El Duende Y El Brujo Historias De Terror - REDE

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El brujo y el duende. Siempre he creÃdo que en los lugares más inhóspitos del mundo se esconden seres ancestrales, incluso más antiguos, que el ser humano. Esto no quiere decir que nos odien o que de manera natural nos quieran hacer daño, sino más bien son indiferentes. En cambio, el ser humano siempre ha intentado sacar provecho a todo aquello que desconoce, siempre que pueda tener ventaja sobre algo, sobre todo si es por avaricia o por simple poder. Desde hace más de veinte años vivo en Canadá. Hace algunos años, cuando recién llegué a este paÃs muy contratado para dar mantenimiento a una casa de campo en un poblado dentro de un bosque muy alejado de toda ciudad, Siempre he sentido especial atracción por la naturaleza y como la paga era mucho mejor que en la empresa en la que trabajaba. No dudé en aceptar el trabajo. Soy originario de nuevo León, lugar donde crecà escuchando historias sobre brujas, fantasmas y otro tipo de seres sobrenaturales. De quien más escuché este tipo de historias fue de parte de mi abuela Paterna, pues ella era el tipo de persona que realizaba limpias y lectura de cartas. Siempre le creÃa a mi abuela, pues me tocó en más de una ocasión mirar cómo realizaba sus rituales de limpia y cómo, de repente, se desencadenaban fuerzas oscuras en su casa. Se me quedó muy grabado. Una vez que vi como un hombrecillo le salÃa de la cabeza a una niña pequeña. Era una criatura bastante aterradora de piel arrugada y como con escamas siendo sus ojos los más aterradores, pues mostraban un color negro completamente que reflejaba puro, vacÃo y maldad. Aquel episodio terminó con la abuela lanzando agua bendita y acorralando al lente frente a un crucifijo gigante que colgaba junto a la puerta. Mi abuela prácticamente me crió esto a causa de que mi madre está en la cárcel por una cuestión que me avergüenza decirlo abiertamente. El caso es que desde muy chico se me negaron varias oportunidades y es que mi abuela hizo todo lo que pudo por mà y aún asà a veces por diversas circunstancias, no pudimos avanzar económicamente. Entonces conocà un programa que ofrecÃa trabajo en Canadá y no dudé en aprovecharlo, pues allá harÃa dos cosas en las que soy bueno hablando inglés y realizando trabajos de carpinterÃa. Mi abuela no querÃa que me fuera. Incluso intentó hacer que mis tÃos me desanimaran de irme, pero nada logró detenerme. Ya cuando pude mandarle dinero a mi abuela, ella me pidió que la disculpara pues sabÃa que era capaz de hacer lo que me propusiera y estando allá, lograrÃa al fin salir adelante a los seis meses. ConocÃa a una fuera familia nativa de Canadá. El padre de familia me ofreció trabajar un fin de semana en su casa de campo, que se ubica en un poblado dentro del bosque. Era un lugar hermoso con unas pocas casas. Creo que en total serÃan unas nueve viviendas y casi todas formaban una hilera. De estas sólo unas cuatro estarÃan ocupadas. La mayorÃa, al igual que la persona que me contrató eran usadas sólo para dÃas de descanso con el tiempo. Algo ocurrió en la familia de este señor que tuvo que viajar a otra ciudad junto a su familia. Para esto me ofreció trabajar enteramente para él, quedándome indefinidamente en su casa del bosque en Columbia Británica, propuesta que no pude rechazar, pues el salario era mucho mejor y el trabajo menor. El trabajo era simple mantener limpia la casa y cuidar las hortalizas que cultivaban el jardÃn. Hablé con la empresa que por ese entonces me estaban tras sà la ciudadanÃa. Si de algo no me puedo quejar, es de que esta empresa se comportó de una manera muy humana y me extendieron el permiso de seis meses, que serÃa el tiempo que cuidarÃa la casa de Simons. Luego de esos seis meses regresarÃa a trabajar con ellos. Simons me dejó un par de recomendaciones, de entre las cuales dos me parecieron bastante extrañas. Una era mantener la distancia con cierto vecino noruego, que decÃa era un ermitaño que realizaba ciertas prácticas que podrÃan parecerme desagradables y que, en caso de que escuchar el sonido de un cascabel, me encerrara en una habitación que llamaban cuarto de pánico, que no era otra cosa que un pequeño espacio entre dos habitaciones donde tenÃan diversas imágenes religiosas. Esto último me dejó un poco perplejo. Sin embargo, al ver que su cara era como de risa, no le tomé importancia. A veces bromeábamos en inglés hasta cerca de qué nos asustarÃa de un momento a otro. Asà que deduje que intentaba asustarme a manera de broma. No obstante, bastó con que me topara en una ocasión con el vecino del que hablaba para darme cuenta que su recomendación era muy acertada, pues este sujeto era realmente extraño a tal punto que hoy en dÃa me preguntó si en verdad era un ser humano y no una especie de demonio habitando la piel de alguien más. Era muy alto. Creo que hasta el dÃa de hoy es la persona más alta que he visto y eso que yo no soy bajito ni de un metro ochenta y cinco. Sus facciones eran bastante fuertes e iba vestido de una manera peculiar. De vez en cuando se le veÃa con una especie de hábito como el que usan los monjes, no era que le hablara mucho, pero de vez en cuando venÃa a la casa a saludar, sentÃa un poco de pena de ser maleducado y no saludar un dÃa. Incluso me dio una rebanada de pastel de calabaza y a partir de entonces comencé a notar ciertas cosas raras en la casa, sobre todo en la huerta lugar, donde distinguÃa unos pequeños seres que al principio pensé que se trataba de un pequeño roedor, pero pronto me di cuenta que no se trataba de un animal. Estaba atendiendo el regadÃo. En eso vi una sombra que avanzó rápidamente entre dos goles. Seguà este movimiento con los ojos hasta que se detuvo. Entonces lo vi era un ser pequeñito de no más de metro y medio. Iba vestido con ropas hechas jirones, llevaba un pequeño sombrero de punta y tenÃa barba. SabÃa que no se trataba de un ser humano. No habÃa manera posible de que lo fuera. La criatura me volvió a ver y me saludó mientras hacÃa una mueca grotesca. Después se pasó el dedo anular por la cara como advirtiéndome que me matarÃa. Corrà entonces hasta la casa y me refugié en la habitación del pánico. Allà dentro sólo escuchaba el sonido de varios cascabeles y risas demonÃacas. No sé cuánto tiempo habrá durado ese fenómeno, Posiblemente algunos segundos, aunque a mà me parecieron una eternidad. Ya no me atrevà a regresar a la hortaliza. Esa veas sólo cerré las llaves de agua y continué con la limpieza dentro de la casa. Esa noche comencé a notar que el vecino estaba parado afuera de la casa. Llevaba consigo una especie de flauta que, después de tocarla, miles de cascabeles le respondÃan sentà mucho miedo y me quedé rezando toda la noche. Era obvio que ese sujeto era un brujo y de alguna manera estaba relacionado con el ser que vi en el jardÃn. Me comencé a sentir mal, pues una fiebre se apoderó de mÃ. Recuerdo que pasé dos dÃas postrado en cama. Tomé algunos medicamentos del botiquÃn de Simons, pero la fiebre sólo se me quitaba por momentos y cuando más fuerte era deliraba. Escuchaba los cascabeles y sentÃa como si esa maldita criatura me bailara en el pecho. Estuve a punto de irme a la ciudad cuando mi estado de salud mejoró de repente. En ese momento se me ocurrió llamar a mi abuela, a quien, por lo regular le hablaba cada semana para saber cómo estaba. Después de contarle mi historia, me dijo que azara a Chiles en la estufa esto para alejar al duende de la casa, pero que estuviera atento, pues el hombre en cuestión era un brujo de los más fuertes. Ella ya lo habÃa visto en espÃritu, asà que necesitaba toda la protección posible que ella ya estaba trabajando desde su casa para pelear en espÃritu con ese hombre maligno, como no estaba seguro de si el duende pudiera entrar a la casa. Hace chiles tanto en el asador del patio como en la cocina. Esto funcionó de maravilla hasta que una noche escuché unos gritos de agonÃa proveniente de la huerta de hortalizas. Encendà rápidamente las luminarias y ante mis ojos miré un espectáculo aterrador afuera en fila al menos media docena de mapaches y otros animales caminaban en dos patas. ParecÃan acechar algo detrás. No alcancé a ver bien debido al número de animales y oscuridad, pero deduje que los animales atacaban a esa criatura mascota del brujo, pues los chillidos parecÃan entre humanos y animalescos no se me ocurrió otra cosa que ponerme a rezar ante tan macabro espectáculo. A la mañana siguiente encontré un par de mapaches muertos parecÃan haber sido atacados con una especie de cuchillo. Estaba limpiando la hortaliza. Cuando escuché al vecino, gritar de dolor, corrÃa asomarme por la puerta. Ahà estaba ese hombre con una vestimenta aún más extraña y cargaba un pequeño cuerpo entre sus brazos. Por un segundo alcancé a ver aquello que cargaba con él era el cuerpo de ese duende. TenÃa marcas horribles en el cuerpo, muy probablemente hechas por el enfrentamiento que tuvo con los mapaches. A partir de ese momento, el vecino mévitó incluso terminó por mudarse en la casa. Ya no ocurrieron cosas raras. Pienso que mi abuela fue quien provocó que aquellos animales me defendieran. No sé este tipo de situaciones son tan extrañas que es muy difÃcil encontrarles una explicación racional. Le conté lo ocurrido a Symons, que me pidió de favor no decirle nada a su esposa, pues ella era bastante nerviosa y si se enteraba ya no querrÃa pasar una noche en esa casa del bosque. Yo regresé a mi antiguo empleo y conseguà mudarme con una chica nativa canadiense. Hace poco, justo cuando me iba a olvidar de ese aterrador evento, caminaba por un parque de noche. En eso escucho como alguien me hable en español, yo identifiqué de inmediato de dónde venÃa esa voz sentado sobre una rama vestidos de manera peculiar. Estaba un duende que al verme se echó a reÃr corrà a mi casa, pues sentà como si ese ser supiera todo lo que me habÃa ocurrido. Pensé que de nuevo estarÃa experimentando cosas aterradoras, pero no hasta la fecha. Ha sido la última vez que lo he visto el cadáver del duende. Soy inspector de choferrez del servicio de recolección de Basura en Santiago, Chile. A lo largo de mi carrera he ido recopilando algunas anécdotas interesantes, pero ninguna como la que estoy por relatar. Todo comenzó cuando Recién fui promovido a supervisor. Anteriormente era un simple chofer. Más nunca dejé de estudiar y al ver la oportunidad pude llegar a un cargo mayor. Fue precisamente durante un cambio de gobierno que retiraron la base del municipio al que pertenezco y la trasladaron a un terreno desocupado muy largo cerca de una zona industrial que quedaba cercana a mi hogar. Fue fortuito este cambio, pues no sólo estaba ganando un mejor sueldo, sino que ahorraba en el transporte. Ahora bien, antes de continuar el relato, me gustarÃa explicar cómo estaba distribuida. La zona era totalmente abierta, dividida sólo por unas marcas de pintura. En un lugar estaban las casetas como en la que yo trabajaba. Todo el terreno estaba cercado con malla de acero y afuera siempre habÃan varias personas vendiendo comida. Yo comenzaba a trabajar desde muy temprano, prácticamente a las cuatro de la madrugada ya estaba en mi caseta recibiendo los choferes que saldrÃan a realizar el servicio. Por lo regular, primero llego y compro un litro de café que tomo durante el dÃa. Si mal no me equivoco. Fue un dÃa jueves cuando uno uno de ns los camiones no ingresó a su hora y al poco rato me indicaron que los muchachos que lo traÃan se habÃan accidentado en una curva de camino. Mandamos a traer el camión con una de las grúas que usamos para remolcar. El chofer y otro trabajador terminaron en el hospital, mientras que otros dos sà llegaron conmigo. TraÃan consigo una caja muy curiosa. ParecÃa un pequeño ataúd venÃa cerrado con una cadena y dos candados a ambos lados. Mostraba varios sÃmbolos cercanos de inmediato. Los identificamos con la práctica de magia negra me dijeron que encontraron la caja frente a una casa antigua del centro. Estaba en el bote de basura, junto a varios candelabros y otras cosas de metal mismas que habÃan repartido entre ellos, pero que la caja les daba curiosidad y querÃan abrirla. Yo traté de persuadirlos que arrojaran esa caja con el resto de basura, pues no podÃan saber qué abrÃa dentro. Un uno de los schns que trabajaba en ese camión era de ese tipo de personas que siente atracción por lo oscuro, vestÃa de negro, usaba collares con pentagramas y otra clase de sÃmbolos. Ãl era quien se mostraba más entusiasmado por revelar el secreto que contenÃa la caja. Forzaron el par de candados y dentro encontraron un pequeño cuerpo ya en los puros huesos. Su ropa aún seguÃa intacta. ParecÃa hecho de plástico. No se miraba tan real. Al menos eso fue lo que yo pensé en ese momento. Además, no olÃa a muerte, sino como a madera. Los muchachos pensaron que se trataba del cadáver de un niño, pero sus ropas eran las de un adulto. TraÃa incluso una boina sobre la cabeza, un pequeño mazo a un lado y del otro una especie de pico. Los chicos me preguntaron qué hacer si avisaban a la policÃa o no. Yo les dije que sà e inmediatamente yo llamé al departamento. Llegaron un par de policÃas que apenas ver la caja y un cuerpo dentro nos amenazaron con denunciarnos por hacer bromas, ya que, según ellos, el cadáver era de juguete. Como no nos quitaron, la caja terminó quedándose con ella raúl el chico que vestÃa de negro. Yo en ese momento no vi inconveniente en que se quedara con ella, pues todos creÃmos que sÃ. Se trataba de un simple juguete, un tipo de fetiche usado por algún grupo de magia negra. Pasaron los dÃas y me olvidé del asunto. Sin embargo, después de una semana, este muchacho Raúl no acudÃa al trabajo. Comenzamos a echarlo en falta. Era extraño, porque él era una persona muy responsable. Hasta ese momento. Nunca habÃa faltado, ni siquiera por enfermedad. Le llamé por teléfono, pero nadie me contestó. Ãl vivÃa solo en un departamento cerca de un complejo universitario a las afueras de la ciudad. Le pregunté a los compañeros si no lo habÃa han visto, pero ellos estaban igual que yo. No sabÃa nada. ParecÃa como si se lo hubiera tragado la tierra. Uno de los chicos que sabÃa exactamente dónde vivÃa dijo que pasarÃa en la tarde a su domicilio a ver qué le habÃa ocurrido. Al dÃa siguiente nos enteramos de una terrible noticia. Raúl llevaba varios dÃas fallecido en su domicilio. Según supimos, su familia no era originaria del paÃs, sino que vivÃan en el sur de México y él siempre fue muy solitario. No hablaba mucho con los vecinos, pues estos decÃan tenerle miedo por el tipo de música que escuchaba, además que en más de una ocasión lo escucharon realizando ritos de brujerÃa. Dijo el chico que el cadáver de Raúl estaba muy extraño. A él le tocó verlo y, en lugar de estar inflado, como se esperarÃa, de un cadáver que ha fallecido recientemente, estaba hecho una momia. Su cuerpo l lucÃa de neo totalmente deshidratado, como si algo le hubiera succionado toda la vida. A mà en lo personal, la noticia me cayó como un balde de agua frÃa, Si bien no éramos amigos tan cercanos. Me parecÃa una tragedia que un hombre de esa edad tuviera una muerte tan espantosa y trágica. A los dÃas nos enteramos que los forenses dijeron que el hombre murió de un infarto. El chico que fue el que reportó a la policÃa terminó quedándose con algunas de sus cosas, incluida la caja con el cuerpo del cadáver, del duende hombre que le habÃamos dado, ya que eso parecÃa quisieron dejar la caja con el duende en mi cabina, pero yo me negué les dije que lo mejor era que se deshicieran de ella, pues era muy probable que estuviera relacionado con la serie de desgracias que acababan de ocurrir. Este comentario me causó la burla de los muchachos, quienes me acusaron de supersticioso y decÃan que nada de lo que habÃa ocurrido estaba relacionado, que Raúl murió probablemente por haberse envenenado con algunas de sus pócimas que realizaba y el camión de basura se volcó por falta de mantenimiento. Yo les dije que no me importaba lo que creyeran, que no deseaba tener a ese duende en la cabina, que si alguno de ellos querÃa podÃa llevarlo y colocarlo en su cama y dormir abrazado a esa horrenda. Cosa ya no supe ni qué hicieron con ese duende. Pero después de una semana me enteré que uno de ellos habÃa arrojado la caja vacÃa a uno de los colectores de basura supe por otro chico que se llama ernesto que el muchacho que se terminó quedando con el muñeco se le perdió y de una manera insólita, lo encontró otra persona cerca de uno de los colectores. Fue entonces cuando se corrió el rumor entre los trabajadores de que un duende acechaba cerca de los camiones, causando averÃas en los motores y robar cuando las pertenencias de los empleados. Hubo una persona que incluso dijo haber sido atacada por esta criatura. Yo, al principio me negué a creer en los rumores. Sin embargo, no tardé en ser parte también de las vÃctimas de ese duende. Fue durante una madrugada de lunes, dÃa en que todos llegan más tarde que otros dÃas incluso las personas que se dedican a vender comida afuera aún no llegaban. Estacioné el auto y me dirigà a la caseta. Mientras iba de camino, escuché una risa entre las sombras, pero no quise prestar la atención, pues antes algunas veces me tocó ser el objetivo de una broma de mal gusto de los muchachos. Caminé directo a la caseta y una vez allà comenzaron a ocurrir cosas extrañas. La silla en la que me iba a sentar se movió por sà sola. Mi vaso con agua se derramó de la nada. Al principio no creà que se tratara de algo de origen sobrenatural, sino que todo habÃa sido obra de la torpeza de mi cuerpo, que apenas estaba terminando de despertar. No obstante, pasado una hora fui arrojado de mi silla al suelo. Mientras estaba en el piso, comencé a escuchar una risa burlona con un tinte macabro. Muy cerca de mÃ. Me puse en pie buscando a la persona que me habÃa arrojado al piso, pero no habÃa nadie. Salà de la caseta y afuera vi que iban llegando las personas que vendÃan alimentos. Lo mismo los primeros trabajadores fui a comprar un café y una rosquilla para despejarme un poco ante lo que acababa de ocurrir. Luego volvà a la cabina y les conté a los primeros trabajadores lo que me acababa de ocurrir. Ellos decÃan que habÃa sido el duende que rondaba. Ese dÃa pasó y no volvió a ocurrirme nada extraño. En cambio, los demás dÃas escuchaba una voz cerca de mà Me decÃa cosas terribles como que me iba a morir en un desafortunado accidente y que los gusanos se comerÃan mis ojos cosas demasiado horribles que jamás pude haber imaginado. Hablé con los muchachos para ver qué era lo que podÃamos hacer para darle fin a ese duende que nos acechaba. Hablamos con una mujer que decÃa ser medium y parecÃa entender el tema mucho mejor que nosotros. Nos entregó tres cruces de hierro forjado y nos encargó conseguir unas macetas con hierbas de San Juan, pues donde la tuviéramos, el duende no se animarÃa a acercarse. Coloqué ambas cosas dentro de la cabina y, por fortuna, sà funcionó al menos en ese sitio. Dejé de escuchar esas voces y no tuve nuevamente algún evento paranormal. Pasaron los dÃas y me fui olvidando del asunto. Desgraciadamente, el duende no se olvidó de mÃ. Me tocó que me cambiaran el horario. Esta vez tendrÃa que estar desde la tarde hasta casi medianoche. Una de esas noches llegó un trabajador a tocarme la puerta. Como yo estaba ocupado con unos papeles. Le dije que entrara, pero este en lugar de abrir, me dijo desde fuera que necesitaba que fuera a ver algo que acababa de ocurrir en uno de los vertederos en el lado norte de la planta. Me puse de pie de inmediato alarmado por el tono en que me habló de ese trabajador. Cuando salà de la cabina, no vi a nadie y se me hizo extraño porque no habÃan pasado ni un par de segundos. Creyendo entonces que la situación era de alta urgencia, me dirigà al sitio a paso apresurado. Cuando llegué no habÃa nada ni nadie, solo el vertedero vacÃo y a un lado un pozo repleto de residuos que traen los camiones de basura. Me sentà molesto, creyendo que estaba siendo parte de una broma de mal gusto. Comencé a gritarle a los muchachos. En eso escuché como si alguien se moviera cuando menos acordé caà dentro del pozo, miré hacia arriba. Entonces lo vi era idéntico. Ese cadáver sólo que ya no parecÃa una momia se veÃa lleno de vida. Estaba tan asustado, sobre todo de ver cómo se movÃa esa criatura y de ver cómo empezó a bajar en mi dirección. SentÃa que me iba a desmayar, pues tenÃa los nervios hechos trizas. Todo ocurrió tan rápido que de no ser porque Dios es tan grande. Ahora mismo no estarÃa contando esta historia. De pronto tenÃa varias linternas iluminando en mi dirección. Eran los muchachos que venÃan en mi auxilio me sacaron y yo estaba histérico. Ni siquiera me podÃa mover apestaba y mis nervios estaban totalmente destrozados. Terminé en el hospital, lugar donde no quise contar lo que me habÃa ocurrido, pues pensaba que no me creerÃan. Estuve fuera del trabajo. Varios dÃas Fueron noches en las que no logré conciliar el sueño, pues cualquier ruido que escuchaba me traÃa el recuerdo de ese duente que deseaba asesinarme. Con los dÃas me enteré que hubo varios incendios en los camiones, asà como mi caseta. Cuando estuve listo para volver al trabajo, casi estuve a punto de renunciar de no ser porque Raúl dejó haber capturado el cadáver del duende. Al parecer, terminó cayendo en una de las tantas trampas que nos puso. Terminó calcinado el cuerpo varios fueron los trabajadores que atestiguaron cómo esa criatura se retorcÃa y gritaba con el tiempo, cambiaron la planta y hasta la fecha no hemos vuelto a tener algún incidente relacionado con una criatura como aquella. El duende de mi vecino. Soy originaria de Argentina, de Tierra de Fuego, un poblado muy cercano a la Patagonia, tierra que de por sà sola es mágica y es que si alguno de ustedes ha tenido la oportunidad de viajar hasta acá, sabrán de lo que hablo, y es que esa zona es conocida como el verdadero fin del mundo, pues aquà termina nuestro hermoso continente. Hace poco tiempo participé en una verdadera historia de terror. Algo de lo que me avergüenzo es que siempre he sido fanática del esoterismo y ocultismo. Actualmente me mantengo alejada de esas prácticas Y es que cuando uno inicia este tipo de artes oscuras, lo hace con una grave ignorancia, sin saber lo que se puede llegar a provocar. Fui criada por una tÃa hermana de mi padre, esto a causa de que mi madre murió unos meses después de que yo naciera, y mi tÃa, Julia, se hizo cargo de mÃ. A partir de ese entonces, ella y yo nos complementamos, y es que ella no pudo tener hijos. Yo, desde muy joven, siempre busqué la manera de aportar económicamente al hogar. Y por aquel entonces tendrÃa apenas dieciocho años cuando entré a trabajar en un restaurante. Allà fue que conocÃa a esta chica de nombre Julia Berenice. Esta chica era ese tipo de persona enigmática. Por aquel entonces, ella tendrÃa apenas treinta años y se veÃa prácticamente de mi edad. ParecÃa que los años no le habÃan pasado por su rostro era perfecto, sin ninguna arruga, su cabello negro, sedoso y su manera de vestir demasiado anticuada, pero se veÃa muy bien, era un poco reservada. Pero no tardé en entablar una amistad con ella y adiviné casi de manera inmediata que ella se dedicaba a practicar la hechicerÃa como lo supe fácil. Ella llevaba siempre unos anillos de ciertas piedras con propiedades espirituales, asà como un collar con un sÃmbolo de alta magia. ConocÃa el significado de or de estas joyas que llevaba consigo. Aún asà me hice la ignorante en este tema y le pregunté varias veces con el motivo de insinuar mi enorme interés por las artes esotéricas total que, después de entender mi interés en este tema me invitó una reunión que tendrÃa cerca de su casa. No fue la gran cosa lo que se esperarÃa de este tipo de prácticas, algunas veladoras, un cÃrculo y varias personas intentando demandar hechizos. Allà conocà a un vecino de ella que se llamaba Esteban. Era un hombre ya entrado en años, quien, según Julia, no hablaba con nadie y practicaba magia negra, pura de la más maligna. VivÃa en una casa totalmente enrejada, tapiada de arriba, abajo por carteles de tienda y tablas de madera podrida. Según Julia, el hombre tenÃa un jardÃn lleno de duendes y de varios sacrificios. Yo, después de escuchar todas las conjeturas acerca de este sujeto, le dije que me parecÃan meras patrañas que tal vez al hombre le gustarÃa practicar alguno que otro hechizo, al igual que nosotras, pero de eso a que existieran duendes y que éstos pudieran recibir órdenes de un brujo, me parecÃa algo imposible de ignorar. Además de que jamás habÃa visto en vivo y a todo color a una criatura de esas. Julia me confesó que ella, al principio tampoco creÃa mucho en esos rumores de las personas. Sin embargo, después de vivir tanto tiempo allÃ, varias veces le tocó mirar con sus propios ojos a una criatura de esas, rondando el jardÃn o platicando con el propio Esteban. Ella decÃa que tal vez no tendrÃa varios, pero estaba segura de que mantenÃa una criatura de éstas cautiva, de la cual sacaba provecho para que le trajera buena fortuna y poderes mágicos. Tuve la idea de decirle a Julia que me mostrara y si era verdad esto, yo le invitarÃa a la cena para que se hagan una mejor idea de lugar. La casa de Julia estaba cerca de la costa y la casa de Esteban estaba en la esquina sobre una pequeña colina. El lugar olÃa bastante mal, como animales muertos, y dentro estaba un árbol que sobresalÃa de toda la casa. No sé mucho sobre especies de árboles, pero éste tenÃa las raÃces torcidas y sacaba un fruto parecido al algodón. Julia dijo que sobre las ramas llegó a ver a este extraño hombrecito vestido de verde esmeralda. También tenÃa un sombrero de copa con una hebilla en el centro. Para alcanzar a verlo, me indicó que sólo serÃa posible de madrugada, motivo por el cual decidà quedarme a dormir en su casa. Pusimos nuestras alarmas a las tres de la madrugada. Salimos a la calle y nos quedamos justo frente a la casa y cuál serÃa mi sorpresa que escuchamos unos quejidos ns pero no sonaban naturales, sino algo parecido a una voz aguda y a la vez cultural. Se nos ocurrió acercarnos más a la casa y en medio de dos tablas podridas pudimos mirar dentro. Esteban nos daba la espalda, recitaba una serie de palabras que no pude identificar. Después sonaba cuando le echan agua al fuego y después los chillidos. Julia me dijo que Esteban usaba el duende para extirparle una parte de su poder. Esteban no parecÃa esa clase de persona. Si lo veÃas por la calle, podÃas pensar que se trataba de un hombre enfermo era demasiado delgado y sus ojeras eran demasiado exageradas. Nos alejamos un poco de la reja y entonces Esteban comenzó a gritar con desesperación. ParecÃa que lo estaban asesinando. Sus gritos nos pusieron nerviosas y decidimos volver a la casa de Julia y llamar a la policÃa. Justo cuando regresábamos la s NS. Escuchamos como si algo se moviera entre los árboles, también un par de palabras de una vocecita extraña. Sentimos como si algo nos caminara en la cabeza. Nos sacudimos con desesperación y corrimos a su casa. Una vez allà telefonÃamos a la policÃa y nos dispusimos a realizar un hechizo de protección. Cuando la policÃa llegó, varios vecinos de Julia estaban afuera al poco rato también estaba una ambulancia con tres para médicos. Llevaban a Esteban grave de salud. TenÃa varias heridas en el pecho, estaba todo cubierto de sangre. A partir de allÃ, no supimos más de ese hombre. En cambio, su duente no tardó en hacerse presente ante nosotras. No sé cuánto tiempo habrá pasado o si simplemente no nos dimos cuenta. Y es que a partir de entonces yo me hice más Ãntima con ella. Comencé a quedarme seguido en su casa. Lo primero que ocurrió fue que comenzamos a encontrar tierra en la cama de Julia, lo mismo en la cocina y en la sala. No era cualquier tipo de tierra, sino tierra de jardÃn de esa que es húmeda y con gusanos. Julián no entendÃa cómo habÃa llegado hasta su casa si ella misma no tenÃa un jardÃn y vivÃa sola. Su departamento era muy pequeño y si alguien se hubiera metido los vecinos le habrÃan avisado de inmediato. Lo segundo que ocurrió fue que se le perdió joyerÃa de plata y oro que tenÃa. No hubiera sido extraño de haberse tratado de un simple robo, pero encontró las joyas en otras partes del departamento que no tenÃa nada que ver, por ejemplo, en el cajón donde guardaba los productos de limpieza y un pomo de café soluble. La casa de Esteban fue vandalizada, esto a causa de que la policÃa cometió el error de dejar la puerta abierta. Dijeron varios vecinos que encontraron partes de animales. Al parecer, Julia tenÃa razón, pues el hombre tenÃa incluso una especie de altar formado con partes de varios cuerpos de ndo diversos animales un dÃa tuve el valor de acercarme a esa casa. Fue cosa de un par de segundos. Apenas me asomé a ver el jardÃn cuando vi una pequeña figura corriendo hasta esconderse detrás del árbol. ParecÃa una niña, pequeña, pero iba vestida como una persona adulta de otra época y sus ojos eran cristalinos como los de un sapo parpadeé para saber si lo que estaba viendo era real y ante mis ojos. Esa visión desapareció. Esa tarde le conté a Julia lo que vi en la casa de Esteban. Ella me dijo que le debÃa una cena, pues ese era el trato. Yo no recordaba lo que habÃamos hablado acerca de eso, pero le respondà que no importaba. Yo pagarÃa la cena. Me contó que Esteban, aunque no murió, la falta de oxÃgeno lo dejó muy mal y, según supo tuvo que mudarse a la casa de una de sus hermanas. Ella la habÃa visto un par de veces cuando venÃan a visitarlo, y esta mujer era del mismo tipo que él. No era muy sociable. Si la saludabas te devolvÃa el saludo con educación, pero no llegaba a sostener una conversación. No habÃa Julia en dos semanas. Según supe habÃa pedido tres dÃas de vacaciones para ir a ver a sus padres que vivÃan en Buenos Aires. Pasó una semana más y seguà sin verla. Intenté llamarle por teléfono, pero no obtuve respuesta. Me decidà a ir a buscarla. La encontré en su departamento. Se veÃa en un estado fatal. Estaba mucho más delgada de lo que era sus ojos. TenÃan unas bolsas terribles y toda su casa olÃa horrible. Todo el piso estaba lleno de sÃmbolos de protección mismos que colgaba por doquiera. Me confesó que acudió a la casa de Esteban buscando algo que le pudiera servir en sus prácticas de hechicerÃa y que de por sà algo no siguió hasta su departamento. Aquella noche que Esteban sufrió ese terrible accidente, el cual sabÃa fue a causa de un duende que se rebeló contra él y ahora la acosaba. DÃa y noche se aparecà y desaparecÃa. No la dejaba dormir. Incluso una noche sintió cómo le intentaba asfixiar. En eso se bajó un poco la blusa de cuello alto que llevaba puesta. Entonces vi esas pequeñas marcas en su piel parecÃan quemaduras. Me dijo que intentó hacer de todo y aunque algunos hechizos lograron alejarlo, el duende siempre regresaba para atormentarla. Me contaba esto cuando apareció ese maldito ser este se arrojó contra mÃ. Mis nervios no soportaron ni colapsé. Cuando volvà a recuperar la conciencia, llevé a Julia a ver a mi tÃa le confesé todo lo que nos acababa de ocurrir y después de un largo regaño, nos llevó con una bruja que después de una semana de ritos, logró alejar a ese maldito Duende. La casa de Esteban fue puesta en venta y aunque las subastaron, nadie duró viviendo allÃ. Yo, por mi parte, ni siquiera me arrimo a esa zona. Cuando tengo que pasar, prefiero caminar por la acera de enfrente. Y aunque no he vuelto a ver a ninguna de esas criaturas, a veces se me aparece en mis sueños y me dice que un dÃa volverá por mà aparte. Es Por esto, mismo que practico el ocultismo, intento tener un tipo de protección contra estos seres, aunque no dudo que nosotras, con nuestros rituales, atrajimos el duende del vecino, los duendes en la fuente. Cuando era niña, mi padre trabajaba haciendo carreteras por toda la República Mexicana, motivo por el cual pude recopilar una serie de experiencias tanto agradables como aterradoras. De entre todas, hay una en especial a la que no le encuentro explicación alguna. Fue cuando nos mudamos a durango un tiempo a una casa muy grande, donde mi hermano menor comenzó a decir que veÃa duendes jugando en una fuente de agua. Somos en total cinco hermanos, de los cuales los mayores ayudábamos a mi madre en casa a cuidar a los menores. De entre ellos estaba mi hermano Jesús, que estaba a mi cargo. Le contamos a mi madre lo que vio Jesús, y ella, al escuchar la simple palabra Duende, se mostró un poco asustada y enseguida. Nos dijo que eso ocurrÃa porque nos portábamos mal y era la manera en que Dios nos castigaba. Asà que por el momento nos prohibió jugar en ese jardÃn. Y es que la casa, como he dicho antes, era bastante grande, pero nosotros sólo habitábamos una parte y la fuente donde nos gustaba jugar se encontraba en una zona de la casa un poco alejada de la cocina y de nuestros cuartos. Mi padre era era una persona bastante difÃcil, TenÃa mal carácter, bebÃa y fumaba en exceso y, lo peor de todo, nos maltrataba cada que tenÃa oportunidad. Por fortuna, mi padre llegaba ya tarde a la casa y a veces ni siquiera llegaba. Considero que esto endureció el corazón de mi madre, que nos trataba de una manera muy dura. Aún asà éramos felices. Siempre encontrábamos la manera de divertirnos, aun cuando no nos dejaban ir a fiestas. Pasaron los dÃas y en mi interior dos emociones me dominaban el miedo y la curiosidad. QuerÃa saber si los duendes eran algo real y no simple leyendas que contaban para mantenernos alejados de lugares peligrosos. Asà pues, estuve vigilando la fuente en el patio trasero, claro siempre que no estaban mis hermanos ni mi madre. Cerca. Fue durante una mañana que salieron todos a la escuela y mi madre se fue al mandado. Yo aún no entraba a la preparatoria, asà que me quedé limpiando la casa aproveché que todos se fueron para acercarme a la fuente. El lugar estaba rodeado por un jardÃn muerto. Lo único que sobrevivÃa en los cajetes eran espinos y de esas hierbas que se te pegan en la ropa y no se quitan fácil. Todo el terreno estaba cubierto por azulejos envejecidos, un yacuz y seco y la fuente en medio hecha con ladrillos de cantera y en ciertos sitios le faltaba a algunos. Era una fuente muy curiosa, a la cual me hubiera gustado tomar un par de fotos, pero en ese momento no era tan fácil contar con una cámara. Mi madre tenÃa una, pero no nos dejaba agarrarla. Me quedé sentada en uno de los niveles de la fuente. Era rara, era circular y caÃa escalona a escalón. Me quedé sentada en el segundo nivel y me quedé mirando alrededor de la fuente y el jardÃn. Me llamó la atención un espacio donde faltaba uno de los ladrillos. Me quedé mirando dentro. Se veÃa bastante profundo. Entonces pensé que mi madre habÃa visto ese espacio, pues fácilmente cabÃa Jesús estaba absorta imaginando qué tan profundo serÃa ese hueco. Cuando comencé a escuchar el sonido de una flauta que provenÃa de la profundidad. Era una música de lo más extraño, nada agradable y cacofónica. Esto me obligó a echarme para atrás alejarme de la fuente, Cometà el error de darle la espalda. Mientras huÃa de regreso a mi casa. Sentà como una manita se aferraba a mi tobillo izquierdo. Esto me obligó a girar a ver qué ocurrÃa. Entonces lo vi eran unos hombrecillos de no más de cincuenta centÃmetros. Dos de ellos vestidos y uno iba desnudo, uno tocaba una especie de flauta, otro bailaba y un tercero estaba unos escasos centÃmetros de mÃ. TenÃa una cara horrible. No sé cómo explicarlo, pero sus gestos daban a entender que sus intenciones eran perversas. Corrà hasta adentrarme en la casa, dejando detrás el sonido de la flauta y ese extraño sonido que producÃan esas criaturas. Al atravesar la puerta, como si se tratara de una broma, los duendes desaparecieron y lo único que quedó en el ambiente fueron unas risas minúsculas que daban a entender que los duendes estaban justo al lado mÃo. Corrà hasta la parte de la casa que ocupamos. Me paré frente a un cuadro de la Virgen de Guadalupe que tenÃa mi madre, me puse a rezar mientras lloraba pidiendo que alejara esas horrendas criaturas de mÃ, como si Dios mismo y su Santa Madre escucharan mis plegarias. Las risas invisibles pararon aquella tarde, cuando estuvimos de regreso, nos ocupamos y cuando bajó el l sol, salimos al patio de juegos. Regresamos muy cansados, cenamos, nos lavamos los dientes y nos fuimos cada uno dormÃa. Pero el crucifijo que puse en el ropero estaba justo en el centro de mi cama. Tomé el crucifijo entre mis manos y noté que no estaba normal. Estaba todo rayado. Alguien habÃa deformado la cara de Jesús con un plumón de inmediato. Fui al cuarto de Donovan para preguntarle por qué habÃa hecho eso. Ãl me dijo que no sabÃa nada, pero que pudo haber sido Patrick quien le decÃa que odiaba a Jesús. Le dije a mi hijo que no le creÃa y que entendÃa que tenÃa un amigo imaginario, pero que ese no era motivo de realizar ese tipo de travesuras, mucho menos de mentir para no hacerse responsable de sus actos. Mi hijo me juró entre lágrimas que él no habÃa sido que ni siquiera sabÃa dónde estaba esa cruz. Ya no le dije nada al niño, pero volvà a colocar el cruz fijo en su lugar. A la mañana siguiente, mientras me lavaba los dientes, vi la cruz dentro del inodoro, la saqué y la lavé muy bien. No quise acusar de nuevo a Donovan, pues no me gustaba pelear desde temprano. Cuando entré a su cuarto a despertarlo, me encontré con el ropero abierto y su ropa revuelta en el piso. No lo regañé, pero sà le dije que lo pondrÃa ordenar la ropa a él. Ãl me dijo que él no habÃa sido. Yo le dije que no me importaba que él iba a ordenar y que ya me estaba cansando su amiguito imaginario. Al regresar, mi hijo ordenó lo mejor que pudo su armario. Al final terminé recogiendo el resto. Yo ya tranquila le dije que si habÃa algo que le molestara en la casa o en la escuela, podÃa decÃrmelo. Me puse a preparar la comida. Mientras Donovan se quedó jugando en su cuarto. Se me hizo extraño que no quisiera ver la televisión, ya que a esa hora pasó un programa que le gustaba, pasó un largo rato en silencio y algo que siempre me quedó grabado en la cabeza fue que mi madre me decÃa que cuando los niños estaban en silencio era cuando más cuidado se debÃa tener. Asà que acudà de inmediato a su cuarto. Lo vi sentado en uno de los escalones que daban al ropero mismo que se encontraba entreabierto, mi hijo hablaba en voz baja y no alcanzaba a distinguir lo que decÃa. En eso entré de manera abrupta haciendo ruido. Entonces mi hijo se giró a mirarme mientras la puerta del ropero se cerró por sà sola. Le pregunté a Donovan sobre lo que estaba haciendo. Ãl me respondió que Patrick le estaba enseñando trucos de magia. Le pregunté sobre qué especie de trucos, y su respuesta me dejó anonadada. Según mi hijo, Patrick podÃa producir fuego en sus manos, podÃa desaparecer y hacerse aún más pequeño, pues a la descripción de mi hijo este ser era aún más pequeño que él. Lo primero que se me ocurrió hacer fue a alejar a mi hijo del ropero enseguida abrà las puertas y aunque no vi nada de extraño dentro, sà percibà un olor como ha quemado por más que revisé en todo el lugar. No habÃa ni una sola ceniza ni ningún otro indicio de que hubiera ardido algo allà dentro saqué la ropa del ropero y la llevé al mÃo. Después regresé a cerrar con llave el ropero de mi hijo y le dije que no lo querÃa volver a ver cerca de allÃ. Mi hijo llorando me dijo que si no jugaba con Patrick, él se enojarÃa y nos harÃa cosas malas. Yo le dije que no me importaba y que aún asà no deseaba volver a verlo cerca de ese ropero mi hijo comenzó a comportarse de manera extraña. Los siguientes dÃas se veÃa más callado, no sonreÃa y eso que él era ese tipo de niño alegre al que todo le divierte. Le hizo espacio, pero hasta en la guarderÃa me dijeron que don Ovan estaba actuando extraño en casa. Lo atrapé llevándose algunos anillos y collares de plata que tengo y los dejaba fuera del Ropero cuando le pregunté por qué hacÃa eso, él me respondió que era la única manera de tranquilizar a Patrick, pues de no hacerlo asÃ, se lo llevarÃa a su mundo y lo matarÃa. Cuando mi hijo me dijo eso, quedé espantada ya no podÃa negarlo. Era obvio que habÃa algo de lo más extraño viviendo con nosotros. Asà que fui por una tÃa que realizaba limpias y después de una serie de rituales, las cosas se calmaron por un tiempo, hasta que un dÃa la pesadilla comenzó de nuevo, tal vez porque yo cometà el grave error de abrir nuevamente el maldito ropero o porque esas cosas no pueden ser destruidas o ahuyentadas totalmente. El caso es que una tarde, mientras trapeaba el piso, escuché a mi hijo de nuevo. Hablando solo en eso decidà espiarlo. Escuché que una voz chillona y tenebrosa le respondÃa a mi hijo. Corrà en dirección a él y al acercarme al ropero no vi nada. Sólo ese olor ha quemado. Me sentà espantada. Retiré a mi hijo nuevamente de allà y tuve una idea tan estúpida que me avergüenza confesar llevé a cabo esta vez. No quise prohibirle a Donovan que se acercara al ropero sino que decidà espiarlo y ver de una vez por todas si aquello era obra en verdad de un duende o que yo estaba enloqueciendo. Una tarde me puse a espiar a Donovan y apenas escuché que le habló al ropero me acerqué corriendo al maldito ropero fue hasta entonces que lo vi Ahà estaba ese maldito duende y que parecÃa un hombrecillo calvo. No medÃa más de un metro de altura, vestÃa con ropa extraña, su piel era arrugada y verdosa y tenÃa algo de espuma en la boca. De manera inconsciente, agarré a mi hijo en brazos y antes nuestros ojos dando una maroma. Saltó hasta donde estábamos. Después de hacer un gesto extraño, desapareció dejando en el aire ese tan caracterÃstico olor ha quemado. Sé que mi manera de actuar podrÃa parecer algo estúpida, pero en verdad, en ese momento, estando sola, no sabÃa ni en qué creer hasta que no lo vi con mis propios ojos. Como harÃa cualquier otra persona, nos mudamos en cuanto pudimos pasando el resto de la noche en casa de una amiga. Hoy en dÃa, Donovan ya es mayor de edad y aún recordamos a veces cómo fue nuestra experiencia con ese duende demonÃaco la casa del duende. Soy originario de Veracruz, más por cuestiones de desarrollo laboral. Me mudé con mi familia a aguascalientes trabajo como mánager de proyecto en una importante empresa. Cervecera que por motivos de discreción no mencionaré. El caso es que tuve un desarrollo que jamás logré en mi estado natal. En poco tiempo logré un éxito laboral y económico. Pude darle una vivienda a mi familia para aprovechar la buena racha. Consultando con mi esposa Marta, decidimos hacernos de un patrimonio, dejando atrás la vida en Veracruz. Asà pues, empezamos a buscar un departamento de compra para asÃ, al fin dejar de pagar renta y tener algo que dejarle a nuestras quemelas. Cuando partiéramos de este mundo, consulté un crédito hipotecario y al ver los costos casi me desmayo. Me era frustrante que las tasas de interés fueran tan elevadas. Ni siquiera juntando dos créditos, el de Marta y el mÃo, lográbamos ajustar una zona cercana a nuestros s empleos. Ella también trabajaba en la misma empresa, pero en área de redes y software. Un dÃa conocà a un agente inmobiliario que se dedicaba a la venta de casas en remate. Mayormente eran remates bancarios de personas que ella no lograban pagar la hipoteca. Esta persona que llamaré Eduardo por cuestiones de privacidad y deseo dejar en claro que nada tuvo que ver con los sucesos que se desencadenaron. Un dÃa me habló de un departamento nuevo de remate que, por alguna razón, habÃa sido regresado en dos ocasiones diferentes, cosa que redujo su valor en un veinte por ciento. Eduardo logró conseguirme un descuento aparte. Fue una oferta que ni Marta ni yo quisimos desaprovechar. El lugar estaba bastante cerca a la empresa. Además, prácticamente se ubicaba en un fraccionamiento nuevo. El departamento estaba en la segunda planta. Contaba con tres habitaciones, una sala, un baño, cuarto de o lavado, además su respectivo cajón de estacionamiento, servicios de vigilancia y mantenimiento. Quisiera dejar bien en claro que el lugar estaba prácticamente nuevo. TenÃa detalles de lujo, tales como una campana en la cocina y terminados sin caoba en las habitaciones. No hubo necesidad de reparar nada. Solo quise tomar como precaución realizar un cambio en las chapas, tanto de la puerta principal como en las protecciones. Suelo ser muy quisquilloso con la seguridad y es que en Veracruz me tocó vivir en más de una ocasión diversas situaciones de inseguridad. Nos mudamos un dÃa lunes por la tarde. Era un dÃa soleado de esos que no puedes estar ni un segundo sin gotear sudor de la cara. No poseÃamos muchas cosas, asà que no nos llevó más de un dÃa a movernos totalmente. Cuando acabamos estábamos hambrientos. Asà que le dije a Marta que saliéramos a comer a la calle para que no o tuviéramos que cocinar. Cuando llegamos a la casa nos encontramos con algunas cosas fuera del lugar. Lo primero que pensamos fue en que alguien se metió a la casa, pero las herraduras estaban intactas, tal como las dejamos. Además, no faltaba nada dentro de la casa y las cosas que estaban fuera del lugar eran cuchar asÃ, cosas de la cocina. Una de mis hijas me dijo que los objetos en el piso formaban un sÃmbolo, pero yo no les hice caso en ese momento. Al contrario, intenté encontrarle una explicación al asunto. Les dije que era muy probable que hubieran caÃdo de la alacena, cosa que no tenÃa sentido alguno, pues los cajones estaban muy bien cerrados. Las cosas de valor, como he dicho, estaban intactas. Sólo se desapareció una cosa que era un marco con una fotografÃa de nuestras gemelas. Buscamos por todo el departamento, incluido las cajas que tiramos a la basura, pero no encontramos nada. Marta me juraba que colocó el marco junto a la cómoda de nuestra recámara. Yo también recordaba haberla visto allà total que dejamos el asunto por perdido, tratando de explicarnos que tal vez la perdimos durante la mudanza, aunque no logré convencer a Marta, quien es muy obstinada. Pues bien, esa noche vimos una pelÃcula todos en la sala y después nos fuimos rendidos cada quien a sus habitaciones. Cerca de las dos de la madrugada, Las niñas se fueron a nuestro cuarto decÃan haber escuchado una pequeña vocecita tanto en su closet como debajo de su cama. Yo les dije que regresaran a su cuarto. Incluso me ofrecÃa acompañarlas intentando convencerlas de que lo que habÃan escuchado solo fue parte de una pesadilla. En cambio, Marta se movió a un diván que tenÃamos al pie de la cama para que cupieran conmigo las niñas. En la mañana, mientras desayunábamos escuchamos un grito ahogado dentro de la campana de la cocina. Esto nos dejó sorprendidos, pues todos lo escuchamos claramente no se parecÃa al de ningún ser humano ni animal. Era demasiado extraño intentamos hacer como si nada hubiera ocurrido, pues el sonido no se volvió a repetir más de camino hacia la puerta frente a mà vi cómo cayó claramente una moneda al piso. Salió de la nada, cosa que me dejó más sorprendido. Aún me agaché y la recogÃ. Entonces noté que era una moneda antigua a la que no puse mucho detalle. No quise decirle a Marta, ya que comenzaba a ponerse paranoica. Yo, en cambio, intentaba encontrarle explicación a todo aquel dÃa. Marta llegó antes que yo, pues yo pasaba un rato en el gimnasio de la empresa. Cuando yo llegué, ella me dijo que escuchó como si una pequeña voz le dijera groserÃas mientras estaba cocinando yo de inmediato or me puse a buscar la lógica. Le dije que era posible que esa voz viniera del piso de arriba, tal vez el hijo de un vecino, para intentar convencerla. Le pedà que subiéramos a la azotea para corroborar el lugar donde terminaba el conducto camino arriba vimos a varios vecinos. En su mayorÃa eran matrimonios, jóvenes sin hijos y una pareja de personas mayores. No vimos ni un solo niño. Al llegar al techo, todo estaba en orden. Se notaba que no hacÃa mucho, que acababan de impermeabilizar. Los conductos de ventilación se veÃan en muy buen estado. No me quedó más que darle la razón a Marta que decÃa que en la casa habÃa fantasmas. La verdad era que nos equivocábamos los dos. No me gustaba darle la razón a ella cuando hablaba acerca de fantasmas. Y es que esa mujer decÃa haber fantasmas en todos lados y aunque algunas veces sà tenÃa razón, la mayorÃa de veces s eran fantasÃas de ella. Algo que hice y que no caà en cuenta hasta cierta tarde en el trabajo. Fue en ver a detalle la moneda que vi caer de la nada frente a mà Esa tarde saqué la moneda de mi mochila donde la habÃa guardado. Fue entonces que noté que la moneda no era mexicana, sino extranjera. Lo supe por el idioma en el que estaba grabado algunas letras, lo mismo que los números. Le mostré la moneda a un colega del trabajo. Ãl me dijo que esa moneda era un rublo ruso antiguo que tal vez tuviera valor para algunos coleccionistas. Guardé la moneda nuevamente en la mochila. Me pregunté toda la semana de dónde habrÃa salido la moneda. Incluso llamé al agente inmobiliario para preguntarle si los anteriores dueños no eran extranjeros y su respuesta fue negativa. Me dijo que el departamento fue ocupado por una familia nativa del Estado. Dejé el asunto por concluido, tran tratando de explicarme a mà mismo acerca de que era muy probable que la moneda fuese dejada por algún albañil que la cargara como amuleto de la suerte. Una noche cerca de las dos de la madrugada, escuché como si algo estuviera aplaudiendo sobre mi cara. Al despertar, no vi nada. Creà que las niñas habÃan estado en nuestro cuarto, pero no me puse en pie y me dirigà a ver cómo estaban. En eso comencé a escuchar unos aplausos en la cocina, me acerqué, encendà la luz y escuché claramente una voz parecida a la de un niño que me decÃa dame mi moneda maldito y váyanse de mi casa. Me sobresalté, pero lejos de sentir miedo, imaginando que todo era obra de algún niño bromista, me acerqué a la campana de la cocina y le grité amenazándolo con decirle a sus padres. No recibà respuesta. En cambio, sentà un silencio ensordecedor y segundos después, los cajones ns de la cocina comenzaron a abrirse y cerrarse solos. Lo mismo el microonda se encendió para cuando esto ocurrió, mi esposa e hijas ya estaban junto a mà gritando de espanto. Una de las niñas dijo es el duende que se mete bajo nuestra cama. Salimos de la casa pasando el resto de la noche en un hotel cercano. Cuando regresamos a la casa, les dije a las niñas que, para que no tuvieran miedo, llamarÃa a un sacerdote para que nos bendijera la casa. Por medio de un amigo, logré contactar a un cura de la parroquia en la que vivÃamos, quien de una manera amable, nos acompañó esa misma mañana. El cura no era una persona tan grande a lo mucho tendrÃa apenas cuarenta años. Realizó una serie de rezos mientras arrojaba agua bendita y pasaba un saumerio por cada rincón del departamento. En eso le comenté que la fuente de las voces que escuchábamos provenÃan de la campana de la cocina allà y puso más énfasis en sus oraciones mismas que por el momento parecieron surtir. Efecto, le mostré la moneda que vi caer. Le conté también acerca de mis hijas que decÃan haber visto un duende. El padre me escuchó de manera muy atenta y una vez terminé me sugirió deshacerme de la moneda y que fuese lo que fuese que habitar en nuestro hogar era de origen diabólico, pero que al final no existÃa mayor fuerza que las de nuestro Dios. Tuve fe en sus palabras lo mismo marta, motivo por el cual decidimos permanecer en el departamento total. Los trámites de bienes raÃces no son tan sencillos como para regresar una propiedad aún inmobiliaria. Pasamos un par de noches en total tranquilidad hasta que un domingo por la madrugada me despertaron los gritos de marta. A mi lado, la lámpara de noche estaba encendida. Hoy deseo que no lo hubiera estado, pues por esto pudimos ver una imagen de pesadilla que hasta la fecha consideró lo más horrible que he visto. Un hombrecito de menos de un metro estaba sobre Marta, le golpeaba el pecho y mordÃa su nariz tenÃa la cara totalmente arrugada. El hombrecito al verme me dijo varias groserÃas y me amenazó con que si no nos Ãbamos, estrangularÃa a Marta y a las niñas. En eso ante nuestros ojos, aquella cosa se esfumó en el aire. Marta acabó con marcas horribles sobre su piel, justo en el lugar en el que el Duende la habÃa atacado. Como era de esperarse, decidimos irnos de allÃ, dejando la moneda bajo la campana, nos mudamos a una casa de renta, en lo que el agente inmobiliario acomodaba la casa. Tiempo después compramos un terreno que poco a poco fuimos fincando hasta la fecha. No nos hemos vuelto a encontrar con algo tan aterrador como lo que nos ocurrió en aquel departamento la noche del Duende. Mi nombre es clara. Soy originaria del Estado de Puebla. Estudié enfermerÃa y es en lo que actualmente trabajo. Como estudié, siendo ya un poco mayor de edad, no me fue fácil conseguir empleo de inmediato. Por lo regular siempre le daban la oportunidad a enfermeras más jóvenes o con mayor experiencia. Al principio fue difÃcil conseguir empleo, pero una vez pude lograrlo, lo tuve en exceso. Prácticamente no tenÃa vida fuera de los hospitales. Mis dÃas normales se limitaban a reponer mis energÃas para la siguiente guardia o lavar mis uniformes y preparar mis alimentos. En diez años han sido bastante las anécdotas que he vivido en hospitales y es que estos lugares poseen una atmósfera bastante pesada. Me atreverÃa a decir que algunas veces el dolor y el sufrimiento llegan a abrir un puente entre dos mundos. Trabajaba hace cinco años en un hospital privado bastante antiguo. Me reservo el nombre por cuestiones de privacidad. El caso es que en ese edificio fue donde más cosas extrañas nos pasaron de entre todas, la más aterradora fue durante una guardia de noche cuando un duende se hizo presente, ocasionando una serie de desperfectos. Todo comenzó cuando iniciaron las reparaciones de un ala antigua del edificio. Según supimos, los trabajadores encontraron varios hallazgos extraños, como huesos de bebés y ciertos objetos que inicialmente pensaron era ropa de niños pequeños. Sin embargo, entre los trabajadores se dijo que no era posible, ya que las medidas no eran las que llevaban los infantes, sino como la ropa que llevarÃa gente de talla pequeña. A mà me tocó ver un objeto en particular que despertó mi curiosidad. Era una especie de medallón con un sÃmbolo celta. Era demasiado pequeño para que cupiera en el cuello de una persona adulta. Una compañera que se llama Isela dijo que lo que descubrieron los trabajadores era el hogar de un duende comentario que le trajo miles de burlas por parte de todo el personal. Sólo un guardia de seguridad, al igual que yo, guardamos silencio. El guardia se llamaba Mario, Era un señor de unos setenta años. Ãl dijo que Isella tenÃa razón y lo mejor que pudiéramos hacer era buscar protección, pues si aún vivÃa uno de esos seres allÃ, no tardarÃa en buscar a alguien de quien alimentarse. Yo, sinceramente, aunque sà me habÃan ocurrido cosas parecidas. No podÃa creer que este tipo de criatura cohabitara en el mismo plano que nosotros. SabÃa historias donde personas los veÃan aparecerse y desaparecer esconder cosas, pero jamás que hubieran encontrado sus pertenencias, mucho menos que habitaran en determinada zona. Fueron pasando los dÃas y nada raro. OcurrÃa Un dÃa, mientras iba de camino a tomar una siesta en una sala que tenemos especial para nuestros descansos, escuché los lamentos de una persona que provenÃan de un cuarto donde guardaban los aparatos que no se usaban. No quise entrar, ya que este lugar siempre me ha causado escalofrÃos. No sé por qué razón, pero este tipo de aparato antiguo me parece demasiado aterrador. Me quedé parada en la entrada. En eso comencé a ver cómo si algo pequeño se moviera entre las incubadoras antiguas. ParecÃa un bebé demonÃaco. Fueron un par de segundos que lo vi Luego me alejé de la puerta. Entonces lo escuché. Su voz era demasiado aterradora, como la que suelen fingir los payasos en las fiestas. Me fui corriendo a la sala de descanso, pero no logré dormir esta espantada y dudando acerca de lo que habÃa visto en ese cementerio de viejas máquinas, no pude dormir ni una hora mejor. Me quedé rezando cerca de una imagen de la Virgen de Guadalupe. Al poco rato entró otra compañera que al verme me preguntó si algo malo me ocurrÃa, pues estaba demasiado pálida. No me quedó otra que contarle lo que acababa de ver en la sala de máquinas. Ella, después de escucharme, me confesó que también llevaba algunos dÃas notando ciertas cosas extrañas en el hospital, además de que varios internos habÃan dicho. Haber visto a un niño con cara de Anciano, decidà hablar con Mario, el guardia de seguridad. Ãl también creÃa en la presencia del duende y tenÃa conocimiento sobre cómo protegernos juntos. Comenzamos a investigar la historia del hospital y del ala antigua. Hablamos con el personal más antiguo y buscamos registros históricos que pudieran arrojar luz sobre la situación, pero no encontramos nada. El edificio era demasiado viejo y un tiempo funcionó como hospicio para niños. Mario me recomendó colocar unas macetas con tréboles y otro tipo de plantas que no recuerdo el nombre, pero su olor era bastante agradable, pues con esto el duende al menos no se acercarÃa a ese lugar. Seguà sus instrucciones y en verdad funcionó al menos en las salas de descanso se sentÃa cierta paz, a diferencia del resto del hospital, donde te sentÃas perseguida todo el tiempo y a veces sentÃas como si algo pequeño que caminara entre los pies. Realmente ignoro cómo es que estos seres funcionan o actúan, pero el caso es que las apariciones fueron cada vez más constantes, apareciendo en distintos sitios, siendo el lugar preferido de este duende, el comedor, lugar donde lo vimos aparecer y desaparecer por propio primera vez era una tarde, como cualquiera, y una enfermera estaba prometer su comida a calentar en el horno de microondas, cuando algo invisible comenzó a correr, tirando la comida de las demás enfermeras enseguida. El horno se encendió solo y como si tuviese metal dentro, comenzó a lanzar chispas. Todo el personal que nos encontrábamos allà salimos corriendo al patio. En ese momento. Nadie culpó a un duende como el causante de los fenómenos, sino que dijeron era porque el lugar estaba embrujado. Yo, en cambio, no podÃa dejar de pensar que se trataba del duende. Cuando regresamos al comedor, las cosas parecÃan tranquilas. Cada quien tomó sus alimentos y los volvió a calentar. Entonces, mientras comÃamos tranquilamente, esa criatura, que tendrÃa el tamaño de un feto, se apareció en medio de la mesa. Comenzó a reÃrse mientras se lanzaba contra una enfermera. Todos, en lugar de ayudarle, nos alejamos de ella. En eso, ante los ojos de todos, el ser desapareció tal y como habÃa aparecido como se puede llegar a esperar. Varias personas renunciaron mientras que al resto se nos cargó el trabajo. Trajimos un sacerdote a bendecir el edificio. Esto justo después de que el director fuera testigo también de lo que ocurrÃa. Pero, como he dicho anteriormente, nadie sospechaba de un duende. Todos decÃan que el lugar estaba maldito. Incluso culpaban a una compañera que se llama clara, que ofrecÃa servicios de reiki y ese tipo de prácticas. Esto para mà fue muy grosero pues se alejaron de ella. La evitaban menos yo y era bastante irónico, ya que las demás sà habÃan acudido al menos una vez a su consultorio, mientras que yo jamás lo he pisado aún asà sabÃan que ella no realizaba brujerÃa al menos jamás. Es sabido que se dedique a eso clara. Estuvo a punto de renunciar a causa de la conducta de los compañeros. Afortunadamente, el sacerdote que vino a bendecir el lugar era una persona joven que decÃa poseer un alto conocimiento en de monologÃa. Yo tuve la oportunidad de hablar con él junto con Mario. El padre. Nos dijo que duendes, hadas y nomos eran todos parte del bajo astral y no vivÃan bajo la gracia de Dios, motivo por el cual tendrÃamos que andarnos con mucho cuidado. Y aunque bendijera todo el edificio, sólo los alejarÃa un tiempo, pues tenÃamos que localizar la guarida de este ser y, una vez allÃ, cerrar su entrada encomendando a Dios las cosas se tranquilizaron por un par de meses, incluso entró nuevo personal. Los más viejos nos Ãbamos olvidando del asunto cuando se llegó la nu noche en que el duende regresó y esta vez venÃa más endemoniado que antes. Ocurrió que durante una guardia en la sala de maternidad, mientras se realizaba una intervención nada grave, simples labores de limpieza y una que otra sutura, el duende se hizo visible poco a poco, medÃa menos de un metro. Iba vestido con ropa pequeña y anticuada. Su color era grisáceo, echaba espuma por la boca y sus ojos completamente negros y penetrantes. Este se recorrió la sala creando un silencio, sepulcral y llenando el aire con una energÃa siniestra. Las enfermeras quedaron paralizadas por el miedo, incapaces de moverse o reaccionar ante el horror De repente, el duende comenzó a desencadenar el caos. Arrojó objetos médicos por el aire, haciendo que se estrellaran contra las paredes y el suelo con fuerza. Las luces parpadearon y se apagaron, sumiendo la sala y l n la una oscuridad temible. El sonido de las alarmas de los monitores médicos se mezclaba con los gritos de las enfermeras, creando una cacofonÃa de pánico. El duende jugaba con la mente de las enfermeras, apareciendo y desapareciendo en diferentes rincones de la sala. Como si se moviera a una velocidad sobrenatural. Sus risas estridentes resonaban en los oÃdos de todos. Cuando finalmente el duende desapareció, dejó a la sala de enfermeras en un estado de devastación. Los equipos médicos estaban destrozados, los muebles volcados y el suelo cubierto de escombros. Las enfermeras, temblando y con lágrimas en los ojos, intentaban tranquilizarse mutuamente y comprender lo que estaba sucediendo. Ahora, más que nunca, era evidente que habÃan que unirse y encontrar una manera de enfrentar y poner fin a las perturbadoras apariciones. Yo sugerà ir a buscar en el ala donde habÃan realizado las restauraciones, petición a la que todos accedieron. Los albañiles se comportaron muy accesibles y nos mostraron en el lugar donde hicieron los hallazgos, nos mostraron una habitación diminuta y al fondo de ésta estaba un pozo de agua cubierto por varias tablas podridas. Yo, aunque no sabÃa mucho sobre estos temas, deduje que este era el lugar donde procedÃa el duende, asà que mandé a llamar al sacerdote. Ãl se disculpó por no poder asistir, pero me dio una serie de indicaciones para clausurar la entrada y sólo fue asà que el terror se detuvo en nuestro hospital, aunque a veces pienso que sigue allà debajo en los cimientos, esperando a que vuelvan a abrirle una entrada a nuestro mundo no mos. Siempre me ha gustado practicar senderismo desde que era apenas un niño con conciencia de sà mismo. Siempre me ha gustado caminar por el campo, el bosque o el cerro. Actualmente tengo cuarenta años y a lo largo de mi vida he recolectado varias anécdotas interesantes. De entre ellas hay uno en especial que no logro olvidar y cada vez que pienso en ella logro sentir miedo nuevamente, y es que estoy seguro de lo que vi y no sólo eso sino que fueron otras dos personas que lo vieron junto conmigo. Aún asÃ, mi mente se niega a aceptar que algo puede existir. Fue hace aproximadamente veinte años atrás que nos invitaron a explorar en un bosque de la Huazteca Potosina. Quiero dejar en claro que este lugar no era muy concurrido. No se trata de los lugares más visitados, sino todo lo contrario. Era un bosque al que no solÃan asistir turistas. Tierra relativamente virgen, donde sólo habitaron algunos españoles durante la conquista y hoy en dÃa solo lo que don ruinas de una que otra hacienda mal lograda. Una travesÃa como tal requerÃa de llevar con nosotros mochilas con equipo de campamento, pues pasarÃamos varios dÃas caminando. Al final llegarÃamos a una zona extraña donde decÃan habitaban duendes. Yo era un poco escéptico en ese entonces, a diferencia de unos primos que eran muy supersticiosos y también asistirÃan a la travesÃa. Aparte de la experiencia, deseaba ver la reacción de mis primos. Cuando no encontráramos nada, caminamos durante un dÃa entero y levantamos el campamento cerca de una pequeña cascada. La vista era, para hasta ese momento, lo más cercano a un paraÃso todo lleno de vegetación y vida. El sonido del agua cayendo unido al canto de las aves, lograron darme tal paz que no tuve problema en dormir. Inmediatamente después de que levantamos el campamento, me levanté de madrugada con algo de frÃo. Escuché unas voces esa fuera de mi tienda, imaginando que mis primos y las demás personas que viajaron con nosotros seguirÃan despiertos. Retiré el cierre de la puerta y me asomé afuera. No habÃa nadie, sólo un par de destellos de fuego a la lejanÃa. A primera impresión, creà que se tratarÃa de un grupo de luciérnagas. Sin embargo, después de mirar más a detalle, me di cuenta de que el tamaño de estos destellos eran demasiado grandes. Me salà de la tienda para mirar este fenómeno más de cerca. Sentado sobre una piedra, escuché que alguien me habló desde uno de los árboles cercano a la cascada, estando a oscuras. No pude ver nada, pero sà escuché como alguien o algo se movÃa rápidamente entre las ramas. Esto logró sobresaltarme y de inmediato fui a tomar una lámpara que cargaba en la mochila dentro de la tienda. En eso comencé a escuchar un sonido de cascabeles afuera de la tienda. No eran como sus sonarÃa una vÃbora, sino como ese tipo de cascabel que tienen los gatos en sus collares un miedo indescriptible. Se adueñó de mà cerré la tienda y mantuve abierto sólo un pedazo de tela. Por ahà iluminé con la lámpara mientras echaba un ojo afuera vio un hombrecito de menos de cincuenta centÃmetros. El hombrecito caminaba y miraba todo alrededor. Yo no podÃa creer lo que veÃa ese ser No se veÃa nada natural, ni su rostro ni su ropa. Era como esos gnomos que salÃan en las caricaturas que veÃa de niño. Mi mente se negaba a aceptar lo que acababa de ver. Entonces mis nervios comenzaron a colapsar, sobre todo cuando escuché aquel duende o nomo decir mi nombre Ramiro, todo se me puso negro. Recuerdo que cuando recobré la conciencia, mis primos me llamaban para ya salir. No quise contarles lo ocurrido, pues de hacerlo asà perderÃa la imagen que vino habÃa formado, como es céptico. Después de todo, ellos eran quienes querÃan ver a los duendes y yo querÃa mostrarles que no existÃan. Desmontamos el campamento, pues se nos dijo que avanzarÃamos mucho camino y llegarÃamos a una zona donde era más seguro acampar. Mientras guardaba mis cosas, me debatÃa en mi mente si lo que habÃa visto era real o habÃa sido un sueño, pues estaba seguro de todo de escuchar los cascabeles y, sobre todo, de la forma de ese maldito gnomo que lucÃa tan real. Conforme pasó el dÃa. Intenté convencerme de que lo ocurrido durante la noche habÃa sido solo un sueño. Llegamos hasta una brecha de tierra, pasamos un pantano y volvimos a entrar en el bosque lleno de árboles. Pasamos por una zona donde, en un claro habÃa varios árboles con varios orificios. Daba la apariencia de formar pequeñas puertas y ventanas. Mis primos se pusieron frenéticos y juraron que ese claro él o de los duendes que venÃamos a buscar. Yo guarde silencio, pues si bien el lugar era un poco extraño, no creÃa que un ser como el que vi merodeando nuestro campamento viviera en un árbol dentro de mÃ. Algo me decÃa que esos seres podÃan viajar entre dos mundos sin necesidad de tener un lugar fÃsico en el cual habitar. Nos quedamos cerca de ese claro en las ruinas de una hacienda, de las cuales sobrevivÃan algunos muros. A medida que la noche caÃa sobre las ruinas de la hacienda, la atmósfera se volvÃa cada vez más cargada de misterio. A pesar de que intentaba mantener la calma, mi mente seguÃa atormentada. Mis primos estaban emocionados y llenos de expectativas. Mientras yo ocultaba mi inquietud y duda, decidimos encender una fogata para mantenernos cálidos y alejar cualquier sensación de temor sentados alrededor del fuego. Compartieron historias y leyendas sobre duendes y seres más. Aunque traté de escuchar con atención, mi mente divagaba incapaz de sacudirse a la imagen del nomo de la noche anterior. Cada vez me convencÃa más de que lo que vi no habÃa sido solo un sueño de repente para mi mala suerte, comencé a escuchar nuevamente el sonido de ese maldito cascabeal no pude seguir fingiendo y les dije a todos que guardaran silencio para ver si escuchaban lo mismo que yo. En esa ocasión no era sólo un cascabel, sino varios. Mis primos dijeron que esos eran los duendes. Ellos marcaron un cÃrculo con carbón alrededor del campamento y después dejaron algo de comida afuera. Dijeron que de esta manera no se arrimarÃan. Yo les conté lo que me ocurrió la noche anterior. Les escribà cómo era ese ser Me escucharon con calma hasta el final. Después dijeron que hice bien en no salir de la tienda, aunque hubiera sido mejor que les llamara a todos, pues era muy probable que ese duende se haya llevado algo del campamento. A los minutos se dejaron de escuchar los cascabeles e iluminando, nos dimos cuenta que los alimentos habÃan desaparecido. Eso me tranquilizó un poco, ya que me dijeron que era la única manera de protegernos y yo quise creer en las palabras de mis primos. Esa noche no nos fuimos a dormir hasta pasada la medianoche. Poco antes del amanecer, comencé a escuchar que me llamaban afuera de la tienda. Nuevamente sonaban los cascabeles acompañados de risas, burlonas e incluso macabras. Tomé rápidamente mi lámpara y salà de la tienda. En esta ocasión estaban mis primos afuera junto al resto del grupo, formaban un cÃrculo de oración a un lado de la fogata. Me acerqué a ellos también estaban muy asustados, pues, aun cuando no vieron a ninguna criatura escuchaban lo mismo que yo y las voces de los duendes pronto anunciaron los nombres de varios de pronto iluminé en dirección a un árbol. Entonces vimos cómo estaba sentado un ser con sus pies. Colgando de un agujero. En el árbol salieron varios hombrecillos parecidos a él. Sus miradas eran malignas, se reÃan mientras apuntaban en dirección a nosotros. De nuevo sentà mis nervios desvanecerse, pero intenté respirar profundamente y me unà a las oraciones. Los gnomos se fueron. No dormimos durante el resto de la noche y apenas amaneció. Recogimos el campamento y nos fuimos a una zona más transitada. Una vez que llegamos a un pueblito a desayunar, contamos nuestra travesÃa. Algunos lugareños quienes nos dijeron que, por eso, ellos no acudÃan a esa zona. De hecho, la evitaban a toda costa, sobre todo, evitaban que los niños adentraran en los campos, pues estos seres podÃan aparecer de repente en cualquier lugar, aunque en esa zona eran más agresivos. Me costó mucho trabajo volver a querer salir en una travesÃa como tal. Se puede decir que desarrollé un trauma. Incluso acudà con un psicoterapeuta que, como recomendación, me sugirió volver a exponerme a esta actividad de manera gradual, pues era la única manera en que podrÃa superar mi trauma. SÃ, funcionó esta dinámica. Con el tiempo le perdà el miedo a salir de campamento, pero he de confesar que hasta la fecha tengo pesadillas y algunas noches siento pánico de salir de mi tienda por miedo a volverme a encontrar con uno de esos gnomos y que esta vez no logré salir sano y salvo de mi encuentro. Relatos escritos y adaptados por Mauricio Farfán








