Dec. 7, 2023

La Batalla De Dos Nahuales Que Aterrorizó Al Ejército Historias De Terror - REDE

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Enfrentamiento. En cuanto cumplí la mayoría de edad, decidí alistarme en el ejército. Mi sueño siempre fue servir a mi país con todas mis fuerzas y así lo sigo haciendo pasados los años que ya había ingresado a las fuerzas armadas. Nos toca movilizarnos por todo el país, dependiendo de dónde hagamos falta. Mandaron a nuestro batallón a una ciudad y toda la misión iba normal. Estábamos cumpliendo como siempre. Cada vez que llegamos a una nueva ciudad, buscamos un lugar donde alojarnos, si es que vamos a pasar mucho tiempo ahí. En ocasiones pedimos permisos para quedarnos, o muchas veces ya nos asignan los lugares. Literalmente acampamos por las noches para poder hacer nuestro trabajo. Lo que quiero comentar pasó tres días después de que nos habíamos instalado en un pueblo cuya ubicación estaba bastante a lejano de las grandes ciudades. De hecho, tenía una sola entrada que también era la única salida a ese pueblo. Nos habían enviado a agarrar a unos cuantos que andaban vendiendo cannabis, los cuales, por lo general, operaban sólo durante las altas horas de la noche. Siempre hay un oficial de guardia o siempre hay un cabo que está en guardia mientras los demás duermen o realizan sus actividades todo normal. Cuando a mí me tocó estar de guardia con otro elemento, cada uno estábamos en nuestro sector cuidando de repente. Él me habla por el radio para avisarme que estaba viendo movimiento que había que despertar a los demás. Nosotros tenemos nuestra manera de trabajar. Así que todos estuvimos en guardia enseguida porque pensábamos que podría ser el crimen organizado. Estuvimos alerta porque el otro elemento que estaba de guardia conmigo había detectado algo. No estábamos jugando. Esto iba en serio. Entonces, cuando estábamos listos a lo lejano, se escuchó una especie de aullido. Pensamos que pudo haber sido un perro o hasta un coyote, porque estamos tan acostumbrados a los sonidos de la naturaleza por las noches. No fue algo que realmente nos asustara. Simplemente lo notamos un poco raro porque sonaba bastante grueso bastante ronco. A decir verdad, a mí sí me generó un poco de incomodidad, pero nada más que eso, porque en el ejército te enseñan a ser duro, a concentrarte y a estar listo para cualquier eventualidad. Decidimos cuidar un poco más, así que los demás se fueron a dormir y dejaron a un par de amigos ahí listos para estar cuidando. Pasaron un par de días más y olvidamos por completo el suceso, porque nosotros seguimos en nuestra misión. Estábamos por concluir cuando estábamos de guardia otra vez y volvimos a escuchar este sonido, pero en esta ocasión lo escuchamos más cercano, al grado de que nuestro capitán nos mandó a tres de nosotros a que verificáramos el el perímetro. Así lo hicimos. Comenzamos a ponernos de acuerdo armados y en silencio nos aventuramos hacia la periferia del campamento. La oscuridad del pueblo nos rodeaba y la tensión se palpaba en el aire a medida que nos adentrábamos, el aullido persistía ahora más cercano y penetrante. La adrenalina corría por nuestras venas. Mientras avanzábamos con cautela, comenzamos a buscar por donde venía el sonido y sí escuchamos cierto jadeo. Inmediatamente hablamos por la radio para que estuvieran alertas porque había algo ahí y ya lo habíamos detectado. Nos alejamos bastante de donde estaba nuestro establecimiento, pero necesitábamos saber qué había ahí para que pudiéramos actuar. Seguimos el ruido y al momento de que llegamos donde lo escuchamos más fuerte algo nos estaba viendo desde arriba de un árbol. Sé que alguien pudiera llegar a pensar que estoy loco, pero vi algo arriba de ese árbol. Los otros dos el s también lo estaban viendo. Aquello estaba agarrado del árbol y esta cosa tenía el cuerpo de un hombre, pero tenía unas garras enormes con las cuales se agarraba. Yo no me atrevería a afirmar de manera asertiva que se trataba de una ual, pero lo que sí les puedo asegurar es que aquello no era un humano, parecía más un animal y nos estaba viendo, nos estaba midiendo con sus ojos. Nosotros podíamos darnos cuenta de que nos estaba viendo con un odio tal que simplemente se me erizó la piel. Aunque yo traía una arma, no podía dejar de sentirme como si estuviera desarmado. Esta cosa nos gruñó y soltó un aullido tan fuerte que nosotros simplemente corrimos como locos. Salimos despavoridos. Somos militares, Estamos acostumbrados a pelear con gente usando armas la muerte no nos asusta, pero es que lo que vimos arriba de aquel árbol era algo tan siniestro que nos hizo correr del miedo. No pensé en defenderme mi cuerpo. Simplemente pensó en correr de inmediato. Nuestro superior y nuestros demás compañeros de batallón ya venían con luces para ver qué pasaba esa cosa. Pegó un salto enorme y se adentró más en el bosque. Nuestro superior nos pidió que nos replegáramos. Nosotros tenemos que hacer caso a las órdenes, así que inmediatamente nos replegamos y cuando estábamos listos en nuestra base, en ese momento, nuestro mayor nos dio un discurso. Él sabía que estábamos asustados. Él estaba consciente que aquello era algo que no era normal y que era muy peligroso. Lo suficiente como para que en caso de que nos atacara. Era bastante seguro que tendríamos por lo menos un par de bajas. Nos recordó que éramos soldados, que estábamos entrenados para matar, que no debíamos sentir miedo y que, en lugar de estar pensando en que no queríamos estar ahí, nos pusiéramos a pensar en que teníamos familia, padres, hermanos, esposa, hijos, lo que fuera, pero a todos nos estaban esperando en casa, así que por ese motivo teníamos que matar a aquel animal desconocido, porque si nosotros no le dábamos baja a esa cosa, seríamos nosotros los que perderíamos la vida. El discurso que nos dio en verdad fue muy convincente. De alguna manera logró motivarnos. Aunque estábamos llenos de miedo, sabíamos que la criatura se estaba acercando poco a poco que nos estaba rodeando mientras medía por qué lado nos iba a atacar. Uno de los elementos comentó que, de seguro, la cosa que nos estaba asediando era una gual, que él nunca había visto uno, pero que esa cosa tenía toda la pinta de ser una gual. Así que lo que teníamos que hacer esa noche era algo para lo cual no había entrenado. Nunca Debíamos enfrentar y matar a un nahual, pero no era lo peor. Ya estábamos en formación, ya teníamos las armas y estábamos listos. Sabíamos por los ruidos que el nahual se estaba acercando por el flanco derecho, pero de repente y sin que nos lo esperáramos, escuchamos otro aterrador gruñido y aullido que venía por el otro lado. Eso de verdad sonaba más grande. Ahora sí, creímos que estábamos fritos muy apenas nos habíamos mentalizado para enfrentar a una gual y resultó que tendríamos que enfrentarnos a dos. Eso ya era algo impensable. Sabíamos que más de uno iba a perder la vida. Ahí mismo, de inmediato tomamos otra formación para estar listos a ser atacados por ambos frentes. Sin embargo, en ese momento escuchamos cómo empezaron a pelear estas dos bestias. No podíamos ver lo que estaba pasando, pero sí podíamos escuchar sólo para que se den una idea. Piensen en cómo se escucha una pelea de perros. Multipliquen eso por cien gritos desgarradores, aullidos, cómo suena la carne con carne y cómo no dejaban de chillar cuando se hacían daño, como se estaban revolcando mientras peleaban. Hubo un momento en que a ambos los tuvimos a la vista, contemplamos la posibilidad de dispararles a ambos, pero llegamos a la conclusión de que era una pésima idea. Lo más probable era que esas cosas estuvieran peleando a muerte, así que lo que teníamos que hacer era esperar a que uno ganara el enfrentamiento. De esa manera, ya no serían dos los nahuales a los que tendríamos que enfrentar. Sólo sería a uno y ese nahual ya estaría debilitado por el desgaste del enfrentamiento contra el otro nahual. Estuvimos a lo lejos, viendo a unos metros porque estaban muy cerca, hasta que de repente vimos como uno. El más pequeño. Simplemente dejó de moverse. Después de dar un largo aullido, el que ganó comenzó a acercarse hacia nosotros, así que abrimos fuego. No logramos matar al monstruo, pero al menos no tuvimos ninguna baja, porque esa cosa, al darse cuenta que no éramos una empresa fácil, se marchó. Aunque somos soldados, nunca nos prepararon para eso. No es algo que uno se espere que ocurra estando en campo historias como estas. Hay muchas los militares, tantos soldados como marinos, siempre están expuestos a que les ocurran cosas que se escapan de la lógica, ya sea con nahuales brujas. Con lo que sea, muchos prefieren no decir nada por una cosa, por el miedo a ser juzgados locos vengativo. Recuerdo muy bien que durante mi juventud, antes de llegar a la vida adulta y todas las complicaciones que eso conlleva, recuerdo que no había nada más grato que luego de un partido de fútbol o cualquier motivo de reunión junto a los amigos nos quedáramos horas contando historias de miedo. Incluso a veces nos dirigíamos hasta la esquina del cementerio del pueblo y ahí nos sentábamos a contarlas, ya saben, para darle un toque más tétrico al ambiente. En ocasiones nos quedábamos hasta la madrugada o simplemente hasta la medianoche, dependiendo de cuanto aguantáramos el miedo en ese lugar, cuando no queríamos seguir más, cada quien se levantaba y se iba a su casa y siempre lo hacíamos corriendo. No obstante, si aquellas reuniones de historias nos resultaban atrapantes, imagínense lo que se sentía cuando la reunión era familiar y mucho mejor aún cuando eran los abuelos quienes nos contaban sus historias. Y estoy aquí para compartirles una de esas historias que contaban los abuelos. Es una historia corta, pero deben escucharla para lo que les voy a decir. Después, cerca de la ranchería había un terreno que sobresalía porque las personas juraban haberse encontrado con un fantasma, una bruja, un duende e incluso hasta con el diablo. El hecho es que hubo un tiempo en el que el terror fue más allá, convirtiéndose en un verdadero lugar donde empezaron a suceder tragedias, tanto así que los lugareños empezaron a evitar pasar por ahí, pues no querían terminar como el desafortunado grupo de personas que fueron hallados sin vida. Esas personas habían sido encontradas durante un amanecer, con sus cuerpos hechos trizas. Parecía que se habían convertido en la cena de algún monstruo. Supuestamente había una familia de brujos que vivía por esa zona, cuya vivienda estaba oculta en medio del monte, y creían que ellos habían sido los que le habían dado aquella muerte tan horrible a ese grupo de personas. Lo que se decía era que, de alguna manera los habían embrujado y luego los habían dejado a merced de los animales salvajes de la fauna para que fueran comidos. Fue por eso que toda la gente del pueblo se las arregló para echar a esa familia. Pero antes de irse lanzaron la amenaza de que esas tierras quedarían marcadas y que la desgracia siempre caería sobre el pueblo. Y esa era la historia. Aquello quedó como una amenaza, pero pasó el tiempo y como nunca ocurrió nada, pues la gente de la época de mis abuelos y también la gente de la época de mis padres, todos creyeron que la amenaza había sido en vano. Por eso contaban la historia, porque así quedó como una historia. Pero una tarde, ya casi de noche, algo ocurrió. Yo estaba regresando del trabajo junto a un compañero. Cuando nos topamos con la policía a un costado de la carretera, uno de los oficiales nos cerró el paso y nos dijo que ya no podíamos seguir avanzando. Miré que la patrulla estaba fuera de mi casa y pues eso me hacía suponer lo peor, Así que, con ayuda de mi compañero de trabajo, logré quitarme al policía de encima y pasé. Afortunadamente, en mi casa. No había pasado nada. La patrulla estaba estacionada ahí, porque frente a la casa donde yo vivía con mis padres, en la banqueta, había una per sona tirada, había tenido una muerte tan horrible que me resultó imposible saber si se trataba de un hombre o de una mujer. No tenía su rostro, así tal cual se los digo donde tendría que estar su cara. Sólo había una masa de carne y huesos desechos. La escena era tan grotesca que no pude seguir viendo mejor. Entré a la casa y le pregunté a mi madre si sabía algo de lo que había ocurrido allá afuera. Ella me contó que habían encontrado a ese cadáver. Apenas horas antes se había escuchado un ruido muy fuerte y muy raro que nadie pudo identificar. Y cuando mi madre y los demás vecinos salieron a ver ese cuerpo ya estaba ahí. El cómo había llegado o quién lo había dejado era un completo misterio. El pueblo era chico. Todavía así que la noticia ni siquiera llegó a los pueblos más cercanos. Supongo que sí había otras personas que sabían familiares y amigos de los policías, pero más allá de eso, a la noticia no se le dio importancia. Es importante mencionar que no había policía en el pueblo. De hecho, no había policía en ningún pueblo cercano, sino que en un punto medio entre los siete pueblos de la zona, había una estación de policía con tres patrullas y los policías siempre estaban en la estación. No hacían recorridos por los pueblos, y no porque los policías no quisieran hacerlo, sino porque fue un acuerdo al que llegaron todas las gentes de los siete pueblos, porque unos cinco años antes, las patrullas y andaban haciendo recorridos, pero pasó que se presentó una emergencia en uno de los pueblos el que estaba más en dirección este y las tres patrullas andaban dando recorridos en los pueblos de dirección oeste, así que para cuando llegaron al pueblo donde estaban pasando cosas, ya era demasiado tarde, así que por eso se acordó que los policías siempre estarían en la estación y sólo se moverían si alguien los llamaba. Entonces, a pesar de que lo que estaba pasando era algo serio, la patrulla no se podía quedar a hacer vigilancia, así que los policías se limitaron a hacer la recomendación de que por el momento, nadie se aventurara a ir más allá de las orillas del monte y que, si tenían que hacer lo, que no lo hicieran solos la gente de la edad de mis padres y de menores edades hicieron caso de la recomendación de la policía. Pero, como todos deberían saber, la gente ya grande es muy terca, pues al día siguiente, dos señores de unos setenta años que eran amigos se fueron al monte porque querían comer conejo y, como ya no tenían, fueron a cazar con sus armas. Pasaron las horas los días y esos dos nunca regresaron. Fue hasta tres semanas después que alguien por casualidad, encontró los cuerpos. Estaban en las mismas condiciones que la persona que había aparecido frente a la casa donde vivía con mis padres. Era imposible reconocerlos, pero como estaban junto a sus armas. Fue por eso que supimos que eran ellos. Algo que llamó la atención fue que ambos cuerpos tenían entre los dedos una especie de pelaje como si antes de morir se hubieran peleado con un animal, Así que era obvio que ese pelaje le pertenecía a lo que los había matado. Claro que resultaba bastante raro que los cuerpos estuvieran juntos si se trataba de un animal, pues lo lógico sería que los cuerpos estuvieran separados, porque el animal primero hubiera terminado con uno y luego con el otro. Era algo raro. Los que tengan familia que vive en pueblos sabrán que cuando en un pueblo pasa algo que no se puede explicar con la lógica de inmediato, la gente empieza a sacar teorías y a ponerse paranoica. Y eso fue exactamente lo que pasó. No habían pasado ni cuatro días desde que aquellos ancianos fueron encontrados, cuando la gente que tenía armas ya se estaba organizando para montar una guardia y salir al monte a cazar al nahual. Si me preguntan la verdad, no tengo idea de que como fue que llegaron a la conclusión de que había un agual, pero para cuando yo me enteré de lo que estaba pasando ya todos habían aceptado que había un nagual en el monte. En cuanto cayó la noche, los trece hombres que se habían organizado se fueron al monte con suficientes armas y municiones. A las dos horas regresaron corriendo y asustados. Habían sido atacados y uno había sido arrastrado. Mientras todos oían como gritaba, Nadie podía entender cómo era posible que hubieran abandonado al que había sido arrastrado más porque era un muchacho hijo de alguien que no había ido. Los hombres trataron de justificarse diciendo que si se quedaban, posiblemente todos hubieran terminado muertos, pero la gente del pueblo estaba tan furiosa que casi a punta de golpes los obligaron a regresar al monte para encontrar al muchacho. Cuando regresaron, lo traían cargando. Ya estaba muerto. De repente se escuchó un fuerte gruñido. Todos volteamos en la dirección de la que venía el ruido. Entonces, a lo lejos vimos a una criatura enorme de color oscuro. Parecía un cerdo gigante, tenía manchas, garras y colmillos. Entonces alguien reaccionó y soltó el primer disparo le siguieron. Todos los demás que traían armas corretearon al monstruoso cerdo, pero por más que las balas le daban y sangraba, parecía que no sentía dolor, ya le estaban dando alcance. Cuando, para susto y sorpresa de todos, el cerdo se paró en dos patas para poder correr más rápido. Fue así que logró perderse entre los árboles, corriendo en sus dos patas traseras. Ese fue el último ataque hubo gente, entre ellos mis padres, que llegaron a la conclusión de que la aparición de esa criatura de seguro era la materialización de aquella amenaza que muchos años antes había lanzado la familia de Brujos. Cuando los corrieron del pueblo, algunos decían que eso era y otros decían que era otra cosa. Lo importante es que, a pesar de que ya no hubo ataques, nadie más volvió a adentrarse en esa parte del monte. Los familiares de las víctimas llevaron el luto por años con llantos de impotencia. Aunque hubo otros que se atrevieron a buscar a la criatura para cobrar venganza, jamás lograron dar con ella el ataque. Esto que les voy a contar. Me ocurrió cuando tenía dieciséis años, mi familia y yo iríamos a la playa de Tecolutla en veracruz de vacaciones de semana Santa. Recuerdo que la idea de mi papá era salir desde las cinco de la mañana el viernes para aprovechar todo el fin de semana, pero a mi mamá y a mí se nos hizo tarde, aunque mi papá nos estuvo apurando entre lo que mi mamá se iba a bañar y yo me arreglaba, terminamos saliendo casi a las diez de la mañana. En aquel entonces, mi papá tenía un carrito gris tipo pointer, pero era una versión más alargada de atrás que la original. A mí me gustaba mucho porque cuando salíamos de viaje, como la parte de atrás era más amplia, me podía ir acostada con mi perro. Todo pintaba para que fuera un viaje divertido, pero cuando llegamos a tecolutla todo lo malo que podía pasar pasó. Yo venía escuchando música con mis audífonos en la parte de atrás medio dormida. Cuando empecé a escuchar que mi papá se empezó a quejar. Cuando me levanté, pude ver que había una fila enorme de autos queriendo llegar a la playa. Eran casi las tres y media de la tarde. Sin exagerar, recuerdo que nos tardamos unos cuarenta minutos en llegar a la zona de hoteles y encontrar un lugar donde estacionarnos. Ya se imaginarán cómo iba mi papá estresado, cansado y muy enojado. Desde que nos bajamos del auto pudimos ver que la playa estaba llenísima. Para nuestra mala suerte, no sólo la playa estaba dos, sino también todos los hoteles. Tardamos como dos horas en encontrar un hotel que tuviera una habitación para tres personas disponible. Cuando le dijimos a la recepcionista que traíamos un perrito, nos dijo que no se permitía la entrada con mascotas. Aunque le explicamos que nuestro perro se podía quedar en el baño y mi mamá le ofreció unos billetes extras. La recepcionista se negó. Lo que hizo fue decirnos en qué hotel pudiéramos encontrar disponibilidad y que aceptaban mascotas. Aquella señora le explicó a mi papá con un mapa que tenía en la pared como llegar. Cuando nos volvimos a subir al carro, ya eran casi las seis de la tarde. Pensamos que era buena hora, porque, según lo que nos había dicho la recepcionista, si nos apurábamos, llegaríamos casi a las siete, justo antes de la noche. Fue en ese punto cuando comenzó la pesadilla de estas vacaciones. Aunque la carretera era toda recta, el problema fue que, como muchas carreteras en México, no estaba en buenas condiciones. Pasando una de las pocas curvas que tenía mi papá no vio un bache que más bien parecía un gigantesco hoyo y una de las llantas pegó haciendo que mi papá perdiera un poco el control del auto, aunque de momento no nos pasó nada y mi papá siguió conduciendo normal. Fue un poco más adelante cuando el auto empezó a hacer un ruido extraño y junto con él un olor a quemado. Se empezó a colar por las ventanas. Mi mamá le empezó a decir que se detuviera todas las luces del tablero. Se encendieron y junto con ellas el auto simplemente se apagó. Mi papá nos empezó a decir que se había quedado sin frenos. Para nuestra fortuna, del lado derecho de la carretera había una zona de hierba. Mi papá tuvo que salirse del camino y evitar que tuviéramos un accidente más grande. Afortunadamente, nadie resultó herido. Algo que recuerdo mucho de este lugar es que al otro lado de la carretera se podía ver el mar y se veía muy bonito, porque estaba cayendo el atardecer. Así que, a pesar del enorme susto que nos llevamos, algo que disminuyó lo negativo del momento fue la increíble vista que teníamos, aunque también eso era una mala noticia, porque cada vez empezaba a estar oscuro. Todos nos bajamos del automóvil para ver cómo había quedado. Cuando vi mi celular, me di cuenta de que ya eran las siete de la noche. No sé por qué. Tuve una extraña sensación como que algo nos estaba mirando detrás de los árboles y aunque me quedé viendo por un rato entre la maleza para ver si veía algo, sentí que sólo era un miedo irracional provocado por estar varados a la mitad de la nada. Mi papá abrió el cofre del auto para ver qué era lo que había fallado. Checó y movió varias cosas del motor y después hizo varios intentos para encenderlo, aunque el carro en un par de veces parecía que iba a encender. Al final, los giros de la llave que le dio mi papá terminaron por matar toda posibilidad. Al final, el carro ya no hacía nada, Sólo se le encendían las luces entre mi papá y mi mamá. Intentaron llamar a los seguros, pero ninguno de los teléfonos tenía señal. Mi mamá fue la que sugirió que nos quedáramos a dormir en el carro y al otro día ya con luz de día, camináramos para encontrar a alguien que nos pudiera ayudar o buscar un lugar donde hubiera señal y llamar al seguro. Mi papá era el que no estaba convencido y nos dijo que iba a caminar un par de kilómetros para ver si encontraba a alguien que nos pudiera ayudar algún mecánico o una grúa. Nos dio a entender que se le hacía peligroso pasar ahí. La noche, mi mamá se quedó conmigo y mi papá fue a ver si encontraba ayuda y para no irse solo se llevó al perro. Recuerdo que cuando mi papá empezó a caminar aún se podía ver sin la necesidad de una linterna, pero no pasaron ni veinte minutos cuando todo quedó en completa oscuridad. Pero no me preocupé porque mi papá se había llevado su célula, así que era tan fácil como que él encendiera la lámpara de su celular. Para nuestra mala suerte. En aquella hora que habíamos estado solas, mi mamá y yo no habíamos visto pasar ni un solo carro, era como si estuviéramos en un punto a mitad de la nada, el único carro que vimos pasar. Mi mamá le hizo señas con su celular para que se detuviera, pero al ver al señor que iba conduciendo, no nos dio confianza. Iba borracho, así que cuando se detuvo, mi mamá le dijo que se había confundido, aunque se quiso bajar para ayudarnos Mi mamá simplemente lo ignoró. Mejor tomamos la decisión de meternos al carro y dejar de pedir ayuda. Le bajamos los seguros y, aunque hacía un poco de calor, preferimos aguantarlo y subir todas las ventanas. Mi mamá se quedó en el asiento del copiloto y yo me recosté en el asiento trasero, así como había ido casi todo el viaje. Recuerdo que nos pusimos a platicar de cualquier cosa. La idea era no ponernos a pensar en el hecho de que estábamos solas en mitad de la carretera. Fueron unos minutos en calma cuando empezamos a escuchar un ruido mientras platicábamos como si algo entre la maleza se moviera. Al principio pensamos que se trataba de mi papá y de mi perro que estaban llegando, pero cuando mi mamá bajó las ventanas de su lado y gritó el nombre de mi papá, pero no se trataba de mi padre ni del perro. Escuchamos un aullido agudo que se iba mezclando con un gruñido que parecía de un animal peligroso. Al estar tratando de ver entre la maleza de qué se trataba. Mi mamá fue la que vio en la oscuridad a un ser que caminaba entre ellas. Lo extraño es que se veía como que iba caminando con dos patas recto, como si se tratara de un hombre, pero se movía como si estuviera cazando sigiloso, moviéndose lentamente entre las ramas, escondiéndose. Al principio pensamos que quizás habíamos visto mal, pero cuando se fue acercando lentamente a nosotras, vimos a su figura corpulenta. Parecía un hombre que venía de entre los árboles. Su piel era de tono grisáceo oscuro. Otra cosa que nos llamó la atención fueron sus ojos, que brillaban en la oscuridad con un color rojizo, como si tuviera un fuego en su interior. Cuando vimos aquel ser estuve a punto de soltar un grito de miedo, pero fue mi mamá la que me dijo que me callara y me escondiera debajo de los asientos. Lo que más miedo me dio fueron sus movimientos, como cuando un animal te está acechando, escondiéndose entre los árboles y la maleza, moviéndose lentamente como para no ser visto. Eso y el color de sus ojos, ese rojo fuego que hasta el día de hoy, al cerrar mis ojos, puedo ver en mis pesadillas. Cuando me agaché en el asiento por un par de minutos, todo quedó en silencio, pensamos que aquella persona o ser o lo que fuera se había ido. Pero después otra vez empezamos a escuchar como las ramas que estaban en el piso cerca del carro se empezaron a romper cada vez más cerca de nosotras y de pronto sentimos como el carro se movió era aquel ser apoyándose contra el auto. Cuando pasó esto, mi mamá rápido se pasó para el asiento de atrás y nos abrazamos mientras gritábamos y llorábamos. No sé si fue suerte o si el destino decidió que todavía no nos tocaba morir. Pero cuando pensamos que iba a pasar lo peor en la carretera, un tráiler pasó tocando su claxson e iluminando toda la oscuridad de aquel lugar. Suponemos que el conductor del trailer vio a aquel monstruo y que hizo sonar el Claxson en un leve intento de ayudarnos, pues gracias a Dios, funcionó, porque el sonido tan fuerte que hizo el tráiler provocó que la criatura se alejara corriendo y nos dejara en paz ya un poco menos asustadas. Nos quedamos abrazadas llorando. Fue casi una hora después que llegó mi papá junto con un señor de una grúa. Cuando nos vio mi papá nos encontró abrazadas con una cara de perturbación. En sus palabras, él describe que teníamos cara de haber visto al mismo demonio. Mi mamá fue la que contó entre lágrimas lo que nos había pasado, lo que habíamos visto, todo el camino hacia el pueblo. Nos la pasamos contando lo que habíamos visto, aunque mi papá seguía incrédulo hasta que llegamos al pueblo. Cuando llegamos con el mecánico al descargar el carro mi papá y todos vimos cómo había quedado un garrazo de esta criatura marcado en la puerta donde iba sentada mi mamá. Todos nos quedamos en silencio, viéndonos unos a otros. Nunca en la vida he vuelto a ver algo así y aunque muchas personas a las que les cuento mi relato me dicen que igual era un lagarto, yo nunca en la vida he visto a un reptil que camine en dos patas atropellado. Ser trailero no es sólo un trabajo. Es una vida llena de desafíos. Lejos de la familia, donde cada kilómetro es una exposición constante a los peligros de la carretera, es una pasión que se vive al volante, una conexión única con la ruta que sólo quienes lo experimentan pueden comprender hace exactamente dos años salí con un doble remolque con destino al Estado de Guerrero hacia Acapulco. Iba por la carretera de Toluca por Ixtapan de la sal en el Estado de México. La carga que transportaba era delicada y hasta cierto punto, algo urgente. No puedo decir que era lo que llevaba ni quién me envió ni para quién era. Lo que sí puedo decir es que los que enviaron el cargamento acoplaron a mi tráiler unos cristales que contaban con un blindaje de más de una pulgada. Se los comento solo para que se den una idea de qué tan delicado era lo que llevaba en ese doble remolque. A medida que avanzaba por esa carretera menos transitada, se iba haciendo de noche el motor rugía con fuerza mientras avanzaba por la carretera oscura, sólo iluminada por los faros del tráiler y el susurro del viento era la única compañía en ese tramo solitario de la carretera. A medida que avanzaba, las luces de los pueblos cercanos se desvanecían en la distancia. Sumiéndome en la penumbra de la carretera de Toluca. Los rumores entre los traileros hablaban de ese lugar como un territorio infestado de brujas inahuales, donde las sombras tomaban formas inquietantes. En las noches más oscuras. Cerca del paraje el columpio, conocido por sus cientos de cuevas y grutas, la atmósfera se volvía densa como si el aire mismo estuviera impregnado de una energía sobrenatural. Eran casi las tres de la mañana, la hora en que los relatos de lo inexplicable cobraban vida cua. Cuando la veía velocidad rondaba a los noventa kilómetros por hora. Un sobresalto se apoderó de la tranquilidad de la carretera. De repente, un animal saltó desde los árboles estrellándose contra el cristal frontal del tráiler. El impacto fue tan intenso que el blindaje diseñado para resistir balas se quebró. Mis ojos no podían creer lo que veían. Un animal había roto el cristal, algo imposible. Según la lógica, El impacto resonó como un trueno en la quietud de la madrugada. La naturaleza del choque fue tan colosal que incluso el tráiler se estremeció ante la fuerza del impacto. Desconcertado. Detuve el trailer para inspeccionar el daño. Al bajar noté algo aún más extraño. Un hombre aparentemente de unos cincuenta años yacía debajo del tráiler. La sangre salía de su cabeza. Su cuerpo distorsionado por el peso del vehículo. La realidad de la situación se volvía cada vez más surrealista. En ese momento no me detuve a reflexionar sobre el por qué había un hombre tendido en el asfalto. Si yo claramente había impactado contra un animal solo no lo pensé. Lo único que había en mi mente en ese momento era que aquel accidente no había sido mi culpa. Yo iba dentro del límite de velocidad por mi carril, así que no era mi culpa. Si decidí a llamar a la policía, me iban a detener, así que me di la vuelta y me alejé del cadáver para regresar a mi tráiler. Manejé en un estado de show durante varios kilómetros. Mi mente era un torbellino de pensamientos. Mientras el motor del tráiler rugía en la noche. El eco del impacto resonaba en mis oídos y la figura del hombre yacía como un espectro en el espejo retrovisor. Los relatos de nahuales y brujas parecían cobrar vida enredándose en mis pensamientos. Justo al salir de ese tramo, mi tráiler comenzó a fallar. Las luces parpadeaban. El motor protestaba con cada revolución. No tuve otra opción más que detenerme descendí del trailer con una lámpara en mano, la cual apenas podía medio iluminar la negrura que se cerraba a mi alrededor. Al revisar el motor, vi que se había dañado un poco por el impacto que había tenido. Estuve ahí arreglándolo hasta que las luces se encendieron con normalidad, lo que significaba que muy probablemente ya podría arrancar el motor e irme. De ahí. No sé por qué, pero antes de subir al tráiler, me dio por mirar hacia la carretera, hacia donde estaban iluminando los faros del tráiler. A unos metros de pie en la penumbra estaba el mismo hombre al que yo le había pasado por encima. No lo podía creer. El hombre estaba ahí parado con el cuerpo todo maltrecho, cubierto de sangre, lleno de heridas. No era posible que el hombre estuviera de pie y mucho menos que estuviera delante del tráiler, porque yo lo había dejado atrás. El desconsueto y el pánico se apoderaron de mí mientras murmullos de oraciones se escapaban de mis labios. Logré reaccionar subí al trailer, giré la llave y pisé el acelerador hasta el fondo, decidido a pasar por encima de ese hombre otra vez si era necesario, pues aquel tipo no se quitó de en medio de la carretera, así que le pasé por encima todas las llantas del tráiler. No me dejó otra opción. Continué por la carretera hasta que llegué a un oxo. El reloj marcaba casi las cinco de la mañana y el cajero, al recibirme, no pudo ocultar su sorpresa ante mi aspecto demacrado y tembloroso, me preguntó si estaba bien, pero yo me limité a pedir unos cigarros para ese momento. Yo ya tenía ocho años que había dejado de fumar, pero me había llevado una impresión tan grande que la única manera que se me ocurrió para tranquilizarme fue fumarme toda la cajetilla en cuestión de veinte minutos, ya más tranquilo, volví a subir al Tras las primeras luces de Acapulco. Aparecieron en el horizonte cerca de las siete de la mañana, mis compañeros al verme llegar con el cristal roto, el cual obviamente tenía rastros de sangre. No pudieron contener su asombro y me empezaron a llover las preguntas. Lo que yo respondí fue que un animal se me había atravesado y que no tuve ninguna oportunidad de frenar. Pero, siendo honesto ya con todo lo que les conté, creo que ustedes estarán de acuerdo conmigo en que lo que atropellé no fue un animal, sino que fue un nahual. Vieja historia. Mi abuelo viene de un pueblo pequeño donde se rumoreaba que abundaban los nahuales. El caso es que, para ese entonces, mi abuelo tendría unos dieciocho años y su familia tenía una pequeña tienda de abarrotes en el pueblo. Por tal motivo conocía prácticamente a todos los habitantes de o de la lugar, desde el líder de la comunidad hasta el borracho que se amanecía en las bancas de la plaza. Resultó que una noche mi abuelo se disponía a cerrar la tienda, ya que la mayoría de la gente estaba en sus casas, por lo que las calles estaban completamente vacías. De repente, mi abuelo cuenta que la calle se iluminó de golpe y sobre el cielo vio pasar unas bolas de fuego en dirección al monte. Ya había escuchado acerca de que esas cosas pasaban. De hecho, siendo más joven, le había tocado ver eso alguna vez, pero en esa ocasión había algo distinto. Dijo que se sintió inquieto ansioso, como si algo malo estuviera por pasar cerca del pueblo. A unos quinientos metros de la entrada pasaba el río, el cual él y sus amigos solían ir a pasar el rato de vez en cuando y cuando conoció a mi abuela también solían ir a pasear por esos lados. Fue uno de esos paseos de varios días después de haber visto aquella cosa en el cielo que se toparon con algo realmente escabroso a la orilla del río. Parecía estar tirado algo un bulto que al acercarse dejaba en claro que se trataba de una persona. El cuerpo estaba hinchado como si llevara ya días a la intemperie, La piel estaba completamente morada y no tenía rostro como si algo se lo hubiese arrancado. Además, el cuerpo no estaba completo. Mi abuelo rápidamente tomó a mi abuela y salieron corriendo de vuelta al pueblo para avisarle a todos lo que habían visto. Al llegar, toda la multitud se preguntaba quién era esa persona. No había manera de reconocerlo, al menos no a simple vista y menos por el estado de descomposición en el que estaba. Sin embargo, mi abuelo alcanzó a reconocer la cadena que traía puesto aquel hombre. Era un amigo de mi abuelo que era unos cuatro años mayor que él, y llevaba días sin verlo. Aquello pudo haber pasado como la muerte de un hombre que había sido de forma accidental. El problema fue que esa morra muerte fue la primera de varias. Después del entierro, apareció un segundo cadáver. Este estaba en el monte que queda detrás de aquel río y era igual, sin rostro, sin extremidades. La piel estaba desgarrada como si una bestia enorme lo hubiese triturado entre sus dientes. La gente del pueblo empezó a sentirse inquieta. Las mujeres ya no iban a lavar solas al río. Pronto se había empezado a correr el rumor de que la muerte de aquellos jóvenes no había sido provocada por un accidente, que habían sido atacados, pero por algo que no era humano. Había algo más siniestro y oscuro detrás de aquello, una bestia o un nahual. Una noche, mientras todo el pueblo dormía, se escucharon gritos que venían de la calle. Los gritos pertenecían al borracho del pueblo que siempre se la pasaba bebiendo a orillas del río, porque ahí era donde había muerto su esposa cinco años antes. El hombre corría gritando que lo iban a matar, que ahí venían detrás de él. Varios hombres del pueblo salieron armados a su encuentro y le preguntaron de dónde venían en dónde los había visto. Les comentó que estaba en el río bebiendo como siempre cuando del otro lado de la orilla, en el monte que queda cruzando el río, le pareció ver algo que se movía entre los matorrales. Se paró para ver bien de qué se trataba entre la maleza. Vio salir a una mujer muy hermosa de un atuendo blanco y cabello negro a medida que ella cruzaba el río. Dijo que sus facciones empezaron a cambiar y aquella mujer se hacía cada vez más y más grande. Parecía desprenderse de su piel y luego había cambiado completamente su aspecto, aunque con ciertos rasgos humanos. Ahora parecía más ser la cara de un cerdo. Al retroceder entre el miedo, aquella cosa se le fue encima y, como pudo, se incorporó y corrió directo hacia el pueblo volteó a ver hacia atrás y cuando lo hizo, notó que no solamente aquella mujer que estaba a la orilla del río, sino que del otro lado había otras tres figuras bastante altas en la oscuridad de extremidades alargadas y con ojos brillantes. Si para ese momento a alguien le quedaba alguna duda que había nahuales con lo que contó el borracho, se pudo tener la certeza. Y aquí quiero hacer una aclaración. Mi abuelo decía que ese señor, por más ebrio que estuviera jamás se ponía impertinente. Él tomaba por tristeza, no por vicio, y a pesar de siempre estar alcoholizado, nunca molestó a nadie ni se metió en problemas. Por eso la gente le creyó. Todos empezaron a debatir si era buena idea matar al Nahual, pero el padre de mi abuelo intervino y les aseguró que adentrarse en el monte sería prácticamente meterse en la boca del lobo. Se les ocurrió que la mejor forma era hacer que los nahuales vinieran al pueblo. De esa manera podrían rodearlos n r nrlos sin darle oportunidad de escapar. Pero para poder lograr eso, alguien tendría que ser la carnada. Mientras todos se volteaban a ver sin ofrecerse, el señor que siempre presumió ser el más valiente de todos, dijo que él sería la carnada. Ese hombre tomó su machete, su escopeta y se fue directo al río. La idea no era que él enfrentara a ningún hual, pero tenía que ir prevenido por cualquier cosa. Caminó hasta la orilla del río y desde ahí empezó a hacer escándalo y a gritar para que los nahuales aparecieran. No pasó mucho tiempo antes de que saliera uno su hocico tenía unos dientes filosos y negros. El hombre dio un disparo al aire, lo que provocó que los otros nahuales se asomaran. Él sabía que no podía dispararle directo a ninguno, porque eso provocaría que se enojaran. Entonces, lo que hizo fue empezar a correr de regreso al pueblo, pero no demasiado rápido, para que los nahuales no dudaran en seguirlo. Además, mientras corría, iba a r dando disparos al suelo, pero cerca de las patas de los nahuales para que no lo fueran a alcanzar y al mismo tiempo, eso era como retarlos. Así se aseguraba que los nahuales no se dieran media vuelta y regresaran al río. El hombre tuvo la suerte de alcanzar a llegar corriendo al pueblo cuando ya casi estaban por agarrarlo los nahuales. Entonces todos los hombres, que ya estaban escondidos listos con las armas empezaron a disparar aquellas cosas. Mataron a dos y a uno lo dejaron malherido. Ese nahual alcanzó a escabullirse entre la lluvia de balas y salió corriendo en dirección de regreso al río. Fue entonces que los hombres encendieron sus antorchas y con las escopetas y el machete en mano, se adentraron al monte para matar al último de los nahuales. Sin embargo, no tuvieron suerte. El nahual se les escapó, pero por lo menos ya no regresó a atacar a la gente del pueblo habitantes. Vivíamos con mi familia en una casa muy cerca del bosque. Por semanas, mis abuelos y algunos tíos le recriminaron a mi padre que hubiera comprado un terreno para construir la casa tan cerca de ese lugar, pues había rumores de que en esas tierras hace muchos años habían sido habitadas por nahuales. Recuerdo que cuando la familia nos visitó, intentaron cerciorarse de qué tan lejos estábamos del supuesto territorio de nahuales. Años después, mi papá, que trabajaba como maestro de construcción, se hizo amigo de una familia que recién había llegado al pueblo. Ellos vivieron cerca de nuestra casa por un tiempo, hasta que nos contaron que habían encontrado una oferta económica sobre un terreno muy adentrado en la zona Boscosa y que seguramente en unos meses estarían mudándose para allá. El amigo de mi papá lo invitó varias veces a ver el l terreno. Sin embargo, por motivos de trabajo. Mi padre jamás pudo verlo. Un día. Una vecina que generalmente nos vendía pan nos contó que alguien muy ingenuo había cometido una locura. Mi mamá, que es muy curiosa, comenzó a preguntar cuál había sido esa imprudencia. La vecina le comentó que alguien había comprado una parcela de tierra y estaba construyendo una casa por allá, donde se decía que hace muchos años atrás habían ocurrido desapariciones en el pueblo. Se rumoraba que aquellas misteriosas desapariciones habían sido a manos de nahuales que siempre habían habitado en esa zona. Mi mamá preguntó quiénes fueron los ingenuos compradores. La vecina mencionó que alguien le había dicho que los compradores eran nuestros ex vecinos. Mi mamá cree mucho en ese tipo de cosas. De hecho, durante los primeros años que estuvimos viviendo en esa parte, siempre le preocupó el tema de los nahuales, aunque nuestros familiares nos dijeron que nosotros estábamos runs era de la zona peligrosa. Esa tarde, por alguna razón, volvió su preocupación. A la semana siguiente, mi papá volvió de un viaje que había tenido que hacer fuera del pueblo, ya que estuvo atendiendo una obra por varias semanas. El día que él llegó, mi mamá le comentó lo que había dicho aquella. Señora, mi papá no cree mucho en la existencia de nahuales o cosas sobrenaturales. Sin embargo, por insistencia de mi madre, decidió ir a visitar a su amigo para contarle aquel rumor, pues para ese entonces ellos ya se habían mudado a su nueva casa, la cual estaba en aquel terreno marcado. Mi papá cuenta que cuando vio a su amigo y a su familia los notó un poco nerviosos. Después de platicarle lo de su nueva casa. Su amigo estaba muy feliz por verle, pero aún así se podía ver una expresión de temor en su cara. Mi papá intentó aliviar la atención bromeando sobre los rumores del lugar, pero notó que su amigo no estaba del ndo todo convencido de que todo estuviera bien. Ese día, mi papá no vino a la casa, ya que su amigo lo invitó a quedarse en la suya, pero lo que nos contó al día siguiente nos dejó a todos muy angustiados. Mi papá cuenta que esa noche comieron y bebieron, compartieron anécdotas e incluso pusieron música a todo volumen. Al principio no hubo problema, pero todo comenzó a ponerse extraño. A partir de la medianoche comenzaron a oír aullidos que poco a poco se acercaban hasta la casa. El amigo de mi papá tenía varios animales de granja, los cuales extrañamente comenzaron a alterarse sin previo aviso. Al ver aquello mejor, decidieron terminar la fiesta y mejor irse a dormir. En ese momento, mi papá cuenta que su amigo comenzó a cerrar todo con mucho sigilo. De hecho, era muy raro. Por algún motivo, la casa la habían construido con ventanas que estaban aseguradas con una especie de puerta de madera. El amigo de mi papá le comentó que habían colocado ese doble seguro en todas las ventanas debido a que un día vieron como un perro bastante extraño. Se había acercado a la casa durante la noche. Mi papá cuenta que esa noche durmió en la sala de la casa de su amigo, pues todavía se sentía un poco mareado y bebido. Su sueño fue interrumpido bruscamente por un sonido seco y abrupto. Era el sonido de un disparo de escopeta. Mi padre se levantó rápido y desorientado, comenzó a gritar como loco. Al momento apareció su amigo bastante alterado y con una escopeta en las manos. Mi papá inmediatamente pensó que se trataba de algún ladrón que se había colado a la casa, pero su amigo le insistió que lo acompañara a buscar el animal que se había metido y así, de ese modo podría darle el tiro de gracia para por fin acabar con él. El amigo le pasó un machete a mi papá, quien estaba bastante sorprendido. Mi papá dice que su amigo abrió rápido la puerta y salieron de la casa con escopeta machete. Mi papá no sabía exactamente qué buscaban hasta que su amigo le comentó que estaban en busca de un perro de color negro, uno que era peculiarmente raro, ya que sus ojos eran rojos brillantes entre los dos. Buscaron durante toda la zona por un buen rato hasta que encontraron unas manchas de sangre que se veían bastante frescas, pero eso fue lo único que hallaron. Como no encontraron al animal, decidieron regresar al interior de la casa. El amigo de mi papá le contó que no era la primera vez que había visto a ese animal y que por eso había tomado la decisión de cerrar las ventanas de la casa, como lo había hecho. Según él, aquel perro negro con ojos rojos había aparecido en varias ocasiones, siempre dejando tras de sí una estela de intranquilidad, pero ahora no sabía cómo es que se había metido aquel perro si en teoría ya estaba todo asegurado. Le contó que ya los había atacado en una ocasión anterior y le había quedado un recuerdo de ese enfrentamiento. El amigo de mi padre le mostró su antebrazo y mi papá pudo ver una cicatriz reciente en donde se veían los colmillos de un perro uno gigante. Mi papá le dijo a su amigo que lo mejor era comprarse un perro, que eso seguramente ayudaría a ahuyentarlo, si es que en dado caso volvía. Fue en ese momento que su amigo le comentó que ya lo había hecho en una ocasión y de hecho, fueron dos perros los que había comprado, pero al otro día amanecieron sin vida. Era como si un perro más grande u otro animal los hubiera atacado. Mi padre le dijo que eso era muy raro. Además de aterrador, mencionó también que lo mejor sería que vendiera la casa. Su amigo dijo que eso ya lo había pensado, pero si lo hacía, debería ser a un foráneo que no conociera lo que pasaba en aquel sitio. Además, debería tenerla su fino sangre fría para vendérsela a alguien. Sabiendo lo que pasaba en esa casa. Le comentó que había gastado todo su dinero para construir esa casa y, de hecho, estaba bastante endeudado como para salir y rentar en otro sitio. El amigo de mi papá le pidió de manera desesperada que, por favor, le ayudara a encontrar una solución, pues él ya no sabía qué hacer, así que mi papá trató de ayudarlo de todas las maneras posibles. Durante esa semana, mi papá le salió un contrato nuevamente fuera del pueblo. Nos dijo que sería cerca de dos meses, pero sí podía regresaría antes. Así que, antes de irse pasó a visitar a su amigo, pero sólo encontró a su esposa y a su hijo en brazos. La señora mencionó que su esposo había salido por unos días con la intención de ofrecer la casa a una buena inmobiliaria y que planeaba regresar en dos días a lo mucho, ya que para eso había tenido que ir hasta la capital, que debía llegar a ese día más tarde que, en cuanto llegara ella le diría que le marcara a mi papá y al anochecer mi padre recibió la llamada de su amigo. La voz del amigo de mi papá sonaba nerviosa y agitada. Le explicó que había logrado vender la casa a una pareja de recién casados que buscaban un lugar tranquilo. Mi papá se sorprendió por la decisión. Sabiendo los problemas que la casa tenía. El amigo le contó que les había ocultado la verdad no quería asustar a los nuevos dueños. Mi papá, aunque preocupado, no sabía qué más podía hacer en ese momento. Le pidió a su amigo que se mantuviera en contacto y que le informara si ocurría algo extraño. Durante las siguientes semanas. Mi papá continuó con su trabajo fuera del pueblo, pero no dejaba de preocuparse por la situación en la casa de su amigo. La distancia y la incertidumbre se sumaban a su inquietud, pero no podía abandonar sus compromisos laborales. Un día, mi padre recibió otra llamada. Esta vez, la esposa del amigo de mi papá estaba el teléfono y su tono denotaba angustia. Contó que su esposo aún no regresaba y habían perdido contacto con él desde que salió hacia la capital por segunda vez ya para cerrar la venta de la casa. La preocupación creció en mi papá, quien decidió regresar antes de lo previsto. Al llegar al pueblo, mi papá se enteró de que la pareja de recién casados había desaparecido junto con su amigo. La gente del pueblo estaba inquieta y algunos murmuraban sobre la maldición del perro negro. La historia no tiene un final feliz. Ni el matrimonio ni el amigo de mi padre fueron vistos nunca más. La manada. Viví una experiencia única en el Estado de Puebla, cerca de la Huejotzingo Allá por el año de mil novecientos cincuenta, mi afición por la fiesta y la diversión me llevó al cierre de carnaval en un alejado rancho. Justo un domingo antes de la semana Santa la tarde. Se me fue entre bailes y risas. Ya en la noche me disponía a llegar a mi casa, pero mis amigos me recordaron que no era buena idea irme en ese momento, porque para llegar hasta mi casa tendría que atravesar la barranca y que cuando había luna llena como esa noche, en la barranca se aparecían seres sobrenaturales. Pero yo no le había avisado a mi señora que iba a andar en esa fiesta, así que tenía que regresar a la casa. Sí o sí. Por eso decidí aventurarme en la oscura travesía de regreso a casa. El viento nocturno susurraba entre los árboles, provocando el crujir de las ramas. Las sombras proyectadas por la luna tomaban formas que me estaban empezando a poner nervioso. El silencio de la noche se rompía sólo por el sonido de miss pasos. Las sombras se cerraban a mi alrededor, dando vida a la inquietante sensación de que algo más allá de lo visible me observaba. A medida que avanzaba, el rancho quedó atrás y los campos de siembra se extendían como un mar de oscuridad. Me estaba acercando a un gran árbol. Cuando entre las sombras comencé a percibir movimientos. Figuras oscuras como perros se acercaban sigilosamente. La noche les daba una apariencia casi humana en su torpe andar. La duda y el temor se apoderaron de mí. Mientras contemplaba a esos extraños caninos. Acercándose recordé las advertencias de mis amigos sobre las criaturas sobrenaturales que se aparecían cerca de la barranca, decidí subir al árbol al notar que esos caninos estaban haciendo ruidos extraños que no se parecían ni a sonidos de perros ni a sonidos de coyotes. Cada paso resonaba en la penumbra y las sombras proyectadas por la luna jugaban con mi percepción en la cima del árbol. El silencio se rompió con aullidos inusuales que enviaron escalofríos por mi espalda. Aquellos caninos se acercaban y desde mi refugio pude distinguir sus formas oscuras entre la maleza. Los inquietantes aullidos llenaban el aire mientras permanecía en lo alto del árbol. Sintiendo la presión de la oscuridad. A mi alrededor, las sombras de los caninos se movían entre la penumbra. Vi como poco a poco se acercaban las criaturas, pero sólo veía enormes sombras negras en la noche que entre la oscuridad parecían humanos caminando como si fueran perros. Todo era extraño En ese momento contuve la respiración mientras esas sombras negras se fueron acercando. Al paso de unos segundos, me di cuenta que eran más de cinco las cosas que me estaban rodeando desde el suelo. Sus ojos brillaban con una intensidad mayor a la de la luna llena. Entonces de entre la maleza sal sal son la la primera de esas criaturas. De inmediato me quedó claro que no se trataba de animales, porque su tamaño era descomunal y de su mandíbula sobresalía una hilera de dientes tan afilados como navajas. Lo que yo estaba viendo era un gual. Mi desesperación crecía y con voz temblorosa, le empecé a rezar a Dios para que me sacara. De ahí. Entre los cinco nahuales, sabía uno que era más grande que los demás. Evidentemente, era el líder. De repente, el líder de los nahuales. Se paró sobre sus patas traseras tomando una postura más humana. Mis ojos no podían apartarse de la figura imponente que ahora se erigía frente a mí. Ese nagual, caminando en dos patas, se acercó hasta el árbol y me olfateó de una manera espantosa. Hacía mucho ruido y de su nariz salía un líquido como café. Luego de que ese nahual me olfatió, dio una especie de aullido muy estridente. Con ese aullido, los nauales se empezaron a alejar. El que estaba parado en dos patas se quedó unos momentos más. Luego volvió a su postura de animal y también se alejó. Yo estaba tan asustado que me quedé trepado en ese árbol hasta que salió el sol. Cuando escuché el cantar de los gallos, me atreví a bajar del árbol. La tierra firme bajo mis pies. Aunque reconfortante, no disipaba del todo la tensión que se había apoderado de mí durante aquel encuentro sobrenatural, con pasos apresurados y el eco de los aullidos de los nahuales aún resonando en mi cabeza. Me fui corriendo hasta mi casa. Cuando llegué abrí la puerta de un fuerte empujón llevaba tanta adrenalina que rompí la chapa. Mi esposa, asustada, salió rápido del cuarto con un palo en la mano. Ella pensaba que algún ladrón se había metido a la casa. Ella con la mirada fija en mis ojos desvelados, pudo percibir en mi rostro que yo estaba muy asustado. L luego de que le or lo que me había pasado con los nahuales, lejos de preocuparse, me empezó a regañar y a decirme que cómo era posible que a mí se me hubiera ocurrido caminar por ahí, cuando yo conocía perfectamente la historia de esos nahuales, Mi esposa tenía razón. Todos en la región sabíamos la leyenda de los nahuales. Lo que se dice es que muchos años antes había un padre soltero que tenía cinco hijos. Como él tenía que cuidarlos, no podía trabajar, así que para darle de comer a sus hijos dependía de la caridad de la gente. Ese señor le pidió a Dios que le ayudara, pero no fue escuchado. Entonces le pidió al Diablo de inmediato. El diablo se le apareció y le aseguró que él le ayudaría a que ya no batallara para alimentar a sus hijos, que lo único que tenía que hacer era estrechar su mano. El señor lo hizo. En ese momento, tanto él como sus hijos se empezaron a transformar en monstruosos nahuales. El Diablo había cumplido su promesa, porque a partir de ese momento, cuando quisieran comer, era tan fácil como atrapar a una persona. La experiencia tan cercana que yo tuve con esos cinco nahuales me dejó un trauma imborrable ruina. Llegaron las vacaciones de verano y mi papá en su deseo de enseñarme desde pequeño lo difícil que era mantener a una familia. Me mandó al pueblo. A mí no me gustaba ese lugar porque las calles no estaban pavimentadas. Cuando caminaba el polvo te ensuciaba la ropa, la cara incluso la boca. Pero como yo sólo tenía once años, no tenía de otra más que obedecer a mi papá El día que llegué al pueblo, noté que mis tíos estaban preocupados. Sin embargo, a mí me trataron muy bien. Ellos no tenían hijos, así que a todos sus sobrinos los trataban con cariño como si fueran hijos propios. Al día siguiente de mi llegada o la r o, el tío me pidió que lo acompañara a darle de comer a las gallinas. Cuando llegamos al gallinero, encontramos que más de la mitad de los animales estaban muertos. Parecía que habían sido atacados por un animal grande como un lobo o algo así. Mi tío se agachó para tomar entre sus manos a una gallina que aún se movía a pesar de lo lastimado de su cuerpo. Me pidió que fuera a llamar a mi tía para que lo ayudara a limpiar el lugar y me dijo que me encerrara en la casa y que por nada se me ocurriera salir. Eso que me dijo se me hizo raro, pero no quise preguntarle el por qué me decía eso, ya que lo vi muy exaltado. Me fui de regreso con mi tía y durante el camino entre algunos pastizales, vi un puerco que se veía diferente a cualquier otro puerco que yo hubiera visto. Este lucía muy gordo y demasiado rosado. Lo que me sorprendió fue que sentí cómo se me quedó mirando mientras yo caminaba para cerciorarme si me estaba viendo o si tan sólo era mi imaginación. Lo que hice fue girar mi cabeza y sí ahí estaba el puerco con su mirada fija en mí no supe cómo interpretar eso. Simplemente me pareció un comportamiento fuera de lo normal. Tratándose de un animal. Olvidé el asunto y me fui rápido con mi tía. Cuando le conté lo sucedido, colocó sus manos sobre su boca y con una expresión de horror, dijo que tenía que regresar al gallinero. En el momento en que se fue yo, por mi parte, me quedé en la casa tal y como me lo había ordenado mi tío. Me recosté sobre la cama y encendí la televisión En el pueblo. Sólo se veía un canal eran noticias, pero era peor no estar viendo nada. No pasó mucho tiempo para que yo empezara a aburrirme y a pensar en qué podía hacer para entretenerme. Un rato como el gallinero no estaba muy lejos de la casa. Calculé que si salía a jugar con mi pelota, podría ver a lo lejos cuando mis tíos vinieran de regreso, y eso me daría tiempo de entrar a la casa sin que ellos se r dieran ns cuenta de que me había salido. Tomé mi pelota y salí a botarla contra la pared En una de esas veces, la pelota votó tanto que se me escapó de las manos y cayó colina abajo. Como no había más juguetes con los cuales jugaré en esa casa, me eché a correr detrás de ella para no perderla. La colina estaba tan inclinada que resbalé y caí rodando el resto de la colina. Cuando me levanté, noté que una de mis rodillas estaba sangrando y que mi pantalón estaba roto. Cojeando subí la colina, pero con mucha dificultad. Después de dar unos cuantos pasos, me acordé de mi pelota y volví a bajar por ella. Pero por más que busqué, la pelota no estaba por ninguna parte ya resignado. Me di la vuelta y en eso un hombre parado frente a mí extendió su brazo para entregarme mi pelota. Le agradecí la tomé, pero el señor no dijo nada. Sólo me miró fijamente con una expresión muy seria. Me me sentí incómodo, sobre todo porque no tenía idea de dónde había salido. Ese señor apareció de la nada, lo cual me dio un poco de miedo. Por eso empecé a caminar para irme. Fue en ese momento en que el señor me preguntó si necesitaba ayuda. Le respondí que no seguí caminando, pero sentía como el hombre me seguía mirando. Volteé y él estaba ahí parado. Me dio desconfianza el hombre y pensé que quería hacerme daño. Así que lo más rápido que mi lastimada pierna me permitía seguí mi camino. Unos pasos más adelante, sentí unos brazos que me sujetaron con bastante fuerza. Intenté defenderme pataleando y gritando, pero esos brazos eran muy fuertes en el forcejeo vi que el hombre que me entregó la pelota era quien me estaba llevando contra mi voluntad. Sentí que era el final, pero en eso escuché un disparo y a ese disparo siguieron varios más. Entonces el hombre cayó al suelo, dejándome ver que al otro lado estaba mi tío con una herra escopeta. Corrió, me tomó de la mano y nos fuimos directo a la casa. Ya estando dentro de la casa, mi tía me abrazó como si nunca me hubiera visto antes y curó la herida de mi rodilla. Mientras mi tío me contó sobre la existencia de los nahuales seres con poderes sobrenaturales y una maldad insaciable, los cuales podían cambiar de forma, pero siempre con el objetivo de hacer daño. También me dijo que era muy probable que sus poderes los obtuvieran gracias a rituales satánicos. Eran criaturas muy peligrosas. Yo entendí un poco lo que me decía, pero lo que no me quedaba claro era por qué me estaba diciendo eso. Si a mí me había atacado un señor no un monstruo. Entonces mi tío me pidió que me asomara por la ventana. Cuando lo hice, me di cuenta que el cadáver que estaba tirado afuera no era el de una persona, sino el de un enorme cerdo, el mismo que se me había quedado mirando cuando caminé del gallinero a la casa de mis tíos. El nahual al que había había matado mi tío era el mismo que había matado a las gallinas y a todo el ganado. No era la primera vez que ocurría algo semejante en el pueblo, pero sí se trataba de la vez que más tragedias había provocado y la que había durado más tiempo. Todos los habitantes de ese poblado conocían de antemano la presencia de nahuales en la zona y las cosas espantosas de las que eran capaces, pero ninguno se había atrevido a enfrentarlos por temor. Mi tío fue el primero en desafiar a una criatura como esas, precisamente porque había sido el primero. Recuerdo que Después de eso, en numerosas ocasiones, mientras caminábamos por el pueblo, mi tío era felicitado por los pueblerinos, los cuales admiraban su valentía. El resto de mis vacaciones las pasé con ellos, pero eso sí nunca me volví a despegar de su lado ni a desobedecer sus instrucciones. El uison La historia que quiero compartirte se remonta a unos años atrás, cuando mi tía se enamoró de un hombre. Aunque la sociedad y las tradiciones rodeaban su historia con misterio y supersticiones, a mi tía nunca le importó, ignoró las advertencias que la rodeaban y decidida formó una familia con este hombre marcado por el destino. El tiempo pasó y mi tía tomó una extraña distancia de nuestra familia. Sin ofrecer una explicación clara, el misterio que rodeaba su vida se volvía más denso con el tiempo, alimentando la curiosidad y el temor entre nosotros. Un día, mi madre decidió contactarla. Necesitaba pedirle la autorización para llevarme a su casa durante algunos días, ya que tenía que emprender un viaje y no podía llevarme. La respuesta fue afirmativa y pronto me encontré. Camino a la casa de mi tía y su esposo. Al llegar fui recibido con brazos abiertos. Mi tía me mostró el cuarto donde dormiría y más tarde compartimos una cena. Los días pasaron sin problemas hasta que fue en una noche de martes cuando las cosas se pusieron aterradoras. Eran cerca de las ocho de la noche y el silencio pesaba en el ambiente. Todos nos retiramos a descansar, pero me levanté más tarde. Cerca de la medianoche. Con pasos sigilosos, salí de mi cuarto. La casa estaba sumida en un silencio inquietante. Al dirigirme al jardín, noté a mi tío caminando hacia la cocina un hambre repentina. Parecía haberlo impulsado, pero decidí no interrumpirlo. Mientras permanecía viendo la noche del jardín, una sombra se deslizó desde la cocina, atrayendo mi atención hacia una zona oscura en la parte trasera de la casa. La curiosidad despertó en mí un impulso incontrolable de seguirlo en silencio. Manteniéndome en vida visible a sus ojos. En la oscuridad, presencié una transformación que desafiaría toda lógica. Mi tío se colocó en cuatro patas, adoptando la postura de una bestia en la penumbra bajo la tenue luz de la luna Sus movimientos imitaban a los de un perro, pero su rostro sufrió una metamorfosis aterradora. Los rasgos familiares se desvanecieron para dar paso a una expresión salvaje. Emitía sonidos perturbadores, una mezcla de quejidos y aullidos que resonaban en la oscuridad de la noche. Sus ojos brillaban con una intensidad sobrenatural y sus dientes sobresalían amenazadoramente de su boca, la cual dejaba escapar cantidades excesivas de saliva que se esparcían por el suelo, mientras agitaba su cabeza de manera grotesca. La escena macabra me dejó sin aliento. Paralizado por el terror que se apoderó de mí. El deseo de gritar se vio sofocado por el miedo que bloqueó mi garganta y, en lugar de eso, opte por correr. El correr frenético me llevó lejos de la escena macabra, pero el eco de los aullidos y la imagen de mi tío, transformado en Luison, perseguían mis pensamientos como sombras inquietantes. Tembloroso. Me refugié en mi cuarto, incapaz de apartar de mi mente. La grotesca metamorfosis que presencié la noche se volvió eterna mientras estaba despierto, temeroso de lo que podría suceder a continuación. De repente, un grito inhumano resonó por la casa, retumbando en las paredes como un lamento desgarrador. Mi tío reveló su destino maldito como Luisón, condenado a vivir, transformándose en una criatura de pesadilla. Por supuesto que nunca volvía a esa casa y hasta el día de hoy jamás hemos vuelto a tener contacto con ellos relatos escritos y adaptados por Ramiro contreras