Nov. 2, 2023

La Mujer De Negro Historias De Terror - REDE

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La mujer de Negro. Nací en la ciudad de Guadalajara y crecí en un barrio viejo de nombre. El Santuario se llamaba así porque en la colonia se encontraba un templo con el mismo nombre. Su nombre completo era Santuario de Nuestra Señora de Guadalupe. La casa en la que vivía estaba a media cuadra de la iglesia, por lo que cada once de diciembre la gente se reunía para cantarle las mañanitas a la Virgen de Guadalupe. Todo tipo de instrumentos musicales se escuchaban para honrarla enfrente. Estaba un parque en el que vendían antojos mexicanos. Cuando era pequeña, mi madre me vestía de India y me compraba flores para que se las ofreciera a la Virgen. Hasta los trece años llevé flores al templo. Después ya no quise hacerlo porque me sentí mayor, pero seguía disfrutando de las serenatas que le llevaban a la Virgen. Desde el balcón que estaba en la segunda planta de mi casa, podía ver la verbena popular que se hacía alrededor del templo y si me subía a la azotea, eran visibles más edificios históricos. Durante muchos años me subía a la parte más alta de la casa. Me llevaba una cobija para sentarme y un poco de botana para ver el desfile de niños y niñas vestidos de inditos. Además, me gustaba escuchar el mariachi. Ese gusto me duró hasta los diecisiete años. Luego se me empezó a hacer aburrido. Continuaba subiéndome a la azotea, pero para fumar un cigarro o para platicar con mis amigas. Cuando me visitaban, tenía dos hermanos, uno más grande que yo y otro más pequeño. Cuando crecimos, mis padres se fueron a trabajar a Estados Unidos. Mi hermano más grande se mudó a vivir con dos compañeros del trabajo. Dijo que la casa le quedaba más cerca de su oficina. Josué estaba a punto de terminar la licenciatura, así que nos quedamos juntos. Cada uno teníamos nuestra propia habitación. Anteriormente, esa parte del centro, en el Santuario era la zona más insegura como se encontraba más alejada de la catedral. Pocas personas acudían a ella, exceptuando el doce de diciembre. La avenida alcalde atravesaba todo el centro. Por ahí pasaban muchas rutas de camiones. Con el paso del tiempo hicieron la avenida a un andador con fuentes y árboles que, conforme crecieron, fueron dando sombra a los transeúntes. Además, cuando hicieron la línea tres del tren ligero, pusieron una estación afuera del santuario y pusieron más vigilancia en ese lugar, por lo que cada vez se fue convirtiendo en una parte más popular y segura. Ya era posible caminar hasta tarde por el andador sin que alguien me molestara. Era una noche previa al doce de diciembre. Recuerdo que era un sábado. Hice una carne asada en la azotea que la había acondicionado como terraza. Puse una lona para que no nos diera el sol algunos focos decorativos. Ahí tenía el brasero y una mesa con sillas. Por la noche llegaron algunos de mis amigos. Estaba festejando mi próximo cumpleaños. Después de preparar la cena, nos quedamos conversando hasta muy tarde. Nos sentamos a ver las procesiones que había en la explanada del santuario. Mientras se hacía más tarde, la cantidad de personas disminuía. Me llamó la atención ver a una mujer vestida de negro. Su cabeza la cubría con un velo transparente del mismo color. Llevaba unas zapatillas negras. Les hice una señal a mis amigos para que vieran a la mujer, que se veía muy elegante. Iba sola, por lo que se nos hizo extraño que anduviera a esas horas por el centro. Eran casi las tres de la mañana. Cuando la mujer vestida de negro atravesó la plaza y se metió al templo del santuario, me quedé durante un rato esperando verla salir, pero no sucedió. Me enfadé de estar atenta y me olvidé de ella. Al día siguiente era domingo, por lo que me levanté tarde. Algunas de mis amigas se quedaron a dormir. Cuando salí de la casa para traer algo para el desayuno, vi un letrero en la ventana de la casa de enfrente decía que a don Abel lo iban a velar en las capillas del seguro social Sumisa. Sería el lunes a las diez de la mañana en el templo del Padre Galván. Me sorprendí al darme cuenta que el señor había muerto. Era un hombre de más de sesenta años, pero aún se le veía fuerte. No sabía que estuviera enfermo. La hija de don Abel había sido mi compañera en la secundaria. En aquella época fuimos buenas amigas, pero después tomamos rumbos distintos. Enseguida que se fueron mis amigos, le dije a Josué que iría un rato por la noche a velar a don Abel. Él había sido un gran amigo de mis padres y quería ir a darle las condolencias a sus famas Mires. Mi hermano me dijo que él también me acompañaba, porque el señor siempre había sido muy amable con él. En la noche nos fuimos en el tren a la capilla de velación. Muchas personas se encontraban afuera. Cuando entramos pude ver a la viuda doña Carmen. Muy triste. Me dolió ver a Amelia, mi compañera de la secundaria, tan abatida me acerqué para abrazarla y darle el pésame. Ella en cuanto me vio se soltó llorando. Me dijo que no entendía qué le había pasado a su padre. Él estaba muy bien, iba a su control médico y el doctor les había dicho que su padre gozaba de una buena salud. Pero una noche previa, su padre se fue a cantarle las mañanitas a la virgen en el santuario. Cuando regresó del templo, llegó casi desmayándose. Ni siquiera podía hablar. Sólo balbuceó algunas palabras que no tuvieron sentido. Lo único que pudo entenderle, pero que no tuvo sentido fue ella. Varias veces Amelia se encontraba muy perturbada por la inesperada muerte de su papá. Tenía una gran necesidad de hablar de lo sucedido a su padre, o quizás de verdad me tenía más confianza de lo que pensaba. Seguimos platicando con ella durante más tiempo. Poco a poco se fue tranquilizando. Más tarde me dijo que iría a rezar el rosario. Nos quedamos por un rato más en la funeraria. Le dije a mi hermano que nos fuéramos. No me quise despedir de Amelia. Sólo nos retiramos sin decir nada cuando nos bajamos del taxi vimos de nuevo a aquella mujer vestida de negro. Su rostro no lo pude ver con claridad porque lo llevaba cubierto con el velo oscuro, pero creo que ella sí nos vio. Noté que inclinaba su cabeza como en forma de saludo. Le dije a Josué que era la segunda vez que veía a esa señora. Nos fuimos detrás de ella sin que lo notara. Ella se quedó afuera del santuario Durante unos minutos después abrió la reja y se metió al templo. Me sorprendí de que el templo estuviera abierto y de que ella pudiera entrar. Ya no la vimos que saliera. Nos fuimos a descansar. Al día siguiente me sentí comprometida a ir al entierro de don Abel, sobre todo porque vi a Amelia muy vulnerable. La noche anterior la misa sería por la mañana organicé mi trabajo para no atrasarme y me fui al sepelio. Después de la misa nos fuimos al panteón Guadalajara a sepultar a don Abel. Hasta ese momento me vio a Melia. Noté que le dio mucho gusto verme, aunque sus ojos estaban hinchados de llorar. Caminó hacia el lugar en el que me encontraba sin decirle nada. Ella se quedó a mi lado. El féretro del padre de Amelia estaba entrando en lo profundo del pozo. Cuando noté la presencia de una mujer vestida de negro del otro lado de la tumba, le pregunté a Amelia si conocía a esa mujer. Cuando ella volteó, me preguntó a cuál persona me refería. La mujer vestida de negro ya no estaba la busqué entre los presentes sin encontrarla, comencé a cuestionarme quién era ella. Después que terminó el funeral, acompañé a Amelia hasta su casa. Un camión especial nos llevó de regreso a todas las personas presentes en el panteón al templo del Padre Galván. En cuanto llegamos de nuevo a la colonia, cada persona comenzó a despedirse de las dolientes. Ese fue el peor momento para ellas, porque cuando nos fuimos juntas hasta su casa, Amelia me pidió que entrara cuando éramos niñas. En varias ocasiones fui a su casa, así que tenía la confianza de hacerlo. En cuanto entramos a la vivienda, empecé a sentir un escalofrío que recorría mi cuerpo. No le quise decir nada a Amelia ni a su madre, pero sentía la presencia de don Abel. Creí que era normal, porque hacía dos días lo acababa de ver con vida. Estuve durante un rato y me despedí de Amelia. Le dije que tenía que regresar al trabajo, pero que en la noche le invitaba a cenar a mi casa y ella aceptó. Antes de las ocho de la noche, Amelia llegó a la casa. Su rostro aún mostraba los estragos del sufrimiento para que se distrajera un poco. Se me ocurrió que fuéramos a tomar una cerveza al bar cercano. Me gustaba ir a ese lugar porque estaba en una parte muy alta y desde esa altura era posible tener una vista panorámica de la ciudad. Más tarde, mi hermano Josué llegó con nosotras. El bar cerraba hasta muy tarde, por lo que se nos fue el tiempo. Cuando salimos del lugar. Nos regresamos caminando. Sólo estaba a unas cuantas cuadras de la casa. A Josué se le subieron las cervezas porque no estaba acostumbrado a beber nos detuvimos hasta que comenzó a sentirse mejor. Nos quedamos por unos minutos en una de las bancas del andador alcalde. Mientras él se recuperaba, uno de los indigentes que dormían debajo de Palacio Federal se acercó con nosotros. Nos pedía un poco de dinero para continuar bebiendo. No quisimos darle ninguna moneda. El indigente se alejó de nosotros diciendo muchas incoherencias y amenazas. Se fue caminando hacia el parque que estaba enfrente del santuario. Era muy común que en esa zona del centro anduvieran muchas personas sin un lugar donde vivir de cierta manera. Ya estábamos acostumbrados a ellos. Aunque dijeran algunas malas palabras, sabíamos que no eran agresivos. Cuando vimos que mi hermano se sintió mejor y el color regresó a su rostro nos fuimos a la casa. Le dije a Amelia que si quería podía quedarse en la casa un rato más. Si nos daba sueño, se podía quedar a dormir. Creo que ella esperaba que la invitara a pasar porque no daba muestras de querer irse a su casa. Íbamos subiendo las escaleras. De repente escuchamos un grito extraño. Era la primera vez que oía algo semejante. Corrimos a su ora por la ventana. Lo único que alcancé a ver fue al mismo indigente que se nos acercó. Cayó desmayado en el andador. Quedó inerte Por un momento tuve la intención de correr a auxiliarlo, pero Amelia me dijo que no lo hiciera. Lo más seguro era que se había caído de borracho por las dudas. Llamé a la policía para que hicieran algo, pero creo que era un hecho muy común porque la policía demoró en llegar. Nos supimos que más sucedió porque nos fuimos a descansar al día siguiente, muy temprano tocaron en la puerta. Me levanté descalza para ver de quién se trataba. Sólo me asomé por la mirilla. Era la madre de Amelia. De inmediato le abrí la puerta y le dije que su hija se había quedado a dormir con nosotros. La señora se mostró agradecida. Me dijo que Amelia no la estaba pasando bien y agradecía que la estuviera ayudando. Su hija era quien más había resentido la muerte de su padre. Invité a la señora a pasar. Se me hizo raro que aceptara. Creo que era la primera vez que Doña Carmen entraba a la casa. Ella mantuvo una buena amistad con mi madre. Amelia escuchó las voces y ya estaba levantada. Cuando su madre subió a la casa, Doña Carmen nos dijo que habían encontrado a uno de los indigentes muerto en el andador alcalde. Su cuerpo lo recogieron después de las siete de la mañana. Doña Carmen fue a misa de siete de la mañana. Cuando iba hacia el santuario. Vio a las autoridades que realizaban los peritajes necesarios. Vio el cuerpo de una persona tapado con una sábana. Después que salió de misa, ya se habían llevado al difunto. Una de las personas que también se acercaron para ver qué sucedía dijo que a esa persona lo había matado la mujer de negro porque ella salía todas las noches. Si se encontraba alguien en su camino sólo con un grito espeluznante mataba a cualquier persona que se encontrara. Cuando escuché a doña Carmen que hablaba sobre esa mujer, mujer de inmediato llamó mi atención. Le describí a la persona que había visto. Mientras le contaba lo ocurrido, la mamá de Amelia asentía diciéndome que era ella. Lo dijo con mucha seguridad. Le pregunté a Doña Carmen cómo era posible que apenas me diera cuenta de que esa mujer existía. Si llevaba veinticinco años viviendo en el mismo lugar y nunca había escuchado hablar sobre esa mujer. Aún no terminaba de cuestionar a mi vecina. Cuando Josué salió de su habitación, dijo que en la madrugada, cuando venían del var y se puso mal, hubo un momento en el que él vio a esa mujer que iba caminando en dirección del santuario. La vio a lo lejos. En realidad no le llamó la atención hasta ese momento en que comenzó a escuchar la conversación. Mi amiga, Amelia no decía nada, sólo se limitaba a escuchar lo que decíamos. Su madre se levantó abruptamente. Dijo que tenía que marcharse. Sólo quería ver que Amelia se encontraba bien, por lo que se despidió apresuradamente y se marchó. Amelia le dijo que enseguida se iría para su casa. Antes de que mi amiga se marchara, nos dijo que a ella le había entrado una duda muy grande. Quizás su padre no murió de muerte natural, como lo afirmaron los médicos. Quizás fue cierto que le dio un infarto cerebral producto de la impresión que recibió de esa mujer, o peor aún, si ella fue quien lo mató con su alarido maldito. Lo único que se me ocurrió decirle fue que ya no se atormentara con esa idea. De cualquier manera, su padre ya no estaba cualquiera que hubiera sido la causa. Ya no era importante. Sin embargo, Amelia ni siquiera me escuchó su mente. Estaba pensando otra cosa. Se levantó y se marchó. Cuando ella se fue mi hermano, me dijo que no podía ser verdad lo que decían de esa mujer. Sólo se trataba de alguien que trabajaba en el templo. Seguramente era una mujer de edad avanzada que le gustaba estar mucho tiempo en la iglesia. Le comenté que no creía que se tratara de alguien mayor, aunque su vestimenta era un poco conservadora. Se le notaba que era una mujer joven por la forma en que caminaba. Esa era la impresión que tenía de ella. Por varios días nos olvidamos de la mujer de negro porque cada uno estuvimos inmersos en nuestras responsabilidades. Amelia siguió yendo a la casa todas las noches después que regresaba de trabajar, se iba a la casa si por algún motivo me encontraba ocupada. Ella despreocupada se ponía a ver la televisión hasta que Josué llegaba de la escuela. Después que terminó el novenario del papá de Amelia y el triduo de misas, se me ocurrió que podíamos organizar una carne asada en la parte superior de mi casa e invitar a la familia de Amelia para que se olvidaran un poco de lo ocurrido. Cuando se lo comenté a mi amiga, le agradó la idea. El sábado por la noche llegaron a r a la casa, la madre de Amelia y sus hermanas. Estuvimos cenando mientras platicábamos de situaciones que vivimos con don Abel. Les conté una anécdota que me pasó con el padre de Amelia. Cuando estaba pequeña, les dije que una mañana en la que iba a la primaria, amaneció lloviendo muy fuerte. Cada vez que llovía de esa manera, la calle se inundaba. Esa vez no fue la excepción, pero era necesario que cruzara la calle para llegar a la escuela. Iba con mi hermano Josué. Nos fuimos a rodear a la esquina para ver si había menos cantidad de agua, si había menos, pero aún así, tendría que mojarme los zapatos. Abracé a mi hermano para que él no se mojara. Estaba a punto de meterme al agua. Cuando llegó don Abel y me detuvo, Él se metió al agua y nos cruzó a los dos. El comentario que les hice fue el inicio para que cada quien fuera compartiendo un recuerdo agradable de mi vecino fallecido. Era una manera de recordarlo con agradecimiento. Estábamos inmersas en la charla que no nos dimos cuenta de la hora hasta que un alarido nos interrumpió. Todos nos quedamos callados tratando de entender que había sido ese grito. Sin pensarlo, nos levantamos de las sillas y nos fuimos a asomar a la calle. Desde la altura en la que estábamos era posible tener una vista amplia del lugar. Todos nos quedamos mudos. Cuando vimos a la mujer de negro que atravesaba el andador le hice una señal a mi hermano para que la viera. Él me dijo que también la estaba viendo, como si la mujer se diera cuenta de que la veíamos. Se detuvo antes de abrir la reja del templo y giró su cabeza hacia la dirección en la que nos encontrábamos. Se quedó por unos segundos parada. Todos nos retiramos de la orilla como si de verdad creyéramos que ella podía vernos, aunque sabíamos que, por la distancia y lo oscuro, casi era imposible que nos pudiera ver. De cualquier manera, nos dio temor cuando vimos que ella ya entró al templo. Seguimos conversando. Mi hermano fue el único que se quedó por más tiempo en la orilla de la terraza. Se sentó en espera de verla salir. Después de un rato, se acercó con nosotras para decirnos que jamás salió. Les comenté que al día siguiente iría al santuario a preguntar quién era esa persona que todas las noches entraba a la Iglesia Amelia. Me dijo que la esperara. Ella me acompañaría para hacerlo. Juntas terminamos la reunión y nos fuimos a descansar. Mi habitación daba al lado de la calle. Empezaba a quedarme dormida. Cuando escuché de nuevo el mismo grito. No hice el intento de levantarme porque me sentía muy cansada. Pero si me dio temor oírlo en repetidas ocasiones vi la hora y eran casi las tres de la mañana, me quedé en la cama pensando por qué. Hasta hace poco me enteré de la existencia de ese ser Al día siguiente, después que terminé mi trabajo, esperé a Amelia para que fuera conmigo al templo y mi r her mano también estaba interesado en ir. Fuimos a la notaría para preguntar por el sacerdote a cargo. La secretaria nos dijo que el presbítero había salido a asistir a un enfermo y que el señor Cura estaba confesando. Nos quedamos a esperar a que el sacerdote se desocupara, pero tardó más de lo esperado. Vi el sacristán que empezaba a dar las campanadas para el llamado Amisa. En cuanto terminó su actividad, lo abordamos. Le pregunté si sabía algo sobre la mujer vestida de negro. Él se sonrió. Al parecer, no éramos las primeras personas que le preguntábamos lo mismo. Empezó a contarnos una historia sobre la dama de negro o la dama enlutada. Ella era una mujer que salía desde la catedral y que caminaba por la avenida alcalde hasta llegar al templo del Santuario. Esa mujer desde mucho tiempo atrás iba al santuario. Las primeras personas que se dieron cuenta de ella fueron los hombres que cuidaban de la ciudad durante la noche nn también lle llamados serenos. Ellos decían ver a una mujer que salía de la catedral cubierta con un velo. El sacristán. Fue todo lo que nos dijo. Cuando le pregunté si ella era la responsable de que algunas personas murieran. Al verla, él se puso nervioso y evadió la pregunta. Nos dijo que él no sabía nada al respecto, ni siquiera sabía si era verdad la existencia de esa mujer y se retiró sin despedirse. Los tres nos quedamos sorprendidos sin saber qué pensar de lo que dijo. Al parecer era una leyenda muy antigua que todavía estaba presente y que, si acaso era cierto, aún continuaba haciendo daño a la gente. Investigamos un poco más para saber cuál era el motivo por el que la dama enlutada lastimaba a las personas, pero nunca encontré información sobre ella. Lo que sí nos hizo dudar fue que quizás fue la responsable de la muerte de don Abel. Nos quedamos intrigados pensando en esa mujer. En las noches nos seguimos subiendo a la terraza para verla. En ocasiones hemos visto cuando cruza el parque para meterse en el templo, pero no cuando sale. Nos genera inquietud saber que era capaz de matar a las personas, sobre todo a aquellas que se cruzaban en su camino dando un grito espantoso desde la parte en la que nos sentamos para observar hacia el santuario. No era posible que ella nos viera. Ni siquiera prendíamos las luces para permanecer ocultos en caso de que fuera verdad lo que decían. Lo que sí pudimos ver que ella aún hacía su caminata desde la catedral al santuario. Relato escrito y adaptado por Adriana Cuevas