El Niño Fantasma Con El Que Experimentaban En Vida Historias De Terror - REDE

¡ Rápido ! Suscríbete y activa la campanita.
Se parte de la comunidad REDE.
ENVIAME TUS HISTORIAS A: relatosdesclasificados@gmail.com
SÍGUEME EN FANPAGE: https://bit.ly/33H3Og3
SÍGUEME EN INSTAGRAM: https://bit.ly/3dgiBmd
Se parte de la comunidad REDE.
ENVIAME TUS HISTORIAS A: relatosdesclasificados@gmail.com
SÍGUEME EN FANPAGE: https://bit.ly/33H3Og3
SÍGUEME EN INSTAGRAM: https://bit.ly/3dgiBmd
Una noche en el Oxo me presento. Mi nombre es Manuel Nolasco. Actualmente tengo veintiséis años y vivo en una ciudad en el norte del paÃs. Llevo poco tiempo de estar suscrito al Canal y a medida que he ido escuchando los diversos testimonios presentados aquÃ, he sentido la necesidad de compartir mi propia historia. Esto que les voy a platicar me sucedió hace como nueve años. En aquel entonces, yo y mi mejor amigo todavÃa éramos menores de edad. Esa era la razón por la cual, a pesar de que llevábamos semanas buscando un trabajo, no lográbamos encontrar ningún sitio que nos quisiera dar empleo. Ya estábamos a punto de darnos por vencidos. Cuando me enteré que uno de mis vecinos era el dueño del Oxo, que se estaba terminando de construir en la esquina de la cuadra. Una tarde fui a platicar con él para comentarle que mi amigo y yo querÃamos trabajar durante un par de meses porque estábamos tratando de contar un dinero para algo concreto, pagar el viaje que se estaba planeando para después de la graduación de la preparatoria y, de paso, también comprarnos una consola de videojuegos. El vecino, que era un hombre serio y reservado, me dijo que ya contaba con todo el personal necesario para la apertura del oxo, pero debido a que solamente buscábamos trabajo durante un breve periodo de tiempo, estaba dispuesto a echarnos la mano. Acordamos que, en cuanto abriera el oxo, que faltaban tres semanas, mi amigo y yo irÃamos a ayudar ahà en todo lo que hiciera falta. Me preguntó cuánto dinero necesitábamos para cubrir el viaje de los dos y además la consola. Hicimos cuentas y luego me dijo que como solamente ayudarÃamos en algunas cosas y durante unas cuantas horas después de clases, podrÃa cubrir el total del dinero si trabajábamos durante dos meses y medio. A mà me pareció bien. Le di las gracias y regresé a mi casa. Al dÃa siguiente. En la prepa le dije a mi amigo que ya habÃa conseguido trabajo para ambos. Le platiqué cómo era y él estuvo de acuerdo. Pasando las tres semanas esperadas, mi amigo y yo finalmente nos presentamos en el Oxo listos para empezar una nueva jornada laboral. Desde el primer dÃa quedó claro que nuestras tareas prioritarias serÃan el cuidado y mantenimiento del área de los hock dogs, asegurándonos de que siempre hubiera salchichas cocidas, pan caliente, verduras, picadas y bolsitas de aderezos. También nos enseñaron a tener en orden las máquinas de café. Estas dos cosas eran nuestras actividades prioritarias por lo mismo del flujo de gente. Cuando eso lo tenÃamos en orden, nos encargábamos de frentear la mercancÃa de los anaqueles, rellenar los refrigeradores y la hielera, revisar la señalización, cambiar precios y ofertas, como era el mes de diciembre. Nos tocó colocar la decoración del mes esa misma semana. También nos asignaron la tarea de realizar inventarios diarios, una actividad indispensable para detectar y monitorear el robo de mercancÃa. Por parte de los clientes. Como la ubicación del OXO era relativamente concurrida, se llenaba con un flujo constante de personas, si bien no estaba barrotado, siempre habÃa mÃnimo tres personas. Dentro la siguiente semana ya nos enseñaron a apoyar con SEDIS y con proveedores. Mi amigo y yo llegábamos al Oxo a las seis de la tarde y nos Ãbamos a la hora que cerraba la sucursal a medianoche. A las once de la noche se cerraban las puertas a los clientes y se empezaba con el proceso de cierre. Era precisasonte después de las once que yo me acercaba a caja y empezaba a preguntar cómo funcionaban las cajas dependiendo de la disposición del personal. Dirigà mis preguntas a aquel que ocupara la caja, uno destinada al cobro o al que estuviera a cargo de la caja tres donde se realizaban procesos distintos que no involucraban el cobro. El lÃder del equipo no tardó en darse cuenta que a mà me llamaba la atención el mostrador, asà que una tarde me enseñó a cobrar abrimos la segunda caja y ahà estuvo él Mostrándome cómo se hacÃa enfocados únicamente en el cobro de mercancÃa, dejando de lado recargas, pagos de recibos u otros servicios adicionales. Aprendà cómo interactuar con los clientes, cómo manejar los productos en el sistema y cómo procesar los pagos en efectivo o con tarjeta. Aprendà rápido, asà que en una ocasión que se juntó demasiada gente me pidieron apoyo para b r la segunda caja y vieron que yo podÃa hacerlo bien y sin cometer errores cobré todo bien y no me faltó dinero. Asà que el lÃder del equipo habló con el dueño de la sucursal mi vecino y luego de esa plática, a mi amigo y a mà nos ofrecieron tomar el turno de noche. Nosotros llegarÃamos diez minutos antes de medianoche, cuando ya todos los cortes estuvieran hechos y a las doce en punto harÃamos la apertura de nuestro turno. Yo me encargarÃa del mostrador, mientras que mi amigo se dedicarÃa a atender las tareas en el piso. Diez minutos antes de las seis de la mañana, llegarÃa el lÃder del equipo a hacernos cierre para que pudiéramos retirarnos y ya él y los demás harÃan apertura de turno otra vez a las siete de la mañana. Sonaba bastante pesado tener que estar trabajando toda la noche para luego irnos a la preparatoria. Pero mi vecino nos dio dijo que tomando ese turno en tan sólo un mes podrÃamos tener juntado todo el dinero que necesitábamos. Asà que mi amigo y yo aceptamos tomar el turno nocturno. Un dato que cobra relevancia es que en la calle de enfrente al Oxo se encontraba una vieja clÃnica que ya estaba abandonada. Se trataba de un edificio relativamente grande. Contaba con tres pisos. Desde que yo tengo uso de razón, esa clÃnica ya estaba fuera de uso. La verdad es que nunca le habÃamos prestado demasiada atención porque casi no pasábamos por ahÃ. Pero cuando mi amigo y yo empezamos a trabajar en el Oxo, notamos el evidente estado de lugar era bastante deteriorado. Como si tuviera unos treinta años sin ser ocupado. De hecho, una de las paredes de la vieja clÃnica ya estaba partida a punto de desplomarse. Esto no lo mencioné al principio de mi relato porque, curiosamente, durante el dÃa, aquel lugar parecÃa fundirse con el paisaje circundante. Sin embargo, cuando la oscuridad se apoderaba del lugar y nosotros nos dirigÃamos al Oxo, la apariencia de la vieja clÃnica tenÃa una drástica transformación. Ya no pasaba desapercibida. Era un lugar que daba miedo. Cuando llegamos a nuestro primer turno, allà estaba el lÃder. Se quedó con nosotros una hora para explicarnos todo. Dirigió su atención, especialmente hacia mi amigo, ya que mientras yo me enfocarÃa en el cobro de mercancÃas, él serÃa el encargado de realizar diversas actividades durante la noche, ya que terminó de explicarle a él antes de que se fuera de uno de los cajones, sacó un cartón forrado que traÃa instrucciones. Nos dijo que él, antes de que el dueño lo trajera esa sucursal como lÃder, habÃa sido un empleado como cualquier otro, asà que llegó a cubrir turnos nocturnos en otros oxos durante varios años y desde que le tocó capacitar por primera vez a alguien para estar en el turno de la noche, habÃa anotado todo lo importante en ese cartón. Era el mismo que siempre presentaba el lÃder. Nos indicó que en ese cartón estaban escritas las tres reglas más importantes para nuestra labor nocturna y también estaba anotado su número de teléfono para cualquier emergencia que no pudiera ser atendida por la policÃa, la ambulancia o los bomberos. Ni mi amigo ni yo entendimos a qué se referÃa con eso último, pero no quisimos hacer más preguntas. Cuando se fue cerró la puerta y se despidió con una seña, lo primero que hicimos fue prepararnos un café y luego leÃmos lo que decÃa el cartón que nos habÃa prestado. La primera regla era que, después de que cerrara el acceso de los clientes, tenÃamos rotundamente prohibidos salir de la tienda por por nada del mundo. TenÃamos que quedarnos dentro de las instalaciones en todo momento hasta que él regresara, faltando diez minutos para las seis de la mañana. La segunda regla decÃa que, asà como no podÃamos salir, tampoco nadie podÃa entrar. De hecho, nosotros no nos quedábamos con la llave para abrir la puerta de acceso. En caso de cualquier situación, tenÃamos la puerta de emergencia, pero por ahà nadie podÃa entrar, porque solamente se podÃa abrir empujando una palanca desde el interior. Nuestro único contacto con cualquier persona fuera del Oxo era mediante la pequeña ventana, a través de la cual podÃamos cobrar y pasar todo el producto que los clientes nos iban pidiendo. La tercera y última regla era más que nada una aclaración o una advertencia. En este punto se nos explicaba que el perÃodo comprendido entre las dos de la mañana y las cuatro de la mañana era el lapso de tiempo en el que menos gente transitaba por la calle. Por lo tanto, serÃa el lapso de tiempo en el que atenderÃamos a menos personas. El escrito continuaba diciendo que era precisamente debido a la disminución de la actividad en las calles, que también aumentaban las probabilidades de enfrentar situaciones peligrosas. La advertencia era clara. DebÃamos tener extrema precaución durante esas horas, ya que habÃa un riesgo latente de que alguien pudiera llegar aparentando ser un cliente sólo para en un instante inesperado amenazarnos con un arma y asaltarnos por eso entre las dos y las cuatro. Para mantenernos seguros, debÃamos de atender a los clientes desde una distancia más prudente, acercándonos únicamente a la ventanilla para recibir el dinero y entregar los productos de la manera más rápida que nos fuera posible. Sin embargo, el escrito también contenÃa una peculiar anotación. Esta venÃa con pluma roja decÃa el oxo es una tienda. No damos vasos de agua a nadie. Si alguien quiere agua, que compre una botella. Esa notación nos pareció demasiado extraña. DebÃa ser importante porque estaba escrito con rojo. Sin embargo, para nosotros resultaba difÃcil comprender por qué un simple vaso de agua podÃa tener tanta importancia en las reglas nocturnas. Nuestro primer turno trabajando la noche estuvo pesado. Se nos hizo eterno. Lo bueno fue que el lÃder nos dijo que podÃamos tomar todo el café que necesitáramos para mantenernos despiertos. Otra ventaja era el hecho de que atendÃamos a puerta cerrada sólo a través de la ventanilla. Nos brindaba cierto agrado de tranquilidad, asà que no tenÃamos que preocuparnos porque nos fuera a faltar mercancÃa. En la mañana que llegó el lÃder a darnos salida. Le preguntamos sobre la extraña anotación en el cartón escrita con tinta roja. Lo que nos dijo fue que, ojalá, no nos viéramos en la necesidad de que él en realidad tuviera que explicarnos. Dijo que, si se diera el caso, nos darÃa una explicación, pero que de momento simplemente nos limitáramos a seguir las indicaciones que estaban en el cartón, que no cuestionáramos que si decidÃamos ignorar cualquiera de sus reglas, nos estarÃamos poniendo en una situación bastante peligrosa. Ya no dijimos nada, solamente nos despedimos y nos retiramos. Una vez concluido el turno nocturno, dejábamos el oxo y nos dirigÃamos rápidamente a la escuela. Nos habÃamos llevado nuestras mochilas por si se nos hacÃa tarde, no perder tiempo en tener que ir por ellas. Nos cambiábamos en la escuela. Al salir de clases, cada uno regresaba a su hogar para descansar y recuperar energÃas para la hora de la cena. Mi amigo llegó a mi casa. Ahà estuvimos hasta que llegó la hora de irnos al Oxo. Como en realidad no habÃa demasiado trabajo, podÃamos hacer la tarea de la escuela durante el turno y asà lo estuvimos haciendo. Una mañana se nos ocurrió preguntarle al lÃder si él sabÃa algo sobre el edificio abandonado. Lo que nos comentó fue que, muchos años atrás habÃa sido una clÃnica privada en la que solamente trabajaban médicos con alguna especialización en pediatrÃa. Sin embargo, su relato tomó un giro sombrÃo al mencionar que la clÃnica se vio obligada a cerrar debido a ciertos acontecimientos turbios que salieron a la luz. Aunque el lÃder no estaba del todo seguro de lo que habÃa sucedido, pues nada habÃa sido divulgado en los periódicos, los rumores que habÃan circulado entre la gente eran un tanto siniestros. Se decÃa que en el sótano de la clÃnica se realizaban experimentos espeluznantes con niños que eran tomados de la calle, aquellos pequeños que pedÃan dinero o que simplemente no vivÃan en ninguna casa, huérfanos que vagaban sin rumbo, niños que si desaparecÃan, nadie se darÃa cuenta, porque a nadie le importaba. A mi amigo y a mà nos pareció bastante escabroso. Nunca nos HabrÃamos imaginado que detrás de aquel edificio abandonado se escondió un pasado tan escabroso y lucubre. HabÃamos pensado otras posibilidades para el cierre de la clÃnica, cosas como un simple traslado a otro lugar o alguna situación administrativa, pero jamás lo que nos habÃa dicho el lÃder. Eso nos dejó pensando. Creo que más a mà que mi amigo, porque de hecho, yo busqué en Internet esperando encontrar alguna noticia o artÃculo que dijera algo del cierre de la clÃnica. Sin embargo, mis esfuerzos resultaron en vano. No hallé una sola nota, sólo cosas relacionadas con las curas y tratamientos de la clÃnica. Incluso llegué a preguntarle a uno de mis maestros que tenÃa sesenta años, pero él, aunque sà sabÃa de qué clÃnica le estaba hablando. Dijo que habÃa oÃdo cosas, pero que nunca se enteró bien. Los turnos nocturnos en el oxo se repetÃan prácticamente de manera idéntica cada noche. Yo apoyaba a mi amigo en sus actividades para terminar eso pronto y los dos pudiéramos hacer la tarea de la escuela. Lo que hacÃamos durante las primeras dos horas, es decir, de la medianoche a las dos de la mañana era ir a la bodega para empezar el surtido de los anaqueles y de los refrigeradores. También nos asegurábamos de realizar la limpieza necesaria para mantener el lugar en orden. Luego, entre las dos y las cuatro de la mañana, cuando la afluencia de clientes era menor, aprovechamos el tiempo para realizar nuestras tareas escolares. Aprovechábamos el tiempo para realizar nuestras tareas escolares si las tenÃamos pendientes y en caso de que no, nos tornábamos para recostarnos, no dormÃamos. Simplemente nos acostábamos sobre las cajas de sedis y cartón. Cuando a mà me tocaba recostarme, mi amigo se quedaba al pendiente de la puerta y cuando habÃa que cobrar me decÃa y de esta manera pasaban dos horas pasadas, las cuatro de la mañana, nos ponÃamos manos a la obra para finalizar las tareas pendientes y asà recibir al lÃder del equipo con todo listo y en orden. Asà transcurrió una semana y media hasta que, en un turno nocturno ocurrió algo realmente extraño. HabÃamos completado nuestras tareas habituales, rellenarlos anaqueles y surtir los refrigeradores. El reloj marcaba alrededor de las dos y cuartos de la madrugada y mientras nos preparábamos un café para mantenernos despiertos, una inesperada voz se hizo presente por la ventanilla. Mi amigo se quedó ocupado da preparando los cafés mientras que yo me dirigà hacia la puerta me acerqué solo lo suficiente para escuchar a la persona del otro lado. Ahà estaba un niño que llevaba puesta una bata azul con una de sus manos sostenÃa una bolsa medio transparente. El niño, por la altura, no alcanzaba a asomar la cabeza por la ventana. Por lo tanto, sabÃa que no podrÃa escuchar bien lo que querÃa comprar. Asà que me acerqué un poco más para que me fuera más fácil escucharlo. Desde ahà pude ver claramente y contenido de la bolsa que sostenÃa el niño parecÃan ser varias cajas de medicamentos. Le pregunté al niño qué necesitaba y dijo que querÃa un poco de agua. Yo le pregunté de qué marca. El niño simplemente respondió que sólo deseaba un poco de agua, incluso si era servida en un vaso. En eso mi amigo se me acercó y me recordó lo que estaba escrito con tinta roja. Yo le dije a mi amigo que era un niño el que la estaba pidiendo. No le iba a negar un poco de agua. Mi amigo movió la cabeza, pero yo le dije que me diera una botella de agua del refrigerador que yo la pagarÃa. Hizo un gesto desaprobatorio, pero fue por la botella Cuando me la dio, me dirigà nuevamente a la ventanilla y se le entregué al niño. Ãl se me quedó viendo muy extraño. Le aseguré que no se preocupara por el dinero que podÃa llevarse el agua sin pagar el niño sin dejar de mirarme. Me dio las gracias y se fue. Fui a la caja y coloqué el dinero correspondiente por la botella de agua. Mi amigo me entregó el café y curioso por la situación, me preguntó si habÃa notado algo extraño en aquel niño. Me dijo que era muy extraño que un niño anduviera casi a las dos y media de la madrugada vestido con una bata. Además, llevaba una bolsa de medicamentos. Tal vez es un niño que vive en una fama de muy bajos recursos. No tenÃa agua para tomarse sus medicamentos y por eso vino a pedirla relájate Güey ni se te ocurra decirle al jefe. Mi amigo siguió terco Me recordó que el lÃder nos habÃa dicho que por nada del mundo. DebÃamos desobedecer las reglas que, si lo hacÃamos, podrÃamos ponernos en una situación peligrosa. Le hice un gesto de burla y le dije que no iba a decirle a un niño que se fuera. Además, yo habÃa pagado la botella de agua, asà que básicamente no rompà la regla. No pasaron ni diez minutos desde que se habÃa ido el niño. Cuando al voltear hacia la pared de vidrio donde estaba la puerta, nos llevamos un susto. El niño estaba recargado en el cristal. Observándonos fijamente el niño ya no tenÃa la bolsa. Permaneció allà durante unos segundos y luego se alejó desvaneciéndose en la oscuridad de la noche. Haber visto a ese niño recargado en el cristal nos dejó con una extraña sensación que no logramos deshacernos durante el resto de la noche. En la mañana, estando fuera del oxo, cuando ya Ãbamos para la escuela, se me ocurrió voltear hacia el lugar donde habÃamos visto al niño. Me di cuenta que habÃa algo tirado. Le dije a mi amigo y fuimos a levantarlo. Se trataba de una caja de medicinas. El medicamento tenÃa un nombre raro. La caja todavÃa tenÃa medicamento. Mi amigo me dijo que la dejáramos ahà tirada, pero yo le dije que no, que de seguro era del niño que a lo mejor regresaba a buscarla. Mi amigo me dijo que se le entregara al lÃder, pero no quise, porque yo sabÃa que él la iba a tirar, asà que me la guardé estando en la prepa. En el receso fui con una amiga que estaba en el grupo de laboratorio clÃnico y le mostré la caja, aunque ella no sabÃa exactamente para qué servÃa. Estaba segura de que algún maestro del área debÃa tener información adecuada. Me pidió que le dejara la caja y en la salida me la regresaba. A la hora de salir, mi amiga me dijo que no tenÃa la caja, que el maestro al que le preguntó se la habÃa quitado y que ese maestro le dijo que si querÃa la caja, que yo mismo fuera por ella. Mi amiga me acompañó con el maestro. Lo primero que hizo fue preguntarme de dónde la habÃa sacado. Le respondà que lo habÃa encontrado tirado afuera de donde trabajaba, que yo creÃa que se le habÃa caÃdo a un niño que llevaba una bolsa con varios medicamentos que por ese motivo me habÃa quedado con ella para devolvérsela si el niño regresaba. El maestro me miró serio tomándose un momento antes de hablar, me dijo que ese medicamento no podÃa ser del niño porque solamente estaba autorizado para el consumo como en mayores de trece años, que esa medicina se usaba para tratar estados mentales frenéticos, trastornos manÃaco depresivos y esquizofrenia. No supe qué decirle. Le pedà que me devolviera la caja, pero el Maestro se negó y me mostró la parte trasera de la caja con uno de sus dedos. Señaló preguntándome qué ponÃa ahà decÃa agosto mil novecientos noventa y cuatro. El Maestro me dijo que esa era la caducidad del medicamento, que no me iba a regresar la caja porque ya nadie podÃa consumirlo debido a que estaba caducado. Ya no pude hacer nada más en la noche, estando con mi amigo trabajando en el oxo, le comenté lo que habÃa pasado en la escuela con el maestro. Lo que mi amigo me comentó fue que lo más probable era que esos medicamentos no fueran del niño, sino que las habÃa sacado de la basura, que posiblemente la bata azul que llevaba puesta no era porque hubiera salido del hospital, sino que quizás esa era la única ropa que tenÃa porque, a lo mejor ni siquiera tenÃa papás y vivÃa en la calle. Eso que dijo mi amigo me hizo algo de sentido, por lo menos lo suficiente como para que yo dejara de darle vueltas al asunto. Dos noches después, a eso, de las dos y media de la mañana, el niño volvió, tenÃa la misma bata azul y agarrando la misma bolsa semi transparente llena de medicamentos, tocó la puerta, me acerqué a la ventanilla para atenderlo y me dijo que querÃa un poco de agua. Volteé a ver a mi amigo dándole a entender que me diera un agua para el niño. Ya con el agua en mano, me acerqué más a la ventanilla y le pregunté al niño dónde estaban sus papás. Ãl simplemente se me quedó viendo con una mirada frÃa y no dijo nada, asà que le comenté que o que yo o sonrÃa meterme en problemas por estarle regalando botellas de agua que de todos modos se la iba a regalar, pero que me hiciera el favor de contestar mis preguntas. El niño se volteó y me dijo que su papá y su mamá estaban allá durmiendo. Le pregunté si sus papás estaban enfermos o cuál era el motivo de que él, siendo un niño anduviera en la calle mientras sus papás estaban dormidos. Luego de un breve silencio, me respondió que sus papás habÃan estado enfermos, pero que ya no lo estaban. Pero aún asÃ, lo único que hacÃan todo el dÃa era dormir en su casa. Cada quien me pareció entender que su papá vivÃa en una casa y su mamá en otra. El niño me confirmó que sÃ. Luego siguió hablando. Me dijo que la casa de su papá estaba enseguida de la de su mamá. Estaban uno al lado del otro, pero no se veÃan ni se hablaban. Solamente dormÃan todo el dÃa, Asà que le pregunté por qué no se habÃa ido a la casa de alguno de ellos. Me respondió que no podÃa que él habÃa ido a hablarle a su papá como a su mamá, pero los dos le dijeron que no podÃan dejarlo entrar a su casa, que él tenÃa que irse con nosotros niños. Mi amigo, poco a poco se fue acercando porque todo lo que estaba diciendo el niño también lo estaba intrigando a él. Mi amigo quiso saber si el niño tenÃa hermanos o a qué otros niños se referÃan sus papás. El niño nos platicó que no tenÃa hermanos, que esos otros niños eran con los que compartÃa casa, que ellos, al igual que él, no podÃan estar con sus papás, asà que todos se quedaban juntos para no estar solos y asà no tener miedo de los extraños. Eso sonaba bastante mal. Le pregunté al niño dónde se quedaban él y los otros niños. Me respondió que se quedaban en la clÃnica abandonada y, como ya nadie estaba ahÃ. No les daba miedo estar dentro que como el lugar estaba solo, nadie los molestaba. También dijo que habÃa otros nueve niños, pero los demás casi nunca salÃan porque tenÃan miedo. Además, como estaban sucios y mal vestidos. A veces la gente los ignoraba y eso los hacÃa sentir mal, asà que preferÃan estar ahà pasando hambre y sed Era muy fuerte lo que nos estaba contando al niño. Mi amigo fue por una bolsa y la llenó con jugos, galletas y fritos. Se acercó con el niño y le dijo la neta discúlpame carnal. Yo le habÃa dicho a mi amigo que no te regalara el agua. Nunca me imaginé que le estuvieras pasando tan mal. Llévate esto y ahà le compartes a los otros niños. El niño sonrió agarró la bolsa, le di también la botella de agua antes de que se fuera. Nos dio las gracias y nos dijo que ahora sÃ, él y i los otros niños podÃan estar tranquilos, que ya no tendrÃan miedo. No nos dio tiempo de preguntarle a qué se referÃa. Cuando cruzó la calle y lo perdimos de vista, no vimos cómo fue que se metió a la clÃnica abandonada, pero creÃmos que por la parte de atrás deberÃa haber un hueco para que se metiera. En la mañana que llegó el lÃder, decidimos contarle lo que habÃa pasado, porque en ese momento no traÃamos dinero para pagar todo lo que le habÃamos dado al niño, asà que le dijimos al lÃder para que lo descontara del pago. El lÃder se nos quedó viendo muy serio y nos preguntó si era una broma. Le respondimos que no. Entonces nos pidió que le contáramos toda la historia desde que el niño llegó la primera vez a pedir agua. El lÃder, aunque no estaba molesto, nos recuerdó que en el cartón que nos habÃa entregado, decÃa explÃcitamente que no debÃamos entregarle agua a nadie. Yo le comenté que yo habÃa apagado el agua, pero el lÃder me dijo que ese no era el problema, sino el hecho de que le regalamos el agua. Mi amigo y yo le pedimos que nos explicara por qué no estábamos entendiendo. El lÃder nos explicó que durante todos los años que estuvo trabajando de noche aprendió muchas cosas y que una de esas era que a los difuntos les gusta salir a caminar entre las dos y las cuatro de la mañana y los difuntos que andan en la calle a esas horas no eran personas que han muerto a su hora y en paz, sino que más bien era gente que, por una u otra razón, no podÃan descansar y por eso andaban vagando por las calles. Yo me reà un poco y le pregunté si estaba tratando de decirnos que ese niño era un fantasma. El lÃder me preguntó por qué creÃa yo que la caja de medicamento tenÃa tantos años, por qué creÃa que el niño habÃa vuelto a mirarnos por la ventana luego de que le dio la primer botella de agua. Y por qué creÃa que un niño de bata de hospital. Me habÃa dicho que él y otros niños vivÃan en una clÃnica que quedó abandonada, luego de que se descubrió que en el sótano de esa misma clÃnica hacÃan experimentos con niños ni siquiera me dejó responderle cuando nos dijo que los difuntos piden agua para poder manifestarse ante los vivos. Si se les da agua, entonces se volverán a manifestar. Por eso el niño ha vuelto. El motivo por el cual no se le debe dar agua a un muerto es que muchas veces podÃan tener interacciones hostiles y si se les daba agua, volverÃan a intentar hacer daño. Nosotros habÃamos tenido suerte de que el fantasma del niño era inofensivo. Mi amigo le dijo a lÃder que nada de eso tenÃa sentido. Entonces el lÃder le contestó. Yo sé cómo entrar a la clÃnica. Vamos y cuando veas que ahà dentro no hay ningún niño vivo, Tú y tu amigo me dan la mitad de su sueldo. Mi amigo y yo nos volteamos a ver y aceptamos los tres salimos del oxo Cerramos bien, fuimos a la parte trasera de la clÃnica abandonada. Ahà un pedazo de barde estaba partido, asà que no quedaba tan alto. La brincamos y entramos. Era el patio al lugar que llegamos. Ahà estaban todas las cosas que le habÃamos dado al niño, incluyendo las dos botellas de agua que le habÃa dado. Además, estaban varias cajas de medicamentos. Impresionado, agarré una caja de medicamentos y al revisar la caducidad eran también del noventa y cuatro. El lÃder nos dijo que ese niño de seguro habÃa muerto en el sótano de la clÃnica mientras hacÃan experimentos con él, y que todos los niños de los que hablaba también habÃan muerto allÃ. Decidimos aceptar que lo que decÃa el lÃder era verdad, pero aún habÃa dos cosas que no entendÃamos. La primera era que el niño nos habÃa dicho que sus papás estaban vivos y posiblemente divorciados y que con lo que le regalamos, todos los niños ya se podÃan ir y no tendrÃan miedo. El lÃder le dijo a mi amigo que agarrara la bolsa de doritos. Estaba completamente cerrada. Le indicó que la abriera. Cuando lo hizo dentro, encontró los oritos, pero completamente blancos. El lÃder nos comentó que los fantasmas de los niños habÃan recibido ese gesto de amabilidad por parte de nosotros y esto le servÃa como ofrenda. Comieron la ofrenda y esto les permitió dejar este mundo. No podÃan irse porque nadie les encendÃa una vela, porque nadie se acordaba de ellos. Nuestra ofrenda les habÃa permitido irse. En cuanto a los papás de los niños, nos aseguró que no estaban vivos. No. No recuerdo que en la dirección en que el niño habÃa señalado estaba el panteón municipal, si cada uno de sus papás estaba en una casa diferente, era porque no se referÃa a una casa, sino a una lápida, porque ambos estaban muertos. Por eso el niño habÃa caÃdo en los experimentos de la clÃnica porque lo tomaron de la calle como niño huérfano. Relato escrito y adaptado por Ramiro Contreras








