El Demonio En El Niño Dios Historias De Terror - REDE

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El demonio en el Niño Dios. Soy trabajadora doméstica. Mi nombre es Celia. Desde que era muy joven comencé a trabajar en el aseo de las casas ricas. Soy originaria de un pueblo que está en la ribera del lago de Chapala de agua caliente. Desconozco cómo fue qué se hizo el vÃnculo entre las mujeres de ese pueblo y ciertas zonas de Guadalajara, porque la mayorÃa de las mujeres de este poblado. Desde los dieciséis años nos Ãbamos a trabajar a esta ciudad Durante cierto tiempo me quedaba ofreciendo mis servicios en alguna de esas casas, pero luego surgÃan conflictos con algún miembro de la familia y tenÃa que irme hasta que llegué con la señora Carmen. Me quedé muchos años trabajando con ella. Era una persona muy cercana a la religión católica. Iba todos los dÃas a misa de ocho de la mañana en el templo de GetsemanÃ. También era adoradora del espÃritu Santo. Cada mes acudÃa durante la noche a estar orando. Ella Era muy colaboradora en esa parroquia, como sus hijos estaban grandes y habÃa quedado viuda. Dedicaba su tiempo a Dios. Con la señora Carmen. Estuve trabajando muy a gusto. Ya no me fui a trabajar a otra casa, aunque en ocasiones me decÃa mi mamá que solicitaban mis servicios en otro lugar y me ofrecÃan un poco más de sueldo preferÃa quedarme con ella. Me quedé con la señora Carmen por los últimos veinte años. Cuando entré a trabajar en esa casa, mi patrona tenÃa como cincuenta años. Estuvo muy bien de salud durante quince años. Después que cumplió los sesenta y seis años, comenzó a bajar mucho de peso. Ella decÃa que se sentÃa muy débil. Además se mareaba. Sus hijos empezaron a visitarla con más frecuencia y a llevarla con distintos especialistas. Después que le hicieron muchos estudios, los médicos dijeron que se trataba de cáncer de colon A partir que ella se enteró del tipo de enfermedad que tenÃa. Su estado de ánimo decayó mucho, le hicieron cirugÃa de colostomÃa. Después que se recuperó, inició tratamiento con quimioterapia. Sus hijos hablaron conmigo, Me pidieron que me quedara más tiempo con ella. Incluso me dijeron que también me quedara los fines de semana con la señora Carmen. Por supuesto, me ofrecieron más sueldo enseguida que ella comenzó con el tratamiento contra el cáncer. Comenzó a alejarse de la iglesia, quizás porque la quimioterapia era muy invasiva y ella estaba muy decaÃda. Además, el médico dijo que el cáncer habÃa hecho metástasis en el hÃgado y en el estómago, como las toxinas ya no las estaba procesando iban directo al cerebro, por lo que la señora Carmen empezó a tener alucinaciones. Empezaba a dudar de todo lo que decÃa el médico, porque la señora tenÃa ciertas conductas que me daban miedo por por las nos noches. Ella se despertaba platicando con alguien. Cuando le preguntaba quién estaba con ella, me decÃa que eran personas que venÃan a visitarla. Su habitación. TenÃa una ventana que daba al patio. Me decÃa que ahà estaban que voltear a verlas porque me estaban saludando. Le decÃa que en el patio no habÃa nadie y que ya era hora de dormirse, Pero ella se negaba porque querÃa que un señor que estaba en el patio entrara a platicar. Cuando la señora Carmen supo el tipo de enfermedad que tenÃa, se aferró a la religión, pero al darse cuenta que no sucedÃa el efecto esperado, empezó a ir con una señora. Ella decÃa que era una mujer que curaba a través de la acupuntura del reiki y la herbolaria, pero presentÃa que se dedicaba algo más, porque la señora cambió por completo su conducta. Empezó a traer a muletos por las noches antes de dormirse. HacÃa rituales en los que se encerraba en su cuarto y la escuchaba hablar, les decÃa a sus hijos lo que sucedÃa con su mamá, pero ellos encontraban salida a todo. Me explicaban que su mamá estaba pasando por un momento muy difÃcil de su vida y que todo era parte del proceso de enfermedad. Aunque les replicaba y les comentaba que su mamá iba con una mujer que la habÃa cambiado, ellos me decÃan que si tanta desconfianza le tenÃa a esa mujer que ya no la llevara, porque yo era quien pedÃa el taxi y la acompañaba a ese lugar. Después dejamos de ir con esa mujer, porque la señora ya no pudo ni caminar, pero seguÃa diciendo con más vehemencia que la visitaban personas y que no podÃa hablar con todas porque se sentÃa muy cansada. Me pedÃa que saliera al patio para explicarles que ese dÃa ya no iba a poder conversar con ellos, pero que regresaran a la noche siguiente. Le daba por su lado y salÃa al patio a hablar con esas personas. Ella me veÃa desde su cama y sólo asà se podÃa quedar tranquila y dormirse. La enfermedad de las señora Carmen fue un proceso difÃcil. Tuvo una agonÃa muy dolorosa y triste hasta que un viernes por la mañana, ella murió. Cuando me di cuenta que habÃa fallecido, les avisé a sus hijos para que hicieran los trámites necesarios. Me quedé a acompañarla en su última morada. Después que salimos del panteón, me despedà de los hijos de la señora Carmen. Les agradecà el tiempo que me dieron trabajo antes de que me fuera. Una de sus hijas se acercó conmigo. Me dio una buena remuneración y me marché, me regresé a mi pueblo. No me habÃa casado y me quedaba mi papá Me fui a estar más tiempo con él porque después de lo vivido con la señora Carmen, me di cuenta que habÃa descuidado a mi padre con los ahorros que habÃa hecho y el dinero que me dio la hija de la señora Carmen, pensé que podÃa poner un negocio en el pueblo y dejarme de limpiar casas. Asà que me quedé al lado de él. Quince dÃas después de que habÃa muerto la señora Carmen, su hija me habló por teléfono. Me dijo que su mamá me habÃa dejado un regalo. Me dio tanto gusto escuchar esa noticia, y no porque se tratara de algo material, sino porque me daba cuenta que hasta el final la señora Carmen pensó en mà su hija me dijo que fuera a recogerlo al dÃa siguiente por la tarde. Asà lo hice en una caja. La señora Carmen me dejó un niño Dios. Me regresé contenta con mi obsequio. Era un niño Dios grande, como de treinta centÃmetros de largo. Aún traÃa el ropón que ella le habÃa tejido, porque cada año antes de levantar al niño Dios del nacimiento, lo vestÃa con un atuendo distinto. Me dio mucho gusto recibir ese regalo porque en alguna ocasión le dije a la señora Carmen que me gustaba mucho. Su niño estaba muy bien elaborado y sentÃa que traÃa buenas energÃas a la casa. Llegué muy contenta con el niño. Le hice un nicho con una canasta tejida que tenÃa. Cuando mi papá lo vio, pensé que le darÃa mucho gusto verlo. Sin embargo, me dijo que por qué me habÃan dado eso. Se me hizo tan extraño que mi papá me hiciera esa pregunta, pero no le tomé importancia a su comentario. Por las noches le ponÃa sus calcetas y sus zapatos al niño Dios. Era una costumbre que tenÃa la señora Carmen cuando me empecé a quedar a dormir en su casa. Era todo un ritual irse a la cama. Primero me hacÃa que cambiara al niño, que lo arropara y luego nos acostábamos a dormir. De la misma manera empecé a hacer lo mismo con el niño en mi casa. Varias personas de mi familia me llegaron a preguntar por qué le tenÃa tanta devoción a un muñeco. Le respondÃa que era porque mi patrona me lo habÃa regalado, ya que ella sabÃa que me gustaba mucho La primera noche que el niño durmió en nuestra casa. Recuerdo perfectamente que lo vestà con sus calcetas y sus zapatos. Lo tapé con su cobija azul cielo y me fui a dormir. A la mañana siguiente me llamó la atención que el niño no tuviera su calceta y su zapatito en uno de sus pies si en la noche anterior lo habÃa vestido por completo. Le pregunté a mi papá si él se los habÃa quitado, aunque se me hacÃa poco probable, porque el niño dormÃa en mi habitación por las dudas. Le pregunté. Ãl me dijo que no. Si a él ni le gustaba que le tuviera tanta devoción a ese muñeco, sentà muy feo lo que me dijo, por lo que pensé en ser más discreta con mi devoción. Al niño no le di importancia al hecho que no tuviera su calceta y su zapato. Los busqué en todo mi cuarto debajo de la cama y no pude encontrarlos. Les puse otros y dejé al niño recostado. Me fui a hacer las labores de casa para después atender mi tienda de abarrotes por la noche. De nuevo hice todo lo requerido para que el niño durmiera bien. Lo acosté boca arriba con sus manos destapadas. Sólo le puse su cobija de la cintura hacia sus pies. En la mañana siguiente estaba destapado con la cobija en el piso. Se me hacÃa muy extraño lo que pasaba con el niño, porque nadie más entraba a mi habitación. Cada noche pasaba lo mismo. La última vez lo dejé dormido boca arriba y amaneció volteado como si alguien lo hubiese acostado boca abajo. A partir de esa vez empecé a creer que Dios estaba manifestando a través de mi niño Dios y que la señora Carmen me habÃa hecho el mejor regalo Me habÃa dejado al niño Dios junto con el espÃritu Santo. Era tanta mi emoción que fui con el padre de la parroquia. Cuando llegué a su casa, no se encontraba la señora que lo asistÃa. Me dijo que él regresaba hasta por la tarde porque era dÃa de confesiones y tenÃa que ir a los pueblos aledaños a confesar a las personas, pero que él regresaba por la tarde que fuera a buscarlo después de las seis. No podÃa caber de él emoción le dije a la señora lo que pasaba con mi niño Dios. La señora ni me puso mucha atención En la casa. Empecé a encontrar cosas que me cambiaban de lugar como mis aretes los dejaba sobre la cómoda después los encontraba sobre el refrigerador o como la vez que no encontraba, uno de mis zapatos estaba debajo de la cama en la habitación de mi papá. Cuando él llegó y me vio que estaba hincada sacando mi zapato, me preguntó qué buscaba en su cuarto si ahà no habÃa nada mÃo le respondà que sÃ. Al mismo tiempo que le mostraba mi zapato, mi papá se sorprendió mucho. Cuando se lo enseñé me dijo que él nunca habÃa ido a mi cuarto. Mucho menos se habÃa llevado uno de mis zapatos. Le dije que sabÃa que él no lo habÃa hecho. Seguramente, el niño hizo una de sus travesuras. Mi papá me dijo que eso no era normal y que no anduviera creyendo en esas cosas. Ãl más bien pensaba que se trataba de algo que no era bueno. No quise continuar la plática con mi papá porque él siempre habÃa sido una persona muy escéptica. Nunca estaba de acuerdo en que fuéramos a misa ni que le tuviéramos tanta devoción al padre de la iglesia. Ãl decÃa que ese hombre era otra persona más y que también cometÃa pecados como todos. Asà que agarré mi zapato y me salà del cuarto de mi padre. No pensaba iniciar una discusión con él, porque era muy impertinente encontrar al niño Dios cambiado de posición durante la noche sin un zapato o no encontrar las cosas personales en el mismo lugar en que las habÃa puesto. Se convirtió en una cotidianidad, al menos para mÃ, porque mi papá afirmaba que se trataba de algo del demonio, pero trataba de ignorarlo creÃa que era el mismo Dios en su esencia de niño, el que me acompañaba todos los dÃas. El domingo que fui a misa, el padre dijo que la siguiente semana era fecha para bendecir nuestras imágenes. PodÃamos llevar un Cristo, la imagen del divino Corazón a San Judas Tadeo o lo que fuese de inmediato pensé en llevar a mi niño Dios. Lo más seguro era que Doña Carmen ya me lo habÃa entregado bendito, pero no querÃa perder la oportunidad de hacerlo. El siguiente domingo le puse uno de sus mejores trajes a mi niño. Salà de la casa con mi pequeño entre brazos. Muchas de las personas que me encontraba se acercaban a verlo y decirme que el niño estaba muy bonito. Sólo una señora que nunca fue muy creyente. Me dijo que sólo era un mono de cerámica o peor aún de yeso que no sabÃa cómo ese pedazo de material con una cara bonita pudiese darle tanta importancia. Pero no le hice caso a su comentario. Antes de llegar al templo estuve a punto de caerme. El pie se me dobló muy feo en un pozo que no vi por estarme peleando con la señora. Por fortuna, no me caÃ. Sólo se me hinchó el tobillo, pero ya no quise ir a hasta al templo porque me dolÃa mucho mi pie. Me regresé a mi casa a darme fomentos y reposar mi pierna. Me sentà frustrada porque no pude llegar a la Iglesia, pero me conformé sabiendo que la señora Carmen no dejaba ninguno de sus santos sin bendecir ese dÃa no pude abrir la tienda mi papá me ayudaba muy poco. Ãl se dedicaba a su cultivo de maÃz y de chayote. Cuando llegó de la parcela, me preguntó por qué tenÃa la tienda cerrada. Le expliqué el motivo. Ãl se acercó al niño Dios y me dijo que desde que llegó ese muñeco en la casa estaban pasando cosas muy extrañas. Le comenté que debÃa de sentirse agradecido por el detalle que tuvo la señora Carmen de Regalármelo, porque era un niño Dios muy especial. Se sentÃa tan contento en nuestra casa que por las noches le gustaba hacer travesuras. Mi papá era una persona de pocas palabras. En esta ocasión se sentó al lado de la cama para decir que él no le encontraba nada de bendito al Niño Dios que tanto querÃa, porque desde el primer dÃa que estuvo en la casa, Ãl empezó a sentir como si alguien más estuviera en la casa, como si todo el tiempo lo observaran. Además, no me quiso decir nada, pero como él se levantaba a las cuatro de la mañana para ir a sembrar, llegó a ver como si alguien muy pequeño se moviera entre la oscuridad. No tenÃa la certeza de nada, porque su vista ya no le ayudaba mucho. Pero ese niño que tanto querÃa a él no le daba buena espina. Lo mejor era deshacerse de él. Mi papá se quedó otro rato platicando conmigo. Creo que era la primera vez que tenÃamos una charla real, aunque no me gustó para nada todo lo que me dijo. Traté de explicarle que le tenÃa tanta devoción porque consideraba que era una extensión de Jesús. SabÃa que no era común que mi niño Dios se moviera o se quitara un calcetÃn, pero yo lo veÃa como un milagro constante. Mi padre me dijo que estaba equivocada. Ãl no lo veÃa como algo sagrado, sino más bien malvado. Me incorporé para confrontar a mi padre y tratar de entenderlo molesta. Le dije que si querÃa decirme que mi niño era del Diablo, estaba muy equivocado. Si él nunca habÃa creÃdo en la iglesia y en la palabra de Dios. Eso no era motivo para que me dijera que mi niño Dios tenÃa el demonio. Estaba tan molesta con mi papá que me segué por completo. Ante su comentario le pedà que saliera de mi habitación. Ãl hizo un último intento por convencerme. Me dijo que si querÃa podÃa llevar al niño Dios con el padre Gabriel y le decÃamos lo que estaba sucediendo. Si él nos decÃa que todo estaba bien, ya no me volverÃa a decir nada de ese niño. Le respondà que no podÃa caminar Por eso no habÃa podido llevarlo a bendecir porque me habÃa lastimado mi tobillo. Un poco antes de llegar a la iglesia, me tuve que regresar todavÃa No terminaba de decirle los motivos por los que le tenÃa tanta fe que agarró al niño Dios Me dijo que en ese momento él lo podÃa llevar con el padre como pude me levanté y se lo arrebaté. Le dije que ya no me dijera nada más y que se saliera de mi cuarto. De nuevo acomodé a mi niño Dios en su nicho ese dÃa ya no quise salir de mi habitación. No tenÃa ganas de encontrarme con mi padre. Sólo salÃa para lo más necesario. Creo que a él también le pasó lo mismo, porque no supe si se salió o también se quedó en su cuarto. Todo el dÃa, la casa estuvo en completo silencio. Se sentÃa un ambiente extraño a causa de la discusión que habÃamos tenido. Al dÃa siguiente seguà con mis actividades cotidianas. Ni siquiera se me ocurrió entrar a la habitación de mi papá porque sabÃa que se iba muy temprano a sembrar. Ãl acostumbraba a llegar a las doce del mediodÃa. Sin embargo, no llegó. Creà que se habÃa ido a comprar semillas al otro pueblo. Después que terminé con mis actividades, ya comenzaba a anochecer. Fue cuando comencé a preocuparme por mi padre. Entré a su cuarto porque escuché unos ruidos extraños. Mi sorpresa fue muy grande al ver a mi papá en su cama. Trataba de decirme algo, pero no salÃan palabras de su boca. Levantó uno de sus brazos y me apuntó hacia el ropero pero no le hice caso de inmediato. Llamé a la ambulancia para que viniera por él tardó en llegar más de una hora. Durante ese tiempo que la estuvimos esperando, mi papá seguÃa esforzándose por decirme algo, pero eran palabras incomprensibles. Le dije que se calmara. Los servicios médicos estaban por llegar. En ese momento sentà remordimiento por la discusión que habÃamos tenido el dÃa anterior. Me sentÃa responsable del estado en el que se encontraba mi papá. Pensé que por el coraje él se habÃa puesto asà oÃ, cuando la ambulancia llegó iba a salir a abrirles. Cuando mi padre me pudo decir una palabra. El niño Dios fue lo único que le entendÃ. Le dije que si ya no querÃa que lo tuviera, no se preocupara. Se lo iba a regalar al Padre Gabriel para que lo tuviera en la Iglesia, pero que ya tratara de calmarse. Nos fuimos al hospital. El médico me preguntó si mi papá habÃa tenido sÃntomas de dolor de pecho porque le habÃan dado varios paros cardÃacos. Por suerte, se encontraba con vida. Me sentà muy mal porque sabÃa que era la responsable del estado de mi padre. Le respondÃa al médico lo que habÃa ocurrido un dÃa antes. Me comentó que mi papá necesitaba mucha tranquilidad, pero que la causa principal fue que tenÃamos una patologÃa cardÃaca. Sin atender me explicó que le iban a hacer una cirugÃa para ponerle un marcapasos de esa manera garantizarÃa en el bienestar de mi papá. Me quedé tranquila porque mi padre iba a estar bien, aunque tenÃa culpa. Cuando salimos del hospital y llegamos a la casa, me encontré con una sorpresa. HabÃa cosas tiradas por todos lados. Varios de los productos que estaban en los estantes de mi tienda también estaban tirados. Pensé que habÃan entrado a robar, pero no encontré indicios de que se hubiesen llevado cosas de valor desconcertada. Le arreglé a mi papá su habitación y lo acomodé. Ãl me tomó de la mano. Me dijo que todo era ocasionado por el demonio que estaba en el niño Dios. Ãl lo habÃa visto. Por eso me lo decÃa. Me dijo que me deshiciera de él lo antes posible. Esta vez no quise contradecirlo. Le dije que lo harÃa más tarde. Ãl se incorporó con dificultad. Me dijo que lo hiciera en ese momento porque ese demonio estaba muy enojado con él, porque trató de romperlo de inmediato. Agarré al niño, aunque no podÃa creer lo que me habÃa dicho. No concebÃa la posibilidad de que el demonio se valiera de una imagen sagrada y quedarse a vivir en ella. Mi mente estaba muy dispersa, ya no quise incomodar a mi papá. Al llegar a la Iglesia, el padre estaba en la sacristÃa. Entré con el niño Dios y le dije que se lo llevaba de regalo para que lo pusiera en el nacimiento de Navidad. El Padre Gabriel notó mi desesperación. Le dije todo lo que habÃa ocurrido. Ãl me escuchaba atento. Me respondió que asà como Dios tenÃa poderes también el demonio y lo mejor era no tocarlo me recibió al niño Dios, pero antes de que se lo entregara ocurrió algo inexplicable. Lo tenÃa bien agarrado y, sin entender el motivo, se me resbaló de mis manos. Al caer al piso, se rompió. Me dolió ver cómo quedaba en nada el niño Dios, que tanto quise. Le ayudé al padre a recoger los restos del niño y los puse en una bolsa. El Padre Gabriel me dijo que dejara la bolsa fuera de la iglesia. Cuando venÃa de rra regreso a mi casa, recordé la forma en que el niño Dios llegó a la casa de Doña Carmen. Se lo habÃa regalado una de sus hermanas. Sin embargo, luego que ella supo de la gravedad de su enfermedad, comenzó a ir con una mujer que le daba medicina alternativa. En una de esas ocasiones que fue se llevó al niño Dios nunca sabré lo que realmente ocurrió, pero empecé a darle crédito a las palabras de mi papá. Relato escrito y adaptado por Adriana Cuevas








