El NAHUAL Come CERDOS Del PANTANO Historias De Terror - REDE
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0:04 He vivido toda mi vida entre pantanos, en una zona baja de Tabasco donde el aire huele a humedad y las noches parecen no tener fin. Desde joven me he dedicado a criar cerdos. Es lo que aprendà de mi padre y lo que él aprendió del suyo. Conozco los sonidos del corral como conozco los de mi propia casa. Sé cuándo gruñen por hambre, cuándo pelean entre ellos o cuándo se espantan por algo que anda cerca. También sé distinguir los ruidos del monte, los sapos, los grillos, los pájaros nocturnos y los perros del vecindario. Después de tantos años, nada de eso me sorprende. Por eso supe que lo que empezó a pasar no era normal. Una mañana, al ir a darles de comer, noté que faltaba uno de los cerdos más grandes, un macho de casi 150 kilos. El cerco estaba cerrado y no habÃa señales de pelea ni restos de sangre. Simplemente habÃa desaparecido. Revisé todo el corral y los alrededores con la esperanza de encontrar alguna huella, pero el lodo estaba intacto. No habÃa marcas de botas ni rastros de llantas. Pensé que quizá alguien habÃa entrado con cuidado. tal vez algún ladrón que conocÃa bien el terreno en la zona no era raro que se robaran animales para venderlos en el pueblo pero la forma en que ese cerdo habÃa desaparecido no tenÃa sentido esa noche no dormà tranquilo dejé encendida la lámpara del corredor y
1:36 me levanté varias veces para asomarme todo estaba en silencio salvo por los zumbidos de los insectos y el croar de las ranas en el canal Me convencà de que habÃa sido un robo y decidà revisar mejor el terreno al dÃa siguiente, pero lo que pasó después me quitó cualquier duda. A la noche siguiente volvió a suceder. Otro cerdo desapareció, esta vez uno más joven. Cuando amaneció, encontré el cerco del corral roto. No estaba cortado con herramienta, sino arrancado de un tirón. Los postes de madera estaban torcidos y las marcas en la tierra mostraban que algo habÃa jalado desde afuera con una fuerza enorme. Lo más extraño era que, otra vez, no habÃa ni una sola huella humana alrededor. Ni pisadas, ni rastros de ruedas. Nada.
2:25 Me agaché para revisar el lodo más de cerca. HabÃa marcas profundas, pero no pude distinguir bien qué las habÃa hecho. Eran redondeadas, hundidas de una manera irregular, como si algo pesado hubiera caminado por ahÃ, aunque sin dejar forma clara. Me quedé largo rato mirando esas marcas sin entender, hasta que escuché un ruido entre los matorrales y el silencio del monte volvió a cerrarse sobre mÃ. Esa tarde hablé con un vecino que vive a medio kilómetro de mi rancho. Le conté lo de los cerdos y me dijo que también habÃa escuchado ruidos extraños por las noches. Gruñidos largos que no parecÃan de animales conocidos. Me sugirió que pusiera trampas o que avisara a la policÃa. Pero yo sabÃa que nadie se tomarÃa el tiempo de venir hasta un rincón tan apartado solo por un par de cerdos. Decidà que, si querÃa saber qué estaba pasando, tenÃa que quedarme despierto.
3:23 Preparé la lámpara de mano, afilé el machete y esperé a que cayera la noche. Cerré la puerta de la casa y me acomodé en una silla junto al corral. El aire olÃa a agua estancada y el croar de los sapos se mezclaba con el zumbido constante de los mosquitos. A lo lejos se escuchaban las bullas del monte, pero dentro del corral todo estaba en calma. Los cerdos se movÃan inquietos, olfateando el suelo, como si sintieran algo que yo todavÃa no podÃa ver. Esa noche me quedé con la lámpara apagada para no delatarme, solo observando. No sé cuánto tiempo pasó, pero recuerdo haber sentido una tensión rara en el aire, como si el monte contuviera la respiración.
4:08 Apreté el mango del machete y me prometà que, fuera lo que fuera, lo que andaba llevándose mis animales, no iba a dejarlo escapar una tercera vez. Pasaron tres noches sin que ocurriera nada. Me mantuve despierto hasta el amanecer cada vez, sentado junto al corral con la lámpara lista y el machete en las piernas. Los cerdos dormÃan inquietos, moviéndose de un lado a otro, pero fuera de eso no habÃa ruido alguno. El monte se mantenÃa tranquilo, demasiado tranquilo para lo que yo conocÃa. Empecé a pensar que quizá el responsable se habÃa marchado o que se habÃa dado cuenta de que lo estaba esperando, pero en la cuarta noche todo cambió. Faltaba poco para el amanecer, el cielo apenas empezaba a aclararse y yo ya estaba a punto de entrar a la casa cuando escuché un sonido dentro del corral. No fue un gruñido ni el chillido de los cerdos, fue un ruido más pesado, como si algo grande se moviera entre ellos, empujando la madera y removiendo la tierra. Me quedé quieto con el corazón latiéndome fuerte y apagué la lámpara para no ser visto. Avancé despacio, sin hacer ruido, hasta el borde del corral. La neblina del pantano se mezclaba con el humo que salÃa del suelo húmedo, formando una bruma espesa. Entre esa bruma alcancé a distinguir una silueta. Era grande, más alta que yo, y se movÃa lento, revisando entre los animales. Los cerdos no chillaban, solo se apartaban con miedo, retrocediendo hacia las
5:42 esquinas del corral como si reconocieran lo que estaba frente a ellos. Apreté el machete con las dos manos y encendà la lámpara de golpe, apuntando hacia el interior. lo que vi me heló la sangre frente a mà habÃa un cuerpo oscuro cubierto de lodo y pelo corto con el lomo ancho y los brazos largos estaba de pie sobre dos patas y cuando la luz lo alcanzó giró la cabeza con un movimiento brusco sus ojos reflejaron el brillo de la lámpara Y por un segundo supe que lo que tenÃa enfrente no era un hombre. El animal retrocedió con un gruñido grave que resonó entre los árboles y luego saltó la cerca con una facilidad imposible. El golpe de su cuerpo al caer del otro lado levantó una nube de lodo. Corrà hacia el punto donde habÃa caÃdo, pero ya iba corriendo hacia el pantano. Lo seguà con la luz, alcanzando apenas a ver cómo se perdÃa entre los matorrales, moviéndose con rapidez en dirección al agua. Cuando llegué al borde del corral, el suelo estaba lleno de huellas.
6:47 Eran enormes, hundidas profundamente en el barro, y lo más extraño era su forma. No parecÃan de animal conocido. Eran alargadas, casi como las de un pie humano, pero con los dedos terminados en punta. Me agaché para mirarlas mejor. Pasé la mano sobre una de ellas y sentà el calor todavÃa reciente del suelo. Aquella cosa no habÃa pasado hacÃa mucho. El miedo me apretó el pecho, pero junto con él llegó la rabia. Después de tantas noches esperando, por fin lo habÃa visto y lo habÃa dejado escapar, juré que no iba a perderle el rastro, regresé a la casa y esperé a que amaneciera, cuando el sol comenzó a asomar sobre los árboles, tomé la lámpara, el machete y unas botas viejas Las huellas seguÃan marcadas y el lodo las mantenÃa frescas. Empecé a seguirlas despacio, cuidando de no borrarlas.
7:43 Avanzaban hacia el pantano, metiéndose por una zona donde el terreno se volvÃa más blando. A medida que caminaba, el olor del agua estancada se hacÃa más fuerte. Seguà el rastro varios metros, pasando entre raÃces gruesas y charcos que reflejaban el cielo gris. Las huellas eran claras al principio, pero poco a poco se fueron desdibujando. Se hundÃan en los charcos y se mezclaban con otras marcas viejas de animales del monte. Llegué a un punto donde el suelo era puro barro oscuro, con ramas hundidas y agua que apenas dejaba ver la superficie. Ahà las huellas se perdÃan por completo. como si la criatura se hubiera metido en el agua y desaparecido bajo ella. Me quedé un rato mirando el pantano. El aire era denso, con un olor agrio que me hizo taparme la nariz. El silencio se sentÃa distinto, más profundo que el de cualquier otro amanecer.
8:41 En el fondo del agua se movÃan burbujas pequeñas que subÃan y reventaban en la superficie. No supe si era un animal o si esa cosa seguÃa ahÃ, esperando que me acercara. Regresé al corral con el sol ya alto, más confundido que antes. No podÃa entender qué clase de ser caminaba erguido como un hombre, pero dejaba huellas tan grandes y se movÃa entre el lodo como si fuera parte del pantano mismo. Lo único que tenÃa claro era que aquello no habÃa terminado. Esa criatura habÃa venido dos noches seguidas, y si no la enfrentaba pronto vendrÃa por el resto. Esa noche volvió a llover con fuerza. El cielo retumbaba con truenos que hacÃan vibrar las ventanas y el viento arrastraba las ramas del platanar contra el techo.
9:28 El monte parecÃa moverse cada vez que un relámpago iluminaba la oscuridad. La lluvia caÃa tan densa que el sonido del agua cubrÃa todo lo demás, pero aún asà no pude dormir. Me quedé sentado junto a la puerta con el machete apoyado en las rodillas y la lámpara lista. TenÃa la certeza de que la criatura volverÃa. Era solo cuestión de tiempo. El agua corrÃa por los canales del terreno, formando arroyos que se metÃan hasta el corral. Los cerdos se revolvÃan inquietos, sin llegar a gruñir del todo, como si presintieran lo mismo que yo. Cada trueno hacÃa que dieran un pequeño salto y luego quedaran en silencio, escuchando. Afuera, el viento soplaba desde el pantano, trayendo un olor agrio, una mezcla de barro, agua podrida y algo más que no supe identificar. Cerca de la medianoche, entre el ruido de la tormenta, se escuchó un chillido largo. No era de animal, pero tampoco de persona. Era algo en medio, un sonido agudo que empezó como un grito de dolor y terminó con un rugido bajo que me heló la espalda.
10:37 Me quedé inmóvil unos segundos, sintiendo cómo me latÃa el corazón en la garganta. Después agarré el machete y salà bajo la lluvia. El agua me golpeaba la cara y la ropa se me pegó al cuerpo de inmediato. Caminé hacia el corral, alumbrando con la lámpara, pero no vi nada fuera de lo común. El sonido se repitió, más lejos, en dirección al pantano. Era como si alguien estuviera pidiendo ayuda desde dentro del agua. Dudé un momento, pero la curiosidad pudo más. Avancé por el camino de lodo que llevaba a la orilla, cuidando de no resbalar. A medida que me acercaba, el chillido cambió. Ya no era uno solo.
11:20 Escuché varios mezclados entre sÃ, y entre ellos se colaban voces. Eran voces humanas, aunque distorsionadas, arrastrando las palabras como si salieran de bocas llenas de agua. gritaban cosas que no entendÃa interrumpidas por gruñidos profundos que hacÃan temblar el aire no podÃa distinguir si estaban discutiendo o sufriendo pero la mezcla de sonidos me puso la piel de gallina la lluvia seguÃa cayendo con fuerza y cada relámpago mostraba por un instante el pantano extendido frente a mà en uno de esos destellos alcancé a ver como algo se movÃa entre el agua no era una persona pero tampoco parecÃa un animal era una masa oscura enorme que se arrastraba despacio levantando olas pequeñas con cada movimiento no logré verle la forma completa sólo el reflejo de algo que se levantaba y volvÃa a hundirse como si caminara en cÃrculos dentro del agua Sentà el suelo vibrar bajo mis pies.
12:22 Era un temblor suave, rÃtmico, como si los pasos de esa cosa hicieran que la tierra misma respirara. La lámpara comenzó a parpadear y el corazón me dio un vuelco. No quise comprobar qué era lo que realmente se movÃa allá adentro. Retrocedà sin dejar de mirar hacia el pantano, esperando no ver esos ojos que habÃa visto aquella noche en el corral. El trueno siguiente me devolvió el control del cuerpo. Corrà lo más rápido que pude de regreso a la casa, hundiendo los pies en el barro. La lluvia me golpeaba con tanta fuerza que apenas podÃa ver por dónde iba. Cuando llegué, cerré la puerta con el cerrojo y me quedé quieto, empapado, escuchando el ruido del agua cayendo sobre el techo. No me atrevà a mirar por la ventana ni a volver a encender la lámpara.
13:11 Afuera el monte seguÃa rugiendo, y entre el sonido de la tormenta jurarÃa haber escuchado una última vez ese chillido, más lejano, como si la criatura se hundiera poco a poco en el fondo del pantano. Los dÃas siguientes fueron pesados. El ambiente en el rancho cambió por completo, como si el aire se hubiera vuelto más espeso. Los perros dejaron de acercarse al corral. Antes pasaban todo el dÃa echados junto a la cerca, pero ahora se quedaban lejos, mirando con el rabo entre las patas. Si alguno se animaba a acercarse, gruñÃa bajito y retrocedÃa enseguida, como si oliera a algo que los demás no podÃamos percibir. El agua del pantano también cambió. El olor que antes era solo de humedad se volvió insoportable, un tufo fuerte a carne podrida que llegaba hasta la casa cuando soplaba el viento del sur. En la superficie aparecÃan burbujas y manchas oscuras que se abrÃan y cerraban, como si debajo hubiera algo moviéndose.
14:13 Algunos vecinos comentaban que quizá un animal grande habÃa muerto entre los manglares, pero yo sabÃa que no era eso. Aquello que escuché aquella noche seguÃa allÃ, respirando bajo el agua. Empecé a evitar salir después del anochecer. Cerraba las puertas temprano, apagaba las lámparas y trataba de concentrarme en los quehaceres del dÃa. Pero cada vez que me quedaba solo, el recuerdo de aquel chillido regresaba. Sonaba dentro de mi cabeza igual que aquella vez. Largo, como si todavÃa me llamara desde el fondo del pantano. Una tarde salà a revisar el terreno. HabÃan pasado varios dÃas sin lluvia y el barro comenzaba a secarse. QuerÃa asegurarme de que el corral estuviera firme y que los postes no se volvieran a soltar.
15:04 Caminé por el borde del pantano, con cuidado de no hundirme en los charcos, y me detuve al ver algo entre las raÃces de un árbol caÃdo. Al principio pensé que era un trapo viejo, pero cuando lo levanté, sentà cómo se me fue el aire del cuerpo. Era un pedazo de mi camisa, la misma que habÃa usado la noche del aguacero, cuando salà con el machete a buscar el origen de aquellos gritos. Estaba sucia, cubierta de lodo seco. y tenÃa rasgaduras irregulares, como si algo la hubiera jalado con fuerza. La miré más de cerca y vi manchas oscuras sobre la tela, manchas que no eran solo barro. Seguà el rastro con la vista y noté que el suelo alrededor estaba removido. HabÃa marcas en el lodo, hundidas, parecidas a las huellas alargadas que encontré aquella madrugada junto al corral. El pedazo de tela no estaba ahà por casualidad, Alguien o algo lo habÃa arrastrado desde mi casa hasta el borde del pantano. Me quedé un buen rato mirando el agua quieta con la camisa en la mano. El olor a podredumbre era más fuerte ahÃ, como si el viento trajera desde abajo el mismo aliento de aquella criatura.
16:16 sentà que me observaban no habÃa nadie cerca pero el monte tenÃa esa forma de callarse justo antes de que algo se moviera guardé el trapo en el bolsillo y caminé de regreso sin voltear con la sensación de que en cualquier momento iba a escuchar de nuevo ese gruñido detrás de mà desde entonces no volvà a criar cerdos vendà los que quedaban y cerré el corral para siempre tampoco vuelvo a pasar cerca del pantano cuando cae la noche Puedo soportar el calor, el zumbido de los mosquitos, incluso el silencio del monte, pero no ese olor ni ese recuerdo. Hay cosas que uno aprende a respetar, y una de ellas es lo que vive en el agua.
17:00 A veces, cuando el viento sopla fuerte y la lluvia cae con la misma fuerza que aquella noche, cierro los ojos y escucho. Entre el ruido del aguacero todavÃa puedo distinguir aquel chillido largo, mezclado con gruñidos y voces que parecen humanas. Y aunque me cueste admitirlo, sé que lo que andaba robando los animales no solo los buscaba a ellos. Aquella noche me olfateó a mà también, y desde entonces siento que me recuerda.
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