Dec. 4, 2023

Esto Te Puede Pasar En La Carretera Historias De Terror - REDE

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Cabeza agujerada. Empecé a trabajar para una línea cañera que transportaba azúcar. Tripulaba un trailer con el remolque lleno de productos provenientes de tanto yuca veracruz con rumbo. A la laguna de Mante el camino estuvo tranquilo y sin ninguna novedad. Ya casi llegando al punto de descarga, había un retén militar donde una larga fila de camioneros esperaba ser revisada. Era inevitable, así que me relajé para esperar mi turno. Afortunadamente, pasamos rápido. Cuando estuve en el retén, un soldado me pidió bajar mientras otros revisaban la cabina. Al preguntarme hacia dónde me dirigía, le dije que a la laguna a descargar Azúcar revisó mis documentos y el manifiesto y continué unos seis kilómetros. Fue entonces cuando vi algo a las orillas de la carretera era de noche, así que levanté las luces altas. Me di cuenta de que era una mujer con un extraño cabello rojo, un vestido blanco floreado y una chamarra de mezclilla. Al iluminarla pude ver que sus zapatillas brillaban de manera peculiar. Lo más extraño es que parecía estar de pie a la orilla de la carretera sin moverse y mirando al frente. Sentí algo de temor, pues cuando veías gente así existía el riesgo de que se aventaran a las llantas del camión. Empecé a hacer cambios de luces varias veces como señal de advertencia y reduje la velocidad para prevenir. Cuando pasé a su lado, estaba de espaldas, lo cual me pareció extraño, porque antes la vi mirando al frente, sólo pude ver su cabello rojo y el vestido ondeando con el viento, pensando que quizá necesitaría ayuda. Hice lo que se supone, no debería, pero me ganó la curiosidad y me detuve metros más adelante. No había mucho tráfico, así que no hubo problema en parar. Me bajé de la unidad y corrí hacia la mucha. Al verla, noté que estaba con la cabeza agachada en señal de tristeza o alguna tribulación. Al acercarme le pregunté si estaba bien y si la podía llevar. Al decir esto último, la muchacha volteó de una manera muy extraña y rápida, como si la realidad se detuviera cuadro a cuadro un instante, lo que debía ser el rostro de una joven bonita resultó ser nada. Un enorme hueco se podía ver en medio de aquella cabeza oscuro e inquietante. Al ver esto, el terror me invadió de una manera tal que retrocedí intentando alejarme de esa horrible visión y caí al pavimento. Mientras veía esa cosa con su rostro, apuntando fijamente hacia mí, me arrastré sin dejar de ver eso. Al incorporarme corrí más rápido de lo que pude y el corazón se me estaba saliendo del pecho. Me subí a la unidad y la puse en marcha. No quise voltear, pero en el retrovisor sentía que de pronto aparecería la joven sin rostro. Me concentré aceleré al máximo. Era imposible. Era algo que no podía creer, pero lo había visto y sentí tanto frío que comencé a temblar y a sentir malestar en la panza. Cuando por fin llegué a la laguna, ya estaban varios camioneros esperando la descarga. Estacioné el vehículo y bajé vomitando de la unidad. Me sentía terriblemente mal y temblaba algunos choferes que estaban cerca se acercaron para ver mi estado y me preguntaron qué me pasaba sin poder hablar. Me senté y tomé un poco de agua que me ofrecieron. Luego de que me calmé, empecé a relatar lo que había visto en la carretera antes de llegar. Esperaba que me miraran extraño o me tildaran de drogadicto o loco, pero en vez de eso me miraron con descendientes. Uno de ellos, el de más edad, dijo que, efectivamente, siempre se aparecía en este tramo, según se sabía por dichos de la gente que afirmaba que a esa muchachita la habían atropellado dejándola con la cabeza hecha pedazos. Sin embargo, otros tenían una versión más creíble. Esa joven la habían abandonado ya muerta y el trailero que la mató utilizó un marro para aplastarle la cabeza quizás por eso su apariencia. La verdad es que nadie me dio una razón convincente para que pudiera parecer eso. No quise saber más del asunto. Y después de entregar la mercancía, tuve que regresar a la compañía. Durante muchas noches no pude dormir, tenía pesadillas e incluso sentía que la muchacha se subía a mi cabina de reojo podía verla ahí a un lado mío. Esto me tenía bastante tenso y mi familia tuvo que curarme de espanto. Aparentemente me tranquilicé un poco, pero después me volvieron a mandar al ingenio para llevar azúcar a la laguna del mante. Esto me puso nervioso, pero no quería entrar en pánico, así que me calmé y manejé sin más problemas Eran como las diez de la noche. Cuando de nueva cuenta me paré en el retén. Un soldado que me fue a revisar me hizo la misma pregunta que el anterior y le respondí lo mismo, pero al decirle mi destino me miró sorprendido y dibujó una sonrisa que me incomodó. Más aún cuando me dijo que si me había pasado algo antes de salir para la laguna, le contesté que sí, pero sentía que temblaba. Le comenté que siempre lo hacía porque sabía que había muchos problemas de delincuencia en el área. La respuesta del soldado fue escalofriante. Sí, delincuentes. Pero además de eso, varios camioneros y autobuseros nos han reportado ver a la joven muerta que aparece en el tramo. Más adelante. Ya se mandó una patrulla en eso, sin decirle más, él se quedó riendo. Mientras yo comencé a sudar de las manos. No quería ver de nuevo aquello arranqué y me fui manejando muy rápido. Cuando apenas iba a cruzar el tramo donde había visto el alma, vi con alivio que no había nada ahí pasé sin voltear ya. Agradecía a Dios por haberme evitado ver eso. En eso pensaba cuando por el retrovisor vi que se asomaba en la parte trasera del remol que la cabeza agujerada de la joven. Al verla y dar un leve volantazo, casi me sacaba del camino. Volví a ver y ya no estaba. Al llegar a la laguna de nueva cuenta. Estaba muy mal. El terror menudeaba en mi mente y no podía siquiera maniobrar la unidad. Unos compañeros tuvieron que ayudarme después de esa noche. No quise regresar de inmediato. Esperé al alba para poder retornar y, en cuanto lo hice, renuncié de la compañía jamás volví a manejar por esos rumbos, por el temor de que algo más se me apareciera en el camino incomprensible. Un compañero y yo fuimos asignados a cumplir con una encomienda en Manzanillo. Para esto nos asignaron una patrulla civil. Cuando nuestra presencia ya no era requerida en el sitio, Se nos dio la orden de regresar a la Ciudad de México tan pronto como nos fuera posible. Por esta razón ignoramos la hora y nos pusimos en camino de forma inmediata. Era más o menos la una de la mañana cuando íbamos circulando por la carretera hacia la Ciudad de México, cada entrada a Jalisco, traíamos encendidos los códigos azul y rojo, tan característicos de nuestras unidades. La sección por la que circulábamos no contaba con ningún tipo de alumbrado público. Lo único de lo que podíamos valernos era de los faros, de la patrulla y de nuestro estado de alerta afuera. Todo estaba casi en silencio. En un determinado momento escuchamos detrás de nosotros el claxson de un tráiler. Este llevaba encendidas las luces en modo intermitente. Luego vimos que incrementó la velocidad para tratar de alcanzarnos. Entendimos esto como una clara señal de que el chofer requería nuestro apoyo. Le dimos la indicación de que se habilitara y nosotros hicimos lo mismo. Vimos que se bajó rápidamente del tráiler y corrió hacia nosotros. Lucía muy nervioso. Entonces descendimos de nuestro vehículo. Escuchamos que se aclaró la garganta y justo antes de que le preguntáramos qué ocurría. Nos dijo que necesitaba nuestra ayuda. Nos dijo que una mujer desconocida se había subido a su trailer. Nosotros nos miramos en silencio y tras dedicarnos un gesto con la cabeza, ambos tomamos nuestras armas y nos acercamos cautelosamente al tráiler. El conductor nos siguió y se quedó justo detrás de nosotros. Revisamos la cabina, pero ahí no había nadie. Después inspeccionamos el camarote, pero fue lo mismo. Estaba vacío. Mientras bajábamos del tráiler, le pregunté si estaba seguro de lo que vio. De pronto escuchamos cómo se oían risas y golpes desde el interior del camarote. Esto nos inquietó demasiado. Acabábamos de revisar el interior y ahí no habían nada. Nadie. Tampoco es que hubiera espacio como para que una persona pudiera Esconderse miramos al chofer y éste estaba todavía más asustado que nosotros. Revisamos el interior una vez más y nos llevamos un gran susto dentro. No había nadie. Salimos rápidamente y nos dirigimos al operador. La escena era realmente escalofriante. No podíamos entender cómo, después de haber verificado que el camarote estaba vacío, ahora se escuchaban risas y golpes provenientes del mismo lugar. La confusión y la inquietud se apoderaron de nosotros. Nos quedamos perplejos intentando comprender la naturaleza de lo que estaba sucediendo. La carretera estaba oscura. Sólo podíamos alumbrarnos con la luz de la patrulla y nuestras linternas con un tono firme. Le preguntamos si se trataba de una broma, pero por el estado de ansiedad del pobre hombre, era evidente que no lo era. Lo primordial era tratar de calmarnos. Le pedí a mi compañero que se llevase al señor a la patrulla, mientras yo me encargaba de dejar todo bien cerrado. Recuerdo que en ese momento respiré profundo y mi corazón latía como loco. Pocas son las veces en las que he sentido un miedo. Así, mientras sujetaba las llaves, abordé el trailer y apagué las luces de éste. Cuando estaba por descender un frío, me recorrió la espalda dentro del camarote. Escuché murmullos. No pude distinguir qué era lo que decían. Luego, la cabina se balanceaba de un lado a otro. El movimiento fue de tal magnitud que parecía que varias personas estaban trepando por el estribo desde fuera hacia el otro. Lado de la puerta del conductor aterrado y sudando frío, me bajé y cerré las puertas con llave. Luego corría nuestro vehículo. Les pregunté asustados si habían visto lo que pasó. Me respondieron que sí, que ambos habían visto la forma en que la cabina del trailer se sacudió. Comenzamos a cuestionar al trailero sobre lo que estaba sucediendo, pero él tampoco tenía palabras para expresarse. Estaba en estado de shock. Como pudimos, lo tranquilizamos y finalmente, más o menos nos explicó lo que le había sucedido. Yo vengo desde armería en colima todo tranquilo. Tomé la carretera y después de haber manejado una media hora, vi que al lado del camino en la orilla estaba una muchacha. No me dio buena espina y ya ven cómo están las cosas con esos asaltos, así que más bien le pisé el acelerador cuando estaba pasando al lado de la muchacha. Me dio una sensación horrible. Fue como un escalofrío hasta los bellos de los brazos. Se me pusieron de punta. Volteé el retrovisor de la derecha del tráiler y alcancé a ver la cara de esa mujer. En ese momento parpadeo la vi solo por una fracción de segundo. Tenía la mirada muy clavada en mí mientras su cara se mostraba inexpresiva. En ningún momento pensé en detenerme y después de uno se usó. Finalmente la dejé atrás la perdí de vista. Cuando quedó envuelta por la oscuridad, me quedé mirando el retrovisor para ver si podía verla, pero la carretera estaba completamente oscura y ya no vi nada. En eso escuché ruidos detrás de mí parecía que venían del camarote. Entonces reduje la velocidad para echar una mirada ahí atrás. Vi a la mujer sin explicación lógica. Ella estaba allí dentro del camarote del tráiler, a pesar de que segundos antes la había dejado atrás en la oscuridad de la carretera. La escena era surrealista y el terror se apoderó de mí. No sé cómo lo hizo, pero ya iba ahí arriba, estaba asomando su cara sonriendo. Me dio tanto susto que di un volantazo. Gracias a Dios. Iba muy lento y el trailer se me descontroló. Cuando recobré un poco la calma, me di cuenta de que la mujer ya no estaba. Las puertas y las ventanas estaban cerradas por completo. No no había forma de que hubiera salido, así que sólo podía estar dentro del camarote. Tomé una navaja que siempre llevo conmigo y me armé de valor para revisar, pero cuando abrí no había nadie. Creo que esa mujer se desvaneció así sin más. Estaba aterrado por completo. No quería estar dentro del tráiler. Tenía miedo de que esa muchacha apareciera de nuevo, pero tampoco quería estar afuera en medio de la carretera a Oscuras. Tampoco podía dejar el tráiler. No quería perder mi trabajo y para colmo tenía rato que no veía pasar ni un carro. Lo único que se me ocurrió fue encender las luces intermitentes y avanzar a baja velocidad. Me estaba muriendo de miedo y quería llegar a un pueblo. No sé encontrar un restaurante, un motel o lo que sea, pero lo más rápido posible. Pero si le pisaba a fondo y esa mujer se aparecía de nuevo. Sabía que no podría calmarme y de seguro perdería el control por el susto. Al poco tiempo volví a escuchar golpes en el camarote, de la misma forma en que ustedes mismos los oyeron. Mi asiento lo sentía golpeando desde atrás. Sabía que esa mujer iba ahí conmigo. Lo sé porque la escuché reírse, pero no tenía el valor de voltear. No quería volver a verla otra vez. Manejé por más de una hora aguantando el terror. Y lo más horrible fue cuando, mientras me esforzaba en clavar mi mirada al frente con el rabillo del ojo, la vi asomarse desde mi lado derecho estaba volteando a verme. Afortunadamente, dejé de verla. Es raro oficial es como si se fuera y luego se regresara, porque todo se quedaba calmado. Pero a los pocos minutos volvía a escucharla riéndose y golpeando todo en el camarote. Y ahí fue cuando me topé con ustedes escuchar esto. Me heló la sangre por completo lo alterado que se veía y sobre todo, los ruidos que nosotros mismos acabamos de escuchar en el camarote. Luego de haberlo revisado y asegurando que no había nada, nadie nos hicieron creer en su historia. Entonces dónde estábamos la pensábamos a ver el trailer estacionado con las luces apagadas. Me daban escalofríos cada vez que volteaba a verlo de reojo. Mi compañero era incapaz de quitarle la vista de encima. Tal parece que tener nuestra compañía lo hizo calmarse relatar lo sucedido. También pareció ser de ayuda para no hacer todavía más largo este relato sólo les diré que decidimos llevarlo a una gasolinera que quedaba a unos kilómetros más adelante. Ya me ofrecía subir al trailer con él mientras mi compañero iba al frente en la patrulla. En el transcurso no dejaba de sentir cierto grado de incomodidad. No es mi intención exagerar las cosas, pero de verdad sentía una terrible presión en el pecho, como si algo más estuviera ahí con nosotros eran aproximadamente las dos cuarenta de la mañana. Cuando llegamos, me sentía afortunado de no tener que viajar solo por la carretera, cuando creímos que ya todo estaría mejor. Presenciamos algo verdaderamente escalofriante, ya que estábamos fuera de los autos. Los tres vimos claramente a una mujer dentro de la cabina. No la pudimos ver muy bien, pero vestía una blusa blanca o algún otro color. Claro, El trailero aseguró que era la misma mujer que había visto antes. Mi compañero y yo corrimos a la patrulla para sacar nuestras armas de servicio. Mientras tanto, notamos que ella sólo se dio la media vuelta y se dirigió a la parte trasera ocultándose detrás de los asientos. Nos echamos y entramos nuevamente y revisamos todo. No nos explicamos cómo pudo pasar esto, pero siento que esa cosa, ese primer múltiple fantasma, no lo sé. Siento que era algo mucho peor, algo que se estaba burlando de nosotros en nuestras caras. El conductor del tráiler estaba muerto de miedo por obvias razones más que nosotros. Mi sentido de la responsabilidad me hizo ofrecerme a hacerle compañía como copiloto hasta el siguiente o pueblo, ya que después de todo, él ya había decidido llegar ahí y buscar un lugar para poder pasar la noche. Durante el trayecto ya no nos ocurrió nada y al final de todo, él no dejaba de agradecernos la ayuda. Esperaba que al día siguiente, con la luz del sol, las cosas mejoraran de corazón. Espero que así haya sido, aunque quién sabe, pero me pregunto qué fue de ese pobre hombre. Es algo difícil de creer, pero no siempre tenemos que lidiar contra delincuentes o narcotraficantes. Algunos de nosotros hemos hecho frente a cosas que no comprendemos. Es muy común la frase que dice que hay que cuidarse más de los vivos que de los muertos. Yo ya ni siquiera estoy seguro de que es lo peor. Caminos oscuros. Vivo en el valle de Texas y soy trailero de profesión. Durante un traslado de macalen Texas a la ciudad de Nuevas Mayor me ocurrió algo extraño. En marzo de dos mil diecisiete. Apenas atravesaba el estado de mis sisipí por las cincuenta y nueve cuando me percaté de que ya no traía combustible. Por ello me detuve en una estación de gas y servicio para reabastecer. Mientras cargaban los tanques, noté un calor inusual que irradiaba de la parte baja del camión. Al revisar, vi que una parte del mueble se había desprendido, dejando salir el calor. Luego de llenar los tanques, decidí irme y buscar algún taller en el camino para reparar el desperfecto. Continué el camino y recorrí unos treinta kilómetros a marcha lenta cuando se reventaron las mangueras del aire de los cambios haciendo un fuerte ruido por suerte alcancé a meterme a la salida sesenta y dos que conduce a un pueblo llamado Purbis. Era un largo camino boscoso en medio de la nada donde me quedé parado. El camión ya no daba más como había caído la noche. El cielo estrellado y las luces del camión eran lo único que alumbraba aquel extraño camino. Empedrado sin nada más que hacer. Reporté el problema con la compañía y me ordenaron esperar a una camioneta de servicio. Al día siguiente me alisté para pasar la noche en ese lugar. Eran las once y media de la noche cuando decidí irme a dormir en el camarote. Apagué todo quedándome sin aire acondicionado, pero era preferible a que se colara el gas que salía del mueble partido. Al hacerlo, la oscuridad que me rodeó era impresionante, angustiosa e interminable. Solamente las estrellas en el cielo nocturno brillaban Dándome un poco de quietud. Nunca me he considerado un hombre temeroso y mucho menos de las cosas inexplicables o la oscuridad en breves instantes fui quedándome dormido casi a punto de caer en el sueño profundo. Fue entonces que unos golpeteos en la puerta del camarote me alertaron. Al despertar escuché golpes fuertes como si quisiera romper la puerta. Me incorporé pensando que era algún oficial de la policía que me había visto parqueado en medio del camino de inmediato. Me pasé a la cabina para buscar alguna lámpara al asomarme por la ventanilla. Se me hizo extraño no ver a nadie. Todo estaba oscuro y pensando que debería al menos ver las farolas de una patrulla. Abrí la puerta para mirar mejor. Sólo escuchaba cigarras y algunos sonidos lejanos de los vehículos que pasaban por la interés tatal a unos metros de donde estaba. Sin prestarle mucha atención, regresé a dormir, asegurando bien las puertas. Todo lo atribuía al cansancio, por lo que me volví a acostar, sin embargo, la quietud de la noche. Pronto fue interrumpida por un sonido persistente, golpes que no provenían de la puerta, sino del techo del camión. Además de eso, percibí con claridad que alguien subía el estribo metálico lateral. Esta vez no tenía ninguna duda de que alguien estaba a funo fuera del camión, por lo que volteé para mirar la cabina. Una sensación de electricidad recorrió mi espina mezclándose con un frío bajón de sangre de la cabeza a los pies. Al sentir que alguien se asomaba a través del parabrisas estaba con el rostro pegado al vidrio y haciendo un movimiento con las manos para mirar mejor al interior. Lo más extraño era que, a pesar de tener una pequeña lamparita encendida, no pude distinguir el rostro facciones o alguna señal para identificar de quién o qué. Se trataba en completo shok ante lo inexplicable, tan sólo me volví a acostar sin hacer el intento de salir a ver quién era. Sabía que era algo malo y tenía el presentimiento de que si me asomaba, eso sería todo para mí. Me puse a rezar y al comenzar sentí como aquella presencia se bajaba de la unidad al poco rato me quedé dormido. Al llegar la mañana me despertaron nuevamente los golpeteos en la fuerte silla. Me levanté de inmediato recordando los eventos de la noche anterior, pero respiré hondo al ver que eran los mecánicos que la compañía había mandado. Luego de arreglar el camión, continué con mi camino. Al llegar al Estado de Virginia. En una estación de servicio, me encontré con un colega camionero que, al verme me reconoció, comenzó a platicar notando mi semblante de espanto pálido y con preocupación, aún sin poder entender qué había sido lo que vi la noche anterior. A pesar de que conocía bien a mi colega, nunca quise contarle lo que había acontecido por el temor de que me tomaran de loco. Una vez completada la travesía en Nueva York de regreso. Lo hice con mucha inquietud, incluso tomé otra ruta para no pasar por ese mismo lugar. Al llegar a Texas, aún sentía el espanto que no me dejaba estar en paz todo el tiempo. Sentía algo sobre mis hombros, especialmente cuando manejaba. Tenía una extraña sensación de ser observadores. Supuesto, no le comenté a mi esposa sobre mi experiencia para no preocuparla. Días después sucedió que mi esposa durmió al niño por la tarde para salir a cenar. Aprovechamos la tarde para dormir un poco al rato. Mi mujer entrar a nuestra habitación después de dormir al niño, diciéndome que tenía un presentimiento extraño, pero no sabía qué era antes de que pudiera confesarle Mi experiencia previa con lo desconocido. Aparece el niño en la habitación con un semblante raro, diciéndonos que no podía dormir y que deseaba dormirse con nosotros porque tenía miedo. Aunque intentamos calmarlo y explicarle que todo estaba bien, el niño seguía inquieto. Era algo extraño para ambos, ya que nunca le inculcamos temores y menos a dormir solo. En fin, le dijimos que él se quedaría a dormir con su mamá en nuestra recámara y yo me iría a dormir en su cuarto. No sé cuánto tiempo pasó, pero el grito de mi mujer me despertó de inmediato para Incorporarme vi que ya era de noche y mi mujer dormía junto con el niño. Busqué por la casa y me asomé para mirar si alguien había gritado, pero no había nadie. Entré al baño y mientras me resonaban las luces parpadeantes del espejo, sentí algo de nervios. La sensación de un extraño silencio que me rodeaba se mezcló con otra de mucho calor, uno inusual que me llevó a pensar que no estaba solo y que algo saldría asomándose por la puerta. En ese punto, decidí mejor levantar a mi esposa para que se arreglara. Los nervios mezclados con un pensamiento de extrañeza por mi comportamiento, me llevaron al momento de sentir el miedo en aquel camino de Purvis. Al entrar en mi habitación, encendí la luz y sentí una corriente eléctrica a recorrer mi espalda, al mirar a mi mujer sentada en nuestra cama con los ojos bien abiertos, casi saliéndose de sus cuencas y la boca abierta, como si quisiera decir algo. Al verla así me desconcertó por lo que casi corriendo, fui a moverla y ella no respondía a mis agitaciones y preguntas. En el instante en que veo que le salen lágrimas de inmediato, la cargué para meterla a bañar y ese movimiento la hizo reaccionar. Al hacerlo, su respiración estaba muy agitada. Rompiendo en llanto, comenzó a decirme que alguien le quería estrangular. Mientras dormía sin poder creer lo que decía, me contó que tuvo un extraño sueño o al menos eso creía. Se levantó de la cama y se asustó al verse a sí misma dormida con el niño junto a ella. Al querer salir de la habitación, me vio restando importancia en el baño. Cuando intentó llamarme vio cómo lentamente una sombra surgía de los rincones de la casa y comenzaba a inundar el ambiente con llamas, saliendo del piso y las paredes. Ella empezó a gritar desesperada y yo continuaba en lo mío sin hacerle caso en sus intentos de pons llamar. Me vio con horror con unas llamas que envolvían y la sombra negra reptaba queriendo llevarla desesperada. Regresó a la habitación para leer un versículo de la Biblia, que tenemos siempre abierta por un lado de la cama. Quizá fue la desesperación al leer la Biblia o alguna otra razón, pero la sombra empezó a maldecir y hablar en un idioma incomprensible chillante, abalanzándose para estrangular a mi mujer para que dejara de hacerlo. Ella vio con claridad que yo entraba en la habitación. Encendía la luz y la llamaba, pero estaba entre el sueño y la realidad siendo atacada e intentando desesperadamente despertar. En el momento que la cargué, las sombras simplemente se arrastraban debajo de la cama para desaparecer y ella despertó en shock. Luego de un rato de estar en el rincón, nos pusimos a orar los salmos de la Biblia y arrojé agua bendita por toda la casa. Irremediablemente, le conté sobre la experiencia en la carretera y de algún modo, los eventos estaban relacionados. La cosa negra que había visto era la misma que atacó a mi mujer durante el sueño. Según la descripción la había traído y no sé cómo explicar la situación por la que comenzamos a aparecer los ambientes pesados en las habitaciones, la ansiedad de ser observados todo el tiempo y el miedo a lo desconocido nos descolocaron por varios días sin poder entender cómo superar esas cosas. No tengo una explicación sobre lo que nos acontece en nuestras vidas y cómo es que la negatividad que encontré en esa noche en aquel camino simplemente se instaló en nuestra casa para no dejarnos en paz por mucho tiempo. Luego de muchas oraciones, el buscar ayuda y consejos de nuestros conocidos, así como aquella pestilencia se apareció en nuestra casa. Así se fue lo supe porque el ambiente dentro de nuestro hogar mejoró y mis andares por las carreteras se hicieron menos tensos. Ahora no he tenido que quedarme parado en la carretera, pero estoy segura, seguro de que si lo vuelvo a padecer, no me meteré en caminos oscuros y olvidados. El muerto de la curva. Mi padre me encomendó llevar la camioneta a cargar combustible. La verdad no estaba muy entusiasmado, porque ya era bastante tarde. Recuerdo que casi daban la una de la mañana. Era evidente que tendría que reprenderlo por no haberlo hecho durante el día de mala Gana. Acepté ya que él estaba ocupado con otras labores y realmente era necesario en ese momento. Como les mencioné, al día siguiente, teníamos que salir muy temprano y complicaba las cosas encontrar una gasolinera en la dirección que íbamos, ya que estaba bastante retirada. Para llegar a la gasolinera más cercana, tuvimos que conducir unos veinte minutos por un camino rodeado de árboles para finalmente llegar a la carretera y dirigirnos a la estación de servicio El primer camino que tomamos era muy estrecho y siempre estaba algo desolado. En realidad, se trataba de una pendiente que conectaba una elevación montañosa con la carretera sin alumbrado público. Se pueden imaginar lo aterrador que se veía durante la noche, siendo esa la razón principal por la cual no quería bajar hasta la carretera. Sin embargo, era una orden de mi padre. Le pedí a mi prima daniela que me acompañara y afortunadamente, aceptó De inmediato. Nos pusimos en marcha, yo conduciendo a baja velocidad, ya que el camino era muy estrecho y temía chocar con otro vehículo. Si nos cruzábamos, la única iluminación provenía de la tenue luz de la luna. Decidí encender las luces altas, ya que mirar hacia los lados o hacia atrás apenas revelaba algo como es de esperar en caminos Así, durante la noche, la necesidad de orinar se hizo presente a mitad del trayecto. Habíamos bebido demasiado esa tarde y me di cuenta de que fue ineficaz ir al baño antes de salir de casa. Al principio pensé que lo mejor era esperar hasta llegar a la gasolinera y usar los baños públicos. Sin embargo, a los pocos minutos me vi en la necesidad de orillar la camioneta y salí y me adentré en la oscuridad. Era una noche despejada y sólo se escuchaba el sonido de los insectos. La verdad es que me incomodaba bastante la idea de estar solo en medio de la nada. Cuando me disponía a regresar a la camioneta, escuché claramente el sonido de pasos aproximándose hacia mí. Estos provenían de la maleza y sentí una sensación horrible, como si la sangre me hubiera bajado de golpe hasta los pies. Al girarme me encontré con una figura sombría apenas visible bajo la luz. Tenue de la luna, el corazón me latía con fuerza y una sensación de pánico se apoderó de mí. Intenté distinguir los rasgos de la figura, pero estaba demasiado oscuro. Fue en ese momento que noté sus ojos brillando con una intensidad inhumana. Corrí de vuelta a la camioneta donde Daniela me esperaba al entrar. Daniela me preguntaba qué era lo que sucedía y le dije lo que había visto. Recuerdo que intenté encender la camioneta mientras Daniela miraba en todas las direcciones. La verdad dudaba mucho en bajar y revisar el motor. Seguía algo nervioso por el sonido de los pasos, pero no tenía otra opción. Después de todo, tengo algunos conocimientos en mecánica. Aunque era bastante raro que la camioneta fallara. Era una merced des modelo dos mil catorce y nunca nos había dado algún problema. Abrí el cofre de la camioneta y me dispuse a revisar los puntos clave del mecanismo. Fue entonces cuando me di cuenta de que faltaba algo los cables que conectan a la batería. Sé que esos cables no pueden desconectarse tan fácilmente. Apenas estaba tratando de asimilar la situación. Cuando escuché de nuevo los pasos acercándose, sólo sé que esta vez sonaban de forma diferente. Ahora resonaban sobre el asfalto del camino, Pero lo que me dio más miedo fue que sonaban cada vez más y más cerca totalmente aterrorizado. Miré a todos lados, pero no logré ver a nadie sin dudarlo ni un minuto. Corrí hasta el interior de la camioneta. Casi de inmediato. Escuchamos como si estuvieran corriendo alrededor de nosotros. Ambos miramos en todas direcciones, pero no se movía nada fuera de lo común. Rápidamente nos cercioramos de que las puertas estuvieran bien cerradas. Luego agarré mi teléfono celular y marqué el número de mi padre, pero fue inútil. No contestaba. Intenté varias veces, pero siempre fue lo mismo. Daniela sugirió la idea de ir corriendo hacia la casa. Nuevamente escuchamos pasos a nuestro alrededor. No me estremecí de miedo porque por más que nos esforzáramos, no lográbamos ver a nadie De repente, todo parece decía haberse calmado, pero por seguridad esperamos otros diez o quince minutos antes de decidir salir a revisar. Pensábamos que tal vez los cables sólo se habían desconectado de un extremo o algo similar. No sé qué, tampoco creíble vaya a sonar esto, pero cuando los dos revisamos vimos que los cables estaban ahí como si nunca se hubieran movido. La verdad ni siquiera nos detuvimos a pensar las cosas. Decidimos quedarnos en la camioneta, encenderla y salir rápidamente de allí. En cuanto la camioneta arrancó, nos dirigimos hacia la gasolinera a toda velocidad sin mirar atrás. La atmósfera dentro del vehículo era de tensión y nerviosismo. No dijimos palabras durante el trayecto. Cada uno sumido en sus pensamientos sobre lo inexplicable que acabábamos de vivir. Al llegar a la gasolinera, respiramos aliviados y decidimos no contarle a nadie sobre lo sucedido. Sonaba tan extraño y surrealista que temíamos que nos tacharan de locos. Estando ahí como si todo fuera una maldita jugada del destino. Mi padre me llamó por teléfono. Sonaba algo preocupado. Quién sabe cuántas llamadas perdidas temía. No les quise decir completamente lo que pasó. Sólo le expliqué que la camioneta nos había dado fallas y que por eso le llamé. En resumidas cuentas, Él me dijo que estaría pendiente en caso de otra llamada y me pidió que regresáramos con mucho cuidado. La sola idea de tener que volver por el mismo camino nos puso bastante tensos a mi prima y a mí, así que, en medida de lo posible, revisé el estado de la camioneta y me di cuenta de que todo estaba en orden. Estaba tan nervioso que, de hecho, entré al baño dos veces. En la segunda ya ni siquiera tenía ganas de orinar, pero por nada del mundo quería verme en la necesidad de Detenernos subimos a la camioneta de nuevo y nos dispusimos a volver a casa. Al menos yo sentí una sensación bastante desagradable cuando vi que a unos metros de nosotros estaba el lugar donde nos habíamos detenido. Fue bastante horrible saber que no podía incrementar la velocidad, pues más adelante estaba la curva que habíamos visto. Era muy peligroso hacerlo. Pasamos por el mismo lugar en silencio, pero sé que ambos nos suprimíamos el miedo, tomamos la curva y justo cuando estábamos por salir de ella, vimos una silueta parada al lado del camino. La vimos claramente. Toda esta visión duró sólo unos segundos, porque una vez que ese cuerpo salió del alcance de las luces frontales, los perdimos de vista. Insisto en que afuera estaba muy obscuro. Todo lo que iba quedando a espaldas nuestras era prácticamente imposible de ver, ya que nos encontrábamos en nuestro camino recto. Decidí pisar a fondo el acelerador. Cuando llegamos a casa, todos salieron muy preocupados a recibirnos decidimos contarles la verdad, temiendo que se burlaran de nosotros, y así fue hasta que mi padre interrumpió a todos diciendo que en una ocasión escuchó los rumores acerca de ese camino pues se dice que en esta curva aparece una persona y que cuando los carros pasan por ahí, estos se apagan de repente e incluso muchos de ellos son capaces de arrancar hasta que amanece. Doy gracias a Dios que ese no fue nuestro caso. No sé cómo hubiéramos soportado pasar una noche completa en ese sitio. Esta es la única explicación que me queda por aceptar ante todo lo que nos pasó. Aunque no encuentro forma lógica de justificar la desaparición de los cables, mi prima insiste en que tal vez siempre estuvieron ahí, pero que por culpa del nerviosismo, fuimos incapaz de verlos. Es probable que así haya sido sobre el sonido de pasos. No me discuten nada, pues ella también los escuchó. Realmente podríamos decir que lo que se dice en esa curva es cierto sobre todo por la persona que vimos cuando veníamos de regreso. Nos reconforta saber que no se nos apagó la camioneta de nuevo. De cualquier modo, nos quedó bastante claro que jamás debemos cruzar ese camino por la noche para no volvernos a encontrar al muerto de la curva descansando en paz. Una vez faltaban escasos días para el día de muertos. Me tocó llevar un camión grande, un tortón con toneladas de cemento al Estado de Oaxaca. Decidí salir un día antes de lo esperado por la madrugada, para así volver justo el día dos de noviembre y poder pasarlo con mi mujer y mis padres, disfrutando de los tradicionales tamales chocolate y pan de muerto. Esa madrugada tomé mis cosas y salí de casa sin decir nada a mi mujer y a nadie más. Me dirigí hacia la bodega de materiales. Al llegar me topé con el velador que extrañado. Me miró y vi cómo tomaba su libro de notas, donde tiene anotadas las horas de entrada y salida de cada camión y cargamento. Este me miró y dijo te tengo registrado en la libreta, pero tu salida es esta mañana a las cinco de la tarde. Le dije que sí, efectivamente, pero que quería ahorrarme unas horas para tener libre el día de todos los santos. Contestó está bien. Si te sientes bien, por mí, no hay problema modificaré tu día y hora de salida. Fui a tomar las llaves del camión y lo saqué de la bodega. Este ya estaba cargado. Me despedí del velador, el cual era un buen amigo de todos los choferes y salí rumbo a oaxaca. Al encender el radio, puse una estación muy conocida aquí, en el Estado de Veracruz, la máquina tropical. Dicha estación siempre me gustó escuchar mientras manejaba en el estado, ya que al entrar a otros se perdía la emisión. Todo estaba tranquilo. Recuerdo que, pese a ser una madrugada de noviembre, era algo fresca, pero no fría. Pasaba por una comunidad llamada Las vigas frente a la Iglesia. En el centro hay un mercado. Yo siempre había pasado tanto de día como de noche y jamás vi nada raro ni fuera de lugar. Recuerdo que volteé hacia arriba de la iglesia en la parte más alta extraña y claramente pude observar lo que parecía ser un niño pequeño. Este me saludaba con su mano. Lejos de sentir miedo, lo que sentí fue extrañeza y algo de preocupación, pues, como dije, estaba en la parte más alta de la nada. Al pasar unos segundos el camión se empezó a tironear como si se quisiera parar algo también extraño, ya que sentía como si tuviera velocidad puesta. Me distraje por unos segundos al mirar la palanca. Quizá tal vez lo había movido, pero no La inquietud crecía mientras observaba al niño en lo alto de la iglesia y en ese instante una sensación de frialdad recorrió mi espina dorsal. Al voltear la vista de nuevo a la parte superior de la iglesia, aquel niño ya no estaba ahí, ahora estaba justo en la entrada de la iglesia. Este me volteó a ver y pude ver cómo tenía una sonrisa burlona, aparte de que me apuntaba con su dedo índice. Cuando hizo esto, el camión se apagó completamente el motor, el radio las luces. Bajé del camión y este niño me seguía mirando, pero cuando vio que yo bajaba del camión, se metió a la iglesia. La verdad esto me tranquilizó un poco. Dándole aquello algo de explicación, pensé que quizá habría gente dentro de la iglesia y por eso el niño andaba jugando. Por ahí me olvidé por completo que el camión se había apagado y me dirigí a la entrada de la iglesia. Al estar enfrente de la puerta, noté algo inusual. Las dos grandes puertas estaban cerradas con dos grandes candados. Me parecía imposible aquello, pues segun dos antes vi cómo el niño entraba rs por esas puertas. En ese momento empecé a comprender que todo aquello no era algo normal. Comencé a escuchar una risa burlona y fuerte era de un niño que parecía estar ronco, una risa que sinceramente, no deseo volver a escuchar jamás en mi vida. Por unos segundos me quedé inmóvil, Me recorrió un frío que me calaba hasta los huesos. Cuando pude moverme corrí sin pensarlo hasta el camión. Me subí e intenté darle marcha, pero el camión seguía muerto más grande. Se hizo el miedo cuando volteé a la iglesia, pues pude ver nuevamente a ese niño que se asomaba desde dentro de la iglesia y éste se seguía riendo de una manera siniestra y macabra. No le daba explicación, ya que para mí era ilógico que algo paranormal se manifestara dentro de una iglesia, lugar que se supone es sagrado y puro de Dios. Lo único que pude hacer fue tomar mi rosario que hallé del espejo retrovisor. Lo tomé, me lo envolví en r la mano y le empecé a dar marcha al camión. Al tercer intento, el camión encendió aceleré y me alejé de ahí estaba alterado. Mis piernas me temblaban como si me fuera a dar un calambre. Mis manos igualmente me temblaban. Me detuve a la orilla del camino para tranquilizarme miré el reloj y eran apenas las tres veinticinco de la mañana. Pero para mí ya habían pasado muchas horas. Debido a todo lo que me había sucedido en esos momentos anteriores, se me había hecho eterno todo el tiempo. Me sentía angustiado. Lo único que quería era ver los primeros rayos del sol, pero la realidad era que faltaba mucho. Para eso tomé un termo de café que llevaba y me tomé unos tragos. Algo raro que empecé a notar fue que no veía ningún auto pasar. Se sentía una soledad extraña. De un momento a otro noté cómo comenzó a bajar la neblina, cosa más que normal para esa zona de las vigas y la la la joya, pues es una zona que todo el año se nubla y más en noviembre comencé a sentir mucho frío. Opté por subir al camión y seguir mi camino un poco más tranquilo. No había avanzado más de un kilómetro. Cuando de repente, en la orilla de la carretera vía a una persona haciéndola parada, Parecía una señora cargando un rollo de leña. No me pareció raro, ya que en esa zona mucha gente lleva consigo utensilios para cocinar con leña. Decidí no parar, ya que podría tratarse de una emboscada y correr el riesgo de un asalto. Seguí con la mirada al frente del camino, pero de nuevo empecé a sentir miedo y hasta sinceramente me entraron ganas de hacer mis necesidades. Era algo inexplicable. Lo que sentía algo me hizo voltear a ver al lado derecho de mi ventana. Realmente no creía lo que mis ojos estaban viendo ahí a la par mía. Venía esa señora que había dejado metros atrás. Venía saltando como si se tratara de un conejo, dando grandes saltos con sus dos piernas, con ese rollo de leña en la espalda sujeto por sus manos. Yo llevaba los vidrios arriba, pero aún así la cabina se empezó a congelar literalmente. Mi aliento salía en grandes bocanadas, como si estuviera expuesto a una temperatura muy baja. El parabrisas. Se empañó completamente en unos cuantos segundos y no podía ver nada. Cuando intenté frenar y dar un volantazo hacia esa cosa, esta volteó lanzando una carcajada macabra, pero sin hacer sonido alguno. Sólo se veía su cara toda negra. Sus ojos eran blancos completamente, sus dientes eran puntiagudos y de ella salía una lengua muy larga que le llegaba hasta el pecho. Sentí tanto miedo que quise tomar mi rosario nuevamente, pero mis manos no me respondían. Estaba completamente paralizado. No hice más que encomendarme a Dios y rezar unos padres, nuestros en mi mente. Fue así como comencé a recuperar un poco la movilidad. Volteé a mi ventana y esa cosa seguía ahí, pese a que volvía a acelerar e iba a unos noventa kilómetros por hora seguía a la par mía, pero ahora se escuchaba como si un caballo fuera corriendo al lado del camión. A lo lejos, comencé a ver lo que parecía ser una capilla, pero se me hacía imposible llegar hasta ella. Seguí rezando y esta mujer seguía corriendo junto al camión. Ya había perdido las esperanzas de salir. De eso me volví a encomendar a Dios cuando vi claramente cómo esa cosa horrible. Se me atravesó en el camino. Sentí el golpe al atropellarla. Esto hizo que perdiera el control y el camión se saliera del camino, pero intenté controlarlo dirigiéndolo hacia una pequeña zanja donde quedé estampado. En el momento del impacto, me tiré al suelo y cubrí la cabeza para evitar un golpe mayor. Por fortuna, no pasó a mayores, pese a ir a una velocidad considerable y prácticamente sin vista al frente. Sólo fue un fuerte golpe, pero estaba muy adolorido, especialmente en el cuello. Intenté bajarme del camión, pero no pude. Tenía una pierna lastimada y la oscuridad era total. No tenía idea de la hora, pero el ambiente estaba sumido en la penumbra. Empecé a sentir náuseas y fuera se escuchaban los pasos de un caballo como si éste estuviera pastando un miedo terrible. Se apoderó de mí cuando percibí el olor penetrante de azufre y a lo lejos inexplicablemente, escuché claramente el grito de la llorona, un sonido inconfundible que había oído en repetidas ocasiones cuando resonó ese Lamento. El caballo que se escuchaba afuera huyó a gran velocidad. Pasaron unos minutos y, como pude, me bajé del camión rengueando y con mucho dolor con mi rosario en la mano, intenté buscar el camino a la carretera en completa oscuridad, temiendo que esa presencia volviera a aparecer. Trataba de avanzar, pero me resultaba difícil. La pierna me dolía mucho detrás de un maizal vi a lo lejos la silueta de un hombre con un machete en la mano. La silueta se acercaba y noté que llevaba un candil. Afortunadamente, no era una aparición, sino un hombre mayor con vestimenta que parecía de la época de la Revolución. Huaraches, sombrero y un cordón amarrado a la cintura. Se acercó y me preguntó qué me pasaba y qué hacía por allí a esas horas. Le conté todo lo sucedido y él me tranquilizó diciendo no te preocupes. Ahora te saco del camino. Ya casi va a amanecer. Yo voy para mi huerta. Por ahí te encamino. Me tomó del brazo y al notar mi pierna lastimada sacó de su morral hierbas y un ungüento después de aplicarlo, el dolor desapareció por completo en cuestión de minutos. Me dijo que me levantara que eso aliviaría el dolor, pero que debía ir al médico para que me revisaran. Empezamos a caminar y unos metros más adelante nos encontramos con un crucero donde se dividían dos caminos. Se detuvo y me dijo tú tienes que ir. Por ahí escuches lo que escuches, no vuelvas para nada. Así, escuches tu nombre, no hagas caso y tú sigue. Yo ya me tengo que ir. Me entregó su candil y se fue por el otro camino desapareciendo en medio de la oscuridad, algo desconcertado. Hice lo que me dijo y seguí el otro camino. Caminé unos veinte metros cuando comencé a escuchar el paso de ese caballo de nuevo, pero seguí el consejo de aquel señor aunque sentía como si me soplaran en el oído, continué mirando hacia adelante intentando llegar a la carretera. Empecé a escuchar carros, pasar a lo lejos sintiendo algo de alivio, pero no dejaba de escuchar ruidos extraños desde los árboles. Escuchaba mi nombre, pero no hice caso y seguí caminando lo más rápido posible. El candil que me había dado empezó a perder intensidad, así que apreté el paso para no quedarme a oscuras. Finalmente llegué a la orilla del camino y vi la carretera a lo lejos dejé de escuchar esos ruidos. Cuando los primeros gallos cantaron, me senté en una piedra y esperé a algún compañero camionero para pedir auxilio. Con los primeros rayos del sol en la cara, volví a sentir ese terrible dolor en mi pierna, como si se hubiera pasado el efecto de aquellas hierbas que me puso el anciano. Intenté levantarme, pero no podía tenía mucho dolor al mirar el candil que traía vi con incredulidad, que estaba totalmente oxidado, viejo, lleno de tierra, inservible como si fuera una antigüedad. Esto fue inexplicable, ya que minutos antes estaba encendido y lo traía en la mano. Fue entonces que comprendí que el viejo tal vez fue una aparición que llegó a ayudarme desde ese día. Comprendí que, así como hay energías negativas que provocan accidentes y cosas malas. También existen energías y apariciones buenas que te pueden salvar la vida. Esto ha sido lo más significativo que me ha sucedido en mi largo recorrido en el mundo de las carreteras. Estuve meses en cama por mi pierna, pero después de eso volví a trabajar sin problemas y con un gran agradecimiento a Dios y aquel señor desconocido que ojalá se encuentre descansando en paz la tienda. Cuando entré a la Universidad Autónoma de Baja California en Tijuana, al principio visitaba a mi familia en Mexicali de vez en cuando en autobús, pero a mediados de la carrera pude comprar un automóvil y comencé a visitarlos todas las semanas siguientes yo llegué escuchando cosas sobre la rumorosa primero lo peligrosa que es para manejar y todos los accidentes que se dan, pero también acerca de cosas extrañas que ocurren. Ahí recuerdo una historia que nos contaba a mi mamá cuando éramos niños, sus papás, mis abuelos iban de Mejical y a Tijuana antes de subir a la rumorosa por el tramo de la carretera de la Laguna Salada, una zona que pasa literalmente por el desierto. Era de madrugada y sólo mi abuelo iba despierto. Mi abuela y unas tías en la parte de atrás iban dormidas. De pronto mi abuelo vio a una mujer al lado de la carretera como pidiendo aventón. Se detuvieron unos cien metros después y despertó a mi abuela. Se bajaron para ver si la chica necesitaba ayuda, pero no vieron a nadie. La chica ya no estaba casi pudieron escuchar un quejido en el viento ruidoso que corre en Mexical y y más en la laguna salada. Se subieron al coche y avanzaron pensando que tal vez mi abuelo sólo se lo había imaginado por el sueño hasta entonces. Despertaron mis tías en el asiento de atrás y mi abuela les explicó por qué habían parado. Mi abuelo volteó un momento para explicarles algo y vio cómo el semblante de una de mis tías ca nía vio y sus ojos se abrieron como si se le fueran a salir. Rápidamente volvió la vista al frente y la mujer iba sentada en el cofre sonriéndole a los cuatro pasajeros. Siempre llevaba esta anécdota en la cabeza. Al pasar por ahí en uno de mis viajes a visitar a mi familia, no me la podía quitar de la cabeza. Era un viernes. Había estado con mi novia después de la escuela y le platiqué esta historia. Cuando nos despedimos, me dijo que me fuera con mucho cuidado y me dio un beso sentí como si fuera el último que nos dábamos. Salí a Tijuana como a las nueve de la noche antes de que fueran las diez. Estaba pasando por Tecate. Me gusta tanto esta pequeña ciudad que siempre llegaba por pan o café, pero esta vez decidí no Detenerme miré el reloj del auto y eran casi las diez cuarenta cuando iba entrando al poblado de la rumorosa esa parte donde encuentras un ranchito abandonado al lado de la carretera. Cada dos o tres kilómetros. Escuché un sonido muy fuerte como de un trailer pitando y unas luces me llegaron, pero las luces no sólo venían detrás sentí que venían de todas direcciones. Simplemente estaba tan encandilado que no sabía de dónde venían. El sonido cayó de pronto y las luces desaparecieron. Un poco después, las manos me temblaban y apretaba el volante esperando encontrar un lugar donde parar brevemente para recuperarme. Las luces aparecieron. De nuevo. Sentía que en cualquier momento iba a chocar contra algo o me iba a salir de la carretera. Escuchaba sonidos como de camiones. A lo lejos sentía cómo se acercaban. No podía ver nada por las luces que entraban en la camioneta y los ruidos estaban cada vez más cerca. Cuando sentí que los sonidos casi chocaban contra mí, decidí dar un volantazo y salir de la carretera. Quizás por instinto sentí que tenía más probabilidades de sobrevivir si caía en una zanja al lado de la carretera o chocaba contra los árrocos que si me quedaba chocado contra algo que viniera de frente, sentí como el carro entró en terracería, pero seguía sin ver absolutamente nada. Me frené por completo. Metros después, el sonido se escuchaba cada vez más fuerte como si un tráiler estuviera justo arriba de mí. Solo cerré los ojos y comencé a pensar en mi familia, en mi novia, en cómo me gustaría escuchar el ruido de la carretera nuevamente, y todo se cayó aún con los ojos cerrados. Me di cuenta de que las luces se habían ido, los abrí y miré a mi alrededor. Pasaron unos segundos para que mis ojos se acostumbraran a la oscuridad absoluta de donde estaba, No podía reconocer el lugar exacto, No veía nada alrededor, solo arena. En ese momento no reaccioné ante lo extraño que era que fuera arena en lugar de los arbustos o pinos, de la zona del poblado de la rumorosa. Creí ver unas siluetas en la oscuridad a unos veinte metros altas y delgadas sólo sombras, pero los hombres se acercaban. Me subí al coche y aceleré de regreso a la carretera. Lo siguiente, no sé cómo explicarlo. No sé cómo expresarles la confusión que sentía en ese momento cuando me di cuenta de dónde estaba. Ya estaba en la laguna salada casi por entrar a Mexicali, es decir, a cientos de kilómetros de donde había visto las luces a una hora y media o dos horas de camino. De alguna forma me salté esa bajada, llena de curvas, la peligrosa carretera de la rumorosa, la bajé, La atravesé sin darme cuenta y en unos segundos no podía. Con la confusión sentía muchas ganas de vomitar, Me ardía el estómago, me faltaba el aire. Llegué por fin a la parte poblada y vi la luz de una pequeña tiendita abierta. Era la primera luz que veía desde esas luces blancas en la carretera. Me di cuenta de que no había visto ningún otro coche desde que escuché esos sonidos en la tienda. Una señora mayor me miró extrañada. Cuando entré seguro notó algo porque me preguntó si estaba bien. Le pedí agua y sin sentirlo me dejé caer se. Me doblaron las piernas con muchas ganas de llorar, quizás de felicidad. Por fin encontrarme con otra persona con una cara amable le habló a un muchacho y le dijo que preparara algo. No me atreví a explicarle lo que me había pasado. La señora no me preguntó nada, pero me dijo que no debía atravesar esa carretera. Sólo a esas horas de la madrugada miré el reloj. Pasaban de las tres de la mañana. No sé cómo atravesé la rumorosa ni qué había pasado en las últimas horas, que para mí fueron unos cuantos minutos. Apenas terminé de revisar el celular en mi auto. Tenía decenas de llamadas perdidas y mensajes de mis padres, de mi novia y de mis amigos. No sé cómo a través de cientos de kilómetros y la carretera de la ruta Amorosa en unos segundos que resultaron ser cinco horas, no sé qué diablos pasó ese día. Muy pocas personas les he contado esto y realmente no espero que me crean. Al menos son aquellas que sé que no pensarán que estoy loco. No he notado nada raro después ningún cambio en mi vida. Simplemente evito viajar solo por la rumorosa y nunca de noche. Evito voltear hacia la tienda de la señora cuando paso por ahí. Por más que quiero agradecerle lo que hizo por mí, siento que sería volver a vivir lo que sentí esa noche. Espero que a nadie le pase de verdad es algo que no le deseo ni a mi peor enemigo encontrar la luz. Se me había encomendado llevar un cargamento a Hermosillo. Sonora, el viaje de ida fue bastante tranquilo. Nada fuera de lo común. El problema fue el momento de regresar o o de bodas decirles que por cuestiones de logística, me asignaron una nueva carga, de tal modo que en mi regreso tendría que hacer una escala en los mochis Sinaloa. Ya estando ahí, me cargaría nuevamente y tendría que entregar en Guadalajara. Venía por la carretera que conectan a Boha. Con los Mochis. Eran alrededor de las once de la noche, ya dentro del territorio correspondiente a Sinaloa. Hacía bastante frío. Circulaba con las ventanas cerradas. Todo estaba muy oscuro. Ni siquiera había alumbrado público en esa sección. Desde hacía un buen tiempo. No me cruzaba con otros vehículos y la sensación de soledad se intensificaba al no haber ningún rastro de urbanización en los alrededores. Estaba en medio de la nada, con la radio y las luces altas del tráiler. Como única compañía. La sensación de soledad se esfumó cuando observé a unos cien metros a una joven corriendo al lado del camino en la misma dirección que yo iba. Cuando finalmente la iluminé se giró hacia mí. Parecía tener entre diecisiete y veinte años. Lucía agitada y miraba en todas las direcciones abrazándose posiblemente para resguardarse del frío. Inmediatamente pensé que podría necesitar ayuda, pero también consideré la posibilidad de que fuera una trampa para un asalto algo común en estas carreteras. Estuve a punto de pasar de largo por mi seguridad, pero recordé a mi hija de una edad y complexión similar, Me puse en la situación de los padres de la muchacha y decidí disminuir la velocidad esperando que todo saliera bien. Honestamente, tomé el arma que siempre llevo conmigo en cada viaje y la coloqué sobre mis piernas esperando no tener que usarla. Cuando la chica se acercó mostrándose tímida, detuve el trailer a un costado sin apagarlo. Ella se acercó cautelosamente y preguntó si faltaba mucho para llegar a los mochis. Luego de asegurarme de que realmente iba sola, decidí guardar mi arma para no asustarla. Le ofrecí llevarla explicándole que también me dirigía a los mochis y que no tenía malas intenciones. Después de un breve intercambio, aceptó subir ella. Dio una rápida mirada al tráiler. Me percaté de que no lo pensó mucho y decidió abordar. En eso le dije mi nombre y le pregunté el suyo se llamaba Jacqueline. Entonces subió al trailer y nos dirigimos a los mochis en unos cuarenta minutos o tal vez menos llegaríamos. Me intrigaba saber por qué iba caminando sola a esas horas en medio de la nada. Le pregunté sobre la fiesta en la que estuvo, pero dudó en contestarme. Al final explicó que se fue porque sus amigos estaban borrachos y peleando con otros muchachos. Para mayor seguridad, decidí llevarla hasta su casa. Sólo llevábamos unos minutos conversando, pero fue suficiente para inspirar confianza. Su domicilio no quedaba lejos del lugar en el que debía entregar mi carga. Noté que se tocaba el estómago. Supuse que tendría hambre. No faltaba mucho para llegar a una gasolinera. Propuse bajar por algo para cenar al oxo y Jacqueline aceptó Cuando bajaba del tráiler, me preguntó si podía entrar al baño. Acepté y le pedí que subiera al trailer y me esperara si regresaba antes que ella. Cuando volví con comida, jack Lin, todavía no había regresado del baño. Me preocupé y pregunté al empleado de la gasolinera si la había visto. Explicó que salió hace rato con varios muchachos en un carro plateado y se fueron hacia los mochis. Agradecí al empleado y me puse en marcha. Sintiendo que la situación no pintaba bien. Continué conduciendo en dirección a los mochis. La carretera continuaba oscura y solitaria. No dejaba de pensar en la seguridad de esa muchacha. Tras haber conversado con ella, me di cuenta de que era una persona muy agradable y no quería que nada malo le sucediera. Pasaron unos cuarenta miln y por fin llegué a mi destino. Como se me indicó, me dijeron que esperara mientras mezclaban una nueva carga para llevarla a Guadalajara. Mientras lo hacían, pensé en dirigirme al área de descanso y dormir un poco. Sin embargo, decidí despejar mis dudas, Me serví un café muy cargado y salí para tomar un taxi. Solicité que me llevaran a la dirección que Jacqueline me había dado. Cuando por fin di con su vivienda, se me cruzó por la mente irme. Después de todo, ya era casi la una de la mañana, pero pensé que en su casa verían bien que me preocupara por ella, así que tal vez no habría mucho problema. Toqué la puerta y tras unos instantes, un hombre de unos cincuenta años se asomó por la ventana le expliqué que mi nombre es Alberto y soy el chofer del tráiler. Jacqueline me había dicho que vivía allí. Me di cuenta de que en su rostro se dibujó una ligera mueca, pero me invitó a pasar. Su nombre era Alfonso, el padre de Jacqueline. Le expliqué que la recogí en la carretera y que quería asegurarme de que llegara bien a casa. Al entrar, noté una fotografía en la pared y confirmé que era la misma chica a la que recogí. El señor Alfonso me agradeció por preocuparme por su hija y luego, con pesar, me comunicó que Jacqueline ya había fallecido. La noticia me impactó y sentí que estaba a punto de entrar en una conversación incómoda y aterradora, como si estuviera viviendo una clásica historia de terror. Me sentí nervioso mientras él continuaba hablándome sobre los detalles del fallecimiento de su hija, me causó mucha impresión, tanto que el estómago hasta me pulsó. El señor Alfonso me llevó al sitio donde tenía una pequeña mesita. En ella estaba otra fotografía de Jacqueline y unas cuantas veladoras. Ella falleció hace tres años en un accidente en la carretera. Ese día se fue de fiesta con unos amigos. Venían todos en estado de ebriedad y el coche se volcó. Nadie sobrevivió. Muchas gracias por preocuparse por ella, pero por favor, no vuelva a recogerlas. Si la ve de nuevo, usted corrió con mucha suerte. Me he enterado de que ella causa accidentes. Unas cuantas personas la han recogido, pero al poco tiempo sufren un accidente similar en la carretera hasta donde sé cuatro personas han muerto, las demás han resultado heridas. Todas ellas han venido más tarde hacia Acá asegurando que Jacqueline iba con ellos, pero para cuando llegaron los servicios de emergencia, ella no se encontraba por ningún lado. Literalmente, me quedé sin palabras. No supe qué responder para no hacerles más largo este relato. En resumidas cuentas, le platiqué como estuvo todo. Él no dejó de agradecerme mientras me encaminaba a la puerta. Una vez más me hizo énfasis en que nunca la recogiera si me la volvía a encontrar en la carretera. Sólo me pidió un favor rezar por el alma de su hija a ver si así lograba descansar en paz. Desde luego accedí y me retiré deseándole las buenas noches. Por mi parte, regresé a la base y me di cuenta de que mi cargamento ya estaba listo. Finalmente partí con rumbo a Guadalajara. Debo mencionarles que he pasado varias veces por esta carretera y nunca me he vuelto a encontrar con el espíritu de Jacqueline, quien sabe tal vez logró encontrar su luz. Microbús transporte de pasajeros o mejor conocido como microbuses. Mi papá trabajaba en uno y pues por la emoción y compañía, yo era su ayudante o chalán, como les dicen aquí, en la ciudad de México, todas las tardes saliendo de la secundaria, que, por cierto, viene siendo la base de la ruta. Yo esperaba a que mi papá llegara y así comenzara a limpiar el microbús para salir a hacer el recorrido todos los días. Al llegar la noche se seleccionan diez unidades de la misma ruta para cumplir con la Guardia un recorrido que se realiza después de las ocho de la noche, desde la base hasta un poblado en las orillas de Morelos. Dicho recorrido de ida durante la noche se hacen poco más de dos horas, por lo que el regreso se realiza pasando de las diez de la noche. Como es carretera federal, el camino está rodeado de una extensa área de bosque por ambos lados. Muchos de los compañeros que también cumplen con la Guardia prefieren regresarse sin pasaje para así evitar sufrir algún percance con delincuentes. Una noche nos tocó a nosotros cumplir con la Guardia el recorrido de ida. Lo hicimos sin ningún problema y al llegar a aquel poblado, cansados por el trayecto, decidimos pararnos unos minutos para descansar. Era una noche tranquila y el tiempo se nos pasó rápido conversando. Ya pasaban de las once y media de la noche cuando nos dispusimos a emprender el regreso por la hora y por nuestra seguridad, decidimos no levantar pasaje durante el trayecto. Todo estaba muy tranquilo. Más aún al pasar en medio de la zona boscosa, donde la penumbra y la soledad del camino se vuelven intensas, encontrará alguien caminando a la orilla de la carretera. Es muy inusual y arriesgado, pero esa noche los faros del microbús iluminaron a lo lejos a un viejecillo con facha de campesino, con camisa costal blanco y pantalón lleno de tierra. Caminaba por la orilla de la carretera y al verlo comenzamos a debatir si era una buena idea ofrecerle ayuda. Quizás estaba perdido Mi padre siempre siendo un hombre de gran corazón en contra de nuestros instintos de precaución, encendió las luces intermitentes y comenzó a disminuir la velocidad hasta igualarla con la del evidente cansado viejecillo. Mi padre le preguntó si quería un aventón, a lo que el señor dijo que sí, que iba al siguiente poblado. El viaje siguió, se subió al microbús y al pasar cerca de nosotros pudimos percibir un aroma particular. Mi papá y yo nos miramos sonreímos y así entendimos que a esas horas y sólo por la carretera se puso cómodo en uno de los asientos y sin dar tiempo a hacerle plática, cerró los ojos como si quisiera descansar el poblado siguiente, donde supusimos que bajaría el viejecillo estaba no más de veinte minutos en la plática entre mi papá y yo casi nos olvidamos de aquel cansado señor. Pasando por la entrada al poblado donde bajaría el señor, me levanté del asiento y al voltear la mirada hacia donde el viejecillo supuestamente dormía, me doy cuenta de que ya no había nadie desconcertado. Le avisé a mi papá, quien con tono de incredulidad se detuvo, prendió las luces internas de la unidad y caminamos revisando asiento por asiento, cayendo en cuenta de que no había nadie. Era totalmente impo posible que se bajara del microbús sin que nos diéramos cuenta. Así, Sorprendidos y aterrados, continuamos con nuestro trayecto hasta llegar a la base preguntándonos quién o qué era lo que habíamos visto. Tiempo después de aquel suceso, mi papá contrató a un chofer para que trabajara el microbús. Sin embargo, ese choferri y varios más que también manejaron dicha unidad decidían renunciar al poco tiempo, asegurando ver a un señor con la descripción de aquel viejecillo. Con el paso de los años, mi papá decidió vender esa unidad por cuestiones personales. El día que se hizo la entrega a los nuevos dueños, pedimos que se nos tomara una foto del recuerdo. Después de todo lo vivido en ese microbús. Teníamos muchos buenos recuerdos y anécdotas a bordo de él. Nuestra sorpresa fue que, al revelar la foto, nos dimos cuenta de que no estábamos solos en la foto. Al volante se encuentra mi padre parado a un costado de él. Estoy yo y unos s a s s s más atrás se puede percibir una silueta oscura que coincide con aquel lugar, donde aquel viejecillo se puso cómodo aquella noche y de dónde desapareció. Poco tiempo después, mi padre y yo nos encontramos con los nuevos dueños en una convención de camiones para concesiones. Les preguntamos cómo les iba con la unidad que mi papá les vendió y nos dijeron que todo estaba bien, pero que el microbus trabajaba con sucesos un tanto extraños. El chofer también aseguraba haber visto la sombra de aquel cansado. Señor comentaron que llevaron el microbús a que un sacerdote lo bendijera y que sólo de esta forma pararon aquellas manifestaciones. Nos preguntaron si nosotros sabíamos algo al respecto y sobre las posibles causas. En ese momento, mi padre y yo nos miramos cayendo en cuenta de que ya estaba resuelto el asunto y que ya no les ocurriría nada más, Así que decidimos decir que no sabíamos nada para evitar alguna reclamación de su parte. Relatos escritos y adaptados por Ramiro contreras