La BRUJA NAHUAL Que Maldecía Un Pueblo Historias De Terror - REDE
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0:02 Vivà un tiempo en un rancho pequeño de Durango, un lugar donde todos se conocÃan y las familias eran como una sola. No habÃa mucho más que casas de adobe, corrales y parcelas, pero la gente se apoyaba en todo. Si a alguien se le enfermaba el ganado, ahà estaban los vecinos para ayudar. Si se levantaba una construcción, todos acudÃan con pala y pico. Era un sitio sencillo, sin lujos, pero con la confianza de que nadie estaba solo. En medio de esa vida tranquila, habÃa una mujer que todos respetaban. Era la partera del pueblo, una anciana que habÃa acompañado a las mujeres de la región desde hacÃa décadas. le decÃan doña abril y aunque no era pariente de nadie todos la sentÃan como parte de su familia porque en cada casa habÃa algún hijo nieto o sobrino que habÃa nacido gracias a ella desde joven se habÃa dedicado a recibir criaturas se contaba que nunca una madre habÃa muerto en sus manos y que incluso en los partos más difÃciles lograba sacar adelante tanto a la mujer como al recién nacido en esos tiempos no habÃa doctores cerca y el hospital más próximo estaba a varias horas de camino asà que su oficio era indispensable Sin ella, muchas familias se habrÃan quedado sin hijos o esposas. Recuerdo que las mujeres la buscaban no solo para los nacimientos. También acudÃan a ella cuando alguien sufrÃa un dolor de estómago, una fiebre o una infección leve. SabÃa de hierbas y de
1:35 remedios caseros que aprendió desde joven, y que según ella venÃan de las enseñanzas de su madre y su abuela. Preparaba tés, emplastos y ungüentos. Nadie dudaba de que lo que hacÃa servÃa porque la gente se aliviaba. Doña Abril era seria, de pocas palabras. Nunca la vi sonreÃr. TenÃa un rostro arrugado que parecÃa siempre cansado, pero sus ojos seguÃan atentos y cuando la gente llegaba a buscarla, ella se levantaba. Tomaba su bolso de cuero viejo y se iba directo a atender lo que se necesitara. Nunca ponÃa excusas ni se negaba a ayudar. AsÃ, fuera de dÃa, de madrugada o en medio de una tormenta, iba a donde la llamaran. Las madres hablaban muy bien de ella.
2:22 DecÃan que con solo verla entrar en la casa se sentÃan tranquilas, porque sabÃan que estaban en manos seguras. Muchas contaban que les daba confianza cómo se movÃa, como si supiera exactamente qué hacer en cada momento. Y es que nadie más en el rancho tenÃa ese conocimiento. Ella sola se convirtió en la encargada de recibir la vida en un lugar donde la muerte era común cuando se trataba de enfermedades o partos complicados. No habÃa celebración en el pueblo que no la mencionara. Cuando nacÃa un niño, las familias agradecÃan a Doña Abril con comida, ropa o algún animal de corral. Ella casi nunca aceptaba dinero y preferÃa que le pagaran con lo que tuvieran a la mano.
3:08 Muchas veces se regresaba con un canasto de tortillas recién hechas, con frijol o con queso, y siempre caminaba erguida sin mostrar cansancio. A mà siempre me impresionó verla llegar al pueblo vecino, cargando su bolso y con un paso que no parecÃa de su edad. Nunca buscaba compañÃa, aunque muchas veces algún vecino le ofrecÃa llevarla en caballo o acompañarla de noche. Ella rechazaba la ayuda y seguÃa sola, como si confiara en que nada podÃa detenerla. Era indispensable, no solo en nuestro rancho, sino también en comunidades cercanas. Todos la conocÃan de nombre, y cuando se mencionaba a la partera de la región, todos sabÃan que se hablaba de ella.
3:52 No habÃa mujer que no hubiera escuchado de su oficio y no habÃa familia que no agradeciera su existencia. La veÃan como una bendición enviada para cuidar a las mujeres y traer niños al mundo. Yo mismo, aunque era apenas un muchacho, escuchaba a mis padres y a los mayores hablar de ella con respeto. DecÃan que, sin su presencia, muchas casas del rancho estarÃan vacÃas. Asà fue como la conocÃ, como una figura seria, constante, alguien que parecÃa no necesitar compañÃa ni descanso, pero que todos buscaban y en quien todos confiaban. Con el paso de los años, la figura de Doña Abril siguió siendo necesaria, pero también empezó a despertar murmuraciones. Al principio eran comentarios sueltos que apenas se mencionaban en las pláticas, pero poco a poco fueron tomando fuerza.
4:47 Algunos vecinos decÃan que habÃan notado cosas extrañas en su rutina, como si no toda su vida girara únicamente alrededor de partos y remedios. Se contaba que habÃa noches en las que la veÃan salir sola hacia el monte. No llevaba su bolso de cuero, como cuando iba a ayudar en un nacimiento, sino una cubeta cubierta con trapos que cargaba con ambas manos. La gente encontraba raro que una mujer de su edad se aventurara de madrugada a esos parajes donde nadie se atrevÃa a andar. Lo más extraño era que lo hacÃa sin compañÃa, como si no le preocupara toparse con coyotes o con algún borracho que regresara tarde del pueblo vecino. Los que vivÃan cerca de los caminos afirmaban haberla visto regresar a la alborada. con la ropa manchada de tierra y el cabello desordenado. Caminaba como siempre, sin prisa, como si lo que hacÃa fuera parte de una costumbre que no necesitaba explicación. Pero nadie se atrevÃa a preguntarle directamente. En el pueblo comenzaron a decir que no todas esas salidas eran para atender partos. HabÃa otras intenciones detrás, aunque nadie supiera cuáles. A las mujeres les inquietaba más, porque eran las que tenÃan trato cercano con ella.
6:07 Una de ellas, todavÃa joven en ese tiempo, comentó una vez que después de dar a luz en su casa, la partera se llevó algo envuelto en un lienzo. La familia creyó que era parte de los restos del alumbramiento, pero ella no los dejó allÃ. Se los llevó sin decir nada y nadie preguntó nada. Con los dÃas, esa historia corrió de boca en boca. Muchos comenzaron a sospechar que lo que guardaba en las cubetas o en los lienzos eran restos que no entregaba a las familias. decÃan que los llevaba a escondidas al monte y que hacÃa algo con ellos aunque nadie sabÃa exactamente qué algunos aseguraban que por eso sus manos parecÃan siempre manchadas de un olor que no era de hierbas ni de medicinas yo recuerdo que las pláticas en el rancho se volvÃan más cautelosas cada vez que el tema salÃa al principio se hablaba entre susurros como si sólo fueran suposiciones de gente mal pensada pero al cabo de un tiempo Los rumores crecieron tanto que ya todos habÃan escuchado algo parecido. Lo curioso era que la mayorÃa preferÃa callar por respeto, o más que nada, por miedo. Nadie querÃa ser quien levantara una acusación abierta contra alguien que habÃa ayudado a tantas familias.
7:23 Se escuchaba también que ella sabÃa de cosas que no eran solo de medicina. que lo que hacÃa en el monte no tenÃa que ver con partos ni con curar enfermos, sino con prácticas que la gente no querÃa nombrar. En las pláticas se decÃa que algunas veces usaba su conocimiento en contra de las personas, y que no todo lo que sabÃa debÃa usarse para el bien. HabÃa quienes aseguraban haber visto luces en lo alto del cerro, en las mismas noches en que ella salÃa con sus cubetas. Otros comentaban que en ciertas casas donde ella entraba, después quedaban enfermos los animales o se malograban las cosechas. Nadie podÃa probar nada, pero las coincidencias bastaban para que las sospechas crecieran.
8:10 Si alguien osaba faltarle al respeto, corrÃa el riesgo de quedarse sin su ayuda en un parto futuro. Y eso era condenarse a perder a la madre o al hijo. Asà que las sospechas se guardaban en silencio y los rumores se comentaban solo entre conocidos de confianza. Yo era joven en ese entonces y aunque escuchaba esas historias con atención no me atrevÃa a repetirlas. Lo que sà notaba era que con los años la partera se volvió más solitaria. SalÃa de noche con más frecuencia y nadie preguntaba por qué. El respeto que la rodeaba se mezclaba con un temor extraño, como si todos supieran que su oficio era necesario, pero que habÃa algo más detrás que no querÃan descubrir. Con el tiempo, los rumores sobre Doña Abril crecieron tanto, que dos hombres del rancho, hartos de vivir con la duda, decidieron seguirla para comprobar con sus propios ojos lo que hacÃa en el monte. Una noche, después de que se apagaran las luces en las casas y solo quedara el silencio del campo, se colocaron a una distancia prudente frente a la vivienda de la partera. no tardaron en verla salir llevaba la cubeta de siempre cubierta con un trapo blanco que parecÃa húmedo caminaba despacio los hombres esperaron unos segundos para darle ventaja y luego comenzaron a seguirla en silencio Apenas respiraban, cuidando de no hacer ruido entre las piedras sueltas del camino. El camino la llevó por una
9:41 vereda de piedras que subÃa entre matorrales y se adentraba hacia una cañada poco transitada. Ese lugar habÃa estado abandonado durante años porque ahà se perdieron dos niños que nunca aparecieron. Era un sitio que a nadie le gustaba visitar, mucho menos de noche. Cuando la mujer llegó a un claro, colocó la cubeta en el suelo y sacó una lámpara de aceite de entre sus ropas. La encendió con calma como si no temiera que alguien la estuviera observando. La pequeña flama iluminó su cara. No parecÃa cansada. Se agachó y comenzó a escarbar la tierra con sus propias manos. No llevaba herramienta alguna, solo usaba los dedos que hundÃa en la tierra como si lo hubiera hecho toda la vida.
10:26 Los hombres, escondidos entre los arbustos, veÃan cómo apartaba la tierra húmeda y formaba un hoyo cada vez más profundo. De la cubeta sacó un bulto envuelto en un lienzo. Lo sostuvo un momento, como si lo revisara, y luego lo colocó en el agujero con un cuidado, como quien guarda algo de valor. Los hombres contuvieron el aliento. El tamaño del bulto no dejaba dudas de que eran restos. Sintieron un escalofrÃo recorrerles la espalda cuando pensaron en los rumores que llevaban meses escuchando. La mujer comenzó a murmurar palabras que no reconocieron. No eran oraciones católicas ni cantos que hubieran escuchado en la iglesia. El tono era bajo y repetitivo, como si entonara un rezo propio. Los hombres coincidieron después en que las sÃlabas no sonaban a español ni a lengua indÃgena conocida, sino algo que parecÃa antiguo.
11:24 Una vez que terminó de cubrir el bulto con tierra, colocó ramas secas encima, como si quisiera borrar toda evidencia. Lo hacÃa con calma, asegurándose de que no quedara señal alguna del hoyo recién abierto. Mientras lo hacÃa, los hombres percibieron un olor penetrante que se mezclaba con la brisa. Era un olor a sangre fresca, combinado con hierbas quemadas que les hicieron arder la garganta. Uno de ellos quiso acercarse un poco más, pero el otro lo detuvo de un brazo. No hacÃa falta ver más. Lo que ocurrÃa frente a ellos no era un simple entierro de desperdicios médicos ni nada parecido. Aquello tenÃa otra intención. Lo reconocieron como peligroso. la anciana se quedó un momento de pie frente al sitio recién cubierto con la lámpara en la mano mirando el suelo como si confirmara que todo habÃa quedado bien luego apagó la flama tomó la cubeta vacÃa y emprendió el camino de regreso con la misma tranquilidad con la que habÃa llegado los hombres esperaron a que se perdiera en la vereda antes de atreverse a moverse sentÃan las piernas flojas y el corazón latiendo con fuerza No se dijeron palabra alguna, simplemente comenzaron a retroceder hasta el pueblo, con miedo. Al llegar, cada uno se fue directo a su casa, evitando que alguien los viera juntos.
12:46 No pudieron dormir en toda la madrugada. A la mañana siguiente, no pudieron contenerse y hablaron por separado con conocidos de confianza. En cuestión de horas, la historia comenzó a correr entre los pobladores. No todos la creyeron, pero quienes conocÃan los hábitos de la partera se convencieron de que aquella versión era cierta. Pronto se empezó a decir que Doña Abril usaba los restos de los partos para realizar brujerÃa en el monte. Algunos afirmaban que lo hacÃa para fortalecer sus poderes, otros aseguraban que con eso amarraba la salud de los recién nacidos, y otros más pensaban que era para maldecir a quienes le caÃan mal. Desde ese dÃa, la mirada hacia la partera cambió. Las mujeres aún acudÃan a ella por necesidad, pero lo hacÃan con desconfianza. Los hombres la saludaban con respeto, aunque evitaban cruzarse demasiado con ella, y los niños, advertidos por sus padres, comenzaban a verla como a una figura temible. alguien con quien no debÃan jugar ni bromear. Yo recuerdo bien ese ambiente de tensión, porque aunque nadie se atrevÃa a confrontarla, todos sabÃan que algo habÃa detrás de su oficio que ya no era tan puro ni tan bendito como antes. Con el testimonio de los dos hombres, el rumor se extendió como fuego en rastrojo seco. Al principio solo se habló entre familias cercanas, Pero en menos de una semana ya todo el rancho
14:17 comentaba lo que habÃan visto en la cañada. Nadie querÃa decirlo en voz alta frente a la partera, pero apenas se alejaba de algún grupo, las miradas se cruzaban. Hubo quienes defendieron a Doña Abril. DecÃan que toda su vida habÃa estado entregada a traer niños al mundo, que ninguna madre habÃa muerto en sus manos y que no era justo ensuciar su nombre con chismes. Recordaban casos en los que ella habÃa caminado kilómetros de madrugada solo para asistir a una mujer en labor de parto, y cómo habÃa salvado vidas que de otro modo se habrÃan perdido en el monte. Para esos vecinos, nada de lo que contaran los dos hombres podÃa pesar más que años de servicio al pueblo. Otros pensaban distinto. Estaban convencidos de que lo que hacÃa en el monte no tenÃa nada de bueno, que esas cubetas con restos y esos rezos extraños solo podÃan ser prueba de que trabajaba con fuerzas que no venÃan de Dios. DecÃan que con razón nunca sonreÃa, que la seriedad que todos admiraban era en realidad frialdad y que lo que habÃan considerado virtud ahora era señal de oscuridad.
15:27 Las familias comenzaron a dividirse. Algunas seguÃan buscándola sin reparo, porque al final era la única que sabÃa atender partos y enfermedades comunes. PreferÃan no pensar en los rumores y confiar en lo que siempre habÃan visto en su trabajo. Pero otras decidieron apartarse de ella. Buscaban remedios caseros, recurrÃan a vecinos o viajaban a comunidades más alejadas en busca de parteras distintas, aunque les costara tiempo y esfuerzo. En las noches era común escuchar conversaciones sobre todo entre los más viejos. Ellos recordaban detalles de la juventud de Doña Abril que según decÃan, ya mostraban señales raras. Contaban que de muchacha pasaba mucho tiempo sola en el monte, que preferÃa la compañÃa de las plantas y de los animales antes que la de las demás muchachas. Otros afirmaban haberla visto hablar sola en lugares apartados. como si se comunicara con alguien invisible. Con cada historia, el ambiente se volvÃa más pesado. Los niños crecÃan con advertencias que antes no existÃan, y el respeto hacia la partera se transformaba poco a poco en miedo. En las pláticas nocturnas no faltaba quien asegurara que la anciana no envejecÃa como los demás. pese a sus años parecÃa tener la misma fuerza de siempre sus pasos eran firmes sus manos no temblaban y no se veÃa encorvada ni débil como otras de su edad eso alimentaba aún más las sospechas decÃan que debÃa de
17:01 estar usando algo para mantenerse asà y que lo más probable era que los sacara de esos entierros secretos. En muchas casas comenzaron a tomar medidas de protección. Algunos colocaban cruces de palma bendecida en las puertas, otros rociaban agua bendita en las ventanas y rezaban con más fervor al caer la tarde. HabÃa quienes no dejaban que sus hijos salieran después de que anochecÃa, convencidos de que era mejor evitar cualquier encuentro con ella fuera de lo necesario. La gente empezó a cuidarse como si de verdad tuvieran a una bruja viviendo entre ellos, aunque nadie se atrevÃa a nombrarla de frente con esa palabra. Yo mismo, que habÃa crecido escuchando hablar de ella con respeto, me sentÃa dividido.
17:46 Por un lado, recordaba lo agradecida que estaba mi madre cuando Doña Abril asistió mi nacimiento. En mi familia siempre dijeron que gracias a ella yo estaba vivo. Pero por otro lado, los rostros de los vecinos hablaban por sà solos. Las fiestas y convivios donde antes ella era recibida con respeto, ahora se sentÃan tensos cuando se presentaba. Algunos le ofrecÃan asiento y comida como siempre. pero otros guardaban silencio y no la miraban directamente doña abril parecÃa no notar nada o quizá lo ignoraba caminaba con la misma calma de siempre sin inmutarse por las conversaciones a media voz que quedaban atrás de su paso Y aunque aún no habÃa pruebas de que la partera usara su oficio para el mal, la duda era suficiente para cambiar la forma en que todos la miraban. Una muchacha del rancho decidió acudir con Doña Abril para hacerse una limpia. DecÃa que desde semanas atrás se sentÃa enferma, con dolores que ningún remedio le quitaba y con una racha de mala suerte que la tenÃa desesperada. Su madre fue quien la animó a visitar a la partera, pues aunque los rumores crecÃan, todavÃa habÃa quienes confiaban en ella para esos menesteres. Yo recuerdo bien aquella tarde, porque fue cuando todo se salió de control y los murmullos se convirtieron en miedo abierto. Al principio, la visita parecÃa de lo más normal. La joven entró a la casa de la partera acompañada de su madre,
19:18 mientras algunos curiosos se mantenÃan cerca, como esperando confirmar lo que se decÃa de esas limpias. La puerta se cerró y por unos minutos solo se escuchaba el murmullo de voces en el interior, hasta que de pronto el ambiente se alteró con un grito fuerte que nos hizo estremecer. La muchacha comenzó a gritar tan alto que en segundos varios vecinos corrieron hasta la puerta, y lo que vimos fue a la joven forcejeaba con Doña Abril, tratando de apartarse de ella como si escapara de un ataque. La anciana la sujetaba de los brazos con una fuerza sorprendente, y cuando los vecinos entraron se vio obligada a soltarla. La muchacha salió casi arrastrándose hacia la calle, muy enojada. AllÃ, frente a todos, comenzó a insultar a la partera. Entre sollozos y gritos, la acusó de aprovecharse de la gente, de hacer cosas indebidas en el monte con lo que enterraba y de engañar a quienes acudÃan con confianza. La llamó bruja. Le gritó que no volverÃa a dejar que la tocara y le lanzó maldiciones que dejaron helados a los que escuchábamos. La madre de la joven intentó calmarla.
20:28 Doña Abril, lejos de disculparse, salió detrás de ella intentando empujarla hacia afuera con un gesto duro, como si quisiera sacarla a la fuerza de su casa. No dijo palabra alguna que aclarara lo que estaba pasando. Solo intentaba deshacerse del escándalo. Eso hizo que la escena se sintiera todavÃa más extraña. Varios hombres intervinieron para separarlas. Sujetaron a la muchacha y la llevaron a su casa. Mientras ella seguÃa gritando que no habÃa encontrado alivio, que lo que habÃa sentido dentro de aquella casa... No era una limpia, sino algo distinto, algo que le revolvÃa el cuerpo y le hacÃa pensar que querÃan hacerle daño. Algunos vecinos le creyeron, otros guardaron silencio, pero lo cierto es que todos quedamos con un nudo en el estómago. Desde esa tarde, la tensión se extendió por toda la rancherÃa. Lo que antes era solo rumor o sospecha, ahora habÃa tomado forma en un pleito directo. No se trataba ya de dos hombres que decÃan haberla visto en el monte, sino de una joven que habÃa salido gritando de su propia casa. Esa misma noche, la gente hablaba abiertamente de lo ocurrido. DecÃan que la partera habÃa perdido el respeto de todos, que ese escándalo era la prueba que faltaba para desenmascararla. Algunos juraban haber visto en la cara de la muchacha una especie de desesperación que no podÃa fingirse, como si hubiera
21:59 estado al borde de un colapso. Otros aseguraban que la fuerza con la que Doña Abril la empujaba no correspondÃa a una mujer de su edad. El pleito cambió la forma de mirarla. Ya no era suficiente colocar cruces de palma en las puertas o rezar más. Ahora la gente evitaba cruzar palabra con ella, y si se la encontraban en el camino, apartaban la vista o se cambiaban de lado. Nadie querÃa darle la espalda, y nadie querÃa estar demasiado cerca. aquella misma noche la muchacha que habÃa salido peleando de la casa de doña abril comenzó a convulsionar en su propia casa su madre contó que al principio la vio recostada en la cama quejándose de un dolor extraño en el estómago pero en cuestión de minutos se desplomó en el suelo con los ojos en blanco y echando espuma por la boca Los gritos de la familia alertaron a los vecinos más cercanos, que acudieron sin saber qué hacer.
22:57 La escena fue aterradora. La joven se arqueaba con tanta fuerza que parecÃa que los huesos se le iban a quebrar. Intentaban sujetarla entre varios, pero el cuerpo se movÃa sin control, como si la estuvieran sacudiendo por dentro. No podÃa hablar, solo emitÃa sonidos que parecÃan venir de la garganta atorada. Su madre lloraba desesperada, y los hermanos corrÃan de un lado a otro buscando ayuda. Decidieron llevarla de inmediato al hospital más cercano, que estaba a más de una hora en carretera. La subieron en una camioneta, sosteniéndola entre varios hombres para que no se golpeara contra las láminas de la caja. Nadie sabÃa si aguantarÃa el camino. La noticia corrió con rapidez. Todos recordaban que apenas unas horas antes la muchacha habÃa gritado en la calle acusando directamente a la partera. La coincidencia era demasiado fuerte como para ignorarla.
23:55 En boca de todos se repetÃa la misma idea. Doña Abril habÃa tenido algo que ver. Algunos decÃan que la habÃa envenenado, que seguramente le habÃa dado alguna hierba durante la limpia que ahora estaba haciendo efecto. Otros, más supersticiosos, aseguraban que lo que habÃa ocurrido era producto de un trabajo de brujerÃa. que la anciana le habÃa amarrado la enfermedad desde que la tocó. Se repetÃan testimonios de los que habÃan estado presentes. Esa noche nadie habló de otra cosa. Yo recuerdo bien cómo se sentÃa caminar por las calles esa noche. En cada esquina habÃa grupos de hombres comentando en voz baja, encendiendo cigarros uno tras otro. Varios hombres comenzaron a decir que ya era tiempo de enfrentarla. Se repetÃa la idea de que no podÃan seguir permitiendo que alguien asà viviera entre ellos, que si en verdad habÃa causado el mal de la muchacha, entonces no quedaba otra salida que detenerla antes de que le hiciera daño a alguien más. Las palabras eran cada vez más duras, y por primera vez el respeto que siempre la habÃa protegido parecÃa haberse quebrado por completo. La gente no durmió tranquila esa noche. Cada familia se quedó en vela, pendiente de lo que pasaba en la casa de la enferma, o temiendo que algo similar pudiera sucederle a otro vecino. El nombre de Doña Abril se repitió en cada oración, ya no como la partera respetada que habÃa salvado tantas vidas,
25:26 sino como la mujer señalada de haber cruzado un lÃmite que nadie imaginaba. Esa misma noche, un grupo se reunió en la plaza del rancho. Llevaban palos, machetes y lámparas de petróleo. Nadie hablaba en voz alta. DecÃan que ya no podÃan esperar al amanecer, que si dejaban pasar más tiempo, algo peor podÃa ocurrir. Yo me encontraba entre ellos. Caminamos en fila, atravesando las calles de tierra bajo un cielo sin luna. El silencio era tan pesado que hasta los perros permanecÃan quietos, solo observando cómo pasábamos. Las lámparas alumbraban poco, apenas un cÃrculo amarillento que hacÃa brillar las piedras del camino.
26:09 Nadie querÃa hablar, cada quien guardaba sus pensamientos, aunque todos compartÃamos la misma imagen. La casa de Doña Abril, levantada en un rincón del rancho. Cuando llegamos, la vivienda estaba sumida en la oscuridad. Ni un destello de fuego dentro, ni un ruido que indicara que alguien se encontraba despierto. Los hombres se detuvieron frente a la puerta y uno de ellos golpeó fuerte con el machete en la madera mientras gritaba su nombre. Nadie contestó. Repitieron el llamado varias veces, cada golpe más duro que el anterior. pero la puerta permaneció cerrada fue entonces cuando uno de los hombres rodeó la casa con su lámpara revisando el suelo lo vimos agacharse tocar la tierra y señalar hacia el monte dijo que habÃa huellas sin pensarlo mucho el grupo decidió seguirlas nos internamos por un sendero pedregoso uno de esos que sólo los conocedores del monte podÃan distinguir a oscuras después de caminar un buen tramo llegamos a un claro Allà el olor cambió de inmediato. Era un olor a tierra recién removida mezclado con humo apagado, un tufo áspero que se quedaba pegado en la garganta. Alzamos las lámparas y la escena se hizo evidente. En el suelo habÃa restos de velas derretidas, manchas negras que parecÃan de cera quemada, ramas partidas como si alguien las hubiera acomodado en un cÃrculo.
27:38 Entre todo eso se distinguÃa un hoyo cubierto con hojas secas. Los hombres comenzaron a remover aquellas hojas. No tardaron en usar palos y las manos mismas para escarbar la tierra blanda. Lo que apareció primero fueron pedazos de tela manchados con un rojo oscuro, deshilachados y húmedos. Luego, entre la tierra, comenzaron a asomar huesos pequeños. Al verlos, varios retrocedieron con un gesto de espanto. nadie se atrevió a decirlo en voz alta pero todos entendimos lo mismo allà habÃa restos de recién nacidos la imagen era suficiente para confirmar todos los rumores que habÃan crecido durante años de pronto un ruido nos sacó de aquel trance vino desde los matorrales apenas a unos metros del claro Era un gruñido bajo, profundo, como el de un animal. Nadie se movió, todos contuvimos el aire al mismo tiempo, hasta que el sonido volvió a escucharse, esta vez más cerca, como un aliento ronco.
28:39 Los hombres se miraron unos a otros, con los machetes alzados y el miedo pintado en la cara. Supimos en ese instante que lo que habÃamos descubierto era apenas el principio de algo mucho más oscuro. los hombres levantaron las lámparas hacia los matorrales y la luz alcanzó a iluminar una figura erguida era la partera estaba de pie inmóvil mirándonos en silencio como si llevara tiempo esperándonos el rostro lo tenÃa cubierto de tierra la piel manchada de lodo y las manos embarradas hasta las muñecas como si acabara de escarbar en la tierra Su mirada no parpadeaba, y el brillo amarillento de las lámparas hacÃa que pareciera más un animal que una persona. Uno de los hombres le gritó que dijera la verdad sobre lo que hacÃa en aquel sitio, pero la anciana no contestó. Solo la dio un poco la cabeza y soltó una carcajada ronca, seca, que hizo eco en el claro. La risa se extendió como un alarido que nos caló en los huesos. Algunos hombres se persignaron de inmediato. Otros apretaron los machetes con fuerza, pero ninguno se atrevió a dar un paso hacia ella.
29:50 La mujer comenzó a encorvarse. Primero parecÃa un gesto de cansancio, pero enseguida el movimiento se volvió violento, con espasmos que sacudÃan todo su cuerpo. Sus hombros se alzaban y bajaban como si se rompieran desde dentro. El sonido de los huesos crujiendo llegó hasta nosotros, un chasquido que retumbaba. La piel se le estiraba y su silueta se desfiguraba frente a nuestros ojos. Sin un grito de dolor se transformaba poco a poco en un enorme coyote de pelaje oscuro. La lámpara más cercana iluminó su lomo erizado, el hocico alargado y los colmillos que brillaban con saliva. Era tan grande que rebasaba la altura de cualquier perro conocido. El animal nos miró con los mismos ojos que la mujer tenÃa segundos atrás, una mirada fija que parecÃa atravesarnos. El coyote abrió el hocico y dejó escapar un gruñido tan fuerte y grave que nos obligó a retroceder. El sonido se sintió en el pecho como si fuera un golpe.
30:52 Varios levantaron los machetes en alto, otros movieron las lámparas con torpeza, temiendo que la bestia saltara sobre cualquiera de nosotros. El miedo era tan intenso que nadie pensó en atacar, solo en resistir. Entonces el animal dio un salto hacia adelante, pero no para embestirnos. Pasó entre nosotros con una velocidad impresionante, casi como una sombra que se deslizaba por el monte. En cuestión de segundos se perdió entre los matorrales, dejando solo el eco de sus pasos y el olor a tierra húmeda y animal salvaje. Algunos hombres corrieron detrás de él, gritando que no lo dejaran escapar. Avanzaron un buen tramo entre los arbustos y piedras, siguiendo el ruido de ramas quebrándose a lo lejos. Ya no hubo señales del coyote.
31:41 Los que corrÃan regresaron con el rostro pálido, convencidos de que era imposible alcanzarlo. Nadie habló en el camino de regreso. Caminamos de vuelta al rancho. Las lámparas apenas iluminaban nuestros pasos, pero a todos nos parecÃa que algo nos seguÃa desde la maleza. Los hombres contaron lo ocurrido en pocas palabras. Lo que habÃamos visto hablaba por sà solo. Desde aquella noche, la casa de la partera quedó abandonada. Nadie volvió a verla entrar ni salir. Las puertas quedaron cerradas, y aunque algunos afirmaban haber visto un coyote rondando por los alrededores, nadie se atrevÃa a acercarse para comprobarlo. Con el tiempo, las ventanas se cubrieron de polvo y las paredes de maleza, pero la casa seguÃa ahÃ. como un recordatorio de lo que habÃa ocurrido se decÃa que en noches sin luna en la cañada donde habÃan encontrado las velas y los huesos todavÃa se escuchaban gruñidos y risas roncas otros aseguraban que los animales del rancho se inquietaban cada vez que un coyote aullaba cerca lo único cierto es que después de aquella noche todos quedamos convencidos de que los murmullos no eran simples habladurÃas la partera no era una mujer común Y lo que vimos en el monte bastó para confirmar que el rancho habÃa vivido por años junto a una bruja que podÃa transformarse en bestia. Estuve una temporada
33:17 en una rancherÃa de Veracruz, trabajando en el campo para ganarme unos pesos. Apenas caÃa la tarde y el sol empezaba a esconderse tras los cerros. Les gritaban a los niños que no se acercaran al rÃo. Era algo que se repetÃa todos los dÃas, como si fuera una regla que nadie discutÃa. No decÃan exactamente qué pasaba en el agua, solo decÃan que a esas horas salÃa algo y que lo mejor era mantenerse lejos. Al escucharlos, pensé que se trataba de un animal. La región tiene cocodrilos en los rÃos y no me parecÃa raro que la gente se cuidara de ellos, sobre todo cuando oscurece, y es más difÃcil ver lo que se mueve entre el agua y la maleza. También pensé en culebras o en algún otro animal que pudiera atacar si alguien se confiaba demasiado. Durante el dÃa jugaban en la orilla, chapoteaban en las aguas bajas y hasta se echaban clavados desde una piedra grande que sobresalÃa del cauce. Pero apenas el sol comenzaba a pintarse de naranja, recogÃan sus cosas y se alejaban. Ninguno parecÃa atrevido a desafiar esa regla, y yo lo interpretaba como simple costumbre del lugar, un miedo que servÃa para cuidarlos de accidentes. Pasé varios dÃas en esa rutina, ayudando en la siembra y en las reparaciones del campo. El rÃo quedaba cerca de donde dormÃa, y aunque lo veÃa a diario, nunca se me hacÃa algo raro. Para mÃ
34:48 seguÃa siendo un cauce tranquilo. con agua tibia y corriente mansa, perfecto para refrescarse después del trabajo. Una tarde, mientras guardábamos unas herramientas en la bodega, escuché a un hombre hablar en voz alta con otro. DecÃa que un niño no habÃa hecho caso a la advertencia y se habÃa metido al rÃo cuando el sol ya bajaba. Contaba que lo vio de lejos, pero que apenas tuvo tiempo de entender lo que pasó. Algo salió del agua y lo sujetó. No supo cómo describirlo, solo dijo que se movió demasiado rápido para verlo bien. El niño no gritó. Apenas tuvo oportunidad, fue jalado con fuerza hacia la parte más honda y en un instante desapareció bajo la superficie. Mientras el hombre contaba eso, la hermana del niño llegó corriendo, pidiendo ayuda con desesperación y rápido toda la familia salió de su vivienda rumbo al rÃo. yo dejé las herramientas tiradas y me unà al grupo sin pensarlo demasiado aunque no era de la familia el simple hecho de escuchar lo que habÃa pasado me impulsó a correr tras ellos como lo hicieron también varios vecinos que habÃan escuchado el escándalo aquello que decÃan que salÃa del rÃo al atardecer no era un cuento para espantar a los niños acababa de suceder frente a alguien y ahora un menor estaba desaparecido bajo el agua cruzamos la vereda que llevaba directo al cauce.
36:15 La hermana lloraba, tropezando en el camino, mientras el padre y los tÃos iban al frente con machetes en la mano. La gente del pueblo se unÃa conforme escuchaba los gritos, y pronto éramos más de una docena acercándonos con la esperanza de encontrar al niño todavÃa con vida. el agua reflejaba los últimos tonos del atardecer y en apariencia estaba igual de tranquila que siempre yo me quedé de pie mirando la superficie quieta sin saber exactamente qué buscar a lo lejos alguien gritó que habÃa visto burbujas y otro se metió hasta las rodillas con la intención de buscar algo cuando llegué al rÃo ya habÃa mucha gente reunida en la orilla algunos hablaban entre sà Los padres del niño estaban al frente, gritando su nombre una y otra vez, como si esperaran escucharlo desde el monte o que saliera de pronto a la superficie. Varios hombres del pueblo ya se habÃan metido al agua, avanzando con dificultad, con el agua subiéndoles hasta el pecho. Llevaban palos largos que hundÃan en el fondo, palpando a ciegas con la esperanza de encontrar un cuerpo atrapado entre las piedras. Otros directamente usaban las manos, tanteando el fango. Yo me quedé primero en la orilla, recogiendo ramas y moviendo piedras cercanas para revisar cualquier rincón donde pudiera haberse atorado el muchacho. El rÃo parecÃa tranquilo, demasiado para que alguien pudiera desaparecer tan rápido.
37:44 La corriente no era fuerte, apenas se deslizaba con suavidad, y eso hacÃa aún más extraño que no hubiera dejado rastro. Nadie habÃa escuchado chapoteos ni gritos de auxilio, ni el golpeteo de alguien luchando contra el agua. Era como si simplemente se lo hubieran llevado en silencio. El abuelo del niño se metió también al agua ignorando los intentos de sus hijos por detenerlo. Caminó diciendo que no saldrÃa hasta encontrar a su nieto. Verlo allà con el agua cubriéndole casi hasta los hombros le dio un peso mayor al momento. Los más jóvenes lo rodeaban para cuidarlo, pero él se apartaba, hundiendo sus manos en el fondo como si con solo tocarlas pudiera traer de vuelta al niño. las horas pasaron de ese modo con los hombres entrando y saliendo del agua turnándose para revisar cada rincón las mujeres mantenÃan encendidas las lámparas de aceite en la orilla iluminando la corriente que ya se habÃa vuelto oscura por la noche Yo tomé una de esas lámparas y ayudé a dirigir la luz hacia donde se movÃan los buscadores, mientras otros se internaban un poco más rÃo arriba, aunque todos sabÃamos que la corriente no era suficiente para arrastrar un cuerpo tan lejos.
39:02 Algunos buscaban también rÃo abajo, revisando raÃces y ramas que sobresalÃan, convencidos de que en algún punto tendrÃa que aparecer ropa o un cuerpo atrapado. Pero no hallaron nada, ni una tela flotando, ni un zapato, ni siquiera burbujas que señalaran dónde buscar. Era como si el agua se lo hubiera tragado sin dejar señal alguna. La familia se miraba muy desesperada. La madre no dejaba de llorar. El padre seguÃa gritando el nombre del niño con la voz quebrada. como si aún esperara que apareciera caminando desde algún rincón del monte. El abuelo, ya exhausto, seguÃa adentro del agua, temblando por el frÃo, pero negándose a salir. TenÃa la mirada en la corriente, como si en cualquier momento fuera a asomar algo.
39:50 Yo sentÃa la piel erizada mientras movÃa piedras cerca de la orilla. Pensaba en lo que habÃa contado aquel hombre, en la figura que habÃa visto sujetar al niño. Cuando la noche cayó por completo, nadie quiso retirarse. Los vecinos se turnaban para seguir dentro del agua, relevándose entre ellos mientras otros descansaban un poco en la orilla. La familia se negó a dejar el lugar. Se sentaron en la arena húmeda. La hermana, que habÃa dado la alarma, se quedó abrazada a la madre. Yo permanecà allà junto a ellos, iluminando con la lámpara y ayudando a revisar donde hiciera falta. Pero en el fondo, ya sabÃa que no lo encontrarÃamos esa noche. Lo que fuera que habÃa salido del agua se lo habÃa llevado, y nosotros estábamos buscando en vano.
40:38 La búsqueda se prolongó hasta la madrugada, pero no hubo señal del niño en todo el rÃo ni en los alrededores. Cuando amaneció, los hombres que habÃan pasado la noche dentro del agua salieron con los cuerpos entumidos y los ojos cansados. Algunos se fueron directamente a sus casas a descansar, otros se quedaron en la orilla. La familia permaneció allÃ, como si abandonar el lugar significara perder lo último que quedaba de esperanza. Con el paso de los dÃas, los vecinos siguieron ayudando, aunque cada vez eran menos los que se animaban a meterse al agua. Al principio eran grupos grandes, con palos, redes improvisadas y lámparas de mano, pero poco a poco la cantidad fue reduciéndose. El rumor de lo ocurrido se habÃa extendido, y muchos preferÃan no acercarse demasiado al rÃo, menos en las horas en que el sol comenzaba a ocultarse. Se decÃa que algo habitaba allÃ. yo recuerdo claramente que la familia no se apartaba del lugar habÃan instalado una especie de campamento improvisado con sillas mantas y lámparas de aceite llevaban comida ahà mismo y pasaban las noches en vela turnándose para vigilar el agua la madre se quedaba siempre cerca de la orilla Al cuarto dÃa, cuando ya muchos habÃan dejado de buscar, el abuelo seguÃa empeñado en recorrer la orilla con un machete en la mano.
42:07 Caminaba lento, apoyándose en un bastón, pero no dejaba de moverse. Se detenÃa cada tanto, miraba el agua en silencio y volvÃa a caminar. Algunos intentaban convencerlo de que descansara, pero él respondÃa con la misma frase. que no se irÃa de allà sin su nieto esa noche mientras un pequeño grupo revisaba con lámparas se escucharon ladridos extraños provenientes del monte cercano no eran ladridos normales eran cortados como si los perros no terminaran de atreverse a hacerlo con fuerza Al iluminar hacia el monte no vimos nada, pero el sonido se repetÃa, cada vez más cerca, hasta que de repente se calmó. Los perros del pueblo se quedaron quietos.
42:53 No ladraban, apenas gruñÃan bajo, con las orejas pegadas al cuerpo. Ninguno quiso acercarse al agua, como si percibieran algo que nosotros no. Ese comportamiento empezó a levantar aún más sospechas entre los vecinos. Algunos comenzaron a decir abiertamente que lo que se habÃa llevado al niño no era un animal común. Nadie daba detalles concretos, pero la coincidencia era clara. Todos hablaban de algo que salÃa del agua al caer la tarde. Yo mismo comencé a sentir un peso extraño al estar cerca de la orilla. No era solo cansancio, sino la sensación de que habÃa ojos observándonos desde algún punto invisible.
43:36 El agua seguÃa fluyendo tranquila, pero en las noches parecÃa más oscura, y cada chapoteo hacÃa que todos levantáramos la vista. En varias ocasiones, mientras buscábamos por la noche, escuchamos movimientos bruscos en el agua. No eran simples olas, eran chapoteos fuertes. Iluminábamos lanzando la luz de las lámparas sobre el cauce, pero nunca habÃa nada visible. La corriente se agitaba por unos segundos y luego volvÃa a quedar lisa, como si nada hubiera ocurrido. Algunos decÃan haber visto figuras en la orilla opuesta, sombras que se movÃan rápido entre los árboles.
44:17 Otros aseguraban haber sentido que algo se rozaba contra sus piernas cuando estaban dentro del agua. aunque al mirar no encontraban nada. Yo no podÃa confirmar nada de eso. A pesar del miedo, todavÃa habÃa quienes se negaban a dejar de buscar. La familia seguÃa allÃ, firme, y eso obligaba a los demás a mantenerse cerca, aunque fuera por solidaridad. Cada noche encendÃan las lámparas y cada madrugada volvÃan a casa. Yo también permanecÃ. Asà fue como los dÃas pasaron sin resultado. Esa noche volvà al rÃo junto con varios vecinos que aún se mantenÃan en la búsqueda. Algunos ya habÃan desistido, pero quedaba un pequeño grupo que se resistÃa a abandonar, convencidos de que, tarde o temprano, habrÃa alguna señal del niño.
45:07 Obviamente que a ese punto... ya sólo estábamos buscando su cuerpo. Todos estábamos en silencio, cargando lámparas y cuerdas, revisando una y otra vez las mismas orillas que ya conocÃamos de memoria. Entre nosotros estaba un primo mayor del niño desaparecido, Un muchacho de unos 20 años, caminaba de un lado a otro, respirando fuerte, como si la desesperación lo empujara a hacer lo que los demás no se atrevÃan. DecÃa que, si nadie se animaba a entrar al agua, él mismo lo harÃa. porque no soportaba la idea de quedarse quieto los hombres mayores lo detenÃan le repetÃan que era peligroso que en las noches las cosas se sentÃan más raras pero él no escuchaba encendió una lámpara de mano y bajó por la orilla hasta meterse al rÃo primero avanzó despacio con el agua apenas rozándole las rodillas y luego se adentró más hasta quedar con el agua a la cintura se movÃa con la lámpara en alto iluminando hacia la superficie como si esperara encontrar algo flotando todos lo mirábamos de pronto gritó con fuerza primero se habÃa sorprendido y luego gritó de dolor se inclinó hacia adelante, agitando los brazos, diciendo que algo lo estaba jalando de las piernas hacia el fondo. El rÃo comenzó a agitarse a su alrededor con una violencia. El agua burbujeaba como si estuviera hirviendo, y el muchacho forcejeaba tratando de soltarse de lo que
46:38 fuera que lo tenÃa atrapado. Los hombres corrieron hacia el borde, algunos arrojándose al agua para alcanzarlo, otros buscando palos y cuerdas. Yo estaba entre ellos, alumbrando con la lámpara y viendo con claridad cómo era arrastrado un par de metros rÃo adentro en cuestión de segundos. no habÃa nada visible sujetándolo pero la manera en que su cuerpo se desplazaba era imposible de explicar era como si una fuerza invisible lo tuviera bien agarrado y lo arrastrara con toda intención de hundirlo los que se metieron alcanzaron a sujetarlo de los brazos Pero la corriente a su alrededor se volvÃa cada vez más fuerte. Se escuchaba el agua golpeando con furia, levantando olas pequeñas que chocaban contra las piernas de quienes intentaban ayudarlo. La lámpara del muchacho se apagó en medio del forcejeo, y por un instante quedamos casi a oscuras, solo con las luces lejanas que llevábamos en la orilla.
47:38 Alguien alcanzó a lanzar una cuerda y logramos rodearle el torso. Entre varios empezamos a jalar con todas nuestras fuerzas. No era como sacar a alguien que se hundÃa por accidente. Algo jalaba de él. El primo gritaba cada vez más alto, diciendo que algo lo apretaba por las piernas, que sentÃa como si cuchillas se clavaran en su piel. Después logramos sacarlo del agua. Lo arrastramos hasta la orilla, jadeando y empapados, mientras él temblaba. cuando encendimos de nuevo las lámparas y lo revisamos vimos las marcas en sus piernas eran rasguños profundos lÃneas largas que parecÃan hechas con garras no con piedras ni ramas la sangre le corrÃa hasta los tobillos nadie dijo nada lo rodeamos en silencio mirando aquellas heridas imposibles de justificar el muchacho temblaba con los ojos desorbitados repitiendo una y otra vez que no habÃa visto nada que sólo habÃa sentido cómo algo filoso lo apretaba y trataba de hundirlo. Lo acostamos sobre unas mantas y uno de los hombres intentó limpiar las heridas con agua, aunque el primo gritaba cada vez que lo tocaban. Nadie se atrevÃa a entrar de nuevo. Esa noche entendimos que lo del niño no habÃa sido un accidente, ni tampoco obra de un animal cualquiera. HabÃa algo en el agua que se movÃa con fuerza propia, algo que podÃa arrastrar a una persona en cuestión de segundos. Ya no era una
49:10 sospecha ni un rumor, todos lo habÃamos visto con nuestros propios ojos. El primo quedó tendido, temblando bajo las lámparas, mientras algunos improvisaban vendas para detener la sangre. Lo que habÃa allà no era parte de la naturaleza como estábamos acostumbrados a conocerla. Después de lo que pasó con el primo, muchos vecinos decidieron no volver a meterse al agua. Algunos seguÃan yendo a la orilla a acompañar a la familia, pero solo se quedaban de pie, mirando con desconfianza el rÃo. El rumor de que estaba maldito se fue extendiendo, y ya nadie se atrevÃa a bañarse en él ni a cruzarlo cuando oscurecÃa. La familia del niño permaneció ahà varios dÃas más, con fogatas encendidas y lámparas colgadas en los árboles, esperando que de alguna forma el muchacho apareciera. No aceptaban que lo hubieran perdido para siempre. El primo herido tampoco volvió a acercarse. Sus piernas quedaron marcadas con cicatrices largas y oscuras, y él las mostraba como prueba de lo que lo habÃa jalado. DecÃa que habÃa sentido dedos afilados enterrándose en su carne. los dÃas pasaron y el rÃo no devolvió nada no hubo ropa flotando ni cuerpo ni rastro alguno era como si el niño se hubiera disuelto en el agua sin dejar señal la familia al final regresó a su casa agotada con la mirada perdida nadie volvió a hablar del tema con ellos pero todos sabÃamos
50:41 que habÃan quedado marcados Viajamos a Zacatecas con la idea de alejarnos de todo un fin de semana. Ãramos cinco amigos y yo, con ganas de acampar, beber un poco y pasar la noche en un lugar tranquilo. Un conocido del grupo nos habÃa hablado de un rancho vacÃo, apartado entre los cerros, donde nadie vivÃa desde hacÃa muchos años. DecÃa que el sitio estaba abandonado porque cargaba con una maldición y que el dueño en vida habÃa sido Nahual. La historia nos causó más curiosidad que miedo, y lo tomamos como el destino perfecto para instalarnos. El camino fue largo, atravesando terracerÃas polvorientas, hasta que llegamos a un llano rodeado de matorrales. A lo lejos se alcanzaban a ver algunas bardas de piedra medio caÃdas y restos de corrales viejos.
51:39 Todo se notaba seco y olvidado. Armamos nuestras casas de campaña cerca de lo que quedaba de un atroje, y en medio preparamos la fogata. HabÃa leña de sobra regada por ahÃ, ramas secas que prendieron rápido. Mientras encendÃamos las lámparas y repartÃamos las cervezas, alguno recordó otra vez lo que el conocido habÃa dicho, que el dueño habÃa muerto de manera extraña, y desde entonces nadie volvÃa. según los rumores podÃa transformarse en animal y esa costumbre lo habÃa llevado a su destino lo primero que me llamó la atención fue el silencio en el campo siempre hay grillos ranas o el canto de algún pájaro rezagado pero ahà no se escuchaba nada sólo el crujido de las ramas en la fogata uno de mis amigos dijo que era normal que habÃa lugares asà donde los bichos parecÃan esconderse.
52:34 La luz del fuego apenas iluminaba un cÃrculo pequeño, y más allá todo era oscuridad. La hierba se movÃa con el viento, pero no habÃa brisa constante, solo ráfagas que de pronto apagaban el humo hacia un lado. De rato en rato volteábamos alrededor sin ver nada distinto. Seguimos bebiendo y comiendo, intentando ignorar esa sensación. yo me quedaba callado observando atento a cualquier ruido y fue entonces que escuchamos un relincho lejano como si un caballo estuviera suelto en el monte todos volteamos hacia el mismo lado porque en el rancho no habÃamos visto huellas ni señales de animales vivos Nadie llevaba animales, y las cercas estaban caÃdas hacÃa tiempo.
53:21 El relincho volvió a escucharse, más cerca, aunque no se oÃan cascos golpeando la tierra, solo el animal. Nos quedamos quietos, en silencio, mirando cómo la fogata chisporroteaba. Me quedé fijando la vista en la oscuridad. porque tenÃa la impresión de que en cualquier momento algo iba a cruzar frente a nosotros. Nadie se reÃa ya. En ese momento, todos nos quedamos escuchando. Después de aquel relincho, el silencio volvió a posarse unos segundos, como si nada hubiera pasado, pero de pronto escuchamos el golpeteo rÃtmico de cascos alrededor del rancho. Eran pisadas claras, el trote pausado de un caballo que daba vueltas en cÃrculos, siempre a la misma distancia. Todos nos miramos, porque el sonido estaba ahÃ, no cabÃa duda, pero al alzar las lámparas hacia la hierba no habÃa nada. Uno de mis amigos se levantó con una piedra en la mano y la lanzó con fuerza hacia el ruido, como si quisiera comprobar que algo estaba realmente ahÃ. En cuanto la piedra se perdió entre la maleza, las pisadas se detuvieron de golpe.
54:31 El silencio fue tan brusco que nos erizó la piel. Nadie se movió, esperando a que se oyera de nuevo. Pero lo único que alcanzábamos a escuchar era el crepitar del fuego y el viento. Pasaron varios minutos en los que nadie hablaba. Apenas nos atrevÃamos a mirar más allá de la luz de la fogata. De repente, las pisadas comenzaron otra vez, más lentas, más marcadas, como si el caballo hubiera cambiado de rumbo y ahora estuviera rodeando directamente la fogata. La tierra vibraba bajo mis pies, ligera pero suficiente para que sintiera que algo pesado caminaba cerca. Miraba hacia la oscuridad y no encontraba nada, ninguna sombra, ninguna silueta moviéndose. Uno de los muchachos dijo que era mejor meterse a las casas de campaña antes de que pasara algo, pero los demás se resistieron, fingiendo que no tenÃan miedo.
55:28 Encendieron otra lámpara y la giraron hacia distintos lados, alumbrando los matorrales, el corral viejo, las bardas de piedra medio derrumbadas, todo seguÃa igual de vacÃo. Pero las pisadas no paraban, cada vuelta parecÃa más cercana, hasta el punto en que jurábamos que el animal debÃa estar a solo metros de nosotros. podÃa sentir cómo las vibraciones subÃan por las piernas hasta la espalda, y me resultaba imposible entender por qué no lográbamos ver nada. El fuego seguÃa encendido, y la hierba no se movÃa salvo cuando pasaba alguna ráfaga. Era como si aquel caballo invisible estuviera trotando sobre una tierra que solo nosotros podÃamos sentir. El ruido era demasiado preciso. Cada casco golpeaba con el mismo ritmo, como un animal real caminando en cÃrculos. Yo pensaba en la historia que nos habÃan contado, en el dueño que habÃa muerto ahÃ. DecÃan que era Nahual, que podÃa cambiar de forma. Y aunque en la tarde esas palabras nos habÃan dado risa, en ese momento todos estábamos conscientes de que no habÃa explicación lógica para lo que escuchábamos. ninguno lo dijo en voz alta pero se notaba en las miradas rápidas en la manera en que cada quien agarraba con fuerza cualquier objeto a la mano como si pudiera servir de defensa al poco rato las pisadas se detuvieron de nuevo justo cuando parecÃa que iban a cruzar dentro del cÃrculo de la
57:00 fogata no hubo más vibraciones en el suelo ni sonidos extraños el silencio volvió a rodearnos El único ruido era el tronido de las ramas consumiéndose en el fuego. Nos quedamos esperando, atentos, con las lámparas apuntando a distintos lados, sin atrevernos a apagar nada. La tensión nos mantenÃa inmóviles, sentados en troncos o piedras, fingiendo normalidad. Pero todos sabÃamos que el rancho no estaba vacÃo como creÃmos al llegar. HabÃa algo caminando con nosotros, algo que no se dejaba ver. El cansancio fue venciendo poco a poco a todos. Después de un rato, cada quien se fue metiendo en su casa de campaña, como si el simple hecho de tener una tela encima pudiera dar seguridad. Yo hice lo mismo, aunque me costó cerrar los ojos. La fogata quedó encendida todavÃa un buen tiempo. Pero se fue apagando de manera natural hasta dejar solo brasas que iluminaban apenas un resplandor rojo en medio del campamento. Afuera todo quedó en penumbras, con el monte extendiéndose oscuro a nuestro alrededor. No sé cuántas horas habÃan pasado cuando un grito nos despertó a todos.
58:15 Fue un grito fuerte que hizo que me levantara de golpe. El campamento se volvió un caos. Todos salimos arrastrándonos o gateando entre las lonas de las casas de campaña sin entender qué ocurrÃa. Uno de mis amigos, Gabriel, apareció tambaleándose afuera, sujetándose la pierna derecha. La lámpara que llevaba otro de los muchachos iluminó su pantalón, que estaba empapado de sangre. Al fijarnos mejor, vimos que la tela estaba rasgada en varios puntos y que debajo, la carne abierta dejaba escapar hilos de sangre. Eran marcas claras de mordidas, profundas, demasiado grandes para ser de un perro. Lo acostamos de inmediato sobre una cobija y él, entre jadeos, alcanzó a decir que habÃa sentido como algo lo jalaba desde afuera de su casa de campaña. Contó que estaba dormido y que de pronto su pierna fue atrapada por algo que lo arrastraba hacia afuera. Cuando intentó soltarse, sintió las mordidas una tras otra, como si un hocico lo hubiera atrapado con fuerza.
59:20 Las lámparas comenzaron a moverse de un lado a otro. Buscamos alrededor de todas las casas de campaña. Revisamos la tierra húmeda, la hierba y hasta las piedras cercanas. No habÃa una sola huella. No de caballo, no de perro, ni de ningún animal grande. La tierra estaba limpia, como si nada hubiera pasado. Todos nos mirábamos sin entender. Nadie habÃa escuchado pasos ni gruñidos antes del grito, ni siquiera un movimiento de ramas. El silencio en el que habÃamos dormido seguÃa intacto, pero la pierna de Gabriel era prueba de que algo se habÃa metido hasta el campamento. Le quitamos como pudimos el pantalón para revisar la herida. TenÃa al menos cuatro mordidas claras, abiertas, como si una mandÃbula enorme lo hubiera alcanzado. La piel estaba desgarrada, la carne hundida en semicÃrculos que dejaban en claro que aquello no habÃa sido un perro callejero. El aire olÃa a hierro por la sangre y el rostro pálido de Gabriel dejaba ver que apenas soportaba el dolor. Uno de los muchachos quiso convencer a los demás de que empacáramos de inmediato para irnos, que no tenÃa sentido seguir en un rancho al que la gente del pueblo llamaba maldito. Cada quien opinaba diferente. Todos estábamos ya con miedo. Yo no podÃa apartar la vista de las mordidas. Me recorrió un escalofrÃo al darme cuenta de que parecÃan demasiado grandes, como si
1:00:53 una boca descomunal lo hubiera atrapado. No eran colmillos de perro, no eran marcas de lobo ni de coyote. Los arcos de los dientes eran más anchos, como si pertenecieran a algo que no tenÃa comparación con ningún animal del monte que yo hubiera visto. La lámpara iluminaba los alrededores sin mostrar nada, solo el cÃrculo vacÃo del campamento y más allá la oscuridad cerrada. El monte seguÃa sin emitir ruidos, sin grillos ni aves nocturnas, como si toda la vida se hubiera escondido ante lo que rondaba ahÃ. Finalmente improvisamos un vendaje con lo que tenÃamos a la mano, amarres con camisetas y un cinturón para apretarle la pierna y detener la sangre. Su respiración era rápida y el sudor le empapaba la frente pese al frÃo de la madrugada.
1:01:44 Los minutos pasaban lentos, con todos nosotros reunidos alrededor, mirando hacia distintos lados, atentos a cualquier ruido. La discusión sobre si irnos o no quedó suspendida, porque nadie se atrevÃa a salir del rancho en plena oscuridad. Nos quedamos ahÃ, sabiendo que lo que habÃa mordido a Gabriel todavÃa andaba cerca, quizás observándonos en silencio. La noche no parecÃa avanzar, y cada vez que escuchaba crujir alguna rama a lo lejos, sentÃa que algo iba a irrumpir otra vez entre nosotros. Nadie volvió a dormir. Nos quedamos velando, esperando el amanecer, con miedo. Mientras seguÃamos atendiendo a Gabriel, con las lámparas alumbrando su pierna vendada, uno de los amigos señaló de pronto hacia la hierba alta. Su voz temblaba cuando dijo que algo se movÃa allÃ. Todos volteamos al mismo tiempo, y yo enfoqué directo con mi lámpara hacia el sitio que indicaba. Entre los pastos alcanzamos a distinguir una silueta agachada.
1:02:48 A primera vista parecÃa una persona encorvada, pero habÃa algo extraño en su postura. La hierba se agitaba levemente con su respiración, que era fuerte, como resoplidos de un animal cansado. Cada vez que inhalaba y exhalaba, el aire se escuchaba áspero, casi como un bufido. Por momentos se dejaba oÃr un gruñido bajo que helaba la sangre. No era el ladrido de un perro ni el bramido de un toro, sino un sonido más profundo, como un ronquido bestial que salÃa de una garganta demasiado grande. Todos nos quedamos paralizados, observando. La figura permanecÃa quieta, con la cabeza inclinada hacia un lado, como si intentara mirarnos con detalle. No se movÃa hacia adelante ni hacia atrás, solo estaba ahÃ, fija, sosteniéndose con lo que parecÃan brazos demasiado largos. La luz de la lámpara apenas alcanzaba a iluminar parte de su torso, y aún asà daba la impresión de que la piel era oscura y áspera. PodÃamos escuchar la respiración de Gabriel y el tronido leve de las brasas, pero todo lo demás giraba en torno a esa figura que no dejaba de observarnos.
1:04:01 Mis manos temblaban al sostener la lámpara. y sentÃa que, si bajaba el haz de luz, aquello se nos iba a venir encima. De repente, uno de los muchachos agarró una piedra y la lanzó hacia donde estaba la silueta. La piedra cayó entre los pastos, y en ese instante la figura se estremeció. El sonido que soltó fue un resoplido largo, idéntico al de un caballo, pero mezclado con un gruñido humano. Antes de que pudiéramos reaccionar, salió corriendo. lo hizo a gran velocidad pero no erguido como un hombre sino a cuatro patas el movimiento fue tan brusco que las lámparas apenas alcanzaron a seguirlo un par de segundos lo suficiente para ver cómo avanzaba con brincos largos golpeando la tierra con fuerza se escuchaba como corrÃa en cÃrculos rodeándonos como si jugara con nosotros después poco a poco El sonido fue alejándose hasta perderse en lo profundo del monte, y todo quedó callado. Nadie se movió. Estábamos en shock, con los ojos fijos hacia donde se habÃa perdido.
1:05:09 Gabriel seguÃa gimiendo por el dolor, pero nadie sabÃa qué hacer. Si lo que acabábamos de ver habÃa sido un hombre, no era un hombre común. Y si era un animal, no habÃa ninguno en el campo capaz de pararse como persona y después correr como bestia. Algunos de mis amigos murmuraban que habÃamos visto al dueño del rancho, que los rumores de que era Nahual no eran simples historias. Otros preferÃan no decir nada, solo quedarse de pie, temblando, con las lámparas apuntando en todas direcciones. Yo me repetÃa en la cabeza que lo que habÃa corrido frente a nosotros tenÃa que ser real, porque lo vimos todos. No era un invento ni una alucinación del cansancio. El miedo se volvió insoportable. Nadie se atrevÃa a entrar de nuevo a las casas de campaña. Permanecimos juntos alrededor de las brasas apagadas, tratando de mantenernos atentos, aunque lo único que lográbamos era esperar otro ataque. El silencio del monte nos envolvÃa sin un solo grillo ni pájaro que cantara. Era como si todo lo vivo hubiera desaparecido de los alrededores. Yo sentÃa que, en cualquier momento, esa cosa iba a regresar. Cada crujido de rama a lo lejos me hacÃa brincar. Cada sombra que se movÃa con el viento parecÃa un aviso de que estaba más cerca. Pero nunca volvió a aparecer esa noche.
1:06:35 El resto de las horas se nos fue mirando hacia la oscuridad. Ninguno pudo negar la figura, la respiración ni la forma en que escapó corriendo a cuatro patas. A partir de ese instante, supimos que lo que rondaba en ese rancho no era algo común. y que habÃamos cometido un error enorme al acampar en un sitio del que todo el pueblo advertÃa que estaba maldito. Nos quedamos inmóviles, rodeando las brasas hasta que la fogata se apagó por completo. La oscuridad nos cubrió de golpe. Nadie se atrevÃa a meterse a las casas de campaña ni a cerrar los ojos. El aire estaba helado. Fue ahà cuando alguien dijo en voz baja que era mejor largarnos de inmediato, aunque aún no amaneciera. no hubo discusión todos estábamos pensando lo mismo ayudamos a gabriel a levantarse lo cargamos entre dos porque apenas podÃa dar pasos con la pierna vendada otros recogÃan mochilas y lámparas dejando tiradas cosas que nadie quiso detenerse a empacar La idea era salir de ahà cuanto antes, aunque fuera caminando en plena madrugada. Caminamos hacia el sendero que llevaba a la carretera. Las lámparas alumbraban apenas unos metros adelante y alrededor solo habÃa oscuridad y hierba alta.
1:07:54 Todo estaba tan callado que cualquier paso crujÃa demasiado fuerte. Ãbamos en fila, avanzando lo más rápido que podÃamos, cuando se escuchó de nuevo el galope. Primero fue un trote lejano, pero en segundos se sintió más cerca, rodeándonos. El suelo vibraba bajo nuestros pies, como si un caballo enorme estuviera corriendo alrededor. Junto al galope se escuchaban los gruñidos, esa respiración áspera que ya habÃamos oÃdo antes. El corazón se me querÃa salir del pecho. Volteaba la lámpara de un lado a otro sin lograr ver nada, solo la hierba agitándose. De pronto, desde la derecha, algo salió disparado entre los pastos.
1:08:35 Apenas vimos la silueta cuando se lanzó contra uno de nosotros. lo derribó al suelo de un golpe tan fuerte que el muchacho gritó de inmediato corrimos hacia él enfocando las lámparas y alcanzamos a ver cómo la criatura lo sujetaba del hombro los dientes estaban clavados en su carne y la sangre manaba a borbotones El amigo se revolcaba de dolor mientras tratábamos de jalarlo de los brazos. Entre cuatro lo agarramos, tirando con todas nuestras fuerzas. El ser gruñÃa con rabia, resistiéndose a soltarlo, hasta que pudimos hacer que lo soltara. El muchacho gritaba, y el hombro tenÃa las marcas de una mordida demasiado grande, con colmillos que habÃan atravesado la piel. La criatura se escabulló a cuatro patas, perdiéndose entre los matorrales. Nadie quiso mirar atrás. Solo cargamos al herido entre dos y seguimos avanzando sin detenernos, temblando, tropezando en la oscuridad, cada uno seguro de que en cualquier momento iba a regresar. El camino se hizo eterno.
1:09:40 El galope nunca volvió a escucharse. Caminamos como pudimos, sin hablar, con la respiración agitada y los nervios al lÃmite, hasta que al fin vimos las luces lejanas de la carretera. Cuando llegamos, nos dejamos caer en la orilla, agotados y temblando. El herido estaba consciente, aunque sangraba bastante, y lo cubrimos con las chamarras que traÃamos. Nadie dijo nada durante un buen rato, solo respirábamos pesadamente, intentando convencernos de que ya estábamos fuera del rancho. Esa madrugada entendimos por qué el lugar habÃa quedado abandonado. Los rumores sobre el dueño y su muerte extraña no eran simples cuentos.
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