Nov. 1, 2023

Especial De Dia De Muertos Historias De Terror - REDE

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Nota de Ramiro contreras. El término Día de muertos, en mi opinión, no es un título adecuado para la festividad cuyo origen estaba pensado en rendir tributo a aquellos que ya no están con nosotros. El motivo es que no existe un día en particular en el que regresen todos los muertos, sino que existe un día específico en el que regresan ciertos difuntos de ciertas categorías. El Día de muertos dura una semana. No digo que debería llamarse la Semana de los muertos, pero tal vez los días de muertos sería un título más apropiado. Esta transición de los que están en el más allá comienza el veintisiete de octubre y concluye el día dos de noviembre. Todas estas festividades se remontan hasta hace unos tres mil quinientos años y no nació en una sola cultura. El origen de los detalles que son característicos del Día de muertos se pueden rastrear hasta diversas culturas, olmecas, zapotecas, mixtecos, capachas, llopes, klapanecos, huaztecos, chichimecas, y los más importantes fueron aquellos quienes construyeron Teotihuacán. Digo que Teotihuacán es el sitio más importante para comprender cómo se fue construyendo lo que hoy conocemos como el Día de Muertos, porque ahí, en Teotihuacán hay algo llamado Micaotli, lo que se entiende en español como la calzada de los muertos. El Micaotli es un eje vertical que atraviesa Teotihuacán de norte a sur. El trayecto comienza en la pirámide de la Luna. Atraviesa la pirámide del Sol. El punto donde convergen el este con el oeste los hogares, el hogar del Dios Supremo y va más allá hasta el palacio de Quetzalpapalotl. Todo eso resulta bastante curioso. Todo depende de la interpretación que se le dé, pero en mi humilde opinión, está claro que el Micaotli describe la travesía de la uerte almas para visitar a los vivos. Para empezar, el camino comienza en la pirámide de la luna, que es la representación de la noche. Los muertos comienzan su travesía durante la medianoche. Después el camino pasa frente a la pirámide del sol, que es la representación del día. Esto no significa que los muertos lleguen al amanecer, porque el camino termina ahí, sólo pasa al lado, simbolizando que la travesía de los muertos dura varios días. Después, el camino atraviesa el punto donde convergen el este con el oeste, que es la representación del mediodía, justo el punto opuesto a la medianoche, lo que simboliza que el trayecto al mundo de los vivos ha terminado. Después el camino pasa por en medio de las casas donde vivía la gente. Lo que es lógico si su trayecto ya terminó, es porque han llegado al lugar al que querían ir, es decir, con sus seres queridos que siguen en este mundo. Después, el camino pasa frente a la pirámide de onda de Quetzalcoatl, el Dios Supremo, lo que simboliza que los muertos, luego de visitar a sus familiares, deben presentarse ante el Dios Supremo. Supongo que para rendir cuentas y saber si el próximo año tendrán el permiso de volver a realizar el recorrido. Después el camino pasa frente al Palacio de Quetzalpapalotla, que ahí era donde vivía la élite de los sacerdotes. En ese palacio hay representaciones del jaguar, de la Mariposa y del quetzal. El jaguar simboliza el cuerpo físico, la mariposa simboliza el espíritu y el quetzal simboliza la conexión de lo terrenal con lo sagrado. Así que se podría entender que el palacio de Quetzalpapalotl representa un lugar en el que convergen los espíritus. Entonces, el hecho de que el camino pase frente a ese lugar significa que los muertos, luego de que ya visitaron a sus seres queridos, después de que ya saben si el siguiente año podrán volver o no, entonces llegan al recinto en el que están las espada era del siguiente año. El veintisiete de octubre regresan las mascotas aquella noche, mientras el sol se retiraba y la oscuridad comenzaba a dueñarse del cielo, me hallaba en la soledad de mi hogar, envuelto en la tristeza de la reciente partida de mi fiel compañero, mi perro Duque. Su ausencia dejaba un vacío en mi corazón, un silencio que resonaba dolorosamente en los rincones de la casa, pues ya no se escuchaban sus ladridos. El hecho de saber que jamás lo volvería a ver me hacía llorar de una forma muy preocupante para mis padres. Yo estaba muy mal, así que llamé a mi mejor amigo, que es casi como mi hermano, y él llegó a la casa en menos de diez minutos. Juntos nos sentamos en las escaleras mientras yo sostenía entre mis brazos el cuerpo de mi perro duque había muerto por la edad. Estuvo conmigo casi por quince años. Mi amigo intentó consolarme Me recordó que faltaban tan sólo unas pocas semanas para las fechas en que los muertos regresan y me aseguró que mi perro también regresaría. Lo que yo le dije a mi amigo fue que el primero y el dos de noviembre íbamos a salir a Monterrey a casa de la abuela. Así que, aunque mi perro regresara, yo no estaría en casa para recibirlo. Pero entonces mi amigo me dijo que los animales regresaban unos días antes, el veintisiete de octubre. Pasaron las semanas. Llegó la fecha para esto. Yo le había hecho un pequeño altar dentro de la casa de madera, donde duque solía dormir. Serían la una o dos de la madrugada cuando unos ladridos me despertaron. Los ladridos venían del patio. Me asomé por la ventana y me di cuenta de que todo el patio estaba cubierto por una extraña bruma blanquecina. Rápido salí corriendo al patio, pero cuando apenas iba en el pasillo de aquella extraña bruma, salió mi perro Duque estaba ahí parado delante de mí. Quise acercarme para caer, pero él hizo un gesto que siempre hacía cuando me quería dar a entender que no debía moverme de mi lugar. Ladró dos veces y luego desapareció. Aquella experiencia no fue sólo un adiós, sino un testimonio de la belleza y el misterio que envuelve la existencia. Mi fiel amigo Duque me dejó una enseñanza la vida en su incesante ciclo Es un recordatorio de la conexión eterna entre los seres que han trascendido y los que aún estamos aquí. Fue así como en esa noche cercana. Al día de los muertos, descubrí que los animales como mi amado perro duque también poseen un alma que perdura más allá de su partida. Veintiocho de octubre regresan las víctimas. Estudié la secundaria en el Estado de México. Mi escuela no era precisamente la que tenía mejor reputación. Era una institución pública que, de hecho estaba por debajo del Po Medio. La situación era tal que se decía que los maestros que teníamos eran los maestros que habían corrido de otras escuelas. Nos daban solamente quince minutos para el receso entre clases. En mi salón estaba arit no quiero sonar vulgar, pero digamos que no parecía estar en secundaria. Estoy seguro de que su físico le permitía pasar a los bares, haciéndose pasar por mayor de edad. Su comportamiento tampoco era el típico de una muchacha de secundaria, por lo menos no para los estándares de aquel entonces era muy llamativa. A propósito, le gustaba que todos la viéramos. Ni siquiera lo disimulaba. No quiero hablar de más, pero puedo apostar a que se llevaba demasiado bien con el prefecto, con varios maestros y, de seguro, también con el director. Esto lo digo porque le daban permiso de fumar no dentro de los salones, pero sí, durante los quince minutos del receso era la única que tenía ese privilegio. Sus calificaciones no eran buenas, así que es evidente que tenía otras aptitudes. Yo no era de los más listos del salón, pero sí era bastante aplicado, es decir, mi fuerte. No eran los exámenes, pero en cuanto a tareas yo era excelente. En una ocasión, Arit se acercó conmigo para decirme que no había terminado una tarea y me pidió que la ayudara a terminarla. Yo le dije que sí. Durante el receso, en lugar de salir, nos quedamos en el salón. La tarea era de la materia que daba una maestra y Arit sólo se llevaba bien con los maestros, no con las maestras. Por eso sí quería entregar esa tarea para evitar el regaño. No tardamos mucho. En realidad era algo fácil. Todavía quedaban como cinco minutos para que terminara el receso y éramos los únicos que estábamos en el salón. Entonces ella me preguntó qué iba a querer. Yo le respondí que nada. Arid me miró extrañada, me dio las gracias y salió del salón. Yo ya no le vi sentido a salir, así que saqué mis tacos y y me los us comí en lo que sonaba el timbre. Ya cuando todos regresaron al salón, Ari fue a mi lugar y me dio unos fritos que me había comprado. Después de eso nos hicimos muy buenos amigos. Al momento de salir de la secundaria y entrar a la preparatoria, no fuimos a la misma escuela aún así. Yo procuraba ir a su casa los viernes o los sábados, a veces entre semana cuando no me dejaban tarea. Con el pasar de los meses, nos fuimos viendo cada vez menos hasta que llegó un punto en el que yo ya no fui a verla y no volví a saber de ella. En la graduación de la Universidad, un amigo me ofreció un cigarro. Yo nunca fumé. Sin embargo, cuando me ofrecieron ese cigarro, tuve un recuerdo porque era la misma marca de la que Ari fumaba durante la secundaria. Por un instante recordé todos los momentos agradables que pasé con la única amiga que tuve en la secundaria, cosas como que ella pasaba todas las festividades en casa de mi familia. Sus padres peleaban todos los días, Nunca le prestaban atención y en su casa siempre había gritos. Por eso ella prefería estar conmigo. Ella podría haber elegido la compañía de cualquiera, pero yo era su único amigo. Jamás intenté nada más y supongo que ella lo apreciaba. El Día de Muertos era celebración favorita de arit los tres años de secundaria. Ayudó a mi mamá a preparar el pan de muertos para ponerlos en el altar y los días dos de noviembre cenaba ahí con nosotros. Haber recordado todo eso, me hizo preguntarme qué era lo que había pasado con ella. Pero para ese punto mi vida ya era una agenda llena y nunca me di el tiempo de ir a buscarla a su casa. Siguió pasando el tiempo, a pesar de que nunca fui el mejor de la clase. El empeño que le ponía a todas las cosas hizo que de los de mi generación en la carrera, yo fuera el que consiguiera el mejor empleo. Supongo que la suerte también me ayudó un poco. Con veinticinco años traba bajaba en una empresa importante, tenía una oficina y hasta mi propia secretaría. Hasta ese momento seguía soltero, No porque tuviera mala suerte con las mujeres, sino porque, en realidad siempre tuve claras mis prioridades, las cuales eran comprarme una casa y un muy buen auto. En una ocasión tuve que viajar a Tijuana y por supuesto que aproveché para ir al Hong Kong. Los de ahí le dicen la comida china. Muchos hombres sabrán de lo que les estoy hablando. Nada más entrar Le hice la seña a un mesero le di unos billetes para que me diera un buen lugar y me consiguiera buena compañía. Enorme fue mi sorpresa cuando la muchacha que me llevó el mesero era arit de inmediato. Nos reconocimos hasta el mesero se dio cuenta. Por lo mismo me comentó que podía traerme a otra muchacha. Yo le dije que no era necesario. Saqué mi billetera. Le encargué una moet y unos cigarros de la marca que ar fumaba. También le dije que se si alguien preguntaba por ella que les respondiera que no iba a estar disponible que yo iba a estar pagando por su compañía toda la noche. Ella al principio se mostró un poco apenada, pero yo la saludé con mucho gusto. La senté y empezamos a platicar. Estuvimos platicando durante casi siete horas. Nos pusimos al día. Recordamos viejos tiempos. Me contó de su vida como la escuela. Nunca fue lo suyo en cuanto cumplió los dieciocho. Se fue del Estado de México para buscar trabajo y, como siempre, fue de muy buen ver, pues la contrataron en ese lugar le iba muy bien. De hecho, en una semana ganaba más dinero que yo. En una quincena a eso de las seis de la mañana nos despedimos y quedé de visitarla. En mi siguiente vuelta para volver a platicar llegó el dos de noviembre y, como todos los años, yo fui a cenar a casa de mis padres. También pasé al cuarto, donde mi madre ponía el altar para mostrar mis respetos a los difuntos. Pero esa ocasión fue diferente porque, al momento de estar frente al altar, cuatro velas se apagaron. Fueron las cuatro velas que estaban alrededor del plato, donde estaba el pan de muerto. No sé por qué, pero eso me hizo pensar en arit. No fue una sensación agradable. De hecho, fue como un escalofrío que hasta me hizo pasar saliva. Al mismo tiempo pude percibir un muy marcado olor a cigarro. Nadie en la familia fumaba. Es curioso porque ese mismo olor también lo había percibido la semana anterior el siguiente año, Tres días antes de halloween, yo estaba en mi oficina preparando todo para una junta en la que íbamos a analizar los resultados obtenidos a través de una campaña de publicidad. Antes de ir a esa junta, percibí un olor a cigarro. Lo primero que hice fue voltear a ver a mi secretaria y le pregunté si ella podía oler el cigarro, pero me respondió que no. Esa situación fue tan extraña que tuve que ir al baño a enjuagarme la cara. Una vez más llegó la cena del dos de noviembre y, al igual que el año anterior, al momento de pararme frente al altar, se volvieron a apagar las velas que estaban cerca del pan de muerto, al mismo tiempo que me llegaba el olor a cigarro. En ese instante salí de la casa de mis padres. Ni siquiera me despedí, sólo salí. Subí a mi auto, conduje al aeropuerto y algunas horas más tarde estaba aterrizando en Tijuana. Llegué al Hong Kong, a eso de las cuatro de la mañana del tres de noviembre pregunté por Arit, pero me dijeron que ahí las muchachas se pedían por nombre artístico, no por nombre personal. Yo no tenía idea de cuál era el nombre que utilizaba Aritta. Ahí, lo que hice fue describírsela al mesero y me dijo que ya tenía mucho tiempo que ella no trabajaba. Ahí saqué unos billetes y le dije que me consiguiera a alguna muchacha que hubiera sido amiga de ella. Me llevó a una le pedí algo para que tomara algo y ya que le trajeron su copa, fui directo al grano y le pregunté por mi amiga. Ella se puso nerviosa, no quería hablar. Le dije que me dijera lo que sabía y que podía irse que yo le pagaría como si ella hubiera estado ahí conmigo durante horas. Me miró como incrédula. Entonces me dijo que mi amiga ya no trabajaba ahí porque la habían matado dos años antes, en el mes de julio, que se fue con un par de clientes extranjeros a darles un servicio. No es que se hubiera ido con ellos lejos. El lugar donde se dan los servicios está cruzando la calle y es de los mismos dueños. Luego de un rato, los extranjeros dejaron el lugar. Cuando la persona que limpia entró a la habitación la encontró muerta. La habían asfixiado, como ella nunca mencionó que tuviera familia, pues el cuerpo había terminado en la fosa común de algún cementerio, pero ella no sabía de cuál. Le agradecía a la muchacha y se fue. Yo Me pedí unos cuantos tras para poder procesar esa noticia tan amarga. Fue una noticia muy fuerte, sobre todo por la forma en la que ella dejó este mundo de una manera tan cruel, tan inhumana. No fue justo. Pasó otro año. Regresó el día de muertos. Ese dos de noviembre, yo llegué a casa de mis padres con la foto de Arit. Fui al altar y le hice un pequeño espacio ahí cerca del pan de muerto. En esa ocasión las velas no se apagaron, pero el olor a Cigarro sí me llegó. Varios años después esta experiencia se la comenté a un amigo y él me dijo que estaba bien que yo pusiera su foto en el altar que hacía a mi mamá, pero que era mejor si yo le ponía un pequeño altar en mi casa, porque el espíritu de mi amiga necesitaba una vela encendida desde el veintiocho de octubre, no sólo el día dos de noviembre. Yo le pregunté por qué, y lo que me respondió fue que, según la tradición, todos los muertos comienzan su viaje el mismo día, pero unos tardan más que otros en llegar, que los primeros que llegan son los animales, porque su alma es más ligera y que por eso pueden viajar más rápido que ellos llegaban el veintisiete de octubre y que al día siguiente llegaban todas las almas de aquellas personas que habían muerto siendo víctimas, es decir, que no murieran por cuestiones de salud, que su muerte hubiera sido provocada por otra persona, independientemente de que fuera por accidente o intencional. Entonces, como mi amiga, había sido asfixiada, pues ella llegaba desde el veintiocho de octubre y desde aquel entonces, todos los años, cada veintiocho de octubre. Yo le enciendo una vela a mi amiga Arit veintinueve de octubre. Regresan los ahogados. Recuerdo las historias contadas sobre la Llorona desde que era niño, relatos con los que mi madre solía atemorizarme para evitar que a mí se me ocurriera ir a hacer travesuras a las orillas del río entre vecinos. Las narraciones sobre esta misteriosa figura se transmitían. Algunos aseguraban haberla visto, otros decían haber escuchado su llanto desgarrador. Muchos años después, cuando ya era una adolescente, una fría mañana de la última semana de octubre, mi madre y yo salíamos de la iglesia tras la misa Vespertina. Como de costumbre, ella aferrada a sus rezos, se demoraba en los escalones de la iglesia. Al bajar miré fugazmente a una mujer vestida con un largo vestido de color azul claro como el cielo su rostro oculto bajo un velo del mismo tono, sostenía entre sus manos. Una rosa carmesí. Al volver la mirada para mirarla mejor, se había esfumado. Al día siguiente, mis amigos y yo paseábamos por las afueras del pueblo, una zona generalmente repleta de lirios rojos en verano. Ahora yacía en un estado de la onocólico por el avance hacia el mes de noviembre. Entre esas desoladas flores, noté una que, contra toda lógica, relucía con esplendor. Decidí obsequiársela a mi madre al agacharme para tomarla sentí un frío escalofriante recorrerme al ponerme de pie ya con la flor en la mano, una tela de color azul claro se deslizó frente a mí. De hecho, hasta rozó mi cara. Fue algo muy raro, porque cuando la tela dejó de taparme la vista, no había nadie ahí, ninguna tela. Al regresar a casa, le entregué la flor a mi madre. Me retiré a mi habitación con una botella de refresco intentando despejar mi mente inquieta por lo que había pasado. La ventana de mi cuarto ofrecía una vista hacia el patio, reflejando en su opuesta pared el gran espejo de mi Ropero al terminar el refresco, me acerqué al armario en busca de ropa. Al cerrar la puerta del ropero y ver el reflejo del espejo, noté una presencia. La misma figura en vestido celeste estaba afuera en el patio del otro lado de la ventana. Mi reacción instintiva fue lanzar la botella contra la ventana. Mi madre, alertada por el estruendo, entró en mi habitación exigiendo una explicación inventé una excusa sobre una araña para no decirle lo que en verdad había visto. Yo siempre le tuve pavor a las arañas, así que me creyó sin más. La noche avanzaba y con ella una quietud inusual que envolvía las calles. Entonces mi madre me mandó a comprar pan dulce. Me dijo que me apurara porque al parecer iba a llover en el breve trayecto a la panadería. La sensación de estar siendo vigilado me acechaba. La lluvia empezó a caer con fuerza ya cuando iba de regreso a casa. Los truenos resonaban en el cielo. Ya estando prácticamente afuera de la puerta, sentí una helada mirada a posarse sobre mí. A lo lejos entre la cortina de la lluvia la figura vestida de celeste me observaba unos diez metros de distancia. El frío que sentía debido a que me había empapado con la helada lluvia se disipó al probar el atole humeante que me sirvió mi mamá. La cena transcurrió en calma. Mientras mi madre y yo compartíamos recuerdos de mi infancia, anécdotas de travesuras y memorias sobre mi difunto padre. Luego nos fuimos cada quien a acostar en la madrugada. Mientras yo dormía en el silencio de la noche, un infarto arrebató la vida de mi madre. Mientras dormía sólo el recuerdo de aquella última cena agradable se convertía en un destello de consuelo en medio de la devastación. El velorio fue un momento desgarrador. Mis amigos y vecinos acudieron a la iglesia para acompañarme en mi dolor. Buscando un breve respiro, me encaminé hacia el baño en un intento por recomponerme un poco para no derrumbarme ahí en la iglesia, me paré frente al espejo del baño tratando de retener en mi memoria el rostro de mi madre. Al regresar, descubrí una rosa color carmesí junto al féretro, una flor que no estaba allí. Cuando salí para ir al baño, pregunté a mis amigos si habían visto quién la había dejado, pero nadie vio nada. Después nos fuimos al panteón. Mis lágrimas testigos de un dolor indescriptible acompañaron el último adiós a mi madre. Los minutos se convirtieron en horas mientras permanecía de pie inmóvil frente a la tumba de mi madre. No sabría precisar el tiempo transcurrido y, de repente, la lluvia se desató como un lamento del cielo. Al voltear en una dirección, miré a la mujer del vestido celeste. Estaba ahí debajo de un gran árbol, mirando hacia dónde estaba yo. Luego, mientras yo aún la miraba, desapareció. No tengo ninguna duda de que esa era la llorona. Ahora que lo pienso, tiene sentido que apareciera en esas fechas de octubre, pues hay un día específico en el que regresan los espíritus de todos aquellos que murieron ahogados y, como dice la leyenda, ella, después de que ahogó a sus hijos, también se quitó la vida en el río. Siento que esa mujer, quizás arrepentida por haber cometido aquello, busca consolar a quienes enfrentamos la pérdida de una madre. Creo que ella intentaba advertirme de que mi madre iba a morir. Es por ello que, desde aquel entonces, en mi altar de muertos, le enciendo una vela a mi madre y otra a la Llorona. Treinta de octubre regresan los olvidados. Me llamo Elías. Soy un taxista que conoce cada esquina y callejón de la ciudad donde vivo. Durante años he sido el silencioso confidente de pasajeros ebrios, amantes, furtivos, trabajadores exhaustos y turistas maravillados. Pero nunca en todos mis años, tras el volante, había sentido una atmósfera tan opresiva como la de esa fatídica noche. Era como si la ciudad guardara un secreto oscuro, como si las almas que regresaban para el día de los muertos trajeran consigo historias más siniestras y pesadas que nunca. Justo después de dejar a un grupo de turistas, tuve que regresar por esa vieja carretera que muchos evitaban. Al caer la noche a lo lejos, miré la figura solitaria de alguien envuelto en la oscuridad y el silencio nocturno. Al acercarme, las luces de mi taxi iluminaron la silueta de una mujer vestida con un traje tradicional. Su vestimenta me recordaba imágenes antiguas de las celebraciones del Día de los muertos, como sacadas de los viejos álbumes familiares. El velo, que cubría gran parte de su rostro, no lograba ocultar la profundidad de sus ojos negros. Me detuve y le pregunté si necesitaba viaje con una voz apagada. Me respondió que sí. Subió al taxi Me dijo que dirección tomar y arranqué conforme avanzábamos. La estación de radio que llevaba puesta empezó a fallar hasta que se volvió puro ruido de estática, así que opté por apagar el radio. Un aire denso y frío llenó el interior del taxi mi piel se erizó mejor. Subí el vidrio, me sacudí el frío y apoyé mis manos con firmeza en el volante, intentando concentrarme en el camino. Hasta ese momento, la mujer había permanecido en absoluto silencio y, como todos saben, a los taxistas nos gusta hablar. Decidí romper el silencio tratando de iniciar una conversación. Va a visitar a alguien especial, pregunté tratando de mantener mi voz calmada y amigable. No obtuve respuesta, aunque su silencio era desconcertante, el gesto de la mujer era sereno tranquilo. A medida que avanzábamos, el tramo me empezó a aparecer de más largo. No sabría explicarlo, pero tenía la impresión de que, a pesar de que evidentemente me estaba moviendo, sentía que no estaba avanzando. Finalmente, llegamos hasta un cruce donde en una de las esquinas estaba un pequeño altar a la Santa muerte. La pasajera me señaló en esa dirección dándome a entender que, en lugar de seguir derecho, diera vuelta a la izquierda. Justo cuando pasé frente al altar de la Santa Muerte, la mujer me dijo muchas gracias por haberme traído. Mi familia se olvidó de mí mucho tiempo atrás. No me encienden velas. Por eso sigo vagando la Santa muerte. Me dijo que ella me ayudaría a descansar si yo venía a su altar y tú me has traído. Por eso te agradezco. Yo quedé completamente mudo ante lo que esa mujer estaba diciendo. Volteé a verla para pedirle que se dejara de bromas, pero el asiento trasero estaba vacío. Treinta y uno de octubre regresan lo no bautizados aquí más que una historia. Quisiera dar una pequeña aclaración. Como bien saben, todo esto del Día de muertos no solamente es una evolución de las tradiciones de nuestros ancestros, sino que también es una mezcla con la tradición católica. Entonces, para hablar sobre el treinta y uno de octubre, no se puede hablar de nuestros ancestros, porque la tradición dice que es cuando vuelven las almas de aquellos niños que no fueron bautizados, y el bautismo no tiene nada que ver con nuestros antepasados. Es algo que trajo la Iglesia Católica. Antes. La Iglesia nos decía que los niños sin bautizar iban al limbo. Ahora no. Si se buscan referencias al limbo en el catecismo de la Iglesia Católica, no se encontrará ninguna Esto es porque la existencia del llamado limbo nunca ha sido algo que se ha mencionado en la Biblia. Era una solución teológica a un problema que se planteaba con los niños muertos sin bautizar. Se pensaba que no podían ir al cielo, porque la gracia es un don gratuito que se recibe con el bautismo y al no recibirlo, no podían acceder a la gloria. Por lo tanto, se suponía que no podían entrar al cielo. A la vez. Tampoco podían ir al infierno ni al purgatorio, porque ahí sólo se puede ir a causa de los pecados cometidos y en este caso no lo había porque eran bebés recién nacidos o con muy poco tiempo de vida. La conclusión es que tendrían que ir a un sitio distinto de los anteriores, donde gozarían de una especie de felicidad natural sin la gloria y a ese lugar se llamaba el limbo. Semejante razonamiento parecía tener su lógica claro dentro de las creencias católicas, pero con el paso de los años se ha demostrado que considerar la existencia del limbo crea más problemas de los que pretendidamente solucionar. Por eso, ahora ya no se contempla el la existencia del limbo. Independientemente de todo eso, la tradición dice que cada año, durante el último día del mes de octubre, todos aquellos pequeños que murieron antes de ser bautizados pueden regresar para encontrarse con sus padres que siguen vivos. Uno de noviembre regresan los niños. Cuando era pequeño, solía convivir mucho con la familia de mi madre y poco con la de mi padre, cosa contraria a lo que pasa Hoy en día, la familia de mi madre mostró su verdadera cara, dejando ver que muchos de ellos eran unos completos idiotas. En fin, el punto es que cuando era niño pasaba mucho tiempo, ya fuera en casa de la abuela o en casa de alguna de mis tías. La diferencia de edad entre la mayor de mis tías y la menor era inmensa. La mayor le llevaba veintisiete años a la menor, así que cuando yo tenía doce años, la menor de mis tías tenía diecisiete. Por lo tanto, mi relación con ella era más de primos. Yo ni siquiera le decía tía. La llamaba por su nombre. Ana. No diría que nos llevábamos como los mejores amigos, pero definitivamente nos llevábamos muy bien. Cuando Ana tenía diecinueve años, tuvo su primer novio siempre fue muy tímida. Por eso tardó tanto en tener pareja. Antes de cumplir los veintiuno ya estaba dando a luz a su primer hijo y antes de cumplir veinticuatro ya tenía a su segundo hijo. Cabe aclarar que mi tía nunca se casó. Ella y su pareja vivían en unión libre, cosa que, por supuesto, nunca les agradó a mis abuelos, que estaban criados a la antigua. Ya saben como católicos de huesos colorados, así que mis abuelos consideraban que mi tía y su pareja estaban viviendo en pecado. En cierto momento, la relación de Ana con su pareja se empezó a descomponer. Peleaban mucho, se gritaban, se insultas y, de hecho, en más de una ocasión llegaron a la agresión física. Tanto ella como él. Los dos estaban mal, pero, pues claro que la familia se puso de parte de Ana. Aquello se volvió insostenible para ambos y en un arrebato, el tipo se llevó a los niños y desapareció. Por supuesto que se hicieron denuncias, pero en la ciudad en la que vivíamos y en el año en que esto sucedió, tanto la policía como el ministerio público consideraron que un padre no podía raptar a sus propios hijos y lo único que hicieron fue sugerirle a mi tía que intentara localizarlos por su cuenta que no había ningún delito que perseguir. Por supuesto que por más esfuerzo que hizo ella y a decir verdad, toda la familia pusimos nuestro granito de arena, pero fue en vano. Nunca pudimos dar con el tipo y obviamente tampoco con los niños. El último esfuerzo que se hizo fue contratar a un detective privado. No había dinero para contratar al mejor, pero se contrató a uno que tenía buena reputación ahí en la ciudad. Ese detective estuvo investigando durante cinco meses, pero tampoco pudo dar con ninguna pista. Fue así que Ana ya sumida en una profunda depresión. Fue entonces que yo tuve una idea. En un principio no lo comenté con nadie de la familia. Fui directamente con Ana, porque ella y yo nos seguíamos teniendo mucha confianza. Encontré la forma de sugerirle que tal vez había que recurrir a métodos menos convencionales para encontrar a sus hijos. Le dije que lo mejor era ponernos en contacto con una medium para que ella buscara a los niños mediante lo que sea, que hagan las medios para encontrar personas. Ella en un principio se negó, pero al final logré convencerla. Lo que yo le dije fue que no perdía nada intentando que lo peor que podía pasar era que la medium tampoco los encontrara, pero que si había, aunque fuera la mínima posibilidad de tener éxito, que había que intentar. Por eso aceptó yo como tal. No conocía a ninguna medium, pero tenía un conocido que era muy fan de todo lo que tuviera que ver con el esoterismo, y ese amigo nos puso en contacto con una medium que estaba a dos ciudades de distancia. Ana y yo viajamos hasta allá sin comentarle nada a la familia. El día que nos reunimos con la medium fue un seis de octubre. Lo recuerdo muy bien porque ese día cumplía años una amiga mía y no pude asistir a su fiesta porque estaba con Ana en la casa de la medium. Ya llegamos. Ana le contó todo lo que había pasado. La medio me escuchó atentamente y al final hizo varias preguntas como para entender todo el contexto. Luego agarró un cuaderno que tenía ahí al lado. Abrió el cuaderno en una página al azar y le pidió a Ana que ahí escribiera los nombres de sus hijos y el nombre de su ex pareja. Nada de apellidos, sólo el puro nombre. Mientras Ana escribía a los tres nombres, la Medium miraba con mucha atención cada trazo y cada curva que escribía en la hoja de ese cuaderno. Ya que escribió los nombres, la Medium tomó el cuaderno y con su dedo índice empezó a tocar los tres nombres. Pasaba su dedo por encima de las letras una y otra vez mientras tenía los ojos cerrados y se concentraba. Luego de unos segundos, la medium, que seguía con los ojos cerrados, puso un gesto que a Ana y a mí nos generó algo de angustia. La medium abrió los ojos, soltó el cuaderno y con un tono de voz bastante serio, le dijo a Ana tu expareja ya no está en este mundo. Hace aproximadamente ocho meses se quitó la vida, saltó de un puente hacia un río. Cuando lo hizo, se llevó con él a los dos niños. En ese momento, Ana se desmayó, quedó tirada en el suelo. Yo me asusté, pero la medium me pidió que me tranquilizara, que ella se encargaría. Sólo me pidió que la ayudara a llevarla, a sentarla en el cielo, que estaba como a un metro. De ahí la levantamos. La pusimos en el sillón. La mujer se fue a otro cuarto. Tardó como tres minutos luego regresó con una taza que contenía un líquido. Supongo que era algún tipo de té o algo por el estilo. Se las arregló para que Ana le diera un sorbo y eso la despertó. En cuanto Ana volvió en sí, se puso a llorar. Estaba inconsolable. La medium nos dijo que si queríamos, ella podía decirnos dónde estaban los cuerpos. Pero como los cuerpos ya tenían mucho tiempo y habían estado expuestos al agua, lo más probable es que para ese punto ya estuvieran irreconocibles. Ana no estaba en condiciones de tomar una decisión, así que nos fuimos de ahí y quedamos de volver. En caso de que Ana decidiera que quería recuperar los cuerpos, regresamos a la ciudad. Inevitablemente, la familia se enteró de que Ana y yo habíamos ido a hablar con una medium y todos se me dejaron ir encima. Se hizo un escándalo. Me estaban reclamando que cómo se me ocurría hacer semejante tontería. Mis abuelos me tacharon de satánico porque, según ellos, todo lo que no tuviera que ver con la iglesia eran cosas del diablo y, por supuesto que descartaron de inmediato que lo que había dicho la medium fuera verdad. Ni siquiera lo consideraron para toda la familia. Eso que dijo la medium eran tonterías que, de seguro la expareja de Ana estaba escondido en algún lugar con los niños. Los de la familia estaban más interesados en decirme cosas y en explicarme por qué yo estaba equivocado en lugar de preocuparse por Ana. Varios días después, a mitad de la madrugada, Ana me marcó al teléfono de la casa que yo estaba rentando cuando contesté la noté muy alterada. Me dijo que había tenido una pesadilla que en esa pesadilla ella se estaba bañando. Cuando terminaba de bañarse, al momento de mirarse en el espejo, empezaba a sentir algo muy feo en la boca. Entonces empezaba a escupir sus ss todos de uno por uno hasta que se quedó con la boca escurriendo de sangre. Por supuesto que ni ella ni yo teníamos idea de que pudiera significar esa pesadilla, pero Ana estaba segura que tenía algo que ver con sus hijos. Esa misma pesadilla la estuvo despertando a mitad de la madrugada por más de dos semanas. Llegó el treinta y uno de octubre. Creo que está de más comentar que nadie de mi familia celebra el Halloween, porque lo consideran cosa del demonio. Yo, por mi parte, no salí a pedir dulces porque ya no era un niño, pero yo y varios de mis amigos si nos disfrazamos para salir a dar la vuelta en el centro de la ciudad, después de andar dando el rol por unas tres o cuatro horas, cada uno regresamos a nuestra casa, ya estando en casa que serían las doce y media de la madrugada. Lo primero que hice fue correr al baño. Nunca me ha gustado utilizar baños públicos, además de que ir al retrete cuando se trae puesto un disfraz es bastante complicado. Apenas acababa de entrar cuando sonó el teléfono, Decidí que era más importante atender mis necesidades, así que dejé que el teléfono siguiera sonando antes de lavarme las manos. El teléfono volvió a sonar, pero de nuevo no fui a contestar. Cuando salí del baño, el teléfono ya no estaba sonando. No tenía demasiado sueño, así que fui al refrigerador. Saqué un yogur y me lo serví con Cereal. Todavía no daba la primera cucharada. Cuando el teléfono sonó otra vez, ahora sí contesté era ana. Estaba un poco histérica. Lo único que me dijo es que, por favor, fuera a su casa. Luego colgó dejé mi plato de yogur con cereal, corrí al auto y me fui a su casa lo más rápido que pude, ya que llegué. Ella estaba como loca balbuceaba muchas cosas que no se conectaban entre sí. Por lo mismo se me dificultaba mucho Entenderle fue hasta que pudo tranquilizarse que me contó lo que había pasado. Ella se había acostado a dormir temprano, tal vez a las seis de la tarde. Dormía mucho debido a la depresión. La misma pesadilla de siempre la despertó, abrió su cajón para tomar las pastillas que la hacían volver a dormir. Pero en eso escuchó que se abrió la puerta como llevaba mucho tiempo, que no prestaba demasiada atención, casi a nada, pues pensó que había dejado la puerta sin seguro y que debido a eso alguien se acababa de meter a su casa. Ella lo único que hizo fue a trancar la puerta de su cuarto. No iba a salir en caso de que alguien en verdad se hubiera metido. Ella no podía enfrentarlo, pero entonces empezó a escuchar voces de niños, pero no de cualquier niñoos. Lo que estaba escuchando era a sus hijos. En ese momento ni siquiera se puso a pensar que eso no podía ser posible. No le importó. Simplemente abrió la puerta y desde ahí pudo ver a sus dos hijos parados en mitad de la sala, la miraron y el y el n mayor le dijo ve por nosotros luego desaparecieron. Fue por eso que mi tía me había estado marcando. Ella quería que fuéramos de nuevo con la vidente, porque los espíritus de sus hijos se le habían aparecido para pedirle que fuera a recoger sus cuerpos. Por supuesto que no podíamos irnos a mitad de la madrugada. Esperamos hasta la mañana fuimos con la vidente. Ella hizo lo suyo y nos dijo dónde podíamos encontrar los cuerpos. Espero se entienda que prefiero no dar detalles de las cosas que pasaron después. Lo importante es que los cuerpos sí estaban donde la vidente había dicho. Fueron recuperados y se les dio su debido entierro. Hubieran visto la cara que pusieron todos los de la familia. Cuando ya no pudieron alegar que la vidente era una farsante, se tuvieron que tragar sus palabras. Es curioso. Los niños se le aparecieron a mi tía el uno de noviembre, el día exacto que la tradición dice que los niños regresan dos de noviembre regresan los adultos. Hace como cien años, mi familia llegó a México migrando desde España. Mis abuelos eran jóvenes. Tenían muy poco de haberse casado cuando salieron de su país natal. Mi abuela se llamaba Norma. A ella nunca le gustó vivir aquí en México. No es que fuera muy patriota, pero era muy elitista, así que ella prefería estar en la peor ciudad de Europa antes que vivir en la mejor ciudad de México. El tener que soportar vivir en México. La volvió una mujer amargada. Claro no fue de un día para otro, pero yo soy uno de los nietos más chicos, así que cuando yo nací, la abuela ya era una mujer que nunca sonreía. Ella aprovechaba cualquier oportunidad para decir que debían regresar a España, pero el abuelo siempre mantuvo su postura firme. Tenía muchos motivos para quedarse en México. El mayor de esos motivos era que Franco mantenía a España bajo una dictadura. Otra de las cosas con las que el abuelo le refutaba a la abuela era que, a pesar de estar en México, ella seguía viviendo como si estuviera en España. Es decir, mi abuelo no era millonario, pero sí tenía dinero. La casa era grande y hasta había dos señoras que estaban contratadas para ayudar a la abuela en lo que necesitara. Una estaba en el día y la otra en la noche, así que en realidad la abuela no tenía ningún motivo para quejarse. Fueron esas dos señoras las que le enseñaron a mi abuela a colocar el altar de muertos. A mi abuela nunca le gustaron las tradiciones mexicanas, pero lo que sí le gustaba era mantenerse ocupada, sobre todo con cosas de decoración. Y como el altar de muertos es mucha decoración, pues fue algo que aprendió a hacer y le gustaba. Pero el altar que montaba mi abuela con ayuda de las señoras era algo peculiar. Todos los familiares muertos de mi abuela habían sido burgueses, catedráticos, inclusive alguno que otro político Por lo tanto, las ofrendas no eran típicas, sobre todo la comida. Lo que la Abuela pensaba era que se ofrecía comida mexicana. A sus difuntos les estaría faltando al respeto, así que mandaba preparar los platillos para el altar con un chefaragonés. Así, la comida puesta en el altar para sus parientes españoles sería comida española preparada por un español. Los únicos momentos en que la abuela no se veía tan amargada era durante las reuniones familiares, ya que siempre fue de tomar unas cuantas copas de vino. Eso la relajaban y, aunque no la ponían de buen humor, al menos todos los demás podíamos estar conviviendo con tranquilidad sin que la abuela nos estuviera regañando mientras ella tuviera llena su copa de vino. La fiesta podía seguir en paz. Volviendo al Altar, es curioso ver una ofrenda en la que hay puras fotografías de gente que no conoces, gente que ni siquiera quiera. Mi mamá conocía. Todos los parientes del Altar eran españoles. Algunos habían fallecido antes de que los abuelos llegaran a México y otros habían muerto entre los años cuarenta y setenta. Algunos de los familiares habían muerto por enfermedad, otros por armas, pero había unos cuantos parientes cuya historia de muerte era un tanto más dramática. Estaba, por ejemplo, Don Carlos. Él era muy mujeriego. En una ocasión lo atraparon en una situación bastante comprometedora con una muchacha que se iba a casar. Fue el futuro esposo quien los descubrió. Él sin pensarlo. Dos veces sacó su pistola y mató tanto a su prometida como a don Carlos. A ese don Carlos, como ofrenda, le ponían una botella de vino tinto y un puro. Una de mis tías, hermana de mi mamá, era muy incrédula con todo eso del Día de Muertos. Cada año se intentaba discutir sobre el tema, argumentando que se trataba de puras tonterías de gente pobre como como podrán adivinar. Ella heredó el carácter de la abuela, pero era curioso porque la abuela era la que más creía que de verdad los difuntos podían visitar el altar. Así que cada año no faltaba la discusión entre la abuela y la tía, las dos mujeres más tercas del mundo. Allá, por mil novecientos noventa y dos, mi abuela ya tenía más de ochenta y cinco años, así que para ese momento no le resultaba tan fácil armar el altar. Por eso toda la familia nos organizábamos y cada quien hacía su parte del altar. A alguien le tocaban las flores, a otros les tocaba el papel picado. El abuelo ponía las botellas de licor y así se repartían todos los elementos del altar y de la ofrenda. A mi madre y a mí nos tocaban los dulces. No podíamos comprar los dulces en cualquier lugar? La abuela tenía un lugar específico en el que compraba los dulces? Llevaba más de cincuenta años comprando los dulces en el mismo lugar y que mi madre y yo teníamos que ir hasta el centro de la ciudad para comprar los dulces? No podíamos comprar los dulces en cualquier lugar? La abuela tenía un lugar específico en el que compraba los dulces. Llevaba más de cincuenta años comprando los dulces en el mismo lugar, así que mi madre y yo teníamos que ir hasta el centro de la ciudad para comprar los dulces. Ese año había que hacer un espacio adicional, porque en el mes de abril alguien falleció, así que había que darle su respectivo lugar en el altar. Se trataba de una hermana de la abuela. A ella sí la conocimos porque venía a México cada que íbamos a tener una celebración religiosa. Ya saben bautizos primeras comuniones, confirmaciones y bodas. Era muy devota de la religión católica. Nunca se perdió ninguna ceremonia. Llegó a venir a México hasta en cuatro ocasiones el mismo año. Su marido tenía demasiado dinero, como ella era la que había fallecido más recientemente le tocaba estar en el centro del altar, en la casa de la Abuela. Las preparaciones comenzaban desde el día veintiséis y debía estar listo el día veintiocho antes de las diez de la noche. Así lo hacía la Abuela. Todo ese asunto del día de muertos le resultaba demasiado llamativo a los parientes que teníamos en España, así que cada año, por lo general, solíamos recibir al menos a una visita. Variaba Cada año preferían venir para Día de muertos que para las Navidades, porque aprovechaban para hacerles una ofrenda a los difuntos. Ese año, en particular, mil novecientos noventa y dos, llegaron varios parientes de visita, tanto por parte del abuelo como por parte de la abuela. Llegaron primos, tíos y hasta sobrinos. Algunos de mis primos llegaron ya casados y con hijos de los niños. La más pequeña se llamaba Liset. Ella tenía cuatro años y pues obviamente, ella no entendía muy bien qué era todo eso del altar y de las ofrendas, lo cual es entendible. Digo en realidad, no hay manera de que una niña de cuatro años asimile que los muertos pueden regresar en una fecha específica. En plena cena del treinta y uno de octubre, mientras los jóvenes jugábamos baraja en la sala y los adultos platicaban en la mesa principal, Lisette estaba jugando ahí cerca del altar. Su papá fue con ella y le preguntó qué estaba haciendo, porque ahí había velas y podía ser peligroso. La niña le respondió que estaba platicando con la viejita. En ese altar había más de veinte fotografías, así que mi primo le preguntó a cuál de todas las viejitas se refería. La niña señaló a una de las fotografías se trataba de la hermana de la abuela que había fallecido ese mismo año. La niña también le dijo que la viejita era muy graciosa porque le hacía caras para hacerla reír liset. Era muy pequeña y a esa edad los niños se inventan cosas para jugar, así que mi primo le dijo que estaba bien que siguiera jugando con la viejita, pero que tuviera cuidado de no tumbar ninguna vela porque podría quemarse. La niña le respondió que no se preocupara que la viejita la cuidaba cada quien siguió con lo suyo, hasta que inevitablemente nos dimos cuenta que Elisette estaba bailando frente a la ofrenda. La niña no sabía nada de baile era muy pequeña aún como para llevarla a clases. Por eso, a todos nos resultó tan extraño que la niña estuviera haciendo pasos de ballet. Claro que no le salían los pasos tal cual, pero era evidente que se trataba de pasos de ballet. Mi primo, sin levantarse de su lugar, alzó un poco la voz y le preguntó a su hija qué era lo que estaba haciendo. Ella le respondió que la viejita le estaba enseñando cómo bailar. Todos nos tomamos esa respuesta con algo de risa, todos menos la abuela. Ella estaba muy seria y miraba fijamente a la niña. Mis tíos le preguntaron qué pasaba, a lo que la abuela respondió que suerte a la que había fallecido ese año había tomado clases de ballet cuando era niña que después de que se casó o no volvió a bailar, pero a ella siempre le gustó el ballet. Las palabras de la abuela nos dejaron mudos. Lo que hizo mi primo fue levantarse y cargar a su hija para apartarla del altar. Comprenderán que el hecho de que una niña esté interactuando con un fantasma es como mínimo estremecedor. No importa que ese fantasma sea un familiar, sigue siendo un fantasma. Y a más noche el abuelo empezó a repartir los cinco cuartos entre los que se iban a quedar en la casa. Los demás nos fuimos y acordamos regresar para la hora del almuerzo. Al día siguiente, el primo nos recibió con una anécdota. Nos dijo que a todos los niños que eran como siete los acomodaron en un solo cuarto a mitad de la madrugada empezaron a escuchar que los niños seguían despiertos. Al alguien fue a revisar. Entró al cuarto y les preguntó a los niños qué hacían despiertos. Lo que los niños le respondieron fue que la viejita les estaba contando un cuento. Esa persona salió del cuarto, fue a despertar a los abuelos y les dijo lo que estaba pasando. La abuela dijo que ella lo iba a arreglar. Salió del cuarto y fue al altar. Acomodó una silla para sentarse, sacó su rosario y empezó a rezar. Lo que la abuela pensaba era que si su hermana estaba así de inquieta, era porque estaba intentando llamar la atención y eso era porque necesitaba que rezaran por ella. La abuela se aventó todo un rosario y luego se fue a dormir, ya que mi primo nos contó todo eso. Yo le pregunté a la abuela si con el rosario ya era suficiente para que su hermana se estuviera en paz. Lo que me respondió la abuela era que lo más seguro era que sí. Y pues sí, ni Liset ni ninguno de los otros niños l l o s l vino a decir que estaba viendo a la viejita. Yo no creo que esa experiencia haya sido de miedo. Más bien, pienso que fue una experiencia peculiar que sirvió para demostrar que los difuntos en realidad sí regresan. La más impactada de todas fue la tía terca la que cada año se peleaba con la abuela. Después de eso ya no volvió a decir nada reunión familiar en los días previos a esta crucial fecha de noviembre, unos sentimientos melancólicos me envuelven principalmente siento tristeza al recordar a las personas que estuvieron a mi lado en vida y que ya no están debido a decisiones de la vida, aunque durante el tiempo que compartimos juntos vivimos días inolvidables, llenos de enigmas y sucesos inexplicables. Recuerdo mi infancia cuando mi abuelito y mi abuelita nos reunían en la sala, junto con mis tías y primos, aprovechábamos la ocasión para relatar historias sobre almas en pena y situaciones incomprensibles que ocurrían precisamente en estos días finales de octubre y principios de noviembre. Ahora, en mi etapa de vida actual, ya estoy entrando en una edad avanzada. Ya no soy joven en honor y recuerdo de mis abuelos y aquellos tiempos inquietantes decidí reunir a mis nietos e hijos para revivir una noche similar a las de mi infancia. Quise reunir a toda la familia, disfrutar de una agradable taza de chocolate y galletas y compartir las historias de mis abuelos. Por supuesto, también escuchar las nuevas experiencias que la nueva generación de mi familia podría aportar. Expresé mi deseo, en primer lugar a mi esposa, quien mostró un gran interés en la idea de pasar una noche agradable con todos nuestros hijos y nietos. Una vez acordado lo anterior, lo compartimos con los demás integrantes de la familia y acordamos reunirnos por s por la noche un día antes de la crucial fecha de todos los santos. Tanto mi esposa como yo estábamos ansiosos. Contábamos los días para poder reunirnos y conocer esas historias. Finalmente, llegó la fecha marcada. Fue nostálgico ver a mi familia reunida en nuestra casa. Estábamos listos para adentrarnos en una noche llena de historias intrigantes y recuerdos emotivos. Casi toda la familia ya estaba reunida frente a la mesa, adornada con papel crepé y figuras de cabezas, colgantes, de calaveras, de frutas y también de dulces. Fue entonces cuando comenzamos a contar las historias. El primero en compartir su experiencia fue mi hermano José. Empezó diciendo les voy a contar algo muy personal. Creerán que yo no creía en estas cosas. Además, estaba enojado, poseído por la ira y la tristeza, por la pérdida de mi querida hija. Culpaba a Dios por todo lo que le sucedió. Lo culpaba de su enfermedad y de sus su muerte. Le repetía mil veces que la curara. Luego le cuestionaba el por qué no lo hizo, qué le costaba sanarla con ese poder que supuestamente tiene. Pasaba el tiempo y al acercarse la fecha del día de muertos, decoraba la mesa para la ofrenda, aunque lo hacía con resentimiento y con un oscuro desprecio. Incluso mi esposa recordaba a mis padres diciendo que volverían a nuestra casa a visitarnos, por lo que debía poner la mesa antes de su llegada. A pesar de la situación y el dolor por la pérdida de mi hija, me cerré a toda creencia, incluyendo la de Dios. Fue un momento sombrío y denso que pesaba en cada rincón de la habitación. A mi esposa no le decía nada sobre su mesa llena de comida. El simple hecho de ignorarla o no hacer nada era suficiente para mí. Pero, como dice el refrán, más pronto cae un cojo que un hablador. Pronto Dios me dio una gran lección una noche runs regresé tarde del trabajo más fastidiado de lo habitual, también porque no me habían pagado mi semana y justo ese día era el uno de noviembre, el día en que, según las creencias, llegan las almas de los niños a visitar las ofrendas. Fue entonces cuando encontré a mi esposa llorando, ya que no tenía dinero para comprar las cosas que solía poner para los fieles difuntos. Esto me enfureció, por lo tanto, con una voz helada y desprovista de sentimientos. Le comenté que no me habían pagado esa semana y que lo harían hasta el lunes, ya que algo había sucedido con el banco y se atrasaron los sueldos ella levantó la mirada con ojos hundidos en sombras y una expresión de gran tristeza y me dijo que se sentía triste ya que no le compraríamos las cosas a nuestra hija. Al escucharla reventé de coraje, para mí fue la última gota que colmó el vaso. Esto me llevó a una profunda desesperación. Me dirigí hacia la mesa, donde había una veladora encendida y un ramo de flores marchitas. Me apoyé en ella como si quisiera levantarla y tirarla al suelo. Pero en lugar de eso opté por comenzar a gritar les. Grité a las presuntas almas, desafiándolas a manifestarse. En ese instante, yo no creía en estas cosas. Pensaba que era solo para hacer negocio. Mi rabia era palpable en la habitación, una tormenta de emociones se desataba dentro de mí, mi esposa había gastado dinero que no teníamos y que hacía mucha falta para comprar cosas en la casa. Les dije que quisiera que me dieran una sola señal, una señal de que en verdad vienen los muertos a visitarnos. Mis palabras resonaron en la habitación, envueltas en un escalofriante silencio que presagiaba la llegada de algo oscuro y misterioso. Argumentaba que los muertos son muertos y no regresan jamás. Mi esposa, con una mirada perturbada por lo que había hecho y dicho, me pedía que me calmara, que cerrara la boca porque aprendería una lección. Yo incrédulo, repetía lo mismo una y otra vez, desafiándolos a que vinieran y me mostraran si era verdad. Les decía que si esto resultaba ser cierto, yo mismo me encargaría de poner la mejor ofrenda que nadie les podía ofrecer, pero dudaba mucho que me lo demostraran. Creía que, si fuera cierto, ya hubiera visto a mi hija el solo hecho de recordar a mi pequeña me destrozó el alma caí de rodillas y comencé a llorar, como no lo había hecho en mucho tiempo. Mi mujer se acercó y con una sonrisa, intentó tranquilizarme. Una vez que recuperé el control, me levanté del piso y nos dirigimos a la Recámara para intentar descansar un poco. Cuando nos acostamos en la cama, les aseguro que me sentía avergonzado por todas las cosas que había hecho y dicho, pero ya no podía repararlo. A pesar de que mi esposa me ayudó a levantarme, no se acercó a mí en la cama, se mantenía alejada. Era evidente que mis palabras la habían herido una tristeza profunda reflejada en su mirada, alejada de mí por la herida que causé. Los minutos fueron pasando y lentamente. El sueño me fue ganando justo cuando estaba a punto de caer en un sueño profundo. Un sonido espeluznante llegó a mis oídos. Era un sonido que me generó temor calando en lo más hondo de mi ser tan siniestro que me paralizó por completo. Al prestar atención, me di cuenta de que eran unos quejidos que al principio eran leves, pero a medida que pasaban los segundos, esos lamentos iban en aumento hasta que se volvieron ensordecedores. Lo más aterrador fue que esos quejidos eran idénticos a los que hacía mi niña cuando estaba en el hospital antes de fallecer espantado, me di la vuelta rápidamente y le hablé a mi esposa con una voz entrecortada. La desperté y le dije rra lo que estaba pasando. Ella me dijo que eso era lo que yo había provocado por andar desafiando a los difuntos de forma insensata, sin pensar más en la situación. Me levanté de la cama rápidamente y me acerqué al interruptor para encender la luz y revisar la cama, donde antes dormía mi hija. No había nada. La cama se encontraba vacía y deshecha, como si alguien hubiera estado revolcándose en ella. No conforme con esto, salí a la sala y tampoco se encontraba nadie. Fui a la cocina para confirmarlo y el resultado fue él mismo. Me arrodillé en medio del cuarto, pidiéndole perdón a lo desconocido y a mis fieles difuntos, pero en especial a mi querida hija. Esa noche confirmé que ella vino a verme supe en ese momento que todo lo que nuestros abuelos nos decían era cierto. En realidad, los difuntos sí vienen a visitarnos en estas fechas tan especiales donde el velo entre el mundo de los vivos y los muertos muerto se desdibuja. Es por eso que a partir de ese día les pongo su ofrenda y siempre trato de que esté bien hecho. Ya saben, pongo pan de muerto, comida que le gustaba, vela flores y lo que nunca puede faltar un vaso con agua. Cuando mi hermano terminó de contar su historia, toda la familia guardó silencio en forma de respeto. Mi cuñada, al igual que él, confirmó la experiencia diciendo que todo era completamente cierto. Dejando una atmósfera cargada de inquietud. Luego de guardar unos minutos en silencio, mi hijo Andrés se animó a contarnos una historia que realmente nos dejó paralizados. Nos dijo resulta que mi mamá me pidió que fuera a buscar unas ramas. Así que me fui al monte con un amigo Como ambos ya éramos un poco mayores y nos gustaba la bebida. Decidimos llevar con nosotros una botella grande de alcohol de caña y unos cuantos limones para acompañar. Llegamos al mono monte y de inmediato nos pusieron a cortar las ramas que mi mamá nos había encargado. Al terminar con la labor, regresamos al pueblo. Antes de entrar al mismo, nos detuvimos, sacamos la botella de licor y empezamos a beber. Para ese momento, ya el sol se había ocultado y la noche se acercaba. Estábamos bebiendo justo en un camino que se cruzaba con otro formando algo como una cruz. Ambos estábamos sentados en una roca disfrutando de la bebida, cuando, de forma imprevista sucedió algo que no esperábamos, una situación que nos alarmó y erizó la piel. Sumiendo ese cruce de caminos en silencio, sin previo aviso, un hombre salió de uno de esos caminos oscuros. Era un señor alto y corpulento con una presencia imponente que parecía emerger de las sombras. Se acercó a mí y me susurró con una voz ronca y siniestra que mi mamá ya me estaba esperando con las ramas que me había encargado. También me dijo que esas ramas las quería para hacer el altar de él me dijo que no la hiciera esperar y que, por favor, me encargaba que ya no tomara sus palabras. Me helaron la sangre y supongo que a mi amigo le pasó lo mismo. Eso que se nos apareció por lo que nos estaba diciendo era nada más y nada menos que un difunto, un espíritu mi amigo. Al ver a, ese hombre quedó petrificado, no pudo mover un solo músculo. Estaba como paralizado por el terror. No es que yo quisiera dejarlo ahí, pero por instinto salí corriendo como loco, gritando en dirección al pueblo en busca de una escapatoria aterrado, por lo que acababa de presenciar. Cuando llegué a casa y le conté eso a mi mamá, ella me pidió que le describiera al hombre. Cuando lo hice, resultó que era un hermano de ella, uno que a usted papá nunca le cayó bien. Por eso mi mamá también le pidió que nunca le contara esta historia. Pero creo que ya han pasado demasiado gerda años y por eso ahora sí lo cuento. Cuando terminó de contar su historia, yo y toda la familia nos quedamos en silencio. Mi esposa volvió a verme y confirmó que la anécdota era verdadera y que sí que ella le había pedido que no me dijera nada. El siguiente en compartir una historia fue un primo mío que venía desde un estado al sur del país. Él era unos cuantos años menor que yo. Él empezó a decir allá donde vivo. Las historias cuentan que los perros ven más allá de lo que nuestros ojos pueden percibir, observando un mundo privado para nosotros, un mundo que escapa a nuestra visión cotidiana. Las historias que me contaban mis abuelos hablaban de espíritus que aún vagan por este mundo que nos rodean, aunque no tengamos la capacidad de percibirlos con nuestros sentidos. A veces sentimos un cambio repentino en la temperatura de una habitación o un espacio central, un repentina sensación de cansancio que se apodera de nosotros como si alguien nos estuviera observando. Claro, no podemos probarlo, pero esta creencia estaba profundamente arraigada en la gente de nuestros pueblos, transmitida de generación en generación. Mis abuelos creían firmemente que los perros podían percibir la presencia de estos espíritus, basándose en ciertos comportamientos de estos fieles compañeros. Decían que los perros miraban con atención al aire, gruñan hacia la nada o retrocedían atemorizados, revelando la presencia de algo más allá de nuestra percepción. A veces estos comportamientos anunciaban la llegada de la muerte, aunque nosotros no pudiéramos verlo con nuestros propios ojos. Esto se hacía aún más evidente cuando había algún enfermo en casa o cuando llegaba la triste noticia de un familiar querido que se había ido. Los perros mostraban una profunda tristeza y desagrado. En los días finales de octubre e inicio de noviembre, época de los días de muertos, los perros se ponían ansiosos como si supieran que en estas fechas los espíritus regresaban por unas horas para visitar a sus seres queridos y revivir recuerdos enterrados en el tiempo. Mis abuelos contaban la historia de un hombre escéptico e irrespetuoso que se burlaba de la antigua tradición de ofrendar un altar a los muertos. El pueblo entero le desaconsejaba tal osadía advirtiendo sobre la ira incontenible de los espíritus que podía desatarse. Pero él, cegado por su desmesurada arrogancia y vanidad, decidió profanar el ritual ancestral que había sido respetado por generaciones. No creía en la posibilidad de que los difuntos pudieran regresar del más allá para recibir y apreciar la ofrenda que se les colocaba en su día. Para él, esto no era más que charlatanería y una pérdida de tiempo. Consideraba estas prácticas como cosas de gente ignorante, pues sostenía que no había forma alguna de demostrar su veracidad y así, sin temor y lleno de soberbia, aquel individuo decidió poner a prueba la tradición y las creencias profundamente arraigadas en la gente de aquella época de cuando mis abuelos eran aún jóvenes. La noche anterior al dos de noviembre, justo antes de la medianoche, se ubicó junto a la puerta, retirando la caña que sostenía la cortina de su propio perro. Desafiante y dispuesto a presenciar lo que él consideraba una ridiculés. El silencio de la noche lo envolvía mientras aguardaba en el lugar donde los suyos habían colocado la ofrenda que tanto menospreció. La oscuridad se cernía sobre él. Sólo rota por la luz tenue de la vela que sostenía en su mano. El tiempo transcurría lentamente, sumido en una anticipación inquietante. De repente, una sensación de incomodidad lo invadió un escalofrío frío, recorrió su espina dorsal, miró a su alrededor, pero no vio nada. El aire parecía cargar con un peso inexplicable, como si estuviera impregnado de presencias invisibles. El aullido lejano de un perro lo hizo estremecer el miedo, algo que no había sentido antes, empezó a apoderarse de él. Sus ojos se llenaron de terror. Al presenciar como su perro, de repente comenzó a gruñir y a retroceder y sus ojos estaban fijos en algo que él no podía percibir. Intentó moverse, pero algo lo mantenía paralizado. En su lugar. La presencia de lo sobrenatural se hacía cada vez más evidente y supo en ese preciso instante que había subestimado gravemente la sabiduría y la intuición de los ancianos. Ya no había marcha atrás. El desafío se había transformado en su propia trampa y las consecuencias de su incredulidad lo alcanzarían de forma implacable. Su perro lo miraba fijamente en ese instante comprendió que la realidad es mucho más compleja de lo que nuestros ojos pueden captar y que lo desconocido posee un poder que va más allá de la simple razón humana. Sus gritos desesperados se desgarraron en la noche, pero ya era demasiado tarde para retractarse. El hombre ahora, enloquecido por la visión que acababa de presenciar, llegó a la barranca que conectaba con el río. Se detuvo allí su respiración agitada y su corazón. Latiendo con una fuerza descomunal en su pecho, miró hacia atrás, temiendo encontrarse con algo que preferiría no haber visto nunca. La oscuridad del pueblo y la noche cerrada lo envolvían, pero no detectó ninguna presencia, sólo el silencio rotó por el susurro del viento. Llenaba la quietud de la noche. Fue entonces cuando se escucharon los desgarradores llantos del hombre suplicando a algo que se alejara que lo dejara en paz. Hubo lamentos alaridos de desesperación y lo y lo luego un rotundo silencio. Al amanecer del día siguiente encontraron al desafortunado hombre hecho trizas en el fondo de la barranca. Su rostro reflejaba el horror más profundo con los ojos abiertos y enrojecidos. Sus manos y dedos estaban destrozados. Había sido testigo de algo prohibido, algo que lo condujo a su trágico destino. Mi abuelo también decía que todo ese día un pájaro inusual y extraño, una lechuza de tamaño descomunal y un plumaje excepcionalmente blanco. Estuvo volando sobre la casa de aquel hombre que había muerto por no creer que los muertos sí regresaban esa historia que contó mi primo nos dejó a todos, ciertamente, con una sensación de escalofrío. Entonces, un primo de mi esposa dijo que eso no era nada, que él se sabía una historia que daba todavía más miedo y la empezó a contar. Él nos dijo. Hace sesenta años viví en un pueblo ya llamado San Silvestre. En ese pueblo y en los pueblos de los alrededores se tenía la creencia que durante la madrugada del uno de noviembre, para amanecer el dos de noviembre, nadie debía aventurarse solo en las calles. Todos debíamos refugiarnos en la seguridad de nuestras casas y no salir durante las oscuras horas de la madrugada. Se decía que en esas horas los difuntos abandonaban sus tumbas y un enigmático carretero recogía las almas de aquellos que habían partido durante el año. Aquel desafortunado que oyera el último sonido del reloj estaba condenado a asumir el papel del carretero recogiendo almas hasta que otro incauto tomara su lugar. Las monjas afirmaban haberlo escuchado durante algunas noches mientras oraban y realizaban sus laboriosas penitencias, un chirrido semejante al que emite una pesada carreta que surca el empedrado. Aseguraban que esta carreta estaba completamente velada y en su parte superior. Los los los ostentan la tres sombreros negros hablaban sobre su marcha incontenible, acompañada por un crujido peculiar que comenzaba como un agudo rechinido y terminaba en un sonido profundo y escalofriante, distinto a cualquier otro. Este peculiar carruaje no parecía apurar. Su andar avanzaba con una cadencia pausada y nadie podía discernir cuál sería su destino. Se decía que solía aparecer en las noches de luna llena en octubre, previas al día de los fieles difuntos. Sin embargo, algunos sostenían que también generaba energía en las noches de aguaceros y tormentas. Cuando la lluvia cubría los caminos y las calles, los lamentos de las almas atrapadas en la carreta resonaban fundiéndose con el viento frío de la noche. Eran sonidos escalofriantes, capaces de helar la sangre de aquellos desafortunados que tuviesen la desdicha de escucharlos. El conductor del carruaje, con su rostro sombrío e imperturbable ma, mantenía la vida vista fija hacia adelante, ignorando por completo el tormento de las almas en pena que lo acompañaban. Se decía que aquel que avistara la carreta y oyera los angustiosos lamentos quedaba marcado de por vida, una sombra de muerte acecharía sus sueños y su paz de por vida. La única manera de eludir la funesta presencia era evitar cruzar la mirada con el hombre a bordo de la carreta de almas. Aquella mirada constituía una sentencia de tormento eterno, un pacto sellado en la más profunda oscuridad de la noche. El carruaje de la muerte avanzaba arrastrado por un caballo demacrado y era fácilmente identificable por el característico crujir de las riendas. Las leyendas y los mitos en torno a esta enigmática presencia se multiplicaban llenando de temor a la gente del pueblo, yo incluido, por supuesto, los perros, ladraban y se descontrolaban cuando el carruaje estaba lejos, pero cuando estaba cerca se ocurra taban a su paso. La gente cerraba con rapidez sus ventanas en cuanto percibían el siniestro chirrido de la carreta. Nadie deseaba arriesgarse a presenciarla, conscientes de que aquellos que, por curiosidad o desafío se asomaban pagaban con su propia muerte. En las sombrías noches de octubre, la presencia del carruaje se percibía en el aire un olor a podredumbre y desesperación que anunciaba su llegada. Aquel que tuviera la desgracia de cruzarse en su camino podía sentir un frío helado que penetraba hasta los huesos y escuchar susurros ininteligibles que enfriaban el alma. Nada lograba escapar a su paso. En mis tiempos se contaba la historia de un hombre valiente que desafió la superstición y por un instante presenció aquel carruaje que transportaba almas. Sobre la carreta pudo vislumbrar un ataúd abierto y en su interior un difunto yacente rodeado por cuatro velas. La visión fue tan espantosa que lo dejó en in movilizado, congelado en el horror y le arrebató la vida. En un instante. Las campanas del pueblo resonaron con pesar al día siguiente y se celebró una misa de cuerpo presente en la Iglesia debido a la muerte de aquel hombre que había sido testigo de la carrera de las almas. Eso sí que había sido una historia muy escalofriante y yo notaba que mis nietos ya se estaban asustando. Entonces quise romper un poco con esa atmósfera de miedo y decidí animarme y les compartí una vivencia personal que guardaba en lo más profundo de mi ser una experiencia que dejó una marca en mi vida y que me hizo reflexionar sobre lo desconocido y lo inexplicable. Fue una historia que me ocurrió cuando era muy joven, cuando por necesidad me vi obligado a ir a trabajar a los Estados Unidos. Al llegar a ese país fue un cambio rotundo para mí, un mundo distinto, un idioma diferente, la la, la, la cosa comida y, por supuesto, la cultura. Les aseguro que a los tres días de estar en los Estados Unidos ya extrañaba profundamente a mi familia, a mi esposa, a mis hijos e incluso hasta el perro. A pesar de esa tristeza abrumadora, tuve que aguantar y ser fuerte. Mi objetivo era sacar a mi familia delante en esta nueva tierra llena de desafíos. Gracias a Dios, la empresa para la que trabajé, me proporcionó un departamento pequeño para vivir. La verdad es que era acogedor y con ese alojamiento al menos me ahorraba el costo de la renta, aliviando un poco la carga financiera, por mi cuenta, sólo gastaba en la comida y cosas básicas para sobrevivir. Finalmente, llegó el mes de noviembre y exactamente el día primero. Quise mantener esa tradición que mis padres me inculcaron. Compré algunos dulces frutas y lo esencial como agua y unas veladoras, pero esa noche una sensación inquietante se apoderaba del aire, como si estuviera cargado de presencias ocultas y misteriosas. Preparé mi altar de día de muertos. En ese tiempo no sabía rezar mucho, pero hice el intento tratando de conectar con lo espiritual de la forma que conocía como si mis fieles difuntos estuvieran ahí conmigo. Me puse a platicar un rato con ellos, compartiendo pensamientos y recuerdos. Después de un largo tiempo, me fui a la cama a descansar con la sensación de que algo inusual estaba a punto de suceder en esta noche de difuntos. Cuando me acosté, me acordé de mi abuelo que ya había fallecido. Quizá no me crean y piensen que estoy loco, pero les juro que escuché unas palabras susurradas de él. Me dijo que tenía que volver, que ese lugar en donde estaba no era para mí, que mi lugar era con mi familia. Lo vi a través de una misteriosa y tenue luz que iluminó una parte de mi pequeño altar. Ahí estaba mi abuelo. Me levanté rápidamente, pero se desvaneció tan rápido que no me dio tiempo de nada. Me puse a llorar porque sabía que tenían razón. Yo decía que era por necesidad, que era para salir adelante lo más rápido posible, Así que sólo esperé para juntar mi pasaje y volví a casa cuando terminé de contar la corta anécdota de lo que me había pasado allá en los Estados Unidos. Mis lágrimas brotaron y mi familia también se puso a llorar. No creo que haya sido por mi anécdota, sino porque me vieron muy triste aquella noche, donde toda la familia compartimos historias. Fue de las mejores noches de mi vida. Quisiera decirles una última cosa. Estoy seguro de que si ponen atención, tal vez logren ver a uno de sus fieles difuntos el vínculo con nuestros seres queridos nunca se rompe, sólo se transforma. Están en nuestro corazón y en nuestros recuerdos, siempre acechando en nuestro día a día, acompañándonos en cada paso de nuestra vida, guiándonos y protegiéndonos desde el más allá. Relatos escritos y adaptados por Ramiro contreras