Jan. 11, 2024

El Mismo Demonio Está Dentro De Mi Tío Historias De Terror - REDE

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El demonio de mi tío. Esta historia, en realidad no sólo me pasó a mí. También la vivió uno de mis tíos, hermano de mi mamá, llamado Enrique. Nosotros vivíamos en un pueblo como a una hora de la casa de mis abuelos. No sé por qué nunca íbamos a verlos a mi tío Enrique. Si acaso lo había visto un par de veces, mi mamá, por alguna razón, nunca dejó que me acercara a él. Lo que sí es cierto es que su aspecto y su comportamiento me daban miedo. Un día que visitamos la casa de los abuelos, noté que la puerta de su cuarto estaba abierta. Eso me pareció raro, porque yo sabía que él siempre estaba aislado, encerrado en su cuarto viviendo en su mundo. Lo único que sabía sobre mi tío era lo que me contaba. Mi mamá estaba enfermo, pero no sabía lo que tenía. Era antisocial. Acostumbraba a hablar solo y en ocasiones se la pasaba todo el día hablando del diablo, o al menos eso era lo que le contaba mi abuela, porque mi mamá se había casado muy joven y se fue de la casa Por curiosidad me asomé ahí. Estaba sentado en su cama con la mirada fija mirando hacia la puerta como si me estuviera esperando. Lo saludé, pero no me respondió de inmediato. Segundos después movió la cabeza en forma positiva. Por eso entré cuando estuve cerca de él. No sé por qué sentí un fuerte escalofrío, como si mi tío tuviera algo maligno adentro. El ambiente que había en ese cuarto era muy diferente al resto de la casa. Además, había un olor bastante raro. Sin quitar sus ojos de los míos, me preguntó quién era. Al decirle que era su sobrino, hijo de su hermana. Me di cuenta que no me reconoció. Sin embargo, hizo una demanda aceptación. Me senté en una silla que estaba tal vez a un metro de él, porque tampoco le tenía tanta confianza por todo lo que se decía, Aunque se miraba muy pasivo, pudiera ser que tuviera una reacción violenta y me pudiera atacar. Nos pusimos a platicar como nunca lo habíamos hecho. Me preguntó si creía en el diablo, a lo que yo le contesté que sí. Entonces comenzó diciendo que se sentía diferente. Quizá pronto me gané su confianza porque no había pasado ni media hora cuando me dijo que me contaría su vida. Lo primero que pensé fue que sería horriblemente aburrido. Qué situaciones podría haber vivido ahí, mirando todo el día a esas cuatro paredes. Pero me sorprendió al contarme esto. Primero debo aclarar que mi tío murió ya hace varios años y me hizo prometer que contaría su historia, pero nunca me había dado la tarea de escribirla. Bueno, hasta hoy la contaré en primera persona para hacerla más fácil de narrar. Siempre he sido una persona temerosa y eso, según la gente, atrae a los demonios. Al menos en mi caso resultó cierto. Seres horribles me han rodeado todo el tiempo, o s s s son de que era un niño, Aunque mis familiares siempre me consideraron retraído o enfermo. Yo nunca me sentí así allá por los años setenta, la ciencia médica no estaba tan avanzada como hoy. No se sabía de autismo, trastornos, bipolaridad ni nada complicado como eso. Desde que tengo uso de razón, ya miraba cosas que otros no veían, pero eran parte de mi mundo. Para mí era normal. Yo no fui a jardín de niños. Entré directo a primero de primaria antes de cumplir los siete años. Desde entonces ya miraba cosas. Recuerdo que desde el primer día de clases me sentí temeroso era la primera vez que me separaba de mi mamá. No entendía por qué me había llevado a ese lugar y me había dejado ahí en medio de niños desconocidos, llorones e inquietos. Algo se quebró dentro de mi cerebro porque creí que Mamá se había desecho de mí. La primera hora fue la más difícil. Es tan o o o n a r rndo punto de llorar, pero me aguanté Ni siquiera le ponía atención a la maestra porque un payaso se asomaba por las ventanas de mi salón Me parecía extraño, aunque llamaba mucho mi atención. En ocasiones me hacía señas para que volteara a verlo y se reía conmigo, o quizá de mí. Eso fue el primer día se me hizo extraño que al siguiente. Ahí estaba de nuevo se asomaba por una ventana y por la otra. Ningún niño le ponía atención. Sólo yo, cuando salíamos al recreo, no hablaba con nadie. Me sentaba en una banca del patio. Me la pasaba mirando a ese payaso trepar las paredes. A veces se desaparecía o se escondía detrás de los árboles y de los demás compañeros. Hacía unas cosas tan graciosas que me hacían reír los demás niños. Me parecían tan ciegos porque ellos no lograban mirarlo. Por lo mismo, creían que yo me reía solo conforme pasaban los días. Ese payaso me hacía travesuras, me tumbaba el dedo desayuno de las manos. También me escondía los lápices y cuadernos. Mi maestra le decía a mi mamá que era tan distraído como olvidadizo las cosas no paraban ahí. El payaso me siguió hasta mi casa por las tardes. No me dejaba hacer la tarea. Hacía ruidos para distraerme. Cuando intentaba hacer bolitas y palitos en mi cuaderno, me movía la mano para que me salieran chuecos. Mis papás se desesperaban conmigo y comenzaron a regañarme porque no podía hacer nada bien. Después pasaron a decirme cosas feas. Me decían que era un burro, un flojo. Yo me esforzaba todo lo que podía, pero el payaso no me dejaba a gritos. Me ponían a hacer la tarea de nuevo. Yo lloraba de los nervios. Me bloqueaba por la presión que sentía de vez en cuando volteaba a ver al payaso. Este se reía tan fuerte que no me dejaba concentrar. Parecía que mi papá no lo escuchaba. En ocasiones me castigaban mandándome a mi cuarto sin cenar. Recuerdo que que que ahí se me aparecía otro payaso. Quizá era el mismo, pero vestido diferente con el cual me ponía a platicar. A veces mis papás golpeaban la puerta al tiempo que me decían que no hablara solo. Ellos no se daban cuenta que no estaba solo el payaso. Me contaba cosas tan graciosas que tenía que morderme los labios para no soltar una carcajada de repente desaparecía. Ese era el momento para dormir por las mañanas. Cuando me levantaba nunca terminaba de abrocharme las agujetas de los zapatos porque alguien me hacía voltear cuando regresaba a la vista, ya me los habían desabrochado de nuevo. Siempre era así entre regaños de mis papás y burlas de mis compañeros. Pasaron algunos años. Prácticamente no hablaba con nadie, ni en la escuela ni en mi casa, excepto con el Payaso con él me sentía diferente porque me tenía paciencia. En ocasiones cambiaba los colores de las paredes de mi cuarto para que no me aburriera él. Sabía que me llamaban mucho la atención los colores brillantes. Después de reprobar algunos años por fin terminé la primaria a duras penas. Sabía leer y escribir. No tenía ningún amigo, porque para todos era el raro del salón. Cuando dejé de ser un niño, el payaso desapareció, pero comencé a escuchar voces en mi cabeza que me decían acuérdate de esto o acuérdate de lo otro. Cuando eran cosas graciosas, reía ahí donde estuviera. Cuando eran cosas tristes, me daban ganas de llorar. En ocasiones, algunas cosas se movían solas de su lugar y mis juguetes hacían travesuras a todas horas parecían cobrar vida. Me podía pasar toda la tarde mirándolos siempre encerrado en mi cuarto, cuando ya tenía catorce años, me daba cuenta que solamente yo miraba y escuchaba esas cosas. Nunca pensé que fuera algo malo. Entré a la secundaria, pero como reprobé el primer año, me sacaron. No sabía cómo explicarles a mis papás que las voces entonces eran las culpables de que no aprendiera. Además, le tenía mucho miedo A mi papá No se podía hablar con él. Siempre gritaba y si no hacíamos las cosas como le gustaba, nos pegaba con lo que tuviera a la mano. Así pasé mi adolescencia escuchando voces que en ocasiones no me dejaban dormir. Por lo mismo no descansaba. Eso hacía que todos los días anduviera somnoliento. Eso también era motivo de disgusto para mis papás. Una noche, las cosas cambiaron. Recuerdo que dormía solo porque mi hermano nunca quiso dormir en el mismo cuarto que yo. Alegando, no sé qué cosas. El caso es que desperté porque sentí que me pellizcaron un brazo. Pensé que lo había soñado, pero cuando abrí los ojos me llevé una gran impresión. Había alguien dentro de mi cuarto, alguien que no era de mi familia, Lo miraba muy alto. Además, estaba bastante horrible. Me asusté tanto que grité con todas mis fuerzas, con mis gritos. Ese ser de saber apareció. Llegaron mis papás para ver qué sucedía. Cuando les conté, no me creyeron. Me dijeron mentiroso. Además que ya estaba lo suficientemente grandecito para tener miedo por las noches. Se retiraron advirtiéndome que no quería ni un grito más. Me amenazó mi papá con golpearme con el cinto. Si lo volví a hacer, apagaron el foco y cerraron la puerta. Me quedé en medio de la oscuridad temeroso de lo que había visto. Aunque esa noche no se apareció más. Yo sabía que eso estaba ahí conmigo. Varias veces sentí que empujaron el colchón. Lloraba de miedo, me llenaba de terror imaginarme que ese ser estaba metido debajo de mi cama y que en cualquier momento podría salir a partir de ahí. Ese ser horrible se aparecía a medianoche entre la oscuridad de mi cuarto. Cada vez se acercaba más a mi cama, hasta que una madrugada, cuando desperté, estaba acostado a un lado mío mirándome fijamente, me tragué el grito por miedo a mi papá. Fue la primera vez que lo miré tan de cerca en verdad que era horrible. Toda su piel era negra y arrugada. Despedía un olor tan fuerte que hacía que me lloraran los ojos. Tenía unos cuernos enormes y deformes sin dejar de mirar me sonrió me di cuenta que su boca le llegaba de oreja a oreja. Los dientes eran grandes. Además con una gran nariz me habló por mi nombre. Me preguntó si le tenía miedo. No le pude contestar. Me aparté de él lo más que pude hasta caer de la cama. Luché por liberarme de las colchas porque quedé enredado entre ellas. Cuando al fin lo hice ya no había nadie conmigo. Esa fue la primera vez que me habló. La presencia de ese ser me causaba repulsión y miedo. Ya no esperaba que llegara la noche para aparecer. También lo hacía de día, pero no sabía por qué. Sólo lo hacía en mi cuarto. Eso sí, su voz me seguía para donde quiera que fuera. En más de una ocasión les pedí ayuda a mis padres, pero nunca me creyeron. Solamente una vez mi mamá fue a revisar como no encontró nada raro. Me llamó mentiroso para mis papás. Yo estaba enfermo. Los escuchaba decir que era diferente, no nada más A mi hermano también me comparaban con todas las personas conocidas. Se lamentaban de tener un hijo. Así me di cuenta que se avergonzaban de mí y cuando había visitas en casa, me encerraban en mi cuarto y me prohibían salir. No me hubiera afectado tanto antes. Para mí estar sólo era lo mejor. Pero ahora saber que ese ser espantoso me esperaba, me llenaba de terror ya para entonces comprendía que lo que se aparecía ahí era el diablo. Ya tenía alrededor de veintitrés años cuando ese demonio me susurraba muchas malas palabras e insultos al oído todo el tiempo lo hacía. Me decía cosas espantosas que no quiero repetir ni recordar. En ocasiones s me ponía unos audífonos viejos que tenía para no escucharlo aún así, su tenebrosa voz me retumbaba en mi cerebro. En una ocasión no supe cómo, pero me sacó de mi casa Cuando me di cuenta ya estaba caminando solo por la calle en un lugar extraño. Todas las personas me miraban con desagrado, algunas hasta me sacaban la vuelta. Muchas de ellas tenían caras horribles facciones aterradoras que les cambiaban constantemente. Me daban tanto miedo que no me atrevía a hablarles para pedirles ayuda. Caminé por horas hasta que un vecino me encontró. Cuando llegué a casa, ni se habían dado cuenta de mi ausencia. Mi papá amenazó con amarrarme si lo volví a hacer al final entre él y mi mamá optaron por encerrarme en mi cuarto, pero ahora bajo llave, no les importó que les suplicara que no lo hicieran, porque ahí se me aparecía el diablo. Me pasé golpeando la puerta por horas. Les gritaba a mis papás para que que me sacaran de ahí. Mientras lo hacía, escuchaba como el diablo se reía y se burlaba de mí. A partir de ahí las agresiones se hicieron más fuertes. En ocasiones el diablo se sentaba frente a mí para darme de cachetadas. Yo no tenía a dónde ir. Solamente lloraba, pero claro mi sufrimiento le causaba gracia. Hubo un momento en que ya no pude más con todo mi coraje y desesperación, agarré lo primero que encontré para lanzárselo en la cara. Así lo hice con muchas cosas, hasta casi destrozar todo mi cuarto, pero fue en vano cuando le lanzaba algo desaparecía. Luego volví a aparecer en otra parte. Al escuchar todo aquello, mi papá entró y me dio la golpiza de mi vida. Lo único que podía hacer yo era gritar. Fue tan fuerte la tunda que me dio que me quedé tirado en el piso el diablo. Nada más me miraba divertido. Después supe que fue tanto el escándalo que los vecinos pidieron ayuda a un grupo llamado ejército de salvación, quienes se presentaron en mi casa para prestarme ayuda ante el desagrado de mi papá. No tengo idea de cuánto tiempo me atendieron, horas, días o meses. No lo sé. Sólo recuerdo haber tenido un momento de lucidez. Me sorprendí al verme de nuevo en la casa miré con atención todo el lugar. Cuando me miré al espejo, me asusté al darme cuenta que ya no era un niño ni siquiera un adolescente, era un adulto de cuarenta años. Casi me da un shock. No reconocí mi cuarto cuando entré en él. Ni siquiera recordaba las cosas aterradoras que había vivido ahí con terror. Pronto comprobé la siniestra realidad. No estaba enfermo, el diablo no lo imaginaba ni vivía en mi cabeza. Era real y me estaba esperando. Me recibió con un ola. Era el mismo demonio. Eso sí lo pude recordar. De pronto me escupió en la cara. En ese momento me regresaron todos mis miedos y todas aquellas sensaciones negativas. Tuve el impulso de salir corriendo, pero de nueva cuenta decidí enfrentarlo para no caer en lo mismo rápido. Me tomé mis pastillas y me puse a rezar. Al principio funcionó, pero sólo fue unos días, porque después no importaba cuántas pastillas tomaran y lo que hiciera no más no se iba. Hubo ocasiones que al tomar mis medicamentos, el diablo me agarraba, me apretaba el estómago hasta hacerme vomitar. Me las tomaba otra vez y de nuevo volví a apretarme. No sé qué me hizo que dejé de comer. Tampoco toleraba el agua. Todos los rezos que me sabía y que usaba para espantarlo de un momento, para otros se me olvidaron. Además, me dolía mucho la garganta al hablar las manifestaciones demoníacas se intensificaron como nunca, aparecían sombras y se escuchaban ruidos. Se quebraron los espejos, no sólo de mi cuarto, todos los que había en la casa también aparecían marcas en las paredes. No sé qué otras cosas mirarían mis papás porque mandaron traer un sacerdote para bendecir toda la casa. Pensé que así echarían fuera al diablo de una vez por todas. Eso enfureció tanto al demonio que lleno de rabia. Decidió esconderse donde nadie lo buscara, donde no lo alcanzara. El agua bendita entró en mí y aquí sigue conmigo. Así terminó de contarme su historia. Mi tío Enrique. Cuando me aseguró que tenía el diablo adentro, me miraba fijamente. Yo estaba sorprendido como no dejaba de mirarme. Me dio un gran escalofrío. Me levanté de la silla y se levantó. Él también hizo el intento de acercarse, pero no pudo me di cuenta que estaba amarrado de un pie. Parecía una cadena. No lo miré bien le dije que tenía que irme. No me respondió. Me siguió con aquella mirada penetrante hasta que estuve fuera de su vista. Fui a buscar a mi madre para decirle que se hacía tarde. Nadie me preguntó dónde había estado. Mi mamá me conocía bien ya de regreso. Al notarme raro, me preguntó qué me pasaba. No tuve otra opción. Le platiqué que estuve en el cuarto hablando con mi tío. Se sorprendió mucho. Me dijo que no podía ser porque mi tío tenía más de un año que había perdido el habla. Le repetí lo mismo que yo había estado platicando con él. Me habló fuerte. Me dijo de nuevo que no podía ser porque mi tío se había roto. Las cuerdas bucales nerviosos. Los dos recorrimos todo el camino sin hablar. Cuando llegamos a nuestra casa, me dijo mi mamá en un tono molesto que no regresaríamos a visitar a los abuelos nunca más y que no tocaríamos ese tema otra vez, como al mes nos llegó la noticia que mi tío Enrique había muerto, no nos dijeron cómo ni por qué. Mi mamá se fue a los funerales sola. No me explicó por qué, pero no quiso que la acompañara. Yo me quedé a esperarla en casa. Tal vez me sugestioné al recordar todo lo que me había platicado mi tío, porque en la noche escuché el ruido de una cadena arrastrándose lo. Primero que se me vino a la mente fue cuando miré a mi tío amarrado de uno de sus pies con una cadena. Me llené de terror. No me atrevía siquiera a salir del cuarto porque me perturbaba la idea de comprobar que era él o mejor dicho, el cuerpo muerto de mi tío Enrique, el que andaba caminando por mi casa. Todo se volvió más tétrico cuando los perros de todos los vecinos comenzaron a ahullar, como nunca los había escuchado. Así, me pasé toda la noche espantado, escuchando el sonido de las cadenas y de unos pies descalzos que cada vez se acercaban más así a donde yo estaba. Recé todo lo que pude para que no me encontrara. Pensaba que mi tío no había ido a buscar a mi mamá. Seguramente me buscaba a mí por alguna razón que prefería desconocer. Cuando regresó, mi mamá venía pálida. Me platicó que durante el velorio sucedieron cosas paranormales. El cuerpo de mi tío se movía ya estando dentro del ataúd. Además, algunas personas lo miraron caminar por el patio de la casa. Muy pocas personas se atrevieron a ir al panteón porque durante toda la noche se escucharon ruidos siniestros, Los focos se apagaban y el ambiente en la casa de los abuelos donde lo velaron, se puso pesado y perturbador a la hora de cargar el ataúd. Éste estaba demasiado pesado. Además, desprendía un horrible olor, como si el cuerpo ya se hubiera echado a perder por extraño que parezca. Todo aquello cesó cuando enterraron el cuerpo y le pusieron una cruz con su nombre, me contó mi mamá que todos salieron corriendo de ahí. Por mi parte, aquella fue la única vez que escuché algo horrible en mi casa, aunque el pensar que la última vez que estuve en casa de mis abuelos no hablé con mi tío, sino con una presencia macabra que tenía adentro. Eso sí, me atormentó por mucho tiempo. Aún sabiendo eso, cuento esta historia porque prometí que lo haría y prefiero cumplir. A claro la comparto así como yo, la escuché y la viví sin agregarle nada. Hoy puedo asegurar que mi tío Enrique no estaba enfermo. No era un tonto ni un retrasado mental, como todos suponían. No sé por qué, pero desde niño miraba al diablo y nadie le creyó. Por lo mismo, nunca recibió ayuda hasta que un mal día, ese ser maligno, se lo llevó relato escrito y adaptado por gato negro