Investigué El Posible Nacimiento Del Anticristo Historias De Terror - REDE

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Ojos violetas. Esto que voy a contar sucedió en la ciudad de México en el año dos mil cuatro. En ese año yo formaba parte del Estado mayor presidencial, que podrÃa decirse que era algo asà como el servicio secreto mexicano. En realidad se sabe muy poco de las actividades que realizábamos. Casi todo está resguardado bajo el carácter de seguridad nacional. Tanto que, independientemente de que yo no esté diciendo mi nombre ni esté dando mis credenciales, el Departamento de Inteligencia me encontrarÃa y yo terminarÃa encerrado en una prisión militar o hasta podrÃa sufrir un accidente. Ya saben, asà que trataré de ser muy preciso en las cosas que puedo compartir. Algunas de las funciones más elementales de los agentes del Estado mayor presidencial giraban alrededor de la seguridad tanto del Presidente como de otras figuras de suma importancia para la estabilidad polÃtica del paÃs. Por ejemplo, si el Presidente que en ese entonces era FOX, iba a acudir a cualquier ciudad, tenÃamos que hacer rondines en caravana durante varios dÃas, antes, inclusive semanas. Además de que, al mismo tiempo que se realizan los rondines, también se hacen trabajos de infiltración, es decir, que algunos elementos se hacen pasar por indigentes, trabajadores de los negocios, cercanos, tránsitos civiles hasta vendedores ambulante, todo con tal de detectar hasta la más mÃnima posibilidad de que ocurra un atentado en caso de darnos por enterados de que algún grupo u organización estaba planeando cualquier tipo de operación, Realizábamos trabajos de contrainteligencia para garantizar que todo estuviera en orden, para que cuando el Presidente llegara al lugar, no corriera ningún peligro. Aparte, siempre habÃa un equipo montado en vehÃculo listo para una extracción de emergencia. En ese vehÃculo estaban los elementos con la mejor preparación de todo el paÃs. No eran cualquier agente, Eran armas mortales dispuestos a pasar por encima de civiles niños si fuera necesario, con tal de proteger la vida del Presidente. Otro dato que puedo compartir era que nadie podÃa postularse para formar parte del Estado mayor presidencial. Todo era por recomendación de los altos mandos dentro del mismo cuerpo. Ciertamente era más fácil entrar si eras miembro de las fuerzas armadas o de la policÃa federal. Creo que también puedo decir que ni siquiera nuestra familia podÃa saber que éramos parte del Estado mayor presidencial. Por poner un ejemplo, Si alguien de una unidad convencional de las fuerzas armadas era seleccionado para unirse al cuerpo, su nómina seguÃa siendo de esa unidad convencional, no se le daba de baja ni se le transferÃa. Si alguien revisaba, encontrarÃa que esa persona aún formaba parte de su unidad convencional. Lo que se hacÃa con todos los miembros, incluyéndome, era que nos daban una doble vida. Es decir, tenÃamos nuestra identidad real con familia y con una nómina, ya fuera de la policÃa federal, de unidades convencionales o de las fuerzas especiales. Pero aparte tenÃamos otra identidad la que utilizábamos para trabajar dentro del Estado mayor presidencial. Ni siquiera entre nosotros sabÃamos nuestros verdaderos nombres. Una cosa más, la única manera de causar baja era la muerte. HabÃa una alternativa, eso era ser transferido a una institución psiquiátrica de manera permanente. No se daba la baja, pero ya no se era un activo. Esa alternativa se daba bajo la advertencia de que si se abandonaba la institución psiquiátrica, si se ponÃa un pie fuera, se recibirÃa una bala directo en la frente. Una cosa más, antes de que alguien vaya a decir que en México no existen los agentes, los invito a que lean un libro de historia. Ahà se darán cuenta de que el Gobierno mexicano tiene agentes secretos desde hace más de cien años. Si no me creen investiguen el caso de la de la gente diez b que era un espÃa secreto al servicio del Gobierno mexicano, y no sólo eso, sino que ese espÃa secreto mexicano estaba infiltrado en lo más alto del Gobierno de Estados Unidos. Tanto asà que logró enviar documentos clasificados de la Casa Blanca hasta la Presidencia mexicana. Asà que si hace cien años la Presidencia mexicana podÃa tener espÃas secretos infiltrados dentro del Gobierno más poderoso del mundo, Entenderán que es bastante creÃble que hace veinte años el Gobierno mexicano tuviera agentes secretos operando dentro del territorio nacional. Entonces, ya que expliqué cómo funcionaba el cuerpo en el que yo trabajaba, puedo proceder a contar la historia. Todo comenzó en una morgue, un matrimonio que era muy cercano. Al Presidente Fox solicitó la ayuda para encontrar a la persona que le habÃa quitado la vida a su hijo. Asà que se formó un pequeño equipo y nos asignaron resolver el caso. Lo primero, por supuesto, fue acudir ver el cuerpo. Para esto fuimos a la morgue de la funeraria más exclusiva del paÃs, una que ofrece unos servicios tan costosos que sólo la gente más pudiente se lo puede permitir. La ventaja es que todo se manejaba con tal discreción que la prensa nunca sabÃa cuáles eran los difuntos que llegaban a sus instalaciones. Cuando llegamos ahà estaban los padres. El señor era el dueño de una empresa muy importante y la señora manejaba un museo de arte. Nos presentamos con ellos, les dimos el pésame y entramos a ver el cuerpo dentro del amor que estaba el doctor para darnos todos los detalles que necesitábamos saber. No puedo hablar mucho de eso. Además, no es importante. Lo verdaderamente relevante es que el muchacho que estaba sobre la plancha no era una persona común. Su piel era exageradamente blanca, casi al vino. Aparentaba tener unos veinte años, pero en realidad tenÃa más de treinta. Y lo más impresionante de todo era que sus ojos eran de color violeta, un color que se supone que no existe dentro de las variedades de tonalidad que el ojo humano puede tener. Una persona puede tener ojos de color negro, café, naranja, oliva, verde, azul, gris y, ya en casos extremos, blanco o rosa, pero eso ya se debe a mutaciones genéticas que afectan la vista. Pero es imposible que un ser humano tenga ojos de color violeta. No estoy diciendo que el hijo de aquel matrimonio no era humano. Estoy diciendo que no era posible que tuviera ese color de ojos. El médico no tenÃa una explicación que darnos, pero nos comentó una cosa bastante curiosa. Mencionó algo llamado sÃndrome de alejandrÃa. Nos aclaró que eso no era un término médico que, de hecho, la ciencia afirmaba que esa condición no existÃa. Pero al parecer tenÃamos delante de nosotros la prueba de que el sÃndrome de alejandrÃa era real. Nos explicó que se trataba de una supuesta mutación genética que afectaba no sólo la tonalidad del l ojo, sino que esa misma mutación proporcionaba una mayor vitalidad, lo que, por consecuencia, retrasaba el envejecimiento y dotaba al portador de una mayor longevidad. Mientras el doctor insistÃa en que sólo se trataba de una condición teórica no sustentada en bases cientÃficas. Nos dijo que se suponÃa que las personas que tenÃan esa mutación genética nacÃan con los ojos de un color azul muy oscuro y que, con el paso del tiempo, era que se volvÃan de color violeta. Todo eso era muy interesante. Claro que a nosotros no nos pareció relevante en ese momento. Luego de terminar de hablar con el médico y ya que nos dio todos los detalles forenses que necesitábamos para la investigación, volvimos con los padres y, de la manera más respetuosa posible, les pedimos que nos dijeran cualquier cosa que pudiera resultarnos de utilidad para dar con el responsable esos detalles. Tampoco los puedo revelar, excepto por uno. No entendimos por qué la madre creyó que era algo relevante, pero nos dijo que su hijo no era su hijo, sino que ellos lo habÃan adoptado de pequeño. Inclusive nos dijo en qué lugar lo habÃan adoptado. Ya con toda la información comenzamos con la investigación. Aquà es importante recordar que al principio mencioné que, a pesar de la mayor parte de nuestro entrenamiento era en operaciones de reacción y similares, también estábamos capacitados en misiones de infiltración. Asà que, de esa manera comenzamos a trabajar haciéndonos pasar por personas cualquiera en la colonia donde habÃa vivido el hijo del matrimonio les comento este muchacho, del cual, por supuesto, me reservaré el nombre. VivÃa en la alcaldÃa Quautémoc. Resulta que, a pesar de que sus padres tenÃan mucho dinero, él habÃa optado por desarrollarse por su cuenta, sin depender del apoyo de sus padres. Por lo mismo, no tenÃa auto propio. Ãl iba de su casa hasta la estación Pinos Suares. De ahà se iba por toda la lÃnea. Uno ha ha hasta la ira estación observatorio porque trabajaba en el Servicio Meteorológico Nacional de México. Saliendo del trabajo, se iba hasta el metro Balderas. De ahà transbordaba para llegar a Hidalgo y visitaba a una muchacha. Después de la visita volvÃa a tomar el metro hasta Pino Suárez para regresar a su casa. Es importante aclarar que los padres del joven no tenÃan conocimiento de la existencia de la muchacha que él visitaba. Nosotros nos enteramos de ella luego de un par de dÃas haciendo trabajo. Asà que, mientras los otros elementos seguÃan en lo suyo. Yo fui a visitar a la muchacha. De ella sà puedo dar el nombre Michel. Claro que para cuando yo llegué al lugar donde vivÃa, ya estaba al tanto de mucho sobre ella, no por el trabajo de campo en sÃ, sino porque al tener el nombre de la muchacha le pedà a los de inteligencia que me enviaran su expediente, porque sÃ, para los que crean que, utilizando ventanas de incógnito y tapando su cámara, están a salvo la realidades que el Gobierno tiene un expediente de todos y cada uno de los habitantes del paÃs, incluyendo a los indigentes, porque ellos, antes de ser indigentes, tenÃan una vida y esto ya podÃa hacerlo el Gobierno mexicano antes de la existencia de Facebook. Asà que imagÃnense toda la información que a dÃa de hoy el Gobierno tiene de todos ustedes, Michelle trabajaba de algo en la lÃnea cinco del Trolebús. No estaba ahà porque le gustara ese trabajo, sino porque le quedaba cerca de su casa. Entonces, ya que la lÃnea cinco del Trolebús y la estación Hidalgo conectan, el muchacho pasaba por ella a su trabajo. Michel era aficionada del arte. Pintaba, aunque no de forma profesional, solÃa ir bastante seguido al Museo Mural Diego Rivera los domingos asistÃa a la Iglesia de San Hipólito. Una vez cada dos semanas, ella y el muchacho iban a un cine de la colonia Tabacalera. Era una muchacha aparentemente normal. Claro que el gobierno en aquel entonces sabÃa lo que hacÃan afuera de tu casa. No dentro. Por eso, cuando esta muchacha me abrió la puerta y me dejó pasar la perspectiva que yo tenÃa de ella, cambió completamente los cuadros que ella pintaba eran bastante sombrÃos, sobre todo viniendo de una persona que asistÃa a misa todos los domingos. No es que yo sepa mucho de esas cosas, pero todas sus pinturas tenÃan la pinta de tratarse de temas apocalÃpticos, el anticristo, esas cosas del fin del mundo. Desde el punto de vista religioso, sus pinturas estaban literalmente por toda la casa, colgadas en las paredes, sobre los muebles, pegadas en el refrigerador. HabÃa una que otra imagen grande, pero la gran mayorÃa eran pinturas hechas en hojas blancas. El detalle más notable era que, aunque la paleta de colores de todas sus pinturas era bastante oscura, habÃa un color que destacaba en todos los dibujos, el color violeta, el mismo color de los ojos del muchacho. Obviamente, para este punto a Michelle, yo le habÃa dicho que era un amigo del muchacho. Por eso me dejó entrar a su casa, por supuesto que no podÃa decirle que trabajaba para el Gobierno y que estaba investigando la muerte, porque eso hubiera echado a perder toda la operación. Ya estando sentados, ella me dijo que el muchacho nunca mencionó que tuviera amigos. Yo ya sabÃa que él era muy reservado. Me lo dijo el matrimonio que, debido a que terminó en un orfanato, se creció siendo alguien muy cerrado, alguien a quien le costaba mucho socializar. Asà que yo le inventé a Michelle una historia de cómo el muchacho y yo nos hicimos amigos. Lo creyó. No me fue difÃcil, porque yo sabÃa todo lo que el matrimonio me habÃa dicho, ya que entramos un poco en confianza. Le pregunté si todas las pinturas las habÃa hecho después de la muerte de él por aquello del color violeta. Ella me respondió que no. Cuando dijo eso, noté que se puso algo incómoda, como si quisiera contarme algo, pero no supiera si debÃa hacerlo. Lo que hice fue inventarle una anécdota emotiva donde supuestamente tenÃa buenos recuerdos con el muchacho. De esa manera era turno de ella para contar algo y como siempre funcionó. Entonces me dijo que ella conoció al muchacho de una forma bastante peculiar. Fue en un dÃa, mientras trabajaba ella diariamente solÃa ver a más de diez cero personas durante las horas que estaba laborando, y entre esas diez mil personas fue que lo vio a él Destacaba entre todos por el color de sus ojos, el color violeta, que cayendo en una casualidad demasiado improbable. Era el único color brillante que ella utilizaba en sus pinturas. Y ella utilizaba ese color porque, desde que era una niña, ese color aparecÃa en sus pesadillas. Asà que fue como si el muchacho hubiera salido directamente de su cabeza. Por eso no dudó ni un segundo en acercarse a él y sin que se le ocurriera otra manera de cómo ganar su atención. Le dijo asà de buenas a primeras que ella trabajaba en el trolebo y que fuera a buscarla para invitarla al cine. A Michelle no le gustaba a él, pero fue lo único que se le ocurrió para que el muchacho quisiera regresar a buscarla y funcionó. A él sà le gustó Michel, asà que al dÃa siguiente, cuando salió del trabajo, regresó a buscarla y sà la invitó al cine. Con el pasar del tiempo se hicieron novios. Ella me dijo que no estaba enamorada de él, pero que tenÃa el presentimiento de que debÃa estar con él. Cuando dijo eso llevó las manos a su vientre. Por lógica le pregunté si estaba embarazada. Ella agachó la cabeza y me respondió que sÃ, que cuando el muchacho habÃa muerto, ella tenÃa dos meses de embarazo. Me dijo que también tenÃa dos meses, que las pesadillas habÃan empeorado, que escuchaba voces, que creÃa que se estaba volviendo loca, que sentÃa que estaba en peligro y eso la hacÃa tener miedo. Yo le pregunté si se referÃa a que la persona que habÃa matado al muchacho también querrÃa matarla A Ella no respondió con palabras, sólo movió la cabeza dando a entender que sà Luego, con voz baja, me dijo que tenÃa una semana, teniendo la impresión de que alguien la seguÃa del trabajo a su casa. Le dije que le dejarÃa el número de mi trabajo y el de mi casa para que me marcara por si se presentaba una emergencia que no dudara en llamarme. En realidad, le di dos números que eran del Estado mayor presidencial. Esas dos lÃneas nunca eran contestadas, pero esa era la idea. Vamos a decir que eran una especie de lÃneas de contacto cuando el Gobierno enviaba equipos a realizar operaciones particulares como la que estábamos haciendo nosotros, es decir, que no son cuestión de seguridad nacional. En el vehÃculo que utilizamos como centro de operaciones nos instalan un teléfono como de casa. Cuando alguien marcaba a una de esas dos lÃneas y luego marcaba a la otra. Se detectaba una emergencia, porque al marcar a los dos números hacÃa evidente que era una insistencia, lo que evidenciaba una emergencia. Entonces, cuando la emergencia era detectada, se mandaba una alerta a los teléfonos de los vehÃculos que anduvieran realizando operaciones particulares. En esa alerta se incluÃa una localización estimada del número que estaba llamando. De esa manera, nosotros podÃamos saber si la llamada era para alguno de nosotros y entonces devolvÃamos. La llamada puede sonar innecesariamente complicado, pero créanme cuando les digo que la gente que tenÃamos en inteligencia hacia las cosas. Por una razón yo no sabrÃa explicarles por qué no era mi área. Pero si aquello era tan revoltoso, era por una razón justificada. Me retiré de la casa de Michel, pero no volvà a la colonia donde vivà el muchacho, sino que nos dividimos en dos equipos. Uno seguirÃa en el lugar recopilando información hasta que surgiera algo relevante y el otro equipo, donde yo estaba, nos instalamos en un departamento de desde donde po nÃa oÃamos tener vigilada a la casa de Michel. Ella creÃa que la persona que habÃa matado al muchacho podrÃa estar siguiéndola para hacerle lo mismo, asà que, estando cerca de Michelle, podrÃamos atrapar a la persona que estábamos casando aquÃ. Voy a ser honesto. Nuestra intención no era evitar que Michelle muriera, sino todo lo contrario. El plan era dejar que la persona hiciera lo suyo y luego capturarlo. No porque fuéramos insensibles, sino porque habÃa cierta posibilidad de que no pudiéramos vincular al criminal con la muerte del muchacho, asà que si lo detenÃamos antes de cometer otro crimen, existÃa el riesgo de no poder meterlo en la cárcel. Por eso necesitábamos dejar morir a Michel. AsÃ, el criminal obtendrÃa su merecido y claro que estaba la opción de detenerlo antes de que cometiera el crimen, llevarlo a dar un paseo poco amistoso para ver si en verdad habÃa matado al muchacho y obligarlo a confesar. Pero esa es la manera de actuar de la policÃa federal del Estado mayor presidencial. No procedÃamos de esa manera a menos que el Gobierno lo ordenara. Pero como el caso no era de seguridad nacional, pues debÃamos movernos dentro de la ley, no porque el Gobierno le preocupara la ley, sino porque el Presidente Fox finalmente habÃa quitado al PRI para poner al PAN al frente del paÃs, asà que el Gobierno no podÃa arriesgarse a generar ningún posible escándalo si no era estrictamente necesario para garantizar que el siguiente sexenio volviera a ganar el PAN y con todo, respeto para el matrimonio. Pero la muerte de un joven no significa nada cuando están de por medio las siguientes elecciones. Entonces, básicamente por cuestiones polÃticas, tenÃamos que dejar que Michel muriera asà de sencillo. No importa que suene cruel. Las cosas se manejaban de esa manera. Estuvimos vigilando la casa de Michel. Cuando ella salÃa al trabajo, nos turnábamos para seguirla y al que le tocaba tenÃa que querer darse todas las horas de la jornada laboral cerca, pero no demasiado luego de quince dÃas, cuando a mà me tocó seguirla ya, al momento en que terminó su jornada laboral y caminaba de regreso a casa, me percaté que un hombre vestido con gabardina la iba siguiendo. Yo opté por quedarme todavÃa más atrás para que ese sujeto no notara mi presencia. Cuando Michell se detuvo para poder entrar a su casa, el tipo pasó de largo detrás de ella, pero sà lo vi con toda la intención de querer hacer algo, aunque por algún motivo no lo hizo. Yo sabÃa que los otros elementos podÃan verme, asà que les hice una señal para que se quedaran al pendiente, porque yo iba a seguir al tipo. Lo seguà hasta la estación del Metro Hidalgo, donde tomó la lÃnea tres con dirección a indios verdes. Obviamente, también subà al vagón. Cuando llegamos a Tlatelolco, al vagón se subió un joven exactamente idéntico al muchacho cuya muerte yo estaba investigando era el mismo de pies a cabeza, con sus respectivos ojos de color violeta. Yo hubiera jurado que era él, de no ser porque habÃa tenido el cadáver delante de mÃ. Asà que, como no creo en fantasmas, es evidente que se trataba de un gemelo del que el matrimonio no me habÃa hablado. Cuando llegamos a la raza, el gemelo bajó del vagón. El hombre al que yo iba siguiendo hizo lo mismo, asà que, pues yo también bajé el gemelo transbordó para tomar la lÃnea cinco, El tipo hizo lo mismo, asà que ya era más que obvio que lo estaba siguiendo. Y pues los tres subimos al metro. Los tres bajamos en la estación del petróleo, los tres transbordamos para tomar la lÃnea seis y los tres nos fuimos hasta el rosario. Ese tipo tenÃa pensado hacer algo si por alguna razón se habÃa detenido con Michel algo me decÃa que no se iba a detener para atacar al Gemelo. Asà que yo, a pesar de que debÃa mantener la distancia, al mismo tiempo debÃa estar lo suficientemente cerca. Trabajo en campo es mucho más difÃcil de lo que suena. Salimos de la estación de metro, cruzamos el paradero y cuando entramos a una calle muy poco transitada, el tipo corrió para alcanzar al Gemelo y yo también me apresuré justo. Cuando el tipo picó al Gemelo con algo en el cuello, yo agarré la gabardina del tipo para que no fuera a correr. Pero justo cuando tomé el cuello de la gabardina, el sujeto desapareció y me quedé solo con la prenda en mi mano. El muchacho estaba tirado en el piso desangrándose mientras yo seguÃa tratando de procesar cómo diablos. Era posible que un hombre se esfumara delante de mis ojos. Cuando reaccioné llamé a la ambulancia, pero para cuando llegaron ya no habÃa nada que hacer. Mientras el cuerpo era trasladado, yo fui a visitar al matrimonio para platicar sobre lo que habÃa pasado. Ellos me aseguraron que no sabÃan nada sobre que su hijo tuviera un hermano gemelo. Los del orfanato les habÃan dicho que era hijo único. Yo les comenté que si habÃan ido al orfanato forzosamente hubieran tenido que ver a dos niños que eran iguales jugando entre todo el montón de niños del lugar. Lo que ellos me dijeron fue que no pasaron a ver a los niños que los del orfanato le dijeron que si querÃan adoptar a un niño, tenÃa que ser ese. Y pues vieron que era un buen niño y decidieron adoptarlo. DebÃan estarme diciendo la verdad. No tenÃan ninguna razón para mentirme. TodavÃa no salÃa de la casa del matrimonio. Me contactó alguien del equipo para decirme que ya habÃan identificado al nuevo oxiso. Resulta que él también se habÃa quedado sin papás a corta edad y que por eso fue a dar a un orfanato, al mismo orfanato donde habÃa estado el hijo de aquel matrimonio. Pero a pesar de que eran idénticos, no habÃa registro de que fueran hermanos en las actas de nacimiento de ambos. Constaba que en el registro civil se les pusieron los dos apellidos de sus respectivas madres, porque en ambos casos no se sabÃa nada del papá. Por si esto ya suena muy extraño. Al investigar, dimos con que un mes antes de la muerte del hijo del matrimonio, otro muchacho de ojos violetas cuyo padre era desconocido, que a corta edad quedó huérfano y que habÃa estado en el mismo orfanato, también habÃa sufrido una muerte violenta, asà que ya no eran gemelos, ahora eran trillizos. Eso ya no podÃa ser posible. Ahà habÃa gato encerrado, asà que fuimos al orfanato. Solicitamos que nos informaran de todos los niños de ojos de color violeta que hubieran tenido bajo su tutela. No quisieron acceder por las buenas, asà que tuvimos que obligarlos. Afortunadamente, no fue necesario derramar ni una gota de sangre. En cuanto mostramos las armas, nos dieron toda la información que necesitábamos. Los del orfanato nos entregaron los expedientes de cinco niños. Los cinco niños habÃan ingresado en un lapso de tres meses en mil novecientos setenta y cuatro. El primero al que llamaremos a QUE era el que habÃa muerto un mes antes del hijo del matrimonio. Llegó al orfanato el diecinueve de marzo. Luego, el seis de abril llegó el niño que serÃa adoptado por el matrimonio. Después, el veintitrés de mayo llegó el que yo me habÃa encontrado en el metro cuando iba siguiendo al sujeto de Gabardina. Lo llamaremos B El diez de junio llegó al que llamaremos C y el último al que llamaremos d llegó el veintiocho de junio. Los cinco niños ingresaron al orfanato cuando antes de cumplir cuatro años. En los cinco casos el padre era desconocido. La madre de cada uno registró a sus respectivos hijos con los apellidos de ella. Las cinco madres tuvieron una muerte violenta, cuyo responsable nunca fue atrapado. Al menos para mà era evidente que esos cinco niños tenÃan el mismo padre, porque, según el médico forense encontrar a una persona poseedora de la improba mutación genética conocida como sÃndrome de alejandrÃa, condición que su existencia ni siquiera era aceptada por la ciencia, pues encontrar cinco personas y suponer que no eran familia ya resultaba absolutamente imposible. El hijo del matrimonio era medio hermano de a b C y D no habÃa otra posibilidad. Otra cosa que para mà también se hizo evidente fue que si los primeros tres habÃan muerto en el orden en que llegaron al orfanato, pues lo más lógico era suponer que la siguiente vÃctima serÃa C Y luego d algo en lo que todo el equipo coincidimos era que el padre biológico de los cinco de ojos Violetas posiblemente estaba muerto. Tal vez habÃa un sexto hijo del que no sabÃamos. Ese hijo lo podrÃa haber tenido con su esposa. Entonces la esposa se enteró que el hombre habÃa tenido cinco amantes, quedó desquiciada y furiosa lo mató y luego mal ó a r las cinco mujeres. Hasta ahà tenÃamos una conjetura claro que las cosas se torcÃan y se complicaban con lo sucedido después de las muertes de las mujeres, porque no habÃa manera de explicar que los cinco niños terminaran en el mismo orfanato por pura matemática. Al menos uno de ellos debió haber llegado a otro orfanato. Luego estaba el hecho de que alguien los estaba matando en el mismo orden en que murieron sus madres, porque el orden en que llegaron al orfanato, por lógica era el mismo orden en el que habÃan muerto sus madres. La posibilidad de que la supuesta esposa del hombre también estuviera matando a los hijos que tuvo con sus amantes ya era demasiado improbable, y teorizar que el supuesto sexto hijo era el responsable de los crÃmenes era igual de descabellado. Asà que, ciertamente en lo que respectaba al tiempo posterior a la muerte de las cinco mujeres. Ya no tenÃamos nada concreto, ninguna pista para seguir. Lo único era el hombre de la gabardina, pero ese tipo se habÃa desvanecido frente a mis ojos como por arte de magia. Me quedé con la prenda, pero dentro no habÃa nada que nos ayudara a identificar al propietario. Lo único que nos quedaba era esperar que ese tipo volviera a aparecer y debÃamos tomar la delantera. Los del equipo que habÃan estado en la colonia donde vivÃa el hijo del matrimonio se retiraron para instalarse y hacer vigilancia a la casa de Michel y los demás. Fuimos a buscar a los sujetos c y a d se vivÃa en Iztapalapa, relativamente cerca de Atlalilco. Fue fácil dar con él. El problema fue convencerlo de que corrÃa peligro. No podÃamos decirles que trabajábamos para el Gobierno. Eso estaba prohibido. Por lo tanto, como es normal, cuando lo invitamos a subir al vehÃculo, pensó que querÃamos raptarlo. Lo que hicimos fue mostrarle las fotografÃas de sus tres medios hermanos que ya habÃan muerto. Con eso fue suficiente para que aceptara acompañarnos ya con él. El sujeto se asegurado. Fuimos por el otro. El último vivÃa en Ecatepec, en una colonia cuya entrada principal estaba sobre la avenida. Carlos Hank González convencer a de fue más fácil. Sólo tuvimos que hacer que él y su medio hermano se vieran para que quedara claro que algo de verdad estaba sucediendo. Llevamos a c y D al departamento donde estaba montada la Guardia a la casa de Michelle. Quiero aclarar que nuestra intención no era proteger a los dos mantenerlos a salvo. No era nuestro trabajo y sus vidas no tenÃan ningún interés para nosotros, Pero lo que estábamos haciendo era sacarlos del radar del asesino. De esa manera, mientras no pudiera encontrarlos, podrÃa abandonar todo oÃr sobre Michel que eso era lo que querÃamos. Asà podrÃamos atraparlo Durante las siguientes veinticuatro horas estuvimos interrogando a C y a D. Tal vez entre lo que dijeran ambos podrÃamos obtener algo útil, pero no surgió nada. Después de que ambos fueron adoptados en el orfanato, sus vidas no volvieron a cruzarse y no aparte de la evidente similitud fÃsica, no tenÃan nada más en común ningún gusto, ningún lugar que frecuentaran nada. Finalmente, pasadas esas veinticuatro horas, algo pasó. Un hombre misterioso se coló al interior de donde vivÃa Michel. Tres se quedaron con los sujetos y los demás fuimos corriendo a la vivienda. Cuando entramos, ella estaba tirada en el suelo. Aún seguÃa con vida. El hombre misterioso estaba ahà dándonos la espalda. Todos lo tenÃamos a un solo gatillazo. Yo no quise correr ningún riesgo y le disparé en la parte baja de la pierna. Ese tipo ya se habÃa esfumado una vez y no iba a permitir que lo hiciera de nuevo. Entonces el sujeto se voltió lentamente. Sus ojos eran de color violeta. No era igual a los otros. Cinco se veÃa de más edad, no viejo, pero sà mayor. Ãl no decÃa ninguna palabra, no intentó negociar, no ofreció información, no dio excusas. Simplemente estaba ahà parado. Le ordenamos que se pusiera de rodillas con las manos en la cabeza y lo hizo. Apenas lo Ãbamos a esposar. Cuando escuchamos varios disparos, el ruido nos hizo voltear porque sabÃamos que esos disparos provenÃan de donde estaban nuestros compañeros. Cuando regresamos la vista al frente, el tipo ya no estaba. Se habÃa esfumado. Igual que la vez anterior. Los que iban conmigo salieron corriendo de la casa para ir a ver lo que estaba pasando en el departamento donde estaban los demás. Yo me quedé ahà y traté de hablar con Michell para que me dijera algo cualquier cosa. Ella sólo deliraba. Se estaba desangrando, asà que no le era posible mantener una conversación. Ni siquiera podÃa hilar más de cuatro palabras. DecÃa cosas como Dios sabe, falso profeta, no es malo y asà durante dos minutos después mur murió. Murió, llamé a una ambulancia y salà para ir con los demás. Cuando entré me encontré con que los dos de Ojos Violetas y los tres que se habÃan quedado cuidándolos estaban muertos. Por cómo se veÃa la escena. Mis compañeros que quedaban vivos y yo concluimos que todo eso lo habÃa hecho una sola persona. No entendÃamos cómo, pero una sola persona entró a esa habitación. Le quitó la vida a tres hombres armados y fuertemente entrenados. Luego le quitó la vida a los de los Ojos Violetas y además, le dio tiempo de escapar antes de que mis compañeros llegaran a ver lo que habÃa pasado y no ninguna de las muertes fue por arma de fuego. A los cinco los habÃan picado con un objeto punso cortante. Cuando informamos a nuestros superiores, nos dieron la orden de dejar la operación. Alguien se encargarÃa de hablar con el matrimonio y nosotros volverÃamos a nuestras actividades normales. Pero yo no estaba conforme, si bien los compañeros que habÃan muerto no eran mis amigos. De hecho, era la primera vez que me tocaba trabajar con ellos. Pero eso no importa. Aquellos que estén o que hayan estado en el ejército o en la marina entenderán que cuando alguien de uniforme pierde la vida en manos de un criminal, se genera un sentimiento de venganza. Asà que en la primera oportunidad que tuve, para lo cual pasaron varias semanas, volvà al orfanato. Ellos debÃan saber algo. Recibieron a los cinco niños de ojos violetas. TenÃan que saber al menos alguna cosa, por supuesto que se acordaban de mÃ. Me pidieron que me fuera, que no importaba si los amenazaba con el arma, que ya no tenÃan más información. Entre las personas que estaban ahà habÃa una monja, asà que la miré y le dije escuche. Los cinco niños que usted recibió hace treinta años ahora están muertos. Uno de ellos tenÃa una novia que esperaba un bebé. También están muertos y tres de mis compañeros también murieron. Necesito que me diga la verdad. La monja le pidió a las otras personas que nos dejaran a solas para poder hablar. Me advirtió que yo no podÃa hacer ninguna pregunta, que ella iba a decirme las cosas y que, al terminar no volverÃa a repetir ninguna palabra. Yo podÃa decidir creerle o no, pero eso ya era problema mÃo. Esa monja me dijo que casi setenta años atrás a ese orfanato habÃa llegado un niño de tres años con los ojos de color violeta. Eso podÃa ser una señal de Dios o una amenaza del Diablo. Como no estaban seguros decidieron que el niño no serÃa dado en adopción, sino que serÃa criado para convertirse en sacerdote. Si el niño era una señal de Dios, se estaba tomando la decisión correcta. Si el niño era una amenaza del Diablo, tal vez el que creciera tan cerca de Dios harÃa que el niño no se volviera una amenaza. Cuando el niño cumplió siete años, empezó a tener pesadillas con el infierno y con el Apocalipsis. En n en s sons pesadillas, el diablo le hablaba, le decÃa que el anticristo iba a llegar, que él debÃa tomar a una mujer para que de ahà naciera el anticristo. Esas pesadillas atormentaban al niño de una forma terrible. El infante se retorcÃa, sudaba, gritaba de miedo, pero recibió toda la ayuda y la atención de la Iglesia. Le enseñaron a lidiar con sus pesadillas y cuando el niño cumplió doce años, las pesadillas desaparecieron ya sin un tormento. Entonces empezaron a prepararlo para su vida de sacerdote. Pasaron los años y finalmente estuvo listo. Recibió la consagración y esa noche tuvo otra pesadilla. El diablo estaba furioso y le dijo que le enviarÃa a cinco niños y que cada uno de ellos tomarÃa una mujer y asà nacerÃan cinco anticristos. Cuando el sacerdote de ojos Violetas cumplió treinta y tres años. Llegó el primer niño. En cuanto vieron el color de sus ojos, supieron que tenÃan que avisarle a aquel sacerdote. Cuando se le dijo, él advirtió que llegarÃan otros cuatro niños iguales y asà sucedió. Los cinco niños eran hijos del diablo. No habÃa un padre humano. Las cinco mujeres estaban comprometidas al momento que quedaron embarazadas. HabÃan pecado de adulterio y no era un adulterio cualquiera. El pecado de las cinco habÃa provocado que fuera posible que el infierno entrara en la tierra, asà que Dios las castigó enviando a sus ángeles a quitarles la vida. El sacerdote de ojos Violeta habló con el obispo hasta el Papa fue informado. La orden fue no hacer nada. Dios actúa de formas misteriosas si era su voluntad que los niños crecieran y trajera cada uno a un anticristo, pues asà iba a ser. Pasaron otros treinta y tres años, el sacerdote de ojos Violetas empezó a tener pesadillas. De nuevo veÃa cómo el mundo iba a terminar en manos de esos anticristos, asà que que de decidió actuar para impedir que eso sucediera. Se encerró en la capilla de su iglesia. Rezó a Dios y le imploró que le permitiera poder hacer algo, aunque eso le costara la condenación eterna. El Sacristán de la Iglesia entró en la capilla y alcanzó a escuchar las últimas plegarias del sacerdote. Entonces el sacerdote desapareció. Dios lo habÃa escuchado. Eso fue todo lo que me dijo la monja Después de eso se fue yo me tuve que sentar para intentar darle sentido a todo lo que habÃa escuchado. No parecÃa posible. Ni siquiera sabÃa si debÃa creerlo o no. Pero claro, yo mismo habÃa sido testigo de cómo un hombre desapareció por arte de magia sólo dejándome con su gabardina en la mano. El médico forense me dejó muy en claro que ese tal sÃndrome de alejandrÃa no existÃa. Pero aún asÃ. Yo habÃa visto a cinco personas de ojos violetas morir en manos de un sexto hombre de ojos violetas, quien además habÃa matado a una mujer embarazada y a tres de mis compañeros. Ni la ciencia ni la lógica podÃan ofrecerme una explicación. Lo único que tenÃa eran las palabras de la monja. Pero no estaba convencido de poder aceptar que un sacerdote enviado por el Diablo consiguió el permiso de Dios para matar a cinco hombres enviados por el Diablo. Pero, como dijo, la monja Dios actúa de formas misteriosas. Relato escrito y adaptado por Ramiro contreras








