La Leyenda Del Silbón Historias De Terror - REDE

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La leyenda del silbón era muy pequeña. Cuando murió mi mamá apenas tenÃa un año de edad. VivÃamos en la colonia Santa Tere en Guadalajara. Ella tuvo un accidente. Se cayó de una escalera de pared subió a la azotea a atender la ropa. Mi papá me dijo que estaba embarazada, como la escalera era de madera y ya era bastante vieja. No resistió el peso. Se rompió uno de los peldaños. Mi madre cayó golpeándose en la cabeza. Su muerte fue instantánea. Mi padre se quedó con cinco hijos a su cargo. Yo era la más chica, No supo qué hacer y nos llevó con una de sus hermanas, la tÃa Prudencia. Con ella me quedé al lado de mis dos hermanas. Ãramos las de menos edad. Por eso mi papá decidió dejarnos con mi tÃa en un pueblo muy lejano de la ciudad. Ãl se quedó con mis dos hermanos más grandes. Crecà con las costumbres de ese pueblo. Tengo muy pocos recuerdos de mis primeros años. No supe si fue un mecanismo de evasión que mi propio cuerpo adquirió al verme en un entorno desconocido. Conforme crecà en cuanto pude. Al igual que mis hermanas. Ayudé en las labores de la casa. Mi tÃa nos ponÃa a hacer todo tipo de actividades. TenÃa diez años y mi hermana Alicia once. Mi tÃa tenÃa una fonda de comida corrida en la parte delantera de su casa. Le ayudábamos a lavar los trastes y servir la comida. Se preparaban desayunos y distintos tipos de comida. Nos levantábamos a las cinco de la mañana para poder empezar el dÃa temprano con los desayunos listos. El pueblo era un lugar por el que pasaban los traileros y los camioneros de autobuses foráneos, por lo que en la fonda se vendÃa mucho. Desde muy temprano. Atrás del local estaban nuestras habitaciones. Utilizábamos la misma cocina para nuestro uso personal. En una ocasión estábamos atendiendo a varios traileros que querÃan descansar, pero en el pueblo no habÃa hotel, sólo dos hostales que estaban ocupados porque se celebraban las fiestas patronales. Llegaban pobladores de los lugares vecinos a preparar el castillo y gente que querÃa estar en la feria. Dos traileros le pidieron de favor a mi tÃa que les permitiera descansar en una de sus habitaciones. No vi convencida a mi tÃa, sobre todo porque nosotras estábamos ahÃ, pero el trailero le ofreció pagarle y ella accedió. Mi tÃa nos mandó a que arregláramos uno de los cuartos para que ellos pudieran descansar. A partir de esa vez. Con frecuencia a los choferes utilizaban la habitación para dormir un rato, Mi tÃa puso más camas para que más traileros las ocuparan. Hubo una vez cuando les llevé una cobija a cada uno de ellos porque en el pueblo hacÃa mucho frÃo, ya que estaba en la sierra. Uno de los choferrees le contaba al otro sobre un hombre que lo llamaban Silbón. Sólo alcancé a escuchar que a ese hombre lo nombraban asà porque silbaba de una manera era especial, Era un silbido perturbador que cuando una persona lo escuchaba podÃa morir. Ya no pude oÃr más porque tuve que salir de la habitación. En el patio estaba mi hermana Alicia, lavando los trastes, le platiqué lo que habÃa escuchado ella me dijo que también en el pueblo la gente hablaba de ese hombre, que tuviéramos cuidado porque si oÃamos ese silbido, pudiera ser que el hombre nos quitara la vida, ya que su labor consistÃa en llevar almas al demonio. Después que mi hermana me contó los rumores en el pueblo, me dio mucho miedo escuchar aquel silbido, aunque nunca me habÃa sucedido. Después que se terminaba la comida habÃa que limpiar la fonda. Esa labor nos correspondÃa sólo a mi hermana Alicia y a mÃ, mi hermana Lupe, como era la más grande mi tÃa, la prestaba para que ayudara a una mujer que acababa de tener un bebé. Mi hermana la asistÃa con el quehacer y la preparación de comida. Si era necesario. Se quedaba a dormir en esa casa para ayudar a cuidar al bebé durante la noche para que la señora pudiera descansar, por lo que a mi hermana Lupe la veÃamos en pocas ocasiones. Aquella vez nos tardamos más en limpiar la cocina porque uno de los clientes de mi tÃa le pidió celebrar su cumpleaños en la fonda. Los invitados se fueron muy tarde y el lugar quedó hecho un desastre. Mi tÃa se fue a descansar y nosotras nos quedamos limpiando la fonda. Ya sólo me faltaba trapear para poder irnos a descansar. Cuando escuché silbar a alguien lo oà tan cercano que pensé que habÃa sido mi hermana. Le comenté que no sabÃa que habÃa aprendido a silbar. Ella se sorprendió mucho. Me dijo que no aún no aprendÃa. Le pregunté de nuevo si no habÃa sido ella un poco molesta. Me respondió que no. Le expliqué que habÃa escuchado el silbido como si hubiera sido dentro de la fonda. Entonces mi hermana me dijo que quizás pudo ser el hombre que habÃan dicho los traileros. Le dije que ojalá que no, porque ellos comentaron que cuando se escuchaba el silbido era porque ese hombre iba por el alma de alguna persona. Nos fuimos a descansar. Apenas nos habÃamos acomodado en nuestras camas. Cuando entró mi tÃa nos dijo que nos fuéramos a dormir a la habitación de al fondo, porque en esa iban a acomodar al tÃo Enrique. En el pueblo habÃa más familia de mi padre, pero los conocÃamos muy poco, porque siempre estábamos ocupadas. Además, mi tÃa no nos dejaba salir si ella no nos acompañaba, ya que nuestros tÃos vivÃan del otro lado del pueblo y como siempre, tenÃa mucho trabajo y estaba muy cansada. Los veÃamos muy poco. En aquel tiempo se acostumbraba a velar a los difuntos en las casas. Tampoco habÃa ataúdes. Cuando una persona morÃa, sólo se le acomodaba en la mesa de una casa o en la cama. Se le ponÃan flores alrededor del cuerpo del difunto y se le prendÃan veladoras. Mi tÃa me quitó mi cama para acomodar en ella a mi tÃo, que habÃa fallecido. En ese momento me acordé del silbido. Le pregunté a Alicia si tendrÃa que ver lo que es su rÃa escuché con la muerte del tÃo Enrique. Ella me respondió que estaba muy sensible, por lo que habÃa escuchado. Solamente era una charla entre choferes que se asustaban porque viajaban por la noche, pero que, a lo mejor no era real. Además, ella ni siquiera lo habÃa oÃdo. Sólo yo lo habÃa escuchado. Empecé a creer lo que mi hermana me decÃa. Me habÃa sugestionado con la conversación que tuvieron los choferes. Dejé de hacer preguntas mientras acomodaron a mi tÃo en mi cama. No pude negar que me daba escalofrÃos verlo con su cara completamente demacrada. Lo habÃa visto en pocas ocasiones, pero me di cuenta que su rostro no se veÃa igual mientras le ponÃan las flores. Oà decir a una de las personas presentes que el tÃo Enrique habÃa muerto Inesperadamente, Ãl se habÃa ido desde temprano a la parcela a regar el sembradÃo se salió antes de las cinco de la mañana porque habÃa mucha hierba que arrancar y no querÃa que le agarrara el sol. Cuando estuviera agachado en su casa. Lo estuvieron esperando a comer por lo regular llegaba a la una del mediodÃa, pero ese dÃa no apareció. Tuvieron que irlo a buscar porque les preocupó su ausencia. Lo encontraron tirado boca arriba con los ojos y la boca abierta como si le hubieran robado el aliento. Estaba atenta escuchando la plática. Cuando mi tÃa me vio, me dijo que ya me metiera a dormir, que no estuviera de metiche. Me fui a una de las habitaciones del fondo. No me gustaba dormir en ese cuarto porque estaba húmedo y como las ventanas eran de madera, crujÃan en la madrugada. Me fui con mi hermana Alicia a descansar aquella noche también llegó Lupe, mi otra hermana. HacÃa dÃas que no la veÃa. Su patrona le dio permiso de ir a la casa para que estuviera con su familiar difunto. Nos quedamos platicando. Le pregunté a Lupe cómo le estaba yendo con la señora y el bebé. Ella me respondió que era mucho trabajo, pero ya se habÃa acostumbrado a cuidar al bebé ya lloraba menos durante la noche a lo que no se habÃa habituado era oÃr al patrón cuando se salÃa por las noches a fumar y a silbar. Lo escuchaba tan cerca silbando de una manera tan siniestra que le quitaba el sueño. Cuando Lupe nos comentó eso hasta el sueño se me quitó. Le dije que yo también lo escuchaba y que no era su patrón, sino un hombre que le decÃa en el silbón. Lupe nos contó que siempre habÃa creÃdo que era su patrón quien silbaba, pero ahora se daba cuenta de que no era él. En ocasiones lo oÃa. Algunas noches lo escuchaba tan cerca como si estuviera en la misma habitación en la que ella dormÃa. Por ese motivo se despertaba muy asustada. Ya le habÃa dicho a la patrona, pero ella decÃa que eran inventos de mi hermana. La noche anterior lo escuchó muy cerca silbar. Lo que se le hizo raro fue que coincidió con la muerte del tÃo Enrique. Le conté a Lupe lo que habÃan comentado los traileros sobre un ser que le nombraban Silbón y que él era el causante de la muerte de las personas. Ese ser se robaba el alma de la gente para entregársela al diablo. Cuando le platiqué todo a Lupe, ella sà me creyó. Me dijo que le daba mucho miedo escuchar el silbido porque se oÃa de una manera tan perturbadora que le daban escalofrÃos. Por lo regular, el sonido se oÃa por las noches o en la madrugada el silbido irrumpÃa en el silencio de la noche oscura, lo que ocasionaba más temor, como la casa en la que trabajaba mi hermana Lupe se encontraba en las afueras del pueblo. Alrededor de la vivienda sólo habÃan sembradÃos. Lupe bajó la voz para decirnos que cuando el bebé de la señora despertaba en la madrugada, se quedaba con el pequeño entre los brazos, arrullándolo. Al mismo tiempo se asomaba por la ventana que daba a las parcelas. Nos dijo que en una ocasión vio a un hombre alto y delgado, cargaba un costal en su espalda y caminaba lentamente. Lupe nos dijo que ella creÃa que se trataba del silbón, porque lo lo lo lo lo lo lo lo lo veÃa escuchaba el silbido, aunque habÃa algo muy extraño. Aunque vio a lo lejos a ese hombre, ella escuchó el silbido muy cerca como si estuviera dentro de la casa. Cuando volteó nuevamente, el hombre habÃa desaparecido. Después que mi hermana Lupe nos contó lo que ella vio, le pregunté si habÃa escuchado ese dÃa al hombre que silbaba. Su respuesta me hizo comenzar a creer más en él, porque ella me dijo que sÃ. Yo también lo habÃa escuchado. Ya no tenÃa la menor duda. En cambio, mi hermana Alicia le dijo a Lupe que no fomentara mi imaginación de por sà en el pueblo, todo el mundo hablaba de ese hombre con lo que me dijo. Ya solamente hablarÃa del tal silbón. Lupe prefirió no entrar en discusiones y ya no se habló de ese asunto. Nos acomodamos de nuevo en nuestras camas. Ya no sentà miedo de estar en ese cuarto ni de recordar el rostro de mi tÃo Enrique, porque ahora mi hermana más grande estaba con nosotras. Aunque se escuchaban los rezos en la otra habitación, nos quedamos dormidas. Muy pronto hasta que comencé a escuchar murmullos y algunos gritos, me levanté para ver qué estaba sucediendo. Las pocas personas que estaban velando a mi tÃo Enrique estaban muy alteradas y fui con una cobija encima para asomarme desde el patio. No querÃa que mi tÃa se molestara conmigo, aunque no pude evitar darme cuenta de lo que sucedÃa vi a mi tÃa poniéndole alcohol en la nuca. A la viuda de mi tÃo Enrique, ella se puso a gritar que lo habÃa visto. Ese hombre se habÃa llevado el alma de su esposo y ahora estarÃa en el infierno. Me tapé la boca para que no me oyeran gritar del susto que me dio imaginarlo, pero mi tÃa prudencia me vio con una señal. Me dijo que me metiera. Le obedecà de inmediato, porque mi tÃa solÃa ser muy dura con nosotras. Cuando no le obedecÃamos, no nos golpeaba, pero sà nos castigaba, asà que preferÃa hacerle caso. Cuando entré a la habitación, Alicia ni siquiera se despertó, pero Lupe sà me hizo un espacio en su cama para que me acostara. Junto a ella me dijo que no tuviera miedo. El silbón sólo iba por las personas adultas con las que tenÃa alguna deuda o porque necesitaba un alma. Además, me dijo que a los niños ese hombre no los tocaba porque el ángel de la guarda no lo permitÃa. Con lo que me dijo mi hermana, me quedé tan tranquila que me pude dormir el resto de la noche. No desperté hasta que mi tÃa entró con sus gritos a decirnos que no era dÃa de descanso. HabÃa que atender la fonda. Por ese dÃa no se les darÃa hospedaje a los choferes porque esa habitación estaba ocupada, pero que el servicio de comida continuaba con todo y el difunto. Ese dÃa y otros dos más, mi hermana Lupe se quedó con nosotras en la casa. Nos ayudó en el servicio de la fonda, asà como en la limpieza. Estábamos a punto de cerrar. Cuando llegaron dos choferes nos pidieron de favor que les diéramos de comer. No tuvimos otra opción que atenderlos. También nos pidieron descansar por unas horas. Intervino diciendo que por ese dÃa no era posible. Nos preguntaron de qué habÃa muerto nuestro familiar Alicia les respondió que sólo lo habÃan encontrado tirado en la parcela, pero no sabÃan la causa de su muerte. Los choferes se voltearon a ver. Uno de ellos, el que tenÃa más edad, fue el que se atrevió a hacer un comentario. Le dijo a su compañero que lo más seguro era que fue el hombre quien le causó la muerte, porque era la temporada en la que se aparecÃa Lupe fue quien preguntó quién era ese hombre, porque también en el pueblo se hablaba de él, pero no sabÃamos a qué Se referÃan el chofer se entusiasmó. Cuando mi hermana le preguntó de inmediato empezó a contar la historia. Ãl nos dijo que no sabÃa cómo habÃa llegado a nuestro paÃs la leyenda del silbón, porque era originaria de Venezuela. Se creÃa que en el otoño era cuando él aparecÃa. El chofer continuó con su relato. Nos dijo que el silbón estaba cargando con una maldición por parte de su abuelo, porque hubo una ocasión cuando el silbón era un joven. Su padre llegó muy borracho a su casa. Empezó a maltratar a su madre. Ãl quiso impedirlo, pero su padre no entendÃa cuando vio la forma en que agredÃa a su mamá, no pudo contenerse y mató a su padre. Luego que su abuelo se enteró de lo que habÃa hecho, lo castigó de una forma horrible. Lo amarró a un poste y le dio de latigazos. Enseguida, soltó a dos perros que tenÃa en su casa para que lo ayudaran a cuidar sus tierras. Los perros lo atacaron hasta causarle la muerte. El abuelo estaba tan herido que no fue suficiente con que su nieto hubiera muerto. Lo maldijo diciéndole que debÃa de cargar los huesos de su padre en un costal durante toda la eternidad. Al momento de morir, el espÃritu del muchacho se convirtió en un alma en pena que ha vagado en los espacios abiertos y alejados. Después que el trailero terminó de contarnos la historia, no podÃa creer que, después de tanto tiempo, el alma de ese hombre siguiera penando. Le pregunté al chofer por qué el silbón se llevaba el alma de las personas. Ãl me respondió que no se llevaba a cualquier persona sólo a aquellos hombres que eran borrachos, mujeriegos o que maltrataban a sus esposas. Lupe le comentó que ella ya habÃa escuchado el silbido tan cerca que creÃa que lo habÃa hecho alguien que se encontraba en la misma habitación, pero nunca vio a nadie. El chofer le dijo que el silbido del silbón era engañoso, porque cuando se escuchaba muy cerca significaba que él estaba lejos. Pero sà se oÃa muy lejano, era porque él estaba a unos cuantos pasos de quien lo escuchó. Le dije que también lo habÃa escuchado. El chofer nos comentó que no nos preocupáramos sólo venÃa por aquellas personas que maltrataban a sus familiares, principalmente eran hombres, aunque habÃa ocasiones en que también se llevaba alguna mujer, sobre todo si trataba mal a alguna persona o cuando era una bruja que usaba la magia negra. En ese momento entró mi tÃa prudencia nos vio platicando con los dos choferes de forma tan cercana que nos empezó a regañar, principalmente a Lupe. Nos dijo que tuviéramos respeto por el tÃo que estaba tendido en una de las habitaciones. No supimos por qué nos hizo ese comentario. Realmente estaba enfadada. La agarró contra Lupe porque, como era la más grande, le dijo que era quien debÃa de darnos el ejemplo a nosotras. No deberÃa de andar de buscona con los hombres. Los traileros sólo eran hombres de paso que dañaban a las mujeres. Uno de los choferrees se levantó y le dijo a mi tÃa que no se molestara tanto. Sólo nos estaba contando la leyenda del silbón, pero sà le enojaba que platicara con nosotras. No lo volverÃa a hacer. Mi tÃa le dijo que no era asunto de él la que se portaba mal. Era lupe por estar de confianzuda. Mi tÃa agarró a lupe de los cabellos y se la llevó hasta el corral. Se quitó su zapato y comenzó a golpear a mi hermana en la espalda y en la cabeza, mientras ella le gritaba que la dejaramos paz, que no habÃa hecho nada malo. Pero la tÃa estaba tan enfurecida que no dejaba de golpearla y de jalarle los cabellos. Se los jaló con tanta fuerza que le arrancó un mechón de cabello con el alboroto que se formó. Varias personas que se encontraban velando al tÃo Enrique salieron le pedÃan a mi tÃa que dejara de lastimar a mi hermana, pero ella se encontraba tan enfurecida que no entendÃa razones Y fue peor. Cuando una de las mujeres le dijo a mi tÃa que mi hermana estaba de resbalosa con su marido. Lupe le gritó que no era verdad. Era su esposo el que la molestaba mucho. A mi tÃa le dio más coraje escuchar lo que Lupe decÃa que le puso unas bofetadas que hicieron que mi hermana cayera al piso. No pude contenerme ni alicia. Tampoco nos dejamos ir en contra de mi tÃa para que dejara en paz a mi hermana. En ese instante intervinieron varias personas para que se terminara el pleito, pero mi tÃa no dejaba de Maldecirnos nos decÃa que éramos unas desagradecidas. Después que nos dio su apoyo. Cuando nuestra madre murió, siguió diciendo que ya no nos querÃa en su casa que nos marcháramos lo antes posible. Lo que nos dijo nos dejó heladas. No tenÃamos a dónde ir. El pleito se terminó. Ayudamos a mi hermana a levantarse y la llevamos a una de las habitaciones del fondo. Le limpiamos la sangre. Mientras afuera seguÃamos escuchando la voz de mi tÃa Prudencia. Lupe nos dijo que no era verdad lo que habÃa dicho la señora Ella no tenÃa nada que ver con su esposo ni tampoco con otros hombres. No tuvimos la menor duda. Se lo dijimos y Lupe se puso a llorar. Alicia fue la primera en preguntar a dónde nos Ãbamos a ir. Lupe le respondió que iba a buscar a nuestro padre para decirle lo que acababa de suceder e irnos de regreso con él. Esa noche ya nos salimos del cuarto todavÃa se estaba velando al tÃo Enrique. Alcanzábamos a escuchar los murmullos de los rezos. En la madrugada me despertó un silbido lejano apenas perceptible. Me quedé despierta para ver si de nuevo se escuchaba nuevamente oà la perturbadora melodÃa. Desperté a mis hermanas para decirles que el silbón rondaba en el pueblo. Alicia. Fue la primera en despertarse. Después, Lupe nos abrazó y nos dijo que no nos preocupáramos. Según la leyenda, ese hombre no podÃa hacernos nada. El cuarto en el que dormÃamos estaba hasta el fondo de la casa. TenÃa una ventana que nos permitÃa ver el corral y los sembradÃos, porque no habÃan más casas. Lupe fue primero quien vio a un hombre alto delgado y encorvado por el peso del costal que traÃa en su espalda nos hizo una señal para que también lo viéramos en el momento en que lo vimos. Silbó tenebrosamente que hasta sentà escalofrÃos. No podÃa creer que se escuchaba tan lejos. Si lo estaba viendo tan cerca, no habÃa pasado mucho tiempo. Cuando comenzamos a escuchar gritos y lamentos en la habitación del frente, salimos para ver qué estaba sucediendo. Unas señoras atendÃan a mi tÃa que yacÃa en el suelo. Cuando una de las señoras nos vio entrar, nos dijo que era nuestra culpa. Seguramente habÃamos hecho el pacto con el Diablo para lastimar a nuestra tÃa porque ella se encontraba muy bien. Seguramente le habÃamos echado alguna maldición. Lupe fue quien se quiso acercar con mi tÃa para ver qué le ocurrÃa, pero las personas no se lo permitieron. Dijeron que solamente querÃa terminar de matarla. Nos salimos del lugar sin decir nada. Lo que era verdad era que mi tÃa habÃa muerto sin algún motivo aparente. No fue sencillo comunicarnos por teléfono con mi padre. Lupe estuvo en la caseta de teléfono intentándolo varias veces. Nos quedamos ahà hasta que amaneció. No todas las personas del pueblo nos trataron mal. Hubo una señora que nos dijo que nos podÃamos quedar en su casa en lo que mi padre llegaba. Mi papá llegó al dÃa siguiente, le comentamos lo sucedido y nos regresamos con él a Guadalajara. Co s s s NS. Mi papá solo estuvimos un tiempo porque ya vivÃa con otra mujer que no nos vio con agrado. Lupe consiguió un empleo al igual que nosotras y nos fuimos a vivir aparte. Fue curioso, pero no volvÃa a escuchar el silbido macabro del silbón. Quizás se debÃa a que el silbón no tenÃa espacios abiertos en la ciudad, o era una leyenda que no pertenecÃa a todos los lugares. Nunca supimos si mi tÃa, Prudencia murió por causas naturales o sobrenaturales. Relato escrito y adaptado por Adriana Cuevas








