July 28, 2023

El Niño Fantasma Con El Que Experimentaban En Vida Historias De Terror - REDE

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Una noche en el Oxo me presento. Mi nombre es Manuel Nolasco. Actualmente tengo veintiséis años y vivo en una ciudad en el norte del país. Llevo poco tiempo de estar suscrito al Canal y a medida que he ido escuchando los diversos testimonios presentados aquí, he sentido la necesidad de compartir mi propia historia. Esto que les voy a platicar me sucedió hace como nueve años. En aquel entonces, yo y mi mejor amigo todavía éramos menores de edad. Esa era la razón por la cual, a pesar de que llevábamos semanas buscando un trabajo, no lográbamos encontrar ningún sitio que nos quisiera dar empleo. Ya estábamos a punto de darnos por vencidos. Cuando me enteré que uno de mis vecinos era el dueño del Oxo, que se estaba terminando de construir en la esquina de la cuadra. Una tarde fui a platicar con él para comentarle que mi amigo y yo queríamos trabajar durante un par de meses porque estábamos tratando de contar un dinero para algo concreto, pagar el viaje que se estaba planeando para después de la graduación de la preparatoria y, de paso, también comprarnos una consola de videojuegos. El vecino, que era un hombre serio y reservado, me dijo que ya contaba con todo el personal necesario para la apertura del oxo, pero debido a que solamente buscábamos trabajo durante un breve periodo de tiempo, estaba dispuesto a echarnos la mano. Acordamos que, en cuanto abriera el oxo, que faltaban tres semanas, mi amigo y yo iríamos a ayudar ahí en todo lo que hiciera falta. Me preguntó cuánto dinero necesitábamos para cubrir el viaje de los dos y además la consola. Hicimos cuentas y luego me dijo que como solamente ayudaríamos en algunas cosas y durante unas cuantas horas después de clases, podría cubrir el total del dinero si trabajábamos durante dos meses y medio. A mí me pareció bien. Le di las gracias y regresé a mi casa. Al día siguiente. En la prepa le dije a mi amigo que ya había conseguido trabajo para ambos. Le platiqué cómo era y él estuvo de acuerdo. Pasando las tres semanas esperadas, mi amigo y yo finalmente nos presentamos en el Oxo listos para empezar una nueva jornada laboral. Desde el primer día quedó claro que nuestras tareas prioritarias serían el cuidado y mantenimiento del área de los hock dogs, asegurándonos de que siempre hubiera salchichas cocidas, pan caliente, verduras, picadas y bolsitas de aderezos. También nos enseñaron a tener en orden las máquinas de café. Estas dos cosas eran nuestras actividades prioritarias por lo mismo del flujo de gente. Cuando eso lo teníamos en orden, nos encargábamos de frentear la mercancía de los anaqueles, rellenar los refrigeradores y la hielera, revisar la señalización, cambiar precios y ofertas, como era el mes de diciembre. Nos tocó colocar la decoración del mes esa misma semana. También nos asignaron la tarea de realizar inventarios diarios, una actividad indispensable para detectar y monitorear el robo de mercancía. Por parte de los clientes. Como la ubicación del OXO era relativamente concurrida, se llenaba con un flujo constante de personas, si bien no estaba barrotado, siempre había mínimo tres personas. Dentro la siguiente semana ya nos enseñaron a apoyar con SEDIS y con proveedores. Mi amigo y yo llegábamos al Oxo a las seis de la tarde y nos íbamos a la hora que cerraba la sucursal a medianoche. A las once de la noche se cerraban las puertas a los clientes y se empezaba con el proceso de cierre. Era precisasonte después de las once que yo me acercaba a caja y empezaba a preguntar cómo funcionaban las cajas dependiendo de la disposición del personal. Dirigí mis preguntas a aquel que ocupara la caja, uno destinada al cobro o al que estuviera a cargo de la caja tres donde se realizaban procesos distintos que no involucraban el cobro. El líder del equipo no tardó en darse cuenta que a mí me llamaba la atención el mostrador, así que una tarde me enseñó a cobrar abrimos la segunda caja y ahí estuvo él Mostrándome cómo se hacía enfocados únicamente en el cobro de mercancía, dejando de lado recargas, pagos de recibos u otros servicios adicionales. Aprendí cómo interactuar con los clientes, cómo manejar los productos en el sistema y cómo procesar los pagos en efectivo o con tarjeta. Aprendí rápido, así que en una ocasión que se juntó demasiada gente me pidieron apoyo para b r la segunda caja y vieron que yo podía hacerlo bien y sin cometer errores cobré todo bien y no me faltó dinero. Así que el líder del equipo habló con el dueño de la sucursal mi vecino y luego de esa plática, a mi amigo y a mí nos ofrecieron tomar el turno de noche. Nosotros llegaríamos diez minutos antes de medianoche, cuando ya todos los cortes estuvieran hechos y a las doce en punto haríamos la apertura de nuestro turno. Yo me encargaría del mostrador, mientras que mi amigo se dedicaría a atender las tareas en el piso. Diez minutos antes de las seis de la mañana, llegaría el líder del equipo a hacernos cierre para que pudiéramos retirarnos y ya él y los demás harían apertura de turno otra vez a las siete de la mañana. Sonaba bastante pesado tener que estar trabajando toda la noche para luego irnos a la preparatoria. Pero mi vecino nos dio dijo que tomando ese turno en tan sólo un mes podríamos tener juntado todo el dinero que necesitábamos. Así que mi amigo y yo aceptamos tomar el turno nocturno. Un dato que cobra relevancia es que en la calle de enfrente al Oxo se encontraba una vieja clínica que ya estaba abandonada. Se trataba de un edificio relativamente grande. Contaba con tres pisos. Desde que yo tengo uso de razón, esa clínica ya estaba fuera de uso. La verdad es que nunca le habíamos prestado demasiada atención porque casi no pasábamos por ahí. Pero cuando mi amigo y yo empezamos a trabajar en el Oxo, notamos el evidente estado de lugar era bastante deteriorado. Como si tuviera unos treinta años sin ser ocupado. De hecho, una de las paredes de la vieja clínica ya estaba partida a punto de desplomarse. Esto no lo mencioné al principio de mi relato porque, curiosamente, durante el día, aquel lugar parecía fundirse con el paisaje circundante. Sin embargo, cuando la oscuridad se apoderaba del lugar y nosotros nos dirigíamos al Oxo, la apariencia de la vieja clínica tenía una drástica transformación. Ya no pasaba desapercibida. Era un lugar que daba miedo. Cuando llegamos a nuestro primer turno, allí estaba el líder. Se quedó con nosotros una hora para explicarnos todo. Dirigió su atención, especialmente hacia mi amigo, ya que mientras yo me enfocaría en el cobro de mercancías, él sería el encargado de realizar diversas actividades durante la noche, ya que terminó de explicarle a él antes de que se fuera de uno de los cajones, sacó un cartón forrado que traía instrucciones. Nos dijo que él, antes de que el dueño lo trajera esa sucursal como líder, había sido un empleado como cualquier otro, así que llegó a cubrir turnos nocturnos en otros oxos durante varios años y desde que le tocó capacitar por primera vez a alguien para estar en el turno de la noche, había anotado todo lo importante en ese cartón. Era el mismo que siempre presentaba el líder. Nos indicó que en ese cartón estaban escritas las tres reglas más importantes para nuestra labor nocturna y también estaba anotado su número de teléfono para cualquier emergencia que no pudiera ser atendida por la policía, la ambulancia o los bomberos. Ni mi amigo ni yo entendimos a qué se refería con eso último, pero no quisimos hacer más preguntas. Cuando se fue cerró la puerta y se despidió con una seña, lo primero que hicimos fue prepararnos un café y luego leímos lo que decía el cartón que nos había prestado. La primera regla era que, después de que cerrara el acceso de los clientes, teníamos rotundamente prohibidos salir de la tienda por por nada del mundo. Teníamos que quedarnos dentro de las instalaciones en todo momento hasta que él regresara, faltando diez minutos para las seis de la mañana. La segunda regla decía que, así como no podíamos salir, tampoco nadie podía entrar. De hecho, nosotros no nos quedábamos con la llave para abrir la puerta de acceso. En caso de cualquier situación, teníamos la puerta de emergencia, pero por ahí nadie podía entrar, porque solamente se podía abrir empujando una palanca desde el interior. Nuestro único contacto con cualquier persona fuera del Oxo era mediante la pequeña ventana, a través de la cual podíamos cobrar y pasar todo el producto que los clientes nos iban pidiendo. La tercera y última regla era más que nada una aclaración o una advertencia. En este punto se nos explicaba que el período comprendido entre las dos de la mañana y las cuatro de la mañana era el lapso de tiempo en el que menos gente transitaba por la calle. Por lo tanto, sería el lapso de tiempo en el que atenderíamos a menos personas. El escrito continuaba diciendo que era precisamente debido a la disminución de la actividad en las calles, que también aumentaban las probabilidades de enfrentar situaciones peligrosas. La advertencia era clara. Debíamos tener extrema precaución durante esas horas, ya que había un riesgo latente de que alguien pudiera llegar aparentando ser un cliente sólo para en un instante inesperado amenazarnos con un arma y asaltarnos por eso entre las dos y las cuatro. Para mantenernos seguros, debíamos de atender a los clientes desde una distancia más prudente, acercándonos únicamente a la ventanilla para recibir el dinero y entregar los productos de la manera más rápida que nos fuera posible. Sin embargo, el escrito también contenía una peculiar anotación. Esta venía con pluma roja decía el oxo es una tienda. No damos vasos de agua a nadie. Si alguien quiere agua, que compre una botella. Esa notación nos pareció demasiado extraña. Debía ser importante porque estaba escrito con rojo. Sin embargo, para nosotros resultaba difícil comprender por qué un simple vaso de agua podía tener tanta importancia en las reglas nocturnas. Nuestro primer turno trabajando la noche estuvo pesado. Se nos hizo eterno. Lo bueno fue que el líder nos dijo que podíamos tomar todo el café que necesitáramos para mantenernos despiertos. Otra ventaja era el hecho de que atendíamos a puerta cerrada sólo a través de la ventanilla. Nos brindaba cierto agrado de tranquilidad, así que no teníamos que preocuparnos porque nos fuera a faltar mercancía. En la mañana que llegó el líder a darnos salida. Le preguntamos sobre la extraña anotación en el cartón escrita con tinta roja. Lo que nos dijo fue que, ojalá, no nos viéramos en la necesidad de que él en realidad tuviera que explicarnos. Dijo que, si se diera el caso, nos daría una explicación, pero que de momento simplemente nos limitáramos a seguir las indicaciones que estaban en el cartón, que no cuestionáramos que si decidíamos ignorar cualquiera de sus reglas, nos estaríamos poniendo en una situación bastante peligrosa. Ya no dijimos nada, solamente nos despedimos y nos retiramos. Una vez concluido el turno nocturno, dejábamos el oxo y nos dirigíamos rápidamente a la escuela. Nos habíamos llevado nuestras mochilas por si se nos hacía tarde, no perder tiempo en tener que ir por ellas. Nos cambiábamos en la escuela. Al salir de clases, cada uno regresaba a su hogar para descansar y recuperar energías para la hora de la cena. Mi amigo llegó a mi casa. Ahí estuvimos hasta que llegó la hora de irnos al Oxo. Como en realidad no había demasiado trabajo, podíamos hacer la tarea de la escuela durante el turno y así lo estuvimos haciendo. Una mañana se nos ocurrió preguntarle al líder si él sabía algo sobre el edificio abandonado. Lo que nos comentó fue que, muchos años atrás había sido una clínica privada en la que solamente trabajaban médicos con alguna especialización en pediatría. Sin embargo, su relato tomó un giro sombrío al mencionar que la clínica se vio obligada a cerrar debido a ciertos acontecimientos turbios que salieron a la luz. Aunque el líder no estaba del todo seguro de lo que había sucedido, pues nada había sido divulgado en los periódicos, los rumores que habían circulado entre la gente eran un tanto siniestros. Se decía que en el sótano de la clínica se realizaban experimentos espeluznantes con niños que eran tomados de la calle, aquellos pequeños que pedían dinero o que simplemente no vivían en ninguna casa, huérfanos que vagaban sin rumbo, niños que si desaparecían, nadie se daría cuenta, porque a nadie le importaba. A mi amigo y a mí nos pareció bastante escabroso. Nunca nos Habríamos imaginado que detrás de aquel edificio abandonado se escondió un pasado tan escabroso y lucubre. Habíamos pensado otras posibilidades para el cierre de la clínica, cosas como un simple traslado a otro lugar o alguna situación administrativa, pero jamás lo que nos había dicho el líder. Eso nos dejó pensando. Creo que más a mí que mi amigo, porque de hecho, yo busqué en Internet esperando encontrar alguna noticia o artículo que dijera algo del cierre de la clínica. Sin embargo, mis esfuerzos resultaron en vano. No hallé una sola nota, sólo cosas relacionadas con las curas y tratamientos de la clínica. Incluso llegué a preguntarle a uno de mis maestros que tenía sesenta años, pero él, aunque sí sabía de qué clínica le estaba hablando. Dijo que había oído cosas, pero que nunca se enteró bien. Los turnos nocturnos en el oxo se repetían prácticamente de manera idéntica cada noche. Yo apoyaba a mi amigo en sus actividades para terminar eso pronto y los dos pudiéramos hacer la tarea de la escuela. Lo que hacíamos durante las primeras dos horas, es decir, de la medianoche a las dos de la mañana era ir a la bodega para empezar el surtido de los anaqueles y de los refrigeradores. También nos asegurábamos de realizar la limpieza necesaria para mantener el lugar en orden. Luego, entre las dos y las cuatro de la mañana, cuando la afluencia de clientes era menor, aprovechamos el tiempo para realizar nuestras tareas escolares. Aprovechábamos el tiempo para realizar nuestras tareas escolares si las teníamos pendientes y en caso de que no, nos tornábamos para recostarnos, no dormíamos. Simplemente nos acostábamos sobre las cajas de sedis y cartón. Cuando a mí me tocaba recostarme, mi amigo se quedaba al pendiente de la puerta y cuando había que cobrar me decía y de esta manera pasaban dos horas pasadas, las cuatro de la mañana, nos poníamos manos a la obra para finalizar las tareas pendientes y así recibir al líder del equipo con todo listo y en orden. Así transcurrió una semana y media hasta que, en un turno nocturno ocurrió algo realmente extraño. Habíamos completado nuestras tareas habituales, rellenarlos anaqueles y surtir los refrigeradores. El reloj marcaba alrededor de las dos y cuartos de la madrugada y mientras nos preparábamos un café para mantenernos despiertos, una inesperada voz se hizo presente por la ventanilla. Mi amigo se quedó ocupado da preparando los cafés mientras que yo me dirigí hacia la puerta me acerqué solo lo suficiente para escuchar a la persona del otro lado. Ahí estaba un niño que llevaba puesta una bata azul con una de sus manos sostenía una bolsa medio transparente. El niño, por la altura, no alcanzaba a asomar la cabeza por la ventana. Por lo tanto, sabía que no podría escuchar bien lo que quería comprar. Así que me acerqué un poco más para que me fuera más fácil escucharlo. Desde ahí pude ver claramente y contenido de la bolsa que sostenía el niño parecían ser varias cajas de medicamentos. Le pregunté al niño qué necesitaba y dijo que quería un poco de agua. Yo le pregunté de qué marca. El niño simplemente respondió que sólo deseaba un poco de agua, incluso si era servida en un vaso. En eso mi amigo se me acercó y me recordó lo que estaba escrito con tinta roja. Yo le dije a mi amigo que era un niño el que la estaba pidiendo. No le iba a negar un poco de agua. Mi amigo movió la cabeza, pero yo le dije que me diera una botella de agua del refrigerador que yo la pagaría. Hizo un gesto desaprobatorio, pero fue por la botella Cuando me la dio, me dirigí nuevamente a la ventanilla y se le entregué al niño. Él se me quedó viendo muy extraño. Le aseguré que no se preocupara por el dinero que podía llevarse el agua sin pagar el niño sin dejar de mirarme. Me dio las gracias y se fue. Fui a la caja y coloqué el dinero correspondiente por la botella de agua. Mi amigo me entregó el café y curioso por la situación, me preguntó si había notado algo extraño en aquel niño. Me dijo que era muy extraño que un niño anduviera casi a las dos y media de la madrugada vestido con una bata. Además, llevaba una bolsa de medicamentos. Tal vez es un niño que vive en una fama de muy bajos recursos. No tenía agua para tomarse sus medicamentos y por eso vino a pedirla relájate Güey ni se te ocurra decirle al jefe. Mi amigo siguió terco Me recordó que el líder nos había dicho que por nada del mundo. Debíamos desobedecer las reglas que, si lo hacíamos, podríamos ponernos en una situación peligrosa. Le hice un gesto de burla y le dije que no iba a decirle a un niño que se fuera. Además, yo había pagado la botella de agua, así que básicamente no rompí la regla. No pasaron ni diez minutos desde que se había ido el niño. Cuando al voltear hacia la pared de vidrio donde estaba la puerta, nos llevamos un susto. El niño estaba recargado en el cristal. Observándonos fijamente el niño ya no tenía la bolsa. Permaneció allí durante unos segundos y luego se alejó desvaneciéndose en la oscuridad de la noche. Haber visto a ese niño recargado en el cristal nos dejó con una extraña sensación que no logramos deshacernos durante el resto de la noche. En la mañana, estando fuera del oxo, cuando ya íbamos para la escuela, se me ocurrió voltear hacia el lugar donde habíamos visto al niño. Me di cuenta que había algo tirado. Le dije a mi amigo y fuimos a levantarlo. Se trataba de una caja de medicinas. El medicamento tenía un nombre raro. La caja todavía tenía medicamento. Mi amigo me dijo que la dejáramos ahí tirada, pero yo le dije que no, que de seguro era del niño que a lo mejor regresaba a buscarla. Mi amigo me dijo que se le entregara al líder, pero no quise, porque yo sabía que él la iba a tirar, así que me la guardé estando en la prepa. En el receso fui con una amiga que estaba en el grupo de laboratorio clínico y le mostré la caja, aunque ella no sabía exactamente para qué servía. Estaba segura de que algún maestro del área debía tener información adecuada. Me pidió que le dejara la caja y en la salida me la regresaba. A la hora de salir, mi amiga me dijo que no tenía la caja, que el maestro al que le preguntó se la había quitado y que ese maestro le dijo que si quería la caja, que yo mismo fuera por ella. Mi amiga me acompañó con el maestro. Lo primero que hizo fue preguntarme de dónde la había sacado. Le respondí que lo había encontrado tirado afuera de donde trabajaba, que yo creía que se le había caído a un niño que llevaba una bolsa con varios medicamentos que por ese motivo me había quedado con ella para devolvérsela si el niño regresaba. El maestro me miró serio tomándose un momento antes de hablar, me dijo que ese medicamento no podía ser del niño porque solamente estaba autorizado para el consumo como en mayores de trece años, que esa medicina se usaba para tratar estados mentales frenéticos, trastornos maníaco depresivos y esquizofrenia. No supe qué decirle. Le pedí que me devolviera la caja, pero el Maestro se negó y me mostró la parte trasera de la caja con uno de sus dedos. Señaló preguntándome qué ponía ahí decía agosto mil novecientos noventa y cuatro. El Maestro me dijo que esa era la caducidad del medicamento, que no me iba a regresar la caja porque ya nadie podía consumirlo debido a que estaba caducado. Ya no pude hacer nada más en la noche, estando con mi amigo trabajando en el oxo, le comenté lo que había pasado en la escuela con el maestro. Lo que mi amigo me comentó fue que lo más probable era que esos medicamentos no fueran del niño, sino que las había sacado de la basura, que posiblemente la bata azul que llevaba puesta no era porque hubiera salido del hospital, sino que quizás esa era la única ropa que tenía porque, a lo mejor ni siquiera tenía papás y vivía en la calle. Eso que dijo mi amigo me hizo algo de sentido, por lo menos lo suficiente como para que yo dejara de darle vueltas al asunto. Dos noches después, a eso, de las dos y media de la mañana, el niño volvió, tenía la misma bata azul y agarrando la misma bolsa semi transparente llena de medicamentos, tocó la puerta, me acerqué a la ventanilla para atenderlo y me dijo que quería un poco de agua. Volteé a ver a mi amigo dándole a entender que me diera un agua para el niño. Ya con el agua en mano, me acerqué más a la ventanilla y le pregunté al niño dónde estaban sus papás. Él simplemente se me quedó viendo con una mirada fría y no dijo nada, así que le comenté que o que yo o sonría meterme en problemas por estarle regalando botellas de agua que de todos modos se la iba a regalar, pero que me hiciera el favor de contestar mis preguntas. El niño se volteó y me dijo que su papá y su mamá estaban allá durmiendo. Le pregunté si sus papás estaban enfermos o cuál era el motivo de que él, siendo un niño anduviera en la calle mientras sus papás estaban dormidos. Luego de un breve silencio, me respondió que sus papás habían estado enfermos, pero que ya no lo estaban. Pero aún así, lo único que hacían todo el día era dormir en su casa. Cada quien me pareció entender que su papá vivía en una casa y su mamá en otra. El niño me confirmó que sí. Luego siguió hablando. Me dijo que la casa de su papá estaba enseguida de la de su mamá. Estaban uno al lado del otro, pero no se veían ni se hablaban. Solamente dormían todo el día, Así que le pregunté por qué no se había ido a la casa de alguno de ellos. Me respondió que no podía que él había ido a hablarle a su papá como a su mamá, pero los dos le dijeron que no podían dejarlo entrar a su casa, que él tenía que irse con nosotros niños. Mi amigo, poco a poco se fue acercando porque todo lo que estaba diciendo el niño también lo estaba intrigando a él. Mi amigo quiso saber si el niño tenía hermanos o a qué otros niños se referían sus papás. El niño nos platicó que no tenía hermanos, que esos otros niños eran con los que compartía casa, que ellos, al igual que él, no podían estar con sus papás, así que todos se quedaban juntos para no estar solos y así no tener miedo de los extraños. Eso sonaba bastante mal. Le pregunté al niño dónde se quedaban él y los otros niños. Me respondió que se quedaban en la clínica abandonada y, como ya nadie estaba ahí. No les daba miedo estar dentro que como el lugar estaba solo, nadie los molestaba. También dijo que había otros nueve niños, pero los demás casi nunca salían porque tenían miedo. Además, como estaban sucios y mal vestidos. A veces la gente los ignoraba y eso los hacía sentir mal, así que preferían estar ahí pasando hambre y sed Era muy fuerte lo que nos estaba contando al niño. Mi amigo fue por una bolsa y la llenó con jugos, galletas y fritos. Se acercó con el niño y le dijo la neta discúlpame carnal. Yo le había dicho a mi amigo que no te regalara el agua. Nunca me imaginé que le estuvieras pasando tan mal. Llévate esto y ahí le compartes a los otros niños. El niño sonrió agarró la bolsa, le di también la botella de agua antes de que se fuera. Nos dio las gracias y nos dijo que ahora sí, él y i los otros niños podían estar tranquilos, que ya no tendrían miedo. No nos dio tiempo de preguntarle a qué se refería. Cuando cruzó la calle y lo perdimos de vista, no vimos cómo fue que se metió a la clínica abandonada, pero creímos que por la parte de atrás debería haber un hueco para que se metiera. En la mañana que llegó el líder, decidimos contarle lo que había pasado, porque en ese momento no traíamos dinero para pagar todo lo que le habíamos dado al niño, así que le dijimos al líder para que lo descontara del pago. El líder se nos quedó viendo muy serio y nos preguntó si era una broma. Le respondimos que no. Entonces nos pidió que le contáramos toda la historia desde que el niño llegó la primera vez a pedir agua. El líder, aunque no estaba molesto, nos recuerdó que en el cartón que nos había entregado, decía explícitamente que no debíamos entregarle agua a nadie. Yo le comenté que yo había apagado el agua, pero el líder me dijo que ese no era el problema, sino el hecho de que le regalamos el agua. Mi amigo y yo le pedimos que nos explicara por qué no estábamos entendiendo. El líder nos explicó que durante todos los años que estuvo trabajando de noche aprendió muchas cosas y que una de esas era que a los difuntos les gusta salir a caminar entre las dos y las cuatro de la mañana y los difuntos que andan en la calle a esas horas no eran personas que han muerto a su hora y en paz, sino que más bien era gente que, por una u otra razón, no podían descansar y por eso andaban vagando por las calles. Yo me reí un poco y le pregunté si estaba tratando de decirnos que ese niño era un fantasma. El líder me preguntó por qué creía yo que la caja de medicamento tenía tantos años, por qué creía que el niño había vuelto a mirarnos por la ventana luego de que le dio la primer botella de agua. Y por qué creía que un niño de bata de hospital. Me había dicho que él y otros niños vivían en una clínica que quedó abandonada, luego de que se descubrió que en el sótano de esa misma clínica hacían experimentos con niños ni siquiera me dejó responderle cuando nos dijo que los difuntos piden agua para poder manifestarse ante los vivos. Si se les da agua, entonces se volverán a manifestar. Por eso el niño ha vuelto. El motivo por el cual no se le debe dar agua a un muerto es que muchas veces podían tener interacciones hostiles y si se les daba agua, volverían a intentar hacer daño. Nosotros habíamos tenido suerte de que el fantasma del niño era inofensivo. Mi amigo le dijo a líder que nada de eso tenía sentido. Entonces el líder le contestó. Yo sé cómo entrar a la clínica. Vamos y cuando veas que ahí dentro no hay ningún niño vivo, Tú y tu amigo me dan la mitad de su sueldo. Mi amigo y yo nos volteamos a ver y aceptamos los tres salimos del oxo Cerramos bien, fuimos a la parte trasera de la clínica abandonada. Ahí un pedazo de barde estaba partido, así que no quedaba tan alto. La brincamos y entramos. Era el patio al lugar que llegamos. Ahí estaban todas las cosas que le habíamos dado al niño, incluyendo las dos botellas de agua que le había dado. Además, estaban varias cajas de medicamentos. Impresionado, agarré una caja de medicamentos y al revisar la caducidad eran también del noventa y cuatro. El líder nos dijo que ese niño de seguro había muerto en el sótano de la clínica mientras hacían experimentos con él, y que todos los niños de los que hablaba también habían muerto allí. Decidimos aceptar que lo que decía el líder era verdad, pero aún había dos cosas que no entendíamos. La primera era que el niño nos había dicho que sus papás estaban vivos y posiblemente divorciados y que con lo que le regalamos, todos los niños ya se podían ir y no tendrían miedo. El líder le dijo a mi amigo que agarrara la bolsa de doritos. Estaba completamente cerrada. Le indicó que la abriera. Cuando lo hizo dentro, encontró los oritos, pero completamente blancos. El líder nos comentó que los fantasmas de los niños habían recibido ese gesto de amabilidad por parte de nosotros y esto le servía como ofrenda. Comieron la ofrenda y esto les permitió dejar este mundo. No podían irse porque nadie les encendía una vela, porque nadie se acordaba de ellos. Nuestra ofrenda les había permitido irse. En cuanto a los papás de los niños, nos aseguró que no estaban vivos. No. No recuerdo que en la dirección en que el niño había señalado estaba el panteón municipal, si cada uno de sus papás estaba en una casa diferente, era porque no se refería a una casa, sino a una lápida, porque ambos estaban muertos. Por eso el niño había caído en los experimentos de la clínica porque lo tomaron de la calle como niño huérfano. Relato escrito y adaptado por Ramiro Contreras