta y sus uñas eran más gruesas y largas no caminaba encorvada avanzaba con la espalda recta y los brazos a la altura del cuerpo Pasó por la fogata apagándose sin perder ritmo.
8:59 Ella no necesitaba esconderse para evitar los tiros. Se dirigió hacia nosotros, sin alterar la expresión del rostro. Cuando se detuvo a unos metros, nos dijo en un tono firme, relatado de manera indirecta, que nadie saldrÃa de ese sitio y pagarÃamos nuestro error. Su voz no temblaba ni se elevaba, pero nos quedó claro que era una advertencia. El cabo que estaba frente a mà dio dos pasos atrás, al ver que la anciana no respondÃa a los disparos. Las balas pegaban en el piso o en la madera detrás de ella, pero ninguna la alcanzaba. No sabÃamos si esquivaba los tiros o si simplemente avanzábamos sin precisión, pero nos resultaba imposible entender cómo podÃa caminar entre fuego abierto sin recibir un solo impacto. Los soldados que estaban a mi derecha intentaron flanquearla, Pero antes de que lo lograran, otras dos ancianas salieron de los costados de las chozas. No gritaron ni hicieron ruido. Atacaron directamente. Una de ellas se lanzó sobre un compañero que estaba apuntando hacia la anciana alta.
10:09 Le desgarró la espalda con un movimiento rápido. Vi como su chaleco se abrió en una lÃnea larga y la tela cayó hacia los lados, mientras perdÃa fuerza en las rodillas, pues no alcanzó a reaccionar. Quiso girar para dispararle, pero cayó boca abajo y la tierra se llenó con su sangre. La anciana lo empujó con el pie y regresó hacia las chozas sin mirar atrás. Otro soldado corrió hacia mÃ, pidiéndome que cubriera el lado izquierdo, porque las ancianas estaban entrando desde varios ángulos. Cuando giré, vi a uno de mis compañeros ser tomado por los brazos desde dentro de una choza. Solo alcancé a ver sus botas levantarse. mientras lo arrastraban hacia la oscuridad del interior. El rifle golpeó el marco de madera antes de desaparecer también. Quise correr hacia él, pero otra anciana salió por el lado contrario y tuve que retroceder para no quedar atrapado entre ellas.
11:08 El sargento gritó mi nombre y me ordenó buscar cobertura. corrà hacia una roca grande cerca de la orilla del campamento me tiré detrás de ella y disparé sin control en dirección a las chozas las balas rebotaron en la madera pero nada más no podÃa distinguir si las ancianas seguÃan moviéndose o si estaban esperando a que saliera de mi posición escuchaba los disparos de mis compañeros intercalados con gritos cortos que se detenÃan de repente Eso me indicaba que el equipo estaba cayendo más rápido de lo que podÃamos reaccionar. Me atrevÃa a asomarme solo un segundo. Vi a dos soldados derribados cerca de la fogata. Uno sangraba del cuello y el otro estaba inmóvil con el chaleco roto.
11:55 El cabo trataba de mantener una lÃnea de fuego junto al sargento, pero cada vez que intentaban retroceder, una anciana salÃa de la oscuridad y les obligaba a cambiar de dirección. Las chozas se habÃan convertido en un laberinto, donde ellas se movÃan sin esfuerzo. No necesitaban coordinarse entre sÃ. Actuaban como si todas supieran exactamente desde dónde atacar. Una anciana salió por detrás de un árbol y corrió hacia el sargento. Ãl disparó varias veces, pero ninguna bala la detuvo. Ella lo golpeó en el pecho con ambas manos y lo lanzó contra la pared de una choza. Su espalda golpeó con fuerza y cayó de rodillas. Quiso levantarse, pero la anciana lo sujetó del rostro con una sola mano y lo arrastró hacia la entrada de la choza principal. No escuché un grito ni un disparo. Solo vi como su cuerpo desaparecÃa en la oscuridad. La lÃnea se quebró por completo.
12:54 El cabo gritó que nos replegáramos, aunque ya casi no quedaba nadie a quien ordenar. Un soldado trató de correr hacia la vereda por donde habÃamos llegado. Pero dos ancianas lo alcanzaron. Una lo tomó por el brazo y la otra le clavó las uñas en el costado. Cayó hacia adelante, mientras ellas lo arrastraban hacia un claro. No pude hacer nada más que disparar hacia donde estaban, pero mis tiros solo golpearon los troncos alrededor. Vi a otro compañero correr hacia la roca donde yo estaba, pero tropezó y cayó antes de llegar. Una anciana se abalanzó sobre él y lo detuvo con un golpe seco, y su cuerpo quedó inmóvil.
13:37 Sentà como mi respiración se aceleraba mientras miraba el caos que se formaba alrededor. No quedaba formación, no quedaba estrategia ni lÃnea defensiva. Ãramos piezas sueltas tratando de sobrevivir, sin entender qué enfrentábamos. El cabo, viendo que yo seguÃa con vida, corrió hacia un claro para intentar atraer a las ancianas lejos de mi posición. Levantó el arma y disparó mientras avanzaba entre los árboles. Yo quise seguirlo, pero una sombra cayó desde arriba. Una anciana descendió sobre él con un salto directo y lo empujó contra el suelo con una fuerza que no habÃa visto antes. Se sentó sobre su espalda, Le tomó la cabeza y lo inmovilizó mientras intentaba levantarse sin éxito. Cuando vi al cabo tirado bajo el peso de esa anciana, entendà que no tenÃa forma de ayudarlo.
14:30 Ya no quedaba nadie más de mi equipo, ni un solo compañero que pudiera cubrirme mientras intentaba sacarlo de ahÃ. La anciana lo sostuvo del cuello con una mano y lo presionó contra el suelo hasta que dejó de mover los brazos. Ella levantó la cabeza y giró en mi dirección. Fue suficiente para que supiera que debÃa salir de ahà en ese instante. No esperé a ver si venÃa hacia mÃ. Me levanté de golpe y corrà hacia una pendiente cubierta de ramas y piedras sueltas. Cada paso que daba levantaba tierra. El arma golpeaba mi chaleco mientras evitaba caer entre raÃces que sobresalÃan del suelo. Detrás de mà escuché los pasos de las ancianas. No eran pasos pesados, sonaban como arrastres firmes que iban aumentando de velocidad. No quise voltear, pues mi único objetivo era ganar distancia, antes de que se acercaran lo suficiente como para alcanzarme. El aire entraba y salÃa de mis pulmones, tan rápido que sentÃa un ardor constante en la garganta, pero no bajé el ritmo. pues sabÃa que si disminuÃa aunque fuera un segundo, me derribarÃan igual que a los demás. Al llegar a la parte más inclinada de la pendiente, una rama se quebró bajo mi pie y casi perdà el equilibrio. Recuperé la postura apoyándome con la mano en el suelo, pero ese segundo de retraso fue suficiente. Una de las ancianas apareció a
16:02 mi lado con un movimiento seco y me cortó el brazo con las uñas. Sentà el desgarro en la piel y vi la lÃnea abierta. La sangre salió de inmediato y el ardor se extendió hasta el hombro, pero no me detuve. Usé la mano sana para empujarme hacia adelante y seguir corriendo. Si me quedaba a ver la herida, no tendrÃa oportunidad. La pendiente terminaba en una zona de rocas grandes. Algunas tenÃan espacio suficiente entre ellas como para esconderme. Elegà una grieta estrecha entre dos piedras altas, me metà de lado apretando los hombros y me acomodé lo más adentro que pude. La sangre de mi brazo goteaba en el suelo y traté de presionar la herida con la manga rota, pero el dolor seguÃa igual. Escuché como las ancianas bajaban por la pendiente. Algunas piedras rodaron al ser empujadas por sus pies y una de ellas chocó contra la roca que tenÃa justo encima de mÃ. Pero me quedé inmóvil. De verdad que jamás habÃa sentido ese miedo en mi vida. Una pasó tan cerca que escuché el roce de su ropa contra la piedra. Se detuvo frente a mi escondite. Vi sus pies arrugados y sus uñas chocaron contra la superficie de la roca cuando extendió la mano.
17:19 Clavó las uñas en la piedra y la raspó. Si avanzaba un poco más me encontrarÃa sin dificultad, pero no respiré durante varios segundos. La anciana inclinó la cabeza hacia un costado, como si quisiera oÃr algo. Me mantuve quieto y no movà las piernas ni el brazo herido. Ella raspó nuevamente la roca y luego se alejó unos pasos. Escuché cómo se reunÃan cerca de la base de la pendiente y sus pasos se movÃan en cÃrculos, como si revisaran cada hueco. Pasó un tiempo que no puedo medir, pues yo solo escuchaba sus movimientos. y esperaba que alguna se alejara lo suficiente como para darme oportunidad de salir.
18:03 Cuando oà que una se dirigÃa hacia la parte alta del terreno, supe que ese era el momento. Me deslicé con cuidado hacia afuera de la grieta. La manga seguÃa pegada a la herida por la sangre seca. Caminé agachado entre las rocas hasta encontrar un punto desde donde pudiera bajar sin hacer ruido. Llegué a un borde que daba al barranco, La caÃda no era vertical, pero lo bastante inclinada, como para entender que rodarÃa más que descender. Miré hacia atrás, solo para asegurarme de que ninguna anciana estuviera a la vista. No vi movimientos, asà que me dejé caer. Mi cuerpo golpeó la tierra seca y comencé a rodar cuesta abajo. Piedras, ramas y golpes en las costillas me hicieron perder el aliento varias veces. Cuando logré detenerme, tenÃa tierra en el rostro y un corte en la ceja, pero seguÃa consciente.
19:00 Me levanté de inmediato porque sabÃa que el ruido de mi caÃda podrÃa atraerlas. SeguÃa avanzando entre arbustos densos, y cada vez que levantaba la mano para apartar una rama, sentÃa el dolor en el brazo herido, pues de nuevo la sangre seguÃa bajando hacia el codo y caÃa en gotas. No habÃa forma de detenerla, asà que solo apretaba los dientes y continuaba moviéndome. El terreno se volvió más plano y los árboles se hicieron menos abundantes. Dejé de escuchar pasos detrás de mÃ. No escuchaba arrastres ni golpes de uñas contra la tierra. Pero, aún asÃ, seguà mirando hacia los lados, en caso de que alguna se hubiera adelantado por otra ruta. Caminé hasta encontrar un área más despejada.
19:47 Ahà saqué la radio que llevaba en el chaleco, di mi ubicación aproximada y pedà apoyo inmediato. No dije nada sobre las ancianas, me limité a informar que el operativo habÃa sido atacado y que no quedaban sobrevivientes más que yo. La voz del otro lado sonó confundida porque no tenÃamos reportes de grupos armados en esa zona. Repetà mi solicitud. Y después de insistir, confirmaron que enviarÃan un equipo de extracción. Seguà caminando hasta encontrar un punto alto, desde el cual pudiera ver el movimiento del apoyo cuando llegara. Me acomodé entre unos arbustos y presioné la herida con ambas manos para contener la sangre. Mientras esperaba, repasé lo que habÃa visto.
20:35 No necesitaba interpretarlo ni buscarle explicaciones. HabÃa visto a esas ancianas moverse, atacar y arrastrar a mis compañeros sin mostrar cansancio ni miedo. SabÃa lo que habÃa ocurrido y lo contarÃa tal como lo vivÃ, aunque supiera que nadie lo aceptarÃa, como un informe creÃble. Cuando finalmente me recogieron, les expliqué lo sucedido. Algunos no ocultaron su incredulidad y otros solo tomaron notas sin interrumpirme. Les dije lo que debÃa decir con cada detalle que recordaba pues solo conté lo que habÃa pasado en esas chozas y cómo perdimos al equipo completo.
21:16 Al poco tiempo salà del ejército, pues no podÃa seguir mi vida ahÃ, con lo que me habÃa ocurrido. No fue un ataque armado, del que si quedas vivo te recuperas. Ese dÃa fue algo distinto, algo de lo que aún no tengo explicación real. Quizá fueron brujas que hicieron pacto con el diablo o nahuales que tenÃan ese aspecto, pero lo que tengo muy claro es Es que el miedo que sentà ese dÃa jamás lo he vuelto a sentir. Hasta el dÃa de hoy sigo convencido de que esas ancianas siguen ahÃ, moviéndose entre esas mismas rocas y chozas, esperando que alguien vuelva a cruzar esa zona, y sé que recuerdan que escapé.
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