Nov. 30, 2023

El Ritual De Las Risas Historias De Terror - REDE

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La maldición de la sonrisa. Les contaré sobre mi nueva familia. Me reservaré muchas cosas sobre ellos, no porque ellos lo nieguen, sino más que nada para no afectarlos en su vida diaria y con la gente con la que se relacionan. Hace un par de años conocí a mi actual esposa. Ella era la recepcionista del despacho jurídico en el que trabajábamos juntos. Me enamoré en cuanto la vi se veía hermosa con su uniforme y su cabello castaño. Por mi parte, yo no era muy atractivo, pero tenía un sentido del humor que siempre la mantenía sonriendo. Por suerte, eso fue suficiente para cautivarla y convencerla de que yo era el indicado. Salimos juntos como pareja durante dos meses y ambos estuvimos de acuerdo en casarnos antes de las fiestas de sembrinas, pero ninguno de los dos conocíamos a nuestras familias. Por mi parte, sólo tenía a mi madre y una hermana que aún era una adolescente. Las tres se llevaron bastante bien juntas y cuando me tocó conocer a la familia de mi prometida, ella me advirtió que eran muy diferentes a lo que podía esperar. Su familia vivía en las afueras de la Ciudad de México, por lo que ambos tuvimos que pedir vacaciones para ir a visitarlos, ya que el recorrido nos llevaría a medio día para llegar. Vivían en un poblado muy cercano, al volcán del Popocatepetl, en una casa de campo muy grande con varias habitaciones. Sus padres, hermanos y sobrinos vivían en el mismo lugar. Todos se dedicaban a lo mismo. La fabricación de calzado y la venta del mismo en la ciudad. Lo que más vendían eran los hermosos guaraches de mujer. Cuando llegamos, me presenté con cada uno de su familia. Sus padres me acogieron con los brazos abiertos, al igual que sus hermanos. Todo pintaba bien hasta que comenzaron a hablarme de sus costumbres familiares. Mi mi prometio y yo fuimos a caminar un rato solos y mientras lo hacíamos, ella me comentó que si estaba seguro de querer formar una familia con ella, era importante que participara en sus costumbres familiares, principalmente la que harían esa noche. Me desconcertó un poco sus comentarios, sobre todo porque sonaban como una advertencia, pero yo estaba muy enamorado de ella, por lo que no me negué y le dije que aceptaría todo de ella y de su familia. Al decir esto. Cuando llegamos de nueva cuenta a casa de sus padres, llamó a su padre para comentarle mi decisión. Él se acercó a mí y me dio un fuerte apretón de manos. Sentí que ya era parte de la familia Con este gesto. Horas más tarde, cuando todos estábamos reunidos en la cena, mi suegro se acercó a mí y me comentó que nada más se durmieran los menores comenzaríamos con el ritual. Un par de horas después sólo nos encontrábamos los mayores en el comedor. Todos estábamos en silencio. Realmente no sabía qué pasaría, así que me mantuve a la expectativa. Mi suegro se levantó de su lugar y alzó su copa para brindar primero por mi prometida y por mí. Luego se dirigió hacia mí para explicarme lo que haríamos. Me dijo lo siguiente. En cuanto suene la campana, comenzaremos a reír. No importa lo que suceda o lo que veas, lo que escuches o sientas. Tienes que hacerlo y será así hasta que vuelva a sonar la campana. No comprendí del todo las indicaciones. No sabía a qué se refería con reír mi prometida me dijo que sólo no dejará de reír y si podía hacerlo con fuerza era mejor. Les pedí que me mostraran cómo hacerlo y como si hubieran escuchado un chiste bastante bueno. Todos comenzaron a reír y después soltaron una carcajada muy fuerte. Hasta eso era contagioso y yo comencé también a reír. Poco a poco, todos se fueron tranquilizando y se pusieron serios como si fuera un funeral. En eso el padre de mi novia se acercó a una vitrina donde aguarda daban losa de porcelana y tomó una tetera. Abrió la tapa y extrajo de ella una campanilla. Sus movimientos eran lentos y precisos. Todo parecía indicar que no quería hacerla sonar en vano. Todos la miraban atentos. El señor la colocó sobre la mesa arriba de un pañuelo. Miró a todos y preguntó si ya estaban listos. Todos asintieron. Tomé aire tan rápido como pude. El señor levantó la campanilla y la agitó. Fue un sonido simple y al instante todos comenzaron a reír. Yo comencé a hacerlo. Mi risa fue muy simple. Quería contagiarme del humor de los demás. Miré a mi novia y ella tenía los ojos cerrados, pero la boca abierta como si se estuviera Carcajeando me empecé a reír, aunque no sentía que lo estaba haciendo correctamente, traté de recordar las cosas más graciosas que me habían pasado en la vida, en el trabajo, en mi infancia. Realmente no quería fallarle a la familia de mi proma metida y entonces algo inesperado sucedió. Las ventanas y puertas se abrieron. Al mismo tiempo, un fuerte viento entró y recorrió toda la habitación. Yo dejé de reír al notar que las cosas se comenzaron a sacudir, pero el padre de mi prometida se acercó a mí y me hizo señas para que continuara y no parara. Proseguí con el ritual, pero ya no tenía ganas de reír. Podía notar en el rostro de los demás que estaban exhaustos y que algunos les faltaba el aire. Miré el rostro de mi suegra y ya no parecía el mismo, incluso el de los hermanos de mi prometida. Al verla a ella, su cara era irreconocible. Me miré en el reflejo de uno de los cubiertos de acero y noté que mi boca se alargaba más de lo normal. Mientras más me reía ya no podía soportarlo era mucho y entonces las ventanas y la puerta se volvieron a cerrar por sí solas e inmediatamente sonó la campana. Todos pararon de reír. Algunos tomaban aire de forma gira. Mi prometida se veía pálida y apenas podía mantener los ojos abiertos de lo hiperventilada que se encontraba. Yo era el más recuperado de todos, así que me acerqué a cada uno para ayudarlos. Cuando llegué con mi suegro, pude notar que ya se estaba recuperando y no pude evitarlo. Tuve que preguntarle por qué hacían esto. Él me vio y me señaló un cuadro en la pared donde estaba una mujer ya mayor pintada. Entonces me lo dijo por mi madre. El cuadro de la señora mostraba a una mujer sentada sobre su regazo, con ambos brazos puestos sobre ella. Curiosamente, no se veían sus manos. Su rostro era inquietante, pues estaba sonriendo. Y puedo decirlo pues juro por Dios que cuando la vi por primera vez se encontraba seria. El señor me contó que su madre había sido una bruja que usaba la magia negra. Famosa por cumplir siempre lo que se proponía, pero aún más famosa por castigar a aquellos que no le pagaban con el tiempo. La mujer se hizo de poderosos enemigos y entre ellos había una curandera con la cual siempre tenía algún conflicto. Desde que se conocieron. Siempre hubo un conflicto de magias. Una usaba magia negra y la otra magia blanca, pero la curandera tenía más poder que su madre. No había sido rival para la curandera, quien terminó por castigarla, La condenó a ella y a toda su familia a una maldición en una fecha determinada del año. Debían reír sin importar la hora o el lugar. Debían hacerlo, y el espíritu de su madre los vigilaría a todos. Por si fuera poco, le amputó las dos manos a su madre para que no pudiera cubrir su rostro. Cuando riera no pude evitar reírme un poco, lo cual noté que molestó a muchos y es que la historia que me acababa de contar el señor sonaba muy fantasiosa. Por último, mi suegro se acercó a mí y me habló al oído diciéndome sé que no te reíste un par de ocasiones. Ahora verás las consecuencias. Se alejó de mí y salió por la puerta. Esa noche, mi prometida y yo dormimos en habitaciones separadas, una decisión tomada con respeto para sus padres por el hecho de que aún no habíamos formalizado nuestro compromiso mediante el matrimonio. Cada uno de nosotros se retiró a su propia habitación. Mientras me acomodaba en la cama. Mi mente no dejaba de dar vueltas a las extrañas experiencias de esa noche. La historia de la maldición familiar y el ritual de la risa aún resonaban en mis pensamientos, generando una mezcla de inquietud y curiosidad. Aunque intentaba mantener la mente abierta, no podía evitar cuestionarme la veracidad de esas prácticas y el impacto que podrían tener en mi vida futura junto a mi prometida. Siendo honesto, me encontraba algo nervioso por las palabras de mi suegro, lo cual me llevó a pasar bastante tiempo sin poder conciliar el sueño. La atmósfera de la habitación era inquietante y de de s y de cría. Decidí explorar un poco para aliviar mis nervios En el librero. Descubrí una colección de libros que trataban sobre el uso de la magia negra, una revelación que intensificó mi intriga y ansiedad. Mientras inspeccionaba la habitación, encontré un álbum de fotos antiguas, aparentemente de la familia de mi prometida. Al abrirlo, la primera imagen mostraba a la familia reunida, incluyendo a la abuela mi prometida, aún una niña pequeña estaba sentada sobre el regazo de su abuela, quien no podía sostenerla debido a la falta de manos. Lo impactante fue que todos, incluyendo los niños, tenían un rostro inquietante similar al que vi en el comedor cuando estaban riendo. Sus facciones estaban exageradas, con rostros alargados y bocas extendidas de oreja a oreja. En todas las fotos tomadas en diferentes años y días, la expresión facial de la familia permanecía igual una sonrisa perturbadora. El descubrimiento me dejó inquieto y decidí cerrar el álbum. La sensación de incomodidad aumentó, sintiendo la urgencia de huir de ese lugar. Entonces las ventanas se abrieron por sí solas. Una fuerte ventisca entró y todo a mí alrededor se sacudió en un instante una anciana con una sonrisa de oreja a oreja apareció frente a mí, inspeccionándome con su rostro giratorio paralizado. No podía moverme ni hablar. La anciana sin manos visibles cambió su expresión de sonriente a una seria. No me dejaba de mirar a los ojos y entonces comenzó a sonreír Empecé a experimentar un dolor insoportable mientras mi boca se forzaba a abrirse cada vez más, mi mandíbula crujía y finalmente se dislocó. La tortura continuó mientras la anciana se divertía conmigo conforme, ella abría más su boca. La mía también lo hacía. Pero luego, después de unos segundos interminables, me soltó y mi boca aún dolorida, quedó abierta. La ventisca desapareció tan rápido como llegó, cerrando las ventanas exhausto y con la mandíbula dislocada, me desplomé en el suelo y con las fuerzas agotadas, perdí la conciencia en cuestión de segundos a la mañana siguiente, un intenso dolor en mi rostro me despertó. Sentía un ligero hinchazón en las mejillas y un fuerte dolor en la mandíbula inferior. Era evidente que necesitaba atención médica. Al abrir la puerta, me encontré con mi prometida, quien notó mi condición y buscó la ayuda de su padre, el señor al Verme soltó una risa burlona y me preguntó si el espíritu de su madre me había visitado. Incapaz de hablar, me sentía tan exhausto que sólo quería permanecer sentado o acostado. Me llevaron al médico para tratar mi mandíbula y con un relajante muscular y algunos movimientos lograron aliviarme el dolor, aunque aún quedaba cierta incomodidad en mi rol. Inicialmente estuve convencido de poner fin a mi relación con mi prometida. Sin embargo, con el tiempo reflexioné y me di cuenta de que ella no era la responsable del problema. Su abuela era una bruja malvada que había sido detenida a tiempo y castigada por sus acciones. Desafortunadamente, su familia llevaba la carga de su legado. Hoy en día llevamos dos años de casados y este es mi tercer año participando en el ritual. A cada miembro nuevo que ha llegado a la familia, me he dedicado a explicarles el proceso como a mí me hubiera gustado que lo hicieran. Siendo honesto, cada vez resulta más sencillo, pero el simple recuerdo de la llegada de la abuela en la noche que me obligó a sonreír me dejó una lección que jamás olvidaré. A pesar de las extrañas tradiciones y experiencias, he aprendido a aceptar y amar a mi esposa por lo que es reconociendo que su familia está marcada por una historia oscura que ellos no eligieron. Relato escrito y adaptado por lengua de brujo