Dec. 24, 2023

Esto Nos Ocurrió Un 24 De Diciembre Historias De Terror - REDE

Esto Nos Ocurrió Un 24 De Diciembre Historias De Terror - REDE

¡ Rápido ! Suscríbete y activa la campanita.
Se parte de la comunidad REDE.
ENVIAME TUS HISTORIAS A: relatosdesclasificados@gmail.com
SÍGUEME EN FANPAGE: https://bit.ly/33H3Og3
SÍGUEME EN INSTAGRAM: https://bit.ly/3dgiBmd

Apple Podcasts podcast player badge
Spotify podcast player badge
Castro podcast player badge
RSS Feed podcast player badge
Apple Podcasts podcast player iconSpotify podcast player iconCastro podcast player iconRSS Feed podcast player icon

¡ Rápido ! Suscríbete y activa la campanita.
Se parte de la comunidad REDE.
ENVIAME TUS HISTORIAS A: relatosdesclasificados@gmail.com
SÍGUEME EN FANPAGE: https://bit.ly/33H3Og3
SÍGUEME EN INSTAGRAM: https://bit.ly/3dgiBmd

Terror en Navidad. Antes de empezar a contar esta historia, me tengo que persignar porque el recordarla me hace sentir escalofríos, quizá porque era un niño cuando me sucedió. Mi familia no es muy grande. Está formada por mi hermano menor Julio, mi mamá, mi papá a, una hermana más pequeña y yo que en ese entonces tendría unos ocho o quizá nueve años. Esto nos pasó en vísperas de Navidad. El veintitrés de diciembre de mil novecientos sesenta y nueve. Teníamos dos días de haber llegado a vivir a esa casa. A mi papá lo habían ascendido en su trabajo y, por fin, después de mucho tiempo, pudo alquilar una casa más grande, aunque muy pegada a las orillas de la ciudad. Desde el primer momento que entramos, al menos yo pude percibir algo extraño. La casa olía demasiado a soledad, como si tuviera muchos años sola. No sé explicar esto, pero se sentía una mala vibra, como si algo malo hubiera sucedido ahí. La mudanza llegó y aventó todas las cosas sin ningún rumbo entre todos. Acomodamos cada cosa en su lugar para empezar a darle forma a nuestro nuevo hogar. Apenas teníamos un día viviendo ahí y ya pasaban cosas raras. Por ejemplo, los adornos cambiaban de lugar en la cocina, desaparecía la fruta y algunos juguetes. Nunca los encontramos. Otra cosa extraña fue escuchar a nuestros vecinos. Siempre tenían música puesta a regular volumen o en ocasiones ponían una especie de zumbido que escuchábamos hasta la casa, sobre todo por las noches, sin comprender para qué era eso. Al segundo día, mi hermana Pequeña se puso mal. Le faltaba el aire, sobre todo por las noches. Como batallaba para poder respirar. Se desesperaba mucho y por esa razón tenía dificultad. Para poder dormir. Tuvieron que comprarle unos medicamentos ya bien instalados. Comenzamos con los preparativos para celebrar la noche buena. Estábamos entusiasmados porque mi papá llegó por la tarde con un árbol natural para decorarlo. Era la primera vez que teníamos árbol de Navidad. Arreglamos la casa con luces de colores, pusimos en la sala el árbol navideño, colocamos algunos regalos que había comprado mi papá y que entregaríamos a la noche siguiente. Sería como las siete de la tarde cuando toda la familia trabajábamos en eso. Recuerdo que era un sábado bastante frío, pero no importaba la alegría de la Navidad ya nos invadía. Eran alrededor de las nueve de la noche cuando terminamos de arreglar y nos dispusimos a cenar en eso estábamos cuando de pronto me di cuenta de algo curioso. El gato que teníamos estaba frente al árbol sin Moverse parecía que se había quedado congelado. Al principio nos causó gracia. Pensamos que le llamaba la atención a aquellas luces que prend bas y apagaban. Le hablamos en repetidas ocasiones, pero no se movía. Terminamos de cenar como a las diez. Hasta entonces nos dimos cuenta que el gato seguía ahí como hipnotizado. Le pusimos atención porque le hablábamos y no reaccionaba. Me levanté intrigado. Lo iba a tocar para ver su reacción, pero respondió con un bufido, enseñando sus filosos dientes. Mi mamá lo espantó. El gato corrió a esconderse debajo de un sillón y ahí terminó todo. Nos retiramos a dormir porque estábamos cansados de todo el ajetreo, pero yo me había quedado inquieto, como no podía conciliar el sueño. Me levanté a medianoche para tomar agua. Caminé hasta la cocina con las luces apagadas. Al voltear hacia la sala, donde estaba el árbol navideño, me sorprendí porque ahí estaba de nuevo el gato mirándolo fijamente. Sintiéndome tenso, caminé despacio ya en la sala, También yo me quedé mirando al árbol, pensando que tal vez había un animal entre las ramas que no habíamos visto, y eso le llamaba la atención a nuestro gato. Por más que fijé la mirada sobre el árbol, no encontré nada raro. Tal vez al verme solo a mitad de la noche en una casa que apenas conocía, me tenía tenso y eso me hacía imaginar cosas Al darme la vuelta para retirarme, el gato hizo ese bufido. Al mismo tiempo se apagaron todas las luces del árbol. Reprendí al gato suponiendo que había sido él quien había movido los cables, pero él seguía estático. No podía haber sido él. Se me vino a la mente pensar que había sido un falso contacto y así lo dejé. Me retiré a mi cuarto. Caminé de nuevo entre la oscuridad de la casa, sintiéndome inquieto. Volteaba nervioso porque tenía esa sensación de que alguien te está mirando sólo que al voltear Nunca miré a nadie. Ya en mi cuarto por alguna razón seguía inquieto. No tenía idea de qué horas serían. Cuando alguien tocó a mi puerta, me sobresalté porque no estaba acostumbrado a eso. En la casa anterior no tenía cuarto propio. Aún así me levanté y abrí para ver qué sucedía. Era mi hermano menor, Julio. Se le notaba asustado cuando me dijo que se escuchaban muchos ruidos en su cuarto. Parecía que algo se arrastraba debajo de su cama. Además, alguien le había jalado los pies. No le creí como quiera. Me dispuse a acompañarlo, porque él siempre había sido muy miedoso. Ya en su cuarto, aunque no se escuchaba nada como él decía si se sentía un ambiente muy pesado. Es más, ahí también se podía percibir que alguien nos estaba mirando con cuidado. Me asomé debajo de la cama, busqué entre las colchas y nada, sin que notara que, al igual que él, me encontraba nervioso. Le dije no es nada como quiera. Me lo llevé a dormir a mi cuarto que se encontraba enseguida del suyo. Apenas nos íbamos a acostar cuando escuchamos algunos ruidos. Al parecer venían de la Recámara de julio. Me dijo que eso era lo que se había estado escuchando toda la noche, pero ahí en el cuarto no había nadie aparte de él. Nos quedamos en silencio unos segundos porque se escuchaba el rechinar de la puerta al abrirse y luego se cerraba haciendo otros sonido similar al anterior. Después de unos minutos de estar escuchando eso, nos miramos a los ojos, porque escuchábamos como el gato corría de un lado para otro, como si persiguiera algo o como si alguien lo persiguiera a él. En su loca carrera chocaba con las cosas e incluso algunas se cayeron de su lugar. Por momentos todo quedaba en silencio. Luego volvía a ocurrir. Escuchábamos un gruñido muy diferente al que producía el gato. Además, parecía que corrían por las paredes o en el techo. En los primeros instantes no me atrevía a asomarme por temor a lo que pudiera hacer aún así con nervios y todos salimos a ver. Al mismo tiempo, mis papás también salieron de su recámara. Nos preguntaron qué pasaba, pero nosotros tampoco sabíamos a ciencia cierta. Con precaución caminamos hasta la sala, donde el árbol de Navidad se encontraba prendido De nuevo. Una cosa rara fue ver al gato parado enfrente mirando las luces. Todo hacía suponer que no había sido él quien corría por toda la casa. Algunas cosas estaban fuera de lugar en la cocina, algunos cajones estaban abiertos, cucharas y tenedores se encontraban en el suelo. Además, las sillas del comedor estaban movidas de donde las habíamos dejado. En la mesa había unos plátanos, pero extrañamente estaban mordidos. Era raro porque nuestro gato no acostumbraba subirse a la mesa para buscar comida y nosotros no lo habíamos hecho. Mi papá se preguntó en voz alta que estaba pasando mientras volteaba para todos lados, prendimos todos los focos, checamos puertas y ventanas. Todo estaba bien cerrado. A mí no se me quitaba la idea de que un animal se había metido y tal vez no encontraba cómo salirse. Se lo hice saber a mi papá Por eso volvimos a checar toda la casa de nuevo, pero no había nada raro en eso estábamos cuando mi mamá se asustó tanto que gritó. Nos aseguró que una figura negra, muy pequeña pasó corriendo de un cuarto a otro. Mi papá le dijo que no era el momento para bromear porque nos iba a asustar, pero mi mamá, pálida como nunca la habíamos visto, decía nerviosa que no era un juego. Yo lo vi decía asustada. Señalaba con su dedo hacia su recámara mientras con la otra mano se persignaba no estoy jugando. Le gritaba a mi papá esa figura, según mi mamá, que no medía más de treinta centímetros, no era un animal común ni nada conocido. Arrastrando las palabras, nos dijo que al parecer era un duende. Mis hermanos y yo estábamos confundidos a esa edad. No sabíamos lo que era eso. Por el aspecto de mi mamá, deducimos que era algo malo, como un demonio o algo parecido. En ese momento, ya todos se nos notaba que estábamos asustados. Mi mamá, nerviosa, recordó que mi hermana estaba sola en la recámara. Mi papá, aunque no creía en duendes, buscó un bate que siempre tenía a la mano escondido por ahí y mi mamá agarró la escoba con el miedo y la preocupación reflejado en su cara. Caminaron para su cuarto, donde mi mamá aseguraba si había metido esa extraña figura. Nosotros nos quedamos en la sala deseando que no pasara nada malo. Volteé a ver el árbol porque el gato no dejaba de hacer ese bufido. Además, tenía la sensación de que algo estaba escondido ahí. Luego de unos segundos me pareció ver unos pequeños ojos que parpadeaban entre las esferas. Quizá era su gestión, porque de repente se me perdían cada que prendían los focos. Tenía que asomarme. Era inevitable me acerqué lo más que pude y fui buscando con la mirada en todo el árbol. Con precaución. Moví los regalos, pero no se veía nada. Había do algo ahí. Estaba casi seguro. Me daba miedo pensar que se camuflagiaba o era invisible, pero ahí estaba pasado un rato. Volvieron mis papás alegando entre ellos porque no encontraron nada. Mi mamá nunca aceptó que lo había imaginado. Estaba segura que esa criatura estaba escondida o se había desaparecido. Lo podían hacer porque eran seres del infierno. De nueva cuenta, revisamos todo y no encontramos nada. Ahí seguíamos con la incertidumbre de no saber qué clase de cosa andaba en toda la casa. Mi mamá no dejaba de rezar. Le pedí a mi papá con insistencia que revisara el árbol navideño, pero un tanto molesto nos mandó a dormir a nuestros respectivos cuartos, mientras él apagaba todos los focos diciendo que no había nada esa noche, Quizá porque estaba a la expectativa de lo que ocurriera, escuché varias cosas extrañas. Primero, el gato se puso a arañar la puerta. Me pareció raro porque nunca antes lo había hecho, pero eso no fue todo. Era de esos gatos que parece que hablan andaba por todo el pasillo diciendo mamá, aunque estábamos acostumbrados a escucharlo en esa ocasión sonaba horrible. Además de otra cosa. Ahora se podía oír claramente que decía otras palabras y reía de una fea manera el solo hecho de escucharlo. Era inevitable que se me erizara la piel. También escuchaba golpes en las paredes. Parecía que anduvieran caminando sobre ellas y sabía que el gato no podría hacer una cosa semejante. Esa fue una noche macabra algo andaba caminando por toda la casa, rasguñando las paredes y emitiendo sonidos extraños que nunca había escuchado. Lo que no desaparecía era aquella sensación inquietante que me tenía en alerta. Eso hacía que volara mi imaginación y pensara que todo era obra del demonio. No me atreví a abrir la puerta ni el resto de la familia lo hizo. Cada quien permaneció en su cuarto esa noche sólo dormimó algunas veces hasta que por fin amaneció a la mañana siguiente, cuando nos levantamos, pasó otra cosa extraña. No encontramos al gato por ningún lado, hasta lo buscamos debajo de las cosas y nada nos quedamos preocupados por lo que le pudo haber pasado. Después de un rato, acomodamos todo en su lugar y mientras desayunábamos, comentamos todas las cosas horribles que nos había sucedido esa noche en la recámara de mis papás dormía mi hermana pequeña. Después que se retiraron a dormir la encontraron debajo de la cuna. Cuando la levantaron, se dieron cuenta que tenía algunos rasguños en sus brazos. Además, por más que buscaron no encontraron su vibrón. Algo raro fue que mi hermana estaba profundamente dormida, ni siquiera despertó cuando mis papás la levantaron y nunca se quejó de los rasguños. Durante la noche. También escucharon los mismos ruidos que nosotros. Además, les tocaron la puerta dos veces. La primera vez abrieron pensando que podríamos alguno de nosotros, pero no había nadie. Por lo mismo. La segunda vez que tocaron ya no lo hicieron. Otra cosa que les pasó fue que escuchaban que alguien rascaba en alguna parte de la casa como si escarbaran para hacer un hoyo no pudieron identificar de dónde provenía ese sonido. En el cuarto de mi hermano, las cosas también se pusieron feas, sombras y pequeñas figuras caminaron por todas partes. Nos contaba Julio, que parecía que se escondían dentro del espejo. En más de una ocasión se treparon a su cama, aunque nunca las pudo ver. En medio de la oscuridad. Escuchaba voces y risas burlonas que no cesaron hasta que amaneció. También yo les comenté lo que había vivido. Todos estuvimos de acuerdo que tal vez la casa estaba embrujada o había algo maligno viviendo ahí que nosotros no habíamos visto, no queríamos aceptarlo. Pero lo más seguro era que había duendes. Ya era veinticuatro de diciembre, Mi mi mar mamá guardaba en un frasco un poco de agua bendita para poner en la casa, pero por la mudanza muchas cosas no las encontraba. Parecía que se las habían escondido. Nos decía que quizá habían sido ellos los duendes. Después de desayunar, revisamos puertas y ventanas. De nuevo todas estaban cerradas. No había como se pudiera haber salido. El gato seguramente no se iba a desaparecer, al menos que aquello que andaba por la casa se lo hubiera comido. Pensar que eso pudiera haber sucedido me producía escalofríos. Pero, por otra parte, si había un animal o un ser maligno, como un duende donde podría estar escondido, teníamos que encontrarlo. No podíamos vivir así. Durante ese día pasaron cosas raras. Por ejemplo, se nos perdieron las llaves del carro de mi papá, además de otras cosas que al final del día las encontramos en un lugar. A la vista de todos. También se apagaban las luces del árbol y de vez en cuando se escuchaba como se caían las cosas en los cuartos que estaban solos. Pero al ir a revisar, todo estaba en orden. Aún con todo, mi mamá preparó la cena ya por la noche. Ni siquiera disfrutamos de la Navidad. Había mucha atención. Solamente nos mirábamos unos a otros cenamos y abrimos los regalos, pero fue todo esa noche nos dormimos todos en la recámara de mis papás, temerosos de que lo podríamos escuchar o ver entrada la noche comenzaron las cosas raras. Ya habíamos quedado que, sin importar lo que escucháramos, no saldríamos del cuarto sólo que pasó lo que menos esperábamos. En medio de todo aquel silencio, escuchamos al gato decir mamá, mi papá nos hacía señas para que no hiciéramos ningún ruido. El gatito se paró frente a la puerta y comenzó a maullar de una manera lastimera. Luego, con sus patitas, parecía que tocaba la puerta. Mi mamá dijo que le abriéramos después de pensarlos hacerlo o no abrimos la puerta despacio sólo unos centímetros. Con eso bastó para darnos cuenta de que el gato no estaba. Mi papá le habló, pero no se escuchó más. Yo miraba constantemente el reloj deseando que corriera el tiempo y pronto amaneciera. Cuando dio las dos de la mañana, escuchamos que se movían las sillas del comedor, además de mucho alboroto. De pronto escuchamos que atacaban al gato. Era tan feo y fuerte el ruido que hacía que mi hermano y yo comenzamos a llorar, imaginando que alguien lo estaba matando quería salir a ayudarlo. Mi mamá nos hacía una seña con su dedo diciendo que no luego todo quedó en silencio. Ni siquiera mi papá se atrevió a salir de su recámara. A pesar de todo lo que se escuchaba, pasamos esa noche todos abrazados, rezando muchos padres, nuestros y aves marías. Mi mamá nos decía que no más amaneciendo. Nos iríamos de ahí. Al día siguiente, cuando al fin amaneció salimos de la recamara. Había muchas cosas tiradas en la sala. El árbol navideño estaba deshecho, adornos y focos estaban destruidos en la cocina. Otra vez los cajones y las puertas de la cocineta estaban abiertos. Se estaba tirando el agua del baño, El rollo de papel estaba esparcido por todas partes como si hubieran andado jugando con él. De nueva cuenta, buscamos a nuestro gato, pero no encontramos rastros de él. No había huellas, ni sangre ni nada. Pareciera que nunca estuvo ahí, aunque lo habíamos escuchado claramente. Escuchaba a mis papás comentar que era mejor que fueran duendes, porque si resultaba que era algo peor, como un demonio, todos estábamos en peligro. Mi mamá se puso a buscar el agua bendita hasta que la encontró con ella roció toda la casa. Pareciera mentira. Después de eso las cosas se calmaron por un rato. Mi papá aprovechó el momento para buscar minuciosamente por todas partes desde la casa. Estaba decidido a saber qué pasaba. Después de unas horas encontró un pozo en el clóset del cuarto de mi hermano. Nos habló para que lo viéramos. No era muy grande, si acaso unas seis pulgadas de ancho. Alumbró con una pequeña lámpara para ver en su interior no estaba muy profundo, pero sí corría para varias partes como si fuera un pequeño laberinto. Según mi papá, se alcanzaban a escuchar algunos sonidos, como si un animal pequeño estuviera ahí metido. Nos volteó a ver nos dijo sorprendido que ahí adentro estaba metido el gato. Al sacarlo, se dio cuenta que ya tenía muchas horas de muerto, porque ya estaba duro y lleno de tierra más que tristeza encontrarlo así, me dio miedo porque nos preguntábamos quién lo había podido esconder en ese lugar. Metió más adentro la mano. Comenzó a sacar juguetes que eran de nosotros, calcetines, pedazos de fruta y algunos dulces ya roídos de las envolturas. Por último, sacó el vibrón de mi hermana. Mi mamá se preocupó o nos dijo que tal vez el duende era el que le robaba el aliento. Seguramente era a ella a quien se quería llevar. No sabíamos que podíamos hacer para espantarlo. No conocíamos nada de eso. Nos salimos de la casa porque mi mamá no quería estar ahí. Nos íbamos a subir al auto cuando un vecino le habló a mi papá platicaron unos minutos. El señor se metió a su casa y mi papá vino a hablar con nosotros. Se le notaba preocupado. Nos dijo que la última familia que vivió allí salió huyendo porque, por culpa de los duendes, un niño pequeño estuvo a punto de morir. Los antiguos inquilinos aseguraban que un duende intentaba robarse al niño por un pozo que tenía debajo de su cama, pero que alcanzaron a quitárselo ya en otras ocasiones habían intentado correr a esos seres poniéndoles algunas hierbas amargas y de fuerte olor, además de dulces envenenados, pero que eso sólo los había hecho enfurecer volviéndose más ofensivos. Le dijo el vecino que esa clase de duendes odian el ruido, además de los rezos y el agua bendita. Por eso ellos todo el tiempo tenían música en alto volumen teníamos que hacer algo, encontrar cómo ahuyentarlos o vivir siempre con cautelas. Si queríamos seguir viviendo ahí. Otra opción era salirnos de esa casa para siempre por temor a que a mi hermana le pudiera pasar algo malo. Nos decidimos, por lo segundo, salimos prácticamente huyendo. Ese mismo día, mi papá consiguió donde pasar la noche. Al día siguiente nos mudamos a otra casa muy lejos. De ahí tiramos muchas cosas, entre ellas el árbol navideño, porque yo estaba seguro que ahí se escondía ese ser. Nunca jamás volvimos a poner un árbol de Navidad en casa y cada veinticuatro de diciembre recordamos todo el terror que vivimos por meternos en un lugar donde los dueños eran los duendes relato escrito y adaptado por gato negro