July 20, 2023

Fui Adoptado Por una Familia Satánica Historias De Terror - REDE

Fui Adoptado Por una Familia Satánica Historias De Terror - REDE

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Adoptado. Los relatos de sectas satánicas abundan en Internet y muchos son contados de tal forma que causan que mucha gente no crea que de verdad haya sectas capaces de cometer atrocidades. Sin embargo, lo que les voy a contar posiblemente los convenza de que ese tipo de sectas si existen. Yo quedé huérfano a muy corta edad debido a un mortal accidente de auto. Era hijo único y mis padres venían de Honduras. Por lo tanto, cuando mis padres murieron, no había ni un solo familiar que se hiciera cargo de mí. Por eso terminé en un orfanato. Cuando tenía nueve años cumplidos un matrimonio me adoptó. Ellos tenían una hermosa casa de color rojo. La casa era impresionante por dentro y por fuera. El único detalle era que la casa estaba hasta las afueras de las ciudad casi en la carretera. Ellos tenían un hijo y una hija, ambos más grandes que yo, pero no demasiado. Todos los integrantes de esa familia eran muy raros. No se hablaban más que cuando nos sentábamos en el comedor el resto del día, cada quien estaba en sus asuntos. El único que hacía ruido en la casa era yo, mientras jugaba con los muchos juguetes que estaban en el cuarto que me asignaron al principio. Me sentí un poco incómodo y le pregunté a mi madre adoptiva si no le molestaba mi ruido, pero ella respondió que no, que yo podía hacer lo que quisiera mientras no rompiera nada. Así que las primeras semanas yo me la pasé corriendo y jugando por toda la casa sin restricciones, cuando ya tenía tres meses de estar viviendo con mi nueva familia durante una cena Mi padre adoptivo me preguntó si yo había escuchado algo sobre Dios. Mis padres biológicos eran creyentes, pero nunca se sentaron a hablarme de Dios. Era un niño. Aún así, yo tenía nociones, por lo que oía de ellos y de las pocas veces que me llevaron a la iglesia, así que respondí que Dios era protector, creador del mundo, nuestro padre y nuestra guía. Mi padre adoptivo me dijo que yo era muy listo y que se me notaba que tenía la facilidad para aprender cosas rápido. Luego me dijo que, si bien mi respuesta era correcta, el Dios al que yo me refería no era el Dios correcto. El Dios verdadero era Baal. Nunca había escuchado ese nombre y se lo dije Mi padre adoptivo me explicó que Baal era el más antiguo de todos los seres del mundo, creador del sol, de la lluvia y de las plantas, y que en esa casa se adoraba a baal que él me iba a enseñar a cómo adorar al Dios. Verdadero, debido a mi corta edad, no tenía muy arraigado el concepto del dios católico. Por lo tanto, si mi padre adoptivo me estaba diciendo que su dios era el bueno para mí estaba bien. Durante esa cena, ya no se habló más al respecto. Fue una noche como cualquier otra, pero un tiempo después no recuerdo exactamente cuánto hicieron una fiesta en la casa. Todos los invitados estaban felices de verme. Todos iban a saludarme y me regalaban cosas. No era mi cumpleaños, pero no me iba a quejar por estar recibiendo regalos y ser el centro de atención. Había pizza y pollo frito. Al paso de unas horas. Mis padres adoptivos me comentaron que había que ir al patio. Hasta ese momento, toda la fiesta había ocurrido solamente en el interior de la casa. Estando ya en el patio, me di cuenta de que algo raro estaba pasando. En el fondo del patio. Estaba montado una especie de altar que encima tenía una figura que, a ojos de cualquier niño, parecía un monstruo. En ese momento no lo sabía, pero ahora les puedo asegurar que se trataba del diablo. Era un ser mitad humano y mitad animal con alas y cuernos. En cuanto vi esa cosa de inmediato, quise volver al interior de la casa, pero mis padres adoptivos me llevaron hasta quedar frente a la figura. Ahí me dijeron que ese era el verdadero Dios. Yo en mi inocencia les comenté que ese no parecía a Dios, porque estaba feo y daba miedo lo que mi padre adoptivo me dijo fue que todas las cosas nuevas y desconocidas daban miedo, pero que algo diera miedo no significaba que tuviera que ser malo. Luego me comentó que me iban a bautizar y me iban a dar otro nombre. Mi madre adoptiva dijo que me bautizarían con el nombre de Simón. Le pregunté el por qué y me respondió que Simón había sido un hombre que en la antigüedad tenía poderes mágicos, pero que el falso Dios había enviado a su mensajero a detenerlo. En ese entonces me gustaba la magia. Desconozco si lo que me dijo mi madre adoptiva era real o s lo inventó, pero por lo menos sirvió para que yo no protestara y aceptara que me bautizaran con el nombre de Simón. Luego los asistentes se acercaron formando un medio círculo alrededor de nosotros y del altar. Todos se tomaron de las manos y cerraron los ojos mis padres adoptivos y ellos empezaron a rezar. Yo ni siquiera intenté repetir las palabras que estaban diciendo, porque hablaban más rápido de lo que yo podía procesarlas. Por eso tampoco me acuerdo de las oraciones. Luego, alguien de la multitud se acercó al altar, tomó una jarra metálica y me vertió el contenido líquido sobre la cabeza. No sabría decir que era, pero recuerdo que tenía una textura espesa y su olor no era muy agradable. El color no lo sé, porque cerré los ojos en cuanto sentí el líquido recorrer mi cara y así terminó aquella fiesta. Después de esa ocasión, cada sábado, mi padre adoptivo me llevaba a su estudio. Ahí me leía cosas que tenían que ver con su dios cuentos cortos, que contenían un mensaje que luego él me explicaba. Estuve mucho tiempo con esa familia. Me resultó imposible recordar todas las enseñanzas con las que mi padre adoptivo me intentó doctrinar, pero mencionaré algunas. Eran cosas como que su dios era celoso. No debíamos mencionar su nombre con nadie que no formara parte de nosotros, que el día sábado debíamos rezarle que no toleraba la desobediencia. Pero sin duda, una de las cosas más extrañas era que debíamos rechazar a todas las otras deidades, tanto las que estuvieran en el cielo, en el agua y debajo de la tierra. Después como como un año y medio, mi padre adoptivo empezó a querer meter mi ideas en la cabeza que ciertamente me generaban conflicto cosas como que matar personas o animales. No estaba mal siempre y cuando su dios lo permitiera, cosas como si alguien que no pertenecía a nosotros tenía algo que queríamos, podíamos tomarlo porque éramos superiores, cosas que, a pesar de que era un niño, yo sentía que esas cosas estaban mal. Durante una de tantas cenas, mi padre adoptivo mencionó algo de llevar varias mujeres a la casa para pasar la noche, y mi madre adoptiva le dijo que primero ella vería las fotos. Eso me hizo mucho ruido, porque cuando vivía con mis difuntos padres, uno de los vecinos le fui infiel a su esposa y se armó un escándalo. Entonces mis padres me explicaron que cuando uno se casa, tiene que estar solo con su pareja y no con otras personas. Así que yo dije eso que mis papás me habían enseñado, que eso que quería hacer mi padre adoptivo estaba mal. La expresión que pusieron todos fue terrible. Era una mezcla de coraje y asco como si yo me hubiera vomitado sobre la comida. Mi padre adoptivo, que estaba sentado a mi izquierda, me comentó que todo lo que me habían enseñado mis anteriores padres era basura, porque ellos no sabían nada debido a que adoraban a un dios falso. Eso lo sentí como un ataque hacia mis padres y me molesté tanto que no me aguanté las ganas de soltar todo lo que pensaba sobre las cosas negativas que me estaban enseñando. Les dejé en claro que yo no iba a adorar a ese tal val porque en realidad se trataba del diablo. En ese momento, mi padre adoptivo tomó su tenedor y con todas sus fuerzas lo clavó sobre mi mano. La mesa era de madera, hasta así que mi mano quedó atrapada entre la mesa y el tenedor porque las puntas del cubierto atravesaron completamente mi mano y se clavaron un poco en la madera. Sentí un dolor tremendo que me hizo gritar demasiado fuerte. Mi padre adoptivo me tapó la boca y me dijo unas palabras que jamás se me olvidarán. Tus papás están muertos aquí mando yo si no te gusta, te puedo mandar con ellos. Fueron palabras muy crueles. Eso me dolió más que el tenedor atravesando mi mano. Después, mi padre adoptivo se retiró de la mesa y mi madre adoptiva me llevó a que atendieran mi herida en un hospital. Para ese momento yo ya tenía once años, Si bien seguía siendo un niño que iba a primaria. Tenía la mentalidad suficiente como para darme cuenta que con esa familia estaba corriendo mucho peligro. Llegamos al hospital. A mí me llevaron a una sala aparte en lo que alguien hablaba con mi madre adoptiva. Cuando llegó la enfermera a atenderme, lo primero que hizo al verme fue preguntarme cómo me la había hecho. En ese momento se me aceleró el corazón. Por un lado, tenía miedo de que si decía la verdad y no me creía, tendría un serio problema estando de vuelta en casa, pero si resultaba que si me creían mi futuro era incierto, aún así. Opté por decirle a la enfermera que mi padre adoptivo me había clavado un tenedor metálico. Ella me miró muy seria y me comentó que no me preocupara que todo iba a salir bien, le hizo unas señas a otra enfermera y procedió a curar mi herida. Primero me limpió y luego me puso anestesia con una jeringa. Después me pudo coser sin que yo sintiera dolor, ya que terminó me llevó un jugo y unas galletas. Al paso de una hora llegó la policía. Eran dos personas. Me hicieron muchas preguntas. Yo aproveché para desahogarme dije todo. Cuando el interrogatorio terminó, me llevaron con ellos a la patrulla. Cuando iba saliendo del hospital, pude ver que otros dos policías tenían esposada a mi madre adoptiva. Tuve la enorme suerte de que la persona que se encargaba del tiff de la ciudad era muy creyente y tenía buena relación con los hospitales y con la policía. Por eso actuaron rápido durante los siguientes meses ocurrieron muchas cosas, así que trataré de resumir lo más importante. Primero, evidentemente, el DIF presentó cargos contra mis padres adoptivos, pero sus abogados lograron un acuerdo en el que evitaron la cárcel a cambio de dar información importante sobre la secta de la que formaban parte. El trato implicaba bar que renunciarían a sus hijos, así que, al igual que yo, mis hermanos adoptivos pasaron a quedar bajo custodia del DIFF. El DIF y la fiscalía procedieron en contra de la secta y hubo varias personas detenidas. Sin embargo, al poco tiempo cambiaron al fiscal y, en cuanto a eso sucedió, los que habían sido mis padres adoptivos aparecieron muertos y luego le pasó lo mismo a la encargada del DIFF. Afortunadamente, yo pude escapar de esa secta que aún existe, la Bruja de piel Negra. Mi nombre es Juan y he vivido en San José toda mi vida. Esta ciudad, la capital de Costa Rica, es un lugar único en el mundo. Tenemos, por ejemplo, una banca a la que te puedes sentar y pasar un rato al lado de una estatua de John Lennon. También tenemos un volcán a menos de una hora del centro de la ciudad. Podría tirarme horas hablando de la docena de edificios increíbles que hay, pero en general, la arquitectura de la ciudad tiene toda la pinta de ser una ubicación de la Europa clásica y, al igual que en la Europa clásica, aquí también durante un tiempo se esparcieron historias sobre brujas. Recuerdo que, cuando yo era niño, una de las leyendas que más se contaba en la colonia era la de la Bruja de piel Negra, la cual, según la misma leyenda, vivía en una zona más allá de la ciudad. Para los que no lo sepan, San José de Costa Rica está rodeado de frondosos bosques, algunos muy peculiares, como el que siempre está cubierto por niebla. Por eso mismo, la idea de una bruja viviendo en alguna zona de esos bosques tenía un poco de sentido. Una característica peculiar de la Bruja de piel negra era que nadie conocía su nombre y el motivo de eso era porque se decía que todo aquel que llegaba a pronunciarlo moría en ese mismo instante. Por lo tanto, todos los que lo sabían no podían decirlo y con el paso de los años, los que conocían el nombre de la bruja murieron de viejos sin poder decirle a nadie. Por eso ese dato se perdió. La Bruja de piel negra tenía la reputación de poseer conocimientos prohibidos y poderes oscuros, lo típico de cualquier bruja. Pero además, la Bruja de piel negra podía obtener pociones directamente del mismo diablo y que esas pociones causaban graves enfermedades a los que corrían con la mala suerte de ingerirlas. La gran mayoría de los relatos que se contaban sobre esa bruja eran en verdad escalofriantes, pero había unas cuantas personas que decían que la bruja podía llegar a ser de mucha ayuda si se le ofreció un trato justo. Algunos de los vecinos comentaban que sus padres o sus abuelos habían acudido con la bruja para solicitarle remedios milagrosos que pusieran fin a sus situaciones adversas. Claro que ir hasta el hogar de la Bruja con la intención de obtener ayuda era jugar a la ruleta rusa, porque si el trato que se ofrecía no le parecía justo, el costo era la muerte. Por eso, ahí en la colonia había un dicho que decía ese fue y vino de con la Bruja. Se decía que uno de los tratos justos que se le podían ofrecer a la Bruja de piel negra era el de tomar una de sus pociones y dársela a un conocido. Claro que se tenía que ser una persona de sangre muy fría para darle una poción de esas a un conocido, porque se sabía de antemano que la persona que se tomara la poción iba a morir. El motivo por el cual eso le parecía un trato justo a la Bruja era porque cuando una persona moría por causa de esas pociones. Su alma podía ser atormentada por la bruja y ella entregaba esas almas al diablo como muestra de devoción. Como siempre sucede con historias de esta naturaleza, Había muchas personas que cuestionaban la veracidad de la leyenda de la bruja de piel negra. Algunos de los incrédulos sostenían que la presunta existencia de la bruja era simplemente producto de la imaginación y de los miedos infundados de la gente. Otros decían que la bruja sí era real, pero que las pociones que ofrecía no eran más que agua, sin ningún efecto real. Allí, en la colonia, éramos muchos niños que creíamos que la bruja de piel negra sí era real y, como es normal en los niños, el oír tantas historias sobre la bruja nos generó una curiosidad que nos empujaba a querer verla. Así que una tarde, varios niños nos pusimos de acuerdo para ir a buscar no encontramos nada. La siguiente semana fuimos a otra zona diferente, pero el resultado fue el mismo. Así estuvimos durante tres meses hasta que en una de las expediciones que hicimos a lo profundo de una zona del bosque de la niebla, cuando ya estábamos a punto de dar vuelta para regresar a nuestras casas, notamos a lo lejos una tenue luz que de inmediato supimos que no era algo normal. Nos emocionamos de pensar que finalmente habíamos encontrado a la bruja, pero al mismo tiempo nos pusimos muy nerviosos por tantas cosas malas que se habían oído sobre ella. Poco a poco fuimos atravesando la niebla. Nos íbamos acercando cada vez más a esa tenue luz de color púrpura. Finalmente estuvimos frente a una vieja choza que se alzaba entre los árboles. Era un lugar modesto hecho de madera y paja se veía tan frágil que que pare cría decía que un viento medianamente fuerte podría partirla en mil pedazos. No teníamos idea de qué parte de la choza era la que teníamos al frente, porque no podíamos ver una puerta y tampoco una ventana sin acercarnos demasiado. Rodeamos la casa, pero en ninguno de sus cuatro lados había por dónde entrar. Eso era muy raro. No tenía ningún sentido que siguiéramos ahí si no íbamos a poder entrar. Entonces uno de mis amigos apuntó a un lugar y dijo que la madera que estaba ahí se veía floja, que tal vez podríamos arrancarla y podríamos meternos a la casa por el agujero. Todos estuvimos a favor de esa idea. Fuimos hasta ahí y aunque nos costó mucho, logramos desprender un pedazo de madera. No fue lo suficientemente grande como para podernos meter, pero al menos nos dejaba mirar un poco el interior, así que nos asomamos lo lo Lo que pudimos ver ahí dentro nos dejó petrificados. Allí en la penumbra vimos a una mujer hincada frente a una escultura extraña. La mujer tenía sus manos extendidas hacia la escultura como si la estuviera rezando. No oíamos nada, pero aún así, esa escena nos asustó demasiado lo suficiente como para hacer que saliéramos corriendo de inmediato. Cuando estuvimos algo lejos, caímos en cuenta de que en ningún momento habíamos visto la luz púrpura que había llamado nuestra atención. En un principio nos detuvimos para voltear y como estábamos lejos, no podíamos ver la choza, pero sí estaba ahí la luz púrpura. Eso nos dejó muy confundidos, pero ya habíamos tenido suficientes gustos, así que seguimos corriendo hasta salir del bosque. De ahí ya nos fuimos caminando a nuestras casas. En el trayecto. Acordamos que no le diríamos nada a nuestros padres, porque sabíamos que eso nos podría meter en serios problemas. De hecho, hicimos un pacto. Aquel que contara algo sería castigado, siendo enviado sólo hasta la choza del bosque. Un tiempo después ocurrió un acontecimiento extraño en la colonia. Una noche mientras todos dormíamos, algunos hombres de la cuadra, incluyendo a mi papá, estaban en la banqueta platicando sobre un partido de fútbol, cuando de pronto escucharon a un perro llorar muy feo como si alguien lo estuviera golpeando. El ruido venía de la casa de uno de los que estaban ahí platicando, así que todos corrieron rápido a la casa de él pensando que alguien había intentado robar. Cuando llegaron, dice mi papá que el perro estaba totalmente cohibido en un rincón chillando y todos los perros de la cuadra también se pusieron a ladrar como locos. El dueño de la casa se acercó a su perro para ver qué le había pasado, pero no tenía ninguna herida. El animal estaba mirando hacia el techo. Entonces el vecino volteó se dio cuenta que sobre el techo de su casa estaba un chivo de color negro. El vecino rápido le dijo a todos que voltearan a ver al chivo. En eso, el animal se paró en sus patas traseras y se alejó brincando por los techos. Ante ese hecho inexplicable, La conclusión a la que llegaron los adultos tras platicarlo con sus esposas, fue que la bruja de piel negra había enviado a un esbirro del diablo para darle un mensaje a alguien de la colonia. Mis amigos y yo sabíamos muy bien que ese mensaje era para nosotros, porque, por andar de curiosos, nos habíamos ido a meter al territorio de la bruja. Así que, con mayor razón ocultamos lo que había pasado. Aquella tarde, mientras fuimos niños, do, do, dos, cumplimos con el pacto que habíamos acordado. Guardamos ese secreto durante muchos años, hasta que poco a poco se dejaron de contar las historias sobre la Bruja de piel negra. Se supone que desapareció, pero en realidad nadie sabe qué fue lo que pasó con ella. Mis amigos estuvieron de acuerdo en que compartiera la historia con el canal. Así, cualquiera podría escuchar sobre la ocasión de cuanto encontramos la casa de la Bruja la lechuza de Sabinas. Hace muchos años, cuando yo era niño, se contaba una historia en la ciudad donde crecí. La historia hablaba sobre que en una ocasión una mujer había perdido a su esposo y a todos sus hijos. Invocó al diablo y le imploró que le permitiera tener otro hijo que estaba diciendo dispuesta a darle su alma, con tal de que le permitiera ser madre. Una vez más, la historia cuenta que esa noche el diablo se apareció en los aposentos de la mujer y la tomó dejándola embarazada de una niña. Los primeros cinco meses el embarazo transcurrió con normalidad, pero en cuanto se cumplieron los seis meses de embarazo, lo cual ocurrió un seis de junio, la niña que estaba dentro del vientre de aquella mujer decidió salir por su propia cuenta. Se decía que a las seis de la mañana, la gente que vivía cerca de la casa de la señora pudo escuchar que aquella mujer dio un grito tan desgarrador que hizo que varios vecinos forzaran la puerta de la casa para saber qué le había pasado. A la señora le encontraron tirada en el suelo, muerta con el vientre reventado. Le faltaba un ojo en eso escucharon un ruido, voltearon hacia el rincón y vieron a un bebé de piel pálida con unos inquietantes ojos amarillos. Comiéndose el ojo de la señora. En cuanto la bebé los miró, empezó a arrastrarse hacia ellos. Mientras le gruñía. Todos los vecinos se asustaron y salieron corriendo de la casa. Ya estando fuera, pudieron ver que esa bebé se arrastró hasta salir. Luego le salieron unas alas y se fue volando. Es una historia muy extraña. Lo sé, pero no es cosa mía. Eso se contaba en mi ciudad cuando yo era niño. Claro que, según la persona que lo contara, podían cambiar algunos detalles, pero en esencia, esa era la historia. Todavía puedo recordar aquella noche, cuando estuve cara a cara con aquella criatura mientras caminaba por las calles desoladas del municipio de Sabinas Hidalgo, en el Estado de Nuevo León. Mi reloj de Muñeca marcaba que era ya la una de la mañana. Por eso era normal que lo único que me rodeara fuera el silencio. Yo había salido tardes del trabajo porque teníamos que hacer un inventario. No podía quejarme en aquel entonces. En la ciudad no había muchos trabajos que fueran bien pagados. Así que salir tan tarde del trabajo una vez cada dos meses no era un aspecto negativo. Aquella noche no fui el único desafortunado que se vio obligado a tener que irse caminando hasta su casa. De hecho, durante la mitad del trayecto tuve la compañía de un amigo del trabajo. El caminar en medio de la oscuridad siempre conseguía hacerme sentir inquieto. Por esa razón, a pesar de que yo sabía que acababa de revisar mi reloj, Le eché otro vistazo. Apenas había transcurrido un minuto desde la última vez que lo consulté. Aún me faltaban diez cuadras para llegar a mi casa por si la oscuridad no fuera suficiente para ponerme incómodo. Por alguna razón, esa madrugada, mis pasos hacían más eco de lo normal en las paredes de la casa, de ambos lados de la calle. Si bien Sabinas nunca ha sido la ciudad más segura del mundo. En esos años, la delincuencia no era tan fuerte como llegó a ser durante el dos mil diez. Siempre existía el riesgo de que te asaltaran, pero la colonia en la que yo vivía pudiera decirse que era la más segura de la ciudad. Aún así, cada que llegaba a una esquina para cruzar a la siguiente cuadra, yo me ponía nervioso. Tal vez era porque la gran mayoría de las casas estaban oscuras. Quizás era porque temía de que alguien pudiera salir de alguna de las cuatro casas que estaban abandonadas en ese último tramo. O, a lo mejor, lo que me ponía nervioso era la falta de buen alumbrado público, porque el que había en las calles ya era viejo. Muchos de los faros no encendían y los que sí parpadeaban tras avanzar sus cuadras. El clima empezó a refrescar y como que se quiso soltar el aire. En cuanto llegué a la siguiente de esquina, sentí un piquete en la espalda esa sensación que tienes cuando sabes que alguien te está mirando. Lo que hice fue llevar mi mano al bolsillo de mi chaleco para revisar que trajera la navaja que utilizaba en el trabajo y sí la traía conmigo. Si bien eso no me hizo perder el nerviosismo, por lo menos tenía la certeza de que si alguien intentaba asaltarme podría siquiera defenderme. Apenas iba a cruzar la calle. Cuando las luces de un auto se asomaron, me apuré a cruzar la calle. Si alguien me estaba siguiendo, no le daría tiempo de cruzar antes de que el auto pasara. Eso me permitiría marcar distancia. En el preciso instante en que el automóvil pasó a mi lado haciendo sonar su claxson volté con la cabeza para ver que la persona sentada en el asiento del copiloto me hacía señas como sugiriéndome que dirigiera mi mirada hacia arriba, y así lo hice. El cielo estaba ennegrecido por decenas de nubes que ocultaban tanto las estrellas como la Luna. Sin embargo, entre aquella penumbra logré distinguir una figura inquietante. Un gigantesco pájaro de plumaje aparentemente negro se desplazaba con un vuelo cixageante hacia mi dirección. Jamás había visto un ave tan descomunal. Era demasiado grande y sus ojos amarillos destellaban con un intimidante luminosidad. Decidí continuar mi camino hacia mi casa, pero al llegar a la siguiente esquina, giré ligeramente la cabeza para comprobar si aquel monstruoso pájaro había desaparecido. Pero esa cosa aún venía siguiéndome. En lugar de seguirme derecho, decidí dar la vuelta. Mi intención era sólo que el ave pasara de largo en lo que yo me desviaba una cuadra y luego ya volvería a la calle correcta. Pero en cuanto di la vuelta para ir por otra calle. El pájaro hizo lo mismo. Con eso me di cuenta que esta cosa me iba siguiendo. Decidí regresar al camino correcto y apresuré el paso. Tan sólo me restaban cinco cuadras para llegar a mi casa. Así que cuando alcancé la siguiente esquina, tan sólo me restaban cinco cuadras para llegar a mi casa. Seguí moviéndome a paso acelerado, tratando de llegar lo más rápido posible, pero no importaba que tan rápido me moviera. Esa cosa. Cada vez se acercaba más a mí. Afortunadamente, logré llegar a casa sin ser atacado. Cerré la puerta con fuerza y atranqué de inmediato fui a las ventanas y la puerta que daba al patio y me aseguré que todo estuviera bien cerrado. En ese momento vino a mi memoria un comentario que mi hermano mayor me había hecho unos meses antes. Te haría bien tener un arma por cualquier cosa, pero cuando cuando estaba en la secundaria, me había tocado quedar atrapado en medio de una balacera y quedé traumado sólo de escuchar el sonido de una detonación me dejaba paralizado. Por eso no había hecho caso a mi hermano. Me tiré en el sillón para intentar calmarme. En eso escuché un fuerte aleteo que pareció pasar por encima del techo en dirección de la casa de al lado. El sonido fue demasiado fuerte como para ignorarlo por lógica supe que se trataba de aquella cosa. No tenía ventanas que me permitieran ver hacia la casa del vecino. Me armé de valor, abrí la puerta que daba al patio y me asomé un poco para mirar hacia la casa de al lado. Algo estaba parado arriba de su techo, pero no era un pájaro. Era una mujer sin ropa. Muy apenas se alcanzaba a percibir su silueta, pero tenía un rasgo. Me miraba con sus ojos, que eran de un brillante color amarillo, igual que el ave en negra que me había estado persiguiendo. Intimidado, volví al interior de mi casa casi temblando. No pude dormir en todo lo resto de la madrugada siendo objetivo. No puedo asegurar que ese monstruo es la misma criatura descrita en la historia que se contaba cuando yo era niño. Pero sin lugar a dudas, cabe al menos la mínima posibilidad de que si fuera la hija que aquella mujer tuvo con el diablo las brujas sirenas me llamo José y soy habitante de la hermosa ciudad de La Habana en Cuba. Aquí la vida está llena de color, música y tradiciones arraigadas en nuestras raíces. Sin embargo, no podemos ignorar las limitaciones y retos que acompañan nuestra realidad. La vida en La Habana puede ser desafiando te en muchos aspectos. La falta de recursos básicos, los apagones frecuentes y las dificultades económicas son una realidad palpable. A pesar de ello, el espíritu del pueblo cubano es resiliente y nuestra alegría de vivir se mantiene intacta. Nos apoyamos mutuamente y encontramos la fuerza en nuestra comunidad para superar los obstáculos diarios. La religión juega un papel fundamental en la vida de las personas en La Habana. La influencia de la religión yoruba una herencia de nuestros ancestros africanos es muy notoria. En muchos sectores de nuestra sociedad, las creencias yorubas están entrelazadas con el catolicismo y otras tradiciones, formando una espiritualidad única, muchas veces ciertamente confusa y, en el peor de los casos, hasta puede resultar engañosa en el sentido más conservador de la religión yoruba brinda un sentido de identidad y conexión con nuestra raíces. Creemos en la existencia de orillas deidades que representan diferentes aspectos de la vida y nos guían en nuestro camino. Estas deidades, como y ya mi Hochoronga, son honradas y respetadas a través de rituales y celebraciones sagradas. Dependiendo del sector de la ciudad, se pueden encontrar altares en cada cuadra. Las ceremonias y rituales nos brindan una conexión profunda con nuestros antepasados y nos ayudan a enfrentar los desafíos de la vida cotidiana, o al menos eso es lo que nos gusta creer, por lo menos nos da esperanza para luchar y sobrevivir. Yo buscando cómo subsistir en la Habana, he encontrado una forma de ganarme la vida que me permite estar cerca del mar, que siempre ha sido mi gran pasión. Me dedico a ser un ayudante ocasional en las playas, asistiendo a los turistas en cualquier cosa que necesite, desde ofrecerles información sobre los mejores lugares para visitar hasta brindarles recomendaciones sobre restaurantes locales. Es mi manera de conseguir dinero para llevar comida a la casa. Somos muchos además, hacer eso también es una forma de mantenerme cerca del agua. La tan peculiar historia que quiero compartir sucedió precisamente mientras me encontraba buscando o conseguir dinero en una soleada mañana en la playa. Ahí fue que conocía a Alejandro, un turista mexicano apasionado por la exploración submarina. Alejandro había oído hablar de una cueva submarina que se encontraba relativamente cerca de la costa. Decía que su bisabuela había sido cubana y que ella le había contado muchas historias sobre esa cueva. Por eso estaba empeñado en verla con sus propios ojos. No le pregunté qué clase de cosas eran las que la abuela le había contado sobre esa cueva, porque no me interesaba. Yo sólo quería la paga. Él necesitaba la ayuda de alguien que conociera bien los alrededores y pudiera llevarlo hasta ese lugar. Resultó que su contacto en Cuba era un amigo de un amigo mío y fue así que nos conocimos. Yo jamás había oído hablar de esa cueva. Conocía la ubicación que Alejandro me decía, pero evidentemente, sin el equipo adecuado no era posible llegar. El turista mexicano tenía en el hotel todo el equipo necesario para que él y yo pudiéramos bucear. Le aclaré que nunca había utilizado ese equipo, pero me comentó que él estaba certificado como buzo de rescate. Me aseguró que yendo con él estaría completamente a salvo que si las cosas se complicaban, él podría sacarme sin problema. Pactamos un precio y partimos hacia el lugar. Primero fuimos con un amigo que rentaba pequeñas embarcaciones a los turistas y el mexicano le pagó para que me dejara llevar a mí el navío. Luego de alejarnos lo suficiente de la orilla, llegamos a la ubicación aproximada de la cueva submarina. Estando ahí, le comenté que, aunque en esa zona los tiburones no abundaban por montones, si era normal ver uno o dos con cierta frecuencia, sobre todo los tiburones toro, a los cuales nosotros les apodábamos los peces del diablo, porque eran los más peligrosos. Habitaban en las aguas de la isla. El motivo de su alta peligrosidad era que los tiburones toro son como los perros, pueden oler cuando una persona les tiene miedo y eso los hace atacar. El mexicano me comentó que ese no era problema para él, ya que antes había nadado con ese tipo de tiburones. Para mí tampoco significaba la gran cosa, porque tenía mucha experiencia nadando cerca de estos animales. Alejandro me ayudó a ponerme el equipo y nos sumergimos en el agua. Lo llevé hasta la profundidad que yo conocía y de ahí me fui a a con la información que él me había dicho. Después de un tiempo divisamos una abertura en una formación rocosa. Alejandro y yo intercambiamos miradas. Supimos que habíamos encontrado la entrada a la cueva. Nos la arreglamos para poder pasar por la abertura sin dañar al equipo. Luego de atravesar la grieta, el pasadizo se fue haciendo más ancho, lo que nos permitió nadar con más soltura. Luego de adentrarnos un poco más, llegamos a una especie de cámara en el que había muchos huesos y cráneos. Yo en ese momento me asusté y me detuve con señas. Le di a entender a Alejandro que era necesario salir que ese lugar parecía peligroso, pero él me hizo una seña para que volteara detrás de mí pude ver una criatura que estaba muy lejos de ser un peaz. La silueta del torso parecía ser una mujer, pero también tenía un largo la ca o bello color negro. La criatura estaba pálida demasiado, lo que hacía que sus ojos de color verde resaltaran mucho. Sin embargo, a pesar de que a simple vista pudiera parecer una mujer, todo su cuerpo estaba cubierto por escamas, además de que en la cara tenía el pico de un pájaro y, en lugar de piernas, la parte inferior de su cuerpo era como el de una serpiente. Esa cosa nos veía mientras permanecí inmóvil sin retirar mi vista. Poco a poco fui retrocediendo jalé el brazo de Alejandro para que reaccionara, pero él parecía estar hipnotizado. Entonces la criatura emitió un sonido muy incómodo. Eso hizo reaccionar a Alejandro y rápidamente nos dimos la vuelta para salir del lugar. Por suerte, aquella cosa no nos persiguió. El tiempo que tardamos en regresar a la superficie fueron los momentos más angustiosos de mi vida. Ya estando fuera del agua, el mexicano me contó que era Alejandro te Quín Torres. Su familia paterna venía de Turquía. Ellos habían migrado a España en mil cuatrocientos noventa y dos, cuando el Imperio Otomano expulsó a los judíos. Después, algunos de la familia llegaron a la isla de Cuba. Ahí el menor de los hijos tuvo hijos con la esclava de la familia, que era una mestiza cuyo padre era un esclavo nigeriano y cuya madre era nativa de la isla de Cuba. Fue así que se formó una familia que mezcló tradiciones y creencias turcas, nigerianas y cubanas. En aquella lejana época que son hace más de cuatrocientos años. En Nigeria, se creía en la existencia de las guatas, que eran seres acuáticos que podían utilizar sus poderes para cautivar y atraer a pescadores para poder matarlos y comerlos. En Turquía estaba la creencia en demonios de agua que eran seres marinos cuyo avistamiento era un presagio de la muerte. Y a Cuba de manos de los marineros y los piratas llegaron historias sobre las sirenas, de las que todos hemos oído hablar en algún momento de la historia. La familia Tekin deja la isla de Cuba y migra a México específicamente a Veracruz, lugar famoso por las miles de historias de brujas. Así que, con el paso de muchas décadas dentro de la familia Tequín, esas historias sobre brujas terminaron por mezclarse con las creencias en aquellas enigmáticas criaturas submarinas. Así que, cuando Alejandro era niño, su bisabuela, la esposa del bisabuelo Tequín, le contaba historias sobre las brujas sirena que vivían en Cuba. Es una historia confusa, pero esto me ocurrió hace treinta años y se las he contado de la mejor forma que puedo recordar. Si me preguntan a mí, no siendo todos totalmente honesto, no sé qué debería creer. Estoy consciente de lo que vi Una cosa así nunca se te olvida y yo simplemente comparto mi experiencia sueño infernal. Tenía veintidós años, cuando mi vida se complicó demasiado. Problemas laborales y personales me hicieron cuestionarme muchos aspectos de mi vida a tal punto que casi caía en una fuerte depresión. Cada paso que daba parecía llevarme más lejos de mis sueños y metas. La desesperación y el agotamiento me empujaron al límite, provocando que, en un momento en que lo único que sentía era desesperanza, soltara palabras que jamás deberían haber salido de mi boca, dirigí mi mirada hacia mi novia y le dije estoy cansado de este constante fracaso. He llegado a contemplar la posibilidad de hacer cualquier cosa, incluso vender mi alma al diablo, con tal de cambiar mi suerte. En aquel preciso momento, cuando nuestros ojos se encontraron, pude notar el terror que invadía el rostro de mi novia. Sus ojos reflejaban temor y una total desaprobación. Trato de advertirme que no pronunciar esas palabras prohibidas, pero yo consumido por la desesperanza, sólo pude soltar una risa amarga. Pasaron varios días y mi situación mejoró un poco, pero no lo suficiente como a mí me hubiera gustado. Eso se lo comenté a mi novia inclusive me atreví a bromear un poco con que había sido posible por el comentario que había hecho. Así que se me ocurrió decir algo similar y dije quizás lo que debería de hacer es vender mi alma al diablo para obtener lo que anhelo. Ella me dijo no tienes ni idea de lo que puedes provocar. Estás jugando con fuerzas oscuras que no puedes comprender. Ella era cristiana, por lo tanto, esa clase de cosas le afectaban mucho. Esa noche, cuando estaba dormido, me soñé vagando por una calle envuelta en una niebla asfixiante. Seguí el camino que me llevó a un imponente edificio que se parecía a una especie de castillo abandonado, pero con una presencia inquietante, como si fuese el epicentro de la locura. Sin embargo, me adentré valientemente en las profundidades de aquel lugar, a pesar de saber que en el mundo real nunca me hubiera atrevido a hacerlo. Avanzaba por los sombríos pasillos, observando las figuras que iban apareciendo a mi alrededor. Algunas yacían en sillas de ruedas atadas con camisas de fuerza. Otras permanecían encerradas en sus celdas ocultas en las sombras de su demencia. Algunos de esos seres parecían ser los guardianes del lugar. De repente, los sonidos de voces desgarradoras, gritos desesperados y lamentos agonizantes resonaron en cada rincón. Muchas de ellas provenían de idiomas o lenguajes desconocidos para mí, Pero entre aquel caos ensordecedor logré distinguir una voz en particular que me susurraba aún estás a tiempo de salvarte. Pide perdón antes de que sea demasiado tarde. Aquel susurro hizo que me detuviera en seco en medio del pasillo, sintiendo un impulso urgente de dar marcha atrás y huir de aquel lugar macabro. Sin embargo, uno de los guardias se acercó a mí con paso firme y pronunció con una voz sombría continua avanzando sin más opción que obedecer. Seguí adelante con cada paso que daba sentía como si estuviera caminando sobre brasas ardientes. Esa sensación aumentaba mi angustia. Llegué hasta el final del pasillo, donde se abría un salón de proporciones verdaderamente colosales. Era deslumbrante su belleza y elegancia, pero esto no le quitaba lo sombrío. En ese instante noté cómo mi vestimenta se transformaba, adoptando un aire refinado y distinguido que contrastaba con el ambiente opresivo que me rodeaba. En el centro del vasto salón se desplegaba un interminable comedor adornado con una ostentosa cena y repleto de una multitud de personas. Sus rostros irradiaban sonrisas malévolas al verme adentrarme, mientras al fondo había un grupo de personas heridas que sostenían instrumentos con los cuales reproducían una melodía que de verdad era sumamente inquietante y al final del salón había un trono dorado sobre él había un hombre de apariencia peculiar. Su rostro enmarcado por una barba retorcida y ojos penetrantes, parecía arrastrar consigo siglos de sabiduría y maldad. Luego, una voz pareció retumbar en mi cabeza. Me hizo una pregunta que heló mi sangre. Qué es aquello que tanto anhelas en mi sueño. Sentí cómo el aire escapaba de mis pulmones. Mientras un temblor invadía mi cuerpo y hasta me dieron ganas de llorar con la voz entrecortada, supliqué. Por favor, no deseo nada. Estoy bien tal como estoy al pronunciar esas palabras. El semblante del hombre se oscureció y empezó a sufrir una transformación en verdad horrible. El miedo me invadió por completo y tembloroso. Me arrodillé en un intento desesperado de rezar, pero las palabras se desvanecían en mi mente. De repente, las personas en el comedor comenzaron a gritarme lanzándome comida que se convertía en repugnantes insectos. Después, repentinamente desperté estaba agitado y sudando. Desde ese día, una serie de sucesos extraños comenzaron a suceder. Silbidos salían desde las esquinas más oscuras de mi habitación. Las luces se encendían y apagaban de forma inexplicable y se escuchaban pasos resonando por toda la casa. Cuando estaba solo. Pero lo peor de todo era cuando sentía una respiración profunda cerca de mi oído. Como vivía solo, me vi obligado a pedirle a mi novia que se quedara conmigo. Ella sabía perfectamente bien que yo era muy miedoso. Por eso accedió. Se las tuvo que ingeniar mucho para dormir fuera de su casa. Como dije ella era cristiana y la gente que practica esa religión es muy conservadora. Por lo tanto, sus padres no veían con buenos ojos que ella fuera a dormir a mi casa. De repente, una noche, mi novia se sobresaltó, sus ojos estaban llenos de pánico y con voz temblorosa. Me me me ha cría, seguro que alguien había tirado con fuerza de las cobijas. Ella se veía tan asustada que en un santiamén me contagió el miedo, convencidos de que algo muy malo estaba pasando. Lo que hicimos fue salir de mi casa en ese mismo instante y nos fuimos a casa de sus padres. Decidimos contarle todo a su madre, incluyendo la terrible pesadilla que yo había tenido. Ella me regañó, advirtiéndome sobre lo peligroso que pueden ser las palabras. Ella decidió solicitar la ayuda de un pastor para bendecir mi casa en un intento por ahuyentar el mal. Aquello aparentemente funcionó, porque ya no pasaron cosas raras en mi casa. Sin embargo, tuve una segunda pesadilla muy fuerte. Esta vez en la pesadilla me vi luchando desesperadamente por abrir la puerta principal de mi casa, pero mis esfuerzos resultaron en vano, ya que la puerta parecía estar resistiéndose a ser abierta. Dos figuras sombrías emergieron de la penumbra avanzando hacia mí con paso lento y sigiloso. Cuando me alcanzaron, extendieron sus brazos ofreciéndome una caja de color negro y, a pesar de mi temor, me obligaron a tomarla. Al abrir la caja, desperté bruscamente antes de poder ver el contenido. Desde entonces, los sucesos extraños han cesado, pero la sensación de que algo acecha en las esquinas aún persiste pecado capital. Soy el menor de tres hermanos. Eso siempre tuvo sus ventajas, pero también sus respectivas desventajas. Una de las ventajas era que mis padres siempre fueron más permisivos conmigo que con mis hermanos, y una de las desventajas era eran que siempre heredé la ropa que fueron dejando mis dos hermanos mayores. El siete de febrero del dos mil siete cumplí doce años. Sin embargo, en esa ocasión no se me hizo fiesta, porque apenas cuatro días antes se había llevado a cabo el funeral de mi padre. Él murió en circunstancias como mínimo peculiares, por no decir que su muerte fue en extremo misteriosa. Siempre fue un hombre sano comía bien, no fumaba, no tomaba, tampoco se desvelaba y una mañana sencillamente ya nos despertó. Los resultados de la autopsia sólo añadieron más confusión a la situación, porque lo que nos dijeron fue que había muerto debido a una falla masiva de todos sus órganos. Los doctores estaban igual de confundidos que nosotros, porque nos explicaron que una muerte así era muy rara. Podía darse producto de una infección bacteriana, pero pero huía hubieran encontrado la infección durante la autopsia, lo que no sucedió. Los impactos muy fuertes también podían causar una muerte así, pero mi padre murió recostado en su cama y los otros tres órganos que podían provocar una falla masiva son el corazón, el hígado, los riñones y estaban en buenas condiciones. Así que, aunque se sabía la causa de la muerte. No se supo qué había provocado que muriera de esa forma. Eso provocó que más de un familiar empezara a esparcir el rumor de que posiblemente a mi padre lo habían matado con un fuerte trabajo de brujería. Inclusive uno de mis primos llegó a comentarme que, a lo mejor, mi papá había hecho un pacto con el diablo y que por eso había muerto. Escuchar eso de mi primo me dio tanto coraje y me pareció una falta de respeto tan grande hacia la memoria de mi padre que le tumbé un par de dientes cuando le lanzar si una botella de vidrio directo a la cara. Luego, desde ese incidente con mi primo, en una ocasión que mis hermanos y yo habíamos ido a comprar un refresco a la tienda por la comida, el mayor nos preguntó si habíamos escuchado lo que decían algunos familiares sobre la posibilidad de que alguien le hubiera hecho brujería a nuestro padre. Nosotros le respondimos que sí, pero no hablamos al respecto. Sin embargo, eso de la brujería a mí me estaba carcomiendo. Desde el punto de vista racional, no tenía ningún sentido, pero como la ciencia no me dio respuestas, empecé a preguntar qué tan probable pudiera ser que en realidad le hubieran hecho un trabajo a mi padre sin que mi madre y mis hermanos se enterara. Yo empecé a investigar esa posibilidad. Lo primero que hice fue preguntar a ciertas personas si ellos sabían el por qué a una persona se le pudiera hacer brujería. A las cuatro personas que les pregunté me respondieron lo mismo. La gente envidiosa hace brujería. Con esa respuesta en mi mente me empecé a preguntar si había motivos para que alguien le tuviera envidia a mi padre. No tardé mucho en comprender que sí había más de una razón para que alguien tuviera envidia de mi padre. Para empezar, había logrado un puesto alto en una empresa importante de la ciudad. Mi padre no había terminado ni la secundaria y aún así había llegado lejos en esa empresa. Bajo su cargo tenía licenciados ingenieros y hasta un abogado gente más preparada académicamente que mi padre, que tenían que seguir sus órdenes. Eso pudo haber dado pie al surgimiento de envidias. Otra cosa era que mi madre, antes de casarse con mi padre, había ganado cuatro veces consecutivas el concurso de belleza que se hacía en la ciudad, lo que significaba que había demasiados hombres detrás de ella, muchos de ellos con dinero y aún así, mi madre se casó con mi padre, que en ese entonces sólo trabajaba en atención al cliente, Así que, para no extenderme demasiado, había motivos para que por lo menos una persona sintiera envidia de mi padre. Antes de que terminara el año, mi madre comenzó a enfermar. Mis hermanos y yo nos dimos cuenta cuando empezó a perder mucho peso, a pesar de que nunca dejó de comer. El momento en que decidimos convencerla de ir al hospital fue cuando la vimos que tosó un poco de sangre. Fuimos al seguro, obviamente, y lo que el doctor nos dijo tras hacerle algunos chequeos, era que mi madre parecía tener hemoptisis idiopática, que, si bien debía tratarse nos aseguró que no era nada realmente grave a los dos días. Mi madre despertó con las piernas tan hinchadas que ni siquiera podía caminar. Mis hermanos y yo nos ausentamos de la escuela para estar en la casa. Al pendiente de mi madre. Teníamos que ayudarla para todo. El problema fue que se negó a volver al hospital. Dijo que primero se terminaría las cajas de medicamento que le habían dado y después iría al doctor. Mi madre quedó ciega. Antes de que se terminara el medicamento, la volvimos a llevar al hospital. En esa segunda ocasión, lo que nos dijeron fue que tenía una condición cardiovascular avanzada, cosa que no tenía nada que ver con el primer diagnóstico que nos dieron. Mi madre ya no pudo volver a casa porque estando en el hospital, comenzó a tener serias dificultades para respirar, así que tuvieron que internarla. Estando internada. A los tres días se le empezaron a torcer los dedos de las manos y esa misma semana le dio una convulsión que la mató. Fue así que en cuestión de meses nos quedamos huérfanos. Nada tenía sentido. Todo era una porquería. Maldije a Dios y me decidí a buscar respuestas por mi propia cuenta. Una tía que era de dinero firmó como nuestra tutora, pero ella habló con nosotros para preguntarnos qué era lo que queríamos. Mis hermanos y yo estuvimos de acuerdo en que nos quedaríamos solos en nuestra casa y que nos pondríamos a trabajar. Mi hermano mayor se fue a trabajar a una bodega el de en medio, se fue a empacar el mandado en un supermercado y yo me puse a juntar botes latas, tapas. Fierro todo lo que se pudiera vender. Estando todo el día en la calle, tuve mucho tiempo para pensar. Entonces volvió a mí la idea de que detrás de la tragedia de mi familia podía estar un trabajo de brujería. Sólo que ahora las circunstancias habían dado enviado porque de haber sido una envidia hacia mi padre, mi mamá quedaba fuera de la ecuación, quizás era envidia hacia nosotros, pero no tenía sentido. El mayor de mis hermanos apenas tenía diecisiete años. No habíamos vivido lo suficiente como para causar que alguien nos tuviera envidia. Así que la única opción que quedaba era que una persona le había tenido tanta envidia a mi madre que primero la hizo sufrir matando a mi padre y después la mató a ella, suponiendo que mis deducciones eran correctas. No había nada que yo pudiera hacer al respecto. Pasaron los meses hasta que, en una ocasión que estaba yendo al quilo a vender lo que había recolectado en la semana en un poste de luz, vi pegado un anuncio de una persona que ofrecía trabajos de brujería. Se me hacía tarde para llegar al kilo antes de que lo cerraran, así que me ería. Seguí de largo de regreso. Volví a pasar por ahí arranqué la hoja de papel. Fui a un teléfono público y llamé. Me contestó una mujer y me preguntó qué era lo que necesitaba. Le dije que quería hacer unas preguntas. La mujer me dio una dirección y fui hacia allá. Ella se sorprendió al verme llegar, pues era un niño. Fui directo al grano. Le dije que quería saber si a mis padres les habían hecho un trabajo de brujería. La mujer me preguntó por qué yo creía en eso. Yo le dije que mis padres estaban muertos. Ella fue por unas cosas. Los puso sobre la mesa y me hizo una especie de lectura o algo parecido. Después de eso, la mujer confirmó que sí, que una persona había matado a mis padres haciendo un trabajo muy fuerte de brujería. Se trataba de una fémina que conocía a mis dos padres, pero no pudo decirme cuáles habían sido los motivos. Entonces la mujer, con un tono muy serio, me comentó que ella podía ser que el mal se devolviera a esa persona. Yo solo quería saber sí iba a sufrir, pero ella no contestó nada. Iba a sacar el dinero para pagarle, pero me dijo que no me iba a cobrar que se encargaría de esa persona gratis porque ella se había vuelto Bruja, precisamente porque una persona también había matado a sus padres. Le di las gracias. Salí de ahí y me fui caminando hacia mi casa. Con cada paso que daba el enojo que me presionaba la espalda fue desapareciendo, porque creía firmemente que al final había vengado la muerte tan injusta que sufrieron mis padres. Nunca supe la identidad de la persona responsable. Por lo tanto, evidentemente, no me enteré de qué forma murió. Confió plena en que tuvo una muerte horrible. Dicen que la venganza no es buena, pero a mí sí me hizo sentir mejor. Tiempo después me unía una religión satánica. Ya no estoy activo dentro de esa comunidad, pero aún le regreso al diablo. De vez en cuando, tal vez Muchos de los satánicos pasaron por una situación similar a la mía, en la que la vida te golpea de una forma tan injusta que comienzas a pensar que Dios es el malo y por eso terminas acercándote al diablo la devoradora. Recuerdo aquellos días en los que vivía en una ciudad encantadora en el Estado de Veracruz y me consideraba un joven afortunado. Laura, la muchacha más codiciada de la localidad, se había convertido en mi novia. Durante meses o nuestras relación floreció y cada día parecía fortalecérselo nuestro. Sin embargo, con el tiempo comencé a notar ciertos comportamientos en Laura que despertaron mis sospechas y sembraron dudas en mi mente. En ocasiones la observaba sumisa en un Estado como si estuviera hipnotizada, como si se olvidara de todo lo que estaba a su alrededor, incluyéndome sus ojos, que solían brillar con una alegría radiante, se volvieron sombríos y perdidos en un abismo invisible. En una ocasión, mientras caminábamos en la plaza durante una noche de luna llena, al momento que pasamos frente a la iglesia, el aire se volvió denso y frío y pude escuchar que Laura susurró algo. Cuando volteé a verla creyendo que me había dicho algo, a mí, pude notar un peculiar brillo en sus ojos. Creo que está de más aclarar que los ojos de las personas no brillan. En otra ocasión había hemos acordado vernos frente a la heladería a cierta hora, pero a mí se me ocurrió llegar unos minutos antes Ella ya estaba ahí. Así que tuve la idea de sorprenderla, pero cuando estuve a punto de hacerlo, me percaté que ella estaba leyendo un viejo libro de aspecto antiguo y polvoriento. Sus páginas estaban llenas de símbolos extraños y anotaciones que no estaban en español. En eso ella hizo algo como que se guardó el libro, pero Laura iba en blusa y pantalón no tenía dónde guardar el libro. Aún así de un movimiento de su mano, el libro ya no estaba y así se fueron acumulando cosas raras tantas que ya me fue imposible ignorarlas. Así que una tarde nublada, mientras paseábamos por el parque, le pregunté directamente si ella me estaba ocultando algo. Laura pareció sorprendida por mi cuestionamiento, pero en lugar de responder de inmediatos, desvió la mirada y trató de cambiar el tema de conversación esa tarde no insistí más. Sin embargo, semanas después, como me percaté de algunas otras cosas, volví a cuestionarla al respecto. Pero ella era experta en esquivar mis preguntas directas. Cada vez que intentaba retomar el tema, ella cambiaba de tema o evitaba dar una respuesta concreta. Definitivamente, era mucho más lista que yo. Aquella actitud evasiva sólo aumentó mi desconfianza. A partir de ese momento, su actitud comenzó a zanjar una brecha entre nosotros. Sabía que algo me estaba escondiendo. La desconfianza me consumía y una noche, en un intento desesperado por descubrir la verdad, decidí seguir a Laura sin que ella se diera cuenta la. Seguí manteniendo la distancia. Se suponía que ella debía llegar a su casa, pero pronto me di cuenta que Laura no se dirigía hacia allí ya casi era medianoche. Por lo tanto, sin importar a dónde estuviera yendo la situación, no pintaba nada bien en una esquina, mi respiración se detuvo al verle encontrarse con un hombre de gorra y lentes se saludaron de beso y caminaron juntos, mientras él se cuidaba. El rostro de las pocas personas que pasaban cerca con paso sigiloso lo seguí hasta que finalmente se adentraron en un callejón oscuro. La rabia comenzó a arder dentro de mí. Una furia irracional se apoderó de mis sentidos y no pude contenerme. Me dirigí hacia ellos con toda la intención de desquitar lo que estaba sintiendo. En ese momento. Laura y el hombre se sobresaltaron al notar mi presencia. El rostro de ella perdió todo rastro de color palideciendo como si hubiera visto a un muerto cuando nuestros ojos se encontraron, percibí en su mirada una extraña mezcla de de sorpresa y culpa. Antes de que el tipo pudiera decir algo, le di un golpe directo en la cara. Nunca he sido muy fuerte, pero tenía tanta adrenalina que le saqué sangre de la nariz. Al tipo ni siquiera intentó defenderse. Sólo se marchó del callejón lleno de ira y confusión. Le exigió una explicación a Laura. Las palabras brotaron de sus labios temblorosos mientras intentaba justificar el por qué yo la había encontrado en ese callejón con ese hombre. Pero, en lugar de confesarme que me había estado engañando con ese hombre, lo que salió de su boca fue algo mucho más oscuro y retorcido, algo que jamás habría imaginado. Laura con la voz un poco temblorosa, me dijo que era una bruja en un principio. No le presté atención a lo que me dijo. Lo que hice fue preguntarle qué rayos tenía que ver eso con que se hubiera visto a escondidas con ese hombre. Ella me dijo que hace más de noventa años había hecho un pacto con el Diablo para poder verse joven y hermosa siempre, pero el Diablo no jugó limpio. Lo que hizo no fue dejarle juventud ni belleza eterna. Fue darle un libro de brujería que incluía rituales por los cuales podía obtener cierta energía de los hombres, energía que sólo podía obtenerla de aquella manera. Laura me juró que sí me quería de verdad, pero que si dejaba de buscar esa energía en los hombres. Poco a poco iría perdiendo su belleza y juventud. Dijo que si yo la veía como realmente era, no querría volver a verla. Hasta ese momento, ella y yo no habíamos intimado, Así que me surgió la pregunta por qué no tomaba esa energía de mí. Lo que me respondió fue que todo lo que regala el diablo viene con truco y con trampa. El libro de Brujería que le había otorgado. El diablo no lo decía, pero ella descubrió que cuando tomaba esa energía acortaba años de vida de los hombres y ella no quería adelantar mi muerte. Yo no podía creer lo que me estaba diciendo. Todo parecía una muy elaborada excusa para poder librarse de mis reclamos, pero los detalles que Laura me proporcionaba eran demasiado específicos como para tratarse de una simple invención. Fue entonces que Laura me aseguró que podía mostrarme que lo que me estaba diciendo era verdad, así que me pidió que la siguiera que me mostraría. A pesar de mis dudas, acepté ir con ella. Caminamos en silencio hasta llegar a su casa. Yo había estado ahí en varias ocasiones y nunca había visto nada que indicara que ella era una bruja. Fuimos a su habitación y entonces me pidió que echara un vistazo debajo de la cama. Voltea a verla, mostrándome incredulidad, pero ella insistió, así que me agaché para mirar una sensación indescriptible. Me invadió cuando mis ojos se encontraron con un altar meticulosamente montado. Debajo de la cama. Había velas consumidas, piedras con extrañas inscripciones, símbolos grabados en el suelo y hasta frascos que contenían líquidos. Era evidente que aquel lugar estaba relacionado con la brujería. En cuanto vi eso, me quedé sin aliento y se me pusieron los pelos de punta. Me puse de pie bastante confundido. Quizás la reacción normal hubiera sido tener miedo, pero en ese momento yo estaba experimentando una amalgama de sensaciones que precisamente me hacían sentirme confundido. Me sentía traicionado por haber encontrado a la que era mi novia en un callejón con otro hombre. Me sentía molesto conmigo mismo o por haber sido tan estúpido de no haberme dado cuenta antes, y también me sentía indeciso ante la incertidumbre de las citadas tan extraña. Por eso mi cabeza ya no podía procesar más emociones. Estando frente a ella, le pregunté cuál era su plan. Laura no supo responderme. Sólo se quedó callada mirando hacia el suelo. Entonces, con un movimiento de su mano, hizo aparecer el libro. Laura lo abrió y extendió su mano invitándome a tomarlo. Sabía que alguna historia debería existir detrás de ese libro, de los rituales que incluía y del pacto que ella había hecho con el diablo. Ahora que lo cuento, se me ocurren muchas preguntas que le pude haber hecho, pero en ese momento no me interesaba nada. Salí de la habitación y caminé hacia la puerta, decidido a irme de su casa. Ella me alcanzó y me pidió que no me fuera, pero yo no tenía otra opción. Laura me había engañado con otros hombres. En el mejor de los casos me estaba mintiendo y simplemente era una mujer infiel, pero en el peor de los casos. Ella de verdad era una bruja que absorbía la vida de los hombres, con lo cual quedarme a su lado sería una pésima decisión, Así que sin siquiera voltear a verla, abrí la puerta y me fui poniendo fin a eso. Nunca más volví a ver a Laura en la ciudad. Supongo que, al saberse descubierta, tomó la decisión de irse a otro lado, donde nadie supiera que ella era una bruja, la señora de los rezos. Esto que les voy a contar sucedió hace bastante tiempo, a mediados de los años setentas. Para ser exacto, en aquel entonces yo apenas tenía ocho años, si bien la historia no la vivía en carne propia, La escuché de primera mano por parte de mi tío Eulalio, quien siempre se ha caracterizado por ser una persona honesta. Por eso yo no dudo de la veracidad de la historia. Mi tío Eulalio, fue criado por una amiga de su abuela, doña Corintia. Lo que pasó fue que, cuando mi tío era apenas un niño, hubo un problema muy grande en su familia. Incluso hubo muertos, así que la mamá de mi tío lo dejó con esa señora. En palabras de mi tío, doña Corintia, era un ejemplo de rectitud. Eso no quitaba el hecho de que la señora era una bruja, pero una de las buenas. Ella se dedicó a ayudar siempre al prójimo. Ayudaba a los enfermos por medio de remedios herbales caseros. Así que, a pesar de que era una bruja, en toda la extensión de la palabra, mi tío me contó que la señora siempre la conocieron todos con el apodo de la señora de los Rezos. Esto era porque la forma que ella tenía de lograr cosas sobre nada naturales no era la forma típica de las brujas ni siquiera se parecía a lo que hacían otras brujas buenas. Lo que Doña Corintia hacía era rezarle a las hierbas en lugar de hacer rituales o invocar espíritus, como es normal que lo hagan las brujas, ella se dirigía a las plantas como si fueran seres divinos, y haciendo eso, las plantas emanaban energías que le permitían preparar los remedios que utilizaba para curar a la gente. No recuerdo el nombre exacto del pueblo en el que vivió mi tío Eulalio con esa señora, pero sí les puedo decir que era una zona muy rural. Ni ese pueblo ni los poblados de los alrededores tenían acceso a doctores, ni mucho menos a medicamentos. Por lo tanto, la ayuda de la señora de los Rezos era como un regalo del cielo. El dinero no abundaba en esa zona. Por lo tanto, la forma en la que la gente le pagaba era llevándole lo que ellos tenían en sus casas pudiera ser fruta, leche queso tortillas. Y cuando ella ya cuidaba a mi tío Eulalio, algunas personas llevaban dulces caseros. Había una familia que iba a visitar a Doña Corintia desde un pueblo ubicado a casi un día de distancia de camino. Esa familia iba por lo menos una vez por semana. Decía mi tío que había temporadas en las que iban hasta tres veces en una semana. El motivo de que esa familia realizara semejante travesía era porque el menor de sus hijos padecía una enfermedad muy fuerte y muy extraña, tan rara que, a pesar de que a tres horas de la casa de esa familia había un centro de salud. La familia prefería viajar hasta la casa de la señora de los Rezos, porque el personal médico que trabajaba en ese centro no tenía ni la más mínima idea de qué tipo de enfermedad padecía el pobre niño y, por lo tanto, no sabían qué tratamiento darle do Doña Corintia tampoco hacía milagros. Era bruja, no adivina ni vidente. No sabía cuál era la enfermedad que afectaba al niño, pero por lo menos, el remedio que ella le daba le quitaba el dolor. Mi tío decía que, como el niño era muy pequeño, el remedio que le daba era parecido a un dulce de leche. Así, el niño se lo comía sin problemas. Además, el remedio funcionaba de una forma única en cuanto el niño probaba un poco del remedio, el dolor comenzaba a disminuir hasta que tras comer una cantidad, el dolor desaparecía. En ese momento al niño ya no se le antojaba el remedio, a pesar de que tenía un sabor parecido a la cajeta. Mientras no hubiera dolor, el niño no comía el remedio porque no se le antojaba por remedios. Con esas características era que tanto mi tío como toda la gente que la conoció aseguraba sin temor a equivocarse que Doña Corintia era una bruja, porque en el caso del remedio que le daba al niño, ninguna medicina puede causar que un niño quiera probarla o no, dependiendo si siente dolor o no. Así que, como la enfermedad del niño era inestable, había veces que el dolor era menor o mayor. Por eso la familia podía tardar hasta una semana en volver por más remedio o volver varias veces en la misma semana. Todo dependía de qué tan rápido el niño se acabara el remedio. Así pasó el tiempo hasta que, en una ocasión que la familia llegó a la casa de la señora de los Rezos estaban muy angustiados. No fueron a pedir más el remedio, sino que el motivo por el que estaban ahí era porque una bruja del pueblo en el que vivían les había dicho que lo que tenía el niño era una maldición hecha por el mismo diablo. Doña Corintia le preguntó a los padres por qué habían acudido con una bruja si lo que ella les estaba dando para r el niño mantenía la enfermedad bajo control. Lo que el matrimonio contestó fue que ellos no buscaron a la bruja, sino que, saliendo de la iglesia la Bruja se les acercó de la nada y les dijo eso. Luego se fue de inmediato. Mi tío me contó que Doña Corintia le dijo a los señores que había una forma de averiguar si lo que les había dicho esa Bruja era verdad, sólo que el método iba a ser muy doloroso para el niño. Los padres estaban tan angustiados que aceptaron que ella hiciera lo que fuera necesario con tal de salir de dudas. En eso, Doña Corintia fue a donde estaba mi tío y le pidió que saliera de la casa, que ella iba a hacer algo que él no podía ver. Por eso, mi tío nunca supo cuál fue el método que aplicó para comprobar lo que aquella bruja le había dicho. El matrimonio. Aún así, mi tío recuerda perfectamente que el niño lloró muy fuerte y con una desesperación tremenda. Después de que la familia se fuera de regreso para su pueblo. Mi tío le preguntó a Doña Corintia si lo que tenía el niño si era cosa del diablo, a lo que ella le respondió que sí y que era algo muy delicado que por eso ni ella ni los doctores habían podido averiguar de qué enfermedad se trataba, porque lo que afectaba al pobre niño no era ninguna enfermedad, sino que era la garra del diablo, tratando de llevárselo al mismo infierno. Durante tres días, Doña Corintia estuvo preparando un remedio. Mi tío decía que jamás la había visto dedicarse tanto tiempo a un solo remedio. Además, era una cosa muy rara. La señora utilizó monedas, tabaco velas derretidas, el ojo de un animal, piedras, tequila y huevos podridos, además de un montón de hierbas de todos los tamaños y colores. La primera noche dejó reposando el remedio en en una olla n n la agua sobre leña prendida en fuego como dejándola hervir, lo que no era raro. Sin embargo, lo que llamó la atención de mi tío fue que alrededor de la leña, doña Corintia dejó varias velas encendidas. La segunda noche hizo lo mismo, pero además la señora agregó un ingrediente más a la olla, una gota de su propia sangre. La tercer noche construyó una especie de domo por encima de la olla. A ese domo le hizo un orificio por el que entraba la luz de la luna. Mi tío asegura que daba la impresión que la luz de la luna entraba en la olla como si fuera un ingrediente más para el remedio al amanecer. Doña Corintia le dijo a mi tío que se tenía que ir de emergencia hasta el pueblo de la familia para darle el remedio al niño. Mi tío se ofreció a acompañarla, pero ella no lo dejó. Mi tío no quería que ella se fuera sola, pero la señora le dijo que René, uno de los hombres del pueblo, la iba a acompañar. Doña Corintia y René se tardaron como cinco días en regresar al pueblo. Cuando mi tío quiso hacerle preguntas a la señora, ella lo evitó. Había llegado muy seria. René le dijo a mi tío que el niño había muerto que en cuanto a Doña Corintia, le dio a probar un poco del remedio al niño. El diablo se manifestó en el cuerpo de la criatura y atacó a su madre entre él y el padre del niño lo tuvieron que amarrar y Doña Corintia hizo de todo para salvarlo, pero al final no se pudo hacer nada y el pobre niño terminó muerto que se habían tardado en regresar porque el matrimonio les pidió que se quedaran. Al funeral del niño. No culpaban a Doña Corintia por su muerte. Los padres sabían que ella había hecho todo por ayudarlo y que el único culpable de la desgracia era el diablo. Aquel suceso afectó mucho a Doña Corria, tanto que poco a poco se fue enfermando hasta que, al paso de unos años murió. Ni siquiera sus propios remedios pudieron salvarla. Algunos decían que se sentía culpable por los del niño, mientras que otros decían que el haber enfrentado al diablo la había condenado a la muerte para Cuando doña Corintia falleció, mi tío Eulalio ya tenía catorce años. Sabía trabajar y pudo cuidarse. Solo se quedó con la casa en la que había crecido. Una tarde se acercó a platicar con René y le pidió que le volviera a contar lo que había sucedido con el niño. Entonces René le contó cosas que no le había dicho en aquel entonces por ser muy pequeño. Durante el funeral del pequeño, su cuerpo no estaba dentro del ataúd, solamente a sus juguetes y alguna de sus ropas. Cuando mi tío preguntó el por qué no habían puesto el cuerpo dentro del ataúd, el señor René le contó que el pequeño había perdido mucha sangre durante el tiempo que el diablo se manifestó en su cuerpo. Se había hecho heridas a sí mismo. Su rostro había quedado completamente desfigurado de una manera horrible, con la quijada dislocada y los ojos que le quedaron amarillos estaban a punto de salirse de su lugar, además de que toda su piel tenía un color verde muy desagradable. Fue por eso que los padres de la pobre criatura tomaron la decisión de que el funeral no fuera de cuerpo presente para evitar el fuerte impacto que podría causar, además de que así no daban pie a las habladurías. Mi tío quedó conmocionado. Tras escuchar toda la verdad de lo que había pasado en aquella ocasión. Con el paso de los años, mi tío se fue del pueblo hacia la ciudad. Ahí puso un taller de carpintería y empezó a ganarse la vida su o o su poo progresar cuando pudo juntar suficiente dinero lo utilizó para irse a buscar a su familia, porque, como dije al principio, pasaron por un problema muy fuerte. Logró encontrar a sus hermanos, entre ellos mi padre. Después se casó y hace un par de años falleció acompañado de su esposa y sus tres hijas. Siempre recordó con cariño a la señora de los rezos relatos escritos y adaptados por Ramiro contreras