Sept. 14, 2023

El Duende Y El Brujo Historias De Terror - REDE

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El brujo y el duende. Siempre he creído que en los lugares más inhóspitos del mundo se esconden seres ancestrales, incluso más antiguos, que el ser humano. Esto no quiere decir que nos odien o que de manera natural nos quieran hacer daño, sino más bien son indiferentes. En cambio, el ser humano siempre ha intentado sacar provecho a todo aquello que desconoce, siempre que pueda tener ventaja sobre algo, sobre todo si es por avaricia o por simple poder. Desde hace más de veinte años vivo en Canadá. Hace algunos años, cuando recién llegué a este país muy contratado para dar mantenimiento a una casa de campo en un poblado dentro de un bosque muy alejado de toda ciudad, Siempre he sentido especial atracción por la naturaleza y como la paga era mucho mejor que en la empresa en la que trabajaba. No dudé en aceptar el trabajo. Soy originario de nuevo León, lugar donde crecí escuchando historias sobre brujas, fantasmas y otro tipo de seres sobrenaturales. De quien más escuché este tipo de historias fue de parte de mi abuela Paterna, pues ella era el tipo de persona que realizaba limpias y lectura de cartas. Siempre le creía a mi abuela, pues me tocó en más de una ocasión mirar cómo realizaba sus rituales de limpia y cómo, de repente, se desencadenaban fuerzas oscuras en su casa. Se me quedó muy grabado. Una vez que vi como un hombrecillo le salía de la cabeza a una niña pequeña. Era una criatura bastante aterradora de piel arrugada y como con escamas siendo sus ojos los más aterradores, pues mostraban un color negro completamente que reflejaba puro, vacío y maldad. Aquel episodio terminó con la abuela lanzando agua bendita y acorralando al lente frente a un crucifijo gigante que colgaba junto a la puerta. Mi abuela prácticamente me crió esto a causa de que mi madre está en la cárcel por una cuestión que me avergüenza decirlo abiertamente. El caso es que desde muy chico se me negaron varias oportunidades y es que mi abuela hizo todo lo que pudo por mí y aún así a veces por diversas circunstancias, no pudimos avanzar económicamente. Entonces conocí un programa que ofrecía trabajo en Canadá y no dudé en aprovecharlo, pues allá haría dos cosas en las que soy bueno hablando inglés y realizando trabajos de carpintería. Mi abuela no quería que me fuera. Incluso intentó hacer que mis tíos me desanimaran de irme, pero nada logró detenerme. Ya cuando pude mandarle dinero a mi abuela, ella me pidió que la disculpara pues sabía que era capaz de hacer lo que me propusiera y estando allá, lograría al fin salir adelante a los seis meses. Conocía a una fuera familia nativa de Canadá. El padre de familia me ofreció trabajar un fin de semana en su casa de campo, que se ubica en un poblado dentro del bosque. Era un lugar hermoso con unas pocas casas. Creo que en total serían unas nueve viviendas y casi todas formaban una hilera. De estas sólo unas cuatro estarían ocupadas. La mayoría, al igual que la persona que me contrató eran usadas sólo para días de descanso con el tiempo. Algo ocurrió en la familia de este señor que tuvo que viajar a otra ciudad junto a su familia. Para esto me ofreció trabajar enteramente para él, quedándome indefinidamente en su casa del bosque en Columbia Británica, propuesta que no pude rechazar, pues el salario era mucho mejor y el trabajo menor. El trabajo era simple mantener limpia la casa y cuidar las hortalizas que cultivaban el jardín. Hablé con la empresa que por ese entonces me estaban tras sí la ciudadanía. Si de algo no me puedo quejar, es de que esta empresa se comportó de una manera muy humana y me extendieron el permiso de seis meses, que sería el tiempo que cuidaría la casa de Simons. Luego de esos seis meses regresaría a trabajar con ellos. Simons me dejó un par de recomendaciones, de entre las cuales dos me parecieron bastante extrañas. Una era mantener la distancia con cierto vecino noruego, que decía era un ermitaño que realizaba ciertas prácticas que podrían parecerme desagradables y que, en caso de que escuchar el sonido de un cascabel, me encerrara en una habitación que llamaban cuarto de pánico, que no era otra cosa que un pequeño espacio entre dos habitaciones donde tenían diversas imágenes religiosas. Esto último me dejó un poco perplejo. Sin embargo, al ver que su cara era como de risa, no le tomé importancia. A veces bromeábamos en inglés hasta cerca de qué nos asustaría de un momento a otro. Así que deduje que intentaba asustarme a manera de broma. No obstante, bastó con que me topara en una ocasión con el vecino del que hablaba para darme cuenta que su recomendación era muy acertada, pues este sujeto era realmente extraño a tal punto que hoy en día me preguntó si en verdad era un ser humano y no una especie de demonio habitando la piel de alguien más. Era muy alto. Creo que hasta el día de hoy es la persona más alta que he visto y eso que yo no soy bajito ni de un metro ochenta y cinco. Sus facciones eran bastante fuertes e iba vestido de una manera peculiar. De vez en cuando se le veía con una especie de hábito como el que usan los monjes, no era que le hablara mucho, pero de vez en cuando venía a la casa a saludar, sentía un poco de pena de ser maleducado y no saludar un día. Incluso me dio una rebanada de pastel de calabaza y a partir de entonces comencé a notar ciertas cosas raras en la casa, sobre todo en la huerta lugar, donde distinguía unos pequeños seres que al principio pensé que se trataba de un pequeño roedor, pero pronto me di cuenta que no se trataba de un animal. Estaba atendiendo el regadío. En eso vi una sombra que avanzó rápidamente entre dos goles. Seguí este movimiento con los ojos hasta que se detuvo. Entonces lo vi era un ser pequeñito de no más de metro y medio. Iba vestido con ropas hechas jirones, llevaba un pequeño sombrero de punta y tenía barba. Sabía que no se trataba de un ser humano. No había manera posible de que lo fuera. La criatura me volvió a ver y me saludó mientras hacía una mueca grotesca. Después se pasó el dedo anular por la cara como advirtiéndome que me mataría. Corrí entonces hasta la casa y me refugié en la habitación del pánico. Allí dentro sólo escuchaba el sonido de varios cascabeles y risas demoníacas. No sé cuánto tiempo habrá durado ese fenómeno, Posiblemente algunos segundos, aunque a mí me parecieron una eternidad. Ya no me atreví a regresar a la hortaliza. Esa veas sólo cerré las llaves de agua y continué con la limpieza dentro de la casa. Esa noche comencé a notar que el vecino estaba parado afuera de la casa. Llevaba consigo una especie de flauta que, después de tocarla, miles de cascabeles le respondían sentí mucho miedo y me quedé rezando toda la noche. Era obvio que ese sujeto era un brujo y de alguna manera estaba relacionado con el ser que vi en el jardín. Me comencé a sentir mal, pues una fiebre se apoderó de mí. Recuerdo que pasé dos días postrado en cama. Tomé algunos medicamentos del botiquín de Simons, pero la fiebre sólo se me quitaba por momentos y cuando más fuerte era deliraba. Escuchaba los cascabeles y sentía como si esa maldita criatura me bailara en el pecho. Estuve a punto de irme a la ciudad cuando mi estado de salud mejoró de repente. En ese momento se me ocurrió llamar a mi abuela, a quien, por lo regular le hablaba cada semana para saber cómo estaba. Después de contarle mi historia, me dijo que azara a Chiles en la estufa esto para alejar al duende de la casa, pero que estuviera atento, pues el hombre en cuestión era un brujo de los más fuertes. Ella ya lo había visto en espíritu, así que necesitaba toda la protección posible que ella ya estaba trabajando desde su casa para pelear en espíritu con ese hombre maligno, como no estaba seguro de si el duende pudiera entrar a la casa. Hace chiles tanto en el asador del patio como en la cocina. Esto funcionó de maravilla hasta que una noche escuché unos gritos de agonía proveniente de la huerta de hortalizas. Encendí rápidamente las luminarias y ante mis ojos miré un espectáculo aterrador afuera en fila al menos media docena de mapaches y otros animales caminaban en dos patas. Parecían acechar algo detrás. No alcancé a ver bien debido al número de animales y oscuridad, pero deduje que los animales atacaban a esa criatura mascota del brujo, pues los chillidos parecían entre humanos y animalescos no se me ocurrió otra cosa que ponerme a rezar ante tan macabro espectáculo. A la mañana siguiente encontré un par de mapaches muertos parecían haber sido atacados con una especie de cuchillo. Estaba limpiando la hortaliza. Cuando escuché al vecino, gritar de dolor, corría asomarme por la puerta. Ahí estaba ese hombre con una vestimenta aún más extraña y cargaba un pequeño cuerpo entre sus brazos. Por un segundo alcancé a ver aquello que cargaba con él era el cuerpo de ese duende. Tenía marcas horribles en el cuerpo, muy probablemente hechas por el enfrentamiento que tuvo con los mapaches. A partir de ese momento, el vecino mévitó incluso terminó por mudarse en la casa. Ya no ocurrieron cosas raras. Pienso que mi abuela fue quien provocó que aquellos animales me defendieran. No sé este tipo de situaciones son tan extrañas que es muy difícil encontrarles una explicación racional. Le conté lo ocurrido a Symons, que me pidió de favor no decirle nada a su esposa, pues ella era bastante nerviosa y si se enteraba ya no querría pasar una noche en esa casa del bosque. Yo regresé a mi antiguo empleo y conseguí mudarme con una chica nativa canadiense. Hace poco, justo cuando me iba a olvidar de ese aterrador evento, caminaba por un parque de noche. En eso escucho como alguien me hable en español, yo identifiqué de inmediato de dónde venía esa voz sentado sobre una rama vestidos de manera peculiar. Estaba un duende que al verme se echó a reír corrí a mi casa, pues sentí como si ese ser supiera todo lo que me había ocurrido. Pensé que de nuevo estaría experimentando cosas aterradoras, pero no hasta la fecha. Ha sido la última vez que lo he visto el cadáver del duende. Soy inspector de choferrez del servicio de recolección de Basura en Santiago, Chile. A lo largo de mi carrera he ido recopilando algunas anécdotas interesantes, pero ninguna como la que estoy por relatar. Todo comenzó cuando Recién fui promovido a supervisor. Anteriormente era un simple chofer. Más nunca dejé de estudiar y al ver la oportunidad pude llegar a un cargo mayor. Fue precisamente durante un cambio de gobierno que retiraron la base del municipio al que pertenezco y la trasladaron a un terreno desocupado muy largo cerca de una zona industrial que quedaba cercana a mi hogar. Fue fortuito este cambio, pues no sólo estaba ganando un mejor sueldo, sino que ahorraba en el transporte. Ahora bien, antes de continuar el relato, me gustaría explicar cómo estaba distribuida. La zona era totalmente abierta, dividida sólo por unas marcas de pintura. En un lugar estaban las casetas como en la que yo trabajaba. Todo el terreno estaba cercado con malla de acero y afuera siempre habían varias personas vendiendo comida. Yo comenzaba a trabajar desde muy temprano, prácticamente a las cuatro de la madrugada ya estaba en mi caseta recibiendo los choferes que saldrían a realizar el servicio. Por lo regular, primero llego y compro un litro de café que tomo durante el día. Si mal no me equivoco. Fue un día jueves cuando uno uno de ns los camiones no ingresó a su hora y al poco rato me indicaron que los muchachos que lo traían se habían accidentado en una curva de camino. Mandamos a traer el camión con una de las grúas que usamos para remolcar. El chofer y otro trabajador terminaron en el hospital, mientras que otros dos sí llegaron conmigo. Traían consigo una caja muy curiosa. Parecía un pequeño ataúd venía cerrado con una cadena y dos candados a ambos lados. Mostraba varios símbolos cercanos de inmediato. Los identificamos con la práctica de magia negra me dijeron que encontraron la caja frente a una casa antigua del centro. Estaba en el bote de basura, junto a varios candelabros y otras cosas de metal mismas que habían repartido entre ellos, pero que la caja les daba curiosidad y querían abrirla. Yo traté de persuadirlos que arrojaran esa caja con el resto de basura, pues no podían saber qué abría dentro. Un uno de los schns que trabajaba en ese camión era de ese tipo de personas que siente atracción por lo oscuro, vestía de negro, usaba collares con pentagramas y otra clase de símbolos. Él era quien se mostraba más entusiasmado por revelar el secreto que contenía la caja. Forzaron el par de candados y dentro encontraron un pequeño cuerpo ya en los puros huesos. Su ropa aún seguía intacta. Parecía hecho de plástico. No se miraba tan real. Al menos eso fue lo que yo pensé en ese momento. Además, no olía a muerte, sino como a madera. Los muchachos pensaron que se trataba del cadáver de un niño, pero sus ropas eran las de un adulto. Traía incluso una boina sobre la cabeza, un pequeño mazo a un lado y del otro una especie de pico. Los chicos me preguntaron qué hacer si avisaban a la policía o no. Yo les dije que sí e inmediatamente yo llamé al departamento. Llegaron un par de policías que apenas ver la caja y un cuerpo dentro nos amenazaron con denunciarnos por hacer bromas, ya que, según ellos, el cadáver era de juguete. Como no nos quitaron, la caja terminó quedándose con ella raúl el chico que vestía de negro. Yo en ese momento no vi inconveniente en que se quedara con ella, pues todos creímos que sí. Se trataba de un simple juguete, un tipo de fetiche usado por algún grupo de magia negra. Pasaron los días y me olvidé del asunto. Sin embargo, después de una semana, este muchacho Raúl no acudía al trabajo. Comenzamos a echarlo en falta. Era extraño, porque él era una persona muy responsable. Hasta ese momento. Nunca había faltado, ni siquiera por enfermedad. Le llamé por teléfono, pero nadie me contestó. Él vivía solo en un departamento cerca de un complejo universitario a las afueras de la ciudad. Le pregunté a los compañeros si no lo había han visto, pero ellos estaban igual que yo. No sabía nada. Parecía como si se lo hubiera tragado la tierra. Uno de los chicos que sabía exactamente dónde vivía dijo que pasaría en la tarde a su domicilio a ver qué le había ocurrido. Al día siguiente nos enteramos de una terrible noticia. Raúl llevaba varios días fallecido en su domicilio. Según supimos, su familia no era originaria del país, sino que vivían en el sur de México y él siempre fue muy solitario. No hablaba mucho con los vecinos, pues estos decían tenerle miedo por el tipo de música que escuchaba, además que en más de una ocasión lo escucharon realizando ritos de brujería. Dijo el chico que el cadáver de Raúl estaba muy extraño. A él le tocó verlo y, en lugar de estar inflado, como se esperaría, de un cadáver que ha fallecido recientemente, estaba hecho una momia. Su cuerpo l lucía de neo totalmente deshidratado, como si algo le hubiera succionado toda la vida. A mí en lo personal, la noticia me cayó como un balde de agua fría, Si bien no éramos amigos tan cercanos. Me parecía una tragedia que un hombre de esa edad tuviera una muerte tan espantosa y trágica. A los días nos enteramos que los forenses dijeron que el hombre murió de un infarto. El chico que fue el que reportó a la policía terminó quedándose con algunas de sus cosas, incluida la caja con el cuerpo del cadáver, del duende hombre que le habíamos dado, ya que eso parecía quisieron dejar la caja con el duende en mi cabina, pero yo me negué les dije que lo mejor era que se deshicieran de ella, pues era muy probable que estuviera relacionado con la serie de desgracias que acababan de ocurrir. Este comentario me causó la burla de los muchachos, quienes me acusaron de supersticioso y decían que nada de lo que había ocurrido estaba relacionado, que Raúl murió probablemente por haberse envenenado con algunas de sus pócimas que realizaba y el camión de basura se volcó por falta de mantenimiento. Yo les dije que no me importaba lo que creyeran, que no deseaba tener a ese duende en la cabina, que si alguno de ellos quería podía llevarlo y colocarlo en su cama y dormir abrazado a esa horrenda. Cosa ya no supe ni qué hicieron con ese duende. Pero después de una semana me enteré que uno de ellos había arrojado la caja vacía a uno de los colectores de basura supe por otro chico que se llama ernesto que el muchacho que se terminó quedando con el muñeco se le perdió y de una manera insólita, lo encontró otra persona cerca de uno de los colectores. Fue entonces cuando se corrió el rumor entre los trabajadores de que un duende acechaba cerca de los camiones, causando averías en los motores y robar cuando las pertenencias de los empleados. Hubo una persona que incluso dijo haber sido atacada por esta criatura. Yo, al principio me negué a creer en los rumores. Sin embargo, no tardé en ser parte también de las víctimas de ese duende. Fue durante una madrugada de lunes, día en que todos llegan más tarde que otros días incluso las personas que se dedican a vender comida afuera aún no llegaban. Estacioné el auto y me dirigí a la caseta. Mientras iba de camino, escuché una risa entre las sombras, pero no quise prestar la atención, pues antes algunas veces me tocó ser el objetivo de una broma de mal gusto de los muchachos. Caminé directo a la caseta y una vez allí comenzaron a ocurrir cosas extrañas. La silla en la que me iba a sentar se movió por sí sola. Mi vaso con agua se derramó de la nada. Al principio no creí que se tratara de algo de origen sobrenatural, sino que todo había sido obra de la torpeza de mi cuerpo, que apenas estaba terminando de despertar. No obstante, pasado una hora fui arrojado de mi silla al suelo. Mientras estaba en el piso, comencé a escuchar una risa burlona con un tinte macabro. Muy cerca de mí. Me puse en pie buscando a la persona que me había arrojado al piso, pero no había nadie. Salí de la caseta y afuera vi que iban llegando las personas que vendían alimentos. Lo mismo los primeros trabajadores fui a comprar un café y una rosquilla para despejarme un poco ante lo que acababa de ocurrir. Luego volví a la cabina y les conté a los primeros trabajadores lo que me acababa de ocurrir. Ellos decían que había sido el duende que rondaba. Ese día pasó y no volvió a ocurrirme nada extraño. En cambio, los demás días escuchaba una voz cerca de mí Me decía cosas terribles como que me iba a morir en un desafortunado accidente y que los gusanos se comerían mis ojos cosas demasiado horribles que jamás pude haber imaginado. Hablé con los muchachos para ver qué era lo que podíamos hacer para darle fin a ese duende que nos acechaba. Hablamos con una mujer que decía ser medium y parecía entender el tema mucho mejor que nosotros. Nos entregó tres cruces de hierro forjado y nos encargó conseguir unas macetas con hierbas de San Juan, pues donde la tuviéramos, el duende no se animaría a acercarse. Coloqué ambas cosas dentro de la cabina y, por fortuna, sí funcionó al menos en ese sitio. Dejé de escuchar esas voces y no tuve nuevamente algún evento paranormal. Pasaron los días y me fui olvidando del asunto. Desgraciadamente, el duende no se olvidó de mí. Me tocó que me cambiaran el horario. Esta vez tendría que estar desde la tarde hasta casi medianoche. Una de esas noches llegó un trabajador a tocarme la puerta. Como yo estaba ocupado con unos papeles. Le dije que entrara, pero este en lugar de abrir, me dijo desde fuera que necesitaba que fuera a ver algo que acababa de ocurrir en uno de los vertederos en el lado norte de la planta. Me puse de pie de inmediato alarmado por el tono en que me habló de ese trabajador. Cuando salí de la cabina, no vi a nadie y se me hizo extraño porque no habían pasado ni un par de segundos. Creyendo entonces que la situación era de alta urgencia, me dirigí al sitio a paso apresurado. Cuando llegué no había nada ni nadie, solo el vertedero vacío y a un lado un pozo repleto de residuos que traen los camiones de basura. Me sentí molesto, creyendo que estaba siendo parte de una broma de mal gusto. Comencé a gritarle a los muchachos. En eso escuché como si alguien se moviera cuando menos acordé caí dentro del pozo, miré hacia arriba. Entonces lo vi era idéntico. Ese cadáver sólo que ya no parecía una momia se veía lleno de vida. Estaba tan asustado, sobre todo de ver cómo se movía esa criatura y de ver cómo empezó a bajar en mi dirección. Sentía que me iba a desmayar, pues tenía los nervios hechos trizas. Todo ocurrió tan rápido que de no ser porque Dios es tan grande. Ahora mismo no estaría contando esta historia. De pronto tenía varias linternas iluminando en mi dirección. Eran los muchachos que venían en mi auxilio me sacaron y yo estaba histérico. Ni siquiera me podía mover apestaba y mis nervios estaban totalmente destrozados. Terminé en el hospital, lugar donde no quise contar lo que me había ocurrido, pues pensaba que no me creerían. Estuve fuera del trabajo. Varios días Fueron noches en las que no logré conciliar el sueño, pues cualquier ruido que escuchaba me traía el recuerdo de ese duente que deseaba asesinarme. Con los días me enteré que hubo varios incendios en los camiones, así como mi caseta. Cuando estuve listo para volver al trabajo, casi estuve a punto de renunciar de no ser porque Raúl dejó haber capturado el cadáver del duende. Al parecer, terminó cayendo en una de las tantas trampas que nos puso. Terminó calcinado el cuerpo varios fueron los trabajadores que atestiguaron cómo esa criatura se retorcía y gritaba con el tiempo, cambiaron la planta y hasta la fecha no hemos vuelto a tener algún incidente relacionado con una criatura como aquella. El duende de mi vecino. Soy originaria de Argentina, de Tierra de Fuego, un poblado muy cercano a la Patagonia, tierra que de por sí sola es mágica y es que si alguno de ustedes ha tenido la oportunidad de viajar hasta acá, sabrán de lo que hablo, y es que esa zona es conocida como el verdadero fin del mundo, pues aquí termina nuestro hermoso continente. Hace poco tiempo participé en una verdadera historia de terror. Algo de lo que me avergüenzo es que siempre he sido fanática del esoterismo y ocultismo. Actualmente me mantengo alejada de esas prácticas Y es que cuando uno inicia este tipo de artes oscuras, lo hace con una grave ignorancia, sin saber lo que se puede llegar a provocar. Fui criada por una tía hermana de mi padre, esto a causa de que mi madre murió unos meses después de que yo naciera, y mi tía, Julia, se hizo cargo de mí. A partir de ese entonces, ella y yo nos complementamos, y es que ella no pudo tener hijos. Yo, desde muy joven, siempre busqué la manera de aportar económicamente al hogar. Y por aquel entonces tendría apenas dieciocho años cuando entré a trabajar en un restaurante. Allí fue que conocía a esta chica de nombre Julia Berenice. Esta chica era ese tipo de persona enigmática. Por aquel entonces, ella tendría apenas treinta años y se veía prácticamente de mi edad. Parecía que los años no le habían pasado por su rostro era perfecto, sin ninguna arruga, su cabello negro, sedoso y su manera de vestir demasiado anticuada, pero se veía muy bien, era un poco reservada. Pero no tardé en entablar una amistad con ella y adiviné casi de manera inmediata que ella se dedicaba a practicar la hechicería como lo supe fácil. Ella llevaba siempre unos anillos de ciertas piedras con propiedades espirituales, así como un collar con un símbolo de alta magia. Conocía el significado de or de estas joyas que llevaba consigo. Aún así me hice la ignorante en este tema y le pregunté varias veces con el motivo de insinuar mi enorme interés por las artes esotéricas total que, después de entender mi interés en este tema me invitó una reunión que tendría cerca de su casa. No fue la gran cosa lo que se esperaría de este tipo de prácticas, algunas veladoras, un círculo y varias personas intentando demandar hechizos. Allí conocí a un vecino de ella que se llamaba Esteban. Era un hombre ya entrado en años, quien, según Julia, no hablaba con nadie y practicaba magia negra, pura de la más maligna. Vivía en una casa totalmente enrejada, tapiada de arriba, abajo por carteles de tienda y tablas de madera podrida. Según Julia, el hombre tenía un jardín lleno de duendes y de varios sacrificios. Yo, después de escuchar todas las conjeturas acerca de este sujeto, le dije que me parecían meras patrañas que tal vez al hombre le gustaría practicar alguno que otro hechizo, al igual que nosotras, pero de eso a que existieran duendes y que éstos pudieran recibir órdenes de un brujo, me parecía algo imposible de ignorar. Además de que jamás había visto en vivo y a todo color a una criatura de esas. Julia me confesó que ella, al principio tampoco creía mucho en esos rumores de las personas. Sin embargo, después de vivir tanto tiempo allí, varias veces le tocó mirar con sus propios ojos a una criatura de esas, rondando el jardín o platicando con el propio Esteban. Ella decía que tal vez no tendría varios, pero estaba segura de que mantenía una criatura de éstas cautiva, de la cual sacaba provecho para que le trajera buena fortuna y poderes mágicos. Tuve la idea de decirle a Julia que me mostrara y si era verdad esto, yo le invitaría a la cena para que se hagan una mejor idea de lugar. La casa de Julia estaba cerca de la costa y la casa de Esteban estaba en la esquina sobre una pequeña colina. El lugar olía bastante mal, como animales muertos, y dentro estaba un árbol que sobresalía de toda la casa. No sé mucho sobre especies de árboles, pero éste tenía las raíces torcidas y sacaba un fruto parecido al algodón. Julia dijo que sobre las ramas llegó a ver a este extraño hombrecito vestido de verde esmeralda. También tenía un sombrero de copa con una hebilla en el centro. Para alcanzar a verlo, me indicó que sólo sería posible de madrugada, motivo por el cual decidí quedarme a dormir en su casa. Pusimos nuestras alarmas a las tres de la madrugada. Salimos a la calle y nos quedamos justo frente a la casa y cuál sería mi sorpresa que escuchamos unos quejidos ns pero no sonaban naturales, sino algo parecido a una voz aguda y a la vez cultural. Se nos ocurrió acercarnos más a la casa y en medio de dos tablas podridas pudimos mirar dentro. Esteban nos daba la espalda, recitaba una serie de palabras que no pude identificar. Después sonaba cuando le echan agua al fuego y después los chillidos. Julia me dijo que Esteban usaba el duende para extirparle una parte de su poder. Esteban no parecía esa clase de persona. Si lo veías por la calle, podías pensar que se trataba de un hombre enfermo era demasiado delgado y sus ojeras eran demasiado exageradas. Nos alejamos un poco de la reja y entonces Esteban comenzó a gritar con desesperación. Parecía que lo estaban asesinando. Sus gritos nos pusieron nerviosas y decidimos volver a la casa de Julia y llamar a la policía. Justo cuando regresábamos la s NS. Escuchamos como si algo se moviera entre los árboles, también un par de palabras de una vocecita extraña. Sentimos como si algo nos caminara en la cabeza. Nos sacudimos con desesperación y corrimos a su casa. Una vez allí telefoníamos a la policía y nos dispusimos a realizar un hechizo de protección. Cuando la policía llegó, varios vecinos de Julia estaban afuera al poco rato también estaba una ambulancia con tres para médicos. Llevaban a Esteban grave de salud. Tenía varias heridas en el pecho, estaba todo cubierto de sangre. A partir de allí, no supimos más de ese hombre. En cambio, su duente no tardó en hacerse presente ante nosotras. No sé cuánto tiempo habrá pasado o si simplemente no nos dimos cuenta. Y es que a partir de entonces yo me hice más íntima con ella. Comencé a quedarme seguido en su casa. Lo primero que ocurrió fue que comenzamos a encontrar tierra en la cama de Julia, lo mismo en la cocina y en la sala. No era cualquier tipo de tierra, sino tierra de jardín de esa que es húmeda y con gusanos. Julián no entendía cómo había llegado hasta su casa si ella misma no tenía un jardín y vivía sola. Su departamento era muy pequeño y si alguien se hubiera metido los vecinos le habrían avisado de inmediato. Lo segundo que ocurrió fue que se le perdió joyería de plata y oro que tenía. No hubiera sido extraño de haberse tratado de un simple robo, pero encontró las joyas en otras partes del departamento que no tenía nada que ver, por ejemplo, en el cajón donde guardaba los productos de limpieza y un pomo de café soluble. La casa de Esteban fue vandalizada, esto a causa de que la policía cometió el error de dejar la puerta abierta. Dijeron varios vecinos que encontraron partes de animales. Al parecer, Julia tenía razón, pues el hombre tenía incluso una especie de altar formado con partes de varios cuerpos de ndo diversos animales un día tuve el valor de acercarme a esa casa. Fue cosa de un par de segundos. Apenas me asomé a ver el jardín cuando vi una pequeña figura corriendo hasta esconderse detrás del árbol. Parecía una niña, pequeña, pero iba vestida como una persona adulta de otra época y sus ojos eran cristalinos como los de un sapo parpadeé para saber si lo que estaba viendo era real y ante mis ojos. Esa visión desapareció. Esa tarde le conté a Julia lo que vi en la casa de Esteban. Ella me dijo que le debía una cena, pues ese era el trato. Yo no recordaba lo que habíamos hablado acerca de eso, pero le respondí que no importaba. Yo pagaría la cena. Me contó que Esteban, aunque no murió, la falta de oxígeno lo dejó muy mal y, según supo tuvo que mudarse a la casa de una de sus hermanas. Ella la había visto un par de veces cuando venían a visitarlo, y esta mujer era del mismo tipo que él. No era muy sociable. Si la saludabas te devolvía el saludo con educación, pero no llegaba a sostener una conversación. No había Julia en dos semanas. Según supe había pedido tres días de vacaciones para ir a ver a sus padres que vivían en Buenos Aires. Pasó una semana más y seguí sin verla. Intenté llamarle por teléfono, pero no obtuve respuesta. Me decidí a ir a buscarla. La encontré en su departamento. Se veía en un estado fatal. Estaba mucho más delgada de lo que era sus ojos. Tenían unas bolsas terribles y toda su casa olía horrible. Todo el piso estaba lleno de símbolos de protección mismos que colgaba por doquiera. Me confesó que acudió a la casa de Esteban buscando algo que le pudiera servir en sus prácticas de hechicería y que de por sí algo no siguió hasta su departamento. Aquella noche que Esteban sufrió ese terrible accidente, el cual sabía fue a causa de un duende que se rebeló contra él y ahora la acosaba. Día y noche se aparecí y desaparecía. No la dejaba dormir. Incluso una noche sintió cómo le intentaba asfixiar. En eso se bajó un poco la blusa de cuello alto que llevaba puesta. Entonces vi esas pequeñas marcas en su piel parecían quemaduras. Me dijo que intentó hacer de todo y aunque algunos hechizos lograron alejarlo, el duende siempre regresaba para atormentarla. Me contaba esto cuando apareció ese maldito ser este se arrojó contra mí. Mis nervios no soportaron ni colapsé. Cuando volví a recuperar la conciencia, llevé a Julia a ver a mi tía le confesé todo lo que nos acababa de ocurrir y después de un largo regaño, nos llevó con una bruja que después de una semana de ritos, logró alejar a ese maldito Duende. La casa de Esteban fue puesta en venta y aunque las subastaron, nadie duró viviendo allí. Yo, por mi parte, ni siquiera me arrimo a esa zona. Cuando tengo que pasar, prefiero caminar por la acera de enfrente. Y aunque no he vuelto a ver a ninguna de esas criaturas, a veces se me aparece en mis sueños y me dice que un día volverá por mí aparte. Es Por esto, mismo que practico el ocultismo, intento tener un tipo de protección contra estos seres, aunque no dudo que nosotras, con nuestros rituales, atrajimos el duende del vecino, los duendes en la fuente. Cuando era niña, mi padre trabajaba haciendo carreteras por toda la República Mexicana, motivo por el cual pude recopilar una serie de experiencias tanto agradables como aterradoras. De entre todas, hay una en especial a la que no le encuentro explicación alguna. Fue cuando nos mudamos a durango un tiempo a una casa muy grande, donde mi hermano menor comenzó a decir que veía duendes jugando en una fuente de agua. Somos en total cinco hermanos, de los cuales los mayores ayudábamos a mi madre en casa a cuidar a los menores. De entre ellos estaba mi hermano Jesús, que estaba a mi cargo. Le contamos a mi madre lo que vio Jesús, y ella, al escuchar la simple palabra Duende, se mostró un poco asustada y enseguida. Nos dijo que eso ocurría porque nos portábamos mal y era la manera en que Dios nos castigaba. Así que por el momento nos prohibió jugar en ese jardín. Y es que la casa, como he dicho antes, era bastante grande, pero nosotros sólo habitábamos una parte y la fuente donde nos gustaba jugar se encontraba en una zona de la casa un poco alejada de la cocina y de nuestros cuartos. Mi padre era era una persona bastante difícil, Tenía mal carácter, bebía y fumaba en exceso y, lo peor de todo, nos maltrataba cada que tenía oportunidad. Por fortuna, mi padre llegaba ya tarde a la casa y a veces ni siquiera llegaba. Considero que esto endureció el corazón de mi madre, que nos trataba de una manera muy dura. Aún así éramos felices. Siempre encontrábamos la manera de divertirnos, aun cuando no nos dejaban ir a fiestas. Pasaron los días y en mi interior dos emociones me dominaban el miedo y la curiosidad. Quería saber si los duendes eran algo real y no simple leyendas que contaban para mantenernos alejados de lugares peligrosos. Así pues, estuve vigilando la fuente en el patio trasero, claro siempre que no estaban mis hermanos ni mi madre. Cerca. Fue durante una mañana que salieron todos a la escuela y mi madre se fue al mandado. Yo aún no entraba a la preparatoria, así que me quedé limpiando la casa aproveché que todos se fueron para acercarme a la fuente. El lugar estaba rodeado por un jardín muerto. Lo único que sobrevivía en los cajetes eran espinos y de esas hierbas que se te pegan en la ropa y no se quitan fácil. Todo el terreno estaba cubierto por azulejos envejecidos, un yacuz y seco y la fuente en medio hecha con ladrillos de cantera y en ciertos sitios le faltaba a algunos. Era una fuente muy curiosa, a la cual me hubiera gustado tomar un par de fotos, pero en ese momento no era tan fácil contar con una cámara. Mi madre tenía una, pero no nos dejaba agarrarla. Me quedé sentada en uno de los niveles de la fuente. Era rara, era circular y caía escalona a escalón. Me quedé sentada en el segundo nivel y me quedé mirando alrededor de la fuente y el jardín. Me llamó la atención un espacio donde faltaba uno de los ladrillos. Me quedé mirando dentro. Se veía bastante profundo. Entonces pensé que mi madre había visto ese espacio, pues fácilmente cabía Jesús estaba absorta imaginando qué tan profundo sería ese hueco. Cuando comencé a escuchar el sonido de una flauta que provenía de la profundidad. Era una música de lo más extraño, nada agradable y cacofónica. Esto me obligó a echarme para atrás alejarme de la fuente, Cometí el error de darle la espalda. Mientras huía de regreso a mi casa. Sentí como una manita se aferraba a mi tobillo izquierdo. Esto me obligó a girar a ver qué ocurría. Entonces lo vi eran unos hombrecillos de no más de cincuenta centímetros. Dos de ellos vestidos y uno iba desnudo, uno tocaba una especie de flauta, otro bailaba y un tercero estaba unos escasos centímetros de mí. Tenía una cara horrible. No sé cómo explicarlo, pero sus gestos daban a entender que sus intenciones eran perversas. Corrí hasta adentrarme en la casa, dejando detrás el sonido de la flauta y ese extraño sonido que producían esas criaturas. Al atravesar la puerta, como si se tratara de una broma, los duendes desaparecieron y lo único que quedó en el ambiente fueron unas risas minúsculas que daban a entender que los duendes estaban justo al lado mío. Corrí hasta la parte de la casa que ocupamos. Me paré frente a un cuadro de la Virgen de Guadalupe que tenía mi madre, me puse a rezar mientras lloraba pidiendo que alejara esas horrendas criaturas de mí, como si Dios mismo y su Santa Madre escucharan mis plegarias. Las risas invisibles pararon aquella tarde, cuando estuvimos de regreso, nos ocupamos y cuando bajó el l sol, salimos al patio de juegos. Regresamos muy cansados, cenamos, nos lavamos los dientes y nos fuimos cada uno dormía. Pero el crucifijo que puse en el ropero estaba justo en el centro de mi cama. Tomé el crucifijo entre mis manos y noté que no estaba normal. Estaba todo rayado. Alguien había deformado la cara de Jesús con un plumón de inmediato. Fui al cuarto de Donovan para preguntarle por qué había hecho eso. Él me dijo que no sabía nada, pero que pudo haber sido Patrick quien le decía que odiaba a Jesús. Le dije a mi hijo que no le creía y que entendía que tenía un amigo imaginario, pero que ese no era motivo de realizar ese tipo de travesuras, mucho menos de mentir para no hacerse responsable de sus actos. Mi hijo me juró entre lágrimas que él no había sido que ni siquiera sabía dónde estaba esa cruz. Ya no le dije nada al niño, pero volví a colocar el cruz fijo en su lugar. A la mañana siguiente, mientras me lavaba los dientes, vi la cruz dentro del inodoro, la saqué y la lavé muy bien. No quise acusar de nuevo a Donovan, pues no me gustaba pelear desde temprano. Cuando entré a su cuarto a despertarlo, me encontré con el ropero abierto y su ropa revuelta en el piso. No lo regañé, pero sí le dije que lo pondría ordenar la ropa a él. Él me dijo que él no había sido. Yo le dije que no me importaba que él iba a ordenar y que ya me estaba cansando su amiguito imaginario. Al regresar, mi hijo ordenó lo mejor que pudo su armario. Al final terminé recogiendo el resto. Yo ya tranquila le dije que si había algo que le molestara en la casa o en la escuela, podía decírmelo. Me puse a preparar la comida. Mientras Donovan se quedó jugando en su cuarto. Se me hizo extraño que no quisiera ver la televisión, ya que a esa hora pasó un programa que le gustaba, pasó un largo rato en silencio y algo que siempre me quedó grabado en la cabeza fue que mi madre me decía que cuando los niños estaban en silencio era cuando más cuidado se debía tener. Así que acudí de inmediato a su cuarto. Lo vi sentado en uno de los escalones que daban al ropero mismo que se encontraba entreabierto, mi hijo hablaba en voz baja y no alcanzaba a distinguir lo que decía. En eso entré de manera abrupta haciendo ruido. Entonces mi hijo se giró a mirarme mientras la puerta del ropero se cerró por sí sola. Le pregunté a Donovan sobre lo que estaba haciendo. Él me respondió que Patrick le estaba enseñando trucos de magia. Le pregunté sobre qué especie de trucos, y su respuesta me dejó anonadada. Según mi hijo, Patrick podía producir fuego en sus manos, podía desaparecer y hacerse aún más pequeño, pues a la descripción de mi hijo este ser era aún más pequeño que él. Lo primero que se me ocurrió hacer fue a alejar a mi hijo del ropero enseguida abrí las puertas y aunque no vi nada de extraño dentro, sí percibí un olor como ha quemado por más que revisé en todo el lugar. No había ni una sola ceniza ni ningún otro indicio de que hubiera ardido algo allí dentro saqué la ropa del ropero y la llevé al mío. Después regresé a cerrar con llave el ropero de mi hijo y le dije que no lo quería volver a ver cerca de allí. Mi hijo llorando me dijo que si no jugaba con Patrick, él se enojaría y nos haría cosas malas. Yo le dije que no me importaba y que aún así no deseaba volver a verlo cerca de ese ropero mi hijo comenzó a comportarse de manera extraña. Los siguientes días se veía más callado, no sonreía y eso que él era ese tipo de niño alegre al que todo le divierte. Le hizo espacio, pero hasta en la guardería me dijeron que don Ovan estaba actuando extraño en casa. Lo atrapé llevándose algunos anillos y collares de plata que tengo y los dejaba fuera del Ropero cuando le pregunté por qué hacía eso, él me respondió que era la única manera de tranquilizar a Patrick, pues de no hacerlo así, se lo llevaría a su mundo y lo mataría. Cuando mi hijo me dijo eso, quedé espantada ya no podía negarlo. Era obvio que había algo de lo más extraño viviendo con nosotros. Así que fui por una tía que realizaba limpias y después de una serie de rituales, las cosas se calmaron por un tiempo, hasta que un día la pesadilla comenzó de nuevo, tal vez porque yo cometí el grave error de abrir nuevamente el maldito ropero o porque esas cosas no pueden ser destruidas o ahuyentadas totalmente. El caso es que una tarde, mientras trapeaba el piso, escuché a mi hijo de nuevo. Hablando solo en eso decidí espiarlo. Escuché que una voz chillona y tenebrosa le respondía a mi hijo. Corrí en dirección a él y al acercarme al ropero no vi nada. Sólo ese olor ha quemado. Me sentí espantada. Retiré a mi hijo nuevamente de allí y tuve una idea tan estúpida que me avergüenza confesar llevé a cabo esta vez. No quise prohibirle a Donovan que se acercara al ropero sino que decidí espiarlo y ver de una vez por todas si aquello era obra en verdad de un duende o que yo estaba enloqueciendo. Una tarde me puse a espiar a Donovan y apenas escuché que le habló al ropero me acerqué corriendo al maldito ropero fue hasta entonces que lo vi Ahí estaba ese maldito duende y que parecía un hombrecillo calvo. No medía más de un metro de altura, vestía con ropa extraña, su piel era arrugada y verdosa y tenía algo de espuma en la boca. De manera inconsciente, agarré a mi hijo en brazos y antes nuestros ojos dando una maroma. Saltó hasta donde estábamos. Después de hacer un gesto extraño, desapareció dejando en el aire ese tan característico olor ha quemado. Sé que mi manera de actuar podría parecer algo estúpida, pero en verdad, en ese momento, estando sola, no sabía ni en qué creer hasta que no lo vi con mis propios ojos. Como haría cualquier otra persona, nos mudamos en cuanto pudimos pasando el resto de la noche en casa de una amiga. Hoy en día, Donovan ya es mayor de edad y aún recordamos a veces cómo fue nuestra experiencia con ese duende demoníaco la casa del duende. Soy originario de Veracruz, más por cuestiones de desarrollo laboral. Me mudé con mi familia a aguascalientes trabajo como mánager de proyecto en una importante empresa. Cervecera que por motivos de discreción no mencionaré. El caso es que tuve un desarrollo que jamás logré en mi estado natal. En poco tiempo logré un éxito laboral y económico. Pude darle una vivienda a mi familia para aprovechar la buena racha. Consultando con mi esposa Marta, decidimos hacernos de un patrimonio, dejando atrás la vida en Veracruz. Así pues, empezamos a buscar un departamento de compra para así, al fin dejar de pagar renta y tener algo que dejarle a nuestras quemelas. Cuando partiéramos de este mundo, consulté un crédito hipotecario y al ver los costos casi me desmayo. Me era frustrante que las tasas de interés fueran tan elevadas. Ni siquiera juntando dos créditos, el de Marta y el mío, lográbamos ajustar una zona cercana a nuestros s empleos. Ella también trabajaba en la misma empresa, pero en área de redes y software. Un día conocí a un agente inmobiliario que se dedicaba a la venta de casas en remate. Mayormente eran remates bancarios de personas que ella no lograban pagar la hipoteca. Esta persona que llamaré Eduardo por cuestiones de privacidad y deseo dejar en claro que nada tuvo que ver con los sucesos que se desencadenaron. Un día me habló de un departamento nuevo de remate que, por alguna razón, había sido regresado en dos ocasiones diferentes, cosa que redujo su valor en un veinte por ciento. Eduardo logró conseguirme un descuento aparte. Fue una oferta que ni Marta ni yo quisimos desaprovechar. El lugar estaba bastante cerca a la empresa. Además, prácticamente se ubicaba en un fraccionamiento nuevo. El departamento estaba en la segunda planta. Contaba con tres habitaciones, una sala, un baño, cuarto de o lavado, además su respectivo cajón de estacionamiento, servicios de vigilancia y mantenimiento. Quisiera dejar bien en claro que el lugar estaba prácticamente nuevo. Tenía detalles de lujo, tales como una campana en la cocina y terminados sin caoba en las habitaciones. No hubo necesidad de reparar nada. Solo quise tomar como precaución realizar un cambio en las chapas, tanto de la puerta principal como en las protecciones. Suelo ser muy quisquilloso con la seguridad y es que en Veracruz me tocó vivir en más de una ocasión diversas situaciones de inseguridad. Nos mudamos un día lunes por la tarde. Era un día soleado de esos que no puedes estar ni un segundo sin gotear sudor de la cara. No poseíamos muchas cosas, así que no nos llevó más de un día a movernos totalmente. Cuando acabamos estábamos hambrientos. Así que le dije a Marta que saliéramos a comer a la calle para que no o tuviéramos que cocinar. Cuando llegamos a la casa nos encontramos con algunas cosas fuera del lugar. Lo primero que pensamos fue en que alguien se metió a la casa, pero las herraduras estaban intactas, tal como las dejamos. Además, no faltaba nada dentro de la casa y las cosas que estaban fuera del lugar eran cuchar así, cosas de la cocina. Una de mis hijas me dijo que los objetos en el piso formaban un símbolo, pero yo no les hice caso en ese momento. Al contrario, intenté encontrarle una explicación al asunto. Les dije que era muy probable que hubieran caído de la alacena, cosa que no tenía sentido alguno, pues los cajones estaban muy bien cerrados. Las cosas de valor, como he dicho, estaban intactas. Sólo se desapareció una cosa que era un marco con una fotografía de nuestras gemelas. Buscamos por todo el departamento, incluido las cajas que tiramos a la basura, pero no encontramos nada. Marta me juraba que colocó el marco junto a la cómoda de nuestra recámara. Yo también recordaba haberla visto allí total que dejamos el asunto por perdido, tratando de explicarnos que tal vez la perdimos durante la mudanza, aunque no logré convencer a Marta, quien es muy obstinada. Pues bien, esa noche vimos una película todos en la sala y después nos fuimos rendidos cada quien a sus habitaciones. Cerca de las dos de la madrugada, Las niñas se fueron a nuestro cuarto decían haber escuchado una pequeña vocecita tanto en su closet como debajo de su cama. Yo les dije que regresaran a su cuarto. Incluso me ofrecía acompañarlas intentando convencerlas de que lo que habían escuchado solo fue parte de una pesadilla. En cambio, Marta se movió a un diván que teníamos al pie de la cama para que cupieran conmigo las niñas. En la mañana, mientras desayunábamos escuchamos un grito ahogado dentro de la campana de la cocina. Esto nos dejó sorprendidos, pues todos lo escuchamos claramente no se parecía al de ningún ser humano ni animal. Era demasiado extraño intentamos hacer como si nada hubiera ocurrido, pues el sonido no se volvió a repetir más de camino hacia la puerta frente a mí vi cómo cayó claramente una moneda al piso. Salió de la nada, cosa que me dejó más sorprendido. Aún me agaché y la recogí. Entonces noté que era una moneda antigua a la que no puse mucho detalle. No quise decirle a Marta, ya que comenzaba a ponerse paranoica. Yo, en cambio, intentaba encontrarle explicación a todo aquel día. Marta llegó antes que yo, pues yo pasaba un rato en el gimnasio de la empresa. Cuando yo llegué, ella me dijo que escuchó como si una pequeña voz le dijera groserías mientras estaba cocinando yo de inmediato or me puse a buscar la lógica. Le dije que era posible que esa voz viniera del piso de arriba, tal vez el hijo de un vecino, para intentar convencerla. Le pedí que subiéramos a la azotea para corroborar el lugar donde terminaba el conducto camino arriba vimos a varios vecinos. En su mayoría eran matrimonios, jóvenes sin hijos y una pareja de personas mayores. No vimos ni un solo niño. Al llegar al techo, todo estaba en orden. Se notaba que no hacía mucho, que acababan de impermeabilizar. Los conductos de ventilación se veían en muy buen estado. No me quedó más que darle la razón a Marta que decía que en la casa había fantasmas. La verdad era que nos equivocábamos los dos. No me gustaba darle la razón a ella cuando hablaba acerca de fantasmas. Y es que esa mujer decía haber fantasmas en todos lados y aunque algunas veces sí tenía razón, la mayoría de veces s eran fantasías de ella. Algo que hice y que no caí en cuenta hasta cierta tarde en el trabajo. Fue en ver a detalle la moneda que vi caer de la nada frente a mí Esa tarde saqué la moneda de mi mochila donde la había guardado. Fue entonces que noté que la moneda no era mexicana, sino extranjera. Lo supe por el idioma en el que estaba grabado algunas letras, lo mismo que los números. Le mostré la moneda a un colega del trabajo. Él me dijo que esa moneda era un rublo ruso antiguo que tal vez tuviera valor para algunos coleccionistas. Guardé la moneda nuevamente en la mochila. Me pregunté toda la semana de dónde habría salido la moneda. Incluso llamé al agente inmobiliario para preguntarle si los anteriores dueños no eran extranjeros y su respuesta fue negativa. Me dijo que el departamento fue ocupado por una familia nativa del Estado. Dejé el asunto por concluido, tran tratando de explicarme a mí mismo acerca de que era muy probable que la moneda fuese dejada por algún albañil que la cargara como amuleto de la suerte. Una noche cerca de las dos de la madrugada, escuché como si algo estuviera aplaudiendo sobre mi cara. Al despertar, no vi nada. Creí que las niñas habían estado en nuestro cuarto, pero no me puse en pie y me dirigí a ver cómo estaban. En eso comencé a escuchar unos aplausos en la cocina, me acerqué, encendí la luz y escuché claramente una voz parecida a la de un niño que me decía dame mi moneda maldito y váyanse de mi casa. Me sobresalté, pero lejos de sentir miedo, imaginando que todo era obra de algún niño bromista, me acerqué a la campana de la cocina y le grité amenazándolo con decirle a sus padres. No recibí respuesta. En cambio, sentí un silencio ensordecedor y segundos después, los cajones ns de la cocina comenzaron a abrirse y cerrarse solos. Lo mismo el microonda se encendió para cuando esto ocurrió, mi esposa e hijas ya estaban junto a mí gritando de espanto. Una de las niñas dijo es el duende que se mete bajo nuestra cama. Salimos de la casa pasando el resto de la noche en un hotel cercano. Cuando regresamos a la casa, les dije a las niñas que, para que no tuvieran miedo, llamaría a un sacerdote para que nos bendijera la casa. Por medio de un amigo, logré contactar a un cura de la parroquia en la que vivíamos, quien de una manera amable, nos acompañó esa misma mañana. El cura no era una persona tan grande a lo mucho tendría apenas cuarenta años. Realizó una serie de rezos mientras arrojaba agua bendita y pasaba un saumerio por cada rincón del departamento. En eso le comenté que la fuente de las voces que escuchábamos provenían de la campana de la cocina allí y puso más énfasis en sus oraciones mismas que por el momento parecieron surtir. Efecto, le mostré la moneda que vi caer. Le conté también acerca de mis hijas que decían haber visto un duende. El padre me escuchó de manera muy atenta y una vez terminé me sugirió deshacerme de la moneda y que fuese lo que fuese que habitar en nuestro hogar era de origen diabólico, pero que al final no existía mayor fuerza que las de nuestro Dios. Tuve fe en sus palabras lo mismo marta, motivo por el cual decidimos permanecer en el departamento total. Los trámites de bienes raíces no son tan sencillos como para regresar una propiedad aún inmobiliaria. Pasamos un par de noches en total tranquilidad hasta que un domingo por la madrugada me despertaron los gritos de marta. A mi lado, la lámpara de noche estaba encendida. Hoy deseo que no lo hubiera estado, pues por esto pudimos ver una imagen de pesadilla que hasta la fecha consideró lo más horrible que he visto. Un hombrecito de menos de un metro estaba sobre Marta, le golpeaba el pecho y mordía su nariz tenía la cara totalmente arrugada. El hombrecito al verme me dijo varias groserías y me amenazó con que si no nos íbamos, estrangularía a Marta y a las niñas. En eso ante nuestros ojos, aquella cosa se esfumó en el aire. Marta acabó con marcas horribles sobre su piel, justo en el lugar en el que el Duende la había atacado. Como era de esperarse, decidimos irnos de allí, dejando la moneda bajo la campana, nos mudamos a una casa de renta, en lo que el agente inmobiliario acomodaba la casa. Tiempo después compramos un terreno que poco a poco fuimos fincando hasta la fecha. No nos hemos vuelto a encontrar con algo tan aterrador como lo que nos ocurrió en aquel departamento la noche del Duende. Mi nombre es clara. Soy originaria del Estado de Puebla. Estudié enfermería y es en lo que actualmente trabajo. Como estudié, siendo ya un poco mayor de edad, no me fue fácil conseguir empleo de inmediato. Por lo regular siempre le daban la oportunidad a enfermeras más jóvenes o con mayor experiencia. Al principio fue difícil conseguir empleo, pero una vez pude lograrlo, lo tuve en exceso. Prácticamente no tenía vida fuera de los hospitales. Mis días normales se limitaban a reponer mis energías para la siguiente guardia o lavar mis uniformes y preparar mis alimentos. En diez años han sido bastante las anécdotas que he vivido en hospitales y es que estos lugares poseen una atmósfera bastante pesada. Me atrevería a decir que algunas veces el dolor y el sufrimiento llegan a abrir un puente entre dos mundos. Trabajaba hace cinco años en un hospital privado bastante antiguo. Me reservo el nombre por cuestiones de privacidad. El caso es que en ese edificio fue donde más cosas extrañas nos pasaron de entre todas, la más aterradora fue durante una guardia de noche cuando un duende se hizo presente, ocasionando una serie de desperfectos. Todo comenzó cuando iniciaron las reparaciones de un ala antigua del edificio. Según supimos, los trabajadores encontraron varios hallazgos extraños, como huesos de bebés y ciertos objetos que inicialmente pensaron era ropa de niños pequeños. Sin embargo, entre los trabajadores se dijo que no era posible, ya que las medidas no eran las que llevaban los infantes, sino como la ropa que llevaría gente de talla pequeña. A mí me tocó ver un objeto en particular que despertó mi curiosidad. Era una especie de medallón con un símbolo celta. Era demasiado pequeño para que cupiera en el cuello de una persona adulta. Una compañera que se llama Isela dijo que lo que descubrieron los trabajadores era el hogar de un duende comentario que le trajo miles de burlas por parte de todo el personal. Sólo un guardia de seguridad, al igual que yo, guardamos silencio. El guardia se llamaba Mario, Era un señor de unos setenta años. Él dijo que Isella tenía razón y lo mejor que pudiéramos hacer era buscar protección, pues si aún vivía uno de esos seres allí, no tardaría en buscar a alguien de quien alimentarse. Yo, sinceramente, aunque sí me habían ocurrido cosas parecidas. No podía creer que este tipo de criatura cohabitara en el mismo plano que nosotros. Sabía historias donde personas los veían aparecerse y desaparecer esconder cosas, pero jamás que hubieran encontrado sus pertenencias, mucho menos que habitaran en determinada zona. Fueron pasando los días y nada raro. Ocurría Un día, mientras iba de camino a tomar una siesta en una sala que tenemos especial para nuestros descansos, escuché los lamentos de una persona que provenían de un cuarto donde guardaban los aparatos que no se usaban. No quise entrar, ya que este lugar siempre me ha causado escalofríos. No sé por qué razón, pero este tipo de aparato antiguo me parece demasiado aterrador. Me quedé parada en la entrada. En eso comencé a ver cómo si algo pequeño se moviera entre las incubadoras antiguas. Parecía un bebé demoníaco. Fueron un par de segundos que lo vi Luego me alejé de la puerta. Entonces lo escuché. Su voz era demasiado aterradora, como la que suelen fingir los payasos en las fiestas. Me fui corriendo a la sala de descanso, pero no logré dormir esta espantada y dudando acerca de lo que había visto en ese cementerio de viejas máquinas, no pude dormir ni una hora mejor. Me quedé rezando cerca de una imagen de la Virgen de Guadalupe. Al poco rato entró otra compañera que al verme me preguntó si algo malo me ocurría, pues estaba demasiado pálida. No me quedó otra que contarle lo que acababa de ver en la sala de máquinas. Ella, después de escucharme, me confesó que también llevaba algunos días notando ciertas cosas extrañas en el hospital, además de que varios internos habían dicho. Haber visto a un niño con cara de Anciano, decidí hablar con Mario, el guardia de seguridad. Él también creía en la presencia del duende y tenía conocimiento sobre cómo protegernos juntos. Comenzamos a investigar la historia del hospital y del ala antigua. Hablamos con el personal más antiguo y buscamos registros históricos que pudieran arrojar luz sobre la situación, pero no encontramos nada. El edificio era demasiado viejo y un tiempo funcionó como hospicio para niños. Mario me recomendó colocar unas macetas con tréboles y otro tipo de plantas que no recuerdo el nombre, pero su olor era bastante agradable, pues con esto el duende al menos no se acercaría a ese lugar. Seguí sus instrucciones y en verdad funcionó al menos en las salas de descanso se sentía cierta paz, a diferencia del resto del hospital, donde te sentías perseguida todo el tiempo y a veces sentías como si algo pequeño que caminara entre los pies. Realmente ignoro cómo es que estos seres funcionan o actúan, pero el caso es que las apariciones fueron cada vez más constantes, apareciendo en distintos sitios, siendo el lugar preferido de este duende, el comedor, lugar donde lo vimos aparecer y desaparecer por propio primera vez era una tarde, como cualquiera, y una enfermera estaba prometer su comida a calentar en el horno de microondas, cuando algo invisible comenzó a correr, tirando la comida de las demás enfermeras enseguida. El horno se encendió solo y como si tuviese metal dentro, comenzó a lanzar chispas. Todo el personal que nos encontrábamos allí salimos corriendo al patio. En ese momento. Nadie culpó a un duende como el causante de los fenómenos, sino que dijeron era porque el lugar estaba embrujado. Yo, en cambio, no podía dejar de pensar que se trataba del duende. Cuando regresamos al comedor, las cosas parecían tranquilas. Cada quien tomó sus alimentos y los volvió a calentar. Entonces, mientras comíamos tranquilamente, esa criatura, que tendría el tamaño de un feto, se apareció en medio de la mesa. Comenzó a reírse mientras se lanzaba contra una enfermera. Todos, en lugar de ayudarle, nos alejamos de ella. En eso, ante los ojos de todos, el ser desapareció tal y como había aparecido como se puede llegar a esperar. Varias personas renunciaron mientras que al resto se nos cargó el trabajo. Trajimos un sacerdote a bendecir el edificio. Esto justo después de que el director fuera testigo también de lo que ocurría. Pero, como he dicho anteriormente, nadie sospechaba de un duende. Todos decían que el lugar estaba maldito. Incluso culpaban a una compañera que se llama clara, que ofrecía servicios de reiki y ese tipo de prácticas. Esto para mí fue muy grosero pues se alejaron de ella. La evitaban menos yo y era bastante irónico, ya que las demás sí habían acudido al menos una vez a su consultorio, mientras que yo jamás lo he pisado aún así sabían que ella no realizaba brujería al menos jamás. Es sabido que se dedique a eso clara. Estuvo a punto de renunciar a causa de la conducta de los compañeros. Afortunadamente, el sacerdote que vino a bendecir el lugar era una persona joven que decía poseer un alto conocimiento en de monología. Yo tuve la oportunidad de hablar con él junto con Mario. El padre. Nos dijo que duendes, hadas y nomos eran todos parte del bajo astral y no vivían bajo la gracia de Dios, motivo por el cual tendríamos que andarnos con mucho cuidado. Y aunque bendijera todo el edificio, sólo los alejaría un tiempo, pues teníamos que localizar la guarida de este ser y, una vez allí, cerrar su entrada encomendando a Dios las cosas se tranquilizaron por un par de meses, incluso entró nuevo personal. Los más viejos nos íbamos olvidando del asunto cuando se llegó la nu noche en que el duende regresó y esta vez venía más endemoniado que antes. Ocurrió que durante una guardia en la sala de maternidad, mientras se realizaba una intervención nada grave, simples labores de limpieza y una que otra sutura, el duende se hizo visible poco a poco, medía menos de un metro. Iba vestido con ropa pequeña y anticuada. Su color era grisáceo, echaba espuma por la boca y sus ojos completamente negros y penetrantes. Este se recorrió la sala creando un silencio, sepulcral y llenando el aire con una energía siniestra. Las enfermeras quedaron paralizadas por el miedo, incapaces de moverse o reaccionar ante el horror De repente, el duende comenzó a desencadenar el caos. Arrojó objetos médicos por el aire, haciendo que se estrellaran contra las paredes y el suelo con fuerza. Las luces parpadearon y se apagaron, sumiendo la sala y l n la una oscuridad temible. El sonido de las alarmas de los monitores médicos se mezclaba con los gritos de las enfermeras, creando una cacofonía de pánico. El duende jugaba con la mente de las enfermeras, apareciendo y desapareciendo en diferentes rincones de la sala. Como si se moviera a una velocidad sobrenatural. Sus risas estridentes resonaban en los oídos de todos. Cuando finalmente el duende desapareció, dejó a la sala de enfermeras en un estado de devastación. Los equipos médicos estaban destrozados, los muebles volcados y el suelo cubierto de escombros. Las enfermeras, temblando y con lágrimas en los ojos, intentaban tranquilizarse mutuamente y comprender lo que estaba sucediendo. Ahora, más que nunca, era evidente que habían que unirse y encontrar una manera de enfrentar y poner fin a las perturbadoras apariciones. Yo sugerí ir a buscar en el ala donde habían realizado las restauraciones, petición a la que todos accedieron. Los albañiles se comportaron muy accesibles y nos mostraron en el lugar donde hicieron los hallazgos, nos mostraron una habitación diminuta y al fondo de ésta estaba un pozo de agua cubierto por varias tablas podridas. Yo, aunque no sabía mucho sobre estos temas, deduje que este era el lugar donde procedía el duende, así que mandé a llamar al sacerdote. Él se disculpó por no poder asistir, pero me dio una serie de indicaciones para clausurar la entrada y sólo fue así que el terror se detuvo en nuestro hospital, aunque a veces pienso que sigue allí debajo en los cimientos, esperando a que vuelvan a abrirle una entrada a nuestro mundo no mos. Siempre me ha gustado practicar senderismo desde que era apenas un niño con conciencia de sí mismo. Siempre me ha gustado caminar por el campo, el bosque o el cerro. Actualmente tengo cuarenta años y a lo largo de mi vida he recolectado varias anécdotas interesantes. De entre ellas hay uno en especial que no logro olvidar y cada vez que pienso en ella logro sentir miedo nuevamente, y es que estoy seguro de lo que vi y no sólo eso sino que fueron otras dos personas que lo vieron junto conmigo. Aún así, mi mente se niega a aceptar que algo puede existir. Fue hace aproximadamente veinte años atrás que nos invitaron a explorar en un bosque de la Huazteca Potosina. Quiero dejar en claro que este lugar no era muy concurrido. No se trata de los lugares más visitados, sino todo lo contrario. Era un bosque al que no solían asistir turistas. Tierra relativamente virgen, donde sólo habitaron algunos españoles durante la conquista y hoy en día solo lo que don ruinas de una que otra hacienda mal lograda. Una travesía como tal requería de llevar con nosotros mochilas con equipo de campamento, pues pasaríamos varios días caminando. Al final llegaríamos a una zona extraña donde decían habitaban duendes. Yo era un poco escéptico en ese entonces, a diferencia de unos primos que eran muy supersticiosos y también asistirían a la travesía. Aparte de la experiencia, deseaba ver la reacción de mis primos. Cuando no encontráramos nada, caminamos durante un día entero y levantamos el campamento cerca de una pequeña cascada. La vista era, para hasta ese momento, lo más cercano a un paraíso todo lleno de vegetación y vida. El sonido del agua cayendo unido al canto de las aves, lograron darme tal paz que no tuve problema en dormir. Inmediatamente después de que levantamos el campamento, me levanté de madrugada con algo de frío. Escuché unas voces esa fuera de mi tienda, imaginando que mis primos y las demás personas que viajaron con nosotros seguirían despiertos. Retiré el cierre de la puerta y me asomé afuera. No había nadie, sólo un par de destellos de fuego a la lejanía. A primera impresión, creí que se trataría de un grupo de luciérnagas. Sin embargo, después de mirar más a detalle, me di cuenta de que el tamaño de estos destellos eran demasiado grandes. Me salí de la tienda para mirar este fenómeno más de cerca. Sentado sobre una piedra, escuché que alguien me habló desde uno de los árboles cercano a la cascada, estando a oscuras. No pude ver nada, pero sí escuché como alguien o algo se movía rápidamente entre las ramas. Esto logró sobresaltarme y de inmediato fui a tomar una lámpara que cargaba en la mochila dentro de la tienda. En eso comencé a escuchar un sonido de cascabeles afuera de la tienda. No eran como sus sonaría una víbora, sino como ese tipo de cascabel que tienen los gatos en sus collares un miedo indescriptible. Se adueñó de mí cerré la tienda y mantuve abierto sólo un pedazo de tela. Por ahí iluminé con la lámpara mientras echaba un ojo afuera vio un hombrecito de menos de cincuenta centímetros. El hombrecito caminaba y miraba todo alrededor. Yo no podía creer lo que veía ese ser No se veía nada natural, ni su rostro ni su ropa. Era como esos gnomos que salían en las caricaturas que veía de niño. Mi mente se negaba a aceptar lo que acababa de ver. Entonces mis nervios comenzaron a colapsar, sobre todo cuando escuché aquel duende o nomo decir mi nombre Ramiro, todo se me puso negro. Recuerdo que cuando recobré la conciencia, mis primos me llamaban para ya salir. No quise contarles lo ocurrido, pues de hacerlo así perdería la imagen que vino había formado, como es céptico. Después de todo, ellos eran quienes querían ver a los duendes y yo quería mostrarles que no existían. Desmontamos el campamento, pues se nos dijo que avanzaríamos mucho camino y llegaríamos a una zona donde era más seguro acampar. Mientras guardaba mis cosas, me debatía en mi mente si lo que había visto era real o había sido un sueño, pues estaba seguro de todo de escuchar los cascabeles y, sobre todo, de la forma de ese maldito gnomo que lucía tan real. Conforme pasó el día. Intenté convencerme de que lo ocurrido durante la noche había sido solo un sueño. Llegamos hasta una brecha de tierra, pasamos un pantano y volvimos a entrar en el bosque lleno de árboles. Pasamos por una zona donde, en un claro había varios árboles con varios orificios. Daba la apariencia de formar pequeñas puertas y ventanas. Mis primos se pusieron frenéticos y juraron que ese claro él o de los duendes que veníamos a buscar. Yo guarde silencio, pues si bien el lugar era un poco extraño, no creía que un ser como el que vi merodeando nuestro campamento viviera en un árbol dentro de mí. Algo me decía que esos seres podían viajar entre dos mundos sin necesidad de tener un lugar físico en el cual habitar. Nos quedamos cerca de ese claro en las ruinas de una hacienda, de las cuales sobrevivían algunos muros. A medida que la noche caía sobre las ruinas de la hacienda, la atmósfera se volvía cada vez más cargada de misterio. A pesar de que intentaba mantener la calma, mi mente seguía atormentada. Mis primos estaban emocionados y llenos de expectativas. Mientras yo ocultaba mi inquietud y duda, decidimos encender una fogata para mantenernos cálidos y alejar cualquier sensación de temor sentados alrededor del fuego. Compartieron historias y leyendas sobre duendes y seres más. Aunque traté de escuchar con atención, mi mente divagaba incapaz de sacudirse a la imagen del nomo de la noche anterior. Cada vez me convencía más de que lo que vi no había sido solo un sueño de repente para mi mala suerte, comencé a escuchar nuevamente el sonido de ese maldito cascabeal no pude seguir fingiendo y les dije a todos que guardaran silencio para ver si escuchaban lo mismo que yo. En esa ocasión no era sólo un cascabel, sino varios. Mis primos dijeron que esos eran los duendes. Ellos marcaron un círculo con carbón alrededor del campamento y después dejaron algo de comida afuera. Dijeron que de esta manera no se arrimarían. Yo les conté lo que me ocurrió la noche anterior. Les escribí cómo era ese ser Me escucharon con calma hasta el final. Después dijeron que hice bien en no salir de la tienda, aunque hubiera sido mejor que les llamara a todos, pues era muy probable que ese duende se haya llevado algo del campamento. A los minutos se dejaron de escuchar los cascabeles e iluminando, nos dimos cuenta que los alimentos habían desaparecido. Eso me tranquilizó un poco, ya que me dijeron que era la única manera de protegernos y yo quise creer en las palabras de mis primos. Esa noche no nos fuimos a dormir hasta pasada la medianoche. Poco antes del amanecer, comencé a escuchar que me llamaban afuera de la tienda. Nuevamente sonaban los cascabeles acompañados de risas, burlonas e incluso macabras. Tomé rápidamente mi lámpara y salí de la tienda. En esta ocasión estaban mis primos afuera junto al resto del grupo, formaban un círculo de oración a un lado de la fogata. Me acerqué a ellos también estaban muy asustados, pues, aun cuando no vieron a ninguna criatura escuchaban lo mismo que yo y las voces de los duendes pronto anunciaron los nombres de varios de pronto iluminé en dirección a un árbol. Entonces vimos cómo estaba sentado un ser con sus pies. Colgando de un agujero. En el árbol salieron varios hombrecillos parecidos a él. Sus miradas eran malignas, se reían mientras apuntaban en dirección a nosotros. De nuevo sentí mis nervios desvanecerse, pero intenté respirar profundamente y me uní a las oraciones. Los gnomos se fueron. No dormimos durante el resto de la noche y apenas amaneció. Recogimos el campamento y nos fuimos a una zona más transitada. Una vez que llegamos a un pueblito a desayunar, contamos nuestra travesía. Algunos lugareños quienes nos dijeron que, por eso, ellos no acudían a esa zona. De hecho, la evitaban a toda costa, sobre todo, evitaban que los niños adentraran en los campos, pues estos seres podían aparecer de repente en cualquier lugar, aunque en esa zona eran más agresivos. Me costó mucho trabajo volver a querer salir en una travesía como tal. Se puede decir que desarrollé un trauma. Incluso acudí con un psicoterapeuta que, como recomendación, me sugirió volver a exponerme a esta actividad de manera gradual, pues era la única manera en que podría superar mi trauma. Sí, funcionó esta dinámica. Con el tiempo le perdí el miedo a salir de campamento, pero he de confesar que hasta la fecha tengo pesadillas y algunas noches siento pánico de salir de mi tienda por miedo a volverme a encontrar con uno de esos gnomos y que esta vez no logré salir sano y salvo de mi encuentro. Relatos escritos y adaptados por Mauricio Farfán