Jan. 23, 2024

Esto Te Pasará Si Rompes Un Pacto Con Una Bruja Historias De Terror - REDE

Esto Te Pasará Si Rompes Un Pacto Con Una Bruja Historias De Terror - REDE

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La bruja arpía. Los lugares más inhóspitos son poseedores de las historias más increíbles, y es que todo lugar, alejado de la urbanización y el bullicio de las grandes ciudades, ofrece refugio a aquellos seres conforme avanza el tiempo, cada vez que dan menos espacios verdes, salvajes o naturales, lo cual trae un conflicto para aquellos seres que buscan la oscuridad. Así pues, no es de extrañarse que estos seres sobrenaturales se aparezcan en las grandes ciudades. Soy maestro de historia, actualmente retirado, y hoy deseo compartir un relato que viví durante los primeros años de mi carrera como docente en la Universidad Autónoma de Zacatecas, lugar que me apoyo en todo mi desarrollo. No soy originario de Zacatecas. Nací en un pequeño pueblo de Oaxaca, lugar donde no estábamos también económicamente. Mi madre era viuda y yra mostré sus hijos En total. Ella consiguió trabajo como empleada doméstica de una familia adinerada en Guadalajara, lugar donde pude estudiar. Poco antes de terminar la carrera. Cuando iba a realizar mi servicio social y prácticas profesionales, me ofrecieron realizarlas en la Universidad Autónoma de Zacatecas, lugar donde me pagarían y me asegurarían un empleo. Al concluir mi servicio, conseguí alojamiento en una casona del centro, una casa bastante hermosa del tipo colonial que lleva la magia de toda la ciudad. Sinceramente, pese a que mi madre no quería que me alejara de ella y mis hermanos, yo me sentía soñado de vivir en una bella ciudad como lo es Zacatecas. Se me hizo costumbre pasear por las callejuelas. Durante mi tiempo libre, me gustaba sobre todo pasar los fines de semana leyendo el periódico mientras tomaba un café en una de las plazas principales, una donde antes había una enorme fuente de agua. Cuando cuando asería esto, pensaba que atrapaba al mundo. Antes de que despertara un día, llegué poco antes del amanecer y me encontré con algo con lo que mucho tiempo dudé si fue un sueño o realidad, fue uno de esos días en los que el cansancio te hace perder la noción del tiempo. Según yo, desperté a las cinco de la madrugada. Pero cuando llegué a la plaza, después de ver que no amanecía, saqué mi reloj del bolsillo de mi saco y colocándome debajo de una farola, pude comprobar que eran apenas las tres de la madrugada. Riéndome de mi equivocación, me dispuse a regresar a mi habitación. Sin embargo, algo llamó mi atención cerca de mi lugar favorito de lectura la fuente un grito desgarrador se dejó oír me acerqué aterrado. Al comprobar que el timbre de voz era de mujer, imaginando que una mujer estaba siendo ultrajada, me dirigí de inmediato hacia ese lugar. Me encontré con dos tipos corpulentos a lo que entre sombras se veía era una mujer. En ese momento quise defenderla. Pero, siendo joven y estúpido, además de nunca haberme enfrentado a golpes con nadie, fui derribado ante mi primer intento de liberar a aquella mujer que chillaba intenté zafarme y ponerme en pie inútilmente, pues uno de esos dos sujetos me lanzó un golpazo en la cabeza. Lo último que recuerdo fue escuchar a esos hombres maldecir. Después de escuchar el sonido de un enorme batir de alas y oír de la boca de esos sujetos. Se nos escapó la bruja. Luego todo se me hizo negro. Me despertó el frío, pues los sujetos me habían dejado en pura ropa interior. Se habían robado mi saco, mi gabardina y hasta mi sombrero. Creo que si me hubiera quedado por más rato, tal vez hubiera muerto por la hipotermia. Pero aparte del intenso frío, sentí como una niño mal. Me arañaba la cara. No sé a qué hora sería, pero aún no amanecía todo A mi alrededor estaba lleno de unas enormes plumas blancas de un tamaño antinatural, pues eran más grandes incluso que las de algunas especies de águilas. Corrí a mi casa espantado, pero antes me encontré a un policía quien, lejos de ofrecerme algo de ayuda, me acusó de haber hecho algo indebido. Pero después de notar mi estado de pánico puro, me ofreció su gabardina, me acompañó a mi casa y después me llevó a la Comisaría a levantar mi reporte. El reporte no fue tomado muy en serio, pues la verdad no recordaba los rostros de mis agresores. Además, cuando hablé acerca de sonidos de batir de alas enormes, fui ridiculizado y acusado de ser un borracho, siendo que en mi vida había tomado algo de alcohol. Corrí a mi casa sin voltear hacia atrás. Recé el padre, nuestro, el credo y cuanta oración. Se me me vino a la mente. Llegué ileso a mi habitación, sintiendo cómo mi corazón no paraba. Pensaba que se me iba a salir del pecho. No logré dormir esa noche y durante varias semanas experimenté una serie de fenómenos raros. Por ejemplo, la comida se me echaba a perder, aun cuando terminaba de comprarla, también mi estado de salud decayó y comencé a mostrar fiebres repentinas sin poseer ningún tipo de infección o enfermedad alguna y del sueño ni hablar. Cada noche se aparecía aquella maldita arpía que intentaba tragarse mis ojos. Quedó mi reporte en el expediente, pero no quise seguir el proceso de denuncia. Para ese momento estaba por graduarme y ya había concluido el servicio y prácticas profesionales, así que regrese a Guadalajara. Allí me invadió una depresión muy profunda. Incluso me puse nefasto pensando en que no me llamarían de la Universidad de nuevo, pero un día a todo cambió. Me llamaron para decirme que mi plaza en la Universidad Autónoma de Zacatecas estaba asegurada y que podía empezar de inmediato en el siguiente ciclo escolar. Mi estado de ánimo mejoró y contándole a mi madre mi desventura durante aquella madrugada me pidió que tuviera mucho cuidado, pues ella sabía que las brujas eran reales y no simple mitos, pero que no era, como creían muchos, que se trataba de simples mujeres que practicaban la brujería, sino que se trataban de espíritus primordiales que habitaban nuestra tierra desde tiempos antiguos, más antiguos incluso que los seres humanos. Mi madre, antes de irme, me entregó un relicario con la Cruz de San Benito. Me dijo que mientras lo trajera, puesto nada de origen maligno, sería capaz de tocarme. Me instalé en otra casa igualmente hermosa, pero no volví a mi habitual pasatiempo de leer en la plaza poco antes del atardecer, pues aún sentía miedo de volver a encontrar con ese tipo de personas. Creo que no fue hasta después de un año que me sentí aliviado y volví a retomar mi antiguo hábito y una vez que estuve sentado en mi banca favorita leyendo el periódico, mirando como varias personas de la tercera edad hacían lo mismo que yo. Me sentí ridículo por sentir miedo ante algo tan simple, además que el peligro estaba en todos lados. Así fuese, dentro de un día normal, el riesgo de sufrir un accidente no disminuía. Recuerdo que un día jueves de camino a la Universidad. Crucé mi plaza favorita. Entonces volví a escuchar esos malditos gritos de agonía. En esta ocasión decidí no ser estúpido y tener más cuidado, así que no me dirigí de inmediato a la fuente. Entonces la vi era una mujer mitad ave, mitad humana. Estiraba sus alas blancas, lanzado esos chillidos horrendos mientras los dos hombres intentaban ahorcarla y ahogarla en el fondo de la fuente. Los intentos de este par de rufianes fueron inútiles, ya que las alas de aquella criatura poseían una fuerza Sobrehumana y aun cuando ambos intentaban someterla, ella lograba zafarse blandiendo sus alas, que eran blancas y deslumbrantes. Pero en su rostro se notaba ciertos rasgos siniestros, pues sus ojos parecían inyectados totalmente en sangre. No tenía cabello y su boca era la de un depredador. No pude dejar de pensar en aquellas criaturas de las que hablaba la mitología griega, aquellos que se conocían como arpías. La criatura lanzó una de sus garras contra uno de los ojos de ese sujeto lo arrancó de una sola pieza. El otro hombre comenzó a gritar de puro terror y yo no pude contenerme, Así que salí de mi escondite y al verme la maldita bruja comenzó a volar y yo corrí hacia las sombras. Pero aquella criatura se paró en mi hombro derecho y perdí la calma. Entré en pánico y comencé a correr y a gritar como un idiota. En eso los hombres se echaron a correr, dejándome solo con esa maldita bruja. Mi cuerpo reaccionó de manera inconsciente, me eché al suelo y me puse las manos en los ojos y oídos no dejaba de gritar. Mientras estaba en el suelo cubriéndome los oídos y los ojos, sentí como el aire se llenaba de plumas blancas y la bruja arpía continuaba sus chillidos ensordecedores. La criatura se posó sobre mí sus garras afiladas, rozando mi piel. A pesar de que llevaba el relicario con la Cruz de San Benito. Sentía que mi protección estaba siendo desafiada. Sentí volverme loco. En ese momento mi madre apareció en mi mente. Recordé sus palabras sobre las brujas y su regalo protector. Con determinación me obligué a abrir los ojos y a enfrentar a la criatura. Mientras lo hacía, sostuve firmemente el relicario alrededor de mi cuello. La maldita criatura pronunció mi nombre, la bruja arpía. Se detuvo por un instante sus ojos inyectados en sangre. Mirándome fijamente, una especie de reconocimiento pareció cruzar por su rostro deformado. La criatura dejó de chillar y se alejó lentamente batiendo sus enormes alas blancas. Me quedé en el suelo temblando mientras la criatura se elevaba en el aire y desaparecía en la oscuridad. Los chillidos se desvanecieron gradualmente, Dejándome en un silencio inquietante. Me levanté aún sintiendo el escalofrío de la experiencia, pero al menos ahora sabía que tenía una protección. En eso vi cómo aquella criatura levantaba el vuelo y se perdía en la lejanía. Me reporté enfermo a la Universidad, pues mis nervios estaban hechos trizas, no podía dejar de temblar y cada que me acordaba de la figura de aquella maldita bruja, mi voz se quebraba con el pasar del tiempo. La herida que dejó aquella criatura en mi alma dejó de ser ser tan marcada y el miedo poco a poco se fue. Pero, como se pueden imaginar, ni de broma me volvía a acercar a esa fuente. Nunca más volví a verla de alguna manera. Acechaba a aquellos pobres hombres y quién sabe, tal vez hasta terminó con su vida la maldición del Colibrí. El año pasado aprendí una terrible lección Y es que si desde el principio de una relación amorosa notas ciertos comportamientos, donde tu pareja es fanática de las ciencias oscuras y la hechicería, de verá pensarse dos veces antes de continuar pues no sabes de qué manera puedes salir afectado. Conocí a Paula mientras recursaba una materia de filosofía en la Universidad. Para mí fue amor a primera vista, y es que, en cuanto a tributos, ella era para mí la mujer perfecta del tipo de chica que no le faltan nada ni le sobra nada de ese tipo de mujeres que piensas que jamás te llegarían a hacer caso menos si creciste teniendo baja autoestima. El caso es que estaba equivocado y desde el primer día que me atrevía a hablarle, ella me habló con bastante confianza. De hecho, tenía una forma de hablar bastante cálida. Te hacía sentir como si, aunque no te conociera, te tuviera cierto aprecio. A poco menos de una semana la invité a salir y ella mostrando que la felicidad se le desbordaba. Me dije a mí mismo que ese tipo de cosas no me pasaban a mí, pero, intentando evitar el auto sabotaje, intenté centrarme en el momento y disfrutarlo. La primera cita fue genial. Compartimos risas, historias y descubrimos intereses comunes. Paula era encantadora y su personalidad magnética me atrapaba cada vez más. Sin embargo, algo en su mirada y en sus gestos me desconcertaba de vez en cuando. Parecía tener una fascinación partic por lo místico y lo esotérico, pero no le di mucha importancia en ese momento. No obstante, cualquier tema que tratáramos ella siempre lo relacionaba con ese tipo de cosas. Hablaba abiertamente acerca de cómo, por medio de la hechicería, se podían manipular ciertos aspectos de la vida, como tener un mejor empleo o dañar a una persona que considerara su enemigo la verdad. Yo no le di importancia, pues estaba hipnotizado por su belleza y encanto. Además, yo a esa edad era fanático del género del terror. En todas sus expresiones ya fueran películas, libros o música, aunque sinceramente lo hacía solo por aparentarse rudo. Todo estuvo muy bien hasta que comencé a frecuentar su hogar. Vivía con su abuela Paterna, quien era una mujer de avanzada edad prácticamente ciega y postrada en una silla de ruedas. La señora tenía contratada a una chica que le asistía a tiempo completo. Paula me dijo que a su abuela la habían cegado una bruja con la que se enfrentó en su pueblo natal. Luego me contó una historia que hubiera preferido ignorar, pues me hizo ver un aspecto brutal del pasado. Su abuela había sido curandera y entre cosas que hacía, también llegó a deshacerse de infantes no deseados. Es demasiado turbio para contarlo por YouTube, pero ella me juraba que en la época de su abuela era algo muy normal, sobre todo en épocas de hambruna. La primera vez que la visité, platicamos un rato con ella, luego le ayudamos a alimentarla y darle unos medicamentos y pasé a la habitación de Paula. Esa habitación, lejos de parecer la recámara de una jovencita, parecía el laboratorio de un brujo alquimista, pues estaba lleno de estantes con frascos y dentro quién sabe qué cosas había guardado también vi velas de cebo, así como cráneos de animales y varios símbolos hechos de acero. Lo que más me asustó fue una estatua hecha de piedra volcánica con la forma de Baphomet, pero no era como la clásica figura que se suele encontrar en Internet. Aunque estaba en la misma postura, la cabeza no era la de un carnero, sino la de un colibrí y a los pies había una bandeja a creo de plata con restos de sangre, cuyo olor era demasiado nauseabundo. En ese momento comencé a sentir algo de miedo, pues yo pensaba que Paula realizaba cosas sencillas como lectura del taroto, rituales de adivinación, pero ese altar me decía que ella estaba demasiado inmiscuida en la magia negra. No quería ni imaginarme de dónde salió la sangre podrida del altar. Ella. Al notar mi nerviosismo comenzó a abrazarme y a besarme Luego comenzó a hablarme acerca de algo que no entendí de inmediato. Me dijo que no existía una dualidad entre el bien y el mal, por lo que no estaba mal adorar a antiguos dioses, pues la Iglesia los nombró demonios, pero podía sacar provecho de ellos. Intenté decirle que el aspecto de los dioses de la Antigüedad me parecía bastante siniestro y que su mera forma era un aviso lo suficientemente claro como para mantenerme alejado de ellos. Al final terminé diciéndole esto, pero ella simplemente me dijo que me equivocaba y yo ya no quise discutirlo. Pero si le dije que me iría temprano a casa, apenas regresé a mi casa. Me quedé meditando en sí debía seguir con Paula o no, pues aunque de momento no me afectaban sus prácticas si me causaba cierto conflicto interno. Yo fui criado en una familia devota cristiana y muchas veces había escuchado en los sermones de los sacerdotes hablar sobre los engaños del maligno, quien intentaba confundirnos y hacernos caer cerca de las nueve de la noche, Paula me marcó a la casa. Le pedí a mi madre que dijera que ya estaba dormido. Me sentí mal por haber mentido, pero en verdad no sabía qué pensar, como que sus prácticas me ocasionaron que sintiera repulsión hacia ella. Aquella noche tuve terribles pesadillas donde veía a Paula aplastando con sus propias manos a unos colibríes y una vez que dejaban de aletear los, postraba en la bandeja de plata al pie de su escultura maldita. Desperté porque sentí que algo rozó mis oídos una especie de aleteo me levanté de golpe y después de encender la luz vi como la sombra de un pájaro. Salió en dirección a mi cortina, pero en lugar de atorarse, la atravesó y se perdió en la negrura de la noche. Cuando regresé a mi cama, sentí mojado el oído derecho, así que enseguida, me dirigí al espejo y vi con horror que del oído me salía un hilo de sangre. No sentía dolor. Acudí al médico que teníamos en la universidad, pero no vio ningún daño o rasguño dentro de mi oído. Vi a Paula e intenté estar durante el receso con ella, pero su comportamiento para conmigo había cambiado. Ahora se veía de mal humor. Yo le conté lo que me ocurrió durante la noche, pero ella pareció ignorarme y después de que le volviera a contar lo mismo, intentó tranquilizarme, asegurándome que todo era fruto de mi imaginación o coincidencia sin importancia, pero algo en su mirada sugería complicidad. Con lo sobrenatural. Las pesadillas se intensificaron y cada vez que cerraba los ojos, veía imágenes grotescas de sacrificios, de colibríes y rituales oscuros. Me sentía perseguido por sombras que se movían en las esquinas de mi visión y el hilo de sangre persistía en aparecer a veces de un oído, otras veces del otro. La pesadilla que más recuerdo fue una en la que era de noche mientras deambulaba por la Universidad. Sentí una extraña atracción hacia un callejón oscuro. El aleteo de los colibríes resonaba en mis oídos y la sangre en mi oído se volvía más intensa. Al llegar al final del callejón, me encontré con una figura encapuchada rodeada de cosa, libríes que revoloteaban en un patrón siniestro. La figura se dio la vuelta revelando el rostro retorcido de Paula. Sus ojos brillaban con una luz maligna y su risa resonaba como un eco distorsionado. Los colibríes, en lugar de ser criaturas delicadas, eran grotescas, criaturas deformes con ojos desorbitados. Intenté huir, pero estaba atrapado en un trance. Paula extendió las manos y los colibríes se lanzaron hacia mí, desgarrando el aire con sus picos afilados. El hilo de sangre en mi oído aumentó hasta convertirse en un torrente desperté en mi habitación, empapado en sudor y con mi corazón golpeando en mi pecho la sangre cubría el lado de la almohada en que estaba recostado. Encendí de nuevo la luz y nuevamente el colibrí volaba por todo mi cuarto. En esta ocasión no se trataba de una simple sombra, sino de un animal real. Me quedé absorto pues no existía una manera en que hubiera logrado entrar, pues tanto la ventana y puerta de mi cuarto se encontraban cerradas, ya que era invierno y en Toluca, que es el Estado en el que vivo, hacía bastante frío. Abrí la ventana, pero en lo que me volteé ya no vi a la pequeña ave. Segundos después escuché la voz de Paula decir eres mío, Eduardo, no tienes voluntad. En ese momento me invadió el miedo y tomé la decisión de cortar a Paula y buscar ayuda. Primeramente acudí a un especialista que no encontró ninguna causa aparente para mis sangrados. No había ni una herida, aunque sí manchas de mi sangre. Rompí con Paula, quien, al parecer lo tomó bien y aunque se alejó totalmente de mí, yo me sentí tranquilo, pero justo después de un mes nuevamente comencé a presentar la visita de ese maldito. Colibrí, los oídos me sangraban y mi cuerpo comenzó a experimentar un cansancio terrible. Padecí una debilidad que me dejó postrado en cama y aunque me visitaron cerca de una docena de médicos, no encontraron un diagnóstico aceptable. Algo en mi interior me decía que lo que realmente estaba ocurriendo era que estaba siendo víctima de una especie de maleficio y el colibrí en cuestión tenía algo que ver. Así pues, decidí intentar algo noté que casi siempre las pesadillas me ocurrían entre las tres y cinco de la madrugada, así que me compré un reloj despertador y también coloqué un espejo justo a un lado de mi cama. Por último, puse una pequeña linterna bajo mi almohada. La alarma comenzó a sonar a las tres y media. Entonces encendí la lámpara y apunté directamente al espejo, donde pude ver claramente como el colibrí occionaba dentro de mi oído. Como si se tratase de una flor. Me levanté de un salto e intenté derribar al ave. Mirando de reojo al espejo, me pareció ver a Paula justo en el lugar donde debería de estar el ave. Al día siguiente consulté a una tía que era considerada la oveja negra de la familia por haberse dedicado a ser curandera ella. Me realizó un par de limpias y me recomendó colocar un rosario bajo mi almohada, además de poner unas tijeras de acero fundido formando una cruz. Estas deberían colocarlas al pie de mi ventana. Jamás he entendido cómo es que las brujas funcionan, pero de cierta manera, Paula era el mismo colibrí que me succionaba la sangre de mis oídos. Seguí todas sus indicaciones y las apariciones del colibrí cesaron de la misma manera en que mi estado de salud mejoró con el tiempo. Paula se cambió de escuela y nunca más volví a verla siniestra aparición de una bruja en el bosque. Soy originario de Ontario, Canadá, ciudad en la que aún res sido en la actualidad desde niño. Hablo tanto español como inglés y un poco de portugués Esto es porque mi madre es nativa de México y mi padre de Portugal. Se conocieron trabajando en Ontario y desde niño me enseñaron a hablar en los tres idiomas. Mi madre solía contarme historias de fantasmas, de nahuales y de brujas que eran muy comunes en Jalisco, Estado del que ella era originaria, motivo por el cual desarrollé un enorme gusto por este tipo de relato. No obstante, conforme fui creciendo, no lograba asustarme con facilidad. Hace cinco años atrás me invitaron a un campamento en la zona occidental del Bosque Azul. Esto fue durante el verano, pues aún en esas fechas las temperaturas descienden muchísimo, pero existe menos riesgo de morir por congelamiento. Y es que el grupo de excursionistas con los que acudí eran conocidos de unos compañeros universitarios y querían llegar hasta a un asentamiento abandonado que databa de la época en que llegaron los primeros colonos y se decía que aún se encontraban varios objetos enterrados. Yo no viajaba con ese interés Desde hace como siete años. Le tengo aprecio al paisajismo y me encanta mirar la naturaleza, sobre todo cuando se acampa en lugares inhóspitos. Contemplar la naturaleza es para mí el verdadero tesoro. El día del campamento llegó y nos adentramos en el bosque azul. La vegetación era densa y exuberante, con árboles que se alzaban majestuosos hacia el cielo. A medida que avanzábamos la luz del sol se filtraba entre las hojas, creando un juego de sombras y destellos en el suelo. Quien haya tenido la oportunidad de viajar a este bosque sabrá de lo que hablo, y es que el lugar por sí mismo posee cierto misticismo que no existe en ningún otro lado del mundo. No descubrimos de inmediato el asentamiento de de de él. Después de un par de días de campamento, algunos miembros del grupo comenzaron a murmurar que ese lugar realmente no existía. Era sólo un mito. El tercer día caminamos hasta un claro y yo me senté en una piedra de forma singular, pues tenía bordes lisos. Estaba aplanada en la parte superior. Me puse a observar a detalle. Entonces descubrí unas inscripciones y el símbolo de la Cruz miré hacia los lados y entre la maleza vi otras dos piedras parecidas. Cuando les avisé a mis amigos, concordamos en que se trataban de lápidas que, debido al paso del tiempo, las inscripciones habían casi desaparecido. Revisando en la periferia, descubrimos varios cimientos y, a lo lejos los restos de una cabaña. Habíamos llegado al suso dicho asentamiento. Como sólo estaríamos un par de días más. Tomamos la decisión de trasladar nuestro campamento hacia este área para alcanzar a excavar un poco y ver si podíamos encontrar algo que tuviera valor. Levantamos el campamento dentro del claro alejado de los árboles y en terreno plano. Yo noté algo raro. En los árboles más cercanos a nuestro campamento habían tallado unas estrellas que reconocía como símbolos de protección dentro de la mitología vikinga. Eran raros, pues se veían viejas. De hecho, las marcas estaban ya recubiertas por la salvia de los árboles. Nos pusimos mirar el asentamiento, pero realmente no había mucho que ver. Tal vez un grupo de arqueólogos capacitados se hubieran podido descubrir más cosas, pero nosotros éramos simples, aficionados al campismo y lo único que veíamos eran los cimientos de un mundo desaparecido por el paso del tiempo y lápidas que la naturaleza había reclamado. Yo encontré una roca de forma circular que se encontraba en medio de cuatro árboles. En la parte superior se veía un símbolo que no reconocí y a los lados entre el musgo vi algo que me dejó perplejo. Por los lados de la roca corría un líquido espeso de color rojo muy parecido a la sangre, pero con un aroma repugnante. Uno de los chicos del grupo que se llamaba William Me comentó que ese tipo de símbolos era muy usado por las bolvas, que eran brujas de origen nórdico, muy probable de origen noruego o danés. Entonces concordamos que tal vez ese era el origen de aquellos colonos que levantaron el asentamiento, aunque no puedo estar seguro, pues también podría que fueran Holandeses difícil saberlos sin poseer conocimientos de arqueología. El día se consumió y lo único que encontramos fueron dos pequeñas figuras hechas con marfil extraído, probablemente de los colmillos de una morza. Encendimos una fogata, calentamos algo de café y comimos pan que ya comenzaba a endurecer y después contamos historias de fantasmas. Yo conté una que conocía gracias a mi madre. Trataba sobre una bruja que se transformaba en ave y robaba bebés para sacrificarlos y usarlos en sus rituales y hechizos. Otro de los muchachos que iban con nosotros resultó ser de origen holandés. Él contó una historia que todos pensamos era inventada bajo el calor del momento con la intención de asustarnos, pero ninguno le creyó. Su historia. Se situaba en el mismo bosque donde nos encontrábamos y trataba acerca de un grupo de colonos que logró establecerse con éxito por diez años, pero que de pronto su suerte cambió, justo después de que recogieron a una mujer que encontraron casi muerta de inanición en las profundidades del bosque. La mujer, al parecer, era una bruja a quien la habían visto una noche cortarse a sí misma la mano izquierda para ofrendarla al demonio y darle poder. Un un un día, los niños pequeños del asentamiento desaparecieron lo mismo que la bruja. Algunos hombres salieron al bosque a buscarla, pues le acusaban de haber raptado a los pequeños, pero nunca volvieron y a partir de ese momento, una enfermedad cayó sobre los colonos y sus cosechas, quienes terminaron pudriéndose en vida. Cuando el hombre terminó de narrar su historia y recibió la desaprobación de la mayoría, comenzamos a escuchar el sonido de unos tambores a la lejanía. El sonido de los tambores reverberaba en el bosque, creando una atmósfera inquietante que se mezclaba con la oscura historia que acabábamos de escuchar. Todos nos miramos entre sí con expresiones de sorpresa y desconcierto, aunque tratamos de descartar la posibilidad de que fueran más que sonidos naturales. La coincidencia con la narración del hombre holandés nos puso en alerta. Lo que en un principio no creímos. Poco a poco se fue haciendo realidad y comenzamos a notar un resplandor muy cerca del lugar donde divisé la piedra circular, pensando en que tal vez esas luces fueran un fenómeno natural. Conforme nos acercamos, vimos unas esferas de fuego de color azul. Un chico del grupo dijo que se trataban de fuegos fatuos, pero yo que ya había visto éstos en los pantanos y no se parecían en nada a este tipo de fenómeno. Las esferas de fuego se desvanecieron en el aire y en ese momento escuchamos el ulular de un búho. Continuamos caminando hasta el lugar donde se encontraba la piedra circular. Iluminamos directamente con nuestras linternas y entonces la vimos era la figura de una mujer que encorvada llevaba un cuchillo en la mano izquierda, Le faltaba la mano derecha y la sangre corría por toda la piedra. Los sonidos de tambores se intensificaron, parecían venir de la oscuridad de los árboles. En eso la mujer desapareció y de manera inexplicable, las luces de nuestras linternas se apagaron y cuando las volvimos a encender, vimos una enorme ave de garras afiladas que se nos echó encima. Dos de los chicos resultaron heridos y cuando miramos al chico holandés tenía una pistola en la mano y lanzó dos disparos en dirección al animal, que de inmediato salió volando lejos de Nosotros llegamos corriendo al campamento y de inmediato evaluamos el daño del par de chicos. Tenían graves heridas en los hombros y parte de la espalda con trozos de tela. Les realizamos un vendaje. Luego de haber estabilizado al par de chicos. Escuche como los dos encargados comenzaron a reclamarle al tipo holandés por haber cargado un arma sin haberles avisado. Él les reclamó que de no ser así. Tal vez varios de nosotros hubiéramos perdido los ojos o incluso alguna extremidad. El sonido de tambores ya nos escuchó, pero fue reemplazado por algo más siniestro. Eran los lamentos de bebés, el viento los traía y de nuevo, esa maldita ave gigantesca se nos echó encima. Al iluminarla, descubrimos que sus garras tenían forma de manos humanas y viendo detenidamente en el lugar donde debería estar la cabeza, también mostraba ciertos rasgos humanizados que no lograría explicar por más que me esforzara en hacerlo. La criatura realizaba unos sonidos horribles que me hicieron sentir que me iban a reventar los tímpanos. El holandés nuevamente desenfundó su arma. Lanzó varios tiros a la Bruja, pero ésta logró burlarlo. Y juro por Dios que escuché al ave reír de una manera siniestra. Sólo uno de los hombres se elevó en el aire un crucifijo y rezó una oración en francés. Esto terminó por ahuyentar a la maldita Bruja, quien, antes de huir, arrojó hacia nosotros algo. Cuando nos acercamos a ver de qué se trataba, notamos con horror que era una de esas horripilantes garras. Ninguno de nosotros se atrevió a tomarla y arrojarla lejos del campamento. No creo que alguien lograra dormir aquella noche Apenas amaneció. Recogimos las cosas y yo me dirigí a mirar el siniestro regalo que arrojó la bruja, pero no estaba la mano. En su lugar, había un trozo de rama de árbol con la forma de una garra. Mientras caminábamos de regreso, yo dije que cómo era posible que no viéramos la garra. Sí, fue claro que la arrojó. En eso me escuchó el chico holandés, quien me respondió en un tono grosero que no fuera estúpido y me olvidara del asunto que nada había sido real, y yo le respondí que cómo era eso posible si todos lo habíamos visto escuchado y sentido. Además, las heridas de los compañeros eran reales, pero él prosiguió dios diciendo que el que lo hayamos visto no lo hacía real, pues las brujas solían manipular la realidad y lo que experimentábamos eran meras alucinaciones para intentar enloquecernos, y así fuera más fácil atraparnos. Regresamos a salvo, pero ni de broma. Volvimos a esa zona del bosque. Sé que lo que vi no fueron simples visiones. Las brujas existen. Esa bruja era real. Tras la cortina, hace algunos años trabajé como tramoyista en uno de los teatros locales más famosos de Santander, Colombia. Me enamoré del teatro siendo muy joven. Sin embargo, al no poder costear una buena educación y unirme a una academia de actuación, decidí buscar trabajo en el mismo medio y de esta manera tarde o temprano lograr saltar al mundo de la actuación, donde también se vive la magia. Además, soy bastante creativo en mi trabajo, factor que me ha ganado algo de fama entre el medio aparte, en diversas ocasiones tuve la oportunidad de representar papeles secundarios. Créanme cuando les digo que, después de los hospitales y cárceles, los teatros son los lugares que más energías almacenan algunas de ellas bastante negativas y se esconden en los sótanos esperando a que un insensato de manera imprudente los llame y libere. Se dio el caso hace seis años que se montó una obra sobre Brujas. El género era terror y la directora era una jovencita que apenas alcanzaba los veinte años de edad. Cuando se es joven en el medio artístico y no has recibido experiencias amargas, creas altas expectativas, y ella era una muchachita que pensaba en hacerse rica y famosa de la noche a la mañana. Y no es que no fuera realmente talentosa, pero aún le faltaba mucho camino por recorrer. La obra realmente no era mala y desde un principio se dijo entre los actores y demás miembros de la compañía teatral que estaba maldita, cosa con la que yo no estaba de acuerdo, pues a mi perspectiva, todo accidente ocurrido era a causa de la inexperiencia de una compañía teatral totalmente nueva. Y es que en un principio yo no creía en ese tipo de historias de brujas o brujería, pues al tiempo que llevaba en el medio, los accidentes ocurrían sin importar si se representaba una obra teatral acerca del diablo o de origen bíblico. Los accidentes ocurrían por igual. Yo fui contratado por la propia chica, quien, por motivos personales, prefiero mantener su nombre en el anonimato. No obstante, quien haya visto la obra en escena probablemente la identificará casi de manera inmediata. Pero no es mi intención señalar el lugar como maldito o hacer mala publicidad, sino la de r relatar una serie de acontecimientos en los que yo estuve involucrado. Yo apoyé a esta chica a darle ideas para crear ciertos efectos audiovisuales que daban una mejor sensación de miedo durante su obra. Cuando al fin se estrenó la obra, como toda obra nueva, llenó los primeros dos días. No obstante, y con el pasar de los días no funcionó mucho, y esto ocasionó que la directora se desesperara. Yo intenté darle un par de consejos entre ellos. Le sugerí ser más paciente o reestrenar en octubre, que era cuando había mayor público en esos temas de terror, pero ella no me escuchó y comenzó a pasar mucho tiempo en el teatro. Un día me encontré con ella en un bar local. Ni siquiera habíamos quedado de vernos y siendo sinceros si salimos juntos en más de una ocasión. Pero siempre hubo algo tanto de mi parte como de parte de ella, que no lograba que diéramos un paso más allá de una amistad. Pero eso fue cosa no planeada que ella llegó a la barra donde estaba sentado. Luego de que me aceptara una cerveza, me pidió que nos sentáramos en una mesa retirados de la gente, pues quería contarme algo. Yo noté cierta oscuridad en su cara, que no puedo describir. Era como si anteriormente sus ojos mostraran un brillo que ahora se veía apagado. Puso su mochila en la mesa y dentro sacó un libro forrado con cuero de color rojo sangre vi que poseía un título en latín, pero de todas las palabras sólo entendí que se trataba de un grimorio, una especie de libro de hechicería. De inmediato comenzó a contarme que deseaba colocar ciertos elementos del libro en cuestión, pues, según ella toda obra artística necesitaba del poder de la hechicería para tener éxito. Se entretuvo mencionando como varias películas contenían mensajes subliminales y simbología, y que incluso algunos directores realizaban sacrisrituales para contactar con fuerzas que les abrirían las puertas del éxito. Quise desanimarla por realizar ese tipo de prácticas, pues, como dije desde el principio, yo no creía en ese momento en cosas paranormales, pero la vi tan fuera de sí que sentí pena por ella. Ese día acabamos borrachos los dos y nos fuimos a dormir al departamento que rentaba. Fue entonces cuando noté que ella no estaba nada bien, pues juro por Dios que lo que vi fue real. Estando tirada en el piso con una sábana cubriéndole todo el cuerpo, comenzó a hablar en una lengua desconocida. Esto fue mientras estaba dormida. Entonces noté que se había hecho un tatuaje con un extraño símbolo en la pelvis del lado derecho. De pronto su cuerpo se elevó a unos centímetros del piso y yo, mirando con incredulidad le hablé por su nombre en voz alta, pero ella no respondía. Parecía estar como en trance sentí miedo de lo que que estaba viendo, pero después de un par de minutos ella despertó y volvió a la normalidad. No quiso pasar el resto de la noche conmigo y se fue a su casa. Pienso que le incomodó que le preguntara cerca de lo que le acababa de ocurrir. A partir de ese momento, comencé a verla cada vez menos, pues se hizo muy reservada y pese a que la obra comenzó a despuntar y salieron de gira para montarla en otros teatros de diferentes ciudades, ella evitaba el contacto con las personas y se le veía cada vez con un comportamiento errático. Varios miembros del elenco comenzaron a murmurar que su directora era una bruja y que la habían visto sacrificando animales en ritos extraños. Le acusaban de ser la culpable de cuanto accidente ocurría en la obra y lo que en un principio eran sólo rumores, poco a poco comenzaron a hacerse reales. Por ejemplo, una actriz dijo haber visto a una extraña criatura de aspecto pétrio. Su piel parecía a élcha de cera y llevaba una especie de máscara. La mujer se escondía detrás de las cortinas del escenario. Una simple mirada a esa criatura fue suficiente para que le hiciera perder la calma y gritando en medio del ensayo echar a perder horas de trabajo, pues después de haber visto a esa criatura, ya no quiso volver a arrimarse ni al escenario ni a los camerinos. En otra ocasión, dos actores que eran hermanos dijeron haber escuchado la respiración exagerada de una persona dentro de su armario y cuando abrieron las puertas dentro salieron varias palomillas de color negro. Dos de ellas eran de la especie que parece tener el dibujo de una calavera en la espalda. Los hermanos, que eran muy supersticiosos, abandonaron la compañía teatral, pues a ambos les tuvieron que realizar una cirugía de apéndice de emergencia y culparon a la obra de sus males. Yo seguía mirando con escepticismo todo lo que ocurría hasta un un día que, mientras me encontraba operando las poleas que abren las cortinas de cena, pude ver a la misma criatura con la piel que parecía hecha de cera, estaba agarrada de una de las cortinas en la parte más alta. Era imposible que una persona lograra hacer ese tipo de movimiento. Cuando le avisé a mi compañero lo que estaba ocurriendo, la extraña mujer había desaparecido, pero no hubo necesidad de mostrarle lo que acababa de presenciar, pues me contó que vio a la bruja. Así le llamaron al lente en uno de los pasillos. Decía que su rostro no era realmente su piel, sino una máscara con la cual intentaba pasar por humano, pero que realmente no lo era sino algo maligno. La situación empeoró cuando la directora, cada vez más absorta en prácticas ocultas, comenzó a perder el control de la realidad. En varias ocasiones la vi hablando sola como si estuviera manteniendo conversaciones con él invisibles. Su aspecto físico también cambió. Su piel parecía más pálida y sus ojos, una vez brillantes, ahora reflejaban una oscuridad inquietante. El elenco y el equipo técnico estaban divididos entre los que creían que la directora estaba poseída por fuerzas malignas y los que atribuían su comportamiento a problemas mentales. Los ensayos se volvieron caóticos, con frecuentes interrupciones causadas por accidentes inexplicables. Un día, durante una función en la que la directora estaba interpretando un papel secundario, se desató el caos en medio de una escena crucial. La directora comenzó a actuar de manera errática y a pronunciar palabras incoherentes. El elenco desconcertado, trató de continuar la obra, pero la situación empeoró cuando la directora cayó al suelo, convulsionando. Los espectadores presentes en la función creían que era parte de la actuación, pero yo, des de los bastidores sabía que algo iba mal. El pánico se apoderó del elenco y del público cuando la directora con voz gutural profirió una serie de maldiciones y amenazas. La obra se detuvo abruptamente y los actores, visiblemente perturbados, abandonaron el escenario. La obra se suspendió y la directora fue ingresada a un hospital, donde la mandaron a neurología. Yo comencé a visitarla pues, a pesar de todo lo que estaba ocurriendo, sentía preocupación por ella. Estuve Cuando salió del hospital, decían que había sufrido un colapso nervioso debido a la presión que sentía con la obra puesta en escena. Sin embargo, ella me contó que había cometido un error por jugar a ser Bruja. El poder le sobrepasó y ahora algo maligno no dejaba de perseguirla, tanto en el sueño como en la vigilia. Ella vivía en casa de su abuela materna en un cuarto, en una segunda planta, comencé a visitar que podía hacerlo y aunque con el tiempo estuvo mejor, todo empeoró. Durante una noche que me invitó al festejo de uno de sus hermanos. Terminé acompañándola a su habitación, pues dijo haberse sentido mal. Me senté en una esquina de su cama. Entonces vi que su ropero no tenía puerta, sino una larga cortina de color escarlata. Puso un programa aburrido en su televisión, tan aburrido que terminamos dormidos. Los dos de pronto me despertaron sus sollozos. La vi llorando en una esquina de la cama. Tardé en entender la situación, pues ella sangraba de sus manos mismas que mantenía pegadas a su cara. En eso escuché esta respiración exagerada de la que hablaron los actores del elenco. Luego la cortina comenzó a moverse de una manera violenta, como si una ráfaga de viento de montaña la golpeara. Luego la cortina cayó y la volví a ver era esa maldita bruja con esa cara que parecía una máscara de cera que, por más que intentara describirla, no lo lograría. La directora se había dañado uno de los ojos en un intento de cegarse para dejar de ver esa maldita aparición. Rápidamente la llevé al hospital en mi coche y después de un par de días estuvo afuera. Le cambiaron el medicamento, pues los médicos aseguraban que lo que padecía era esquizofrenia. Pero obviamente no era así, porque yo también vi a la bruja tiempo después supe que todo había mejorado para ella, la bruja dejó de seguirla mi deuda con la bruja cuando recién me divorcié. Hice todo tipo de tonterías, desde rogar, humillarme, ir a terapia de pareja, pues tal era mi obsesión y mi incapacidad de decir adiós que cada vez me hundía más en malas emociones. Así pues, fue que por medio de un amigo mío que es alcohólico, conseguí la dirección de una bruja que garantizaba interferir en la realidad y lograr que se impusiera la voluntad de uno mismo, ya fuera amor, dinero o salud. Por aquel entonces no creía que un simple hechizo pudiera interferir en esos asuntos y en otro tipo de ocasión no hubiera acudido a este tipo de servicio, pero en ese momento estaba loco, invadido por la melancolía y obsesión. No acudí de inmediato o de hecho, cuando me entregó la tarjeta con la dirección, la guardé debajo de mi escritorio y no la volví a tomar entre mis manos por al menos una semana, pero una noche de esas en las que la melancolía y la tristeza invade porque el ambiente ha estado tan nublado que enfrió mi propio corazón. Decidí descorchar una botella de vino que me dieron durante la posada de la empresa en que trabajo aquí en nuevo león. Con el calor de las copas, Descorché dos más entonces, entonces sentí una presencia en mi estudio. Era como si un viento helado se hubiera filtrado por la celosía y sentí una corazonada. Segundos después, escuché la voz de mi exesposa y tomé eso como una señal, así que me dirigí a buscar la tarjeta, cosa que me llevó no menos de una hora pues, aparte de mi estado de embriaguez, no recordaba dónde la había guardado. A la mañana siguiente, el impulso por ir a buscar a la bruja no había disminuido en mí, Así que, después de tomar un baño, un par de aspirinas y una enorme taza de café, me dirigí a mi auto y viendo que la zona en que se encontraba el despacho de la bruja, decidí mejor acudir en taxi, ya que la zona era famosa por salir en las noticias, ya fuera por robos o por agresiones, por cuestiones personales. Prefiero mantener en el anonimato el lugar en el que ocurrieron los hechos. Sin embargo, daré descripciones del lugar. El taxi no me llevó a ero hasta el lugar, pues el terreno es bastante sinuoso. De hecho, todas las casas fueron edificadas directamente sobre un cerro de una considerable altura. No me importó que no me llevará hasta allá, pero una vez me encontré fuera del coche, sentí cómo me asediaban las miradas de hombres que se encontraban bebiendo alcohol en plena vía pública. No quise que notaran mi nerviosismo, así que intenté actuar con normalidad. No lograba ubicar exactamente la vecindad en la que se instalaba la bruja. En ese momento pensé que si las uso dicha bruja tenía realmente el poder de influir en la realidad, a tal punto de modificar mágicamente la economía, a tal punto de hacerte millonario de la noche a la mañana, porque no utilizar ese poder para vivir en un lugar mejor. Me sentí desanimado y estuve a punto de regresarme de no ser porque comencé a notar que un par de sujetos en motocicleta comenzaron a seguirme me puse paranoico pensando en en que me iban a asaltar, así que me metí a la primera tienda que vi abierta. Le saqué plática al señor de la tienda para hacer tiempo. Y dentro de esa plática le pregunté por el nombre de la Bruja y me dijo que aquella mujer era famosa por ser efectiva en sus hechizos, que gracias a ella la tienda había tenido éxito, pero que tuviera cuidado al consultarla, pues en este tipo de prácticas siempre hay un precio no impreso en los contratos, un precio que no se paga con dinero, sino con sangre. El comentario de aquel hombre, aunque no lo entendí de inmediato, me hizo sentir ansioso y sentí más ganas aún de volver a mi casa, pero no lo hice. Salí de la tienda y me metí por una calle que se me indicó en la cual no había acceso para automóviles, pues era bastante angosta y hecha de piedra. El camino me recordó a esos callejones que salen en las películas que retratan las favelas de Río de Janeiro. Llegué entonces, entonces, hasta un portón de lámina de metal toqué dos veces y no obtuve respuesta. Justo estaba por irme. Cuando un niño me abrió la puerta. Le pregunté por la señora que iba a buscar, y el niño, sin decir ni una sola palabra, sólo asintió con la cabeza y después señaló hacia una escalera. Entendí el mensaje del niño y me dirigí en esa dirección. Llegué entonces hasta una habitación cuya única puerta era una cortina de tela hecha de jirones y me recibió una chica afuera había un par de personas bebiendo alcohol de uso industrial. La chica me llevó por un pasillo donde había una fila de todo tipo de personas. Incluso vi a dos que iban con sus batas de médico. Me sorprendió ver que hasta hombres de ciencia estuvieran esperando ser consultados por aquella bruja. Duré más de dos horas esperando y de no ser porque cargaba una revista en mi bolsillo. Hubiera muerto de aburrimiento cuando al fin pude pasar. El nerviosismo se apoderó de mí y no supe qué decirle cuando se me preguntó el motivo de mi consulta. Además, quedé impactado por el aspecto de aquella señora que debía de tener no menos de ochenta años. Uno de sus ojos mantenía una mancha de viruela, al igual que la mayor parte de su cara. La mujer me dijo que tomara asiento que ya sabía por qué motivo estaba allí. Guardó silencio. Por un segundo y enseguida dijo quieres que regrese tu esposa. No es así. También dijo el nombre de ella, la edad que tenía y hasta qué signo era. La mujer. Parecía conocer detalles muy específicos de mi vida, lo cual me desconcertó aún más. A pesar de mis dudas, decidí seguir adelante y le dije que sí que quería que mi esposa regresara. La bruja sonrió de manera misteriosa y comenzó a murmurar palabras incomprensibles mientras movía las manos sobre una mesa llena de objetos extraños. Luego me dijo que lo dejara todo en manos de ella. Solamente tenía que pagar la cantidad de dos mil pesos de adelanto y lo demás no debería dárselo. Hasta que se cumpliera mi deseo. Después de quince días, mi ex esposa comenzó a buscarme y aunque quedé sorprendido ante la eficacia de la magia de la bruja, no quise salir de inmediato, pero ante la insistencia por parte de ella, comenzamos a salir nuevamente. No sé cómo explicarlo, pero ella ya no era la misma persona. Sus ojos habían perdido su brillo. Hacía comentarios muy negativos y nos peleábamos más que cuando estuvimos casados. Y a pesar de esto, ella siempre me buscaba. Lo peor de todo fue que me di cuenta que yo ya no deseaba estar con ella y ahora era al revés. Ella me insistía y yo deseaba alejarme. Nunca le di el segundo pago a la bruja, pues pensé que no habría ningún inconveniente con el tiempo. Ella terminó por alejarse de nuevo y aunque en esta ocasión no me deprimí si comencé a pagar el precio por no haber liquidado mi deuda con aquella bruja. Vivo en la punta de un cerro, en un barrio un poco desolado de una famosa delegación del Estado de México. Una noche me desperté asustado porque sentí un ardor terrible en el rostro. Me levanté de súbito y encendí la lámpara que tengo en mi mesita de noche. En eso veo correr una especie de sarihuella por el pasillo que lleva a mi cocina era enorme. Parecía tener el tamaño de un perro de raza grande. Corrí al baño y noté con horror como me escurría la sangre en varias partes de mi cara eran heridas horribles. Las limpié con agua y jabón, pues me habían dicho que el alcohol sólo empeora las heridas. Mientras me secaba la cara y me aplicaba un ungüento para evitar infecciones en la piel. Vi pasar de nuevo a ese maldito animal enorme. Se paró frente a la puerta del baño y vi claramente como su rostro era el mismo que vi en la bruja. Incluso tenía las mismas cicatrices causadas por la viruela. El cuerpo era como el de una zarihuella con una enorme joroba en la espalda y sus patas no parecían batas, sino eran como si sus cuatro extremidades fuesen manos humanas. Sentí pánico al ver aquella criatura infernal y lo primero que se me ocurrió hacer fue arrojarle una cubeta de fierro que tengo junto al inodoro. La criatura se retorció de dolor, pues el impacto terminó dándole en la cabeza y se echó a correr rumbo a la entrada de mi casa. Tomé la cubeta de nuevo y la perseguí, pero justo llegando a la sala, el maldito animal de un solo salto atravesó la ventana para después perderse En la noche. Cerré bien todas las puertas y ventanas. Después me puse a rezar, pero no logré dormir. Durante dos días seguidos no podía dejar de pensar en que aquella criatura repugne era obra de la bruja a quien no le terminé de pagar. No me atreví a volverme a encontrar con aquella aterradora mujer, pero tampoco deseaba dejar la deuda sin pagar, así que decidí encomendar la tarea a un par de hombres, a quienes contacté con ayuda del señor de la tienda. Sé que el dinero llegó a su destino, pues nunca más volví a encontrarme con alguna criatura de ese tipo. Sin embargo, recordar la forma que presentaba es suficiente motivo para que pierda el sueño el retrato de la bruja. Muchas veces la maldad no puede ser erradicada totalmente y siempre busca la manera de poseer cualquier cosa, escondiéndose hasta que recobra la suficiente fuerza para lograr manifestarse e intentar entrar dentro de alguna persona débil de espíritu. Esto lo comprobé hace a por allá de los noventa. Yo estaba por cumplir los dieciocho años. Vivía con mi familia en Morelos, México. Mi padre tenía un bazar de objetos antiguos. Poseía objetos de tipo religioso, pero a veces compraba algunos muebles y cuadros. Estos son los que mejor se vendían, pues muchas veces le llegaban buenas réplicas de obras de arte. En lo personal, los objetos del tipo religioso siempre me causaban escalofríos y es que algunos eran demasiado realistas, sobre todo aquellos que proyectaban el dolor y la pasión de Cristo. Mi madre decía que las cosas antiguas y usadas guardaban recuerdos que en muchas ocasiones no eran nada positivos y se necesitaba andar con cuidado con ese tipo de cosas. Yo, en cambio, comencé a ayudarle desde que tenía quince años, pues pese a que ciertos objetos me causaban pavor, no era algo con lo que no pudiera lidiar. Además, mi padre siempre me pagó bien cuan. Cuando o tenía diecisiete a punto de cumplir los dieciocho, mi padre comenzó a dejarme más responsabilidad y me dejaba solo los fines de semana a cargo del local que, por cierto, se encontraba a unas cuantas cuadras de la casa. Era raro que mi padre quisiera meter algún adorno u objeto. Esto porque mi madre ni de broma lo aceptaría. No obstante, un domingo me tocó atender a un par de ancianos que traían consigo, un par de cuadros que se veían de bastante antigüedad y no supieron darme un precio, así que le llamé a mi padre para que viniera a evaluarlos. Cuando llegó, mi padre supe que habían sido hechos a mano por un artista desconocido llamado Hastur. Uno era un paisaje lúgubre de noche con árboles secos, el típico paisaje de una escena de terror. El otro era una bella mujer con una mirada enigmática y un círculo de luz sobre la cabeza, como se suele pintar a los Santos. Mi padre pagó una suma ridícula y por o ambos demasiado exagerada. Mientras hacía el trato, le hice ver que no ganaríamos mucho con esa compra, pero de una manera grosera, me exigió que guardara silencio. En ese momento me puse mejor a limpiar lejos de él. Mi padre dejó uno de los cuadros en la tienda y el otro se lo llevó a la casa. El que se llevó era el de la mujer y yo me quedé riendo, pues ya sabía que si lo colgaba de algún muro en la casa tendría problemas con mi madre. Aquel día llegué tarde a la casa, pues después de cerrar la tienda, pasé a ver a mi novia de aquel entonces, su nombre era Nancy. Cuando llegué a la casa, tal y como esperaba, mis padres estaban peleando a causa de que mi padre colgó el cuadro en su estudio. Por lo regular, mi padre no es aprensivo con los objetos, pero ese maldito cuadro ejerció magia sobre él. Apenas lo vio. Mi madre no pudo hacer nada para que se deshiciera de él, pues mi padre fue muy tajano y le dijo que él jamás conservaba nada y ahora quería conservar ese cuadro y poseía todo el derecho de tenerlo. El argumento de mi padre era bastante válido y no tendría por qué haber un problema. Sin embargo, con el paso de los días, mi padre comenzó a obsesionarse con el cuadro. Pasaba ahora sin hacer otra cosa que encerrarse escuchar música mientras miraba su cuadro. Además, cosas extrañas comenzaron a sucedernos en la casa. Una tarde, mientras estaba con Nancy mirando una película en la casa. Mi madre estaba en su habitación y mi padre se encontraba en el bazar. Sentimos que alguien estaba a nuestras espaldas y Nancy, que era más sensible a este tipo de fenómenos, comenzó a gritar mientras señalaba algo a nuestras espaldas. Miré enseguida y entonces vi la sombra de esta mujer que llevaba una tiara de espinos sobre la cabeza. Fue cosa de unos segundos, pues la mujer se desvaneció de la misma manera en que se materializó. Fuimos a buscar a mi madre de inmediato le contamos lo que nos acababa de ocurrir y ella nos confesó que desde el primer día en que mi padre trajo ese cuadro a la casa, empezaron a suceder cosas extrañas. Dijo que traería a un padre para que bendijera la casa y si las cosas no mejoraban, se desharía del cuadro. Las noches se volvieron inquietantes. A veces, durante la madrugada escuchábamos risas suaves provenientes del estudio. Otras veces la puerta del estudio se cerraba sola. Con fuerza, mi madre insistía en que el cuadro estaba poseído y debíamos deshacernos de él. Mi padre, sin embargo, se volvía más terco. Pasaba horas frente al cuadro, murmurando cosas incomprensibles. Su salud empezó a deteriorarse y su obsesión por el cuadro lo llevó a descuidar su trabajo y relaciones sociales. Las cosas tomaron un giro más oscuro cuando una noche encontramos a mi padre hablando en lenguas extrañas frente al cuadro. Sus ojos reflejaban una locura desenfrenada. Fue entonces cuando decidimos actuar. Mi madre trajo a un sacerdote, pero las cosas no cambiaron mucho después de que bendijera la casa. Tal vez los fenómenos cesaron por un par de días, pero pronto comenzamos a experimentar cosas más subidas de tono, sobre todo de madrugada. Cerca de las dos y media de la madrugada miré como una pequeña esfera luminosa. Pasó por el pasillo que llevaba hasta el estudio de mi padre. Yo lo vi con mis propios ojos, pues salí de la habitación atraído por esa luz que me hipnotizaba y no pude detenerme hasta que la vi atravesando la puerta. Esa luz interna era tan extraña no sabría cómo explicarlo. Parecía como si dentro llevara el cuerpo de una mujer horrenda. Tuve el atrevimiento de abrir el estudio de mi padre y justo ur cuando estuve dentro vi a esta maldita bruja que llevaba el cuerpo de un pequeño niño entre brazos. Cuando me miró, esbozó una sonrisa macabra y se echó a reír de mí y segundos después sentí como una corriente de aire. Chocó contra mi cuerpo y la mujer desapareció, quedando solo ese maldito olor a podrido. Regresé temblando a mi habitación y aunque, a diferencia de mi madre, yo no era religioso, me puse a rezar. Al día siguiente le conté a Nancy mi experiencia. Durante la noche anterior. Nancy me sugirió que acudiéramos con un parapsicólogo que era amigo de su madre. Me la pensé para ir, pues mi madre suele satanizar todo aquello que no se ha aprobado por la Iglesia Católica, así que sólo le pedí su número. Mi madre no se deshizo del cuadro sólo le pidió a mi padre que lo cubriera con una manta de lana aparte, colocó un altar a la Virgen de Guadalupe y comenzó a dejar flores y velas. Desde el primer día que comenzó a realizar esto, las apariciones cesaron. Sin embargo, las flores que ponía se marchitaban de un día para otro. Unas incluso parecían haber sido quemadas y las veladoras no duraban encendidas. Sin importar el tamaño. Le hablé a mi madre acerca del parapsicólogo, pero su reacción fue la esperada. Se negó rotundamente y me dijo que ese tipo de personas sólo eran estafadores. Como mi madre no aceptaría. Decidí llevarlo sin consultarla. El hombre era bastante amable y sencillo. Se llamaba Mauricio. Llevaba un traje de color azul y un collar con un símbolo algo raro que me explico era un llamador de ángeles. Nancy y yo aprovechamos para llevarlo un día que mi madre tuvo guardia en el seguro, ya que ella era enfermera internista. Llevamos al hombre hasta el cuadro de mi padre, quien, por suerte, no se encontraba en la casa, pues seguía presentando este comportamiento obsesivo y raro. Mauricio, después de observar detalladamente el cuadro, nos habló acerca de que Hastur no era realmente el nombre de un artista, sino de un demonio antiguo y la imagen representada pertenecía a una bruja que, a causa de haberse entregado de lleno a estas prácticas antiguas, fue poseída y a su vez, el cuadro, poseído por su esencia, que se negaba a abandonar el plano donde estamos los vivos. Mauricio marcó un símbolo en el cuadro y después comenzó a recitar unas oraciones que ocasionaron que todos escucháramos la risa de la maldita bruja y después vimos cómo el cuadro se elevó al techo para después caer al piso, dejándonos a Nancy y a mi perplejos Mauricio. En cambio, guardó la calma y nos pidió que nos tranquilizáramos que, aunque escucháramos cosas extrañas, estaríamos bien. Al final acercó un espejo al cuadro y se puso negro. Luego lo guardó en una manta de seda. Nos dijo que, aunque la pintura ya no presentaba un peligro, nos sugería deshacernos de ella, pues la maldad a veces suele esconderse en otro lugar, pero siempre intenta volver a habitar el lugar donde se sintió más cómodo con el pasar de los días. Mi padre no volvió a mostrarse obsesivo con la pintura y su estado de ánimo volvió a ser él mismo. No hubo necesidad de pedirle que se deshiciera del cuadro, pues él mismo lo sacó de la casa y se lo vendió a una persona. Qué tiempo después me enteré era ocultista. Desde entonces, la casa recuperó su paz y mi familia volvió a la normalidad. La experiencia con el retrato de la Bruja dejó una huella indeleble en nuestras vidas, recordándonos que el mal puede esconderse en las formas más inesperadas y que debemos ser cautelosos con lo que traemos a nuestros hogares Bruja en la estación de servicio. Desde hace tiempo trabajo en tiendas de autoservicio, en carretera. Vivo en uno de esos pueblos, alejados de toda ciudad por la carretera Guadalajara TEPIC me han cambiado un par de veces de sucursal y es que durante los últimos años han estado abriendo cada vez más tiendas, algunas posicionadas, incluso en los lugares más inhóspitos que no te imaginarías. Pero la historia que hoy deseo compartirles ocurrió casi cuando inicié en este tipo de empleo, cuando aún no existían tantas tiendas del tipo OXO. Me tocó ser asistente de una mujer llamada Claudia, que ya llevaba un par de años trabajando en esto y ya era encargada de la sucursal en que me tocó trabajar. El lugar estaba bastante alejado de todo y es que el pueblo del que yo soy originario no ofrece realmente un atractivo turístico. Sólo hay un par de ons de lecheras y algunas siembras de frijol y maíz. Nada relevante realmente, pero a la empresa se le ocurrió abrir una gasolinera en ese kilómetro de la carretera y ante la falta de aspirantes al puesto, yo fui contratado de inmediato. En ese entonces no poseía automóvil, motivo por el cual solía ir al trabajo en bicicleta. Los primeros días me dieron un turno durante el día, así que no tenía problemas para llegar y regresar en bicicleta. Sin embargo, mi vida laboral dio un giro inesperado cuando me asignaron el turno de noche en la estación de servicio. Mi primera noche en el turno nocturno fue tranquila. No había muchos clientes y el silencio de la carretera contribuía a crear una atmósfera bastante calmada. Claudia, la encargada, me explicó que en la madrugada podíamos recibir a camioneros y viajeros nocturnos que necesitaban cargar gasolina, así que debíamos estar atentos. Claudia me dijo esa noche que si llegaba a ver algo raro, pero en la parte trasera de la tienda, no hiciera caso que intentara ignorar cualquier tipo de movimiento raro. O si llegaba a ver alguna persona, sólo me fijara que ésta no representaba un peligro real. Simplemente avisara a la policía federal que ellos se ocuparían del asunto y que mientras me tocara estar a su lado, nada malo ocurriría. De primero no entendía qué se refería, pero después de limpiar en un par de ocasiones los cadáveres de unas gallinas en el patio, ver círculos y símbolos pintados con la sangre de estos animales, supe a qué se refería. Fueron muchas cosas raras las que me tocó limpiar, además de animales muertos, varios tipos de flores e incluso velas de color rojo y negro. Cada que limpiaba me preguntaba si no sería la propia Claudia quien realizaba este tipo de prácticas, pues solía platicar sobre ese tipo de tema, aunque nunca mencionó abiertamente dedicarse a realizar curaciones o o cosas parecidas. En una ocasión, Claudia enfermo y no hubo quien ocupara su lugar, así que me quedé solo en la sucursal. Yo pensé en un principio que realmente no habría problema, pues como era entre semana, prácticamente no recibiría ni una sola visita en toda la noche. Aquella noche se me hizo eterna y es que prácticamente, aunque intente mantenerme ocupado limpiando los refrigeradores colocando nuevo café en las máquinas y todo lo que me tocaba. Apenas habían pasado un par de horas. Cuando ya había terminado todo, me puse a leer un libro sobre la interpretación de los sueños que cargaba conmigo, y cerca de la medianoche noté a una persona en una de las cámaras que daban a la parte trasera donde estaban los contenedores de basura. No vi claramente, pues la figura de la persona estaba de espaldas, pero alcancé a ver que era una persona que caminaba bastante encorvada y mostraba una joroba muy pronunciada. En eso llegó un automono móvil, se bajó una pareja, compraron varias cosas, les cobré y cuando volví a mirar por la cámara, la mujer encorvada ya no estaba. Minutos después vi que la extraña mujer se encontraba frente a la puerta. Estaba de pie sin moverse. En ese momento me atrevía a acercarme para preguntarle qué se le ofrecía. La mujer parecía una simple anciana de no más de ochenta años. Llevaba la cabeza cubierta un rebozo y vestido de color negro. La mujer no me contestó, pero se me quedó viendo frunciendo el ceño. Luego sacó una vela de cebo de su rebozo, La encendió y con las gotas de cebo dibujó una estrella en la entrada. Yo tuve la estúpida idea de no seguir los consejos de Claudia y tuve el atrevimiento de decirle a la señora que no podía hacer eso frente a la tienda que se alejara o llamaría a la policía. En eso, la mujer esbozó una sonrisa burlona y arrojó el resto de la vela contra el vidrio de la puerta. Luego se echó a correr con tal facilidad que me pareció increíble para alguien de su edad. Este último acto me dejó asustado, así que, en lugar de ponerme a limpiar el cebo de vela de la ventana, llamé a Claudia para contarle lo que acababa de presenciar. Claudia no contestó y cuando estaba dispuesto a marcar nuevamente las puertas de los refrigeradores, se comenzaron a abrir y cerrar por sí solas. Luego la caja registradora hizo lo mismo. Me sentí espantado, pues nada de lo que estaba ocurriendo tenía sentido realmente. Nunca antes en mi vida experimente fenómenos iguales y hasta ese momento creía que las historias acerca de actividad paranormal pertenecían sólo a la ciencia ficción. Estuve a punto de tomar mi bicicleta y salir pedaleando a toda velocidad en dirección a mi casa. Pero en eso llegó una camioneta de la que se bajaron dos señores muy amables que, cuando me vieron, me preguntaron si me encontraba bien, pues me veía a bastante pálido. Estuve a punto de contarles a detalle lo que acababa de presenciar, pero preferí sólo decirles que me habían asustado mientras les cobraba una caja de cervezas. Deseé que los fenómenos continuaran o que la vieja bruja se apareciera para tener evidencia con la cual decirles a esos hombres lo que me estaba ocurriendo. Pero no ocurrió, y eso que miré de reojo hacia las cámaras, pero no vi ninguna señal de la mujer. Cuando los clientes salieron, me comencé a sentir muy nervioso y mareado. Pensaba que en cualquier momento se me aparecería aquella anciana y me daría un susto de muerte. En eso, Claudia me regresó la llamada y sin que le dijera nada, me preguntó si estaba teniendo problemas del tipo paranormal. Yo me quedé confundido, pero no quise preguntarle cómo sabía eso, y simplemente le dije que sí, y ella me respondió que intentara ignorar a la anciana, que siempre se iba después de las tres de la madrugada, pero que mientras no interfiriera en sus prácticas, estaría a salvo. Yo le dije que la había corrido de la puerta y Claudia me dijo que mantuviera la calma, que tal vez no fuera grave, pero que no interfiriera con aquella mujer. La noche transcurrió y cada cierto tiempo algo raro ocurría, por ejemplo, las luces se apagaban, lo mismo las cámaras. Lo curioso era que cuando alguien llegaba, los fenómenos se detenían y, para mi mala suerte, después de atender a un motociclista, ya no llegó nadie a la tienda. Finalmente, poco después de las tres de la madrugada, todo volvió a la normalidad. Las luces se estabilizaron, las cámaras volvieron a funcionar y los objetos dejaron de moverse. Aunque el alivio me invadió, la sensación de inquietud persistía A la noche siguiente, cuando me volvió a tocar trabajar solo viví exactamente lo mismo y aunque me lle llevé un rosario y un cristo de metal que mi abuela tenía en casa, no logré sentirme más tranquilo y para acabarla había llegado mercancía que tenía que guardar en la bodega, lugar que siempre me hizo sentir escalofríos por su oscuridad. Mientras acomodaba unas cosas iluminado por un pequeño foco que no alumbraba nada, este empezó a tintinear hasta apagarse completamente y entonces vi unos ojos luminosos entre dos estantes. Luego escuché una risa macabra y una voz que me decía que me alejara que esa tierra no me pertenecía. Salí corriendo de la bodega y me refugié bajo el mostrador, tomando tanto el crucifijo como el rosario entre mis manos. Y cuando llegó un cliente, el temor se disipó completamente, pues el cliente en cuestión era un sacerdote, a quien sí me atreví a contarle esta terrible historia. El sacerdote me creyó. Luego me pidió que lo esperara en lo que iba a su coche trajo consigo dos frascos, uno con agua bendita y otro, según me dijo, era un tipo de aceite que colocaría en cada puerta y ventana del establecimiento. Por último, me dio su bendición y me dijo que si veía a esa mujer rondando por ahí cerrar los ojos y recitará esta oración de San Benito, te pido que protejas mi hogar y mi familia de todo mal y peligro y que alejes de nosotros a todo aquel que intente dañarlos o hacernos mal, que tus bendiciones y tu gracia nos acompañen en cada momento y que siempre seamos reflejo de tu luz y de tu amor. El sacerdote se fue y yo me sentí muy tranquilo y en ese momento pensé en que Dios siempre está con nosotros y es más poderoso que cualquier esbirro del maligno enemigo, que es el diablo. La mujer volvió a aparecer por las cámaras, pero los actos paranormales se sonron y todo dentro de la estación de servicio. Continuó con naturalidad, para cuando Claudia volvió a trabajar después de su incapacidad, me contó que ella misma tuvo un encuentro con aquella bruja que le contó que rondaba esa zona porque hacía mucho tiempo allí estuvo su casa y que nunca quiso vender sus tierras. Pero uno de sus hermanos le hizo una mala jugada y la dejaron sin hogar. Yo le pregunté que cómo era posible hablar con aquella mujer si a simple vista se veía que no se trataba de un ser humano, sino de un espectro, y Claudia me respondió. Yo soy medio. Al siguiente mes fui a la estación de servicio que se encuentra en la segunda caseta y no volví a saber nada ni de Claudia ni de la Bruja, el velo de Novia. La siguiente historia le ocurrió a mi abuela concepción durante su juventud. Tanto ella como sus hijos son originarios de Guadalajara, Jalisco, Tierra Rica, tanto en leyendas como en relatos de misterio y fantasmas. Pero el relato que estoy por compartirles es personal y poco conocido, pues aunque mi abuela trabajó durante su juventud como maestra de un colegio famoso en la ciudad, no solía compartir esta historia, ya que habla sobre un pasado algo trágico. Mi abuela vivía con su hermana en la casa de un tío que las adoptó después de que su madre muriera de fiebre alcohólica. A la bisabuela realmente no se le extrañaba, pues era una persona con problemas mentales que siempre rechazó a sus hijas y prácticamente toda la vida. El tío fue quien se responsabilizó de ellas. El caso es que los tíos de mi abuela sólo tuvieron una hija, quien siempre fue muy frágil de salud, y la tía, al no poder volver a quedar embarazada, se quedó con ganas de tener más hijas. Desafortunadamente, su hija murió y cuando nacieron mi abuela y su hermana, Rebecca, cubrieron las necesidades maternales de la señora en cuestión, lo mismo de parte del tío. Ellos consintieron al par de niñas lo más que pudieron, además de darles educación, pues su madre nunca quiso que estudiaran. Mi abuela estudió una carrera técnica en corte y confección de ropa, mientras que su hermana, Rebecca, estudió para secretaria. Todos vivían en una casona de la época colonial que el tío Felipe, quien era maestro albañil, consiguió gracias a un trabajo que realizó. Según contaba mi abuela, la casa estaba siendo restaurada por su tío, quien tuvo que reconstruir varias habitaciones que estaban a punto de colapsar. Crecieron felices, pero había una parte de la casa a la que nunca se acercaban las niñas. Este lugar estaba u s a r r mero fondo de la casa, tras un enorme patio, donde había una higuera en medio. Luego estaba una especie de casa de huéspedes. Ese era el lugar que evitaban tanto mi abuela como su hermana, pues decían que las asustaban, aunque al crecer no sabían explicar porque les asustaban. Sin embargo, el tiempo pasó y al crecer mi abuela pudo tener a mi madre y a mis dos días el padre de ellas jamás quiso reconocerlas, pero mi abuela, que siempre fue de carácter fuerte, puso un taller de costura, además de que comenzó a dar clases en el colegio católico en el que siempre trabajó. Su otra hermana, se comprometió justo cuando cumplió los veinticinco años. Toda la familia estaba muy emocionada, sobre todo su tío, quien les ofreció irse a vivir en la parte trasera de la casa y se puso a remodelar. En sus tiempos libres, mi abuela comenzó a confeccionar el vestido de novia. Fue entonces en cuando todo comenzó a salir mal. Dice mi abuela que su tío Felipe, enfermó cuando apenas comenzaba a remodelar esa parte de la casa. Cuenta que cuando tumbaron el enjarre encontraron muchas cosas extrañas tras los muros, cosas como cabellos humanos y una serie de símbolos sin sentido, además de huesos de animales. El tío enfermó de bronquios y decía haber visiones, pero los médicos le decían que era debido a las fiebres que padecía total que al final terminó llevando a un par de hombres que trabajaban con él para que terminaran la labor. Esos hombres, dijo mi abuela, encontraron un baúl escondido dentro de un ropero antiguo. Dentro tenía ropa hecha con telas finas de entre todas las prendas hubo una que dejó a Rebeca enamorada. Era un vestido antiguo de Novia, cuyo velo hecho de seda era de lo más exótico y hermoso hecho cien por ciento con tela de seda de gusanos de China. Entonces, Rebeca le pidió a mi abuela que utilizara el velo en el vestido de Novia que estaba confeccionando. Obviamente, lavaron la ropa, pues solía a años de humedad. Inmediatamente de que encontraron el baúl comenzaron a notar ciertos fenómenos extraños. Dice mi abuela que mientras bordaba un enorme gato golpeaba directamente en la ventana de su taller y justo cuando volteó a mirarlo, lo vio pararse en dos patas y pronunciar su nombre. Mi abuela se asustó tanto que terminó accionando la máquina de coser causándole una gran herida en su mano, derecha de la cual comenzó a gotearle sangre en el piso y de inmediato que cayó al piso su sangre. El gato afuera comenzó a ponerse frenético y golpeó la ventana hasta estrellar el cristal. Mi abuela comenzó a rezar mientras se amarraba un trapo en la herida. En eso el gato saltó y segundos después vio a una mujer de rasgos hermosos. Ll llevaba or un vestido largo y una tierra de picos sobre la cabeza. Duró pocos segundos, pues la mujer corrió en dirección a la parte que estaban remodelando. Los trabajadores dijeron también haber visto a un gato y a una anciana. Decían le tenían miedo al animal, pues mostraba un comportamiento extraño, además de haberlo escuchado. Hablar el tío de mi abuela tuvo que cambiar de trabajadores varias veces, pues el miedo era tal que se negaban a seguir yendo a la casa y los únicos trabajadores que duraron enfermaron de la misma manera que el tío Felipe. Con todo y contratiempos, la casa de Huéspedes estuvo lista lo mismo que el vestido. Aunque dijo mi abuela que tuvo varios accidentes, cada que tocaba el velo y volvió a encontrarse con ese gato endemoniado. En más ocasiones, lo mismo le ocurría a mi madre y tías no querían ni salir al patio, pues decían que si no encontraban al gato, escuchaban que les llamaban desde la higuera era una voz aterradora que le que les prome tió la llevarlos a una habitación donde había juguetes escondidos. Dice mi abuela que no relacionó el velo de Novia con una maldición. Pensaban más que era el cuarto el del problema, pues desde que el tío Felipe comenzó a remodelarlo. La desgracia parecía seguirlos. Se llegó la fecha de la boda y la hermana de mi abuela quiso arreglarse dentro de su nueva casa, pues al parecer, ella era la única que no sentía miedo por el lugar. Además de ignorar todo acontecimiento extraño, dice mi abuela que tal vez lo hacía por simple negación, pero que cada que latía o ella le querían hacer ver que algo andaba mal. Ella se ponía a la defensiva y las acusaba de querer sabotear su boda por no querer a su prometido. El mero día de la boda se enojaron mi abuela y su hermana. Siendo que mi abuela la iba a arreglar, prefirió que lo hiciera una amiga, así que se quedó en la sala junto a sus tíos. Esperaron por horas y al ver que el día se se consumía y faltaban sólo escasos diez minutos para acudir al templo. Decidieron ir en su búsqueda. Poco antes de llegar a la puerta. Notaron que todo estaba apagado, no había ningún ruido. Entonces forzaron la puerta y justo cuando encendieron las luces, la amiga de la tía, Rebeca lanzó un grito, mientras que Rebeca se encontraba sobre una silla con el velo sobre la cabeza. Cuando le retiraron el velo notaron que traía el rostro todo pintarrajeado. Balbuceaba incoherencias. Había perdido la cordura. Sólo una palabra se le entendía de entre todas Bruja. Cuando lograron tranquilizar a la amiga, de quien mi abuela no pudo recordar el nombre, no supo decir qué fue lo que les ocurrió. Sólo dijo que fue como si les hubieran robado tiempo como si su cuerpo hubiese sido llevado a otro plano de existencia, donde una maldita bruja les hizo cosas horribles que no pudo mencionar, pues nuevamente entró en un estado de terror total. La boda se suspendió y llevaron a Rebeca al hospital, donde la terminaron derivando a psiquiatría. No sirvió de mucho, pues, aparte haber perdido la razón, su cabello se había encanecido y murió de un infarto. Poco tiempo después de que también falleció el tío Felipe. La casa fue vendida y mi abuela se casó con un buen hombre, a quien también le nombramos abuelo. Se mudaron a una nueva casa tratando de dejar atrás los recuerdos oscuros y las experiencias traumáticas, aunque la vida continuó. La sombra de lo sucedido siempre persistió en la memoria de mi abuela. Años después, cuando ya había formado su propia familia, mi abuela decidió investigar más sobre la historia de la casa antigua. Descubrió que, mucho antes de que su tío Felipe comprara la propiedad, la casa había sido el escenario de eventos trágicos. Se decía que una mujer víctima de la superstición y acusada de Bruja, fue perseguida y encerrada en la habitación de la casa de Huéspedes. La mujer murió en circunstancias misteriosas y su espíritu quedó atrapado en la casa. El velo de Novia, al parecer pertenecía a la mujer acusada de Brujería. La conexión con ese objeto había desencadenado una serie de fenómenos paranormales y desgracias en la vida de quienes lo tocaban la historia de la mujer acusada y la tragedia que le siguió dejaron una huella imborrable en la casa, afectando a aquellos que vivían allí. El velo y la demás ropa no lo volvieron a encontrar. Dice mi abuela que cuando lo buscaron se quemó de la nada. Lo mismo el resto de la ropa. Yo no conocí a mi tía más que por una foto donde estaba posando con su vestido, incluido el velo. Me hubiera gustado conservar la fotografía, pero muchas veces uno no es cuidadoso con cierto tipo de cosas. Además, no me quiero ni imaginar si mi tía mostraría en realidad el rostro de aquella bruja. Relatos escritos y adaptados por Mauricio Farfán