El Demonio Que Persiguió Al Padre José Historias De Terror - REDE

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El demonio que me persigue. Cuando era niño, vivÃa al lado de mi madre en una casa que estaba enfrente del parque. Me gustaba mucho ir porque estaba muy grande y arbolado. En ese tiempo sólo tenÃa pinos altos y viejos. Al centro del parque se encontraba a la parroquia de Santa MarÃa Magdalena. Era muy cómodo ser vecino del parque porque podÃa quedarme a jugar con mis amigos hasta tarde. Mi mamá en ocasiones se asomaba para ver qué estaba haciendo. Se quedaba tranquila porque me veÃa al lado de mis amigos jugando. En aquella época no existÃa la inseguridad que actualmente se vive, Asà que sobre todos los dÃas festivos nos quedamos hasta muy tarde en vÃspera de Navidad, se acostumbraba a rezar el rosario por la calle. Se hacÃa en forma de procesión pedÃamos posada en una casa previamente elegida. El único interés que tenÃamos era obtener un bolo con dulces. Una noche antes de Navidad, me quedé junto con mis amigos a jugar más tarde de lo acostumbrado por lo regular. Mi mamá, al igual que las de mis amigos, nos permitÃan quedarnos en la calle a más tardar hasta las diez de la noche, pero estábamos de vacaciones y con las celebraciones navideñas nos dejaron más tiempo. Esa noche me encontraba con mis amigos, todos vecinos de la misma calle. Jugábamos a las escondidas. Me gustaba esconderme en lugares poco comunes para que no me pudiesen encontrar. En aquella ocasión estaban construyendo la parte trasera de la iglesia en los avisos de la misa. El padre dijo que iban a hacer un salón grande que sirviera para eventos en los que se pudieran reunir muchas personas. El escondite era detrás del escombro. Hice un hueco y acomodé los ladrillos rotos. Alcanzaba a escuchar cómo me buscaba una de mis amigas. Después de varios minutos, mis amigos se le unieron en mi búsqueda. Yo me reÃa porque no lograban encontrarme. Comencé a oÃr que movÃan los ladrillos. Creà que uno de mis amigos ya me habÃa encontrado, pero no era ninguno de ellos. Cuando el último de los ladrillos fue retirado, pude ver de quién se trataba. Grité despavorido. Era un ser de un color rojo oscuro con los ojos destellantes. Con una voz ronca me dijo cómo estás. José salà corriendo de mi escondite. Ni siquiera me detuve a decirles algo a mis amigos. Me fui rápido hasta mi casa, que quedaba justo enfrente de la parroquia. Mi madre estaba platicando en la cochera con una vecina. Cuando me vio que entré al interior de la casa, ella se fue detrás de mÃ. Me preguntó qué me sucedÃa afuera. Mis amigos estaban preguntando por mÃ, pero no salÃa a darles una explicación. Me fui hasta mi habitación. Me metà en la cama y me tapé con una cobija y mi mi mi mi r madre entró y me preguntó qué me habÃa pasado. Tardé en responderle, pero cuando me atrevà a salir de la cobija, le dije que habÃa visto al mismo diablo que me habÃa hablado. Ella me preguntó en qué parte lo habÃa visto. Me dijo que quizás me habÃa confundido, que no era posible que el diablo estuviera en la casa de Dios. Mi madre se quedó conmigo hasta que vio que empezaba a quedarme dormido. Me acariciaba la cabeza al mismo tiempo que me platicaba algunos versÃculos de la Biblia. Mi mamá era una persona muy devota. Desde muy pequeño me enseñó a rezar y a creer en Dios y en la Virgen MarÃa. Me quedé dormido profundamente durante dos o tres horas. Me despertó una pesadilla terrible. En ella aparecÃa el mismo demonio que habÃa visto en mi escondite, pero en esta ocasión me tomaba de la mano y me llevaba por un camino difÃcil y oscuro. De nuevo grité muy asustado. Mi madre entró a la habitación. Trató de calmarme sin conseguir lo. Le le le le le dije a urs que él me querÃa llevar, que me habÃa elegido sin saber por qué mi madre se quedó a dormir conmigo el resto de la noche. Estuve inquieto y asustado. TenÃa la sensación de que en cualquier momento él podrÃa hacerse presente en mi cuarto a. La mañana siguiente me desperté porque escuché voces en el comedor. Apenas iban a hacer las siete de la mañana. Se me hizo muy extraño que mi mamá tuviese una visita a esa hora. Me levanté descalzo para asomarme con discreción y ver quién estaba con ella. Abrà muy poco la puerta y logré distinguir que se trataba del sacerdote de la parroquia. El padre Rafa no podÃa escuchar con claridad lo que estaban platicando porque hablaban en voz baja, pero imaginé que mi madre le hablaba al padre sobre mi encuentro con el demonio. Más tarde entró mi mamá a mi cuarto me dijo que el Padre Raffa querÃa hablar conmigo. No tenÃa ganas de contarle. Al sacerdote lo que habÃa visto. Seguramente ni siquiera me iba a creer, pero no tenÃa opción. Ãl se acercó y me dijo que mi mamá le habÃa contado lo que habÃa visto. Pensé que me iba a decir que tenÃa que estar más cerca de dios o que me portaba mal. Por eso él se me apareció. Sin embargo, no fue asÃ. El Padre me dijo con una voz tranquila que el mal ha existido desde el principio de los tiempos y que siempre han estado en pugna el mal y el bien. Por desgracia, en esta ocasión el que se hizo presente en mi vida fue el mal con su rostro. Verdadero no se disfrazó de cordero, sino que se mostró tal cual era. El Padre Raffa continuó diciendo sobre casos que habÃa conocido de las apariciones del diablo. También mezclaba la conversación con algunos pasajes de la Biblia. Ãl logró calmarme y reconfortar mi espÃritu disperso. Antes de marcharse, me comentó que le gustarÃa que lo apoyara en el servicio de la misa como acólito. Sin dudarlo, le dije que sà lo harÃa. Me dijo que a partir del dÃa siguiente fuera al templo a misa de ocho de la mañana llegara un poco antes iba a enseñarme la forma de asistir al sacerdote durante la misa. Creo que ese fue el momento crucial para que, años más adelante, tomara la decisión de hacerme seminarista y convertirme en sacerdote, porque después de que el padre habló conmigo y empecé a asistirlo en la misa, el demonio, no se me volvió a aparecer. Me dejó en paz, como si el hecho de estar tan de cerca del bien lo haya ahuyentado con el paso del tiempo. Ese encuentro que tuve con el ser maléfico, se fue disipando A los quince años entré como seminarista en el seminario de Guadalajara, en la colonia Chapalita. El padre Rafa siempre estuvo al pendiente de mÃ. Ãl fue mi padrino de mi primera comunión y estuvo presente en mi vida Cuando cumplà los veintidós años. Antes de ordenarme sacerdote en el seminario, nos daban un tiempo de seis meses o de un año para para hacer el servicio en alguna parroquia de la ciudad era con el propósito de definir nuestra vocación, porque habÃa jóvenes que, estando a punto de ordenarse, desertaban y decidÃan no continuar. El señor Cura, que nos daba las clases de teologÃa, nos decÃa que era mejor un cristiano arrepentido que un mal sacerdote. Elegà irme a mi parroquia, a Santa MarÃa Magdalena. Asà podrÃa estar más de cerca de la gente que me habÃa visto crecer y principalmente de mi mamá. El señor Cura no tuvo objeción con lo que decidà a los pocos dÃas me encontraba instalado en la casa del sacerdote encargado de esa parroquia para esa época. Al padre Raffa ya lo habÃan cambiado de iglesia. Ahora estaba el Padre Efren. Ãl me recibió con calidez y me mostró mi habitación. Yo le expliqué que no era necesario que me quedara en su casa. La vivienda de mi madre estaba muy cerca. PodÃa quedarme con ella y durante el dÃa hacer las actividades parroquiales. Ãl me respondió que asà no eran las cosas. TenÃa que acostumbrarme a estar solo mientras realizaba el Ministerio del Sacerdocio. Comencé a dar mi servicio. En el mes de junio. El señor Cura me dejó, entre otras actividades, el catecismo de los niños y los grupos de jóvenes. El salón que se estaba construyendo cuando era pequeño ya estaba terminado. Ahà era donde realizaba mis actividades principales. Hubo una ocasión en la que el tema que traté con el grupo de jóvenes se tornó interesante. Por lo regular, las pláticas se terminaban a las nueve treinta de la noche, pero esa vez se alargaron hasta pasadas las diez. Cuando caÃa a la cuenta, ya era muy tarde. Me disculpé con los muchachos y les dije que en la siguiente junta continuarÃamos con el tema antes de retirarse a descansar. El sacristán de la parroquia me dejó las llaves para que cerrara todas las puertas. Cuando todos los jóvenes se habÃan marchado, comencé a recoger mi material didáctico y otros enseres. De pronto escuché como si algún joven se hubiera regresado sin voltear le pregunté que se le habÃa olvidado. No obtuve respuesta alguna. Cuando volteé para ver de quién se trataba, no habÃa nadie. Cerré la puerta y me dispuse a terminar de acomodar el mobiliario, pero de nuevo escuché que alguien estaba dentro. Busqué en los demás salones aledaños del salón principal. Por un momento pensé que algún ladrón intentaba robarse algo, aunque en realidad no habÃa nada que le pudiese servir. Revisé cada uno de los salones para cerrar todo con llave y retirarme del lugar. Me encaminé hacia la casa del padre Efren. Sólo estaba a la vuelta del templo. Iba caminando hacia la casa cuando escuché unos pasos furtivos que se acercaban a mÃ. De pronto escuché una voz que reconocà de inmediato. Me dijo que ya habÃa crecido mucho. También habÃa cambiado, pero habÃa logrado identificarme de inmediato. No lo podÃa creer. Era la misma voz de aquella vez que se me apareció cuando jugaba a las escondidas. Volteé de inmediato. Lo pude ver parado a lo lejos inerte estaba atento mientras sonreÃa. Sarcásticamente, me fui corriendo del lugar y entré a la casa del señor Cura. Ingresé de inmediato todavÃa con el temor a flor de piel. El sacerdote estaba leyendo en la sala. Me preguntó cómo me habÃa ido. No tuve reparo de decirle lo que me habÃa sucedido, ni tampoco de contarle lo del pasado. Noté que al padre no le pareció tan sorprendente. Lo que le conté se limitó a decirme que también a Jesús se le habÃa aparecido el demonio antes de su crucifixión. Lo hizo para atentarlo y que desistiera de ser el Salvador del mundo. Fue todo lo que me dijo y se retiró a su recámara. En ese instante. Comencé a cuestionarme por qué me perseguÃa ese demonio, qué querÃa de mÃ. De inmediato pensé en buscar a mi padrino, al padre Rafa. Ãl podrÃa orientarme con lo ocurrido esa noche, ya no quise molestarlo. Al dÃa siguiente lo buscarÃa. SabÃa que no estaba en una iglesia lejana, en la parroquia de Jesús Maestro lo podÃa encontrar. Esa noche me quedé con una gran inquietud. HabÃa pasado tanto tiempo que casi me habÃa olvidado del acontecimiento. No podÃa entender qué era lo que querÃa de mÃ, pero era evidente que no pensaba dejarme en paz. Tuve miedo de que en la noche se me apareciera Durante el sueño, sin embargo, no sucedió asÃ, ya no volvió a molestarme. Los siguientes dÃas transcurrieron rápidamente hasta que llegó el momento de irme de mi comunidad y dar el último paso para mi sacerdocio. Un viernes de marzo se realizó la Santa Misa para mi ordenación como sacerdote. Fue en la colonia que me vio crecer, en la parroquia de Santa MarÃa Magdalena, con la gente que me conocÃa por supuesto, mi madre estaba presente con una sonrisa de alegrÃa a flor de piel. Después que terminó la misa, se hizo un breve festejo en el latrio de la iglesia, en el que se invitó a todos los que quisieran quedarse. Hubo una diversidad de comida y de bebida. Cuando pasó todo el festejo, el señor Cura me dijo que era momento que me regresara al seminario para que me asignaran otra iglesia en la que iba a dar mi servicio, ya como sacerdote ordenado. En el seminario me dieron la carta de asignación. El padre encargado me dijo que la Arquidiócesis habÃa decidido que me fuera a dar el ministerio al templo de nuestra señora del Rosario en el pueblo de Poncitlán Jalisco. No conocÃa el lugar, pero era la oportunidad de hacerlo y de entrar a una comunidad distinta Poncitlán estaba como a hora y media de Guadalajara. Me fui en el autobús con mis pocas pertenencias. Cuando llegué al pueblo, me esperaba aún una población alegre y entusiasta. Me hicieron un breve recibimiento y me llevaron a la casa que habitarÃa. Mientras estuviera en ese lugar daba la misa. A las siete de la mañana y a las siete de la noche empecé a trabajar con los niños del catecismo y a tratar de llevar más feligreses a la Iglesia, sobre todo a los jóvenes que no les entusiasmaba la idea de acercarse a Dios. La casa que habitaba estaba a un lado de la parroquia, asà que vivÃa muy cómodo. En el centro del pueblo. HabÃa una señora que se encargaba de la limpieza de la casa y de preparar la comida. Ella se portó muy amable conmigo. Como era verano, llovÃa con mucha frecuencia, sobre todo porque Poncitlán estaba muy cerca del Lago de Chapala. Una noche me encontraba descansando cuando llamaron a la puerta con insistencia vi el reloj. Pasaba la medianoche alcancé a escuchar que la persona que estaba afuera mencionaba mi nombre. Cuando abrà la puerta, me encontré con una mujer joven. Me dijo que era urgente que fuera a confesar a su mamá. Estaba muy enferma y parecÃa que ya no iba a durar mucho. Se estaba muriendo. Le dije que esperara un poco. Agarré mi estola el aceite para untar mi biblia y me dispuse a seguirla. En ese rato dejó de llover. Sólo quedaba una suave brisa que no nos mojaba por completo, pero las calles estaban llenas de agua. En su urgencia, la muchacha no me dijo su nombre. Me fui detrás de ella sin conseguir alcanzarla. Fuimos hasta las afueras del pueblo. Ahà ella me mostró la casa. Entré a la vivienda. Vi a una mujer de edad avanzada que se encontraba muy grave Me acerqué. A ella le pregunté si se querÃa confesar. Ella respondió que sÃ. Le dio un absceso de tos muy fuerte y comenzó a escupir sangre. Le dije que si no se podÃa confesar, no habÃa ningún problema. RegresarÃa al dÃa siguiente. Pero la mujer me tomó del brazo y no me soltaba. Le dije que todo iba a estar bien. Mi mientras mas me tenÃa agarrado del brazo, sentà su mano helada que se aferraba A mÃ. Traté de retirarla, pero no pude. Mientras hacÃa las oraciones y le daba los santos óleos a la mujer, ella murió. Se quedó inerte agarrada de mi mano y con los ojos abiertos. Justo en el momento en que esa mujer murió, vi un espÃritu que flotaba arriba de ella. Creà que era el alma de la mujer. De pronto ese ser se transformó en algo que me sorprendió mucho. Su voz era irreconocible. Me dijo que hacÃa tiempo que esperaba ese momento de hablar conmigo. Su voz era la misma ronca y cavernosa. Sus ojos seguÃan destellando fuego. No puedo negar que me impresionó, pero ya no tuve miedo. Ya no era la primera vez que se me aparecÃa y estaba preparado para afrontarlo. Le hice la señal de la cruz con el hisopo y lo rocié de agua bendita que tenÃa en el acetre, pero él quedó inmóvil. No hizo ni siquiera una mueca de dolor. Al contrario, me dijo que habÃa esperado muchos años, pero el tiempo ya habÃa llegado a su lÃmite. Le grité que querÃa de mÃ. Cuando era niño, me habÃa asustado, pero ahora era distinto. El demonio comenzó a carcajearse. Me dijo que él sabÃa que mi vida la iba a dedicar a Dios. Sólo me dio el tiempo necesario para después burlarse de ese Dios que tanto proclamaba. En realidad, esa situación me rebasaba. No sabÃa qué hacer o pensar. Trataba de alejarlo de mà sin conseguirlo. Era más poderoso de lo que creÃa, seguà rezando mi oraciones, mientras que él se enfureció más de pronto. Su espÃritu se metió en el cuerpo de la mujer que acababa de morir. Ãl se levantó con una sonrisa siniestra, comenzó a avanzar hacia conmigo, mientras que yo buscaba ingenuamente la puerta. Sà la encontré, pero no la pude abrir. Ãl tenÃa el control en absoluto. Creà que hasta ese momento iba a llegar mi vida. No tenÃa miedo de mà morir, pero sà de que ese demonio tratara de llevarse mi alma y comencé a rezar me. Fui concentrando tanto que dejé de escuchar al demonio. De pronto sentà un fuerte golpe en la cabeza y quedé inconsciente. No sé cuánto tiempo pasó. Cuando recobré el sentido, la mujer seguÃa muerta sobre la cama. Mientras que el demonio no estaba, me levanté y salà a buscar a la mujer que me habÃa llevado. Hasta ese lugar no la vi por ningún lado. Asà que fui a tocar a una casa vecina toqué por varias veces hasta que una voz molesta me respondió. Le dije que era el padre José, el nuevo sacerdote de la parroquia. Pronto me abrieron la puerta. Un hombre joven me invitó a pasar. Me dijo que era peligroso que estuviera sólo por esos lugares. Le dije que la señora de la otra casa acababa de morir y que no encontraba a la otra mujer que me habÃa llevado hasta ese lugar. El hombre comenzó a rascarse su cabeza. Me pidió que le describiera a las dos mujeres. Cuando le dije cómo eran. FÃsicamente, me dijo que ellas ya no estaban vivas. Eran dos mujeres que habÃan muerto hacÃa más de cinco años y que esa casa estaba deshabitada desde el tiempo en el que murieron. Nadie la habÃa querido habitar, porque ellas dos fueron mujeres de la vida alegre y existÃa el rumor de que también hacÃan pactos con el demonio, porque después de que ellas murieron, se siguieron escuchando muchos gritos y voces. Como si estuviera viviendo gente en ese lugar. Todos creÃan que ahà estaba el mal, porque si por casualidad entraba un perro o un gato, salÃan de ahÃ, pero muertos. Una vez una niña se metió a la casa por curiosidad y diversión. A los pocos dÃas murió sin saber la causa. Le agradecÃa al hombre la información y le volvÃa a decir que habÃa una mujer difunta en esa casa si estaba a su alcance a r a hacer les compañÃa. Lo agradecerÃa mucho. Me retiré del lugar con dudas e incertidumbre porque no alcanzaba a entender el hecho que habÃa vivido desde pequeño me habÃa perseguido ese demonio sin entender cuál era su intención. Pensé que habÃa propiciado que fuera hacia ese lugar, pero no supe cuál fue el motivo que no le permitió quedarse con mi alma A mi regreso, la lluvia estaba más fuerte. Los rayos iluminaban el cielo de una forma siniestra. Pensé que me sentÃa muy susceptible por lo que habÃa ocurrido. Aumenté la velocidad de mi caminar. Pude llegar hasta mi casa sin el menor percance al interior de la casa. En la sala estaba sentado el señor Cura de la parroquia. Me cuestionó dónde me encontraba a esas horas de la noche. Le conté todo sin omitir detalles. Le dije que ese demonio me habÃa perseguido desde pequeño y que cuando me cambié de residencia se hizo presente en este pueblo. El padre se quedó pensativo. Sus palabras me record on a las de mi padrino Rafa. Me dijo que el demonio tiene maneras insospechadas de acercarse a las almas y que sà era cierto que él también tenÃa la forma de saber lo que pasarÃa con el futuro de un humano. También era capaz de poseer el cuerpo que quisiera. Lo más probable era que intentaba quedarse en mi cuerpo y robarme el alma. Hubo algo que no se lo permitió, pero que pensara qué pudo haber sido. La reflexión que me dijo el señor Cura se me hizo interesante. Seguà trabajando durante más de cinco años en la parroquia de nuestra señora del Rosario. Después me hicieron el cambio a una iglesia dentro de la zona metropolitana de Guadalajara. Ya no volvà a tener otro encuentro con el demonio, pero les puedo asegurar de que sà existe. Relato escrito y adaptado por Adriana Cuevas








