July 19, 2023

Fui Aprendiz De Una Bruja, Y Reclamó A Mi Hermanito Antes De Nacer Historias De Terror - REDE

Fui Aprendiz De Una Bruja, Y Reclamó A Mi Hermanito Antes De Nacer Historias De Terror - REDE

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La bruja del pueblo. Nací en el pueblo de Chihualtán, Jalisco. Ahí viví durante mi infancia y mi adolescencia. Fui la mayor de cinco hermanos. Cuando crecí me fui a vivir a Guadalajara con unos familiares para poder estudiar y conseguir un mejor trabajo, porque, como mi pueblo era uno de los últimos del Estado de Jalisco, estaba muy olvidado el progreso no más no llegaba a ese lugar y, como colindaba con el Estado de Colima, las autoridades hacían muy poco caso de él. Sin embargo, cuando era niña, me gustaba vivir ahí porque en la casa teníamos muchos árboles frutales. Con tan sólo agarrar un palo con un gancho tenía mi alcance mucha variedad de frutas recién cortadas. En aquel tiempo, en el pueblo había muy pocos médicos, sólo un hospital en el que la mayoría de veces no contaba con los servicios nno indispensables. Casi siempre si se trataba de una cirugía o una enfermedad mayor, el primer paso era trasladar al paciente a Manzanillo o hasta el centro médico en Guadalajara. Por eso, cuando éramos pequeños y teníamos alguna enfermedad, mi madre primero nos llevaba con Doña Toña, una mujer que se dedicaba a curar con hierbas, con remedios y a su vez hacía limpias en el poblado. Mis hermanos y sus amigos decían que era una bruja, pero cuando mi mamá nos escuchaba se enojaba mucho. Nos decía que ella sólo se dedicaba a curar a las personas de una manera distinta a través de las plantas. Doña Toña era una mujer como de cincuenta años, aunque yo siempre la vi más grande por sus marcadas arrugas que tenía en su rostro. Ella vivía junto con su esposo y sus cuatro hijas, cerca del río. A la hora en que alguien necesitara algún tratamiento, ya fuese para el empacho, la la de dia ora, el susto, el vómito o cualquier otra cosa. Ella tenía el remedio necesario para curarlo. Recuerdo que una vez comenzó a dolerme el estómago muy fuerte. Le dije a mi mamá que me sentía muy mal. Aún no terminaba de decirle cuando comencé a vomitar. Ni la diarrea ni el vómito se pararon con el té que me dio mi madre. Por eso me llevó con doña toña ese día que fuimos a su casa. Nos fuimos caminando porque no quedaba muy lejos de la nuestra. Cuando entramos a su casa me pareció como una cueva porque el primer cuarto de la entrada estaba hundido por debajo del nivel de la calle. Había que bajar varios escalones para poder entrar. Además, las paredes no estaban lisas. Tenían sobrepuesto el enjarre como si lo hubieran puesto con la mano. Entramos al segundo cuarto, en el que tenía un sillón viejo en él no sentaba ella. Me dio de un polvo con lr naranja sin ningún sabor. Me dijo que me lo tragara con un poco de agua enseguida. Me volteó boca abajo y me jaló de la piel de la espalda. Dijo que estaba muy empachada. Después le dio a mi mamá unas hojas de guayaba para que me hicieron té Este debía tomármelo todo el día. Yo no quería ir con doña toña porque la gente del pueblo decía que era una bruja. Pero después de que mi madre me llevó, comencé a sentirme bien. Todo lo que Doña Toña me hizo me había servido. Dejé de vomitar y poco a poco la diarrea fue disminuyendo ya para la noche tenía mucha hambre luego de que me alivié con los remedios de ella, dejé de decirle bruja. Cuando mis hermanos se burlaban de ella, les decía que no lo hiciera. La señora sólo me había dado unos remedios naturales. Nunca dijo que estuviera embrujada o algo parecido, pero ellos se burlaban de mí diciéndome que a hora yo era la aprendiz de la bruja. Un día escuché a mi mamá decir que Letti, la vecina no podía quedar embarazada. Ya era su segundo embarazo mal logrado en su último aborto se puso tan mal que la llevaron hasta Guadalajara. Cuando ella regresó se veía muy mal. Yo en esa edad no alcanzaba a entender muchas cosas, pero lo que sí noté fue que Letti se veía muy desmejorada. Su mirada era muy triste. Después que pasó un tiempo, vi a Letti que estaba embarazada. De nuevo escuché a mi mamá, que platicaba con la vecina. Le dijo que ella había ido con Doña Toña y que le había dado algo para que el niño ya no se le viniera lo que haya sido. A Letti le surgió efecto, porque en esta ocasión ya no perdió a su bebé a partir de que supe de lo que era capaz Doña Toña, porque ni los médicos habían logrado que Letti llegara a término que con con sus embarazos me llamó más la atención. Imaginé que era yo la que quería ser madre y no podía fue cuando se me ocurrió una cosa, aunque ya mis hermanos me decían la aprendiz de Bruja. Le dije a mi mamá que me interesaba conocer cómo era que Doña Toña lograba curar a las personas sin medicina. Quería aprender para cuando creciera ayudar a otra gente. Mi mamá no estuvo de acuerdo. Me dijo que estaba muy chica para aprender esas cosas, pero todavía faltaba que Doña Toña quisiera enseñarme Una noche me encontraba jugando con mis hermanos en el patio como teníamos varios árboles frutales. La luz de la luna no entraba hasta el fondo. El patio se encontraba casi a oscuras. Solo llegaba un poco de luz de la cocina. Jugábamos a las escondidas. Cuando escuché un lular a una lechuza. La busqué y estaba entre las ramas del árbol más alto. El animal constantemente hizo el mismo sonido. Cuando me le quedé viendo, salió volando y pasó muy cerca de conmigo. Me asusté y grité cuando el ave tocó mi cabeza. Durante varias noches hacía lo mismo Parecía que trataba de llamar mi atención, hasta que una noche en la que me encontraba fuera de la casa, sentada sobre una piedra mientras platicaba con unas amigas, la lechuza bajó de un árbol y se posó enfrente de mi casa. Una de mis amigas me dijo que era la bruja de doña Toña que me estaba buscando, porque ella ya sabía que quería aprender sus secretos a mí. Ya se me había olvidado que un día quería ir con ella. Les hice el comentario que solamente había sido una ocurrencia, pero que no lo haría. Un viernes por la noche hubo una tormenta. El viento era tan fuerte como los de un huracán. Llovió durante toda la noche, ya ya para rado amanecer la lluvia comenzó a disminuir. Escuché que mi padre se levantó muy temprano. Mi madre le preguntó a dónde iba. Le dijo que a la parcela para ver en qué estado se encontraban los animales y la siembra. Él regresó al mediodía. Llegó con un pie sangrando. Le dijo a mi mamá que la parcela se había inundado y que se había perdido mucho de la siembra. Incluso una de las vacas estaba desaparecida. Eso no fue lo peor, como mi padre piso algo que le ocasionó una gran herida. Se le infectó. Él comenzó a tener temperatura muy alta. Mi madre le decía que fueran con Doña Toña, pero a él no le gustaba ir ni con ella ni con un médico. Mi madre, sin tomarlo en cuenta, mandó a llamar al Dr. Federico. Él, en cuanto lo vio, dijo que no había mucho que hacer. La infección era muy fuerte, era necesario cortarle su pie, pero que en el pueblo no había lo necesario para practicar esa cirugía que se fuera a Manzanillo o hasta Guadalajara. Para ese entonces mi padre ya desvariaba por la fiebre tan alta. En un acto de desesperación, mi madre llamó a Doña Toña. Aunque ella sabía aliviar muchas enfermedades con mi papá, no pudo dijo que ya no podía hacer nada. La infección se había devorado su piel. En poco tiempo, mi papá murió en nuestra casa. Fue un golpe muy fuerte para todos, porque mi papá era el sustento de la casa. Además, mi mamá estaba embarazada, ya se le notaba el abultamiento en su vientre, así que no sólo fue una cuestión económica, sino también emocional por ser la mayor de mis hermanos. Mi madre me dijo que buscara un empleo. Primero me llevó a una fábrica. Ahí no me aceptaron. Me dijeron que sólo admitían a partir de los quince años, aunque mi mamá le suplicó. Le dijeron que no era posible. Doña Rita, una comadre de mi mamá, me dijo que podría ir a regar sus plantas y mantener el patio limpio. No puse objeción. Pensé que sería un trabajo sencillo, pero no fue así. Era un solar muy grande con muchas plantas. Además, también tenía colmenas de abejas y me picaron en todo el cuerpo. Una tarde iba de regreso a mi casa. Cuando me encontré con Doña Toña. Ella me saludó con amabilidad. Me preguntó si todavía estaba interesada en aprender sobre la forma de curar cómo lo hacían sus ancestros en ese momento. Me asusté porque no supe cómo se había enterado. Ella había hecho ese comentario varias semanas antes, pero sólo con la gente más cercana. A mí le dije que no y me fui corriendo. Apenas llegué a la casa. Me asomé para ver si Doña Toña no me había seguido. Mi mamá. En cuanto me vio, me preguntó por qué había llegado tan asustada. Le dije lo que me sucedió con Doña Toña. Ella me respondió que no era tan mala idea, porque no me aceptaban en ningún lugar a trabajar por mi edad y con doña Rita a diario llegaba picada por abejas. Le dije que en todo el pueblo decían que era una bruja y si yo iba con ella, a mí también me iban a decir igual. Ella me dijo que no hiciera caso de chismes. Esa gente no nos iba a dar de comea. Además, aprendería a aliviar a mis hermanos y a ella la vi tan entusiasmada que le dije que sí. Fui por la tarde a su casa. No me atrevía a entrar porque en la mañana le había huído y la había dejado hablando sola. Quizás ya ni me quería aceptar me. Quedé afuera sin atreverme a tocar la puerta. De pronto escuché que alguien me dijo que pasaba la puerta estaba emparejada. No tuve la menor idea de cómo supo que estaba ahí y de qué era yo, porque dijo mi nombre entré con un poco de vergüenza por el desaire que le hice en la mañana. En cambio, Doña Toña estaba muy contenta y sonriente. Me dijo que ella sabía que iría con ella, así que no tuvo ningún inconveniente en que fuera a su casa todos los días después que regresara de la escuela. Con el paso de los días me fui sintiendo cómoda con Doña Toña. En realidad era una persona amable En su casa hacía de todo. Si no tenía algún cliente, me ponía a ser el quehacer. En ocasiones me iba explicando para qué servía cada planta medicinal. Una vez mientras limpiaba el polvo de sus muebles, vi una fotografía que me llamó la atención al reverso. Tenía la fecha de veintiocho de febrero de mil novecientos diez. Parecía Doña Toña cuando era joven con un vestido de novia y con otro hombre que no era su actual esposo, le pregunté si era ella. Me respondió que no y me quitó la fotografía. La quitó de la mesita y ya no la volví a ver. Lo que no sabía era que Doña Toña también daba servicio de partera. En ocasiones iba alguna mujer embarazada. Doña Toña ponía sus manos sobre la barriga. Después les decía a sus pacientes que el niño venía bien o que estaba atravesado. Hacía un movimiento extraño con las manos hasta que lograba acomodar al bebé. También les recomendaba vitaminas a las embarazadas, sobre todo ácido fólico. Se me hacía curioso la forma en que combinaba la herbolaria con algunos conocimientos de medicina. Hubo una vez en que no había ido ningún cliente a su casa, mientras Doña Toña me mostraba las plantas más comunes que necesitaba conocer. De pronto llegó una mujer embarazada que ya se encontraba en trabajo de parto. Se llamaba Luz. A ella le costaba trabajo caminar por los olores tan fuertes que tenía. Doña Toña de inmediato la acomodó en el camastro de madera que tenía en el cuarto. En cuanto le tocó el vientre, le dijo que el niño venía mal, estaba volteado. Doña Toña hizo la maniobra de intentar acomodar al Bebé, pero en esta ocasión no lo logró. El embarazo estaba más complicado de lo que ella esperaba. En ese momento se acercó con la madre de Luz y le dijo que se fueran al hospital porque Luz se encontraba muy mal, al igual que su Bebé, Pero ya era muy tarde. La mujer comenzó a gritar muy fuerte. Entonces Doña Toña le pidió a la madre de ella que saliera del cuarto. Intentaría hacer algo muy delicado. La madre de la embarazada salió para eso luz. Ya había perdido el conocimiento, o creo que había muerto porque Doña Toña le tomó su mano intentando encontrar el pulso por la cara que puso. Supongo que ya estaba muerta. Me cuesta trabajo decirles que lo que Doña Toña hizo fue a abrir con un cuchillo filoso el vientre de la recién muerta, con la intención de salvar al bebé. Lo sacó junto con su bolsa de placenta, pero el bebé estaba morado. Parecía que también estaba muerto. No les puedo negar que Doña Toña le dio los primeros auxilios intentando que el pequeño recuperara el aliento, pero no fue posible. Al darse cuenta de que ya estaba muerto, cortó el cordón umbilical y le hizo una cortada al brazo del Bebé comenzó a juntar su sangre en una vasija. Mientras veía que Doña Toña hacía eso, me pareció espeluznante ella vio el miedo en mis ojos porque me dijo que me tranquilizara. Después me explicaría para qué hacía eso. Enseguida que le sacó gran cantidad de sangre, lo coció para que ya no sangrara más. Después también le quitó un poco de sangre A luz. Cuando guardó su placenta y la puso en una bolsa, me dijo que llevara todo al refrigerador. Cuando caminaba hacia la cocina, la sangre aún se sentía tibia. Tuve mucha repulsión, por lo que Doña Toña había hecho. Después entregó los cuerpos. Doña Toña me vio consternada por lo ocurrido. Trató de hablar conmigo para que entendiera que había intentado todo por salvar a Luz y a su hijo, pero que en ocasiones no era posible. Me explicó que era parte de su trabajo y que debía aprender que no siempre se lograba aliviar a un enfermo. Antes de que terminara de hablar conmigo, le pregunté por qué había hecho lo de la sangre ni que fuera un vampiro. Ella sonrió y me dijo que no lo era, pero como curandera, a veces necesitaba la sangre para algún remedio. No me convenció lo que me dijo, pero tampoco quise quedarme más tiempo en su casa. Me salí con la intención de ella no volver. En el momento en que entré a mi casa vi a mi madre, muy ojerosa y pálida. Le pregunté si se sentía mal. Ella me dijo que sí, que iba a ir con Doña Toña para que le diera algo. Le dije que no lo hiciera, porque esa mujer se bebía la sangre de los bebés. En realidad no lo sabía, pero pensé que para eso la quería. Mi madre me dijo que estaba exagerando. Doña Toña era una mujer que siempre la había ayudado desde que me tuvo a mí y a todos mis hermanos. Le pregunté si nunca se le había muerto algún bebé. Ella me dijo que no. La señora siempre fue su partera y nunca tuvo ninguna complicación para ese tiempo. Mi mamá tenía seis meses de embarazo, así que todavía le faltaba llegar a término, pero ella comenzó a quejarse de un dolor en el vientre. Le pregunté si podía caminar me dijo que no, que lo mejor era que Doña Toña viniera a la casa a revisarla. No tenía opción, ya no quería regresar con ella, pero mi madre no se encontraba bien, así que sin pensarlo regresé a su casa. Doña Toña me recibió como siempre. Amablemente no me cuestionó nada por salir de su casa sin avisar. Tomó unas hierbas y nos fuimos juntas a mi casa. Llegamos a tiempo porque mi mamá estaba sufriendo mucho. Aunque trataba de disimular sus ojeras y su color válido, la delataban que tenía dolor. Doña Toña comenzó a revisarle el vientre. Me dijo que me acercara a tocar y sentir el bebé para que fuera aprendiendo cuando un producto venía bien acomodado. En el caso de mi madre, el bebé estaba bien. Me dijo que no entendía por qué ella tenía contracciones, así que me dio unas hierbas para que le preparase un té En cuanto lo tuve listo, se lo llevé. Mi madre apenas pudo darle unos sorbos a la taza porque comenzó a sentirse peor. Le pedí a Doña Toña que hiciera algo, ya que mi madre estaba sufriendo. Ella me dijo que haría todo lo que estuviera a su alcance, pero no sabía si el Bebé iba a sobrevivir. Llegó la noche y mi mamá no podía salir de ese estado crítico. Hasta que vi a Doña Toña que le daba unos masajes en el vientre. A mi madre, ella me dijo que estaba ayudando al Bebé a salir. Le dije que aún no era tiempo. Sin embargo, me explicó que no podía salvar a los dos o era mi mamá o el Bebé para ese momento mi mamá estaba sudando copiosamente. Creo que era producto del dolor que estaba sintiendo. Me dijo que dejara de cuestionar a la señora y que le permitiera hacer su trabajo. Antes de que terminara de hablar. Mi mamá se desmayó. Me asusté mucho porque pensé que había sucedido lo mismo que con luz que había muerto Doña toña vio mi rostro. Me dijo que me calmara. Mi madre sólo estaba inconsciente. Ella aprovechó para hacer las maniobras necesarias y ayudar a mi madre a expulsar al Bebé. Pude ver a mi hermanito ya formado pero completamente morado. Había nacido muerto. Ella lo puso en una tina con agua y comenzó a limpiarlo. Me dijo que estuviera al pendiente de mi mamá. Me dio un brebaje para que se lo aplicara con un trapo por todo el cuerpo. Mientras Doña Toña atendía a mi hermanito, mi mamá aún no podía salir de su estado de inconsciencia. Le pregunté a Doña Toña si era normal. Ella me aseguró que todo estaba bien. Mi madre se pondría bien. Me dijo que se iba a llevar al bebé para preparar para su sepultura. Yo no estuve de acuerdo. Le dije que lo dejara a un lado de mi mamá. Ella me explicó que era necesario hacerle un ritual de bautizo, sino el pequeño que daría en el limbo. La verdad no supe todo lo que Doña Toña me dijo. Yo me encontraba muy abrumada por lo acontecido ese día, así que ya no le dije nada. Ella se llevó a mi hermanito afuera. Mis demás hermanos estaban preocupados por la salud de mi madre. Después que se marchó Doña Toña les expliqué sin darles muchos detalles lo que había sucedido. Así pasamos la noche en vela. Ya estaba por amanecer. Cuando mi madre abrió los ojos de inmediato, comenzó a preguntar qué había ocurrido. Cuando le dije lo del Bebé, ella no pudo contener el llanto. Me dijo que quería verlo, pero cuando le expliqué que Doña Toña se lo había ya llevado, me dijo que fuéramos por él trató de incorporarse. Sin embargo, su debilidad no se lo permitió. Me dijo que lo hiciera yo no podíamos dejar a su angelito en manos de ella. Me asomé por la ventana y aún estaba oscuro. Le dije que sólo iba a esperar a que comenzara a amanecer. Después de que me asomé a la ventana, pude distinguir que estaba una lechuza parada sobre el limón que teníamos en la calle. La escuché con su ulular. Por un momento pasó por mi mente que se trataba de Doña Toña, pero ya no quise pensar en eso. En cuanto aparecieron los primeros rayos de sol, me fui corriendo a la casa de Doña Toña. Llegué con ella casi ahogándome por el esfuerzo que hice toqué fuerte en su puerta sin que nadie me abriera. Me sentía desesperada. En eso vi de nuevo la lechuza que pasó volando enseguida Doña erra doña me abrió la puerta. Le dije que mi madre quería a mi hermanito. Ella me sonrió como siempre. Ya lo tenía muy limpio, Lo había bañado y estaba cambiado. Me explicó que ella me acompañaría a llevarlo para hablar con mi madre. Yo no quería que fuera conmigo, pero ella no me dio opción nos regresamos juntas en silencio. Mi mamá se conmovió cuando vio al pequeño, lo besó y se despidió de él. Yo también le dije que haría lo mismo, pero mi intención era revisarlo. También estaba cocido de su bracito. Mi madre le agradeció a Doña Toña y ella se marchó. Ya no volví a ir con ella en ese entonces No tuve la certeza de saber qué era lo que Doña Toña hacía con la sangre de los bebés. Pero lo más seguro era que la usara para rejuvenecer y seguir viva, porque lo más probable era que aquella foto que vi era de él ella así que podría tener más edad de la que decía. Relato escrito y adaptado por Adriana Cuevas