Dec. 5, 2023

Esto Te Pasará Si No Respetas Un Pacto Con La Santa Muerte Historias De Terror - REDE

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El resultado de un pacto crecí en Lagos de Moreno, un pueblo mágico que se encuentra a dos horas de la ciudad de Guadalajara. Es un lugar que conserva las tradiciones familiares y religiosas. La mayor parte de mi infancia la viví en la casa de mis abuelos maternos, que estaba cerca de la parroquia de nuestra señora de la Asunción. Era una vivienda que tenía un patio grande, con una fuente alrededor. Había muchas habitaciones. Mi mamá se casó cuando era muy joven. Mi padre era ganadero. Él se dedicaba a la crianza de reces para la venta de leche y la carne de los animales. Le gustaba andar a caballo. Era muy hábil para montarlos, aunque no sé qué le ocurrió, porque una mañana llegaron con mi padre completamente bañado en sangre. Lo atendió un médico, pero mi papá estaba muy lastimado por la caída del caballo. No resistió los tratamientos y murió a los pocos días. Tenía diez años. Cuando sucedió aquel terrible accidente, mi hermana era más pequeña. Ella tenía seis años por lo joven que era mi madre. Las personas le preguntaban cuándo se iba a casar de nuevo, pero ella prefirió concentrarse en la crianza de las dos. Teníamos nuestra casa un poco más lejos del centro, pero después que pasó lo de mi padre, nos fuimos a vivir a la casa de los abuelos. Mi mamá lo hizo para no sentirse tan sola por la ausencia de mi papá. Con la ayuda del abuelo, administraba el rancho que mi papá tenía. Con ese dinero, era posible que mi mamá cubriera los gastos del sustento de las tres. Me encantó la idea de irnos a vivir a casa de los abuelos porque me gustaba platicar con mi abuelo. Él me contaba historias de la Revolución que eran más interesantes que las clases de historia. La abuela cocinaba muy rico y con frecuencia había reuniones con el resto de la familia. Mis primos iban todos los domingos. Aún mantengo los mejores recuerdos de ese lugar. Mi tía Fernanda era soltera. A ella nunca le gustó la idea de tener novio y de casarse. Ella decía que era muy feliz de esa manera. Muchos en el pueblo le decían que ya se le estaba pasando el tren, pero a ella no le importaba todo lo que decían. Me gustaba mucho que ella no le hacía caso a los comentarios de las demás personas. Conservaba sus ideales por encima de todos con mi tía Fernanda era con quien mejor me la llevaba. Ella tenía treinta y dos años. Le gustaba leer mucho y hacía cosas distintas al resto de la familia. A mi abuela le gustaba rezar el rosario todas las noches, pero mi tía fer no lo hacía. Ella decía que no le encontraba sentido repetir las mismas palabras un montón de veces. Creo que eran las únicas diferencias que tenía con mis abuelos, porque era una mujer muy trabajadora, pero no sólo de las labores domésticas, sino también ayudaba en el rancho a mi abuelo. Se ponía sus pantalones, sus botas y su sombrero y se iba con él. No sabía exactamente lo que hacía en el rancho, pero ella regresaba al mismo tiempo que mi abuelo. Se le notaba cansada, pero conforme con lo que hacía. Admiraba mucho a mi tía fer por la manera en la que se conducía cuando regresaba de trabajar en el rancho, se bañaba y se ponía un vestido colorido. Era como si se pusiera un disfraz para trabajar y otro para estar en la casa. Entre la tía fer, mi hermana y yo inventábamos juegos para jugar por las noches. Mientras los abuelos y mi mamá rezaban el rosario en la casa, ya se habían acostumbrado a las formas que tenía mi tía Fernanda. Aunque la gente murmuraba en el pueblo. En la escuela me decían mis compañeras que mi tía se había quedado para vestir santos. No entendía lo que me decían, porque si de algo estaba segura era de que a ella no le gustaba rezar ni cambiar al niño Dios. Cuando se ponía en el nacimiento ni cuando lo levantábamos. Lo único interesante de esas festividades eran los tamales que hacía a mí mi abuela. La comunidad en el pueblo era sumamente religiosa. Por eso llamaba la atención que a mi tía no le interesara ir a misa ni a ninguno de los festejos religiosos que hacían durante las fiestas patronales. Por supuesto, le encantaba ir a la feria que se celebraba en los meses de julio y agosto. Era divertido ir con ella porque me compraba de todo. Mi hermana. A veces nos acompañaba, pero como todavía estaba pequeña, se cansaba mucho, así que por lo regular sólo íbamos mi tía y yo Durante la feria había algunos muchachos que se acercaban a platicar con mi tía. Ella los trataba amablemente, pero nunca accedía a sus intenciones amorosas. No sabía por qué motivo. A ella no le interesaba tener novio, porque era muy bonita, al igual que mi madre, como en la mayoría de los pueblos, también en lagos de Moreno había curanderas y parteras que sanaban a las personas con hierbas y limpias. Esas eran una de las cosas por la que mi mamá no tenía tan buena relación con mi tío. Se llevaban muy bien y se relacionaban con respeto y amabilidad, pero no coincidían en sus intereses. A mi mamá no le molestaba que tuviera preferencia por mi tía. Sabía que era una manera extensiva de dar mi afecto a los demás miembros de su familia. Finalmente, nos criamos como miembros de esa familia. Mi hermana era más como el resto de mis primos. A ella también le entusiasmaba la idea de hacer la primera comunión y de tener su vestido A mí no tanto, pero iba al catecismo para no darle un disgusto a mi mamá, porque sabía que le interesaba mucho que tuviera todos los sacramentos de la iglesia. Ya en las siguientes fiestas patronales iba a ser mi primera comunión. Elegía a mi tía Fernanda como mi Madrina. A ella le dio mucho gusto. Me dijo que le encantaba la idea de ser mi Madrina, pero que lo pensara muy bien. No sería el tipo de madrina que todos esperaban. A mi mamá tampoco le importaba. Creo que en el fondo, creía que la tía fer era creyente de sos. Mi tía fer también hacía voluntariado en una casa de niñas huérfanas. Los fines de semana era cuando acudía a dar servicio a ese orfanato. Hacía de todo lo que se necesitara. Preparaba comida, bañaba niñas, cargaba bebés enfermos. Cuando me enteré del voluntariado que hacía, le pedí que me llevara con ella para esa época. Ya tenía catorce años y podía servir un poco de ayuda. Así comencé a hacer un servicio con ella. Se acercaban mis quince años. Mi mamá me decía que me quería hacer una gran fiesta, por supuesto, dándole gracias a Dios porque me permitía llegar a esa edad y un sinfín de cosas que me decía, aunque no me entusiasmaba la idea de ir con un vestido rosa, le dije que no quería una fiesta de quince años. Prefería irme de viaje con la tía fera a un lugar lejano, lo que su presupuesto le permitiera. Fue la primera vez que discutimos. Creo que se sintió decepcionada porque primero empezó gritándome. Cuando tomó conciencia de lo que que hacía, se sentó en una silla del comedor a llorar desconsoladamente. No entendía por qué le preocupaba tanto una fiesta. Mi tía escuchó la discusión y el llanto de mi mamá entró al comedor para preguntar si todo estaba bien. Mi mamá descargó toda su frustración en mi tía le dijo que ella era la responsable que yo fuera así. Me había metido cosas en la cabeza que ahora empezaban a surtir. Efecto, ahora quería hacer cosas distintas a las demás chicas. Mi tía no le dijo nada. Se limitó a retirarse para evitar una discusión con mi mamá. Al día siguiente, mi tía entró muy temprano a mi habitación. Me dijo que quería llevarme por la tarde a conocer una de sus amigas que estuviera atenta en cuanto viera llegar al abuelo me saliera para ir juntas a la casa. De luz. Me entusiasmó la idea de conocer a una amiga de mi tía que, al parecer, era muy importante para ella. En la tarde, mi abuelo entró a la sala de inmediato me salí Mi tía ya me estaba esperando en la camionera para irnos juntas. La casa de su amiga estaba del otro lado del pueblo, en la parte alta de Lagos de Moreno. La camioneta llegó hasta donde se pudo. Después caminamos para llegar con ella. La casa era muy bonita. Estaba adornada con muchas plantas de distinto tipo de flores. Era de las últimas casas de esa colonia. Desde ahí era posible ver todo el pueblo. Las campanadas se escuchaban muy bien hasta arriba lo mejor era que, por la parte de atrás de la casa tenía un jardín enorme con más plantas. Me llamó la atención que al fondo del patio había un altar. Creí que se trataba de la Virgen de Guadalupe, porque vi que tenía un manto blanco que le cubría la cabeza. Alrededor de ella había varias veladoras encendidas. Fui directo hacia el altar. Sin embargo, la voz de mi tía me detuvo. Me dijo que entrara para que viera lo que su amiga iba a hacer. Luz sacó una baraja. No tenía la menor idea de que era. Me dijo que era para adivinar la suerte. Me preguntó si quería que me echara las cartas. Le respondí que sí. Me dijo cosas poco intrascendentes sobre mi futuro, pero cuando le salió una carta, no me la quiso mostrar. La ocultó entre las demás cartas y dijo que todo estaba bien. Mi tía también lo notó, pero no le dijo nada. Le pregunté por qué tenía un altar afuera de su casa, porque con mis abuelos tenían uno con la Virgen en la sala. Ahí no se mojaba ni se deterioraba. Luz sonrió y me dijo que me llevaría a verlo. Cuando estuve de cerca me di cuenta que no era la Virgen de Guadalupe, sino una muerte vestida con un manto blanco. No supe por qué Luz y mi tía le rendían culto a esa entidad. Ellas tocaron a la muerte y le dieron un beso. El resto de la tarde se nos fue muy rápido. Pronto se hizo de noche. La casa se llenó de un olor a incienso que permitía que nos relajáramos muy a gusto. Fue la primera vez que mi tía me compartió un poco de su intimidad al regreso me preguntó cómo me la había pasado. Le respondí que me erra muy bien. Sólo tenía dos dudas. Cuando Luz me echó las cartas. La última no me la quiso enseñar. No sabía por qué. Ni tampoco entendí por qué le rendían culto a la muerte. Mi tía me explicó que no era la muerte, sino la santa muerte y que ella hacía todo tipo de favores sobre la carta. Me comentó que Luz era muy extraña también cuando le echaba las cartas a ella ponía cara de susto. Por eso ya no le pedía que lo hiciera. Cuando llegamos a la casa, mi mamá ya se había calmado. Nos ofreció una disculpa. Me dijo que si no quería fiesta de quince años, no me iba a obligar a hacerla y que le daba mucha alegría ver que tenía una buena relación con mi tía Fer. No le comenté nada a mi mamá sobre lo que vi ni tampoco lo que hicimos en la casa de Luz. Después de tanto tiempo de vivir en la casa de los abuelos, apenas me daba cuenta de que mi tía mantenía una relación muy estrecha con Luz todas las tardes ella iba a verla cuando llegaron las fiestas de la a. Uno de mis tíos que trabajaba en Guadalajara invitó a uno de sus amigos le ofreció quedarse en la casa de los abuelos. Se llamaba Juan. Desde el principio se le notó el interés que tenía por mi tía. También a mi tía Fer le agradó la presencia de ese muchacho. A los doce les veía entusiasmados los días que duraron las fiestas. Mi tía acompañó a mi tío y a Juan. Se notaba que la pasaban muy bien fueron a la corrida de toros. Mi tía le mostró a Juan los lugares más emblemáticos de lagos y sus alrededores. Después que terminaron las fiestas, mi tío y su amigo se fueron. Sin embargo, Juan continuó yendo a la casa. Con cierta frecuencia iba cada quince días a la casa. Recuerdo que era un viernes de octubre cuando Luz llegó a la casa. Era la primera vez que lo hacía. Mi familia era cordial y de trato amable. Esta vez no fue la excepción, aunque sabían los rumores que se decían de luz de que era una mujer extraña que no acudía a la iglesia, la la la la la via la taron a pasar. Ella prefirió quedarse en la entrada de la casa y esperar a mi tía fer Llevaba un trozo de pastel para ella. Hablaron por unos minutos desde el sillón de la sala. Pude ver cuando ellas tuvieron una discusión principalmente luz era la que estaba molesta. Vi cuando se marchó con rapidez. Mi tía se quedó unos minutos en el umbral de la puerta, viendo con tristeza que su amiga se marchaba molesta. No sé qué tan grave fue su discusión, porque mi tía dejó de salir por las tardes. Se quedaba en la casa a hacer otro tipo de actividades. Empecé a notar cambios en mi tía. Poco a poco. Su salud fue desmereciendo. Empezó a decir que le dolía mucho la cabeza, después que se mareaba y que sentía malestar. Aún así, continuaba yendo a trabajar. Cuando llegaba con mi abuelo, comía un poco y se iba a recostar en un principio pensaron que era agotamiento lo que tenía porque se dormía por varias horas durante las tardes una noche comenzó a quejarse de un fuerte dolor de cabeza. Fue a decirle a mi mamá que se sentía muy mal. Escuché cuando le tocó en la puerta de la habitación dormía En el cuarto siguiente. Por lo que escuché lo que mi tía le decía a ella, me levanté a auxiliarla. No terminaba de decirle cuando comenzó a vomitar por el dolor tan fuerte. De inmediato fui por una cubeta para que no tuviera que salir al baño que se encontraba en el patio. Cuando el vómito se dio, fui a tirar el desecho olía horrible. Además, vi que había residuos de sangre y pequeñas cosas negras. Mi tía empezó a sentirse bien. Mi mamá le dio un remedio casero para que ya no tuviera náuseas. Ella se sintió un poco mejor. La llevamos a su habitación con la consigna de que al día siguiente iríamos al médico. Mi tía sintió, se acostó en la cama y se quedó inmediatamente dormida. Le dije a mi mamá que me quedaría a cuidarla el resto de la noche. En su habitación había un sofá muy cómodo. Transmitía dormía la noté inquieta, se movía con frecuencia y balbuceaba palabras que no entendía. Así estuvo por poco menos de una hora después se tranquilizó y pudo descansar mejor. El resto de la noche. Dormí muy poco porque me sucedió una situación inexplicable. Tenía la sensación de que alguien más había en la habitación, no porque viera algo extraño, sino porque la habitación estaba inundada de un olor desagradable, como si alguien más estuviera presente y tuviera ese olor. Al día siguiente, mi tía no fue a trabajar. Acompañé a mi mamá a llevarla al médico de confianza de la familia. Dijo que por los síntomas que presentó, lo más probable era que se tratara de mi graña, pero le iban a hacer estudios antes de dar un diagnóstico. Fue necesario que lleváramos a mi tía a Guadalajara. Cuando Juan se enteró de que ella estaba enferma, quiso venir al lago saberla, pero escuché cuando mi tía le dijo que al día siguiente iríamos para allá que se podían ver en la ciudad. Nos fuimos en camión. Cuando llegamos, Juan nos esperaba en su auto. Nos llevó al hospital indicado por el médico. Después que le hicieron a mi tía los estudios necesarios. Nos llevó a comer a un restaurante muy bonito que tenía una vista panorámica espectacular de la ciudad, aunque a mi tía no se le veía muy animada, comió muy poco, casi dejó toda la comida en el plato. Juan fue muy atento con nosotras, pero especialmente con mi tía, aunque ella se le veía un poco distante. Todos pensamos que se debía al malestar que sentía. Juan nos llevó de regreso a la central de autobuses y nos despedimos de él. El médico, en cuanto vio los estudios, dijo que el malestar de mi tía se debía que tenía mi graña. Le recetó los medicamentos necesarios y nos fuimos tranquilas del consultorio con la idea de que mi tía empezaría a estar mejor. Sin embargo, no sucedió así, mi tía empezó a debilitarse porque comía muy poco. Parecía que se había vuelto intolerante a todo tipo de alimentos, porque en cuanto ingería algo de alimento de inmediato, corría al baño para vomitar. No sucedía en todas las ocasiones que comíamos, pero al menos en una comida al día. Tenía esta reacción. Nos sorprendió una mañana cuando nos dijo que dejaría de ir a trabajar con el abuelo por un tiempo porque se sentía muy cansada. Juan le hablaba por teléfono todos los días e iba los fines de semana a verla, pero la mayor parte del tiempo mi tía estaba dormida. Él terminaba conversando con mi mamá, con alguno de mis abuelos o conmigo. Las primeras semanas. Estuvo interesado por la salud y el bienestar de ella. Él fue el que dijo que fuéramos a Guadalajara a tener otra opinión de un médico, porque él notaba que mi tía no mejoraba. Al contrario, la veía peor que al principio. Le comentamos a mi tía y ella de inmediato accedió seguramente porque se sentía muy mal, ya estaba la mayor parte del tiempo en la cama. Sólo se levantaba para ir al baño y a comer j jun f uedo por nosotras halagos en su auto. Nos llevó a la ciudad con el médico y nos trajo de regreso. El médico que la vio era un neurólogo. Él le mandó hacer más estudios, otro encefalograma y una tomografía reciente. Dio un tratamiento distinto. Dijo que con ese medicamento mi tía se recuperaría muy pronto, pero no fue así. Cada día que pasaba a mi tía se le veía desmejorada. Después de aquella vez que Juan nos llevó al doctor. Empezó a espaciar sus visitas en la casa. Le llamaba menos por teléfono, pero mi tía creo que ni siquiera se daba cuenta del cambio que tuvo Juan, porque la mayor parte del tiempo estaba dormida ya ni siquiera se levantaba a comer por las mañanas. Me iba a la preparatoria. Mi mamá se encargaba de cuidarla por las tardes. Me ponía a hacer la tarea en su cuarto. Acomodé una mesa de madera para poder estudiar y vigilar a mi tía. Era triste ver la manera en que cada día mi tía iba perdiendo fuerzas y vida. Adelgazó mucho el el cabello empezó a caérsela en ciertas zonas, empezó a tener en su cabeza hueco sin cabello y toleraba muy poco alimento. Juan dejó de preocuparse por ella y tomó distancia. Ya no iba a visitarla. Pero ese era el menor de los problemas que tenía mi tía, porque una noche comenzó a toser mucho. Mi mamá fue la primera en levantarse enseguida. Yo lo hice. Pasamos muy mala noche porque mi tía comenzó a vomitar sangre cada día. La vida se le estaba diluyendo. Una sola vez fue a visitarla a su amiga Luz a todos nos sorprendió su visita. Llevé a Luz hasta la habitación de mi tía. Me salí para darles privacidad. Mi mamá me dijo que le llevara a luz un poco del pan que había hecho. Estaba a punto de entrar al cuarto. Cuando comencé a escuchar que Luz le decía a mi tía unas palabras que no entendí. Abrió un poco la puerta, vi a Luz muy cerca del rostro de mi tía con una voz que desconocía. Mi tía se alteró mucho. Entré de inmediato y y lepra pregunté qué le había hecho a mi tía. Ella sonrió y me dijo que mejor se lo preguntara a ella sobre el pacto que había hecho con la Santa. Le exigía a Luz que se marchara. Para ese momento, mi tía trataba de decirme algo, pero tenía muchas náuseas. No pudo decirme por qué empezó a agarrarse su cabeza como si tuviera un dolor muy intenso. Luz se marchó sonriendo. Mi mamá y mi abuela entraron inmediatamente. Cuando escucharon mis gritos, les dije que mi tía se sentía muy mal, Se agarraba su cabeza y gritaba muy fuerte. De repente, se fue tranquilizando hasta que se quedó dormida. Esa noche dormí muy poco. La mayor parte la pasé observando a mi tía porque estuvo muy inquieta y murmuró muchas veces. Casi al amanecer, mi tía comenzó a tener un poco de lucidez. El dolor había desaparecido. Me llamó para que me sentara al lado de ella. Me dijo con voz temblorosa que quería pedirme un gran favor. Me lo pidió llorando. Antes de continuar, mi tía se incorporó un poco su rostro ya no conservaba su juventud ni su alegría, que la caracterizaban. Me dijo que luz había ido para recordarle el pacto que habían hecho las dos ante la Santa muerte, que siempre estarían juntas. Como no lo había cumplido, le pidió a la Santa que la dañara con una enfermedad extraña, la cual no la mataría, pero la mantendría sin poder morir para que sufriera todo el tiempo con la enfermedad y que no podría quitarse la vida a menos que un familiar lo hiciera de otra manera. Estaría eternamente enferma, sintiéndose peor. Cada vez luego que mi tía me reveló este secreto, me pidió que le quitara ese sufrimiento. No podía creer lo que me estaba pidiendo. Me levanté de la cama y le dije que no lo podía hacer. La amaba demasiado como para matarla. Ella llorando me suplicó. Me dijo que ya no podía más. El dolor en la cabeza era cada vez más fuerte. Me pidió nuevamente que lo hiciera, pero no acepté. Me salí de su habitación consternada sin saber qué hacer ni qué pensar. No me atreví a contárselo a mi mamá ni tampoco a mis abuelos, porque sabía cómo pensaban. Esa noche le pedí a mi mamá que cuidara de mi tía. Le argumenté que me sentía muy cansada, aunque no era ese el verdadero motivo. Toda la noche estuve soñando con la muerte. Tuve muchas pesadillas. Al día siguiente me estaba arreglando para irme a la preparatoria cuando mi mamá salió de la habitación de mi tía, pensando que se estaba muriendo porque comenzaba a faltarle el oxígeno. Mientras mi mamá le hablaba al doctor, sabía que ella no se iba a morir. Fue doloroso verla como se agarraba su cabeza. Por tanto dolor Al mismo tiempo trataba de respirar hondamente porque sentía que le faltaba el aire. Era como si la muerte le diera pruebas de lo que se sentía morirse, pero sin llegar hasta el extremo de morir. Fue un momento crucial en el que mi tía me vio con ojos suplicantes. Sólo me quedé viendo como sufría y yo sin poder hacer nada, y fue cosa de minutos hasta que vi cuando sus brazos cayeron inertes. Ella había muerto. Enseguida entró mi mamá. Detrás de ella venía el médico de la colonia. Él, en cuanto la vio, dijo que ya no había nada que hacer. Mi tía había muerto. No puedo asegurar si fue verdad o no, pero desde las primeras noches que me quedé a cuidar de mi tía, sentí la presencia de alguien, porque el cuarto estaba más frío que el resto de la casa. Tenía una atmósfera pesada. Creí que podía ser la santa que la vigilaba todo el tiempo, la tenía en un Estado agónico sin llevarla hasta la muerte. A veces pienso que pude ahorrarle mucho sufrimiento a mi tía haciendo lo que ella quería, pero yo no podía hacer tal cosa. Era una de las personas más importantes en mi vida. Es la primera vez que cuento esta historia a mi familia. Nunca le dije nada. Relato escrito y adaptado por Adriana Cuevas