Sept. 7, 2023

La Luz Del Diablo Historias De Terror - REDE

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La luz del Diablo. Mi nombre es Marcos. Hasta hace algunos años me han pasado las cosas que voy a contar. Todo comenzó en el embarazo de mi mamá. Antes de que yo naciera. Hubo un eclipse de luna. Por más que mi abuela le pidió a mi madre que se protegiera poniéndose un listón rojo o portando un seguro. Jamás lo hizo porque no creía en esas cosas. Ahora sé que eso le afectó a ella y a mí. Yo nací con un defecto congénito llamado la violeporino, afectado por los efectos del eclipse. Aunque de niño. Recuerdo que mi madre decía que la Luna me había querido comer. Mi abuela hablaba de cosas más tenebrosas. Ella aseguraba que el Diablo se valía de la potente luz de la Luna para atacar a las personas no era a cualquiera. Son elegidas por él. Durante los años de vida las puede atacar de muchas manos física o mentales. Una de ellas es cesa por medio de la luz de la luna. Cuando el diablo te elige, ya no hay escapatoria. Me decía mi abuela a tu mamá también la eligió al nacer, pero ella nunca lo creyó así. Por lo mismo, siempre vivió atormentada, sin poder defenderse solamente evitando lo más que podía la luz de la luna. Día y noche escuchaba voces horribles que le pedían que se deshiciera del bebé que traía en su vientre. También le afectaba en sus sentidos porque decía que un ser espantoso se le aparecía por las noches. Sólo ella podía verlo. Cuando esto le pasaba, daba gritos y se golpeaba hasta perder el sentido. Ningún doctor la pudo ayudar por el simple hecho que nunca descubrieron la enfermedad que tenía porque no estaba enferma. Fue atendida por psiquiatrás, pero el resultado era el mismo. Estaba tocada por el diablo, decía mi abuela. Por último, la llevaron con una bruja que poco o nada pudo hacer por ella porque no estaba embrujada. Como todos creían, nunca le llevaron a la presencia de Dios. Seguramente era el único que la podría sanar. Contra todo pronóstico naciste tú, pero tu mamá siguió emperando así estuvo por mucho tiempo hasta que un mal día murió. Tendrías alrededor de tres años. Cuando me hice cargo de ti estas y muchas otras cosas, me contaba mi abuela, pero lo peor era que me aseguraba que yo también las iba padecer tarde o temprano, y ni ella ni nadie me podrían ayudar a esa edad. Yo no lo entendía muy bien. Lo más que pude imaginar fue que era un invento de la abuela, porque nadie me había hablado antes del diablo o de cosas malas. Comencé a creer que todo era cierto. Cuando empecé, igual que mi mamá, ya tenía trece años a esa edad, me di cuenta que en ocasiones me sentía muy mal. Tenía algunas alteraciones. Mi corazón latía más fuerte o cambiaba de ánimo constantemente. Por esa razón no tenía muchos amigos. Lo raro era que mi extraño comportamiento no era constante. Me sucedió una vez al mes o, incluso dos veces, pero nada más. Con el paso del tiempo iba mejorando. En ocasiones sufría de escalofríos, me sudaban y me cosquillaban las manos. Además, se me irritaban tanto los ojos que mis amigos me decían el demonio. Con el tiempo. Me di cuenta que todo esto me pasaba cuando había luna llena. Algo que me llama la atención era que durante esas noches se me agudizaban algunos sentidos, como la vista y el olfato. Además, todo el tiempo tenía mucha sed sin comprender por qué. También sufría de insomnio. Eso me ponía débil. Quizá por lo mismo sufría mucho de alucinaciones, sobre todo por las madrugadas y una terrible ansiedad. Me estaba matando cuando despertaba por las noches, alcanzaba a ver cómo una sombra enorme se escondía entre los muebles. Cuando iba a asomarme para ver qué era, no había nadie ahí. Así estuve por meses cuando me preocupé. Fue una noche que me despertó una voz al abrir los ojos. Lo primero que vi fue la luna estaba más intensa que nunca. Por unos minutos me quedé pensando que tal vez lo había soñado, pero al cerrar los ojos de nuevo la volví a escuchar, aunque no entendía lo que me decía. Caí en cuenta que todas las veces que despertaba ya entrada la madrugada era porque esa voz me hablaba. Además, siempre tenía la sensación de haber tenido pesadillas muy intensas, pero al despertar, nunca sabía lo que había soñado. Por mi mal genio no me llevaba bien con mi papá. De hecho, apenas me toleraba. Él se había casado de nuevo. Por lo mismo, cuando decidí buscar ayuda, ni siquiera le comenté. Pregunté con mis amigos y me recomendaron una señora que leía las cartas del tarot Cuando estuve frente a ella y le dije todo lo que me pasaba, me miró incrédula. Me preguntó si creía en eso de las cartas. Siendo sincero, le dije que no. También cuestionó mi edad. Le mentí al decirle que tenía dieciocho. No supe si me creyó o no, porque no dejaba de Mirarme sacó unas cartas extrañas para saber si estaba embrujado. Tomando en cuenta lo que me pasaba, lo más común era eso. Después de unas echadas, me aseguró que no lo estaba. Barajeó las cartas de nuevo. Después me pidió que hiciera una pregunta. Estoy marcado por el diablo. Fue lo primero que se me ocurrió preguntar era lo que mi abuela había sembrado en mi mente. La señora sacó la primera carta y volvió a verme sacó otra y luego una más por el aspecto que tenía. Me apuré a preguntar cuál era la respuesta. Por qué su extraña actitud. Me tenía nerviosa. La mujer me dijo que la respuesta era así. Le pedí que lo hiciera de nuevo, pero se negó diciendo que esa era la respuesta definitiva. Tienes que tener cuidado muchacho, porque las cartas no mienten. Quieres seguir. Me preguntó. Yo le dije que sí. Me pidió que hiciera otra pregunta. Sin entender lo que estaba pasando. Lo hice. Me puedo zafar del maligno. Le puse más atención a las cartas. Primero sacó al diablo. La señora movió la cabeza de forma negativa, titubeó un poco para sacar la siguiente, que fue la muerte y, por último, salió la luna. Reconozco que yo ignoraba por completo su significado, pero sólo ver la cara de la lectora me daba cuenta que era algo malo. He hecho me llegué a preguntar si estaba acostumbrada a tirar las cartas porque se veía asustada guardo las cartas. Me dijo que ya no podía hacer nada más por mí que buscara otro tipo de ayuda y me pidió que me retirara. Angustiado, le pregunté cuál era la respuesta. Me podía zafar del maligno o no. Con una expresión en su cara que nunca olvidaré, me dijo que no. Todavía no lo podía creer. Nervioso le pregunté qué más podía hacer porque me sentía atrapado. Acércate a Dios. Fue su repentina respuesta. Recuerdo que no entendía a la primera lo que me dijo hasta que me repitió lo mismo. Le hice muchas preguntas, pero me contestaba con evasivas. Era evidente que no me iba a ayudar. Si no me ayudas estoy perdido. Le dije mirándola a los ojos. Yo no tengo la capacidad para ayudarte. Sólo busca ayuda rápido porque estás en peligro. Me dijo que desconocía por completo que el diablo se metiera en la luz de la luna para atacar a las personas. Me preguntó incrédula quién me había dicho tal cosa. No sólo le dije que mi abuela lo había hecho. También le conté por todo lo que pasó mi mamá y todo lo que me estaba ocurriendo desde hacía ya mucho tiempo. Se veía sorprendida e incluso incómoda. No sé por qué razón. Tomó el paquete de cartas que había utilizado y las tiró al bote de basura. Buscó, entre sus cosas en un papel me dio algunos nombres desconocidos para mí. Me pidió que buscara a cualquiera de esas personas me dijo que ya me estarían esperando. Tal vez alguna de ellas podrían ayudarme, sintiéndome un tanto temeroso por la actitud de esa señora Salí De ahí no busqué a nadie en ese momento, porque no asimilaba a todo aquello. Decidí regresar a mi casa para pensar bien las cosas y así no meterme con gente dedicada a manejar artes oscuras. A partir de ese momento empezó mi sufrimiento. Aquella voz que me despertaba la empecé a escuchar también de día. Al principio de unos días comprendí sus intenciones. Primero trataba de convencerme que yo solo me golpeara, aunque por un tiempo me resistí por alguna razón. En varias ocasiones lo llegué a hacer. Después reaccionaba arrepentido, pero me daba cuenta que aquello lo que fuera. Sí, tenía una influencia sobre mí. Me asusté muchísimo, no teniendo a quién recurrir, porque mi abuela ya había fallecido. Trataba de cuidarme como yo podía. Cuando la voz se hacía presente, me ponía los audífonos para tratar de no escucharla. Obviamente, las cosas no se iban a solucionar. Así le hice caso a la señora del Tarot y primero me acerqué a la Iglesia. Parecía que todo iba bien, pero aparecía la luna llena y empezaba la voz de nuevo a martirizarme. Yo me resistía y así como según lo hacía mi madre, trataba de evitar la luz de la luna, no saliendo por las noches, pero parecía que su efecto traspasaba las paredes y de nuevo me sentía mal. Recuerdo una noche de octubre que había ese tipo de luna me desperté con una terrible desesperación. Ahí estaba de nuevo a aquella sombra que veía en ocasiones. Esa vez se quedó estática en un rincón de mi cuarto. Cuando me enderecé, pensé que se iba a desvanecer como siempre, pero no fue así. La miré desafiante, pregunté quién era, aunque no me contestaba. Sabía que era él el dueño de aquella voz que siempre escuchaba y ya era hora de enfrentarlo. Apenas terminé de decir que no le tenía miedo y empezó a decir cosas horribles. Me pedía cosas aterradoras que yo no me creía capaz de poder hacer. Le pedí que se callara, pero seguía torturándome para convencerme de hacer esas cosas. Atroces Me decía que tenía prisionero el cuerpo de mi mamá. Cuando lo torturaba gritaba de una manera espantosa, pero que yo la podía liberar de su sufrimiento. Obedeciéndolo, Yo me tapaba los oídos con las manos para no escucharlo y cerraba los ojos fuertemente, esperando que cuando los abriera de nuevo hubiera desaparecido. Pero eso no sucedía. Deseaba que todo fuera sólo un mal sueño, pero todo era real. Para empezar, lo primero que me pedía era que renegara de Dios y que dejara de asistir a la iglesia. En contra de mi voluntad. Tuve que hacerlo pensando en ayudar a mi mamá. Eso, al parecer, lo hizo más fuerte. Ahora se aparecía por las noches, así como era envuelto apenas con una tela sucia, emanando un terrible olor. Tenía unos ojos enormes, sin párpados ni cejas y una expresión de desagrado en su rostro. Era muy alto. Solamente tenía una mano, pero llena de dedos. Lo peor de todo, aparte de su siniestra sonrisa, era aquella horrible voz que tenía y que retumbaba en mi cerebro. Cada vez que hablaba, llegué a creer que estaba perdiendo la razón, pensando que me lo imaginaba, pero todo se veía tan real. Me hacía el fuerte tratando de demostrar que no tenía miedo, pero siempre hacía alguna cosa que me doblegaba. Llegué a escuchar los gritos aterradores de mi mamá, gritos horribles de dolor mientras pedía piedad. Entre las primeras cosas que hice robé dinero de mi casa, así como de la iglesia. Sin compasión alguna, ahogué el perro de uno de mis medios hermanos, tiré todas las imágenes religiosas que había dejado mi abuela e incluso una vez llegué a los golpes con mi papá, pero yo no quería hacer nada de eso. Cabe mencionar que estas cosas no eran nada en comparación con otras que me pedía que hiciera. Pretendía que mis ataques cada día fueran más violentos en todos los sentidos, en contra de animales o personas, también en contra de mi propio cuerpo. Un día que mi padre andaba de mal humor, no aguanto más y me corrió de la casa. Salí de ahí cargando todo mi coraje. En ese momento no era necesario que hubiera luna llena. Lo odiaba y le deseaba un mal mayor, pero ese era el resultado de estar llenándome de tanta maldad de cosas como esa. Se valía el diablo para atacarme, pero todavía tenía fuerza para negarme a todas las perversidades que me pedía hacer. Anduve unos días en la calle porque no tenía dónde vivir. Cuando caía la tarde y aparecía la luna, me llenaba de preocupación, pensando en que la fuerza del diablo terminaría por convencerme de hacer algo. Me escondía debajo de cualquier cosa, tratando de evitar que me alcanzara la luz de la luna, porque yo sabía que ahí se escondía el diablo. Quizás se escuché tonto, pero no se me ocurría otra cosa. Gracias a Dios, un amigo se compadeció de mí, se ofreció a brindarme ayuda y me fui a vivir a un cuarto que él rentaba solo no teniendo más remedio. Le conté todo lo que me pasaba para mi asombro. Lejos de asustarse o pedirme que me fuera de su casa, me dijo que me ayudaría. Le conté del papel que me había dado la señora del Tarot y a él le pareció una buena solución. La primera noche que pasé allí en su casa, se asustó por mi forma de comportarme. O n o. N o, n o nía que hacer conmigo al grado de amarrarme a una silla para que no me fuera ni le fuera a hacer daño. Al día siguiente me dijo que golpeaba las paredes con fuerza, pero yo no lo recordaba ya más tranquilo. Me pidió el papel donde estaban escritos aquellos nombres. Solo que ni él ni yo teníamos idea de quiénes eran esas personas. Salimos a indagar por los alrededores, pero no tuvimos suerte. Suponíamos que eran brujas, pero nadie las conocía. Nos fuimos a buscar a la señora del Tarot, pero estaba abandonado a aquel local decepcionado. Regresamos a la casa cuando se hizo de noche sin discutir, permití que mi amigo me amarrara de nuevo. De hecho, yo se lo iba a proponer porque no quería hacerle daño a la única persona que me estaba ayudando era ya muy noche. Desperté porque recuerdo que alguien me movió con fuerza. Me miré amarrado sentado frente a la mesa mientras mi amigo dormía plácidamente en su er me dio tanto coraje que intenté zafarme como no podía. Lo empecé a insultar y él despertó. No se atrevía siquiera a acercarse. Trataba de calmarme hablándome, pero me daba más coraje. Me decía que no escuchara la voz. Cuando dijo eso, me di cuenta que era verdad esa voz. Me ordenaba que lo lastimara de haberme soltado En ese momento. No sé qué pudo haber pasado, porque yo sentía un odio incontrolable en su contra. Luché contra todo eso que sentía. No sé por cuánto tiempo. Recuerdo que al día siguiente sangraba de las manos por el esfuerzo tan grande que había hecho por liberarme, hasta que mi amigo se convenció que podía soltarme. Lo hizo llorando. Le pedí que buscáramos otro tipo de ayuda. Me llevó con una persona que él conocía, un antiguo seminarista que lo habían expulsado antes de ser sacerdote. Tenía una pequeña iglesia donde él era el dirigente. Mi amigo le explicó por qué que estábamos ahí y él, muy amable, se ofreció a hacer una oración de sanación. Ni siquiera me dio tiempo de explicarle del efecto que tenía la luz de la luna sobre mí. Me pidió que cerrara los ojos y me tocó con sus manos. Sucedió que cuando me impuso las manos, sentí un rechazo muy fuerte contra él. Quería que me soltara porque me estaba quemando. Quizá me cambió el rostro o sintió algo malo, Me miraba sorprendido y alejó sus manos rápido de mí. Mi amigo me pedía que me controlara, pero era imposible. Me dolían mucho las manos y todo me daba vuelta. Sabiéndome de lo que era capaz. Les pedí que me amarraran para que me hiciera la oración. Sentado en una silla, me dejé amarrar. Apenas me dio tiempo de pensar en lo que pudiera pasar. Cuando el señor me impuso las manos en la cabeza, sentí como un estallido, como si cientos de cohetes tronaran junto a mí. Luego todo se nubló a mi alrededor. Cuando recobré el sentido. Ya era de noche. Me preguntaron cómo me sentía a lo que sólo pude mover la cabeza de forma positiva cuando me quise mover todavía seguía amarrado. Pasado un buen rato. Mi amigo me dijo te vamos a desamarrar y así lo hicieron aquel señor que, por cierto, no sabía su nombre. Me puso las manos en los hombros y por unos minutos dio Gracias a Dios. Me sorprendí porque estaba bien. Hace mucho no me sentía así. Pregunté qué me había hecho oración, me dijo el exeminarista. Solo eso nos quedamos un tiempo sentados en las bancas de aquella Iglesia. Le comenté a mi amigo que me parecía increíble que con sólo una oración hubiera podido alejar al diablo de mí, porque yo ya no sentía su presencia en ese momento me contó lo sucedido cuando te puso las manos en la cabeza, respondiste con rabia. Gracias a Dios, que estabas bien amarrado, porque nadie te hubiera podido contener. Lo que tenías era una posesión demoníaca. La persona que te impuso las manos oro por horas para que el demonio te dejara en paz. Hiciste todo para que no lo hiciera. Pero el poder de la oración es más fuerte. Gritastes ofensas contra Dios, blasfemias y muchas maldiciones. Además, sangraste de la nariz de la boca y vomitaste varias veces después de contarme todo lo sucedido, de lo cual yo no recordaba nada. No lo podía creer ni que alguien me pudiera haber liberado con oraciones, porque el poder del diablo siempre lo creí invencible. Nos retiramos de ahí sin poder agradecer la ayuda que me habían dado, porque mi amigo esperó a que fueran las doce de la noche para salir y caminar bajo la luz de la luna. Rumbo a la casa para comprobar que había sido sanado temeroso caminamos como por una hora. Supe que jamás me repondría del todo, porque había sido una experiencia terrorífica imposible de olvidar por completo. Aunque ya no regresé con mi papá le expliqué todo lo que había pasado y me puse en paz con él por unos meses viví con mi amigo. Después renté mi propio cuarto aquel señor, el ex seminarista que prefirió reservar su nombre. Todavía lo visito los domingos en su templo. Aún guardo el papel que me dio la señora del Tarot Nunca supe quiénes eran si los nombres eran verdaderos o me los dio para que yo saliera de su local. Por último, aunque ya no tiene ningún efecto contra mí, le sigo teniendo miedo a la luz de la Luna, porque sé que en ella se encuentra ese terrible diablo que, según mi abuela, me tenía marcado o tal vez aún lo estoy relato. Escrito y adaptado por Gato negro,