Esto Te Puede Pasar En La Carretera Historias De Terror - REDE

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Cabeza agujerada. Empecé a trabajar para una lÃnea cañera que transportaba azúcar. Tripulaba un trailer con el remolque lleno de productos provenientes de tanto yuca veracruz con rumbo. A la laguna de Mante el camino estuvo tranquilo y sin ninguna novedad. Ya casi llegando al punto de descarga, habÃa un retén militar donde una larga fila de camioneros esperaba ser revisada. Era inevitable, asà que me relajé para esperar mi turno. Afortunadamente, pasamos rápido. Cuando estuve en el retén, un soldado me pidió bajar mientras otros revisaban la cabina. Al preguntarme hacia dónde me dirigÃa, le dije que a la laguna a descargar Azúcar revisó mis documentos y el manifiesto y continué unos seis kilómetros. Fue entonces cuando vi algo a las orillas de la carretera era de noche, asà que levanté las luces altas. Me di cuenta de que era una mujer con un extraño cabello rojo, un vestido blanco floreado y una chamarra de mezclilla. Al iluminarla pude ver que sus zapatillas brillaban de manera peculiar. Lo más extraño es que parecÃa estar de pie a la orilla de la carretera sin moverse y mirando al frente. Sentà algo de temor, pues cuando veÃas gente asà existÃa el riesgo de que se aventaran a las llantas del camión. Empecé a hacer cambios de luces varias veces como señal de advertencia y reduje la velocidad para prevenir. Cuando pasé a su lado, estaba de espaldas, lo cual me pareció extraño, porque antes la vi mirando al frente, sólo pude ver su cabello rojo y el vestido ondeando con el viento, pensando que quizá necesitarÃa ayuda. Hice lo que se supone, no deberÃa, pero me ganó la curiosidad y me detuve metros más adelante. No habÃa mucho tráfico, asà que no hubo problema en parar. Me bajé de la unidad y corrà hacia la mucha. Al verla, noté que estaba con la cabeza agachada en señal de tristeza o alguna tribulación. Al acercarme le pregunté si estaba bien y si la podÃa llevar. Al decir esto último, la muchacha volteó de una manera muy extraña y rápida, como si la realidad se detuviera cuadro a cuadro un instante, lo que debÃa ser el rostro de una joven bonita resultó ser nada. Un enorme hueco se podÃa ver en medio de aquella cabeza oscuro e inquietante. Al ver esto, el terror me invadió de una manera tal que retrocedà intentando alejarme de esa horrible visión y caà al pavimento. Mientras veÃa esa cosa con su rostro, apuntando fijamente hacia mÃ, me arrastré sin dejar de ver eso. Al incorporarme corrà más rápido de lo que pude y el corazón se me estaba saliendo del pecho. Me subà a la unidad y la puse en marcha. No quise voltear, pero en el retrovisor sentÃa que de pronto aparecerÃa la joven sin rostro. Me concentré aceleré al máximo. Era imposible. Era algo que no podÃa creer, pero lo habÃa visto y sentà tanto frÃo que comencé a temblar y a sentir malestar en la panza. Cuando por fin llegué a la laguna, ya estaban varios camioneros esperando la descarga. Estacioné el vehÃculo y bajé vomitando de la unidad. Me sentÃa terriblemente mal y temblaba algunos choferes que estaban cerca se acercaron para ver mi estado y me preguntaron qué me pasaba sin poder hablar. Me senté y tomé un poco de agua que me ofrecieron. Luego de que me calmé, empecé a relatar lo que habÃa visto en la carretera antes de llegar. Esperaba que me miraran extraño o me tildaran de drogadicto o loco, pero en vez de eso me miraron con descendientes. Uno de ellos, el de más edad, dijo que, efectivamente, siempre se aparecÃa en este tramo, según se sabÃa por dichos de la gente que afirmaba que a esa muchachita la habÃan atropellado dejándola con la cabeza hecha pedazos. Sin embargo, otros tenÃan una versión más creÃble. Esa joven la habÃan abandonado ya muerta y el trailero que la mató utilizó un marro para aplastarle la cabeza quizás por eso su apariencia. La verdad es que nadie me dio una razón convincente para que pudiera parecer eso. No quise saber más del asunto. Y después de entregar la mercancÃa, tuve que regresar a la compañÃa. Durante muchas noches no pude dormir, tenÃa pesadillas e incluso sentÃa que la muchacha se subÃa a mi cabina de reojo podÃa verla ahà a un lado mÃo. Esto me tenÃa bastante tenso y mi familia tuvo que curarme de espanto. Aparentemente me tranquilicé un poco, pero después me volvieron a mandar al ingenio para llevar azúcar a la laguna del mante. Esto me puso nervioso, pero no querÃa entrar en pánico, asà que me calmé y manejé sin más problemas Eran como las diez de la noche. Cuando de nueva cuenta me paré en el retén. Un soldado que me fue a revisar me hizo la misma pregunta que el anterior y le respondà lo mismo, pero al decirle mi destino me miró sorprendido y dibujó una sonrisa que me incomodó. Más aún cuando me dijo que si me habÃa pasado algo antes de salir para la laguna, le contesté que sÃ, pero sentÃa que temblaba. Le comenté que siempre lo hacÃa porque sabÃa que habÃa muchos problemas de delincuencia en el área. La respuesta del soldado fue escalofriante. SÃ, delincuentes. Pero además de eso, varios camioneros y autobuseros nos han reportado ver a la joven muerta que aparece en el tramo. Más adelante. Ya se mandó una patrulla en eso, sin decirle más, él se quedó riendo. Mientras yo comencé a sudar de las manos. No querÃa ver de nuevo aquello arranqué y me fui manejando muy rápido. Cuando apenas iba a cruzar el tramo donde habÃa visto el alma, vi con alivio que no habÃa nada ahà pasé sin voltear ya. AgradecÃa a Dios por haberme evitado ver eso. En eso pensaba cuando por el retrovisor vi que se asomaba en la parte trasera del remol que la cabeza agujerada de la joven. Al verla y dar un leve volantazo, casi me sacaba del camino. Volvà a ver y ya no estaba. Al llegar a la laguna de nueva cuenta. Estaba muy mal. El terror menudeaba en mi mente y no podÃa siquiera maniobrar la unidad. Unos compañeros tuvieron que ayudarme después de esa noche. No quise regresar de inmediato. Esperé al alba para poder retornar y, en cuanto lo hice, renuncié de la compañÃa jamás volvà a manejar por esos rumbos, por el temor de que algo más se me apareciera en el camino incomprensible. Un compañero y yo fuimos asignados a cumplir con una encomienda en Manzanillo. Para esto nos asignaron una patrulla civil. Cuando nuestra presencia ya no era requerida en el sitio, Se nos dio la orden de regresar a la Ciudad de México tan pronto como nos fuera posible. Por esta razón ignoramos la hora y nos pusimos en camino de forma inmediata. Era más o menos la una de la mañana cuando Ãbamos circulando por la carretera hacia la Ciudad de México, cada entrada a Jalisco, traÃamos encendidos los códigos azul y rojo, tan caracterÃsticos de nuestras unidades. La sección por la que circulábamos no contaba con ningún tipo de alumbrado público. Lo único de lo que podÃamos valernos era de los faros, de la patrulla y de nuestro estado de alerta afuera. Todo estaba casi en silencio. En un determinado momento escuchamos detrás de nosotros el claxson de un tráiler. Este llevaba encendidas las luces en modo intermitente. Luego vimos que incrementó la velocidad para tratar de alcanzarnos. Entendimos esto como una clara señal de que el chofer requerÃa nuestro apoyo. Le dimos la indicación de que se habilitara y nosotros hicimos lo mismo. Vimos que se bajó rápidamente del tráiler y corrió hacia nosotros. LucÃa muy nervioso. Entonces descendimos de nuestro vehÃculo. Escuchamos que se aclaró la garganta y justo antes de que le preguntáramos qué ocurrÃa. Nos dijo que necesitaba nuestra ayuda. Nos dijo que una mujer desconocida se habÃa subido a su trailer. Nosotros nos miramos en silencio y tras dedicarnos un gesto con la cabeza, ambos tomamos nuestras armas y nos acercamos cautelosamente al tráiler. El conductor nos siguió y se quedó justo detrás de nosotros. Revisamos la cabina, pero ahà no habÃa nadie. Después inspeccionamos el camarote, pero fue lo mismo. Estaba vacÃo. Mientras bajábamos del tráiler, le pregunté si estaba seguro de lo que vio. De pronto escuchamos cómo se oÃan risas y golpes desde el interior del camarote. Esto nos inquietó demasiado. Acabábamos de revisar el interior y ahà no habÃan nada. Nadie. Tampoco es que hubiera espacio como para que una persona pudiera Esconderse miramos al chofer y éste estaba todavÃa más asustado que nosotros. Revisamos el interior una vez más y nos llevamos un gran susto dentro. No habÃa nadie. Salimos rápidamente y nos dirigimos al operador. La escena era realmente escalofriante. No podÃamos entender cómo, después de haber verificado que el camarote estaba vacÃo, ahora se escuchaban risas y golpes provenientes del mismo lugar. La confusión y la inquietud se apoderaron de nosotros. Nos quedamos perplejos intentando comprender la naturaleza de lo que estaba sucediendo. La carretera estaba oscura. Sólo podÃamos alumbrarnos con la luz de la patrulla y nuestras linternas con un tono firme. Le preguntamos si se trataba de una broma, pero por el estado de ansiedad del pobre hombre, era evidente que no lo era. Lo primordial era tratar de calmarnos. Le pedà a mi compañero que se llevase al señor a la patrulla, mientras yo me encargaba de dejar todo bien cerrado. Recuerdo que en ese momento respiré profundo y mi corazón latÃa como loco. Pocas son las veces en las que he sentido un miedo. AsÃ, mientras sujetaba las llaves, abordé el trailer y apagué las luces de éste. Cuando estaba por descender un frÃo, me recorrió la espalda dentro del camarote. Escuché murmullos. No pude distinguir qué era lo que decÃan. Luego, la cabina se balanceaba de un lado a otro. El movimiento fue de tal magnitud que parecÃa que varias personas estaban trepando por el estribo desde fuera hacia el otro. Lado de la puerta del conductor aterrado y sudando frÃo, me bajé y cerré las puertas con llave. Luego corrÃa nuestro vehÃculo. Les pregunté asustados si habÃan visto lo que pasó. Me respondieron que sÃ, que ambos habÃan visto la forma en que la cabina del trailer se sacudió. Comenzamos a cuestionar al trailero sobre lo que estaba sucediendo, pero él tampoco tenÃa palabras para expresarse. Estaba en estado de shock. Como pudimos, lo tranquilizamos y finalmente, más o menos nos explicó lo que le habÃa sucedido. Yo vengo desde armerÃa en colima todo tranquilo. Tomé la carretera y después de haber manejado una media hora, vi que al lado del camino en la orilla estaba una muchacha. No me dio buena espina y ya ven cómo están las cosas con esos asaltos, asà que más bien le pisé el acelerador cuando estaba pasando al lado de la muchacha. Me dio una sensación horrible. Fue como un escalofrÃo hasta los bellos de los brazos. Se me pusieron de punta. Volteé el retrovisor de la derecha del tráiler y alcancé a ver la cara de esa mujer. En ese momento parpadeo la vi solo por una fracción de segundo. TenÃa la mirada muy clavada en mà mientras su cara se mostraba inexpresiva. En ningún momento pensé en detenerme y después de uno se usó. Finalmente la dejé atrás la perdà de vista. Cuando quedó envuelta por la oscuridad, me quedé mirando el retrovisor para ver si podÃa verla, pero la carretera estaba completamente oscura y ya no vi nada. En eso escuché ruidos detrás de mà parecÃa que venÃan del camarote. Entonces reduje la velocidad para echar una mirada ahà atrás. Vi a la mujer sin explicación lógica. Ella estaba allà dentro del camarote del tráiler, a pesar de que segundos antes la habÃa dejado atrás en la oscuridad de la carretera. La escena era surrealista y el terror se apoderó de mÃ. No sé cómo lo hizo, pero ya iba ahà arriba, estaba asomando su cara sonriendo. Me dio tanto susto que di un volantazo. Gracias a Dios. Iba muy lento y el trailer se me descontroló. Cuando recobré un poco la calma, me di cuenta de que la mujer ya no estaba. Las puertas y las ventanas estaban cerradas por completo. No no habÃa forma de que hubiera salido, asà que sólo podÃa estar dentro del camarote. Tomé una navaja que siempre llevo conmigo y me armé de valor para revisar, pero cuando abrà no habÃa nadie. Creo que esa mujer se desvaneció asà sin más. Estaba aterrado por completo. No querÃa estar dentro del tráiler. TenÃa miedo de que esa muchacha apareciera de nuevo, pero tampoco querÃa estar afuera en medio de la carretera a Oscuras. Tampoco podÃa dejar el tráiler. No querÃa perder mi trabajo y para colmo tenÃa rato que no veÃa pasar ni un carro. Lo único que se me ocurrió fue encender las luces intermitentes y avanzar a baja velocidad. Me estaba muriendo de miedo y querÃa llegar a un pueblo. No sé encontrar un restaurante, un motel o lo que sea, pero lo más rápido posible. Pero si le pisaba a fondo y esa mujer se aparecÃa de nuevo. SabÃa que no podrÃa calmarme y de seguro perderÃa el control por el susto. Al poco tiempo volvà a escuchar golpes en el camarote, de la misma forma en que ustedes mismos los oyeron. Mi asiento lo sentÃa golpeando desde atrás. SabÃa que esa mujer iba ahà conmigo. Lo sé porque la escuché reÃrse, pero no tenÃa el valor de voltear. No querÃa volver a verla otra vez. Manejé por más de una hora aguantando el terror. Y lo más horrible fue cuando, mientras me esforzaba en clavar mi mirada al frente con el rabillo del ojo, la vi asomarse desde mi lado derecho estaba volteando a verme. Afortunadamente, dejé de verla. Es raro oficial es como si se fuera y luego se regresara, porque todo se quedaba calmado. Pero a los pocos minutos volvÃa a escucharla riéndose y golpeando todo en el camarote. Y ahà fue cuando me topé con ustedes escuchar esto. Me heló la sangre por completo lo alterado que se veÃa y sobre todo, los ruidos que nosotros mismos acabamos de escuchar en el camarote. Luego de haberlo revisado y asegurando que no habÃa nada, nadie nos hicieron creer en su historia. Entonces dónde estábamos la pensábamos a ver el trailer estacionado con las luces apagadas. Me daban escalofrÃos cada vez que volteaba a verlo de reojo. Mi compañero era incapaz de quitarle la vista de encima. Tal parece que tener nuestra compañÃa lo hizo calmarse relatar lo sucedido. También pareció ser de ayuda para no hacer todavÃa más largo este relato sólo les diré que decidimos llevarlo a una gasolinera que quedaba a unos kilómetros más adelante. Ya me ofrecÃa subir al trailer con él mientras mi compañero iba al frente en la patrulla. En el transcurso no dejaba de sentir cierto grado de incomodidad. No es mi intención exagerar las cosas, pero de verdad sentÃa una terrible presión en el pecho, como si algo más estuviera ahà con nosotros eran aproximadamente las dos cuarenta de la mañana. Cuando llegamos, me sentÃa afortunado de no tener que viajar solo por la carretera, cuando creÃmos que ya todo estarÃa mejor. Presenciamos algo verdaderamente escalofriante, ya que estábamos fuera de los autos. Los tres vimos claramente a una mujer dentro de la cabina. No la pudimos ver muy bien, pero vestÃa una blusa blanca o algún otro color. Claro, El trailero aseguró que era la misma mujer que habÃa visto antes. Mi compañero y yo corrimos a la patrulla para sacar nuestras armas de servicio. Mientras tanto, notamos que ella sólo se dio la media vuelta y se dirigió a la parte trasera ocultándose detrás de los asientos. Nos echamos y entramos nuevamente y revisamos todo. No nos explicamos cómo pudo pasar esto, pero siento que esa cosa, ese primer múltiple fantasma, no lo sé. Siento que era algo mucho peor, algo que se estaba burlando de nosotros en nuestras caras. El conductor del tráiler estaba muerto de miedo por obvias razones más que nosotros. Mi sentido de la responsabilidad me hizo ofrecerme a hacerle compañÃa como copiloto hasta el siguiente o pueblo, ya que después de todo, él ya habÃa decidido llegar ahà y buscar un lugar para poder pasar la noche. Durante el trayecto ya no nos ocurrió nada y al final de todo, él no dejaba de agradecernos la ayuda. Esperaba que al dÃa siguiente, con la luz del sol, las cosas mejoraran de corazón. Espero que asà haya sido, aunque quién sabe, pero me pregunto qué fue de ese pobre hombre. Es algo difÃcil de creer, pero no siempre tenemos que lidiar contra delincuentes o narcotraficantes. Algunos de nosotros hemos hecho frente a cosas que no comprendemos. Es muy común la frase que dice que hay que cuidarse más de los vivos que de los muertos. Yo ya ni siquiera estoy seguro de que es lo peor. Caminos oscuros. Vivo en el valle de Texas y soy trailero de profesión. Durante un traslado de macalen Texas a la ciudad de Nuevas Mayor me ocurrió algo extraño. En marzo de dos mil diecisiete. Apenas atravesaba el estado de mis sisipà por las cincuenta y nueve cuando me percaté de que ya no traÃa combustible. Por ello me detuve en una estación de gas y servicio para reabastecer. Mientras cargaban los tanques, noté un calor inusual que irradiaba de la parte baja del camión. Al revisar, vi que una parte del mueble se habÃa desprendido, dejando salir el calor. Luego de llenar los tanques, decidà irme y buscar algún taller en el camino para reparar el desperfecto. Continué el camino y recorrà unos treinta kilómetros a marcha lenta cuando se reventaron las mangueras del aire de los cambios haciendo un fuerte ruido por suerte alcancé a meterme a la salida sesenta y dos que conduce a un pueblo llamado Purbis. Era un largo camino boscoso en medio de la nada donde me quedé parado. El camión ya no daba más como habÃa caÃdo la noche. El cielo estrellado y las luces del camión eran lo único que alumbraba aquel extraño camino. Empedrado sin nada más que hacer. Reporté el problema con la compañÃa y me ordenaron esperar a una camioneta de servicio. Al dÃa siguiente me alisté para pasar la noche en ese lugar. Eran las once y media de la noche cuando decidà irme a dormir en el camarote. Apagué todo quedándome sin aire acondicionado, pero era preferible a que se colara el gas que salÃa del mueble partido. Al hacerlo, la oscuridad que me rodeó era impresionante, angustiosa e interminable. Solamente las estrellas en el cielo nocturno brillaban Dándome un poco de quietud. Nunca me he considerado un hombre temeroso y mucho menos de las cosas inexplicables o la oscuridad en breves instantes fui quedándome dormido casi a punto de caer en el sueño profundo. Fue entonces que unos golpeteos en la puerta del camarote me alertaron. Al despertar escuché golpes fuertes como si quisiera romper la puerta. Me incorporé pensando que era algún oficial de la policÃa que me habÃa visto parqueado en medio del camino de inmediato. Me pasé a la cabina para buscar alguna lámpara al asomarme por la ventanilla. Se me hizo extraño no ver a nadie. Todo estaba oscuro y pensando que deberÃa al menos ver las farolas de una patrulla. Abrà la puerta para mirar mejor. Sólo escuchaba cigarras y algunos sonidos lejanos de los vehÃculos que pasaban por la interés tatal a unos metros de donde estaba. Sin prestarle mucha atención, regresé a dormir, asegurando bien las puertas. Todo lo atribuÃa al cansancio, por lo que me volvà a acostar, sin embargo, la quietud de la noche. Pronto fue interrumpida por un sonido persistente, golpes que no provenÃan de la puerta, sino del techo del camión. Además de eso, percibà con claridad que alguien subÃa el estribo metálico lateral. Esta vez no tenÃa ninguna duda de que alguien estaba a funo fuera del camión, por lo que volteé para mirar la cabina. Una sensación de electricidad recorrió mi espina mezclándose con un frÃo bajón de sangre de la cabeza a los pies. Al sentir que alguien se asomaba a través del parabrisas estaba con el rostro pegado al vidrio y haciendo un movimiento con las manos para mirar mejor al interior. Lo más extraño era que, a pesar de tener una pequeña lamparita encendida, no pude distinguir el rostro facciones o alguna señal para identificar de quién o qué. Se trataba en completo shok ante lo inexplicable, tan sólo me volvà a acostar sin hacer el intento de salir a ver quién era. SabÃa que era algo malo y tenÃa el presentimiento de que si me asomaba, eso serÃa todo para mÃ. Me puse a rezar y al comenzar sentà como aquella presencia se bajaba de la unidad al poco rato me quedé dormido. Al llegar la mañana me despertaron nuevamente los golpeteos en la fuerte silla. Me levanté de inmediato recordando los eventos de la noche anterior, pero respiré hondo al ver que eran los mecánicos que la compañÃa habÃa mandado. Luego de arreglar el camión, continué con mi camino. Al llegar al Estado de Virginia. En una estación de servicio, me encontré con un colega camionero que, al verme me reconoció, comenzó a platicar notando mi semblante de espanto pálido y con preocupación, aún sin poder entender qué habÃa sido lo que vi la noche anterior. A pesar de que conocÃa bien a mi colega, nunca quise contarle lo que habÃa acontecido por el temor de que me tomaran de loco. Una vez completada la travesÃa en Nueva York de regreso. Lo hice con mucha inquietud, incluso tomé otra ruta para no pasar por ese mismo lugar. Al llegar a Texas, aún sentÃa el espanto que no me dejaba estar en paz todo el tiempo. SentÃa algo sobre mis hombros, especialmente cuando manejaba. TenÃa una extraña sensación de ser observadores. Supuesto, no le comenté a mi esposa sobre mi experiencia para no preocuparla. DÃas después sucedió que mi esposa durmió al niño por la tarde para salir a cenar. Aprovechamos la tarde para dormir un poco al rato. Mi mujer entrar a nuestra habitación después de dormir al niño, diciéndome que tenÃa un presentimiento extraño, pero no sabÃa qué era antes de que pudiera confesarle Mi experiencia previa con lo desconocido. Aparece el niño en la habitación con un semblante raro, diciéndonos que no podÃa dormir y que deseaba dormirse con nosotros porque tenÃa miedo. Aunque intentamos calmarlo y explicarle que todo estaba bien, el niño seguÃa inquieto. Era algo extraño para ambos, ya que nunca le inculcamos temores y menos a dormir solo. En fin, le dijimos que él se quedarÃa a dormir con su mamá en nuestra recámara y yo me irÃa a dormir en su cuarto. No sé cuánto tiempo pasó, pero el grito de mi mujer me despertó de inmediato para Incorporarme vi que ya era de noche y mi mujer dormÃa junto con el niño. Busqué por la casa y me asomé para mirar si alguien habÃa gritado, pero no habÃa nadie. Entré al baño y mientras me resonaban las luces parpadeantes del espejo, sentà algo de nervios. La sensación de un extraño silencio que me rodeaba se mezcló con otra de mucho calor, uno inusual que me llevó a pensar que no estaba solo y que algo saldrÃa asomándose por la puerta. En ese punto, decidà mejor levantar a mi esposa para que se arreglara. Los nervios mezclados con un pensamiento de extrañeza por mi comportamiento, me llevaron al momento de sentir el miedo en aquel camino de Purvis. Al entrar en mi habitación, encendà la luz y sentà una corriente eléctrica a recorrer mi espalda, al mirar a mi mujer sentada en nuestra cama con los ojos bien abiertos, casi saliéndose de sus cuencas y la boca abierta, como si quisiera decir algo. Al verla asà me desconcertó por lo que casi corriendo, fui a moverla y ella no respondÃa a mis agitaciones y preguntas. En el instante en que veo que le salen lágrimas de inmediato, la cargué para meterla a bañar y ese movimiento la hizo reaccionar. Al hacerlo, su respiración estaba muy agitada. Rompiendo en llanto, comenzó a decirme que alguien le querÃa estrangular. Mientras dormÃa sin poder creer lo que decÃa, me contó que tuvo un extraño sueño o al menos eso creÃa. Se levantó de la cama y se asustó al verse a sà misma dormida con el niño junto a ella. Al querer salir de la habitación, me vio restando importancia en el baño. Cuando intentó llamarme vio cómo lentamente una sombra surgÃa de los rincones de la casa y comenzaba a inundar el ambiente con llamas, saliendo del piso y las paredes. Ella empezó a gritar desesperada y yo continuaba en lo mÃo sin hacerle caso en sus intentos de pons llamar. Me vio con horror con unas llamas que envolvÃan y la sombra negra reptaba queriendo llevarla desesperada. Regresó a la habitación para leer un versÃculo de la Biblia, que tenemos siempre abierta por un lado de la cama. Quizá fue la desesperación al leer la Biblia o alguna otra razón, pero la sombra empezó a maldecir y hablar en un idioma incomprensible chillante, abalanzándose para estrangular a mi mujer para que dejara de hacerlo. Ella vio con claridad que yo entraba en la habitación. EncendÃa la luz y la llamaba, pero estaba entre el sueño y la realidad siendo atacada e intentando desesperadamente despertar. En el momento que la cargué, las sombras simplemente se arrastraban debajo de la cama para desaparecer y ella despertó en shock. Luego de un rato de estar en el rincón, nos pusimos a orar los salmos de la Biblia y arrojé agua bendita por toda la casa. Irremediablemente, le conté sobre la experiencia en la carretera y de algún modo, los eventos estaban relacionados. La cosa negra que habÃa visto era la misma que atacó a mi mujer durante el sueño. Según la descripción la habÃa traÃdo y no sé cómo explicar la situación por la que comenzamos a aparecer los ambientes pesados en las habitaciones, la ansiedad de ser observados todo el tiempo y el miedo a lo desconocido nos descolocaron por varios dÃas sin poder entender cómo superar esas cosas. No tengo una explicación sobre lo que nos acontece en nuestras vidas y cómo es que la negatividad que encontré en esa noche en aquel camino simplemente se instaló en nuestra casa para no dejarnos en paz por mucho tiempo. Luego de muchas oraciones, el buscar ayuda y consejos de nuestros conocidos, asà como aquella pestilencia se apareció en nuestra casa. Asà se fue lo supe porque el ambiente dentro de nuestro hogar mejoró y mis andares por las carreteras se hicieron menos tensos. Ahora no he tenido que quedarme parado en la carretera, pero estoy segura, seguro de que si lo vuelvo a padecer, no me meteré en caminos oscuros y olvidados. El muerto de la curva. Mi padre me encomendó llevar la camioneta a cargar combustible. La verdad no estaba muy entusiasmado, porque ya era bastante tarde. Recuerdo que casi daban la una de la mañana. Era evidente que tendrÃa que reprenderlo por no haberlo hecho durante el dÃa de mala Gana. Acepté ya que él estaba ocupado con otras labores y realmente era necesario en ese momento. Como les mencioné, al dÃa siguiente, tenÃamos que salir muy temprano y complicaba las cosas encontrar una gasolinera en la dirección que Ãbamos, ya que estaba bastante retirada. Para llegar a la gasolinera más cercana, tuvimos que conducir unos veinte minutos por un camino rodeado de árboles para finalmente llegar a la carretera y dirigirnos a la estación de servicio El primer camino que tomamos era muy estrecho y siempre estaba algo desolado. En realidad, se trataba de una pendiente que conectaba una elevación montañosa con la carretera sin alumbrado público. Se pueden imaginar lo aterrador que se veÃa durante la noche, siendo esa la razón principal por la cual no querÃa bajar hasta la carretera. Sin embargo, era una orden de mi padre. Le pedà a mi prima daniela que me acompañara y afortunadamente, aceptó De inmediato. Nos pusimos en marcha, yo conduciendo a baja velocidad, ya que el camino era muy estrecho y temÃa chocar con otro vehÃculo. Si nos cruzábamos, la única iluminación provenÃa de la tenue luz de la luna. Decidà encender las luces altas, ya que mirar hacia los lados o hacia atrás apenas revelaba algo como es de esperar en caminos AsÃ, durante la noche, la necesidad de orinar se hizo presente a mitad del trayecto. HabÃamos bebido demasiado esa tarde y me di cuenta de que fue ineficaz ir al baño antes de salir de casa. Al principio pensé que lo mejor era esperar hasta llegar a la gasolinera y usar los baños públicos. Sin embargo, a los pocos minutos me vi en la necesidad de orillar la camioneta y salà y me adentré en la oscuridad. Era una noche despejada y sólo se escuchaba el sonido de los insectos. La verdad es que me incomodaba bastante la idea de estar solo en medio de la nada. Cuando me disponÃa a regresar a la camioneta, escuché claramente el sonido de pasos aproximándose hacia mÃ. Estos provenÃan de la maleza y sentà una sensación horrible, como si la sangre me hubiera bajado de golpe hasta los pies. Al girarme me encontré con una figura sombrÃa apenas visible bajo la luz. Tenue de la luna, el corazón me latÃa con fuerza y una sensación de pánico se apoderó de mÃ. Intenté distinguir los rasgos de la figura, pero estaba demasiado oscuro. Fue en ese momento que noté sus ojos brillando con una intensidad inhumana. Corrà de vuelta a la camioneta donde Daniela me esperaba al entrar. Daniela me preguntaba qué era lo que sucedÃa y le dije lo que habÃa visto. Recuerdo que intenté encender la camioneta mientras Daniela miraba en todas las direcciones. La verdad dudaba mucho en bajar y revisar el motor. SeguÃa algo nervioso por el sonido de los pasos, pero no tenÃa otra opción. Después de todo, tengo algunos conocimientos en mecánica. Aunque era bastante raro que la camioneta fallara. Era una merced des modelo dos mil catorce y nunca nos habÃa dado algún problema. Abrà el cofre de la camioneta y me dispuse a revisar los puntos clave del mecanismo. Fue entonces cuando me di cuenta de que faltaba algo los cables que conectan a la baterÃa. Sé que esos cables no pueden desconectarse tan fácilmente. Apenas estaba tratando de asimilar la situación. Cuando escuché de nuevo los pasos acercándose, sólo sé que esta vez sonaban de forma diferente. Ahora resonaban sobre el asfalto del camino, Pero lo que me dio más miedo fue que sonaban cada vez más y más cerca totalmente aterrorizado. Miré a todos lados, pero no logré ver a nadie sin dudarlo ni un minuto. Corrà hasta el interior de la camioneta. Casi de inmediato. Escuchamos como si estuvieran corriendo alrededor de nosotros. Ambos miramos en todas direcciones, pero no se movÃa nada fuera de lo común. Rápidamente nos cercioramos de que las puertas estuvieran bien cerradas. Luego agarré mi teléfono celular y marqué el número de mi padre, pero fue inútil. No contestaba. Intenté varias veces, pero siempre fue lo mismo. Daniela sugirió la idea de ir corriendo hacia la casa. Nuevamente escuchamos pasos a nuestro alrededor. No me estremecà de miedo porque por más que nos esforzáramos, no lográbamos ver a nadie De repente, todo parece decÃa haberse calmado, pero por seguridad esperamos otros diez o quince minutos antes de decidir salir a revisar. Pensábamos que tal vez los cables sólo se habÃan desconectado de un extremo o algo similar. No sé qué, tampoco creÃble vaya a sonar esto, pero cuando los dos revisamos vimos que los cables estaban ahà como si nunca se hubieran movido. La verdad ni siquiera nos detuvimos a pensar las cosas. Decidimos quedarnos en la camioneta, encenderla y salir rápidamente de allÃ. En cuanto la camioneta arrancó, nos dirigimos hacia la gasolinera a toda velocidad sin mirar atrás. La atmósfera dentro del vehÃculo era de tensión y nerviosismo. No dijimos palabras durante el trayecto. Cada uno sumido en sus pensamientos sobre lo inexplicable que acabábamos de vivir. Al llegar a la gasolinera, respiramos aliviados y decidimos no contarle a nadie sobre lo sucedido. Sonaba tan extraño y surrealista que temÃamos que nos tacharan de locos. Estando ahà como si todo fuera una maldita jugada del destino. Mi padre me llamó por teléfono. Sonaba algo preocupado. Quién sabe cuántas llamadas perdidas temÃa. No les quise decir completamente lo que pasó. Sólo le expliqué que la camioneta nos habÃa dado fallas y que por eso le llamé. En resumidas cuentas, Ãl me dijo que estarÃa pendiente en caso de otra llamada y me pidió que regresáramos con mucho cuidado. La sola idea de tener que volver por el mismo camino nos puso bastante tensos a mi prima y a mÃ, asà que, en medida de lo posible, revisé el estado de la camioneta y me di cuenta de que todo estaba en orden. Estaba tan nervioso que, de hecho, entré al baño dos veces. En la segunda ya ni siquiera tenÃa ganas de orinar, pero por nada del mundo querÃa verme en la necesidad de Detenernos subimos a la camioneta de nuevo y nos dispusimos a volver a casa. Al menos yo sentà una sensación bastante desagradable cuando vi que a unos metros de nosotros estaba el lugar donde nos habÃamos detenido. Fue bastante horrible saber que no podÃa incrementar la velocidad, pues más adelante estaba la curva que habÃamos visto. Era muy peligroso hacerlo. Pasamos por el mismo lugar en silencio, pero sé que ambos nos suprimÃamos el miedo, tomamos la curva y justo cuando estábamos por salir de ella, vimos una silueta parada al lado del camino. La vimos claramente. Toda esta visión duró sólo unos segundos, porque una vez que ese cuerpo salió del alcance de las luces frontales, los perdimos de vista. Insisto en que afuera estaba muy obscuro. Todo lo que iba quedando a espaldas nuestras era prácticamente imposible de ver, ya que nos encontrábamos en nuestro camino recto. Decidà pisar a fondo el acelerador. Cuando llegamos a casa, todos salieron muy preocupados a recibirnos decidimos contarles la verdad, temiendo que se burlaran de nosotros, y asà fue hasta que mi padre interrumpió a todos diciendo que en una ocasión escuchó los rumores acerca de ese camino pues se dice que en esta curva aparece una persona y que cuando los carros pasan por ahÃ, estos se apagan de repente e incluso muchos de ellos son capaces de arrancar hasta que amanece. Doy gracias a Dios que ese no fue nuestro caso. No sé cómo hubiéramos soportado pasar una noche completa en ese sitio. Esta es la única explicación que me queda por aceptar ante todo lo que nos pasó. Aunque no encuentro forma lógica de justificar la desaparición de los cables, mi prima insiste en que tal vez siempre estuvieron ahÃ, pero que por culpa del nerviosismo, fuimos incapaz de verlos. Es probable que asà haya sido sobre el sonido de pasos. No me discuten nada, pues ella también los escuchó. Realmente podrÃamos decir que lo que se dice en esa curva es cierto sobre todo por la persona que vimos cuando venÃamos de regreso. Nos reconforta saber que no se nos apagó la camioneta de nuevo. De cualquier modo, nos quedó bastante claro que jamás debemos cruzar ese camino por la noche para no volvernos a encontrar al muerto de la curva descansando en paz. Una vez faltaban escasos dÃas para el dÃa de muertos. Me tocó llevar un camión grande, un tortón con toneladas de cemento al Estado de Oaxaca. Decidà salir un dÃa antes de lo esperado por la madrugada, para asà volver justo el dÃa dos de noviembre y poder pasarlo con mi mujer y mis padres, disfrutando de los tradicionales tamales chocolate y pan de muerto. Esa madrugada tomé mis cosas y salà de casa sin decir nada a mi mujer y a nadie más. Me dirigà hacia la bodega de materiales. Al llegar me topé con el velador que extrañado. Me miró y vi cómo tomaba su libro de notas, donde tiene anotadas las horas de entrada y salida de cada camión y cargamento. Este me miró y dijo te tengo registrado en la libreta, pero tu salida es esta mañana a las cinco de la tarde. Le dije que sÃ, efectivamente, pero que querÃa ahorrarme unas horas para tener libre el dÃa de todos los santos. Contestó está bien. Si te sientes bien, por mÃ, no hay problema modificaré tu dÃa y hora de salida. Fui a tomar las llaves del camión y lo saqué de la bodega. Este ya estaba cargado. Me despedà del velador, el cual era un buen amigo de todos los choferes y salà rumbo a oaxaca. Al encender el radio, puse una estación muy conocida aquÃ, en el Estado de Veracruz, la máquina tropical. Dicha estación siempre me gustó escuchar mientras manejaba en el estado, ya que al entrar a otros se perdÃa la emisión. Todo estaba tranquilo. Recuerdo que, pese a ser una madrugada de noviembre, era algo fresca, pero no frÃa. Pasaba por una comunidad llamada Las vigas frente a la Iglesia. En el centro hay un mercado. Yo siempre habÃa pasado tanto de dÃa como de noche y jamás vi nada raro ni fuera de lugar. Recuerdo que volteé hacia arriba de la iglesia en la parte más alta extraña y claramente pude observar lo que parecÃa ser un niño pequeño. Este me saludaba con su mano. Lejos de sentir miedo, lo que sentà fue extrañeza y algo de preocupación, pues, como dije, estaba en la parte más alta de la nada. Al pasar unos segundos el camión se empezó a tironear como si se quisiera parar algo también extraño, ya que sentÃa como si tuviera velocidad puesta. Me distraje por unos segundos al mirar la palanca. Quizá tal vez lo habÃa movido, pero no La inquietud crecÃa mientras observaba al niño en lo alto de la iglesia y en ese instante una sensación de frialdad recorrió mi espina dorsal. Al voltear la vista de nuevo a la parte superior de la iglesia, aquel niño ya no estaba ahÃ, ahora estaba justo en la entrada de la iglesia. Este me volteó a ver y pude ver cómo tenÃa una sonrisa burlona, aparte de que me apuntaba con su dedo Ãndice. Cuando hizo esto, el camión se apagó completamente el motor, el radio las luces. Bajé del camión y este niño me seguÃa mirando, pero cuando vio que yo bajaba del camión, se metió a la iglesia. La verdad esto me tranquilizó un poco. Dándole aquello algo de explicación, pensé que quizá habrÃa gente dentro de la iglesia y por eso el niño andaba jugando. Por ahà me olvidé por completo que el camión se habÃa apagado y me dirigà a la entrada de la iglesia. Al estar enfrente de la puerta, noté algo inusual. Las dos grandes puertas estaban cerradas con dos grandes candados. Me parecÃa imposible aquello, pues segun dos antes vi cómo el niño entraba rs por esas puertas. En ese momento empecé a comprender que todo aquello no era algo normal. Comencé a escuchar una risa burlona y fuerte era de un niño que parecÃa estar ronco, una risa que sinceramente, no deseo volver a escuchar jamás en mi vida. Por unos segundos me quedé inmóvil, Me recorrió un frÃo que me calaba hasta los huesos. Cuando pude moverme corrà sin pensarlo hasta el camión. Me subà e intenté darle marcha, pero el camión seguÃa muerto más grande. Se hizo el miedo cuando volteé a la iglesia, pues pude ver nuevamente a ese niño que se asomaba desde dentro de la iglesia y éste se seguÃa riendo de una manera siniestra y macabra. No le daba explicación, ya que para mà era ilógico que algo paranormal se manifestara dentro de una iglesia, lugar que se supone es sagrado y puro de Dios. Lo único que pude hacer fue tomar mi rosario que hallé del espejo retrovisor. Lo tomé, me lo envolvà en r la mano y le empecé a dar marcha al camión. Al tercer intento, el camión encendió aceleré y me alejé de ahà estaba alterado. Mis piernas me temblaban como si me fuera a dar un calambre. Mis manos igualmente me temblaban. Me detuve a la orilla del camino para tranquilizarme miré el reloj y eran apenas las tres veinticinco de la mañana. Pero para mà ya habÃan pasado muchas horas. Debido a todo lo que me habÃa sucedido en esos momentos anteriores, se me habÃa hecho eterno todo el tiempo. Me sentÃa angustiado. Lo único que querÃa era ver los primeros rayos del sol, pero la realidad era que faltaba mucho. Para eso tomé un termo de café que llevaba y me tomé unos tragos. Algo raro que empecé a notar fue que no veÃa ningún auto pasar. Se sentÃa una soledad extraña. De un momento a otro noté cómo comenzó a bajar la neblina, cosa más que normal para esa zona de las vigas y la la la joya, pues es una zona que todo el año se nubla y más en noviembre comencé a sentir mucho frÃo. Opté por subir al camión y seguir mi camino un poco más tranquilo. No habÃa avanzado más de un kilómetro. Cuando de repente, en la orilla de la carretera vÃa a una persona haciéndola parada, ParecÃa una señora cargando un rollo de leña. No me pareció raro, ya que en esa zona mucha gente lleva consigo utensilios para cocinar con leña. Decidà no parar, ya que podrÃa tratarse de una emboscada y correr el riesgo de un asalto. Seguà con la mirada al frente del camino, pero de nuevo empecé a sentir miedo y hasta sinceramente me entraron ganas de hacer mis necesidades. Era algo inexplicable. Lo que sentÃa algo me hizo voltear a ver al lado derecho de mi ventana. Realmente no creÃa lo que mis ojos estaban viendo ahà a la par mÃa. VenÃa esa señora que habÃa dejado metros atrás. VenÃa saltando como si se tratara de un conejo, dando grandes saltos con sus dos piernas, con ese rollo de leña en la espalda sujeto por sus manos. Yo llevaba los vidrios arriba, pero aún asà la cabina se empezó a congelar literalmente. Mi aliento salÃa en grandes bocanadas, como si estuviera expuesto a una temperatura muy baja. El parabrisas. Se empañó completamente en unos cuantos segundos y no podÃa ver nada. Cuando intenté frenar y dar un volantazo hacia esa cosa, esta volteó lanzando una carcajada macabra, pero sin hacer sonido alguno. Sólo se veÃa su cara toda negra. Sus ojos eran blancos completamente, sus dientes eran puntiagudos y de ella salÃa una lengua muy larga que le llegaba hasta el pecho. Sentà tanto miedo que quise tomar mi rosario nuevamente, pero mis manos no me respondÃan. Estaba completamente paralizado. No hice más que encomendarme a Dios y rezar unos padres, nuestros en mi mente. Fue asà como comencé a recuperar un poco la movilidad. Volteé a mi ventana y esa cosa seguÃa ahÃ, pese a que volvÃa a acelerar e iba a unos noventa kilómetros por hora seguÃa a la par mÃa, pero ahora se escuchaba como si un caballo fuera corriendo al lado del camión. A lo lejos, comencé a ver lo que parecÃa ser una capilla, pero se me hacÃa imposible llegar hasta ella. Seguà rezando y esta mujer seguÃa corriendo junto al camión. Ya habÃa perdido las esperanzas de salir. De eso me volvà a encomendar a Dios cuando vi claramente cómo esa cosa horrible. Se me atravesó en el camino. Sentà el golpe al atropellarla. Esto hizo que perdiera el control y el camión se saliera del camino, pero intenté controlarlo dirigiéndolo hacia una pequeña zanja donde quedé estampado. En el momento del impacto, me tiré al suelo y cubrà la cabeza para evitar un golpe mayor. Por fortuna, no pasó a mayores, pese a ir a una velocidad considerable y prácticamente sin vista al frente. Sólo fue un fuerte golpe, pero estaba muy adolorido, especialmente en el cuello. Intenté bajarme del camión, pero no pude. TenÃa una pierna lastimada y la oscuridad era total. No tenÃa idea de la hora, pero el ambiente estaba sumido en la penumbra. Empecé a sentir náuseas y fuera se escuchaban los pasos de un caballo como si éste estuviera pastando un miedo terrible. Se apoderó de mà cuando percibà el olor penetrante de azufre y a lo lejos inexplicablemente, escuché claramente el grito de la llorona, un sonido inconfundible que habÃa oÃdo en repetidas ocasiones cuando resonó ese Lamento. El caballo que se escuchaba afuera huyó a gran velocidad. Pasaron unos minutos y, como pude, me bajé del camión rengueando y con mucho dolor con mi rosario en la mano, intenté buscar el camino a la carretera en completa oscuridad, temiendo que esa presencia volviera a aparecer. Trataba de avanzar, pero me resultaba difÃcil. La pierna me dolÃa mucho detrás de un maizal vi a lo lejos la silueta de un hombre con un machete en la mano. La silueta se acercaba y noté que llevaba un candil. Afortunadamente, no era una aparición, sino un hombre mayor con vestimenta que parecÃa de la época de la Revolución. Huaraches, sombrero y un cordón amarrado a la cintura. Se acercó y me preguntó qué me pasaba y qué hacÃa por allà a esas horas. Le conté todo lo sucedido y él me tranquilizó diciendo no te preocupes. Ahora te saco del camino. Ya casi va a amanecer. Yo voy para mi huerta. Por ahà te encamino. Me tomó del brazo y al notar mi pierna lastimada sacó de su morral hierbas y un ungüento después de aplicarlo, el dolor desapareció por completo en cuestión de minutos. Me dijo que me levantara que eso aliviarÃa el dolor, pero que debÃa ir al médico para que me revisaran. Empezamos a caminar y unos metros más adelante nos encontramos con un crucero donde se dividÃan dos caminos. Se detuvo y me dijo tú tienes que ir. Por ahà escuches lo que escuches, no vuelvas para nada. AsÃ, escuches tu nombre, no hagas caso y tú sigue. Yo ya me tengo que ir. Me entregó su candil y se fue por el otro camino desapareciendo en medio de la oscuridad, algo desconcertado. Hice lo que me dijo y seguà el otro camino. Caminé unos veinte metros cuando comencé a escuchar el paso de ese caballo de nuevo, pero seguà el consejo de aquel señor aunque sentÃa como si me soplaran en el oÃdo, continué mirando hacia adelante intentando llegar a la carretera. Empecé a escuchar carros, pasar a lo lejos sintiendo algo de alivio, pero no dejaba de escuchar ruidos extraños desde los árboles. Escuchaba mi nombre, pero no hice caso y seguà caminando lo más rápido posible. El candil que me habÃa dado empezó a perder intensidad, asà que apreté el paso para no quedarme a oscuras. Finalmente llegué a la orilla del camino y vi la carretera a lo lejos dejé de escuchar esos ruidos. Cuando los primeros gallos cantaron, me senté en una piedra y esperé a algún compañero camionero para pedir auxilio. Con los primeros rayos del sol en la cara, volvà a sentir ese terrible dolor en mi pierna, como si se hubiera pasado el efecto de aquellas hierbas que me puso el anciano. Intenté levantarme, pero no podÃa tenÃa mucho dolor al mirar el candil que traÃa vi con incredulidad, que estaba totalmente oxidado, viejo, lleno de tierra, inservible como si fuera una antigüedad. Esto fue inexplicable, ya que minutos antes estaba encendido y lo traÃa en la mano. Fue entonces que comprendà que el viejo tal vez fue una aparición que llegó a ayudarme desde ese dÃa. Comprendà que, asà como hay energÃas negativas que provocan accidentes y cosas malas. También existen energÃas y apariciones buenas que te pueden salvar la vida. Esto ha sido lo más significativo que me ha sucedido en mi largo recorrido en el mundo de las carreteras. Estuve meses en cama por mi pierna, pero después de eso volvà a trabajar sin problemas y con un gran agradecimiento a Dios y aquel señor desconocido que ojalá se encuentre descansando en paz la tienda. Cuando entré a la Universidad Autónoma de Baja California en Tijuana, al principio visitaba a mi familia en Mexicali de vez en cuando en autobús, pero a mediados de la carrera pude comprar un automóvil y comencé a visitarlos todas las semanas siguientes yo llegué escuchando cosas sobre la rumorosa primero lo peligrosa que es para manejar y todos los accidentes que se dan, pero también acerca de cosas extrañas que ocurren. Ahà recuerdo una historia que nos contaba a mi mamá cuando éramos niños, sus papás, mis abuelos iban de Mejical y a Tijuana antes de subir a la rumorosa por el tramo de la carretera de la Laguna Salada, una zona que pasa literalmente por el desierto. Era de madrugada y sólo mi abuelo iba despierto. Mi abuela y unas tÃas en la parte de atrás iban dormidas. De pronto mi abuelo vio a una mujer al lado de la carretera como pidiendo aventón. Se detuvieron unos cien metros después y despertó a mi abuela. Se bajaron para ver si la chica necesitaba ayuda, pero no vieron a nadie. La chica ya no estaba casi pudieron escuchar un quejido en el viento ruidoso que corre en Mexical y y más en la laguna salada. Se subieron al coche y avanzaron pensando que tal vez mi abuelo sólo se lo habÃa imaginado por el sueño hasta entonces. Despertaron mis tÃas en el asiento de atrás y mi abuela les explicó por qué habÃan parado. Mi abuelo volteó un momento para explicarles algo y vio cómo el semblante de una de mis tÃas ca nÃa vio y sus ojos se abrieron como si se le fueran a salir. Rápidamente volvió la vista al frente y la mujer iba sentada en el cofre sonriéndole a los cuatro pasajeros. Siempre llevaba esta anécdota en la cabeza. Al pasar por ahà en uno de mis viajes a visitar a mi familia, no me la podÃa quitar de la cabeza. Era un viernes. HabÃa estado con mi novia después de la escuela y le platiqué esta historia. Cuando nos despedimos, me dijo que me fuera con mucho cuidado y me dio un beso sentà como si fuera el último que nos dábamos. Salà a Tijuana como a las nueve de la noche antes de que fueran las diez. Estaba pasando por Tecate. Me gusta tanto esta pequeña ciudad que siempre llegaba por pan o café, pero esta vez decidà no Detenerme miré el reloj del auto y eran casi las diez cuarenta cuando iba entrando al poblado de la rumorosa esa parte donde encuentras un ranchito abandonado al lado de la carretera. Cada dos o tres kilómetros. Escuché un sonido muy fuerte como de un trailer pitando y unas luces me llegaron, pero las luces no sólo venÃan detrás sentà que venÃan de todas direcciones. Simplemente estaba tan encandilado que no sabÃa de dónde venÃan. El sonido cayó de pronto y las luces desaparecieron. Un poco después, las manos me temblaban y apretaba el volante esperando encontrar un lugar donde parar brevemente para recuperarme. Las luces aparecieron. De nuevo. SentÃa que en cualquier momento iba a chocar contra algo o me iba a salir de la carretera. Escuchaba sonidos como de camiones. A lo lejos sentÃa cómo se acercaban. No podÃa ver nada por las luces que entraban en la camioneta y los ruidos estaban cada vez más cerca. Cuando sentà que los sonidos casi chocaban contra mÃ, decidà dar un volantazo y salir de la carretera. Quizás por instinto sentà que tenÃa más probabilidades de sobrevivir si caÃa en una zanja al lado de la carretera o chocaba contra los árrocos que si me quedaba chocado contra algo que viniera de frente, sentà como el carro entró en terracerÃa, pero seguÃa sin ver absolutamente nada. Me frené por completo. Metros después, el sonido se escuchaba cada vez más fuerte como si un tráiler estuviera justo arriba de mÃ. Solo cerré los ojos y comencé a pensar en mi familia, en mi novia, en cómo me gustarÃa escuchar el ruido de la carretera nuevamente, y todo se cayó aún con los ojos cerrados. Me di cuenta de que las luces se habÃan ido, los abrà y miré a mi alrededor. Pasaron unos segundos para que mis ojos se acostumbraran a la oscuridad absoluta de donde estaba, No podÃa reconocer el lugar exacto, No veÃa nada alrededor, solo arena. En ese momento no reaccioné ante lo extraño que era que fuera arena en lugar de los arbustos o pinos, de la zona del poblado de la rumorosa. Creà ver unas siluetas en la oscuridad a unos veinte metros altas y delgadas sólo sombras, pero los hombres se acercaban. Me subà al coche y aceleré de regreso a la carretera. Lo siguiente, no sé cómo explicarlo. No sé cómo expresarles la confusión que sentÃa en ese momento cuando me di cuenta de dónde estaba. Ya estaba en la laguna salada casi por entrar a Mexicali, es decir, a cientos de kilómetros de donde habÃa visto las luces a una hora y media o dos horas de camino. De alguna forma me salté esa bajada, llena de curvas, la peligrosa carretera de la rumorosa, la bajé, La atravesé sin darme cuenta y en unos segundos no podÃa. Con la confusión sentÃa muchas ganas de vomitar, Me ardÃa el estómago, me faltaba el aire. Llegué por fin a la parte poblada y vi la luz de una pequeña tiendita abierta. Era la primera luz que veÃa desde esas luces blancas en la carretera. Me di cuenta de que no habÃa visto ningún otro coche desde que escuché esos sonidos en la tienda. Una señora mayor me miró extrañada. Cuando entré seguro notó algo porque me preguntó si estaba bien. Le pedà agua y sin sentirlo me dejé caer se. Me doblaron las piernas con muchas ganas de llorar, quizás de felicidad. Por fin encontrarme con otra persona con una cara amable le habló a un muchacho y le dijo que preparara algo. No me atrevà a explicarle lo que me habÃa pasado. La señora no me preguntó nada, pero me dijo que no debÃa atravesar esa carretera. Sólo a esas horas de la madrugada miré el reloj. Pasaban de las tres de la mañana. No sé cómo atravesé la rumorosa ni qué habÃa pasado en las últimas horas, que para mà fueron unos cuantos minutos. Apenas terminé de revisar el celular en mi auto. TenÃa decenas de llamadas perdidas y mensajes de mis padres, de mi novia y de mis amigos. No sé cómo a través de cientos de kilómetros y la carretera de la ruta Amorosa en unos segundos que resultaron ser cinco horas, no sé qué diablos pasó ese dÃa. Muy pocas personas les he contado esto y realmente no espero que me crean. Al menos son aquellas que sé que no pensarán que estoy loco. No he notado nada raro después ningún cambio en mi vida. Simplemente evito viajar solo por la rumorosa y nunca de noche. Evito voltear hacia la tienda de la señora cuando paso por ahÃ. Por más que quiero agradecerle lo que hizo por mÃ, siento que serÃa volver a vivir lo que sentà esa noche. Espero que a nadie le pase de verdad es algo que no le deseo ni a mi peor enemigo encontrar la luz. Se me habÃa encomendado llevar un cargamento a Hermosillo. Sonora, el viaje de ida fue bastante tranquilo. Nada fuera de lo común. El problema fue el momento de regresar o o de bodas decirles que por cuestiones de logÃstica, me asignaron una nueva carga, de tal modo que en mi regreso tendrÃa que hacer una escala en los mochis Sinaloa. Ya estando ahÃ, me cargarÃa nuevamente y tendrÃa que entregar en Guadalajara. VenÃa por la carretera que conectan a Boha. Con los Mochis. Eran alrededor de las once de la noche, ya dentro del territorio correspondiente a Sinaloa. HacÃa bastante frÃo. Circulaba con las ventanas cerradas. Todo estaba muy oscuro. Ni siquiera habÃa alumbrado público en esa sección. Desde hacÃa un buen tiempo. No me cruzaba con otros vehÃculos y la sensación de soledad se intensificaba al no haber ningún rastro de urbanización en los alrededores. Estaba en medio de la nada, con la radio y las luces altas del tráiler. Como única compañÃa. La sensación de soledad se esfumó cuando observé a unos cien metros a una joven corriendo al lado del camino en la misma dirección que yo iba. Cuando finalmente la iluminé se giró hacia mÃ. ParecÃa tener entre diecisiete y veinte años. LucÃa agitada y miraba en todas las direcciones abrazándose posiblemente para resguardarse del frÃo. Inmediatamente pensé que podrÃa necesitar ayuda, pero también consideré la posibilidad de que fuera una trampa para un asalto algo común en estas carreteras. Estuve a punto de pasar de largo por mi seguridad, pero recordé a mi hija de una edad y complexión similar, Me puse en la situación de los padres de la muchacha y decidà disminuir la velocidad esperando que todo saliera bien. Honestamente, tomé el arma que siempre llevo conmigo en cada viaje y la coloqué sobre mis piernas esperando no tener que usarla. Cuando la chica se acercó mostrándose tÃmida, detuve el trailer a un costado sin apagarlo. Ella se acercó cautelosamente y preguntó si faltaba mucho para llegar a los mochis. Luego de asegurarme de que realmente iba sola, decidà guardar mi arma para no asustarla. Le ofrecà llevarla explicándole que también me dirigÃa a los mochis y que no tenÃa malas intenciones. Después de un breve intercambio, aceptó subir ella. Dio una rápida mirada al tráiler. Me percaté de que no lo pensó mucho y decidió abordar. En eso le dije mi nombre y le pregunté el suyo se llamaba Jacqueline. Entonces subió al trailer y nos dirigimos a los mochis en unos cuarenta minutos o tal vez menos llegarÃamos. Me intrigaba saber por qué iba caminando sola a esas horas en medio de la nada. Le pregunté sobre la fiesta en la que estuvo, pero dudó en contestarme. Al final explicó que se fue porque sus amigos estaban borrachos y peleando con otros muchachos. Para mayor seguridad, decidà llevarla hasta su casa. Sólo llevábamos unos minutos conversando, pero fue suficiente para inspirar confianza. Su domicilio no quedaba lejos del lugar en el que debÃa entregar mi carga. Noté que se tocaba el estómago. Supuse que tendrÃa hambre. No faltaba mucho para llegar a una gasolinera. Propuse bajar por algo para cenar al oxo y Jacqueline aceptó Cuando bajaba del tráiler, me preguntó si podÃa entrar al baño. Acepté y le pedà que subiera al trailer y me esperara si regresaba antes que ella. Cuando volvà con comida, jack Lin, todavÃa no habÃa regresado del baño. Me preocupé y pregunté al empleado de la gasolinera si la habÃa visto. Explicó que salió hace rato con varios muchachos en un carro plateado y se fueron hacia los mochis. Agradecà al empleado y me puse en marcha. Sintiendo que la situación no pintaba bien. Continué conduciendo en dirección a los mochis. La carretera continuaba oscura y solitaria. No dejaba de pensar en la seguridad de esa muchacha. Tras haber conversado con ella, me di cuenta de que era una persona muy agradable y no querÃa que nada malo le sucediera. Pasaron unos cuarenta miln y por fin llegué a mi destino. Como se me indicó, me dijeron que esperara mientras mezclaban una nueva carga para llevarla a Guadalajara. Mientras lo hacÃan, pensé en dirigirme al área de descanso y dormir un poco. Sin embargo, decidà despejar mis dudas, Me servà un café muy cargado y salà para tomar un taxi. Solicité que me llevaran a la dirección que Jacqueline me habÃa dado. Cuando por fin di con su vivienda, se me cruzó por la mente irme. Después de todo, ya era casi la una de la mañana, pero pensé que en su casa verÃan bien que me preocupara por ella, asà que tal vez no habrÃa mucho problema. Toqué la puerta y tras unos instantes, un hombre de unos cincuenta años se asomó por la ventana le expliqué que mi nombre es Alberto y soy el chofer del tráiler. Jacqueline me habÃa dicho que vivÃa allÃ. Me di cuenta de que en su rostro se dibujó una ligera mueca, pero me invitó a pasar. Su nombre era Alfonso, el padre de Jacqueline. Le expliqué que la recogà en la carretera y que querÃa asegurarme de que llegara bien a casa. Al entrar, noté una fotografÃa en la pared y confirmé que era la misma chica a la que recogÃ. El señor Alfonso me agradeció por preocuparme por su hija y luego, con pesar, me comunicó que Jacqueline ya habÃa fallecido. La noticia me impactó y sentà que estaba a punto de entrar en una conversación incómoda y aterradora, como si estuviera viviendo una clásica historia de terror. Me sentà nervioso mientras él continuaba hablándome sobre los detalles del fallecimiento de su hija, me causó mucha impresión, tanto que el estómago hasta me pulsó. El señor Alfonso me llevó al sitio donde tenÃa una pequeña mesita. En ella estaba otra fotografÃa de Jacqueline y unas cuantas veladoras. Ella falleció hace tres años en un accidente en la carretera. Ese dÃa se fue de fiesta con unos amigos. VenÃan todos en estado de ebriedad y el coche se volcó. Nadie sobrevivió. Muchas gracias por preocuparse por ella, pero por favor, no vuelva a recogerlas. Si la ve de nuevo, usted corrió con mucha suerte. Me he enterado de que ella causa accidentes. Unas cuantas personas la han recogido, pero al poco tiempo sufren un accidente similar en la carretera hasta donde sé cuatro personas han muerto, las demás han resultado heridas. Todas ellas han venido más tarde hacia Acá asegurando que Jacqueline iba con ellos, pero para cuando llegaron los servicios de emergencia, ella no se encontraba por ningún lado. Literalmente, me quedé sin palabras. No supe qué responder para no hacerles más largo este relato. En resumidas cuentas, le platiqué como estuvo todo. Ãl no dejó de agradecerme mientras me encaminaba a la puerta. Una vez más me hizo énfasis en que nunca la recogiera si me la volvÃa a encontrar en la carretera. Sólo me pidió un favor rezar por el alma de su hija a ver si asà lograba descansar en paz. Desde luego accedà y me retiré deseándole las buenas noches. Por mi parte, regresé a la base y me di cuenta de que mi cargamento ya estaba listo. Finalmente partà con rumbo a Guadalajara. Debo mencionarles que he pasado varias veces por esta carretera y nunca me he vuelto a encontrar con el espÃritu de Jacqueline, quien sabe tal vez logró encontrar su luz. Microbús transporte de pasajeros o mejor conocido como microbuses. Mi papá trabajaba en uno y pues por la emoción y compañÃa, yo era su ayudante o chalán, como les dicen aquÃ, en la ciudad de México, todas las tardes saliendo de la secundaria, que, por cierto, viene siendo la base de la ruta. Yo esperaba a que mi papá llegara y asà comenzara a limpiar el microbús para salir a hacer el recorrido todos los dÃas. Al llegar la noche se seleccionan diez unidades de la misma ruta para cumplir con la Guardia un recorrido que se realiza después de las ocho de la noche, desde la base hasta un poblado en las orillas de Morelos. Dicho recorrido de ida durante la noche se hacen poco más de dos horas, por lo que el regreso se realiza pasando de las diez de la noche. Como es carretera federal, el camino está rodeado de una extensa área de bosque por ambos lados. Muchos de los compañeros que también cumplen con la Guardia prefieren regresarse sin pasaje para asà evitar sufrir algún percance con delincuentes. Una noche nos tocó a nosotros cumplir con la Guardia el recorrido de ida. Lo hicimos sin ningún problema y al llegar a aquel poblado, cansados por el trayecto, decidimos pararnos unos minutos para descansar. Era una noche tranquila y el tiempo se nos pasó rápido conversando. Ya pasaban de las once y media de la noche cuando nos dispusimos a emprender el regreso por la hora y por nuestra seguridad, decidimos no levantar pasaje durante el trayecto. Todo estaba muy tranquilo. Más aún al pasar en medio de la zona boscosa, donde la penumbra y la soledad del camino se vuelven intensas, encontrará alguien caminando a la orilla de la carretera. Es muy inusual y arriesgado, pero esa noche los faros del microbús iluminaron a lo lejos a un viejecillo con facha de campesino, con camisa costal blanco y pantalón lleno de tierra. Caminaba por la orilla de la carretera y al verlo comenzamos a debatir si era una buena idea ofrecerle ayuda. Quizás estaba perdido Mi padre siempre siendo un hombre de gran corazón en contra de nuestros instintos de precaución, encendió las luces intermitentes y comenzó a disminuir la velocidad hasta igualarla con la del evidente cansado viejecillo. Mi padre le preguntó si querÃa un aventón, a lo que el señor dijo que sÃ, que iba al siguiente poblado. El viaje siguió, se subió al microbús y al pasar cerca de nosotros pudimos percibir un aroma particular. Mi papá y yo nos miramos sonreÃmos y asà entendimos que a esas horas y sólo por la carretera se puso cómodo en uno de los asientos y sin dar tiempo a hacerle plática, cerró los ojos como si quisiera descansar el poblado siguiente, donde supusimos que bajarÃa el viejecillo estaba no más de veinte minutos en la plática entre mi papá y yo casi nos olvidamos de aquel cansado señor. Pasando por la entrada al poblado donde bajarÃa el señor, me levanté del asiento y al voltear la mirada hacia donde el viejecillo supuestamente dormÃa, me doy cuenta de que ya no habÃa nadie desconcertado. Le avisé a mi papá, quien con tono de incredulidad se detuvo, prendió las luces internas de la unidad y caminamos revisando asiento por asiento, cayendo en cuenta de que no habÃa nadie. Era totalmente impo posible que se bajara del microbús sin que nos diéramos cuenta. AsÃ, Sorprendidos y aterrados, continuamos con nuestro trayecto hasta llegar a la base preguntándonos quién o qué era lo que habÃamos visto. Tiempo después de aquel suceso, mi papá contrató a un chofer para que trabajara el microbús. Sin embargo, ese choferri y varios más que también manejaron dicha unidad decidÃan renunciar al poco tiempo, asegurando ver a un señor con la descripción de aquel viejecillo. Con el paso de los años, mi papá decidió vender esa unidad por cuestiones personales. El dÃa que se hizo la entrega a los nuevos dueños, pedimos que se nos tomara una foto del recuerdo. Después de todo lo vivido en ese microbús. TenÃamos muchos buenos recuerdos y anécdotas a bordo de él. Nuestra sorpresa fue que, al revelar la foto, nos dimos cuenta de que no estábamos solos en la foto. Al volante se encuentra mi padre parado a un costado de él. Estoy yo y unos s a s s s más atrás se puede percibir una silueta oscura que coincide con aquel lugar, donde aquel viejecillo se puso cómodo aquella noche y de dónde desapareció. Poco tiempo después, mi padre y yo nos encontramos con los nuevos dueños en una convención de camiones para concesiones. Les preguntamos cómo les iba con la unidad que mi papá les vendió y nos dijeron que todo estaba bien, pero que el microbus trabajaba con sucesos un tanto extraños. El chofer también aseguraba haber visto la sombra de aquel cansado. Señor comentaron que llevaron el microbús a que un sacerdote lo bendijera y que sólo de esta forma pararon aquellas manifestaciones. Nos preguntaron si nosotros sabÃamos algo al respecto y sobre las posibles causas. En ese momento, mi padre y yo nos miramos cayendo en cuenta de que ya estaba resuelto el asunto y que ya no les ocurrirÃa nada más, Asà que decidimos decir que no sabÃamos nada para evitar alguna reclamación de su parte. Relatos escritos y adaptados por Ramiro contreras








