Aug. 25, 2025

La BRUJA Que Controlaba ANIMALES En Pueblo De Sinaloa Historias De Terror - REDE

La BRUJA Que Controlaba ANIMALES En Pueblo De Sinaloa Historias De Terror - REDE
La BRUJA Que Controlaba ANIMALES En Pueblo De Sinaloa Historias De Terror - REDE
REDE (Relatos Desclasificados)
La BRUJA Que Controlaba ANIMALES En Pueblo De Sinaloa Historias De Terror - REDE

¡ Rápido ! Suscríbete y activa la campanita.
Se parte de la comunidad REDE.
ENVIAME TUS HISTORIAS A: relatosdesclasificados@gmail.com
SÍGUEME EN FANPAGE: https://bit.ly/33H3Og3
SÍGUEME EN INSTAGRAM: https://bit.ly/3dgiBmd

0:02 Mi nombre es Alberto, y lo que voy a contar ocurrió en 1958, cuando yo tenía apenas 13 años. Vivíamos en un rancho de Sinaloa llamado El Saquillo, un lugar de tierra seca y caminos de terracería donde todos se conocían. Nuestra familia era pequeña pero trabajadora. Mi padre, mi madre, que en ese tiempo estaba embarazada, mi hermano, menor de cinco años, y yo. El abuelo vivía en el mismo terreno, en una casa vieja a un costado de la nuestra, y entre todos nos ayudábamos para sacar adelante. Mi padre y mi abuelo se dedicaban al ganado. El abuelo era dueño de más de 100 cabezas, y eso lo hacía respetado en la región. Pasaba la mayor parte del día entre los potreros, cuidando a las vacas y marcando a los becerros que iban naciendo. Yo, aunque era apenas un chamaco, trabajaba de lo que me pusieran. Ayudar a mi padre con las cercas, llevar agua a los animales, o correr detrás de los becerros que se desbalagaban, todos teníamos una tarea que cumplir.

1:09 El rancho era tranquilo, aunque no faltaban historias raras que contaban los viejos en las noches. Yo escuchaba con atención, pero siempre me parecían exageraciones. El sol caía fuerte cuando mi madre salió a atender ropa. Yo estaba cerca cortando ramas secas para prender la lumbre más tarde, cuando de pronto se apareció por el camino una mujer mayor. No era conocida del lugar y eso llamó la atención, porque en el saquillo casi siempre sabíamos quién era quién. La mujer cargaba una canasta grande cubierta con un trapo blanco. Se acercó despacio mirando hacia todos lados y al llegar a la cerca le habló a mi madre. Le dijo que traía comida para vender, algo que, según ella, solo ella sabía preparar. Mi madre, con su manera amable, aceptó ver lo que llevaba. La señora levantó el trapo y dentro se miraba una especie de comida seca, rara, con un olor que no sabría describir. No era carne seca como la que acostumbrábamos en la región, ni tampoco tortillas o panes. eran como bolas quebradizas de un color oscuro que parecían más bien tierra apretada que alimento la mujer le insistía que lo probara que era rico y saludable que nadie en el rancho había comido algo igual Pero mi madre, desconfiada, le dijo que no, con una sonrisa cortés para no ofenderla. Yo veía desde el patio cómo

2:39 la señora seguía empujando la canasta hacia ella, hablándole cada vez con más insistencia, como si no aceptara un no por respuesta. Mi madre se mantuvo firme. le dijo otra vez que no necesitaba nada que agradecía la oferta pero no iba a comprar la mujer no se rindió decía que seguro le gustaría que le hiciera el favor de aceptar aunque fuera un poco entonces mi madre ya algo molesta le respondió más seria con el ceño apretado que no iba a comprar nada que no le interesaba la mujer se quedó mirándola Mi madre no esperó más. Se metió a la casa cerrando la puerta sin despedirse, dejando a la señora afuera con la canasta. Desde la ventana alcancé a ver cómo la mujer bajaba el trapo sobre los restos raros de su comida. Se dio la vuelta y caminó de regreso por el mismo camino polvoriento por el que había llegado. hasta que la perdimos de vista.

3:39 La mujer no se fue ofendida como cualquiera, sino con una rabia contenida que se le notaba en la forma de apretar los labios y en la manera en que caminaba. Esa noche, al cenar, mi madre comentó el suceso con mi padre y mi abuelo. Ellos, ya curtidos por el campo, dijeron que no había que confiar en extraños. El abuelo en particular se mostró pensativo, como si la presencia de aquella mujer le hubiera despertado un recuerdo incómodo. Yo lo noté porque dejó de hablar y se quedó mirando hacia la ventana, atento al monte, como si esperara ver de nuevo la silueta de la vendedora. Pasaron unos días desde la visita de aquella mujer y en la casa las cosas siguieron con normalidad, al menos en apariencia. Mi padre había conseguido una cochi grande, una marrana que pensaba engordar para las fiestas de fin de año. Lo curioso de ese animal es que era manso como pocos, podía andar suelto por el terreno sin causar problemas, no se metía con los perros ni con las gallinas, y hasta parecía acostumbrarse a seguir a mi hermano menor cuando éste jugaba en el patio. Mi madre decía que era un animal noble, tranquilo, que no daba lata. Yo mismo me sorprendía de lo dócil que era, porque en otros ranchos las coches solían ser ariscas, siempre buscando romper las cercas o escarbar donde no debían. Pero esta número. Caminaba despacio por el solar,

5:10 buscaba un rincón con sombra, y ahí se quedaba echada como si nada. Mi abuelo bromeaba diciendo que parecía un perro en lugar de marrana. Una mañana, mientras ayudaba a juntar ramas cerca de la barda, noté algo extraño en el suelo. Eran pieles de serpiente, extendidas como si hubieran sido arrojadas desde lo alto. Llamé a mi padre y cuando revisamos con calma vimos que no era una sola. había varias regadas por diferentes partes del terreno eran largas algunas de más de un metro secas con esa textura quebradiza que dejan las culebras al mudar lo raro era que nunca habíamos visto tantas juntas y mucho menos alrededor de la casa el monte que rodeaba el saquillo estaba lleno de víboras eso lo sabíamos Pero no era común que se acercaran tanto a los hogares y menos que dejaran las pieles tiradas como si se hubieran reunido allí.

6:08 Mi abuelo fue el primero en ponerse serio. Se agachó a revisar una de las pieles y la levantó con el machete. La miró de cerca y dijo que no era normal, que las serpientes no se despojaban todas al mismo tiempo y en el mismo lugar. Era como si alguien las hubiera juntado y dejado alrededor de la casa. Mi madre, que estaba con nosotros, se persignó al escuchar eso, y de inmediato dijo que algo no andaba bien desde la visita de aquella mujer. Mi padre intentó calmarla, diciendo que seguro era casualidad, que a lo mejor el calor de los días anteriores había hecho que los animales mudaran todos a la vez, y que el viento había arrastrado las pieles hacia el patio, pero en su voz no había mucha seguridad. yo lo conocía y sabía cuando estaba dudando esa vez hablaba como si quisiera convencerse a sí mismo más que a los demás de cualquier forma recogimos las pieles y las llevamos a quemar lejos en el barranco detrás de los potreros el olor que salió al arder era fuerte casi como de carne podrida aunque no eran más que restos secos ya era tarde todos estábamos en la sala terminando de cenar Cuando de pronto empezaron a escucharse ruidos extraños afuera, era un sonido como de hojas secas agitándose, pasos arrastrados que iban de un lado a otro por el terreno. Mi padre se levantó con la lámpara en la mano, y yo lo seguí con miedo,

7:39 pero con la curiosidad que siempre me ganaba. Cuando salimos, vimos el suelo iluminado por la luz amarilla. las pieles de serpiente habían aparecido otra vez estaban regadas por todo el patio alrededor del árbol donde colgábamos la ropa y hasta cerca de la puerta de la cocina no podía ser que hubieran estado allí en la tarde porque habíamos limpiado con cuidado y las habíamos quemado todas. Mi madre gritó desde adentro que entráramos, que no siguiéramos mirando. Pero mi abuelo salió también y dijo que nadie se moviera, que escucháramos bien. Entonces, en medio del silencio, se oyó claramente pasos apresurados corriendo en círculo alrededor de la casa.

8:24 Eran ligeros, veloces, como si algo invisible nos estuviera rodeando. La cochi, que siempre era tranquila, comenzó a gruñir con fuerza. Corrió desesperada de un lado a otro del corral, chocando contra la cerca como si quisiera escapar. Nunca la habíamos visto así. Se golpeaba, se mordía sola, como si algo la estuviera provocando desde fuera. Mi padre intentó calmarla, pero en cuanto se acercó, el animal se le lanzó encima. Por suerte, estaba a la cerca de por medio, pero los gruñidos eran tan fuertes que hasta los perros se escondieron debajo de la casa. Fue entonces cuando mi abuelo, con el machete en la mano, dijo lo que todos temíamos, que aquello no era normal, que alguien estaba moviendo los animales con mala intención. Esa noche no se pudo dormir.

9:16 Nos quedamos con las lámparas encendidas, oyendo cómo los ruidos seguían por el patio, cómo las hojas se agitaban aunque no hubiera viento, y cómo los pasos se acercaban y se alejaban. Lacochi terminó por echarse en un rincón, jadeando, pero con los ojos fijos en la oscuridad. Yo no lo entendía del todo, pero los rostros de mi padre y mi abuelo me dejaron claro que estábamos frente a algo que no tenía explicación sencilla. Los días pasaron con una calma tensa. No volvió a repetirse algo tan extraño, pero el ambiente en la casa había cambiado. Mi madre estaba más nerviosa, siempre mirando hacia el camino, como esperando ver aparecer otra vez a la mujer de la canasta.

10:03 Mi abuelo no decía mucho, pero lo notábamos más callado, como si pensara constantemente en lo que había pasado. La cochi parecía haber vuelto a la normalidad. Durante el día caminaba tranquila por el patio, comía su maíz y buscaba sombra bajo los árboles, pero ya nadie la miraba igual. Todos recordábamos cómo había gruñido y golpeado la cerca como si quisiera destrozarla. Mi hermano de cinco años, que solía corretear cerca de ella, ya no se atrevía a acercarse. Cada vez que pasaba por el corral lo hacía corriendo, con miedo de que el animal volviera a enloquecer. En el rancho, los vecinos comenzaron a notar que algo raro nos estaba pasando. Una mañana vino un compadre de mi abuelo y al vernos a todos callados preguntó qué ocurría.

10:52 Mi padre solo dijo que habían aparecido muchas pieles de culebra en el patio, pero lo contó como si fuera un detalle sin importancia. El compadre se persignó al escucharlo y comentó que eso era señal de que alguien andaba trabajando contra nosotros, que en esos casos lo mejor era cuidarse y rezar. Esa misma tarde, mi madre colocó agua bendita en las ventanas y una cruz de palma en la puerta principal. Recuerdo que, mientras la ayudaba a colocar las palmas, me dijo en voz baja que no olvidara nunca cómo había mirado la mujer aquel día, con los ojos llenos de enojo, porque estaba segura de que todo lo que nos ocurría venía de ella. A pesar de esa tensión, no pasaron cosas demasiado graves durante las semanas siguientes, pero pequeños detalles nos recordaban que algo no estaba bien.

11:45 De repente, las gallinas se amontonaban todas en una esquina del gallinero como si algo las asustara, aun cuando no había nadie cerca. Por las noches, los perros se echaban bajo la casa y no ladraban aunque escucháramos ruidos en el patio. Era como si ellos también percibieran lo que nosotros apenas intuíamos. El abuelo comenzó a hacer rondas más seguido. Salía al patio con su lámpara y se quedaba de pie un buen rato mirando hacia el monte, con el machete en la otra mano. Nunca decía qué veía, pero a veces regresaba algo preocupado. Mi padre le preguntaba qué pasaba y él respondía siempre lo mismo, que algo estaba mal.

12:26 Una noche ocurrió algo que nos dejó pensando todavía más. Estábamos cenando frijoles con tortillas cuando, de repente, la cochi empezó a gruñir. No eran los gruñidos fuertes de aquella otra ocasión, sino unos más bajos, como si estuviera inquieta. Mi padre salió con la lámpara y yo lo seguí. Al alumbrar hacia el corral, vimos que la marrana estaba mirando fijo hacia la cerca, inmóvil, como si algo se moviera al otro lado. No había nada. Caminamos alrededor con la lámpara, revisando la hierba y los arbustos, pero no encontramos señales de animales ni de personas. Aún así, la cochi seguía con los ojos clavados en el mismo punto, gruñendo bajito, como si estuviera viendo lo que nosotros no podíamos.

13:13 Después de un rato se calmó, y mi padre me mandó adentro. No quiso preocupar a mi madre, así que dijo que seguramente era un tlacuache o algún perro que se había acercado, pero yo supe que no lo creía. Esa noche lo escuché levantarse varias veces, caminando por la casa como si no pudiera dormir. El abuelo, al enterarse, dijo que eso era una señal clara. Los animales siempre detectan primero lo que los humanos no ven. En los días pasaron con esos pequeños incidentes. Era como si lo que fuera que rondaba nuestra casa estuviera jugando con nosotros, dejándonos sentir su presencia sin mostrarse. Mi abuelo se levantaba antes del amanecer a revisar el terreno, como si esperara encontrar señales nuevas. Yo estaba sentado en el corredor afilando una daga vieja que mi abuelo me había dado para los encargos del campo. El filo estaba gastado y con paciencia lo repasaba contra una piedra de río. El sonido seco del metal me mantenía concentrado, mientras mi hermano pequeño de apenas cinco años Jugaba dentro de un corralito de madera que habíamos improvisado para que no se saliera al camino.

14:30 Estaba entretenido con un carrito de madera que mi padre le había hecho, empujándolo de un lado a otro. Todo parecía en calma, hasta que la cochi apareció de la nada. No la vimos llegar, pero, de pronto, estaba allí, entrando con fuerza al corralito. El animal lanzó un gruñido ronco y en un movimiento brusco se abalanzó sobre mi hermano. Lo sujetó de la ropita con el hocico y comenzó a arrastrarlo por la tierra, sacudiéndolo como si fuera un costal. Me levanté de un salto con la daga en la mano y corrí hacia ellos sin pensar. Cuando estuve lo bastante cerca, levanté el brazo y lancé la daga contra el animal. El filo no alcanzó a clavarse, pero golpeó con fuerza en el lomo de la cochi. El golpe hizo que el animal se asustara, pero no soltó a mi hermano. Lo seguía arrastrando, gruñendo con más rabia, mientras mi hermano pataleaba y gritaba, con la tierra cubriéndole el rostro.

15:30 Yo intenté jalarlo de los brazos, pero la fuerza del animal era demasiada. sentí que me iba a arrastrar también si no soltaba escuché la voz de mi padre gritar desde lejos había visto todo mientras venía de los corrales en sus manos traía una horqueta de esas que se usan para cargar pastura Corrió y sin detenerse se lanzó sobre el animal, clavándole con toda su fuerza los dientes de la horqueta en el lomo. El chillido de la cochi fue espantoso. Soltó de inmediato a mi hermano que cayó de lado, cubierto de polvo y llorando. El animal se revolcaba con violencia, tratando de sacudirse la horqueta, pero mi padre no se la quitó. Yo corría a tomar a mi hermano en brazos, apartándolo del corralito. Su ropita estaba desgarrada y tenía raspones en las piernas, pero seguía vivo, que era lo que importaba. Mi madre salió corriendo de la cocina, gritando, y al ver la escena cayó de rodillas abrazando a mi hermano, mientras yo intentaba explicar lo que había pasado entre lágrimas. El animal, mientras tanto, seguía forcejeando bajo la fuerza de mi padre. La horqueta estaba clavada a hondo, y cada vez que la cochi intentaba levantarse, él empujaba más, hundiéndola hasta que la sangre empezó a manchar el suelo. No quitó la presión ni un segundo, incluso cuando el animal comenzó a debilitarse. La escena fue larga.

17:00 Todos observábamos cómo la vida del animal se extinguía poco a poco. Mi padre no se movió hasta que el cuerpo de la cochi quedó inmóvil, con los ojos vidriosos mirando hacia la nada. Solo entonces soltó la horqueta y retrocedió un paso. Mi abuelo apareció al poco rato, alarmado por los gritos, y cuando supo lo que había ocurrido, se quedó serio, mirando el cadáver del animal. Dijo que no era normal, que una cochi tan mansa no debía atacar de esa manera. Mi madre seguía llorando, abrazando a mi hermano, que apenas podía hablar del susto. Yo recogí la daga del suelo. Ese día, el rancho dejó de sentirse como un hogar tranquilo. Sabíamos que los animales no se comportaban solos, que algo los estaba moviendo con intenciones oscuras.

17:48 La muerte de la Kochi dejó una marca en todos nosotros. El suelo del corralito todavía tenía manchas de sangre cuando mi padre y el abuelo arrastraron el cuerpo hasta un barranco para enterrarlo. Nadie quiso comer su carne ni aprovechar nada de ella. Mi madre decía que estaba tocada, que era mejor no arriesgarse. Los perros, que siempre ladraban a cualquier extraño, comenzaron a comportarse raro. Pasaban mucho tiempo echados, mirando hacia el monte, como si esperaran que algo saliera de allí. A veces se les erizaba el pelo y gruñían al vacío, pero sin atreverse a acercarse. el abuelo decía que eso era mala señal los animales según él sentían primero lo que nosotros no podíamos ver repetía esa frase cada vez que los perros se quedaban mirando hacia la cerca con las orejas tiesas y la cola baja Una mañana, cuando fuimos a revisar los potreros, encontramos que varias vacas estaban inquietas, corriendo de un lado a otro sin razón. No había coyotes ni perros que las asustaran.

18:57 El abuelo intentó calmarlas, pero no funcionó. Una de ellas embistió contra la cerca y casi la revienta. Esa tarde, cuando regresamos a la casa, mi madre dijo que había vuelto a ver a la mujer de la canasta, allá en el camino polvoriento. No se había acercado, solo estaba parada a la distancia como si mirara hacia nuestra casa. Cuando mi madre intentó llamar a mi padre, la mujer ya no estaba. Nadie más la vio, y eso solo aumentó las sospechas de que todo lo que ocurría tenía relación con ella. las noches se volvieron más pesadas a veces mientras intentábamos dormir escuchábamos ruidos raros en el corral de las gallinas aleteos violentos cacareos que se apagaban de golpe como si alguien las apretara una vez al salir con la lámpara encontramos a todas las aves en silencio acurrucadas en una esquina con los ojos blancos y la respiración agitada No había rastro de intrusos, pero algo las había alterado. El abuelo empezó a colocar cruces de madera en las cercas. Decía que eso podía protegernos. Mi madre cada tarde rociaba agua bendita alrededor de la casa y rezaba más fuerte que antes. Mi hermano, aunque estaba vivo y sano, había cambiado. Ya no quería salir a jugar al patio. Se quedaba pegado a mi madre como si temiera que cualquier cosa volviera a atacarlo. A veces en las noches lo escuchaba llorar bajito. Un día, mientras ayudaba

20:30 a mi abuelo a cargar costales de maíz, me dijo algo que me dejó pensando. Me dijo que no dudaba de que todo lo que pasaba era cosa de brujería, que la mujer de la canasta había dejado su marca desde el momento en que mi madre la rechazó. Según él, las brujas no siempre atacaban de frente, pero buscaban entrar por donde más dolía, en los animales, en los niños, en lo que hacía sufrir a la familia. Yo no sabía qué contestar, solo lo escuché mientras me acomodaba el costal en el hombro. esa misma noche el ganado volvió a alterarse los mugidos se escuchaban desde la casa largos y desesperados mi padre salió corriendo con la lámpara y yo lo seguí al llegar vimos que varias vacas estaban empujando contra la cerca como si quisieran escapar Y en el suelo, justo frente al portón, había nuevas pieles de serpiente, frescas como si acabaran de dejarlas ahí para que las viéramos.

21:30 Mi padre recogió una con el machete y la mostró a la luz. Era tan larga que parecía haber pertenecido a una víbora gigantesca. La tiró de inmediato y ordenó que regresáramos a la casa. Esa noche nadie durmió bien. Todos sabíamos que aunque la Kochi había muerto, los problemas apenas estaban empezando. Aunque no volvió a haber un ataque directo como el de la Kochi, cada jornada nos dejaba con la sensación de que algo acechaba alrededor de la casa. El ganado seguía comportándose raro, y aunque mi padre y el abuelo hacían lo posible por mantener las cosas en orden.

22:11 Una mañana, mientras mi madre preparaba el desayuno, los perros comenzaron a ladrar hacia el monte. Mi abuelo salió con el machete en mano y se quedó un buen rato mirando hacia la línea de árboles. No vio nada, pero regresó murmurando que no le gustaba cómo estaba el día. La rutina de la casa cambió. Ya nadie se sentía seguro en el patio después del atardecer. Las puertas se cerraban más temprano y las lámparas de petróleo se mantenían encendidas casi toda la noche. Mi madre rezaba más de lo normal, sobre todo porque mi hermano pequeño no se recuperaba del miedo. Cada ruido lo hacía llorar. Y cuando escuchaba a las vacas mugir en los potreros, se tapaba los oídos como si temiera que algo viniera por él.

22:57 Yo también empezaba a sentir un miedo. Antes podía caminar solo hacia el corral sin problema, pero ahora no quería salir solo. Mi padre trataba de tranquilizarnos diciendo que todo se explicaba con animales salvajes. Una tarde, mientras ayudaba a mi abuelo a reparar una cerca, encontramos algo más que nos dejó inquietos. Entre la hierba, justo donde terminaba el alambre, había huellas extrañas. No parecían de vaca ni de caballo. eran marcas alargadas hundidas en la tierra blanda como si algo pesado hubiera pasado arrastrándose el abuelo se agachó las revisó con cuidado y después me miró serio dijo que no había visto huellas así en su vida que no parecían de ningún animal conocido Una mañana, al ir a recoger los huevos del gallinero, encontramos varias gallinas muertas. No tenían mordidas ni señales de ataque, simplemente estaban tendidas en el suelo, con las alas extendidas y los ojos abiertos, como si se hubieran quedado sin vida de un momento a otro. Mi madre lloró al verlas. El abuelo dijo que aquello confirmaba lo que ya sospechábamos, que alguien estaba trabajando en contra de nosotros. La noticia se corrió rápido por los vecinos. Algunos vinieron a ver las gallinas muertas y al verlas se persignaron, diciendo que era cosa de brujería.

24:21 Otros aconsejaron traer a un rezador del pueblo cercano, alguien que supiera limpiar la casa y espantar lo malo. Mi padre dudó, pero mi madre insistía en que algo debía hacerse. El abuelo, aunque callado, parecía estar de acuerdo. Aun con las oraciones y los intentos de protección, nada cambiaba. El ganado seguía inquieto. Mi madre se preocupaba más de lo que decía. Yo la veía acariciarse el vientre mientras murmuraba oraciones, como si temiera que lo que rondaba a los animales pudiera también alcanzarla a ella o al bebé. Eso aumentaba mi miedo, porque si el ganado y las gallinas no podían defenderse...¿ Qué esperanza teníamos nosotros? Una noche, mientras intentábamos dormir, escuchamos de nuevo ruidos afuera. No eran pasos rápidos ni aleteos como antes. Esta vez eran sonidos más pesados, como si algo respirara fuerte alrededor de la casa. Los perros no ladraban, solo gemían bajito, y eso fue lo que más nos asustó. Mi padre quiso salir con la lámpara, pero el abuelo lo detuvo. Le dijo que no era buena idea enfrentar lo que estaba afuera, que lo mejor era esperar a que se alejara. Esa madrugada casi no dormimos.

25:41 Nos quedamos todos juntos en la sala, con la lámpara encendida y el machete del abuelo apoyado contra la pared. A la mañana siguiente, mi hermano jugaba cerca del corredor, apenas a unos pasos de donde mi madre estaba barriendo. De pronto, tropezó con una piedra y cayó al suelo. Al principio parecía un golpe común, pero de inmediato empezó a convulsionar. Se arqueaba con fuerza, con los ojos en blanco y espuma en la boca. Mi madre soltó el palo de la escoba y corrió hacia él gritando. Yo también me lancé, pero no sabía qué hacer. Apenas podía sostenerle la cabeza para que no se lastimara. El abuelo fue el que reaccionó más rápido. Dijo que no había tiempo de pensar, que había que llevarlo con una curandera en el pueblo vecino. Mi padre sacó la camioneta y entre todos los subieron envuelto en una cobija. Seguía sacudiéndose y mi madre lloraba desconsolada mientras lo sujetaba. Yo me acerqué a la puerta queriendo acompañarlos, pero mi padre me detuvo.

26:45 Me dijo que alguien debía quedarse a cuidar la casa y que era mi responsabilidad. Esa noche me tocó quedarme solo. Los perros estaban echados en el corredor, inquietos, y el silencio del rancho era tan pesado que se escuchaba hasta el crujido de la madera en las paredes. Encendí la lámpara de petróleo y me senté en la mesa con la daga del abuelo cerca. Pasaron las horas lentas. Entonces escuché pasos en el camino. Al principio pensé que mi familia había regresado, pero al asomarme por la ventana vi a una mujer acercarse. Cargaba una canasta cubierta con un trapo blanco. Era lo mismo que había pasado semanas antes con mi madre. La mujer se acercó despacio, levantando apenas la vista. Cuando estuvo frente a la puerta, habló. Me ofreció la misma comida rara, diciendo que era muy buena, especial, que no la dejara pasar. Yo no me moví de la mesa. pero mi cuerpo temblaba. El olor que salía de la canasta era fuerte, desagradable. Le respondí que no quería nada, que se fuera. Ella insistió, decía que debía aceptar que era para mi bien. Yo apreté la daga con las manos y le repetí que no iba a comprar nada. La mujer guardó silencio unos segundos y luego levantó un poco la tapa de la canasta. alcancé a ver otra vez esas bolas secas oscuras que parecían más hueso molido que comida el miedo me hizo retroceder pero

28:18 mantuve la puerta cerrada la mujer murmuró algo que no entendí como si rezara en otro idioma y luego golpeó la canasta contra la tierra con fuerza me asomé otra vez y ya no estaba La vi irse por el camino polvoriento, caminando encorvada hasta perderse en la oscuridad. Esa noche no pude dormir. Me quedé en la mesa con la lámpara encendida, esperando que mi familia regresara. Sentía que los perros también estaban tensos porque no dejaban de mirar hacia el monte. Cuando por fin llegó la camioneta, corrí a la puerta. Mi madre bajó con mi hermano en brazos, cansada, pero más tranquila. La curandera había hecho rezos y limpias con hierbas, y aunque mi hermano seguía débil, ya respiraba normal.

29:07 Mi abuelo me preguntó si había pasado algo, y no supe cómo contarle lo de la mujer. Solo atiné a decir que había escuchado pasos en el camino. Por dentro estaba seguro de que había sido la misma bruja que mi madre había rechazado. Ahora no se había presentado frente a ella, sino frente a mí. Y aunque no había abierto la puerta, sentí que, con su visita, nos había dejado marcada la casa. Después de lo que pasó con mi hermano y la visita de aquella mujer a la casa mientras yo estaba solo, ya nadie en la familia dudaba. No se trataba de casualidades, ni de enfermedades de los animales, ni de accidentes. Era algo dirigido contra nosotros, y todos sabíamos de dónde venía. El abuelo fue el primero en decirlo abiertamente. Estábamos frente a brujería. No quiso rodear sus palabras.

29:58 Dijo que la mujer de la canasta nos había señalado desde que mi madre la rechazó y que lo que estaba ocurriendo en el rancho eran golpes que venían de ella. Mi padre se quedó callado. A los pocos días decidieron buscar protección. Fueron con un compadre que conocía a un rezador en otro pueblo, y esa misma tarde llegó a la casa. Era un hombre mayor, encorvado, con una voz grave que imponía respeto. Revisó cada rincón con mirada seria, y después dijo que efectivamente había un mal puesto, que la casa estaba marcada. comenzó a trabajar esa misma noche encendió velas colocó cruces de palma en las ventanas y enterró un puño de sal en las entradas mientras recitaba oraciones nos pidió que no habláramos y que no nos moviéramos el olor a copal llenó la sala y por un momento sentimos alivio como si de verdad algo se hubiera limpiado apenas una hora después de que el rezador se fue los animales comenzaron a alterarse las gallinas cacareaban desesperadas golpeándose contra las paredes del gallinero el ganado en los potreros mugía como si hubiera un depredador rondando y los perros en lugar de ladrar se escondieron debajo de la casa chillando El abuelo salió con la lámpara, seguido de mi padre, y yo detrás. En el suelo del patio, frente a la puerta, habían aparecido nuevas pieles de serpiente.

31:27 Eran más grandes que las anteriores, extendidas como si las hubieran colocado a propósito para que las viéramos. Mi padre las recogió con el machete y las echó al fuego, pero el humo que salía olía tan fétido que nos obligó a taparnos la nariz. Al volver a la sala, la cruz de palma que habían puesto en la ventana estaba tirada en el suelo, partida en dos. Nadie se atrevió a tocarla. Mi madre lloró en silencio, convencida de que nada de lo que intentáramos iba a servir. El rezador había prometido protección. En los días siguientes, la casa se llenó de rezos, agua bendita y cruces nuevas. Pero nada funcionaba. Los animales seguían muriendo de maneras inexplicables. Una mañana, encontramos a un becerro tirado en el potrero, sin heridas, pero con la lengua de fuera y los ojos abiertos, como si lo hubieran asfixiado. Otra tarde, las gallinas aparecieron alineadas contra la cerca, inmóviles, con la cabeza caída, como si alguien las hubiera colocado así. Una madrugada, escuchamos un ruido en el techo de la casa, como si alguien hubiera saltado encima. Mi padre salió con la lámpara, pero no vio nada. Solo escuchó pasos pesados corriendo de un extremo a otro. Golpes contra las láminas que nos hicieron apretarnos contra las paredes. El abuelo gritó palabras fuertes al aire, como si enfrentara a alguien invisible. Dijo que no tenía

32:57 miedo que se mostrara. Y en ese momento, el ruido se calmó. Pero al amanecer, encontramos en el techo marcas de garras, profundas. como si algo hubiera arañado las láminas con fuerza. Fue entonces cuando entendimos que las protecciones no servían. Lo que nos estaba atacando era más fuerte que cualquier rezo o amuleto. El rezador no volvió, aunque el compadre juraba que le había pedido regresar. La verdad era que seguramente también tenía miedo. Mi madre seguía insistiendo en que no probáramos nada de lo que nos ofrecieran, que ni una palabra le dirigiéramos a esa mujer si se volvía a aparecer. Yo recordaba demasiado bien su rostro en la puerta, ofreciéndome la misma comida rara que semanas antes había mostrado a mi madre. No tenía dudas, era la misma bruja, probando fuerzas, tentando, buscando el momento para entrar de lleno.

33:55 La casa estaba marcada y lo que rondaba en la oscuridad no pensaba detenerse. Hasta ese momento lo más fuerte había sido la cochi, las gallinas muertas y el ataque a mi hermano pequeño, pero después empezamos a notar que algo estaba afectando directamente a mi mamá. Al principio fueron cosas que parecían simples malestares del embarazo, mareos, cansancio y dolores en la espalda. Pero pronto se volvieron demasiado frecuentes y extraños. Se despertaba de madrugada temblando, diciendo que había soñado con una mujer parada frente a la ventana de nuestro cuarto. Yo la escuchaba llorar en silencio, mientras mi padre trataba de calmarla, diciéndole que solo eran nervios. Pero, en el fondo, todos sabíamos que no eran sueños comunes.

34:46 Una tarde, mientras ella lavaba ropa en el lavadero, se desmayó sin previo aviso. Yo fui el primero en verla tirada en el suelo, con el agua del balde escurriendo por todas partes. Grité por mi padre y entre los dos la levantamos. Tenía la piel helada, aunque el sol estaba fuerte. Cuando recobró la conciencia, dijo que había sentido que alguien la empujaba por la espalda. Pero, cuando volteó, no había nadie. Después de eso, no volvió a salir sola al patio. Se quedaba adentro, acariciando su vientre y rezando. El abuelo estaba convencido de que la bruja había fijado sus ojos en ella y que el bebé era parte de lo que buscaba dañar. Eso nos llenó de miedo, porque hasta ese momento pensábamos que los ataques eran solo para asustarnos o debilitarnos, pero ahora se trataba de la vida de mi madre y del bebé. Las noches se volvieron insoportables. Cada madrugada, sin falta, se escuchaban ruidos en el techo o en el corral. Los perros lloraban, el ganado mugía y mi madre despertaba diciendo que sentía un peso enorme en el pecho. Más de una vez tuve que sostenerle la mano mientras mi padre buscaba agua para darle.

36:02 Decía que le costaba respirar, como si alguien se le sentara encima mientras dormía. Una noche en particular la recuerdo con claridad. Estábamos todos acostados cuando escuchamos un golpe fuerte contra la pared del cuarto. Mi madre se retorció en la cama y empezó a gritar que le estaban jalando el vientre. Mi padre se levantó de inmediato, encendió la lámpara y revisó cada rincón, pero no encontró nada. El abuelo corrió desde su cuarto con el machete en la mano, pero tampoco vio señales de intrusos. Aún así, mi madre quedó marcada con moretones en el abdomen, como si de verdad la hubieran apretado con fuerza. Esa misma semana, el abuelo insistió en que había que llevarla con una curandera que vivía en otro rancho. Decía que los rezos de caza no eran suficientes, que ella necesitaba protección especial. Mi padre aceptó, aunque de mala gana. Cargaron a mi madre en la camioneta y la llevaron de noche. Yo me quedé con mi hermano menor en casa, temblando cada vez que escuchaba pasos afuera. Cuando regresaron, mi madre traía el rostro cansado, pero parecía más tranquila. La curandera le había hecho una limpia con hierbas y le había pasado un huevo por todo el cuerpo. Decía que el mal estaba pegado, que no iba a ser fácil quitarlo. Aún así, le dio un remedio de plantas para fortalecerla. Durante unos días pareció mejorar. Yo veía a mi madre cada día más débil.

37:33 Caminaba despacio, con la mirada perdida. y a veces decía que escuchaba a alguien llamándola por su nombre en el patio. Una madrugada, incluso, aseguró haber visto sombras moverse dentro de la casa, justo detrás de donde yo dormía. Cuando me volteé, no había nada. Ese fue el punto en el que entendimos que las protecciones no estaban funcionando. El rezador había hecho lo suyo, la curandera también. Pero la bruja seguía cerca, empeñada en hacernos daño, y lo peor era que ahora estaba más enfocada en mi madre, en la criatura que llevaba dentro, como si lo que quisiera no fuera solo asustarnos, sino arrancarnos algo que todavía no nacía. La tensión llegó a un punto insoportable. Desde hacía días, mi madre apenas podía dormir. Despertaba de madrugada sudando y diciendo que había sentido como alguien se sentaba a la orilla de la cama.

38:32 Mi padre encendía la lámpara de petróleo y revisaba cada rincón, pero la casa estaba vacía. Aún así, yo sentía lo mismo. Una presencia que se quedaba quieta en la oscuridad, observando. El abuelo comenzó a dormir en la sala, machete en mano, convencido de que la bruja no iba a tardar en entrar. Decía que si ya había tocado a los animales y a mi hermano menor, tarde o temprano se metería directamente a la casa. Yo trataba de no escucharlo, pero las palabras me retumbaban en la cabeza cada vez que el viento golpeaba las ventanas. Una noche se escucha un sonido en el techo. No era como los pasos que antes habíamos escuchado. Era como si algo pesado hubiera caído de golpe sobre las láminas. El ruido hizo que todos saltáramos de la cama. Mi hermano menor se puso a llorar y mi madre se abrazó el vientre con un gesto de dolor. el abuelo salió a la sala y gritó que nos quedáramos quietos mientras mi padre encendía otra lámpara y tomaba la horqueta que guardaba en la esquina los perros en lugar de ladrar comenzaron a gemir se escuchaban arañazos en el techo largos desesperados como si alguien arrastrara las uñas sobre el metal Después vinieron golpes contra las paredes, primero suaves, luego más fuertes, hasta hacer vibrar la madera.

39:55 Yo sentía que la casa iba a caerse. De pronto, un chillido retumbó. Mi madre gritó y cayó de rodillas, diciendo que la estaban jalando del vientre otra vez. Yo corrí hacia ella, tratando de ayudarla a levantarse, pero estaba rígida, con los ojos cerrados. Mi padre se lanzó hacia la puerta principal con la lámpara. El abuelo lo detuvo un momento, pero los golpes en la puerta fueron tan violentos que no quedó otra opción más que abrir. Cuando lo hizo, allí estaba la mujer. La misma que semanas antes había llegado con la canasta, pero esta vez no traía nada en las manos. Solo se quedó parada frente a la puerta. El abuelo alzó el machete y le gritó que se fuera.

40:38 Ella solo la dio la cabeza. Mi padre levantó la horqueta y dio un paso al frente, dispuesto a clavarla si era necesario. Fue entonces cuando la mujer soltó un chillido idéntico al que habíamos escuchado en el techo. Yo no podía moverme, sentía las piernas pesadas como si estuvieran amarradas al suelo. Mi madre seguía gimiendo dentro del cuarto, llamándome por mi nombre, y eso fue lo único que me dio valor para reaccionar. Corrí hacia ella, la ayudé a recostarse en la cama y le mojé la frente con agua. Ella lloraba, repitiendo que la mujer quería llevarse al bebé. Mientras tanto, en la puerta, mi padre y el abuelo trataban de impedir que la bruja cruzara. La horqueta chocaba contra la madera, el machete brillaba con cada movimiento.

41:29 pero ella seguía allí sin miedo como si estuviera jugando de pronto desapareció fue tan rápido que ni mi padre ni el abuelo pudieron reaccionar un instante estaba frente a la puerta y al siguiente ya no estaba Esa noche nadie volvió a dormir. Nos quedamos todos en la sala con las lámparas encendidas y las armas en la mano. Mi madre no dejó de acariciarse el vientre, temblando cada vez que recordaba la sensación de que alguien la jalaba por dentro. Después de aquella noche en que la bruja se presentó frente a la puerta, ya nadie pudo dudar. Lo que mi madre había sentido en sueños, lo que el abuelo venía repitiendo desde el primer día, se confirmó.

42:14 Esa misma tarde, el abuelo reunió a todos en la sala. Dijo que lo que buscaba esa mujer no era solo el ganado ni los animales, sino que ahora había entrado a la casa y no iba a detenerse hasta tocar a cada uno de nosotros. Esa misma noche, cuando tratábamos de dormir, mi hermano pequeño se levantó sobresaltado. Lo escuché llorar bajito, diciendo que alguien le había jalado la cobija. Me acerqué a su catre y vi que la tela estaba en el suelo, como si alguien la hubiera arrancado de golpe. Lo cubrí de nuevo, intentando tranquilizarlo, pero apenas me recosté otra vez. Sentí un frío recorrerme la espalda.

42:55 Al voltear, alcancé a ver una sombra que cruzaba de un rincón al otro del cuarto, rápido, sin forma definida. Pensé en gritar, pero el miedo me apretaba la garganta. Lo único que hice fue tomar a mi hermano en brazos y meterlo conmigo en la cama. Se quedó dormido temblando mientras yo pasé la noche en vela, mirando hacia todos lados, mientras mi madre intentaba dormir un rato recargada en la cama. Mi padre estaba afuera revisando el corral y el abuelo en la sala con su machete. De pronto, los perros comenzaron a aullar. No era un ladrido, era un aullido largo y lastimero que erizaba la piel. Mi hermano se puso pálido y señaló hacia la ventana. Cuando volteé, vi claramente la silueta de una mujer parada afuera, quieta como si nos observara. No alcancé a distinguir su rostro, pero su sombra se recortaba contra la luz de la luna.

43:54 Corría a llamar al abuelo, pero cuando regresamos con la lámpara ya no había nada. El abuelo no dijo nada. Esa madrugada, mientras todos intentábamos dormir en la sala para mantenernos juntos, mi hermano comenzó a gritar. Se arqueaba sobre el petate, llorando, diciendo que lo estaban jalando de los pies. Cuando mi padre encendió la lámpara, vimos claramente cómo sus piernitas se arrastraban hacia la puerta. como si una fuerza invisible lo estuviera arrastrando. Corrimos todos a sujetarlo. Yo me aferré a sus brazos, mi padre a sus piernas y mi madre gritaba pidiendo que lo soltaran. De pronto todo se detuvo. Al amanecer lo revisamos y tenía moretones en los tobillos, como si alguien lo hubiera apretado con manos duras.

44:44 Ese día nadie habló mucho. Otra madrugada, el ganado mugía con desesperación, golpeando contra las cercas como si quisiera derribarlas. Mi padre tomó la lámpara y la horqueta, mientras el abuelo levantó el machete. Yo intenté seguirlos, pero me ordenaron quedarme con mi madre y mi hermano. Apenas habían cruzado la puerta cuando escuchamos un bramido extraño, un sonido tan fuerte que hizo vibrar los vidrios de las ventanas. No era mugido de vaca ni relincho de caballo, era algo más grave, como un rugido contenido. Mi madre se aferró a mí, temblando, y me pidió que no me moviera de su lado. Desde dentro de la casa escuchamos cómo los perros comenzaron a ladrar, primero con furia y después con miedo, hasta que se callaron de golpe. Entonces el alboroto de las vacas se transformó en gritos desesperados de los hombres. Me asomé por una rendija de la ventana y lo vi. En medio del corral estaba un venado enorme, mucho más grande de lo normal, con la cornamenta abierta como ramas de árbol y los ojos brillando en la oscuridad.

45:54 No se comportaba como un animal salvaje, estaba erguido, firme, como si supiera lo que hacía. Mi padre trató de enfrentarlo con la horqueta, pero el venado embistió con una fuerza brutal haciéndolo caer al suelo. El abuelo corrió hacia él agitando el machete y por un momento pensé que lo alcanzaría. Pero el venado saltó con una agilidad imposible y cayó sobre otra vaca, destrozándola con las astas. La sangre salpicó por todas partes, y los mugidos del ganado se mezclaron con los gritos de mi padre, que intentaba levantarse. Yo estaba paralizado, viendo cómo aquel animal no se movía como los venados comunes. Era más grande, más rápido y en sus ojos había algo humano. Entonces lo entendí. No era un venado cualquiera, era la bruja que había tomado esa forma para atacarnos de frente. Mi padre logró ponerse en pie y con la horqueta en alto se lanzó contra la criatura. La clavó en el costado. El venado se sacudió con violencia intentando liberarse, pero mi padre no soltaba el palo. El animal lo arrastraba a varios metros golpeándolo contra la tierra, mientras mi padre apretaba los dientes, decidido a no soltar. El abuelo intentó ayudarlo, lanzando tajos con el machete hacia las patas del animal. logró herirlo porque la bestia lanzó un bramido y soltó una patada que casi lo derriba yo quería salir corriendo a ayudar pero mi madre me sujetaba con fuerza rogando que no

47:27 me moviera entre los bramidos del venado se escuchó una carcajada era la misma risa ronca de la mujer de la canasta Saliendo de la boca de esa criatura, mi padre hundió la horqueta más hondo. El venado se tambaleó, retrocedió unos pasos y soltó otro chillido. El abuelo aprovechó y con un tajo le abrió una herida en una de las patas delanteras. La bestia se retorció, chocó contra la cerca y varios alambres se reventaron. El ganado comenzó a escapar hacia el monte, pero ni siquiera se detuvieron a recogerlos. Todo el esfuerzo estaba en detener a lo que tenían enfrente. El venado dio un salto hacia el otro lado del corral. Mi padre cayó de rodillas, cansado, mientras el abuelo lo ayudaba a incorporarse. Desde la ventana lo vi claro. El animal se internó en el monte.

48:21 Todo quedó callado. El corral estaba destrozado. Las vacas habían huido y mi padre sangraba de los brazos y las piernas con la ropa desgarrada. el abuelo lo sostuvo para que no cayera mientras yo corría a abrir la puerta para recibirlos esa madrugada nos quedamos en la sala sin dormir oyendo los ruidos del monte como si en cualquier momento fuera a regresar mi padre no soltó la horqueta aunque estaba doblada y llena de sangre El abuelo afiló el machete una y otra vez, repitiendo que aquello no era un animal, sino la bruja misma. Durante el día tratábamos de mantenernos ocupados reparando las cercas y recogiendo a las vacas que habían escapado, pero en el fondo sabíamos que nada de eso importaba. Había quedado claro que la bruja no solo podía manipular a los animales, también podía tomar su forma y enfrentarnos directamente. El abuelo lo repetía sin descanso,« Ya no está jugando, ahora viene por nosotros».

49:27 La noche siguiente fue la peor. Desde temprano los perros se negaron a salir del corredor, gimiendo cada vez que oscurecía más. La casa estaba en silencio absoluto y todos permanecíamos reunidos en la sala con las lámparas encendidas. Mi madre, pálida y cansada, apenas podía mantenerse sentada y se acariciaba el vientre como si quisiera proteger al bebé con sus propias manos. De pronto, un golpe sonó en la pared del cuarto, luego otro en el techo y después otro en la puerta principal. El sonido era tan fuerte que hasta las lámparas parpadearon. Mi padre tomó la horqueta reparada a la carrera y el abuelo el machete. Mientras yo abrazaba a mi hermano pequeño, que ya lloraba sin consuelo, los golpes se hicieron más intensos. Era como si varias personas rodearan la casa azotando contra cada pared. Mi padre gritó que se mostrara, que dejara de esconderse. Las llamas de las lámparas se movieron solas y el olor a tierra húmeda llenó la sala. De repente, la ventana se quebró con un estruendo. Los vidrios cayeron hacia adentro y, en el marco, apareció la silueta encorvada de la mujer.

50:41 No traía la canasta esta vez. Su rostro estaba lleno de arrugas profundas y sus ojos brillaban como brasas. Soltó una carcajada ronca que nos hizo encogernos a todos y entró de un salto. Mi padre fue el primero en lanzarse. Hundió la horqueta hacia adelante, pero la bruja se movió con rapidez inhumana y el golpe solo atravesó el aire. El abuelo trató de alcanzarla con el machete y el filo le rozó el brazo, arrancando un chillido que no sonó humano, sino como el grasnido de un ave gigante. La mujer se agachó, se movió entre nosotros y de pronto estaba frente a mi madre. Mi madre gritó, abrazando su vientre. Yo corrí a interponerme, pero la bruja me empujó con una fuerza que me lanzó contra la pared.

51:29 Sentí que el aire se me iba de los pulmones. Desde el suelo vi cómo extendía sus manos huesudas hacia mi madre, murmurando palabras extrañas. El abuelo se interpuso en ese momento. levantando el machete y clavándolo contra la mesa justo al lado de la bruja la madera se partió y la mujer retrocedió un paso soltando otra carcajada mi padre aprovechó y hundió la horqueta en su costado pero, en lugar de caer, la bruja se transformó frente a nuestros ojos. Su cuerpo se dobló, sus brazos se alargaron, y su rostro se deformó hasta convertirse en el de un perro enorme, de pelaje oscuro y fauces abiertas. El animal saltó hacia mi padre, derribándolo. Las alas se llenó de gritos, de golpes contra el suelo, de chillidos que helaban la sangre». El abuelo trató de apartarla con el machete, pero el perro se escabullía, mordía el aire y volvía a abalanzarse. Yo, con las piernas temblando, busqué un palo y lo lancé contra ella, pero fue como si nada la detuviera. Finalmente, mi padre logró clavar la horqueta en su cuello. El perro chilló, revolcándose, golpeando las paredes con tanta fuerza que pensé que la casa iba a venirse abajo.

52:49 En medio de esa desesperación, la criatura cambió otra vez de forma. Era una sombra que se retorcía y se alargaba hasta cubrir casi toda la sala. Las lámparas parpadearon y estuvieron a punto de apagarse. El abuelo gritó que no la soltáramos, que había que mantenerla ahí. Mi padre, sangrando de los brazos y con la ropa desgarrada, no quitaba la horqueta de su lugar. La sombra chillaba, el aire olía a quemado, y mi madre rezaba en voz alta abrazando a mi hermano. Yo, aterrado, me aferré a ellos, sintiendo que en cualquier momento aquello iba a acabar con todos, y de pronto desapareció. Como si nunca hubiera estado allí, la sombra se deshizo en el aire y el silencio cayó sobre la sala. Solo quedaron las marcas en las paredes, el vidrio roto de la ventana y la sangre en el suelo. Mi padre se dejó caer en una silla, jadeando, y el abuelo, con el machete en la mano, dijo en voz baja que no la habíamos vencido, que solo se había ido para regresar más furiosa. Esa noche nadie durmió.

53:55 Nos quedamos juntos en la sala, esperando, sabiendo que la bruja volvería y que lo haría con más fuerza. porque ahora había entrado a nuestra casa y había probado hasta dónde podía llegar. El amanecer llegó después de aquella noche como si nada hubiera pasado, pero la casa estaba en ruinas. El vidrio roto de la ventana, las marcas en las paredes y las manchas de sangre en el suelo eran pruebas claras de lo que habíamos enfrentado. Nadie hablaba. Mi padre permanecía sentado con la horqueta todavía en la mano y el abuelo caminaba de un lado a otro sin soltar el machete. Mi madre estaba agotada, abrazando a mi hermano menor y acariciando su vientre como si con eso pudiera blindarse de todo. Esa mañana el abuelo tomó una decisión.

54:44 Dijo que si la bruja ya había cruzado la puerta de nuestra casa, entonces no podíamos esperar más. No bastaban las cruces de palma ni el agua bendita. Había que tomar medidas extremas porque, de lo contrario, la acabaríamos perdiendo. Su mirada estaba firme, y por primera vez lo vi decidido a ir más allá de los rezos y las defensas sencillas. Junto con mi padre pasaron la tarde preparando el terreno. Recolectaron ramas secas de pirul, pusieron sal gruesa en cada entrada y formaron un círculo de brasas alrededor del patio. Yo ayudé a traer piedras y madera, aunque no entendía del todo qué estaban planeando. El abuelo decía que si aquella mujer regresaba, la encerrarían en un fuego que no pudiera atravesar. Mi madre escuchaba en silencio rezando cada tanto. convencida de que esa sería la única oportunidad de salvarnos cuando cayó la noche los perros estaban inquietos y el viento golpeaba las láminas con un silbido constante nos reunimos todos en la sala rodeados por el olor del humo que subía de las brasas encendidas afuera el abuelo se sentó frente a la puerta con el machete en las rodillas y mi padre estaba junto a la ventana sosteniendo la horqueta Nadie habló durante horas, solo escuchábamos los sonidos del monte y los quejidos lejanos del ganado.

56:10 Entonces sucedió, primero, un silencio absoluto. Ni los grillos ni los perros hicieron ruido. Después, pasos pesados rodeando la casa. Cada pisada parecía hundir la tierra como si algo enorme caminara alrededor. La bruja había vuelto. El abuelo se levantó de golpe, salió al patio y gritó que se mostrara. Mi padre lo siguió con la horqueta y yo me asomé detrás de ellos, temblando. En ese momento, lo vimos. La figura de la mujer apareció entre los árboles, con la misma sonrisa torcida. Pero al dar un paso más, las brasas que rodeaban el patio comenzaron a arder con más fuerza. Ella soltó un chillido que heló la sangre, pero el abuelo no retrocedió. Alzó el machete al cielo y gritó palabras que jamás había dicho antes, palabras fuertes que parecían salir de lo más profundo de su coraje.

57:04 Mi padre se adelantó y, cuando la bruja intentó cruzar el círculo de fuego, la horqueta cayó contra el suelo, levantando chispas que la obligaron a retroceder. La figura comenzó a retorcerse, cambiando de forma entre sombra, mujer y animal. Cada vez que intentaba acercarse, las llamas la rechazaban. El abuelo se mantuvo firme, sosteniendo el machete frente a él, mientras mi padre empujaba más ramas al fuego para que no se apagara. La bruja chillaba. Corría de un lado a otro, pero no lograba cruzar. Y de pronto se desvaneció. La figura se perdió entre la oscuridad del monte. y con ella los pasos y los chillidos el viento se calmó los perros salieron de su escondite y el ganado dejó de mugir todo quedó en un silencio extraño mi padre soltó la horqueta y se limpió el sudor de la frente mi madre salió despacio aún abrazando a mi hermano y por primera vez en semanas vi un gesto de calma en su rostro nadie se atrevía a decir que todo había terminado La bruja no había entrado, y quizá por las medidas del abuelo y mi padre, había decidido retirarse. Esa madrugada nos quedamos vigilando hasta que salió el sol. No volvió a escucharse ningún ruido extraño. No hubo golpes en el techo, ni chillidos en el patio.

58:28 Con el amanecer, el rancho parecía otro. Después del nacimiento de mi hermano, mi padre y mi abuelo decidieron que lo mejor era dejar el saquillo atrás. Nos fuimos a una comunidad distinta, más tranquila, donde podían seguir dedicándose al ganado sin vivir con el peso de lo que habíamos enfrentado. La casa se vendió y durante un tiempo supimos que otros intentaron habitarla, pero ninguno se quedó mucho. Hoy, cuando alguien pasa por aquel lugar, lo único que encuentra es un terreno baldío. Entre la maleza aún se levanta la casita vieja, con las paredes manchadas por el tiempo y el techo a punto de caerse. Nadie vive ahí. Contaban algunos vecinos conocidos que al pasar por aquel terreno después de que nos fuimos, miraban en las madrugadas, luces débiles dentro de la casita abandonada, como si alguien siguiera encendiendo lámparas.

59:24 Otros dicen que escuchan un bramido, como de un animal enorme que se detenía de golpe. Yo no sé si todo eso sigue siendo obra de la misma bruja, o si simplemente la tierra quedó impregnada de lo que vivimos. Lo único seguro es que ese lugar nunca volvió a ser un hogar, ya quedó todo eso olvidado.