La Luz Del Diablo Historias De Terror - REDE

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La luz del Diablo. Mi nombre es Marcos. Hasta hace algunos años me han pasado las cosas que voy a contar. Todo comenzó en el embarazo de mi mamá. Antes de que yo naciera. Hubo un eclipse de luna. Por más que mi abuela le pidió a mi madre que se protegiera poniéndose un listón rojo o portando un seguro. Jamás lo hizo porque no creÃa en esas cosas. Ahora sé que eso le afectó a ella y a mÃ. Yo nacà con un defecto congénito llamado la violeporino, afectado por los efectos del eclipse. Aunque de niño. Recuerdo que mi madre decÃa que la Luna me habÃa querido comer. Mi abuela hablaba de cosas más tenebrosas. Ella aseguraba que el Diablo se valÃa de la potente luz de la Luna para atacar a las personas no era a cualquiera. Son elegidas por él. Durante los años de vida las puede atacar de muchas manos fÃsica o mentales. Una de ellas es cesa por medio de la luz de la luna. Cuando el diablo te elige, ya no hay escapatoria. Me decÃa mi abuela a tu mamá también la eligió al nacer, pero ella nunca lo creyó asÃ. Por lo mismo, siempre vivió atormentada, sin poder defenderse solamente evitando lo más que podÃa la luz de la luna. DÃa y noche escuchaba voces horribles que le pedÃan que se deshiciera del bebé que traÃa en su vientre. También le afectaba en sus sentidos porque decÃa que un ser espantoso se le aparecÃa por las noches. Sólo ella podÃa verlo. Cuando esto le pasaba, daba gritos y se golpeaba hasta perder el sentido. Ningún doctor la pudo ayudar por el simple hecho que nunca descubrieron la enfermedad que tenÃa porque no estaba enferma. Fue atendida por psiquiatrás, pero el resultado era el mismo. Estaba tocada por el diablo, decÃa mi abuela. Por último, la llevaron con una bruja que poco o nada pudo hacer por ella porque no estaba embrujada. Como todos creÃan, nunca le llevaron a la presencia de Dios. Seguramente era el único que la podrÃa sanar. Contra todo pronóstico naciste tú, pero tu mamá siguió emperando asà estuvo por mucho tiempo hasta que un mal dÃa murió. TendrÃas alrededor de tres años. Cuando me hice cargo de ti estas y muchas otras cosas, me contaba mi abuela, pero lo peor era que me aseguraba que yo también las iba padecer tarde o temprano, y ni ella ni nadie me podrÃan ayudar a esa edad. Yo no lo entendÃa muy bien. Lo más que pude imaginar fue que era un invento de la abuela, porque nadie me habÃa hablado antes del diablo o de cosas malas. Comencé a creer que todo era cierto. Cuando empecé, igual que mi mamá, ya tenÃa trece años a esa edad, me di cuenta que en ocasiones me sentÃa muy mal. TenÃa algunas alteraciones. Mi corazón latÃa más fuerte o cambiaba de ánimo constantemente. Por esa razón no tenÃa muchos amigos. Lo raro era que mi extraño comportamiento no era constante. Me sucedió una vez al mes o, incluso dos veces, pero nada más. Con el paso del tiempo iba mejorando. En ocasiones sufrÃa de escalofrÃos, me sudaban y me cosquillaban las manos. Además, se me irritaban tanto los ojos que mis amigos me decÃan el demonio. Con el tiempo. Me di cuenta que todo esto me pasaba cuando habÃa luna llena. Algo que me llama la atención era que durante esas noches se me agudizaban algunos sentidos, como la vista y el olfato. Además, todo el tiempo tenÃa mucha sed sin comprender por qué. También sufrÃa de insomnio. Eso me ponÃa débil. Quizá por lo mismo sufrÃa mucho de alucinaciones, sobre todo por las madrugadas y una terrible ansiedad. Me estaba matando cuando despertaba por las noches, alcanzaba a ver cómo una sombra enorme se escondÃa entre los muebles. Cuando iba a asomarme para ver qué era, no habÃa nadie ahÃ. Asà estuve por meses cuando me preocupé. Fue una noche que me despertó una voz al abrir los ojos. Lo primero que vi fue la luna estaba más intensa que nunca. Por unos minutos me quedé pensando que tal vez lo habÃa soñado, pero al cerrar los ojos de nuevo la volvà a escuchar, aunque no entendÃa lo que me decÃa. Caà en cuenta que todas las veces que despertaba ya entrada la madrugada era porque esa voz me hablaba. Además, siempre tenÃa la sensación de haber tenido pesadillas muy intensas, pero al despertar, nunca sabÃa lo que habÃa soñado. Por mi mal genio no me llevaba bien con mi papá. De hecho, apenas me toleraba. Ãl se habÃa casado de nuevo. Por lo mismo, cuando decidà buscar ayuda, ni siquiera le comenté. Pregunté con mis amigos y me recomendaron una señora que leÃa las cartas del tarot Cuando estuve frente a ella y le dije todo lo que me pasaba, me miró incrédula. Me preguntó si creÃa en eso de las cartas. Siendo sincero, le dije que no. También cuestionó mi edad. Le mentà al decirle que tenÃa dieciocho. No supe si me creyó o no, porque no dejaba de Mirarme sacó unas cartas extrañas para saber si estaba embrujado. Tomando en cuenta lo que me pasaba, lo más común era eso. Después de unas echadas, me aseguró que no lo estaba. Barajeó las cartas de nuevo. Después me pidió que hiciera una pregunta. Estoy marcado por el diablo. Fue lo primero que se me ocurrió preguntar era lo que mi abuela habÃa sembrado en mi mente. La señora sacó la primera carta y volvió a verme sacó otra y luego una más por el aspecto que tenÃa. Me apuré a preguntar cuál era la respuesta. Por qué su extraña actitud. Me tenÃa nerviosa. La mujer me dijo que la respuesta era asÃ. Le pedà que lo hiciera de nuevo, pero se negó diciendo que esa era la respuesta definitiva. Tienes que tener cuidado muchacho, porque las cartas no mienten. Quieres seguir. Me preguntó. Yo le dije que sÃ. Me pidió que hiciera otra pregunta. Sin entender lo que estaba pasando. Lo hice. Me puedo zafar del maligno. Le puse más atención a las cartas. Primero sacó al diablo. La señora movió la cabeza de forma negativa, titubeó un poco para sacar la siguiente, que fue la muerte y, por último, salió la luna. Reconozco que yo ignoraba por completo su significado, pero sólo ver la cara de la lectora me daba cuenta que era algo malo. He hecho me llegué a preguntar si estaba acostumbrada a tirar las cartas porque se veÃa asustada guardo las cartas. Me dijo que ya no podÃa hacer nada más por mà que buscara otro tipo de ayuda y me pidió que me retirara. Angustiado, le pregunté cuál era la respuesta. Me podÃa zafar del maligno o no. Con una expresión en su cara que nunca olvidaré, me dijo que no. TodavÃa no lo podÃa creer. Nervioso le pregunté qué más podÃa hacer porque me sentÃa atrapado. Acércate a Dios. Fue su repentina respuesta. Recuerdo que no entendÃa a la primera lo que me dijo hasta que me repitió lo mismo. Le hice muchas preguntas, pero me contestaba con evasivas. Era evidente que no me iba a ayudar. Si no me ayudas estoy perdido. Le dije mirándola a los ojos. Yo no tengo la capacidad para ayudarte. Sólo busca ayuda rápido porque estás en peligro. Me dijo que desconocÃa por completo que el diablo se metiera en la luz de la luna para atacar a las personas. Me preguntó incrédula quién me habÃa dicho tal cosa. No sólo le dije que mi abuela lo habÃa hecho. También le conté por todo lo que pasó mi mamá y todo lo que me estaba ocurriendo desde hacÃa ya mucho tiempo. Se veÃa sorprendida e incluso incómoda. No sé por qué razón. Tomó el paquete de cartas que habÃa utilizado y las tiró al bote de basura. Buscó, entre sus cosas en un papel me dio algunos nombres desconocidos para mÃ. Me pidió que buscara a cualquiera de esas personas me dijo que ya me estarÃan esperando. Tal vez alguna de ellas podrÃan ayudarme, sintiéndome un tanto temeroso por la actitud de esa señora Salà De ahà no busqué a nadie en ese momento, porque no asimilaba a todo aquello. Decidà regresar a mi casa para pensar bien las cosas y asà no meterme con gente dedicada a manejar artes oscuras. A partir de ese momento empezó mi sufrimiento. Aquella voz que me despertaba la empecé a escuchar también de dÃa. Al principio de unos dÃas comprendà sus intenciones. Primero trataba de convencerme que yo solo me golpeara, aunque por un tiempo me resistà por alguna razón. En varias ocasiones lo llegué a hacer. Después reaccionaba arrepentido, pero me daba cuenta que aquello lo que fuera. SÃ, tenÃa una influencia sobre mÃ. Me asusté muchÃsimo, no teniendo a quién recurrir, porque mi abuela ya habÃa fallecido. Trataba de cuidarme como yo podÃa. Cuando la voz se hacÃa presente, me ponÃa los audÃfonos para tratar de no escucharla. Obviamente, las cosas no se iban a solucionar. Asà le hice caso a la señora del Tarot y primero me acerqué a la Iglesia. ParecÃa que todo iba bien, pero aparecÃa la luna llena y empezaba la voz de nuevo a martirizarme. Yo me resistÃa y asà como según lo hacÃa mi madre, trataba de evitar la luz de la luna, no saliendo por las noches, pero parecÃa que su efecto traspasaba las paredes y de nuevo me sentÃa mal. Recuerdo una noche de octubre que habÃa ese tipo de luna me desperté con una terrible desesperación. Ahà estaba de nuevo a aquella sombra que veÃa en ocasiones. Esa vez se quedó estática en un rincón de mi cuarto. Cuando me enderecé, pensé que se iba a desvanecer como siempre, pero no fue asÃ. La miré desafiante, pregunté quién era, aunque no me contestaba. SabÃa que era él el dueño de aquella voz que siempre escuchaba y ya era hora de enfrentarlo. Apenas terminé de decir que no le tenÃa miedo y empezó a decir cosas horribles. Me pedÃa cosas aterradoras que yo no me creÃa capaz de poder hacer. Le pedà que se callara, pero seguÃa torturándome para convencerme de hacer esas cosas. Atroces Me decÃa que tenÃa prisionero el cuerpo de mi mamá. Cuando lo torturaba gritaba de una manera espantosa, pero que yo la podÃa liberar de su sufrimiento. Obedeciéndolo, Yo me tapaba los oÃdos con las manos para no escucharlo y cerraba los ojos fuertemente, esperando que cuando los abriera de nuevo hubiera desaparecido. Pero eso no sucedÃa. Deseaba que todo fuera sólo un mal sueño, pero todo era real. Para empezar, lo primero que me pedÃa era que renegara de Dios y que dejara de asistir a la iglesia. En contra de mi voluntad. Tuve que hacerlo pensando en ayudar a mi mamá. Eso, al parecer, lo hizo más fuerte. Ahora se aparecÃa por las noches, asà como era envuelto apenas con una tela sucia, emanando un terrible olor. TenÃa unos ojos enormes, sin párpados ni cejas y una expresión de desagrado en su rostro. Era muy alto. Solamente tenÃa una mano, pero llena de dedos. Lo peor de todo, aparte de su siniestra sonrisa, era aquella horrible voz que tenÃa y que retumbaba en mi cerebro. Cada vez que hablaba, llegué a creer que estaba perdiendo la razón, pensando que me lo imaginaba, pero todo se veÃa tan real. Me hacÃa el fuerte tratando de demostrar que no tenÃa miedo, pero siempre hacÃa alguna cosa que me doblegaba. Llegué a escuchar los gritos aterradores de mi mamá, gritos horribles de dolor mientras pedÃa piedad. Entre las primeras cosas que hice robé dinero de mi casa, asà como de la iglesia. Sin compasión alguna, ahogué el perro de uno de mis medios hermanos, tiré todas las imágenes religiosas que habÃa dejado mi abuela e incluso una vez llegué a los golpes con mi papá, pero yo no querÃa hacer nada de eso. Cabe mencionar que estas cosas no eran nada en comparación con otras que me pedÃa que hiciera. PretendÃa que mis ataques cada dÃa fueran más violentos en todos los sentidos, en contra de animales o personas, también en contra de mi propio cuerpo. Un dÃa que mi padre andaba de mal humor, no aguanto más y me corrió de la casa. Salà de ahà cargando todo mi coraje. En ese momento no era necesario que hubiera luna llena. Lo odiaba y le deseaba un mal mayor, pero ese era el resultado de estar llenándome de tanta maldad de cosas como esa. Se valÃa el diablo para atacarme, pero todavÃa tenÃa fuerza para negarme a todas las perversidades que me pedÃa hacer. Anduve unos dÃas en la calle porque no tenÃa dónde vivir. Cuando caÃa la tarde y aparecÃa la luna, me llenaba de preocupación, pensando en que la fuerza del diablo terminarÃa por convencerme de hacer algo. Me escondÃa debajo de cualquier cosa, tratando de evitar que me alcanzara la luz de la luna, porque yo sabÃa que ahà se escondÃa el diablo. Quizás se escuché tonto, pero no se me ocurrÃa otra cosa. Gracias a Dios, un amigo se compadeció de mÃ, se ofreció a brindarme ayuda y me fui a vivir a un cuarto que él rentaba solo no teniendo más remedio. Le conté todo lo que me pasaba para mi asombro. Lejos de asustarse o pedirme que me fuera de su casa, me dijo que me ayudarÃa. Le conté del papel que me habÃa dado la señora del Tarot y a él le pareció una buena solución. La primera noche que pasé allà en su casa, se asustó por mi forma de comportarme. O n o. N o, n o nÃa que hacer conmigo al grado de amarrarme a una silla para que no me fuera ni le fuera a hacer daño. Al dÃa siguiente me dijo que golpeaba las paredes con fuerza, pero yo no lo recordaba ya más tranquilo. Me pidió el papel donde estaban escritos aquellos nombres. Solo que ni él ni yo tenÃamos idea de quiénes eran esas personas. Salimos a indagar por los alrededores, pero no tuvimos suerte. SuponÃamos que eran brujas, pero nadie las conocÃa. Nos fuimos a buscar a la señora del Tarot, pero estaba abandonado a aquel local decepcionado. Regresamos a la casa cuando se hizo de noche sin discutir, permità que mi amigo me amarrara de nuevo. De hecho, yo se lo iba a proponer porque no querÃa hacerle daño a la única persona que me estaba ayudando era ya muy noche. Desperté porque recuerdo que alguien me movió con fuerza. Me miré amarrado sentado frente a la mesa mientras mi amigo dormÃa plácidamente en su er me dio tanto coraje que intenté zafarme como no podÃa. Lo empecé a insultar y él despertó. No se atrevÃa siquiera a acercarse. Trataba de calmarme hablándome, pero me daba más coraje. Me decÃa que no escuchara la voz. Cuando dijo eso, me di cuenta que era verdad esa voz. Me ordenaba que lo lastimara de haberme soltado En ese momento. No sé qué pudo haber pasado, porque yo sentÃa un odio incontrolable en su contra. Luché contra todo eso que sentÃa. No sé por cuánto tiempo. Recuerdo que al dÃa siguiente sangraba de las manos por el esfuerzo tan grande que habÃa hecho por liberarme, hasta que mi amigo se convenció que podÃa soltarme. Lo hizo llorando. Le pedà que buscáramos otro tipo de ayuda. Me llevó con una persona que él conocÃa, un antiguo seminarista que lo habÃan expulsado antes de ser sacerdote. TenÃa una pequeña iglesia donde él era el dirigente. Mi amigo le explicó por qué que estábamos ahà y él, muy amable, se ofreció a hacer una oración de sanación. Ni siquiera me dio tiempo de explicarle del efecto que tenÃa la luz de la luna sobre mÃ. Me pidió que cerrara los ojos y me tocó con sus manos. Sucedió que cuando me impuso las manos, sentà un rechazo muy fuerte contra él. QuerÃa que me soltara porque me estaba quemando. Quizá me cambió el rostro o sintió algo malo, Me miraba sorprendido y alejó sus manos rápido de mÃ. Mi amigo me pedÃa que me controlara, pero era imposible. Me dolÃan mucho las manos y todo me daba vuelta. Sabiéndome de lo que era capaz. Les pedà que me amarraran para que me hiciera la oración. Sentado en una silla, me dejé amarrar. Apenas me dio tiempo de pensar en lo que pudiera pasar. Cuando el señor me impuso las manos en la cabeza, sentà como un estallido, como si cientos de cohetes tronaran junto a mÃ. Luego todo se nubló a mi alrededor. Cuando recobré el sentido. Ya era de noche. Me preguntaron cómo me sentÃa a lo que sólo pude mover la cabeza de forma positiva cuando me quise mover todavÃa seguÃa amarrado. Pasado un buen rato. Mi amigo me dijo te vamos a desamarrar y asà lo hicieron aquel señor que, por cierto, no sabÃa su nombre. Me puso las manos en los hombros y por unos minutos dio Gracias a Dios. Me sorprendà porque estaba bien. Hace mucho no me sentÃa asÃ. Pregunté qué me habÃa hecho oración, me dijo el exeminarista. Solo eso nos quedamos un tiempo sentados en las bancas de aquella Iglesia. Le comenté a mi amigo que me parecÃa increÃble que con sólo una oración hubiera podido alejar al diablo de mÃ, porque yo ya no sentÃa su presencia en ese momento me contó lo sucedido cuando te puso las manos en la cabeza, respondiste con rabia. Gracias a Dios, que estabas bien amarrado, porque nadie te hubiera podido contener. Lo que tenÃas era una posesión demonÃaca. La persona que te impuso las manos oro por horas para que el demonio te dejara en paz. Hiciste todo para que no lo hiciera. Pero el poder de la oración es más fuerte. Gritastes ofensas contra Dios, blasfemias y muchas maldiciones. Además, sangraste de la nariz de la boca y vomitaste varias veces después de contarme todo lo sucedido, de lo cual yo no recordaba nada. No lo podÃa creer ni que alguien me pudiera haber liberado con oraciones, porque el poder del diablo siempre lo creà invencible. Nos retiramos de ahà sin poder agradecer la ayuda que me habÃan dado, porque mi amigo esperó a que fueran las doce de la noche para salir y caminar bajo la luz de la luna. Rumbo a la casa para comprobar que habÃa sido sanado temeroso caminamos como por una hora. Supe que jamás me repondrÃa del todo, porque habÃa sido una experiencia terrorÃfica imposible de olvidar por completo. Aunque ya no regresé con mi papá le expliqué todo lo que habÃa pasado y me puse en paz con él por unos meses vivà con mi amigo. Después renté mi propio cuarto aquel señor, el ex seminarista que prefirió reservar su nombre. TodavÃa lo visito los domingos en su templo. Aún guardo el papel que me dio la señora del Tarot Nunca supe quiénes eran si los nombres eran verdaderos o me los dio para que yo saliera de su local. Por último, aunque ya no tiene ningún efecto contra mÃ, le sigo teniendo miedo a la luz de la Luna, porque sé que en ella se encuentra ese terrible diablo que, según mi abuela, me tenÃa marcado o tal vez aún lo estoy relato. Escrito y adaptado por Gato negro,








