Nov. 19, 2023

El Maniquí Que Era Un Alma En Pena Historias De Terror - REDE

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Ojos de plástico me llamo Marcelo. Trabajé durante cinco años en una tienda de ropa muy reconocida en el centro de la ciudad de Guadalajara. Mi trabajo siempre ha sido ser guardia de seguridad. Debido a mi profesión y al lugar donde trabajé, me llegaron a pasar una serie de eventos fuera del ordinario, desde que trajeron de un almacén de otra tienda a un maniquí blanco, el cual yo siempre les he dicho en repetidas ocasiones que estaba poseído. El maniquí era en su totalidad de color blanco. Resaltaban sus dos enormes ojos de plástico de color café, los cuales parecían seguirte si pasabas A su lado tenía una cabellera color marrón, la cual le llegaba a los hombros. Cuando se la pusieron, no se la pudieron quitar nunca más. Fue como si se hubiera adherido a su cabeza de todo lo demás, era un simple maniquí. A mí siempre me ha tocado entrenar a los nuevos reclutas de seguridad. En la tienda. Nos encontramos en una zona concurrida donde constantemente hay movimiento. Es por ello que cada nuevo compañero debe entrenarse en todos los turnos, pero cuando les toca el turno nocturno al día siguiente, ya no vuelven a aparecer por las situaciones que llegan a pasar. Por esta situación ya llevo un largo período trabajando yo solo en el turno nocturno, Así que lo que les contaré es hasta ahora lo más extraño que me ha llegado a ocurrir en mi vida. Esa noche, la tienda de ropa había cerrado un poco antes. Yo siempre llegaba quince minutos antes de que todos se vayan fue cuando escuché en los vestidores de hombres las conversaciones de mis compañeros sobre que el maniquí blanco lo habían llevado al almacén. Les pregunté si había ocurrido algo fuera de lo normal para que por fin se lo llevaran. Me dijeron que el gerente de la tienda estaba pasando justo al lado del maniquí y este se dejó caer por sí solo sobre él. Nunca había pasado eso, debido a que todos los maniquís están bien colocados en su respectivo aparador, sobre todo este, que era el más antiguo. Me dio gusto debido a que ya les había pedido que movieran aquella figura, pero la razón por la cual lo enviaron al almacén fue para repararlo, debido a que se había quebrado los dedos de la mano derecha cuando cayó en el piso y se astillara de las piernas. Aún así, yo me sentía aliviado de que después de mucho tiempo tendría una noche tranquila. Pasaban de las dos de la madrugada. Cuando iba por mi segunda vuelta, todo estaba tranquilo y sereno. Era un gran alivio saber que ya no escucharía ruidos extraños. Todo parecía marchar bien hasta que escuché los pasos de alguien que corría entre los aparadores. Ya había tenido situaciones en las que se quedaba algún trabajador, pero no tan tarde mas no podía confiarme. Traté de averiguar que había sido aquellos pasos, pero no había nadie. Entonces se me ocurrió agacharme y mirar por debajo a ver si veía algo. Entonces pude verla a unos metros de donde yo estaba vi un par de piernas de lo que parecía ser de una mujer estaba descalza y se le notaban algunas cicatrices, me levanté y tan rápido como pude, me apresuré a interceptarla, pero al llegar a donde debería de estar, no encontré a nadie. El miedo me invadió y nuevamente esa sensación que tenía siempre que escuchaba que el maniquí se movía había regresado. No tuve el valor para quedar allí a esperar a que algo me apareciera. Así que fui a mí puesto de control para revisar si la Cámara había notado algún movimiento. Al revisar la grabación sólo me veía a mí revisando por debajo de las exhibiciones, pero donde se suponía que estaba la persona que había visto, no se encontraba nadie. Di por hecho que estaba imaginándo s r Or y no quise darle más importancia aún. Así lo que restó de la noche y la madrugada no salía a vigilar. Una vez más al día siguiente, cuando estaba por salir, el Chico del Taller me preguntó si yo sabía dónde habían puesto al maniquí blanco. Le fui sincero y le comenté que no había puesto ni un solo pie en el almacén. Él me dijo que sólo había encontrado los cuatro dedos quebrados en su lugar ya en casa. No dejaba de pensar en aquel maniquí por una extraña razón. Tenía la sensación de que debía preocuparme y, por más, que ignoraba aquel sentimiento. Llegaba a mí nuevamente esa inquietud. La noche llegó y yo estaba ansioso, como siempre. Llegué al trabajo un poco antes y me topé con el Chico del Taller. Le pregunté si ya había encontrado al maniquí, pero su respuesta fue la misma. Incluso me comentó que encontró cabello de la peluca que traía el maniquí regados en el piso del taller. Desafortunadamente, no teníamos una cámara de vigilancia en el taller, así que no pude ayudarle en mucho. La noche transcurrió con normalidad hasta que llegó la hora de hacer mi ronda. Esta vez tomé el valor necesario, pues haría mi recorrido desde el almacén. Aunque no quería admitirlo. La intriga por el paradero del maniquí blanco se apoderó de mí. Decidí ir al taller y revisar personalmente si había alguna pista sobre lo que estaba ocurriendo. Cuando ingresé al taller, me sorprendió ver que todo estaba en completo desorden. Telas, hilos y accesorios estaban esparcidos por el suelo, como si alguien hubiera estado revolviendo todo en busca de algo. No era algo común en el chico del Taller. Él era muy ordenado y su gente también. En eso mi corazón empezó a latir más rápido y una sensación de malestar se apoderó de mí. Tuve un mal presentimiento sobre el lugar en el que me encontraba. Aún así, tenía que seguir con mi recorrido busqué en cada rincón del taller esperando encontrar algo n una pista sobre el paradero del maniquí. Finalmente, en un rincón oscuro, detrás de un estante de telas, encontré algo que me heló la sangre. Era un pedazo de tela blanca estampado con flores idéntica, a la que cubría el cuerpo del maniquí el día en que le cayó al gerente. No había duda de que pertenecía a él. Mientras sostenía la tela en mis manos. Sentí un escalofrío recorrerme la espalda. Tuve la sensación de que no estaba solo en el almacén. Volteé detrás de mí mas. No se veía nada, ya estaba nervioso. Tenía que tranquilizarme o si no, yo mismo comenzaba a imaginar cosas. Tomé el pedazo de tela y lo guardé para mostrarle la evidencia al jefe al día siguiente. En eso escuché pasos en los pasillos del almacén. Aunque había algunas telas y ropa en el lugar. El eco se propagó por todo el almacén con mucha facilidad. Me quedé en silencio por un momento. La idea de que el maniquí blanco estuviera suelto en la tienda o peor aún una r en el almacén me llenó de temor. No quise quedarme a averiguarlo, así que me fui de allí lo más rápido posible. Al llegar a mi centro de control, miré las cámaras y me di cuenta que todas apuntaban hacia una dirección justo al aparador, donde se supone que debía estar el maniquí blanco. No podía quedarme sin hacer nada. Algo estaba ocurriendo y si lo dejaba pasar, sin duda me metería en un problema, Así que tuve que ir a investigar. Ya estaba muy cerca del lugar cuando tuve una sensación de cuando el maniquí estaba antes. Pero cuál sería mi sorpresa que, en vez del maniquí, allí estaba una persona. Me daba la espalda, no podía verle el rostro, pero al mirarla con más atención, me quedé pasmado y sin habla estaba descalza en sus piernas. Se notaban las cicatrices que había visto antes. Su piel era blanca, con un vestido blanco con flores. Su cabello marrón lo tenía tan largo como el maniquí fue donde lo comprendí allá. Allí estaba en carne y hueso. En eso se dió la media vuelta y pude mirar su mano, a la cual le faltaban cuatro dedos, pero al mirar su rostro hizo que me temblaran las piernas y que comenzara a rezar sus ojos. En cuanto me miraron, se abrieron más. Sin duda me tenía en la mira. Levantó su mano con un solo dedo. Parecía que me estaba señalando a mí. No lo soporté más y me fui corriendo al centro de control. Miré hacia atrás mientras corría y noté que la mujer se movía de una manera errática y descontrolada. Me estaba siguiendo. Por suerte, fui más rápido que ella y logré huir de tanto correr. Llegué jadeando a mi lugar. Trataba de recuperar el aliento y procesar lo que acababa de presenciar. Cuando escuché que algo tocó a mi puerta, yo me quedé en silencio, asustado casi a punto de orinarme del susto. No era posible que esa cosa me siguiera tan rápido. Nuevamente tocaron, pero hubo más insistencia. Decidí igno el llamado, así que me mantuve en silencio observando la puerta. Intentaban abrirla sacudiendo la puerta y la manija. Duré así hasta que me dio la madrugada, justo a las seis de la mañana. Dejaron de tocar a la puerta. Apenas estaba saliendo el sol cuando decidí llamar al gerente y explicarle lo que acababa de presenciar. Nunca me he creído de las historias que le he platicado, y esta vez no fue la excepción. Incluso me amenazó que si le volvía a contar una historia como estas, me mandaría a hacer estudios clínicos para ver si no me estaba metiendo algo al cabo de un rato. Llegaron mis demás compañeros para relevarme. Decidí no contarles nada de lo ocurrido, tanto para no asustarlos como para que no se hicieran ideas erróneas sobre mí. Esa noche sería mi descanso, así que pensé en aprovechar para ir en busca de un sacerdote que pudiera ir a bendecir la tienda y terminar con todo este asunto. El sacerdo dote de mi comunidad es amigo mío. Desde que éramos niños, él siempre ha apoyado a mi familia en las buenas y en las malas, y estaba seguro de que me ayudaría a bendecir el lugar. Le comenté lo que había ocurrido. Él estaba convencido de que podía tratarse de un espíritu errante que estaba buscando ayuda. Me aseguraba que no se trataba de un demonio o alguna criatura del mal. Nos quedamos de ver en el edificio en dos días. Por lo pronto yo conseguiría lo que me pidió para hacer el exorcismo del lugar. Durante el resto del día no dejaba de pensar en la mirada de aquel maniquí me dormía y soñaba con aquellos ojos que no dejaban de Seguirme no pude descansar bien. Al día siguiente, durante la mañana tuve la sensación de que algo más estaba en casa conmigo a donde fuera sentía que me observaban y que también me seguían. Pensé que se trataba de cansancio extremo por todo lo que estaba viviendo. Al pasar los dos días, finalmente llegó el día acordado para para que l lno sacerdote viniera a bendecir la tienda. A pesar de mi fatiga y el temor que me seguía acechando. Me sentía esperanzado al saber que tendría la ayuda de alguien que creía en lo que estaba ocurriendo. Llegué temprano a la tienda para asegurarme de que todo estuviera en orden. Antes de la llegada del sacerdote. Hablé con mis compañeros para que no interrumpieran la bendición y les pedí que se mantuvieran alejados del almacén durante el proceso. Cuando el sacerdote llegó, lo llevé directamente al almacén para que pudiera sentir la energía del lugar. Él cerró los ojos por unos momentos y luego asintió con seriedad. Confirmó que había una presencia allí, pero que no se trataba de algo maligno. Me dijo que había sentido una sensación de tristeza y desesperanza y que probablemente se trataba del espíritu de alguien que había sufrido mucho en vida. El sacerdote comenzó a recitar oraciones y a esparcir agua bendita por todo el almacén. A medida que avanzaba se r sentía como la tensión y el temor que había experimentado días atrás empezaban a disiparse, aunque la sensación de estar siendo observado todavía persistía. Era como si el ambiente se estuviera purificando. Cuando llegamos a la zona donde solía estar el maniquí blanco, el sacerdote notó una concentración más fuerte de energía. Decidió centrarse en esa área para brindarle paz al espíritu que allí residía. Después de unos minutos, me pidió que también recitara las oraciones en voz alta para ayudar a liberar el alma atormentada en medio de las oraciones. Sentí un escalofrío intenso y un sentimiento de tristeza me invadió. Fue en ese momento cuando noté algo en una esquina del almacén. Era la figura del maniquí blanco, aunque su aspecto seguía inerte. Podía jurar que sus ojos de plástico café estaban fijos en mí como si quisiera transmitir algo. Mi corazón latía con fuerza, pero el sacerdote me insistió a seguir recitando las oraciones y a mantener la calma. Finalmente, después de un tiempo que me pareció eterno, el sacerdote concluyó la bendición. Sentí un alivio inmenso. Mientras el ambiente del almacén parecía tranquilizarse, la presencia que me había atormentado durante tanto tiempo se disipó y ya no sentía que estaba siendo observado el sacerdote, me explicó que el espíritu que habitaba en el almacén era probablemente de alguien que había sufrido una muerte trágica o violenta. Tal vez su energía se había aferrado a la figura del maniquí blanco, que actuaba como un canal para que pudiera comunicarse con el mundo de los vivos. Sentí que había hecho lo correcto al buscar ayuda para él espíritu atormentado. Desde entonces, el ambiente en la tienda de ropa cambió drásticamente. Ya no hubo más situaciones extrañas y mis compañeros tampoco volvieron a experimentar cosas inusuales en el turno nocturno. Años después, la tienda de ropa sigue funcionando con normalidad y el maniquí blanco ya no es una fuente de temor. Se convirtió en un objeto interesante para algunos clientes que se detienen a observarlo de vez en cuando, quizás sin sospechar la historia que lleva detrás mi vida laboral y personal. Continuó en otra tienda de ropa. Aunque es algo que ya pasó hace años, es algo que sigue quitándome el sueño por las noches e inevitablemente, cuando miro un maniquí, lo miro a los ojos y me aseguro de que no me esté siguiendo con su mirada y adaptado por lengua de brujo