Oct. 5, 2023

El Demonio En El Niño Dios Historias De Terror - REDE

El Demonio En El Niño Dios Historias De Terror - REDE

¡ Rápido ! Suscríbete y activa la campanita.
Se parte de la comunidad REDE.
ENVIAME TUS HISTORIAS A: relatosdesclasificados@gmail.com
SÍGUEME EN FANPAGE: https://bit.ly/33H3Og3
SÍGUEME EN INSTAGRAM: https://bit.ly/3dgiBmd

Apple Podcasts podcast player badge
Spotify podcast player badge
Castro podcast player badge
RSS Feed podcast player badge
Apple Podcasts podcast player iconSpotify podcast player iconCastro podcast player iconRSS Feed podcast player icon

¡ Rápido ! Suscríbete y activa la campanita.
Se parte de la comunidad REDE.
ENVIAME TUS HISTORIAS A: relatosdesclasificados@gmail.com
SÍGUEME EN FANPAGE: https://bit.ly/33H3Og3
SÍGUEME EN INSTAGRAM: https://bit.ly/3dgiBmd

El demonio en el Niño Dios. Soy trabajadora doméstica. Mi nombre es Celia. Desde que era muy joven comencé a trabajar en el aseo de las casas ricas. Soy originaria de un pueblo que está en la ribera del lago de Chapala de agua caliente. Desconozco cómo fue qué se hizo el vínculo entre las mujeres de ese pueblo y ciertas zonas de Guadalajara, porque la mayoría de las mujeres de este poblado. Desde los dieciséis años nos íbamos a trabajar a esta ciudad Durante cierto tiempo me quedaba ofreciendo mis servicios en alguna de esas casas, pero luego surgían conflictos con algún miembro de la familia y tenía que irme hasta que llegué con la señora Carmen. Me quedé muchos años trabajando con ella. Era una persona muy cercana a la religión católica. Iba todos los días a misa de ocho de la mañana en el templo de Getsemaní. También era adoradora del espíritu Santo. Cada mes acudía durante la noche a estar orando. Ella Era muy colaboradora en esa parroquia, como sus hijos estaban grandes y había quedado viuda. Dedicaba su tiempo a Dios. Con la señora Carmen. Estuve trabajando muy a gusto. Ya no me fui a trabajar a otra casa, aunque en ocasiones me decía mi mamá que solicitaban mis servicios en otro lugar y me ofrecían un poco más de sueldo prefería quedarme con ella. Me quedé con la señora Carmen por los últimos veinte años. Cuando entré a trabajar en esa casa, mi patrona tenía como cincuenta años. Estuvo muy bien de salud durante quince años. Después que cumplió los sesenta y seis años, comenzó a bajar mucho de peso. Ella decía que se sentía muy débil. Además se mareaba. Sus hijos empezaron a visitarla con más frecuencia y a llevarla con distintos especialistas. Después que le hicieron muchos estudios, los médicos dijeron que se trataba de cáncer de colon A partir que ella se enteró del tipo de enfermedad que tenía. Su estado de ánimo decayó mucho, le hicieron cirugía de colostomía. Después que se recuperó, inició tratamiento con quimioterapia. Sus hijos hablaron conmigo, Me pidieron que me quedara más tiempo con ella. Incluso me dijeron que también me quedara los fines de semana con la señora Carmen. Por supuesto, me ofrecieron más sueldo enseguida que ella comenzó con el tratamiento contra el cáncer. Comenzó a alejarse de la iglesia, quizás porque la quimioterapia era muy invasiva y ella estaba muy decaída. Además, el médico dijo que el cáncer había hecho metástasis en el hígado y en el estómago, como las toxinas ya no las estaba procesando iban directo al cerebro, por lo que la señora Carmen empezó a tener alucinaciones. Empezaba a dudar de todo lo que decía el médico, porque la señora tenía ciertas conductas que me daban miedo por por las nos noches. Ella se despertaba platicando con alguien. Cuando le preguntaba quién estaba con ella, me decía que eran personas que venían a visitarla. Su habitación. Tenía una ventana que daba al patio. Me decía que ahí estaban que voltear a verlas porque me estaban saludando. Le decía que en el patio no había nadie y que ya era hora de dormirse, Pero ella se negaba porque quería que un señor que estaba en el patio entrara a platicar. Cuando la señora Carmen supo el tipo de enfermedad que tenía, se aferró a la religión, pero al darse cuenta que no sucedía el efecto esperado, empezó a ir con una señora. Ella decía que era una mujer que curaba a través de la acupuntura del reiki y la herbolaria, pero presentía que se dedicaba algo más, porque la señora cambió por completo su conducta. Empezó a traer a muletos por las noches antes de dormirse. Hacía rituales en los que se encerraba en su cuarto y la escuchaba hablar, les decía a sus hijos lo que sucedía con su mamá, pero ellos encontraban salida a todo. Me explicaban que su mamá estaba pasando por un momento muy difícil de su vida y que todo era parte del proceso de enfermedad. Aunque les replicaba y les comentaba que su mamá iba con una mujer que la había cambiado, ellos me decían que si tanta desconfianza le tenía a esa mujer que ya no la llevara, porque yo era quien pedía el taxi y la acompañaba a ese lugar. Después dejamos de ir con esa mujer, porque la señora ya no pudo ni caminar, pero seguía diciendo con más vehemencia que la visitaban personas y que no podía hablar con todas porque se sentía muy cansada. Me pedía que saliera al patio para explicarles que ese día ya no iba a poder conversar con ellos, pero que regresaran a la noche siguiente. Le daba por su lado y salía al patio a hablar con esas personas. Ella me veía desde su cama y sólo así se podía quedar tranquila y dormirse. La enfermedad de las señora Carmen fue un proceso difícil. Tuvo una agonía muy dolorosa y triste hasta que un viernes por la mañana, ella murió. Cuando me di cuenta que había fallecido, les avisé a sus hijos para que hicieran los trámites necesarios. Me quedé a acompañarla en su última morada. Después que salimos del panteón, me despedí de los hijos de la señora Carmen. Les agradecí el tiempo que me dieron trabajo antes de que me fuera. Una de sus hijas se acercó conmigo. Me dio una buena remuneración y me marché, me regresé a mi pueblo. No me había casado y me quedaba mi papá Me fui a estar más tiempo con él porque después de lo vivido con la señora Carmen, me di cuenta que había descuidado a mi padre con los ahorros que había hecho y el dinero que me dio la hija de la señora Carmen, pensé que podía poner un negocio en el pueblo y dejarme de limpiar casas. Así que me quedé al lado de él. Quince días después de que había muerto la señora Carmen, su hija me habló por teléfono. Me dijo que su mamá me había dejado un regalo. Me dio tanto gusto escuchar esa noticia, y no porque se tratara de algo material, sino porque me daba cuenta que hasta el final la señora Carmen pensó en mí su hija me dijo que fuera a recogerlo al día siguiente por la tarde. Así lo hice en una caja. La señora Carmen me dejó un niño Dios. Me regresé contenta con mi obsequio. Era un niño Dios grande, como de treinta centímetros de largo. Aún traía el ropón que ella le había tejido, porque cada año antes de levantar al niño Dios del nacimiento, lo vestía con un atuendo distinto. Me dio mucho gusto recibir ese regalo porque en alguna ocasión le dije a la señora Carmen que me gustaba mucho. Su niño estaba muy bien elaborado y sentía que traía buenas energías a la casa. Llegué muy contenta con el niño. Le hice un nicho con una canasta tejida que tenía. Cuando mi papá lo vio, pensé que le daría mucho gusto verlo. Sin embargo, me dijo que por qué me habían dado eso. Se me hizo tan extraño que mi papá me hiciera esa pregunta, pero no le tomé importancia a su comentario. Por las noches le ponía sus calcetas y sus zapatos al niño Dios. Era una costumbre que tenía la señora Carmen cuando me empecé a quedar a dormir en su casa. Era todo un ritual irse a la cama. Primero me hacía que cambiara al niño, que lo arropara y luego nos acostábamos a dormir. De la misma manera empecé a hacer lo mismo con el niño en mi casa. Varias personas de mi familia me llegaron a preguntar por qué le tenía tanta devoción a un muñeco. Le respondía que era porque mi patrona me lo había regalado, ya que ella sabía que me gustaba mucho La primera noche que el niño durmió en nuestra casa. Recuerdo perfectamente que lo vestí con sus calcetas y sus zapatos. Lo tapé con su cobija azul cielo y me fui a dormir. A la mañana siguiente me llamó la atención que el niño no tuviera su calceta y su zapatito en uno de sus pies si en la noche anterior lo había vestido por completo. Le pregunté a mi papá si él se los había quitado, aunque se me hacía poco probable, porque el niño dormía en mi habitación por las dudas. Le pregunté. Él me dijo que no. Si a él ni le gustaba que le tuviera tanta devoción a ese muñeco, sentí muy feo lo que me dijo, por lo que pensé en ser más discreta con mi devoción. Al niño no le di importancia al hecho que no tuviera su calceta y su zapato. Los busqué en todo mi cuarto debajo de la cama y no pude encontrarlos. Les puse otros y dejé al niño recostado. Me fui a hacer las labores de casa para después atender mi tienda de abarrotes por la noche. De nuevo hice todo lo requerido para que el niño durmiera bien. Lo acosté boca arriba con sus manos destapadas. Sólo le puse su cobija de la cintura hacia sus pies. En la mañana siguiente estaba destapado con la cobija en el piso. Se me hacía muy extraño lo que pasaba con el niño, porque nadie más entraba a mi habitación. Cada noche pasaba lo mismo. La última vez lo dejé dormido boca arriba y amaneció volteado como si alguien lo hubiese acostado boca abajo. A partir de esa vez empecé a creer que Dios estaba manifestando a través de mi niño Dios y que la señora Carmen me había hecho el mejor regalo Me había dejado al niño Dios junto con el espíritu Santo. Era tanta mi emoción que fui con el padre de la parroquia. Cuando llegué a su casa, no se encontraba la señora que lo asistía. Me dijo que él regresaba hasta por la tarde porque era día de confesiones y tenía que ir a los pueblos aledaños a confesar a las personas, pero que él regresaba por la tarde que fuera a buscarlo después de las seis. No podía caber de él emoción le dije a la señora lo que pasaba con mi niño Dios. La señora ni me puso mucha atención En la casa. Empecé a encontrar cosas que me cambiaban de lugar como mis aretes los dejaba sobre la cómoda después los encontraba sobre el refrigerador o como la vez que no encontraba, uno de mis zapatos estaba debajo de la cama en la habitación de mi papá. Cuando él llegó y me vio que estaba hincada sacando mi zapato, me preguntó qué buscaba en su cuarto si ahí no había nada mío le respondí que sí. Al mismo tiempo que le mostraba mi zapato, mi papá se sorprendió mucho. Cuando se lo enseñé me dijo que él nunca había ido a mi cuarto. Mucho menos se había llevado uno de mis zapatos. Le dije que sabía que él no lo había hecho. Seguramente, el niño hizo una de sus travesuras. Mi papá me dijo que eso no era normal y que no anduviera creyendo en esas cosas. Él más bien pensaba que se trataba de algo que no era bueno. No quise continuar la plática con mi papá porque él siempre había sido una persona muy escéptica. Nunca estaba de acuerdo en que fuéramos a misa ni que le tuviéramos tanta devoción al padre de la iglesia. Él decía que ese hombre era otra persona más y que también cometía pecados como todos. Así que agarré mi zapato y me salí del cuarto de mi padre. No pensaba iniciar una discusión con él, porque era muy impertinente encontrar al niño Dios cambiado de posición durante la noche sin un zapato o no encontrar las cosas personales en el mismo lugar en que las había puesto. Se convirtió en una cotidianidad, al menos para mí, porque mi papá afirmaba que se trataba de algo del demonio, pero trataba de ignorarlo creía que era el mismo Dios en su esencia de niño, el que me acompañaba todos los días. El domingo que fui a misa, el padre dijo que la siguiente semana era fecha para bendecir nuestras imágenes. Podíamos llevar un Cristo, la imagen del divino Corazón a San Judas Tadeo o lo que fuese de inmediato pensé en llevar a mi niño Dios. Lo más seguro era que Doña Carmen ya me lo había entregado bendito, pero no quería perder la oportunidad de hacerlo. El siguiente domingo le puse uno de sus mejores trajes a mi niño. Salí de la casa con mi pequeño entre brazos. Muchas de las personas que me encontraba se acercaban a verlo y decirme que el niño estaba muy bonito. Sólo una señora que nunca fue muy creyente. Me dijo que sólo era un mono de cerámica o peor aún de yeso que no sabía cómo ese pedazo de material con una cara bonita pudiese darle tanta importancia. Pero no le hice caso a su comentario. Antes de llegar al templo estuve a punto de caerme. El pie se me dobló muy feo en un pozo que no vi por estarme peleando con la señora. Por fortuna, no me caí. Sólo se me hinchó el tobillo, pero ya no quise ir a hasta al templo porque me dolía mucho mi pie. Me regresé a mi casa a darme fomentos y reposar mi pierna. Me sentí frustrada porque no pude llegar a la Iglesia, pero me conformé sabiendo que la señora Carmen no dejaba ninguno de sus santos sin bendecir ese día no pude abrir la tienda mi papá me ayudaba muy poco. Él se dedicaba a su cultivo de maíz y de chayote. Cuando llegó de la parcela, me preguntó por qué tenía la tienda cerrada. Le expliqué el motivo. Él se acercó al niño Dios y me dijo que desde que llegó ese muñeco en la casa estaban pasando cosas muy extrañas. Le comenté que debía de sentirse agradecido por el detalle que tuvo la señora Carmen de Regalármelo, porque era un niño Dios muy especial. Se sentía tan contento en nuestra casa que por las noches le gustaba hacer travesuras. Mi papá era una persona de pocas palabras. En esta ocasión se sentó al lado de la cama para decir que él no le encontraba nada de bendito al Niño Dios que tanto quería, porque desde el primer día que estuvo en la casa, Él empezó a sentir como si alguien más estuviera en la casa, como si todo el tiempo lo observaran. Además, no me quiso decir nada, pero como él se levantaba a las cuatro de la mañana para ir a sembrar, llegó a ver como si alguien muy pequeño se moviera entre la oscuridad. No tenía la certeza de nada, porque su vista ya no le ayudaba mucho. Pero ese niño que tanto quería a él no le daba buena espina. Lo mejor era deshacerse de él. Mi papá se quedó otro rato platicando conmigo. Creo que era la primera vez que teníamos una charla real, aunque no me gustó para nada todo lo que me dijo. Traté de explicarle que le tenía tanta devoción porque consideraba que era una extensión de Jesús. Sabía que no era común que mi niño Dios se moviera o se quitara un calcetín, pero yo lo veía como un milagro constante. Mi padre me dijo que estaba equivocada. Él no lo veía como algo sagrado, sino más bien malvado. Me incorporé para confrontar a mi padre y tratar de entenderlo molesta. Le dije que si quería decirme que mi niño era del Diablo, estaba muy equivocado. Si él nunca había creído en la iglesia y en la palabra de Dios. Eso no era motivo para que me dijera que mi niño Dios tenía el demonio. Estaba tan molesta con mi papá que me segué por completo. Ante su comentario le pedí que saliera de mi habitación. Él hizo un último intento por convencerme. Me dijo que si quería podía llevar al niño Dios con el padre Gabriel y le decíamos lo que estaba sucediendo. Si él nos decía que todo estaba bien, ya no me volvería a decir nada de ese niño. Le respondí que no podía caminar Por eso no había podido llevarlo a bendecir porque me había lastimado mi tobillo. Un poco antes de llegar a la iglesia, me tuve que regresar todavía No terminaba de decirle los motivos por los que le tenía tanta fe que agarró al niño Dios Me dijo que en ese momento él lo podía llevar con el padre como pude me levanté y se lo arrebaté. Le dije que ya no me dijera nada más y que se saliera de mi cuarto. De nuevo acomodé a mi niño Dios en su nicho ese día ya no quise salir de mi habitación. No tenía ganas de encontrarme con mi padre. Sólo salía para lo más necesario. Creo que a él también le pasó lo mismo, porque no supe si se salió o también se quedó en su cuarto. Todo el día, la casa estuvo en completo silencio. Se sentía un ambiente extraño a causa de la discusión que habíamos tenido. Al día siguiente seguí con mis actividades cotidianas. Ni siquiera se me ocurrió entrar a la habitación de mi papá porque sabía que se iba muy temprano a sembrar. Él acostumbraba a llegar a las doce del mediodía. Sin embargo, no llegó. Creí que se había ido a comprar semillas al otro pueblo. Después que terminé con mis actividades, ya comenzaba a anochecer. Fue cuando comencé a preocuparme por mi padre. Entré a su cuarto porque escuché unos ruidos extraños. Mi sorpresa fue muy grande al ver a mi papá en su cama. Trataba de decirme algo, pero no salían palabras de su boca. Levantó uno de sus brazos y me apuntó hacia el ropero pero no le hice caso de inmediato. Llamé a la ambulancia para que viniera por él tardó en llegar más de una hora. Durante ese tiempo que la estuvimos esperando, mi papá seguía esforzándose por decirme algo, pero eran palabras incomprensibles. Le dije que se calmara. Los servicios médicos estaban por llegar. En ese momento sentí remordimiento por la discusión que habíamos tenido el día anterior. Me sentía responsable del estado en el que se encontraba mi papá. Pensé que por el coraje él se había puesto así oí, cuando la ambulancia llegó iba a salir a abrirles. Cuando mi padre me pudo decir una palabra. El niño Dios fue lo único que le entendí. Le dije que si ya no quería que lo tuviera, no se preocupara. Se lo iba a regalar al Padre Gabriel para que lo tuviera en la Iglesia, pero que ya tratara de calmarse. Nos fuimos al hospital. El médico me preguntó si mi papá había tenido síntomas de dolor de pecho porque le habían dado varios paros cardíacos. Por suerte, se encontraba con vida. Me sentí muy mal porque sabía que era la responsable del estado de mi padre. Le respondía al médico lo que había ocurrido un día antes. Me comentó que mi papá necesitaba mucha tranquilidad, pero que la causa principal fue que teníamos una patología cardíaca. Sin atender me explicó que le iban a hacer una cirugía para ponerle un marcapasos de esa manera garantizaría en el bienestar de mi papá. Me quedé tranquila porque mi padre iba a estar bien, aunque tenía culpa. Cuando salimos del hospital y llegamos a la casa, me encontré con una sorpresa. Había cosas tiradas por todos lados. Varios de los productos que estaban en los estantes de mi tienda también estaban tirados. Pensé que habían entrado a robar, pero no encontré indicios de que se hubiesen llevado cosas de valor desconcertada. Le arreglé a mi papá su habitación y lo acomodé. Él me tomó de la mano. Me dijo que todo era ocasionado por el demonio que estaba en el niño Dios. Él lo había visto. Por eso me lo decía. Me dijo que me deshiciera de él lo antes posible. Esta vez no quise contradecirlo. Le dije que lo haría más tarde. Él se incorporó con dificultad. Me dijo que lo hiciera en ese momento porque ese demonio estaba muy enojado con él, porque trató de romperlo de inmediato. Agarré al niño, aunque no podía creer lo que me había dicho. No concebía la posibilidad de que el demonio se valiera de una imagen sagrada y quedarse a vivir en ella. Mi mente estaba muy dispersa, ya no quise incomodar a mi papá. Al llegar a la Iglesia, el padre estaba en la sacristía. Entré con el niño Dios y le dije que se lo llevaba de regalo para que lo pusiera en el nacimiento de Navidad. El Padre Gabriel notó mi desesperación. Le dije todo lo que había ocurrido. Él me escuchaba atento. Me respondió que así como Dios tenía poderes también el demonio y lo mejor era no tocarlo me recibió al niño Dios, pero antes de que se lo entregara ocurrió algo inexplicable. Lo tenía bien agarrado y, sin entender el motivo, se me resbaló de mis manos. Al caer al piso, se rompió. Me dolió ver cómo quedaba en nada el niño Dios, que tanto quise. Le ayudé al padre a recoger los restos del niño y los puse en una bolsa. El Padre Gabriel me dijo que dejara la bolsa fuera de la iglesia. Cuando venía de rra regreso a mi casa, recordé la forma en que el niño Dios llegó a la casa de Doña Carmen. Se lo había regalado una de sus hermanas. Sin embargo, luego que ella supo de la gravedad de su enfermedad, comenzó a ir con una mujer que le daba medicina alternativa. En una de esas ocasiones que fue se llevó al niño Dios nunca sabré lo que realmente ocurrió, pero empecé a darle crédito a las palabras de mi papá. Relato escrito y adaptado por Adriana Cuevas