El Libro De Los Rituales Historias De Terror - REDE

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El libro de los rituales por la afición que desde pequeño he tenido por la lectura, me gustaba ir a las librerÃas a hojear libros infantiles. No estaba a mi alcance comprar todos los libros que querÃa, pero varios ejemplares extraordinarios los pude tener en mis manos. Cuando tenÃa dieciocho años durante mi época de estudiante, caminaba por la calle de Donceles, en la Ciudad de México. Esa calle llamó mi atención. Después que leà el libro de Aura de Carlos Fuentes. Buscaba la casa que describÃa con tantos detalles el autor en su libro. Aunque no sólo por eso. Me gustaba caminar por ese rumbo, también por las librerÃas que tenÃan en exhibición, asà como la venta libros de todo tipo, algunos muy antiguos. Aquel dÃa, mientras miraba en los aparadores. Encontré libros que me cautivaron. Algunos eran muy antiguos, escritos de varios siglos atrás. Otros eran primeras ediciones de libros reconocidos, pliegos antiguos. Sin embargo, los que más llamaron mi atención fueron un par de libros que tenÃan un letrero de cartón que decÃa estaban forrados con piel humana, eran de color café pálido encima, tenÃan una protección brillante como si fuera un esmalte o resina. Tan sólo de verlos me emocioné eran de tamaño grande, adornados con sÃmbolos de creencias muy antiguas. Supuse que eran libros que la Iglesia Católica no aceptaba porque uno de ellos tenÃa el pentagrama de dos puntas. Este sÃmbolo tenÃa relación con el macho cabrÃo de creencias oscuras. El otro libro, que estaba en la vitrina tenÃa rostros humanos con muecas de dolor. Estaban plasmadas expresiones que causaban temor. Uno de ellos tenÃa como tÃtulo libro Magno de San Cipriano. Cuando le pregunté al encargado de la tienda cuál era el contenido del libro, me respondió que se trataba de rituales conjuros, asà como la representación del mal y las tentaciones del mundo. Me quedé fascinado observando los libros. Me gustaba leer todo tipo lectura, pero me atraÃan autores que escribieran sobre el terror y el horror. El libro de Aura lo habÃa leÃdo varias veces. Me encantaban los autores como Edgar, Allan Poe y Lovecraft. Este último escribió un libro sobre rituales. Sin embargo, el que tenÃa frente a mis ojos me parecÃa extraordinario. La encargada del lugar era una mujer madura que se me acercó al ver mi interés, me dijo que el nombre que se le daba al tipo de encuadernación que hicieron con esos libros era bibliopegia antropodérmica. Me quedé unos minutos más hablando con la señora sobre libros extraños. Cuando me fui del lugar, ella me dijo que podÃa volver cuando quisiera, aunque no comprara el libro. Lo dijo seguramente porque advirtió que no era un libro que cualquier persona pudiera comprar. No solo me gua gustaba visitar las librerÃas, sino también consideraba interesante las leyendas que habÃa alrededor de la calle de Donceles. También su arquitectura antigua. HabÃa una construcción que en tiempos pasados fue un manicomio femenil. En sus grandes puertas de madera tenÃa grabados rostros de hombres con expresiones extrañas. Los dos libros que me cautivaron estaban en exhibición en un local que no era precisamente una librerÃa, sino que vendÃa artÃculos fotográficos. En una ocasión que caminaba por la calle vi que estaban haciendo reparaciones en el establecimiento, me acerqué con la señora del local como ya me conocÃa. Me dijo que iban a cerrar su negocio por cuestiones personales, pero los libros y algunos otros artÃculos los iban a traspasar a la librerÃa bibliofilia, por lo que podÃa seguir viendo los libros en ese lugar. Cuando ya me retiraba del lugar, agradeciendo la información, la señora me dijo que estaban buscando un empleado para la librerÃa. Sin pensarlo, me fui directamente a hablar con el encargado. Le dije que me interesaba el puesto. El señor de nombre. Antonio me miró extrañado. Me preguntó cómo sabÃa que estaba buscando un empleado. Cuando le dije que la señora del local de fotografÃa me hizo el comentario, él sonrió. Me dijo que sólo a ella se lo habÃa comentado. Todo tenÃa sentido. Me dijo que si me habÃa dicho del puesto, seguramente era una persona de confianza. Me dio el trabajo para empezar en una semana. Le comenté que acababa de entrar a estudiar. Sólo podÃa por las tardes y los fines de semana. Antonio no tuvo objeción en contratarme. Me dijo que en las tardes y los fines de semana era cuando habÃa más afluencia de personas. Comencé a trabajar en septiembre de mil novecientos noventa y uno. Me sentÃa muy a gusto con mi trabajo porque podÃa leer libros durante los ratos que no habÃa clientes. Además, tenÃa a mi alcance los dos libros extraordinarios que tanto llamaron mi atención. Antonio los dejó en la misma vitrina de madera. Después de un par de meses de estar trabajando en ese lugar. Me dio la llave del mostrador en el que se encontraban los libros. Antonio me dijo que me habÃa ganado su confianza, por lo que ya podÃa tener la llave. Me explicó sobre el cuidado de los libros la manera en que debÃa demostrarlos en caso de ser necesario. Recuerdo que era el dÃa de muertos y la librerÃa se encontraba sola. Muy pocos clientes llegaron al local. Saqué la llave de la vitrina para sacar uno de los libros. Era la primera vez que lo hacÃa. Los sÃmbolos llamaron mi atención. En las primeras páginas decÃa que era un tesoro para el hechicero porque su contenido era magia verdadera que quedó plasmada en pergaminos hechos por los espÃritus y entregados al monje alemán Jonas sufurino. Me fui metiendo en la lectura del libro. Me pareció fácil tenÃa al inicio una introducción para lograr que los espÃritus llegaran a la persona que lo leÃa, asà como una serie de instrumentos necesarios para realizar los conjuros. Fui leyendo con detalle la forma en que un artÃculo ordinario, como un cuchillo, podÃa adquirir la magia necesaria para realizar cualquier ritual. Perdà la noción del tiempo. Cuando me di cuenta ya estaba oscuro. Pasaban de las nueve de la noche. Me apresuré a guardar el libro en la vitrina y ordenar el lugar. Al salir del establecimiento, pude ver que en el zócalo habÃan muchas personas reunidas por el festejo. Al dÃa de muertos, regresé caminando a mi casa para disfrutar de las celebraciones en distintos lugares de la ciudad. En aquel tiempo vivÃa en Tlatelolco, al lado de mis padres y mis dos hermanas menores. Cuando llegué a la casa, mi mamá estaba preocupada. HabÃa perdido la noción del tiempo. Iban a ser las once de la noche. Le platiqué entusiasmado lo que leà en el libro. Mi mamá me dijo que me estaba metiendo en cosas oscuras. Lo mejor era que ya no leyera ese libro, porque podÃa abrir portales y no tendrÃa el conocimiento para cerrarlos. No le di importancia a su comentario. Le dije que sólo se trataba de literatura antigua y que ya no tenÃa vigencia en la actualidad. Mi mamá no estaba conforme, me dejó la cena en la mesa y se fue a dormir esa noche Me sentÃa muy cansado. Creà que era porque me habÃa regresado caminando. Me acosté inmediatamente me quedé dormido. Tuve sueños extraños, veÃa a los planetas que flotaban en la oscuridad, a un cuchillo que pasaba por el fuego y más sueños inverosÃmiles. Pero lo que hizo que me despertara fue la imagen de un macho cabrÃo que me decÃa con voz ronca que estarÃa a mis órdenes para cuando lo necesitara. Me desperté sudando, tratando de identificar dónde me encontraba. Me di cuenta que era mi habitación. Como comencé a tranquilizarme, fue tan vÃvido el sueño que casi lo sentà real. Entendà que habÃa tenido ese tipo de sueños porque las últimas imágenes que se quedaron en mi mente fueron las del Libro VI, que era muy tarde me apresuré para llegar a la Universidad. Cuando llegué al salón, la clase ya habÃa comenzado. El profesor era un señor grande que tenÃa muy mal genio. Parte del reglamento de su curso era llegar a tiempo, por lo que me exhibió delante de todos mis compañeros. Me pidió que me levantara, que le dijera mi nombre y me sacó de la clase. Le dije que era la última vez que llegaba tarde, pero él hizo caso omiso a mi súplica de una forma vergonzosa. Me dijo que me saliera. No querÃa hacerlo porque sus clases eran complicadas. Cuando hablaba sobre los fonemas y los sonidos lingüÃsticos, la mayor parte del grupo no entendÃamos bien a lo que se referÃa. Por eso me pesaba no estar en el aula. Me esforcé por no llegar tarde, pero él, el Maestro, no era una persona fácil de complacer. Cada semana que le hacÃa mi entrega de la tarea, la tachaba por completo. PonÃa una inscripción que decÃa que aprendiera a escribir en el examen. Me fue muy mal. Lo reprobé me acerqué con él para decirle que se me complicaba su asignatura, pero al maestro le importó muy poco en ese momento. Creà que no era apto para dar clases porque no tenÃa intención de ayudar a los estudiantes. Lo peor fue que se lo dije el maestro se enojó tanto que me expulsó de su clase. Me dijo que buscara la asignatura de lingüÃstica en otra de las carreras, porque con él ya no lo harÃa. Me quedé preocupado por lo que me dijo SabÃa que la materia era obligatoria, por lo que tenÃa que cursar en otro de los edificios, pero a contra turno y eso me provocaba problemas con el trabajo. Hablé con mi tutora para decirle lo que habÃa ocurrido. Ella me dijo que el profesor tenÃa muchos años dando esa clase y que no era el primero que tenÃa problemas con él, pero que era muy respetado por el departamento, por lo que no podÃa hacer nada por mÃ. Lo mejor era buscar la materia en otra de las carreras. También la daban otros profesores menos exigentes. Salà de la Universidad preocupado. SabÃa que tenÃa que pasar la materia o no podrÃa avanzar en los siguientes semestres. En el pasillo me encontré con Silvia, una de mis compañeras. Ella me dijo que le habÃa pasado lo mismo sólo porque ha faltado con cierta frecuencia a la clase del profesor. Le dijo lo mismo que no tenÃa derecho a extraordinario, asà que tendrÃa que repetir la materia, pero no con él. Mi compañera me comentó que trató de explicarle al profesor los motivos de su ausencia, pero él ni siquiera los quiso escuchar. Cuando supe que también Silvia estaba pasando por una situación similar, me dio un poco de tranquilidad, ya no me sentÃa solo en ese problema. Acudimos al Departido de SociologÃa para preguntar los horarios. HabÃa uno que se acomodaba a nuestras necesidades, asà que pudimos resolver el problema con más facilidad de la que pensamos. Me fui con mi compañera a la parada del camión. Ãbamos a la misma, aunque cada uno tomarÃamos rutas distintas los siguientes dÃas, ella me preguntó con quién iba a desayunar. Le respondà que estaba solo. Nos fuimos juntos al comedor A partir de ese dÃa nos hicimos grandes amigos. Fue cómodo porque cuando alguno de los dos tenÃa que faltar a una clase, el otro le pasaba los apuntes y las indicaciones de la tarea, aunque la que más se ausentaba era Silvia. Un dÃa le dije que tratara de no faltar tanto a clase porque iba a perder derecho en las demás materias. Ella me dijo que no lo hacÃa porque no quisiera asistir. Su madre se encontraba enferma de cáncer. Ella era la hija mayor y tenÃa que apoyar a su mamá en la casa y cuidarla en el hospital. Cada vez que la internaban. Le comenté que le podÃa ayudar en los que estuviera a mi alcance. Ella lo agradeció y se marchó. En una ocasión en la que me encontraba en la librerÃa en los ratos que no habÃa clientes, aprovechaba para hacer mi tarea. Llegó un cliente muy peculiar. VestÃa un traje negro con una rosa natural en la solapa. Llevaba puesto un sombrero redondo. Me pareció que vestÃa de acuerdo a otra época. Se puso a hojear varios libros, pero cuando vio los que estaban en la vitrina, se impresionó mucho. Me empezó a preguntar qué estudiaba, a qué universidad iba Con amabilidad le respondÃ, aunque él empezó a notar que no. Me agradó que me cuestionara tanto sobre mi situación personal. El hombre se anticipó diciéndome que no lo tomara a mal. Ãl era una persona que podÃa leer el aura y la energÃa de las personas, lo que le permitÃa hacer una lectura rápida de la persona. Ãl sólo buscaba ayudarme. Cambié mi actitud al darme cuenta que habÃa sido muy evidente el hombre de manera muy amable, me preguntó si habÃa leÃdo el Libro de San Cipriano. Le dije que no, porque mi patrón me habÃa prohibido, que lo hiciera, que no lo sacara todos los dÃas y que cuando lo fuera a mostrar, tenÃa que ser muy cuidadoso porque estaba elaborado de una manera artesanal. Preferà mentirle, ya que no sabÃa si él era conocido de Don Antonio y le podÃa decir lo que estaba haciendo. El señor me comentó que no le tuviera tanto miedo. La cobertura era de piel humana, la cual era muy resistente. Además, ya habÃa sido tratada de una manera especial para que no se dañara con sus hojas. Pasaba lo mismo. Era un tipo de papel que habÃa durado mucho tiempo. Me sorprendió que estuviera tan bien informado sobre los dos libros. Ni siquiera Antonio tenÃa esa información. El hombre me pidió que lo sacara. Dudé un poco, pero pensé que quizás era la oportunidad que tenÃa para venderlo, porque Antonio me habÃa dicho que si lograba venderlos, me darÃa una comisión saqué la llave para mostrar los libros. Cada vez que lo sacaba me sentÃa fascinado. El hombre se acercó más emocionado que yo. Sus ojos mostraban un brillo extraño. Al mismo tiempo, sonreÃa conmovido en cuanto lo puse en el mostrador. Ãl se fue directamente a unas páginas que ya sabÃa. ParecÃa que no era la primera vez que lo tenÃa entre sus manos porque me mostró la página ciento veinticinco en ella decÃa la forma de hacer un pacto de sangre con Adonai de manera cuidadosa, daba las instrucciones para llevar a cabo dicho pacto y que era posible que cumpliera cualquier petición. El hombre leyó un poco las palabras que eran necesarias para hacer el pacto. Yo os imploro grande y poderoso a Donai, maestro y señor de todos los espÃritus, continuó leyendo todo el párrafo enseguida. Me dijo que se hacÃa las cosas tal como decÃa en el libro y a poder pedirle lo que fuera. Cualquier cosa era posible para Donai, pero que tuviera mucha precaución, porque el mismo libro hacÃa la advertencia de que, si no lo hacÃa con un espÃritu fuerte, todo se volverÃa en mi perjuicio y destrucción. En cambio, si lo realizaba con atención y fuerza espiritual tendrÃa éxito en todo lo que quisiera, asà como riquezas o todo lo que necesitara. El hombre continuó diciéndome para qué más servÃa a hacer los rituales que venÃan inscritos en el libro. Estaba tan emocionado leyendo lo que me mostraba el señor en el libro que no me di cuenta. Cuando llegó, Antonio se mostró desconfiado del cliente sin ningún preámbulo. Le preguntó si lo iba a comprar si no mejor lo guardarÃa. El hombre le respondió que querÃa ver su contenido para saber si le convenÃa comprarlo. Pero Antonio prácticamente nos quitó el libro de nuestras manos y lo metió de nuevo en la vitrina. Le dijo al cliente que lo único que querÃa era aprender los rituales que venÃan al interior del libro. Si tanto le interesaba. Estaba a la venta y le dio el costo del libro, que me pareció era un precio muy alto. Antonio concluyó diciendo que sà no tenÃa para pagarlo. Mejor lo regresar a su lugar. El señor lo entendió muy bien de forma cortés, dio las gracias y se marchó. Mientras que Antonio me vio con ojos desconfiados. Me dijo que debÃa de aprender a leer a las personas. Se le notaba que ese hombre no iba a comprar el libro. Sólo querÃa saber su contenido para ponerlo en práctica, aunque no le creà porque me di cuenta que el señor sabÃa perfectamente en qué página se encontraba lo que buscaba. En la semana, Silvia no se apareció por la escuela. Le marqué por teléfono a su casa sin obtener ninguna respuesta. El siguiente lunes, ella llegó tarde a la primera clase. Le pregunté si se sentÃa bien, porque la vi más delgada y desmejorada. Ella me respondió que no. Su mamá se habÃa puesto muy grave. Estuvo con ella en el hospital Silvia. Me dijo que habÃan intentado de todo. Incluso su papá la llevó con un brujo. El hombre les dijo que a su madre le habÃan hecho un trabajo. Ese era el motivo por el que estaba enferma. Sin embargo, cuando les dijo la cantidad de dinero que les iba a cobrar, ya no continuaron llevándola porque el medicamento de quimioterapia era muy caro. La estaban atendiendo en el seguro, pero habÃa ocasiones que no habÃa medicina en el hospital. TenÃan que comprarla. Además, no sabÃan si realmente era verdad lo que el brujo les dijo quizás sólo buscaba quitarles el dinero. Después que Silvia me dijo que habÃan ido con un brujo. Tuve una idea que se me ocurrió en ese momento. Aunque se me hacÃa poco práctica, Silvia notó que le querÃa decir algo con un poco de desconfianza. Le comenté lo del libro. A ella le causó mucho interés. Me dijo que nada perdÃan. Sólo era cosa de intentar. Transcribà algunos rituales. Nos fuimos a la casa de Silvia y en su habitación pusimos en práctica lo que decÃa el libro. Tres dÃas después, Silvia llegó a la librerÃa. Se le notaba emocionada. Me dijo que su mamá estaba mejorando. No quise pensar que era producto de lo que habÃamos hecho, pero Silvia se adelantó diciéndome que sà funcionó lo que hicimos. Le comenté que quizás el medicamento estaba surtiendo. Efecto, ella me dijo que no. Su mamá estaba muriendo y ahora ya platicaba y comÃa la habÃan dado de alta en el seguro para que se recuperara en su casa. Silvia sólo fue a la librerÃa a contármelo bien que se estaba poniendo su madre, aunque dudaba que fuera por lo que habÃamos hecho esa tarde fue de nuevo al establecimiento. El señor Extraño me dijo que el Libro de San Cipriano era la solución a cualquier conflicto. Se sonrió un poco de manera siniestra, inclinó su cabeza como un saludo y se fue. Me quedé confundido. ParecÃa que él sabÃa que habÃa practicado alguno de los rituales que venÃan en el libro, pero eso no era posible. Ya no quise pensar en aquel hombre, porque me causaba temor hacerlo. Preferà dar por sentado que todo era una coincidencia. En la Universidad seguimos teniendo problemas con la materia de lingüÃstica. En el departamento de SociologÃa nos dijeron que los tiempos para registrar la materia habÃan pasado, por lo que serÃa hasta el siguiente semestre. Noté a Silvia muy preocupada. Le dije que sólo nos tardarÃamos un semestre más en terminar la escuela, pero ella me dijo que si no pasaba, la materia iba a caer en artÃculo, no podrÃa continuar el siguiente semestre. Con desesperación me dijo que de nuevo hiciéramos el ritual para solucionar el problema. Le dije que no creÃa que eso fuera posible, pero ella me insistió tanto que no me pude negar de nuevo. Lo hicimos en la habitación de su casa con la excusa de que iba a hacer tarea. En el transcurso de esa semana, unos compañeros nos dijeron que el profesor de lingüÃstica habÃa faltado a dar clases. Era muy extraño, porque él avisaba cuando no iba a poder asistir a los pocos dÃas. Nos dieron la mala noticia en la universidad. El profesor habÃa muerto a causa de un paro cardÃaco. Lo encontraron en la cama de su habitación. El departamento dijo que, por estar el semestre muy avanzado, ya no era posible conseguir otro maestro. La decisión que tomó fue que todos los alumnos de esa materia presentaran un trabajo final. Dieron la rúbrica para el trabajo y con él nos iban a evaluar. Me acerqué con la jefa del departamento para hablarle sobre mi situación. Me dijo que esa decisión del Maestro ya no era válida. SeguÃa inscrito en la materia por lo que presentara el trabajo y serÃa evaluado al igual que todos. Silvia se acercó conmigo e hizo la misma pregunta. La respuesta fue la misma. Ese dÃa ono salimos muy contentos de la Universidad. No podÃamos creer la forma tan sencilla como se resolvió nuestro problema con esa materia. Aunque tenÃa un presentimiento que me molestaba mucho. Le pregunté a Silvia si todo serÃa consecuencia del ritual que hicimos. Ella me respondió que lo más probable era que sÃ. De ahora en adelante podÃamos hacer lo que quisiéramos. La interrumpà diciéndole que las cosas no serÃan asà de sencillas. TenÃa miedo de que tuviera un costo muy alto, pero ella no me hizo caso. Estaba tan contenta por haber solucionado su problema que no querÃa saber más del asunto. Después de la escuela me fui a la librerÃa. Iba pensativo y preocupado. Cuando llegué a la calle donceles y pasé por el portón de madera que tenÃa. Los rostros de hombres me parecieron más tenebrosos. Me quedé viéndolos por unos instantes. De repente vi como si uno de ellos gesticulaba. Me dio tanto miedo que me fui con rapidez. No salÃa a la de mi asombro. Cuando sonó el teléfono, al responder era la voz de mi mamá. Se escuchaba preocupada. Me dijo que mi padre habÃa tenido un derrame cerebral. Me estaba llamando del hospital. Me dijo que, en cuanto fuera posible, me fuera a cuidar a mis hermanas porque las habÃa dejado solas. Me sentà desesperado. No sabÃa qué hacer. Le marqué por teléfono a Antonio sin conseguir respuesta. Lo único que se me ocurrió fue cerrar la librerÃa y marcharme estaba en esa disyuntiva. Cuando entró el mismo hombre extraño con la misma sonrisa siniestra sin ningún preámbulo, me dijo que todo tenÃa un costo. Me encontraba por detrás del mostrador. Cuando fui a su encuentro, el hombre salió del local. Quise ir detrás de él para preguntarle qué estaba sucediendo, pero ya no lo vi en la calle. Lo único que se me ocurrió fue a hablarle a Silvia. Ella respondió mi llamada le dije lo que estaba ocurriendo. Ella me dijo que también en su casa estaban sucediendo cosas extrañas. Su madre se encontraba bien, pero uno de sus hermanos habÃa convulsionado. Era la primera vez que le sucedÃa. Su papá se habÃa ido a llevarlo al hospital, cuando los dos entendimos que lo más probable era que tenÃa consecuencia lo que habÃamos hecho. Ella me preguntó qué Ãbamos a hacer. Le dije que viniera al local. Ahà buscarÃamos una solución. Silvia llegó casi cuando iba a cerrar la librerÃa. Lo único que se me ocurrió hacer fue ir a unos de los establecimientos cercanos en los que leÃan cartas de tarot y la suerte, el lugar estaba a punto de cerrar, pero la encargada me conocÃa porque nos veÃamos con frecuencia. Ella se sonrió cuando me vio, pero de pronto cambió su expresión. Su rostro se transformó de una manera cortante. Me preguntó qué querÃamos. Le dije que no sabÃamos qué hacer. Nos estaban ocurriendo cosas extrañas. Ella me interrumpió. Me dijo que sintió una energÃa muy pesada. En cuanto nos vio, habÃa una aura negativa que serÃa estaba a mi lado y también con Silvia. Me preguntó qué habÃamos hecho. Le contamos todo. Cuando terminamos de relatar lo que pasaba nuevamente se portó amable. Nos dijo que habÃamos abierto por tales. Ella también conocÃa el Libro de San Cipriano. Su conocimiento se lo habÃa pasado su madre, pero no era algo tan sencillo como una receta de cocina y ponerla en práctica. HabÃa que saber de las ciencias ocultas para no dejar esos portales abiertos y que entraran entres oscuros. Le pregunté si nos podrÃa ayudar ella. Me respondió que iba a hacer todo lo posible por ayudarnos nos dijo que ya era tarde. Al dÃa siguiente lo harÃamos sacó del estante dos amuletos de protección. Nos dijo que estuviéramos con ellos mientras trataba de alejar a esos entes siniestros de nuestras vidas, asà como cerrar los portales, pero que tuviéramos mucho cuidado. Jamás volviéramos a usar el Libro Maldito. Aquella noche, cuando llegué a mi casa y mi s s rras hermanas estaban con hambre, les preparé algo para que comieran el teléfono. Sonó era mi madre. Me dijo que mi padre estaba en terapia intensiva, pero habÃa probabilidades de que saliera de su estado de gravedad. Cuando entré al hospital y vi a mi madre desconsolada, me sentÃa muy mal, no sólo por la gravedad de mi padre, sino porque creÃa que era el responsable de lo que le habÃa ocurrido. Dejé a mi madre para irme con mis hermanas. No les dije nada sobre papá les pedà que se bañaran y después se fueran a descansar. No podÃa dormir me. Fui a la sala para distraerme con la televisión. Le marqué a Silvia, aunque eran más de las doce de la noche. Pensé que también ella podrÃa estar despierta de inmediato. Respondió a mi llamado. Me dijo que tampoco podÃa dormir. Su hermano. Afortunadamente, se encontraba bien, ya habÃa regresado del hospital, pero su madre tenÃa comportamientos extraños. Se sentaba sobre su cama a platicar como si estuviera una persona a su lado, pero no habÃa nadie decÃa que ella la acompañaba todo el tiempo. Le daba miedo estar cerca de su mamá porque comenzaba a hablar de lugares que nunca habÃan visitado y demás cosas extrañas. Mientras hablaba por teléfono con mi amiga, empecé a sentir como si alguien me estuviera respirando por atrás. Me volteé de inmediato sin poder ver a nadie. Luego escuché que unos botes de plástico caÃan del fregadero. Me asomé a la cocina sin saber qué habÃa sucedido aquella noche. La pasamos muy mal. También Silvia me dijo que tuvo sucesos extraños. Los dos estábamos seguros de que todo habÃa sido consecuencias de lo que habÃamos hecho. Fueron dÃas terribles por la gravedad de mi papá y más sucesos extraños que siguieron pasando en mi casa y en la de Silvia. En cuanto me fue posible, fuimos de nuevo con la vidente. Ella hizo unos rituales extraños de protección y de cierre de portales. Nos dijo que lo que hicimos fue imprudente, pero que tratarÃa de ayudarnos. Fueron varias sesiones a las que acudimos con ella. Después de la última sesión, acompañé a Silvia a la parada del camión. Después me fui caminando rumbo a mi casa. Mientras iba por las calles oscuras, escuché unos pasos detrás al voltear vi a lo lejos a aquel hombre extraño que me visitó en la librerÃa. Sentà una brisa frÃa que recorrÃa por mi cuerpo. Me volteé y me detuve. TenÃa mucho miedo, pero sabÃa que no podÃa huir. El hombre también se detuvo. Se me quedó viendo sonriendo, igual que siempre. Después se marchó. No supe realmente de quién se trataba, pero imagino que era un ser oscuro jamás volvà a abrir el Libro de San Cipriano, relatos escritos y adaptados por Adriana Cuevas








