El Reloj De La Muerte Historias De Terror - REDE

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El reloj de la muerte. Mi nombre es Juan. La historia que les voy a contar no me sucedió a mÃ, sino a mi abuelo también es de nombre Juan. Ãl nos contó los acontecimientos extraños que les sucedieron cuando era un niño, el relato que él nos platicó. Yo lo escuché cuando era pequeño durante mucho tiempo. No quise pensar ni hablar de ese tema hasta ahora que soy adulto y les quiero compartir los hechos. Mi abuelo fue huérfano cuando era muy chico, por lo que el sacerdote de una iglesia lo acogió y lo tuvo bajo su tutela durante un tiempo. Después, este hombre llevó a mi abuelo al hospicio Cabañas, lugar destinado para los niños sin padres. Ahà lo recibieron y pasó su infancia y su adolescencia hasta que cumplió la mayorÃa de edad. El Hospicio Cabañas era una edificación antigua de Cucuadalajara. Fue construido con la finalidad de ayudar a los más necesitados, como los ancianos, enfermos indigentes, pero principalmente para apoyar a los huérfanos de la ciudad y darles la atención que necesitaban, asà como una educación digna. Esa fue la principal razón de su fundación. Actualmente ya no es un lugar de recepción de niños huérfanos, sino es un centro cultural en el que se exhiben los murales de José Clemente Orozco, asà como otro tipo de exposiciones temporales. A su vez, en él se dan talleres de arte. Mi abuelo fue uno de esos niños que vivió en ese lugar por una tragedia durante la época de la Revolución. Se quedó sin sus padres ni familiares cercanos. Mi abuelo, Juan vivÃa atrás del hospicio Cabañas. Quizás fue una manera de estar cerca de lo que consideró su hogar. La casa de mi abuelo era muy grande, asà que cuando mi padre se casó, él le dijo que podÃa vivir en él esa misma casa junto con su esposa. Por ese motivo yo me crié al lado de él, como también tenÃa el nombre de mi abuelo. A mà de pequeño me decÃan Juanito. En una ocasión hubo una reunión familiar. El reloj de mi abuelo emitÃa una melodÃa cada hora. Asà fue como él recordó su estancia en ese lugar y comenzó a contar cómo fue que a los picio Cabañas le pusieron un reloj traÃdo de Europa. Lo acomodaron en la parte principal del hospicio encima del pórtico de la entrada. El reloj era considerado como un adorno muy valioso. Mi abuelo continuó su relato diciendo que a ellos los atendÃan unas monjas. Las habitaciones estaban separadas para los niños y las niñas, pero tenÃan horarios comunes en los que podÃan convivir todos. Al mismo tiempo, con el paso de los dÃas, aprendieron a contar las campanadas que emitÃa el reloj. Asà sabÃan qué hora era. Cuando se escuchaban con más fuerza. Era en la madrugada. Por el silencio de la noche, mi abuelo Juan comenzó a recordar a varios de sus amigos. Primero empezó contándonos la vida de Pedro. Ãl fue uno de sus mejores amigos. Su amigo Pedro estaba enfermo. Cuando salÃan al patio a jugar él de inmediato, se cansaba y se agitaba mucho. HabÃa ocasiones en las que se desmayaba. Las mujeres les decÃan que no lo hicieran correr ni tampoco lo asustaran porque le hacÃa daño a su corazón. Pedro tenÃa en aquel tiempo diez años y mi abuelo doce nos dijo que sentÃa muy feo ver que no podÃa hacer su vida normal. En ocasiones no se levantaba de la cama durante todo el dÃa. Mi abuelo lo visitaba y jugaban en la habitación. Una noche, Pedro comenzó a ponerse muy mal. El primero que se dio cuenta de lo que sucedÃa fue mi abuelo de inmediato o corrió por el pasillo para ello llamar a las monjas con rapidez. Una de ellas acudió. Algunas de las monjas tenÃan conocimientos de enfermerÃa, asà que comenzó a darle a Pedro los primeros auxilios. Esa vez lo pudieron sacar adelante de la crisis. El médico de cabecera del hospicio fue a la mañana siguiente les dijo a las monjas que el corazón de Pedro estaba muy débil. Ãl no iba a resistir mucho. Mi abuelo se encontraba detrás de una de las camas porque querÃa saber el estado de salud de su amigo. Asà fue como se enteró de lo delicado de su situación. A partir de ese dÃa, mi abuelo trató de estar la mayor parte del tiempo posible con él. Jugaban con las canicas que les habÃan regalado en Navidad. Le leÃa un poco del Libro de Cuentos. Según mi abuelo aprendió a querer a Pedro como si fuese su hermano. Aquella vez, Pedro no hizo ni ruido, sólo se quedó profundamente dormido y ya no despertó. Cuando mi abuelo siguió contando esa historia, se notaba que todavÃa le dolÃa porque sus ojos se llenaron de lágrimas. Continuó platicando que después de que murió, Pedro tardó tiempo en hacerse otros amigos, pero la vida continuó. Aquella vez que murió su amigo, el médico dijo que aproximadamente habÃa muerto entre las tres y las cuatro de la madrugada. No tenÃan la certeza de la hora exacta de su muerte, porque nadie lo vio morir. Al dÃa siguiente de la muerte de Pedro, dejaron de escuchar las campanadas del reloj. El primero que se dio cuenta de que ya no estaban sonando fue Ãngel, otro compañero de mi abuelo. Ãl fue quien les dijo que el reloj no estaba funcionando porque desde que se habÃa despertado no lo habÃa escuchado. Una de las monjas le dijo el señor que se encargaba del mantenimiento de las instalaciones que revisara el reloj porque al parecer se habÃa detenido. El hombre dijo que eso era imposible. Ese reloj habÃa costado mucho dinero. Fue necesario que la monja saliera junto con el hombre para mostrarle que estaba parado. Asà fue como el señor se convenció de que habÃa que arreglarlo. Mi abuelo nos dijo que el reloj se habÃa detenido. A las tres cuarenta y cinco, el señor del mantenimiento hizo lo necesario para poner de nuevo en marcha el reloj y siguió funcionando sin que se detuviera de nuevo. Asà duró por seis meses. No volvió a dar muestras de que estuviese fallando. Mi abuelo se detuvo por un momento con su charla porque comenzó a darle una tos que no le permitÃa hablar. Después continuó diciendo que cuando pasaron varios meses, Miguelito, uno de los niños más pequeños del orfanato, estaba corriendo por el patio central del hospicio. Cabe decir que habÃa varios patios en el hospicio. Todos estaban hechos con cantera rosa mi Miguelito o estaba saltando en las jardineras del patio. Saltaba de una a la otra hasta que no alcanzó a llegar a la última jardinera. Al momento que cayó, se golpeó muy fuerte en la parte de atrás de la cabeza. Quedó inconsciente, dijo mi abuelo que se lo llevaron de inmediato a la enfermerÃa. Ahà estuvo por varios dÃas hasta que murió a causa del golpe. Todos los pequeños de los picios se quedaron muy sorprendidos de lo que le habÃa ocurrido a Miguelito, y es que, a diferencia de Pedro, él era un niño muy sano, asà que a todos les olió su muerte. Nadie se dio cuenta de que el reloj de nuevo se habÃa detenido hasta que al otro dÃa que murió el pequeño llegó el padre que nos confesaba le dijo a la madre superior a que el reloj de la entrada no estaba funcionando. Cuando salió a verlo marcaba a las diez treinta y dos. De nuevo fue necesario que lo arreglaran y lo pusieran a la hora correspondiente. Mi abuelo nos comentó que para ese entonces nadie se habÃa dado cuenta de la coincidencia de cuando un niño morÃa, el reloj se detenÃa solo hasta que una de las monjas comenzó a enfermar. Al parecer, tenÃa una enfermedad que no era muy común porque nunca se supo su nombre. La monja comenzó a ponerse muy pálida y demacrada. Después empezó a bajar de peso. Cada dÃa se fue enfermando más hasta que llegó el dÃa en que ya no pudo caminar. Duró postrada en cama. Un poco más de un mes después, el médico dijo que la hora de su muerte habÃa sido a las once treinta y cinco de la noche. En aquel tiempo, ya todos los que habitaban en el hospicio tenÃan duda sobre el reloj, pero con la muerte de la monja fue posible saber con exactitud a la hora que se habÃa detenido. El señor encargado del mantenimiento salió para ver el reloj. En efecto, se habÃa parado a esa misma hora. Mi abuelo siguió su relato. Dijo que todos estaban muy consternados, ya que no encontraban el motivo por el cual el reloj dejaba de funcionar cuando alguien morÃa, pensaron que todo habÃa sido una mera coincidencia. Un año después de la muerte de la monja, llegó al hospicio una niña de nombre Ana. Ella presentaba un descuido total. TenÃa el cabello largo y enmarañado la ropa sucia. Ni siquiera traÃa calzado su piel. Estaba con costras, como señal de que pocas veces se haciaba. La niña tenÃa seis años. A pesar del maltrato que habÃa sufrido, porque aún tenÃa varios moretones y golpes en varias partes del cuerpo, se le veÃa muy sana. Mi abuelo se detuvo otro momento antes de continuar el relato. ParecÃa que la niña también habÃa dejado huella en él. Cuando él se repuso continuó, nos dijo que él sintió mucha lástima por él pequeña, porque al principio que llegó estaba recelosa. No permitÃa que nadie se le arrimara. Desconfiaba del que se le acercara. Pensó que él podrÃa asumirla como su hermana pequeña. Asà que poco a poco se fue ganando su confianza. A la vez conforme pasó el tiempo, Ella se fue adaptando al nuevo hogar y, aunque habÃa un reglamento que seguir, las monjas eran buenas y accesibles, comenzó a convivir con los demás niños y niñas. Mi abuelo nos compartió con una sonrisa en su rostro que esa niña, después de que adquirió confianza, hizo muchas travesuras. No nos las quiso contar, porque su intención era decirnos sobre el reloj del hospicio para la época de invierno. En aquel año de mil novecientos cincuenta y uno, el frÃo estaba muy fuerte. Todos resintieron lo helado del clima. Además, los salones del hospicio eran amplios y con la bóveda muy alta. Todo esto estaba muy frÃo. No tenÃa ningún sistema de calefacción porque no era tan común que hiciera tanto frÃo. Asà que cualquier habitación a la que se entrara parecÃa que era un refrigerador. Fue en ese tiempo que la mayorÃa enfermaron de gripe y todos. Fue como una especie de enfermedad colectiva. Unos se contagiaron a otros, pero no pasó a mayores. Los más pequeños fueron los que resintieron más el clima. Hubo unos niños entre ellos Ana que les dio bronquitis. Las monjas llevaron a esos pequeños a la sala de enfermerÃa para mantenerlos en observación constante. Mi abuelo continuó diciendo que él estaba muy preocupado por Ana a ortidillas se salÃa de la habitación para ir a la sala de enfermerÃa. Se escondÃa para poder ver que ella estuviera bien. Pero lo más importante era saber cuál era el estado del reloj, porque ya entre todos los huérfanos se decÃa que se que se oÃa el reloj se paraba significaba que alguien iba a morir. Esa noche, el abuelo casi no pudo dormir. Contaba con atención las campanadas del reloj pasaron las doce, la una las dos de la mañana, cuando de pronto dejaron de escucharse. Su corazón se sobresaltó de inmediato. Pensó que Ana se encontraba en riesgo, Se levantó de su cama y fue al lugar en el que estaba. No habÃa llegado a la sala de enfermerÃa. Cuando vio que tanto monjas como el doctor corrÃan por el pasillo. Mi abuelo pensó que algo no andaba bien. Se quedó ahà esperando obtener más noticias, pero no sucedió. No le fue posible saber qué habÃa ocurrido hasta en la mañana, cuando entró la monja a la habitación para decirles que chuyito habÃa muerto. Sus pulmones colapsaron y no fue posible hacer nada por él. Les pidió que rezaran por el alma del pequeño y se fue. Mi abuelo respiró a Lima porque no habÃa sido ana. Pero fue cuando se convenció de que el reloj tenÃa algo siniestro, ya que coincidÃa cada vez que se detenÃa con la muerte de alguno de los que albergaba el hospicio. Cada viernes, el sacerdote de la parroquia cercana iba por las mañanas para que todos los niños se confesaran. El abuelo decidió decirle al padre lo que sucedÃa con el reloj y la muerte de alguna persona. Por supuesto, el párroco no le dio crédito a las palabras de él, pero sà fue el motivo para que tomara cartas en el asunto. Habló con las monjas para decirles que lo que se decÃa al respecto al reloj no eran cosas de Dios. De igual manera, habló con todos los niños del hospicio para hacerles el comentario que este tipo de creencias sólo los alejaba de las bendiciones de Dios. Con todo lo que el padre les dijo a mi abuelo y a los demás niños los convenció de ya no creer en esas tonterÃas. Lo peor sucedió cuando, en una de las visitas del padre para confesar a los niños, comenzó a sentirse muy mal. De repente, el hombre cayó desmayado. Mi abuelo nos dijo que se asustó mucho porque cuando él lo vio, parecÃa estar muerto. En cuanto llegaron las monjas comenzaron a reanimarlo y reaccionó, pero no fue posible que se fuera del hospicio. Lo llevaron a la enfermerÃa para que el médico de lugar lo atendiera. Fue él quien dio el diagnóstico influencia española. El padre estuvo muy mal con la temperatura alta, con diarrea y vómito. El médico dijo que lo ideal era no llevarlo al hospital, dejarlo en el hospicio, pero manteniéndolo aislado del resto de los demás. Pero, como era de esperarse, hubo otros tres niños que se contagiaron. Afortunadamente, para mi abuelo él fue de los que no se enfermaron. Fueron dÃas difÃciles para todos porque vivÃan con la angustia de que algunos de s los niños comenzara a presentar sÃntomas, pero ya no ocurrió más. Se pudo mantener un cerco sanitario sin que hubiera consecuencias. Sin embargo, comenzaron a suceder situaciones extrañas. Mi abuelo se detuvo otro instante para aclarar su garganta enseguida. Continuó con su relato. Nos dijo que después de terminar sus labores escolares y de aseo iba por la tarde a visitar al padre y a sus compañeros, Las monjas no le permitÃan verlos por obvias razones. Les decÃan que sólo podÃa llegar hasta la antesala del salón de enfermerÃa. Desde ahà podÃa darle los mejores deseos. Asà que se conformaba con estar un rato en ese lugar, aunque la verdadera intención de estar ahà era relacionar si de verdad habÃa algo siniestro con el reloj y la muerte en una de las tardes que llegó a estar en la antesala de enfermerÃa. Mientras esperaba que le debÃa eran razones de sus amigos. Mi abuelo sintió una ráfaga de aire frÃo que pasó muy cerca de él. Volvió hacia la puerta de entrada, pero todo se veÃa normal. Incluso notó que una de las monjas también reaccionó ante el ambiente helado. Minutos más tarde, cuando dieron las seis en punto, esperaba que sonaran las campanadas del reloj, pero no fue asÃ. De inmediato se alteró al pensar que alguien iba a morir. Pasaron unos cuantos minutos y todo siguió normal. El abuelo se acercó con una de las monjas para preguntarle si los enfermos se encontraban bien. Estaba desesperado pensando que alguien acababa de morir? Estaba desesperado pensando que alguien acababa de morir. Asà se lo externó a la monja. Ella sonrió dulcemente. Le dijo que no hiciera caso del rumor que se habÃa hecho respecto al reloj la muerte. No tenÃa nada que ver con que se detuviera el mecanismo del artefacto. El abuelo le replicó que se acababa de parar, pero ella le dijo que se diera cuenta que no habÃa pasado nada. Todos los enfermos se recuperaban bastante bien. El abuelo nos dijo que en aquel momento se confundió mucho, aunque también le dio mucha alegrÃa saber que nadie habÃa muerto enseguida. Le dijeron al encargado de mantenimiento que arreglar el reloj. Mi abuelo estuvo muy al pendiente de la reparación que hizo el hombre. De hecho, estuvo con él para saber qué le habÃa ocurrido. Después de que lo estuvo revisando. Concluyó que el reloj se encontraba en perfecto estado, aunque no comprendÃa el motivo por el cual habÃa dejado de funcionar. El encargado cuando bajó de la escalera, le dijo a mi abuelo en el oÃdo que la muerte habÃa hecho de las suyas y se metió riendo mientras cerraba el loco. Después de lo que le comentó, él se quedó muy confundido. ParecÃa que ese señor sabÃa algo o simplemente se estaba do burlando de él. Lo peor ocurrió por la noche, cuando ya todos se encontraban acostados en el dormitorio. Mi abuelo de nuevo volvió a sentir el aire frÃo que pasaba cerca de él. Se levantó para ver qué ocurrÃa. ParecÃa que era alguien que cruzaba por los pasillos, pero era un ser completamente sin cuerpo. Porque no se le podÃa ver. Solamente sentÃa el paso de ese ser con el viento frÃo. Mi abuelo se encaminó de nuevo a la enfermerÃa, aunque a esas horas de la noche tenÃan prohibido salirse de las camas. Intuyó que alguien estaba rondando por los pasillos del hospicio. Cuando la monja lo vio, le dijo de inmediato que tenÃa que regresar a su cama, pero cuando mi abuelo le explicó lo que habÃa sucedido, ella le creyó. Le dijo que se podÃa quedar en la entrada si necesitaba algo la buscar a ella. El abuelo se quedó sentado en la banca, ya no tenÃa sueño. De pronto sintió como si alguien se sentara a un lado de él. No pudo explicar qué fue lo que ocurrió, pero tenÃa una fuerte impresión de que alguien estaba ahÃ. Quiso levantarse para pedir ayuda a la monja, pero no pudo por unos segundos. Sintió como si estuviera paralizado. Lo más seguro fue que una de las monjas vio la expresión de miedo que tenÃa el abuelo porque se acercó con él para ayudarlo. En cuanto a ella se arrimó. También sintió lo mismo que le estaba ocurriendo a mi abuelo, pero ella pudo reaccionar a tiempo, lo tomó de la mano y lo llevó a la parte en la que ella estaba trabajando. Lo acostó en una camilla. Le dijo que no se moviera de ahà porque habÃa algo que estaba rondando por los pasillos. Lo habÃa notado desde el dÃa anterior. No podÃa definir qué era, pero sabÃa que estaba presente. La monja. Fue de inmediato con la madre superiora para decirle lo que estaba ocurriendo. Por De desgracia, ella no les creyó. Dijo que estaba viviendo un temor infundado, que se basaba solo en supersticiones que ya habÃan comprobado que cuando el reloj se detuvo, no sucedió nada, asà que todo era parte de la imaginación. La monja tomó del brazo al abuelo y lo llevó de nuevo a su cama. Le dijo que no les dijera nada a sus compañeros porque se iban a asustar. El abuelo detuvo su relato y miró su reloj, el cual marcaba las doce quince del mediodÃa. Siguió el relato diciendo que como a esa hora, pero de la medianoche. Después que la madre superiora lo llevó a su cama, él se quedó despierto. No se pudo dormir porque seguÃa sintiendo una sensación extraña. Después de unos minutos, el viento frÃo se fue y se escuchó cómo el médico corrÃa hacia el salón de enfermerÃa. Algunas monjas comenzaron a llorar Más tarde se enteraron que el sacerdote habÃa muerto y, por cierto, el reloj también se habÃa detenido. Antes de concluir su relato, el abuelo nos dijo que él se quedó con la idea de que la muerte era la que estuvo rondando los pasillos del hospicio. Estuvo esperando el instante adecuado para llevarse el alma del padre. Además, de alguna manera mantenÃa una relación siniestra con el reloj del hospicio, porque de nuevo se detuvo justo a la hora en que murió el padre. Solo la vez que se detuvo a las seis no murió nadie. Después de que hicieron los ritos funerables del sacerdote, se mandó quitar el reloj de la parte frontal del hospicio. El abuelo nos compartió que no supo que hicieron con él, pero que en el año mil novecientos cincuenta y dos lo quitaron para siempre, aunque las monjas negaron que habÃa algo siniestro con él. Según mi abuelo, después que lo retiraron, pasó mucho tiempo para que de nuevo hubiera otro muerto. Incluso nos dijo que dejó de sentir las oleadas de aire frÃo. Al parecer, la muerte buscó otro lugar donde habitar relato escrito y adaptado por Adriana Cuevas








