Esto Te Pasará Si No Respetas Un Pacto Con La Santa Muerte Historias De Terror - REDE

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El resultado de un pacto crecà en Lagos de Moreno, un pueblo mágico que se encuentra a dos horas de la ciudad de Guadalajara. Es un lugar que conserva las tradiciones familiares y religiosas. La mayor parte de mi infancia la vivà en la casa de mis abuelos maternos, que estaba cerca de la parroquia de nuestra señora de la Asunción. Era una vivienda que tenÃa un patio grande, con una fuente alrededor. HabÃa muchas habitaciones. Mi mamá se casó cuando era muy joven. Mi padre era ganadero. Ãl se dedicaba a la crianza de reces para la venta de leche y la carne de los animales. Le gustaba andar a caballo. Era muy hábil para montarlos, aunque no sé qué le ocurrió, porque una mañana llegaron con mi padre completamente bañado en sangre. Lo atendió un médico, pero mi papá estaba muy lastimado por la caÃda del caballo. No resistió los tratamientos y murió a los pocos dÃas. TenÃa diez años. Cuando sucedió aquel terrible accidente, mi hermana era más pequeña. Ella tenÃa seis años por lo joven que era mi madre. Las personas le preguntaban cuándo se iba a casar de nuevo, pero ella prefirió concentrarse en la crianza de las dos. TenÃamos nuestra casa un poco más lejos del centro, pero después que pasó lo de mi padre, nos fuimos a vivir a la casa de los abuelos. Mi mamá lo hizo para no sentirse tan sola por la ausencia de mi papá. Con la ayuda del abuelo, administraba el rancho que mi papá tenÃa. Con ese dinero, era posible que mi mamá cubriera los gastos del sustento de las tres. Me encantó la idea de irnos a vivir a casa de los abuelos porque me gustaba platicar con mi abuelo. Ãl me contaba historias de la Revolución que eran más interesantes que las clases de historia. La abuela cocinaba muy rico y con frecuencia habÃa reuniones con el resto de la familia. Mis primos iban todos los domingos. Aún mantengo los mejores recuerdos de ese lugar. Mi tÃa Fernanda era soltera. A ella nunca le gustó la idea de tener novio y de casarse. Ella decÃa que era muy feliz de esa manera. Muchos en el pueblo le decÃan que ya se le estaba pasando el tren, pero a ella no le importaba todo lo que decÃan. Me gustaba mucho que ella no le hacÃa caso a los comentarios de las demás personas. Conservaba sus ideales por encima de todos con mi tÃa Fernanda era con quien mejor me la llevaba. Ella tenÃa treinta y dos años. Le gustaba leer mucho y hacÃa cosas distintas al resto de la familia. A mi abuela le gustaba rezar el rosario todas las noches, pero mi tÃa fer no lo hacÃa. Ella decÃa que no le encontraba sentido repetir las mismas palabras un montón de veces. Creo que eran las únicas diferencias que tenÃa con mis abuelos, porque era una mujer muy trabajadora, pero no sólo de las labores domésticas, sino también ayudaba en el rancho a mi abuelo. Se ponÃa sus pantalones, sus botas y su sombrero y se iba con él. No sabÃa exactamente lo que hacÃa en el rancho, pero ella regresaba al mismo tiempo que mi abuelo. Se le notaba cansada, pero conforme con lo que hacÃa. Admiraba mucho a mi tÃa fer por la manera en la que se conducÃa cuando regresaba de trabajar en el rancho, se bañaba y se ponÃa un vestido colorido. Era como si se pusiera un disfraz para trabajar y otro para estar en la casa. Entre la tÃa fer, mi hermana y yo inventábamos juegos para jugar por las noches. Mientras los abuelos y mi mamá rezaban el rosario en la casa, ya se habÃan acostumbrado a las formas que tenÃa mi tÃa Fernanda. Aunque la gente murmuraba en el pueblo. En la escuela me decÃan mis compañeras que mi tÃa se habÃa quedado para vestir santos. No entendÃa lo que me decÃan, porque si de algo estaba segura era de que a ella no le gustaba rezar ni cambiar al niño Dios. Cuando se ponÃa en el nacimiento ni cuando lo levantábamos. Lo único interesante de esas festividades eran los tamales que hacÃa a mà mi abuela. La comunidad en el pueblo era sumamente religiosa. Por eso llamaba la atención que a mi tÃa no le interesara ir a misa ni a ninguno de los festejos religiosos que hacÃan durante las fiestas patronales. Por supuesto, le encantaba ir a la feria que se celebraba en los meses de julio y agosto. Era divertido ir con ella porque me compraba de todo. Mi hermana. A veces nos acompañaba, pero como todavÃa estaba pequeña, se cansaba mucho, asà que por lo regular sólo Ãbamos mi tÃa y yo Durante la feria habÃa algunos muchachos que se acercaban a platicar con mi tÃa. Ella los trataba amablemente, pero nunca accedÃa a sus intenciones amorosas. No sabÃa por qué motivo. A ella no le interesaba tener novio, porque era muy bonita, al igual que mi madre, como en la mayorÃa de los pueblos, también en lagos de Moreno habÃa curanderas y parteras que sanaban a las personas con hierbas y limpias. Esas eran una de las cosas por la que mi mamá no tenÃa tan buena relación con mi tÃo. Se llevaban muy bien y se relacionaban con respeto y amabilidad, pero no coincidÃan en sus intereses. A mi mamá no le molestaba que tuviera preferencia por mi tÃa. SabÃa que era una manera extensiva de dar mi afecto a los demás miembros de su familia. Finalmente, nos criamos como miembros de esa familia. Mi hermana era más como el resto de mis primos. A ella también le entusiasmaba la idea de hacer la primera comunión y de tener su vestido A mà no tanto, pero iba al catecismo para no darle un disgusto a mi mamá, porque sabÃa que le interesaba mucho que tuviera todos los sacramentos de la iglesia. Ya en las siguientes fiestas patronales iba a ser mi primera comunión. ElegÃa a mi tÃa Fernanda como mi Madrina. A ella le dio mucho gusto. Me dijo que le encantaba la idea de ser mi Madrina, pero que lo pensara muy bien. No serÃa el tipo de madrina que todos esperaban. A mi mamá tampoco le importaba. Creo que en el fondo, creÃa que la tÃa fer era creyente de sos. Mi tÃa fer también hacÃa voluntariado en una casa de niñas huérfanas. Los fines de semana era cuando acudÃa a dar servicio a ese orfanato. HacÃa de todo lo que se necesitara. Preparaba comida, bañaba niñas, cargaba bebés enfermos. Cuando me enteré del voluntariado que hacÃa, le pedà que me llevara con ella para esa época. Ya tenÃa catorce años y podÃa servir un poco de ayuda. Asà comencé a hacer un servicio con ella. Se acercaban mis quince años. Mi mamá me decÃa que me querÃa hacer una gran fiesta, por supuesto, dándole gracias a Dios porque me permitÃa llegar a esa edad y un sinfÃn de cosas que me decÃa, aunque no me entusiasmaba la idea de ir con un vestido rosa, le dije que no querÃa una fiesta de quince años. PreferÃa irme de viaje con la tÃa fera a un lugar lejano, lo que su presupuesto le permitiera. Fue la primera vez que discutimos. Creo que se sintió decepcionada porque primero empezó gritándome. Cuando tomó conciencia de lo que que hacÃa, se sentó en una silla del comedor a llorar desconsoladamente. No entendÃa por qué le preocupaba tanto una fiesta. Mi tÃa escuchó la discusión y el llanto de mi mamá entró al comedor para preguntar si todo estaba bien. Mi mamá descargó toda su frustración en mi tÃa le dijo que ella era la responsable que yo fuera asÃ. Me habÃa metido cosas en la cabeza que ahora empezaban a surtir. Efecto, ahora querÃa hacer cosas distintas a las demás chicas. Mi tÃa no le dijo nada. Se limitó a retirarse para evitar una discusión con mi mamá. Al dÃa siguiente, mi tÃa entró muy temprano a mi habitación. Me dijo que querÃa llevarme por la tarde a conocer una de sus amigas que estuviera atenta en cuanto viera llegar al abuelo me saliera para ir juntas a la casa. De luz. Me entusiasmó la idea de conocer a una amiga de mi tÃa que, al parecer, era muy importante para ella. En la tarde, mi abuelo entró a la sala de inmediato me salà Mi tÃa ya me estaba esperando en la camionera para irnos juntas. La casa de su amiga estaba del otro lado del pueblo, en la parte alta de Lagos de Moreno. La camioneta llegó hasta donde se pudo. Después caminamos para llegar con ella. La casa era muy bonita. Estaba adornada con muchas plantas de distinto tipo de flores. Era de las últimas casas de esa colonia. Desde ahà era posible ver todo el pueblo. Las campanadas se escuchaban muy bien hasta arriba lo mejor era que, por la parte de atrás de la casa tenÃa un jardÃn enorme con más plantas. Me llamó la atención que al fondo del patio habÃa un altar. Creà que se trataba de la Virgen de Guadalupe, porque vi que tenÃa un manto blanco que le cubrÃa la cabeza. Alrededor de ella habÃa varias veladoras encendidas. Fui directo hacia el altar. Sin embargo, la voz de mi tÃa me detuvo. Me dijo que entrara para que viera lo que su amiga iba a hacer. Luz sacó una baraja. No tenÃa la menor idea de que era. Me dijo que era para adivinar la suerte. Me preguntó si querÃa que me echara las cartas. Le respondà que sÃ. Me dijo cosas poco intrascendentes sobre mi futuro, pero cuando le salió una carta, no me la quiso mostrar. La ocultó entre las demás cartas y dijo que todo estaba bien. Mi tÃa también lo notó, pero no le dijo nada. Le pregunté por qué tenÃa un altar afuera de su casa, porque con mis abuelos tenÃan uno con la Virgen en la sala. Ahà no se mojaba ni se deterioraba. Luz sonrió y me dijo que me llevarÃa a verlo. Cuando estuve de cerca me di cuenta que no era la Virgen de Guadalupe, sino una muerte vestida con un manto blanco. No supe por qué Luz y mi tÃa le rendÃan culto a esa entidad. Ellas tocaron a la muerte y le dieron un beso. El resto de la tarde se nos fue muy rápido. Pronto se hizo de noche. La casa se llenó de un olor a incienso que permitÃa que nos relajáramos muy a gusto. Fue la primera vez que mi tÃa me compartió un poco de su intimidad al regreso me preguntó cómo me la habÃa pasado. Le respondà que me erra muy bien. Sólo tenÃa dos dudas. Cuando Luz me echó las cartas. La última no me la quiso enseñar. No sabÃa por qué. Ni tampoco entendà por qué le rendÃan culto a la muerte. Mi tÃa me explicó que no era la muerte, sino la santa muerte y que ella hacÃa todo tipo de favores sobre la carta. Me comentó que Luz era muy extraña también cuando le echaba las cartas a ella ponÃa cara de susto. Por eso ya no le pedÃa que lo hiciera. Cuando llegamos a la casa, mi mamá ya se habÃa calmado. Nos ofreció una disculpa. Me dijo que si no querÃa fiesta de quince años, no me iba a obligar a hacerla y que le daba mucha alegrÃa ver que tenÃa una buena relación con mi tÃa Fer. No le comenté nada a mi mamá sobre lo que vi ni tampoco lo que hicimos en la casa de Luz. Después de tanto tiempo de vivir en la casa de los abuelos, apenas me daba cuenta de que mi tÃa mantenÃa una relación muy estrecha con Luz todas las tardes ella iba a verla cuando llegaron las fiestas de la a. Uno de mis tÃos que trabajaba en Guadalajara invitó a uno de sus amigos le ofreció quedarse en la casa de los abuelos. Se llamaba Juan. Desde el principio se le notó el interés que tenÃa por mi tÃa. También a mi tÃa Fer le agradó la presencia de ese muchacho. A los doce les veÃa entusiasmados los dÃas que duraron las fiestas. Mi tÃa acompañó a mi tÃo y a Juan. Se notaba que la pasaban muy bien fueron a la corrida de toros. Mi tÃa le mostró a Juan los lugares más emblemáticos de lagos y sus alrededores. Después que terminaron las fiestas, mi tÃo y su amigo se fueron. Sin embargo, Juan continuó yendo a la casa. Con cierta frecuencia iba cada quince dÃas a la casa. Recuerdo que era un viernes de octubre cuando Luz llegó a la casa. Era la primera vez que lo hacÃa. Mi familia era cordial y de trato amable. Esta vez no fue la excepción, aunque sabÃan los rumores que se decÃan de luz de que era una mujer extraña que no acudÃa a la iglesia, la la la la la via la taron a pasar. Ella prefirió quedarse en la entrada de la casa y esperar a mi tÃa fer Llevaba un trozo de pastel para ella. Hablaron por unos minutos desde el sillón de la sala. Pude ver cuando ellas tuvieron una discusión principalmente luz era la que estaba molesta. Vi cuando se marchó con rapidez. Mi tÃa se quedó unos minutos en el umbral de la puerta, viendo con tristeza que su amiga se marchaba molesta. No sé qué tan grave fue su discusión, porque mi tÃa dejó de salir por las tardes. Se quedaba en la casa a hacer otro tipo de actividades. Empecé a notar cambios en mi tÃa. Poco a poco. Su salud fue desmereciendo. Empezó a decir que le dolÃa mucho la cabeza, después que se mareaba y que sentÃa malestar. Aún asÃ, continuaba yendo a trabajar. Cuando llegaba con mi abuelo, comÃa un poco y se iba a recostar en un principio pensaron que era agotamiento lo que tenÃa porque se dormÃa por varias horas durante las tardes una noche comenzó a quejarse de un fuerte dolor de cabeza. Fue a decirle a mi mamá que se sentÃa muy mal. Escuché cuando le tocó en la puerta de la habitación dormÃa En el cuarto siguiente. Por lo que escuché lo que mi tÃa le decÃa a ella, me levanté a auxiliarla. No terminaba de decirle cuando comenzó a vomitar por el dolor tan fuerte. De inmediato fui por una cubeta para que no tuviera que salir al baño que se encontraba en el patio. Cuando el vómito se dio, fui a tirar el desecho olÃa horrible. Además, vi que habÃa residuos de sangre y pequeñas cosas negras. Mi tÃa empezó a sentirse bien. Mi mamá le dio un remedio casero para que ya no tuviera náuseas. Ella se sintió un poco mejor. La llevamos a su habitación con la consigna de que al dÃa siguiente irÃamos al médico. Mi tÃa sintió, se acostó en la cama y se quedó inmediatamente dormida. Le dije a mi mamá que me quedarÃa a cuidarla el resto de la noche. En su habitación habÃa un sofá muy cómodo. TransmitÃa dormÃa la noté inquieta, se movÃa con frecuencia y balbuceaba palabras que no entendÃa. Asà estuvo por poco menos de una hora después se tranquilizó y pudo descansar mejor. El resto de la noche. Dormà muy poco porque me sucedió una situación inexplicable. TenÃa la sensación de que alguien más habÃa en la habitación, no porque viera algo extraño, sino porque la habitación estaba inundada de un olor desagradable, como si alguien más estuviera presente y tuviera ese olor. Al dÃa siguiente, mi tÃa no fue a trabajar. Acompañé a mi mamá a llevarla al médico de confianza de la familia. Dijo que por los sÃntomas que presentó, lo más probable era que se tratara de mi graña, pero le iban a hacer estudios antes de dar un diagnóstico. Fue necesario que lleváramos a mi tÃa a Guadalajara. Cuando Juan se enteró de que ella estaba enferma, quiso venir al lago saberla, pero escuché cuando mi tÃa le dijo que al dÃa siguiente irÃamos para allá que se podÃan ver en la ciudad. Nos fuimos en camión. Cuando llegamos, Juan nos esperaba en su auto. Nos llevó al hospital indicado por el médico. Después que le hicieron a mi tÃa los estudios necesarios. Nos llevó a comer a un restaurante muy bonito que tenÃa una vista panorámica espectacular de la ciudad, aunque a mi tÃa no se le veÃa muy animada, comió muy poco, casi dejó toda la comida en el plato. Juan fue muy atento con nosotras, pero especialmente con mi tÃa, aunque ella se le veÃa un poco distante. Todos pensamos que se debÃa al malestar que sentÃa. Juan nos llevó de regreso a la central de autobuses y nos despedimos de él. El médico, en cuanto vio los estudios, dijo que el malestar de mi tÃa se debÃa que tenÃa mi graña. Le recetó los medicamentos necesarios y nos fuimos tranquilas del consultorio con la idea de que mi tÃa empezarÃa a estar mejor. Sin embargo, no sucedió asÃ, mi tÃa empezó a debilitarse porque comÃa muy poco. ParecÃa que se habÃa vuelto intolerante a todo tipo de alimentos, porque en cuanto ingerÃa algo de alimento de inmediato, corrÃa al baño para vomitar. No sucedÃa en todas las ocasiones que comÃamos, pero al menos en una comida al dÃa. TenÃa esta reacción. Nos sorprendió una mañana cuando nos dijo que dejarÃa de ir a trabajar con el abuelo por un tiempo porque se sentÃa muy cansada. Juan le hablaba por teléfono todos los dÃas e iba los fines de semana a verla, pero la mayor parte del tiempo mi tÃa estaba dormida. Ãl terminaba conversando con mi mamá, con alguno de mis abuelos o conmigo. Las primeras semanas. Estuvo interesado por la salud y el bienestar de ella. Ãl fue el que dijo que fuéramos a Guadalajara a tener otra opinión de un médico, porque él notaba que mi tÃa no mejoraba. Al contrario, la veÃa peor que al principio. Le comentamos a mi tÃa y ella de inmediato accedió seguramente porque se sentÃa muy mal, ya estaba la mayor parte del tiempo en la cama. Sólo se levantaba para ir al baño y a comer j jun f uedo por nosotras halagos en su auto. Nos llevó a la ciudad con el médico y nos trajo de regreso. El médico que la vio era un neurólogo. Ãl le mandó hacer más estudios, otro encefalograma y una tomografÃa reciente. Dio un tratamiento distinto. Dijo que con ese medicamento mi tÃa se recuperarÃa muy pronto, pero no fue asÃ. Cada dÃa que pasaba a mi tÃa se le veÃa desmejorada. Después de aquella vez que Juan nos llevó al doctor. Empezó a espaciar sus visitas en la casa. Le llamaba menos por teléfono, pero mi tÃa creo que ni siquiera se daba cuenta del cambio que tuvo Juan, porque la mayor parte del tiempo estaba dormida ya ni siquiera se levantaba a comer por las mañanas. Me iba a la preparatoria. Mi mamá se encargaba de cuidarla por las tardes. Me ponÃa a hacer la tarea en su cuarto. Acomodé una mesa de madera para poder estudiar y vigilar a mi tÃa. Era triste ver la manera en que cada dÃa mi tÃa iba perdiendo fuerzas y vida. Adelgazó mucho el el cabello empezó a caérsela en ciertas zonas, empezó a tener en su cabeza hueco sin cabello y toleraba muy poco alimento. Juan dejó de preocuparse por ella y tomó distancia. Ya no iba a visitarla. Pero ese era el menor de los problemas que tenÃa mi tÃa, porque una noche comenzó a toser mucho. Mi mamá fue la primera en levantarse enseguida. Yo lo hice. Pasamos muy mala noche porque mi tÃa comenzó a vomitar sangre cada dÃa. La vida se le estaba diluyendo. Una sola vez fue a visitarla a su amiga Luz a todos nos sorprendió su visita. Llevé a Luz hasta la habitación de mi tÃa. Me salà para darles privacidad. Mi mamá me dijo que le llevara a luz un poco del pan que habÃa hecho. Estaba a punto de entrar al cuarto. Cuando comencé a escuchar que Luz le decÃa a mi tÃa unas palabras que no entendÃ. Abrió un poco la puerta, vi a Luz muy cerca del rostro de mi tÃa con una voz que desconocÃa. Mi tÃa se alteró mucho. Entré de inmediato y y lepra pregunté qué le habÃa hecho a mi tÃa. Ella sonrió y me dijo que mejor se lo preguntara a ella sobre el pacto que habÃa hecho con la Santa. Le exigÃa a Luz que se marchara. Para ese momento, mi tÃa trataba de decirme algo, pero tenÃa muchas náuseas. No pudo decirme por qué empezó a agarrarse su cabeza como si tuviera un dolor muy intenso. Luz se marchó sonriendo. Mi mamá y mi abuela entraron inmediatamente. Cuando escucharon mis gritos, les dije que mi tÃa se sentÃa muy mal, Se agarraba su cabeza y gritaba muy fuerte. De repente, se fue tranquilizando hasta que se quedó dormida. Esa noche dormà muy poco. La mayor parte la pasé observando a mi tÃa porque estuvo muy inquieta y murmuró muchas veces. Casi al amanecer, mi tÃa comenzó a tener un poco de lucidez. El dolor habÃa desaparecido. Me llamó para que me sentara al lado de ella. Me dijo con voz temblorosa que querÃa pedirme un gran favor. Me lo pidió llorando. Antes de continuar, mi tÃa se incorporó un poco su rostro ya no conservaba su juventud ni su alegrÃa, que la caracterizaban. Me dijo que luz habÃa ido para recordarle el pacto que habÃan hecho las dos ante la Santa muerte, que siempre estarÃan juntas. Como no lo habÃa cumplido, le pidió a la Santa que la dañara con una enfermedad extraña, la cual no la matarÃa, pero la mantendrÃa sin poder morir para que sufriera todo el tiempo con la enfermedad y que no podrÃa quitarse la vida a menos que un familiar lo hiciera de otra manera. EstarÃa eternamente enferma, sintiéndose peor. Cada vez luego que mi tÃa me reveló este secreto, me pidió que le quitara ese sufrimiento. No podÃa creer lo que me estaba pidiendo. Me levanté de la cama y le dije que no lo podÃa hacer. La amaba demasiado como para matarla. Ella llorando me suplicó. Me dijo que ya no podÃa más. El dolor en la cabeza era cada vez más fuerte. Me pidió nuevamente que lo hiciera, pero no acepté. Me salà de su habitación consternada sin saber qué hacer ni qué pensar. No me atrevà a contárselo a mi mamá ni tampoco a mis abuelos, porque sabÃa cómo pensaban. Esa noche le pedà a mi mamá que cuidara de mi tÃa. Le argumenté que me sentÃa muy cansada, aunque no era ese el verdadero motivo. Toda la noche estuve soñando con la muerte. Tuve muchas pesadillas. Al dÃa siguiente me estaba arreglando para irme a la preparatoria cuando mi mamá salió de la habitación de mi tÃa, pensando que se estaba muriendo porque comenzaba a faltarle el oxÃgeno. Mientras mi mamá le hablaba al doctor, sabÃa que ella no se iba a morir. Fue doloroso verla como se agarraba su cabeza. Por tanto dolor Al mismo tiempo trataba de respirar hondamente porque sentÃa que le faltaba el aire. Era como si la muerte le diera pruebas de lo que se sentÃa morirse, pero sin llegar hasta el extremo de morir. Fue un momento crucial en el que mi tÃa me vio con ojos suplicantes. Sólo me quedé viendo como sufrÃa y yo sin poder hacer nada, y fue cosa de minutos hasta que vi cuando sus brazos cayeron inertes. Ella habÃa muerto. Enseguida entró mi mamá. Detrás de ella venÃa el médico de la colonia. Ãl, en cuanto la vio, dijo que ya no habÃa nada que hacer. Mi tÃa habÃa muerto. No puedo asegurar si fue verdad o no, pero desde las primeras noches que me quedé a cuidar de mi tÃa, sentà la presencia de alguien, porque el cuarto estaba más frÃo que el resto de la casa. TenÃa una atmósfera pesada. Creà que podÃa ser la santa que la vigilaba todo el tiempo, la tenÃa en un Estado agónico sin llevarla hasta la muerte. A veces pienso que pude ahorrarle mucho sufrimiento a mi tÃa haciendo lo que ella querÃa, pero yo no podÃa hacer tal cosa. Era una de las personas más importantes en mi vida. Es la primera vez que cuento esta historia a mi familia. Nunca le dije nada. Relato escrito y adaptado por Adriana Cuevas








