El Mismo Demonio Está Dentro De Mi Tío Historias De Terror - REDE

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El demonio de mi tÃo. Esta historia, en realidad no sólo me pasó a mÃ. También la vivió uno de mis tÃos, hermano de mi mamá, llamado Enrique. Nosotros vivÃamos en un pueblo como a una hora de la casa de mis abuelos. No sé por qué nunca Ãbamos a verlos a mi tÃo Enrique. Si acaso lo habÃa visto un par de veces, mi mamá, por alguna razón, nunca dejó que me acercara a él. Lo que sà es cierto es que su aspecto y su comportamiento me daban miedo. Un dÃa que visitamos la casa de los abuelos, noté que la puerta de su cuarto estaba abierta. Eso me pareció raro, porque yo sabÃa que él siempre estaba aislado, encerrado en su cuarto viviendo en su mundo. Lo único que sabÃa sobre mi tÃo era lo que me contaba. Mi mamá estaba enfermo, pero no sabÃa lo que tenÃa. Era antisocial. Acostumbraba a hablar solo y en ocasiones se la pasaba todo el dÃa hablando del diablo, o al menos eso era lo que le contaba mi abuela, porque mi mamá se habÃa casado muy joven y se fue de la casa Por curiosidad me asomé ahÃ. Estaba sentado en su cama con la mirada fija mirando hacia la puerta como si me estuviera esperando. Lo saludé, pero no me respondió de inmediato. Segundos después movió la cabeza en forma positiva. Por eso entré cuando estuve cerca de él. No sé por qué sentà un fuerte escalofrÃo, como si mi tÃo tuviera algo maligno adentro. El ambiente que habÃa en ese cuarto era muy diferente al resto de la casa. Además, habÃa un olor bastante raro. Sin quitar sus ojos de los mÃos, me preguntó quién era. Al decirle que era su sobrino, hijo de su hermana. Me di cuenta que no me reconoció. Sin embargo, hizo una demanda aceptación. Me senté en una silla que estaba tal vez a un metro de él, porque tampoco le tenÃa tanta confianza por todo lo que se decÃa, Aunque se miraba muy pasivo, pudiera ser que tuviera una reacción violenta y me pudiera atacar. Nos pusimos a platicar como nunca lo habÃamos hecho. Me preguntó si creÃa en el diablo, a lo que yo le contesté que sÃ. Entonces comenzó diciendo que se sentÃa diferente. Quizá pronto me gané su confianza porque no habÃa pasado ni media hora cuando me dijo que me contarÃa su vida. Lo primero que pensé fue que serÃa horriblemente aburrido. Qué situaciones podrÃa haber vivido ahÃ, mirando todo el dÃa a esas cuatro paredes. Pero me sorprendió al contarme esto. Primero debo aclarar que mi tÃo murió ya hace varios años y me hizo prometer que contarÃa su historia, pero nunca me habÃa dado la tarea de escribirla. Bueno, hasta hoy la contaré en primera persona para hacerla más fácil de narrar. Siempre he sido una persona temerosa y eso, según la gente, atrae a los demonios. Al menos en mi caso resultó cierto. Seres horribles me han rodeado todo el tiempo, o s s s son de que era un niño, Aunque mis familiares siempre me consideraron retraÃdo o enfermo. Yo nunca me sentà asà allá por los años setenta, la ciencia médica no estaba tan avanzada como hoy. No se sabÃa de autismo, trastornos, bipolaridad ni nada complicado como eso. Desde que tengo uso de razón, ya miraba cosas que otros no veÃan, pero eran parte de mi mundo. Para mà era normal. Yo no fui a jardÃn de niños. Entré directo a primero de primaria antes de cumplir los siete años. Desde entonces ya miraba cosas. Recuerdo que desde el primer dÃa de clases me sentà temeroso era la primera vez que me separaba de mi mamá. No entendÃa por qué me habÃa llevado a ese lugar y me habÃa dejado ahà en medio de niños desconocidos, llorones e inquietos. Algo se quebró dentro de mi cerebro porque creà que Mamá se habÃa desecho de mÃ. La primera hora fue la más difÃcil. Es tan o o o n a r rndo punto de llorar, pero me aguanté Ni siquiera le ponÃa atención a la maestra porque un payaso se asomaba por las ventanas de mi salón Me parecÃa extraño, aunque llamaba mucho mi atención. En ocasiones me hacÃa señas para que volteara a verlo y se reÃa conmigo, o quizá de mÃ. Eso fue el primer dÃa se me hizo extraño que al siguiente. Ahà estaba de nuevo se asomaba por una ventana y por la otra. Ningún niño le ponÃa atención. Sólo yo, cuando salÃamos al recreo, no hablaba con nadie. Me sentaba en una banca del patio. Me la pasaba mirando a ese payaso trepar las paredes. A veces se desaparecÃa o se escondÃa detrás de los árboles y de los demás compañeros. HacÃa unas cosas tan graciosas que me hacÃan reÃr los demás niños. Me parecÃan tan ciegos porque ellos no lograban mirarlo. Por lo mismo, creÃan que yo me reÃa solo conforme pasaban los dÃas. Ese payaso me hacÃa travesuras, me tumbaba el dedo desayuno de las manos. También me escondÃa los lápices y cuadernos. Mi maestra le decÃa a mi mamá que era tan distraÃdo como olvidadizo las cosas no paraban ahÃ. El payaso me siguió hasta mi casa por las tardes. No me dejaba hacer la tarea. HacÃa ruidos para distraerme. Cuando intentaba hacer bolitas y palitos en mi cuaderno, me movÃa la mano para que me salieran chuecos. Mis papás se desesperaban conmigo y comenzaron a regañarme porque no podÃa hacer nada bien. Después pasaron a decirme cosas feas. Me decÃan que era un burro, un flojo. Yo me esforzaba todo lo que podÃa, pero el payaso no me dejaba a gritos. Me ponÃan a hacer la tarea de nuevo. Yo lloraba de los nervios. Me bloqueaba por la presión que sentÃa de vez en cuando volteaba a ver al payaso. Este se reÃa tan fuerte que no me dejaba concentrar. ParecÃa que mi papá no lo escuchaba. En ocasiones me castigaban mandándome a mi cuarto sin cenar. Recuerdo que que que ahà se me aparecÃa otro payaso. Quizá era el mismo, pero vestido diferente con el cual me ponÃa a platicar. A veces mis papás golpeaban la puerta al tiempo que me decÃan que no hablara solo. Ellos no se daban cuenta que no estaba solo el payaso. Me contaba cosas tan graciosas que tenÃa que morderme los labios para no soltar una carcajada de repente desaparecÃa. Ese era el momento para dormir por las mañanas. Cuando me levantaba nunca terminaba de abrocharme las agujetas de los zapatos porque alguien me hacÃa voltear cuando regresaba a la vista, ya me los habÃan desabrochado de nuevo. Siempre era asà entre regaños de mis papás y burlas de mis compañeros. Pasaron algunos años. Prácticamente no hablaba con nadie, ni en la escuela ni en mi casa, excepto con el Payaso con él me sentÃa diferente porque me tenÃa paciencia. En ocasiones cambiaba los colores de las paredes de mi cuarto para que no me aburriera él. SabÃa que me llamaban mucho la atención los colores brillantes. Después de reprobar algunos años por fin terminé la primaria a duras penas. SabÃa leer y escribir. No tenÃa ningún amigo, porque para todos era el raro del salón. Cuando dejé de ser un niño, el payaso desapareció, pero comencé a escuchar voces en mi cabeza que me decÃan acuérdate de esto o acuérdate de lo otro. Cuando eran cosas graciosas, reÃa ahà donde estuviera. Cuando eran cosas tristes, me daban ganas de llorar. En ocasiones, algunas cosas se movÃan solas de su lugar y mis juguetes hacÃan travesuras a todas horas parecÃan cobrar vida. Me podÃa pasar toda la tarde mirándolos siempre encerrado en mi cuarto, cuando ya tenÃa catorce años, me daba cuenta que solamente yo miraba y escuchaba esas cosas. Nunca pensé que fuera algo malo. Entré a la secundaria, pero como reprobé el primer año, me sacaron. No sabÃa cómo explicarles a mis papás que las voces entonces eran las culpables de que no aprendiera. Además, le tenÃa mucho miedo A mi papá No se podÃa hablar con él. Siempre gritaba y si no hacÃamos las cosas como le gustaba, nos pegaba con lo que tuviera a la mano. Asà pasé mi adolescencia escuchando voces que en ocasiones no me dejaban dormir. Por lo mismo no descansaba. Eso hacÃa que todos los dÃas anduviera somnoliento. Eso también era motivo de disgusto para mis papás. Una noche, las cosas cambiaron. Recuerdo que dormÃa solo porque mi hermano nunca quiso dormir en el mismo cuarto que yo. Alegando, no sé qué cosas. El caso es que desperté porque sentà que me pellizcaron un brazo. Pensé que lo habÃa soñado, pero cuando abrà los ojos me llevé una gran impresión. HabÃa alguien dentro de mi cuarto, alguien que no era de mi familia, Lo miraba muy alto. Además, estaba bastante horrible. Me asusté tanto que grité con todas mis fuerzas, con mis gritos. Ese ser de saber apareció. Llegaron mis papás para ver qué sucedÃa. Cuando les conté, no me creyeron. Me dijeron mentiroso. Además que ya estaba lo suficientemente grandecito para tener miedo por las noches. Se retiraron advirtiéndome que no querÃa ni un grito más. Me amenazó mi papá con golpearme con el cinto. Si lo volvà a hacer, apagaron el foco y cerraron la puerta. Me quedé en medio de la oscuridad temeroso de lo que habÃa visto. Aunque esa noche no se apareció más. Yo sabÃa que eso estaba ahà conmigo. Varias veces sentà que empujaron el colchón. Lloraba de miedo, me llenaba de terror imaginarme que ese ser estaba metido debajo de mi cama y que en cualquier momento podrÃa salir a partir de ahÃ. Ese ser horrible se aparecÃa a medianoche entre la oscuridad de mi cuarto. Cada vez se acercaba más a mi cama, hasta que una madrugada, cuando desperté, estaba acostado a un lado mÃo mirándome fijamente, me tragué el grito por miedo a mi papá. Fue la primera vez que lo miré tan de cerca en verdad que era horrible. Toda su piel era negra y arrugada. DespedÃa un olor tan fuerte que hacÃa que me lloraran los ojos. TenÃa unos cuernos enormes y deformes sin dejar de mirar me sonrió me di cuenta que su boca le llegaba de oreja a oreja. Los dientes eran grandes. Además con una gran nariz me habló por mi nombre. Me preguntó si le tenÃa miedo. No le pude contestar. Me aparté de él lo más que pude hasta caer de la cama. Luché por liberarme de las colchas porque quedé enredado entre ellas. Cuando al fin lo hice ya no habÃa nadie conmigo. Esa fue la primera vez que me habló. La presencia de ese ser me causaba repulsión y miedo. Ya no esperaba que llegara la noche para aparecer. También lo hacÃa de dÃa, pero no sabÃa por qué. Sólo lo hacÃa en mi cuarto. Eso sÃ, su voz me seguÃa para donde quiera que fuera. En más de una ocasión les pedà ayuda a mis padres, pero nunca me creyeron. Solamente una vez mi mamá fue a revisar como no encontró nada raro. Me llamó mentiroso para mis papás. Yo estaba enfermo. Los escuchaba decir que era diferente, no nada más A mi hermano también me comparaban con todas las personas conocidas. Se lamentaban de tener un hijo. Asà me di cuenta que se avergonzaban de mà y cuando habÃa visitas en casa, me encerraban en mi cuarto y me prohibÃan salir. No me hubiera afectado tanto antes. Para mà estar sólo era lo mejor. Pero ahora saber que ese ser espantoso me esperaba, me llenaba de terror ya para entonces comprendÃa que lo que se aparecÃa ahà era el diablo. Ya tenÃa alrededor de veintitrés años cuando ese demonio me susurraba muchas malas palabras e insultos al oÃdo todo el tiempo lo hacÃa. Me decÃa cosas espantosas que no quiero repetir ni recordar. En ocasiones s me ponÃa unos audÃfonos viejos que tenÃa para no escucharlo aún asÃ, su tenebrosa voz me retumbaba en mi cerebro. En una ocasión no supe cómo, pero me sacó de mi casa Cuando me di cuenta ya estaba caminando solo por la calle en un lugar extraño. Todas las personas me miraban con desagrado, algunas hasta me sacaban la vuelta. Muchas de ellas tenÃan caras horribles facciones aterradoras que les cambiaban constantemente. Me daban tanto miedo que no me atrevÃa a hablarles para pedirles ayuda. Caminé por horas hasta que un vecino me encontró. Cuando llegué a casa, ni se habÃan dado cuenta de mi ausencia. Mi papá amenazó con amarrarme si lo volvà a hacer al final entre él y mi mamá optaron por encerrarme en mi cuarto, pero ahora bajo llave, no les importó que les suplicara que no lo hicieran, porque ahà se me aparecÃa el diablo. Me pasé golpeando la puerta por horas. Les gritaba a mis papás para que que me sacaran de ahÃ. Mientras lo hacÃa, escuchaba como el diablo se reÃa y se burlaba de mÃ. A partir de ahà las agresiones se hicieron más fuertes. En ocasiones el diablo se sentaba frente a mà para darme de cachetadas. Yo no tenÃa a dónde ir. Solamente lloraba, pero claro mi sufrimiento le causaba gracia. Hubo un momento en que ya no pude más con todo mi coraje y desesperación, agarré lo primero que encontré para lanzárselo en la cara. Asà lo hice con muchas cosas, hasta casi destrozar todo mi cuarto, pero fue en vano cuando le lanzaba algo desaparecÃa. Luego volvà a aparecer en otra parte. Al escuchar todo aquello, mi papá entró y me dio la golpiza de mi vida. Lo único que podÃa hacer yo era gritar. Fue tan fuerte la tunda que me dio que me quedé tirado en el piso el diablo. Nada más me miraba divertido. Después supe que fue tanto el escándalo que los vecinos pidieron ayuda a un grupo llamado ejército de salvación, quienes se presentaron en mi casa para prestarme ayuda ante el desagrado de mi papá. No tengo idea de cuánto tiempo me atendieron, horas, dÃas o meses. No lo sé. Sólo recuerdo haber tenido un momento de lucidez. Me sorprendà al verme de nuevo en la casa miré con atención todo el lugar. Cuando me miré al espejo, me asusté al darme cuenta que ya no era un niño ni siquiera un adolescente, era un adulto de cuarenta años. Casi me da un shock. No reconocà mi cuarto cuando entré en él. Ni siquiera recordaba las cosas aterradoras que habÃa vivido ahà con terror. Pronto comprobé la siniestra realidad. No estaba enfermo, el diablo no lo imaginaba ni vivÃa en mi cabeza. Era real y me estaba esperando. Me recibió con un ola. Era el mismo demonio. Eso sà lo pude recordar. De pronto me escupió en la cara. En ese momento me regresaron todos mis miedos y todas aquellas sensaciones negativas. Tuve el impulso de salir corriendo, pero de nueva cuenta decidà enfrentarlo para no caer en lo mismo rápido. Me tomé mis pastillas y me puse a rezar. Al principio funcionó, pero sólo fue unos dÃas, porque después no importaba cuántas pastillas tomaran y lo que hiciera no más no se iba. Hubo ocasiones que al tomar mis medicamentos, el diablo me agarraba, me apretaba el estómago hasta hacerme vomitar. Me las tomaba otra vez y de nuevo volvà a apretarme. No sé qué me hizo que dejé de comer. Tampoco toleraba el agua. Todos los rezos que me sabÃa y que usaba para espantarlo de un momento, para otros se me olvidaron. Además, me dolÃa mucho la garganta al hablar las manifestaciones demonÃacas se intensificaron como nunca, aparecÃan sombras y se escuchaban ruidos. Se quebraron los espejos, no sólo de mi cuarto, todos los que habÃa en la casa también aparecÃan marcas en las paredes. No sé qué otras cosas mirarÃan mis papás porque mandaron traer un sacerdote para bendecir toda la casa. Pensé que asà echarÃan fuera al diablo de una vez por todas. Eso enfureció tanto al demonio que lleno de rabia. Decidió esconderse donde nadie lo buscara, donde no lo alcanzara. El agua bendita entró en mà y aquà sigue conmigo. Asà terminó de contarme su historia. Mi tÃo Enrique. Cuando me aseguró que tenÃa el diablo adentro, me miraba fijamente. Yo estaba sorprendido como no dejaba de mirarme. Me dio un gran escalofrÃo. Me levanté de la silla y se levantó. Ãl también hizo el intento de acercarse, pero no pudo me di cuenta que estaba amarrado de un pie. ParecÃa una cadena. No lo miré bien le dije que tenÃa que irme. No me respondió. Me siguió con aquella mirada penetrante hasta que estuve fuera de su vista. Fui a buscar a mi madre para decirle que se hacÃa tarde. Nadie me preguntó dónde habÃa estado. Mi mamá me conocÃa bien ya de regreso. Al notarme raro, me preguntó qué me pasaba. No tuve otra opción. Le platiqué que estuve en el cuarto hablando con mi tÃo. Se sorprendió mucho. Me dijo que no podÃa ser porque mi tÃo tenÃa más de un año que habÃa perdido el habla. Le repetà lo mismo que yo habÃa estado platicando con él. Me habló fuerte. Me dijo de nuevo que no podÃa ser porque mi tÃo se habÃa roto. Las cuerdas bucales nerviosos. Los dos recorrimos todo el camino sin hablar. Cuando llegamos a nuestra casa, me dijo mi mamá en un tono molesto que no regresarÃamos a visitar a los abuelos nunca más y que no tocarÃamos ese tema otra vez, como al mes nos llegó la noticia que mi tÃo Enrique habÃa muerto, no nos dijeron cómo ni por qué. Mi mamá se fue a los funerales sola. No me explicó por qué, pero no quiso que la acompañara. Yo me quedé a esperarla en casa. Tal vez me sugestioné al recordar todo lo que me habÃa platicado mi tÃo, porque en la noche escuché el ruido de una cadena arrastrándose lo. Primero que se me vino a la mente fue cuando miré a mi tÃo amarrado de uno de sus pies con una cadena. Me llené de terror. No me atrevÃa siquiera a salir del cuarto porque me perturbaba la idea de comprobar que era él o mejor dicho, el cuerpo muerto de mi tÃo Enrique, el que andaba caminando por mi casa. Todo se volvió más tétrico cuando los perros de todos los vecinos comenzaron a ahullar, como nunca los habÃa escuchado. AsÃ, me pasé toda la noche espantado, escuchando el sonido de las cadenas y de unos pies descalzos que cada vez se acercaban más asà a donde yo estaba. Recé todo lo que pude para que no me encontrara. Pensaba que mi tÃo no habÃa ido a buscar a mi mamá. Seguramente me buscaba a mà por alguna razón que preferÃa desconocer. Cuando regresó, mi mamá venÃa pálida. Me platicó que durante el velorio sucedieron cosas paranormales. El cuerpo de mi tÃo se movÃa ya estando dentro del ataúd. Además, algunas personas lo miraron caminar por el patio de la casa. Muy pocas personas se atrevieron a ir al panteón porque durante toda la noche se escucharon ruidos siniestros, Los focos se apagaban y el ambiente en la casa de los abuelos donde lo velaron, se puso pesado y perturbador a la hora de cargar el ataúd. Ãste estaba demasiado pesado. Además, desprendÃa un horrible olor, como si el cuerpo ya se hubiera echado a perder por extraño que parezca. Todo aquello cesó cuando enterraron el cuerpo y le pusieron una cruz con su nombre, me contó mi mamá que todos salieron corriendo de ahÃ. Por mi parte, aquella fue la única vez que escuché algo horrible en mi casa, aunque el pensar que la última vez que estuve en casa de mis abuelos no hablé con mi tÃo, sino con una presencia macabra que tenÃa adentro. Eso sÃ, me atormentó por mucho tiempo. Aún sabiendo eso, cuento esta historia porque prometà que lo harÃa y prefiero cumplir. A claro la comparto asà como yo, la escuché y la vivà sin agregarle nada. Hoy puedo asegurar que mi tÃo Enrique no estaba enfermo. No era un tonto ni un retrasado mental, como todos suponÃan. No sé por qué, pero desde niño miraba al diablo y nadie le creyó. Por lo mismo, nunca recibió ayuda hasta que un mal dÃa, ese ser maligno, se lo llevó relato escrito y adaptado por gato negro








