El Espíritu de la Muelona Historias De Terror - REDE

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El espÃritu de la muelona. En aquella época trabajaba en una asociación independiente que no tenÃa finalidad de lucro. Los servicios que ofrecÃa eran la atención al migrante que estaba de paso. En Guadalajara se les daba servicio de comedor, hospedaje, asesorÃa jurÃdica y un acompañamiento integral. Esta asociación surgió al ver la necesidad de las personas migrantes que llegaban a la ciudad, aunque su estancia sólo era de paso. Algunas se quedaban más tiempo de lo que pensaban. Intentaban irse en el tren de carga o, como la mayorÃa lo llamaba, en la bestia hacia su objetivo principal llegar a la frontera norte y cruzar hacia Estados Unidos. Antes de que entrara a trabajar en esta organización. En mi etapa de estudiante tomaba un camión para llegar a la universidad, que pasaba por las vÃas del ferrocarril por la calle de Enrique DÃaz de León. En ese lugar se alojaban personas migrantes en situación de calle. HabÃa ocasiones en las que me tocaba ver a esa gente cuando se subÃan al tren en la parte alta de los vagones de carga que iba a Nogales y Mexicali. En ocasiones se iba lleno de migrantes. Sin embargo, no todos los migrantes se iban de inmediato de la ciudad. Algunos se quedaban por más tiempo permanecÃan en la calle. Precisamente para este tipo de personas iba dirigido el servicio que la asociación ofrecÃa. La organización se llamaba el refugio. Estaba ubicada en el Cerro del Cuatro, en el municipio de Tlaquepaque. Por lo regular, mi trabajo era dentro de las instalaciones, aunque habÃa ocasiones en las que Ãbamos a las vÃas del ferrocarril a llevarle a los migrantes lonches y cobijas. No era grato ver las condiciones en las que se encontraban. Casi siempre eran hombres jóvenes. Una vez me tocó ver a una pareja joven con l un bebé en brazos. La muchacha se me acercó para pedirme medicina para el pequeño. Me dijo que tenÃa fiebre. Le comenté que era mejor que fueran al refugio. El médico de la asociación revisarÃa al niño y le darÃa la medicina adecuada. Ella no me respondió. Volteó a ver a su pareja el de inmediato dijo que no. No entendà por qué el hombre se negaba a ir al albergue. Aunque no quise forzar la situación. Les dejé una tarjeta con los datos del lugar en caso de que cambiaran de opinión y me retiré con mi compañero de trabajo. Cuando llegué al centro de trabajo, le comenté a mi coordinadora lo que habÃa sucedido con la pareja y el pequeño. Ella me dijo que al dÃa siguiente era necesario regresar con ellos para cuidar el bienestar del niño. Por lo regular no Ãbamos a buscar a los migrantes, pero en esta ocasión era distinto. Tuve intención de ir al dÃa siguiente a las vÃas del tren, pero la carga laboral no me lo permitió. Dos dÃas después regresé con mi compañero de trabajo. Ahà estaba la mujer con su niño en peor estado. Me dijo que se llamaba Rebeca ella se encontraba sumamente ansiosa y desesperada. Le pregunté qué le ocurrÃa. Me respondió que su esposo habÃa desaparecido el dÃa que fuimos. Esa fue la última vez que lo vio. Se acostaron a dormir él, se levantó a hacer del baño y jamás regresó. Lo primero en que pensé fue que se lo habÃan llevado los del cártel para obligarlo a trabajar con ellos. No creà que se tratara de un intento de robo, porque no tenÃa ninguna posesión de valor. Le sugerÃa Rebeca que se fuera con nosotros al refugio. En un inicio se negó. Me dijo que no querÃa irse del lugar por si su esposo regresaba, querÃa que la encontrara en donde la dejó. Le dije que lo hiciera por su hijo, el pequeño. Estaba muy mal. Rebeca no me respondió. Volteaba hacia todos lados. Pensé que intentaba encontrar a su pareja. Sin embargo, no fue asÃ. Me dijo que se irÃa conmigo, pero no querÃa que la muelona la viera. Pensé que se referÃa a otra mujer migrante. Cuando me comentó que probablemente ella se llevó a su marido y si se daba cuenta a dónde iba, también la seguirÃa. Entendà que se referÃa a alguien más. No le pregunté de quién se trataba. Lo importante era que habÃa aceptado ir al refugio para que atendieran a su bebé. Cuando llegamos a la asociación, el niño estaba muy mal. El médico lo revisó de inmediato. Dijo que la infección en la garganta se le habÃa pasado hasta los pulmones. Fue necesario internarlo en el hospital. El refugio tenÃa convenio con ese lugar. Rebecca no se separó de su hijo todo el tiempo estuvo en el hospital. Cuando dieron de alta al niño, ellos regresaron al refugio. En cuanto me vio, se acercó para decirme que la moelona la estaba buscando. No la pudo ver, pero sà la escuchó con claridad. Me dijo que dura. Durante las dos noches que estuvo en el hospital, la oyó con su graznido perturbador. Aproveché su comentario para preguntarle a quién se referÃa. Me dijo que era el alma errante de una mujer que murió en manos de su esposo. Ãl la mató a golpes y que su alma no ha podido descansar. Ella iba detrás de los hombres que lastimaban a sus esposas. Por eso su esposo desapareció porque ella se lo habÃa llevado o pudo haberlo matado porque se comÃa a los hombres que tenÃa cautivos. Cuando Rebeca me dijo quién era la muelona, no le di ningún crédito a sus palabras, pero tampoco le hice ningún comentario. Ella era de origen colombiano y sabÃa que las creencias eran distintas en cada paÃs. No le creÃa absolutamente nada, pero respeté su punto de vista. Rebeca se querÃa ir de inmediato a las vÃas del ferrocarril. Le comenté que no era prudente. El pequeño aún estaba frágil y cualquier recaÃda podÃa ser fatal. Aceptó no muy convencida, aunque sabÃa que tenÃa razón. Le dije que ese dÃa me correspondÃa llevar de comer a las personas de ese lugar. BuscarÃa a su esposo y le preguntarÃa a la gente si acaso lo habÃan visto. Ella se quedó tranquila. Me dijo que entonces sÃ. Se quedarÃa dentro del albergue. Esa tarde fui a llevar de comer a los migrantes en cuanto ellos veÃan la camioneta de inmediato se acercaban sabÃan a lo que Ãbamos. No fue necesario que les preguntara por el paradero del esposo de Rebeca. Uno de los migrantes se acercó conmigo. Me preguntó qué sabÃa de Rebeca. Le respondà que se encontraba en el refugio junto con su hijo, el hombre. Me dijo que ya tenÃa razones del esposo de ella. Lo encontraron en las vÃas que estaban por la calle Inglaterra. En ese lugar habÃa una colonia que le llamaban pueblo quieto que de quieto no tenÃa nada. Ahà encontraban muertos y sucedÃan atentados. Con frecuencia el cuerpo del esposo de Rebeca estaba destrozado. Le pregunté si acaso sabÃa en qué estaba involucrado el hombre, porque, de acuerdo a la forma en que lo encontraron, parecÃa que se trataba de un ajuste de cuentas traté de investigar un poco más sobre la muerte del migrante, pero curiosamente, no encontré ningún tipo de información como si nada hubiera sucedido. Le comenté a Pepe, mi compañero de trabajo, que no era posible que esas personas, por no ser ciudadanos mexicanos, no les importaba a las autoridades lo que ocurrÃa con ellos, porque no me fue posible saber el paradero de su cadáver. Todo quedó en completo silencio. Cuando llegué con Rebecca, no sabÃa cómo le iba a decir lo que sabÃa de su esposo. Ella en cuanto me vio de inmediato me abordó no hizo otra cosa que preguntar por él. No tuve otra opción que decirle la verdad. Creà que se iba a poner muy mal. SÃ, se notó que le dolió, pero no tanto como lo esperaba. Con tristeza me dijo que sólo le faltaba tener la certeza de que él estaba muerto. Le pregunté por qué creÃa eso. Ella ya me respondió lo que ya me habÃa dicho, que escuchó a la muelona, que daba un grito despavorido. Esta vez le pedà que me contara un poco de ella, porque dentro de la cultura popular de México, ese ser no existÃa. Rebeca me dijo que me contarÃa la historia de la muelona, pero que tenÃa que ser en un lugar apartado, porque tenÃa miedo de que ella escuchara el relato y entonces sà podrÃa lastimarla. Nos sentamos en una banca de los pasillos de la Fundación Rebeca. Antes de comenzar a contar me volteó hacia todos lados. Me dijo que cuando la muelona tenÃa vida, fue una mujer que existió en la época de la Colonia en Colombia, Era una mujer muy bonita que se dedicaba a leer la suerte en las lÃneas de la mano, hacÃa amarres o desbarataba matrimonios, daba soluciones a todas las consultas amorosas que tenÃa. Por eso, en aquella época se le puso el nombre de la maga. Su negocio fue prosperando a tal grado que pudo comprar una casa grande y a hacer un lugar de diversión en el que sucedÃan todo tipo de perversiones. En ese sitio pasaron muchas jóvenes que no querÃan ser madres, porque también tenÃa conocimiento de herbolaria, por lo que pudo ayudar a esas mujeres. Después de ellas se quedaban a trabajar en la casa de diversión. Fue una mujer que hizo mucho daño a las familias. Aunque habÃa una particularidad de la maga, no soportaba que un hombre sobrio o en estado de embriaguez, golpeara o maltratar a alguna mujer. En cuanto a alguna de las muchachas, le decÃa que un hombre la habÃa tratado mal. Ella de inmediato mandaba golpear a ese hombre y le prohibÃa el acceso a su casa. También cuando los hombres estaban borrachos y comenzaban a hacer fechorÃas, lo sacaba de su vivienda. Asà estuvo durante un buen tiempo, pero un dÃa amaneció muerta en su cama. Se dieron cuenta de que algo no andaba bien, porque la casa se llenó de un olor putrefacto olÃa tan feo que fue en l necesario taparse la boca y la nariz con un pañuelo. Una de sus empleadas fue a la habitación de la maga. Fue cuando se dieron cuenta de que ella habÃa muerto. Todas las personas que estaban dentro de la casa de diversión se salieron asqueados por el olor y la noticia. Sólo se quedó con ella una muchacha de su confianza. Ella dijo que vio cuando el espÃritu de la maga salió de su cuerpo y se perdió en la oscuridad de la noche. A partir de la muerte de la maga, comenzaron a encontrarse hombres muertos en las calles. AparecÃan muertos por la mañana completamente destrozados, como si una fiera los hubiera atacado en un inicio. Pensaron que se trataba de un animal salvaje, pero hubo una vez que un hombre pudo escapar del ataque de la maga. Ese hombre contó que era esa mujer la que se les aparecÃa. SeguÃa igual de bella, sólo que contaba con dientes grandes y afilados como si fueran de un animal, por lo que después le empezar rann a decir la muelona cualquier hombre borracho que quisiera golpear a su esposa que fuera apostador o maldito. La muelona se encargaba de él. No sólo le quitaba la vida, sino que lo devoraba. En el mejor de los casos, dejaba destrozado el cuerpo y se marchaba. Después que Rebeca terminó de contarme esa historia. Por demás, extraña le dije que no tenÃa por qué preocuparse. Esa mujer se habÃa quedado en su paÃs porque formaba parte de las creencias de allá, Pero ella no me dejó terminar. Me dijo que ya habÃa escuchado su grito perturbador. Por eso estaba segura de que estaba en México. Incluso me aseguró que ella habÃa matado a su esposo. Le pregunté por qué estaba tan segura. Casi llorando, me dijo que su esposo la maltrataba mucho. Se enojaba de todo con ella en ocasiones conseguÃa comida, pero sólo él se la comÃa. Lo peor ocurrió la noche anterior que fui por ella. Aquella vez. Ãl estaba muy en or porque el pequeño no dejaba de llorar. Se puso a golpearla. Ella me mostró los golpes que tenÃa en la espalda y en los brazos. TodavÃa él estaba remetiendo en su contra. Cuando escuchó un grito y el crujir de huesos. Ella le dijo a su esposo que dejara de golpearla. Si no la muelona, le harÃa daño, pero él solo se rió de rebeca. Continuó golpeándola. Después la dejó tirada en el piso. Se fue a otro lado de las vÃas. Después ya no volvió a saber nada de él. Ya no seguà platicando con ella porque Pepe me dijo que tenÃa que continuar con el trabajo. Dejé a Rebeca en el albergue y me fui con mi compañero a hacer unas diligencias. Mientras Ãbamos en la camioneta, él me preguntó cómo se habÃa tomado Rebeca la muerte de su esposo. Le dije que muy bien, porque era un hombre que la maltrataba mucho. Creo que estaba mejor en el albergue que con él. Por la tarde que regresé al refugio, le pregunté a la coordinadora qué Ãbamos a hacer con Rebés. Ella, sin haberse involucrado en el caso de Rebeca, dijo que regresarla con su familia a Colombia. No quise decirle que no estaba de acuerdo. Me fui directo a hablar con ella. Le pregunté qué pensaba hacer ahora que ya no tenÃa pareja. Ella me respondió que no estaba entre sus planes regresar a Colombia porque su familia no le brindaba ningún tipo de apoyo. Le dije que realizarÃa las gestiones necesarias para que se quedara en México, al menos durante un tiempo en lo que decidÃa qué querÃa hacer. Rebeca estuvo de acuerdo. Dentro del albergue se necesitaba una persona para aseo de las instalaciones. Le dimos trabajo, alojamiento apoyo médico para su hijo. Rebeca se fue adaptando a su nueva forma de vida dentro del refugio. Por las tardes, ella estaba libre. Empezó a salir a conocer la colonia. Ella decÃa que se parecÃa mucho donde ella vivÃa Desde el lugar en el que se encontraba el refugio. Era posible ver la ciudad porque las instalaciones se encontraban en lo alto del cerro. Recuerdo que en una de esas ocasiones en las que Rebecca salió al parque con su hijo. Regresó muy alterada. Llegó dando golpes muy fuertes en la puerta de la entrada. SalÃa a abrirle sin esperar a que me hiciera a un lado. Me aventó. Me dijo que cerrara la puerta. Le pregunté qué le sucedÃa. Pensé que serÃa algún ladrón que la habÃa perseguido. Era muy común por esa zona que los jóvenes con adicciones asaltaran preferentemente a las mujeres porque eran un blanco más fácil rebeca. Ni siquiera me pudo decir que le ocurrÃa porque empezaron a tocar en la puerta con golpes suaves. Ella gritó. Me dijo que no abriera la puerta, por supuesto que no lo iba a hacer. Le dije que se calmara en el albergue. Estábamos seguras. Ella me respondió que no, porque la habÃa encontrado la muelona. Nuevamente dieron tres golpes en la puerta, pero ahora un poco más fuertes. Por tercera vez tocaron a la puerta, pero con más intensidad. Aunque tenÃa la preparación para atender a personas en momentos de crisis, no lograba entender qué le sucedÃa. A Rebeca le dije que se tranquilizara. No iba a abrir la puerta, asà que nadie iba a entrar al albergue. Mi compañero se acercó para ver qué sucedÃa. Le dije que Rebeca estaba en una crisis, que le hablara al médico para que nos dijera que tranquilizante darle de pronto comenzó un olor penetrante. OlÃa a caño. Fui a revisar el resumidero del patio porque pensé que de ahà provenÃa el olor. Lo tapé con un tapete de plástico, pero el olor empezó a ser más fuerte. Rebeca volvió a decir que era la muelona la que tenÃa ese olor tan horrible. Pepe preguntó a quién se referÃa. Le respondà que era parte de una leyenda popular del paÃs del que provenÃa. Rebecca no habÃa terminado de responder. Cuando vi a una mujer con cabello ondulado y largo, su rostro aún alcanzaba a reflejar un poco de lo bella que fue, pero tenÃa una sonrisa macabra que mostraba una dentadura fin los. Cuando la vi me quedé paralizada sin saber qué hacer. Para ese momento ya habÃa oscurecido. No la podÃa ver con claridad. La mujer se limitó a sonreÃr de una forma macabra. Le grité a Pepe que corriera a la oficina. Los tres nos fuimos corriendo y cerramos la puerta con llave, aunque sabÃamos que eso no iba a detener al espÃritu que ya habÃa logrado entrar al albergue. Fueron minutos que se sintieron tan largos porque oÃamos cuando la mujer emitÃa un alarido y el tronar de los huesos. Cada vez lo oÃamos más cerca les dije que se agacharan para que ella no nos viera. Ella se fue de largo y se dejó de escuchar. No quisimos salir en ese momento. Nos esperamos hasta creer que ya estábamos seguros. Pepe fue el primero en preguntarle a Rebeca quién era ella y por qué la seguÃa, porque él tenÃa trabajando dentro del albergue desde sus inicios y nunca habÃa ocurrido algo semejante. Creo que a Rebeca no le quedó más remedio que decirnos la verdad. Ella se puso a llorar entre lágrimas. Nos dijo que en Colombia se habÃa ido a vivir con su pareja porque su tÃa la maltrataba mucho. No querÃa vivir con ella. La única opción que encontró fue dejarla e irse con ese hombre, pero que tampoco la trataba bien. Cuando él supo que estaba embarazada, la golpeó para que abortara, porque él tenÃa intenciones de irse a vivir a Estados Unidos y un bebé sólo complicaba sus planes. Rebeca intentó de todo para que ese niño no naciera, porque sabÃa que iba a vivir en condiciones iguales o peores a la de ella. Fue con una curandera para que la ayudara a no tener a su hijo. La curandera le dio un remedio que no funcionó. Cuando fue de nuevo con ella para decirle que no habÃa servido, le dijo que la única manera que su remedio surtiera efecto, era pedirle el favor a la muelona, porque ella fue la mejor curandera de la antigüedad. Sin saber lo que la bruja realmente iba a hacer. Le dijo que sÃ. Cuando empezó a hacer el él ritual comenzó a oler muy feo, asà como olió cuando la muelona tocaba a la puerta la curandera. Lo que hizo fue consagrar el hijo que Rebeca esperaba a la muelona para que ella se lo llevara antes de nacer. De esa manera lograrÃa interrumpir el embarazo de Rebeca. Después que terminó su trabajo, le dijo que todo serÃa cuestión de tiempo que tuviera paciencia. Pero en aquella época su pareja le dijo que se iba a venir a México para tratar de cruzar la frontera. Rebecca no querÃa venirse. Aunque no tenÃa muchas opciones. Se vino embarazada a México. Ella pensó que por haber salido de su paÃs, el ritual desaparecÃa. Por eso su niño habÃa nacido, pero al poco tiempo que nació su hijo, la muelona empezó a buscarla esperando su recompensa. Por lo regular, ella no atacaba ni a niños ni a mujeres embarazadas. Su misión eran los hombres desordenados, pero quizás esperaba su recompensa, ya que nunca fue madre. TodavÃa se me hacÃa mentira a todo lo que Rebeca me dijo, pero qué más evidencia querÃa si acababa de presenciar que esa mujer sà existÃa. Se hizo de noche Ãbamos a dejar a Rebeca junto con otras migrantes, pero ella se puso histérica. Nos dijo que no la podÃamos dejar ahà sola. La muelona iba a regresar y se iba a llevar a su pequeño llorando nos pidió que nos quedáramos. No se me hacÃa justo tener que permanecer en el albergue, pero tampoco tenÃa obligaciones en mi casa. Le avisé a mis padres para decirles que no irÃa a dormir me quedarÃa en el albergue. Pepe hizo lo mismo. Nos quedamos los tres en una habitación. HabÃa varias camas desocupadas. La noche transcurrió sin ninguna novedad a cada rato despertaba y me fijaba por la ventana, pero no veÃa a nadie. Tampoco escuché el grito perturbador. Durante la madrugada me quedé profundamente dormida. No sé por cuánto tiempo me dormÃ, pero me despertó un olor fétido. Cuando abrà los ojos, Pepe estaba inconsciente y me r a r que a él para auxiliarlo. Me dijo que la habÃa visto, pero que sólo lo golpeó. Rebeca me dijo que ella no se iba a quedar en un lugar en el que la moelona la iba a encontrar. Me pidió que la ayudara a regresar a su paÃs, por más que le dije que serÃa lo mismo allá. Ella no desistió de su decisión. La organización la apoyó con los gastos para que se regresara. En pocos dÃas ella se marchó del albergue. Fue muy extraño que a partir que Rebecca se fue, no volvà a ver a la molona más que creer en ella pensé que se podÃa tratar de la llorona. Por ese motivo, ella buscaba al hijo de Rebeca, pero la verdad nunca lo supe Dejé de ser una persona escéptica y empecé a creer que existÃa un mundo inmaterial que no podemos ver, pero que está presente. Relato escrito y adaptado por Adriana Cuevas








