Nov. 26, 2023

Estube Entre Los Vivos Y Los Muertos Historias De Terror - REDE

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Entre los vivos y los muertos. Contarles mi historia es un poco complicado, no tanto porque haya cosas que no deban saber, sino más bien porque suele ser algo difícil de explicar. Espero que puedan comprenderme y ayudarme a encontrar una respuesta. Mi nombre es Miguel. Actualmente tengo treinta y seis años y lo que les contaré ocurrió en un poblado muy cercano, a una laguna olvidada de michoacán de ocampo hace ya más de quince años. Para contextualizar. En aquel entonces comencé a trabajar para una empresa que aseguraba terrenos. Nuestra labor consistía en acercarnos a donde vivía el cliente y proponerle un seguro para sus tierras en caso de algún desastre natural o sequía. Éramos una de las pocas empresas mexicanas que ofrecía este servicio. A mí me asignaron la tarea de presentar la propuesta en un pueblo egidal, algo apartado de Morelia, tan apartado que era necesario tomar un camión hacia maraba Tío y luego adentrarse unos treinta minutos por terracería hacia otro lugar. Sería un simple viaje de negocios, pero debido a la distancia, me tomaría uno o dos días. No tuve ningún problema para llegar hasta el punto de terracería. De hecho, el camión a Marabatío fue más rápido de lo que esperaba. Desafortunadamente, la persona que me recogería para llevarme al ejido a uno llegaría hasta dentro de dos horas más. Ante esta situación tuve la osadía de decidir caminar hasta el ejido. Mi mentalidad era la de que tal vez me toparía de frente con quien me recogería de ese modo ganaría algo de tiempo. Además, el día estaba despejado y no habría ningún problema por la falta de luz, ya que aún no anochecía. Ya llevaba más o menos una hora caminando y no le veía fin ni siquiera una pequeña casa a la vista. Fue entonces cuando me di cuenta de que podría acortar el camino si bajaba por una ladera, ahorrando quizás unos diez minutos. La decisión de bajar por ahí me pareció fácil, pero la ladera estaba cubierta de piedras pequeñas sueltas, lo que provocaba que resbalara y no pudiera mantenerme estable. Tuve que sentarme un par de veces, ya que estuve a punto de caer, aunque ya me faltaba poco. Decidí apresurarme para llegar más rápido, pero de un mal paso que terminó con mi caída al suelo. Todo sucedió tan rápido. Mi cuerpo giraba mientras caía y sólo recuerdo ver todo pasar tan velozmente que parecían manchas hasta que sentí un golpe fuerte en mi espalda. Después de eso, ya no recuerdo qué más ocurrió. Me desmayé. No sé cuánto tiempo pasó, ya que desperté en un lugar cálido y oscuro con susurros de gente cerca de donde estaba mi cabeza daba vueltas y al mirar a mí alrededor, me di cuenta de que tenía vendajes en la pierna derecha, el brazo derecho y la cabeza envuelta. De repente se acercó a mí un hombre. Me explicó que me habían encontrado tirado en el camino y que había tenido mucha suerte de que intervinieran, ya que de no haberlo hecho la historia podría haber tenido un desenlace diferente. El hombre me informó sobre el estado de mis heridas y recomendó que descansara. Al preguntarle por mis pertenencias, especialmente por mi teléfono para informar a mi trabajo sobre lo sucedido, el señor me dijo que no encontraron nada de mis pertenencias conmigo. Lo único que tenía en ese momento era mi traje lleno de tierra y grava y algo de dinero en mi cartera que afortunadamente no se había perdido en el accidente. Decidí descansar, pensando que una vez que me sintiera mejor iría en busca de mis pertenencias. Más tarde, ya avanzada la noche, comencé a escuchar una serie de susurros en la habitación. Me senté sobre la cama para observar de dónde eran, pero no encontré a nadie cercano. Aunque la habitación no era muy grande, las voces provenían de allí. En las palabras que logré distinguir, estaban orando y pedían por un descanso eterno. Se trataba de alguien rezando un rosario, pero otras voces simplemente se lamentaban por algo que había sucedido. Imaginé que quizás se trataba de alguna grabadora que estaba debajo de la cama, pero al revisar me di cuenta que la base de la cama era de puro concreto, decidí no darle más importancia, así que me tapé hasta la cabeza con la intención de no escucharlos, pero las voces se volvieron más intensas, llegando incluso a escucharlas A mis espaldas. Me di la vuelta repentinamente, pero no había nadie. Fue entonces que a través de la cortina de la ventana se dibujó la silueta de una persona. No podía distinguir si se trataba de un hombre o una mujer, pero parecía mantenerse en una postura recta. Permanecí mirando la silueta durante varios minutos, esperando a que se acercara. Pensé que tal vez era algún familiar de la casa. Saludé en voz baja, pero no obtuve respuesta. De repente, una ráfaga de viento entró por la ventana levantando las cortinas. Cuando volvieron a su estado normal, la silueta ya no estaba. Me sobé la cabeza pensando que quizás había sufrido una fuerte contusión y que ya me estaba afectando, así que me volví a recostar las voces ya no se escuchaban, así que me quedé dormido rápidamente a la mañana siguiente, justo cuando estuve a punto de despertar, tuve la sensación de que no me encontraba solo abrí los ojos y una persona de tez Morena con un rostro de sufrimiento estaba acostada justo a un lado mío. Mi reacción de sorpresa fue tan repentina que solté un grito y me aparté. Olvidé que aún estaba lastimado, por lo que me dolió el movimiento que hice. Miré a la cama nuevamente para ver al sujeto, pero no había nadie estaba seguro de que había visto a una persona acostada justo a un lado mío. Mi corazón latía rápidamente. Realmente me había llevado un buen susto. En ese momento tocaron a la puerta, resultando ser el señor que anteriormente me había hablado de mis lesiones. Se presentó conmigo llamándose Carlos. Me explicó con más detalles donde me encontraba. No era el poblado al cual debía haber llegado e incluso me comentó que nunca había escuchado de él. Aproveché para presentarme y agradecerle sus atenciones. Entonces se me ocurrió contarle lo que me acababa de suceder. Don Carlos se quedó boquiabierto parecía sorprendido. Hubo un silencio incómodo durante unos segundos. No me dirigí a la mirada y mantuvo la cabeza cabizbaja. Después de un rato de estar en ese incómodo silencio, me comentó que estaba describiendo a alguien que había fallecido en la cama en la que yo estaba descansando. De pronto. Don Carlos me pidió que abandonara la casa ese mismo día y que buscara elegido al que intentaba llegar. Ya no era seguro que yo estuviera allí. Sus comentarios me desconcertaron bastante en el momento no supe cómo reaccionar, pero después de unos minutos lo comprendí. Este había sido el lecho de muerte de alguien a quien, quizás Don Carlos, había querido mucho. Aunque aún sentía algo de dolor en el cuerpo, decidí salir de la casa de Don Carlos tan pronto como pude. Él me comentó que si llegaba a ver nuevamente a esa persona le pidiera ayuda, asegurándome de que me llevaría a donde tenía que ir, no entendía completamente a qué se refería, así que simplemente le dije que sí. Avancé algunos metros y me di la vuelta para agradecerle a Don Carlos por última vez su hospitalidad, pero ya no estaba allí. Al parecer, se había metido a su casa. Mientras me dirigía hacia la vereda que estaba siguiendo. Pasé por un lado de las casas de la comunidad y me di cuenta de que todas estaban vacías. No había ni un alma viviendo allí. Llamó mucho mi atención un templo que parecía abandonado, con las puertas a medio caer y la estructura invadida por la maleza. Me quedé pensando en Don Carlos y cómo podría estar viviendo solo en esa comunidad tan olvidada. No tardé en atravesarla por completo y efectivamente, no me encontré con nadie ni vi a una sola persona viviendo en los alrededores. Unos veinte minutos después de haber salido de la casa de Don Carlos, me encontré con la vereda por la cual estaba caminando. El otro día me dispuse a buscar mis cosas y, por fortuna, las encontré amontonadas en un solo sitio. Mi maletín y mi celular, que lamentablemente no tenía carga parecían intactos. Pensé que lo mejor sería dirigirme al ejido que originalmente visitaría, así que continué por el sendero sin tomar ni un solo atajo. Por más que anduve no daba con el lugar e incluso conforme el sol se ponía. Las cosas comenzaron a tornarse un tanto diferentes. Escuché ruidos detrás de mí como si alguien me estuviera siguiendo, pero al voltear no había nadie. El atardecer se tornó de un color rojo que jamás había percibido en mi vida. Miré al sol y, para mi sorpresa, este tenía un color diferente al que había visto antes. Parecía ser un tono anaranjado. Me tuve que sentar un momento a pensar qué hacer, ya que no llegaba a mi destino y no me atrevía a seguir caminando en la oscuridad. De repente escuché que alguien se acercaba hacia donde estaba. Noté que era una persona con una vestimenta, algo inusual para el lugar. Parecía un indígena. Cuando estuvo a dos metros de mí, le comenté que estaba perdido desde hace rato y que elegido que estaba buscando no parecía estar a la vista. El hombre se rascó la cabeza y me dijo que no tenía idea de a qué lugar buscaba, pero que estaba seguro de que si yo seguía caminando en esa dirección, no llegaría a ningún lugar. Un tanto decepcionado, decidí regresar con don Carlos y preguntarle le si podía darme asilo. Nuevamente, le expliqué mi plan al sujeto, pero éste se notaba desconcertado. Me comentó que ya hacía décadas que en ese ejido no vivía nadie. Era un pueblo fantasma. Sin embargo, si me sentía más seguro, él podía llevarme hasta allá. No tuve ni una sola objeción con su oferta, así que ambos nos encaminamos de regreso. Estimaba llegar pasadas las diez de la noche y le comenté a mi acompañante la hora aproximada de llegada desconcertado, me respondió que no tenía idea de lo que le estaba hablando. Pensé que tal vez me estaba tomando el pelo, pero decidí ignorarlo. Ya había anochecido. Cuando de pronto se detuvo. Yo iba detrás de él, así que también me detuve a unos metros. Le pregunté si pasaba algo y me dijo allá enfrente está un anciano que nos está tapando la pasada. Yo no puedo seguirle, pero nada más pásalo y sigue las campanadas. Miré hacia adelante y no vi a nadie. Caminé unos metros por delante de mi guía y cuando volví a mirar para preguntarle sobre quién se refería, ya me encontraba solo en ese momento empezó a crecer en mí un sentimiento de temor. De repente, las campanadas comenzaron a sonar. No tenía a dónde más ir, No podía regresar. Ya estaba muy oscuro y mi única guía era el sonido de las campanas. Repicando, no tuve otra opción más que seguir mi camino. Nunca me topé con algún anciano. De hecho, caminé lo más silencioso que pude para escucharlo en caso de que estuviera cerca, pero nunca supe dónde estaba. A pocos metros de mí. Logré divisar el campanario de un templo y rápidamente reconocí el lugar. Por fin había llegado a donde estaba don Carlos. Conforme me acercaba el sonido de las campanas se fue haciendo más tenue hasta que dejaron de escucharse. Cuando llegué al frente del templo, todo estaba en penumbras. No había ni una sola alma. Seguí derecho, ya que al final se encontraba la casa de Don Carlos. Sin embargo, al llegar a ella no había nadie viviendo dentro la casa. Estaba vacía como si llevara décadas. Así y se podía oler la humedad en cada rincón. Al principio creí que me había equivocado de casa, así que busqué alrededor para cerciorarme, pero todo parecía en orden desconcertado. Me quedé en el pórtico de la casa. Me acomodé como pude para dormir, ya que estaba exhausto. Justo al amanecer los primeros rayos del sol me despertaron. Apenas estaba abriendo los ojos cuando una sacudida de hombros. Me despertó completamente. Se trataba de un anciano que me veía atentamente y me preguntó quién era o qué asunto tenía yo en sus tierras. Me presenté con él. No quise entrar en detalles, así que le dije que estaba buscando a Don Carlos, pues me había dado asilo un día antes. El anciano desconcertado me preguntó cómo sabía que él allí había vivido su hijo. Yo no sabía de qué me estaba hablando, así que le conté todo lo que me sucedió y el anciano quedó asombrado. El anciano me dijo que todo indicaba que había atravesado una especie de portal a un mundo donde los muertos aún caminan. Esa zona ya estaba abandonada desde hace décadas debido a un brote de polio. El último sobreviviente había sido su hijo Carlos, quien atendió a un indígena de la zona. El anciano me dio detalles de las características de Don Carlos, las cuales coincidían perfectamente. Su hijo falleció pocos días después de que el indígena muriera en cama. No habían llegado a tiempo a socorrer a su hijo. Debido a los constantes deslaves de los caminos que conducían a la comunidad y al mal tiempo, desconcertado e impactado, me puse a orar por el alma de Don Carlos y del indígena que me encontré. El anciano se ofreció a llevarme de regreso a la carretera para que pudiera regresar a Maravatí y me sugirió que olvidara el lugar al que iba. Por cierto, ni el anciano mismo sabía cómo llegar a ese lugar. Hoy en día, sigo confundido con lo que me ocurrió. Cuento mi historia sólo para dar a conocer que quizás existe más allá un mundo diferente al de la vida, un mundo que quizás no nos hemos dado cuenta de que compartimos con los muertos. Relato escrito y adaptado por lengua de brujo