Jan. 16, 2024

El Demonio Que Persiguió Al Padre José Historias De Terror - REDE

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El demonio que me persigue. Cuando era niño, vivía al lado de mi madre en una casa que estaba enfrente del parque. Me gustaba mucho ir porque estaba muy grande y arbolado. En ese tiempo sólo tenía pinos altos y viejos. Al centro del parque se encontraba a la parroquia de Santa María Magdalena. Era muy cómodo ser vecino del parque porque podía quedarme a jugar con mis amigos hasta tarde. Mi mamá en ocasiones se asomaba para ver qué estaba haciendo. Se quedaba tranquila porque me veía al lado de mis amigos jugando. En aquella época no existía la inseguridad que actualmente se vive, Así que sobre todos los días festivos nos quedamos hasta muy tarde en víspera de Navidad, se acostumbraba a rezar el rosario por la calle. Se hacía en forma de procesión pedíamos posada en una casa previamente elegida. El único interés que teníamos era obtener un bolo con dulces. Una noche antes de Navidad, me quedé junto con mis amigos a jugar más tarde de lo acostumbrado por lo regular. Mi mamá, al igual que las de mis amigos, nos permitían quedarnos en la calle a más tardar hasta las diez de la noche, pero estábamos de vacaciones y con las celebraciones navideñas nos dejaron más tiempo. Esa noche me encontraba con mis amigos, todos vecinos de la misma calle. Jugábamos a las escondidas. Me gustaba esconderme en lugares poco comunes para que no me pudiesen encontrar. En aquella ocasión estaban construyendo la parte trasera de la iglesia en los avisos de la misa. El padre dijo que iban a hacer un salón grande que sirviera para eventos en los que se pudieran reunir muchas personas. El escondite era detrás del escombro. Hice un hueco y acomodé los ladrillos rotos. Alcanzaba a escuchar cómo me buscaba una de mis amigas. Después de varios minutos, mis amigos se le unieron en mi búsqueda. Yo me reía porque no lograban encontrarme. Comencé a oír que movían los ladrillos. Creí que uno de mis amigos ya me había encontrado, pero no era ninguno de ellos. Cuando el último de los ladrillos fue retirado, pude ver de quién se trataba. Grité despavorido. Era un ser de un color rojo oscuro con los ojos destellantes. Con una voz ronca me dijo cómo estás. José salí corriendo de mi escondite. Ni siquiera me detuve a decirles algo a mis amigos. Me fui rápido hasta mi casa, que quedaba justo enfrente de la parroquia. Mi madre estaba platicando en la cochera con una vecina. Cuando me vio que entré al interior de la casa, ella se fue detrás de mí. Me preguntó qué me sucedía afuera. Mis amigos estaban preguntando por mí, pero no salía a darles una explicación. Me fui hasta mi habitación. Me metí en la cama y me tapé con una cobija y mi mi mi mi r madre entró y me preguntó qué me había pasado. Tardé en responderle, pero cuando me atreví a salir de la cobija, le dije que había visto al mismo diablo que me había hablado. Ella me preguntó en qué parte lo había visto. Me dijo que quizás me había confundido, que no era posible que el diablo estuviera en la casa de Dios. Mi madre se quedó conmigo hasta que vio que empezaba a quedarme dormido. Me acariciaba la cabeza al mismo tiempo que me platicaba algunos versículos de la Biblia. Mi mamá era una persona muy devota. Desde muy pequeño me enseñó a rezar y a creer en Dios y en la Virgen María. Me quedé dormido profundamente durante dos o tres horas. Me despertó una pesadilla terrible. En ella aparecía el mismo demonio que había visto en mi escondite, pero en esta ocasión me tomaba de la mano y me llevaba por un camino difícil y oscuro. De nuevo grité muy asustado. Mi madre entró a la habitación. Trató de calmarme sin conseguir lo. Le le le le le dije a urs que él me quería llevar, que me había elegido sin saber por qué mi madre se quedó a dormir conmigo el resto de la noche. Estuve inquieto y asustado. Tenía la sensación de que en cualquier momento él podría hacerse presente en mi cuarto a. La mañana siguiente me desperté porque escuché voces en el comedor. Apenas iban a hacer las siete de la mañana. Se me hizo muy extraño que mi mamá tuviese una visita a esa hora. Me levanté descalzo para asomarme con discreción y ver quién estaba con ella. Abrí muy poco la puerta y logré distinguir que se trataba del sacerdote de la parroquia. El padre Rafa no podía escuchar con claridad lo que estaban platicando porque hablaban en voz baja, pero imaginé que mi madre le hablaba al padre sobre mi encuentro con el demonio. Más tarde entró mi mamá a mi cuarto me dijo que el Padre Raffa quería hablar conmigo. No tenía ganas de contarle. Al sacerdote lo que había visto. Seguramente ni siquiera me iba a creer, pero no tenía opción. Él se acercó y me dijo que mi mamá le había contado lo que había visto. Pensé que me iba a decir que tenía que estar más cerca de dios o que me portaba mal. Por eso él se me apareció. Sin embargo, no fue así. El Padre me dijo con una voz tranquila que el mal ha existido desde el principio de los tiempos y que siempre han estado en pugna el mal y el bien. Por desgracia, en esta ocasión el que se hizo presente en mi vida fue el mal con su rostro. Verdadero no se disfrazó de cordero, sino que se mostró tal cual era. El Padre Raffa continuó diciendo sobre casos que había conocido de las apariciones del diablo. También mezclaba la conversación con algunos pasajes de la Biblia. Él logró calmarme y reconfortar mi espíritu disperso. Antes de marcharse, me comentó que le gustaría que lo apoyara en el servicio de la misa como acólito. Sin dudarlo, le dije que sí lo haría. Me dijo que a partir del día siguiente fuera al templo a misa de ocho de la mañana llegara un poco antes iba a enseñarme la forma de asistir al sacerdote durante la misa. Creo que ese fue el momento crucial para que, años más adelante, tomara la decisión de hacerme seminarista y convertirme en sacerdote, porque después de que el padre habló conmigo y empecé a asistirlo en la misa, el demonio, no se me volvió a aparecer. Me dejó en paz, como si el hecho de estar tan de cerca del bien lo haya ahuyentado con el paso del tiempo. Ese encuentro que tuve con el ser maléfico, se fue disipando A los quince años entré como seminarista en el seminario de Guadalajara, en la colonia Chapalita. El padre Rafa siempre estuvo al pendiente de mí. Él fue mi padrino de mi primera comunión y estuvo presente en mi vida Cuando cumplí los veintidós años. Antes de ordenarme sacerdote en el seminario, nos daban un tiempo de seis meses o de un año para para hacer el servicio en alguna parroquia de la ciudad era con el propósito de definir nuestra vocación, porque había jóvenes que, estando a punto de ordenarse, desertaban y decidían no continuar. El señor Cura, que nos daba las clases de teología, nos decía que era mejor un cristiano arrepentido que un mal sacerdote. Elegí irme a mi parroquia, a Santa María Magdalena. Así podría estar más de cerca de la gente que me había visto crecer y principalmente de mi mamá. El señor Cura no tuvo objeción con lo que decidí a los pocos días me encontraba instalado en la casa del sacerdote encargado de esa parroquia para esa época. Al padre Raffa ya lo habían cambiado de iglesia. Ahora estaba el Padre Efren. Él me recibió con calidez y me mostró mi habitación. Yo le expliqué que no era necesario que me quedara en su casa. La vivienda de mi madre estaba muy cerca. Podía quedarme con ella y durante el día hacer las actividades parroquiales. Él me respondió que así no eran las cosas. Tenía que acostumbrarme a estar solo mientras realizaba el Ministerio del Sacerdocio. Comencé a dar mi servicio. En el mes de junio. El señor Cura me dejó, entre otras actividades, el catecismo de los niños y los grupos de jóvenes. El salón que se estaba construyendo cuando era pequeño ya estaba terminado. Ahí era donde realizaba mis actividades principales. Hubo una ocasión en la que el tema que traté con el grupo de jóvenes se tornó interesante. Por lo regular, las pláticas se terminaban a las nueve treinta de la noche, pero esa vez se alargaron hasta pasadas las diez. Cuando caía a la cuenta, ya era muy tarde. Me disculpé con los muchachos y les dije que en la siguiente junta continuaríamos con el tema antes de retirarse a descansar. El sacristán de la parroquia me dejó las llaves para que cerrara todas las puertas. Cuando todos los jóvenes se habían marchado, comencé a recoger mi material didáctico y otros enseres. De pronto escuché como si algún joven se hubiera regresado sin voltear le pregunté que se le había olvidado. No obtuve respuesta alguna. Cuando volteé para ver de quién se trataba, no había nadie. Cerré la puerta y me dispuse a terminar de acomodar el mobiliario, pero de nuevo escuché que alguien estaba dentro. Busqué en los demás salones aledaños del salón principal. Por un momento pensé que algún ladrón intentaba robarse algo, aunque en realidad no había nada que le pudiese servir. Revisé cada uno de los salones para cerrar todo con llave y retirarme del lugar. Me encaminé hacia la casa del padre Efren. Sólo estaba a la vuelta del templo. Iba caminando hacia la casa cuando escuché unos pasos furtivos que se acercaban a mí. De pronto escuché una voz que reconocí de inmediato. Me dijo que ya había crecido mucho. También había cambiado, pero había logrado identificarme de inmediato. No lo podía creer. Era la misma voz de aquella vez que se me apareció cuando jugaba a las escondidas. Volteé de inmediato. Lo pude ver parado a lo lejos inerte estaba atento mientras sonreía. Sarcásticamente, me fui corriendo del lugar y entré a la casa del señor Cura. Ingresé de inmediato todavía con el temor a flor de piel. El sacerdote estaba leyendo en la sala. Me preguntó cómo me había ido. No tuve reparo de decirle lo que me había sucedido, ni tampoco de contarle lo del pasado. Noté que al padre no le pareció tan sorprendente. Lo que le conté se limitó a decirme que también a Jesús se le había aparecido el demonio antes de su crucifixión. Lo hizo para atentarlo y que desistiera de ser el Salvador del mundo. Fue todo lo que me dijo y se retiró a su recámara. En ese instante. Comencé a cuestionarme por qué me perseguía ese demonio, qué quería de mí. De inmediato pensé en buscar a mi padrino, al padre Rafa. Él podría orientarme con lo ocurrido esa noche, ya no quise molestarlo. Al día siguiente lo buscaría. Sabía que no estaba en una iglesia lejana, en la parroquia de Jesús Maestro lo podía encontrar. Esa noche me quedé con una gran inquietud. Había pasado tanto tiempo que casi me había olvidado del acontecimiento. No podía entender qué era lo que quería de mí, pero era evidente que no pensaba dejarme en paz. Tuve miedo de que en la noche se me apareciera Durante el sueño, sin embargo, no sucedió así, ya no volvió a molestarme. Los siguientes días transcurrieron rápidamente hasta que llegó el momento de irme de mi comunidad y dar el último paso para mi sacerdocio. Un viernes de marzo se realizó la Santa Misa para mi ordenación como sacerdote. Fue en la colonia que me vio crecer, en la parroquia de Santa María Magdalena, con la gente que me conocía por supuesto, mi madre estaba presente con una sonrisa de alegría a flor de piel. Después que terminó la misa, se hizo un breve festejo en el latrio de la iglesia, en el que se invitó a todos los que quisieran quedarse. Hubo una diversidad de comida y de bebida. Cuando pasó todo el festejo, el señor Cura me dijo que era momento que me regresara al seminario para que me asignaran otra iglesia en la que iba a dar mi servicio, ya como sacerdote ordenado. En el seminario me dieron la carta de asignación. El padre encargado me dijo que la Arquidiócesis había decidido que me fuera a dar el ministerio al templo de nuestra señora del Rosario en el pueblo de Poncitlán Jalisco. No conocía el lugar, pero era la oportunidad de hacerlo y de entrar a una comunidad distinta Poncitlán estaba como a hora y media de Guadalajara. Me fui en el autobús con mis pocas pertenencias. Cuando llegué al pueblo, me esperaba aún una población alegre y entusiasta. Me hicieron un breve recibimiento y me llevaron a la casa que habitaría. Mientras estuviera en ese lugar daba la misa. A las siete de la mañana y a las siete de la noche empecé a trabajar con los niños del catecismo y a tratar de llevar más feligreses a la Iglesia, sobre todo a los jóvenes que no les entusiasmaba la idea de acercarse a Dios. La casa que habitaba estaba a un lado de la parroquia, así que vivía muy cómodo. En el centro del pueblo. Había una señora que se encargaba de la limpieza de la casa y de preparar la comida. Ella se portó muy amable conmigo. Como era verano, llovía con mucha frecuencia, sobre todo porque Poncitlán estaba muy cerca del Lago de Chapala. Una noche me encontraba descansando cuando llamaron a la puerta con insistencia vi el reloj. Pasaba la medianoche alcancé a escuchar que la persona que estaba afuera mencionaba mi nombre. Cuando abrí la puerta, me encontré con una mujer joven. Me dijo que era urgente que fuera a confesar a su mamá. Estaba muy enferma y parecía que ya no iba a durar mucho. Se estaba muriendo. Le dije que esperara un poco. Agarré mi estola el aceite para untar mi biblia y me dispuse a seguirla. En ese rato dejó de llover. Sólo quedaba una suave brisa que no nos mojaba por completo, pero las calles estaban llenas de agua. En su urgencia, la muchacha no me dijo su nombre. Me fui detrás de ella sin conseguir alcanzarla. Fuimos hasta las afueras del pueblo. Ahí ella me mostró la casa. Entré a la vivienda. Vi a una mujer de edad avanzada que se encontraba muy grave Me acerqué. A ella le pregunté si se quería confesar. Ella respondió que sí. Le dio un absceso de tos muy fuerte y comenzó a escupir sangre. Le dije que si no se podía confesar, no había ningún problema. Regresaría al día siguiente. Pero la mujer me tomó del brazo y no me soltaba. Le dije que todo iba a estar bien. Mi mientras mas me tenía agarrado del brazo, sentí su mano helada que se aferraba A mí. Traté de retirarla, pero no pude. Mientras hacía las oraciones y le daba los santos óleos a la mujer, ella murió. Se quedó inerte agarrada de mi mano y con los ojos abiertos. Justo en el momento en que esa mujer murió, vi un espíritu que flotaba arriba de ella. Creí que era el alma de la mujer. De pronto ese ser se transformó en algo que me sorprendió mucho. Su voz era irreconocible. Me dijo que hacía tiempo que esperaba ese momento de hablar conmigo. Su voz era la misma ronca y cavernosa. Sus ojos seguían destellando fuego. No puedo negar que me impresionó, pero ya no tuve miedo. Ya no era la primera vez que se me aparecía y estaba preparado para afrontarlo. Le hice la señal de la cruz con el hisopo y lo rocié de agua bendita que tenía en el acetre, pero él quedó inmóvil. No hizo ni siquiera una mueca de dolor. Al contrario, me dijo que había esperado muchos años, pero el tiempo ya había llegado a su límite. Le grité que quería de mí. Cuando era niño, me había asustado, pero ahora era distinto. El demonio comenzó a carcajearse. Me dijo que él sabía que mi vida la iba a dedicar a Dios. Sólo me dio el tiempo necesario para después burlarse de ese Dios que tanto proclamaba. En realidad, esa situación me rebasaba. No sabía qué hacer o pensar. Trataba de alejarlo de mí sin conseguirlo. Era más poderoso de lo que creía, seguí rezando mi oraciones, mientras que él se enfureció más de pronto. Su espíritu se metió en el cuerpo de la mujer que acababa de morir. Él se levantó con una sonrisa siniestra, comenzó a avanzar hacia conmigo, mientras que yo buscaba ingenuamente la puerta. Sí la encontré, pero no la pude abrir. Él tenía el control en absoluto. Creí que hasta ese momento iba a llegar mi vida. No tenía miedo de mí morir, pero sí de que ese demonio tratara de llevarse mi alma y comencé a rezar me. Fui concentrando tanto que dejé de escuchar al demonio. De pronto sentí un fuerte golpe en la cabeza y quedé inconsciente. No sé cuánto tiempo pasó. Cuando recobré el sentido, la mujer seguía muerta sobre la cama. Mientras que el demonio no estaba, me levanté y salí a buscar a la mujer que me había llevado. Hasta ese lugar no la vi por ningún lado. Así que fui a tocar a una casa vecina toqué por varias veces hasta que una voz molesta me respondió. Le dije que era el padre José, el nuevo sacerdote de la parroquia. Pronto me abrieron la puerta. Un hombre joven me invitó a pasar. Me dijo que era peligroso que estuviera sólo por esos lugares. Le dije que la señora de la otra casa acababa de morir y que no encontraba a la otra mujer que me había llevado hasta ese lugar. El hombre comenzó a rascarse su cabeza. Me pidió que le describiera a las dos mujeres. Cuando le dije cómo eran. Físicamente, me dijo que ellas ya no estaban vivas. Eran dos mujeres que habían muerto hacía más de cinco años y que esa casa estaba deshabitada desde el tiempo en el que murieron. Nadie la había querido habitar, porque ellas dos fueron mujeres de la vida alegre y existía el rumor de que también hacían pactos con el demonio, porque después de que ellas murieron, se siguieron escuchando muchos gritos y voces. Como si estuviera viviendo gente en ese lugar. Todos creían que ahí estaba el mal, porque si por casualidad entraba un perro o un gato, salían de ahí, pero muertos. Una vez una niña se metió a la casa por curiosidad y diversión. A los pocos días murió sin saber la causa. Le agradecía al hombre la información y le volvía a decir que había una mujer difunta en esa casa si estaba a su alcance a r a hacer les compañía. Lo agradecería mucho. Me retiré del lugar con dudas e incertidumbre porque no alcanzaba a entender el hecho que había vivido desde pequeño me había perseguido ese demonio sin entender cuál era su intención. Pensé que había propiciado que fuera hacia ese lugar, pero no supe cuál fue el motivo que no le permitió quedarse con mi alma A mi regreso, la lluvia estaba más fuerte. Los rayos iluminaban el cielo de una forma siniestra. Pensé que me sentía muy susceptible por lo que había ocurrido. Aumenté la velocidad de mi caminar. Pude llegar hasta mi casa sin el menor percance al interior de la casa. En la sala estaba sentado el señor Cura de la parroquia. Me cuestionó dónde me encontraba a esas horas de la noche. Le conté todo sin omitir detalles. Le dije que ese demonio me había perseguido desde pequeño y que cuando me cambié de residencia se hizo presente en este pueblo. El padre se quedó pensativo. Sus palabras me record on a las de mi padrino Rafa. Me dijo que el demonio tiene maneras insospechadas de acercarse a las almas y que sí era cierto que él también tenía la forma de saber lo que pasaría con el futuro de un humano. También era capaz de poseer el cuerpo que quisiera. Lo más probable era que intentaba quedarse en mi cuerpo y robarme el alma. Hubo algo que no se lo permitió, pero que pensara qué pudo haber sido. La reflexión que me dijo el señor Cura se me hizo interesante. Seguí trabajando durante más de cinco años en la parroquia de nuestra señora del Rosario. Después me hicieron el cambio a una iglesia dentro de la zona metropolitana de Guadalajara. Ya no volví a tener otro encuentro con el demonio, pero les puedo asegurar de que sí existe. Relato escrito y adaptado por Adriana Cuevas