Estube Entre Los Vivos Y Los Muertos Historias De Terror - REDE

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Entre los vivos y los muertos. Contarles mi historia es un poco complicado, no tanto porque haya cosas que no deban saber, sino más bien porque suele ser algo difÃcil de explicar. Espero que puedan comprenderme y ayudarme a encontrar una respuesta. Mi nombre es Miguel. Actualmente tengo treinta y seis años y lo que les contaré ocurrió en un poblado muy cercano, a una laguna olvidada de michoacán de ocampo hace ya más de quince años. Para contextualizar. En aquel entonces comencé a trabajar para una empresa que aseguraba terrenos. Nuestra labor consistÃa en acercarnos a donde vivÃa el cliente y proponerle un seguro para sus tierras en caso de algún desastre natural o sequÃa. Ãramos una de las pocas empresas mexicanas que ofrecÃa este servicio. A mà me asignaron la tarea de presentar la propuesta en un pueblo egidal, algo apartado de Morelia, tan apartado que era necesario tomar un camión hacia maraba TÃo y luego adentrarse unos treinta minutos por terracerÃa hacia otro lugar. SerÃa un simple viaje de negocios, pero debido a la distancia, me tomarÃa uno o dos dÃas. No tuve ningún problema para llegar hasta el punto de terracerÃa. De hecho, el camión a MarabatÃo fue más rápido de lo que esperaba. Desafortunadamente, la persona que me recogerÃa para llevarme al ejido a uno llegarÃa hasta dentro de dos horas más. Ante esta situación tuve la osadÃa de decidir caminar hasta el ejido. Mi mentalidad era la de que tal vez me toparÃa de frente con quien me recogerÃa de ese modo ganarÃa algo de tiempo. Además, el dÃa estaba despejado y no habrÃa ningún problema por la falta de luz, ya que aún no anochecÃa. Ya llevaba más o menos una hora caminando y no le veÃa fin ni siquiera una pequeña casa a la vista. Fue entonces cuando me di cuenta de que podrÃa acortar el camino si bajaba por una ladera, ahorrando quizás unos diez minutos. La decisión de bajar por ahà me pareció fácil, pero la ladera estaba cubierta de piedras pequeñas sueltas, lo que provocaba que resbalara y no pudiera mantenerme estable. Tuve que sentarme un par de veces, ya que estuve a punto de caer, aunque ya me faltaba poco. Decidà apresurarme para llegar más rápido, pero de un mal paso que terminó con mi caÃda al suelo. Todo sucedió tan rápido. Mi cuerpo giraba mientras caÃa y sólo recuerdo ver todo pasar tan velozmente que parecÃan manchas hasta que sentà un golpe fuerte en mi espalda. Después de eso, ya no recuerdo qué más ocurrió. Me desmayé. No sé cuánto tiempo pasó, ya que desperté en un lugar cálido y oscuro con susurros de gente cerca de donde estaba mi cabeza daba vueltas y al mirar a mà alrededor, me di cuenta de que tenÃa vendajes en la pierna derecha, el brazo derecho y la cabeza envuelta. De repente se acercó a mà un hombre. Me explicó que me habÃan encontrado tirado en el camino y que habÃa tenido mucha suerte de que intervinieran, ya que de no haberlo hecho la historia podrÃa haber tenido un desenlace diferente. El hombre me informó sobre el estado de mis heridas y recomendó que descansara. Al preguntarle por mis pertenencias, especialmente por mi teléfono para informar a mi trabajo sobre lo sucedido, el señor me dijo que no encontraron nada de mis pertenencias conmigo. Lo único que tenÃa en ese momento era mi traje lleno de tierra y grava y algo de dinero en mi cartera que afortunadamente no se habÃa perdido en el accidente. Decidà descansar, pensando que una vez que me sintiera mejor irÃa en busca de mis pertenencias. Más tarde, ya avanzada la noche, comencé a escuchar una serie de susurros en la habitación. Me senté sobre la cama para observar de dónde eran, pero no encontré a nadie cercano. Aunque la habitación no era muy grande, las voces provenÃan de allÃ. En las palabras que logré distinguir, estaban orando y pedÃan por un descanso eterno. Se trataba de alguien rezando un rosario, pero otras voces simplemente se lamentaban por algo que habÃa sucedido. Imaginé que quizás se trataba de alguna grabadora que estaba debajo de la cama, pero al revisar me di cuenta que la base de la cama era de puro concreto, decidà no darle más importancia, asà que me tapé hasta la cabeza con la intención de no escucharlos, pero las voces se volvieron más intensas, llegando incluso a escucharlas A mis espaldas. Me di la vuelta repentinamente, pero no habÃa nadie. Fue entonces que a través de la cortina de la ventana se dibujó la silueta de una persona. No podÃa distinguir si se trataba de un hombre o una mujer, pero parecÃa mantenerse en una postura recta. Permanecà mirando la silueta durante varios minutos, esperando a que se acercara. Pensé que tal vez era algún familiar de la casa. Saludé en voz baja, pero no obtuve respuesta. De repente, una ráfaga de viento entró por la ventana levantando las cortinas. Cuando volvieron a su estado normal, la silueta ya no estaba. Me sobé la cabeza pensando que quizás habÃa sufrido una fuerte contusión y que ya me estaba afectando, asà que me volvà a recostar las voces ya no se escuchaban, asà que me quedé dormido rápidamente a la mañana siguiente, justo cuando estuve a punto de despertar, tuve la sensación de que no me encontraba solo abrà los ojos y una persona de tez Morena con un rostro de sufrimiento estaba acostada justo a un lado mÃo. Mi reacción de sorpresa fue tan repentina que solté un grito y me aparté. Olvidé que aún estaba lastimado, por lo que me dolió el movimiento que hice. Miré a la cama nuevamente para ver al sujeto, pero no habÃa nadie estaba seguro de que habÃa visto a una persona acostada justo a un lado mÃo. Mi corazón latÃa rápidamente. Realmente me habÃa llevado un buen susto. En ese momento tocaron a la puerta, resultando ser el señor que anteriormente me habÃa hablado de mis lesiones. Se presentó conmigo llamándose Carlos. Me explicó con más detalles donde me encontraba. No era el poblado al cual debÃa haber llegado e incluso me comentó que nunca habÃa escuchado de él. Aproveché para presentarme y agradecerle sus atenciones. Entonces se me ocurrió contarle lo que me acababa de suceder. Don Carlos se quedó boquiabierto parecÃa sorprendido. Hubo un silencio incómodo durante unos segundos. No me dirigà a la mirada y mantuvo la cabeza cabizbaja. Después de un rato de estar en ese incómodo silencio, me comentó que estaba describiendo a alguien que habÃa fallecido en la cama en la que yo estaba descansando. De pronto. Don Carlos me pidió que abandonara la casa ese mismo dÃa y que buscara elegido al que intentaba llegar. Ya no era seguro que yo estuviera allÃ. Sus comentarios me desconcertaron bastante en el momento no supe cómo reaccionar, pero después de unos minutos lo comprendÃ. Este habÃa sido el lecho de muerte de alguien a quien, quizás Don Carlos, habÃa querido mucho. Aunque aún sentÃa algo de dolor en el cuerpo, decidà salir de la casa de Don Carlos tan pronto como pude. Ãl me comentó que si llegaba a ver nuevamente a esa persona le pidiera ayuda, asegurándome de que me llevarÃa a donde tenÃa que ir, no entendÃa completamente a qué se referÃa, asà que simplemente le dije que sÃ. Avancé algunos metros y me di la vuelta para agradecerle a Don Carlos por última vez su hospitalidad, pero ya no estaba allÃ. Al parecer, se habÃa metido a su casa. Mientras me dirigÃa hacia la vereda que estaba siguiendo. Pasé por un lado de las casas de la comunidad y me di cuenta de que todas estaban vacÃas. No habÃa ni un alma viviendo allÃ. Llamó mucho mi atención un templo que parecÃa abandonado, con las puertas a medio caer y la estructura invadida por la maleza. Me quedé pensando en Don Carlos y cómo podrÃa estar viviendo solo en esa comunidad tan olvidada. No tardé en atravesarla por completo y efectivamente, no me encontré con nadie ni vi a una sola persona viviendo en los alrededores. Unos veinte minutos después de haber salido de la casa de Don Carlos, me encontré con la vereda por la cual estaba caminando. El otro dÃa me dispuse a buscar mis cosas y, por fortuna, las encontré amontonadas en un solo sitio. Mi maletÃn y mi celular, que lamentablemente no tenÃa carga parecÃan intactos. Pensé que lo mejor serÃa dirigirme al ejido que originalmente visitarÃa, asà que continué por el sendero sin tomar ni un solo atajo. Por más que anduve no daba con el lugar e incluso conforme el sol se ponÃa. Las cosas comenzaron a tornarse un tanto diferentes. Escuché ruidos detrás de mà como si alguien me estuviera siguiendo, pero al voltear no habÃa nadie. El atardecer se tornó de un color rojo que jamás habÃa percibido en mi vida. Miré al sol y, para mi sorpresa, este tenÃa un color diferente al que habÃa visto antes. ParecÃa ser un tono anaranjado. Me tuve que sentar un momento a pensar qué hacer, ya que no llegaba a mi destino y no me atrevÃa a seguir caminando en la oscuridad. De repente escuché que alguien se acercaba hacia donde estaba. Noté que era una persona con una vestimenta, algo inusual para el lugar. ParecÃa un indÃgena. Cuando estuvo a dos metros de mÃ, le comenté que estaba perdido desde hace rato y que elegido que estaba buscando no parecÃa estar a la vista. El hombre se rascó la cabeza y me dijo que no tenÃa idea de a qué lugar buscaba, pero que estaba seguro de que si yo seguÃa caminando en esa dirección, no llegarÃa a ningún lugar. Un tanto decepcionado, decidà regresar con don Carlos y preguntarle le si podÃa darme asilo. Nuevamente, le expliqué mi plan al sujeto, pero éste se notaba desconcertado. Me comentó que ya hacÃa décadas que en ese ejido no vivÃa nadie. Era un pueblo fantasma. Sin embargo, si me sentÃa más seguro, él podÃa llevarme hasta allá. No tuve ni una sola objeción con su oferta, asà que ambos nos encaminamos de regreso. Estimaba llegar pasadas las diez de la noche y le comenté a mi acompañante la hora aproximada de llegada desconcertado, me respondió que no tenÃa idea de lo que le estaba hablando. Pensé que tal vez me estaba tomando el pelo, pero decidà ignorarlo. Ya habÃa anochecido. Cuando de pronto se detuvo. Yo iba detrás de él, asà que también me detuve a unos metros. Le pregunté si pasaba algo y me dijo allá enfrente está un anciano que nos está tapando la pasada. Yo no puedo seguirle, pero nada más pásalo y sigue las campanadas. Miré hacia adelante y no vi a nadie. Caminé unos metros por delante de mi guÃa y cuando volvà a mirar para preguntarle sobre quién se referÃa, ya me encontraba solo en ese momento empezó a crecer en mà un sentimiento de temor. De repente, las campanadas comenzaron a sonar. No tenÃa a dónde más ir, No podÃa regresar. Ya estaba muy oscuro y mi única guÃa era el sonido de las campanas. Repicando, no tuve otra opción más que seguir mi camino. Nunca me topé con algún anciano. De hecho, caminé lo más silencioso que pude para escucharlo en caso de que estuviera cerca, pero nunca supe dónde estaba. A pocos metros de mÃ. Logré divisar el campanario de un templo y rápidamente reconocà el lugar. Por fin habÃa llegado a donde estaba don Carlos. Conforme me acercaba el sonido de las campanas se fue haciendo más tenue hasta que dejaron de escucharse. Cuando llegué al frente del templo, todo estaba en penumbras. No habÃa ni una sola alma. Seguà derecho, ya que al final se encontraba la casa de Don Carlos. Sin embargo, al llegar a ella no habÃa nadie viviendo dentro la casa. Estaba vacÃa como si llevara décadas. Asà y se podÃa oler la humedad en cada rincón. Al principio creà que me habÃa equivocado de casa, asà que busqué alrededor para cerciorarme, pero todo parecÃa en orden desconcertado. Me quedé en el pórtico de la casa. Me acomodé como pude para dormir, ya que estaba exhausto. Justo al amanecer los primeros rayos del sol me despertaron. Apenas estaba abriendo los ojos cuando una sacudida de hombros. Me despertó completamente. Se trataba de un anciano que me veÃa atentamente y me preguntó quién era o qué asunto tenÃa yo en sus tierras. Me presenté con él. No quise entrar en detalles, asà que le dije que estaba buscando a Don Carlos, pues me habÃa dado asilo un dÃa antes. El anciano desconcertado me preguntó cómo sabÃa que él allà habÃa vivido su hijo. Yo no sabÃa de qué me estaba hablando, asà que le conté todo lo que me sucedió y el anciano quedó asombrado. El anciano me dijo que todo indicaba que habÃa atravesado una especie de portal a un mundo donde los muertos aún caminan. Esa zona ya estaba abandonada desde hace décadas debido a un brote de polio. El último sobreviviente habÃa sido su hijo Carlos, quien atendió a un indÃgena de la zona. El anciano me dio detalles de las caracterÃsticas de Don Carlos, las cuales coincidÃan perfectamente. Su hijo falleció pocos dÃas después de que el indÃgena muriera en cama. No habÃan llegado a tiempo a socorrer a su hijo. Debido a los constantes deslaves de los caminos que conducÃan a la comunidad y al mal tiempo, desconcertado e impactado, me puse a orar por el alma de Don Carlos y del indÃgena que me encontré. El anciano se ofreció a llevarme de regreso a la carretera para que pudiera regresar a Maravatà y me sugirió que olvidara el lugar al que iba. Por cierto, ni el anciano mismo sabÃa cómo llegar a ese lugar. Hoy en dÃa, sigo confundido con lo que me ocurrió. Cuento mi historia sólo para dar a conocer que quizás existe más allá un mundo diferente al de la vida, un mundo que quizás no nos hemos dado cuenta de que compartimos con los muertos. Relato escrito y adaptado por lengua de brujo








