El Maniquí Que Era Un Alma En Pena Historias De Terror - REDE

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Ojos de plástico me llamo Marcelo. Trabajé durante cinco años en una tienda de ropa muy reconocida en el centro de la ciudad de Guadalajara. Mi trabajo siempre ha sido ser guardia de seguridad. Debido a mi profesión y al lugar donde trabajé, me llegaron a pasar una serie de eventos fuera del ordinario, desde que trajeron de un almacén de otra tienda a un maniquà blanco, el cual yo siempre les he dicho en repetidas ocasiones que estaba poseÃdo. El maniquà era en su totalidad de color blanco. Resaltaban sus dos enormes ojos de plástico de color café, los cuales parecÃan seguirte si pasabas A su lado tenÃa una cabellera color marrón, la cual le llegaba a los hombros. Cuando se la pusieron, no se la pudieron quitar nunca más. Fue como si se hubiera adherido a su cabeza de todo lo demás, era un simple maniquÃ. A mà siempre me ha tocado entrenar a los nuevos reclutas de seguridad. En la tienda. Nos encontramos en una zona concurrida donde constantemente hay movimiento. Es por ello que cada nuevo compañero debe entrenarse en todos los turnos, pero cuando les toca el turno nocturno al dÃa siguiente, ya no vuelven a aparecer por las situaciones que llegan a pasar. Por esta situación ya llevo un largo perÃodo trabajando yo solo en el turno nocturno, Asà que lo que les contaré es hasta ahora lo más extraño que me ha llegado a ocurrir en mi vida. Esa noche, la tienda de ropa habÃa cerrado un poco antes. Yo siempre llegaba quince minutos antes de que todos se vayan fue cuando escuché en los vestidores de hombres las conversaciones de mis compañeros sobre que el maniquà blanco lo habÃan llevado al almacén. Les pregunté si habÃa ocurrido algo fuera de lo normal para que por fin se lo llevaran. Me dijeron que el gerente de la tienda estaba pasando justo al lado del maniquà y este se dejó caer por sà solo sobre él. Nunca habÃa pasado eso, debido a que todos los maniquÃs están bien colocados en su respectivo aparador, sobre todo este, que era el más antiguo. Me dio gusto debido a que ya les habÃa pedido que movieran aquella figura, pero la razón por la cual lo enviaron al almacén fue para repararlo, debido a que se habÃa quebrado los dedos de la mano derecha cuando cayó en el piso y se astillara de las piernas. Aún asÃ, yo me sentÃa aliviado de que después de mucho tiempo tendrÃa una noche tranquila. Pasaban de las dos de la madrugada. Cuando iba por mi segunda vuelta, todo estaba tranquilo y sereno. Era un gran alivio saber que ya no escucharÃa ruidos extraños. Todo parecÃa marchar bien hasta que escuché los pasos de alguien que corrÃa entre los aparadores. Ya habÃa tenido situaciones en las que se quedaba algún trabajador, pero no tan tarde mas no podÃa confiarme. Traté de averiguar que habÃa sido aquellos pasos, pero no habÃa nadie. Entonces se me ocurrió agacharme y mirar por debajo a ver si veÃa algo. Entonces pude verla a unos metros de donde yo estaba vi un par de piernas de lo que parecÃa ser de una mujer estaba descalza y se le notaban algunas cicatrices, me levanté y tan rápido como pude, me apresuré a interceptarla, pero al llegar a donde deberÃa de estar, no encontré a nadie. El miedo me invadió y nuevamente esa sensación que tenÃa siempre que escuchaba que el maniquà se movÃa habÃa regresado. No tuve el valor para quedar allà a esperar a que algo me apareciera. Asà que fui a mà puesto de control para revisar si la Cámara habÃa notado algún movimiento. Al revisar la grabación sólo me veÃa a mà revisando por debajo de las exhibiciones, pero donde se suponÃa que estaba la persona que habÃa visto, no se encontraba nadie. Di por hecho que estaba imaginándo s r Or y no quise darle más importancia aún. Asà lo que restó de la noche y la madrugada no salÃa a vigilar. Una vez más al dÃa siguiente, cuando estaba por salir, el Chico del Taller me preguntó si yo sabÃa dónde habÃan puesto al maniquà blanco. Le fui sincero y le comenté que no habÃa puesto ni un solo pie en el almacén. Ãl me dijo que sólo habÃa encontrado los cuatro dedos quebrados en su lugar ya en casa. No dejaba de pensar en aquel maniquà por una extraña razón. TenÃa la sensación de que debÃa preocuparme y, por más, que ignoraba aquel sentimiento. Llegaba a mà nuevamente esa inquietud. La noche llegó y yo estaba ansioso, como siempre. Llegué al trabajo un poco antes y me topé con el Chico del Taller. Le pregunté si ya habÃa encontrado al maniquÃ, pero su respuesta fue la misma. Incluso me comentó que encontró cabello de la peluca que traÃa el maniquà regados en el piso del taller. Desafortunadamente, no tenÃamos una cámara de vigilancia en el taller, asà que no pude ayudarle en mucho. La noche transcurrió con normalidad hasta que llegó la hora de hacer mi ronda. Esta vez tomé el valor necesario, pues harÃa mi recorrido desde el almacén. Aunque no querÃa admitirlo. La intriga por el paradero del maniquà blanco se apoderó de mÃ. Decidà ir al taller y revisar personalmente si habÃa alguna pista sobre lo que estaba ocurriendo. Cuando ingresé al taller, me sorprendió ver que todo estaba en completo desorden. Telas, hilos y accesorios estaban esparcidos por el suelo, como si alguien hubiera estado revolviendo todo en busca de algo. No era algo común en el chico del Taller. Ãl era muy ordenado y su gente también. En eso mi corazón empezó a latir más rápido y una sensación de malestar se apoderó de mÃ. Tuve un mal presentimiento sobre el lugar en el que me encontraba. Aún asÃ, tenÃa que seguir con mi recorrido busqué en cada rincón del taller esperando encontrar algo n una pista sobre el paradero del maniquÃ. Finalmente, en un rincón oscuro, detrás de un estante de telas, encontré algo que me heló la sangre. Era un pedazo de tela blanca estampado con flores idéntica, a la que cubrÃa el cuerpo del maniquà el dÃa en que le cayó al gerente. No habÃa duda de que pertenecÃa a él. Mientras sostenÃa la tela en mis manos. Sentà un escalofrÃo recorrerme la espalda. Tuve la sensación de que no estaba solo en el almacén. Volteé detrás de mà mas. No se veÃa nada, ya estaba nervioso. TenÃa que tranquilizarme o si no, yo mismo comenzaba a imaginar cosas. Tomé el pedazo de tela y lo guardé para mostrarle la evidencia al jefe al dÃa siguiente. En eso escuché pasos en los pasillos del almacén. Aunque habÃa algunas telas y ropa en el lugar. El eco se propagó por todo el almacén con mucha facilidad. Me quedé en silencio por un momento. La idea de que el maniquà blanco estuviera suelto en la tienda o peor aún una r en el almacén me llenó de temor. No quise quedarme a averiguarlo, asà que me fui de allà lo más rápido posible. Al llegar a mi centro de control, miré las cámaras y me di cuenta que todas apuntaban hacia una dirección justo al aparador, donde se supone que debÃa estar el maniquà blanco. No podÃa quedarme sin hacer nada. Algo estaba ocurriendo y si lo dejaba pasar, sin duda me meterÃa en un problema, Asà que tuve que ir a investigar. Ya estaba muy cerca del lugar cuando tuve una sensación de cuando el maniquà estaba antes. Pero cuál serÃa mi sorpresa que, en vez del maniquÃ, allà estaba una persona. Me daba la espalda, no podÃa verle el rostro, pero al mirarla con más atención, me quedé pasmado y sin habla estaba descalza en sus piernas. Se notaban las cicatrices que habÃa visto antes. Su piel era blanca, con un vestido blanco con flores. Su cabello marrón lo tenÃa tan largo como el maniquà fue donde lo comprendà allá. Allà estaba en carne y hueso. En eso se dió la media vuelta y pude mirar su mano, a la cual le faltaban cuatro dedos, pero al mirar su rostro hizo que me temblaran las piernas y que comenzara a rezar sus ojos. En cuanto me miraron, se abrieron más. Sin duda me tenÃa en la mira. Levantó su mano con un solo dedo. ParecÃa que me estaba señalando a mÃ. No lo soporté más y me fui corriendo al centro de control. Miré hacia atrás mientras corrÃa y noté que la mujer se movÃa de una manera errática y descontrolada. Me estaba siguiendo. Por suerte, fui más rápido que ella y logré huir de tanto correr. Llegué jadeando a mi lugar. Trataba de recuperar el aliento y procesar lo que acababa de presenciar. Cuando escuché que algo tocó a mi puerta, yo me quedé en silencio, asustado casi a punto de orinarme del susto. No era posible que esa cosa me siguiera tan rápido. Nuevamente tocaron, pero hubo más insistencia. Decidà igno el llamado, asà que me mantuve en silencio observando la puerta. Intentaban abrirla sacudiendo la puerta y la manija. Duré asà hasta que me dio la madrugada, justo a las seis de la mañana. Dejaron de tocar a la puerta. Apenas estaba saliendo el sol cuando decidà llamar al gerente y explicarle lo que acababa de presenciar. Nunca me he creÃdo de las historias que le he platicado, y esta vez no fue la excepción. Incluso me amenazó que si le volvÃa a contar una historia como estas, me mandarÃa a hacer estudios clÃnicos para ver si no me estaba metiendo algo al cabo de un rato. Llegaron mis demás compañeros para relevarme. Decidà no contarles nada de lo ocurrido, tanto para no asustarlos como para que no se hicieran ideas erróneas sobre mÃ. Esa noche serÃa mi descanso, asà que pensé en aprovechar para ir en busca de un sacerdote que pudiera ir a bendecir la tienda y terminar con todo este asunto. El sacerdo dote de mi comunidad es amigo mÃo. Desde que éramos niños, él siempre ha apoyado a mi familia en las buenas y en las malas, y estaba seguro de que me ayudarÃa a bendecir el lugar. Le comenté lo que habÃa ocurrido. Ãl estaba convencido de que podÃa tratarse de un espÃritu errante que estaba buscando ayuda. Me aseguraba que no se trataba de un demonio o alguna criatura del mal. Nos quedamos de ver en el edificio en dos dÃas. Por lo pronto yo conseguirÃa lo que me pidió para hacer el exorcismo del lugar. Durante el resto del dÃa no dejaba de pensar en la mirada de aquel maniquà me dormÃa y soñaba con aquellos ojos que no dejaban de Seguirme no pude descansar bien. Al dÃa siguiente, durante la mañana tuve la sensación de que algo más estaba en casa conmigo a donde fuera sentÃa que me observaban y que también me seguÃan. Pensé que se trataba de cansancio extremo por todo lo que estaba viviendo. Al pasar los dos dÃas, finalmente llegó el dÃa acordado para para que l lno sacerdote viniera a bendecir la tienda. A pesar de mi fatiga y el temor que me seguÃa acechando. Me sentÃa esperanzado al saber que tendrÃa la ayuda de alguien que creÃa en lo que estaba ocurriendo. Llegué temprano a la tienda para asegurarme de que todo estuviera en orden. Antes de la llegada del sacerdote. Hablé con mis compañeros para que no interrumpieran la bendición y les pedà que se mantuvieran alejados del almacén durante el proceso. Cuando el sacerdote llegó, lo llevé directamente al almacén para que pudiera sentir la energÃa del lugar. Ãl cerró los ojos por unos momentos y luego asintió con seriedad. Confirmó que habÃa una presencia allÃ, pero que no se trataba de algo maligno. Me dijo que habÃa sentido una sensación de tristeza y desesperanza y que probablemente se trataba del espÃritu de alguien que habÃa sufrido mucho en vida. El sacerdote comenzó a recitar oraciones y a esparcir agua bendita por todo el almacén. A medida que avanzaba se r sentÃa como la tensión y el temor que habÃa experimentado dÃas atrás empezaban a disiparse, aunque la sensación de estar siendo observado todavÃa persistÃa. Era como si el ambiente se estuviera purificando. Cuando llegamos a la zona donde solÃa estar el maniquà blanco, el sacerdote notó una concentración más fuerte de energÃa. Decidió centrarse en esa área para brindarle paz al espÃritu que allà residÃa. Después de unos minutos, me pidió que también recitara las oraciones en voz alta para ayudar a liberar el alma atormentada en medio de las oraciones. Sentà un escalofrÃo intenso y un sentimiento de tristeza me invadió. Fue en ese momento cuando noté algo en una esquina del almacén. Era la figura del maniquà blanco, aunque su aspecto seguÃa inerte. PodÃa jurar que sus ojos de plástico café estaban fijos en mà como si quisiera transmitir algo. Mi corazón latÃa con fuerza, pero el sacerdote me insistió a seguir recitando las oraciones y a mantener la calma. Finalmente, después de un tiempo que me pareció eterno, el sacerdote concluyó la bendición. Sentà un alivio inmenso. Mientras el ambiente del almacén parecÃa tranquilizarse, la presencia que me habÃa atormentado durante tanto tiempo se disipó y ya no sentÃa que estaba siendo observado el sacerdote, me explicó que el espÃritu que habitaba en el almacén era probablemente de alguien que habÃa sufrido una muerte trágica o violenta. Tal vez su energÃa se habÃa aferrado a la figura del maniquà blanco, que actuaba como un canal para que pudiera comunicarse con el mundo de los vivos. Sentà que habÃa hecho lo correcto al buscar ayuda para él espÃritu atormentado. Desde entonces, el ambiente en la tienda de ropa cambió drásticamente. Ya no hubo más situaciones extrañas y mis compañeros tampoco volvieron a experimentar cosas inusuales en el turno nocturno. Años después, la tienda de ropa sigue funcionando con normalidad y el maniquà blanco ya no es una fuente de temor. Se convirtió en un objeto interesante para algunos clientes que se detienen a observarlo de vez en cuando, quizás sin sospechar la historia que lleva detrás mi vida laboral y personal. Continuó en otra tienda de ropa. Aunque es algo que ya pasó hace años, es algo que sigue quitándome el sueño por las noches e inevitablemente, cuando miro un maniquÃ, lo miro a los ojos y me aseguro de que no me esté siguiendo con su mirada y adaptado por lengua de brujo








