Oct. 21, 2023

El Panteon Maldito De Guadalajara Historias De Terror - REDE

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El panteón de Guadalajara. Mis recuerdos de infancia están llenos de las historias que mi abuela solía contar sobre el cementerio cercano a nuestra casa en Guadalajara. Dos de esas historias siempre me han dejado una profunda impresión, una protagonizada por mi abuelo y otra por mi padre. A través de estas historias pude darme cuenta de que, según mi abuela, después de morir, encontramos otro hogar. Mi familia ha vivido en Guadalajara durante generaciones, quizás más de un siglo. Mi abuelo solía ser hijo único, pero luego tuvo una gran familia. A partir de aquí, quiero compartir las experiencias paranormales que vivieron mi abuelo y mi padre en el mismo cementerio, aunque con años de diferencia. Historia de mi abuelo durante la juventud de mi abuelo Lidio con una lucha rrar personal contra el exceso de bebida. Después de sus jornadas laborales, solía dirigirse a una cantina al otro lado del cementerio de Guadalajara. Curiosamente, para llegar allí tenía la costumbre de cruzar directamente por el cementerio. Esta elección no era única, ya que muchas personas optaban por este camino más corto en lugar de rodearlo en aquel entonces. El cementerio se encontraba en medio de una etapa de renovación, con muros construyéndose a su alrededor una tarde después de un día de trabajo. A mi abuelo y a algunos de sus amigos les pareció una buena idea pasar un rato platicando con algunas bebidas. Pero fue sólo mi abuelo quien se animó a cruzar directamente por el cementerio mientras que los demás optaron por darle la vuelta algo desesperado e impulsado por las ansias de relajarse. Mi abuelo no consideró los riesgos de su elección. Aunque todavía había luz y se podía observar a otras personas estar cruzando el cementerio de un lado a otro. Él hizo a un lado la importancia de las precauciones de sus amigos. Lo que ella quería era librarse de las tensiones del día. Mientras avanzaba por el sendero principal del cementerio, todo parecía tranquilo. A medida que caminaba, podía ver la otra entrada a metros de distancia en el trayecto, notó que había más gente de lo habitual caminando por el sendero en su mayoría ancianos que sobresalían entre la multitud. Fue entonces cuando su atención se centró en una anciana que estaba sentada junto a una tumba. Los ojos de ella se fijaron en mi abuelo y se acercó a él con una solicitud poco usual. Le pidió un poco de agua. La anciana parecía una persona de escasos recursos. El vestido que tenía se encontraba lleno de lodo. Ella se encontraba desaliñada, parecía que había dormido en el piso durante días. A mi abuelo le pareció desagradable y, aunque llevaba consigo guaje que contenía más de la mitad de agua, respondió que no tenía y sugirió que pidiera a otros. Él le señaló a un grupo de personas que estaban cerca, pero ella le dijo que tampoco podían ayudarle. A pesar de los persistentes pedidos de la anciana, mi abuelo optó por ignorarla y continuó caminando. Después de avanzar varios metros, la voz de la anciana dejó de escucharse y al girar para mirar atrás, se percató de que la anciana ya no estaba allí. Pocos minutos después de comenzar su caminata, mi abuelo aún se hallaba agotado por el arduo día que había tenido con la certeza de que, a pesar de tomarse un breve descanso, podría llegar antes que sus amigos, decidió tomar asiento en una de las bancas que estaban a un costado del sendero aprovechó la oportunidad para tomar un sorbo de agua de su guaje. En ese momento notó que ya no había nadie más a la vista, lo cual le pareció normal, ya que el día se estába estaba oscureciendo, pero en el silencio de ese momento resonó nuevamente la voz de la anciana pidiendo un poco de agua. La sorpresa hizo que mi abuelo se sobresaltara, pues no le esperaba encontrársela allí. A pesar de su inesperada aparición, él se mantuvo firme en su negativa y le pidió que lo dejara en paz. Con cierto fastidio por el susto que le había causado, se levantó y siguió su camino. Mi abuelo vació por completo el contenido del guaje sin dejar ni una sola gota. Aunque la oscuridad ya se había dueñado del lugar. Mi abuelo sentía una sensación de calor que lo abrumaba se sentó en el suelo mientras reflexionaba sobre lo extraño que era que todavía no hubiera llegado al otro lado del cementerio. Su agotamiento parecía aumentar y una intensa sudoración lo acompañaba sin importar cuántas veces se secara con su camiseta. No era suficiente para mantenerse seco en ese so un viento frío sopló refrescando el ambiente. Ese cambio en el clima lo motivó a levantarse y seguir adelante en su recorrido. Entonces, en medio del sendero, mi abuelo la vio una hermosa mujer parada con cierta gracia. Su cabello era largo y negro y su piel era pálida. Vestía una falda adornada con flores. No había forma de que mi abuelo pudiera ocultar su interés. Se acercó con determinación. Se dispuso a indagar por qué una mujer tan encantadora se encontraba sola en ese lugar. Ella le regaló una sonrisa. Le compartió que se había quedado atrapada a mitad del sendero y la noche la había dejado allí. Respondiendo a esta historia, mi abuelo, aprovechando el momento, le ofreció acompañarla a su hogar y asegurarse de que llegara a salvo. Pero su verdadera intención era descubrir dónde vivía para más adelante buscarla. La mujer aceptó la oferta sin titubear, Tomó de la mano a mi abuelo y lo guió entre las lápidas. Después de unos minutos de caminata, salieron por una pequeña puerta, pero el apuro de mi abuelo por llegar a la casa de la joven lo hizo ignorar cómo habían llegado allí. Finalmente arribaron a una modesta vivienda, donde ella le dio la bienvenida. Mi abuelo no dudó ni un instante y cruzó la puerta lleno de determinación de que esa noche tendría suerte. Al cruzar la puerta de la casa, mi abuelo notó que el interior estaba envuelto en penumbra. La tenue luz provenía de unas cuantas veladoras que esparcidas por la habitación arrojaban destellos parpadeantes. La mujer le dijo que no había tenido electricidad durante varios días, pero aún así le ofreció prepararle un café y charlar Mientras esperaban. Mi abuelo aceptó el gesto amable y se acomodó en un sillón que resultó ser sorprendentemente duro. Mientras ella se dirigía a la cocina con una veladora en mano. La escasa iluminación dejó a mi abuelo aún más en la oscuridad. La atmósfera tranquila de aquel lugar, sumada al cansancio acumulado y el olor característico de la humedad, comenzaron a pesar sobre los párpados de mi abuelo. Poco a poco, el sueño fue acercándose ya se sentía somnoliento. La falta de luz, junto con la suave fragancia de unas flores de cempasúchil que estaban cerca de él y la sensación de agotamiento. Finalmente lograron vencerlo y mi abuelo cayó en un sueño profundo. Los primeros destellos del sol fueron los que rompieron el sueño de mi abuelo. Desconcertado y aturdido por su entorno, apenas lograba reunir los recuerdos dispersos de la hermosa mujer y la casa en penumbra frotó sus ojos mientras su mente comenzaba a aclararse y entonces se dio cuenta de su ubicación. Estaba sentado sobre una banca de piedra. Se apresuró a salir por la pequeña puerta de la vivienda. Un sentimiento abrumador lo embargó al observar su alrededor había entrado en una capilla. Su mirada se posó en el retrato de una anciana que ocupaba un lugar en la estancia. Reconoció enseguida esta figura como la misma anciana que un día antes le había solicitado agua en el cementerio. La impactante revelación golpeó su conciencia. Las flores que habían sido colocadas en ofrenda estaban ahora marchitas muertas por la falta de agua. Un escalofrío recorrió la espalda de mi abuelo, no deseando quedarse más en ese lugar, salió corriendo de la capilla sólo para enfrentarse a una realidad aún más desconcertante. No había abandonado el cementerio en ningún momento. Sus ojos se encontraron a personas que lo observaban con extrañeza, Pero en ese momento la línea entre lo real y lo irreal parecía tan delgada que decidió no preguntar nada. Corrió hacia la puerta más cercana. Desde aquel momento, mi abuelo transformó su vicio con la bebida y ya no se ría dio a sus excesos y cuando alguien le solicitaba ayuda, no dudaba en brindarla. A lo largo de los años, cambió su ruta, evitando el centro del cementerio y optando por caminar alrededor de él en lugar de atravesarlo. Aquella experiencia había dejado una huella profunda en su vida. Historia de mi padre, la historia que sigue tiene lugar cuatro décadas más tarde y en esta ocasión involucra a mi padre. A pesar de las advertencias reiteradas de mis abuelos sobre los riesgos de cruzar el cementerio y las posibles consecuencias que eso podría acarrear, él persistía en hacerlo con tal de acortar el camino y llegar más rápido a ver a su novia. Mientras que el trayecto de ida transcurría sin mayores incidentes. Eran los regresos los que generaban más inquietud entre los abuelos, ya que mi padre solía regresar a casa a altas horas de la noche. En una de esas noches, como era habitual, mi padre llegó confiado hasta la puerta. Fue en ese instante que, al lado de la entrada y oculto detrás de los muros, se topó con la presencia inquietante de un niño que lo observaba fijamente. La situación resultó extraña para él, considerando que no había experimentado nada fuera de lo común en ese lugar. Lo primero que se le ocurrió fue que el niño se había perdido y alguien lo había dejado. Sólo allí surgió en su mente la idea de ofrecerle ayuda, quizás llevarlo de regreso a su hogar, pero a pesar de sus insistencias, el niño se mantuvo en silencio, lo que llevó a mi padre a abandonar la idea y a seguir su camino. A pesar de ello, no podía evitar sentir cierta inquietud en relación al niño y lo que pudiera estar ocurriendo. Miró hacia atrás y notó que el niño seguía plantado junto a la puerta sin moverse. Convencido de que el pequeño se encontraba perdido, mi padre tomó la decisión de acercarse a él y sujetarlo de la mano. En ese momento se percató de que la mano del niño estaba helada y mientras el niño no apartaba sus ojos de mi padre, empezó a caminar llevando consigo al misterioso niño, con el propósito de mantener al niño entretenido durante el camino. Mi padre empezó a compartirle relatos de su infancia, anécdotas vividas junto a sus hermanos y cómo en varias ocasiones se había perdido. A pesar de su intento por establecer una conexión, el niño continuaba en silencio sin responder. Cuando mi padre le preguntó por su nombre. Movido por la curiosidad, también le cuestionó acerca de su lugar de residencia, pero nuevamente, el niño optó por guardar silencio sin revelar nada sobre su origen. A medida que la situación se tornaba cada vez más agotadora, mi padre tomó la decisión de darle una lección al niño, amenazándolo con abandonarlo. Si seguía sin responder. Le advirtió que si no cooperaba, lo dejaría en medio del camino. Con cierta seriedad, mi padre lo soltó y prosiguió su camino. Al mirar hacia atrás, observó que el niño parecía estar siguiéndolo sintiendo un alivio momentáneo. Debido a la aparente eficacia de su plan, Mi padre incrementó su ritmo para alejarse más rápido. Esto lo hizo con el fin de provocar una reacción por parte del niño, esperando que le hablara y le dijera que se detuviera. Al volverse y observar, notó que el niño no sólo no estaba disminuyendo la velocidad, sino que en realidad parecía estar flotando. Este descubrimiento dejó a mi padre perplejo y asustado con su temor creciendo. Mi padre aceleró su carrera en dirección a la entrada del cementerio, sintiendo cómo la presencia del niño se acercaba cada vez más de repente experimentó la sensación de algo posándose en sus hombros, a pesar de no poder ver algo sobre él. Esa sensación fue abrumadora para él. Cuando llegó finalmente a la puerta, apresuró su intento de cruzarla, pero algo en ese umbral pareció detenerlo bloqueando su avance, una fuerza inexplicable parecía sostenerlo desde arriba, negándole la salida. En medio de la confusión y el desconcierto, mi padre se encontraba atrapado sin saber qué estaba sucediendo. En un instante, la abrumadora presión que había sentido desapareció liberándolo y permitiéndole escapar del campo del cementerio. El peso se esfumó y finalmente pudo atravesar la puerta, liberándose de la extraña influencia que había estado ejerciendo sobre él. De manera instintiva, mi padre volteó hacia atrás para cerciorarse de que el niño no lo estuviera persiguiendo, pero lo que presenció lo llenó de inquietud. El niño estaba parado en el umbral de la puerta, observando cómo mi padre huía aterrorizado la imagen de ese niño en lino entre el cementerio y el exterior quedó grabada en su memoria un recordatorio constante de esa noche. Desconcertante, estas dos anécdotas se han convertido en relatos recurrentes durante nuestras reuniones familiares y debo admitir que, tras escucharlas de boca de cada uno de los miembros de la familia, no siento ningún deseo de aventurarme a través del cementerio durante la noche. Relato escrito y adaptado por lengua de brujo