Jan. 4, 2024

La Familia Fue La Que Nos Embrujó Historias De Terror - REDE

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Nos embrujaron a mi mamá y a mí. Desde que era pequeña, vivía en Yamai, un pueblo de Jalisco ubicado en la ribera de Chapala. Creía que la casa pertenecía a mis padres, porque siempre vivimos en ese lugar, hasta que mi papá se enfermó de un problema renal. En aquella época tenía dieciséis años. Cuando comenzaron las vueltas al hospital. Era necesario ir a Ocotlán, porque ahí estaban los especialistas. Todo inició cuando le hicieron a mi papá un examen general de orina. Fue por su revisión anual. La doctora notó una anomalía en el resultado y le mandó a hacer más estudios. Cuando se dieron cuenta sus riñones no se encontraban en buen estado, Tenía insuficiencia renal. Le dieron distintos tipos de tratamientos para intentar salvarlos, pero no fue posible. Mi papá estuvo en protocolo para donación de órganos. Fue un camino largo y difícil para que se concrete un donador compatible con él. Le comenté a mi papá que le donaba uno de mis riñones, pero él se negaba a hacerlo. Me dijo que no tenía derecho a afectar. Mi salud era muy joven. Aún así insistí. Cuando acudió a consulta, fui con él para decirle al médico que quería donar uno de mis órganos. Sin embargo, el médico me dijo que no podía hacerlo porque era menor de edad. Ese día salí muy triste del consultorio. Tenía la esperanza de poder ayudar a mi papá y no era posible. Mientras lograban conseguir un donante para mi papá, lo dializaron a partir de que le hicieron este procedimiento. Su calidad de vida disminuyó mucho. Me daba mucha tristeza ver cómo su cuerpo se deterioraba más. Fueron poco menos de dos años los que estuvimos así hasta que la vida de mi papá llegó a su fin. Me quedé solamente con mi madre. No tenía hermanos, por lo que las dos tratamos de salir adelante a la semana que había muerto a mi mi padre tocaron a la puerta. Era una notificación legal en la que se nos pedía que desalojáramos la casa a la brevedad posible, porque los dueños estaban reclamando su propiedad. No supe qué decir. Cuando recibí esa nota, mi mamá había salido a hacer unas compras, así que la noticia nos sorprendió. Después que regresó, mi mamá le dije lo que había ocurrido, luego que ella leyó la notificación. Lo único que dijo fue un no puede ser y se sentó en el sillón. Me dijo que la casa había pertenecido a mis abuelos paternos. Ellos le dijeron a mi papá que la casa era de él. Sin embargo, nunca hicieron un testamento. No la heredaron de manera legal, sólo de palabra. Uno de los hermanos de mi abuelo reclamó la casa como su hija era abogada. Él argumentaba que la propiedad le pertenecía. Sólo estaba esperando que muriera el último de los hijos de su hermano para reclamar lo que era suyo. En la nota decía que teníamos un mes para desocupar la vivienda. Mi madre se asesoró de una abogada, pero cuando ella hizo la investigación pertinente, dijo que todo era legal. No había mucho por hacer. La propiedad estaba en nombre del hermano de mi padre. La abogada dijo que probablemente él se valió de ciertas artimañas para lograr sacarle la firma a mi abuelo. Ya no quisimos indagar más La casa en la que viví desde que nací no nos pertenecía. Mi mamá dijo que tendría que buscar un trabajo para poder salir adelante y poder pagarme mis estudios. Le comenté que yo también trabajaría. Empezamos a buscar una casa en renta. Pudimos pagar una que estaba cerca de la carretera, en las afueras del pueblo. Cerca de la casa había un restaurante. Entramos a trabajar en ese lugar. Estuvimos un tiempo tranquilas, sacando nuestros gastos sin tantas complicaciones, hasta que un día mi mamá se desvaneció en el restaurante. La llevé al médico dijo que probablemente tenía un problema en el corazón. Después que le hicieron los estudios necesarios, el médico dijo que era una miocardiopatía. Fue el motivo por el cual mi mamá se desmayó y se sentía cansada. El doctor dijo que era porque los músculos cardíacos estaban dañados. Le dio un tratamiento a mi mamá. Cada mes tendría que acudir a la consulta médica. En caso de que el tratamiento no fuera suficiente, tendría que realizarse una cirugía para la implantación de un marcapasos. El médico le explicó a mi mamá los cuidados que debía de tener, así como la dieta que debía seguir. Mi mamá estaba preocupada porque tenía que cuidarse mucho. Le dije que no se preocupara. Pronto cumpliría la mayoría de edad y podría conseguir un mejor empleo. Seguimos trabajando en el restaurante, pero a mi mamá cada vez se le hacía más pesado, se le hinchaban las piernas, se sentía débil y fatigada. Cuando fuimos de nuevo a consulta, el médico nos dijo que ya era tiempo de poner un marcapasos, pero la cirugía tenían que hacerla en la ciudad de Guadalajara en centro. Médico nos dio el pase para que la atendieran en ese hospital. Le dije a mi patrona lo que estaba ocurriendo con mi madre. Ella se portó muy accesible. Me comentó que tenía una casa que no estaba usando, no estaba en las mejores condiciones, pero nos podía servir para habitarla por unos días. Le agradecí mucho su apoyo. Hice los preparativos para irnos a Guadalajara, estábamos a punto de salir de la casa. Cuando tocaron a la puerta, era un mensajero del hermano de mi abuelo en el que dejaba un citatorio para que mi mamá se presentara a firmar un documento legal. Le dije que mi madre no estaba en condiciones de realizar ese tipo de diligencias, que ya cuando regresáramos nos encargaríamos de eso. El hombre estaba desesperado. Me dijo que sólo era cuestión de asistir a la firma. En dos días después nos marcharíamos al hospital. Le le le dije que no era posible y nos fuimos. La verdad era que estaba muy molesta con esa persona, así que no me importó no ir con mi mamá a la firma. En el despacho a nuestra llegada a Guadalajara, pedí un taxi para que me llevara a la colonia Mexicalzingo. En pocas ocasiones cuando era niña había ido a la ciudad. La conocía muy poco. Cuando nos adentramos en la Mancha urbana, se me hizo muy grande y ruidosa. Me dio temor estar en un lugar desconocido. Llegamos por la tarde a la colonia. Era una casa muy antigua que se encontraba cerca de la iglesia de Mexicalzingo. La casa estaba llena de polvo y olor a humedad. Se notaba que hacía mucho tiempo que nadie la habitaba. Lo que restaba del día me puse a limpiarla y dejarla en condiciones habitables. Cuando acomodé nuestras pocas pertenencias, empecé a sentirme más cómoda. Al día siguiente acudí con mi mamá al hospital. El cardiólogo dio fecha para la cirugía. Dijo que mi madre era candidata para ponerle un marcapasos. De esa manera iba a mejorar su calidad de vida. Nos dijo que en una semana la iba a operar, pero era necesario hacerle los estudios preoperatorios para ver la condición de su organismo. Fui a pedir a recepción las citas. Le dieron una cita para cada día para los análisis completos de laboratorio, el electrocardiograma, la radiografía y otros estudios más. Hablé con mi patrona para decirle que no podríamos regresar pronto. Ella me dijo que no me preocupara la casa. La podíamos usar el tiempo que fuera necesario y si necesitaba más dinero, ella me podía adelantar un poco de mi sueldo le dije que por el momento no lo requería. La casa era muy grande. Después que acomodé a mi mamá en su habitación, fui a recorrerla. Había un cuarto que tenía balcón y su ventana daba al parque de la colonia. Al lado había una tienda enorme que vendía juguetes. Al otro lado era un local que reparaba lavadoras y artículos para el hogar, por lo que no tenía ningún vecino. Eran casi las nueve de la noche. Me quedé un rato en el balcón para tratar de sentirme parte de esa ciudad casi desconocida. Mientras observaba hacia el exterior, sentí una ráfaga de viento que venía del interior de la casa. Me volteé y vi que la cortina se movía. Entré para revisar de dónde provenía la corriente de aire. Había un cuarto que tenía la puerta y la ventana abierta. Se me hizo bastante raro porque no había abierto ninguna ventana. Cerré todo y me regresé a mirar a la calle. Estuve durante varios minutos. De pronto sentí la presencia de alguien. Pensé que se trataba de mi mamá. Me metí a la casa para buscarla. Tenía la sensación de que alguien estaba todo el tiempo detrás de mí. Cuando entré al cuarto de mi madre, ya se había dormido. No pude entender por qué sentía que había alguien más en la casa. Encontré en la sala un estante de libros. Comencé a buscar uno que llamara mi atención. Cuando iba a agarrarlo, uno de ellos se cayó sin ninguna explicación posible. Me agaché para recogerlo. Cuando estaba hincada recogiendo las hojas que se habían salido de su interior. Sentí como si alguien me pusiera su mano sobre mi cabeza. Me quería levantar y no podía hacerlo. Fueron unos segundos que intenté zafarme de esa fuerza desconocida hasta que me soltó y me incorporé. Me giré hacia todos lados, pero no había nadie a mi alrededor. Era una situación extraña lo que me ocurría después de ese suceso comencé a tener miedo. No sabía a qué. Tenía la impresión de que había alguien que me observaba había acondicionado otra habitación para dormir aparte, preferí irme al cuarto de mi mamá. A su vez vigilaba que estuviera bien. En el cuarto estaba un sofá Me acomodé en él. No tenía sueño, pero sabía que tenía que descansar. Hubo un momento en que me quedé dormido. Luego de un buen rato de insomnio, tuve un sueño recurrente en el que una mujer me perseguía. Corría en una llanura hasta que ya no tenía salida. Llegaba al borde de un acantilado. La mujer era de cabello largo y oscuro. Tenía unas manos siniestras. Llegaba sonriendo y me aventaba al vacío. Desperté abruptamente. Sentí como si realmente estuviera cayendo, aunque lo que me pasó fue que me caí del sillón. Pensé que sólo era por la pesadilla. Nuevamente comencé a quedarme dormida. El mismo sueño sucedía una y otra vez hasta que preferí quedarme despierta vi el reloj eran las cuatro de la mañana. Mi madre sí podía descansar. Dormía profundamente un ruido en una de las habitaciones me alteró más mi sistema nervioso. Se escuchaba que tocaban en la puerta. Dieron tres golpes. Primero pensé que se trataba de la puerta principal. Me envolví en la cobija y me fui a asomar afuera. No había nadie. Después escuché que era en la parte de arriba. Tocaron nuevamente en la puerta. Fui hasta esa habitación con claridad. Me di cuenta que los golpes venían del interior de ese cuarto. Tuve miedo a abrirla. Preferí ignorarla e irme con mi madre. Era el único lugar en el que me sentía segura. Mi mamá se levantó muy temprano. Me despertó para que nos fuéramos al hospital. Salimos con prisa porque ya casi eran las siete de la mañana afuera. Había movimiento de comerciantes que llevaban su mercancía al mercado que estaba a un lado del parque. Cuando salimos de la casa, un señor que llevaba su verdura en un diablo se nos quedó mirando sorprendido al vernos a la pasada. Mi madre lo saludó. Él ni siquiera respondió de lo asombrado que estaba un camión. Pasaba por la avenida y nos llevaba hasta centro médico. Pronto estuvimos en el hospital. Después que salimos, le dije a mi mamá que fuéramos al centro a conocer ya había ido cuando era muy chica, pero tenía recuerdos. Vagos caminamos durante toda la mañana por el centro. Mi madre quiso entrar a la catedral a rezar una oración. Después entramos al mercado de San Juan de Dios. En ese lugar había venta de todo tipo de artículos, desde su venires para los turistas, fruta verdura, artículos de piel, joyería, tenis y muchas cosas más. Me quedé impresionada por la cantidad de cosas que vendían Sin darme cuenta. Entramos en un pasillo en el que vendían hierbas medicinales, amuletos, artículos para atraer la abundancia y muchas cosas esotéricas. Era curioso porque esos locales eran atendidos por mujeres que nos querían leer la mano. Una de las mujeres se salió de su negocio y me tomó por sorpresa la mano. Quise zafarme, pero ella me la retuvo. Estaba leyendo mi futuro de pronto me la soltó de inmediato. Le pregunté qué pasaba. Ella me dijo que nada y se metió a su puesto. Nos fuimos del mercado un poco desconcertadas. Mi mamá me preguntó qué le pasó. A la mujer le respondí que no supe por qué se comportó de esa manera. Antes de entrar a la casa, mi mamá quiso sentarse en una de las bancas que estaban en el parque. Era temporada de pitayas y mi mamá quiso comerse una mientras las degustamos. Miré a la casa que estábamos habitando estaba descuidada, aunque le quedaban reminiscencias de que fue una vivienda bonita. De repente vi a alguien que estaba en la ventana. Era la silueta de una persona. Me levanté de la banca. Le dije a mi mamá que la viera había alguien dentro de la casa. Cuando mi madre la vio hasta la pitaya, se le cayó tratando de darle una explicación lógica. Pensé que alguien de la familia de mi patrona había entrado en el parque. Había un teléfono público. Le marqué a mi patrona para preguntarle si había mandado a alguien a la casa. Ella me dijo que no. En Guadalajara ya no tenía familia. Además, nadie tenía la llave. Me preguntó qué estaba sucediendo. Cuando le dije ella rápido, me dijo que llamara de inmediato a la policía. Le pregunté a un señor que pasaba cómo le hacía para hablarle a la patrulla. Él me dijo cómo hacerlo. A los pocos minutos estuvo la patrulla enfrente de la casa. Le dije al oficial lo que había sucedido. Ellos entraron primero a la casa. La revisaron sin encontrar a nadie. Me dijeron que se iban a quedar un rato más enfrente de la vivienda. Por si algo se me ofrecía, tenía mucho miedo de entrar, porque lo único que pude corroborar con la presencia de la policía que sí había alguien dentro de la casa. Sin embargo, no era de este mundo. No sabía si mi mamá no se daba cuenta de lo que sucedía o prefería hacer como si no pasaba nada. Entramos a la casa. Desde el momento en que ingresamos la casa se sintió helada como si estuviéramos dentro de un refrigerador. Era extraño porque afuera no hacía tanto frío. Mi mamá dijo que se debía a que era una casa muy grande y no había gente dentro de ella. El calor de la estufa de las mismas personas hacía que una vivienda tuviera más calidez. Se me hizo razonable, aunque no creía que esa fuera la razón principal por la que sentía ese frío. Me dio la sensación de que era como el frío de un muerto. Estuvimos en la casa el resto del día me sentía más tranquila, pero no podía quitarme la idea de que había alguien dentro. Los ruidos extraños continuaron, se escuchaban pasos en el piso de arriba como si hubiera una persona caminando por todas partes. Aunque no hubo más manifestaciones por la noche, era cuando más actividad. Había la cuarta noche. La pasé peor porque una puerta de los cuartos se abrió y se azotó sin motivo alguno. Mientras trataba de dormir. Sentí como si alguien estuviera oprimiendo mi garganta. Me costaba trabajo respirar por un momento pensé que iba a morir. Después que me pude incorporar, me aventaron uno de los objetos que estaba en ní el tocador. Mi madre se despertó. Me preguntó qué estaba pasando. Le dije todo lo que ocurría. Ella era muy creyente en los seres de otro mundo. Se sentó sobre la cama y me dijo que ella había notado cosas extrañas. No me quiso decir para que no me diera temor. Me dijo que desde el momento en que entró por primera vez a la casa, sintió la presencia de un espíritu. La noche anterior vio que alguien pasó por el pasillo. Cuando la puerta estaba abierta, vio una sombra negra que la cruzó. Mi madre me estuvo diciendo todo lo que vio. También le conté lo que me sucedió. Le dije que no podíamos quedarnos en esa casa. Teníamos que irnos. Ella me comentó que no teníamos el dinero suficiente para sufragar nuestra estancia. Además, no sabíamos por cuántos días íbamos a estar ahí y aún faltaba la cirugía. Era verdad lo que mi mamá me dijo. Me sugirió que fuera de nuevo al mercado de San Juan de Dios con la señora que quiso leer mi mano, que le dijera todo lo que me sucedía. Sin esperar más tiempo. Por la mañana me fui al mercado, no quedaba tan lejos de donde vivía. Quise que mi mamá me acompañara, pero ella me dijo que se sentía muy cansada. Prefería quedarse a dormir. En cuanto llegué al puesto de la señora que vendía hierbas, ella me dijo que sabía que iba a regresar. Le pregunté por qué. Me respondió que me estaban sucediendo hechos extraños. Le dije que por eso había acudido con ella. La señora me pidió que pasara dentro de su local. Me sentó en una silla pequeña. Ella también se sentó enfrente. Tomó mi mano. Después que hizo su lectura. Me dijo que había un espíritu que me estaba siguiendo. Era el de una mujer que estaba muerta. Le comenté que ella no me seguía. Ya estaba en la casa. Cuando llegué, ella movió su cabeza negando todo. Me dijo que ese espíritu era el de una mujer que habían asesinado y que me habían hecho un trabajo, Me habían quitado mi espíritu a tanta vez del aliento y lo habían encerrado en el sepulcro de esa mujer. No era ella la que me estaba siguiendo, Era parte de mi alma la que estaba dentro del ataúd. Por eso estaban conectados los dos mundos, el de los vivos y el de los muertos. Luego que la mujer me dijo no lo podía creer, le pregunté por qué alguien me pudo haber hecho eso. La mujer me respondió que pensara en alguien que me quisiera dañar. O me tuviera mucho coraje de inmediato. Pensé en el hermano de mi abuelo y en su hija, que era abogada, como no encontró una manera de que mi madre le firmara. Acudieron a la brujería. Me dio tanto coraje tan sólo de pensar que eran ellos los que nos hicieron esa maldad. La señora del Mercado de San Juan de Dios me dijo que si ya tenía la seguridad de saber quién me había hecho ese trabajo, podía empezar a trabajar para lograr sacar mi espíritu de esa tumba. No iba a ser sencillo a hacerlo, pero intentaría conseguirlo. La señora me pidió que hicieran un círculo con cal que tuviera como diámetro, al menos dos metros, con seis velas de color blanco, poner en el centro del círculo dos triángulos invertidos para que quedara la forma de la estrella de David. Me dijo que pusiera al centro de esa estrella un espejo y encima la medalla de San Benito. El propósito de la medalla era para que San Benito me ayudara a alejarme de ese espíritu, ya que este santo fue conocido por realizar exorcismos y ser protector contra las fuerzas del mal. El poder que tenía esa medalla era porque de un lado tenía una cruz y del otro la imagen del santo, así como una inscripción en latín que era una oración poderosa en contra de las fuerzas del mal. Empecé en la noche cuando salió la luna. La mujer me pidió que lo hiciera al aire libre, por lo que dibujé el círculo en el patio ya tenía todos los elementos que me había dicho. Comencé el ritual. Después que encendí las velas, tenía en mi mano un puñado de o sal de grano que fui regando al interior del círculo. Mientras caminaba por fuera de él, arrojaba la sal dije unas palabras en latín excus signos mal, sacra, luz, hinchisulfate. Estuve repitiendo en varias ocasiones esta frase. Continué caminando alrededor del círculo. En apariencia no sucedió nada. Lo hice por una hora y me fui a descansar. Mi mamá me observaba desde el interior de la casa. No supe cuál fue el motivo, pero me sentía muy cansada. Me quedé dormida. En cuanto me acosté, tuve una serie de sueños espantosos. El peor fue cuando me vi dentro de un ataúd. Estaba encerrada sola. Cada vez me hacía falta el aire estaba a punto de morir cuando desperté, Pero lo que vi fue peor. Me observaba dormir una espectro negro. Estaba completamente oscuro. Tenía a mi lado la medalla de San Benito y un amuleto de protección que me dio la señora del Mercado. Apreté con fuerza la medalla mientras repetía en mi mente las palabras en latín que dije durante el ritual la sombra oscura no se iba. Pensé que le podía hacer daño a mi mamá porque estaba parada a un lado de ella, pero no fue así. Estuvo parada durante unos segundos. Después se fue justo en el momento en que se marchó. Empecé a oler un aroma a flores, el olor a humedad y mojo. Se había marchado. Mi mamá estaba muy asustada. Le pregunté si percibía ese olor. Ella me dijo que sí. Me acosté a un lado de ella por qué estaba temblando. Pensé que era porque se había asustado la arrope y nos quedamos dormidas. Esa noche pude dormir sin tener ninguna pesadilla. Desaparecieron los seres siniestros. Me desperté porque me di cuenta que mi madre tenía mucho frío. La tapé con la cobija y la abracé. Me dijo que se sentí muy cansada, Se quedó dormida, respiraba con dificultad. Me asusté. Lo único que se me ocurrió fue ir por un médico de una farmacia similar al l l o fue de inmediato. Revisó a mi mamá me comentó lo que ya sabía, que estaba muy delicada del corazón que me fuera a llevarla a urgencias médicas. De inmediato tomé un taxi y me fui a centro médico. La internaron de urgencia. Estuve más de tres días en el hospital. Mientras mi madre se recuperaba por la noche. Tenía la sensación de que alguien rondaba en los pasillos del hospital, sobre todo en la madrugada, cuando los médicos y las enfermeras solían descansar. Lo. Último que vi fue la sombra de una mujer que se quedó por unos segundos en el umbral de la puerta de la habitación en la que nos encontramos. Después de esa ocasión no volví a sentir la presencia de nadie. Relato escrito y adaptado por Adriana Cuevas