Dec. 14, 2023

El Siniestro Comportamiento Humano De Mi Perro Historias De Terror - REDE

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El perro nahual. Desde que tenía corta edad he tenido preferencia por los animales, especialmente por los perros. Cada vez que me encontraba uno de ellos trataba de acercarme a acariciarlo. Mi madre me decía que tuviera cuidado porque no todos los caninos eran de confianza, no dejaban de ser seres vivos cuya principal motivación era el instinto. Aún así lo seguía haciendo. Cuando ella no me veía. En una ocasión fuimos al parque de mi colonia. Estaba a dos calles de mi casa. Nos llevó mi papá a jugar fútbol. Un rato también iba mi hermano más pequeño, Javier. Él pateó la pelota muy fuerte y se fue afuera de la cancha. Cuando fui por ella, había un perro grande de color gris. Me acerqué a acariciarlo. Apenas me vio me mostró sus colmillos. Al mismo tiempo me gruñó, pero como nunca me había pasado ningún incidente con otro perro. De todas maneras y intenté acariciarlo. El perro quiso morderme, Se me lanzó y me tumbó. El animal quedó encima. Al mismo tiempo acercó su hocico muy cerca de mi cara. Se me quedó viendo enseguida. Se fue corriendo como si intuyera que mi papá lo iba a lastimar. Todo pasó en cuestión de segundos. Mi papá inmediatamente corrió hacia donde me encontraba. Cuando él llegó, el perro ya me había dejado. Mi papá me preguntó si me encontraba bien. No le respondí, porque vi al animal que a cierta distancia se detuvo Mientras volteaba a verme, se quedó parado por un instante y se marchó. Mi padre agarró una piedra y se la aventó, pero el perro era muy astuto y ágil. La piedra ni siquiera lo tocó. Mi hermano Javier me ayudó a levantarme y a sacudirme la tierra. Mi papá me dijo que lo mejor era irnos. El perro podía regresar y no lo quería lastimar. Le pedí a mi papá que no le dijera nada a mi mamá porque seguramente me iba a regañar. Él me dijo que no le iba a decir, pero que tuviera más cuidado con los perros callejeros. No todos eran mansos y le dije que ya no lo volvería a hacer. Aquella vez que me ocurrió el incidente con el perro, tenía doce años. Me quedé impresionado por las acciones del animal. Si bien era cierto que me aventó y me gruñó, no me hizo daño porque no me mordió. Me dejó pensando porque al momento que se me encimó, se me quedó viendo fijamente. Aunque me sucedió aquel contratiempo con el perro callejero, no perdía la oportunidad de decirle a mis padres que quería a una mascota. Mi mamá me respondía que tener un animal implicaba mucha responsabilidad y que no tenía la edad para hacerlo. Como ella trabajaba, me dijo que no era posible apoyarme con el cuidado del perro, pero en poco tiempo iba a poder tener uno. A mi hermano también le entusiasmaba la idea de tener un perro. También insistía con mi mamá, pero él era más pequeño. Hubo una vez que fuimos a visitar a una de las hermanas de mi mamá. Mi tía vivía muy cerca en la colonia echeverría que colindaba con nuestra colonia, mientras mi mamá platicaba con mi tía jugaba con mis primos. Recuerdo que vi un perro muy bonito de color café muy grande, pero esta vez no me acerqué el animal estaba sentado atento. Viéndonos jugar, hubo un momento en que la pelota se fue hacia donde él se encontraba. Fue muy curioso que el perro saltó en dos patas y nos regresó la pelota. Cuando terminamos de jugar, nos quedamos en la banqueta tomándonos unos refrescos. El perro seguía en la acera de enfrente. Le pregunté a mi primo de quién era el animal. Él me respondió que no tenía dueño. Ya llevaba varios días que se le veía en la colonia, pero nadie se hacía cargo de él. Sentí compasión por el perro. Entré a la casa para buscar en la cocina un poco de comida. Mi tía y mi mamá ni siquiera se dieron cuenta de que saqué un pedazo de salchicha del refrigerador. Fui a dársela al perro. Mi hermano Javier me dijo que tuviera cuidado porque el perro era más grande y me podía lastimar, pero no le hice caso. Me acerqué con el animal y le di la salchicha. El de inmediato se la comió, Se notaba que tenía mucha hambre, Le acaricié su cabeza. Al mismo tiempo le dije que me esperara iba a traerle un poco más de comida. De nuevo entré a la cocina, pero esta vez me vio mi mamá me dijo que antes de agarrar cualquier cosa, le pidiera permiso. A mi tía le dije que quería un pedazo de pizza que tenía del día de ayer. Ella me dijo que tomara lo que quisiera. Con esa confianza, saqué un pedazo grande de la pizza y se la llevé al perro. Él en cuanto me vio salir. Se acercó moviendo su cola, se comió toda la comida que le di. Me quedé sentado en la banqueta. El perro hizo lo mismo. Se sentó a mi lado como si entendiera el mensaje. Mis primos se fueron acercando a acariciarlo. El perro era muy amigable. De inmediato empezó a jugar con nosotros. Se incorporó a nuestro juego. Casi era en la noche. Cuando nos despedimos de mi tía y de mis primos, nos regresamos caminando. El perro se fue detrás de nosotros. Mi mamá le hacía señas para que se marchara, pero el perro continuó siguiéndonos. Al principio, Javier le tenía miedo. Nos decía que nos podía morder pero no era así. Simplemente mi hermano tenía la idea de lo que me pasó en el parque. Cuando llegamos a la casa, el perro se quedó afuera, como ya había anochecido. Pensé que sólo era cuestión de tiempo para que se marchara y que al día siguiente ya no estaría. Por la mañana, mi papá salió para calentar el coche y llevarnos a la escuela. La noche anterior le comenté sobre el perro. También Javier le dijo que era un animal muy manso y que sabía jugar fútbol, pero creo que no nos puso mucha atención porque se sorprendió Cuando vio al perro dormido afuera de la cochera, nos dijo que era un perro de raza, Era un labbino. Incluso traía su collar. Comentó que quizás estaba perdido y que se alejó de su casa. Cuando nos siguió, le pedí a mi papá que nos quedáramos con él solo mientras encontrábamos a sus dueños, porque se notaba que no era un perro callejero. Mi papá se limitó a respondernos que le comentaría a mi mamá. Entre los dos tomarían la decisión respecto a quedarnos temporalmente con el perro. Nos subimos al auto. El perro se arrimó con mi papá y le movió constantemente la cola. Nos subimos al auto y mi padre arrancó me asomé por la parte de atrás para verlo ya me había encariñado. Él se quedó sentado. Al mismo tiempo levantó una de sus patas delanteras como si estuviera haciendo la señal para decir Adiós. Le dije a mi papá que lo viera. Él vio a través del espejo retrovisor y también vio cuando el perro seguía viéndonos con su pata delantera derecha diciéndonos Adiós. Nos dijo que Lo más seguro era que estaba entrenado. Lo habían enseñado a dél despedir a sus dueños. Eso confirmaba que era un animal de buena familia. Mientras permanecí en la escuela, esperaba que al regreso, el perro no se hubiera marchado, porque perdería la oportunidad de tener como mascota a ese animal tan bonito. El transporte escolar nos llevaba a la casa. Cuando la furgoneta dio vuelta en la calle en la que vivía, vi a lo lejos que el perro. Ahí estaba como si intuyera que íbamos en el transporte. Empezó a brincar de gusto. Primero se bajó Javier enseguida yo lo hice nos quedamos acariciándolo como si ya formara parte de nuestra familia. Sólo fue cuestión de tiempo para que mis padres lo aceptaran. Mi mamá dijo que era transitorio en lo que encontrábamos a sus verdaderos dueños, pero creo que en el fondo, ella no se creyó esa idea. Bongo se convirtió en otro miembro más. Bongo siempre fue muy bien portado. Mi madre le dijo que no tenía que hacerse del baño dentro de casa. Nunca lo hizo todos los días lo sacábamos a pasear. Él se esperaba hasta que salíamos al parque para realizar sus necesidades. Mi papá nos dijo que siempre lleváramos bolsas de plástico para recoger sus suciedades. Cuando llevamos a Bongo al veterinario, nos causó extrañeza que el veterinario nos dijera que Bongo era muy pequeño. Apenas tenía un año de edad. Nos preguntó cuántos zapatos nos había roto, así como otro tipo de travesuras que eran muy comunes de su especie, pero le dijimos que siempre se portó muy bien con que le dijéramos una sola vez una indicación era suficiente para que él entendiera. El veterinario se quedó extrañado. Nos dijo que, por lo regular, no era ese el tipo de comportamiento en un labrador, pero no le tomó la debida importancia. Una noche estábamos dormidos. Bongo dormía en nuestra habitación al lado de mi cama. Tenía una cama especial para él. Siempre se acostaba en ese lugar. Aquella vez mi mi errada mano estaba enfermo desde la escuela. Me decía que le dolía la cabeza. Cuando salimos, llegó a dormirse por la noche. Estaba inquieto. Me despertaron unos ruidos que Javier estaba haciendo. Cuando me senté para ver qué le sucedía, me sorprendí de ver a Bongo parado en sus dos patas traseras, las patas delanteras las tenía sobre la cama. Estaba atento a ver cómo se encontraba Javier. Bongo no se dio cuenta que me había despertado. Estaba absorto observando a mi hermano no quise hacer ruido para seguir viéndolo. Me pareció que con una de sus patas tocaba la frente de Javier. Fue una acción muy extraña, porque, por lo regular, mi madre hacía lo mismo antes de ponernos el termómetro cuando teníamos fiebre. Primero nos tocaba con su mano de inmediatos había si teníamos la temperatura alta. Seguramente, Bongo notó algo anormal en mi hermano porque abrió la puerta de la habitación y se paró afuera del cuarto de mis padres y empezó a aullar lo l l l o r la después del ruido que estaba haciendo. Mi perro se sorprendió que le grité y se echó al piso. Comencé a acariciarle su cabeza. Fue la manera en que él se logró tranquilizar. Cuando me pasó este suceso con Bongo, tenía catorce años y mi hermano Javier doce años, empecé a investigar si el intelecto de un perro de este tipo de raza era tan prodigioso como para hacer este tipo de acciones. Aquella fue la primera vez que noté en mi perro una conducta completamente humana, pero fue el inicio de otras cosas que Bongo hacía. Hubo otra ocasión en la que me levanté por la noche porque tenía sed Fui a la cocina por un vaso con agua. Bongo se fue siguiéndome. Sólo prendí una lámpara pequeña que tenía. Él se quedó en la sala cuando venía de regreso me quedé observando. Él estaba sentado. Parecía que platicaba con alguien porque Emi tía una serie de gruñidos que nunca le había escuchado. Movía la cabeza del incluso me pareció que había alguien en la habitación, pero no había nadie más. A partir de esas dos veces que vi a Bongo raro, le comenté a mi hermano Javier, Pensé que me iba a decir que todo eran figuraciones mías, pero él me dijo que ya había notado cosas raras en Bongo. En ocasiones tenía conductas como si fuera un humano. Le pedí que me contara algo que vio en nuestro perro, que le hiciera pensar que no era un perro normal. Lo que me dijo Javier me llenó de más dudas. Mi hermano me dijo que una vez se quedó solo con Bongo porque mis padres estaban trabajando y yo me había quedado a hacer una tarea en equipo con uno de mis compañeros de clase. Mi hermano se preparó Palomitas en el Microondas y puso una película en la televisión. Bongo se sentó a un lado de él y empezó a comer palomitas. Hasta ahí nada me pareció extraño. Bongo era un perro muy glotón que era capaz de comerse. Todo. Mi papá ya le decía come piedras, porque a nada le decía que no. Pero cuando mi hermano me dijo que Bongo se puso a ver la película, incluso parecía que se reía de las cosas que pasaban en la película porque era de comedia. Javier, cuando lo vio, le preguntó si de verdad le entendía a la película. Él lo hizo de broma. Sin embargo, Bongo empezó a sentir. Javier me dijo que le impresionó mucho, por lo que apagó el televisor y se salió al jardín. Desde ahí podía ver a Bongo que se asomaba por la ventana. Después que platiqué con mi hermano, decidí decirle a mis padres lo que habíamos notado en nuestro perro, pero no le tomaron mucha importancia. Mi mamá nos dijo que Bongo era un perro muy inteligente. Era una particularidad de los perros de su raza. Mi papá dijo a modo de broma que teníamos ganas de tener otro hermano. Quizás Bongo podría serlo. Se retiró mientras se reía. No quisimos insistir con nuestros padres, porque nos dimos cuenta que a ellos le le les habían. Habían sucedido situaciones extrañas con nuestro perro. Cuando estaba hablando con mis padres, me di cuenta que Bongo estaba atento. No sé si ya estaba sugestionado, pero me pareció que veía el miedo en sus ojos como si se sintiera descubierto. Fue la primera vez que le puse más atención a sus ojos. Se le veían con la pupila dilatada y estaban muy abiertos. En varias semanas no volví a notar nada raro en mi perro. En ocasiones me despertaba por la noche y lo buscaba. Él estaba dormido en su cama, como cualquier otro perro. Empecé a pensar que nuestra imaginación se había sobreestimulado, porque dejamos de ver comportamientos extraños en Bongo. Una tarde me fui a jugar fútbol con mi hermano en el parque habían puesto una cancha de fútbol rápido por las tardes nos juntábamos varios jóvenes del barrio a jugar. Hacíamos retas, aunque no sólo iban muchachos. En ocasiones iban señores a jugar con nosotros, pero como un no no aguantaban mucho. Se ponían a darnos instrucciones de cómo jugar. Por lo regular nos llevábamos a Bongo para que se distrajera. Mientras esperaba mi turno para jugar, vi que se le acercó otro perro. Fue raro porque Bongo de inmediato le mostró los colmillos. No se mostró muy amable con ese perro. Mi hermano se acercó y me dijo que ese perro era el mismo que me agredió. Tiempo atrás. Cuando mi papá nos llevó al parque, le dije que no lo recordaba. No sé si fue el miedo de aquella vez que me bloqueó la memoria. Javier me jaló de la camiseta. Me dijo que me fijara. Los dos perros se tranquilizaron y se sentaron uno al lado del otro. Un señor que estaba en la cancha se acercó a nosotros. Nos dijo que él era veterinario. Siempre le habían llamado la atención los perros por ser seres tan inteligentes o tan humanos. Cuando él nos dijo eso de inmediato lo abordamos. Le contamos lo que habíamos visto con bongo mientras le platicamos el comportamiento tan extraño de nuestro. Pero el señor nos dijo que a él también le pasaron hechos muy raros. El señor nos contó que hubo un tiempo en que trabajó en una clínica veterinaria. Le tocaba cuidar a los animales y atender las emergencias durante la noche. Ese horario era el favorito de los animales para transformarse en otros seres. No sucedía con todos los perros. Sólo algunos eran los que presentaban este tipo de actitudes. Parecía que les gustaba comportarse como humanos. Nos tocó el turno de jugar fútbol. Le dijimos al hombre que se llamaba abeto que luego continuaríamos la plática. Ese día nos fue muy bien jugando vi cuando Beto se marchó. Quería preguntarle más sobre mi perro, pero ya no pude hacerlo. Aquella noche, después de jugar toda la tarde fútbol rápido, Javier se metió a bañar enseguida. Yo lo hice cuando salí de la ducha a Bongo. Me estaba esperando afuera del baño a cualquier lado al que iba mi perro me seguía a manera de br como le dije a mis padres que Bongo tenía un problema conmigo. No se separaba de mí. No recuerdo lo que me respondieron mis padres, pero también lo tomaron a Broma. Estaba muy cansado en cuanto me metí a la cama me quedé dormido. Javier también se durmió de inmediato. No sé por cuánto tiempo dormí, pero un ruido externo me despertó. Cuando abrí los ojos. Tenía a mi perro sobre mi cama mirándome fijamente muy de cerca. Le dije que se bajara de mi cama. Lo hizo enseguida, pero no dejaba de mirarme. De pronto se fue a la esquina del cuarto, a la parte más oscura. Desde ese lugar sólo podía verle el brillo de sus ojos. Comenzó a hacer unos sonidos guturales que no había escuchado con el silencio que inundaba la noche. Escuchar a Bongo me pareció el sonido más que inquietante. Le grité que dejara de hacer ese sonido, más por miedo que por otra cosa. El perro me obedeció y se quedó callado. De repente empezó a l alterarse mucho. Caminaba de un lugar hacia otro, empezó a gruñir fue y se asomó a la ventana. Afuera estaba otro perro que emitía un aullido desolador. Era el mismo perro con el que estuvo jugando Bongo. Por la tarde, mi hermano se despertó. Me preguntó qué sucedía. Le dije que Bongo estaba extraño. Bongo empezó a rascar la puerta como pudo la abrió y se salió de la habitación. Se fue corriendo hacia el cuarto de mis padres. Mientras intentaba abrir la puerta, Mi mamá salió de la habitación muy asustada. Nos dijo que algo le sucedía a mi papá porque estaba inerte. El perro de inmediato entró al cuarto como si intentara darle primeros auxilios a mi padre. Se posó sobre su pecho. Estaba desesperado, mientras que afuera seguía aullando el perro de manera perturbadora. Ocurrieron una serie de sucesos. Al mismo tiempo, cuando entré al cuarto de mis papás, escuché a mi mamá que estaba hablando por teléfono a urgencias en n en n en. S or tanto, intentaba quitar a Bongo de encima de mi padre, porque vi que hacía una serie de acciones muy raras. Le grité que se bajara, que dejara en paz a mi padre. Javier entró al cuarto se quedó parado sin decir nada. Él me dijo que Bongo estaba intentando ayudar a mi papá que no le gritara que lo dejara actuar como si mi papá hubiera perdido la conciencia y el aliento. Aspiró aire con fuerza de forma simultánea, se tocaba su pecho como si le doliera mucho. En poco tiempo llegó la ambulancia y se llevó a mi papá, Mi mamá se fue con él. Después que ellos se marcharon, regresó la paz a la casa. El perro de la calle dejó de aullar. Bongo se puso Tranquilo, lo busqué y estaba acostado en el sillón de la sala. Muy quieto. Me acerqué a él para darle las gracias por lo que había hecho por mi papá, pero no reaccionaba. Lo moví y empecé a sentir lo frío. Le dije a Javier que revisara Bongo porque estaba mal. Javier solo me dijo lo que ya presentí. Bongo había muerto. Fue inevitable no llorar le. Teníamos un cariño entrañable. Sonó el teléfono era mi mamá para decirnos que mi papá estaba fuera de peligro. Le había dado un paro cardiaco. Se quedaría en observación durante el resto de la noche por la mañana le dirían si se quedaba internado o lo daban de alta. No pude evitar llorar cuando le dije que Bongo estaba muerto. A ella también le sorprendió la noticia. Los siguientes días no salimos a jugar fútbol en la cancha hasta después de unas semanas. Ahí vimos abeto. De inmediato. Nos preguntó qué nos había pasado. También nos preguntó por Bongo. Le platicamos todo lo ocurrido. Él se quedó pensando. Nos dijo que su profesión no le permitía hacer ese tipo de comentarios, pero él creía que era un humano que vivía en el animal, porque en varias ocasiones llegó a asistir a alguno de ellos que tenían comportamientos humanos. No pudo encontrarle explicación por qué reaccionaban de esa manera, hasta que en una ocasión un señor de edad avanzada, llegó con su perro en los brazos a la clínica. Al perro le habían dado veneno. El hombre se veía muy consternado. Dijo que una mujer que practicaba la brujería se dio cuenta que su perro encerraba el alma de un humano. Sabía que el animal tenía poderes, por lo que no quiso arriesgarse y prefirió matarlo. Beto continuó diciéndonos que el señor se puso a llorar desconsoladamente. Cuando el perro no alcanzó a tomarse su tratamiento, se murió inmediatamente. Cuando lo puso en la plancha, dijo que se trataba de su hermano, tomó el animal y se marchó. Cuando Beto nos contó esa historia, nos quedamos sorprendidos. Le dijimos todas las cosas extrañas que nuestro perro hizo y cómo la noche en que murió tuvo un comportamiento bastante errático. De la misma manera, el perro callejero que estuvo con él en el parque, estuvo a u l n or afuera de la casa, como si estuviera viendo la muerte. Beto nos dijo que los perros no podían ver la muerte. Más bien tenían la facultad de olerla por su gran capacidad olfativa. Cuando una persona moría su cuerpo comenzaba a liberar sustancias que los perros la relacionaban con la muerte, interrumpía Beto para decirle que nadie había muerto en la casa. Bongo estaba velando mi sueño. Después fue a la habitación de mi padre, que parecía como si estuviera muerto después, el que murió fue nuestro perro Beto. No supo qué explicación darnos a ese acontecimiento. Simplemente comentó que quizás algo tenía de lo que le dijo aquel hombre en la clínica, Nuestro Bongo tenía un alma de humano. Después que nos fuimos de la cancha de fútbol, mi hermano Javier me dijo que él tenía una duda respecto a la muerte de Bongo. Quizás él intercambió su alma por la de nuestro padre. Le dije que también había pensado lo mismo, porque cuando entré a la habitación de mi papá parecía que estaba muerto. En realidad, todo eran meras especulaciones nuestras que nunca pudimos entender de lo que sí no tuvimos duda fue que Bongo fue un perro con alma de humano. Relato escrito y adaptado por Adriana Cuevas