Especial De Dia De Muertos Historias De Terror - REDE

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Nota de Ramiro contreras. El término DÃa de muertos, en mi opinión, no es un tÃtulo adecuado para la festividad cuyo origen estaba pensado en rendir tributo a aquellos que ya no están con nosotros. El motivo es que no existe un dÃa en particular en el que regresen todos los muertos, sino que existe un dÃa especÃfico en el que regresan ciertos difuntos de ciertas categorÃas. El DÃa de muertos dura una semana. No digo que deberÃa llamarse la Semana de los muertos, pero tal vez los dÃas de muertos serÃa un tÃtulo más apropiado. Esta transición de los que están en el más allá comienza el veintisiete de octubre y concluye el dÃa dos de noviembre. Todas estas festividades se remontan hasta hace unos tres mil quinientos años y no nació en una sola cultura. El origen de los detalles que son caracterÃsticos del DÃa de muertos se pueden rastrear hasta diversas culturas, olmecas, zapotecas, mixtecos, capachas, llopes, klapanecos, huaztecos, chichimecas, y los más importantes fueron aquellos quienes construyeron Teotihuacán. Digo que Teotihuacán es el sitio más importante para comprender cómo se fue construyendo lo que hoy conocemos como el DÃa de Muertos, porque ahÃ, en Teotihuacán hay algo llamado Micaotli, lo que se entiende en español como la calzada de los muertos. El Micaotli es un eje vertical que atraviesa Teotihuacán de norte a sur. El trayecto comienza en la pirámide de la Luna. Atraviesa la pirámide del Sol. El punto donde convergen el este con el oeste los hogares, el hogar del Dios Supremo y va más allá hasta el palacio de Quetzalpapalotl. Todo eso resulta bastante curioso. Todo depende de la interpretación que se le dé, pero en mi humilde opinión, está claro que el Micaotli describe la travesÃa de la uerte almas para visitar a los vivos. Para empezar, el camino comienza en la pirámide de la luna, que es la representación de la noche. Los muertos comienzan su travesÃa durante la medianoche. Después el camino pasa frente a la pirámide del sol, que es la representación del dÃa. Esto no significa que los muertos lleguen al amanecer, porque el camino termina ahÃ, sólo pasa al lado, simbolizando que la travesÃa de los muertos dura varios dÃas. Después, el camino atraviesa el punto donde convergen el este con el oeste, que es la representación del mediodÃa, justo el punto opuesto a la medianoche, lo que simboliza que el trayecto al mundo de los vivos ha terminado. Después el camino pasa por en medio de las casas donde vivÃa la gente. Lo que es lógico si su trayecto ya terminó, es porque han llegado al lugar al que querÃan ir, es decir, con sus seres queridos que siguen en este mundo. Después, el camino pasa frente a la pirámide de onda de Quetzalcoatl, el Dios Supremo, lo que simboliza que los muertos, luego de visitar a sus familiares, deben presentarse ante el Dios Supremo. Supongo que para rendir cuentas y saber si el próximo año tendrán el permiso de volver a realizar el recorrido. Después el camino pasa frente al Palacio de Quetzalpapalotla, que ahà era donde vivÃa la élite de los sacerdotes. En ese palacio hay representaciones del jaguar, de la Mariposa y del quetzal. El jaguar simboliza el cuerpo fÃsico, la mariposa simboliza el espÃritu y el quetzal simboliza la conexión de lo terrenal con lo sagrado. Asà que se podrÃa entender que el palacio de Quetzalpapalotl representa un lugar en el que convergen los espÃritus. Entonces, el hecho de que el camino pase frente a ese lugar significa que los muertos, luego de que ya visitaron a sus seres queridos, después de que ya saben si el siguiente año podrán volver o no, entonces llegan al recinto en el que están las espada era del siguiente año. El veintisiete de octubre regresan las mascotas aquella noche, mientras el sol se retiraba y la oscuridad comenzaba a dueñarse del cielo, me hallaba en la soledad de mi hogar, envuelto en la tristeza de la reciente partida de mi fiel compañero, mi perro Duque. Su ausencia dejaba un vacÃo en mi corazón, un silencio que resonaba dolorosamente en los rincones de la casa, pues ya no se escuchaban sus ladridos. El hecho de saber que jamás lo volverÃa a ver me hacÃa llorar de una forma muy preocupante para mis padres. Yo estaba muy mal, asà que llamé a mi mejor amigo, que es casi como mi hermano, y él llegó a la casa en menos de diez minutos. Juntos nos sentamos en las escaleras mientras yo sostenÃa entre mis brazos el cuerpo de mi perro duque habÃa muerto por la edad. Estuvo conmigo casi por quince años. Mi amigo intentó consolarme Me recordó que faltaban tan sólo unas pocas semanas para las fechas en que los muertos regresan y me aseguró que mi perro también regresarÃa. Lo que yo le dije a mi amigo fue que el primero y el dos de noviembre Ãbamos a salir a Monterrey a casa de la abuela. Asà que, aunque mi perro regresara, yo no estarÃa en casa para recibirlo. Pero entonces mi amigo me dijo que los animales regresaban unos dÃas antes, el veintisiete de octubre. Pasaron las semanas. Llegó la fecha para esto. Yo le habÃa hecho un pequeño altar dentro de la casa de madera, donde duque solÃa dormir. SerÃan la una o dos de la madrugada cuando unos ladridos me despertaron. Los ladridos venÃan del patio. Me asomé por la ventana y me di cuenta de que todo el patio estaba cubierto por una extraña bruma blanquecina. Rápido salà corriendo al patio, pero cuando apenas iba en el pasillo de aquella extraña bruma, salió mi perro Duque estaba ahà parado delante de mÃ. Quise acercarme para caer, pero él hizo un gesto que siempre hacÃa cuando me querÃa dar a entender que no debÃa moverme de mi lugar. Ladró dos veces y luego desapareció. Aquella experiencia no fue sólo un adiós, sino un testimonio de la belleza y el misterio que envuelve la existencia. Mi fiel amigo Duque me dejó una enseñanza la vida en su incesante ciclo Es un recordatorio de la conexión eterna entre los seres que han trascendido y los que aún estamos aquÃ. Fue asà como en esa noche cercana. Al dÃa de los muertos, descubrà que los animales como mi amado perro duque también poseen un alma que perdura más allá de su partida. Veintiocho de octubre regresan las vÃctimas. Estudié la secundaria en el Estado de México. Mi escuela no era precisamente la que tenÃa mejor reputación. Era una institución pública que, de hecho estaba por debajo del Po Medio. La situación era tal que se decÃa que los maestros que tenÃamos eran los maestros que habÃan corrido de otras escuelas. Nos daban solamente quince minutos para el receso entre clases. En mi salón estaba arit no quiero sonar vulgar, pero digamos que no parecÃa estar en secundaria. Estoy seguro de que su fÃsico le permitÃa pasar a los bares, haciéndose pasar por mayor de edad. Su comportamiento tampoco era el tÃpico de una muchacha de secundaria, por lo menos no para los estándares de aquel entonces era muy llamativa. A propósito, le gustaba que todos la viéramos. Ni siquiera lo disimulaba. No quiero hablar de más, pero puedo apostar a que se llevaba demasiado bien con el prefecto, con varios maestros y, de seguro, también con el director. Esto lo digo porque le daban permiso de fumar no dentro de los salones, pero sÃ, durante los quince minutos del receso era la única que tenÃa ese privilegio. Sus calificaciones no eran buenas, asà que es evidente que tenÃa otras aptitudes. Yo no era de los más listos del salón, pero sà era bastante aplicado, es decir, mi fuerte. No eran los exámenes, pero en cuanto a tareas yo era excelente. En una ocasión, Arit se acercó conmigo para decirme que no habÃa terminado una tarea y me pidió que la ayudara a terminarla. Yo le dije que sÃ. Durante el receso, en lugar de salir, nos quedamos en el salón. La tarea era de la materia que daba una maestra y Arit sólo se llevaba bien con los maestros, no con las maestras. Por eso sà querÃa entregar esa tarea para evitar el regaño. No tardamos mucho. En realidad era algo fácil. TodavÃa quedaban como cinco minutos para que terminara el receso y éramos los únicos que estábamos en el salón. Entonces ella me preguntó qué iba a querer. Yo le respondà que nada. Arid me miró extrañada, me dio las gracias y salió del salón. Yo ya no le vi sentido a salir, asà que saqué mis tacos y y me los us comà en lo que sonaba el timbre. Ya cuando todos regresaron al salón, Ari fue a mi lugar y me dio unos fritos que me habÃa comprado. Después de eso nos hicimos muy buenos amigos. Al momento de salir de la secundaria y entrar a la preparatoria, no fuimos a la misma escuela aún asÃ. Yo procuraba ir a su casa los viernes o los sábados, a veces entre semana cuando no me dejaban tarea. Con el pasar de los meses, nos fuimos viendo cada vez menos hasta que llegó un punto en el que yo ya no fui a verla y no volvà a saber de ella. En la graduación de la Universidad, un amigo me ofreció un cigarro. Yo nunca fumé. Sin embargo, cuando me ofrecieron ese cigarro, tuve un recuerdo porque era la misma marca de la que Ari fumaba durante la secundaria. Por un instante recordé todos los momentos agradables que pasé con la única amiga que tuve en la secundaria, cosas como que ella pasaba todas las festividades en casa de mi familia. Sus padres peleaban todos los dÃas, Nunca le prestaban atención y en su casa siempre habÃa gritos. Por eso ella preferÃa estar conmigo. Ella podrÃa haber elegido la compañÃa de cualquiera, pero yo era su único amigo. Jamás intenté nada más y supongo que ella lo apreciaba. El DÃa de Muertos era celebración favorita de arit los tres años de secundaria. Ayudó a mi mamá a preparar el pan de muertos para ponerlos en el altar y los dÃas dos de noviembre cenaba ahà con nosotros. Haber recordado todo eso, me hizo preguntarme qué era lo que habÃa pasado con ella. Pero para ese punto mi vida ya era una agenda llena y nunca me di el tiempo de ir a buscarla a su casa. Siguió pasando el tiempo, a pesar de que nunca fui el mejor de la clase. El empeño que le ponÃa a todas las cosas hizo que de los de mi generación en la carrera, yo fuera el que consiguiera el mejor empleo. Supongo que la suerte también me ayudó un poco. Con veinticinco años traba bajaba en una empresa importante, tenÃa una oficina y hasta mi propia secretarÃa. Hasta ese momento seguÃa soltero, No porque tuviera mala suerte con las mujeres, sino porque, en realidad siempre tuve claras mis prioridades, las cuales eran comprarme una casa y un muy buen auto. En una ocasión tuve que viajar a Tijuana y por supuesto que aproveché para ir al Hong Kong. Los de ahà le dicen la comida china. Muchos hombres sabrán de lo que les estoy hablando. Nada más entrar Le hice la seña a un mesero le di unos billetes para que me diera un buen lugar y me consiguiera buena compañÃa. Enorme fue mi sorpresa cuando la muchacha que me llevó el mesero era arit de inmediato. Nos reconocimos hasta el mesero se dio cuenta. Por lo mismo me comentó que podÃa traerme a otra muchacha. Yo le dije que no era necesario. Saqué mi billetera. Le encargué una moet y unos cigarros de la marca que ar fumaba. También le dije que se si alguien preguntaba por ella que les respondiera que no iba a estar disponible que yo iba a estar pagando por su compañÃa toda la noche. Ella al principio se mostró un poco apenada, pero yo la saludé con mucho gusto. La senté y empezamos a platicar. Estuvimos platicando durante casi siete horas. Nos pusimos al dÃa. Recordamos viejos tiempos. Me contó de su vida como la escuela. Nunca fue lo suyo en cuanto cumplió los dieciocho. Se fue del Estado de México para buscar trabajo y, como siempre, fue de muy buen ver, pues la contrataron en ese lugar le iba muy bien. De hecho, en una semana ganaba más dinero que yo. En una quincena a eso de las seis de la mañana nos despedimos y quedé de visitarla. En mi siguiente vuelta para volver a platicar llegó el dos de noviembre y, como todos los años, yo fui a cenar a casa de mis padres. También pasé al cuarto, donde mi madre ponÃa el altar para mostrar mis respetos a los difuntos. Pero esa ocasión fue diferente porque, al momento de estar frente al altar, cuatro velas se apagaron. Fueron las cuatro velas que estaban alrededor del plato, donde estaba el pan de muerto. No sé por qué, pero eso me hizo pensar en arit. No fue una sensación agradable. De hecho, fue como un escalofrÃo que hasta me hizo pasar saliva. Al mismo tiempo pude percibir un muy marcado olor a cigarro. Nadie en la familia fumaba. Es curioso porque ese mismo olor también lo habÃa percibido la semana anterior el siguiente año, Tres dÃas antes de halloween, yo estaba en mi oficina preparando todo para una junta en la que Ãbamos a analizar los resultados obtenidos a través de una campaña de publicidad. Antes de ir a esa junta, percibà un olor a cigarro. Lo primero que hice fue voltear a ver a mi secretaria y le pregunté si ella podÃa oler el cigarro, pero me respondió que no. Esa situación fue tan extraña que tuve que ir al baño a enjuagarme la cara. Una vez más llegó la cena del dos de noviembre y, al igual que el año anterior, al momento de pararme frente al altar, se volvieron a apagar las velas que estaban cerca del pan de muerto, al mismo tiempo que me llegaba el olor a cigarro. En ese instante salà de la casa de mis padres. Ni siquiera me despedÃ, sólo salÃ. Subà a mi auto, conduje al aeropuerto y algunas horas más tarde estaba aterrizando en Tijuana. Llegué al Hong Kong, a eso de las cuatro de la mañana del tres de noviembre pregunté por Arit, pero me dijeron que ahà las muchachas se pedÃan por nombre artÃstico, no por nombre personal. Yo no tenÃa idea de cuál era el nombre que utilizaba Aritta. AhÃ, lo que hice fue describÃrsela al mesero y me dijo que ya tenÃa mucho tiempo que ella no trabajaba. Ahà saqué unos billetes y le dije que me consiguiera a alguna muchacha que hubiera sido amiga de ella. Me llevó a una le pedà algo para que tomara algo y ya que le trajeron su copa, fui directo al grano y le pregunté por mi amiga. Ella se puso nerviosa, no querÃa hablar. Le dije que me dijera lo que sabÃa y que podÃa irse que yo le pagarÃa como si ella hubiera estado ahà conmigo durante horas. Me miró como incrédula. Entonces me dijo que mi amiga ya no trabajaba ahà porque la habÃan matado dos años antes, en el mes de julio, que se fue con un par de clientes extranjeros a darles un servicio. No es que se hubiera ido con ellos lejos. El lugar donde se dan los servicios está cruzando la calle y es de los mismos dueños. Luego de un rato, los extranjeros dejaron el lugar. Cuando la persona que limpia entró a la habitación la encontró muerta. La habÃan asfixiado, como ella nunca mencionó que tuviera familia, pues el cuerpo habÃa terminado en la fosa común de algún cementerio, pero ella no sabÃa de cuál. Le agradecÃa a la muchacha y se fue. Yo Me pedà unos cuantos tras para poder procesar esa noticia tan amarga. Fue una noticia muy fuerte, sobre todo por la forma en la que ella dejó este mundo de una manera tan cruel, tan inhumana. No fue justo. Pasó otro año. Regresó el dÃa de muertos. Ese dos de noviembre, yo llegué a casa de mis padres con la foto de Arit. Fui al altar y le hice un pequeño espacio ahà cerca del pan de muerto. En esa ocasión las velas no se apagaron, pero el olor a Cigarro sà me llegó. Varios años después esta experiencia se la comenté a un amigo y él me dijo que estaba bien que yo pusiera su foto en el altar que hacÃa a mi mamá, pero que era mejor si yo le ponÃa un pequeño altar en mi casa, porque el espÃritu de mi amiga necesitaba una vela encendida desde el veintiocho de octubre, no sólo el dÃa dos de noviembre. Yo le pregunté por qué, y lo que me respondió fue que, según la tradición, todos los muertos comienzan su viaje el mismo dÃa, pero unos tardan más que otros en llegar, que los primeros que llegan son los animales, porque su alma es más ligera y que por eso pueden viajar más rápido que ellos llegaban el veintisiete de octubre y que al dÃa siguiente llegaban todas las almas de aquellas personas que habÃan muerto siendo vÃctimas, es decir, que no murieran por cuestiones de salud, que su muerte hubiera sido provocada por otra persona, independientemente de que fuera por accidente o intencional. Entonces, como mi amiga, habÃa sido asfixiada, pues ella llegaba desde el veintiocho de octubre y desde aquel entonces, todos los años, cada veintiocho de octubre. Yo le enciendo una vela a mi amiga Arit veintinueve de octubre. Regresan los ahogados. Recuerdo las historias contadas sobre la Llorona desde que era niño, relatos con los que mi madre solÃa atemorizarme para evitar que a mà se me ocurriera ir a hacer travesuras a las orillas del rÃo entre vecinos. Las narraciones sobre esta misteriosa figura se transmitÃan. Algunos aseguraban haberla visto, otros decÃan haber escuchado su llanto desgarrador. Muchos años después, cuando ya era una adolescente, una frÃa mañana de la última semana de octubre, mi madre y yo salÃamos de la iglesia tras la misa Vespertina. Como de costumbre, ella aferrada a sus rezos, se demoraba en los escalones de la iglesia. Al bajar miré fugazmente a una mujer vestida con un largo vestido de color azul claro como el cielo su rostro oculto bajo un velo del mismo tono, sostenÃa entre sus manos. Una rosa carmesÃ. Al volver la mirada para mirarla mejor, se habÃa esfumado. Al dÃa siguiente, mis amigos y yo paseábamos por las afueras del pueblo, una zona generalmente repleta de lirios rojos en verano. Ahora yacÃa en un estado de la onocólico por el avance hacia el mes de noviembre. Entre esas desoladas flores, noté una que, contra toda lógica, relucÃa con esplendor. Decidà obsequiársela a mi madre al agacharme para tomarla sentà un frÃo escalofriante recorrerme al ponerme de pie ya con la flor en la mano, una tela de color azul claro se deslizó frente a mÃ. De hecho, hasta rozó mi cara. Fue algo muy raro, porque cuando la tela dejó de taparme la vista, no habÃa nadie ahÃ, ninguna tela. Al regresar a casa, le entregué la flor a mi madre. Me retiré a mi habitación con una botella de refresco intentando despejar mi mente inquieta por lo que habÃa pasado. La ventana de mi cuarto ofrecÃa una vista hacia el patio, reflejando en su opuesta pared el gran espejo de mi Ropero al terminar el refresco, me acerqué al armario en busca de ropa. Al cerrar la puerta del ropero y ver el reflejo del espejo, noté una presencia. La misma figura en vestido celeste estaba afuera en el patio del otro lado de la ventana. Mi reacción instintiva fue lanzar la botella contra la ventana. Mi madre, alertada por el estruendo, entró en mi habitación exigiendo una explicación inventé una excusa sobre una araña para no decirle lo que en verdad habÃa visto. Yo siempre le tuve pavor a las arañas, asà que me creyó sin más. La noche avanzaba y con ella una quietud inusual que envolvÃa las calles. Entonces mi madre me mandó a comprar pan dulce. Me dijo que me apurara porque al parecer iba a llover en el breve trayecto a la panaderÃa. La sensación de estar siendo vigilado me acechaba. La lluvia empezó a caer con fuerza ya cuando iba de regreso a casa. Los truenos resonaban en el cielo. Ya estando prácticamente afuera de la puerta, sentà una helada mirada a posarse sobre mÃ. A lo lejos entre la cortina de la lluvia la figura vestida de celeste me observaba unos diez metros de distancia. El frÃo que sentÃa debido a que me habÃa empapado con la helada lluvia se disipó al probar el atole humeante que me sirvió mi mamá. La cena transcurrió en calma. Mientras mi madre y yo compartÃamos recuerdos de mi infancia, anécdotas de travesuras y memorias sobre mi difunto padre. Luego nos fuimos cada quien a acostar en la madrugada. Mientras yo dormÃa en el silencio de la noche, un infarto arrebató la vida de mi madre. Mientras dormÃa sólo el recuerdo de aquella última cena agradable se convertÃa en un destello de consuelo en medio de la devastación. El velorio fue un momento desgarrador. Mis amigos y vecinos acudieron a la iglesia para acompañarme en mi dolor. Buscando un breve respiro, me encaminé hacia el baño en un intento por recomponerme un poco para no derrumbarme ahà en la iglesia, me paré frente al espejo del baño tratando de retener en mi memoria el rostro de mi madre. Al regresar, descubrà una rosa color carmesà junto al féretro, una flor que no estaba allÃ. Cuando salà para ir al baño, pregunté a mis amigos si habÃan visto quién la habÃa dejado, pero nadie vio nada. Después nos fuimos al panteón. Mis lágrimas testigos de un dolor indescriptible acompañaron el último adiós a mi madre. Los minutos se convirtieron en horas mientras permanecÃa de pie inmóvil frente a la tumba de mi madre. No sabrÃa precisar el tiempo transcurrido y, de repente, la lluvia se desató como un lamento del cielo. Al voltear en una dirección, miré a la mujer del vestido celeste. Estaba ahà debajo de un gran árbol, mirando hacia dónde estaba yo. Luego, mientras yo aún la miraba, desapareció. No tengo ninguna duda de que esa era la llorona. Ahora que lo pienso, tiene sentido que apareciera en esas fechas de octubre, pues hay un dÃa especÃfico en el que regresan los espÃritus de todos aquellos que murieron ahogados y, como dice la leyenda, ella, después de que ahogó a sus hijos, también se quitó la vida en el rÃo. Siento que esa mujer, quizás arrepentida por haber cometido aquello, busca consolar a quienes enfrentamos la pérdida de una madre. Creo que ella intentaba advertirme de que mi madre iba a morir. Es por ello que, desde aquel entonces, en mi altar de muertos, le enciendo una vela a mi madre y otra a la Llorona. Treinta de octubre regresan los olvidados. Me llamo ElÃas. Soy un taxista que conoce cada esquina y callejón de la ciudad donde vivo. Durante años he sido el silencioso confidente de pasajeros ebrios, amantes, furtivos, trabajadores exhaustos y turistas maravillados. Pero nunca en todos mis años, tras el volante, habÃa sentido una atmósfera tan opresiva como la de esa fatÃdica noche. Era como si la ciudad guardara un secreto oscuro, como si las almas que regresaban para el dÃa de los muertos trajeran consigo historias más siniestras y pesadas que nunca. Justo después de dejar a un grupo de turistas, tuve que regresar por esa vieja carretera que muchos evitaban. Al caer la noche a lo lejos, miré la figura solitaria de alguien envuelto en la oscuridad y el silencio nocturno. Al acercarme, las luces de mi taxi iluminaron la silueta de una mujer vestida con un traje tradicional. Su vestimenta me recordaba imágenes antiguas de las celebraciones del DÃa de los muertos, como sacadas de los viejos álbumes familiares. El velo, que cubrÃa gran parte de su rostro, no lograba ocultar la profundidad de sus ojos negros. Me detuve y le pregunté si necesitaba viaje con una voz apagada. Me respondió que sÃ. Subió al taxi Me dijo que dirección tomar y arranqué conforme avanzábamos. La estación de radio que llevaba puesta empezó a fallar hasta que se volvió puro ruido de estática, asà que opté por apagar el radio. Un aire denso y frÃo llenó el interior del taxi mi piel se erizó mejor. Subà el vidrio, me sacudà el frÃo y apoyé mis manos con firmeza en el volante, intentando concentrarme en el camino. Hasta ese momento, la mujer habÃa permanecido en absoluto silencio y, como todos saben, a los taxistas nos gusta hablar. Decidà romper el silencio tratando de iniciar una conversación. Va a visitar a alguien especial, pregunté tratando de mantener mi voz calmada y amigable. No obtuve respuesta, aunque su silencio era desconcertante, el gesto de la mujer era sereno tranquilo. A medida que avanzábamos, el tramo me empezó a aparecer de más largo. No sabrÃa explicarlo, pero tenÃa la impresión de que, a pesar de que evidentemente me estaba moviendo, sentÃa que no estaba avanzando. Finalmente, llegamos hasta un cruce donde en una de las esquinas estaba un pequeño altar a la Santa muerte. La pasajera me señaló en esa dirección dándome a entender que, en lugar de seguir derecho, diera vuelta a la izquierda. Justo cuando pasé frente al altar de la Santa Muerte, la mujer me dijo muchas gracias por haberme traÃdo. Mi familia se olvidó de mà mucho tiempo atrás. No me encienden velas. Por eso sigo vagando la Santa muerte. Me dijo que ella me ayudarÃa a descansar si yo venÃa a su altar y tú me has traÃdo. Por eso te agradezco. Yo quedé completamente mudo ante lo que esa mujer estaba diciendo. Volteé a verla para pedirle que se dejara de bromas, pero el asiento trasero estaba vacÃo. Treinta y uno de octubre regresan lo no bautizados aquà más que una historia. Quisiera dar una pequeña aclaración. Como bien saben, todo esto del DÃa de muertos no solamente es una evolución de las tradiciones de nuestros ancestros, sino que también es una mezcla con la tradición católica. Entonces, para hablar sobre el treinta y uno de octubre, no se puede hablar de nuestros ancestros, porque la tradición dice que es cuando vuelven las almas de aquellos niños que no fueron bautizados, y el bautismo no tiene nada que ver con nuestros antepasados. Es algo que trajo la Iglesia Católica. Antes. La Iglesia nos decÃa que los niños sin bautizar iban al limbo. Ahora no. Si se buscan referencias al limbo en el catecismo de la Iglesia Católica, no se encontrará ninguna Esto es porque la existencia del llamado limbo nunca ha sido algo que se ha mencionado en la Biblia. Era una solución teológica a un problema que se planteaba con los niños muertos sin bautizar. Se pensaba que no podÃan ir al cielo, porque la gracia es un don gratuito que se recibe con el bautismo y al no recibirlo, no podÃan acceder a la gloria. Por lo tanto, se suponÃa que no podÃan entrar al cielo. A la vez. Tampoco podÃan ir al infierno ni al purgatorio, porque ahà sólo se puede ir a causa de los pecados cometidos y en este caso no lo habÃa porque eran bebés recién nacidos o con muy poco tiempo de vida. La conclusión es que tendrÃan que ir a un sitio distinto de los anteriores, donde gozarÃan de una especie de felicidad natural sin la gloria y a ese lugar se llamaba el limbo. Semejante razonamiento parecÃa tener su lógica claro dentro de las creencias católicas, pero con el paso de los años se ha demostrado que considerar la existencia del limbo crea más problemas de los que pretendidamente solucionar. Por eso, ahora ya no se contempla el la existencia del limbo. Independientemente de todo eso, la tradición dice que cada año, durante el último dÃa del mes de octubre, todos aquellos pequeños que murieron antes de ser bautizados pueden regresar para encontrarse con sus padres que siguen vivos. Uno de noviembre regresan los niños. Cuando era pequeño, solÃa convivir mucho con la familia de mi madre y poco con la de mi padre, cosa contraria a lo que pasa Hoy en dÃa, la familia de mi madre mostró su verdadera cara, dejando ver que muchos de ellos eran unos completos idiotas. En fin, el punto es que cuando era niño pasaba mucho tiempo, ya fuera en casa de la abuela o en casa de alguna de mis tÃas. La diferencia de edad entre la mayor de mis tÃas y la menor era inmensa. La mayor le llevaba veintisiete años a la menor, asà que cuando yo tenÃa doce años, la menor de mis tÃas tenÃa diecisiete. Por lo tanto, mi relación con ella era más de primos. Yo ni siquiera le decÃa tÃa. La llamaba por su nombre. Ana. No dirÃa que nos llevábamos como los mejores amigos, pero definitivamente nos llevábamos muy bien. Cuando Ana tenÃa diecinueve años, tuvo su primer novio siempre fue muy tÃmida. Por eso tardó tanto en tener pareja. Antes de cumplir los veintiuno ya estaba dando a luz a su primer hijo y antes de cumplir veinticuatro ya tenÃa a su segundo hijo. Cabe aclarar que mi tÃa nunca se casó. Ella y su pareja vivÃan en unión libre, cosa que, por supuesto, nunca les agradó a mis abuelos, que estaban criados a la antigua. Ya saben como católicos de huesos colorados, asà que mis abuelos consideraban que mi tÃa y su pareja estaban viviendo en pecado. En cierto momento, la relación de Ana con su pareja se empezó a descomponer. Peleaban mucho, se gritaban, se insultas y, de hecho, en más de una ocasión llegaron a la agresión fÃsica. Tanto ella como él. Los dos estaban mal, pero, pues claro que la familia se puso de parte de Ana. Aquello se volvió insostenible para ambos y en un arrebato, el tipo se llevó a los niños y desapareció. Por supuesto que se hicieron denuncias, pero en la ciudad en la que vivÃamos y en el año en que esto sucedió, tanto la policÃa como el ministerio público consideraron que un padre no podÃa raptar a sus propios hijos y lo único que hicieron fue sugerirle a mi tÃa que intentara localizarlos por su cuenta que no habÃa ningún delito que perseguir. Por supuesto que por más esfuerzo que hizo ella y a decir verdad, toda la familia pusimos nuestro granito de arena, pero fue en vano. Nunca pudimos dar con el tipo y obviamente tampoco con los niños. El último esfuerzo que se hizo fue contratar a un detective privado. No habÃa dinero para contratar al mejor, pero se contrató a uno que tenÃa buena reputación ahà en la ciudad. Ese detective estuvo investigando durante cinco meses, pero tampoco pudo dar con ninguna pista. Fue asà que Ana ya sumida en una profunda depresión. Fue entonces que yo tuve una idea. En un principio no lo comenté con nadie de la familia. Fui directamente con Ana, porque ella y yo nos seguÃamos teniendo mucha confianza. Encontré la forma de sugerirle que tal vez habÃa que recurrir a métodos menos convencionales para encontrar a sus hijos. Le dije que lo mejor era ponernos en contacto con una medium para que ella buscara a los niños mediante lo que sea, que hagan las medios para encontrar personas. Ella en un principio se negó, pero al final logré convencerla. Lo que yo le dije fue que no perdÃa nada intentando que lo peor que podÃa pasar era que la medium tampoco los encontrara, pero que si habÃa, aunque fuera la mÃnima posibilidad de tener éxito, que habÃa que intentar. Por eso aceptó yo como tal. No conocÃa a ninguna medium, pero tenÃa un conocido que era muy fan de todo lo que tuviera que ver con el esoterismo, y ese amigo nos puso en contacto con una medium que estaba a dos ciudades de distancia. Ana y yo viajamos hasta allá sin comentarle nada a la familia. El dÃa que nos reunimos con la medium fue un seis de octubre. Lo recuerdo muy bien porque ese dÃa cumplÃa años una amiga mÃa y no pude asistir a su fiesta porque estaba con Ana en la casa de la medium. Ya llegamos. Ana le contó todo lo que habÃa pasado. La medio me escuchó atentamente y al final hizo varias preguntas como para entender todo el contexto. Luego agarró un cuaderno que tenÃa ahà al lado. Abrió el cuaderno en una página al azar y le pidió a Ana que ahà escribiera los nombres de sus hijos y el nombre de su ex pareja. Nada de apellidos, sólo el puro nombre. Mientras Ana escribÃa a los tres nombres, la Medium miraba con mucha atención cada trazo y cada curva que escribÃa en la hoja de ese cuaderno. Ya que escribió los nombres, la Medium tomó el cuaderno y con su dedo Ãndice empezó a tocar los tres nombres. Pasaba su dedo por encima de las letras una y otra vez mientras tenÃa los ojos cerrados y se concentraba. Luego de unos segundos, la medium, que seguÃa con los ojos cerrados, puso un gesto que a Ana y a mà nos generó algo de angustia. La medium abrió los ojos, soltó el cuaderno y con un tono de voz bastante serio, le dijo a Ana tu expareja ya no está en este mundo. Hace aproximadamente ocho meses se quitó la vida, saltó de un puente hacia un rÃo. Cuando lo hizo, se llevó con él a los dos niños. En ese momento, Ana se desmayó, quedó tirada en el suelo. Yo me asusté, pero la medium me pidió que me tranquilizara, que ella se encargarÃa. Sólo me pidió que la ayudara a llevarla, a sentarla en el cielo, que estaba como a un metro. De ahà la levantamos. La pusimos en el sillón. La mujer se fue a otro cuarto. Tardó como tres minutos luego regresó con una taza que contenÃa un lÃquido. Supongo que era algún tipo de té o algo por el estilo. Se las arregló para que Ana le diera un sorbo y eso la despertó. En cuanto Ana volvió en sÃ, se puso a llorar. Estaba inconsolable. La medium nos dijo que si querÃamos, ella podÃa decirnos dónde estaban los cuerpos. Pero como los cuerpos ya tenÃan mucho tiempo y habÃan estado expuestos al agua, lo más probable es que para ese punto ya estuvieran irreconocibles. Ana no estaba en condiciones de tomar una decisión, asà que nos fuimos de ahà y quedamos de volver. En caso de que Ana decidiera que querÃa recuperar los cuerpos, regresamos a la ciudad. Inevitablemente, la familia se enteró de que Ana y yo habÃamos ido a hablar con una medium y todos se me dejaron ir encima. Se hizo un escándalo. Me estaban reclamando que cómo se me ocurrÃa hacer semejante tonterÃa. Mis abuelos me tacharon de satánico porque, según ellos, todo lo que no tuviera que ver con la iglesia eran cosas del diablo y, por supuesto que descartaron de inmediato que lo que habÃa dicho la medium fuera verdad. Ni siquiera lo consideraron para toda la familia. Eso que dijo la medium eran tonterÃas que, de seguro la expareja de Ana estaba escondido en algún lugar con los niños. Los de la familia estaban más interesados en decirme cosas y en explicarme por qué yo estaba equivocado en lugar de preocuparse por Ana. Varios dÃas después, a mitad de la madrugada, Ana me marcó al teléfono de la casa que yo estaba rentando cuando contesté la noté muy alterada. Me dijo que habÃa tenido una pesadilla que en esa pesadilla ella se estaba bañando. Cuando terminaba de bañarse, al momento de mirarse en el espejo, empezaba a sentir algo muy feo en la boca. Entonces empezaba a escupir sus ss todos de uno por uno hasta que se quedó con la boca escurriendo de sangre. Por supuesto que ni ella ni yo tenÃamos idea de que pudiera significar esa pesadilla, pero Ana estaba segura que tenÃa algo que ver con sus hijos. Esa misma pesadilla la estuvo despertando a mitad de la madrugada por más de dos semanas. Llegó el treinta y uno de octubre. Creo que está de más comentar que nadie de mi familia celebra el Halloween, porque lo consideran cosa del demonio. Yo, por mi parte, no salà a pedir dulces porque ya no era un niño, pero yo y varios de mis amigos si nos disfrazamos para salir a dar la vuelta en el centro de la ciudad, después de andar dando el rol por unas tres o cuatro horas, cada uno regresamos a nuestra casa, ya estando en casa que serÃan las doce y media de la madrugada. Lo primero que hice fue correr al baño. Nunca me ha gustado utilizar baños públicos, además de que ir al retrete cuando se trae puesto un disfraz es bastante complicado. Apenas acababa de entrar cuando sonó el teléfono, Decidà que era más importante atender mis necesidades, asà que dejé que el teléfono siguiera sonando antes de lavarme las manos. El teléfono volvió a sonar, pero de nuevo no fui a contestar. Cuando salà del baño, el teléfono ya no estaba sonando. No tenÃa demasiado sueño, asà que fui al refrigerador. Saqué un yogur y me lo servà con Cereal. TodavÃa no daba la primera cucharada. Cuando el teléfono sonó otra vez, ahora sà contesté era ana. Estaba un poco histérica. Lo único que me dijo es que, por favor, fuera a su casa. Luego colgó dejé mi plato de yogur con cereal, corrà al auto y me fui a su casa lo más rápido que pude, ya que llegué. Ella estaba como loca balbuceaba muchas cosas que no se conectaban entre sÃ. Por lo mismo se me dificultaba mucho Entenderle fue hasta que pudo tranquilizarse que me contó lo que habÃa pasado. Ella se habÃa acostado a dormir temprano, tal vez a las seis de la tarde. DormÃa mucho debido a la depresión. La misma pesadilla de siempre la despertó, abrió su cajón para tomar las pastillas que la hacÃan volver a dormir. Pero en eso escuchó que se abrió la puerta como llevaba mucho tiempo, que no prestaba demasiada atención, casi a nada, pues pensó que habÃa dejado la puerta sin seguro y que debido a eso alguien se acababa de meter a su casa. Ella lo único que hizo fue a trancar la puerta de su cuarto. No iba a salir en caso de que alguien en verdad se hubiera metido. Ella no podÃa enfrentarlo, pero entonces empezó a escuchar voces de niños, pero no de cualquier niñoos. Lo que estaba escuchando era a sus hijos. En ese momento ni siquiera se puso a pensar que eso no podÃa ser posible. No le importó. Simplemente abrió la puerta y desde ahà pudo ver a sus dos hijos parados en mitad de la sala, la miraron y el y el n mayor le dijo ve por nosotros luego desaparecieron. Fue por eso que mi tÃa me habÃa estado marcando. Ella querÃa que fuéramos de nuevo con la vidente, porque los espÃritus de sus hijos se le habÃan aparecido para pedirle que fuera a recoger sus cuerpos. Por supuesto que no podÃamos irnos a mitad de la madrugada. Esperamos hasta la mañana fuimos con la vidente. Ella hizo lo suyo y nos dijo dónde podÃamos encontrar los cuerpos. Espero se entienda que prefiero no dar detalles de las cosas que pasaron después. Lo importante es que los cuerpos sà estaban donde la vidente habÃa dicho. Fueron recuperados y se les dio su debido entierro. Hubieran visto la cara que pusieron todos los de la familia. Cuando ya no pudieron alegar que la vidente era una farsante, se tuvieron que tragar sus palabras. Es curioso. Los niños se le aparecieron a mi tÃa el uno de noviembre, el dÃa exacto que la tradición dice que los niños regresan dos de noviembre regresan los adultos. Hace como cien años, mi familia llegó a México migrando desde España. Mis abuelos eran jóvenes. TenÃan muy poco de haberse casado cuando salieron de su paÃs natal. Mi abuela se llamaba Norma. A ella nunca le gustó vivir aquà en México. No es que fuera muy patriota, pero era muy elitista, asà que ella preferÃa estar en la peor ciudad de Europa antes que vivir en la mejor ciudad de México. El tener que soportar vivir en México. La volvió una mujer amargada. Claro no fue de un dÃa para otro, pero yo soy uno de los nietos más chicos, asà que cuando yo nacÃ, la abuela ya era una mujer que nunca sonreÃa. Ella aprovechaba cualquier oportunidad para decir que debÃan regresar a España, pero el abuelo siempre mantuvo su postura firme. TenÃa muchos motivos para quedarse en México. El mayor de esos motivos era que Franco mantenÃa a España bajo una dictadura. Otra de las cosas con las que el abuelo le refutaba a la abuela era que, a pesar de estar en México, ella seguÃa viviendo como si estuviera en España. Es decir, mi abuelo no era millonario, pero sà tenÃa dinero. La casa era grande y hasta habÃa dos señoras que estaban contratadas para ayudar a la abuela en lo que necesitara. Una estaba en el dÃa y la otra en la noche, asà que en realidad la abuela no tenÃa ningún motivo para quejarse. Fueron esas dos señoras las que le enseñaron a mi abuela a colocar el altar de muertos. A mi abuela nunca le gustaron las tradiciones mexicanas, pero lo que sà le gustaba era mantenerse ocupada, sobre todo con cosas de decoración. Y como el altar de muertos es mucha decoración, pues fue algo que aprendió a hacer y le gustaba. Pero el altar que montaba mi abuela con ayuda de las señoras era algo peculiar. Todos los familiares muertos de mi abuela habÃan sido burgueses, catedráticos, inclusive alguno que otro polÃtico Por lo tanto, las ofrendas no eran tÃpicas, sobre todo la comida. Lo que la Abuela pensaba era que se ofrecÃa comida mexicana. A sus difuntos les estarÃa faltando al respeto, asà que mandaba preparar los platillos para el altar con un chefaragonés. AsÃ, la comida puesta en el altar para sus parientes españoles serÃa comida española preparada por un español. Los únicos momentos en que la abuela no se veÃa tan amargada era durante las reuniones familiares, ya que siempre fue de tomar unas cuantas copas de vino. Eso la relajaban y, aunque no la ponÃan de buen humor, al menos todos los demás podÃamos estar conviviendo con tranquilidad sin que la abuela nos estuviera regañando mientras ella tuviera llena su copa de vino. La fiesta podÃa seguir en paz. Volviendo al Altar, es curioso ver una ofrenda en la que hay puras fotografÃas de gente que no conoces, gente que ni siquiera quiera. Mi mamá conocÃa. Todos los parientes del Altar eran españoles. Algunos habÃan fallecido antes de que los abuelos llegaran a México y otros habÃan muerto entre los años cuarenta y setenta. Algunos de los familiares habÃan muerto por enfermedad, otros por armas, pero habÃa unos cuantos parientes cuya historia de muerte era un tanto más dramática. Estaba, por ejemplo, Don Carlos. Ãl era muy mujeriego. En una ocasión lo atraparon en una situación bastante comprometedora con una muchacha que se iba a casar. Fue el futuro esposo quien los descubrió. Ãl sin pensarlo. Dos veces sacó su pistola y mató tanto a su prometida como a don Carlos. A ese don Carlos, como ofrenda, le ponÃan una botella de vino tinto y un puro. Una de mis tÃas, hermana de mi mamá, era muy incrédula con todo eso del DÃa de Muertos. Cada año se intentaba discutir sobre el tema, argumentando que se trataba de puras tonterÃas de gente pobre como como podrán adivinar. Ella heredó el carácter de la abuela, pero era curioso porque la abuela era la que más creÃa que de verdad los difuntos podÃan visitar el altar. Asà que cada año no faltaba la discusión entre la abuela y la tÃa, las dos mujeres más tercas del mundo. Allá, por mil novecientos noventa y dos, mi abuela ya tenÃa más de ochenta y cinco años, asà que para ese momento no le resultaba tan fácil armar el altar. Por eso toda la familia nos organizábamos y cada quien hacÃa su parte del altar. A alguien le tocaban las flores, a otros les tocaba el papel picado. El abuelo ponÃa las botellas de licor y asà se repartÃan todos los elementos del altar y de la ofrenda. A mi madre y a mà nos tocaban los dulces. No podÃamos comprar los dulces en cualquier lugar? La abuela tenÃa un lugar especÃfico en el que compraba los dulces? Llevaba más de cincuenta años comprando los dulces en el mismo lugar y que mi madre y yo tenÃamos que ir hasta el centro de la ciudad para comprar los dulces? No podÃamos comprar los dulces en cualquier lugar? La abuela tenÃa un lugar especÃfico en el que compraba los dulces. Llevaba más de cincuenta años comprando los dulces en el mismo lugar, asà que mi madre y yo tenÃamos que ir hasta el centro de la ciudad para comprar los dulces. Ese año habÃa que hacer un espacio adicional, porque en el mes de abril alguien falleció, asà que habÃa que darle su respectivo lugar en el altar. Se trataba de una hermana de la abuela. A ella sà la conocimos porque venÃa a México cada que Ãbamos a tener una celebración religiosa. Ya saben bautizos primeras comuniones, confirmaciones y bodas. Era muy devota de la religión católica. Nunca se perdió ninguna ceremonia. Llegó a venir a México hasta en cuatro ocasiones el mismo año. Su marido tenÃa demasiado dinero, como ella era la que habÃa fallecido más recientemente le tocaba estar en el centro del altar, en la casa de la Abuela. Las preparaciones comenzaban desde el dÃa veintiséis y debÃa estar listo el dÃa veintiocho antes de las diez de la noche. Asà lo hacÃa la Abuela. Todo ese asunto del dÃa de muertos le resultaba demasiado llamativo a los parientes que tenÃamos en España, asà que cada año, por lo general, solÃamos recibir al menos a una visita. Variaba Cada año preferÃan venir para DÃa de muertos que para las Navidades, porque aprovechaban para hacerles una ofrenda a los difuntos. Ese año, en particular, mil novecientos noventa y dos, llegaron varios parientes de visita, tanto por parte del abuelo como por parte de la abuela. Llegaron primos, tÃos y hasta sobrinos. Algunos de mis primos llegaron ya casados y con hijos de los niños. La más pequeña se llamaba Liset. Ella tenÃa cuatro años y pues obviamente, ella no entendÃa muy bien qué era todo eso del altar y de las ofrendas, lo cual es entendible. Digo en realidad, no hay manera de que una niña de cuatro años asimile que los muertos pueden regresar en una fecha especÃfica. En plena cena del treinta y uno de octubre, mientras los jóvenes jugábamos baraja en la sala y los adultos platicaban en la mesa principal, Lisette estaba jugando ahà cerca del altar. Su papá fue con ella y le preguntó qué estaba haciendo, porque ahà habÃa velas y podÃa ser peligroso. La niña le respondió que estaba platicando con la viejita. En ese altar habÃa más de veinte fotografÃas, asà que mi primo le preguntó a cuál de todas las viejitas se referÃa. La niña señaló a una de las fotografÃas se trataba de la hermana de la abuela que habÃa fallecido ese mismo año. La niña también le dijo que la viejita era muy graciosa porque le hacÃa caras para hacerla reÃr liset. Era muy pequeña y a esa edad los niños se inventan cosas para jugar, asà que mi primo le dijo que estaba bien que siguiera jugando con la viejita, pero que tuviera cuidado de no tumbar ninguna vela porque podrÃa quemarse. La niña le respondió que no se preocupara que la viejita la cuidaba cada quien siguió con lo suyo, hasta que inevitablemente nos dimos cuenta que Elisette estaba bailando frente a la ofrenda. La niña no sabÃa nada de baile era muy pequeña aún como para llevarla a clases. Por eso, a todos nos resultó tan extraño que la niña estuviera haciendo pasos de ballet. Claro que no le salÃan los pasos tal cual, pero era evidente que se trataba de pasos de ballet. Mi primo, sin levantarse de su lugar, alzó un poco la voz y le preguntó a su hija qué era lo que estaba haciendo. Ella le respondió que la viejita le estaba enseñando cómo bailar. Todos nos tomamos esa respuesta con algo de risa, todos menos la abuela. Ella estaba muy seria y miraba fijamente a la niña. Mis tÃos le preguntaron qué pasaba, a lo que la abuela respondió que suerte a la que habÃa fallecido ese año habÃa tomado clases de ballet cuando era niña que después de que se casó o no volvió a bailar, pero a ella siempre le gustó el ballet. Las palabras de la abuela nos dejaron mudos. Lo que hizo mi primo fue levantarse y cargar a su hija para apartarla del altar. Comprenderán que el hecho de que una niña esté interactuando con un fantasma es como mÃnimo estremecedor. No importa que ese fantasma sea un familiar, sigue siendo un fantasma. Y a más noche el abuelo empezó a repartir los cinco cuartos entre los que se iban a quedar en la casa. Los demás nos fuimos y acordamos regresar para la hora del almuerzo. Al dÃa siguiente, el primo nos recibió con una anécdota. Nos dijo que a todos los niños que eran como siete los acomodaron en un solo cuarto a mitad de la madrugada empezaron a escuchar que los niños seguÃan despiertos. Al alguien fue a revisar. Entró al cuarto y les preguntó a los niños qué hacÃan despiertos. Lo que los niños le respondieron fue que la viejita les estaba contando un cuento. Esa persona salió del cuarto, fue a despertar a los abuelos y les dijo lo que estaba pasando. La abuela dijo que ella lo iba a arreglar. Salió del cuarto y fue al altar. Acomodó una silla para sentarse, sacó su rosario y empezó a rezar. Lo que la abuela pensaba era que si su hermana estaba asà de inquieta, era porque estaba intentando llamar la atención y eso era porque necesitaba que rezaran por ella. La abuela se aventó todo un rosario y luego se fue a dormir, ya que mi primo nos contó todo eso. Yo le pregunté a la abuela si con el rosario ya era suficiente para que su hermana se estuviera en paz. Lo que me respondió la abuela era que lo más seguro era que sÃ. Y pues sÃ, ni Liset ni ninguno de los otros niños l l o s l vino a decir que estaba viendo a la viejita. Yo no creo que esa experiencia haya sido de miedo. Más bien, pienso que fue una experiencia peculiar que sirvió para demostrar que los difuntos en realidad sà regresan. La más impactada de todas fue la tÃa terca la que cada año se peleaba con la abuela. Después de eso ya no volvió a decir nada reunión familiar en los dÃas previos a esta crucial fecha de noviembre, unos sentimientos melancólicos me envuelven principalmente siento tristeza al recordar a las personas que estuvieron a mi lado en vida y que ya no están debido a decisiones de la vida, aunque durante el tiempo que compartimos juntos vivimos dÃas inolvidables, llenos de enigmas y sucesos inexplicables. Recuerdo mi infancia cuando mi abuelito y mi abuelita nos reunÃan en la sala, junto con mis tÃas y primos, aprovechábamos la ocasión para relatar historias sobre almas en pena y situaciones incomprensibles que ocurrÃan precisamente en estos dÃas finales de octubre y principios de noviembre. Ahora, en mi etapa de vida actual, ya estoy entrando en una edad avanzada. Ya no soy joven en honor y recuerdo de mis abuelos y aquellos tiempos inquietantes decidà reunir a mis nietos e hijos para revivir una noche similar a las de mi infancia. Quise reunir a toda la familia, disfrutar de una agradable taza de chocolate y galletas y compartir las historias de mis abuelos. Por supuesto, también escuchar las nuevas experiencias que la nueva generación de mi familia podrÃa aportar. Expresé mi deseo, en primer lugar a mi esposa, quien mostró un gran interés en la idea de pasar una noche agradable con todos nuestros hijos y nietos. Una vez acordado lo anterior, lo compartimos con los demás integrantes de la familia y acordamos reunirnos por s por la noche un dÃa antes de la crucial fecha de todos los santos. Tanto mi esposa como yo estábamos ansiosos. Contábamos los dÃas para poder reunirnos y conocer esas historias. Finalmente, llegó la fecha marcada. Fue nostálgico ver a mi familia reunida en nuestra casa. Estábamos listos para adentrarnos en una noche llena de historias intrigantes y recuerdos emotivos. Casi toda la familia ya estaba reunida frente a la mesa, adornada con papel crepé y figuras de cabezas, colgantes, de calaveras, de frutas y también de dulces. Fue entonces cuando comenzamos a contar las historias. El primero en compartir su experiencia fue mi hermano José. Empezó diciendo les voy a contar algo muy personal. Creerán que yo no creÃa en estas cosas. Además, estaba enojado, poseÃdo por la ira y la tristeza, por la pérdida de mi querida hija. Culpaba a Dios por todo lo que le sucedió. Lo culpaba de su enfermedad y de sus su muerte. Le repetÃa mil veces que la curara. Luego le cuestionaba el por qué no lo hizo, qué le costaba sanarla con ese poder que supuestamente tiene. Pasaba el tiempo y al acercarse la fecha del dÃa de muertos, decoraba la mesa para la ofrenda, aunque lo hacÃa con resentimiento y con un oscuro desprecio. Incluso mi esposa recordaba a mis padres diciendo que volverÃan a nuestra casa a visitarnos, por lo que debÃa poner la mesa antes de su llegada. A pesar de la situación y el dolor por la pérdida de mi hija, me cerré a toda creencia, incluyendo la de Dios. Fue un momento sombrÃo y denso que pesaba en cada rincón de la habitación. A mi esposa no le decÃa nada sobre su mesa llena de comida. El simple hecho de ignorarla o no hacer nada era suficiente para mÃ. Pero, como dice el refrán, más pronto cae un cojo que un hablador. Pronto Dios me dio una gran lección una noche runs regresé tarde del trabajo más fastidiado de lo habitual, también porque no me habÃan pagado mi semana y justo ese dÃa era el uno de noviembre, el dÃa en que, según las creencias, llegan las almas de los niños a visitar las ofrendas. Fue entonces cuando encontré a mi esposa llorando, ya que no tenÃa dinero para comprar las cosas que solÃa poner para los fieles difuntos. Esto me enfureció, por lo tanto, con una voz helada y desprovista de sentimientos. Le comenté que no me habÃan pagado esa semana y que lo harÃan hasta el lunes, ya que algo habÃa sucedido con el banco y se atrasaron los sueldos ella levantó la mirada con ojos hundidos en sombras y una expresión de gran tristeza y me dijo que se sentÃa triste ya que no le comprarÃamos las cosas a nuestra hija. Al escucharla reventé de coraje, para mà fue la última gota que colmó el vaso. Esto me llevó a una profunda desesperación. Me dirigà hacia la mesa, donde habÃa una veladora encendida y un ramo de flores marchitas. Me apoyé en ella como si quisiera levantarla y tirarla al suelo. Pero en lugar de eso opté por comenzar a gritar les. Grité a las presuntas almas, desafiándolas a manifestarse. En ese instante, yo no creÃa en estas cosas. Pensaba que era solo para hacer negocio. Mi rabia era palpable en la habitación, una tormenta de emociones se desataba dentro de mÃ, mi esposa habÃa gastado dinero que no tenÃamos y que hacÃa mucha falta para comprar cosas en la casa. Les dije que quisiera que me dieran una sola señal, una señal de que en verdad vienen los muertos a visitarnos. Mis palabras resonaron en la habitación, envueltas en un escalofriante silencio que presagiaba la llegada de algo oscuro y misterioso. Argumentaba que los muertos son muertos y no regresan jamás. Mi esposa, con una mirada perturbada por lo que habÃa hecho y dicho, me pedÃa que me calmara, que cerrara la boca porque aprenderÃa una lección. Yo incrédulo, repetÃa lo mismo una y otra vez, desafiándolos a que vinieran y me mostraran si era verdad. Les decÃa que si esto resultaba ser cierto, yo mismo me encargarÃa de poner la mejor ofrenda que nadie les podÃa ofrecer, pero dudaba mucho que me lo demostraran. CreÃa que, si fuera cierto, ya hubiera visto a mi hija el solo hecho de recordar a mi pequeña me destrozó el alma caà de rodillas y comencé a llorar, como no lo habÃa hecho en mucho tiempo. Mi mujer se acercó y con una sonrisa, intentó tranquilizarme. Una vez que recuperé el control, me levanté del piso y nos dirigimos a la Recámara para intentar descansar un poco. Cuando nos acostamos en la cama, les aseguro que me sentÃa avergonzado por todas las cosas que habÃa hecho y dicho, pero ya no podÃa repararlo. A pesar de que mi esposa me ayudó a levantarme, no se acercó a mà en la cama, se mantenÃa alejada. Era evidente que mis palabras la habÃan herido una tristeza profunda reflejada en su mirada, alejada de mà por la herida que causé. Los minutos fueron pasando y lentamente. El sueño me fue ganando justo cuando estaba a punto de caer en un sueño profundo. Un sonido espeluznante llegó a mis oÃdos. Era un sonido que me generó temor calando en lo más hondo de mi ser tan siniestro que me paralizó por completo. Al prestar atención, me di cuenta de que eran unos quejidos que al principio eran leves, pero a medida que pasaban los segundos, esos lamentos iban en aumento hasta que se volvieron ensordecedores. Lo más aterrador fue que esos quejidos eran idénticos a los que hacÃa mi niña cuando estaba en el hospital antes de fallecer espantado, me di la vuelta rápidamente y le hablé a mi esposa con una voz entrecortada. La desperté y le dije rra lo que estaba pasando. Ella me dijo que eso era lo que yo habÃa provocado por andar desafiando a los difuntos de forma insensata, sin pensar más en la situación. Me levanté de la cama rápidamente y me acerqué al interruptor para encender la luz y revisar la cama, donde antes dormÃa mi hija. No habÃa nada. La cama se encontraba vacÃa y deshecha, como si alguien hubiera estado revolcándose en ella. No conforme con esto, salà a la sala y tampoco se encontraba nadie. Fui a la cocina para confirmarlo y el resultado fue él mismo. Me arrodillé en medio del cuarto, pidiéndole perdón a lo desconocido y a mis fieles difuntos, pero en especial a mi querida hija. Esa noche confirmé que ella vino a verme supe en ese momento que todo lo que nuestros abuelos nos decÃan era cierto. En realidad, los difuntos sà vienen a visitarnos en estas fechas tan especiales donde el velo entre el mundo de los vivos y los muertos muerto se desdibuja. Es por eso que a partir de ese dÃa les pongo su ofrenda y siempre trato de que esté bien hecho. Ya saben, pongo pan de muerto, comida que le gustaba, vela flores y lo que nunca puede faltar un vaso con agua. Cuando mi hermano terminó de contar su historia, toda la familia guardó silencio en forma de respeto. Mi cuñada, al igual que él, confirmó la experiencia diciendo que todo era completamente cierto. Dejando una atmósfera cargada de inquietud. Luego de guardar unos minutos en silencio, mi hijo Andrés se animó a contarnos una historia que realmente nos dejó paralizados. Nos dijo resulta que mi mamá me pidió que fuera a buscar unas ramas. Asà que me fui al monte con un amigo Como ambos ya éramos un poco mayores y nos gustaba la bebida. Decidimos llevar con nosotros una botella grande de alcohol de caña y unos cuantos limones para acompañar. Llegamos al mono monte y de inmediato nos pusieron a cortar las ramas que mi mamá nos habÃa encargado. Al terminar con la labor, regresamos al pueblo. Antes de entrar al mismo, nos detuvimos, sacamos la botella de licor y empezamos a beber. Para ese momento, ya el sol se habÃa ocultado y la noche se acercaba. Estábamos bebiendo justo en un camino que se cruzaba con otro formando algo como una cruz. Ambos estábamos sentados en una roca disfrutando de la bebida, cuando, de forma imprevista sucedió algo que no esperábamos, una situación que nos alarmó y erizó la piel. Sumiendo ese cruce de caminos en silencio, sin previo aviso, un hombre salió de uno de esos caminos oscuros. Era un señor alto y corpulento con una presencia imponente que parecÃa emerger de las sombras. Se acercó a mà y me susurró con una voz ronca y siniestra que mi mamá ya me estaba esperando con las ramas que me habÃa encargado. También me dijo que esas ramas las querÃa para hacer el altar de él me dijo que no la hiciera esperar y que, por favor, me encargaba que ya no tomara sus palabras. Me helaron la sangre y supongo que a mi amigo le pasó lo mismo. Eso que se nos apareció por lo que nos estaba diciendo era nada más y nada menos que un difunto, un espÃritu mi amigo. Al ver a, ese hombre quedó petrificado, no pudo mover un solo músculo. Estaba como paralizado por el terror. No es que yo quisiera dejarlo ahÃ, pero por instinto salà corriendo como loco, gritando en dirección al pueblo en busca de una escapatoria aterrado, por lo que acababa de presenciar. Cuando llegué a casa y le conté eso a mi mamá, ella me pidió que le describiera al hombre. Cuando lo hice, resultó que era un hermano de ella, uno que a usted papá nunca le cayó bien. Por eso mi mamá también le pidió que nunca le contara esta historia. Pero creo que ya han pasado demasiado gerda años y por eso ahora sà lo cuento. Cuando terminó de contar su historia, yo y toda la familia nos quedamos en silencio. Mi esposa volvió a verme y confirmó que la anécdota era verdadera y que sà que ella le habÃa pedido que no me dijera nada. El siguiente en compartir una historia fue un primo mÃo que venÃa desde un estado al sur del paÃs. Ãl era unos cuantos años menor que yo. Ãl empezó a decir allá donde vivo. Las historias cuentan que los perros ven más allá de lo que nuestros ojos pueden percibir, observando un mundo privado para nosotros, un mundo que escapa a nuestra visión cotidiana. Las historias que me contaban mis abuelos hablaban de espÃritus que aún vagan por este mundo que nos rodean, aunque no tengamos la capacidad de percibirlos con nuestros sentidos. A veces sentimos un cambio repentino en la temperatura de una habitación o un espacio central, un repentina sensación de cansancio que se apodera de nosotros como si alguien nos estuviera observando. Claro, no podemos probarlo, pero esta creencia estaba profundamente arraigada en la gente de nuestros pueblos, transmitida de generación en generación. Mis abuelos creÃan firmemente que los perros podÃan percibir la presencia de estos espÃritus, basándose en ciertos comportamientos de estos fieles compañeros. DecÃan que los perros miraban con atención al aire, gruñan hacia la nada o retrocedÃan atemorizados, revelando la presencia de algo más allá de nuestra percepción. A veces estos comportamientos anunciaban la llegada de la muerte, aunque nosotros no pudiéramos verlo con nuestros propios ojos. Esto se hacÃa aún más evidente cuando habÃa algún enfermo en casa o cuando llegaba la triste noticia de un familiar querido que se habÃa ido. Los perros mostraban una profunda tristeza y desagrado. En los dÃas finales de octubre e inicio de noviembre, época de los dÃas de muertos, los perros se ponÃan ansiosos como si supieran que en estas fechas los espÃritus regresaban por unas horas para visitar a sus seres queridos y revivir recuerdos enterrados en el tiempo. Mis abuelos contaban la historia de un hombre escéptico e irrespetuoso que se burlaba de la antigua tradición de ofrendar un altar a los muertos. El pueblo entero le desaconsejaba tal osadÃa advirtiendo sobre la ira incontenible de los espÃritus que podÃa desatarse. Pero él, cegado por su desmesurada arrogancia y vanidad, decidió profanar el ritual ancestral que habÃa sido respetado por generaciones. No creÃa en la posibilidad de que los difuntos pudieran regresar del más allá para recibir y apreciar la ofrenda que se les colocaba en su dÃa. Para él, esto no era más que charlatanerÃa y una pérdida de tiempo. Consideraba estas prácticas como cosas de gente ignorante, pues sostenÃa que no habÃa forma alguna de demostrar su veracidad y asÃ, sin temor y lleno de soberbia, aquel individuo decidió poner a prueba la tradición y las creencias profundamente arraigadas en la gente de aquella época de cuando mis abuelos eran aún jóvenes. La noche anterior al dos de noviembre, justo antes de la medianoche, se ubicó junto a la puerta, retirando la caña que sostenÃa la cortina de su propio perro. Desafiante y dispuesto a presenciar lo que él consideraba una ridiculés. El silencio de la noche lo envolvÃa mientras aguardaba en el lugar donde los suyos habÃan colocado la ofrenda que tanto menospreció. La oscuridad se cernÃa sobre él. Sólo rota por la luz tenue de la vela que sostenÃa en su mano. El tiempo transcurrÃa lentamente, sumido en una anticipación inquietante. De repente, una sensación de incomodidad lo invadió un escalofrÃo frÃo, recorrió su espina dorsal, miró a su alrededor, pero no vio nada. El aire parecÃa cargar con un peso inexplicable, como si estuviera impregnado de presencias invisibles. El aullido lejano de un perro lo hizo estremecer el miedo, algo que no habÃa sentido antes, empezó a apoderarse de él. Sus ojos se llenaron de terror. Al presenciar como su perro, de repente comenzó a gruñir y a retroceder y sus ojos estaban fijos en algo que él no podÃa percibir. Intentó moverse, pero algo lo mantenÃa paralizado. En su lugar. La presencia de lo sobrenatural se hacÃa cada vez más evidente y supo en ese preciso instante que habÃa subestimado gravemente la sabidurÃa y la intuición de los ancianos. Ya no habÃa marcha atrás. El desafÃo se habÃa transformado en su propia trampa y las consecuencias de su incredulidad lo alcanzarÃan de forma implacable. Su perro lo miraba fijamente en ese instante comprendió que la realidad es mucho más compleja de lo que nuestros ojos pueden captar y que lo desconocido posee un poder que va más allá de la simple razón humana. Sus gritos desesperados se desgarraron en la noche, pero ya era demasiado tarde para retractarse. El hombre ahora, enloquecido por la visión que acababa de presenciar, llegó a la barranca que conectaba con el rÃo. Se detuvo allà su respiración agitada y su corazón. Latiendo con una fuerza descomunal en su pecho, miró hacia atrás, temiendo encontrarse con algo que preferirÃa no haber visto nunca. La oscuridad del pueblo y la noche cerrada lo envolvÃan, pero no detectó ninguna presencia, sólo el silencio rotó por el susurro del viento. Llenaba la quietud de la noche. Fue entonces cuando se escucharon los desgarradores llantos del hombre suplicando a algo que se alejara que lo dejara en paz. Hubo lamentos alaridos de desesperación y lo y lo luego un rotundo silencio. Al amanecer del dÃa siguiente encontraron al desafortunado hombre hecho trizas en el fondo de la barranca. Su rostro reflejaba el horror más profundo con los ojos abiertos y enrojecidos. Sus manos y dedos estaban destrozados. HabÃa sido testigo de algo prohibido, algo que lo condujo a su trágico destino. Mi abuelo también decÃa que todo ese dÃa un pájaro inusual y extraño, una lechuza de tamaño descomunal y un plumaje excepcionalmente blanco. Estuvo volando sobre la casa de aquel hombre que habÃa muerto por no creer que los muertos sà regresaban esa historia que contó mi primo nos dejó a todos, ciertamente, con una sensación de escalofrÃo. Entonces, un primo de mi esposa dijo que eso no era nada, que él se sabÃa una historia que daba todavÃa más miedo y la empezó a contar. Ãl nos dijo. Hace sesenta años vivà en un pueblo ya llamado San Silvestre. En ese pueblo y en los pueblos de los alrededores se tenÃa la creencia que durante la madrugada del uno de noviembre, para amanecer el dos de noviembre, nadie debÃa aventurarse solo en las calles. Todos debÃamos refugiarnos en la seguridad de nuestras casas y no salir durante las oscuras horas de la madrugada. Se decÃa que en esas horas los difuntos abandonaban sus tumbas y un enigmático carretero recogÃa las almas de aquellos que habÃan partido durante el año. Aquel desafortunado que oyera el último sonido del reloj estaba condenado a asumir el papel del carretero recogiendo almas hasta que otro incauto tomara su lugar. Las monjas afirmaban haberlo escuchado durante algunas noches mientras oraban y realizaban sus laboriosas penitencias, un chirrido semejante al que emite una pesada carreta que surca el empedrado. Aseguraban que esta carreta estaba completamente velada y en su parte superior. Los los los ostentan la tres sombreros negros hablaban sobre su marcha incontenible, acompañada por un crujido peculiar que comenzaba como un agudo rechinido y terminaba en un sonido profundo y escalofriante, distinto a cualquier otro. Este peculiar carruaje no parecÃa apurar. Su andar avanzaba con una cadencia pausada y nadie podÃa discernir cuál serÃa su destino. Se decÃa que solÃa aparecer en las noches de luna llena en octubre, previas al dÃa de los fieles difuntos. Sin embargo, algunos sostenÃan que también generaba energÃa en las noches de aguaceros y tormentas. Cuando la lluvia cubrÃa los caminos y las calles, los lamentos de las almas atrapadas en la carreta resonaban fundiéndose con el viento frÃo de la noche. Eran sonidos escalofriantes, capaces de helar la sangre de aquellos desafortunados que tuviesen la desdicha de escucharlos. El conductor del carruaje, con su rostro sombrÃo e imperturbable ma, mantenÃa la vida vista fija hacia adelante, ignorando por completo el tormento de las almas en pena que lo acompañaban. Se decÃa que aquel que avistara la carreta y oyera los angustiosos lamentos quedaba marcado de por vida, una sombra de muerte acecharÃa sus sueños y su paz de por vida. La única manera de eludir la funesta presencia era evitar cruzar la mirada con el hombre a bordo de la carreta de almas. Aquella mirada constituÃa una sentencia de tormento eterno, un pacto sellado en la más profunda oscuridad de la noche. El carruaje de la muerte avanzaba arrastrado por un caballo demacrado y era fácilmente identificable por el caracterÃstico crujir de las riendas. Las leyendas y los mitos en torno a esta enigmática presencia se multiplicaban llenando de temor a la gente del pueblo, yo incluido, por supuesto, los perros, ladraban y se descontrolaban cuando el carruaje estaba lejos, pero cuando estaba cerca se ocurra taban a su paso. La gente cerraba con rapidez sus ventanas en cuanto percibÃan el siniestro chirrido de la carreta. Nadie deseaba arriesgarse a presenciarla, conscientes de que aquellos que, por curiosidad o desafÃo se asomaban pagaban con su propia muerte. En las sombrÃas noches de octubre, la presencia del carruaje se percibÃa en el aire un olor a podredumbre y desesperación que anunciaba su llegada. Aquel que tuviera la desgracia de cruzarse en su camino podÃa sentir un frÃo helado que penetraba hasta los huesos y escuchar susurros ininteligibles que enfriaban el alma. Nada lograba escapar a su paso. En mis tiempos se contaba la historia de un hombre valiente que desafió la superstición y por un instante presenció aquel carruaje que transportaba almas. Sobre la carreta pudo vislumbrar un ataúd abierto y en su interior un difunto yacente rodeado por cuatro velas. La visión fue tan espantosa que lo dejó en in movilizado, congelado en el horror y le arrebató la vida. En un instante. Las campanas del pueblo resonaron con pesar al dÃa siguiente y se celebró una misa de cuerpo presente en la Iglesia debido a la muerte de aquel hombre que habÃa sido testigo de la carrera de las almas. Eso sà que habÃa sido una historia muy escalofriante y yo notaba que mis nietos ya se estaban asustando. Entonces quise romper un poco con esa atmósfera de miedo y decidà animarme y les compartà una vivencia personal que guardaba en lo más profundo de mi ser una experiencia que dejó una marca en mi vida y que me hizo reflexionar sobre lo desconocido y lo inexplicable. Fue una historia que me ocurrió cuando era muy joven, cuando por necesidad me vi obligado a ir a trabajar a los Estados Unidos. Al llegar a ese paÃs fue un cambio rotundo para mÃ, un mundo distinto, un idioma diferente, la la, la, la cosa comida y, por supuesto, la cultura. Les aseguro que a los tres dÃas de estar en los Estados Unidos ya extrañaba profundamente a mi familia, a mi esposa, a mis hijos e incluso hasta el perro. A pesar de esa tristeza abrumadora, tuve que aguantar y ser fuerte. Mi objetivo era sacar a mi familia delante en esta nueva tierra llena de desafÃos. Gracias a Dios, la empresa para la que trabajé, me proporcionó un departamento pequeño para vivir. La verdad es que era acogedor y con ese alojamiento al menos me ahorraba el costo de la renta, aliviando un poco la carga financiera, por mi cuenta, sólo gastaba en la comida y cosas básicas para sobrevivir. Finalmente, llegó el mes de noviembre y exactamente el dÃa primero. Quise mantener esa tradición que mis padres me inculcaron. Compré algunos dulces frutas y lo esencial como agua y unas veladoras, pero esa noche una sensación inquietante se apoderaba del aire, como si estuviera cargado de presencias ocultas y misteriosas. Preparé mi altar de dÃa de muertos. En ese tiempo no sabÃa rezar mucho, pero hice el intento tratando de conectar con lo espiritual de la forma que conocÃa como si mis fieles difuntos estuvieran ahà conmigo. Me puse a platicar un rato con ellos, compartiendo pensamientos y recuerdos. Después de un largo tiempo, me fui a la cama a descansar con la sensación de que algo inusual estaba a punto de suceder en esta noche de difuntos. Cuando me acosté, me acordé de mi abuelo que ya habÃa fallecido. Quizá no me crean y piensen que estoy loco, pero les juro que escuché unas palabras susurradas de él. Me dijo que tenÃa que volver, que ese lugar en donde estaba no era para mÃ, que mi lugar era con mi familia. Lo vi a través de una misteriosa y tenue luz que iluminó una parte de mi pequeño altar. Ahà estaba mi abuelo. Me levanté rápidamente, pero se desvaneció tan rápido que no me dio tiempo de nada. Me puse a llorar porque sabÃa que tenÃan razón. Yo decÃa que era por necesidad, que era para salir adelante lo más rápido posible, Asà que sólo esperé para juntar mi pasaje y volvà a casa cuando terminé de contar la corta anécdota de lo que me habÃa pasado allá en los Estados Unidos. Mis lágrimas brotaron y mi familia también se puso a llorar. No creo que haya sido por mi anécdota, sino porque me vieron muy triste aquella noche, donde toda la familia compartimos historias. Fue de las mejores noches de mi vida. Quisiera decirles una última cosa. Estoy seguro de que si ponen atención, tal vez logren ver a uno de sus fieles difuntos el vÃnculo con nuestros seres queridos nunca se rompe, sólo se transforma. Están en nuestro corazón y en nuestros recuerdos, siempre acechando en nuestro dÃa a dÃa, acompañándonos en cada paso de nuestra vida, guiándonos y protegiéndonos desde el más allá. Relatos escritos y adaptados por Ramiro contreras








