Nov. 27, 2023

La Maldición De Un ídolo Acabó Con La Vida De Mis Amigos Historias De Terror - REDE

La Maldición De Un ídolo Acabó Con La Vida De Mis Amigos Historias De Terror - REDE

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La maldición del ídolo antiguo. Desde hace años que estoy enfermo de los nervios. Los médicos han dicho que es algo normal Por mi avanzada edad. Soy un hombre de ochenta años que ha vivido bastantes cosas. Toda mi juventud me dediqué a la búsqueda de Tesoros como trabajo extra y es que en el pueblo del que soy originario hubo muchos casos en los que personas que llegué a conocer sacaron mucho dinero al encontrar objetos antiguos. Me inspiraba sobre todo en la historia de un hombre mayor que encontró un extraño ídolo de jade, que vendió a un extranjero y consiguió el suficiente dinero para construirse una vivienda decente en el centro de Guadalajara. Vivía en un pueblito de Jalisco que actualmente está casi abandonado. Hace mucho que no voy, así que no puedo asegurar que aún se encuentre en pie, pues no era el tipo de pueblo mágico o n r s soas construcciones coloniales, ni nada de eso. Cuando yo vivía allí había mucho extranjero que poseía grandes labores donde trabajar ya fuese caña, frijol o maíz. Siempre había trabajo y los mismos patrones ofrecían vivienda siempre y cuando se fuera eficiente en el trabajo. Yo desde muy pequeño, tuve que trabajar, pues éramos varios hermanos y nunca conocimos a mi padre. A él lo mataron por jugar a las cartas. Yo era el mayor de todos. Vivíamos prácticamente en una choza, todos encimados. El patrón con el que yo trabajaba era de origen alemán. Tenía en su casa varias cosas antiguas que decía que encontraron sus trabajadores en varias de sus plantaciones. Trabajábamos en la labor de cañas. Tenía un amigo que se llamaba Remigio. Él conocía como destilar el jugo de la caña de azúcar para producir un excelente aguardiente. Guardaba Remigio sus ollas para destilar en una minaba dando nada lugar que utilizábamos para tomar cada que podíamos. Incluso teníamos un par de camastros, un petate y algunas cobijas por si se nos pasaban las copas. Era en ese lugar donde siempre terminábamos hablando de personas que encontraban cosas enterradas y como los patrones pagaban bien por ellas. Una tarde de domingo, mientras pasábamos el rato tirados en los camastros, bebiendo aguardiente y comiendo cacahuates cocidos. Remigio me habló de que había encontrado una cueva no muy lejos de allí, en una hacienda abandonada que se enteró por medio de uno de los peones que estaban encargados de otras tierras, que el dueño había escondido todas sus riquezas en ese lugar, pues una maldición le alcanzó a él y su familia y, según sus creencias, las riquezas eran las causantes de su maldición. Yo le creía Remigio y le propuse que investigara en dónde se ubicaba exactamente aquel lugar para ver si sacábamos algo que valiera la pena total. Aparte de que no creía en maldiciones, pasaron varios meses sin que diéramos con el lugar, pues el peón que le había contado a Remigio la historia se había ido a trabajar a un ingenio a ameca. Aún así no dejamos de buscar cosas. Remigio tenía uno de esos aparatos que detectan metales y si fue bastante productivo en un principio, si llegamos a encontrar ciertas cosas interesantes, incluso algunas monedas de plata y de esas vajillas antiguas, nada que valiera realmente la pena. Con el tiempo nos olvidamos del asunto de la cueva en la hacienda abandonada, hasta que un día ingresó un nuevo trabajador a nuestra labor. Era un hombre oriundo de michoacán. Era bastante agradable y no tardó en hacerse amigo tanto de remigio como mío. Su nombre era nabor. Comenzamos a invitarlo a beber aguardiente con nosotros y en una plática nos contó que antes de llegar a nuestra labor, estuvo trabajando para uno uno sons españoles que de un momento a otro abandonaron la finca y todos los trabajadores se quedaron sin trabajo, como si algo me dijera que el destino me hablaba. Le pregunté si la hacienda estaba lejos de allí y si es que en esta existía una cueva. Nabor me respondió que, efectivamente había una cueva donde los patrones guardaban varias cosas bajo llave, pero como éstos tenían fama de realizar ciertas prácticas de brujería, ninguno de ellos se quiso arrimar a forzar las puertas. No obstante, Nabor aseguraba que dentro de esas puertas encontraríamos cosas de alto valor, pues esos sujetos gastaban mucho en objetos de pura superstición. Decía haber visto ciertos cuadros de oro macizo que enmarcaban las imágenes de ciertos dioses antiguos. La curiosidad me invadió y el calor del aguardiente me obligó a proponer algo estúpido. Le dije a Nabor que fuéramos en ese mismo momento a buscar aquellos tesoros que nadie se atreve a reclamar, puesto tal yo no le tenía miedo al diablo y lo mismo pensaba de remigio y nabor, como mis palabras sonaron a reto, ninguno de los dos se negó. Agarramos unas bicicletas que teníamos dos costales con herramientas y otros dos vacíos y nos pusimos en marcha hacia aquel lugar abandonado. La hacienda se encontraba a menos de una hora para cuando llegamos con el esfuerzo. Se nos había bajado la bebida. Al menos yo ya no me sentía mareado. La finca principal no era la gran cosa, bien podría parecer una simple casa de campo con un cono de esos donde se guarda el maíz. La casa ya se encontraba vacía y la tierra podrida. Sólo dimos un vistazo, pues teníamos pocas horas antes de que comenzara a oscurecer, así que le pedimos a Nabor que nos llevara directamente a la cueva. Nos condujo hasta una brecha de tierra y después de aproximadamente kilómetro y medio, nos encontramos al pie del cerro. La cueva era bastante angosta, aunque extraña. Tenía ciertas figuras talladas en la entrada, cosa que nunca había antes en ninguna casa. De allí forzamos la puerta y descubrimos con decepción que la gran riqueza de la que nos hablaban se limitaba a un par de cuadros chapados en oro, varias estatuas de yeso y una cajita, algo extraña. Continuamos explorando la cueva en busca de más tesoros, pero no encontramos nada más de valor. Parecía que las historias de riquezas eran sólo eso historias exageradas. Sin embargo, la cajita extraña despertó nuestra curiosidad. Era pequeña y estaba adornada con símbolos extraños. Parecía tener cierta antigüedad. Decidimos abrirla y dentro encontramos un pequeño ídolo de jade era hermoso y tenía un aspecto muy antiguo. Nos quedamos asombrados por su belleza y pensamos que podría tener un valor significativo. Sin embargo, algo en el ídolo parecía inquietante, como si emanara una energía extraña. Volvimos a la cueva y decidimos guardar lo poco que encontramos, puesto tal engaño o no algo podríamos sacar de provecho. A todo eso, las desgracias comenzaron a ocurrir. Apenas llegar. Remigio comenzó con una fiebre terrible. Incluso se convulsionó. Tuvimos que llevarlo a su casa. Entre los dos decía cosas extrañas como el que había visto a una especie de hombre cabra en nuestra cueva y que nos deshiciéramos del ídolo Nabor y yo pensamos en que tal vez le hizo daño el aguardiente y lo que le estaba ocurriendo era a causa de una congestión alcohólica. Desgraciadamente, la salud de Remigio se fue deteriorando. Ya no lo vimos en la labor de nuevo y cuando supimos de él era porque nos avisaron que se quería despedir de sus amigos, Nabor y yo fuimos de inmediato a su choza lo encontramos dormido, Lo estaba cuidando su mujer, quien nos dijo que en todo el día no se había despertado, solo en la mañana, que fue cuando nos mandó a hablar. Estuvimos en silencio junto a él durante media hora de repente despertó Lucía como un loco nos miró y nos dijo que el macho Cabrío vendría por él y muy pronto iría también tras nosotros. Su cuerpo comenzó a temblar de manera violenta y mientras esto ocurría, un cántaro de barro y dos vasos se rompieron en mil pedazos. Por si fuera poco, Remigio comenzó a realizar unos sonidos terribles, parecidos al de las cabras. Estábamos horrorizados. Lo mismo la esposa de Remigio que le encargó a Nabor a hablarle al cura del pueblo. Cuando llegó el cura, Remigio ya había muerto. Ni Nabor ni yo soportamos verlo, y es que quedó con una expresión horrible. Me atrevo a decir que su rostro adquirió ciertos rasgos animales. El cura quedó igual de horrorizado que nosotros nabor y yo nos tiramos más a la bebida cada que podíamos brindamos en su honor. En la cueva nos deshicimos de todas las cosas, exo el ídolo mismo que no sabíamos dónde lo habíamos, puesto incluso llegamos a creer que Remigio lo escondió antes de morir. Como ya no nos ocurrió nada extraño. Dimos por sentado que Remigio murió de una congestión alcohólica y seguimos nuestras vidas. Normalmente, seguimos yendo a la cueva. Incluso volvimos a ir en busca de tesoros. Las cosas volvieron a ponerse mal durante una noche de agosto. Fue un temporal duro de lluvias, motivo por el cual tuvimos bastante trabajo en la labor. Descansamos el domingo día que aprovechamos para escaparnos a la cueva. A beber mezcal para entonces ya no destilábamos aguardiente, pues creíamos que eso era lo que había matado a Remigio. Eran cerca de las seis de la tarde, cuando comenzamos a escuchar unas pisadas a nuestras espaldas parecían como de un animal grande. Pensamos que se trataba de un toro que se había escapado de algún rancho cercano. Nos pusimos de pie y echamos un vistazo. Lo que vimos era el horror hecho carne. Era un animal parecido a un chivo. Caminaba en dos patas, pero mantenía ciertos pedazos de su piel humana, berreaba y sacaba espuma por la boca. Lo que más me impactó fue la manera en que se movía. No sé de qué manera explicarlo. Era como si bailara de una manera siniestra. Nabor comenzó a gritar de manera desesperada, mientras que yo intenté acercarme hasta un machete que llevaba, pero no logré tomar el suficiente valor. Creo que en ese momento mis nervios colapsaron, pues sólo recuerdo ver todo negro y a aquella cosa echándose sobre nabor. Cuando desperté estaba en mi casa rodeado de todos mis hermanos, tenía mal los nervios. El pulso de mis manos estaba incontrolable. Me dijeron que nos encontraron junto a la caja con el ídolo misma que pedí que tiraran de inmediato de nabor ni hablar. Él se quedó mudo y su comportamiento ya jamás fue él mismo. Ni siquiera pudo trabajar. Vivía encerrado en su casa. Con el tiempo. Un padrino que era de la ciudad me llevó a consultar a varios neurólogos que lograron estabilizarme. Sin embargo, cada que recordaba aquel ídolo que encontramos entraba en crisis, temblaba y lloraba como pude me gané la vida y aunque muchas veces he contado esta historia, pocas son las personas que me creen la caja de la estrella. Soy de ascendencia judía y aunque nunca he profesado religión alguna, esto es de alta importancia en mi relato. Mis padres se separaron cuando yo era muy pequeño y yo decidí quedarme a vivir con mi padre, quien, aunque no tenía buena reputación, era más hogareño que mi madre, quien siempre estaba de viaje y nunca asistía a mis eventos escolares. Mi padre siempre intenta que me acercara a la religión y me hacía acompañarlo a la sinagoga la más grande en Monterrey y si lo acompañaba, pero no porque sintiera que la religión cumpliera un papel fundamental en mi vida, sino porque me gustaba pasar tiempo con mi padre. No estudié más allá de la preparatoria. Esto no me impidió alcanzar un buen éxito económico. Y no es que subestime a la educación, sino que pienso que ésta tiene otra finalidad. Cuando era estudiante de preparatoria, descubrí que la mejor manera de tener dinero es trabajar por él, y así fue que, en lugar de desperdiciar tiempo y dinero en estudiar una carrera en la que no tenía asegurada la recuperación de tal inversión, mejor me dediqué a poner varios negocios. Cuando tenía veinticinco años, ya era una persona independiente, propietaria de un par de departamentos mismos que dividí en varias habitaciones para rentarlas a los estudiantes. Al poco tiempo me casé y tuve cinco hijos. Cuando cumplí cincuenta años. Una ola de desgracias se me vino encima. Para empezar, mi madre murió de cáncer y su agonía fue bastante dolorosa y horrible, aunque me alegra que desde que cayó enferma, yo estuve a su lado, cosa que ella no hizo conmigo. Después perdí un par de negocios de comida a los que prácticamente había dado mi vida. En cuanto el dinero, comenzó a escasear. Mi primera esposa me dejó y me quiso chantajear con no dejarme ver a mis hijos, pero dos de ellos, los mayores, se fueron a vivir conmigo por decisión propia. Me deprimió aún más esta última parte, porque sentía que la historia de mis padres se estaba repitiendo. Comencé a hacer cosas que yo no solía hacer, como beber en exceso, fumar y salir con varias mujeres. A la vez mi padre comenzó a frecuentar por aquel entonces y me apoyó para que mejorara mi estado de ánimo y me enfocara en aquellos que merecían lo mejor de mí. Un fin de semana, mi padre nos invitó a ver visitar un rancho de un tío abuelo que no hacía mucho, que había fallecido. Me dijo que me tenía una sorpresa. Mis hijos y yo nos fuimos en mi camioneta. Mi tío abuelo tenía una casa a las afueras de la ciudad. Era una especie de rancho pequeño. Íbamos a visitar lo seguido porque él no tuvo hijos y apreciaba a mi padre como a uno. Cuando llegamos a su casa, nos esperaba un notario y mi padre me dio la sorpresa que yo había heredado la propiedad con todas sus pertenencias. Esto no me lo esperaba en verdad, pues anterior a esto, la vida se reducía a la pérdida constante y aunque me dolía la ausencia de mi tío abuelo, me daba alegría que aún después de muerto, nos tendiera la mano. Mi tío abuelo tenía un tiradero en la casa. Era un coleccionista empedernido y, según me dijo mi padre, en la casa había piezas invaluables, tanto de joyería como de libros y adornos, por lo que sería necesario buscar un valuador y poder venderlo. Todo siguiendo el consejo de mi padre, llamamos a un amigo de la familia que pronto realizó un inventario. No me quise deshacer de todo, pues hubo cosas que llamaron mi atención, sobre todo una caja labrada de madera. Estaba demasiado ornamentada. Tenía trozos de bronce y cristal cortado en total. La caja me diría poco más de un metro y veinte centímetros llevaba una enorme cerradura chapada en bronce también el Valuador. No supo identificar el origen de la caja, y es que las inscripciones estaban escritas en una lengua extraña que no era hebreo, sino una especie de lenguaje más antiguo. Tampoco encontramos la manera de abrirlo sin arruinarla, así que preferimos dejarla por el momento. Así no sé por qué, pero me entró la idea de que mi tío tendría la llave escondida en alguna parte de la casa. No tenía ningún argumento, pero sí una corazonada. Decidí ir un fin de semana para revisar cada rincón de la casa antes de venderla. Mis hijos no quisieron acompañarme. Decían que la casa y la caja les daba miedo. Me quedé solo un fin de semana en la finca de mi tío, que contaba con todos los servicios. Incluso dejó algunas botellas de vino importado en una pequeña cava debajo de la cocina, pero no quise tocarlas. Estaba intentando dejar de beber y era mejor mantenerse lejos del vicio. El primer día no encontré nada. Me puse a leer un libro sobre mitología azteca que encontré en la biblioteca de mi tío. Como a las once de la noche, me pareció ver que un gato saltó por la puerta de la habitación en la que me encontraba. Efectivamente, era un enorme felino, el más grande que había visto hasta entonces. Intenté atrapar al animal, pero huyó de mí y se metió debajo de un ropero luego comenzó a arañar el piso me acerqué hasta donde estaba el animal. Entonces noté que una zona de la duela del piso estaba suelta. Fui a buscar alguna herran nsa que me ayudara a hacer palanca para retirar el trozo de madera, pues sentía la misma curiosidad que el gato conseguí una barra de acero y procedí a quitar la madera. Lo que encontré debajo era en verdad macabro. Había un trozo de máscara que semejaba un rostro humano. Este parecía demasiado real de no ser porque del lado contrario a donde se encontraban los ojos, se veía como era simple plástico. Fácilmente pensaría a uno que era un rostro humano. También había varias hojas sueltas con algunas oraciones en hebreo, varios muñecos con alfileres enterrados en todo el cuerpo, algunos frascos que apestaban y una llave de acero fundido con una estrella de David en la punta. Para esto, el gato se levantó y huyó a buscar refugio en la penumbra. Todo el hallazgo me pareció de lo más desagradable. No sabía por qué mi tío tendría esas cosas escondidas, pues él era siempre tan amable, siempre hablaba sobre Dios y la relida. Era el tipo de persona de la que jamás se imaginaría uno se dedicara al esoterismo o a las artes oscuras. La verdad, por más que le daba vueltas. No me lo imaginaba realizando rituales, degollando gallinas o cosas así. Pero como suelen decir en México, a veces los más serios son los más horribles. Busqué unos guantes en la cocina y eché en una bolsa negra todo ese macabro hallazgo, excepto la llave esa la metí en mi bolsillo trasero. Después de tirar la basura, fui directo a la sala. Encendí una lámpara y coloqué la llave para ver si ésta abriría por fin la caja y terminaba de una vez con tanta intriga. La llave entró fácilmente, pero no pude hacerla girar a la primera calzaba a la perfección más no giraba. Retiré mi mano de la cerradura y ante mi incredulidad, la llave se giró por sí sola, abriéndola y permitiendo que mirara lo que había adentro dentro. No había otra cosa que un dibujo de de un ojo c h c h NS, plumas alrededor y una escritura que sí logré identificar las había visto una vez en un libro del Corán. Supe entonces que la caja era de origen árabe y el dibujo se parecía mucho a la descripción que daban de los Ángeles en algunos textos hebreos. Sólo que había algo de macabro en ese dibujo la manera en que dibujaron el iris. Mientras revisaba la caja, escuché como el gato que escapó a la penumbra comenzó a maullar de una manera desesperada. Cuando fui a verlo, no quedaba nada de la forma del enorme gato. Todo era pelos sangre y trozos de un líquido transparente. Parecía como si el animal hubiera explotado. Me quedé impactado ante el horrible suceso. Sin embargo, tuve que agarrar valor para limpiar los restos del pobre animal. No sé de dónde había salido ese animal hasta donde sabía mi tío hacía mucho que no tenía animales en su casa. Supuse que sería de algún vecino. Sentí mucha pena por o el pobre animal. Además, no me explicaba cómo un animal podía morir así. De repente, cuando terminé de limpiar los restos del animal y me dirigía a uno de los jardines para enterrarlo. La puerta de un clóset se abrió por sí sola y de adentro vi salir algo pequeño. Al principio sólo vi su sombra, pero poco a poco fue acercándose hacia mí. Era una criatura bastante extraña. Me diría menos de un metro. Su rostro era tan pálido como el mármol sonreía, pero no se movía de pronto. Hizo algo que aún hoy en día no me puedo sacar de la cabeza. Se echó medio metro hacia atrás y comenzó a girar su cabeza hasta quedar totalmente del lado contrario, con la boca en la parte de arriba y los ojos hacia abajo. Luego, tal y como apareció, desapareció. Dejé la bolsa con los restos del animal. Corrí a tomar la caja. Eché mis cosas a la camioneta y cerré vi en la puerta. Aunque me sentía asustado, intenté conducir de manera prudente, pues ya era noche. Desafortunadamente, tuve un accidente. Un auto salió de la nada y no logré esquivarlo amanecí en el hospital. No sé quién llamó a la ambulancia. Mis hijos se encargaron de mandarme al hospital, que me tocaba. Por mi seguro no fue grave el choque, sin embargo, la contusión me dejó inconsciente y los médicos querían asegurarse de que no presentara secuelas. Cuando pude salir del hospital, llamé al evaluador para informarle que había logrado abrir la caja. Nos vimos un día por la tarde. Llevé la caja y mi amigo, el Valuador llevó a un estudiante de ciencias sociales que era aficionado a las lenguas antiguas. El muchacho nos dijo que supuestamente la caja guardaba aún Jean, lo que nosotros conocemos, con un genio que era una especie de espíritu más viejo que los seres humanos, pero que, a diferencia de lo que se veía en las películas, estos espíritus eran malévolos e iban regando el caos y dando maldiciones a todo aquel que se lo encontraba. Y esta caja era la prisión que probablemente un rabino logró encerrarlo y sellarlo para contener su maldad. Por eso es que la llave llevaba la estrella de David. El chico dijo que no creía en nada de lo que me contó, que para él todo era simple mitología, parte del folclor de otras culturas. Yo, en cambio, que había visto con mis propios ojos a este ente maldito, sabía que era verdad y que había cometido un pésimo error. Hablé con mi padre, le confesé todo lo que encontré en la casa de mi tío y él, al igual que yo, no podía creer lo que encontré. No se imaginaba que mi tío fuese un ocultista. Le pedí que me creyera y me ayudara, pues sentía mucho miedo de haber arrojado una maldición terrible sobre mí. Entonces, mi padre mandó llamar a un rabino que, después de varios ritos, mientras la caja estaba abierta, logró atrapar al gyn dentró nuevamente. Yo o o o or. Quise cerciorarme de que esto había surtido efecto. Así que arrojé la caja en la noria de la casa de mi tío y vendí la casa lo antes posible. Al poco tiempo todo mejoró en mi vida. Me volví a casar y hasta la fecha las cosas me han ido muy bien. El hechizo de Julieta me apena confesar que hace algunos años, yo fui la causante de una maldición que terminó regresando a mí. Era estudiante de Bachillerato y solía ser el tipo de chica que vestía de negro y que sentía un gran interés por estas artes oscuras como son el tarot la lectura de la palma de la mano, entre otras cosas. Y aunque llegué a practicar cada una de ellas, nunca encontré algo extraordinario alguna que otra vez se acertaba en lo que decían las cartas o las líneas de la mano. No obstante, algo dentro de mí me decía que todo o era mera coincidencia y que las personas que se dedicaban a esto eran personas con un enorme don de la palabra que lograban envolver a las personas con un diálogo ambiguo y si una cosa eran otras, En fin, mi interés por esas prácticas se fue cuando jugué a la huija y nada más allá de la sugestión ocurrió. Pero un día entró una nueva compañera que venía de Ciudad Juárez. Yo vivía en Chihuahua. Ella se llamaba Julieta y, al igual que yo, solía vestir de negro, usaba pulseras y collares con símbolos raros. Ella de inmediato llamó mi atención y no tardamos en hacernos muy buenas amigas. Me contó que ella llevaba tiempo practicando una especie de brujería que sí surtía. Efecto, supo de ella gracias a aquel padre de su madre. Había sido un gran ocultista que llegó a México buscando libertad para realizar sus prácticas mismas, que llevaba a cabo en una cabaña que poseía en el desierto de Samalayuca. Y es que cuando estaba en Estados Unidos, sufrió varios intentos de hacer asesinato. Incluso estuvieron a punto de lincharlo, pues vivía en una comunidad muy religiosa y le culparon de haber causado varias muertes con el uso de la brujería. Su madre le ocultó esta historia por miedo a que Julieta, quien siempre había sentido una enorme atracción por el esoterismo, fuese a seguir sus pasos. Una media hermana de su madre, a quien le encantaban los chismes, le platicó acerca de su abuelo, incluso le dio la dirección de la cabaña que poseía su abuelo, misma que, según creían, ya estaba vacía. Julieta, cuando tuvo oportunidad, hizo que su novio, quien por cierto era mayor de edad, la llevara en su jeep y, aunque encontró la casa vandalizada, si pudo recuperar varios cuadernos que pertenecieron a su abuelo, donde venían varias guías para practicar la adivinación con el uso de cadáveres de animales, maldiciones y sacrificios. Ella vivía en una zona que es considerada peligrosa. Su madre era una mujer, mujer joven que se la pasaba todo el día encerrada en un cuarto oscuro. Julieta me dijo que padecía una enfermedad mental que no era nada grave, pero de vez en cuando le daban migrañas y no toleraba la luz del sol Vivían en una especie de vecindad donde me decía que todos eran parientes. Vivían varios tíos y tías, pero ella no solía hablar mucho con nadie, pues la consideraban un bicho raro y como su madre era soltera, la juzgaban mucho. Julieta tenía su propio cuarto y nadie la molestaba. Tenía una hermana mayor llamada Ebelin, pero ya se había juntado con su novio, quien tuvo que apoyarla mucho, pues heredó la condición psiquiátrica de su madre. La habitación de Julietta era un desastre. Parecía que jamás se había limpiado como dibujaba y pintaba al óleo. Tenía un restirador cubierto por ropa sucia pinturas en el piso. Me sorprendió el talento que tenía para el dibujo y la pintura. Ella me explicó que para realizar varios de los hechizos era necesario realizar una serie de dibujos a la perfección utilizando una pintura mágica que ella conocía cómo preparar. Su padre le heredó su talento, aparte de que le enseñó algunas técnicas que aprendió con facilidad. Julieta sacó algunos de los cuadernos de su abuelo. Estaban enmohecidos, pero aún así se podía observar exactamente lo que decía. Venían algunos dibujos en los que se especificaba que parte del animal se debía cortar para los rituales, lo mismo que extraños símbolos que Julieta me explicó su abuelo extrajo de algún libro de magia egipcia antigua. Su abuelo había sido un hombre adinerado, pero que vivió una vida muy libertina. Dejó muchos hijos regados y a su madre y hermanos les dejó ese terreno en el que vivían. Julieta me pidió que le ayudara con un ritual que, según ella, lograría que contactara con una entidad fuera de nuestro mundo, a quién le pediría riqueza y poder. Me comentó que no podía hacerlo sola, pues un requisito era que hubiera al menos dos personas con un vínculo afectivo? Sentí extraña a Julieta después de decírmelo del vínculo afectivo. De hecho, se acercó a mí de una manera que invadió totalmente mi privacidad. Yo me alejé de ella mostrando mi rechazo enseguida. Tomó una actitud bastante pesimista. Comenzó a hablar en voz alta sin mirarme, diciendo que no sabía a qué había venido. Si no pensaba ayudarle a practicar la magia, le pedí que me disculpara, pero yo sólo quería ver si en verdad sabía cómo alterar la realidad utilizando los hechizos de su abuelo. Desafortunadamente, ella ya no tenía humor para seguir con el rito, así que me despedí y me fui a mi casa. Pasó el fin de semana. Ella no me llamó por teléfono ni yo a ella. Cuando regresó a la escuela, Julieta no se presentó a ninguna clase. Lo mismo ocurrió durante varios días. Le pregunté a un compañero que vivía cerca de su casa. Él me dijo que ella estaba muy enferma a tal punto que no podía levantarse de su cama. Se me ocurrió ir a visitarla sin avisar, pues dentro de mí sentía una mezcla de emociones encontradas, como me dijeron que tenía un tipo de bronquitis aguda. Llegué a conseguir eucalipto de un árbol, compré propolio y miel de maguey para hacerle un té Cuando la visitara, llegó a su casa y efectivamente se encontraba en cama. Se alegró de verme y de inmediato se sentó en una orilla de su cama. Le pedí que me diera permiso de usar su parrilla, pues le llevaba el remedio. Ella me dijo que podía usar libremente cuanta cosa hubiera en su cuarto. La cocina, que era un pequeño espacio entre su dormitorio y el baño, no estaba tan desordenada de regreso. Con ella. Noté que en su tocador mantenía una serie de frascos con restos de lo que parecía la carne de alguna especie de animal. También tenía botellas con algunos líquidos químicos y hojas sueltas con simbología. Tomó su té con calma y entre sorbos. Me comenzó a contar que había intentado realizar varias invocaciones, pero que no había tenido éxito en ninguna. También me comentó que la salud de su madre empeoraba día con día, motivo por el cual me pedí ayuda en ese momento, pues quería intentar un hechizo que encontró en uno de los cuadernos de su abuelo. Yo accedía a ayudarle pues me conmovió su estado actual. Por motivos de seguridad del público, no repetiré los pasos que seguimos durante el ritual. Sólo diré que era necesario el sacrificio de un roedor deforme una vela y nuestra propia sangre. A medida que avanzábamos en el ritual, sentí una presencia en la habitación, una fuerza invisible que parecía rodearnos. El ambiente se volvió pesado y eléctrico y una suave brisa comenzó a acariciar nuestras caras. Vi un he caminando por su habitación y esconderse en el espacio donde se encontraba la parrilla eléctrica. La vela elevó de una manera intensa su fuego hasta consumirse en cuestión de segundos. En eso escuché una voz en todos lados. No sé cómo explicarlo. Era como si sonara en el vacío de la habitación. Julieta comenzó a mover la cabeza de un lado a otro diciendo que había cometido un grave error. En eso sacó una navaja de rasurar. Cortó un poco la piel de su dedo, meñique y dijo una frase que, según ella, serviría para anular lo que acabamos de hacer. En eso comencé a escuchar unos aullidos en el cuarto de al lado. Julieta me dijo que no me asustara, que sólo era un perro que tenía su madre. Yo ya estaba muy nerviosa para ese punto, así que le dije que me iría. Ella me pidió esperarla deseaba salir de su casa, aunque sea unos instantes me acompañó a mi casa y fue la última vez que la vi al menos con cordura. Ella no volvió a la escuela y con el pasar de los días experimenté una serie de malestares y alucinaciones relacionados con su imagen. Me ocurría que una debilidad profunda se apoderaba de mí de la nada. Bajé mucho, siendo que siempre he sido una chica gordita y aún en ese entonces comía muy bien. A veces soñaba con ella, la veía sufriendo con los ojos vacíos, sangrando por las cuencas. Esto bien podría ser explicado como una simple pesadilla. Sin embargo, lo curioso era que cada que despertaba escuchaba su voz pidiéndome ayuda. Todo empeoró cuando comencé a soñar con Julieta y su hermana, a quien por cierto, jamás había visto en persona, sólo en fotos. Ellas eran idénticas y de no ser porque su hermana le llevaba al menos tres años de edad, bien podían pasar por gemelas. Soñaba con su cuarto ensangrentado y ella sentada una junto a la otra con las cuencas de los ojos vacías, volteando en dirección al cielo y con una expresión perpetua de dolor. En este punto, yo ya estaba desesperada y decidí buscar ayuda. Así di con una espiritista que después de varias sesiones, logré al fin sentirme un poco mejor. Aunque no dejaba de soñar con Julieta. A pesar de todo, me seguía preocupando y cuando preguntaba por ella en la escuela, sólo me decían que se había dado de baja por falta de pago. Al final, decidí ir por mi cuenta a la casa de Julieta. Me recibió una de sus tías, a quien no conocía ella. Me contó que Julieta ya no vivía allí, que se había ido a vivir con su hermana. Me dio su dirección, pero me recomendó no buscarla, pues según la señora Julieta había comenzado a presentar la misma enfermedad mental de su madre y era probable que no me recibiera bien. No me importó la advertencia de la mujer y apenas me fui. Me dirigí a la dirección indicada. Me recibió la hermana de Julio, quien era idéntica a ella. Sólo que un poco más alta después de decirle quién era, me dijo que Julieta no se encontraba bien en ese momento, pero que con gusto le diría que fui a visitarla y le diría que me llamara. Regresé a mi casa. Aún más preocupada. No podía dejar de pensar en que tal vez no tuviera una enfermedad mental real, sino que era víctima tanto del ser que invocamos como de alguna especie de maldición familiar. A los tres días Julieta me llamó. Me dijo que no estaba nada bien que desde que hicimos el ritual, algo entró en ella y le estaba afectando demasiado. Luego me pidió disculpas. Si me llegó a afectar de alguna manera. Yo le respondí que la podría contactar con una espiritista que le ayudaría, pero ella se negó. Por último, me dijo que lo mejor era que ya no nos viéramos, pues en unos meses se iría a vivir a durango. Ya no volví a saber nada de ella. Han pasado casi diez años y aún a veces s sueño con ella que sufre. Espero en Dios que su alma no sea acechada más. Yo, por mi parte, nunca más volví a intentar realizar ninguna especie de ritual ni de hechizo de adivinación acoso sobrenatural. Desde muy pequeño. Tuve que ser independiente y es que, aunque me duela decirlo, mis padres jamás se hicieron responsables de mí. Ambos eran adictos a medicamentos controlados y otros estupefacientes. Una familia que tenía una panadería me permitió vivir con ellos durante un tiempo. Siempre les estaré agradecido. Viví con ellos hasta los diecisiete años, pues aunque jamás me cobraron renta ni servicios, sentía que abusaba de hospitalidad. Cuando se me presentó la oportunidad me mudé a vivir a un edificio que ofrecía la renta de departamentos y habitaciones amuebladas un precio bastante accesible, Y es que el dueño era una especie de filántropo. Buscaba de cierta manera ayudar a las personas sin hogar, pero sin regalar. Entonces cobraba el equivalente del pago de servicios A este señor yo lo conocí en persona y puedo asegurar que es un ángel encarnado, pues él en verdad ayuda a las personas, no regala cosas, sino que ofrece oportunidades. Por ejemplo, a mí me dio trabajo dando mantenimiento a otros edificios de los que era dueño. Se llamaba Roberto y curiosamente no había nacido en Guadalajara ni en México. Venía de Zaragoza, España, su padre era musulmán y su madre una católica devota. Él mantenía una frase que hasta hoy en día se me ha quedado en la cabeza. Hacer por otro lo que puede hacer por sí mismo no es ayudarlo, sino hacerlo inútil. Y es por ese motivo, aunque le fuera posible, no dejaba que nadie viviera gratis desgraciado. Como hay personas con una luz y bondad inmensa, también hay seres de oscuridad e inmundicia de los que hay que cuidarse. Me mudé como en el noventa y cinco al edificio de la calle este ban baca Calderón me dejaron una habitación en el cuarto piso. Roberto me recomendó mantener cierta distancia con la persona que vivía en el piso de arriba, pues era una persona inestable y que era posible que fuera amable o sumamente hostil. Yo suelo ser una persona muy sociable y servicial. Esta actitud me ha traído beneficios pues hace que me gane a la gente. Cometí el error de no seguir los consejos de Roberto. Conocí a Alicia, que era la persona que vivía en el último piso. Parecía una persona bastante amable, de baja estatura delgada y morena se veía de apenas unos cuarenta. Alicia me pidió que de favor le bajara una bolsa de basura. Lo hice amablemente pero noté un olor terrible dentro de la bolsa. No olía como simple basura, sino como animales muertos. Pasaron dos días en los que no había Alicia para nada. Al tercer día comencé a notar ciertos murmullos provenientes de su piso. Mi baño se comunicaba con el suyo por un tubo de ventilación. No alcanzaba a distinguir las palabras en las que hablaba, pero después de un rato noté como si alguien más estuviera con ella. Había dos voces diferentes, la suya y otra parecida a la de un hombre. Esto ocurrió cerca de las doce. Sé que tal vez pueda mostrarme un poco chismoso, pero no era una simple charla, pues el tono de voz se fue elevando hasta que pude notar que Alicia realizaba una especie de invocación mencionando un hombre extraño, algo así como bel y después de nombrarlo, comenzó a vomitar con un tono muy exagerado. Lo que ocurrió después fue que comenzó a bajar un olor parecido al del amoníaco. Luego los focos de mi baño, como comen n nrron a parpadear. Sentí algo de miedo, pues jamás en mi vida había escuchado o visto a alguien que realizara brujería, salvo en las películas. Me fui a mi cuarto y puse mis audífonos a volumen alto e intenté dormir. Al día siguiente me encontré con Alicia muy temprano. Se veía de muy mal humor. Incluso me ignoró cuando la saludé igual y no le presté atención. Me fui a trabajar, como lo haría cualquier otro día de regreso. Por la noche, Alicia estaba fuera de mi puerta. Se veía bastante seria. Me dijo que sí. Tenía unos minutos para escucharla y yo, como era muy joven e imprudente, le dije que sí. Se soltó a llorar. Me contó varios aspectos tristes de su vida mismos que prefiero reservarme, pues no sé si hayan sido verdad. De un momento a otro, su actitud cambió y comencé a notar como si me coqueteaba. De hecho, llevaba una falda muy corta e hizo ciertos movimientos que dejaron al descubierto sus partes y ella se acercaba a mí, mientras que yo me alejaba. Mantuve mi distancia en todo momento y al final le pedí que me disculpara pero que tenía que lavar algo de ropa. Alicia se despidió de mí, pero si la noté molesta aquella noche, escuché cómo tocaban en la ventana junto a mi cama, cosa que es imposible, pues la ventana da directamente a la calle. No existe una marquesina ni un balcón. No hay manera en la que una persona se ponga de pie y comience a tocar. Estuve a punto de asomarme cuando comencé a escuchar el graznido horripilante de un ave. Era desagradable. Lo único que se me ocurrió hacer fue a acostarme y estar bajo mis cobijas hasta poder dormir. A la mañana siguiente encontré un círculo de sal junto a un puñado de gusanos muertos en la entrada de mi cuarto. Eran de esos gusanos grandes con la cabeza negra. Se retorcían muriendo al contacto con la sal. No pude dejar de pensar que aquello era obra de alicia. Sentí coraje, pero me puse a limpiar durante el día. Me sentí mal como mareado y con demasiada somnolencia, aparte de que me alteraba con mucha facilidad. Cuando alguien me hablaba de regreso a mi casa, vi que Alicia me espiaba desde un espacio entre dos escalones, fingí no verla y me dirigí de inmediato a mi cuarto. Entonces noté que había tierra tirada en la pura entrada. No era tierra normal, sino que se veía bastante seca. Me atrevo a decir que parecían cenizas. Saqué una cubeta y la arrojé en la entrada para lavar la entrada. Justo comenzaba a mover la escoba. Cuando apareció Alicia frente a mí, Llevaba una bandeja con gelatinas y un pedazo de pastel. Estuve a punto de negarme a recibirle la comida, pero sentía miedo de que reaccionara aún de más mala manera. Entonces le recibí el plato y, agradeciéndole, le dije que entraría a descansar ella. Sin embargo, se puso frente a mí. Me preguntó qué si no tenía café que pudiera invitarle le puse de excusa que no me habían pagado y lentamente me escabullí dentro de mi casa. De nuevo le agradecí, me disculpé y cerré la puerta. Escuché que subió a su piso exagerando sus pasos. Dejé el plato que me dio Alicia en una pequeña mesita que tenía a un lado de mi cama y me dirigí directamente a Bañarme pensaba que un baño de agua fría lograría tranquilizarme. Cuando termine de bañarme volteo a ver el plato que me dio Alicia y estaba todo podrido y lleno de gusanos con moscas. Era imposible que en sólo unos minutos terminara así la comida. Si cuando lo recibí se veía en bastante buen estado. Incluso olía rico, aunque en ningún momento pensé en comerlo con mucho asco. Tiré la comida dentro de una bolsa de plástico y la llevé directamente hasta el contenedor de basura, pues ni de broma quería mantener aquello en mi cuarto me parecía demasiado repugnante. Aquella noche escuché de nuevo como Alicia realizaba sus invocaciones y nuevamente comenzaron a ocurrir cosas extrañas en mi habitación. Por ejemplo, escuchaba como si alguien rasgara mi cama por debajo y como si algo caminara por los muros. Lo que más miedo me dio esa noche fue escuchar que Alicia mencionaba mi nombre claramente dentro de una de sus maldiciones. Aunque no recuerdo muy bien las palabras que usó, si recuerdo que ella deseaba que yo fuera de su propiedad y que cayera bajo su voluntad espantado, me puse a rezar. No logré dormir esa noche. Al día siguiente fui a buscar a Roberto, que me recibió de buena manera en su casa, aunque me puso a realizar trabajo de jardinería. Le conté lo que estaba ocurriendo y que me avergonzaba mucho no seguir su consejo, pero que ya no soportaba que Alicia la Bruja me estuviera acosando y acechando. Le pedí de favor que me cambiara de habitación, no importara que me cobre más de alquiler. Roberto me dijo que si lo deseaba, podía quedarme un par de días en su casa, pero no creería que esa fuese la solución, pues conocía a Alicia ya de años y lo único que se podía hacer para defenderse de ella era ignorarla y buscar ayuda Para empezar, me regaló unas tijeras de acero vaciado. Me indicó que las pusiera en la puerta de mi habitación cruzadas. También me regaló una medalla de San Benito, cuya oración me enseñó a repetir. Me dijo que cada que me encontrara con ella la recitara. Seguí los consejos de Roberto y esto al menos evitó que Alicia me abordara mas. No detuvo la actividad paranormal, pues varias veces escuchaba cómo golpeaban la ventana. Y lo peor de todo fue cuando me atrevía a asomarme del otro lado, había una ave tan aterradora que, por más que deseara describirla no podría. Era como si mezclaras un guajolote un bo y le pusieras los ojos de un ser humano. Era tan siniestro como repugnante. Y lo peor de todo, era ese sonido maldito que producía. Era como si un animal intentara hablar, como lo hacemos las personas. Ese sonido me hacía sentir que iba a enloquecer me arrodillé, tomé entre mis manos la medalla de San Benito y recé su oración. El ave desapareció y al final me fui a la cama. En la mañana amanecí con varias marcas bastante raras en el cuello y en la espalda. El tío de un compañero del trabajo es médico. Él me revisó y me limpió bien las heridas. Me preguntó si había estado cerca de alguna ber rapaz, ya fuese un halcón salvaje o algo así. Yo le respondí que no, que simplemente hacía amanecí. El médico dijo no creerme, pues no era posible que de la nada me aparecieran. Esas marcas. Además, eran demasiado perfectas como para que me las hubiera hecho. Yo mismo no tenía sentido nada de lo ocurrido. Casi me imaginé a esa ave entrando a la fuerza por mi ventana y atacándome peor aún pensando que esa ave era Alicia transformada. Fui a platicar con un sacerdote que con sus palabras, renovó mi fe. En Dios me cambié a otro edificio y de alicia ya no supe nada. Espero en Dios que no siga molestando a nadie mal de ojo. Las brujas son reales, caminan entre nosotros y es difícil reconocerlas, pues pueden lucir como cualquier persona me llamo sofía y vivo en la ciudad de México. Años atrás, tuve una experiencia bastante aterradora relacionada con este tipo de mal que ejercen las brujas. Mis padres no eran originarios de México, sino que vienen del Líbano. Las costumbres de mis padres eran distintas. Yo, sin embargo, me cria ba ba bajo la tutela de una nana que si era originaria de México, siendo ella quien siempre me cuidaba con amuletos. Por ejemplo, cuando era muy pequeña, me dio una cadenita de plata con una medalla de San Benito, ya que según ella, así me protegería de los malos espíritus. Si de algo puedo presumir es que mis ojos siempre han sido bastante bellos, de color verde, esmeralda y siendo de piel morena, me hace resaltar de una manera especial. Mi nana, que se llamaba Martina, siempre me decía que no me acercara personas extrañas. Ella era muy creyente de las brujas y me aseguraba que a una de sus hermanas la dejaron ciega. Gracias a un maleficio. Mis padres llevaban una vida bastante ocupada, sobre todo mi padre, por lo regular estaba de viaje, así que mi nana siempre me llevaba al mercado, al parque o a cualquier lugar a donde fuera. Aún siendo adolescente. Me encantaba pasar tiempo con ella, pues, aunque la mayor parte del tiempo hablaba sobre él espíritus y aparecidos, contaba anécdotas interesantes. Un día fuimos a ver una obra de teatro. Quedé encantada con la actuación, sobre todo con la de una actriz bastante joven que interpretó el papel de una bruja. Mi nana, al verme tan emocionada al finalizar la función, me llevó a saludar al elenco. La mujer en cuestión era de baja estatura, muy delgada y aparentaba anda rondando los cuarenta años. No sé por qué, pero ya en persona no se me hizo tan amable ni tan bonita. De hecho, su piel estaba muy reseca y ponía una sonrisa forzada. No dejó de mirar mis ojos diciendo que eran de lo más hermoso que jamás en su vida. Llegó a ver unos iguales. Cuando esto ocurrió, mi nana me jaló hacia ella y no permitió que aquella mujer me tocara. Yo no sé por qué, pero en ese momento sentí mucho escalofrío. Regresamos a casa, pero yo me sentí rara lo mismo mi nana, que estuvo demasiada callada durante de todo el trayecto, y ella no suele ser así, sino que es ese tipo de persona que habla hasta por los codos, ya que estábamos cerca de llegar a la casa. Comenzó a decirme que aquella actriz no le daba buena espina y esperaba que no nos causara algún problema, que temía, sobre todo por mí, que aquella mujer me hiciera mal. De ojo aquellas palabras resonaron en mi cabeza. Nunca había escuchado esa palabra, cuyo sonido me parecía desagradable. De inmediato le pedí a mi nana que me contara de qué se trataba ese mal a lo que ella se quiso negar en un principio, pues me decía que no deseaba que me fuera a sugestionar. No obstante, después de pedirle un par de veces que me lo explicara, ella se dio ante mi petición y me contó en qué consistía aquel mal. Resultaba que era una especie de maldición en la cual no hacía falta otra cosa que simplemente mirar con envidia o malicia a una persona. En el caso de su hermana, una bruja, tenía envidia de sus ojos grises, motivo por el cual le cayó una enfermedad que le hicieron perderlos de manera dolorosa y sentía miedo por mí. Por eso me retiró de inmediato de en medio de aquella extraña mujer. Aquel día todo siguió normal. Incluso me dio sueño antes de la hora en que acostumbraba y me quedé sintiendo mucha paz. Desgraciadamente, cuando quise despertar, no lograba abrir mis ojos. Estuve batallando un rato, pero entre más lo intentaba más me desesperaba. Lancé un grito de terror que atrajo a mi habitación. A mi madre y a mi nana me dijeron que tenía los párpados pegados con mpus y sangre. Al parecer se trataba de una infección. Entonces me llevaron de inmediato al hospital que, después de un lavado y darme medicamento, logré abrir los ojos. Me ardían los ojos y no lograba ver bien. De hecho, si enfocaba la vista, notaba una enorme mancha roja. Llevé al pie de la letra el tratamiento que me dio el médico y aunque poco a poco fui recuperando la vista de una manera normal, comencé a experimentar otro tipo de cosas raras. Lo primero que me ocurrió fueron estas pesadillas en las que entraba al teatro y me escabullía a los camerinos. Dentro de uno de ellos veía a la mujer dentro de un círculo de velas rojas, sostenía una bandeja de plata y encima de ellos mis ojos. Inmediatamente que veía esto, me despertaba gritando. Los sueños no eran algo que no pudiera controlar, pues aún cuando sentía miedo si podía volver a dormir, aunque me parecía demasiado extraño estar soñando constantemente lo mismo. Mi nana se preocupó mucho. Decía que los sueños eran avisos y si estaba soñando así de manera continua, era por algo. Un día, mientras me arreglaba para ir a la escuela, noté una mancha gris en mi ojo izquierdo. Al principio era apenas perceptible, pero después de mirarla por más de un par de segundos, se fue extendiendo, poniendo mi ojo como en un color gris. Llamé a mi nana para mostrarle y ella, aunque estuvo largo rato revisándome, no pudo ver lo que yo veía. Mi nana regresó a sus quehaceres y yo me tallé el ojo hasta dejarlo rojo. Me fui a la escuela e intenté no verme en el espejo en todo el día, ni siquiera cuando entraba al baño y me lavaba las manos. Mejor enfocaba la visión en mis manos. Durante todo el día me sentí más sola que de costumbre. No sé por qué, pero mis amigas y amigos no se me acercaban si me saludaban, pero no se quedaban a platicar. Esto continuó durante varios días y aun cuando les preguntaba a mis amigos si ocurría algo malo conmigo, su respuesta era siempre la misma. Decían que todo estaba bien, que sólo era mi imaginación, pero que no siempre estarían solamente conmigo. Me formé ideas en la cabeza y preferí alejarme de ellos. También esto fue lo peor que pude hacer, pues en mis ratos de soledad comencé a sentirme perseguida y hasta llegué a ver sombras que se movían dentro de los salones que estaban vacíos en la escuela. Un par de palabras comenzaron a darme vueltas en la cabeza. El mal de ojo. Me pregunté si era posible que todo aquello que me hubiera ocurrido fuese a causa de mi encuentro con esa extraña mujer en el teatro. Cualquier persona diría que sí y que era obvio desde un principio. Sin embargo, no fue que ocurrieran todas las cosas al mismo tiempo. Además, lo que les ocurrían a mis ojos, según el médico, era una debilidad relacionada con la genética. Hablé con mi nana, a quien, entre lágrimas, le dije que sentía que me quedaba ciega y que veía sombras moviéndose donde no había nadie. Mi nana me dijo que creía firmemente que lo que me ocurría, más que un simple mal de ojos, era una maldición u obra de brujería que haría lo posible por llevarme al fin de semana a consultar una curandera. Dejé de asistir a la escuela. Prefería estar encerrada en mi casa, pues cada día me sentía peor no quería hacer otra cosa que estar en cama. Incluso cuando iba al baño, veía estas sombras andando por todos lados. Una de ellas siempre parecía quedarse a un metro de distancia de mí. Sentía que me iba a volver loca. Incluso a veces me miraba en el espejo y me parecía verme sin ojos. Mi madre no quería que fuéramos a ver a la curandera. Ella me quería llevar a atención psiquiátrica, pues según ella, lo que me ocurría era que desvariaba a causa de la enfermedad de mis ojos y sinceramente, yo sentía más miedo de ir a un manicomio que a una curandera. Al final, terminamos convenciendo a mi madre de permitirme ir total. Si no funcionaba, me llevarían al médico. La curandera en cuestión era una mujer de origen indígena con un gran conocimiento en el uso de plantas medicinales y diversos rituales. Después de escuchar mi o la curandera, que se llamaba Rosario, me explicó que, efectivamente se trataba de una especie de mal de ojo, pero no cualquiera sino uno muy poderoso, uno hecho por una bruja que perfeccionó esta forma de hechizo. Pues por lo regular, quienes ocasionan el mal de ojo ni siquiera son conscientes de que lo hacen. En cambio, la mujer que me hizo ese mal lo realizó en plena conciencia de sus actos. Aunque el mal de ojo del que yo era víctima era muy fuerte, no era algo a lo que no nos pudiéramos enfrentar, pues, según me indicó la curandera no sería tarea única de ella. La de terminar con él dependería mucho de mí el luchar contra ello. La verdad, hasta ese entonces, mi único contacto con lo espiritual había sido lo poco que me enseñaba mi nana. Mis padres eran un poco desatentos en varios puntos. Mi nana fue quien me enseñó a rezar, quien me llevaba a veces a misa los domingos la curandera me obsequió una mu lrato redondo, una especie de semilla de color negro y café que jamás había visto. Se llamaba ojo de venado. Iba amarrado a un listón rojo. Me dijo que esto me ofrecería protección después, aunque aún tendríamos que llevar a cabo un par de rituales para terminar con el mal que me atacaba. Se nos indicó llevarlo a cabo durante el domingo al atardecer, pues era durante en ese día y a esa hora en que la energía de la tierra permitiría devolver el mal. A quien me lo lanzó. El ritual consistió en formar un círculo de fuego con la ayuda de alcohol. Mi nana tenía práctica en estas cosas, así que mayormente ella lo realizó y yo simplemente me quedé en medio del círculo de fuego mientras ella llevaba un espejo en una mano y hierbas en otra. No recuerdo muy bien las oraciones que realizó, aunque algunas estaban en una antigua lengua indígena, estaba demasiado nerviosa, así que sólo recuerdo lo que más me impactó durante ese ritual. El fuego en el círculo comenzó a echar chispas y de repente vimos como si varias sombras con forma de víboras se adentraran al fuego y desaparecieran. Mi nana se mantuvo firme, a pesar de que comenzamos a escuchar como si el viento nos hablara además de que en el espejo que sostenía se formó un rostro que fácilmente reconocí como el de aquella extraña actriz en el teatro. Mi nana me pidió salir del círculo de fuego mientras realizaba la señal de la cruz con ambas manos, y apenas salí, ella arrojó el espejo en medio del círculo de fuego. A partir de ese momento, todo mejoró actualmente siempre cargo el amuleto que me dio la curandera Tierra maldita. Jamás he comprendido el principio de las maldiciones algunas veces. Veces he escuchado que éstas son lanzadas por brujas o personas que buscan una especie de venganza mágica. Yo, por mi parte, pienso que tal como existe tierra Bendita, existe la Tierra maldita misma que, sin darte cuenta, te atrapa tal y como me atrapó tanto a mi familia como a mí. Hace unos años, mi nombre es Rodrigo. Soy originario de Puebla. Me casé siendo bastante joven, pues Dios nos bendijo a mi esposa y a mí con un embarazo doble. Mi mujer dio a luz a gemelos y como ella vivía en una casa con muchos hermanos, su madre prácticamente nos presionó para que nos casáramos. Yo trabajaba de albañil y pintor. No ganaba tan bien y la verdad no poseía ni tierra ni nada. Eran tiempos difíciles y aunque me angustiaba bastante no tener nada que ofrecer a mi entonces novia me puse a trabajar el doble, además de darme la tarea de buscar alguna casita. En renta económica. Nos fuimos a vivir a una vecindad cuya habitación pronto nos quedó pequeña y comenzamos a buscar otros lugares. Así estuvimos durante cinco años mudando de casa en casa hasta que una persona me contrató para pintar un domicilio que iba a poner en renta. Le pregunté al hombre sobre la probabilidad de que me rentara la casa, pues era bastante amplia, lo suficiente como para que cada uno de mis hijos tuviera su propia habitación. Además, debido a la zona en que se localizaba, no creía que pudieran cobrar mucho. La casa se ubicaba al pie de un arroyo, estaba alejada de la ciudad y de otras casas. El dueño de la casa era una persona bastante seria y cuando le propuse que me rentara la casa, se mantuvo en silencio por un par de minutos. Luego me dijo que si lo deseaba, me la podría rentar. No sin antes advertirme que la casa ya llevaba mucho tiempo sola y que la última familia que vivió allí contaba cosas raras acerca de lo que allí ocurría. Luego me preguntó si yo era supersticioso. Le respondí que no que además no no or creía en una fuerza más grande que la de Dios. El señor me palmeó el hombro y me dijo que entonces no veía motivo alguno para no rentarme la casa. Mientras mantuviera mi nivel de fe, no creía que fuera a pasar nada. Apenas tuve oportunidad y comenzamos la mudanza. La casa no tenía nada de extraño, aunque era una construcción algo sencilla, poseía buen terreno, incluso contaba con un patio enorme y cochera. Continuamos con la mudanza y nos instalamos en la nueva casa. Al principio todo parecía ir bien. Mis hijos estaban emocionados por tener su propio espacio y mi esposa y yo estábamos agradecidos por tener un lugar más amplio para criar a nuestra familia. Sin embargo, con el paso del tiempo comenzamos a notar cosas extrañas, pequeños sucesos que no podíamos explicar. Los objetos parecían moverse solos. Escuchábamos ruidos extraños durante la noche y en ocasiones sentíamos una presencia inquietante en algunas habitaciones. Mi esposa, siendo más sensible a estas energías, fue la primera en notar anomalías. Empezó a tener pesadillas recurrentes y despertaba sobresaltada en medio de la noche. También experimentaba sensaciones de frío repentino y escalofríos cuando estaba sola en ciertas áreas de la casa. Intentamos mantener la calma y atribuir estos sucesos a simples coincidencias o nuestra imaginación. Pero a medida que pasaba el tiempo, los fenómenos se intensificaron, las luces parpadeaban con frecuencia, los objetos se caían sin razón aparente y escuchábamos susurros indescifrables en las habitaciones. Eso no fue lo peor, sino que mis hijos comenzaron a enfermar de una manera constante. Lo mismo mi esposa y yo parecía que apenas uno se aliviaba cuando otro de nosotros caía en cama. Mi esposa me dijo que tanto en sueños como al despertar, escuchaba una voz que le susurraba al oído. Le le le les de cría que jamás abandonaríamos aquella casa y que, antes de que intentáramos dejarla, nos enterrarían en sus cimientos. Ella fue la primera en decirme que pensaba que la tierra estaba maldita y que deberíamos cambiarnos de casa. Al principio fui un poco necio. Le decía que en ningún lado encontraríamos a ese precio una casa así de grande, que mejor buscáramos otro tipo de solución, como intentar realizar oraciones o mandar bendecir nuestro hogar. Hicimos de todo, trajimos un padre, nos realizamos limpias. Esto tranquilizó un poco la situación, al menos en los fenómenos paranormales. En cambio, en la vida diaria, las cosas no tardaron en ponerse mal. Mi esposa perdió su trabajo y decía sentirse deprimida dentro de la casa. Me volvió a pedir que dejáramos aquella casa, que no importa si volvíamos a vivir apretados en un cuarto de vecindad. Obedecí la petición de mi esposa y comencé a hacer un pequeño ahorro por si encontraba otra casa. Como he dicho, la maldición se posó sobre mí como una nube negra. Mi trabajo empezó a escasear y los gastos fueron surgiendo tanto de enfermedades de los niños como de sucesos impredecibles. Un día me encontraba limpiando la cisterna de la casa, pues nos habíamos quedado sin agua y la poca que salía olía a podrido. Encontré varias aves y ratones muertos dentro cosa que no tenía sentido, pues la cisterna estaba tan cerrada herméticamente que no había manera en que algo entrara. De no ser que retiraran una enorme losa de concreto y después una tapa de plástico con asco limpie bien la cisterna y cuando volví a salir a la superficie. Por un par de segundos vi a un hombre vestido de vaquero. Llevaba toda la ropa en color negro y su piel era tan pálida como la de un pollo recién matado. Aquel hombre o espectro apestaba todo todavía peor que la propia cisterna. Intenté hablarle, pero dio dos pasos hacia atrás y desapareció. Nunca lograba ahorrar lo suficiente. Siempre que teníamos algo de dinero, salían emergencias en las que lo gastábamos. Otra cosa extraña que ocurrió tan bien fue que la comida se echaba a perder. Aun cuando la mantuviéramos en el refrigerador fui a realizar un trabajo de fontanería. No muy lejos de allí resultaba que el vecino había conocido a los antiguos inquilinos. Noté raro a esta persona que me contrató, pues me preguntó en repetidas ocasiones lo mismo que si no sabía lo que les ocurrió a los antiguos inquilinos. Yo le respondí que no y que realmente, hasta donde sabía, la casa llevaba ya mucho tiempo desocupada, motivo por el cual yo me enteré de ella, pues el dueño me contrató para arreglarla y ponerla en renta. La persona en confianza me dijo que debería salirme de allí, pues en cuarenta años que llevaba en el barrio había vido en desgracia a cada persona que vivía allí. Pero lo peor fue lo que les ocurrió a los últimos inquilinos. Me contó que la familia se conformaba por marido, mujer y cinco hijos. La desgracia hizo que el hombre perdiera el trabajo y aparte se quedara ciego. El hombre tenía a todos sus hijos enfermos y poco a poco comenzó a desesperarse al borde de la locura. Una mañana dejó abierta la llave del gas de la cocina, acabando con la vida de sus hijos y la suya. Esta historia me dejó impactado. Era más que obvio que existía algo maligno en esa casa. Deseé poder sacar a mi familia lo antes posible, pero no pude. Cada vez estábamos más hundidos en deudas y el trabajo era más escaso. Me juré no perder la cabeza y no parar hasta encontrar una solución. Pero aquella tierra maldita parecía querer nuestros cuerpos como sacrificio. Un día fue a buscarme la persona que me contó sobre la muerte de la fama de inquilinos decía estar muy preocupado, tanto por mí como por mi familia y si lo deseaba, me contactaría con una bruja para neutralizar las malas energías y aprovechar ese espacio para huir de ese lugar. Hablando con mi esposa, acepté que acudiera a la mujer. La mujer era ya mayor, aparentaba al menos tener ochenta años. La asistían dos jovencitas que decían ser sus nietas. La señora se llamaba Chayito. Por medio de varios objetos de metal, llevó a sus nietas hasta una esquina del patio. Inmediatamente hizo que comenzaran a acabar. Encontraron varios huesos. Quién sabe si serían de humano o animal, pues estaban revueltos y había de todos los tamaños. Doña Chayito dijo que no creía que aquello fuera parte de un ritual directamente, sino que los huesos fueron llevados allí por una entidad que no pertenecía a nuestro mundo. Continuó diciendo que la presencia maligna en la casa estaba relacionada con esos s huesos y que era necesario liberar el lugar de esa energía negativa. Realizó una serie de rituales y rezos, mientras quemaba hierbas y minerales. Después de terminar su trabajo, Doña Chayito nos advirtió que el proceso de liberación llevaría tiempo y que debíamos tener paciencia. Nos recomendó mantener la fe y rodearnos de objetos sagrados y bendecidos para protegernos de cualquier influencia negativa. Los días siguientes fueron difíciles, aunque los fenómenos paranormales disminuyeron gradualmente, Aún sentíamos una presencia incómoda en la casa. Sin embargo, poco a poco las cosas comenzaron a mejorar. Mi esposa encontró trabajo. Mis hijos dejaron de enfermarse con tanta frecuencia y el ambiente en general se volvió más tranquilo. Aproveché esa mala racha, pedí unos préstamos y nos mudamos a una casa en otra colonia. Desde entonces hemos llevado una vida tranquila y sin ni incidentes sobrenaturales. Aunque no puedo explicar con certeza lo que sucedió en aquella casa, estoy convencido de que había algo maligno en ella, algo que afectó a mi familia, como he dicho antes, algo que buscaba un continuo sacrificio. No sé qué habrá sido de aquella casa en la actualidad. No supe más ni del dueño ni de esa tierra maldita espíritus vengativos. Las ciudades avanzan cada vez más y ocupan terrenos en los que muchas veces no se sabe qué función cumplió en otro tiempo. Si habrán enterrado cuerpos de alguna persona o si el lugar ha sido utilizado para realizar ritos satánicos o de brujería. Pienso que muchas veces es por esto que en casas completamente nuevas comienzan a ocurrir cosas extrañas y te preguntas qué. Cómo es posible que una casa nunca antes habitado puede albergar espíritus o demonios. Así me ocurrió a mí hace varios años. Mis padres compraron una casa por parte del Infonavit en un proyecto completamente nuevo en Tlajomulco de Zúñiga Jalisco. El lugar estaba en medio de varios campos de maíz. En ese entonces el municipio era un poco más verde. Hoy en día ya no todos esos campos fueron sustituidos por casas que mayormente están abandonados, Pero en aquel entonces había mucho que hacer por esos rumbos. Nos gustaba mucho andar por los campos de maíz, luego irnos a una laguna que también hoy en día ya no existe. También visitamos algunas construcciones. Nos gustaba meternos en las casas vacías para jugar a las escondidas. Un día, mi hermano mayor encontró que en el patio de una de esas casas un agujero que daba hasta un túnel. Nos metimos dentro y siguiendo el camino bajo la escasa luz, fuimos a dar a un basurero. Estando allí vimos muchos cuerpos de animales y ahora que lo pienso, era muy probable que hubiera restos humanos también allí nos espantó este siniestro descubrimiento, Así que mejor nos fuimos a otro lugar a jugar. Aquella noche, cuando me fui a dormir, me despertó un pequeño susurro en mi oído y después una sensación profunda de frío. Cuando desperté, miré que el piso de mi habitación estaba mojado. El líquido formaba ciertas pisadas que se perdían en la entrada de mi casa y en el piso un papel que decía váyanse de mi casa o sufrirán las consecuencias. Recogí el papel y lo guardé para enseñárselo a mis padres. Apenas tuviera oportunidad. Cuando vi a mis padres, me contaron que ellos también llevaban ya algo de tiempo, sintiendo una extraña presencia, pero que no nos quisieron decir para no asustarnos, además de que ese fin de semana iría de visita a mi tía en Edina, que se dedicaba a realizar curaciones y fácilmente ahuyentaría a esos espíritus que se aparecían en la casa. Mis hermanos y yo hicimos varios amigos alrededor de los cotos. Hubo uno que nos contó que la constructora en que se levantó mi casa encontró muchos huesos antiguos, pero que tenía el permiso entero del entonces Presidente municipal para hacer lo que quisieran, así que ni siquiera investigaron. A mí se me hizo fácil contarles lo que me ocurrió aquella vez. También les dije acerca de la casa, con el pozo y el túnel que llevaba a un vertedero de basura donde vimos cuerpos de animales. Los chicos sintieron curiosidad y nos pidieron a mis hermanos y a mí que los lleváramos al sitio donde encontramos. Eso yo no quería llevarlos. En cambio, mi hermano siempre quería quedar bien con todo el mundo, así que se ofreció a llevarlos. Yo los acompañé, pero no quise entrar en la casa. Me parecía demasiado desagradable caminar a un lado de los cadáveres de animales, así que me quedé esperando afuera, jugando con una montaña de tierra. Pasaron alrededor de veinte minutos. Cuando todos los chicos salieron corriendo de la casa, se veían pálidos. Parecía que vieron algo terrible. La figura deforme de una criatura que apestaba a muerte. Les dije que fuéramos todos a mi casa, ya que ese día estaría mi tía en Edina y ella encontraría una explicación a lo que les acababa de ocurrir. Tal como lo dije. Llegando a casa, estaba mi tía lanzando agua bendita y oraciones que solía hacer. Después de que le contamos lo que les ocurrió a los chicos les pasó una hierba por todo el cuerpo. Nos dijo que deberíamos tener mucho cuidado de donde nos metíamos, pues estas tierras eran bastante antiguas. Aunque no lo aparentaran. Tendríamos que honrar a los espíritus, pues estos eran los que regresaban, sobre todo si notaban que su tierra estaba siendo mancillada. La presencia de mi tía trajo un período de tranquilidad a mi hogar, pues al menos en un par de meses, no es cr uchamos ni vimos nada extraño. No pasó igual con algunos de los amigos que fueron a visitar la casa. Al menos tres de ellos comenzaron a platicarnos que en las noches no lograban dormir, pues cosas extrañas pasaban en sus casas, cosas como que encontraban pisadas lodosas en los pasillos o que les dejaban animales muertos en sus puertas. Al parecer, después de pisar ese terreno donde se encontraban los restos de animales. Se desató una maldición en cada uno de nosotros. Pasados tres meses. Nuevamente se desataron cosas extrañas. En mi hogar un viernes. En la noche, mis padres y mis hermanos se fueron a una fiesta. Yo me quedé castigado por haberme escapado de la secundaria, así que me dejaron encerrado en la casa. Al principio me dio igual que me dejaran encerrado. Por lo regular. No me gustan las fiestas mucho menos si son familiares, pues me parecen muy aburridas, así que me puse a ver un maratón de películas de terror casi para la medianoche. Comencé a escuchar como si alguien arañara la ventana que daba a la calle. Era un sonido bastante desagradable. Rápidamente me fui a asomar para ver qué era lo que ocurría, pero no vi nada, ni siquiera un gato o un perro. Segundos después escuché pasos al fondo de la casa y también otro sonido muy peculiar, algo parecido al de los cascabeles que suelen traer los danzantes durante la llevada de la Virgen de Zapopán. Esto me dejó desconcertado, pues en verdad era extraño para ese entonces no teníamos vecinos a los lados, las casas estaban vacías y no era común que las personas pasaran por mi cuadra. Regresé al sillón donde veía la televisión y de un momento a otro volví a escuchar los cascabeles. Luego pasos y el sonido de una especie de flauta. Esto me hizo ponerme de pie. Sentí mucho miedo y aún así tuve el valor suficiente de asomarme más allá del pasillo justo a medio camino. Sentí como si algo invisible me golpeara de frente. Fue demasiado extraño. Sentía como si algo se metiera dentro de mí a través de la piel. Caí en un sueño profundo del que aún hoy en día no recuerdo nada. Mis padres y mis hermanos me encontraron tirado en el corredor. Dicen que temblaba y gritaba. A partir de ese día comencé a enfermar. Fue una debilidad aguda. Siempre estaba dormido y jamás sentía fuerzas para hacer cualquier cosa. No salía de la casa ni para ir a la escuela. Esto asustó mucho a mis padres, que me llevaron de urgencias al seguro. Ellos pensaban que tendría anemia o alguna enfermedad relacionada con debilidad en la sangre, pero después de varios estudios, resulté estar sano a los días. Mis demás hermanos comenzaron con mis mismos síntomas de debilidad. Los más pequeños decían que soñaban con las sombras, que se metían en ellos y sacaban algo luminoso. Otra cosa extraña que pasó fue que mi hermano mayor comenzó a comportarse siempre como si estuviera nervioso y era el único que no había enfermado. Mi padre mandó llamar de nuevo a mi tía en Edina, que no tardó en presentarse. Nos curó a todos con una piedra de alumbre y después de echar humo de copal por toda la casa, nos dijo que algo no estaba bien en ese lugar, que si alguien había tomado algo que no le pertenecía, lo devolviera. Yo me quedé desconcertado y aunque no tenía pruebas, también presentía que alguien había robado algo de aquel vertedero en aquella casa, algo que había aumentado la presencia sobrenatural en nuestro hogar. Así pues, mi hermano se quebró y confesó haber robado una especie de flauta hecha de hueso. Fue a buscarla y se la entregó a mi tía pidiéndole que le ayudara, pues decía que, aunque no había enfermado, no dejaba de tener horribles pesadillas. Mi tía le dijo que la única manera de poder neutralizar a los hons espíritus era de volver aquello que les fue robado, además de ofrecer algunas ofrendas, como quema de inciensos y dedicar varios rezos durante siete días. Eso hicimos, y juro por Dios que fue difícil, porque cada que realizábamos estas oraciones, escuchábamos unos sonidos de tambores y campanas, además de que los objetos en la cocina y las alas se movían solas. Mi tía, en Edina venía a ayudarnos de vez en cuando, pero cuando no iba era cuando más actividad paranormal ocurría. Poco a poco. Todo fue mejorando la salud de mis hermanos y mía de un día para otro. Nos sentimos mejor. Ya jamás volvimos a pasar por nada aterrador en la casa de mis padres. Yo, por mi parte, cada que visito cualquier lugar, siempre hago tanto una reverencia hacia la tierra como un par de oraciones, tal y como me enseñó mi tía en Edina, quien, desafortunadamente, ya no se encuentra entre nosotros otros no tomes objetos de los muertos. Mi madre era Curandera. Sé que muchas personas pueden malinterpretarlo como dedicarse a la brujería, pero puedo asegurarles que en más de cuarenta años jamás la vi realizar un ritual que no fuese para purificación o para retirar algún maleficio. Cuando era niño, me tocó presenciar muchas cosas extrañas durante las curaciones que realizaba mi madre, pero ninguna se compara a lo que le ocurrió una vez a su comadre Ana. Cierta tarde llegó la comadre ana a mi casa. Yo soy el más chico de nueve hermanos y en aquel entonces todos trabajaban excepto yo. Me encontraba de vacaciones. De verano. Vivíamos muy cerca de la estación de Tetlán en Guadalajara. Jalisco. La comadre de mi madre le pidió que le acompañara a rezar el rosario al panteón de Huan, Guadalajara, lugar donde reposaban los restos de su difunto marido. La comadre Ana era una persona que había vivido toda su vida en el rancho. No sabía leer ni escribir, mucho menos rezar. Por eso necesitaba apoyarse de mi madre. Mi madre me pidió que las acompañara, lo cual me dio mucha alegrías que sonara raro. Pero por aquel entonces buscábamos que nuestras actividades nos ofrecieran la oportunidad de poder ganarse algunos centavos. Y una de tantas cosas que hacíamos era acudir al cementerio para ofrecer, acarrear agua o limpiar las tumbas. A cambio, las personas nos daban una propina, aun cuando en esa ocasión no fuese recibir ni un centavo por acompañar a la comadre y a mi madre, me sentía contento de ir al panteón. Me gustaba mucho corretear entre las tumbas o leer los epitafios. Tomamos el camión y para mediodía ya estábamos entrando al cementerio. Llegamos al panteón y nos adentramos entre las lápidas y Mausolens. El ambiente era tranquilo y sereno, con el sonido lejano de las campanas de una iglesia cercana. La comadre ana llevaba en sus manos rosarios y un ramo de flores frescas, mientras mi madre portaba un pequeño frasco con agua bendita. Nos dirigimos hacia la tumba de su difunto esposo, un lugar sencillo pero bien cuidado. La comadre ana se arrodilló frente a la lápida con los ojos llenos de nostalgia. Mi madre comenzó a rezar todos los misterios del rosario, mientras que la comadre se limitaba a repetir la parte del rezo que le tocaba. En cuanto tuve oportunidad, me escabullí entre las tumbas, pues rezar me parecía demasiado aburrido y el paisaje me ofrecía la aventura de poder imaginar cualquier otra cosa que me sirviera a modo de juego. Cerca de un árbol. Había una tumba con un par de losas sueltas. Yo vi como una señora. Llegó con varios frascos y bultos. No fue difícil imaginar que se trataba de productos de la brujería. Intenté que la mujer no me viera, cosa que fue sencillo. Después me entretuve jugando en una pila de agua y regresé. Cuando llegué mi madre me miró con cara de amenaza. Me imaginé que notó mi ausencia. Por suerte, cuando terminó de rezar no me regañó, pues nos pusimos a limpiar bien la tumba de camino de regreso. Pasamos por una zona de tumbas un poco más pretenciosas. Había algunas con hermosas construcciones que muchas personas vivas ya quisiéramos tener como casa. Al menos yo en aquel entonces dormía con cuatro de mis hermanos en un pequeño cuarto sin enjarre y con piso de tierra. En cambio, esas tumbas estaban tan detalladas y enormes que sentía envidia de los difuntos. En medio de dos enormes tumbas había una de pura tierra con una cruz de metal. Se veía bastante abandonada. Mi madre y su comadre tuvieron la idea de arreglar el lugar, pues sentían pena. Nos pusimos a recoger la tierra y lavar la cruz. Mientras removíamos la tierra, ana encontró una pequeña cadena de oro con un relicario. No llevaba fotos ni inscripciones, así que se le hizo fácil tomarlo, aun cuando mi madre le dijo que no lo hiciera, pues no sabíamos si se trataba de un trabajo de brujería. Regresamos a casa y se me hizo fácil contarle a mi madre que vi a una mujer metiendo frascos dentro de una tumba. Pensé que me regañaría, pero en cambio, me dijo que luego fuéramos y me dijera dónde, pues era necesario ir a anular ese tipo de trabajos. El resto del día pasó normal, pero cerca de las dos de la madrugada alguien tocaba a la puerta con desesperación. Era la comadre Ana Venía pálida como un cadáver. Mi madre la recibió y de inmediato le hizo un té de tila para los nervios y también la cubrió con una sábana, pues no dejaba de temblar y de sudar frío. Una vez que estuvo tranquila comenzó a contar sobre lo que le había ocurrido. Dijo que un muerto había todo a su puerta y al no querer abrirle comenzó a gritar en el patio de su casa. Mi madre le dijo que esto ocurría porque había tomado la cadena, pues nunca hay que robarles a los difuntos sus cosas. Así que mi madre le dijo que tenía que regresar el relicario a la tumba y después rezar un rosario en nombre del difunto. Durante tres días en eso estaban cuando escuchamos que golpeaban a la puerta con violencia. Mi madre, imaginando que era lo que ocurría, tomó su frasco con agua bendita y un crucifijo. Mis hermanos se levantaron asustados y mi madre nos mandó a todos a nuestro cuarto nos pidió que rezáramos. Todos obedecieron menos. Yo me quedé allí mirando que era lo que estaba ocurriendo. Mi madre abrió la puerta y al percatarse que no había nadie, arrojó agua bendita, alzó el crucifijo y gritó te Pido en nombre de Dios que regreses a tu sepulcro al descanso eterno. En eso se vino un viento violento que azotó la puerta contra la cara de mi madre, que, de no ser por instinto, se echó hacia atrás. Probablemente hubiera quedado con la nariz rota. La comadre Anita comenzó a llorar. Yo miraba todo detrás de un sillón. En eso, mis hermanos comenzaron a gritar, pues decían que habían visto algo en la ventana que daba al patio. Mi madre se dirigió hacia allá con valor y yo me puse a un lado de una hermana que me contó haber visto primero unos ojos como inyectados de sangre y momentos después vieron a lo que aparentaba ser dos niños pequeños. Cuando mi madre salió al patio, no vimos nada, pero si notamos algo muy extraño. Era como si algo empujara el viento de manera antinatural, causando el sonido de un aleteo de una gran ave. Cerca de las cinco de la madrugada, las cosas se tranquilizaron, aunque Ana no quiso volver a su casa, así que durmió en la sala en un viejo sillón. Al día siguiente, mis hermanos se fueron al tar abajo y yo fui con mi madre al colegio en el que daba clases de corte y confección. Le dijo a su comadre que debía ir sola al panteón a devolver lo que había tomado, además de realizar lo que mi madre le había indicado ya en la tarde que estuvimos de nuevo en casa, no encontramos a la comadre. Mi madre dio, por hecho que se había ido al panteón a cumplir con lo encomendado. Pasamos prácticamente el día normal yo jugando en la calle hasta que oscureció y mi madre, dando sus limpias cerca de las tres de la madrugada, nuevamente golpeaban a la puerta. Mi madre se levantó de mal humor imaginando que era de nuevo su comadre ana, pero cuando llegó a la puerta de nuevo la nada le recibió sólo un lamento de angustia. Sonó en el aire. Era muy extraño. Parecía como si el mismísimo viento estuviera endemoniado y atacara todas las ventanas y puertas de la casa. Yo en esta ocasión no quise salir de mi cuarto. Esto fue peor que la otra vez, pues pude ver con mis propios ojos aquello que vieron mis hermanos la noche anterior. Primero fueron como risas de niños y de nuevo, ese aleteo enseguida mi hermana gritó señalando en dirección hacia la ventana y entonces los vimos. No sé cómo describirlo. Parecían como esas gárgolas de las catedrales que parecen pequeños demonios alados. Todos salimos del cuarto y nos quedamos a un lado de mi madre, quien comenzó a rociar agua bendita y lanzando sus oraciones para ahuyentar a aquello que nos estaba acechando en la casa, logrando tranquilizar los fenómenos paranormales. Mi madre, haciendo uso de intuición, comenzó a revisar el sillón donde se quedó su comadre. Cuál sería su sorpresa que encontró la cadenita que tomó del panteón. Mi madre se enojó muchísimo y no esperó a que amaneciera para ir hasta la casa de su comadre, que vivía unas cuantas cuadras de nuestra casa. La comadre le pidió disculpas y prometió llevar la cadena. Al día siguiente, mi madre y yo la volvimos a acompañar, pues a fin de cuentas, ella no sabía rezar el rosario sola de camino. También le indiqué a mi madre el lugar en el que había visto a la bruja arrojar sus fetiches dentro de una tumba de paso. Mi madre anuló los hechizos. No fue difícil dar con la tumba y cuando llegamos vimos que alguien había dejado flores y un par de fotografías. Ambas mostraban a una mujer joven con dos niños pequeños. En esta ocasión ayudé a rezar el rosario. Terminamos y nos devolvimos a mi casa. Un día por la tarde me quedé solo. Alguien tocó a la puerta. Era una mujer joven embarazada. Como yo no la conocía. Le pregunté qué se le ofrecía. La mujer me dijo que simplemente le diera las gracias a mi madre por haber hecho que le devolvieran. El único recuerdo que tenía de su madre. Yo quise contestarle, pero cuando intenté articular palabra alguna, la mujer se fue apurando el paso. Cuando llegué con mi madre, le conté lo ocurrido, pero ella no me dio explicación alguna. Ya no volvimos a experimentar algo parecido a lo de aquella vez. Pero la lección queda para siempre. No se debe tomar las pertenencias de los muertos la maldición del sueño. Cuando recién me mudé a la ciudad de México, tuve la oportunidad de conocer a varias chicas, la mayoría bastante agradables, pero un poco complejas. En cambio, yo era un joven que había vivido toda su vida en un poblado no muy lejano, cuya única interacción social que tuvo había sido con algunas personas mayores que vivían en el rancho donde residía. Entonces, al llegar a la universidad y ver la cantidad de mujeres bonitas que allí asistían, sentía volverme loco. No sé cómo explicarlo, pero al principio no sabía ni con quién salir. Pronto comprendí que no es suficiente una bonita para tener una pareja. Como materia extracurricular, opté por entrar a clases de canto, pues sé tocar la guitarra y durante mi tiempo libre cantaba Allí conocí a una chica que estaba en el taller de danza y baile. Al principio me pareció una mujer de lo más interesante. Era mucho mayor que yo. Ella ya estaba por recibirse en su carrera. Comenzamos a salir y yo sentí una conexión casi inmediata. No sé cómo explicarlo. Sentía demasiada atracción hacia ella, aun cuando realmente no era el tipo de chica que me suele atraer. Salíamos casi a diario, ya fuera al cine o simplemente a algún parque a comer un helado. Todo iba bien un día de la nada perdí el interés por ella. Nunca me ha gustado ser deshonesto, así que de inmediato le hice saber que me sentía un poco desconectado de ella. Esto ocasionó que ella se pusiera agresiva conmigo. Me acusó de no ser empático y de un montón de cosas más que ni siquiera yo había contemplado. Preferí alejarme totalmente de ella. Desafortunadamente no lo conseguía, pues constantemente me llamaba por teléfono. Me acusaba de estar viendo a alguien más y quién sabe cuántas cosas más. La verdad no estaba saliendo con nadie más. De hecho, no me sentía con esa necesidad de afecto que se suele tener. No había nadie más que me interesara. Simplemente era una total desconexión hacia ella. Con el pasar de los días me dejó de molestar y yo comencé a reflexionar que ella y yo éramos bastante diferentes en personalidad. Yo soy tranquilo, ni siquiera bebo cerveza ni fumo. No me gusta desvelarme y soy muy aplicado en mis estudios. Ella, en cambio, se la pasaba de fiesta en fiesta. También era muy liberal respecto a cuestiones de adultos y aunque perjuraba que era fiel, yo en el fondo pensaba que no. Además de que ella era muy creyente de hechicería y esas cosas que a mí por aquel entonces me parecían irreales. Me sentí bastante tranquilo. Una vez que me dejó de buscar una paz, me envolvió y me pude enfocar más a la escuela e incluso tomé un trabajo de medio turno. Esa paz llegó a su fin cuando un día, al regresar a mi cuarto de estudiante, encontré una carta sellada con cera roja. Bajo mi puerta, abrí la nota y encontré una serie de letras en quien sabe qué idioma. Además, se acompañaba de varios símbolos y números sin sentido. Lo único que estaba escrito claro y conciso era el nombre de ella. Mariana era la letra de ella y conociéndola era de esperarse que esas frases sin sentido fueran parte de un hechizo. En ese momento pensé que se trataría de una especie de amarre o alguna tontería de esas en las que yo no creía. Entonces agarré la carta y entre risas la arrojé al inodoro. Aquella noche me fui a dormir temprano. Realicé todo lo lo que que acostumbro a ser previo a acostarme. Ya cuando apagué la luz y me encontraba acostado, cerré los ojos. Entonces se me reveló la imagen de Mariana. Fue de lo más extraño como si la hubiese visto entre sombras, como si su imagen fuera a un holograma de esos que salen en los álbumes de cartas coleccionables. Sentí algo de miedo. Durante unos segundos me dije a mí mismo que aquel fenómeno era causado por la sugestión de haber recibido la carta de Mariana. Cerré los ojos nuevamente intenté que el sueño viniera a mí, pero esto jamás pasó. Las horas se consumieron de una manera rápida y cuando menos supe la alarma ya indicaba que tenía que despertar. No dormí ni un segundo. Jamás tuve problemas con el sueño. Es más, soy ese tipo de persona que prácticamente se queda dormido sentado en una silla igual y si me sentía mal, pero no quise alarmarme, era la primera vez en mi vida que me daba insomnio. Pensé en que si no lograba dormir, cuando me acostara esa otra noche, me sería más sencillo dormir de nuevo debido al agotamiento, esto no llegó a ocurrir. Pasé otra noche más en vela y fue en verdad desesperante. Leí en Internet que cuando existía una crisis de insomnio, lo mejor era mantener la calma y ponerse a hacer otra cosa en lugar de seguir luchando por poder dormir. Así que me puse a ver películas toda la noche en la mañana comencé a sentirme realmente mal. Una desesperación crecía en mi interior. Me sentía cansado, pero a ninguna hora me daba sueño. Decidí ir al médico, quien me dio varios medicamentos. Pude dormir un par de horas seguidas después de tomar las pastillas. Desafortunadamente, me despertó el sonido de la risa de Mariana, cosa que fue bastante curiosa, pues cuando estuve saliendo con ella, era esto lo que me atraía más de ella su risa. Después de que escuchara su risa, sentí un miedo atroz que me obligó a ponerme de pie de nuevo. Se me fue el sueño y me alcanzó el amanecer en vela. Me sentía bastante mal. Mis compañeros me preguntaban si acaso estaba consumiendo alguna sustancia ilícita o si tenía algún problema. Yo me limitaba a decirles que todo estaba bien y es que me daba mucha flojera tener que ir explicando el mal que me estaba acechando. Regresé al médico. Le dije que el medicamento no estaba funcionando y eso que también había empezado a hacer ejercicio y también evitaba el café, tal y como me lo indicó, Me cambió de pastillas y hasta me recomendó acudir con un homeópata. Obedecí al pie de la letra las indicaciones, pero al igual que la primera vez, sólo logré dormir un par de horas y me seguía levantando. Algo de lo que no me había percatado durante todo ese tiempo fue que ni un solo día me había topado con Mariana en la Universidad, cosa que para mí estaba bien, pues pudiera explicarse con que ella estaba evitando encontrarme. Sin embargo, no era posible que dejara de ir a su amado taller de danza actividad que era su vida. Llegué a un punto en el que les tenía pánico a las noches, pues sabía que no lograría dormir. Incluso hubo noches en las que deseé morir mejor para así. Al fin descansar platicando con una compañera del taller de canto, me desahogué. Le dije como no lograba dormir y a pesar de acudir al médico, no lograba dormir más allá de un par de horas. Ella conocía a Mariana me preguntó sobre ella y yo le conté que no tenía ni idea, que ya hacía bastante tiempo que no salíamos más que ella lo había tomado a mal. Ella me miró muy seria y apenas terminé de platicar. Me dijo que tenía algo que decirme, algo que deseaba decirme desde hace tiempo. Resultaba que vio como Mariana y otras dos compañeras realizaban una especie de maldición en la que el centro de atención era una fotografía mía. Las había visto detrás de uno de los laboratorios, en un pequeño cuarto que había sido abandonado. Dijo haber escuchado que decretaban mi muerte de una manera dolorosa y me dijo que debería considerar buscar otra especie de ayuda. Sabía que se refería a buscar una bruja o alguna curandera y estuve a punto de decirle que no creía en ello. Cuando mis ojos captaron una horrenda imagen a lo lejos en uno de los salones era la muerte. O eso pienso, una mujer con cara de niña con un hábito negro me miraba y señalaba. En ese momento me volví a quebrar y entre lágrimas le pedí a mi compañera que me ayudara. Ella me abrazó e intentó tranquilizarme. Me dijo que si lo deseaba, podríamos ir a visitar a una de sus tías que se dedicaba a dar limpias. Acudimos Apenas terminamos las clases. La mujer no vivía lejos de la escuela. Se llamaba Herminia y era una mujer de lo más agradable. Para curarme me dio varios goteros parecidos, a los que me dio primero el homeópata. Me indicó que sólo tomara el remedio y que ella se encargaría de lo demás que efectivamente me habían maldecido, pero que estábamos a tiempo de anular la maldición y al final se le regresaría a la persona que lo decretó. Apenas regresé a la casa, tomé el remedio y el sueño volvió a mí. No era una sensación de mareo como la que daban las pastillas para dormir, sino que, naturalmente, el sueño regresó a mí. No desaproveché esa somnolencia y me quedé dormido. Desperté Hasta la tarde del día siguiente me había acostado cerca de las siete y ya eran las cinco. Aunque había logrado dormir, no me sentía nada bien un terrible dolor de cabeza. Me invadía y sentía algo muy pesado colgando de mi espalda. Duré varios días así en los que, a pesar que sí pude dormir, padecí terrores nocturnos, tenía terribles pesadillas y ocurría cosas paranormales en mi habitación. Por ejemplo, los vasos se caían solos de mi escritorio. Otras veces sentía como me tocaban el hombro y enseguida percibía el perfume de Mariana. Con el pasar de los días, todo regresó a la normalidad, pude volver a dormir sin padecer terrores nocturnos. Un día había Mariana de nuevo resultaba que había estado muy enferma, pues se veía bastante demacrada, demasiado delgada. Ella antes había sido bastante robusta y ahora estaba en los puros huesos. No puedo dejar de imaginar que la maldición regresó a ella y por eso tenía ese aspecto a la fecha. Ya me he graduado y me he mudado a Monterrey, pues allí es donde conseguí empleo de Mariana y su maldición. No he vuelto a saber nada. Relato escrito y adaptado por Mauricio Farfán